Prólogo
Me encontraba en el escenario del club Latino de South Shields cuando me di cuenta de que ya no podía más. Era uno de esos supper clubs que había por toda Gran Bretaña en los años sesenta y setenta, todos prácticamente idénticos: gente trajeada sentada alrededor de mesas, comiendo pollo servido en cestas y bebiendo vino de botellas enfundadas en mimbre; pantallas de lámpara con flecos y papel pintado con relieve de terciopelo en las paredes; espectáculo de cabaret y presentador con pajarita. Era como retroceder a otra época. Fuera corría el invierno de 1967, y la música rock mutaba y se desplazaba a tal velocidad que me daba vueltas la cabeza solo de pensar en ella: Magical Mystery Tour de The Beatles y The Mothers of Invention, The Who Sell Out y Axis: Bold As Love, Dr. John y John Wesley Harding. Dentro del Latino, el único rastro de los Swinging Sixties era el caftán que yo llevaba, con cascabeles en una cadena alrededor del cuello. No iba mucho conmigo. Parecía el finalista de un concurso para escoger al hippy menos convincente de Gran Bretaña.
El caftán y los cascabeles habían sido idea de Long John Baldry. Yo tocaba el órgano en la banda que lo acompañaba, Bluesology. Él se había fijado en que todos los otros grupos de rhythm and blues se estaban volviendo psicodélicos: ibas a ver a la Big Roll Band de Zoot Money interpretar canciones de James Brown y a la semana siguiente te encontrabas con que se llamaban Dantalian’s Chariot, subían al escenario vestidos con túnicas blancas y cantaban que la Tercera Guerra Mundial había aniquilado todas las flores. John había decidido que debíamos seguir su ejemplo, al menos en lo tocante al vestuario, y a todos se nos dio un caftán. Los más baratos eran para los músicos de apoyo mientras que los que él llevaba habían sido hechos a medida en Take Six de Carnaby Street. O al menos eso creía hasta que vio entre el público a alguien con un caftán clavado al suyo. Se interrumpió en plena canción y se puso a gritar furioso: «¿De dónde lo has sacado? ¡Es mío!». Me pareció que su reacción estaba lejos de las nociones de paz, amor y fraternidad universal asociadas con el caftán.
Yo adoraba a Long John Baldry. Era absolutamente desternillante, profundamente excéntrico, escandalosamente gay y un músico magnífico, tal vez el mejor guitarrista de doce cuerdas que ha dado el Reino Unido. Había sido una de las principales figuras del boom del blues británico de principios de los sesenta, había tocado con Alexis Korner, Cyril Davies y The Rolling Stones, y tenía un conocimiento enciclopédico del blues. Solo estar cerca de él era educativo; me hizo escuchar muchísima música de la que yo nunca había oído hablar.
Pero era, ante todo, un hombre increíblemente amable y generoso. Tenía una habilidad especial para descubrir en los músicos algo que nadie más había visto en ellos y apoyarlos, dándoles tiempo para que tomaran confianza en sí mismos. Lo hizo conmigo como lo había hecho anteriormente con Rod Stewart, que era uno de los cantantes de Steampacket, el grupo que nos precedió: Rod, John, Julie Driscoll y Brian Auger. Eran increíbles, pero al cabo de un tiempo se separaron. La versión que me llegó de lo ocurrido era que una noche, después de una actuación en St-Tropez, Rod y Julie discutieron, y ella le arrojó vino tinto sobre la camisa blanca —es fácil imaginar cómo le sentó a él— y ese fue el final de Steampacket. De modo que Bluesology había pasado a ser la banda de apoyo de John, y tocábamos en clubes de soul y sótanos de blues de todo el país.
Nos divertíamos mucho, aunque John tenía ideas peculiares acerca de la música. Nuestras actuaciones eran de lo más estrafalarias. Empezábamos con blues ambiciosos: «Times Getting Tougher Than Tough», «Hoochie Coochie Man». Y en cuanto nos habíamos metido al público en el bolsillo, John se empeñaba en que tocáramos «The Threshing Machine», que era una especie de novelty song obscena del West Country, la clase de tema que cantan los jugadores de rugby cuando se emborrachan, al estilo de «’Twas On The Good Ship Venus» o «Eskimo Nell». John incluso la cantaba con marcado acento del oeste del país. Y después de eso quería que tocáramos algo del llamado Gran Cancionero Americano —«It Was A Very Good Year» o «Ev’ry Time We Say Goodbye»—, lo que daba pie a que imitara a Della Reese, la cantante de jazz estadounidense. No sé de dónde sacaba la idea de que a la gente le gustaba oírlo cantar «The Threshing Machine» o imitar a Della Reese, pero continuó creyéndolo, bendito sea, frente a pruebas bastante convincentes de lo contrario. Si uno se fijaba en la primera fila, que ocupaban las personas que habían acudido a oír a la leyenda del blues, Long John Baldry, solo veía una hilera de mods, todos mascando chicle y mirándonos totalmente horrorizados: «¿Qué coño está haciendo este tío?». Era muy cómico, aunque yo mismo me hiciera esa misma pregunta.
