La Voluntad 2. El cielo por asalto (1969 - 1973)

Martín Caparrós
Eduardo Alfredo Anguita

Fragmento

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La Voluntad es un intento de reconstrucción histórica de la militancia política en la Argentina en los años sesenta y setenta. Y, también, la tentativa de ofrecer un panorama general de la cultura y la vida en esos años. La Voluntad es la historia de una cantidad de personas, muy distintas entre sí, que decidieron arriesgar todo lo que tenían para construir una sociedad que consideraban más justa.

Elegimos las historias que la componen para que ofrecieran un cuadro de las corrientes y espacios sociales de la época. La elección siempre se puede discutir; por otro lado, no todos los que contactamos quisieron dar su testimonio. Pero creemos que la veintena de relatos que se cruzan en su trama muestran cómo era la vida cotidiana, los intereses, odios, convicciones, objetivos, miedos y satisfacciones de los que eligieron ese camino.

La Voluntad es el resultado de años de trabajo. Para escribirla, hicimos unas veinticinco entrevistas de muchas horas cada una y revisamos numerosos archivos. Pero el libro, sin duda, está incompleto. Hay muchas cosas que todavía no se pueden contar en la Argentina contemporánea. O que no se pueden saber, porque sus protagonistas están muertos.

Esas cosas, por supuesto, forman parte importante de este libro. Pero hay mucho que sí se puede contar, aunque hasta ahora muy pocos lo hayan hecho. Todo lo que se relata aquí es, hasta donde sabemos, cierto, y ha sido chequeado cuidadosamente. Solo fueron cambiados unos pocos nombres, en situaciones que no se alteran por eso. El resto es historia.

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A todos los que quisieron

escribir otra historia

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UNO

—Elvio, otra vez se me enfrió la comida. ¿Dónde estabas?

—En lo de doña Ester, mamá, mirando la tele.

—¿Había un partido?

—No, mamá, el noticiero.

—¿Y desde cuándo te interesan tanto los noticieros?

—¿Pero vos no viste lo que está pasando en Córdoba, mamá? Es de locos. Tienen la ciudad patas para arriba. Viene la policía y los tipos en vez de correr los enfrentan a piedrazos. Los hacen recular, vieja, no se puede creer. Por fin alguien que les hace frente…

El sábado anterior, a eso de las dos de la mañana, Elvio Vitali estaba en un banco del parque de Domínico, besando todo lo posible a una chica que acababa de conocer en un baile en Sarandí, cuando sintió una luz en los ojos y, al mismo tiempo, una voz cachadora:

—No manotiés así, nene, que te van a cobrar jáns.

Elvio levantó la cabeza y vio a un par de policías de la provincial que lo miraban desde detrás de una linterna. La chica se asustó y salió corriendo: cuando Elvio quiso levantarse, uno de los agentes lo sentó de una piña. Elvio se cayó sobre el banco, medio desmayado, y alcanzó a soltar una puteada. Elvio acababa de cumplir 26 y no pesaba más de sesenta kilos. El agente lo sacudió de nuevo. Su compañero, mientras, había corrido detrás de la chica y ahora volvía, triunfante, agarrándola del cuello.

—¿Así que te querías garchar a esta menor de edad? Pero mirá si serás turrito, che. Esto no se va a quedar así. A ver si se van a creer que pueden cagarse en la moral y en las buenas costumbres, carajo…

Elvio seguía medio turulato, derrumbado sobre el banco, y los miraba de abajo. Los policías lo insultaron un rato más y, tras un par de cachetadas, decidieron retirarse. Elvio se paró: la mandíbula le dolía como una muela rota y la chica le pidió que la acompañara hasta la parada del colectivo. Caminaron en silencio y sin mirarse. Hacía frío. Elvio rumiaba puteadas y venganzas. Hasta entonces no le había tenido bronca especial a la policía: en Villa Domínico se la veía poco. No solía haber robos ni peleas y un crimen era algo de otro mundo; la primera vez que Elvio había visto un policía había sido, varios años antes, cuando apareció un perro rabioso en un baldío y un vecino fue a llamar a un agente. El uniformado se presentó, desenfundó la pistola reglamentaria, miró por última vez las babas tristes del animal y le voló la cabeza de un cuetazo. Los chicos del barrio miraban desde lejos.

Elvio Vitali había nacido en Villa Domínico el 26 de marzo de 1953. Su padre, Antonio, era un italiano de Recanatti, republicano, que se había pasado ocho años a regañadientes en el ejército fascista hasta que cayó prisionero en un campo americano, donde pudo retomar su oficio de ebanista. En 1948, con una visa americana y un poco de dinero en el bolsillo, se embarcó para Buenos Aires: su madre le había encargado que convenciera a un hermano díscolo de volver a Italia y él, después, seguiría viaje a los Estados Unidos. Pero se enamoró de una chica de Flores, Beba, diez años menor, se casó, empezó a trabajar y, al cabo de un tiempo, pudo poner una casita y un taller en Domínico.

A principios de los sesenta, al ritmo del desarrollismo de Frondizi, el taller de don Antonio se había convertido en una pequeña fábrica de muebles con más de una docena de obreros. Villa Domínico era un barrio que se estaba haciendo. Sus vecinos eran trabajadores que suponían que si se esforzaban y ahorraban podrían mejorar sus condiciones de vida, y lo conseguían. Así fueron trayendo el asfalto, el agua corriente y, después, el alumbrado público y el teléfono. La Argentina creía en esas cosas. Elvio tenía 10 años: a veces se acercaba a la esquina donde los vecinos se reunían para discutir cómo asfaltarían esta calle o completarían aquel desagüe.

La escuela también se iba haciendo de a poco, con la ayuda del barrio. La directora era una maestra peronista que se llamaba Yorga Salomón y se había hecho famosa contestando en Odol Pregunta sobre la vida del caudillo entrerriano Pancho Ramírez. La señorita Salomón era una mujer enérgica, capaz de pegarle cuatro gritos a cualquiera para conseguir lo que su escuela necesitaba. En 1965, cuando le llegó la invitación para participar en La Justa del Saber, un programa de preguntas y respuestas para estudiantes en radio El Mundo, decidió mandar a Elvio. Elvio estaba terminando sexto grado y no era el mejor de su clase, pero la directora pensó que sería el más apropiado.

La señorita Salomón se pasó todo el verano preparándolo: le enseñaba, más que nada, historia argentina con una perspectiva revisionista, y le hablaba de Rosas y Perón. Elvio ya había llegado hasta las semifinales cuando Julio Bringuer Ayala le preguntó cuál era la confesión que, según la Constitución Nacional, debía tener el presidente de la república, y Elvio no supo contestarle.

—Católica, apostólica y romana. Es una lástima, Vitali. De todas formas lo felicito. Lo ha hecho muy bien.

La señorita Salomón habló con los padres de Elvio para decirles que el chico era inteligente y valía la pena mandarlo a un buen colegio. Ya era tarde para pensar en el Buenos Aires, y lo anotaron en el Santa Catalina, en Constitución. Los Vitali no eran religiosos, y Elvio ni siquiera había tomado la comunión, pero se suponía que los salesianos eran buenos educadores.

Fue un cambio radical. Hasta entonces, Elvio había salido poco de Domínico. Tres años antes, los Reyes le habían traído la bicicleta. La bici era difícil de conseguir, como la pelota de cuero o los botines, pero era la llave de la libertad. Con la bici, en verano, los chicos del barrio podían ir a comerse un helado a la Mickey, o una pizza al centro de Avellaneda, o lanzarse, a través de Mitre y las vías del tren, hasta la costa del río, a más de treinta cuadras. En la costa había quintas con frutales y se podía meter las patas en el agua. Y, con suerte, había alguna chica que quisiera ir y no tuviera bicicleta.

