Resistencia

Scott Kelly

Fragmento

 Conspiración

Índice

Resistencia

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo. La vida en la Tierra

Fotografías

Agradecimientos

Índice alfabético

Notas

Sobre este libro

Sobre el autor

Créditos

cap

Para Amiko,

con quien he compartido este viaje

cap

El hombre debe buscar nueva presa en cuanto

la anterior se escabulle a su madriguera.

SIR ERNEST SHACKLETON

Explorador antártico

y capitán del Endurance, 1915

 

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© Nathan Koga

Representación de la Estación Espacial Internacional (EEI).

cap-1

Prólogo

Estoy sentado en la cabecera de la mesa del comedor en mi casa de Houston, acabando de cenar con mi familia: mi novia desde hace muchos años, Amiko; mis hijas, Samantha y Charlotte; mi hermano gemelo, Mark; su mujer, Gabby; su hija, Claudia; nuestro padre, Richie; y Corbin, el hijo de Amiko. Es algo sencillo lo de compartir mesa y comida con los seres queridos, una escena que mucha gente vive cada día sin darle mucha importancia. Para mí, es algo con lo que llevo soñando casi un año. He imaginado tantas veces cómo sería esta comida que ahora que por fin estoy aquí no parece del todo real. Las caras de los seres queridos, que no he visto en tanto tiempo, el parloteo de muchas personas hablando a la vez, el tintineo de los cubiertos, el movimiento del vino en la copa; todo me resulta extraño. Incluso la sensación de que la gravedad me mantiene sentado se me hace rara, y cada vez que dejo una copa o un tenedor sobre la mesa busco por un momento un punto de velcro o una tira de cinta adhesiva para que no se muevan. Hace cuarenta y ocho horas que he vuelto a la Tierra.

Me separo de la mesa e intento ponerme en pie, sintiéndome como un anciano que se levanta de su sillón.

—Estoy acabado —anuncio.

Todos se ríen y me animan a que me retire a descansar. Empiezo el trayecto hasta el dormitorio: unos veinticinco pasos desde la silla hasta la cama. Al tercero parece como si el suelo se tambalease bajo mis pies, y tropiezo con una maceta. En efecto, nada pasa con el suelo, es mi sistema vestibular tratando de adaptarse a la gravedad terrestre. Estoy acostumbrándome a volver a andar.

—Es la primera vez que te veo tropezar —dice Mark—. Lo estás haciendo bastante bien.

Sabe por experiencia personal lo que se siente al volver a estar bajo la gravedad tras una temporada en el espacio. Al pasar junto a Samantha, me apoyo en su hombro y ella me sonríe.

Llego hasta el dormitorio sin más incidentes y cierro la puerta tras de mí. Me duele el cuerpo entero. Todas las articulaciones y todos los músculos sufren bajo la aplastante presión de la gravedad. También siento náuseas, aunque no he vomitado. Me desvisto y me meto en la cama, disfrutando del tacto de las sábanas, la ligera presión de la manta sobre mi cuerpo y la mullida almohada bajo mi cabeza. He echado mucho de menos esto. Puedo oír la alegre cháchara de mi familia detrás de la puerta, voces que desde hace más de un año no he oído sin la distorsión de los teléfonos que envían las señales a través de satélites. Me quedo dormido con el reconfortante sonido de sus voces y sus risas.

Me despierta un rayo de luz. ¿Es por la mañana? No, es Amiko que viene a acostarse. Solo llevo un par de horas dormido, pero me siento delirar. Me cuesta recuperar la consciencia lo suficiente para poder moverme y decirle lo mal que me encuentro. Las náuseas se han intensificado, me noto febril y el dolor ha aumentado. No me sentí así después de mi última misión. Esto es muchísimo peor.

—Amiko —alcanzo a decir por fin.

Se alarma por el tono de mi voz.

—¿Qué pasa? —Me palpa el brazo y después la frente. Siento que su piel está helada, pero solo porque estoy ardiendo.

—No me encuentro bien —le digo.

He estado cuatro veces en el espacio, y ella ya ha vivido conmigo una vez el proceso completo como mi principal apoyo, cuando pasé 159 días en la estación espacial entre 2010 y 2011. Entonces experimenté cierta reacción al volver del espacio, pero esto es totalmente distinto.

Me cuesta levantarme. Localizo el borde de la cama. Bajo los pies hasta el suelo. Me incorporo. Me pongo en pie. A cada momento siento que me debato entre arenas movedizas. Cuando por fin alcanzo la verticalidad, el dolor en las piernas es espantoso, y a él se suma una sensación todavía más alarmante: noto como si toda la sangre del cuerpo se estuviese acumulando en las piernas; es como cuando haces el pino y la sangre se va a la cabeza, pero al revés. Siento cómo se me hinchan los tejidos de las piernas. Me arrastro hasta el cuarto de baño, esforzándome a propósito por pasar todo el peso de un pie al otro. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha.

Llego al baño, enciendo la luz y me miro las piernas. No son piernas, sino unos muñones hinchados y ajenos.

—Mierda —digo—. Amiko, ven a ver esto.

Se agacha y me aprieta un tobillo, que cede a la presión como un globo lleno de agua. Alza la vista con mirada de preocupación.

—Ni siquiera noto los huesos del tobillo —me dice.

—Además, me arde la piel —le comento.

Amiko me examina ansiosa. Me ha salido un extraño sarpullido en la espalda, en la parte trasera de las piernas, la cabeza y el cuello; las partes que estaban en contacto con la cama. Siento cómo se mueven sus manos frías por mi piel inflamada.

—Parece una erupción alérgica —dice—. Como urticaria.

Después de usar el baño me arrastro de vuelta a la cama, preguntándome qué debería hacer. En general, si me levantase así iría a urgencias, pero nadie en el hospital habrá visto los síntomas de haber pasado un año en el espacio. Me meto entre las sábanas buscando la manera de tumbarme sin apoyarme en el sarpullido. Puedo oír cómo Amiko revuelve el armario de las medicinas. Vuelve con dos ibuprofenos y un vaso de agua. Mientras se tranquiliza, noto en cada uno de sus movimientos, en su respiración, que está preocupada por mí. Ambos somos conscientes de los riesgos de la misión en la que me alisté. Después de seis años juntos, la entiendo a la perfección incluso en la silenciosa oscuridad.

Mientras intento dormirme me pregunto si mi amigo Mijaíl Kornienko también estará sufriendo hinchazón en las piernas y dolorosas erupciones (Misha está en casa, en Moscú, tras haber pasado casi un año en el espacio conmigo). Sospecho que sí. Al fin y al cabo, por eso nos ofrecimos como voluntarios para esta misión: con el fin de descubrir más sobre cómo afectan al cuerpo humano los viajes espaciales de larga duración. Los científicos estudiarán esos datos sobre Misha y sobre mí durante el resto de nuestras vidas y más allá. Nuestras agencias espaciales no podrán llegar más lejos en el espacio, a un destino como Marte, hasta que sepamos más sobre cómo reforzar los eslabones más débiles de la cadena que hace posible los viajes espaciales: el cuerpo y la mente humanos. La gente me pregunta a menudo por qué me ofrecí voluntario para esta misión, conociendo los riesgos —el riesgo del lanzamiento, el inherente a los paseos espaciales, el de la vuelta a la Tierra, el peligro al que estaría expuesto cada segundo que pasase dentro de un contenedor metálico que orbita alrededor de la Tierra a más de 28.000 kilómetros por hora—. Tengo unas cuantas respuestas para esta pregunta, pero ninguna me resulta del todo satisfactoria. Ninguna la responde del todo.