Y entonces sobrevino la catástrofe: Long John Baldry sacó un single que resultó ser un gran hit. Eso, en circunstancias normales, habría sido motivo de gran alegría, pero «Let The Heartaches Begin» era una canción espantosa, una balada almibarada y facilona propia del programa Housewives’ Choice. Estaba a años luz de la clase de música que John debería haber estado haciendo, y fue durante semanas número uno y sonaba sin cesar en la radio. Diría que no sabía en qué estaba pensando John, pero no es cierto, lo sabía perfectamente, y en realidad no podía reprochárselo. Llevaba años viviendo a trancas y barrancas y esa era la primera vez que ganaba dinero. Los sótanos de blues dejaron de contratarnos y empezamos a tocar en supper clubs, que pagaban mejor. A menudo actuábamos en dos en una noche. A los espectadores no les interesaba el papel fundamental que había tenido John en el boom del blues británico ni su dominio de la guitarra de doce cuerdas. Solo querían ver a alguien que había salido por televisión. Muchas veces yo tenía la impresión de que no les interesaba la música, y punto. En algunos clubes, si tocábamos más tiempo del que nos habían asignado corrían el telón a mitad de canción. Entre las ventajas estaba que al menos el público de los supper clubs disfrutaba con «The Threshing Machine» más que los mods.
Otro problema importante que presentaba «Let The Heartaches Begin» era que Bluesology no podía tocarla en directo. No me refiero a que nos negáramos a hacerlo, sino a que literalmente no podíamos. En el single había una orquesta y un coro femenino; sonaba como Mantovani. Nosotros éramos una banda de rhythm and blues de ocho instrumentos con una sección de vientos. No había forma de que reprodujéramos el sonido. De modo que a John se le ocurrió la idea de grabar el acompañamiento en una cinta. Cuando llegaba el gran momento, arrastraba un enorme magnetófono Revox hasta el escenario, lo ponía en marcha y se ponía a cantar con él. Los demás nos quedábamos ahí de pie, de brazos cruzados, con nuestros caftanes y cascabeles, mientras la gente comía pollo con patatas fritas. Era insoportable.
De hecho, lo único divertido de oír cantar a John «Let The Heartaches Begin» en directo era que, en cuanto empezaba, las mujeres se ponían a chillar. Abrumadas aparentemente de deseo, abandonaban durante un rato su pollo con patatas fritas y corrían hasta el escenario, donde empezaban a agarrar el cable del micrófono de John, intentando atraerlo hacia ellas. Imagino que esa era la clase de situación en la que se veía Tom Jones todas las noches y que él se lo tomaba con calma, pero Long John Baldry no era Tom Jones. En vez de disfrutar de la adulación, montaba en cólera. Dejaba de cantar y les gritaba como un maestro de escuela: «¡Como me rompáis el micrófono, me pagáis cincuenta libras!». Una noche esa alarmante advertencia fue desoída. Mientras ellas tiraban del cable, vi a John levantar el brazo. De pronto, un horrible golpe sordo hizo temblar los altavoces. Con el corazón encogido me di cuenta de que el ruido venía de una admiradora dominada por la lujuria al ser golpeada en la cabeza con un micrófono. En retrospectiva, fue un milagro que no arrestaran o demandaran a John por agresión. De modo que esa era la principal fuente de diversión para el resto de nosotros durante «Let The Heartaches Begin»: preguntarnos si esa noche John volvería a agredir a una de sus fans vociferantes.
Esa era la canción que sonaba cuando tuve el momento de clarividencia en South Shields. Desde que era niño había soñado con ser músico. Esos sueños habían tomado muchas formas: tan pronto era Little Richard como Jerry Lee Lewis o Ray Charles. Pero tomaran la forma que tomasen, en ninguno de ellos me había imaginado en el escenario de un supper club de las afueras de Newcastle, de pie al lado de un órgano Vox Continental, viendo cómo Long John Baldry tan pronto cantaba con el acompañamiento de una cinta grabada como amenazaba furioso con multar a las espectadoras con cincuenta libras. Y, sin embargo, allí estaba yo. Por mucho que apreciara a John, era el momento de pasar a otra cosa.
La cuestión era que no andaba precisamente sobrado de opciones. No tenía ni idea de qué quería hacer o de qué era capaz de hacer siquiera. Sabía que podía cantar y tocar el piano, pero saltaba a la vista que no estaba hecho para ser estrella pop. Para empezar, no tenía el porte, como evidenciaba mi ineptitud para llevar un caftán con estilo. En segundo lugar, me llamaba Reg Dwight. Vaya nombre para una estrella pop. «Esta noche en Top of the Pops, el nuevo single de… ¡Reg Dwight!» Estaba claro que eso no iba a ocurrir. Los nombres de otros miembros de Bluesology que habrían podido anunciarse en Top of the Pops: Stuart Brown, Pete Gavin, Elton Dean. ¡Elton Dean! Hasta el del saxofonista sonaba más a estrella pop que el mío, aunque él no tenía ningún deseo de serlo; era un aficionado al jazz que mataba el tiempo con Bluesology hasta que pudiera empezar a tocar en un quinteto de improvisación libre.
Podía buscarme un nombre artístico, pero ¿para qué? Al fin y al cabo, no solo no creía tener madera de estrella pop, sino que me lo habían dicho literalmente. Hacía unos meses me había presentado a una audición de Liberty Records respondiendo al anuncio que habían puesto en el New Musical Express. «Liberty Records busca talento», rezaba. Pero, según se vio, no el mío. Pregunté por Ray Williams y toqué para él, e incluso grabé un par de canciones en un pequeño estudio. A Ray le pareció que yo tenía potencial, pero ningún otro miembro del sello compartió su opinión: gracias, pero no. Eso fue todo.
En realidad, sí tenía otra opción. Cuando hice la audición para Liberty le comenté a Ray que escribía canciones, o al menos las medio escribía. Podía componer música y melodías, pero no letras. Lo había intentado en Bluesology y todavía me despertaba en plena noche con sudores fríos cuando pensaba en lo que había salido: «We could be such a happy pair, and I promise to do my share» («Podríamos ser una pareja feliz, y te prometo que cumpliré con mi parte»). En el último momento, a modo de premio de consolación después de que me rechazaran, Ray me entregó un sobre. Alguien había respondido al mismo anuncio y les había enviado unas letras. Tuve la sensación de que Ray no las había leído cuando me las dio.
