Galeano

Fabián Kovacic

Fragmento

Creditos

Fotos de tapa y contratapa: Ezequiel López

Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

Galeano

Fabián Kovacic

1.ª edición: noviembre, 2016

© 2016 by Fabián Kovacic

© Ediciones B Argentina S.A., 2016

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

www.edicionesb.com.ar

ISBN DIGITAL: 978-950-15-6181-4

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi esposa Gladys, mi compañera de la vida,

y a mis hijos David, Francisco y María Clara.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

Introducción

1. En este rincón del mundo

2. Los días de colores

3. El trabajo de la curiosidad

4. Beberse la vida a borbotones

5. Tiempos para demoler y construir

6. La revolución avanza en América Latina

7. El periodismo como barricada

8. Un libro por todo fusil

9. Un amor de dos orillas

10. Golpes y dictaduras

11. Los años del exilio español

12. El desexilio

13. Los años de la esperanza

Epílogo

Bibliografía y documentos

Álbum fotográfico

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Agradecimientos

A Ediciones B, a Silvia Itkin y la paciente editora Jessica Brunstein, que supieron entender las dudas y apuntalar las certezas con las que empezó este trabajo hasta llevarlo a buen puerto.

A Fernando González, rector de TEA, colega y amigo, por haber estado al principio de toda esta larga cadena de afortunadas coincidencias.

A los muchos que colaboraron con su palabra o su silencio, o periféricamente, porque todos aportaron un dato presente en estas páginas. Y vale la pena enumerarlos: Eduardo Galeano, Mariana Mactas, Conrado Hughes Álvarez, Thomas Hughes, Rogelio García Lupo, José Díaz, Ángel Ruocco, Gloria Dalessandro, Vicente Zito Lema, Miguel Angel Bastenier, Alberto Szpunberg, Irma Capellino de Moyano, Carlos María Domínguez, Jorge Ruffinelli. Desde Cuba, Roberto Fernández Retamar, Silvia Gil y Paquita Armas Fonseca. Desde Guatemala, César Montes. Carlos Liscano, Alicia Fernández, Ana Inés Larre Borges, Jimena Gozo de la Biblioteca Nacional de Uruguay. Raquel García Borsani y Claudia Gilman por sus excelentes trabajos sobre Eduardo Galeano y el análisis del semanario uruguayo Marcha. A Marcelo Massarino y el archivo de TEA y Deportea. A Arturo Rodríguez Peixoto y Yonathan Benelli de la Biblioteca Digital de autores uruguayos, Publicaciones Periódicas del Uruguay y Figuras. Y a los compañeros del semanario Brecha, en Montevideo, que aclararon dudas, consiguieron materiales y libros, soportaron mi ausencia como corresponsal en Buenos Aires mientras hacía este libro. Especialmente agradecido a Matías Clarence del archivo allí en Brecha, que se tomó el paciente trabajo de escanear las primeras notas de Galeano en la revista. A Esther Gatti y Daniel Gatti, por todo el apoyo durante mi estancia en Montevideo. Ivonne Trías por el material bibliográfico aportado desinteresadamente. A Samuel Blixen, que aportó datos y correcciones imprescindibles del original.

A mis viejos, María y Alfredo, que estuvieron y están siempre, invisibles y persistentes.

Nadie más que el autor es responsable de haber escrito estos trece capítulos.

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Introducción

Este libro fue escrito con importantes contratiempos. En periodismo no sirve atajarse con excusas. Y no nos atajamos: acá está el primer libro que pretende recoger la vida de uno de los periodistas latinoamericanos más importantes del siglo veinte.

Razones personales —que respetamos— del protagonista de estas páginas impidieron contar con su testimonio memorioso y de primera mano. Lo mismo ocurrió con muchas otras fuentes cercanas al autor de Las venas abiertas de América Latina y Memoria del fuego que prefirieron el silencio. Pero como el silencio también es una voz y de la negación también nacen los datos y las noticias, pudimos combinar fuentes diversas —textos, testimonios orales, videos— para armar una cronología que permitiera entender el contexto donde nació y se formó Eduardo Galeano.

La idea inicial era construir una biografía periodística y humana, teniendo en cuenta la trascendencia de sus libros, que siguen cosechando lectores en veinte idiomas y multiplican las ediciones. Trazamos esta cronología (que en términos editoriales se define como una biografía no autorizada) para ubicar en toda su potencia al Galeano periodista y narrador. El hombre es un ser condicionado por su tiempo y el mundo en el que habita.