Cuando era niño tenía una extraña fantasía recurrente. Me veía confinado en un espacio reducido, donde apenas podía tumbarme. Acurrucado en el suelo, sabía que estaría allí mucho tiempo. No podía salir, pero me daba igual; sentía que tenía todo lo que necesitaba. Había un no sé qué en ese pequeño espacio, en la sensación de que estaba haciendo algo difícil solo por vivir allí, que me resultaba atractivo. Me sentía como en casa.

Una noche, cuando tenía cinco años, mis padres nos despertaron a Mark y a mí y nos llevaron a toda prisa al salón para ver en el televisor una imagen gris y borrosa, que, como nos explicaron, correspondía a hombres caminando por la Luna. Recuerdo oír entre las interferencias la voz de Neil Armstrong y tratar de hacerme a la extraordinaria idea de que estaba de visita en el reluciente disco que podía ver desde nuestra ventana en el cielo estival de New Jersey. Presenciar la llegada a la Luna me provocó una extraña pesadilla que también se repetía: soñaba que me estaba preparando para el lanzamiento de un cohete a la Luna, pero en lugar de ir bien seguro en un asiento en el interior, me encontraba atado al extremo puntiagudo del cohete, con la espalda sobre su punta cónica y mirando directamente hacia el firmamento. La Luna se cernía sobre mí con sus cráteres gigantescos y amenazadores mientras esperaba a que terminase la cuenta atrás. Sabía que no sobreviviría al instante de la ignición. Cada vez que tenía esa pesadilla, me despertada, sudando y aterrorizado, justo antes de que los propulsores lanzasen sus llamaradas al cielo.

De niño cometía todas las temeridades que se me ocurrían, no porque fuese un imprudente, sino porque todo lo demás me resultaba aburrido. Me tiraba desde las alturas, reptaba bajo tierra, aceptaba los retos de otros chicos, patinaba, me deslizaba, nadaba y volcaba, a veces tentando a la muerte. Con seis años, Mark y yo trepábamos por los canalones de desagüe y saludábamos a nuestros padres desde los tejados, a dos o tres pisos de altura. Intentar algo difícil era la única forma de vivir. Si hacíamos algo seguro, algo que ya sabíamos que era posible llevar a cabo, estábamos perdiendo el tiempo. No entendía cómo niños de mi edad podían estarse quietos, respirando y parpadeando, durante la jornada escolar, cómo podían refrenar la necesidad imperiosa de correr por la calle, de lanzarse a explorar, de hacer cosas nuevas y arriesgarse. ¿Qué les pasaría por la cabeza? ¿Qué podían aprender en una clase que se acercara siquiera a la sensación de lanzarse en bici ladera abajo sin control?

Fui un pésimo estudiante. Me pasaba el rato mirando por la ventana o al reloj, esperando a que terminasen las clases. Los profesores me reprendían, me castigaban y, al final, algunos me ignoraban. Mis padres, un policía y una secretaria trataron en vano de inculcarnos disciplina a mi hermano y a mí; ni él ni yo les hicimos caso. Pasábamos mucho tiempo solos; después de clase, mientras nuestros padres aún seguían en el trabajo, y las mañanas de los fines de semana, cuando dormían la mona. Éramos libres para hacer lo que quisiésemos, y lo que queríamos era asumir riesgos.

Durante mis años de instituto, por primera vez encontré algo que se me daba bien y que los adultos veían con buenos ojos: trabajé como técnico sanitario de urgencias. Cuando me formé para serlo descubrí que tenía paciencia para sentarme a estudiar. Empecé como voluntario y en pocos años conseguí un trabajo de jornada completa. Hacía el turno de noche en la ambulancia, sin saber nunca qué sería lo siguiente que me encontraría: heridas de bala, ataques cardíacos, huesos rotos. Una vez asistí a un parto en una zona de viviendas sociales; la madre estaba tendida sobre una cama hedionda con sábanas gastadas y mugrientas, bajo la luz de una sola bombilla meciéndose con el aire, y los platos sucios amontonados en el fregadero. La vibrante sensación de encontrarme en una situación peligrosa en potencia y tener que depender de mi ingenio resultaba embriagadora. Me enfrentaba a situaciones de vida o muerte, no a los aburridos —y, para mí, absurdos— temas de los que se hablaba en clase. Muchas veces por la mañana conducía hasta casa y me metía en la cama en lugar de ir al instituto.

Logré graduarme, aunque entre los peores de mi generación. Fui a la única universidad que me aceptó (que no era a la que creía haber enviado la solicitud; tal era mi capacidad de concentración). Allí mostré por los estudios el mismo interés que en el instituto, pero me estaba haciendo demasiado mayor para seguir de sobresalto en sobresalto por diversión. Salir de fiesta sustituyó al riesgo físico, aunque nunca resultó tan satisfactorio. Cuando los adultos me preguntaban, decía que quería ser médico. Me había inscrito en los cursos de preparación para estudiar medicina, pero empecé a faltar a clase desde el primer semestre. Era consciente de que solo dejaba pasar el tiempo hasta que alguien me dijese que tenía que dedicarme a otra cosa. Sin embargo, no tenía idea de qué podía ser.

Un día entré en la librería del campus a comprar algo de comer, y me llamó la atención un expositor. Las letras de la portada del libro que se promocionaba parecían salir disparadas hacia el futuro con una velocidad imparable: Elegidos para la gloria. Lo que hay que tener. Yo no era un gran lector; siempre que tenía que leer algún libro para la escuela me limitaba a hojearlo, muerto de aburrimiento. A veces miraba un poco la guía de estudio de la obra en cuestión y recordaba lo suficiente para aprobar el examen. No había leído muchos libros por voluntad propia a lo largo de mi vida, pero por alguna razón este despertó mi curiosidad.

Cogí un ejemplar, y sus frases iniciales me transportaron a un aeródromo lleno de humo apestoso en la base aérea de la Marina en Jacksonville, donde un joven piloto de pruebas acababa de morir calcinado hasta quedar irreconocible. Había estrellado su avión contra un árbol, lo que «hizo que su cabeza estallase como un melón». La escena llamó mi atención como nada que hubiera leído antes. Había algo que me resultaba profundamente familiar, aunque era incapaz de decir qué.

Compré el libro y me pasé el resto del día leyéndolo sobre la cama sin hacer, con el corazón acelerado y las frases hiperactivas y circulares de Tom Wolfe resonándome en la cabeza. Me fascinó la descripción de los pilotos de pruebas de la Marina, brillantes jóvenes de la aviación que despegaban desde portaaviones a los mandos de aeronaves inestables, empinaban el codo y, en general, se movían por el mundo como machotes excepcionales.

No, la idea aquí (en la omnipresente cofradía) parecía ser que el individuo debía ser capaz de subir a una máquina estruendosa y veloz y jugarse el pellejo y luego tener el valor, los reflejos, la experiencia y el temple necesarios para echar el freno y dar la vuelta en el último instante aterrador; y luego subir otra vez al día siguiente y al otro, y al otro, y todos los días, aunque la serie resultara infinita; y, en último término, en su mejor expresión, hacerlo así en pro de una causa que significaba algo para miles de individuos, para un pueblo, una nación, la humanidad. Dios.

