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A la memoria de quienes fueron asesinados y desaparecidos por miembros del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, D2, y del Comando Libertadores de América, y a quienes sobrevivieron a las torturas y humillaciones de ese centro clandestino de exterminio.
Hasta ese momento, no pude imaginar lo que era el infierno.
Pues… eso era el infierno.
Lisa Monje
Si no hay juicio y castigo, la serpiente pone huevos.
Ana Mohaded
Prólogo
Entrar en una cárcel es una experiencia marcante y difícil de olvidar. Esa experiencia puede ser aún más extrema cuando el ingreso tiene como objetivo entrevistar a una genocida, condenada por crímenes de lesa humanidad ocurridos en Córdoba durante la década del setenta. Sin embargo, como toda entrevista, se constituye en una relación social, en un espacio de escucha difícil y a la vez necesario donde lo vivido puede variar, generar incertidumbre, sospechas, momentos de cercanía y de distanciamiento. Es el cuerpo el que se expone en todos los sentidos.
Como se describe en este libro, cada momento vivido en esa práctica periodística de la entrevista constituye una forma de subjetivación y maneras de comprender ese mundo, desde la llegada al predio de la cárcel, marcada por el helado viento, hasta el ruido de la apertura de cada reja —un lugar común de las presentaciones sobre los lugares de encierro— y el encuentro con ese “otro” en un espacio cerrado, con olor a angustia humana, nos dice Ana Mariani para referirse a la experiencia y el lugar donde se desarrolla la entrevista.
Ana nos permite entrar en ese mundo con sus descripciones y sensaciones. Construye un relato de múltiples voces sobre memorias difíciles. Memorias de una mujer policía condenada por crímenes de lesa humanidad. Memorias necesarias de mujeres sobrevivientes de los horrores vividos en el centro clandestino de detención del D2. Memorias breves de amigos de la infancia y del barrio de quien fuera Mirta para transformarse en la Cuca. Memorias que necesitan ser dichas y escuchadas. Cada párrafo, cada título elegido, cada palabra marcada, resuena como las rejas de la cárcel, para recordarnos lo que le-les-nos pasó, cada día, cada hora, cada minuto durante el terrorismo de Estado en la Argentina y en Córdoba.
La historia se puede contar en singular o explorar todos sus plurales. Este libro teje una urdimbre de sentidos, contrapone voces y crea un paisaje de dolor sobre la violencia de los años setenta generada desde y por las dependencias del Estado que, como el D2, actuaban de manera clandestina con secuestros, detenciones, torturas y asesinatos. Presenta el relato que construye esta mujer policía/genocida, la Cuca Antón, o Mirta Graciela Antón —como fue llamada al momento de su nacimiento—, una historia llena de gestos para transmitir un testimonio distante del que la Justicia investigó sobre su actuación en el D2 de Córdoba y por el que fue condenada por delitos de lesa humanidad. Como muchos testimonios, silencia más que lo que enuncia y vale esencialmente por todo aquello que le falta.
Este libro también se construye a partir de imágenes. La Cuca Antón en la cárcel. La Cuca sentada en medio de una cincuentena de hombres, militares, policías, agentes civiles en la “tribuna” que entre vidrios “contenía” a los represores que durante años habitaron el recinto de juzgamiento de sus crímenes. Allí, esa mujer, impecable, con su pelo teñido y prolijamente peinado, sus manos cuidadas y sus uñas pintadas, miraba desafiante a quienes presenciábamos las audiencias. Allí, esa única mujer entre tantos hombres que estaban siendo juzgados reía irónica ante los testigos y las víctimas de sus torturas. Allí sentada estaba una mujer, una policía, una genocida.
Su testimonio muestra palabras, evita dar detalles y enuncia con algunos conceptos estudiados, que se repiten una y otra vez de diferente manera, que ella no hizo nada… “Me declaro total y absolutamente inocente de todo”, dirá en su declaración ante el tribunal que la juzga.
Lo que aquí se relata es sin duda una versión de ese pasado. Una versión filtrada por el presente, por la memoria. Es lo que Antón hace con su pasado en este presente. Discurso instituido e instituyente de ella como presa, de ella como mujer policía. Ella reconstruye su pasado dentro de las fuerzas policiales y en el mismo juego quiere convencer de su inocencia desde una verdad basada en la experiencia biográfica de su legajo personal. La retórica del uso del “documento” en su lógica de prueba judicial quiere claramente oponerse a los testigos/testimonios de sus víctimas que pueden “relatar” lo que sufrieron pero que raramente contarán con el papel, el documento, el archivo que muestre lo que les sucedió.
Pero esto no es un acto de pura voluntad. Ana Mariani juega en este encuentro un lugar central. Es ella quien demanda y construye esa posibilidad, es quien solicita el testimonio, se interesa por su historia, pauta las preguntas, guía el encuentro. En esa relación se definen los límites de aquello que es decible o silenciable.
El testimonio de Antón está subordinado a las condiciones que autorizan esta forma de expresión pública de las vivencias extremas de violencia generadas por su persona, donde la palabra sobre sí misma se ve cubierta por una esfera de interés más amplio. Su relato coloca en juego no solamente su memoria, su verdad, sino la reflexión sobre ella misma, sobre su identidad individual, sobre el lugar y el espacio de pertenencia, que sin duda perdió luego de su activa participación en el D2, como puede leerse en los testimonios de sus amigos del barrio y la infancia. Sus palabras no son solo un relato factual que aporta fechas, acontecimientos, nombres y otras informaciones. Son, sobre todo, un instrumento de reconstrucción de su identidad, de la identidad que quiere transmitir frente a una periodista, hacia el afuera de la cárcel, hacia su propio perdón de lo cometido, negándolo. Al respecto, es posible leer entre líneas los múltiples sentidos y las diversas voces que aparecen, más allá de la propia función informativa que busquemos en sus palabras. Contiene verdades, silencios, olvidos y estrategias personales, las cuales pueden competir, contraponerse, compartirse o coincidir con las verdades aceptadas grupal y colectivamente del mundo que ella representa aún hoy. Nada más pertinente, salvando todas las distancias, que las palabras de Foucault cuando afirma en torno a los papeles que estudia en su libro La vida de los hombres infames: “Hace mucho tiempo que me he servido de documentos de este tipo […]. Si lo hice se debe sin duda a esa vibración que me conmueve todavía hoy cuando me vuelvo a encontrar con esas vidas íntimas convertidas en brasas muertas en las pocas frases que las aniquilaron”.
Este libro también nos abre otras puertas, otras vidas, nos permite conocer memorias llenas de dignidad. Mujeres que frente a un juez, frente a una cámara o un grabador de una periodista ponen en palabras su sufrimiento y su dolor, pero también su experiencia y su dignidad, su necesidad de romper el silencio hasta en esos episodios de torturas más ultrajantes como las violaciones sufridas en el D2. Las palabras de los testigos y sobrevivientes permiten comprender la llegada al campo como el momento de ruptura abrupta con la vida anterior; la deshumanización como un procedimiento político basado en la tortura, la desnudez de los cuerpos, el sometimiento al hambre, la denigración, la imposibilidad de la higiene mínima, la violencia sexual.
El gran desafío que estas páginas presentan, para nosotros como lectores, es poder volver a preguntarnos ¿cómo fue posible? Leerlas, sin duda, nos acerca algunas respuestas y espacios de comprensión sobre la tragedia que nos atravesó y atraviesa como sociedad.
Ludmila da Silva Catela
IDACOR/UNC/CONICET