Si no, siempre estaba la esquina. Los muchachos del barrio paraban en la esquina de la casa de Elvio, delante del almacén de Moncho. Ahí estaban, mezclados, los más chicos y los más grandes; ahí se jugaba al truco, al monte, se tomaba cerveza y se charlaba de fútbol y mujeres. Ahí, Elvio decidió que sería de Independiente para siempre. Ahí escuchó por primera vez a los tipos que contaban cómo se habían cogido a una negra a la salida del baile de Solano, lo que significaba un par de buenas gomas, el valor en la cama de un buen culo, y se excitaba como loco. Ahí, empezó a aprender los pasos de moda, que los mayores les enseñaban con la portátil que pasaba canciones de los Beatles o los Iracundos. Después empezó a ir a los bailes: al principio miraba, para aprender, o se pasaba el rato jugando al metegol, hasta que se atrevió a sacar a una morocha y empezó a entreverarse en algún rock and roll. En esos días, Elvio tuvo su primer bluyín. Era un Far West, y por más que lo lavó siete veces con el cepillo de acero en la bañadera, no consiguió que se le destiñese. Hasta que el padre de un pibe del barrio, marinero en la flota mercante, le trajo el primer Lee importado. Cuando se lo puso, Elvio tocaba el cielo con las manos.

Elvio era bueno para el fútbol. Jugaba de wing derecho, bien sobre la raya y, de hecho, en el colegio salesiano, sus primeros éxitos se los debió a la pelota. Lo pusieron en el equipo del colegio y empezó a usar camiseta y a jugar con referís de la AFA en los intercolegiales. A mediados de 1966, mientras estaba en primer año, el golpe de Onganía fue una amenaza que hizo peligrar un partido importante. Elvio se desesperó por unas horas, pero después les dijeron que el partido se jugaba igual.

El fútbol seguía siendo el mismo en Domínico que en la canchita de los curas, pero el resto de la vida en el colegio era bien diferente. Era la Capital: un mundo aparte. Los chicos venían de Monserrat, del centro, sus padres eran médicos o ingenieros, vivían en departamentos con ascensor y alfombras, leían, iban al cine se compraban discos. Elvio, al principio, estaba fascinado, le parecía que le iba a costar mucho llegar a ser parecido a ellos. Cuando lo marginaban, a veces pensaba que tenían razón, él era un bruto de la provincia; otras en cambio los mandaba al carajo, se decía que cualquier pibe de su barrio era más piola que el más piola de ellos. Pero lo cierto es que Elvio tenía dos vidas: cada mañana se ponía el uniforme de saco azul con escudito y pantalón gris, el impermeable o el sobretodo que le había comprado su madre, y se iba al centro. En el barrio, nadie tenía sobretodo o impermeable. En el barrio nadie aprendía las cosas que él aprendía, ni veía lo que él veía, ni conocía esos lugares de la Capital.

A partir de tercer año, en 1968, los chicos del colegio empezaron a aceptarlo como a uno de ellos, y lo invitaban a sus bailes y asaltos. El Santa Catalina era de varones, pero siempre había hermanas y amigas de las hermanas, y Elvio se ponía el traje o los Lee bien gastados, según, e iba a esos departamentos con parqué, sillones tapizados de pana y tocadiscos Ranser, donde bailaba los últimos hits con chicas que sabían poner los codos entre sus tetas y el pecho del galán, en cada lento. Igual, Elvio sabía que las chicas del centro, las hermanas de sus compañeros, rubitas, bien vestidas, con buenos perfumes, con otro tipo de conversaciones, no eran para apretar demasiado. Con alguna de ellas podría ponerse de novio si le daba bola. Para apretar y pelear con botones de blusas, cierres de polleras, carteras que se caían, estaban las morochas de los bailes del sur, donde iba con los muchachos del barrio: el Palacio del Rolling, en Monte Chingolo, o esas salas de Quilmes, Wilde o Sarandí donde no se podía salir a bailar a menos que uno fuera bueno en serio. Elvio practicaba todo lo posible, y se las arreglaba. Al final, hasta se atrevió a ir al Cramer de Sarandí, un boliche donde había que romperla: iban esos flaquitos con pantalón tan bombilla que se lo tenían que poner con talco y pulóver cortito rojo de escote en ve. En esos bailes, a veces Elvio podía llevarse a alguna chica a la otra cuadra, a besarse y apretar durante un rato largo. Las morochas sí que iban al frente, aunque fuera hasta ahí.

Los pibes del colegio sabían más, y vivían mejor, pero nunca llegaban a apretar así. Y de coger ni hablar. Elvio ya tenía 16 años, y muchas ganas de ver cómo era eso. Ese verano había trabajado bastante en la mueblería de su padre, tenía plata y quería debutar. Para eso, los del centro estaban fuera de juego; los del barrio la sabían mejor, eran mucho más piolas.

Esa tarde, Elvio se bañó dos veces, se llenó de desodorante, se puso los Lee que ya estaban a punto de agujerearse y se encontró, en la esquina, con otros cuatro amigos. Uno estaba siguiendo el industrial, otro pensaba largarlo en esos días, otro ya había empezado a trabajar en un taller mecánico y el cuarto era tres años mayor, electricista. Y habían decidido que ese sería el día.

—¿Che, pero estás seguro de que nos van a dejar entrar?

—Sí, macho, no te hagás problema. Te lo digo yo.

El quilombo quedaba en la calle Suspisiche y era una casa vieja con un patio en el medio. A Elvio le tocó tercero, y se pasó veinte minutos muerto de nervios esperando que le llegara el turno. La mina era la misma para todos: una mujer que a Elvio le pareció veterana y debía andar por los 28.

—¿Así que es la primera vez, pibe?

—Bueno…

—No te preocupés, que yo te llevo.

La mujer ni siquiera se sacó el corpiño, y el encuentro fue más que breve. Elvio se volvió a vestir: estaba tan feliz de haberlo hecho. El lunes, cuando volvió al colegio, los miraba a todos con un poquito de desprecio, y tardó como dos días en contárselo a su compañero de banco.

—¿Pero qué sentiste?

—De todo, estuve como media hora encima, impresionante, vos no sabés lo que es un buen par de gomas todas para vos.

—Qué bárbaro Domínico, che. Así que todo sin problema.

Elvio ya estaba en cuarto, en 1969, cuando cambió el director del Santa Catalina. El nuevo era un salesiano progresista, que organizó grupos de jóvenes para reflexionar sobre sus problemas: la carrera, el sexo, la vida del cristiano. A esos grupos también iban chicas de otros colegios, y las discusiones se hacían interesantes. Elvio empezó a pasar más tiempo en el colegio. Además, había un laico que atendía la santería del colegio, en la esquina de Piedras y Brasil, y Elvio solía ir, con otros compañeros, a charlar con él. Lo llamaban «Gaudem», porque siempre citaba la encíclica Gaudem et Spes, y les hablaba de Perón, del pueblo, de los pobres, de la igualdad que no existía. Y, de vez en cuando, se calentaba y decía que a estos milicos habría que meterles una bomba en el culo. Elvio lo escuchaba con cierta sorpresa, pero empezó a leer las páginas de política del Clarín: hasta entonces, solo leía los chistes y los deportes.

Y cuando fue la semana de ejercicios espirituales, una de las charlas la dio un cura rubio, joven, que hablaba muy bien y les dijo que había sido un chico del Barrio Norte hasta que se hartó de todo ese mundo de falsedad e hipocresía y eligió dedicar su vida a los pobres:

—Yo fui antiperonista hasta los 26 años, un gorila como se dice, y mi proceso de acercamiento al peronismo coincidió con mi preocupación por el justo, como sentía Jesucristo, por el que no tiene nada. Fue cuando me di cuenta de que en la Argentina los pobres son peronistas. Y que eso no es una casualidad, y tampoco un dato más. Ellos creen en Dios, pero ellos también creen que políticamente hubo un tiempo mejor, y que vendrá un tiempo mejor, y a ese recuerdo y a esa esperanza la llaman peronismo.

