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La Casa Suárez
Nicolás Suárez Callaú, el Rey de la Goma, nació en Santa Cruz de la Sierra en el año 1851. Fue el menor de ocho hermanos concebidos de la unión de Rafael Suárez Arana, descendiente directo de Lorenzo Suárez de Figueroa, adelantado español y gobernador de Santa Cruz que llegó a estas tierras en el año 1580, y de Petrona Callaú Vargas. El mayor de la estirpe, Pedro Suárez Callaú, fue el primero en trasladarse desde la región cruceña de Portachuelo al nordeste del país a mediados de la década de 1850. Fundó en la pequeña población beniana de Reyes los cimientos de la Casa Suárez, empresa creada para la exportación de la cascarilla de quina (Cinchona pubescens), homeopático forestal que se utilizaba para el tratamiento del paludismo y la malaria.
Ante el éxito de la creciente empresa, sus hermanos menores lo siguieron y se establecieron también en el departamento del Beni, creado sobre los antiguos territorios del Gran Moxos, tierra de mitos y leyendas como la del Gran Paitití, «El Dorado» en lengua castellana. Con la participación de ellos, la Casa Suárez diversi ficó sus negocios y comenzó a exportar la «madera que llora»: el caucho (de la lengua nativa maina caa, «madera», y ochu, «llorar»), como se conoce en el mundo a la goma elástica (Cyamopsi tetragonolobus).
A finales de la década de 1850 la empresa familiar expandió sus intereses y operaciones comerciales en la región central del oriente el rey de la cocaína boliviano. La travesía para llegar al río Madeira, vía fluvial que conducía sus exportaciones a los puertos del Atlántico, era larga y penosa. Navegaban a punta de remo por un laberinto de ríos en la cuenca del río Beni. Realizaban transbordos para llevar la carga de cascarilla de quina y las bolachas de goma, que pesaban cerca de ochenta kilos cada una, en carretas tiradas por bueyes hasta llegar al río Yacuma y desembocar en el río Mamoré. En la travesía demoraban más de tres meses.
A comienzos de la década de 1860, Pedro Suárez Callaú contrajo matrimonio en la ciudad de La Paz con Cornelia Saravia Caselli, hermana de un empresario argentino que trabajaba para él. Fijó su residencia en Santa Ana del Yacuma, donde mandó construir una casona de estilo victoriano en la acera este de la plaza principal para tener el control desde el corazón de la Amazonía boliviana de los negocios familiares. Tuvieron cinco hijos. El mayor de ellos, Pedro Suárez Saravia, se casó en Londres con Jessie Sisson, rebautizada en Bolivia como Leticia.
En 1971, Cecil Beaton, el excéntrico fotógrafo de la realeza inglesa, diseñador de vestuarios y escenarios en películas tan populares que lo hicieron ganar sendos premios de la Academia por Gigi (1958) y My Fair Lady (1964), escribió un libro que tituló My Bolivian Aunt. Esta obra narra de forma exagerada las aventuras de su tía, Leticia Sisson, hermana de su madre, durante un viaje que esta realizó a Bolivia en compañía de su marido en el año 1890. Beaton siempre reconoció que su parentesco político con la familia Suárez fue la llave maestra para que la corte de St. James y la realeza inglesa le abrieran sus puertas.
A los veintinueve años de edad, Nicolás Suárez Callaú se embarcó en una peligrosa aventura río abajo al internarse en territorios inexplorados, poblados por tribus salvajes. Navegó hasta estrellarse contra una gran cachuela que ya Edwin Heath había bautizado con el nombre de Esperanza en honor a su piloto la casa suárez fluvial, un indio araona llamado Ildefonso. El médico norteamericano completó la travesía que realizó el pionero boliviano José Agustín Palacios en el año 1846 e hizo realidad el sueño del extinto presidente general José Ballivián: Nicolás trazó en su mente los planos del desvío de las aguas y los terraplenes para seguir la ruta fluvial hasta el río Madeira, principal afluente del río Amazonas, y encontró la salida lacustre directa al océano Atlántico para el hinterland amazónico. Allí fundó, a principios de 1882, la primera barraca cauchera con el nombre de Cachuela Esperanza, e hizo de ella la capital del emporio de la Casa Suárez.
