UNO
1930 a 1945
Todos escribimos un solo libro
que va cambiando y se va multiplicando
a medida que la vida vive
y el escritor escribe.
EDUARDO GALEANO
1930 fue el año de mi gestación y del golpe militar que marcó el inicio de la decadencia de nuestro país.
Al estar en mi segundo mes prenatal no me enteré de que el día seis de septiembre se iniciaba la llamada Década Infame y finalizaba la etapa de la gran República Argentina, gestada por el general Julio A Roca y la Generación del Ochenta. A partir de los inicios del siglo XX, nuestro país comenzó a ser admirado por el mundo entero, con toda razón, un motivo de orgullo para los argentinos. Tristemente, a partir de la llamada Revolución del Treinta, se inició una lenta transformación en una república bochornosa.
Hay quienes dicen que nací en el Jardín Zoológico Municipal, más precisamente en la jaula de los gorilas. Desmiento esta falacia inventada por algún kirchnerista resentido. Lo cierto es que el 5 de abril de 1931, a la una y cuarto de la tarde, luego de un largo forcejeo, mi tío abuelo Luis pudo sacarme del vientre de mi madre. Tenía el cordón umbilical enroscado en el cuello y cuanto más se esforzaba el obstetra, más me ahogaba yo. Años después, alguien interpretó que este inconveniente había sido el motivo del asma que me acompañó gran parte de mi vida mientras que yo, adolescente en plena etapa edípica, halagué a Mamá diciéndole que creía que lo del cordón era una excusa para no abandonar el claustro materno, ese reducto maravilloso. Con ella tuvimos una profunda relación afectiva por lo que imagino que mi nacimiento debe haberle dado una enorme alegría aunque también un motivo de preocupación.
El dormitorio de mi madre, devenido ese día en sala de partos, lindaba pared de por medio con el comedor donde celebraban el almuerzo del domingo de Pascua de Resurrección, la dueña de casa, mi abuela María Oliveri de Zimmermann, Mamima, con sus hijos Alberto, Lía y Raúl, y mi hermana Martha, de cinco años, apodada Chichí y, de segundo nombre Celia, el de nuestra madre. Persistente duda: ¿participó de este almuerzo Emilio Olivera, que fungió como mi padre? Nunca lo supe pero a los pocos días me anotó en el Registro Civil como su hijo Héctor Emilio. Algo debió haber pasado entre mis padres porque poco tiempo antes o después (¿días, semanas?), don Emilio abandonó la casa de Olivos. No me consta la causa pero asumo que habrá sido presionado por mi madre, que cada vez que mencionó a su cónyuge, lo hizo con cierto desdén.
En mi niñez viví algo muy duro que me avergonzaba: ser hijo de padres separados era socialmente mal mirado, una situación familiar irregular. En ese entonces, si a un coronel de la Nación le ponían el sello SFI en su legajo, no ascendía a general. De hecho, Mamá cumplió el rol de padre, es decir, quien salía por la mañana a ganar el sustento, mientras que el rol materno lo cumplió mi abuela.
Mamima era hija del Commendatore Giusseppe Oliveri, una personalidad en la colectividad italiana, casado con Pauline Boutin, francesa que dejó su huella en mi familia. Mi abuelo materno, Carlos Teodoro Zimmermann, y su familia vivían en la calle Riobamba casi Santa Fe. Los veranos alquilaban una quinta en el Tigre hasta que, en enero de 1913, en la estación del Ferro Carril Central Argentino, FCCA, mi abuelo corrió el tren que comenzaba a partir y, a poco de alcanzarlo, cayó fulminado por un infarto cardíaco. Mamima quedó viuda a los treinta y cinco años y hasta que murió llevó luto, al principio riguroso y luego un medio luto, dedicándose a criar sus hijos y después a mi hermana y a mí. No sé por qué razón a mi abuela le quedó poco del molino harinero San Martín en Cañuelas. Tampoco il Commendatore Oliveri dejó una herencia memorable. Oriundo de Génova, se había establecido en Buenos Aires con una empresa de importación de telas y mercería con la que le fue muy bien hasta que su hijo Adolfo, que lo representaba en París, fundiera la empresa divirtiéndose con señoritas de vida airada y señores habitualmente llamados croupiers. Siendo muy poco lo que por un lado u otro heredaron mi abuela y mi madre, nací en el seno de una familia de clase media con un pasar y sin pretensiones sociales. Mamima se dio poco con sus parientes políticos por lo que para mí, la familia grande fue la de los Oliveri, en particular mis tíos abuelos, el médico que me trajo al mundo y su esposa Ofelia López (padrino y madrina de mi bautismo), con sus hijos de edades parejas con la de mi hermana y la mía.