El padre Carlos Mugica no les hablaba desde el escritorio: se había sentado en una silla y lo suyo era más una charla que una clase. Tenía los ojos claros y les decía que lo importante en la vida era elegir entre tener o ser:

—Y para ser, según las enseñanzas de Jesús, hay que comprometerse con la causa de los pobres, de los que nada tienen. Recuerden lo que les digo: tener es lo contrario de ser, y ya nos ha llegado el momento de elegir, porque si no elegimos la vida va a elegir por nosotros…

Elvio se quedó prendado de esa idea, y esa tarde se pasó horas discutiendo con dos amigos sobre lo que había dicho el cura. Esas palabras le sonaban diferentes, no habían sido como el resto. Había un compromiso cristiano, y además un compromiso político. Lo asumías o lo dejabas pasar, pero de una u otra forma no te podías después hacer el boludo, el distraído, decían. Entre varios buscaban la mejor interpretación de lo que habían escuchado. Eran ideas nuevas, diferentes, y querían estar seguros de que podían entenderlas, de que, alguna vez, harían algo con ellas. Elvio le siguió dando vueltas a la cosa: sentía que el cura le había despertado algo dormido. Aunque no por eso dejó de ir a los bailes del sur, a apretar morochas. Y después aquella noche esos dos canas le dieron duro en la plaza. Cuando a los pocos días vio por la televisión a toda esa gente en Córdoba que hacía retroceder a los botones, le pareció que él también habría tenido que ser uno de ellos.

Mayo de 1969. Hacía varios meses que la película recorría con gran repercusión el circuito de festivales europeos y americanos, pero la presentación en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes era una especie de consagración definitiva. La hora de los hornos era la obra de dos argentinos de alrededor de 30 años, Fernando «Pino» Solanas y Octavio Getino, y representaba una novedad absoluta en las formas de hacer cine político. Duraba seis horas, y sus tres partes, intentaban un repaso amplio de la historia argentina y ofrecían propuestas muy concretas para un cambio revolucionario. La hora de los hornos había sido filmada con un equipo mínimo, en condiciones semiclandestinas y con el dinero que Solanas iba retirando de su actividad como publicitario de éxito. Y, dada la situación en el país, tuvo que ser compaginada en Italia.

En la Argentina se proyectó clandestinamente durante mucho tiempo. En Cannes pudo verla el enviado especial de la revista Gente, Samuel «Chiche» Gelblung, que escribió que «esta vez el escándalo vino del brazo de una película argentina: La hora de los hornos (...). La sala repleta. Todos los críticos extranjeros, muchos estudiosos del cine, cineastas y directores. Había en total siete argentinos. Entre ellos este enviado. Cuando a la tarde finalizó la exhibición total se desató el escándalo. Horas después, el embajador argentino en Francia, Aguirre Legarreta, enviaba una carta de protesta por considerar que esa película era un atentado contra el país. Hay que aclarar que el embajador no estuvo presente cuando se dio la película, pero se enteró de su contenido por un llamado telefónico realizado por Gloria Alcorta, enviada especial del matutino La Prensa, y por Luisa Mercedes Levinson, su colega de La Nación.

»La hora de los hornos, más que un atentado contra la Argentina, es una calumnia larga; es una especie de panfleto de poca calidad: es un conjunto de falsedades pegadas en una moviola, con datos estadísticos falsos y con imágenes que no responden a la realidad; es indignante y, además, muy mala como película. Lo más triste del caso es que la mayoría de los que allí estaban no conocen la Argentina y, desde luego, en mayor o menor grado, creen al pie de la letra lo que allí se dice y piensan que eso es la Argentina.

»Pretende hacer nuestra historia. Comienza con la actualidad. Año 1967. Toma imágenes de algunos disturbios callejeros y a partir de allí arranca con un subtítulo que dice “La violencia cotidiana”. De esa escena pasa a una secuencia en la que muestra la hora de entrada y salida de un frigorífico con los obreros marcando sus tarjetas de control de horario en los relojes. Y una voz en off hace reportajes sobre desocupación, explotación y violencia. (...) A cada escena se le agregan textos que analizan el peronismo y proponen como única “salida” argentina la lucha armada, la rebelión popular y la guerrilla continental, aconsejada por la reunión de OLAS en La Habana. Pasa por todas las actividades de la vida argentina. En todas ellas elige sin ninguna subjetividad sus imágenes y destaca valores que de ninguna manera son toda nuestra verdad. Cuando vuelve a la miseria muestra las escenas de un entierro en el cementerio de Tilcara, en Jujuy (...). Todo es negro. Ya más que falsedad, es el producto de una visión negativa y antiargentina, hecha “ingenuidad” —si no tuviera intenciones claras uno podría pensar que es eso— y muy pésimo gusto.

»Eso no es cine. Y eso tampoco es Argentina. En suma, una vergüenza para nuestro país».

En ese mismo número, la revista Gente empezaba a publicar la historieta El Eternauta, de Héctor Oesterheld y Alberto Breccia. En esos días, el diario Le Monde decía que La hora de los hornos era «la gran renovación que el cine político estaba esperando desde los tiempos del Acorazado Potemkin». En la Argentina, las miles de funciones clandestinas solían terminar en discusiones y actividades: fue, quizás, la primera película entendida como una forma de intervención directa, una manera de producir efectos reales en el mundo que describía.

Esa misma mañana del sábado 30, en el comando del III Cuerpo de Ejército, seguían los juicios sumarísimos del Consejo de Guerra. Nadie sabía la cifra exacta, pero se comentaba que había como dos o tres mil detenidos. Alberti se había pasado la noche en un barracón, tirado en el suelo, hasta que lo llamaron junto con otro preso:

—Alberti y Canetti…

El Flaco Canetti era del gremio de la construcción: había sido secretario general, un militante del Partido Comunista (PC) respetado por sus posturas combativas. Los esposaron y se los llevaron hasta un cuarto, donde les empezaron a tomar declaración. Tras las preguntas de rigor, el que llevaba la batuta le pasó la palabra a otro oficial, uno delgado con anteojos, que oficiaba de defensor de Alberti:

—¿Usted está de acuerdo con el gobierno de Onganía?

—¿A mí me pregunta eso...?

—Bueno, si usted hace una buena declaración, eso puede ser de ayuda para la resolución del tribunal.

El fiscal, con cara de placer perverso, se paseaba por la habitación como un granadero. El defensor siguió tratando de ayudar al reo:

—¿Y usted qué hizo durante los episodios?

—Yo fui a andar un rato por la calle, pasé por el sindicato, volví a salir.

—¡Usted era correo!

Saltó el fiscal.

—¿Correo...?

El defensor volvía con su argumento:

—Pero diga en qué cosas está de acuerdo con el gobierno...

A la hora y media, Alberti estaba de vuelta en el barracón. Le dieron un plato de guiso cuartelero, lo primero que comía en treinta y seis horas, y lo volvieron a llevar al cuarto del Consejo. El fiscal tenía una sonrisa suave:

—Bueno, la sacó barata. Ocho años.

El oficial que hacía de juez le entregó a Alberti un papel con la sentencia. A las apuradas, el reo leyó los fundamentos y vio escrita la palabra correo.

—Firme acá.

«En disconformidad. Felipe Alberti».

Al otro día Alberti, Di Toffino, Grigaitis y Ortiz, todos dirigentes de Luz y Fuerza, fueron trasladados en un avión militar al penal federal de La Pampa. Ahí los pelaron y los metieron en un pabellón. Cuando los sacaron al recreo se encontraron con Agustín el «Gringo» Tosco, Elpidio Torres y otros protagonistas del Cordobazo.