Una vez consolidada la nueva ruta fluvial, el imperio creció a pasos agigantados. Los hermanos Suárez comenzaron a explotar y exportar la goma de manera intensiva y masiva a los mercados europeos y, poco después, a los Estados Unidos de América, donde eran llamados los Rockefeller de la Goma. Por mandato de Pedro, y siguiendo las instrucciones de Nicolás, en el año 1883 Francisco Suárez Callaú estableció en Londres la primera sociedad patrimonial vinculada a la goma bajo el nombre de Suárez Hermanos Limited.
La familia crecía al mismo ritmo que las estradas gomeras y las cabezas de ganado en las haciendas. El progreso y los adelantos tecnológicos eran prioritarios en las inversiones de los Suárez. Modernizaron sus propiedades y equiparon sus instalaciones. Para su buen vivir trajeron a los mejores arquitectos franceses e ingleses, quienes diseñaron y construyeron fastuosas residencias, canchas de tenis y jardines. Sus establos, llenos de caballos árabes de Andalucía, eran motivo de admiración para unos y de envidia para otros. En esa época Cachuela Esperanza ya contaba con agua potable, telégrafo, ingenio azucarero, destilería, ferrocarril, central eléctrica y uno de los más modernos hospitales de América Latina, con el primer equipo de rayos X que llegó al país. Mandaron construir una réplica más pequeña del teatro de Manaos, el rey de la cocaína y por cierto menos ostentosa, donde instalaron un proyector de cine para el entretenimiento dominical de los empleados de menor rango. Para la familia y los altos ejecutivos se presentaban los elencos originales de la mayoría de las afamadas obras parisinas y londinenses que llegaban desde Europa.
La empresa cauchera más grande del mundo llegó a controlar casi el total de la producción en Bolivia y monopolizó la comercialización del mismo, al cubrir el 70 por ciento de la demanda mundial. Durante la «fiebre del caucho» tenía en Cachuela Esperanza cerca de dos mil empleados, quienes eran los encargados de supervisar a las decenas de miles de recolectores de caucho o siringueros desplegados en más de ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados de la Amazonía boliviana. Los hermanos Suárez eran dueños de más de un centenar de casonas y de otra cantidad similar de oficinas y depósitos a lo largo y ancho de los antiguos territorios de Moxos y Santa Cruz. Titularon la mitad de sus dominios, cinco millones de hectáreas, en tierras de pastoreo con más de quinientas mil cabezas de ganado vacuno, y tres millones de hectáreas con aproximadamente cien mil estradas gomeras. Poseían doce vapores, sesenta remolques y otras tantas barcazas. La extensión de sus posesiones certificadas sumaba ochenta mil kilómetros cuadrados, superficie similar a la de Suiza y Holanda juntas, bienes por los que tributaban ingentes cantidades de dinero al tesoro general de la nación.
Por necesidades logísticas, mantenían oficinas en las ciudades de Manaos, Belém do Pará, Zurich, Madrid y Liverpool. En Londres, ciudad donde gestionaban las finanzas de su sociedad, compraron dos mansiones. A la del área urbana la llamaron Santa Cruz y a la del área rural, Beni.
En 1896 Nicomedes Suárez Saravia retornó a Santa Ana de Londres. Venía capacitado para administrar los negocios de su familia. Al igual que su padre y su tío Nicolás, consideraba necesario la casa suárez mantener el monopolio en la producción y comercialización del caucho. Sabedor de que la familia Franco Roca intentaba exportar la goma por medios propios, entabló negociaciones con Matilde Franco Roca para adquirir su empresa. La solución se dio cuando Nicomedes se enamoró de Matilde, fue correspondido y se casaron. Al año siguiente, la muerte de su tío Francisco forzó a Nicomedes a realizar frecuentes viajes al Brasil para controlar el flujo de las exportaciones familiares desde las oficinas de Manaos y Pará. En medio de la sangrienta guerra Federal que se desarrollaba en el occidente del país, en el año 1898, la pareja fue bendecida con el nacimiento de Nicomedes Suárez Franco, quien a la postre sería el único hijo nacido de esa unión.