El tipo que las había escrito era de Owmby-by-Spital, Lincolnshire, lo que no era precisamente la capital mundial del rock and roll. Al parecer trabajaba en una granja de pollos, donde transportaba las aves muertas en una carretilla. Pero sus letras eran bastante buenas. Esotéricas y con cierta influencia de Tolkien, no muy diferentes de «A Whiter Shade Of Pale» de Procol Harum. Lo que era más importante: no se me caía la cara de vergüenza al leerlas, por lo que suponían un importante avance frente a lo que yo había compuesto.
Más aún, descubrí que podía ponerles música y que lo hacía con bastante rapidez. Algo en ellas parecía conectar conmigo. Y él también tenía algo con lo que conecté. Vino a Londres y quedamos para tomar un café, y congeniamos al instante. Resultó que Bernie Taupin no tenía nada de pueblerino. Era increíblemente sofisticado para sus diecisiete años: llevaba el pelo largo y era muy atractivo, muy culto y un gran admirador de Bob Dylan. Enseguida empezamos a componer canciones juntos, mejor dicho, separados. Él me enviaba las letras desde Lincolnshire y yo les ponía música en casa, es decir, en el piso de mi madre y mi padrastro en Northwoods Hills. Sacamos montones de canciones de ese modo. Tengo que admitir que aún no habíamos logrado involucrar a ningún otro artista, y si nos hubiéramos dedicado a ello a tiempo completo nos habríamos arruinado. Pero aparte de dinero, ¿qué teníamos que perder? Una carreta llena de pollos muertos, en su caso, y escuchar «Let The Heartaches Begin» dos veces por noche, en el mío.
Les comuniqué a John y a los demás miembros de Bluesology mi intención de dejarlos en diciembre después de una actuación en Escocia. Todo fue bien, sin resentimientos: como he dicho, John era un hombre increíblemente generoso. En el avión de vuelta a casa decidí que, de todos modos, me cambiaría el nombre. No sé por qué, pero recuerdo que pensé que tenía que buscarme otro enseguida. Supongo que era la necesidad de hacer un simbólico borrón y cuenta nueva: se acabaron Bluesology y Reg Dwight. Como tenía prisa, me conformé con apropiarme de los nombres de otros. Elton de Elton Dean, John de Long John Baldry. Elton John. Elton John y Bernie Taupin. El dúo compositor Elton John y Bernie Taupin. Me pareció que sonaba bien. Original. Atractivo. Anuncié mi decisión a mis excompañeros de banda al volver a Londres en autobús desde Heathrow. Se partieron de la risa y me desearon mucha suerte.
1
Fue mi madre quien me hizo escuchar por primera vez a Elvis Presley. Todos los viernes, después del trabajo, recogía su paga y, de camino a casa, se paraba en Siever, que era una lampistería en la que también vendían discos, y se compraba uno. Era el mejor momento de la semana, esperar en casa para ver qué traía. Como le encantaba salir a bailar, le gustaba la música de las grandes bandas —Billy May y su Orquesta, Ted Heath—, y era una gran fan de los cantantes estadounidenses: Johnnie Ray, Frankie Laine, Nat King Cole o Guy Mitchell cantando «She wears red feathers and a huly-huly skirt». Pero un viernes llegó a casa con algo diferente. Me comentó que nunca había oído nada parecido, pero que era tan increíble que había tenido que comprarlo. En cuanto pronunció el nombre lo reconocí. El fin de semana anterior había estado hojeando las revistas de la barbería del barrio mientras esperaba a que me cortaran el pelo y me topé con una foto de un hombre con la pinta más estrafalaria que había visto nunca. Todo en él era insólito: la ropa, el peinado, incluso la pose. Comparado con las personas que se veían a través de la cristalera de la barbería de Pinner, un barrio situado al noroeste de Londres, parecía un extraterrestre verde con antenas en la frente. Me quedé tan absorto mirando la foto que ni siquiera me molesté en leer el artículo que lo acompañaba, y cuando llegué a casa había olvidado su nombre. Pero era el mismo: Elvis Presley.
En cuanto mi madre puso el disco quedó claro que sonaba en consonancia con su look, que era el de alguien venido de otro planeta. Al lado de lo que solían escuchar mis padres, «Heartbreak Hotel» a duras penas podía considerarse música, una opinión sobre la que mi padre se explayaría en el futuro. Yo ya había oído rock and roll —«Rock Around The Clock» había sido un gran éxito en 1956—, pero «Heartbreak Hotel» sonaba completamente distinto. Era un tema crudo, disperso, lento e inquietante en el que en todo momento resonaba un extraño eco. Apenas se entendía una palabra de lo que cantaba: entendí que su chica lo había dejado, pero después me perdí. ¿Qué era un «des clurk»? ¿Quién era ese «Bidder Sir Lonely» que mencionaba una y otra vez?[1]
La letra era lo de menos, porque ocurría algo casi físico mientras él cantaba. Sentías literalmente la extraña energía que emanaba, como si fuera contagiosa, como si saliera del altavoz de la radiogramola y fuera directa a tu cuerpo. Yo ya me consideraba un loco de la música, y hasta tenía una pequeña colección de discos de 78 rpm, pagados con los vales y giros postales que recibía por mis cumpleaños y en Navidad. Hasta ese momento mi ídolo había sido Winifred Atwell, una corpulenta dama de Trinidad increíblemente risueña que actuaba con dos pianos en el escenario, uno de media cola, en el que interpretaba temas clásicos ligeros, y uno vertical un poco trotado para las canciones de pub y ragtime. Me encantaba su jovialidad, la manera un tanto afectada en la que anunciaba: «Y ahora me voy a mi otro piano», y cómo se echaba hacia atrás y miraba al público mientras tocaba con una gran sonrisa, como si se estuviera divirtiendo de lo lindo. Me parecía fabulosa, pero nunca había experimentado nada parecido cuando la escuchaba a ella. En cuanto sonó «Heartbreak Hotel», fue como si algo hubiera cambiado y nada pudiera seguir siendo realmente lo mismo. Como se vio después, algo cambió y ya nada fue igual.