Como decía David Viñas: “El no es la primera condición para modificar las cosas”. Los muchos no cruzados en el camino de este trabajo son también protagonistas del libro. Durante los catorce meses de aventura, hubo, sin embargo, voces que titubearon y optaron por aportar su grano de arena.

Quisimos explicar por qué un adolescente de quince años a las seis de la madrugada, mientras espera el ferrocarril que lo va a depositar en su trabajo en la gran ciudad, lee atentamente un libro que no habla de su tiempo y cuyo autor podría ser su abuelo. Descubrimos así que Eduardo Galeano se convirtió en un autor insoslayable para entender la historia y las posibilidades del lenguaje como medio de comunicación humana.

Creemos haberlo logrado, aunque para la cocina del libro hayamos echado de menos algunos de los ingredientes que engalanan un buen banquete.

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En este rincón

del mundo

El Uruguay en el que nace Galeano

“Como el Uruguay no hay”, era la frase con que los políticos uruguayos se enorgullecían de la estabilidad y crecimiento del país a mediados del siglo veinte. Todo había nacido setenta años antes cuando la inmigración europea llegaba a las costas del Río de la Plata en busca de un mejor futuro, en algunos casos, y eludiendo los palos de la represión contra las ideas de revolución social, en otros. Eran obreros, trabajadores campesinos y algunos intelectuales que huían del hambre y la guerra. El fenómeno fue aprovechado y apuntalado por el gobierno de José Batlle y Ordóñez, el líder del Partido Colorado y fundador del estado de bienestar en el país a comienzos del siglo veinte con medidas de corte social que beneficiaban a los nuevos trabajadores llegados al país. Su correligionario, el diputado colorado Efraín González Conzi, había acuñado aquella frase en plena transición de la bonanza económica al desastre del nuevo orden parido con el fin de la Segunda Guerra Mundial, como si con ella pudiera aventar la crisis que ya se cernía sobre la Nación.

Uruguay es mucho más que un país. Para la mayoría de los sudamericanos se trata de una marca registrada de la región. Más allá de la divisa con que se lo mida, Uruguay remite a recuerdos amables. Para la derecha es la Suiza de América, para el progresismo de izquierda es una Cuba en miniatura y a la mano. Los hombres de negocios ven en Uruguay una plaza para sus billetes y los gobernantes vecinos un dolor de cabeza por la fuga de divisas hacia esa plaza financiera. Para la corona británica Uruguay fue un “estado tapón” que a mediados del siglo diecinueve le permitió hacer sus negocios en la región entre Argentina y Brasil. Los exiliados políticos vieron allí un espacio seguro para huir de las persecuciones de la hora; los porteños Esteban Echeverría y Florencio Varela huyeron de la mano dura de Juan Manuel de Rosas y los antiperonistas Alfredo Palacios y Raúl Damonte Taborda se refugiaron en Montevideo durante los años del peronismo en Argentina.

El nombre del río que lo une y separa de la Argentina, “río de los pájaros pintados”, según el significado en lengua guaraní, sirve como metáfora a Eduardo Galeano para escribir, volar y pintar su mundo en libertad.

Antes de este Uruguay moderno, asomado al siglo veinte, había quedado la semilla federal sembrada por José Gervasio Artigas, el primer caudillo oriental, en medio de las guerras entre facciones políticas durante los años de la independencia y la Guerra Grande terminada en 1851. A ese Artigas recurre Galeano con frecuencia para ilustrar el espíritu rebelde y libertario de los primeros criollos de la América del Sur frente al poder del “sistema” en manos de los poderosos. Artigas había sido un revolucionario para la época. Consideraba pares y amigos a los pobladores nativos de estas tierras, pretendía la primera reforma agraria en lo que había sido el territorio del Virreinato del Río de la Plata e impulsaba organizar el nuevo gobierno criollo bajo una forma federal donde todas las provincias unidas tuvieran igualdad de derechos. Parece parte de un espíritu charrúa indomable que daría varios nombres a la historia.

“Nada bueno esperaba el mundo”. Así define Galeano el momento de su nacimiento. La llamada Segunda Guerra Mundial ya estaba en pleno apogeo desde un año antes, cuando la Alemania nazi había decidido invadir Polonia el 1 de setiembre de 1939. El Uruguay de la serena calma, del crecimiento explosivo de la población en las ciudades con sus bucólicas calles adoquinadas, ya había roto su siesta cuando estalló la guerra civil española tres años antes. Una mezcla extraña entre vida urbana y modales campestres constituía la matriz del uruguayo medio.

