Querido lector:
En Malasia, nuestros abuelos callan para demostrarnos su amor. Concretamente, callan sobre cómo fue su vida entre 1941 y 1945, el periodo en que el Ejército Imperial Japonés invadió Malaya (así se llamaba Malasia antes de la independencia), expulsó a los colonizadores británicos y convirtió una nación pacífica en otra que estaba en guerra con ella misma.
A nuestros abuelos les encanta hablar de un montón de cosas. Nos hablan de su infancia: de los vecinos y amigos con los que jugaban, de los maestros a los que amaban y odiaban, de los fantasmas a los que temían. Nos hablan de su edad adulta: del rubor del primer amor, del terror de la paternidad, de la primera vez que nos tocaron la cara, de sus nietos. Pero casi nunca hablan de aquellos cuatro años de la Segunda Guerra Mundial, y sólo nos cuentan que fueron malos tiempos y que sobrevivieron. Nos dicen que los dejemos tranquilos y que no seamos entrometidos.
Antes de escribir La tormenta que desatamos, podía contar con los dedos de una mano los datos que conocía sobre la ocupación japonesa. Sabía que los japoneses, ingeniosamente, nos invadieron desde el norte a través de Tailandia montados en bicicletas, mientras los cañones británicos apuntaban hacia el sur, hacia el mar. Que los japoneses eran brutales y mataban sin piedad. Que dejaban caer panfletos rojos con el lema «Asia para los asiáticos» mientras nos invadían, lo que era a la vez una advertencia y un grito de guerra.
Yo fui la primera nieta de mi familia por el lado paterno, y pasé muchísimo tiempo con mis abuelos, haciéndoles infinidad de preguntas que ellos respondían complacientes. De aquellos interrogatorios infantiles obtuve algunos datos más, la mayoría de mi abuela: cómo protegerte en caso de ataque aéreo («Te tumbas en el suelo y no te levantas hasta que el avión haya acabado de pasar, porque lanzan las bombas un poco más allá trazando una línea diagonal, no cuando están justo encima»); cómo ser el hijo favorito de tu madre («Eres un niño muy guapo, como mi hermano; los japoneses te secuestran durante la guerra y, cuando regresas, dices que no pasó nada»); cómo poner celoso a tu marido («Todos los años, durante veinticinco años, recibes por correo el calendario que te manda un extraño y amable japonés que trabajó contigo en la construcción del ferrocarril durante la guerra»).
Cuando me hice mayor, sonsacarle verdades a mi abuela sobre su adolescencia en la Kuala Lumpur ocupada era como jugar a una búsqueda del tesoro oral. Si le preguntaba cómo era la vida durante la ocupación, ella siempre contestaba: «¡Normal, como la de todo el mundo!»
Pero a lo largo de los años, con una voz monótona con la que sólo exponía los hechos, fue revelándome otras cosas: que los padres tenían muchos problemas para alimentar a sus hijos, que cerraron las escuelas, y que los miembros de la violenta policía secreta japonesa, el Kenpeitai, encarcelaron a los funcionarios británicos en Singapur y sofocaron las rebeliones chinas en la selva.
Me guardé todos esos datos durante años. Creía que tenía otras cosas que hacer y otros sitios donde estar. Necesitaba conservar mis empleos, ganar dinero, contar mis propias historias. Hasta que, en 2019, en una especie de regreso al hogar, empecé a escribir las historias sobre Malasia.
En un taller de escritura, a finales de 2019, redacté lo que en principio era una simple tarea de clase. Trataba sobre una adolescente que se esfuerza para llegar a su casa antes del toque de queda, antes de que los soldados japoneses tomen las calles. Recuerdo los comentarios escritos a mano por la profesora: «Conserva este precioso relato», escribió, «y sigue escribiéndolo».
Eso fue lo que hice. Escribí durante una pandemia mundial en mi pequeño apartamento, mientras intentaba superar la muerte prematura de mi madre y una profunda tristeza por no poder regresar a mi hogar, Malasia. Escribí sobre el dolor heredado, sobre la condición de mujer, sobre madres, hijas y hermanas, y sobre cómo las decisiones que tomamos tienen repercusiones en las generaciones posteriores de nuestra familia y en nuestra comunidad, de formas que muchas veces no habríamos podido predecir. Escribí sobre lo que significa llevar el legado de la colonización en el cuerpo, sobre la atracción que puede ejercer un hombre tóxico, sobre las amistades complicadas, sobre vivir la vida a fragmentos, sobre la ambigüedad del bien y del mal cuando está en juego la supervivencia. Aquella sencilla tarea de redacción es ahora el cuarto capítulo de mi novela.
Espero que disfrutes leyendo La tormenta que desatamos y viendo cómo Cecily, Jujube, Abel y Jasmin se abren camino en su mundo. Espero que sientas amor, asombro, pena y alegría mientras lees. Y, sobre todo, espero que recuerdes su historia.
Gracias por leer.
Atentamente,
Vanessa
Cronología
Década de 1820: Los británicos inician su dominio de Malaya, que se prolongará más de cien años, sucediendo a las dos potencias colonizadoras occidentales anteriores, Portugal y Países Bajos.
1936 (noviembre): La Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial firman un tratado de amistad.
1937 (agosto): Comienza la batalla de Shanghái. Japón invade China al inicio de la segunda guerra sino-japonesa, provocando la masacre de Nankín, también conocida como «la violación de Nankín».
1941 (diciembre): Empieza la campaña malaya. El Ejército Imperial Japonés, bajo el mando del teniente general Tomoyuki Yamashita, invade Malaya desde el norte, a través de Tailandia. Cuando el país cae, se inicia la ocupación de Malaya y la Segunda Guerra Mundial llega hasta Asia.
1945 (agosto): Estados Unidos lanza dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, provocando cientos de miles de víctimas y causando graves secuelas a largo plazo.
1945 (septiembre): El Ejército Imperial Japonés se rinde y los británicos regresan a Malaya. Finaliza la Segunda Guerra Mundial.
1957 (agosto): Malaya se independiza de Gran Bretaña.
1963 (septiembre): Se crea la Federación de Malasia.

1
Cecily
Bintang, Kuala Lumpur
Febrero de 1945
Malaya ocupada por los japoneses
Habían empezado a desaparecer chicos.
El primero del que Cecily oyó hablar fue uno de los hermanos Chin, el mediano de cinco niños corpulentos, de frente estrecha y hombros anchos; se llamaban Boon Hock, Boon Lam, Boon Khong, Boon Hee y Boon Wai, pero su madre los llamaba a todos Ah Boon, y los chicos tenían que adivinar a cuál de ellos se refería. Durante el dominio británico, los hermanos Chin tenían fama de ricos y crueles. Era habitual verlos formando un corro detrás de la chabacana casa marrón y dorada de los Chin. Habían acorralado a un sirviente; uno de los hermanos empuñaba una vara, y a todos les brillaban los ojos de emoción cada vez que golpeaba con ella al pobre hombre. Cuando llegaron los japoneses, poco antes de la Navidad de 1941, los chicos, desafiantes, miraban con odio a los soldados del Kenpeitai que patrullaban las calles, y a los que se atrevían a acercarse les escupían. Fue el mediano de los hermanos, Boon Khong, el que desapareció: se esfumó un buen día como si no hubiese existido nunca. Y de pronto los cinco hermanos Chin eran sólo cuatro.
Las vecinas de Cecily se preguntaban qué le habría pasado al chico. La señora Tan especulaba que sencillamente se había escapado. Puan Azreen, siempre tan pesimista, temía que se hubiese metido en una pelea y hubiese acabado en el fondo de alguna alcantarilla, lo que hizo que las otras madres, angustiadas, mirasen en las alcantarillas cuando salían a hacer sus recados, con la duda de si encontrarían al muchacho en ellas. Otras negaban con la cabeza: «Eso le ha pasado por matón, a lo mejor alguien sencillamente se hartó», decían. Cecily observaba a la madre de los hermanos Chin. Sentía curiosidad por ver si la señora Chin se pasaba el día junto a la puerta de su casa esperando noticias o si se dejaba llevar por el histerismo propio de una madre aterrorizada, pero la señora Chin y el resto de los miembros de su familia siempre se mostraban muy discretos. En las raras ocasiones en que salían de la casa, los cuatro chicos rodeaban a sus demacrados padres formando un muro enorme de músculo que los protegía de las miradas de los curiosos.
Cecily sólo se encontró a la señora Chin una vez, muy temprano, en la tienda de ultramarinos. La señora Chin, con lágrimas en la cara, miraba fijamente una bolsa de tiras de calamar seco. Cecily quedó asombrada ante su circunspección: ni sollozos ni estremecimientos, sólo unas mejillas mojadas y brillantes y unos ojos anegados.