Y menos mal, porque el mundo necesitaba cambiar. Crecí en la Gran Bretaña de los años cincuenta, y antes de Elvis y del rock and roll era un lugar bastante lúgubre. A mí no me importaba vivir en Pinner —nunca he sido una de esas estrellas del rock a las que mueve el deseo ardiente de escapar de la periferia, y me gustaba bastante vivir allí—, pero el país entero pasaba por un mal momento. Era un mundo furtivo, atemorizado y sentencioso, de gente que atisbaba por detrás de sus visillos con cara avinagrada y de chicas en apuros a las que se las mandaba lejos. Cuando pienso en la Gran Bretaña de los años cincuenta, me veo sentado en las escaleras de nuestra casa, escuchando cómo el hermano de mi madre, el tío Reg, intentaba persuadirla para que no se divorciara de mi padre. «¡No puedes divorciarte! ¿Qué pensará la gente?» En cierto momento, lo recuerdo claramente, utilizó la frase: «¿Qué dirán los vecinos?». Mi tío Reg no tenía la culpa. Era la mentalidad de una época en que la felicidad era de alguna manera menos importante que guardar las apariencias.
Lo cierto es que mis padres nunca deberían haberse casado, ya de entrada. Nací en 1947, pero en realidad fui producto de la guerra. Supongo que me concibieron mientras mi padre estaba de permiso; se había enrolado en la RAF en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, y cuando esta terminó decidió quedarse en el ejército. Y mis padres fueron sin duda alguna una pareja surgida de la guerra. Su historia suena romántica. Se conocieron el mismo año que mi padre se alistó. Él tenía diecisiete años y había trabajado en un astillero de Rickmansworth que construía barcazas para canales. Mamá, que se apellidaba Harris de soltera, tenía dieciséis y repartía leche para United Dairies en un carro tirado por un caballo, la clase de empleo en el que jamás se habría visto a una mujer antes de la guerra. Mi padre era un trompetista aficionado con talento y parece ser que, en un permiso, vio a mi madre entre el público mientras tocaba con una banda en un hotel de North Harrow.
Pero la realidad de Stanley y Sheila Dwight no tenía nada de romántica. Sencillamente no se llevaban bien. Los dos eran testarudos e irascibles, dos rasgos encantadores que he tenido la inmensa fortuna de heredar. No estoy seguro de si llegaron a quererse. En tiempos de guerra la gente se apresuraba a casarse —el futuro era incierto incluso en enero de 1945, cuando se celebró la boda de mis padres, y había que vivir el presente—, así que es posible que eso influyera. Tal vez se quisieron, o al menos creyeron quererse, en los momentos que robaban para estar juntos. Durante mi infancia no parecían gustarse siquiera. Las peleas eran incesantes.
Por lo menos remitían en los períodos que mi padre pasaba fuera de casa, que eran frecuentes. Lo habían ascendido a teniente de vuelo y lo destinaban con regularidad al extranjero, a Irak y a Adén, de modo que crecí en una casa que parecía llena de mujeres. Vivíamos con mi abuela materna, Ivy, en el número 55 de Pinner Hill Road, la misma casa en la que nací. Era la clase de vivienda de alquiler subvencionada que se había multiplicado por toda Gran Bretaña en las décadas de 1920 y 1930: una pareada de tres dormitorios, de ladrillo rojo en la planta baja y pintada de blanco en el piso superior. En realidad, en la casa vivía otro varón, pero apenas se hacía notar. Mi abuelo había muerto muy joven de cáncer, y mi abuela se había casado de nuevo con un tipo llamado Horace Sewell, que había perdido una pierna en la Primera Guerra Mundial. Horace tenía un corazón de oro, pero no era lo que se dice un gran hablador. Parecía pasar la mayor parte del tiempo fuera. Trabajaba en el vivero local, Woodman, y cuando no estaba allí lo veías en el jardín de casa, donde cultivaba todas las hortalizas que comíamos y las flores de nuestros jarrones.
Tal vez pasaba tanto tiempo en el jardín simplemente para evitar a mi madre. De ser así, lo comprendo. Incluso cuando papá no estaba, mamá tenía muy mal genio. Cuando pienso en mi niñez, pienso en sus cambios de humor: los silencios deprimentes, malhumorados y horribles que se extendían sin previo aviso por la casa, durante los cuales iba con pies de plomo y escogía con cuidado las palabras, por miedo a hacerla estallar y recibir una buena tunda. Cuando estaba contenta podía ser cariñosa, encantadora y vivaz, pero siempre parecía encontrar un motivo para no estarlo, siempre daba la impresión de andar en busca de pelea, siempre insistía en tener ella la última palabra; como decía el tío Reg, era capaz de iniciar una discusión en una habitación vacía. Durante años pensé que era culpa mía, que tal vez ella nunca había querido ser madre: solo tenía veintiún años cuando yo nací y se quedó atrapada en un matrimonio que a todas luces no funcionaba, viéndose obligada a vivir con su madre porque el dinero escaseaba. Pero su hermana, la tía Win, me contó que también había sido así cuando eran pequeñas, era como si allá a donde fuera Sheila Harris la siguiera un nubarrón, y los otros niños le tenían miedo y a ella parecía gustarle eso.