Ese era el clima en un país donde la Gran Guerra llegaba como una historia lejana cuyas alternativas resonaban en las noticias que traían los diarios o en la captura furtiva de una radio europea en onda corta y se comentaban en los cafés de Montevideo. Unos años antes, en 1929, el crack financiero de Walt Street despertaba a los montevideanos a la realidad del mundo afectando la paz y el progreso del país donde a principios de siglo José Batlle y Ordoñez había creado el estado de bienestar mediante la cruza de ideas socialistas y progresistas en un capitalismo periférico y dependiente como el de ese pequeño estado sudamericano.

Eran también los días de auge y apogeo de los cafés a semejanza de la vieja París de fines del siglo diecinueve. Las noticias rodaban entre las mesas por la avenida 18 de Julio, el centro y la ciudad vieja de Montevideo. “Me crié escuchando a los viejos en las reuniones de café y esa oralidad fue fundamental en mi formación”, contará Galeano cuando recuerde sus comienzos con las primeras notas escritas para el semanario socialista El Sol en plena adolescencia.

“Los republicanos españoles se reunían en el Sorocabana de la Plaza Libertad. Se peleaban entre ellos como en la guerra, pero después salían abrazados. Los políticos y los teatreros preferían el Tupí Nambá”, así evoca sus noches de café en el centro de Montevideo, en Días y noches de amor y de guerra.

Ese ambiente entreverado de afectos, pasiones y amores tuvo su génesis a fines del siglo diecinueve y perduró hasta la década de 1950. En ese tiempo, obreros, prostitutas, bohemios y tahúres se mezclaban en los bajos fondos del Montevideo. Era el espacio orillero que las luces de la gran ciudad guardaban a quienes dejaba fuera del festín de la modernidad con su espejismo de progreso hacia un futuro reservado a unos pocos. Las orillas siempre fueron espacio de creación para los artistas que amasaban con migajas escenarios por donde observar las miserias y virtudes del mundo. La pobreza, esa soga al cuello de los artistas, parió lo mejor de la literatura y la poesía a través de la historia, y Montevideo no sería la excepción.

En esos cafés se había iniciado también Juan Carlos Onetti, en un circuito que a la altura de Plaza Cagancha comunicaba los cines, las librerías y las agencias de noticias ubicadas en los últimos pisos del edificio más alto de la zona. Galeano considera a Onetti su tutor en el mundo de las letras y a él, junto con Paco Espínola, debe el descubrimiento de esos espacios de libertad, donde la palabra viva circulaba sin censura, cruda y dispuesta a irse con quien la mereciera, como una mujer seducida. En esos años la vida social transcurría en los bares y en los clubes de barrio, para quienes formaron la generación del ’45, poetas y escritores uruguayos, eran lugares de formación porque por allí circulaban los libros y las vivencias. Los dolores de la guerra civil española sentida en carne propia por los inmigrantes llegados desde la Península Ibérica se masajeaban entre las mesas del café echando puteadas a Francisco Franco y la restauración conservadora.

El Sorocabana de Plaza Libertad albergaba especialmente a los gallegos anarquistas y socialistas en busca de generar solidaridad para sus camaradas republicanos que luchaban contra el fascismo. Lloraban la República perdida pero ya imaginaban los colmillos afilados del nazismo ensombreciendo toda Europa. Otro tanto ocurría con La Giralda, en la esquina de 18 de Julio y Andes, café de reunión obligada para poetas y músicos que mostraban allí sus composiciones con la secreta ilusión de saltar a la fama. La Cumparsita, tango de fama mundial, se estrenó en esa esquina allá por 1916 a instancias de su creador Gerardo Matos Rodríguez y con arreglos de Roberto Firpo. Los debates sobre el modernismo y las nuevas vanguardias rodaron por esas mesas en las tardes y madrugadas de comienzos del siglo pasado. Ese espíritu artístico e innovador apareció en las páginas de Cine Radio Actualidad, la revista de Arturo Despouey, en la que empezó a colaborar el adolescente Homero Alsina Thevenet con sus críticas de cine.

Casi medio siglo después, María Esther Gilio y Carlos María Domínguez preguntaban a un ya madrileño Juan Carlos Onetti en qué punto de su vida y en qué lugar querría volver a pasar media hora. “Indudablemente en el café Metro”. (…) con “toda la barra vieja de la alegre caravana”, contestó sin dudar.1 En el café Metro y en el Hoyos de Monterrey se mezcla Onetti con buena parte de la urgente migración española que huye de las balas, la tortura y los fusilamientos de las huestes de Franco. Entre los defensores de la República hay anarquistas y comunistas, pero también poetas de vanguardia locales y españoles que solo reclaman un lugar donde decir lo suyo.