—Ya lleva cinco minutos así —dijo tía Mui, la mujer del dueño de la tienda, encantada de poder compartir su descubrimiento con alguien más.
Transcurridas unas pocas semanas, al no haber más exhibiciones públicas de angustia ni más chismorreos, la gente dejó de hablar de los hermanos Chin. Los vecinos no tardaron en olvidar cuál era el hermano que había desaparecido.
Las siguientes desapariciones se produjeron en rápida sucesión. El chico delgado que trabajaba de barrendero en el cementerio, y que según Cecily robaba las flores que las familias dejaban en las tumbas y luego las vendía en el mercado. El niño regordete de detrás de la tienda de ultramarinos, que se pintarrajeaba la cara con barro y fingía ser cojo atándose la parte de abajo de la pernera del pantalón para mendigar a los transeúntes. El niño con ojos de demonio al que habían sorprendido espiando a las niñas en los lavabos de la escuela. «Chicos malos», murmuraban Cecily y sus vecinos. Tal vez hubiesen recibido su merecido.
Hacia mediados de año, sin embargo, también empezaron a desaparecer los hijos de personas a las que Cecily conocía. El sobrino de la pareja que vivía en la casa de al lado, un niño con una envidiable voz de barítono que ganaba todos los concursos de oratoria del colegio; el hijo del médico del pueblo, un crío tranquilo que siempre llevaba consigo un pequeño tablero de ajedrez y que se ponía a jugar con cualquiera que se lo pidiese; el hijo de la lavandera, un hacendoso adolescente que lavaba los uniformes de los soldados japoneses, y a quien ahora tenía que sustituir su madre porque los japoneses no tenían tiempo para lamentaciones.
En Bintang sólo había una calle principal que atravesaba el pueblo, una farmacia, una tienda de ultramarinos, una escuela para chicos y otra para chicas, así que era lo bastante pequeño para que la preocupación mutase con rapidez. Volvieron a circular los rumores, y los vecinos empezaron a mirar de reojo a las familias de los niños desaparecidos y a preguntarse cuál habría sido su destino. De hecho, los chicos habían desaparecido discretamente, como si se hubiesen escabullido por temor a ofender. Eso inquietaba a Cecily, porque los adolescentes hacían mucho ruido cuando se movían: chocaban contra las cosas, pisaban fuerte; ni siquiera cuando estaban de pie paraban de moverse, incapaces de controlar ni su recién adquirida fuerza física ni la longitud de sus extremidades.
—¿No tienen bastante con matarnos de hambre, apalearnos y quitarnos las escuelas y la vida? ¿También tienen que llevarse a nuestros hijos? —mascullaba el anciano tío Chong, que regentaba la tienda de ultramarinos Chong Sin Kee, el colmado del centro de Bintang donde todos compraban sus víveres, desde las especias y las hierbas hasta el arroz y el jabón. Su mujer, tía Mui, le dio un bofetón en la boca: sus palabras podían considerarse traición, y los Chong también tenían un hijo.
No siempre había sido así. Tres años atrás, cuando habían llegado los japoneses, Cecily, su marido y sus tres hijos habían sido una de las familias que se habían puesto en fila delante de su casa y habían saludado al convoy militar, un comité de bienvenida. Cecily recordaba la emoción que invadió su pecho cuando señaló al general japonés calvo y de escasa estatura, Shigeru Fujiwara, que encabezaba el desfile. «¡Mirad, es el tigre de Malaya!», les dijo a sus hijos.
Después de orquestar una invasión terrestre brillante e inesperada, el general Fujiwara había doblegado a las fuerzas británicas en menos de siete semanas: los japoneses llegaron en bicicleta por el norte, atravesando la frontera de Malaya con Tailandia, una zona selvática muy agreste, mientras la marina británica, que esperaba un ataque por mar, apuntaba su artillería hacia el sur y hacia el este, hacia Singapur y el mar de la China Meridional. Para Cecily, aquello fue como el advenimiento de una nueva era, pero sus esperanzas de tener a unos colonizadores más benignos duraron muy poco. A los pocos meses de la llegada de los japoneses, las escuelas empezaron a cerrar y los soldados cada vez estaban más presentes en las calles. Los ocupantes japoneses mataron a más gente en tres años que los colonizadores británicos en cincuenta. Su brutalidad conmocionó a la tranquila población malaya, acostumbrada por entonces a la frialdad y el desinterés de los británicos, que por lo general dejaban en paz a los lugareños siempre que se alcanzaran las cuotas de extracción de estaño y caucho.