El pequeño Héctor Olivera con su madre, quien cumplió también el rol de padre.
Mi casa natal —un chalet normando de dos pisos— se alzaba en un insólito terreno en Olivos, un suburbio cercano a la ciudad de Buenos Aires, que mi abuela había comprado a fines de la década del 20. Y digo insólito porque era una parcela lindante con las vías del ramal R del FCCA, a cien metros del puente con el que dicho ramal cruza por arriba del ramal C. Lo curioso de este lote es que había quedado aislado y rodeado por enormes baldíos de las 500 leguas cuadradas con las que los accionistas de este ferrocarril habían sido compensados en los tiempos iniciales, a raíz de la poca rentabilidad del emprendimiento. Nuestra casa se alzaba en lo alto de la barranca, calle de por medio de lo que después fue la sede del Colegio San Andrés. Este pequeño mundo de mi niñez fue muy particular porque la calle Rosales era, en ese tramo, la única de tierra de ese elegante barrio. Seguramente la Municipalidad de Vicente López no asfaltó esa cuadra porque había una sola vivienda que pagaba impuestos (los baldíos ferroviarios no). En la continuación asfaltada había varias grandes casas de tres pisos con mirador al Río de la Plata. Entre otros, vivían allí el gerente general del FCCA, el inglés Mr Sampson, y el de la RCA Victor, el norteamericano Mr Beshgetoor. Con Chichí nos hicimos muy amigos de los hijos, en especial ella de Georgie y yo de Rosemarie Sampson, mi primera novia, y también de los jóvenes Beshgetoor, Eleanor y Andrew. Entre esos chicos y nosotros se hablaba más inglés que castellano y el deporte callejero impuesto por Andrew fue el béisbol.
Mi primera niñez fue la de una criatura solitaria. Mi mundo era la casa, la calle de tierra y el baldío de más de una hectárea al que yo entraba colándome entre los cinco hilos de un alambrado de campo. Allí visitaba a un par de linyeras, inmigrantes centroeuropeos escapados de la crisis económica de la década del veinte, que me fascinaban con sus cuentos —los entendiera o no— y me permitían fantasear con tierras y gentes muy distintas. Estos intrusos vivían debajo de unas grandes lonas colgadas de un par de rieles puestos sobre dos lomitas y a veces iban a casa a buscar agua, leche o algunas sobras de comida. Llegar hasta ellos era toda una aventura: avanzaba por yuyos y matorrales más altos que yo, los que, poco a poco, fui transformando en una senda.
El bisabuelo de HO, Commendatore Giusseppe Oliveri, su abuela María Oliveri de Zimmermann, su madre Celia y su hermana Chichí.
HO al año de edad, en la calle Rosales, la única de tierra de ese elegante barrio de Olivos. Detrás pueden verse los altos chalets con mirador al Río de la Plata.
Mamima.
Mi lugar favorito de la casa era una salita de estar en el primer piso, donde hacía la tarea escolar y en la que hice mis primeras lecturas. Allí se apilaban los ejemplares del diario La Nación ya leídos por los grandes, una colección de revistas Tit-Bits, algunos libros y cuatro tomos con ilustraciones de la Primera Guerra Mundial. Tanto los textos como las fotografías de esta obra me fascinaron y fueron mi primera aproximación a la historia universal.
En ausencia de un padre, mi tío Alberto Z era para mí la figura paterna; mi cariñosa tía Lía —que noviaba con Alberto Houssay, Alberto H— competía con mi abuela en materia de mimos, y el más joven, el tío Raúl, fue con quien menos relación afectiva tuve. Como Mamá, más allá de los primeros meses, no pudo amamantarme, Alberto H, día por medio, se corría hasta la estación Munro a comprarme leche de burra, que se decía era la más parecida a la materna. Creo que esta ingestión no me ha significado consecuencia alguna.