—¡Gringo, qué alegría!

—Bueno, la verdad que podríamos habernos encontrado en otra parte, Felipe.

—¿Cuánto te dieron?

—Ocho años y tres meses.

—Un suspiro.

Los presos trataban de reírse y les salía más o menos.

—¿Sabés que el que nos batió fue el turro del Halcón?

A Alberti se le hincharon las venas de bronca:

—Hijo de puta…

—Por un plato de lentejas: solo a cambio de que no le hagan nada a él. Pero de esta nosotros no nos salvábamos, Felipe. Ayer ya empecé a escribir en un cuaderno, ya voy por las veinte páginas. Se las vamos a seguir.

—Gringo, ¿qué les dijiste a los del tribunal?

—Mirá, les dije que el pueblo apeló a la violencia porque está harto de la dictadura, y les recordé que los obispos, el año pasado en Medellín, habían dicho que «la violencia en manos de los pobres es justicia», o algo así. Lo de los obispos no les gustaba nada, viste que ellos son tan chupacirios.

Elpidio Torres, que paseaba con ellos, dijo:

—No sé cómo, pero a mí no me van a tener cuatro años acá adentro.

Cuando Alberti y Tosco se quedaron solos, Alberti aprovechó:

—Mirá, tenemos dos concepciones distintas: estos van a tratar de negociar, porque ellos apoyaron el golpe, más participacionistas, menos participacionistas, pero lo apoyaron. Y nosotros luchamos para hacerlos mierda. Esta es la verdad, Gringo.

Dos días después, llegó a la cárcel Fernando Torres, abogado de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) nacional y de la Confederación General del Trabajo (CGT) de Azopardo, defensor de Vandor en el caso Rosendo García, y se reunió con Elpidio Torres y con Agustín Tosco.

—Vení, Felipe, tengo que contarte algo. El guaso este del abogado vino acá a ofrecernos una escupidera. Dice que si nos callamos la boca por unos días, puede hacer que nos lleven de nuevo a Córdoba. Habló por separado con Elpidio, le planteó lo mismo y él también lo sacó vendiendo almanaques. Así que quedamos en largar una declaración firmada por todos los presos del Cordobazo para cerrar filas.

En el número siguiente de Siete Días, Tosco y Torres daban una entrevista conjunta. Cuando les preguntaron por los tribunales de guerra, Torres dijo:

—Eso no fue un juicio; si hasta llegaron a tantearnos para que detengamos la lucha a cambio de una contemplación favorable para nuestra situación. Por supuesto, ninguno de nosotros entró en el juego.

Y Tosco:

—Lo único que tenemos para proponerle al movimiento obrero es la continuidad en la lucha contra el gobierno y fundamentalmente contra el participacionismo, que es el peor enemigo de la clase trabajadora; manifestarse por la plena vigencia de los derechos obreros y de los derechos humanos; acuerdos para la unidad únicamente en la lucha y no desde el punto de vista formal: si no hay lucha no debe haber unidad con nadie.

Al final, el periodista les dijo que se decía que había sido torpe su actitud al dejarse detener, y Tosco le salió al cruce:

—A quienes nos reprochan no habernos escondido, les contestamos que como dirigentes teníamos que correr los mismos riesgos que nuestros compañeros perseguidos encarcelados y golpeados. La conducción no puede ejercerse de otra manera que no sea a cara limpia, y no en la comodidad de un escondrijo.

Uno de los guardiacárceles que acompañó al periodista le dijo que trataba de congraciarse con sus nuevos presos:

—Hay que tratarlos bien: alguno de estos puede ser el presidente de la Nación el día de mañana.

Los presos recibían diarios y revistas. Por esos diarios se enteraron de que Dardo Cabo, jefe del Operativo Cóndor, había salido en libertad. El segundo fin de semana llegaron sus familiares desde Córdoba. El horario de visita empezaba a las tres de la tarde: los familiares fueron a comer un asado a la sede de Luz y Fuerza de Santa Rosa y, cuando hicieron cola en la puerta del penal, con los documentos en la mano, un oficial vestido de gris les informó:

—Todavía no van a poder entrar, porque la cárcel está en desinfección.

Tardaron más de cuatro horas en decirles que, en realidad, los habían trasladado. El gobierno reaccionaba ante las diversas declaraciones: Elpidio Torres y varios más pasaron a la cárcel federal de Neuquén; Tosco, Alberti y compañía, al penal federal de Rawson.

—Sergio, me va a tener que hacer un favor.

—Sí, Hipólito, lo que diga.

—Vea, le he sugerido a Ongaro que tome algunas precauciones; y me gustaría que usted tenga la gentileza de acompañarlo... No sé, a algún lugar donde la policía no lo encuentre.

—Cómo no, Hipólito.

Los modales de Hipólito Solari Yrigoyen eran tan sobrios, tan caballerescos, que ese 30 de mayo infundían tranquilidad. Sergio Karakachoff y Ricardo Cornaglia estaban en el estudio de Jorge Garland, en Viamonte y Suipacha, impresionados con los sucesos de Córdoba. Solari Yrigoyen, que era abogado de los gráficos y de la Confederación General del Trabajo de los Argentinos (CGTA), se había llevado de la sede de Paseo Colón a Raimundo Ongaro y a Antonio Scipione y los tenía en un barcito a la vuelta del estudio.

Scipione era secretario general de la Unión Ferroviaria, radical. Honesto, combativo, querido por los peronistas y mirado con recelo por la cúpula partidaria cuando se largaban los conflictos. En una mesa del fondo, Scipione estaba escondido detrás del diario La Nación; el camuflaje de Ongaro era un par de anteojos negros. Los dos se subieron con Cornaglia y Karakachoff al Citroën del Ruso y encararon para el sur. Al cruzar a la provincia, el vigilante de la garita del puente Pueyrredón les puso el ojo, pero el Ruso hizo rugir el motor del 2CV y lo metió atrás de un camión con acoplado. Cuando llegaron a una casa en Quilmes, Scipione lo sorprendió:

—El que quedó muy conforme con usted, Karakachoff, fue Cachito.

—La ley de contratos de trabajo es muy clara…

Sergio había defendido a un delegado ferroviario echado con los planes de racionalización. Presentó su demanda amparado en los fueros gremiales y Cachito Pérez recuperó su puesto de trabajo. Pero con las condenas de los tribunales militares en Córdoba y el pedido de captura que pesaba sobre la dirigencia de la CGTA, Scipione sabía que las cosas se habían puesto mucho más pesadas.

—Sí, pero ahora no hay ley ni Cristo que nos ampare.

Ongaro tampoco la veía fácil:

—Si al Gringo Tosco le dieron más de ocho años, ¿a nosotros qué te creés que nos van a hacer?

Karakachoff y Cornaglia escuchaban en silencio y sabían que no era momento para intentar consuelos. La tarde se hizo larga, hablaron de fútbol y de caballos, pero Ongaro no se prendía mucho en cosas triviales y se mantenía bastante callado. Los abogados al rato se fueron y los dejaron en la habitación del fondo, con promesas de que les iban a llevar una muda de ropa limpia. Cuando Cornaglia se despidió del amigo de Quilmes que escondió a Ongaro y Scipione, le recomendó el más estricto silencio:

—Ojo, a nadie; que nadie se entere. Mañana acompañalos a la estación.

Tres días después, Ongaro, Scipione y Ricardo de Luca, del gremio naval y secretario de Prensa de la CGTA, decidieron afrontar las consecuencias de la represión sin pasar a la clandestinidad. Una comisión policial, de civil, los detuvo cerca de la sede de Paseo Colón. Los soltaron pocos días después.