Durante la primera década del nuevo siglo, Nicomedes y Matilde viajaban todos los años a Cachuela Esperanza para embarcarse rumbo a Buenos Aires. Desde allí continuaban su periplo hasta Inglaterra en modernos y cómodos transatlánticos para visitar a su hijo, que asistía a un prestigioso colegio en Londres. El niño vivía con sus tíos Pedro y Leticia, quienes eran sus tutores.
Los hermanos Suárez Callaú y sus hijos, jóvenes valientes, formados profesionalmente en Inglaterra, siempre austeros y disciplinados, financiaron casi de forma íntegra la guerra del Acre, que confrontó a Bolivia y Brasil entre los años 1902 y 1903, durante la presidencia del general José Manuel Pando. Este venerable general y su ministro de Defensa, el doctor Ismael Montes, estuvieron al frente del ejército boliviano durante la contienda. Enlazaron con la resistencia que de manera patriótica dirigían los Suárez. Pando admiró la valentía del patriarca Pedro y sus hermanos y valoró el aporte que hizo la familia al importar con recursos propios costoso armamento inglés para nuestras fuerzas armadas antes y durante la guerra con Brasil.
Nicolás en persona comandó la gloriosa Columna Porvenir, que derrotó y expulsó a los invasores brasileños en la batalla de el rey de la cocaína
Bahía, hoy Cobija, capital del departamento de Pando. Continuó en la lucha hasta el armisticio de Petrópolis. Desde la fundación de la República, en 1825, la batalla de Bahía ha sido una de las pocas victorias conseguidas por nuestro ejército en las diferentes guerras en que Bolivia ha tomado parte.
Gracias a la estrecha relación nacida durante la guerra entre la cúpula del poder político-militar de La Paz y los hermanos Suárez, en el año 1904 el coronel Pedro Suárez Saravia fue nombrado gobernador de Sucre, capital de la República, y al año siguiente embajador plenipotenciario y cónsul general ante la corte de St. James en Londres. Con ese nombramiento el gobierno boliviano, liderado por su leal y fiel amigo doctor Ismael Montes, presidente de la República, quiso de alguna manera aprovechar la amistad personal que mantenía Pedro con Eduardo VII, rey de Inglaterra, para recomponer las deterioradas relaciones entre Bolivia y Gran Bretaña por el apoyo material y logístico recibido por Chile de parte del imperio en la penúltima década del siglo xix, en detrimento de nuestro país y del Perú durante la guerra del Pacífico. Además, la buena amistad del coronel Suárez con el joven rey de España, Alfonso XIII, sirvió de buena manera para estrechar los lazos comerciales con la madre patria.
Pedro Suárez Callaú murió a fines de 1908. Nicolás, cumpliendo uno de los deseos póstumos de su hermano, amplió al año siguiente la sociedad Suárez Hermanos & Company Limited, London, y la registró con un patrimonio declarado de setecientas cincuenta mil libras esterlinas en Guernsey, islas del Canal. Esta sociedad, a través del tiempo, con espíritu patriótico y desprendido, otorgó numerosos empréstitos a la República de Bolivia. El gobierno del general Pando aprobó una ley el 29 de noviembre de 1902, con la cual autorizaba a la Casa Suárez a emitir su propio papel moneda, que era admitido en pago en todas las oficinas fiscales y aduanas del noroeste de la República y del departamento del Beni.
la casa suárez
Mientras tanto, en el año 1876 la Corona inglesa, por intermedio de su comisionado, un tal Wickham, logró llevar de contrabando desde la Amazonía setenta mil semillas del árbol del caucho (Heveas brasiliensis) e invirtió para ese cometido menos de dos mil libras esterlinas, incluido el flete. Durante décadas, sus agrónomos utilizaron esas semillas para desarrollar y preparar cientos de miles de plantines, que sirvieron de base para las plantaciones industriales en sus colonias asiáticas de Malasia e Indonesia. En el año 1915 las plantaciones de Asia comenzaron a producir a gran escala. Gran Bretaña se convirtió en el primer productor mundial de caucho y rebajó a la mitad el precio de la goma elástica en los mercados internacionales.