Asustada por lo que pudiese suceder, Cecily empezó a pasar lista todas las noches para asegurarse de que sus tres hijos habían llegado a casa. «¡Jujube!», gritaba en medio del ruido de los preparativos de la cena. «¡Jasmin! ¡Abel!»
Y los niños contestaban todas las noches: Jujube con enojo, poniendo mala cara y con la seriedad de la hija mayor; Jasmin alegremente, sin parar de corretear con sus piececillos como un cachorro. Y el mediano, Abel, que era el que más preocupaba a su madre, gritaba: «¡Pues claro que estoy aquí, madre!», y se abalanzaba sobre ella para envolverla en un gran abrazo.
Ese sistema funcionó durante un tiempo. Noche tras noche, en cuanto se ponía el sol y los mosquitos iniciaban su coro nocturno, Cecily llamaba a sus tres hijos y ellos contestaban. La familia se reunía alrededor de la gran mesa del comedor llena de arañazos y todos explicaban lo que habían hecho ese día; y durante unos minutos, oyendo a Jasmin reírse a carcajadas de alguna payasada de Abel y viendo cómo Jujube se tocaba los cortos rizos, tan parecidos a los suyos, Cecily se olvidaba de la gravedad de sus circunstancias, del terror de la guerra y de la aridez de sus vidas.
Pero entonces, el 15 de febrero, en su decimoquinto cumpleaños, Abel (que, a diferencia de sus hermanas, tenía el pelo castaño claro; Abel, que estaba siempre hambriento por culpa del racionamiento de los alimentos; Abel, que el año anterior había crecido quince centímetros y ya era el más alto de la familia) no había contestado a su llamada: no había regresado a casa de la tienda. Y mientras la vela de cumpleaños se derretía en el pastel de Abel, Cecily lo supo. A las malas personas les pasaban cosas malas; y eso era ella precisamente: una mala persona.
Desde hacía dos años, Cecily no podía ocultar el temor que controlaba su existencia: estaba convencida de que todo lo que había hecho le pasaría factura el día menos pensado, de que el castigo llegaría tarde o temprano. Ese miedo se manifestaba en su costumbre de retorcerse los dedos, en las angustiadas miradas que dirigía a sus hijos, en la desconfianza con que recibía a cualquier desconocido. Ahora que se había producido la catástrofe, sentía que la energía que mantenía su cuerpo en tensión la abandonaba. Más tarde, Jujube le explicó que había dado un largo aullido, grave y angustioso, y que luego se había dejado caer en la silla de mimbre sin emitir ningún sonido. El semblante tranquilo, el cuerpo inmóvil...
La familia hervía de actividad a su alrededor. Su marido, Gordon, se paseaba arriba y abajo gritando a pleno pulmón, aunque no estaba claro si le gritaba a ella o se gritaba a sí mismo: «¡Quizá haya ido a la tienda; quizá haya quedado atrapado en un puesto de control; quizá, quizá, quizá!» Jasmin se agarraba con fuerza al pulgar de su hermana mayor y mantenía un semblante estoico impropio de una niña de siete años. Jujube, siempre tan pragmática, decidió pasar a la acción. Se soltó de Jasmin, fue corriendo a la parte trasera de la casa, se asomó por encima de la valla y les preguntó a los vecinos de uno y otro lado: «¿Han visto a mi hermano? ¿Pueden ayudarme a buscar mi hermano?» Pero eran más de las ocho, la hora del último toque de queda, y ningún vecino se atrevió responder, a pesar de que los gritos de Jujube les partían el corazón.
Cecily no decía nada. Durante unos minutos, antes de que la culpabilidad se apoderara de ella, sintió alivio al comprobar que su mayor temor se había hecho realidad. Por fin había sucedido, y todo aquello era culpa suya.
Ella lo había provocado todo.