Sin duda tenía unas ideas muy extrañas acerca de la maternidad. Era una época en que se mantenía a raya a los niños a fuerza de palos, porque en general se creía que no había nada que no se curara con una buena paliza. Era una filosofía que mi madre abrazó entusiasmada, lo que era aterrador y humillante si ocurría en público: no había nada como recibir una zurra fuera del supermercado Sainsbury de Pinner, frente a una multitud de espectadores visiblemente intrigados, para minarte la autoestima. Pero algunas conductas de mi madre se habrían considerado alarmantes incluso en su época. Años después me enteré de que cuando yo tenía dos años, me había enseñado a utilizar el orinal atizándome con un cepillo de alambre hasta hacerme sangrar. Mi abuela, como es comprensible, se puso furiosa cuando descubrió lo que pasaba; después, estuvieron semanas sin hablarse. Mi abuela volvió a enfurecerse cuando averiguó el remedio de mi madre contra el estreñimiento. Me tumbaba sobre el escurridero del fregadero de la cocina y me metía jabón carbólico por el ano. Si le gustaba dar miedo, debía de estar encantada conmigo, porque me tenía acojonado. La quería —era mi madre—, pero pasé mi niñez en un estado de máxima alerta, siempre intentando asegurarme de que no hacía nada que la provocara: si ella estaba contenta yo también lo estaba, aunque solo fuera un rato.
Nunca tuve esos problemas con mi abuela. Ella era la persona en la que más confiaba. Parecía constituir el centro de la familia, al ser la única que no trabajaba fuera de casa, pues mi madre había pasado de conducir el carro de la leche durante la guerra a trabajar en una serie de tiendas. La abuela era una de esas viejas matriarcas asombrosas de clase humilde: sensata, trabajadora, amable y graciosa. Yo la idolatraba. Era una cocinera excepcional, tenía mucha mano con las plantas, y le gustaba beberse de vez en cuando una copa y jugar a las cartas. Había tenido una vida increíblemente dura; su padre había abandonado a su madre al quedarse embarazada, por lo que ella nació en un hospicio. Nunca hablaba de ello, pero parecía haberla vuelto imperturbable. Ni siquiera se inmutó el día que bajé berreando por las escaleras con el prepucio atrapado en la cremallera de la bragueta de mis pantalones y le pedí que me ayudara. Se limitó a suspirar y se dispuso a liberarlo como si fuera algo que hiciera todos los días.
Su casa olía a asados y a chimeneas de carbón. En la puerta siempre había alguien: la tía Win, el tío Reg, mis primos John y Cathryn, el cobrador del alquiler, el chico de la lavandería Watford Steam o el repartidor de carbón. Y siempre sonaba música. La radio estaba casi permanentemente encendida (programas como Two-Way Family Favourites, Housewives’ Choice, Music While You Work, The Billy Cotton Band Show) o sonaba un disco en la gramola, que solía ser de jazz, aunque a veces era de música clásica.
Yo podía pasarme horas enteras mirando aquellos discos, estudiando los distintos sellos discográficos. El azul de Decca, el rojo de Parlophone, el amarillo intenso de MGM, los de HMV y RCA, que por alguna razón que nunca averigüé tenían ese dibujo del perro que mira el fonógrafo. Parecían objetos mágicos; el hecho de que al poner una aguja sobre ellos saliera misteriosamente sonido me fascinaba. Al cabo de un tiempo, los únicos regalos que quería eran discos y libros. Recuerdo el chasco que me llevé cuando bajé por las escaleras y vi una gran caja envuelta. «Oh, no, me han comprado un Mecano.»
Además, teníamos un piano que pertenecía a mi tía Win, quien solía tocarlo. Y de vez en cuando, también lo tocaba yo. Corrían muchas leyendas en la familia sobre mi prodigioso talento con el instrumento, aunque la más repetida era que Win me sentó en su regazo cuando yo tenía tres años y al instante saqué de oído la melodía de «The Sakter’s Waltz». No tengo ni idea de si es verdad, pero no hay duda de que tocaba el piano a una edad muy temprana, alrededor de la época en que empecé a ir a la escuela, la Reddiford School. Tocaba himnos como «All Things Bright And Beautiful», que había escuchado en la sala de actos. Sencillamente nací con oído musical, como otros nacen con memoria fotográfica. Podía escuchar una pieza de música una vez y luego sentarme al piano y más o menos reproducirla nota por nota. Tenía siete años cuando empecé a tomar clases con una tal señora Jones. Poco después mis padres comenzaron a hacerme salir delante de todos en las reuniones familiares y las bodas para que tocara «My Old Man Said Follow The Van» y «Roll Out The Barrel». A juzgar por todos los discos que se oían en casa y en la radio, creo que la clase de música que más le gustaba a mi familia eran las canciones populares tradicionales.