Teníamos tres personas de servicio: una de ellas era Fresia, a quien recuerdo con mucho cariño, y que se ocupaba de mi madre, mi hermana y yo. Nuestro máximo placer era ir a la heladería Zanettin, a pocos metros de la estación Olivos e ir lamiendo un cucurucho hasta el puerto lleno de veleros y más allá hasta el espigón con la sede del Yacht Club Olivos. En el verano íbamos de vez en cuando a la playa contigua al puerto a bañarnos en esa agua terrosa del Río de la Plata, de ninguna manera contaminada. Había que caminar unos cien metros de playa para que el agua nos cubriera y fuera cómodo nadar, una práctica que había aprendido en la pileta de los Sampson.
De niña, Mamá había estudiado francés y dibujo, algo razonable, y a tocar la mandolina, algo insólito. De sus dos actividades artísticas sólo le conocí su destreza para pintar óleos y acuarelas sobre cuya calidad, en tanto mozalbete, nunca pude juzgar. Mi hermana cursó la primaria y secundaria en el Michael Ham Memorial College, en Vicente López, mientras que yo tuve una educación ecléctica: monjas, ingleses, curas, militares y, por último, la farándula. Hice el jardín de infantes en la escuela Niño Jesús de Praga, de las monjas Carmelitas Descalzas; inicié la primaria en el Westminster College, de Olivos, del que recuerdo su lema Second to none, y el uniforme marrón, saco y gorrita con vivos blancos. La escuela me duró sólo el primer grado porque debió cerrar, nunca supe por qué. Después vino el Belgrano Day School, con uniforme similar pero verde. Fui un chico ensimismado y en mis primeras fotos carnet tengo una expresión tristona. Sin embargo, mi recuerdo es de una infancia feliz, mimado por mi abuela y mi tía Lía y, claro está, en los fines de semana absorbido por la presencia de Mamá. A veces nos llevaba al cine Atlantic, de Olivos, otras al General Paz, de Belgrano y, excepcionalmente, ¡al centro! Tomábamos el tren en la estación Olivos y llegábamos puntualmente a la imponente estación Retiro. En el trayecto, más precisamente en Núñez, había una medianera alta, de ladrillo a la vista, con una pintada a brocha gorda que decía: Ingleses devuelvan las Malvinas. Las primeras veces no entendí a qué se refería. Claro, iba a colegios ingleses.
La primera película que me perturbó —no sólo al verla sino también al recordarla por las noches— fue J’accuse!, francesa (1938), dirigida por Abel Gance con Victor Francen, en el marco de la guerra franco-alemana de 1870. Había una escena de un Cristo en una plazoleta que era derribado por un cañonazo y otras imágenes bélicas que me impresionaron y me causaron pesadillas. Por supuesto, hubo otras películas más adecuadas a mi edad como El Mago de Oz (1939), con una inolvidable Judy Garland, comedia musical que vi muchas veces. Tengo también una imagen imborrable: la cara del Pato Donald como un sol en la enorme pantalla del Gran Rex y el consiguiente aullido de alegría de la chiquilinada.
Mi niñez transcurrió en la llamada Década infame que se inició el 6 de septiembre de 1930, con el golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu, llamado el General von Pepe por su formación y mentalidad prusiana y Ocho y veinte por la caída de sus bigotazos. No fue extraña esta rebelión si tomamos en cuenta que en los años 30 y 31 hubo golpes militares en diez países latinoamericanos, haciéndose realidad la triste frase de Leopoldo Lugones: Ha sonado, otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Uriburu disolvió el Congreso Nacional y obtuvo para su gobierno el reconocimiento de la Suprema Corte de Justicia, algo sin duda condenable. Así surgió en la oficialidad del Ejército Argentino la creencia de que, en tiempos —a su solo juicio— de crisis política, sus mandos debían actuar como Salvadores de la Patria. Sin que los mismos protagonistas lo advirtieran, con este convencimiento surgiría el después llamado Partido Militar que, en alrededor de medio siglo, instaló a quince generales en la presidencia de la Nación: Uriburu, Justo, Rawson, Ramírez, Farrell, Perón, Lonardi, Aramburu, Onganía, Levingston, Lanusse, Videla, Viola, Galtieri y Bignone. Un récord mundial que, tristemente, debería figurar en el Guinness. Por supuesto que Perón fue tres veces presidente electo por el pueblo, pero su encumbramiento político se produjo gracias al fascista golpe militar del 4 de junio de 1943. Desde 1930 hasta la presidencia del Dr Menem, las Fuerzas Armadas gobernaron de facto o —con algunas excepciones— ejercieron duras presiones sobre gobiernos constitucionales.
En la llamada Revolución del Treinta tuvo una importante actuación el mayor Juan Domingo Perón, como activo conspirador y protagonista —en el nivel de su rango— durante el día de la revuelta. Hay una foto que lo muestra marchando junto al auto descubierto del general golpista, en su llegada a la Casa Rosada. Traigo a colación a este por entonces desconocido oficial de infantería, porque Perón, viviente o póstumo, tuvo una enorme incidencia en mi vida como en la de todos mis contemporáneos.
En el año 1936 en España comenzó la Guerra Civil de la que participó mínimamente Mamá al apadrinar, a la distancia, a un joven soldado republicano cuya foto, de civil y con el fusil en ristre, estaba sin enmarcar sobre su cómoda. Más de una vez la vi tejiéndole pulóveres y medias de lana; no sé cómo se los haría llegar al frente de combate. Vale decir que desde mi niñez, consciente o inconscientemente, empecé a vivir el antifascismo. En esos tiempos Mamá cayó enferma de fiebre tifoidea, que entonces podía ser mortal. En este caso pudieron salvarla pero me quedó el terrible recuerdo de la llegada del hielero que dejaba dos grandes barras en la bañadera, y de mis tíos llevando al baño a la enferma —desnuda y envuelta en una sábana— para sumergirla en agua helada para bajarle la fiebre. Aún hoy me sigue conmoviendo el recuerdo de sus gritos desgarradores. Ya convaleciente, viví la desagradable sorpresa de descubrir su cabeza totalmente rapada. Estas fueron un par de heridas en mi memoria, hasta ese entonces poblada sólo de recuerdos felices, con una pequeña excepción: las cataplasmas de harina de lino hirviendo que me ponían en pecho y espalda cuando tenía accesos asmáticos.
En el verano de 1937 fuimos a Punta del Este donde mi tío Luis tenía una casa en plena Punta. Fue toda una aventura: tomar el Vapor de la Carrera, compartir el camarote con Mamá, cruzar de noche el Río de la Plata, llegar al puerto de Montevideo donde, a diez metros, estaba esperándonos el trencito de dos vagones, aerodinámicos para la época, que nos depositaría en la estación ubicada en el comienzo de la península en la que se alzaba el pueblito que era entonces Punta del Este. Recuerdo con alegría lo que compartimos con mis padrinos y sus tres hijos, en particular con Meneco, mi compañero de juegos. Íbamos a bañarnos a la playa Mansa, porque playa Brava era cosa de audaces. Dos años después volvimos con Chichí y nuestras aventuras fueron con los jóvenes Oliveri, en particular las valientes incursiones en la Brava, lo que significaba bañarse en pleno océano Atlántico. El agua de playa Mansa era considerada el último estertor del Río de la Plata.
En el Westminster College mejoré el inglés aprendido con mis vecinos y obviamente hice mis primeras letras, que completaba leyendo los titulares de La Nación, el único medio por el cual la familia se relacionaba con el mundo ya que rara vez se encendía la radio aunque sí el tocadiscos. No recuerdo a las mujeres de la casa escuchando algún radioteatro y mucho menos a mi hermana, gracias a quien me crie con los temas de Bing Crosby y Frank Sinatra reproducidos en discos de pasta de 78 rpm. Por último, en lo referente al fútbol, nada, béisbol en el barrio y rugby como el deporte familiar por excelencia. Cuántas veces me habré aburrido viendo partidos en alguno de los cuales jugaría Alberto Z, primero en el Olivos Rugby Club y después en el SIC, San Isidro Club, en el que mi tío fue entrenador y vicepresidente. De los partidos clásicos de rugby en el Club Gimnasia y Esgrima, recuerdo a Chuenga, un personaje inolvidable que aparecía en las tribunas con su buzo a rayas de mangas largas y su bolsa de marinero portando los chewing gums de fabricación propia que vendía al grito de Chuengaaa, chuengaaa…
Me veo hoy en fotos disfrazado de pirata, cosaco, cowboy. El carnaval era todo un acontecimiento que, para mi hermana y para mí, comenzaba el primer día a la mañana en la calle Rosales donde los varones —niños y adultos— tratábamos de empapar a las chicas y viceversa. Se comenzaba con bombitas de goma llenas de agua y se terminaba a los baldazos, algo muy peligroso porque los baldes eran de metal. Recuerdo nítidamente a Georgie y Andrew corriendo a Chichí que, en tanto delantera del equipo de hockey del Michael Ham, era muy rápida y escurridiza. Pero cuando, en la calle de tierra, resbalaba y caía en un charco, recibía baldazos primero y trozos de barro después, arrojados a la cara con certera puntería. Al anochecer, íbamos con los mayores a presenciar el corso vecinal en la avenida Maipú donde se jugaba con serpentinas y papel picado.
Volviendo a Juan Domingo Perón, después de haber estado dos años como agregado militar en Santiago de Chile, debió abandonar el cargo acusado de espionaje. Lo curioso fue que el militar que lo reemplazó fue el Tte Cnel Eduardo Lonardi, el mismo que en 1955 lo derrocaría. De regreso a Buenos Aires Perón acompañó a su esposa Potota en la última etapa de su vida pues un cáncer se la llevó en pocos meses.
HO disfrazado de cosaco, cuando el carnaval era toda una aventura.
HO a los seis años, con Mamá y Chichí en la casa de Olivos.
HO con Chichí y Mamá en casa de los Houssay.
En febrero de 1939, Perón fue trasladado a Italia donde se desempeñó en unidades alpinas del ejército y, a partir de junio de 1940, como adjunto del agregado militar de la embajada argentina en Roma. Presenció en Piazza Venezia los discursos de Benito Mussolini, líder carismático para la mayoría, payasesco para unos pocos. En uno de esos actos, il Duce anunció la alianza de Italia con el Tercer Reich, surgiendo así el titulado Eje. En esos meses, como astuto observador del régimen fascista, JDP debió elucubrar su propia estrategia militar y política para la toma del poder. Allí aprendió que un gobierno militar debía apoyarse en el sindicalismo; puede decirse que su política gremial estuvo inspirada en la Carta del Lavoro, de 1927. Sin duda admiró la devoción que, con su histrionismo, Il Duce producía en las imponentes masas de seguidores. En cinco años, de Piazza Venezia a Plaza de Mayo. El maestro y el alumno fueron carismáticos el uno como el otro, con la diferencia de que nuestro futuro líder de payaso no tenía nada. De histrión, sí.
El presidente Justo terminó su mandato en 1938. Se le reconocen aspectos positivos: la pronta superación de la crisis económica del 29; la evolución del país en muchos sentidos, por ejemplo, la red vial que creció de dos mil a treinta mil kilómetros, de los cuales diez mil fueron pavimentados. Tristemente, también en elecciones fraudulentas, propias de esa década por algo llamada Infame, fue electo presidente el Dr Roberto M Ortiz, un conservador poco afecto al fraude y al Eje.
El 1° de septiembre de 1939 —una fecha infausta para la humanidad—, la Alemania de Adolfo Hitler, aliada con la URSS de José Stalin —que dejó hacer—, invadió Polonia, iniciando así la Segunda Guerra Mundial, un hecho que preocupó pero no conmovió lo suficiente a los argentinos. Tres días después el presidente Ortiz estableció la neutralidad de nuestro país en esta contienda. No recuerdo que mi niñez se viera alterada por las noticias de la guerra. En cambio, cuando el 13 de junio del año siguiente las tropas alemanas ocuparon París, se produjo una fuerte reacción en gran parte de la sociedad argentina. Mi familia definió nuestra posición decididamente antinazi. Y dije nuestra porque con este hecho, a los nueve años, tomé conciencia de que en Europa sucedía algo grave que repercutía en mi patria. Al día siguiente, el diario trajo la foto de la infantería de la Wehrmacht marchando por los Campos Elíseos, con el Arco de Triunfo detrás en donde flameaba una esvástica, una imagen que hirió a mi abuela que tenía sangre francesa. En ese momento comenzó algo que setenta años después alguien llamaría la grieta. Los argentinos nos dividimos en tres: los buenos, nosotros, los pro-Aliados, Gran Bretaña y Francia; los malos, que apoyaban al Eje de la Alemania nazi y de la Italia fascista y, por supuesto, una tercera posición conformada por los ignorantes, los cómodos, los indiferentes de siempre.
Completé el tercer grado en el Belgrano Day School sin que se registrara nada memorable, salvo por un hecho extraordinario: mientras bajaba la escalera posterior de la casa de los Sampson, a mitad de camino, sentí que el pene se me endurecía y se erguía sin motivo aparente. Pero lo había: en mi mano traía el destornillador del Meccano, supuesto termómetro con el que íbamos a jugar con Rosemarie al doctor y la paciente. Me paralicé: unos escalones más y llegaría a una salita vidriada que daba a la piscina y a dos cuartos: el dormitorio de Sister Millie, la tía monja, y el lugar donde habitualmente nos poníamos el traje de baño. Tuve una duda: ¿y si en ese momento la hermanita salía de su habitación y notaba ese enorme bulto (bue, bultito) en mi entrepierna? ¿Y si lo notaba la paciente? Di un par de saltos y entré raudo en el cuarto donde me esperaba mi primera e inocente aproximación al sexo. Lo que no sabía era que existía algo llamado libido que había actuado por su cuenta. De la misma manera que recuerdo nítidamente lo que acabo de contar, no tengo presente los detalles de lo que vino después.
El episodio del doctor fue el mayor de los pecados que mencioné a mi cura confesor que —previa penitencia— me absolvió. Por eso, el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, pude tomar mi primera comunión en la iglesia de Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos. También lo hizo Rosemarie. Cuando avancé por el pasillo central, las manos cruzadas sobre el pecho y la vista gacha, tuve un presentimiento, levanté la mirada y la crucé con la de mi novia y paciente que, ya comulgada, volvía a su lugar. Me echó una leve sonrisa que nunca supe si fue de beatitud o de complicidad. Terminé la jornada en la que había recibido el cuerpo de Cristo jugando con otros chicos en la encharcada calle Rosales, con el resultado de embarrar no sólo mi blanca vestimenta sino también el brazalete con el característico moño de gran tamaño. ¡Bon Dieu de la France!, habrá exclamado mi abuela.
En 1940 se produjo un hecho familiar muy importante: Mamá, Chichí y yo nos mudamos a la Capital, a un departamento modernoso en la parroquia de La Piedad. En Olivos, había quedado Mamima acompañada por mi tío Raúl, casado y con hijos. Lía se había casado con Alberto H y vivían en La Lucila. Alberto Z, lo había hecho con Lucía Grisolía, hija de un diputado conservador de Chivilcoy, cuya hermana se había desposado con don Juan Duarte, con quien tuvieron varios hijos. El prolífico estanciero estaba amancebado con doña Juana Ibarguren, puestera de un campo que poseía o arrendaba en Los Toldos, con quien tuvo otros cinco hijos, entre ellos nada menos que María Eva Duarte —futura Evita—, Juan Ramón —Juancito—, y otras tres hijas. La doble vida del prolífico señor Duarte fue una institución en Latinoamérica: la casa grande y la casa chica.
En cuanto nos mudamos al centro, Mamá me puso pupilo en el Colegio San José, cuyo lema era Fiat voluntas Dei (Hágase la voluntad de Dios). Tenía diez años y nunca me había separado de mis familias chica y grande, por lo que el cambio fue traumático. El dormitorio era muy amplio, donde dormía un cura guardián separado por una cortina. Marchábamos a ducharnos en calzoncillos: nada de desnudeces que pudieran provocar malos pensamientos. La amplia capilla tenía altares laterales en los que los sacerdotes, con sus acólitos, daban misa todos los días. Durante mis seis meses como interno fui monaguillo de misas en latín, ayudando a un cura que tenía una sotana con supuesto aroma a santidad; con el tiempo advertí que el penetrante olor era a sudor rancio. Los días de salida —sábados y domingos— reiteraba a Mamá el pedido que por carta le hacía semanalmente: terminar con la tortura del pupilaje, liberación que ocurrió en el segundo semestre. Fui muy buen alumno y en cada uno de los tres años recibí la dorada medalla de honor y muchas otras plateadas por cada una de las materias en las que me había destacado.