A la mañana siguiente, los vecinos de Cecily se pusieron manos a la obra para ir en busca de Abel. Los Alcantara eran una familia respetable, y las familias respetables no se merecían sufrir una tragedia como aquélla. Los hombres organizaron equipos de búsqueda diurnos: salían a las calles con letreros y llamaban a Abel a gritos. Miraron en los trasteros de detrás de las casas, miraron en los rincones de las tiendas favoritas de Abel, miraron en los parques infantiles y en las fábricas abandonadas. Miraron, aunque no entraron, en la antigua escuela, que se había convertido en un centro de interrogatorios japonés. Los hombres iban en pequeños grupos y agachaban la cabeza cuando los soldados del Kenpeitai con su uniforme verde fango los miraban, pero no se dejaban amilanar porque eran muchos y eso los protegía, y aquella búsqueda del chico era una especie de pequeña revolución, su pequeña rebelión contra los japoneses. Las mujeres abordaron el incidente como si fuese un nacimiento o una defunción, y llevaban constantes provisiones de comida y consuelo a la casa de los Alcantara. Le aseguraban a Cecily que todo saldría bien, que Abel era un chico despistado y que seguramente se había quedado dormido en algún sitio y encontraría el camino de regreso a casa; que estaría en casa de algún amigo suyo y habría perdido la noción del tiempo; que los jóvenes guapos, encantadores y prometedores como Abel no desaparecían así como así.
Las otras mujeres pensaban que Cecily era increíblemente desagradecida. No les daba las gracias cuando le llevaban comida, no les preparaba té cuando esperaban junto a la puerta a que las invitara a entrar, no lloraba, no les hacía confesiones, no se derrumbaba (lo que habría sido muy comprensible). Lo único que hacía era estar tremendamente alerta, mirando en todas direcciones, como si estuviera a punto de saltar. ¿Sobre qué? No lo sabían. Por supuesto, se compadecían de ella, susurraban entre ellas, pero la verdad era que a veces Cecily llevaba las cosas demasiado lejos.
—¿Recordáis las terribles historias que les contaba a los niños?
—¿La de un hombre al que obligaron a beber agua jabonosa hasta que se le hinchó el estómago, y luego los soldados japoneses le pusieron un tablón de madera encima y empezaron a dar saltos en ambos extremos como en un balancín hasta que le explotó la barriga? ¿Esa historia? —preguntó la señora Chua.
—Ay, ¿de verdad tenías que volver a contar esa horrible historia? —dijo la señora Tan—. ¡Mis hijos tuvieron pesadillas durante semanas!
La mayoría de ellas pensaban que Cecily no sabía comportarse adecuadamente. Todas eran madres; sabían cómo debían comportarse las madres. Y cuando una madre perdía a un hijo, se suponía que debía llorar, derrumbarse, buscar consuelo en otras madres. No debía sostener su dolor como un escudo, ni tampoco estar tan malhumorada que nadie se atreviera a acercarse a ella.
Pero luego recordaban que tenían que ser buenas vecinas. La señora Tan siguió enviando cuencos humeantes de sopa de fideos a la casa de los Alcantara e intentaba no ofenderse cuando, al pasar por allí al día siguiente, veía los cuencos junto a la entrada, en el sitio exacto donde los había dejado. La señora Chua se ofreció a vigilar a Jujube y a Jasmin para que Cecily pudiese descansar. Puan Azreen, muy dada al dramatismo, contaba historias sobre todas las personas que sabía que habían desaparecido, pero no podía evitar añadir una buena dosis de horror a sus relatos, en los que a los pocos que regresaban siempre les faltaba algún miembro o tenían la cara desfigurada.
Los vecinos pensaban que Gordon, al menos, sí era capaz de mostrarse agradecido. El marido de Cecily recorría el pueblo con los otros hombres, llamaba a su hijo a gritos, les daba palmadas en la espalda a los otros maridos, les daba las gracias a todos por su tiempo. «Se ha vuelto mucho más amable», comentaban los vecinos entre ellos. «No le deseas una cosa así a nadie, por supuesto, claro que no», decían chascando la lengua, pero preferían aquella versión de Gordon Alcantara sin tantos humos, sin la pomposidad que tanto les había desagradado de él en el pasado, cuando mandaban los británicos y Gordon era un funcionario que se creía mejor que todos ellos.
Los días transcurridos desde la desaparición de Abel se convirtieron en semanas, y poco a poco las batidas diarias que organizaban los hombres se volvieron más esporádicas y las visitas de las mujeres a la casa ya no eran tan frecuentes. Seguían desapareciendo chicos, y los vecinos se quedaban en casa y escondían a sus hijos varones de las afiladas miradas de los soldados del Kenpeitai. La breve alegría de la revuelta se extinguió, y los vecinos recordaron de nuevo que, durante la guerra, la única prioridad era la propia familia. No podían perder el tiempo con los hijos desaparecidos de los demás.
Una semana antes de desaparecer, Abel había llegado a casa cargado con unas flores bastante feas que más bien parecían maleza y que seguramente había arrancado del arcén de la carretera. Pero estaba tan orgulloso de ellas que Cecily las puso en un jarrón y fingió que eran las flores más bonitas que había visto jamás. En las semanas posteriores a su desaparición, las flores se secaron, pero Cecily no tuvo valor para tirarlas. Luego, una tarde, olvidó cerrar la ventana de su dormitorio durante una de aquellas tormentas tropicales por las que era famosa Malaya, tan violentas que sacudían las paredes. La lluvia entró en la habitación, y el viento lo tiró todo por el suelo y rompió el jarrón de las flores secas de Abel. Aquella noche, cuando amainó la tormenta, Gordon encontró a Cecily con los dedos ensangrentados, tratando de pegar los fragmentos del jarrón y de colocar las flores rotas de modo que alcanzaran la talla de un niño. Pero, como sucedía con las piezas que había puesto en movimiento diez años atrás, aquello no se podía arreglar. No había vuelta atrás.
1
Cecily
Bintang, Kuala Lumpur
1935
Diez años atrás, Malaya
ocupada por los británicos
La familia de Cecily era euroasiática, descendiente de portugueses, concretamente de los primeros de una serie de colonizadores blancos que habían desembarcado en las costas de Malaya a principios del siglo XVI, armados y con la ambición de controlar las rutas de comercio de especias en la región y sus inmensos recursos naturales. La madre de Cecily se enorgullecía de la pátina blanca de sus apellidos y de su sangre, y miraba con superioridad y desprecio a sus paisanos. Su cantinela habitual era: «Nosotros no vinimos aquí para ser obreros y trabajar en las tierras de cultivo y en las minas, como los chinos y los indios, y tampoco nos conquistaron como a los malayos. Nosotros descendemos de aquellos hombres blancos, somos cristianos, adoramos a sus mismos dioses, y ellos nos dieron sus apellidos: Rozario, Oliveiro y Sequiera.»
Cuando era pequeña Cecily no lo entendía, porque sus amigos y familiares euroasiáticos eran de muy diversos colores —morenos, negros, amarillos—, pero entre ellos nunca había visto a una sola persona con la piel blanca, rosada y pecosa típica de los británicos.
«Bueno, pero nosotros somos casi blancos, igual que ellos», insistía la madre de Cecily, contemplando con adoración al británico que tuviese más cerca —un maestro, un funcionario, un sacerdote—, casi siempre sudoroso bajo aquel calor al que no estaba acostumbrado.
Cecily nunca había considerado que tuviese derecho a creerse guapa ni superior. De pequeña había sido una niña del montón que no se distinguía por nada en particular. Se notaba en la indiferencia con que su madre hablaba de su pelo, sus ojos y su piel marrones, en ocasiones incluso con desagrado. Su hermana Catherine, cuatro años mayor que ella, encarnaba el ideal. Catherine, con su cutis aceitunado y sus ojos de un verde grisáceo, acabó casándose con un oficial británico apellidado Abbott que se la llevó con él a Inglaterra cuando fue a reclamar su título nobiliario. De repente, Catherine se convirtió en lady Abbott. Pero las muchachas más bien corrientes como Cecily, aunque fuesen euroasiáticas, nacidas en las casitas con techo de paja de las sofocantes colonias británicas a principios del siglo XX, estaban destinadas a llevar una vida tranquila y a cumplir los roles asignados: primero como niñas, cuando debían aprender todas las habilidades con las que podrían atraer a un buen marido; luego como esposas, manteniendo la casa organizada y llevándose bien con los vecinos, y por último como madres, pariendo y criando a un número de hijos adecuado para demostrar su valía.