Las palabras eran, entonces, también la excusa para el café y la comida entre soñadores sin un peso en el bolsillo. Los mozos fiaban y el mundo seguía girando entre el atardecer y la noche interminable, como en un universo paralelo donde todos los sueños y aspiraciones se cumplían. ¿Cuántos personajes, lugares y situaciones nacieron en esos cafés y volaron por el mundo de la mano de Galeano, Onetti, Paco Espínola? Todos confiesan haber nacido al mundo allí.

“He guardado esos lugares invictos en la memoria, con sus mesitas de madera o mármol, su bullicio de mucha conversación, sombras doradas, aire azuloso de humo, aromas de tabaco y café recién hecho: heroicamente resistieron la invasión del acrílico y la fórmica y al final fueron vencidos”, relata Galeano.2 Toda la obra del mejor Galeano tiene la impronta del café montevideano, de la oralidad y el relato destilado entre alambiques de alcohol y pulido contra el canto de las viejas mesas de madera. Es que en esos espacios de debate, pasión y creación, el escritor empezó a vincularse con el mundo del periodismo. En esas mismas mesas se trenzaban quienes serían, unos pocos años después, sus compañeros de redacción en el legendario semanario Marcha, del que un jovencísimo Eduardo Galeano llegaría a convertirse en secretario de redacción bajo la atenta mirada y tutela del mítico Carlos Quijano.

Ese Montevideo evocado por Galeano, Onetti y otro habitué del ambiente de los cafés, Mario Benedetti, resume un aroma melancólico y etéreo. Para quienes observan de afuera, la ciudad y sus habitantes son un reflejo permanente de la melancolía. ¿Será una ciudad nacida de ese material que trasmite a sus hijos el aroma nostálgico? ¿No forma parte de toda la producción literaria uruguaya esa misma nostalgia? En ella abrevaron mucho antes que Galeano, su padre literario Onetti, el infaltable Felisberto Hernández, Domingo Bordoli e Idea Vilariño, solo para mencionar algunos pocos nombres. Viajar en el tiempo en sentido inverso, hacia el pasado, puede aportar algunas pistas acerca de esa melancolía. Desde Brasil, las invasiones portuguesas durante el siglo dieciséis estuvieron a la orden del día para armar y desarmar los poblados de la Provincia Cisplatina. Hasta el trueno del tambor llegó con su lamento de esclavitud desde la inimaginada África. Y fue más tarde, cuando el puerto de Montevideo sirvió de puente a una nueva migración llegada desde el viejo continente con su impronta de perfumada civilización occidental, que se completó el rompecabezas de etnias en la configuración del ADN uruguayo. ¿Se coló entre ellos esa nostalgia por la tierra natal perdida?

A Montevideo llegaron durante el siglo diecinueve colonos españoles, italianos, ingleses y alemanes en todas sus variantes nacionales, con dialectos propios y costumbres sensiblemente particulares, para construir un país agrícola-ganadero que empezaba a asomar a la modernidad acercada por la Revolución Industrial. Muchos llegaron corridos por la expansión industrial, el crecimiento de la población y la baja de la tasa de mortalidad, que implicó más longevidad. Pero también otros tantos lo hicieron corridos por los palos recibidos desde los gobiernos que veían las nuevas ideas lanzadas por Carlos Marx, Federico Engels, Miguel Bakunin y Pierre Joseph Proudhon como un cachetazo contra el naciente capitalismo. Conceptos como “revolución social”, “sindicalización obrera” o simplemente “derechos laborales” eran tomados como subversivos por países que apenas trataban de adaptarse y acomodar sus clases dominantes a la lógica económica de los nuevos estados que apuntaban al divorcio con el absolutismo monárquico. Francia, Inglaterra, la Rusia zarista y Alemania fueron particularmente duros en la represión a los revoltosos sociales. La edad promedio de los inmigrantes llegados al puerto de Montevideo a fines del siglo diecinueve no pasaba de los treinta años.

Las buenas relaciones con la corona británica convirtieron al país, junto con Argentina, en un proveedor de materias primas para la hambrienta revolución de las máquinas, los frigoríficos y las nuevas industrias manufactureras que empezaban además a exportar sus productos precisamente a estas playas sudamericanas. El imperio británico no tenía en estas tierras colonias ganadas por la fuerza militar sino por el naciente y pujante librecambio.