En Europa continuaba la guerra con las tropas nazis ocupando cada vez más países; gracias a su primer ministro Winston Churchill, las islas británicas no fueron invadidas. El 7 de diciembre de 1941 la aviación japonesa atacó la base naval de Pearl Harbor con el consiguiente ingreso de los Estados Unidos a la guerra, obviamente del lado de los Aliados, mientras Japón pasaba a formar parte del Eje, dando así un giro importante al conflicto. Nuestro país continuó con su política de neutralidad que afectó en gran medida a nuestra industria cinematográfica. Los norteamericanos apoyaron al cine mexicano que, a partir de la década del cuarenta, desplazó al nuestro del mercado latinoamericano. De inmediato, el boicot se sintió en la reducción del ingreso de película virgen Kodak, tanto negativo como positivo.
De los estudios de niña de Mamá, habían prevalecido el dibujo y la pintura. Un día, cuando aún vivíamos en Olivos, Mamá resolvió que no tenía talento para ese arte, llevó sus telas al medio de la calle y les prendió fuego, pero le quedó una marcada habilidad para el dibujo. No sé cómo se le ocurrió ni cuál fue su vinculación con el diario La Nación para proponerles publicar, en el suplemento de los domingos, coloquialmente el rotograbado, diseños del vestuario de las actrices de Hollywood con un texto descriptivo al pie. Por ejemplo, Katherine Hepburn, en la película La mujer del año, luce un vestido (y la descripción) y al lado otro conjunto de esa estrella en la misma película. Los diseños estaban titulados: La moda en el cinematógrafo. Para esta tarea entrevistaba a los jefes de Publicidad de las distribuidoras norteamericanas y obviamente todos colaboraron entregándole las fotos que ella transformaba en bocetos.
Al año siguiente, cuando yo tenía once, me empecé a ocupar de recoger el material fotográfico en las distribuidoras y llevar los dibujos al diario. El tranvía me dejaba en la avenida Corrientes y San Martín, a media cuadra de la entrada posterior del diario. Comprendo a los periodistas de los tiempos en que la redacción compartía el mismo edificio que las impresoras porque el ruido de las rotativas y el olor a tinta me quedaron grabados para siempre. En Mesa de entradas entregaba el rollo de papel canson gris dirigido al director del rotograbado; recuerdo los nombres de Luis Mario Bello y Juan Valmaggia. A veces pasaba por la caja a retirar el cheque mensual que me entregaba el señor Gallo —Gallito para la gente del diario— que debía sentirse atraído por Mamá porque me preguntaba con ansiedad por qué ella ya no aparecía.
Ese trabajo la relacionó con Manuel Peña Rodríguez, quien había sido crítico de cine del diario y que, tiempo después, con Joaquín Lautaret, miembro del grupo propietario del cine Gran Rex, fundaron Sur Cinematográfica Argentina SA que produjo Allá en el setenta y tantos, dirigida por Francisco Mugica. Por su vinculación con el crítico devenido productor, Mamá ingresó como vestuarista, asistente del que hoy llamaríamos director de arte, entonces el escenógrafo Mario Vanarelli. En esa película conoció a Fernando Ayala, asistente del director. Mamá no imaginó que ese gordito amable y muy formal sería tan importante en la vida de su hijo. Y, consecuentemente, en la suya.
Mamá rodeada de sus dibujos —firmados Zely— para el suplemento del rotograbado del diario La Nación.
El presidente Ortiz renunció por una grave diabetes y falleció a los pocos meses. Lo sucedió su vicepresidente Ramón S Castillo, cuyo principal problema fue mantener una política neutral cuando gran parte de la opinión pública era aliadófila y los principales jefes militares apoyaban al Eje, en tanto muchos de ellos habían estudiado en institutos de formación prusiana. Yo estaba en mi sexto y último grado del Colegio San José cuando un mediodía ocurrió algo insólito: sin explicación alguna, nos liberaron de la clase. Ya en la calle alguien comentó: Hay una revolución. Nos preguntamos: ¿Como la del 25 de Mayo? Un alumno de la secundaria, nos oyó y apuntó: No, como la del treinta. Este muchacho coincidió conmigo en el camino a casa y me contó sobre el golpe de Estado del general Uriburu, del que me quedó grabada la marchita con la que machacaba la radio: Cuatro de junio / jornada redentora de la patria… ¿Jornada redentora de la patria? Nada de eso. Fue el golpe militar más fascista de nuestra historia, planeado principalmente por el coronel Juan Domingo Perón quien, junto a otros cinco militares, había fundado la logia secreta GOU, Grupo Oficiales Unidos, destinada al putsch. El primer presidente de facto, general Arturo Rawson, duró apenas cuarenta y ocho horas y fue sucedido por el ultranacionalista general Pedro Pablo Ramírez. Algo negativo para nuestra cinematografía: se creó la Subsecretaría de Informaciones y Prensa con la intención no sólo de amordazar a la prensa radial y gráfica, sino también al cine nacional con el decreto-ley 13.644/43, que establecía que la temática de las películas debía responder a la defensa y exaltación de la tradición histórica, de la cultura y de los valores morales y espirituales del pueblo argentino. Este fue el principio de una dura censura ideológica y moralista que afectó a nuestro cine, censura que se mantuvo durante las dos primeras presidencias de don Juan Domingo.