No era solo una emocionante historia de aventuras. Era más bien un plan de futuro. Esos jóvenes, que pilotaban aviones a reacción de la Marina, tenían un trabajo de verdad que existía en el mundo real. Algunos de ellos se hicieron astronautas, que era también un trabajo de verdad. Sabía que no era fácil llegar a esos puestos, pero había quien lo conseguía. Era algo posible. Lo que me atrajo de estos pilotos no era la idea de «lo que hay que tener» —una cualidad que poseían esos pocos hombres valientes—, sino la de realizar algo extraordinariamente difícil, jugarse la vida, y sobrevivir. Era como un turno de noche en la ambulancia, pero a la velocidad del sonido. Los adultos que me rodeaban y me animaban a estudiar medicina pensaban que me gustaba el trabajo en la ambulancia porque me apasionaba tomar la presión a los pacientes, inmovilizar huesos rotos y ayudar a la gente. Sin embargo, lo que me atraía de verdad era la emoción, la dificultad, la incertidumbre, el riesgo. En ese libro encontré algo que pensé que nunca hallaría: una ambición. Cuando cerré el libro esa noche, de madrugada, era una persona distinta.

A lo largo de las décadas posteriores me preguntaron muchas veces cuándo comenzó mi carrera como astronauta, a lo que respondía hablando de cuando vi el aterrizaje en la Luna siendo niño, o de cuando presencié el primer lanzamiento de un transbordador espacial. Estas respuestas eran hasta cierto punto verdad. Nunca contaba la historia de un chico de dieciocho años en la habitación pequeña y poco ventilada de una residencia universitaria, absorto con las frases turbulentas que describían a pilotos muertos mucho tiempo atrás. Ese fue el verdadero principio.

Cuando me convertí en un astronauta y empecé a conocer a otros astronautas, supe que muchos compartían conmigo el recuerdo infantil de salir en pijama del dormitorio para ver la llegada a la Luna. La mayoría de ellos decidieron en ese momento que algún día irían al espacio. En aquella época nos prometían que antes de 1975, cuando yo tendría once años, Estados Unidos aterrizaría sobre la superficie de Marte. Todo era posible ahora que habíamos llevado un hombre a la Luna. Más adelante, la NASA perdió la mayor parte de su presupuesto, y nuestros sueños espaciales se fueron rebajando a lo largo de varias décadas. Pero a los astronautas de mi promoción nos habían asegurado que seríamos los primeros en llegar a Marte, y nos lo creímos hasta tal punto que lo incorporamos a los emblemas que llevábamos bordados en las cazadoras, en los que un pequeño planeta rojo asomaba por encima de la Luna y la Tierra. Desde entonces, la NASA ha conseguido ensamblar la Estación Espacial Internacional, lo más difícil que han logrado los seres humanos en toda su historia. Llegar a Marte y volver será aún más difícil, y yo he pasado un año en el espacio —más tiempo del que se tardaría en llegar al planeta rojo— para ayudar a responder a algunas de las preguntas en torno a cómo sobreviviríamos a ese viaje.

No he perdido la osadía de mi juventud. Mis recuerdos de infancia tratan de las incontrolables fuerzas de la física, el sueño de escalar más alto, el peligro de la gravedad. Para un astronauta, esos recuerdos son en cierto sentido inquietantes, pero tranquilizadores en otro. Cada vez que me arriesgué, viví para contarlo; cada vez que me metí en algún lío, salí de él con vida.

Durante el año que duró mi misión, pensaba tan a menudo en lo importante que había sido para mí Lo que hay que tener que decidí ponerme en contacto a Tom Wolfe; supuse que le parecería divertido recibir una llamada desde el espacio. Entre otras cosas de las que hablamos, le pregunté cómo había escrito sus libros y cómo podía yo empezar a plasmar mis experiencias por escrito.

«Empieza por el principio», me dijo, y eso es lo que haré.

cap-2

1

20 de febrero de 2015

Hay que llegar hasta los confines de la Tierra para poder abandonarla. Desde que se retiraron los transbordadores espaciales estadounidenses en 2011, dependemos de los rusos para que nos lancen al espacio, y tenemos que empezar por viajar hasta el cosmódromo de Baikonur, en las estepas desérticas de Kazajistán. Primero vuelo de Houston a Moscú, un trayecto que suele durar once horas, y desde allí monto en una furgoneta hasta la Ciudad de las Estrellas, Rusia, a unos setenta kilómetros, un viaje que puede durar entre una y cuatro horas, dependiendo del tráfico de la capital. La Ciudad de las Estrellas es el equivalente ruso del Centro Espacial Johnson: el lugar donde los cosmonautas se han entrenado durante los últimos cincuenta años (y, de forma más reciente, los astronautas que viajarán al espacio con ellos).

La Ciudad de las Estrellas es un pueblo que cuenta con su propio alcalde, una iglesia, museos y bloques de apartamentos. Hay una estatua gigante de Yuri Gagarin, el primer hombre en llegar al espacio en 1961, dando un simple y humilde paso hacia delante, cargado de realismo y socialismo, con un ramo de flores en su peana. Hace años, la agencia espacial rusa construyó una hilera de viviendas adosadas especialmente para nosotros, los estadounidenses, y alojarse en ellas es como descansar en un plató de cine basado en el estereotipo ruso de cómo los estadounidenses quieren vivir. Hay enormes frigoríficos y televisores, pero en cierto modo todo está un poco fuera de lugar. He pasado mucho tiempo en la Ciudad de las Estrellas, incluida una temporada como director de operaciones de la NASA en ese lugar, pero me sigue resultando raro, sobre todo en mitad del gélido invierno ruso. Tras unas pocas semanas de entrenamiento, estoy deseando volver a Houston.

Desde la Ciudad de las Estrellas volamos 2.600 kilómetros hasta Baikonur, que en otro tiempo fue la sede secreta de los lanzamientos del programa espacial ruso. A veces la gente dice que un lugar está «en mitad de ninguna parte», pero yo ya solo utilizo esa expresión para referirme a Baikonur. Las instalaciones en realidad se construyeron en el pequeño pueblo de Tyuratam, llamado así en honor de un descendiente de Gengis Kan, aunque, para despistar, los rusos lo llamaban Baikonur, que era el nombre de otro pueblo situado a varios cientos de kilómetros de distancia. Hoy en día este es el único lugar llamado Baikonur. En un principio, los soviéticos también se referían a ese lugar como Ciudad de las Estrellas para confundir aún más a Estados Unidos. Para un estadounidense que creció y se formó como piloto de la Marina en las postrimerías de la Guerra Fría, siempre resultará un poco extraño que te inviten al epicentro del antiguo programa espacial soviético para contarte sus secretos. Quienes viven hoy en Baikonur son en su mayoría kazajos, descendientes de tribus turcas o mongolas, con una minoría de etnia rusa que permaneció allí tras la descomposición de la Unión Soviética. Rusia arrienda estas instalaciones a Kazajistán. El rublo ruso es la moneda principal, y todos los vehículos llevan matrículas rusas.

Desde el aire, parece como si a Baikonur lo hubiesen arrojado al azar sobre las elevadas y desérticas estepas. Es un extraño conjunto de feos edificios de hormigón donde hace un calor de espanto en verano y un frío rigurosísimo en invierno, con montones de maquinaria abandonada y oxidada apilada por todas partes. Manadas de perros salvajes y camellos buscan comida hurgando entre los desechos de material aeroespacial. Es un lugar desolado y brutal, y también el único sitio de lanzamiento espacial de humanos en funcionamiento para la mayor parte del mundo.

Desciendo hacia Baikonur en un Tupolev 143, un viejo avión militar de transporte ruso. En otra época, este avión quizá llevó un cargamento de bombas y, en un momento de apuro, tal vez sirvió de bombardero, como parte del arsenal que los soviéticos fabricaron durante la Guerra Fría con el objetivo de atacar mi país. Pero ahora se usa para transportar tripulaciones internacionales de viajeros espaciales: rusos, estadounidenses, europeos, japoneses y canadienses. Somos antiguos enemigos reconvertidos en compañeros de tripulación, de camino hacia la estación espacial que construimos juntos.