A partir de 1865, el gobierno uruguayo quedó en manos del Partido Colorado, una de las dos agrupaciones políticas dominantes en el país desde los días de la independencia. Pero pese a que Uruguay se constituyó en un estado independiente el 25 de agosto de 1825, las guerras internas fueron crueles y se prolongaron hasta 1904, cuando el caudillo colorado y presidente constitucional José Batlle y Ordoñez venció al líder blanco y ruralista Aparicio Saravia en la batalla de Masoller, el 1 de setiembre de ese año. Mucha sangre corrió en la historia del país de los buenos modales y la serenidad que tanto atrae al turista sudamericano. Fue el triunfo de la modernidad industrial sobre el pasado rural y aristocrático.

Pepe Batlle, como lo llamaron sus amigos, sus partidarios y finalmente la historia, ocupó dos veces la presidencia del país, entre 1903 y 1907 y entre 1911 y 1915. Lo sucedieron correligionarios colorados que sortearon con relativa tranquilidad las dificultades políticas y económicas generadas por los ecos locales de la contienda europea. Para la década de 1930 las cosas ya no serían iguales. Con todo, la diversificación de mercados exportables con los que negociaba Uruguay su lana, cereales y carnes le permitió sobrevivir mejor a los embates de la crisis. Los sucesivos gobiernos colorados después de Batlle atravesaron con cierta calma la Primera Guerra Mundial.

La próspera estabilidad lograda por Batlle atrajo también a la inmigración europea que huía de la malaria y el hambre generado por las persecuciones políticas y sindicales que los nacientes estados europeos practicaban contra los simpatizantes de las ideas de izquierda. Fue un segundo y fuerte impulso a la llegada de mano de obra europea a un país que reclamó desde la palabra de sus gobernantes hasta las medidas de gobierno la llegada de hombres y mujeres desde Europa no solo para poblar sino para trabajar y potenciar la idea del progreso industrial invencible que el mundo había construido en esos años. Ese norte al que la humanidad debía apuntar para acabar con todos los males.

La Primera Guerra Mundial había tomado a Uruguay bajo la presidencia de Batlle. Era definitivamente un líder y su mirada se proyectaba más allá de los años de su mandato en el poder. Sus políticas pudieron consolidar la integridad territorial e introducir las primeras leyes laborales que mejoraron la calidad de vida del obrero en un país que empezaba a entender la diversificación de la producción como forma de sobrevivir y posicionarse en el nuevo mundo naciente.

Batlle había reorganizado al Partido Colorado a fines del siglo diecinueve y convertido en el caudillo que colocó al país en la modernidad. En buena medida por su obra de gobierno, Uruguay era la Suiza de América, como algunas voces liberales decidieron llamar al país por su estabilidad política y abrigo financiero en la región. Pero como sucede con todo período político en América Latina, esta etapa también tuvo su cenit.

La habilidad de José Batlle consistió en interpretar los años de principios del siglo veinte como una época bisagra entre el fin de los conflictos políticos internos entre facciones rivales con concepciones divergentes sobre el manejo de la economía y la necesidad de dotar al Estado de herramientas que le permitan sobrevivir como institución nacional. Pero también en entender la coyuntura internacional, donde la vieja Gran Bretaña empezaba a palidecer y ceder posiciones a la nueva potencia, Estados Unidos.

“A poco de iniciada su presidencia, motivos circunstanciales aparejaron un nuevo levantamiento del Partido Blanco en 1904, expresión de incompatibilidades esenciales que trababan la efectiva integración económica y social entre el campo y la ciudad. La drástica merma de los mercados cubanos de tasajo a partir de la guerra de 1898, y el insinuado cierre de los brasileños desde la abolición de la esclavitud, anuncian el ocaso de uno de los primordiales rubros de exportación y plantean a la vez nuevos y exigentes requerimientos a la explotación agropecuaria, abocada a la mejora cualitativa del ganado y a la adopción de técnicas adecuadas para la conservación y transporte de las carnes. Como consecuencia de esa crisis, y en los años que preceden a la instalación de los primeros frigoríficos en 1905, se precipitó la ruptura entre los productores rurales reacios a las innovaciones modernizadoras y los sectores urbanos (con su prolongación en ciertos estancieros progresistas, la mayoría extranjeros) que invocaban la urgencia de tales cambios que implicaban a la vez la necesidad de instituciones coherentes y de un país organizado con una estructura más unitaria. Saravia y Batlle encarnaban básicamente esas tendencias, y dado el momento de transición en que se vivía y la firmeza con que ambos se aferraron a sus respectivas posiciones, el enfrentamiento armado resultó inevitable”, señala en un texto el periodista argentino Juan Oddone3.

Efectivamente Aparicio Saravia era el último gran caudillo del Partido Blanco que encarnaba la vieja utopía del orden social pastoril y rural fre

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