El fin de la Primera Guerra Mundial dio un nuevo impulso a las exportaciones de caucho amazónico, pero no duró mucho. En el año 1920, consciente de que la estructura de poder había cambiado de forma drástica al término de la conflagración mundial, Nicomedes Suárez Saravia decidió priorizar e incrementar la cría de ganado vacuno de raza para exportar a los mercados de los estados fronterizos del Brasil, contrario a la idea de sus tíos y primos hermanos, quienes aún tenían la esperanza de que la goma recuperara su valor. Había comenzado ya una lenta e imparable decadencia de la belle époque, que tuvo su fin a mediados del siglo pasado gracias a la invención de la goma sintética, bautizada como «neopreno» a comienzos de la década de 1930. Durante la Segunda Guerra Mundial los precios volvieron a subir, pero esa recuperación solo duró hasta el final de la contienda.
Nicomedes Suárez Saravia, sintiéndose enfermo, apresuró el retorno de su hijo, que, concluida su carrera universitaria en Londres, consideraba tomarse un año sabático antes de volver a Santa Ana del Yacuma. Nicomedes Suárez Franco pronto relevó a su padre en la administración del patrimonio y las empresas. Trajo consigo del Viejo Mundo un bagaje de nuevas ideas y conocimientos el rey de la cocaína revolucionarios sobre genética animal que se comenzaban a probar de forma experimental y clandestina en la India. Estaba seguro de poder desarrollar una raza vacuna de mayor peso y calidad de carne. A la muerte de su padre, el joven heredero dio rienda suelta a sus inquietudes. Fue pionero en genética animal al desarrollar la raza vacuna caracú. Contrató a especialistas portugueses y brasileños, quienes ayudaron a industrializar y perfeccionar la saladura de la carne. Llegó a exportar cinco mil toneladas anuales de charque o «pacote» a los mercados del coloso Brasil desde su hacienda El Saladero, ubicada a una legua de Santa Ana, a orillas del río Yacuma. Era el Rey del Ganado.
Ese establecimiento emuló la opulencia de Cachuela Esperanza al contar incluso con una red de telefonía que servía para comunicarse con el resto de las haciendas y la casa de Santa Ana. En El Saladero las construcciones eran señoriales, mezclando lo clásico del estilo colonial español con lo utilitario de lo angloafricano. El interior de la casona central era majestuoso. En la mesa del comedor principal cabían más de treinta personas cómodamente sentadas. Infinidad de veces esos salones fueron testigos privilegiados de fiestas y banquetes que ofrecían los Suárez en honor a la llegada de presidentes, embajadores extranjeros e ilustres personalidades que visitaban la Amazonía boliviana. Muchos han dejado constancia, en relatos y artículos de prensa, de la magia de esos alejados parajes y la excelencia de sus anfitriones.
Nicomedes Suárez Franco era un hombre elegante y de maneras sofisticadas. A diferencia del resto de sus familiares, quienes habían importado lujosos automóviles de fabricación norteamericana para trasladarse de Cachuela Esperanza hasta sus hermosas propiedades de descanso, Villa Judith y Santo Domingo, Nicomedes mantenía un estilo inglés inigualable. Poseía una magnífica colección de carruajes traídos desde Europa, a excepción de uno que le obsequió el príncipe de La Glorieta. Era todo un acontecila casa suárez miento su llegada a la plaza principal de Santa Ana en alguno de ellos, tirados por dos o cuatro bellísimos corceles blancos o azabaches, según la ocasión, guiados por Raymundo, su fiel cochero y caballerizo de origen brasileño.