La parte delantera del avión está reservada para la tripulación principal (mis dos compañeros rusos y yo) y varias personas VIP. De vez en cuando me paseo por la parte trasera, donde he volado en mis viajes anteriores a Baikonur. Todos han estado bebiendo desde que salimos de la Ciudad de las Estrellas esta mañana, y el personal subalterno ruso tiene montada su propia fiesta ahí atrás. Los rusos nunca beben con el estómago vacío, así que además de vodka y coñac están repartiéndose tomates, queso, salchichas, pepinillos en vinagre, pedacitos de pescado seco salado y rodajas de panceta de cerdo salada, llamada salo. En mi primer viaje a Kazajistán, en el año 2000, estaba atravesando la fiesta de la parte trasera del avión en busca del baño cuando me detuvieron y me obligaron a beber chupitos de samogon, aguardiente casero ruso. Estaban tan borrachos que iban trastabillando debido a las turbulencias y el alcohol, derramándose las bebidas encima y por el suelo del avión mientras encadenaban un cigarrillo tras otro. Tuvimos suerte de llegar a nuestro destino sin explotar en una gigantesca bola de fuego de alcohol y gasóleo.

Hoy todo el mundo está empinando bien el codo otra vez, y vamos bastante cargados de bebida cuando nos precipitamos desde las nubes sobre el desierto llano y helado y tocamos tierra en la única pista de aterrizaje de Baikonur. Salimos del avión, entrecerrando los ojos por el frío, y nos encontramos una fiesta de bienvenida: oficiales de Roscosmos, la agencia espacial rusa, y Energia, la empresa que fabrica la astronave Soyuz, una de las cuales nos pondrá en órbita para acoplarnos a la Estación Espacial Internacional. Ha acudido el alcalde de Baikonur, así como otras autoridades locales. Guennadi Pádalka, mi compañero de viaje ruso, se adelanta unos pasos y habla con ellos con tono serio mientras permanecemos en posición de semifirmes: My gotovy k sleduyushchim shagam nashey podgotovki («Estamos listos para los siguientes pasos de nuestra preparación»).

Es un ritual, como tantos otros en torno a los vuelos espaciales. Los estadounidenses montamos escenas similares en momentos parecidos de nuestra preparación. Una delgada línea separa el ritual de la superstición, y en una ocupación en la que hay vidas en juego, como los viajes al espacio, la superstición puede ser reconfortante incluso para los no creyentes.

Junto al borde de la pista contemplamos un espectáculo extraño pero acogedor: un grupo de chavales kazajos, pequeños embajadores de los confines de la Tierra. Vestidos con ropas coloridas y polvorientas, tienen las mejillas redondas, el pelo oscuro y, en su mayoría, aspecto asiático, y sostienen globos. El médico ruso de la misión nos había advertido que debíamos mantener la distancia con ellos; se temía que se produjese una epidemia de sarampión en la región, y su contagio a alguno de nosotros tendría graves consecuencias. Todos estamos vacunados, pero los médicos de vuelo rusos son muy precavidos; nadie quiere ir al espacio con sarampión. A menudo hacemos lo que nos dice el médico, y más teniendo en cuenta que tiene la potestad de dejarnos en tierra. Pero Guennadi de todas formas camina sin dudar hacia ellos.

—Tenemos que saludar a los niños —dice con firmeza en inglés.

Conozco a Guennadi y a nuestro tercer compañero de tripulación, Mijaíl Kornienko, Misha, desde finales de los años noventa, cuando empecé a viajar a Rusia para trabajar en el programa conjunto de la estación espacial entre nuestros dos países. Guennadi luce una mata de pelo plateado y una mirada aguda a la que se le escapan pocas cosas. Tiene cincuenta y seis años y es el comandante de nuestro Soyuz. Es un líder natural, que grita con voz ronca las órdenes cuando es necesario pero escucha con atención cuando algún miembro de la tripulación tiene un punto de vista diferente. Es alguien en quien confío por completo. Una vez, en Moscú, cerca del Kremlin, vi cómo se separaba de los demás cosmonautas para mostrar sus respetos en el lugar donde había sido asesinado un político opositor, tal vez por secuaces de Vladímir Putin. Para un cosmonauta, un empleado del Gobierno, era un gesto arriesgado. Los demás rusos presentes parecían reacios incluso a comentar el asesinato, pero no Guennadi.

Misha, que será mi compañero de viaje durante un año, tiene cincuenta y cuatro años y es muy distinto de Guennadi: relajado, callado y contemplativo. Su padre fue piloto militar de helicópteros y trabajó con las fuerzas de rescate de cosmonautas. Murió cuando Misha tenía solo cinco años en un accidente de helicóptero. Sus sueños tempranos de volar al espacio no hicieron más que reafirmarse tras esta inmensa pérdida. Después de servir en el ejército como paracaidista, Misha tenía que obtener el título de ingeniero por el Instituto de Aviación de Moscú para aspirar a ser ingeniero de vuelo. No podía inscribirse porque no residía en la región de la capital, por lo que se hizo oficial de la policía moscovita para empadronarse y así pudo estudiar lo que deseaba. Fue seleccionado como cosmonauta en 1998.

Cuando Misha te mira con sus ojos azul claro parece que nada es más importante para él que comprender a la perfección lo que estás diciendo. Es más extrovertido que los demás rusos que conozco. Si fuese estadounidense, me lo podría imaginar como un hippy con sandalias que vive en Vermont.

Nos acercamos a los niños kazajos que han venido a recibirnos. Los saludamos, les damos la mano y aceptamos flores que bien podrían estar cubiertas de sarampión. Guennadi habla alegremente con ellos, con una sonrisa de oreja a oreja.

El grupo al completo —la tripulación principal, la de sustitución y el personal de apoyo— toma dos autobuses para ir hasta el centro de cuarentena, donde pasaremos las dos semanas siguientes. (La tripulación principal y la de sustitución siempre viajan por separado, por el mismo motivo por el que lo hacen el presidente y el vicepresidente.) Cuando estamos subiendo al autobús, para hacernos reír, Guennadi se sienta al volante y todos le hacemos fotos con los móviles. Muchos años atrás, las tripulaciones viajaban a Baikonur, pasaban allí un día revisando la nave espacial Soyuz y a continuación volvían a la Ciudad de las Estrellas para pasar allí las dos semanas previas al lanzamiento. Ahora, los recortes obligan a hacer un solo viaje, por lo que tendremos que quedarnos aquí. Me siento junto a la ventana, me pongo los auriculares y apoyo la cabeza contra el cristal, confiando en que me entre suficiente sueño para dar una cabezada antes de llegar al centro de cuarentena. La carretera está en unas condiciones terribles —siempre ha sido así, y no hace más que empeorar— y el asfalto, lleno de baches y parches, sacude mi cabeza contra el cristal lo suficiente para impedirme dormir.

Pasamos ruinosos complejos de apartamentos soviéticos, enormes y herrumbrosas antenas parabólicas que se comunican con las naves espaciales rusas, montones de basura esparcidos al azar y algún que otro camello. El día está soleado. Franqueamos otra estatua de Yuri Gagarin en la que tiene los brazos en alto, pero no haciendo la «V» triunfal con la que un gimnasta celebra una salida perfecta, sino el gesto de pura alegría de un chaval que está a punto de intentar hacer una voltereta. En esta estatua, Gagarin está sonriendo.