Cecily hizo todas esas cosas con discreción y tenacidad, y a los treinta años ya tenía dos hijos, Jujube y Abel, y un marido, Gordon, que antaño había sido un niño regordete euroasiático que vivía dos calles más allá y que ahora le proporcionaba unas comodidades dignas. Su casita con tejado naranja, pese a no ser bonita, era funcional. Y sin embargo ella se sentía insoportablemente insatisfecha. Todas las mañanas preparaba huevos pasados por agua para su marido y sus hijos en la calurosa cocina. Vertía el café en unas tacitas de hojalata con una sonrisa en los labios, y a veces tarareando una canción. Pero mientras cocinaba, cantaba y desempeñaba todas las tareas propias de su pequeño y tranquilo mundo de felicidad doméstica, fantaseaba con romper en la cabeza de su marido los huevos hervidos y arrojar a la cara de sus hijos el café caliente. Luego se avergonzaba tanto de sí misma que se sentía enferma. No sabía cuándo, cómo ni por qué se había producido aquel cambio en su interior; y tampoco sabía cómo solucionarlo. Incluso fuera de casa, a veces, cuando estaba en el mercado regateando con los tenderos para comprar pescado o berenjenas, de pronto sentía la necesidad de gritar y volcar las mesas llenas de pescado y de piezas de cerdo sanguinolentas.
El último martes de noviembre de 1935, Cecily observó el cielo con recelo. Estaba a punto de llover y las nubes grises se amontonaban como una congregación. Metida hasta las rodillas en un montón de basura hedionda, apretaba con fuerza la planta de los pies contra las sandalias para no caerse. La atmósfera estaba cargada de humedad, como solía pasar por las tardes en la Malaya tropical, pero ese día más aún porque las nubes de lluvia acechaban y amenazaban con descargar. Le preocupaba no haber terminado su misión antes de que empezara a llover. Escarbó en el montón de basura, entre hojas de col, espinas de pescado y algo que tenía el sospechoso aspecto de un testículo de animal. El calor hacía que el olor a podrido se le metiera en la nariz. Contuvo las náuseas, maldijo el encargo y, cuando estaba a punto de rendirse, vio el documento que estaba buscando: una hoja de libreta en lo alto de una bolsa de basura que acababa de rasgar. La hoja estaba manchada, pero bastante lisa, y allí posada parecía esperar a que alguien se la llevara. La cogió y la agitó un poco, y enseguida se arrepintió de haberlo hecho porque unas gotas del jugo pestilente que había encima le salpicaron la cara. Al menos los garabatos, diagramas y borrones estaban intactos, y las líneas escritas en el papel con la caligrafía de su marido podían leerse perfectamente.
—Buen trabajo, Cecily.
La frágil voz la asustó; estaba en cuclillas y le resbalaron los pies, y se vio obligada a corregir la postura para no caer de bruces en el montón de basura, lo que habría sido repugnante. Se incorporó y se dio la vuelta, manteniendo las manos apartadas del cuerpo para no ensuciarse la ropa.
—¿Qué haces aquí?
Fujiwara estaba plantado tres pasos detrás de ella. Tenía las manos blancas y limpias, a diferencia de las de Cecily, que eran morenas y estaban mugrientas. Llevaba un traje de lino un tanto arrugado, lo suficiente para revelar que volvía de andar por el pueblo. Avanzó hacia Cecily con un brazo extendido, señalando la hoja de la libreta. Ella lo miró y frunció el ceño. Aquél no era el procedimiento que habían acordado, y él sabía que a ella no le gustaba improvisar. Desestabilizaba el carácter cuidadosamente construido de su relación, lo que a su vez la desestabilizaba a ella.
Fujiwara cogió la hoja de papel por una esquina; lo hizo sólo con dos dedos: se la quitó de las manos a Cecily y la agitó en el aire como si quisiera secarla, aunque por supuesto no lo consiguió.
—Escóndela. Podrían descubrirnos —dijo ella. Intentó calmar el nerviosismo que le oprimía el estómago hablando con toda la frialdad que pudo. Le salió una voz aguda y aflautada, y la frustración le formó un nudo en la garganta.
Ese día, como todos los demás, Cecily habría tenido que dejar la hoja de papel en la tienda de ultramarinos de los Chong. Habría deslizado los dedos entre la pared desconchada y el estante desvencijado donde estaban las compresas higiénicas en busca de un hueco diminuto, y habría metido el documento que hubiese hurtado esa semana en ese pequeño espacio. Era un ingenioso punto de entrega (escondido a plena vista en uno de los negocios más frecuentados del pueblo), porque los hombres no querían saber nada de los órganos reproductores femeninos y evitaban aquel pasillo y aquel estante en particular, y las mujeres entraban y salían a toda prisa, pues no querían que las vieran allí. Luego, cuando iba a hacer la compra, la cocinera de confianza de Fujiwara recogía el documento que Cecily hubiera dejado en el hueco y se lo entregaba a él. Llevaban meses haciéndolo; no había ningún motivo para que Fujiwara modificara el procedimiento.