El matrimonio de Nicomedes con Blanca Gómez Roca, en el año 1924, dio mucho de qué hablar en la región. Ambos eran descendientes de dos de las familias más tradicionales del oriente boliviano. La novia era hija de Manuela Roca Ortiz, una rica hacendada, dueña de varias propiedades ganaderas en Santa Rosa del Yacuma. De esa unión vinieron al mundo cuatro hijos. El menor de ellos, nacido en Santa Ana el 8 de enero de 1932, fue Roberto Suárez Gómez.
«Peces gordos en Bolivia eluden redada anticocaína»
Chicago Tribune, 22 de julio de 1986
La Paz, Bolivia.— Helicópteros norteamericanos fueron asolados por el mal tiempo nuevamente este lunes, declaró un ministro del gabinete … Herman Antelo, ministro de Información, culpó a los medios de comunicación por las filtraciones que pusieron sobre aviso a los narcotraficantes más buscados y lograron así evadir su captura.
Sin embargo, declaró, el operativo fue «todo un éxito», caracterizado por un «entusiasmo exacerbado» ya que gracias a ello se logró frenar la producción de cocaína y así se ha arrastrado a la industria del narcotráfico a un «caos total».
Seis helicópteros —Blackhawks— que Estados Unidos prestó a la policía antinarcóticos de Bolivia se quedaron en tierra por segundo día consecutivo debido a las fuertes lluvias en la región del Beni, tierra tropical ubicada al nordeste de La Paz donde florecen los productores de cocaína. Dos helicópteros despegaron para llevar a cabo las redadas del lunes, pero se vieron forzados a regresar dadas las condiciones climatológicas.
El periódico de La Paz El Diario reportó el lunes que las operaciones se extenderían durante los siguientes días hacia otras regiones del país, posiblemente a Santa Cruz, Cochabamba y La Paz, pero Antelo declaró que de momento permanecerían en el Beni.
Antelo aseguró en un artículo publicado en la revista Newsweek que uno de los grandes logros de la redada fue la clausura definitiva
«peces gordos en bolivia eluden redada anticocaína» de varios laboratorios de cocaína propiedad del reputado Roberto Suárez Gómez, piedra angular del negocio del narcotráfico. En la revista se dice que una tercera parte de los laboratorios pertenecen a Suárez y a su familia.
«Creo que es producto, sobre todo, de la prensa —declaró Antelo, aludiendo al hecho de que la fama de Suárez proviene más del exterior que de los bolivianos—. Lo que sabemos es que Roberto Suárez es un narcotraficante cuyo poder comienza a flaquear —dijo—. Existen hoy muchos otros narcotraficantes más importantes que él.»
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Klaus Altmann-Barbie
En un viaje de negocios que hicimos a La Paz en los primeros días del mes de octubre de 1979, Roberto se reunió de manera reservada en el restaurante del hotel Sucre con el comandante del Colegio Militar, el coronel Alberto Natusch Busch. Este destacado militar era por esos días el beniano que ostentaba el grado de mayor jerarquía dentro de las filas castrenses.
Esa noche, aceptando la gentil invitación del coronel Natusch, asistimos a una cena en el Círculo de Oficiales del Ejército (COE). La mesa que compartimos con él y algunos empresarios de esa ciudad estaba integrada, además, por un señor de origen alemán de nombre Klaus Altmann, que se sentó al lado mío. Durante la velada, la conversación estuvo marcada por el alto grado de preocupación de los presentes por la crisis que atravesaba el país a causa de la crítica e insostenible situación económica, la cual generaba inestabilidad social y política. Todos estábamos muy preocupados por la inseguridad ciudadana, Roberto más que ninguno, debido a que los índices delincuenciales habían aumentado de manera considerable en los últimos meses.
Me llenaba de orgullo contemplarlo mientras era el centro de atención de los presentes. De inmediato vendría a mi mente la anécdota que me contó años antes acerca de la primera vez que pasó sus vacaciones sin sus padres en Cachuela Esperanza. Durante el verano de 1939, un año después de la muerte de su madre, klaus altmann-barbie compartió en la capital del emporio de la Casa Suárez gran parte de su tiempo con su famoso tío bisabuelo Nicolás Suárez Callaú, su compañero de juegos y aventuras. Recordaba con cariño como este lo salvó de morir ahogado al volcarse la canoa en la que navegaban, después de estrellarse contra una de las grandes piedras de la cachuela frente a la casona principal. Nicolás lo tiró de los cabellos para sacarlo de las turbulentas aguas del río Beni y esperaron abrazados encima de una piedra a que los rescatasen. Ese hecho marcaría su vida y su destino. Roberto repetiría con nostalgia la frase que en esa oportunidad le dijo el maltrecho Rey de la Goma: «Sos mi estampa viva, no podía dejarte morir». De seguro, impresionado por la madurez y fortaleza del niño, heredero del temple de su hermano Pedro, veía en él al sucesor de su estirpe. Los años compartidos junto a él me darían la certeza de que el anciano no estaba equivocado.
Mientras mi marido exponía sus puntos de vista y discutía el futuro político de la nación con nuestro anfitrión y sus amigos, yo le conté al extranjero sobre mi frustrado deseo de asistir a la Universidad de Hamburgo en su país. La opción de estudiar ciencias políticas en esa prestigiosa institución se había concretado en los primeros días del mes de enero de 1958. Me esperaban en Alemania asiento facultativo y trabajo estable. La cuenta atrás para mi viaje a Europa había comenzado cuando un buen amigo de mi padre nos visitó en Santa Ana y me ofreció la secretaría del consulado boliviano en Hamburgo. Martín Freudenthal, designado cónsul general de la misión diplomática en esa ciudad por el primer gobierno de Hernán Siles Zuazo, conociendo mis inquietudes académicas, prometió a mis padres poner su mayor esfuerzo para compatibilizar el horario de atención del consulado con el de la universidad. La fecha de nuestra partida estaba programada para mediados de abril. Cuando le dije a Altmann que el motivo por el que decidí quedarme fue para casarme con Roberto, él me el rey de la cocaína respondió: «No se arrepienta, estoy seguro de que ha sido la mejor decisión que ha tomado en su vida». Sus palabras me reconfortaron, pero al mismo tiempo me dejaron pensando en cuál era la razón para que una persona a la que recién estaba conociendo me hablara con tal propiedad.
Él había llegado a Bolivia a mediados de los años cincuenta. Su principal actividad empresarial era la construcción y vivía con su familia en el barrio de Cala Cala de la ciudad de Cochabamba. El alemán tenía los ojos de un penetrante color azul acerado, similares a los de mi padre, pero a diferencia de la frialdad de su mirada, la de mi progenitor transmitía una bondad infinita. Mis hermanas heredaron sus ojos claros. Sin embargo, los míos son café oscuro. Cada vez que le reclamaba acerca de mi herencia genética, él me respondía que yo había sido afortunada por heredar el hermoso color de ojos de mi madre.
A nuestro regreso a Cochabamba, Roberto me pidió que hiciera preparar un menú especial para la cena, que incluyera algunas de las recetas que aprendí de mi madre sobre los secretos de la cocina española que ella fusionaba con un gusto exquisito con las delicias de la comida criolla.
Nuestros ilustres invitados eran los esposos Altmann. A primera vista, Regina era una mujer encantadora, amable y educada. Nunca entendí por qué, al ser alemana, hablaba el español con un acento francés muy parecido al de mi padre. Al oírla no pude disimular mi estremecimiento. Ella, al darse cuenta, me preguntó el motivo. Le conté que mi padre, Shalom Levy Simonds, nació en Haifa en el año 1889. Cuando era muy niño su familia migró a Rabat, en Marruecos, donde cursó la enseñanza primaria y la secundaria. Continuó sus estudios superiores en la ciudad francesa de Lyon bajo la tutela de un hermano de su padre. A finales del año 1913 se embarcó en el puerto de Marsella con destino al Perú, escapando de la tradición y la obligatoriedad de contraer klaus altmann-barbie matrimonio con una pariente suya. En Lima fue bienvenido por la comunidad judía y se alojó en la casa de una prima de su madre. A los pocos meses de su llegada, ante el asedio y las continuas amenazas que recibía de su padre para que retornara de inmediato a Rabat, decidió venirse a Bolivia, país mediterráneo y de difícil acceso en aquella época.