Más allá del horizonte, una torre de lanzamiento se eleva sobre la misma plataforma de cemento decrépita desde la que Yuri partió por primera vez hacia el espacio, la misma también desde la que casi cualquier cosmonauta ruso ha abandonado la Tierra, y la misma desde la cual haré lo propio en dos semanas. A veces da la impresión de que a los rusos les preocupa más la tradición que las apariencias o la funcionalidad. Esta plataforma, que llaman Gagarinski Start («plataforma de lanzamiento Gagarin»), está impregnada con los éxitos pasados, y no tienen intención de sustituirla por otra.

La misión de Misha y mía de pasar un año en la Estación Espacial Internacional (EEI) no tiene precedentes. Una misión normal dura entre cinco y seis meses, por lo que los científicos disponen de bastantes datos sobre lo que le sucede al cuerpo humano al permanecer en el espacio durante ese periodo de tiempo. Pero se sabe muy poco sobre lo que ocurre después del sexto mes. Por ejemplo, puede que los síntomas se agraven de repente en el noveno, o quizá se estabilicen. No lo sabemos, y solo hay una manera de averiguarlo.

Misha y yo recopilaremos una serie de datos para que se lleven a cabo estudios sobre nosotros. Puesto que Mark y yo somos gemelos idénticos, también participo en un extenso estudio que nos compara a ambos, incluso hasta el nivel genético. La Estación Espacial Internacional es un laboratorio orbital puntero, y además de los estudios humanos de los que soy uno de los sujetos principales, dedicaré gran parte de mi tiempo este año a trabajar en otros experimentos, como por ejemplo de física de fluidos, botánica, combustión y observación de la Tierra.

Cuando hablo en público sobre la Estación Espacial Internacional siempre menciono la importancia de la investigación que se lleva a cabo allí arriba. Pero, para mí, tan importante como esto es el hecho de que la estación es la base de nuestra especie en el espacio. Desde ahí podemos aprender sobre cómo llegar más lejos en el cosmos. Los costes son elevados, y los riesgos también.

En mi último vuelo a la estación espacial, una misión de 159 días, perdí masa ósea, mis músculos se atrofiaron y la sangre se redistribuyó en el cuerpo, lo cual forzó las paredes de mi corazón e hizo que este se contrajese. Más preocupante fue que experimenté problemas de visión, como muchos otros astronautas. He estado expuesto a radiación treinta veces superior a la que recibe una persona sobre la Tierra, equivalente a unas diez radiografías torácicas diarias. Esta exposición incrementará para el resto de mi vida el riesgo de sufrir un cáncer fatal. Pero nada de esto puede compararse con el riesgo más inquietante: el de que algo malo pudiera sucederle a algún ser querido mientras estoy en el espacio, sin forma alguna de volver a casa.

Al mirar por la ventana el extraño paisaje de Baikonur, me doy cuenta de que, a pesar del que he pasado aquí —semanas, de hecho—, nunca he visitado el pueblo propiamente dicho. Solo he ido a los espacios señalados donde tengo alguna tarea oficial que hacer: los hangares donde los ingenieros y técnicos ponen a punto la astronave y el cohete para el vuelo; las habitaciones sin ventanas y con iluminación fluorescente donde nos ponemos los trajes presurizados Sokol; el edificio donde se alojan los instructores, intérpretes, médicos, cocineros, la gente de administración y otro personal de apoyo; y el edificio cercano, conocido de forma cariñosa por los estadounidenses como el palacio de Sadam, donde nos hospedamos nosotros. Esta opulenta residencia se construyó para alojar al director de la agencia espacial rusa, a su personal y a sus huéspedes, y él permite que las tripulaciones la utilicemos mientras nos encontramos aquí. Es un lugar más agradable que el otro edificio, y mucho más que los austeros barracones destinados a la tripulación situados en un edificio de oficinas donde los astronautas del transbordador pasaban la cuarentena en el Centro Espacial Kennedy en Florida. El palacio de Sadam tiene candelabros de cristal, suelos de mármol y una suite de cuatro habitaciones para cada uno de nosotros, con jacuzzi incluido. El edificio alberga asimismo una banya, una sauna rusa, con una piscina fría en la que meterse tras el vapor. Al principio de nuestras dos semanas de cuarentena voy a la banya y me encuentro a Misha desnudo flagelando a Guennadi, también desnudo, con ramas de abedul. La primera vez que contemplé esta escena me quedé un poco desconcertado, pero una vez que yo mismo probé la banya seguida de un baño en la piscina de agua helada y una cerveza rusa casera entendí su atractivo a la perfección.

El palacio de Sadam aloja además un recargado salón comedor con manteles blancos bien planchados, porcelana fina y un televisor de pantalla plana en la pared que emite sin cesar antiguas películas rusas que al parecer les encantan a los cosmonautas. La comida rusa es buena pero, pasado un tiempo, los estadounidenses podemos cansarnos un poco de ella: borsch en casi todas las comidas, carne con patatas, variantes de carne con patatas, y todo ello cubierto con toneladas de eneldo.

—Guennadi —digo mientras cenamos uno de los primeros días de nuestra estancia allí—, ¿a qué viene tanto eneldo?

—¿A qué te refieres? —pregunta.

—Le echáis eneldo a todo. Algunas de estas comidas estarían buenas si no estuvieran cubiertas de eneldo.

—Ah, vale, ya entiendo. —Asiente mientras empieza a esbozar su característica sonrisa—. Viene de cuando la dieta rusa consistía en su mayor parte de patatas, col y vodka. El eneldo evita los pedos.

Más tarde lo busco en internet. Es cierto. Y resulta que evitar los gases es un objetivo loable antes de encerrarse con otra gente en una pequeña lata durante muchas horas, así que dejo de quejarme del eneldo.

Al día siguiente de llegar a Baikonur tenemos la primera «prueba de encaje». Es nuestra oportunidad de meternos en la cápsula Soyuz mientras todavía está en el hangar y aún no se ha acoplado al cohete que nos lanzará al espacio. En la cavernosa nave conocida como Edificio 254 nos ponemos los trajes Sokol (un proceso siempre incómodo). La única abertura de los trajes está en el pecho, por lo que tenemos que deslizar las piernas y la cintura a través de ese agujero, y después hacer el esfuerzo de encajar los brazos en las mangas mientras tiramos a ciegas del aro del cuello hacia arriba por encima de la cabeza. Tras este proceso, suelo acabar con rasguños en la calva. En esta situación, no tener pelo es una desventaja. A continuación, la abertura del pecho se sella mediante el procedimiento desconcertantemente rudimentario de unir los bordes del tejido plástico y mantenerlos pegados con tiras de goma. La primera vez que vi este sistema no podía creer que esas tiras fuesen lo único que me protegería del espacio. Cuando llegué a la estación espacial me enteré de que los rusos utilizan esas mismas tiras de goma para sellar las bolsas de basura. En cierto sentido, me parece gracioso, aunque admiro la eficiencia de la filosofía rusa con respecto a la tecnología. Si funciona, ¿por qué cambiarlo?

El Sokol se diseñó como traje de rescate, lo que significa que su única función es la de salvarnos en caso de que un accidente provoque un incendio o la despresurización de la Soyuz. Es distinto del traje que llevaré durante los paseos espaciales una vez en la estación, mucho más sólido y funcional, una pequeña astronave en sí mismo. El Sokol tiene la misma función que el traje presurizado naranja de la NASA que solía llevar en el transbordador espacial. La NASA estrenó ese traje después del desastre del Challenger en 1986; hasta entonces, los astronautas del transbordador llevaban solo trajes de vuelo de tela, como hicieron los rusos hasta que un accidente de despresurización causó la muerte de tres cosmonautas en 1971. Desde entonces, los cosmonautas (y muchos astronautas que se les unen en la Soyuz) llevan trajes Sokol. De una forma extraña, estamos rodeados por pruebas de tragedias, por soluciones que llegaron demasiado tarde para salvar las vidas de astronautas y cosmonautas que asumieron los mismos riesgos que nosotros y perdieron.

El de hoy es como un ensayo general: nos ponemos los trajes, comprobamos que no existen fugas y nos amarramos a nuestros asientos hechos a medida, fabricados a partir de moldes de escayola de nuestros cuerpos. Esto es así no por nuestra comodidad, que a los rusos no les preocupa demasiado, sino por seguridad y para optimizar el espacio: no tiene sentido fabricar más que lo estrictamente necesario. Los asientos personalizados se adaptarán a nuestra columna vertebral y absorberán parte del impacto de la penosa vuelta a la Tierra un año después de nuestra partida.

A pesar del el tiempo que he pasado en los simuladores de la Soyuz en la Ciudad de las Estrellas, no deja de asombrarme lo difícil que es introducirme con el traje presurizado en el asiento. Cada vez dudo por un momento de si cabré. Pero siempre acabo encajando, por los pelos. Si me incorporase por encima del revestimiento del asiento, mi cabeza chocaría contra el techo. Una vez que estamos amarrados, probamos a usar los controles, a alcanzar los botones, a leer datos de las pantallas, a agarrar nuestras listas de comprobación. Comentamos desde qué nos gustaría que nos adaptasen hasta detalles como dónde queremos que se encuentren los temporizadores (que se usan para controlar la duración de las igniciones de los motores), pasando por dónde queremos nuestros lápices y dónde preferimos que coloquen los trozos de velcro que nos permitirán «depositar» cosas en el espacio.

Cuando terminamos, trepamos por la escotilla y miramos a nuestro alrededor en el hangar polvoriento. El siguiente cohete de reabastecimiento Progress está aquí; es muy similar a la Soyuz, porque los rusos nunca crean dos diseños si con uno basta. Dentro de unos pocos meses, este Progress nos traerá equipos, experimentos, comida, oxígeno y paquetes con efectos personales a la Estación Espacial Internacional. Después, en julio se lanzará una Soyuz con una nueva tripulación de tres personas. En algún lugar de este hangar se están ensamblando las partes de la Soyuz que volará después de esa, y habrá otra después, y otra más… Los rusos llevan lanzando Soyuz desde que yo tenía tres años.

La astronave Soyuz —en ruso, Soyuz significa «unión», como en Unión Soviética— está diseñada para maniobrar en el espacio, acoplarse a la estación y mantener a los seres humanos que hay en su interior con vida, pero los cohetes son los que se encargan del trabajo duro, la respuesta de la humanidad a la atracción gravitatoria terrestre. Los cohetes (que por algún extraño motivo también se llaman Soyuz) se preparan para el lanzamiento en un centro de ensamblaje y pruebas situado junto a los hangares y conocido como local 112. Guennadi, Misha y yo cruzamos la calle, dejamos atrás a los periodistas congregados, entramos en el enorme edificio y nos encontramos en otra sala cavernosa y en silencio, esta vez frente a nuestro cohete. De color gris metal, descansa en posición horizontal. A diferencia del transbordador espacial o de los colosales Apollo y Saturn que la precedieron, el ensamblaje de astronave y cohetes Soyuz se ejecuta en posición horizontal y se lleva así hasta la plataforma de lanzamiento. Solo cuando llega a esta, un par de días antes del lanzamiento, se levanta, apuntando hacia su destino. Este es otro ejemplo más de cómo rusos y estadounidenses hacemos las cosas de maneras distintas. En este caso, el procedimiento es menos ceremonial que el de la NASA, con sus señoriales y majestuosos desfiles de vehículos de lanzamiento verticales sobre una enorme plataforma rodante.

Con algo menos de cincuenta metros de longitud, el cohete Soyuz-FG es notablemente más pequeño que el transbordador espacial ensamblado a él, pero sigue siendo un coloso imponente, un objeto del tamaño de un edificio que —así lo esperamos— se elevará con nosotros encima a veinticinco veces la velocidad del sonido. Su recubrimiento metálico gris marengo, adornado con remaches un tanto rudimentarios, es feo pero de alguna manera reconfortante por su utilidad. El Soyuz-FG es nieto del R-7 soviético, el primer misil balístico intercontinental de la historia. El R-7 se diseñó durante la Guerra Fría para lanzar bombas nucleares sobre objetivos estadounidenses, y no puedo evitar recordar cómo de niño yo tenía conciencia de que Nueva York, y mi suburbio, West Orange, en New Jersey, habrían estado sin duda entre los primeros objetivos que serían pulverizados al instante en caso de ataque soviético. Hoy me encuentro dentro de una antigua instalación secreta, comentando con dos rusos los planes para poner nuestras vidas en manos del otro mientras volamos hacia el espacio en esta arma reconvertida.

Guennadi, Misha y yo hemos servido en nuestros respectivos ejércitos antes de ser elegidos para volar al espacio y, aunque es algo de lo que no hablamos nunca, sabemos que nos podrían haber ordenado matarnos unos a otros. Ahora participamos en la mayor colaboración internacional en tiempos de paz de la historia. Cuando la gente pregunta si está justificado el gasto en la estación espacial, esto es algo que siempre destaco. ¿Qué precio tiene ver a dos antiguos enemigos acérrimos transformar sus armas en sistemas de transporte para la exploración pacífica y la búsqueda del conocimiento científico? ¿Qué precio tiene presenciar a dos antiguos países enemigos convertir a sus soldados en compañeros y amigos para siempre? Es imposible ponerle una cifra, pero para mí es una de las cuestiones que justifican el coste de este proyecto, e incluso que nos juguemos la vida.

La Estación Espacial Internacional comenzó su andadura en 1984, cuando Ronald Reagan anunció en su discurso del estado de la Unión que la NASA estaba diseñando una estación espacial, Freedom, que se pondría en órbita en menos de diez años. La resistencia por parte del Congreso dio lugar a años de recortes y reconfiguraciones, y apenas se había avanzado hacia la construcción efectiva de la Freedom cuando, en 1993, el presidente Clinton anunció que esta se fusionaría con la estación Mir-2 que tenía previsto construir la Agencia Espacial Federal Rusa. Con la incorporación de agencias espaciales que representaban a Europa, Japón y Canadá, la coalición internacional llegó a sumar quince países. Fueron necesarios más de cien lanzamientos para poner en órbita todos los componentes, y más de cien paseos espaciales para ensamblarlos. La EEI es un logro notable no solo de la tecnología sino también de la cooperación internacional. Ha estado habitada de forma ininterrumpida desde el 2 de noviembre de 2000; dicho de otra manera: han pasado más de catorce años desde que todos los humanos estaban en la Tierra al mismo tiempo. Es, con mucha diferencia, la estructura espacial que ha estado un mayor periodo habitada, y la han visitado más de doscientas personas de diecisiete países. Es el mayor proyecto internacional en tiempos de paz de la historia.

En mi último día en la Tierra me levanto alrededor de las siete. Paso la mañana revisando mis maletas (una que me esperará en Kazajistán; otras dos que se enviarán a Houston). La logística es extraña: ¿qué quiero tener a mano cuando aterrice? ¿Qué no necesitaré hasta más adelante? ¿Me acordé de escribir los números de mi tarjeta de crédito y de mis cuentas para cosas prácticas y cuestiones bancarias? Si ya resulta bastante difícil gestionar estos detalles en la Tierra, tengo que dejarlo todo preparado para pagar la hipoteca cada mes y comprarles regalos de cumpleaños a Amiko y a las chicas desde el espacio.