En febrero de 1944 el coronel Perón —aprovechando su estratégica posición de ayudante del ministro de Guerra— movilizó a algunos de sus camaradas, los que obtuvieron la renuncia de Ramírez, que fue sucedido por su vicepresidente, general Edelmiro J Farrell. Perón logró los cargos que había dejado vacante su protector, es decir, ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación, mientras que mantenía el de secretario de Trabajo y Previsión; era el que políticamente más le interesaba, pues le permitía continuar con su práctica de seducción de los dirigentes gremiales mediante la sanción o reglamentación de justas leyes sociales. Esta política estimuló la firma de 548 convenios laborales en todo el país. Muchas de esas leyes habían sido propuestas anteriormente por el Partido Socialista (en particular por el diputado Alfredo L Palacios) y cajoneadas por conservadores y radicales. También hubo leyes ya sancionadas pero no reglamentadas o efectivizadas. Obviamente, esta política no fue del agrado de la parte patronal que le negó su apoyo principalmente porque afectaba sus intereses. El Coronel tuvo muy presente el ejemplo de Mussolini: el poder ya estaba en manos de los militares, ahora era necesario el sustento popular, para lo que resultaba imprescindible el apoyo de las organizaciones gremiales, a las que fue conquistando una a una con su carisma, su prédica ideológica y, básicamente, con el otorgamiento de beneficios laborales y económicos.
En enero de ese año había ocurrido un trágico terremoto en la provincia de San Juan que el Coronel hábilmente utilizó para su promoción personal. Años después, la actriz Silvana Roth me contó que, en un acto realizado en el Luna Park, de apoyo a los damnificados por esta catástrofe, ella le cedió a su colega Eva Duarte un asiento contiguo al del ascendente militar. Hay otras versiones pero lo importante fue que esa noche comenzó el romance más significativo de la historia argentina.
Ese mismo mes di mi examen de ingreso al Liceo Militar Gral San Martín. Fue una decisión de Mamá que me señaló la conveniencia de hacer mi secundaria en esa institución de alto nivel académico. Me enorgullece señalar que, de 1200 postulantes para 216 vacantes, estuve entre los diez primeros, gracias a lo cual logré una beca, fundamental para la economía familiar. La afluencia de aspirantes, muchos de ellos del interior del país, se debió al prestigio que tenía entonces la fuerza Ejército; a que se trataba de un internado de calidad; al excelente nivel de sus profesores, algunos compartidos con el Colegio Nacional de Buenos Aires; y, no menos importante, a que una vez cursados los tres primeros años, se daba por cumplido el servicio militar obligatorio, la colimba, prestación que aterraba a muchos jóvenes, sobre todo a aquellos con aspiraciones universitarias. De mi examen de ingreso recuerdo que me preguntaron quién había sucedido al Dr Yrigoyen en su primera presidencia y contesté: —Marcelo T de Alvear, pero debo haberlo dicho muy rápido porque quien presidía la mesa me preguntó: —¿Se llamaba Marcelote? —No, señor, Marcelo Torcuato, hijo de don Torcuato de Alvear, intendente municipal de la Ciudad de Buenos Aires. La intervención más embarazosa fue de otro integrante de la mesa: —Bájese el pantalón… ahora el calzoncillo. Me ruboricé y, a pesar de mi violencia, cumplí la orden. —¿Se hace la paja? Titubee. —A veces. —¿Muchas veces? —Solamente cuando se me para. Noté unas risitas contenidas entre mis examinadores y recibí la autorización para retirarme. —Epa, antes levántese el calzoncillo. Como no había cumplido los trece años, por mi estatura estaba en la tercera sección (cada una con 72 cadetes)