Junio de 1969. El sábado 31 de mayo, mientras Córdoba olía a goma quemada y el ministro Guillermo Borda acusaba a la subversión organizada por los levantamientos de varias ciudades del interior, Krieger Vasena aprovechaba los calores de Nueva York para colocar 25 millones de dólares en títulos públicos argentinos en la Bolsa. Sus gestiones no se sacudían por los bombazos y las huelgas. Pero en los kioskos de Wall Street el Daily News trataba a Onganía de intolerante y se lamentaba del fracaso de la Alianza para el Progreso con que John Kennedy había intentado, a su manera, calmar las turbulencias latinoamericanas. El Economic Survey era más categórico y decía que «el plan económico de los militares argentinos ha fracasado». El Financial Times escribió que «ahora, la presencia firme y serena del presidente Onganía ha dejado también de ser una garantía para que reine la tranquilidad en toda la República». Al día siguiente, Krieger volvió a Buenos Aires manteniendo un récord indiscutido: veintisiete meses al frente de un ministerio que controlaba las dos áreas clave de Economía y Trabajo.

Hasta ese día el dólar seguía estable y solo había habido un reajuste salarial del 8 por ciento en diciembre, para sortear las presiones sindicales. El martes 3 de junio, de nuevo en su despacho, el ministro se dio cuenta de que el Cordobazo había cambiado las cosas. Ese día, las dos CGT seguían la ofensiva iniciada con el paro nacional del jueves y viernes anteriores: convocaron a otra huelga para ese mismo viernes 6, reclamando un 40 por ciento de aumento salarial.

El miércoles 4, para poner paños tibios, voceros del gobierno dijeron que concederían un aumento, pero del orden del 15 por ciento. Esa noche, el general Onganía tuvo que salir a enfrentar la situación. Se puso anteojos cuadrados, traje oscuro y habló por la cadena de radio y televisión. Lucía más canoso que aquel 30 de junio de 1966, cuando habló por primera vez de la Revolución Argentina: «El gobierno hará los cambios necesarios para realizar la nueva etapa de la revolución. El gabinete nacional ya ha puesto sus cargos a disposición del Poder Ejecutivo». Al día siguiente, Adalbert Krieger Vasena dejó el gobierno y los sindicatos abrieron un compás de espera.

Se cerraba el ciclo iniciado en enero de 1967. De acuerdo con datos del Banco Central, durante 1967 el PBI había crecido el 2 por ciento, en 1968 el 5 por ciento, pero en los primeros cinco meses de 1969 había llegado al 7 por ciento. La inflación, con el dólar estable, se redujo: el año anterior había sido del 16,2 por ciento y la proyección de 1969 rondaba el 7 por ciento.

Pese al mayor ritmo de producción, la desocupación se mantenía en los mismos índices —entre el 8 y el 9 por ciento— porque, salvo en la construcción, el crecimiento se daba en los sectores industriales más concentrados. Las economías regionales, la pequeña y mediana empresa y los empleados públicos no participaban del boom de Krieger Vasena. Otro signo de que el auge económico favorecía al gran capital era que el salario real bajaba un 8 por ciento con respecto al año anterior. La caída de los ingresos de los obreros industriales era del 10 por ciento; la de los empleados públicos, del 16 por ciento. Los sueldos de los ministros y secretarios de Estado habían aumentado, en ese mismo lapso, un 75 por ciento.

Después del Cordobazo, las cosas empezaban a ser distintas: el 11 de junio José María Dagnino Pastore reemplazó a Krieger Vasena en el Ministerio de Economía y el dólar perdió la estabilidad que Onganía mostraba orgulloso; los capitales salían del país y las reservas del Banco Central caían —700 millones de dólares en abril, 446 a fin de año. También bajaban en picada las inversiones en maquinaria productiva. Dagnino Pastore tenía un equipo de académicos prestigiosos pero no era, como Krieger, el hombre de confianza del gran capital. Y la situación del país no era la misma. Empezaba la descomposición política del gobierno de Onganía y el espacio de negociación con los sindicatos dóciles era cada vez más estrecho.

La solicitada protestando contra la represión de la policía y el Ejército en Córdoba había salido en muchos diarios y tenía cientos de firmas, pero a Claudio Escribano la única que parecía importarle era la de Nicolás Casullo:

—Nicolás, cometiste un error grave. Acá está tu firma.

—Sí.

—Es como si hubieras firmado tu renuncia. A no ser que hables con Mitre y le digas que en realidad te pusieron, que no sabías nada.

—¿Cómo voy a hacer eso? Yo sabía, busqué firmas, incluso puse plata…

La oficina de Escribano tenía mucha madera de la buena: el hombre se ajustó la corbata con los dedos muy limpios. Parecía que no le gustaba lo que tenía que decir:

—Si no querés tener esa charla aclaratoria con Mitre, entonces se acabó. Tenés que irte del diario. Entiendo tu posición, pero la cosa no tiene remedio.

—Es una lástima.

—Yo en tu lugar haría lo mismo.

—Harías lo mismo, pero el que se queda en la calle soy yo.

Nicolás lo dijo por decir, y tardó como diez minutos en empezar a pensar que era cierto. Mientras ordenaba sus papeles empezó a preguntarse qué iba a hacer de su vida; un rato después, sentado con Mónica en un banco de la plaza San Martín, seguía preguntándoselo. Por momentos le parecía que se había mandado una cagada grave. El trabajo en La Nación era un buen trabajo: seguro, casi interesante, bien pagado. Y él lo había reventado así, por un capricho. También le podía haber dicho a Bartolomé Mitre que habían puesto su nombre sin su consentimiento: total, quién se hubiera enterado. Escribano le había asegurado la mayor reserva. Ellos solo le pedían esa pequeña ceremonia privada, un acatamiento del orden de las cosas, y él se había negado quizás por estúpido orgullo.

Después pensó que bueno, estaba terminando la novela y además tenía un compromiso. Ahora que la gente había salido a la calle, había tomado Córdoba, había cambiado los datos de la realidad nacional, no podía hacerlo. No ahora que el pueblo había construido en la calle una obra de arte incomparable. Aunque más no fuera por su conciencia de artista, no podía presentarse en el escritorio de Mitre y decirle «yo no fui» y seguir tan campante. Mónica lo consoló diciéndole que de ese tipo de anécdotas estaba hecho el camino de los héroes, y riéndose buscaron una pizzería. Pero de todas formas no sabía qué iba a hacer de su vida. Entonces pensó que tenían que sacar provecho de su gesto. Iban a denunciar la política represiva del gran diario oligarca. Iba a hablar con Daniel Hopen. Eso lo confortó.

—Así que te rajó sin más trámite...

—Sí, una bruta patada.

—Hizo bien. La verdad, a quién se le ocurre entrar a trabajar a La Nación.

A los pocos días, por recomendación de un amigo periodista fue a una oficina vieja y apacible en la calle Alsina a ver a un tal almirante Potof, retirado de la Marina Mercante. El almirante Potof era un hombre alto, entrado en canas, atildado, de trato sobriamente cálido y origen vagamente ruso que publicaba una revista que se llamaba Navitecnia: todo sobre el mundo de los astilleros y la construcción de barcos de mediano y gran calado. Era un buen negocio que ya llevaba un cuarto de siglo, pero el hombre estaba harto de hacerla solo. Con dos o tres horas por día alcanzaba, y el sueldo no era malo. Además, la secretaria era un bombón.

