Galimberti

Marcelo Larraquy
Roberto Caballero

Fragmento

PRÓLOGO
Viendo a Drácula

Conocimos a Rodolfo Galimberti en la casa de un columnista de Página/12. Fue el primero de noviembre de 1999. Llegó un minuto después de la hora convenida. Era una tarde de lluvia. Traía un puro apagado y se acercó con pasos cortos. Nos tendió la mano. Tenía un sello de oro en el meñique derecho, un reloj sin marca visible y una corbata roja. Era más flaco y más joven de lo que suponíamos. Estaba agitado. “Sin grabadores”, dijo. “Sin grabadores”, repetimos. Entonces fue a dejar su pistola 9 milímetros sobre un escritorio. Quería que la regla fuera pareja para las dos partes.

Cuando regresó, seguíamos de pie. Le pidió un vaso de agua de la canilla al anfitrión y nos miró a los ojos.

—¿Qué quieren de mí? —preguntó.

—Un buen libro —respondimos.

Hasta ese momento llevábamos más de un año investigando sobre su vida y habíamos entrevistado a noventa personas. El primer intento de acercamiento había sido el 5 de mayo, día de su cumpleaños. Le enviamos una tarjeta:

“Estimado Rodolfo Galimberti, estamos escribiendo un libro donde usted se lleva la mejor parte. Queremos conocerlo. ¡Feliz cumpleaños!

Firmado: sus biógrafos.”

Entonces nos había agradecido la esquela con un llamado telefónico, y nos formuló diez preguntas de “sucesión aproximativa”: quería saber quiénes éramos y a quién respondíamos.Nos pidió que lo llamáramos la semana siguiente para convenir un encuentro. Pero nunca más respondió a un mensaje.

Un diálogo telefónico con el columnista de Página/12 nos volvió a abrir las puertas.

—¿Ustedes son los que están escribiendo la biografía de “Galimba”…?

—Sí.

—Está recaliente con ese asunto. Dice que es parte de una operación para cagarlo por el juicio de Hard Communication. Quiere encontrarse con ustedes.

Galimberti tenía una opinión cerrada sobre las motivaciones de una biografía:

—Hay dos clases. Las que se hacen a favor del protagonista, y este es el que la paga. Y las que se hacen en contra, que son operaciones de inteligencia. ¿A ustedes quién les paga?

Nos pedía que lo tuteáramos. Nos negamos. “Abandonen la actitud policial”, repetía. Era un diálogo sin salida. El anfitrión intentó aflojarlo: “Rodolfo, por qué no te juntás mañana a conversar tranquilo… parecen pibes macanudos”. Galimberti condicionó un futuro encuentro a que entrevistáramos a una serie de personas que empezó a seleccionar de su agenda. Tomamos nota. Eran:

Claudia Bello, Hugo Anzorregui, Claudia Peiró, Patricia Bullrich Luro Pueyrredon, Alberto Brito Lima, Jorge Antonio, Mariano Cavagna Martínez, Miguel Ángel Toma, Eduardo Epszteyn, Alberto Sprechjer, Octavio Frigerio, Mario Granero, Emilio Berra Alemán, Enrique “Mono” Grassi Susini, Daniel Hadad, Guillermo Seita, Aníbal Jozami, Alberto Kohan, Germán Kammerath, Jorge Rodríguez, Jorge Born, Archibaldo Lanús, Marcelo Longobardi, Alejandro MacFarlane, Felipe Solá, Carlos Spadone, Lorenzo Miguel y Jorge Luis Bernetti.

Algunos nombres nos sorprendieron. También las omisiones: en la lista no figuraban sus ex compañeros de Columna Norte de Montoneros. A la hora y media, la conversación continuaba entrecortada, y había perdido definitivamente el rumbo. Terminamos hablando de la reforma policial bonaerense y recordó una anécdota sobre el doctor León Arslanian:

“Tuvimos una reunión y mientras me habla veo que se va inclinando despacio, despegando el culo del asiento hasta que se larga un pedo, y siguió hablando como si nada. ¿Qué confianza se puede tener en un tipo así?”, se quejó.