Mi último desayuno terrestre es un intento de cocina estadounidense al estilo de Baikonur: huevos poco cuajados (porque nunca he conseguido que el cocinero kazajo entendiese la expresión «huevos tiernos»), tostadas y «salchichas de desayuno» (en realidad, perritos calientes pasados por el microondas). La preparación el día del lanzamiento lleva mucho más tiempo del que uno podría pensar, como muchos otros aspectos de los vuelos espaciales. Primero, voy por última vez a la banya para relajarme, para a continuación pasar el ritual del enema prevuelo (en el espacio, al principio el intestino se bloquea, por lo que los rusos nos animan a que limpiemos las cosas de antemano). Los cosmonautas prefieren que se lo haga el médico, con agua caliente y tubos de goma, pero yo opto por hacerlo en privado con la versión química, lo que me permite conservar una agradable amistad con mi médico de vuelo. Disfruto de un baño en el jacuzzi y después echo una cabezada (pues el lanzamiento está previsto a la 1.42, hora local). Cuando me despierto me doy una ducha, tomándome mi tiempo. Sé cuánto echaré de menos la sensación del agua durante el próximo año.

El médico de vuelo ruso, al que llamamos doctor No, aparece poco después de que haya salido del baño. Lo llamamos así porque tiene la potestad de decidir si nuestras familias pueden vernos o no una vez que nos encontramos en la cuarentena. Sus decisiones son arbitrarias, a veces malintencionadas, y definitivas. Está aquí para limpiar nuestros cuerpos enteros con toallitas con alcohol. El objetivo original de este procedimiento era matar a todos los gérmenes que pretendiesen embarcar como polizones junto con los viajeros espaciales, pero ahora parece tan solo un ritual más. Tras un brindis con champán con los altos ejecutivos y nuestros seres queridos, permanecemos un minuto en silencio, una tradición rusa previa a un viaje largo. Cuando salgamos del edificio, un cura ruso ortodoxo nos dará la bendición y nos echará agua bendita en la cara. Todos los cosmonautas desde Yuri Gagarin han pasado por cada uno de estos rituales, así que nosotros también. No soy religioso, pero siempre digo que, cuando uno está a punto de volar en un cohete hacia el espacio, una bendición no puede hacer daño.

Hacemos el paseíllo ceremonial frente a los periodistas mientras suena una canción rusa tradicional, Trava u doma, sobre astronautas que echan de menos su hogar, que suena como una banda soviética tocando en un carnaval:

Y no soñamos con el estruendo del cosmódromo

ni con este gélido azul oscuro,

sino que soñamos con la hierba, la hierba junto a nuestros hogares…

La verde, verde hierba.

Nos montamos en el autobús que nos llevará al edificio donde nos pondremos el traje. En el mismo momento en que las puertas del autobús se cierran a nuestro paso, se corta la cuerda que retenía a la multitud y todos corren hacia nosotros. La situación es caótica y al principio no consigo divisar a mi familia, pero poco después veo, en primera fila, a Amiko, Samantha, Charlotte y Mark. Alguien coge en brazos a Charlotte, que tiene once años, para que pueda poner su mano en la ventana, y yo pongo la mía en el mismo lugar que la suya, aparentando estar contento. Charlotte sonríe con un gesto de su carita blanca y redonda. Si está triste porque no me verá en un año, si tiene miedo porque me voy de la Tierra en una bomba apenas controlada, si es consciente de los muchos peligros a los que me expondré antes de poder abrazarla de nuevo dentro de un año, no se le nota. Charlotte vuelve a poner los pies en el asfalto y se despide de mí junto a los demás. Veo a Amiko sonriendo, aunque también hay lágrimas en sus ojos. Veo a Samantha, que tiene veinte años. Su amplia sonrisa traiciona su temor al futuro. Entonces, los frenos del autobús se sueltan con un agudo siseo, y nos vamos.

Estoy sentado un sofá de cuero barato esperando para ponerme el traje en el Edificio 254, a treinta minutos en coche del palacio de Sadam. En una pantalla plana en una esquina de la habitación se ve un estúpido programa de televisión ruso al que aquí nadie presta atención. Han puesto algo de comida —fiambre de pollo, pastel de carne, zumos, té— y, aunque no es lo que habría elegido como mi última comida terrestre en un año, picoteo alguna cosa.

Guennadi es el primero en pasar a una sala adyacente para que se desnude y se ponga el pañal, unos electrodos cardíacos y unos flamantes calzoncillos largos blancos (para que absorban el sudor y nos protejan de la goma del traje Sokol). Cuando vuelve entra Misha, y después me toca a mí. Siempre que hago esto me río entre dientes: no habría pensado estar de nuevo en pañales hasta muchos años más tarde. Ha llegado el momento de ponernos los trajes Sokol, con la ayuda de especialistas rusos en bata blanca y con máscaras quirúrgicas. Con mano experta cierran las aberturas de nuestros trajes con una serie de pliegues y las peculiares tiras de goma.

Los tres entramos en otra habitación, que está dividida por una mampara de vidrio. Al otro lado se encuentran nuestras familias, altos cargos de la agencia espacial rusa (Roscosmos), de la NASA y periodistas sentados en varias filas delante de nosotros. Sé que la analogía más aproximada debería ser una rueda de prensa de la NASA, pero lo cierto es que este momento siempre ha hecho que me sienta como un gorila en el zoo.

Enseguida localizo a Amiko, Mark y mis hijas en la primera fila. Amiko y las chicas llevan ya varios días aquí, pero Mark acaba de llegar. Todos sonríen y me saludan. No es la primera vez que agradezco que mi hermano esté aquí. Su propia experiencia como astronauta, y el hecho de que me conoce mejor que nadie, hacen que pueda ayudar a las chicas a entender lo que pasa, y tranquilizarlas si hiciese falta, mejor que cualquier otra persona.

Amiko sonríe con alegría y señala el colgante que le hice antes de salir de Houston, una versión en plata del emblema de la misión «Un año en el espacio». Samantha y Charlotte lucen también sus colgantes. Llevaré conmigo durante todo este año una segunda versión de los emblemas, estos de oro y zafiros, que les daré a las tres cuando vuelva. La sonrisa de Amiko es sincera y alegre pero, como la conozco, también noto que está cansada, no solo por el desfase horario, sino por la tensión. Esta es la segunda vez que pasa por el proceso de prepararse conmigo para una misión de larga duración, por lo que ya sabe qué esperar, aunque no estoy seguro de que eso lo haga más llevadero. Además, Amiko también trabaja para la NASA, en la oficina de relaciones públicas, por lo que sabe a qué me enfrento en esta misión mejor que la mayoría de las parejas de los astronautas. En algunos momentos este conocimiento será reconfortante, pero en muchos otros —incluido hoy— resultaría menos estresante saber menos.

Durante mucho tiempo, Amiko fue tan solo una conocida. Había trabajado estrechamente con mi hermano en cierto proyecto y tenía amigos en común con mi exmujer, Leslie. A principios de 2009, tanto Amiko como yo solicitamos el divorcio, cada uno sin tener conocimiento de la situación del otro, y muchos meses después coincidimos por casualidad en algunas ocasiones. Ella dice recordar que una de esas noches le impresionó que, aunque había reconocido bromeando que me parecía atractiva, renuncié a la posibilidad de meterme en un jacuzzi con ella y otras personas más para irme temprano a la cama, pues tenía una sesión de preparación a la mañana siguiente. Unas semanas más tarde la volví a ver en una fiesta, y esta vez sí que acabé en el jacuzzi con ella. Hablamos toda la noche, pero de nuevo se quedó impresionada porque no me insinué de ningún modo. Cualquiera que haya visto a Amiko sabe que los hombres se vuelven para mirarla, y supongo que destaqué por intentar conocerla como persona. Pero no soy tonto: esa noche me aseguré de conseguir su número de teléfono.