—Esto no me gusta —dijo Cecily en voz baja—. Podrían verme hablando contigo.
Desvió la mirada hacia la calle principal, perpendicular al callejón donde se encontraban, casi siempre muy transitada. Pasó un coche, luego un rickshaw y a continuación una bicicleta, pero nadie se fijó en ellos.
—Cecily... —murmuró él. Una de las cosas de Fujiwara que a Cecily le producía más frustración era que siempre hablaba en susurros. A veces se preguntaba si él era consciente de su poder, de que la calma que infundía a su voz era en sí misma una agresión que obligaba a la gente a dejar lo que estuviese haciendo para inclinarse hacia delante y escuchar.
Cecily se apartó de él y de su prominente y aquilina nariz, que siempre le provocaba un nudo en el estómago (Fujiwara no era un hombre atractivo, pero su pulcritud y la simetría de sus facciones le conferían un aire aristocrático), y se concentró en coger una manguera que había allí cerca para lavarse las manos y quitarse el olor a escamas de pescado. Cuando el agua fría corrió por la palma de su mano izquierda, sintió un fuerte dolor en el brazo, y unas burbujas de sangre se mezclaron con el chorro de agua que salía de la manguera.
—Estás sangrando, Cecily.
Se acercó para mirar, y el olor a menta de su fijador para el pelo impregnó el cálido aire que los envolvía; un pequeño detalle que le recordó el poder que Fujiwara tenía sobre ella.
—Sólo es un arañazo en el dedo —dijo Cecily. «Que me he hecho porque me has obligado a hurgar en la basura», pensó. Compuso una sonrisa serena, casi arrogante: una expresión con la que pretendía disimular su deseo de agarrarlo por la muñeca y de confesarle el anhelo que sentía por él. Le pasaba desde hacía meses: el estómago se le desplomaba sin remedio las pocas veces que se veían, y ella se sentía a la vez ebria y hambrienta.
—Lo siento, ya sé que no te gustan los cambios —dijo él.
Cecily pasó la mano por debajo del chorro de agua y se estremeció al notar el escozor del corte.
—Pero tengo que decirte una cosa. No podía esperar —añadió Fujiwara.
Ella volvió a sentir aquel delicioso vértigo en el estómago. Él nunca le había dado a entender que sintiera lo mismo. De hecho, nunca le había dado a entender lo que sentía o dejaba de sentir.
Fujiwara se puso la hoja manchada sobre el muslo y la alisó presionándola con la mano. Cecily sacó el dedo de debajo del chorro de agua y lo limpió en su falda floreada. El corte ya empezaba a coagularse, y aunque la mancha de sangre oscurecía los pétalos de una flor estampada en la tela, apenas se veía. Un monstruo oculto a simple vista.
—¿Qué tienes que decirme? —le preguntó, lamentando que sus palabras sonaran a súplica.
—Estas cifras nos serán muy útiles —dijo él, eludiendo la pregunta y examinando la hoja de papel al tiempo que fruncía el ceño.
Cecily examinaba a Fujiwara mientras él examinaba la hoja. Tenía una gota de sudor en la parte superior de una de sus oscuras cejas, algo inusual, pues siempre tenía un aspecto fresco e impecable, como si acabara de bañarse. A Cecily le habría gustado sacar la lengua y lamerle la gota de sudor, notando su calidez y su sabor a sal.
—Tengo que llevar esto a analizar —susurró él. Se había apartado un poco de ella, y Cecily apenas le oía—. Pero parece parte de un registro por horas de las mareas y de la profundidad del agua dentro del puerto. Tu marido debe de haber expuesto sus hallazgos en un informe más extenso, y por eso ha desechado estas notas.
Cecily asintió, aunque apenas escuchaba mientras intentaba por todos los medios desviar la mirada de aquella gota de sudor. El escozor que sentía en el dedo se mezclaba con su sensación de vergüenza.
—De acuerdo. Si no piensas decirme lo que está pasando, me voy —dijo—. Es peligroso, podrían vernos