Era un rodeo inútil. Él había perdido su turno con el dentista y tenía un funcionario judicial que lo esperaba. El anfitrión se tenía que ir.

—Nosotros no vamos a esperar seis meses para verlo, Rodolfo. Si quiere hablar, mejor. Y si no, lo lamentaremos pero el libro va a salir igual. Con usted o sin usted.

A Galimberti le gustó el desafío. Marcó un encuentro para el día siguiente, a la una de la tarde, en la parrilla La Rosa Negra de San Isidro. Aprovechó una distracción del anfitrión y antes de estrecharnos la diestra nos dijo:

—Está bien, el libro háganlo. Pero tengan en cuenta que se metieron con alguien muy pesado. Yo soy mucho mejor de lo que ustedes piensan pero mucho peor de lo que imaginan. Soy el Drácula argentino.

Y se fue con una sonrisa helada.

En el restaurante, tomó posición en una de las primeras mesas, con vista a la entrada. Nosotros quedamos de espaldas. Tomamos la carta, elegimos el plato y el vino. Tenía ropa de fajina: un chaleco de cazador color marrón claro. El mozo nos hizo probar el vino. Era un Catena Zapata tinto. Lo degustamos. “¿No está bueno? ¿Es muy fuerte?”, preguntó ansioso. Dudamos un segundo. Quisimos fundar una opinión. No nos dio tiempo. Lo hizo tirar sobre un recipiente de vidrio. El mozo trajo otro. “¿Este…?”, preguntó Galimberti. Volvimos a dudar. Seguíamos pensando en la respuesta justa. Ordenó tirarlo otra vez. “Estos boludos lo dejan a más de veinte grados…”, criticó. Cuando el mozo abrió la tercera botella, le dijimos que estaba bien. No íbamos a pasar toda la tarde desechando vinos de cien dólares. Empezamos a comer langostinos, mientras preparaban las corvinas negras. Nos elogió la elección. Luego retomó el discurso del día anterior.

—¿Quién les paga? No sean boludos, díganmelo. No está mal ser un mercenario. Yo soy un mercenario. Lo fui toda mi vida. Y la mayoría de los periodistas también lo son. Hay ciento setenta y dos tipos que reciben sobres de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado). Les puedo mostrar las filmaciones cuando van a retirar la guita. Se van a sorprender. Son tipos reconocidos, prestigiosos. Entonces díganme quién les paga y empecemos a laburar. Sean honestos conmigo. Abandonen la actitud policial.

Lo indignaba que continuáramos tratándolo de usted. No queríamos conceder nada.

—Ustedes no tienen conciencia de dónde se están metiendo. Se los voy a decir ahora porque ayer no correspondía. Ustedes me hicieron mucho daño desde la revista donde trabajan. Mucho daño económico. Hard perdió mucha guita por ustedes. Nos cagaron la empresa. Tenemos un juicio encima. Pero lo peor es que me difamaron. Dijeron que llamaba prostitutas para traerlas a la oficina…

—Nunca dijimos eso. Dijimos que en la oficina seleccionaban modelos para promociones.

—No se hagan los boludos conmigo. Yo no soy como los funcionarios de gobierno que van a buscar putas a Black Jack… Pídanme disculpas —dijo de golpe.

—No, no tenemos nada de que disculparnos.

—Ustedes no entienden… El oficio de ustedes es investigar. Está muy bien. Pero mi oficio es matar. Tienen que saberlo. Yo a ustedes los tengo en la lista de gente que quiero matar. Son mis enemigos. La tengo en mi mesa de luz. La repaso todas las mañanas…

Se inclinaba levemente hacia la mesa mientras nos hablaba. Su voz nos llegab

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist