Prólogo
No es fácil, en una tradición tan rica como la inglesa, destacar en el género como lo hizo Quentin Bell con la biografía de su tía. Aunque fue un encargo de Leonard Woolf, el sobrino supo hacer de la necesidad virtud y aprovechó todas las ventajas que le confería su condición de pariente privilegiado, sorteando al mismo tiempo con astucia y elegancia los posibles inconvenientes de su cercanía con el personaje. A diferencia de los países católicos, donde la intimidad es un asunto de confesionario, Inglaterra, gracias a las especiales circunstancias de su evolución religiosa y política, tuvo desde muy temprano una conciencia muy acusada de sus individualidades literarias y artísticas. Ya en el siglo XVII, John Aubrey pudo publicar una primera colección de biografías breves y sucintas, impensable en otras tradiciones. Y, a partir del siglo XVIII, el trabajo de James Boswell con la figura del doctor Samuel Johnson inauguró una forma de indagación crítica, ligada a lo biográfico, que fue creciendo y consolidándose en el siglo XIX hasta conformar un corpus que no tiene rival en ningún otro país. El virtuosismo de los ingleses en el género biográfico es sin duda una consecuencia de la antigüedad de sus instituciones democráticas y del culto al individuo que de ello se deriva. Su único sueño imposible sigue siendo convertir a Shakespeare en un sujeto biográfico moderno, pero El Bardo se escondió para siempre tras sus personajes.
Sin salir de su propia familia, Quentin Bell contaba con ejemplos y modelos en el género. Su abuelo, sir Leslie Stephen, padre de Virginia y de Vanessa, había sido el responsable del magno Dictionary of National Biography (1885-1901), de sesenta y tres volúmenes, culminación de la idea de vida pública de la era victoriana a la que el grupo de Bloomsbury iba a contestar. Lytton Strachey, uno de los más brillantes miembros de esa generación, consolidó su prestigio con la revisión biográfica del mundo moral, intelectual y político del siglo XIX en libros como Victorianos eminentes (1918) o La reina Victoria (1921). La propia Virginia Woolf había escrito una biografía del pintor y crítico Roger Fry. Y cuando en 1972 Quentin Bell terminó su obra, Bloomsbury ya contaba con una ingente bibliografía. En 1968, Michael Honroyd había publicado su monumental estudio sobre Lytton Strachey y, mucho antes, en 1951, el economista Roy Harrod había terminado el suyo sobre John Maynard Keynes. Por su parte, entre 1960 y 1969, Leonard Woolf ya había dado a conocer los cinco volúmenes de su espléndida autobiografía. Y el propio Quentin Bell había escrito su ensayo El grupo de Bloomsbury (1968).
De todos modos, a pesar de la abundancia de documentación y de información a la que tuvo acceso, Quentin Bell supo desenvolverse con fluidez y gracia a la hora de construir el relato de la vida de Virginia Woolf y su entorno. Su libro no está saturado de notas y referencias ni se resiente del agobio que a veces colapsa este tipo de trabajos. Muy al contrario, su biografía se lee como una narración ágil, divertida, inteligente, honesta y en ocasiones muy valiente. Sin duda, Bell supo aprovechar el clima de libertad moral de aquella comparsa insolente a la hora de hablar de asuntos sexuales. Sorprende y admira, por ejemplo, la franqueza con que Bell aborda el episodio de los abusos que Virginia sufrió de niña por parte de su hermanastro George Duckworth, un trauma que podría explicar tanto su sexualidad difícil como los constantes desequilibrios psíquicos que finalmente la conducirían al suicidio. No hay nada, por escabroso que sea, que Bell no se atreva a comentar, siempre con esa mezcla de ironía, distancia y matización emocional tan propia de su cultura.