Siempre he sentido curiosidad por saber cómo la gente acaba haciendo lo que hace, en particular cuando parece que se le da especialmente bien, como sucede con Amiko. Me pareció que era distinta de muchas otras personas que trabajan en relaciones públicas de la NASA, algunas de las cuales pueden ser conservadoras frente a las nuevas ideas y reacias al cambio. Le pregunté cómo había acabado dedicándose a ello y, aunque me contó muy poco de su historia, me resultó muy interesante. La habían echado de casa a los quince años por hacer frente a los abusos físicos de su madre tan solo con la ropa que llevaba puesta; se había casado a los dieciocho; a los veintitrés, con dos hijos, consiguió un puesto como secretaria en la NASA. Desde el momento en que empezó a trabajar allí comenzó a dar pasos para entrar en el competitivo programa de formación para empleados, en el que la NASA otorga becas para que trabajadores prometedores puedan acceder a los estudios universitarios. Una vez seleccionada para el programa, Amiko empezó a cursar el máximo número de créditos cada semestre mientras trabajaba a jornada completa y criaba a sus dos hijos pequeños. Terminó la licenciatura en comunicación con la nota más alta posible y todas las condecoraciones que se conceden a los estudiantes universitarios. Sabía que era inteligente y capaz, pero cuanto más me contaba sobre su vida más impresionado estaba. Sus dos hijos, que por aquel entonces iban al instituto, eran buenos estudiantes, y ella seguía marcándose nuevos retos. La mayoría de la gente no habría superado los contratiempos a los que Amiko se había enfrentado, pero a base de inteligencia, coraje y una feroz determinación, había logrado alcanzar la vida que deseaba. Yo tenía claro que no era fácil que ella alterara su vida por un hombre, ni siquiera por un astronauta que desplegase todos sus encantos.

Empezamos a salir ese otoño, y la relación ya iba en serio cuando me marché al espacio en octubre de 2010. Era mi primera misión de larga duración en la Estación Espacial Internacional y su primera misión como la compañera que se quedaba en tierra. Fue un reto poco habitual para una relación en ciernes. A los dos nos sorprendió comprobar que la separación nos unió aún más. Podía confiar en ella como mi compañera allí abajo, y disfrutábamos prestándonos toda la atención el uno al otro durante aproximadamente la hora que podíamos hablar por teléfono cada día. Volví con más confianza que nunca de que estábamos hechos el uno para el otro. Sé que algunos de nuestros amigos se preguntan por qué no nos hemos casado. Llevamos juntos cinco años y medio, y hemos vivido juntos buena parte de todo ese tiempo. He estado ahí para sus hijos cuando ha hecho falta, y ella siempre lo está para mis hijas. Estamos tan comprometidos como cualquier matrimonio, pero, como ambos ya hemos estado casados y ni ella ni yo somos demasiado tradicionales, no vemos la necesidad de volver a pasar por el altar. La prensa a veces describe a Amiko como mi «compañera de muchos años», lo cual nos parece bien a ambos.

Sentada junto a Amiko está Samantha. Me sorprendió su nueva imagen cuando apareció en Baikonur, con los largos rizos teñidos de negro, grueso contorno de ojos, pintalabios rojo oscuro y la ropa negra. Desde que su madre y yo nos divorciamos mi relación con Samantha no ha sido fácil, y en muchos sentidos aún se está recuperando de las consecuencias. Samantha tenía quince años cuando Leslie se llevó a las niñas en contra de mi voluntad de Houston a Virginia Beach, una edad particularmente difícil para afrontar una convulsión de ese tipo. Samantha me culpa del divorcio y de muchos de los problemas que hemos experimentado desde entonces. Cuando la miro hoy a través del cristal, con sus ojos azules brillando bajo el lápiz de ojos, sigo viéndola como la vi por primera vez, en 1994, en la sala de maternidad de la base aeronaval de Patuxent River, donde yo era piloto de pruebas. Leslie tuvo un parto largo y difícil, y cuando por fin Samantha nació fue mediante cesárea de emergencia. En el momento en que vi por primera vez su carita rosa con un ojo cerrado y el otro abierto sentí un increíble deseo de protegerla. Aunque ya es una persona adulta, aún siento lo mismo.

Charlotte nació cuando Samantha tenía casi nueve años, una diferencia de edad que ha hecho más fácil que se lleven bien. A Samantha parece que le gusta tener una secuaz que la adora, y Charlotte ha disfrutado de la libertad de ir allá donde su hermana mayor quiera llevarla, incluido Baikonur. El nacimiento de Charlotte fue aún más difícil que el de Samantha. Recuerdo estar en el quirófano y oír cómo el médico emitía un código de emergencia. Cuando por fin sacaron a Charlotte, no se movía ni respondía a los estímulos. Recuerdo su minúsculo bracito azul e inerte colgando por fuera de la incisión. Los médicos nos advirtieron de que podría sufrir parálisis cerebral, pero ha crecido hasta ser una persona sana, inteligente, fuerte y generosa. Sé que hoy estará experimentando enormes emociones, pero parece contenta y tranquila, sentada junto a su hermana y apartando de sus ojos el flequillo de color castaño claro para sonreírme. Me siento agradecido de que Amiko les transmita tranquilidad, y que mis hijas puedan seguir sus consejos para gestionar el estrés de esta semana.

También veo a Spanky —Mike Fincke, un amigo y colega de mi promoción de astronautas—, que se ha hecho cargo de ayudar a mi familia mientras he estado en cuarentena. Entre misiones, a los astronautas nos pueden asignar todo tipo de responsabilidades en tierra, y Spanky, que ha estado en la EEI y tal vez volverá a visitarla, se ha comportado maravillosamente con mi familia: respondiendo preguntas, satisfaciendo peticiones especiales y comunicando sus preferencias a la NASA cuando ha sido posible. Es la segunda vez que Spanky me ha hecho este servicio.

De nuestro lado de la mampara hay una réplica del asiento de la Soyuz y, uno tras otro, Guennadi, Misha y yo nos introducimos en él, tumbados boca arriba. Los técnicos revisan nuestros trajes en busca de fugas. Permanezco allí quince minutos con el casco cerrado y las rodillas apretadas contra el pecho mientras una gran sala llena de personas, a algunas de las cuales no conozco, observan con educación. Nunca he entendido bien por qué tenemos que hacer todo esto delante de un público; otro ritual. Después nos sentamos en una hilera de sillas delante del cristal para mantener una última conversación, a través de micrófonos, con nuestras familias.

Lo que queremos decir a nuestros seres queridos antes de, tal vez, morir en una bola de fuego sobre Kazajistán no es lo que decimos mientras periodistas de distintos países escuchan sentados en varias hileras de sillas tomando nota de cada palabra que sale de nuestra boca. Para que la situación sea aún más incómoda, todos compartimos un único sistema de audio, de manera que cada familia debe esperar su turno para evitar hablar todos al mismo tiempo. Aun así, no me gustaría que la última imagen que mis hijas tuviesen de mí fuesen unas pocas palabras lacónicas ante un micrófono, así que intento compensarlo hablando poco pero tratando de comunicar mucho de otras maneras, con la idea de que los gestos sencillos pueden decir mucho. Les hago a Amiko y a las niñas el gesto de «os estoy vigilando», señalando repetidamente con dos dedos mis ojos y los suyos. Consigo que sonrían.

Cuando termina este ritual y salimos afuera es de noche y hace un frío helador. Los focos nos ciegan mie

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