A medida que yo hablaba, el rostro de Regina fue cambiando de expresión hasta desfigurarse por completo en una mueca despectiva. El resto de la velada apenas intercambiamos palabras. Esa noche no entendí la razón de su extraño comportamiento. La supe pocos años después, cuando nos enteramos de la verdadera identidad de su esposo. Jamás fuimos amigas.
El tema central de la conversación giró alrededor de la reciente oleada de secuestros y atracos ocurridos en las principales ciudades del país, causada sin lugar a dudas por el incremento del tráfico de cocaína. A Roberto le preocupaba que el precio de la droga fuera tan bajo que hasta un niño podía comprarla con el poco dinero que cargaba en sus bolsillos. El alemán dijo con tono firme una frase que me molestó: «Ustedes, los bolivianos, no están prepa rados para vivir en democracia, necesitan un gobierno de mano dura, como los que gobiernan los países vecinos». Finalizó diciendo que la presidencia del doctor Walter Guevara Arze, quien había sido designado por el Congreso dos meses antes como presidente constitucional interino, era muy débil para enfrentar los pro blemas que se venían.
Cuando se despidieron, le conté a mi marido acerca del extraño cambio de actitud de Regina mientras le hacía un recuento de por qué mi padre decidió venirse a Bolivia y de la cara que puso cuando le dije cuál era mi apellido de soltera. Concluí diciéndole: «Mi sexto sentido me dice que no son quienes dicen ser y no nos han contado la verdadera razón sobre su decisión de establecerse en nuestro país». Él me contestó, furioso: «Estás equivocada.
el rey de la cocaína
Siento decírtelo, pero es la primera vez que tu infalible intuición femenina no da en el clavo. No son malas personas. Ella es fría y un poco rara, como toda alemana, pero él tiene muy buenos contactos con los gobiernos de los países vecinos que me pueden servir de mucho en el futuro».
El primer día del mes de noviembre, el coronel Alberto Natusch Busch encabezó un violento golpe de Estado que lo catapultó al poder. Los siguientes días, la noticia atroz sobre la masacre de Todos los Santos, ocurrida en La Paz el día del golpe, nos dejó atónitos. No podíamos creer que una persona con la formación de nuestro coterráneo hubiera ordenado semejante matanza. La resistencia al golpe, liderada por la Central Obrera Boliviana (COB) en las ciudades de La Paz, Cochabamba y los centros mineros, fue tenaz durante los escasos pero tristes dieciséis días que duró el alcoholizado gobierno del coronel beniano.
Klaus Altmann visitó Santa Cruz en dos ocasiones durante los días en que el militar golpista se mantuvo acuartelado y bebiendo en el Palacio de Gobierno. Por intermedio del alemán, Roberto y otros empresarios le mandaron un mensaje al presidente de facto en el que le exigían entregar de inmediato el poder a un civil y le retiraban totalmente su respaldo. Sin el apoyo del empresariado y con la presión de la comunidad internacional por más de un centenar de civiles de la resistencia popular muertos y otros tantos presos y torturados, el coronel Natusch Busch le entregó la presidencia interina a la diputada Lidia Gueiler Tejada el 16 de noviembre de 1979, con lo que se convirtió en la primera y única presidenta de Bolivia.
Bajo la débil presidencia de la señora Gueiler, quien fue acosada de manera constante por el poder militar, los problemas se agudizaron y la situación se volvió aún más crítica. Los líderes de los partidos de izquierda habían