Junio de 1969. La palabra revolución estaba en todas partes. La izquierda la reivindicaba, los militares gobernaban en nombre de la Revolución Argentina, y cualquier cambio que apareciera en cualquier campo era una revolución. La revista Panorama, por ejemplo, hacía su tapa con una foto de una pareja de jóvenes modernos —vestidos estilo Barbarella— y un título que anuncia «Revoluciones en la moda». El artículo decía, entre otras cosas:

«En un momento de la historia universal en que existen historietas que ensalzan a supermujeres como Barbarella y un populoso país como la India es gobernado por una respetable dama, no es extraño que la humanidad interrogue —como un niño de un año— la tan mencionada identidad sexual. Apresuradamente podría suponerse que esta nueva moda tiende a feminizar al hombre y a masculinizar a la mujer, pero tal vez se trate de lo contrario: logra resaltar las particularidades de ambos. Su carencia de prejuicios encuentra aquí la clave. La transparencia, los colores fuertes y los diseños que adhieren la tela al cuerpo —características de la moda actual— se centran en una exaltación de la belleza física, último coletazo de una tendencia a la liberación.

»Pero ¿hasta qué punto la moda argentina participa de este cambio? Aparentemente solo una minoría, enclavada en el ambiguo sector que conforman los actores, pintores, publicistas e intelectuales, ha dispuesto que Buenos Aires sea un émulo de Londres, Nueva York y París. “Pienso que en el país se está cambiando desde un año a esta parte”, opina Oscar Gálvez, hijo, modelo de publicidad y modista. “Ya la gente se horroriza menos al ver a los jóvenes con ropa diferente —continúa Gálvez—, aunque falta bastante, a mi entender, para que la liberación sea total. Desde ya, el consumo del tipo de ropa que yo hago no es masivo. Por adentro la gente se muere de ganas de salir a la calle con ropa alocada, pero se priva por el qué dirán. Además, en Buenos Aires, salvo por la zona de la Manzana Loca (delimitada por las calles Maipú, Florida, Charcas y Paraguay), la gente nos agrede si no estamos con vestimentas tradicionales. Y yo pienso que cada uno es dueño de ponerse lo que se le dé la gana...”.

»Gálvez sugiere para los hombres camisas de telas transparentes, con mangas amplias, colores vivos y muy entalladas, pantalones de pana y de raso, con bocamangas de 30 centímetros de ancho; chalecos de gobelino francés; casacas para usar con pantalones, que eliminan saco y corbata. Todas estas proposiciones se insertan en la línea unisex, que vuelve triviales las peculiaridades biológicas que dividen a la humanidad desde los tiempos de Adán y Eva y transforma en vetustas las denominaciones “moda masculina” y “moda femenina”. Ya están entrelazadas de forma tal que más vale olvidarse de que alguna vez existieron. (...)

»“Creo que la moda se hace a partir de una élite —señala Chunchuna Villafañe, flamante dueña de la boutique Zoco—. La tendencia alocada en ropa solo impera en ciertos núcleos de intelectuales. Sin embargo, la mayoría de ellos sigue atado a las convenciones. En Buenos Aires, en este momento, la gente se viste con uniformes. Es muy aburrido ir a fiestas porque todas las mujeres están con el mismo pantalón negro y ancho, y la chaqueta larga o los chalecos. Una amiga mía dio una fiesta en su casa y sus invitadas se sorprendieron mucho de verla tan diferente. ¡Estaba con pantalones y chaleco blancos!”(...)

»Todo parece indicar que el estilo es una ambición estética perimida. Tanto en el campo de la literatura y el arte como en el de la moda. Hay tantas tendencias pictóricas, por ejemplo, sucediéndose una tras otra, que finalmente la pintura actual encierra una lista interminable de elementos. En la sociedad de consumo, de alto desarrollo tecnológico, la moda aparece como la posibilidad de expresión más extrema del individualismo. Aquellas personas que aceptan las reglas del juego de una sociedad, pero quieren una vía de escape para sus ansias de rebeldía, encuentran en los ropajes insólitos un paliativo ideal. La moda se transforma en una forma de provocación, tenue pero satisfactoria, hija tal vez del dandismo que estalló en Europa en el siglo pasado y culminó en la figura de Oscar Wilde, quien elegía especialmente el color de sus corbatas para expresar su estado de ánimo. En la Argentina, esta moda que surgió en Europa y Estados Unidos atrae cada día más adeptos. La revolución ya está en camino. (...)

»Informalidad, funcionalidad, colores centelleantes, telas que se adhieren sugestivamente al cuerpo, telas insólitas, hasta transparentes, reminiscencias de la vestimenta hindú, son algunos de los elementos que han revolucionado la moda argentina. La línea primavera-verano, que se lanzará en septiembre, llevará a un extremo los lineamientos acuñados durante el invierno. Posiblemente a fines de 1969 los porteños comiencen a perder, aunque muy levemente, la tendencia a una gris democracia en la vestimenta, que vuelve bastante difícil diferenciar a una persona de otra, para ingresar en otra democracia más sutil y atrevida, que encierra la alegre diversidad del individualismo estético: confundir ambos sexos, polos opuestos que ante la moda se conjugan en un jolgorio de formas y colores».

—Estos americanos son increíbles. ¿Vieron lo que salió el otro día en Primera Plana?

—¿Lo del viaje de Rockefeller?

—No, eso salió en todos lados. No, la historia del próximo embajador que nos van a mandar. Parece que lo estaban examinando en la comisión de Relaciones Exteriores del Senado americano para ver si le daban el acuerdo oficial, y entonces el senador Fullbright, que es medio liberal, lo estaba interrogando, y le preguntó si la Argentina estaba gobernada por un régimen militar y el tipo este le dijo que era un tanto difícil caracterizarlo en uno u otro sentido. Parece que le dijo: «El presidente es un general, pero ha sido elegido». Y Fullbright le preguntó si de verdad había sido elegido, entonces este Lodge le contestó: «Yo creo que hubo una elección general». ¿No son unos boludazos increíbles?

Dijo, con una risa suave, la Petisa.

—Sí, muy boludos, pero bien que la manija la tienen ellos. Tan tan boludos no deben ser, ¿no?

—Tenés razón, Andresito, tenés razón.

Andresito era, en realidad, Carlitos Goldenberg, y la «Petisa», María Angélica Sabelli, lo conocía desde chico porque había sido compañera del colegio de Isabel, su hermana mayor, pero lo amaba por un nombre falso porque era su responsable en el grupo donde él había empezado a militar unos meses antes: el ámbito más periférico de la organización que había formado Carlos Olmedo junto con Roberto Quieto y otros de los que iban a apoyar a la guerrilla de Guevara en Bolivia. La organición todavía no tenía nombre y, en realidad, tampoco había hecho mucho más que reunirse y prepararse, pero en esos días de mayo estaban planificando su primer golpe. Mientras tanto, arreciaban las discusiones sobre la opción política que tomarían: todos apoyaban la tentativa de establecer un foco guerrillero urbano, pero no se ponían de acuerdo con respecto a su posición frente al peronismo. Olmedo defendía con entusiasmo la idea de que debían acercarse todo lo posible al Movimiento: argumentaba que la causa de la derrota del Che en Bolivia estaba en que «no había sido reconocido por las clases populares bolivianas como respondiendo a sus necesidades y a sus mandatos», y que acercarse al peronismo era la mejor forma de evitar que les pasara algo semejante en la Argentina.

Carlitos y Sergio tenían 16 años y formaban parte del grupo de los chicos junto con Adelaida «Mini» Viñas y Claudia Urondo, hijas de los escritores David Viñas y Paco Urondo. Mercedes Depino, la prima de Carlitos, no los había seguido en esta: estaba muy ocupada terminando su último año en el Liceo 1, y se había puesto de novia con Ramiro Lynch, un muchacho que ya había empezado la carrera de Antropología y que se dedicaba más bien a la literatura y a la música.

El ámbito de los chicos era sobre todo formativo. En general, la Petisa les hacía leer textos de Mao, Guevara o Ho Chi-Minh, pero esa tarde era distinto:

—Bueno, me parece que les llegó el momento de hacer algo de verdad.

—Por fin, Petisa, por fin nos dan bola.

