Pasiones terrenas

Maximiliano Crespi

Fragmento

Pasiones Terrenas


Nada impide que una historia de amor sea un enmarañamiento tan confuso como una historia política de emancipación, como la historia de un nuevo régimen del arte o como el despliegue de una nueva teoría científica.


ALAIN BADIOU




NOTA


Según muchos de sus detractores contemporáneos, había algo abominable en la memoria de Lenin. Ese algo, que con irónica sutileza describían como «imaginación poética», era —para citar sus propias palabras— cierta manera «desviada», «pervertida» o aun «degenerada» de interpretar y recrear los encuentros y desencuentros de la historia. La intencionada mezquindad en que se fundaban esos juicios no consigue borrar el efecto de su hallazgo involuntario.

Escribí la mayor parte de estos relatos de memoria, en tiempos robados al trabajo académico formal, un poco bajo el pulso de aquella condenada “perversión”. Casi puede decirse que ya tenía las historias “en la cabeza” cuando algunos amigos me alentaron a reunirlas en un libro. Al finalizar el primer borrador y presintiendo quizá que la corrección y ampliación del mismo podía tornarse una faena interminable, sólo me permití la revisión de las fuentes que aún tenía a mano en mi biblioteca. Las demás, prendidas de lecturas erráticas, conversaciones informales, improvisadas clases de formación política que datan de más de veinte años, son acaso las más verdaderas porque, como las auténticas pasiones (esas que, según Walter Benjamin, tarde o temprano nos llevan al borde del caos), han logrado abrirse camino, a través del tiempo, en la imaginación.

Hay que evitar la puerilidad de la indignación moral, decía el "pervertido" Vladímir Ilich Uliánov. Las historias aquí reunidas remiten a contextos precisos, a estructuras del sentir y estados de la imaginación históricamente distantes. Sería menos un error que una tontería juzgarlas desde los criterios y los esquematismos naturalizados en el presente. Tampoco conviene tenerlas por “objetivas”. Que sus páginas estén plagadas de malentendidos, lagunas y fabulación tendenciosa, no habilita a que sean confundidas con las de un libro de historia. Que las tramas de las pasiones (amorosas, políticas e intelectuales) que presentan hayan sido compuestas a partir de cartas, biografías, memorias, documentos y testimonios que presumían no serlo, no impide tampoco reconocer que —aun en la arbitrariedad de su ensamble— media (activa) la fuerza de la ficción. Como el viejo Lem, creo que con cierto grado de imaginación cualquiera puede escribir una serie de versiones reales de una vida, sin que ninguna de ellas consiga a su vez establecerse como definitiva. Lo que imposibilita el cierre no es una vacilación de orden moral sino un problema de corte cognitivo: el número de creencias metafísicas no es mayor ni menor que el número de las distintas creencias que un hombre es capaz de albergar sobre sí mismo y sobre los acontecimientos y relaciones que determinan los diversos períodos de una vida.

Se trata de entender que, como el amor, la literatura se afirma cuando dice una verdad, pero también cuando elabora una mentira. Es siempre y ante todo una cuestión de énfasis sobre nuestras propias zonas ciegas.



LA SAGRADA FAMILIA

Karl Marx


Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste.

KARL MARX


En ciudad de México, en una abarrotada librería de viejo de la calle Donceles, un lector devoto de Paul Nizan que no dejaba de mirarme las manos me contó como al pasar que, durante un tiempo, se había dado por sentado que Karl Marx se comía las uñas. La creencia se apoyaba en una referencia empírica. En muchas de sus cartas y manuscritos recobrados se podía ver, bajo la línea de la escritura, una suerte de sombra entre ocre y rojiza: el rastro sucio de lo que alguna vez había sido sangre. De ahí que sus primeros biógrafos llegaran incluso a afirmar que la tendencia onicofágica del filósofo tenía el carácter de severa, al reconocer no sólo que se mordía las uñas sino que lo hacía incluso hasta lastimarse. La ausencia de testimonios que acreditaran el hecho hizo que la anécdota quedara marginada de sus biografías. Y a nadie llamó la atención que esa sombra persistiera en ciertos documentos personales, como la carta que Marx envía a su esposa Jenny el 21 de junio de 1856, en las vísperas de su decimotercer aniversario de casados, donde se lee: «Sueño que estás ante mí, inmensa y frágil como la vida. Te alzo en brazos y te beso la frente y los pies. Luego, como en un teatro donde soy a la vez actor y espectador, caigo de rodillas delante tuyo gritando: “Señora, ¡te amo!”. Aun en medio del sueño sé que te amo, con un amor mayor que el que jamás sintió el Moro de Venecia… Entonces temo: ¿Qué no darían mis muchos calumniadores y enemigos de lengua viperina por reprocharme el egoísmo que destila el verme representar el papel de protagonista romántico en un teatro de segunda? Si esos bribones tuvieran más de dos dedos de frente, no dudarían un segundo en poner mis notas sobre “las relaciones sociales de producción” a un lado, y al otro, a mí rendido a tus pies. Debajo les bastaría con escribir: “Miren este cuadro, y luego vean este otro”». Ansiedad, inseguridad, vacilación, angustia; en diversos grados cada uno de estos signos de la neurosis se presentan en esa última frase que, en clara alusión al final del tercer acto de Hamlet, pone en evidencia, con una gesticulación un poco grotesca, una tensión efectiva entre esas dos «pasiones terrenas»: un desajuste práctico entre la gravedad y exigencia ética del proyecto intelectual y la intensidad del vínculo sentimental que reconoce y asume en esa carta.

Marx había conocido a Johanna Bertha Julie «Jenny» von Westphalen en Tréveris, en los años de su juventud y había quedado definitivamente cautivado por ella. La figura extraordinaria de Jenny representaba para el joven filósofo una suerte de trofeo e incluso mucho tiempo después, en un viaje a esa ciudad, le confiesa sin tapujos esa sensación de orgullo conquistador: «En todas partes y a todas horas —escribe— me preguntan por la que fue “la niña más linda de Tréveris” y “la bella reina del baile”. Ciertamente, es muy agradable para un hombre saber que su mujer es tenida como “una princesa encantada” en la imaginación de toda una ciudad». Eso no era nuevo para ella. Hija de una familia de la clase dirigente prusiana, a los 22 años estaba acostumbrada a recibir ese tipo de elogios. Jenny era una joven bella, inteligente y de ideas liberales, hija menor del barón Ludwig von Westphalen —como dice el biógrafo británico Francis Wheen, «un ejemplar casi perfecto del conservador liberal de buenas intenciones, afligido por las privaciones de los pobres, pero complacido por las comodidades de la riqueza»— y encontraba irresistible tanto el hecho de ser cortejada por un insolente burgués judío cuatro años menor que ella como por la arrogancia intelectual con que ya se reconocía al joven Marx. Luego de casi un lustro de relación secreta, Marx y Jenny formalizaron su compromiso y se casaron el 19 de junio de 1843. Marx tenía 25 años, ya era Doctor en Filosofía, pero no tenía trabajo ni herencias que reclamar. Jenny, “de profesión, sus labores”, tenía 29 y a causa de su caprichoso casamiento sus relaciones familiares empezaban a resquebrajarse.

A la breve ceremonia nupcial realizada en Kreuznach no asistieron familiares de Marx. De parte de Jenny, sólo estuvieron presentes su madre y un hermano menor. El regalo de bodas de parte de los Westphalen fue, según el relato de sus biógrafos, una colección de joyas y una bandeja de plata de sus antepasados escoceses y una caja de dinero que, una semana después, durante el viaje de luna de miel por el Rin, Karl y Jenny fueron regalando a los indigentes que encontraron en el camino. En los meses siguientes, las joyas, la bandeja de plata escocesa y las alianzas matrimoniales fueron a parar a casas de empeño mientras Marx empezaba a realizar sus primeros ensayos de análisis periodístico en Deutsch-Französische Jahrbücher. A los seis meses, con Jenny embarazada de su primera hija, iniciaron un caótico deambular por varias ciudades europeas en busca de un lugar donde Marx pudiera establecerse para trabajar y sostener a su familia.

A comienzos de mayo del año 1849, tras haber sido expulsado de Bruselas, Colonia y París, arribaron a Londres para una estancia que en principio habían considerado temporal. Con poco más de 30 años de edad y su joven esposa esperando dar a luz a su cuarto hijo, Marx había llegado a esa ciudad activa y en permanente transformación (donde el capitalismo materializaba una grieta económica insalvable entre las clases sociales) arrastrado tanto por una obsesión intelectual (notable en los manuscritos económico-filosóficos de 1844, los Cuadernos de París) como por una obstinación militante (de la cual dan cuenta tanto sus artículos periodísticos como el propio Manifiesto del Partido Comunista, publicado en Londres en febrero de 1848). Pero, repartidos entre las actividades de organización revolucionaria y el monumental proyecto de comprensión de la compleja arquitectura política del modo de producción capitalista, sus primeros años en la capital del Reino Unido no fueron para nada sencillos.

Al comienzo, los Marx se mudaron dos veces, siempre a residencias austeras. Primero al número 64 y luego, por un período de casi seis años, al 28 de Dean Street, en el Soho Quarter. En ese emergente barrio londinense funcionaba, desde comienzos de 1840, la Sociedad Educativa de Trabajadores Alemanes en Great Windmill Street. Cerca de Piccadilly Circus, donde Karl Schapper organizaba y ayudaba a los emigrantes germanos y donde hasta 1847 se reunía en secreto la Liga de los Justos y luego, hasta 1850, la famosa Liga de los Comunistas.

Durante esos primeros años, su principal fuente de manutención fue la renta que su devoto amigo y camarada Friedrich Engels le derivaba del floreciente negocio de sus padres (un matrimonio de prósperos industriales textiles renanos). Pero el dinero nunca era suficiente. La penuria los cercaba. Según el informe de un espía de la Policía Secreta de Prusia redactado en 1852, los Marx vivían "en una de las casas más baratas, y en consecuencia también más miserables de Londres". La vivienda —continúa el informe— "consta de sólo dos habitaciones: el salón tiene vista a la calle, mientras el dormitorio da a la parte trasera. En todo el piso no puede encontrarse el menor rastro de mueble limpio y bueno; todo está gastado, roto y deshecho. Por doquier se acumula polvo y reina el máximo desorden. En el centro del salón se encuentra una enorme mesa, como la de nuestros abuelos, cubierta con un mantel de hule. Sobre él se encuentran sus manuscritos, libros, diarios, así como los juguetes de sus niños, los trapos de costura de su esposa, luego algunas tazas de té con los bordes desportillados, cucharas, tenedores y cuchillos sucios, lámparas, tinteros, vasos, pipas de barro holandesas, cenizas de tabaco; en resumidas cuentas: toda esta diversidad de objetos bien mezclada y en una sola mesa. Cuando se penetra en el domicilio de Marx, los ojos se le nublan a uno de tal forma por el humo del tabaco y la antracita, que en los primeros momentos se ve obligado a caminar a tientas, como si se entrara en una cueva, hasta que la vista se va acostumbrando paulatinamente a la oscuridad y va adivinando los objetos a través de la neblina... Siempre reciben al visitante con la máxima amabilidad, ofreciendo con cariño pipa, tabaco y lo que haya. Una ingeniosa y agradable conversación suple todos los defectos hogareños y hace soportables todas esas molestias. De esta forma uno se reconcilia con las citadas personas, encuentra interesante su círculo, incluso original. Esta es la imagen fiel de la vida familiar en el barrio del Soho del jefe comunista Karl Marx".

Por encima de los simpáticos atenuantes morales del relato policial, la pobreza se imponía sobre la originalidad, y la familia Marx sufría en carne propia sus consecuencias. A su llegada a Londres, Marx y su esposa Jenny tenían cuatro de sus seis hijos. Pero para 1855 habrían perdido ya a tres (los dos únicos varones Henry Edward Guy Marx y Edgar Marx y la pequeña Franziska), fallecidos prematuramente por bronquitis y tuberculosis, vinculadas a sus penosas condiciones de existencia. Es por ello que, embarazada y con uno de sus hijos prácticamente agonizando, en agosto de 1850, Jenny emprendió un viaje a Holanda para solicitar a Leon Phillips —un próspero comerciante tío de Marx que abiertamente deploraba el ideario político de su sobrino— una ayuda económica.

Mientras su esposa trataba inútilmente de convencer a sus parientes de que les facilitaran un préstamo, Marx inició una relación sexual con su criada Helene Demuth, una joven campesina, proveniente de la casa von Westphalen, a quien Jenny conocía de antes de casarse y que había sido enviada al hogar de los Marx por la madre de Jenny, a manera de «obsequio del primer aniversario de bodas». Según cuenta Louise Freyberger, amiga de Helene y ama de llaves de Engels, en una carta, la relación entre Marx y Helene se prolongó incluso «más de lo tolerable», «ofendiendo a las buenas costumbres». Nimmy, como la llamaba íntimamente la familia, tenía 30 años, ojos azules y, según varios de los biógrafos de Marx, una figura voluptuosa «de matrona en flor», irresistible a los deseos de Marx. Según narra Ruiz Franco, autor de El bastardo de Marx, como Karl «era bastante vigoroso, con un fervor sexual bastante marcado» y su esposa sólo «le complacía en la medida de sus posibilidades», Jenny y Helene compartieron en riguroso silencio la casa, la familia y la demanda sensual del filósofo de Trévis, a quien ambas mujeres llamaban Mohr (Moro, por la tez mate de su piel) o Riesen-Wildschwein (Jabalí Negro, por la textura y la tonalidad de su rostro hirsuto).

Además de un lugar de autoridad en la pequeña estructura familiar, Helene se fue ganando el amor incondicional de las hijas de Marx y sobre ella fueron recayendo gradualmente todas las tareas caseras y las cuestiones referentes a la economía doméstica. Ocupaba un lugar de consejera al interior de la familia hasta para la propia Jenny, que la consideraba su mejor y más entrañable amiga. Pese a su pobre instrucción, se mostraba siempre prudente y criteriosa. Hablaba inglés, francés y un refinado alemán, su lengua materna. Pero también destacaba por su inteligencia, a tal punto que las propias hijas de Marx cuentan cómo Helene lo derrotaba, casi sin esforzarse, en sus partidas de ajedrez.

Pero a comienzos de 1851, cuando Jenny estaba esperando dar a luz a Franziska, el embarazo de Helene se hizo inocultable. Según confirma Terrell Carver, docente e investigador en teoría política en la Universidad de Bristol, el hijo ilegítimo de Marx nació el 23 de junio de ese mismo año, cuando la pequeña Fran —que fallecería antes del año de vida— cumplía tres meses. Para salvar su imagen y la de su familia, Marx viajó a Manchester y le pidió a Engels —cuya fama de juerguista era ya irremontable— que lo reconociera como propio. Según apunta Francis Wheen, el excéntrico hijo de empresarios textiles de Manchester apoyaba los movimientos revolucionarios, pero al mismo tiempo vivía al estilo “excesivo, sensual y libertino” de la aristocracia inglesa. Era socio de los clubes más exclusivos, contaba con numerosas propiedades donde hospedaba a sus amantes y pasaba sus ratos libres dedicados a la caza de zorros y a la degustación de vinos. Pero lo que más se le censuraba públicamente era su escandalosa vida sexual. Sus numerosos e impúdicos amoríos eran conocidos tanto por Jenny, quien le criticaba haber cruzado cierto límite de perversión al compartir durante años el lecho con las hermanas Mary y Lizzie Burns, como por la propia Helene quien, según el relato de Eleanor, la hija menor de Karl, no se privaba de ironizar sobre el tenor de los sentimientos que lo unían al propio Marx. Para evitar el desmoronamiento moral de su “amado amigo”, Engels accedió a hacerse cargo de Freddy y a incrementar su envío de dinero con la condición de que Marx volviera a concentrarse en sus trabajos sobre el modo de producción capitalista y el poder fantasmático de los objetos en propiedad.

Sin embargo, Engels no reconoció oficialmente al hijo de Helene y ella se vio obligada a inscribir a Freddy en el registro civil de St. Anne’s de Westminster con su propio apellido. Henry Frederick Demuth fue dado en adopción, cinco meses después de su nacimiento, a una familia de obreros londinenses de apellido Lewis. De ahí en más, el apodo de Helene pasó de Nimmy (en slang londinense: “alguien inusualmente irritable que no se da cuenta de lo tonto que está siendo”) a Lenchen (un diminutivo de su nombre en alemán) y el de Jenny quedó cerrado sencillamente en Móhme (diminutivo de madre). Eso no significó en modo alguno una ruptura o un distanciamiento entre Marx y Helene. Al contrario: su relación se hizo más íntima y más sólida, aun cuando sus encuentros sexuales fueron más esporádicos y furtivos.

Desde su asentamiento en Londres hasta esa fecha, Marx no había redactado más que artículos sueltos y eventuales notas periodísticas como corresponsal para el New York Tribune. Y entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, escribió solamente El 18 brumario de Luis Bonaparte, el extraño estudio sobre la Revolución francesa de 1848, donde la tragedia y la farsa iluminan la certeza de que la única revolución real es la que es capaz de producir lo nuevo sobre la base de un proceso que permita a los hombres tomar conciencia de su condición.

La juventud no le impidió comprender que era el momento de jugar sus mejores cartas: la pobreza, la persecución y la censura política no podían ganar la partida. Por eso hizo de la promesa a su amigo el pretexto de un cambio rotundo. Su trabajo adquirió entonces un sentido nuevo y definitivo. A partir de allí se abriría la etapa de transformación radical que daría lugar al período que los más conocidos historiadores de las ideas definen como su “obra de madurez”, donde el pensamiento marxiano se enrola en un paradigma más científico y más rigurosamente empírico.

En Londres, el activismo de Marx había sido incesante. Había fundado la nueva sede de la Liga de los Comunistas y había empezado a trabajar a diario en la Sociedad Londinense de Instrucción de los Obreros Alemanes, en unos oscuros galpones de la calle Great-Windmill, zona que por las noches se convertía en territorio liberado para el juego clandestino y la prostitución. En 1864 empezó a involucrarse en la Asociación Internacional de Trabajadores (más adelante conocida como Primera Internacional) y ese mismo año se convirtió en el líder de su Consejo General. Luego de confusas y constantes pujas con el sector anarquista de ascendencia bakuniniana, los acontecimientos posteriores a la Comuna de París de 1871 se impusieron con la violencia de lo real. Los dos meses en que los parisinos se rebelaron contra el gobierno y mantuvieron en vilo el orden precedente de la ciudad, se resolvieron con una represión sangrienta y, en respuesta a esos sucesos, Marx escribió y publicó de inmediato La guerra civil en Francia (1891), uno de sus más famosos panfletos en defensa de aquella insurrección. Pero, según testimonian muchas de sus cartas con Engels, eran justamente esos reiterados ejemplos de frustración de la revuelta popular los que le confirmaban a Marx la importancia y la necesidad estratégica de comprender cabalmente la lógica de acción y producción social del capitalismo.

Con esa decisión reorganizó su cronograma de trabajo. Todos los días se levantaba muy temprano y, desde su casa en la calle Dean, en el Soho Quarter, caminaba unas cuadras hasta el British Museum en el barrio de Bloomsbury, en cuya sala de lectura se recluía quince horas diarias para estudiar la obra de los economistas políticos liberales con el objeto de sostener sus hallazgos y conjeturas sobre datos económicos precisos. Trabajaba con obstinación acumulativa y rigor metódico, cotejando períodos e índices de desarrollo, identificando variables y estableciendo patrones de equivalencia. Así escribió el primer borrador de lo que luego sería la extraordinaria Sección Primera del Tomo I de El Capital. Para mediados de 1857, había acumulado más de ochocientas páginas de notas y ensayos cortos sobre temas específicos como el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Ese conjunto de textos, que el propio Marx consideraba «de preparación previa a la escritura real» y que permanecería inédito hasta 1941 (cuando al fin se lo publica bajo el descriptivo título de Grundrisse), constituye actualmente un documento inestimable para la comprensión plena de las zonas de su pensamiento no desarrolladas o marginadas en función de sus prioridades filosóficas.

Su exigencia era tal que en sus cartas por momentos se muestra inseguro de dar a conocer «las primeras conclusiones parciales» de esos años de estudio en su Contribución a la crítica de la economía política (1859), el libro que contiene el boceto fundamental de su obra económica posterior. Al año siguiente, escribió y publicó Herr Vogt (1860), un virulento ensayo dedicado a la desarticulación de las ideas del científico natural alemán Carl Vogt, autor del bonapartista Studien zur gegenwärtigen Lage Europas (1859). A partir de 1860, Marx dedicó los cinco años que siguieron fundamentalmente a la escritura de tres grandes volúmenes. El primero de ellos fue Teoría de la plusvalía (hoy reconocido como el cuarto libro de El Capital), donde examinó puntillosamente las contribuciones de teóricos de la economía política como David Ricardo y Adam Smith. En los primeros meses de 1864, escribió Salario, precio y ganancia y, a comienzos de 1867, viajó a Hannover, donde en casa de su amigo médico Ludwig Kugelmann corrige las galeradas de El Capital, el monumental tratado aparecido ese mismo año.

En el lapso de esa década, Marx cambió el rumbo de sus reflexiones marcadas por un objetivo preciso, definido por las necesidades históricas. Produjo de ese modo el análisis más profundo, complejo y luminoso del proceso de producción capitalista que existe hasta el presente. Y ya en la década posterior, se sumergió sin escatimar energías en su desarrollo minucioso y estricto. En los manuscritos que constituyen sus notas y avances sobre los volúmenes II y III de El Capital (a los que se dedicó hasta sus últimos días), diagramó su teoría del valor-trabajo, describió el proceso de fetichización de las mercancías, bosquejó su concepción de la plusvalía, del general intellect y de la explotación de lo que denominó “trabajo vivo”. Sobre esa base estableció sus hipótesis sobre el decrecimiento gradual de la tasa de ganancia y el eventual colapso del modelo de producción.

El proceso desencadenó también una transformación material y metodológica en la producción de sus textos. En un breve ensayo incluido en L’amitié, Maurice Blanchot acredita esta cesura en los tres lenguajes que componen la producción marxiana: de pensamiento, político y científico. Cada uno de ellos implica diversos modos de producción y disposición ética en el articulado de la relación escritura-conocimiento. Pese a que en ciertos períodos esos lenguajes conviven yuxtapuestos, el contraste que los mantiene juntos designa, según Blanchot, «una pluralidad de exigencias a la que, desde Marx, cada uno, al hablar, al escribir, no deja de sentirse sometido, salvo que se sienta carente de todo».

Genéricamente, el manuscrito filosófico, el manifiesto político y el tratado científico condensan tres modalidades distintas de acción gravadas por la contingencia histórica. Pero expresan también tres modelos de praxis de escritura diversos con relación a los nombres y a los lugares de la verdad.

Marx había abandonado ya hacía tiempo el lenguaje filosófico hegeliano —demorado, reflexivo, dialéctico. Si bien reconocía allí la larga tradición de los “escritores de pensamiento” que vuelven al logos y lo conminan a dar sentido a interrogantes, crisis y conflictos de la Historia, también vislumbraba ya en esa “prosa de pensamiento” una trampa perversa mediante la cual sólo la historia misma del logos se reafirmaba como máquina de interpretación. Pero ahora también empieza a reconocer los límites efectivos del lenguaje político, de ese lenguaje de materialidad performativa, compacta, circunstancial y directa, que se impone con virulencia y «cortocircuita todo lenguaje» —como se percibe en la letra del Manifiesto comunista, donde el lenguaje se afirma y justifica como una invocación urgente y un convite compulsivo a la ruptura. No lo considera inútil (puesto que lo seguirá empleando en textos de intervención), pero lo sabe insuficiente. Por ello se propone elaborar un lenguaje científico —cuya consumación se da en los primeros libros de El Capital—, un lenguaje de saber operativo, indirecto, secuencial, progresivo y obsesivamente preciso. Es el lenguaje de la aserción y la axiomática. Marx trazaría con él una diferencia sustancial y específica entre el lenguaje y su objeto, al punto de constituir ella misma una evidente ruptura epistemológica: el lenguaje de la ciencia no puede correr el riesgo de ser tomado por una reduplicación de su objeto; debe constituirse como una forma de conocimiento objetivo y desplazar fuera de sí a su objeto, dando por supuesto que es capaz de conocerlo como no puede conocerse a sí mismo. La escritura marxiana se cierra así estratégicamente en una función transitiva que es la prueba de su modernidad. Liga su deseo a un interés objetivo y da lugar a un cuerpo orgánico, articulado y complejo de conocimientos y procedimientos específicos y particulares.

Junto con el lenguaje, cambia también el régimen de la lectura. Leer ha supuesto para Marx la condición previa y absoluta del pensamiento. Es para la propia escritura tanto un deslizamiento como una intermitencia. Esta última se recrea en una sutil y rigurosa articulación de la lectura y la citación. La lectura se hace pública y en esa transparencia adquiere legitimidad. Se vuelve a la vez inflexible y rigurosa. Forja su materialidad no bajo la lógica artesanal del tejido, sino en el contrapunto ágil del patchwork y la glosa crítica. Marx lee “en voz alta”, rechazando categóricamente el mito religioso de lectura silenciosa —cristalizado en la gesticulación de los labios mudos de San Ambrosio—, para su propio lector: separando capas de ideología naturalizada en el discurso —en apariencia neutro— de la economía política y descubre allí hallazgos inesperados en el texto de una tradición que se erige sobre intereses radicalmente opuestos a los suyos. Incluso reconociendo cierto grado de afectación voluntarista en ese régimen de lectura abierta, es difícil no reconocer a esta transformación de la sintaxis marxiana una virtud retórica: la de arrogarse valor a partir de la afirmación performativa de su indiscutible necesidad. En cierto sentido, el lenguaje científico retoma en Marx lo más interesante del lenguaje filosófico y el lenguaje político. Forja un verosímil (sintético) y produce un lugar para la verdad de la revolución justamente ahí donde el pensamiento se desplaza satisfecho y onanista hacia las certidumbres que devuelven el saber al círculo cerrado de la propiedad privada.

Los cambios en el lenguaje y el modo de la lectura influyeron en su orden vital. Su rutina se fue volviendo más rigurosa y exigente. Se levantaba entre las ocho y las nueve de la mañana, tomaba una taza de café, leía los diarios y, cuando no iba directamente al British Museum, se recluía en su gabinete hasta las dos o tres de la mañana del día siguiente. No interrumpía su faena más que para comer y dar un paseo al caer la tarde y cuando el tiempo lo permitía, por el inmenso parque Hampsteard Heath. Podía trabajar en cualquier lugar. «Soy un ciudadano del mundo —decía orgulloso—: trabajo donde quiera que me encuentre».

Sin embargo, en 1863, tras recibir una herencia de su viejo amigo Wilhelm Wolff, Marx renunció a su empleo en Tribune y con la pensión de 350 libras que Engels le pasaba anualmente, se estableció en el número 41 Maitland Park Road para dedicarse de lleno a El Capital. Al gabinete de trabajo que allí dispuso, la caótica habitación ya mítica, acudían poetas, novelistas, filósofos, científicos, políticos y militantes de todo el orbe.

Para entender la intimidad del pensamiento de Marx es preciso imaginar ese cuarto. Estaba situado en el primer piso de la casa familiar y tenía un ancho ventanal por el que la luz entraba generosamente. Frente a él, a ambos lados de la chimenea, había anaqueles colmados de libros, paquetes de periódicos y manuscritos. A un lado de la ventana se encontraban dos mesas con pilas de papeles, libros, periódicos. En medio de la habitación, en el sitio más iluminado, había una mesita de un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho y un pesado sillón de madera, donde Marx trabajaba arduamente las más de las veces de pie, una rodilla apoyada en el sillón, inclinado sobre la mesa, porque desde 1865 sufría lo que él mismo definía como una enfermedad de clase: unos forúnculos purulentos («unos carbúnculos verdaderamente proletarios» derivados, según el diagnóstico médico, de «un grave cuadro de hidradermitis supurativa») afectaban «sus zonas pudendas» y le impedían trabajar sentado. «La burguesía recordará mis forúnculos hasta el día de mi muerte», escribe irónicamente a Engels mientras redacta la primera parte de El Capital. Entre el sillón y los anaqueles de libros estaba el diván de cuero, sobre el cual se tendía, extenuado, a descansar (boca abajo). Sobre la chimenea había un largo estante donde Helene había dispuesto libros pequeños, pisacartas, fotografías y retratos a lápiz de sus hijas, de su mujer, de Wilhelm “Lupus” Wolff y de Friedrich “el General” Engels y, por supuesto, cajas de cigarros, pipas, cortadores de habanos y paquetes de tabaco de diversa índole.

Marx era un fumador empedernido. «El Capital no me devolverá nunca el dinero que me han costado los cigarros que he fumado escribiéndolo», solía decir a sus amigos más cercanos. Según el relato de Paul Lafargue, su yerno y uno de sus últimos secretarios personales, fumaba solo, contemplando reflexivo el caos que lo rodeaba, o mientras jugaba sus interminables partidas de ajedrez con Helene, la que, ansiosa ante sus demorados movimientos, se mordía las uñas en silencio. Marx no permitía nunca que nadie se entrometiese en su estudio. Sólo a ella confiaba la entrada a ese espacio, porque era la única persona que entendía que respondía a una organización excéntrica, pero rigurosa. Sin demasiado esfuerzo encontraba siempre el libro, el apunte o el recorte que estaba buscando. Incluso a veces interrumpía de golpe el curso de una conversación o un dictado para cotejar la cita mencionada al pasar o para corroborar la cifra que acababa de indicar. En este aspecto, su carácter era tan obsesivo que, como relata el propio Lafargue, en ocasiones lo llevaba incluso a abandonar a su eventual interlocutor y «correr al British Museum para verificar, con el texto, el hecho más insignificante».

Marx y su gabinete de trabajo no formaban sino un solo y único conjunto: se servía de sus libros y los papeles de archivo como de sus propias manos. La biblioteca constaba de más de mil volúmenes en un espacio disponible para un tercio de esa cantidad. Marx no tenía en cuenta para nada la simetría al colocar los libros en los estantes. Los “en cuatro”, los “en octavo” y los folletos estaban confundidos y mezclados unos con los otros. No los ordenaba conforme a su dimensión o a su materia, sino de acuerdo con las relaciones que establecían en su propio pensamiento. Todos esos materiales eran para él herramientas de trabajo, no objetos en exposición. «Son mis esclavos —solía decir— y deben servirme a mí, no yo a ellos». Los maltrataba sin cuidarse de su formato, ni de su encuadernación, ni de la belleza del papel o de la impresión. Plegaba las puntas de las hojas, señalaba los márgenes con trazos de lápiz o de tinta y subrayaba pasajes completos de narración histórica. No escribía notas marginales, pero solía marcar los pasajes con signos de interrogación o de admiración cuando el autor excedía los argumentos. Subrayado y puntuación le permitían encontrar fácilmente el pasaje que buscaba.

Se sabe que tenía también la costumbre de releer, aun después de muchos años, sus propios cuadernos de notas y los pasajes subrayados en sus libros para conservarlos mejor en su memoria, que era por demás admirable. La había ejercitado desde su juventud, siguiendo el consejo de Hegel y aprendiendo de memoria versos escritos en idiomas que desconocía. Según el minucioso testimonio del periodista y parlamentario socialista alemán Wilhelm Liebknecht, podía declamar largas tiradas de la Divina Comedia; junto a Jenny, solía interpretar pasajes completos de Shakespeare; y disfrutaba mucho interpretando de manera paródica el papel de Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Pero, como recuerda el periodista y político Franz Mehring —amigo también de Rosa Luxemburg—, si bien admiraba a Cervantes, a Balzac, a Fielding y a Walter Scott, sus preferidos eran los griegos, en especial Homero y Esquilo, a los que podía citar de memoria. Leía correctamente todas las lenguas europeas y escribía sin problemas en alemán, en inglés y en francés. A los 50 años se puso a estudiar ruso sólo para poder leer a Aleksandr Pushkin y a Nikolái Gógol en su lengua materna. «Un idioma extranjero —solía decir a sus hijas— es un arma en la lucha por la existencia». Algo que prendió sin duda en Eleanor, la menor, militante política e intelectual comunista, que no sólo realizó la primera traducción al inglés de Madame Bovary, sino que además vertió a esa misma lengua diversas obras del poeta y dramaturgo noruego Henrik Ibsen.

Durante los últimos años de vida, su salud mermó notablemente, pero se mantuvo siempre activo. Cuando estaba demasiado cansado, dictaba a Helene notas que luego incluía entre sus propios manuscritos. Trabajó así junto a ella sobre sus estudios inconclusos y se dio el tiempo incluso para comentar algunos acontecimientos políticos de coyuntura relevante como en su Crítica del programa de Gotha. Entre los años 1879 y 1880 redactó y reunió además una olvidada serie de textos ensayísticos que, sobre el final de ese mismo año, se publicaron bajo el título de Notas sobre Adolph Wagner. En ellas, Marx se esmera en dejar en claro que, antes que un sistema científico para explicar el mundo, el marxismo es un pensamiento crítico que permite comprender su funcionamiento.

Jenny murió en diciembre de 1881, tras una larga agonía que por entonces fue diagnosticada como cáncer de hígado. A Marx esa pérdida lo derrumbó definitivamente. No encontró en Helene, a quien ya presentaba como su «indispensable e imperiosa secretaria personal», ni en sus propias hijas la fuerza para dar batalla. Desarrolló una extraña y destructiva gripe que lo consumió en poco menos de quince meses.

Según el testimonio de Eleanor, a mediados de 1882 Marx se sentía terriblemente solo y fue esa soledad la que lo impulsó a hacer algo inesperado. Una mañana se despertó, salió de la cama donde estaba postrado casi todo el tiempo y decidió ir a ver a su hijo ilegítimo. Freddy lo estimaba como a un tío, pero hacía ya varios años que no sabía prácticamente nada de él salvo por los comentarios de la propia Eleanor o de Laura, su segunda hija y amante de Paul Lafargue. Marx lo visitó una tarde de agosto en su casa, sin previo aviso. Pasó toda la noche conversando con él sobre el futuro y el sentido de la historia. Pero no le reveló el secreto.

A fines de ese año, contrajo bronquitis y pleuresía. Murió finalmente el 14 de marzo de 1883. A los ojos de la ley, el “ciudadano del mundo” fue considerado “persona apátrida”. Le dieron sepultura en el boscoso Cementerio de Highgate de Londres, el 17 de marzo. A su austero funeral, incluyendo familiares, asistieron tan sólo nueve personas. En lo alto de su lápida hoy puede leerse la frase «Workers of all lands unite».

Tras el sepelio, Helene Demuth se mudó directamente a la casona de Friedrich Engels en Londres. Colaboró arduamente con él en la organización, curaduría y posterior publicación de las cartas, los manuscritos y materiales inéditos de Marx. Murió de cáncer, en el Hospital St. Mary’s de Londres, el 4 de noviembre de 1890. Por expreso pedido de la hija mayor de Marx, fue enterrada en el panteón de la familia.

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