El piano cumplía una gran función cuando mi padre estaba en casa de permiso. Era el típico hombre británico de los años cincuenta que veía en cualquier manifestación de emoción, aparte de la ira, una prueba fatal de debilidad de carácter. De modo que no era dado al contacto físico y nunca te decía que te quería. Pero le gustaba la música, y si me oía tocar el piano, recibía un «enhorabuena» y tal vez un brazo alrededor de los hombros en señal de orgullo y aprobación. Por un tiempo estuvo contento conmigo. Y tenerlo contento era muy importante para mí. Si él me daba un poco menos de miedo que mi madre era porque no paraba mucho en casa. En un momento determinado, cuando yo tenía seis años, mi madre decidió que la familia al completo nos marcháramos de Pinner y nos instaláramos con mi padre en Wiltshire; lo habían destinado a la base Lyneham de la RAF, cerca de Swindon. No recuerdo bien los detalles. Sé qué me gustaba jugar en el campo, pero el traslado me dejó desorientado y confuso, y, como consecuencia, me quedé atrás en la escuela. No estuvimos mucho tiempo allí —mamá debió de darse cuenta enseguida del error que había cometido—, y después de que regresáramos a Pinner, me pareció que papá era alguien que venía de visita en lugar de vivir con nosotros.
Pero cuando él estaba, las cosas cambiaban. De pronto había normas nuevas para todo. Me veía en un apuro si la pelota de fútbol se salía del césped y caía en un parterre de flores, pero también si comía apio de una manera que para él estaba mal. Al parecer la forma correcta, en el improbable caso de que alguien tuviera algún interés en comer apio, era sin hacer demasiado ruido al morder. Una vez me pegó porque se suponía que no me había quitado la chaqueta del uniforme de la manera adecuada; por desgracia, parece que me he olvidado de cuál era, pese a lo crucial de la información. La escena afectó tanto a mi tía Win que salió llorando de la habitación para contársela a la abuela. Seguramente agotada por las peleas sobre el uso del orinal y el estreñimiento, mi abuela le aconsejó que no se metiera.
¿Qué estaba ocurriendo? No tengo ni idea. Sé tan poco acerca del problema que tenía mi padre como del de mi madre. Quizá estaba relacionado con el hecho de pertenecer al ejército, donde también había reglas para todo. Tal vez eran celos, como si se sintiera excluido por pasar tanto tiempo fuera de casa, y todas esas normas eran su forma de imponerse como cabeza de familia. Tal vez era la educación que había recibido, aunque no recuerdo a sus padres —el abuelo Edwin y la abuela Ellen— particularmente feroces. O tal vez tanto a mi padre como a mi madre les costaba manejar a un niño porque era algo nuevo para ellos. No lo sé. Solo sé que mi padre tenía muy malas pulgas y no parecía entender cómo usar las palabras. Nunca había una respuesta serena, como: «Vamos, siéntate». Sencillamente estallaba. El Mal Genio de la familia Dwight. Fue la cruz de mi vida de niño y siguió siéndolo cuando se hizo evidente que era hereditario. O bien me hallaba genéticamente predispuesto a perder los estribos o había aprendido de un modo inconsciente del ejemplo. Fuera como fuese, ha resultado ser una pesadez insoportable para mí y para todos los que han estado a mi alrededor durante gran parte de mi vida adulta.
De no haber sido por mis padres, habría tenido la típica niñez normal e incluso aburrida de los años cincuenta: Muffin the Mule por la televisión y funciones infantiles en el Embassy de North Harrow los sábados por la mañana; los Goons por la radio, y pan untado con manteca para cenar los domingos por la noche. Lejos de casa, era totalmente feliz. A los once años me pasé al Pinner County Grammar School, donde destaqué por normal. Nunca fui objeto de intimidaciones ni intimidé a nadie. No era empollón, pero tampoco gamberro; eso se lo dejaba a mi amigo John Gates, que era uno de esos chicos que parecía haberse pasado toda su niñez castigado después de clase o fuera del despacho del director, sin que la variedad de castigos impuestos alterara un ápice su comportamiento. Yo pesaba más de la cuenta, y aunque se me daban bien los deportes, no corría peligro alguno de convertirme en atleta estrella. Jugaba al fútbol y al tenis, a todo menos al rugby. Debido a mi estatura me ponían en la melé, donde mi papel principal era recibir múltiples patadas en los huevos del pilar del equipo contrincante. Me negaba.
Mi mejor amigo era Keith Francis, pero formaba parte de un gran grupo de chicos y chicas a los que todavía veo. De vez en cuando organizo en casa reuniones de la promoción. La primera vez me puse nervioso: «Han pasado cincuenta años, soy famoso y vivo en una gran mansión; ¿qué coño van a pensar de mí?». Pero a ellos no podría haberles importado menos. Cuando llegaron, podríamos haber estado en 1959. Nadie parecía haber cambiado mucho. John Gates seguía teniendo ese brillo en los ojos que hacía pensar que podía ser de armas tomar.
Durante años llevé una existencia en la que no pasaba realmente nada. El momento álgido fue un viaje de fin de curso a Annecy, donde nos alojamos en casa de nuestros pen pals, y miramos boquiabiertos los Citroën 2CV, que nada tenían que ver con los coches que yo había visto en las carreteras británicas; los asientos parecían tumbonas. O aquel día de las vacaciones de Semana Santa que, por razones que se han perdido en la bruma del tiempo, Barry Walden, Keith y yo decidimos ir en bicicleta de Pinner a Bournemouth, una idea cuya sensatez empecé a cuestionar en cuanto me di cuenta de que sus bicicletas tenían marchas y la mía no; tuve que subir las cuestas pedaleando como un loco para no quedarme atrás. El único peligro al que nos enfrentábamos era que uno de mis amigos se muriera de asco cuando yo me ponía a hablar de discos. No me bastaba con coleccionarlos. Cada vez que compraba uno, lo apuntaba en un cuaderno. Escribía los títulos de las caras A y B y toda la información que ofrecía el sello discográfico: compositor, editor, productor. Luego la memorizaba hasta que me convertí en una enciclopedia musical ambulante. Una inocente pregunta como por qué saltaba la aguja cuando ponías «Little Darlin» de The Diamonds me llevaba a informar a todo el que estuviera lo bastante cerca para oírme que se debía a que era una grabación de Mercury Records, a quienes distribuía Pye en el Reino Unido. Pye era el único sello que lanzaba discos de 78 rpm de novedoso vinilo en lugar de la anticuada goma laca, y las agujas hechas de goma laca no respondían de la misma manera al vinilo.