Dijo Sergio, pero tuvo un escalofrío que podía ser entusiasmo o susto. Carlitos empezó con su batería de tics: era un chico muy atractivo, de ojos verdes y cara agradable, pero en cuanto se ponía nervioso lo atacaban los tics y no podía parar. Claudia le sonrió: hacía unos meses que estaban de novios y sus tics le daban mucha ternura.

—¿Están dispuestos a hacerlo?

—Claro, Petisa, hablá.

Dijo Mini.

—Necesito que hagan un informe sobre dos supermercados Minimax: el de Echeverría y Cuba y el de Las Heras y Malabia.

—¿Cómo informes?

—Sí, que se pasen dos o tres veces un par de horas en la zona y releven bien todos los movimientos que se producen ahí. Si hay guardias de seguridad, si te revisan si entras a comprar con un bolso, los horarios de apertura y cierre, todo eso.

—¿Y para qué?

—Andrés, ¿cuántas veces voy a tener que decirte que cuanto menos uno sepa, mejor?

Al día siguiente, Carlitos y Claudia se besaban desaforadamente en la plaza de Echeverría y Cuba, sentados en un banco frente a la entrada del Minimax. Habían decidido que era la mejor cobertura para poder pasarse un buen rato ahí sin que nadie sospechara. Después se metieron en el supermercado: llevaban un bolso de gimnasia y nadie les preguntó nada. Cuatro días después, en la reunión, entregaron su informe escrito en un papel cebolla con letra muy chiquita, como les había dicho la Petisa. Sergio y Mini habían hecho lo mismo con el Minimax de Las Heras, aunque sin besos.

El 26 de junio, a las tres de la madrugada, trece supermercados Minimax, propiedad de una empresa donde tenía acciones el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, se incendiaron tras el estallido de bombas de tiempo. Seis de ellos quedaron totalmente destruidos, y las pérdidas alcanzaron los tres millones de dólares. En los dos días siguientes hubo manifestaciones en Córdoba, Rosario, Tucumán, La Plata y Buenos Aires por el aniversario de la revolución de Onganía y contra la visita del enviado norteamericano, con corridas y molotovs. En Rosario estallaron bombas en un barco anclado en el puerto, en el local del Jockey Club y en una concesionaria de la General Motors. Y en la manifestación de Buenos Aires, en plaza Once, la policía mató, en un episodio que al principio pareció muy confuso, a Emilio Jáuregui, ex secretario general del gremio de prensa. Desde Washington, John Lodge, el nuevo embajador norteamericano, declaraba antes de viajar a Buenos Aires que los problemas entre Estados Unidos y los países latinoamericanos se debían a que «se han hecho demasiadas promesas que no era posible cumplir, y se ha adoptado en ocasiones una actitud excesivamente paternalista en vez de tratar a las repúblicas latinoamericanas como iguales empeñados en una empresa común».

Unos días después, cuando volvieron a reunirse, Carlitos estaba ansioso por saber cómo había sido lo de los Minimax.

—Así que era para eso que nos hicieron hacer los informes... ¿Y se puede saber cómo fue?

—Sí, ahora sí. En cada Minimax fueron uno o dos compañeros, que entraron con unas bombas disimuladas en latas de conserva, y las dejaron ahí.

—¿Y las bombas cómo eran?

—Están terribles, eh. Las bombas eran más que caseras. Eran como paquetes de mercaderías, y adentro tenían una pelotita de ping pong con el ácido; habíamos calculado el tiempo que tarda el ácido en comerse la pelotita, y así las regulamos. Cuando el ácido se come la pelotita, enciende la nafta que hay en el paquete. Si lo ponés en medio de cosas inflamables, se arma un lindo quilombo.

—¿Y eso es todo? Petisa, me parece que no nos estás contando toda la verdad...

—Andrés, no seas boludo.

El párpado izquierdo de Carlitos no paraba de ir y venir, pero el resto de la cara le sonreía suavemente canchera. La Petisa siguió hablando:

—Como dice el Jose, les hicimos pagar su propia lógica. Los supermercados atraen a los compradores con la exhibición directa de la mercadería; entonces nosotros nos dejamos atraer, pero en vez de dejar plata les dejamos fuego.

—¿Quién dice eso?

—El Jose.

Por una vez, Carlitos entendió que no tenía que insistir. Años después sabría que Jose era uno de los nombres de guerra de su cuñado Carlos Olmedo.

—¿Y por qué no lo firman, por qué no dicen quiénes fueron? Yo escuché a varias personas decir que había sido una acción piola y bien hecha, pero que la arruinaba que no se supiera quién la había hecho.

—Quizás tengas razón. Lo que pasa es que por ahora no tenemos resto. Si la firmáramos, estaríamos creando expectativas que después no podríamos satisfacer.

Junio de 1969. El primer libro de investigación de Rodolfo Walsh, Operación Masacre, contaba cómo el gobierno del general Aramburu había fusilado a un grupo de peronistas en junio de 1956. ¿Quién mató a Rosendo?, el segundo, era una investigación de la muerte del dirigente metalúrgico Rosendo García a manos de sus compañeros vandoristas. Ante la aparición del libro, la revista Siete Días entrevistó a Rodolfo Walsh. Entre otras cosas, le pidieron que definiera su ideología:

«—Evidentemente tengo que decir que soy marxista, pero un mal marxista porque leo muy poco: no tengo tiempo para formarme ideológicamente. Mi cultura política es más bien empírica que abstracta. Prefiero extraer mis datos de la experiencia cotidiana: me interno lo más profundamente que puedo en la calle, en la realidad, y luego cotejo esa información con algunos ejes ideológicos que creo tener bastante claros.

»—¿Ha renunciado a la literatura?

»—De ninguna manera. Lo que probablemente suceda cuando escriba una novela es que recogeré en ella parte del material, del espíritu de la denuncia de mis libros anteriores. Durante años he vivido ese vaivén entre el periodismo y la literatura, y creo que se alimentan y realimentan mutuamente: para mí son vasos comunicantes. Creo que en mis notas sobre los frigoríficos o los obrajes, por ejemplo, los contactos que hice implicaban posibilidades literarias futuras, al margen de que confirmaban mi militancia política.

»—¿Por qué, entonces, no escribió una novela?

»—De alguna manera, una novela sería algo así como una representación de los hechos, y yo prefiero su simple presentación. Además, uno no escribe una novela sino que está dentro de ella, es un personaje más y la está viviendo. A mí me parece que los fusilamientos y la muerte de Rosendo García tienen más valor literario cuando son presentados periodísticamente que cuando se los traduce a esa segunda instancia que es el sistema de la novela. (...)

»—¿Por qué empleó técnicas distintas en sus libros “periodísticos”?

»—En Operación Masacre yo libraba una batalla periodística como si existiera la justicia, el castigo, la inviolabilidad de la persona humana. Renuncié al encuadre histórico, al menos parcialmente. Eso no era únicamente una viveza: respondía en parte a mis ambigüedades políticas. ¿Quién mató a Rosendo?, en cambio, es una impugnación absoluta del sistema y corresponde a otra etapa de mi formación política.

»—¿En qué medida ¿Quién mató a Rosendo? afectó el poder de Vandor?

»—Si en el caso de Operación la serie de asesinatos que relato y la conciencia que de ellos tomó el pueblo fue una valla de contención para Aramburu y su carrera política, creo que en el caso del vandorismo se va a producir algo parecido. El libro es una contribución más contra ese sistema nefasto de sindicalismo que creo debe ser aplastado. En este momento, el poder de Vandor —por mi libro y otras circunstancias— está muy debilitado.

»—¿Y en cuanto a la accesibilidad de este libro a la clase obrera?

»—Un libro no es solamente un producto acabado que se vende a determinado precio, por lo general demasiado caro para que un obrero pueda comprarlo. Un libro es, además, el efecto que produce, los comentarios que produce. Dentro de las limitaciones que existen para que cualquier obra literaria llegue a la clase obrera, creo que este material tiene una cierta penetración. Basta con que llegue a las cabezas del movimiento obrero, a los dirigentes, a los que tienen responsabilidad de conducción, a los militantes más esclarecidos. Ellos son los vehículos de las ideas contenidas en este libro. (...)

»—¿Cómo consiguió que los implicados hablaran?

»—En eso tiene que ver la gente con la que yo hablo para reconstruir la historia. Esa gente es excepcional, y su excepcionalidad no es casual, no es azarosa. Son excepcionales porque son militantes con un alto grado de conciencia política. Al ser excepcionales, su experiencia individual es el reflejo de la experiencia colectiva. En el caso de Norberto Imbelloni, nos costó trabajo localizarlo. Yo había vuelto de España y había hablado con Perón; no del asunto sino de otras cosas, pero me sirvió para presionarlo. Le dije que Perón había dado orden de defenestrar a Vandor. Entonces Imbelloni habló. Después se rectificó diciendo que no me conocía. Según versiones que me llegaron, esa rectificación le costó un millón de pesos a Vandor. A esta altura el asunto le va a costar cualquier cantidad de plata».

Augusto Timoteo Vandor había empezado su actividad sindical años antes, como delegado de la fábrica Philips, y su ascenso había sido rápido. Como secretario general de la poderosa Unión Obrera Metalúrgica, encabezó durante los años sesenta los intentos más importantes de construir un «peronismo sin Perón», tolerable para el sistema, presentando listas electorales propias o arreglando con los militares golpistas. A eso, y a sus métodos de control de las estructuras sindicales para la negociación y el arreglo, se llamó entonces vandorismo. El vandorismo centraba su poder en la CGT de Azopardo, opuesta a la CGTA de Paseo Colón.

Ya en 1966, Perón dijo que había que acabar con el Lobo Vandor. En una carta que le mandó a José Alonso, líder del sindicato textil, en enero de ese año, le escribía que «el enemigo principal es Vandor y su trenza..., hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política, no se puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño que puede hacer... Deberá haber solución y definitiva, sin consultas, como ustedes resuelven allí. Esa es mi palabra y usted sabe que Perón cumple».

Los que decidieron hacerlo fueron ocho militantes del peronismo revolucionario que después formarían la organización Descamisados que, a su vez, se integraría a los Montoneros a fines de 1972. Uno de ellos contó toda la operación en el semanario montonero El Descamisado a principios de 1974: aunque nunca se confirmó, es probable que fuera Dardo Cabo —que, en ese entonces, lo dirigía y que, en 1969, recién salido de la cárcel, integraba el grupo de los proto-Descamisados.

Muchas veces militantes peronistas habían pensado en matar a Vandor. Sobre todo cuando se encontraban con que sus intentos de presentar listas o dar una oposición democrática en los sindicatos vandoristas chocaba contra la fuerza de los matones o la colaboración de la justicia laboral de los militares. Pero este grupo tomó su decisión en septiembre de 1968, cuando las direcciones sindicales vandoristas entregaron la huelga petrolera de Berisso y Ensenada.

(En enero de 1973, Perón contaría en una entrevista al diario Mayoría que él había mandado a llamar a Vandor en abril de 1969, y le había dicho que lo iban a matar: «Yo le dije: “A usted lo matan; se ha metido en un lío que a usted lo van a matar”. Lo mataban unos o lo mataban otros, porque él había aceptado dinero de la embajada americana y creía que se los iba a fumar a los de la CIA. ¡Hágame el favor! Le dije: “Ahora usted está entre la espada y la pared; si usted le falla al Movimiento, el Movimiento lo mata; y si usted le falla a la CIA, la CIA lo mata”. Me acuerdo que lloró. Le dije: “Usted no es tan habilidoso como se cree, no sea idiota”; en esto no hay habilidad, hay honorabilidad, que no es lo mismo». Pero en julio de 1969, pocos días después de la muerte del Lobo, le escribía a Antonio Caparrós que en ese momento Vandor estaba cumpliendo «bien e inteligentemente» una misión del Comando Superior y que de ahí se podía inferir quiénes lo habían matado, «porque nada le pasó cuando actuaba por sí, dentro de sus propias aspiraciones o deseos y, cuando comenzó a actuar al servicio de la conducción del Movimiento Peronista con una misión de gran importancia, fue asesinado. Esto quiere decir además que sus asesinos no son peronistas aunque haya algunos que lo hayan odiado, y sí quiere decir que el asesinato se ha gestado y organizado entre nuestros enemigos»).

En marzo de 1969, el grupo de ocho se redujo a cinco militantes que se comprometieron a entrar en el edificio de la UOM, en Rioja 1945, y no salir hasta haber matado a Vandor. Lo llamaron «Operativo Judas». Durante tres meses, el grupo intentó conocer la distribución y el movimiento del edificio, pero nunca consiguieron entrar. Tuvieron que preparar el operativo con unos croquis aproximados que habían dibujado a partir de observaciones exteriores. Las armas que tenían —varias de ellas compradas— eran mediocres: dos pistolas 45, un revólver 38, otro 32, un 22, una pistola 22 y cinco metralletas caseras calibre 22. Además llevaban tres kilos de trotyl: se habían jurado que, en el peor de los casos, si estaban seguros de que Vandor estaba en el lugar pero no lo encontraban, volarían todo el edificio, con ellos mismos adentro.

«¿Por qué salió redondo? Sabíamos que el armamento era pobre; también sabíamos que éramos pocos, porque adentro había más de cuarenta personas. Al aparato de seguridad de ellos lo veíamos bartolero: muy celoso por momentos, pero sin ninguna precisión. Pero del lado nuestro sabíamos que había tres elementos que iban a definir la operación: 1) cómo meternos; 2) la sorpresa; 3) la rapidez y decisión».

El grupo de cinco mantuvo un secreto absoluto sobre sus proyectos. Era peligroso que cualquiera los conociera pero, además, sabían que dos tentativas anteriores de matar a Vandor fracasaron porque él se enteró y compró a los implicados.

«Empezamos a las ocho de la mañana del 30 de junio y pensábamos estar en la sede de la UOM a las diez. Le dimos unos retoques al auto —que nos había prestado un colaborador—, cambiamos platinos, bujías..., para que no se nos parara. De los cinco, solo dos sabían manejar, si les pasaba algo teníamos que volver a pata. Con los arreglos se nos retrasó un poco la cosa. Había un compañero que nos estaba esperando a las diez en Parque de los Patricios; él tenía que relevar la llegada de Vandor. Nos aguantó en la esquina una hora y veinte».

Los cinco dejaron el coche estacionado a la vuelta del sindicato, solo y en marcha. Entraron en el edificio diciendo que eran policías que venían a traer una citación judicial para Vandor; una vez adentro, sacaron las armas y empezaron a buscar oficina por oficina hasta que encontraron la del secretario general. Cuando Vandor trató de encerrarse, le pegaron varios tiros y, aprovechando la confusión, se escaparon. Para cubrir su huida, detonaron una granada.

«Tampoco habíamos pensado mucho si nos íbamos a adjudicar la operación o no; en realidad, porque todos habíamos creído que de ahí no salíamos vivos». Recién un año después, un Comando Montonero Emilio Maza del Ejército Nacional Revolucionario (ENR) se adjudicó la muerte de Augusto Vandor.

Ese mediodía, Vandor tenía que almorzar con el coronel Prémoli, secretario de Información y enviado de Onganía, con quien estaba negociando una nueva alianza entre los sindicatos y el gobierno que podría haber cambiado el curso de los acontecimientos. Al día siguiente de la operación se cumplió una huelga general que había convocado la CGTA, con gran seguimiento obrero. Como respuesta,

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