Pero no me estoy quejando en absoluto de que la vida fuera aburrida; al contrario, me gustaba tal como era. En casa todo resultaba tan agotador que llevar una vida insulsa fuera de ella me parecía curiosamente una bendición, sobre todo cuando mis padres decidieron volver a intentar vivir juntos a tiempo completo. Fue después de que yo entrara en Pinner County. A mi padre lo habían destinado a la base Medmenham de la RAF, en Buckinghamshire, y todos nos mudamos a una casa de Northwood, a unos diez minutos de Pinner, en el número 111 de Potter Street. Vivimos tres años en ella, lo suficiente para probar más allá de toda duda que el matrimonio no funcionaba. Fue durísimo: peleas continuas, intercaladas de silencios gélidos. No podías relajarte ni un momento. Si te pasas la vida esperando que tu madre monte en cólera o que tu padre anuncie otra norma que has infringido, acabas sin saber cómo actuar: la incertidumbre de lo que ocurrirá a continuación te paraliza. De modo que yo era increíblemente inseguro, me asustaba de mi propia sombra. Para colmo, me consideraba de algún modo responsable de la situación conyugal de mis padres, porque muchas de sus peleas giraban en torno a mí. Mi madre me reñía, entonces mi padre intervenía y seguía una gran pelea sobre cómo me estaban educando. No hacía que me sintiera muy bien conmigo mismo, lo que se ponía de manifiesto en una falta de seguridad en mi aspecto físico que duró hasta entrada la edad adulta. Durante años y años no pude soportar mirarme al espejo. Realmente odiaba lo que veía: era demasiado gordo, demasiado bajo, tenía una cara rara y mi pelo nunca hacía lo que yo quería (que dejara de caerse antes de tiempo, entre otras cosas). El otro efecto duradero fue el miedo a la confrontación. Me duró décadas. He permanecido en relaciones profesionales y personales adversas solo por evitar el conflicto.
Cuando las cosas se ponían demasiado feas, mi reacción siempre era subir corriendo las escaleras y encerrarme, y eso era justo lo que hacía cuando mis padres se peleaban. Subía a mi habitación, donde tenía todo perfectamente limpio y ordenado. Coleccionaba cómics, libros y revistas, además de discos. Era meticuloso con todo. Cuando no estaba apuntando la información de un nuevo single en mi cuaderno, me dedicaba a copiar todas las listas de singles de Melody Maker, New Musical Express, Record Mirror y Disc, y a compilar los resultados, y, calculando el promedio, hacía una nueva lista personal. Siempre he sido un obseso de las estadísticas. Incluso ahora pido que me envíen todos los días las listas de éxitos, así como los puestos en las listas de las radios estadounidenses, los éxitos de taquilla del cine y de Broadway. La mayoría de los artistas no lo hacen porque no les interesa. Cuando hablo con alguno, sé más de cómo va su single que él mismo, lo que es una locura. La excusa oficial es que necesito saber lo que pasa porque en la actualidad tengo una compañía que hace películas y representa a artistas. La verdad es que lo haría de igual modo aunque trabajara en un banco. Sencillamente soy obsesivo.
Un psicólogo probablemente diría que, de niño, intentaba crear una sensación de orden en mi vida caótica, con mi padre siempre yendo y viniendo, y todas las reprimendas y peleas. Yo no tenía ningún control sobre eso ni sobre el carácter de mi madre, pero sí sobre lo que había en mi habitación. Los objetos no podían hacerme daño. Me reconfortaban. Yo hablaba con ellos, me comportaba como si tuvieran sentimientos. Si se me rompía algo, me llevaba un verdadero disgusto, como si hubiera matado a algún ser vivo. Durante una discusión particularmente desagradable, mi madre lanzó a mi padre un disco, que se rompió en no sé cuántos pedazos. Era The Robin’s Return de Dolores Ventura, una pianista australiana de ragtime. Recuerdo que pensé: «¿Cómo has hecho algo así? ¿Cómo puedes romper algo tan bonito?».
Mi colección de discos se disparó con la llegada del rock and roll. Había en marcha otros cambios emocionantes, indicios de que la vida continuaba, de que estábamos saliendo del mundo gris de posguerra incluso en un barrio periférico del noroeste de Londres: entraron en casa un televisor y una lavadora, y abrieron en Pinner High Street un café-bar, lo que parecía increíblemente exótico… hasta que apareció en la cercana Harrow un restaurante que servía comida china. Pero los cambios ocurrían despacio y de forma gradual, con varios años entre sí. No sucedió lo mismo con el rock and roll. Parecía haber salido de la nada, y tan rápido que costaba asimilar hasta qué punto lo había cambiado todo. La música pop la encarnaban el bueno de Guy Mitchell con «Where Will The Dimple Be?» y Max Bygraves cantando sobre cepillos de dientes. Era cortés y sensiblera, e iba dirigida a los padres, que no querían oír nada demasiado emocionante o escandaloso; después de vivir una guerra, habían tenido suficiente de eso para toda la vida. Y de repente el pop pasó a ser Jerry Lee Lewis y Little Richard, esos tipos ininteligibles que parecían echar espuma por la boca cuando cantaban y a los que nuestros padres odiaban. Hasta mi madre, que era fan de Elvis, se echó para atrás cuando salió Little Richard. «Tutti Frutti» le parecía un ruido infernal.
El rock and roll era como una bomba que no paraba de estallar en una serie de explosiones tan seguidas que costaba entender qué ocurría. De pronto parecía haber una canción increíble detrás de otra. «Hound Dog», «Blue Suede Shoes», «Whole Lotta Shakin’ Going On», «Long Tall Sally», «That’ll Be The Day», «Roll Over Beethoven», «Reet Petite». Tuve que ponerme a trabajar los sábados para no quedarme atrás. Por suerte, el señor Megson de Victoria Wine buscaba a alguien que le echara una mano en la trastienda, colocando los envases vacíos en cajones de madera y amontonándolos. Yo tenía una vaga idea de ahorrar algo de dinero, pero debería haberme dado cuenta de que estaba condenada a fracasar: Victoria Wine estaba puerta con puerta con la tienda de discos Siever. El señor Megson podría haber dejado los diez chelines que me pagaba en la caja registradora y ahorrarse los intermediarios. Era un primer indicio de lo que resultaría ser una actitud ante la compra que me ha acompañado toda la vida: no se me da muy bien guardar el dinero en el bolsillo cuando hay algo que quiero.
Sesenta años después, cuesta explicar lo revolucionario y escandaloso que parecía el rock and roll. No solo la música sino toda la cultura que representaba, la ropa, el cine y la actitud. Parecía lo primero que era realmente nuestro, que iba dirigido en exclusiva a nosotros, y hacía que nos sintiéramos distintos de nuestros padres y capaces de conseguir algo. No es fácil tampoco explicar hasta qué punto lo despreció la anterior generación. Si tomamos todos los ejemplos de pánico moral que la música pop ha provocado desde entonces —el punk y el gangsta-rap, los mods, los rockers y el heavy metal—, los juntamos y los multiplicamos por dos, podremos hacernos una idea de la indignación que causó el rock and roll. La gente lo odió a muerte. Y el que más mi padre. Le desagradaba la música en sí, eso estaba claro —le gustaba Frank Sinatra—, pero había algo más: odiaba su impacto social, creía que todo lo relacionado con él era moralmente censurable. «Mira cómo se visten y cómo se comportan, meneando las caderas y marcando la polla. Tú no te mezclarás con ellos.» Si lo hacía me convertiría en un wide boy, un buscón. Para el que no lo sepa, es un término anticuado para referirse a una especie de delincuente de poca monta, un timador, alguien que hace trapicheos o algún que otro chanchullo. Ya concienciado de que yo podía descarriarme por culpa de mi ineptitud para comer apio como era debido, mi padre creía firmemente que el rock and roll causaría mi profunda degradación. La mera mención de Elvis o Little Richard lo impulsaba a soltar una furiosa perorata en la que mi inevitable transformación en un buscón ocupaba un lugar destacado: yo tan pronto escuchaba encantado «Good Golly Miss Molly» como comerciaba con artículos de nailon robados o era un trilero que estafaba a la gente en las sórdidas calles de Pinner.
No parecía haber mucho peligro de que eso sucediera —hay monjes benedictinos más estafadores de lo que yo lo era de adolescente—, pero mi padre no quería correr riesgos. Antes de que empezara en el Pinner County Grammar School en 1958, ya se veían cambios en la forma de vestir de la gente, pero yo tenía expresamente prohibido llevar cualquier prenda que pudiera vincularse de algún modo con el rock and roll. Keith Francis deslumbraba con unos zapatos tan puntiagudos que las puntas parecían entrar en el aula varios minutos antes que él. Mientras que yo seguía vistiendo como una versión en miniatura de mi padre, y mis zapatos eran deprimentemente igual de largos que mis pies. Lo más cerca que había estado de participar en la rebelión en el vestir eran las gafas graduadas, mejor dicho, lo a menudo que las llevaba. Se suponía que solo debía utilizarlas para mirar la pizarra. Desde la demencial convicción de que con ellas tenía un aire a lo Buddy Holly, las llevaba a todas horas, con lo que me estropeé por completo la vista. Entonces sí que tuve que ponérmelas todo el tiempo.
El deterioro de mi vista también tuvo consecuencias inesperadas en lo que se refiere a la exploración sexual. No recuerdo las circunstancias exactas en que mi padre me sorprendió masturbándome. Creo que no me pilló en el acto en sí sino intentando deshacerme de las pruebas, pero recuerdo que no me sentí tan avergonzado como debería, entre otras cosas porque no sabía muy bien lo que hacía. Estaba realmente atrasado en lo tocante al sexo. No me interesó hasta los veintitantos años, aunque después de eso haría un importante y decidido esfuerzo para recuperar el tiempo perdido. Pero cuando oía a mis amigos hablar en el instituto, me quedaba simplemente perplejo: «Sí, la llevé al cine y me dejó tocarle una teta». ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué se suponía que significaba eso?
De modo que creo que, más que experimentar una expresión frenética de mi sexualidad efervescente, lo que hacía era disfrutar de una sensación agradable. Fuera como fuese, cuando mi padre me pilló, soltó la frase tan manida de que, si seguía haciendo «eso», me quedaría ciego. En todo el país los chicos la oían, se daban cuenta de que era una tontería y pasaban olímpicamente de ella. En mi caso, en cambio, la advertencia hizo presa en mi mente. ¿Y si era cierto? Ya me había destrozado la vista con mi insensato intento de parecerme a Buddy Holly y tal vez eso acabara de estropearla. Decidí que era mejor no correr riesgos.
Muchos músicos dirán que Buddy Holly tuvo un gran impacto en su vida, pero probablemente yo