Hay una escena —George Steiner la consideraba una de las anécdotas más revolucionarias de la literatura del siglo XX— que Bell define como «un momento importante en la historia de las mores de Bloomsbury y, quizá, de la burguesía británica» y que ayuda a entender el mundo contra el que se rebelaron aquellos escritores y artistas. Lo cuenta la propia Woolf en un documento citado por Bell. Fue en 1909:
Repentinamente se abrió la puerta y la larga y siniestra figura de Mr. Lytton Strachey apareció en el umbral. Señaló con el dedo una mancha en el vestido blanco de Vanessa.
«¿Semen?», dijo.
¿Puede uno en verdad decir esto?, pensé, y estallamos en carcajadas. Con esta palabra, todas las barreras de reticencia y reserva cayeron. Una corriente del fluido sagrado parecía inundarnos. El sexo empapó nuestra conversación. La palabra sodomita no estaba nunca apartada de nuestros labios. Hablamos de la copulación con la misma franqueza y entusiasmo con que habíamos hablado de la naturaleza del bien. Es extraño pensar cuán reticentes, cuán reservados habíamos sido y durante tanto tiempo.[*]
De la naturaleza del bien a la naturaleza del sexo. Toda una era de tradición platónica tocaba a su fin. Steiner consideraba que ahí había empezado una revolución lingüística sin precedentes. Aquello que antes no tenía nombre de pronto invadía las conversaciones y las conciencias, iniciando un proceso de revolución artística que constituyó uno de los fundamentos del modernism, la vanguardia literaria anglosajona. Por ello la propia Virginia Woolf pudo decir una frase tan contundente y sintomática como «Hacia 1910, la naturaleza humana cambió». Hay que tener en cuenta, para entender el verdadero alcance de esa afirmación, que la cultura británica era entonces particularmente conservadora. De 1910 data la primera exposición de posimpresionistas que Roger Fry organizó en Londres, «Manet y los posimpresionistas», en las galerías Grafton. La muestra supuso un verdadero escándalo en el mundo artístico de la nación. Cuando el resto de Europa ya estaba familiarizada con el cubismo —Picasso había pintado Las señoritas de Avignon en 1907—, Inglaterra descubría la tradición vanguardista que había empezado con Manet y Cézanne. Se trataba de la impugnación de la mímesis, una noción sagrada para los británicos, que durante mucho tiempo se opusieron con vehemencia a su destrucción. Muchos de los profesores de la Slade, la principal escuela de arte de Londres, entre ellos Henry Tonks, combatieron el influjo de Cézanne con todas sus fuerzas hasta muy entrado el siglo. De hecho, la vanguardia en Inglaterra fue tan solo un conato que dio lugar a movimientos efímeros como el vorticismo. El barrio de Bloomsbury era en la época tan marginal y peligroso como la estética asociada a él.
Algunos de los retratos que Vanessa Bell hizo de su hermana no tienen facciones. Son la expresión de una personalidad indefinida. Ese rostro vacío podría interpretarse como una metáfora de la suspensión de la identidad preestablecida que en muchos aspectos supuso la obra de Virginia Woolf. A pesar de haber nacido en un entorno privilegiado, la escritora siempre se lamentó de su carencia de educación superior. No se trataba solo de la consabida marginación social y política de la mujer, sino también sobre todo de su destierro del ámbito de la imaginación. De niña, Woolf vio pasar por su casa a grandes escritores como Henry James porque formaban parte del mundo de su padre, pero su espacio verbal le estaba vetado. Hay una anécdota muy elocuente al respecto que Bell trae a colación. Ocurrió en 1900:
En esta ocasión, George llevó a Virginia a cenar con la condesa viuda de Carnarvon y su hermana, Mrs. Popham de Littlecote. A la cena debía seguir una representación teatral. La noche empezó bastante bien: las dos damas parecían amables, y Virginia se vio alentada a hablar con confianza y abandono. Era necesario, dijo, que uno comprendiera la necesidad de expresar sus propias emociones. ¿Había lady Carnarvon leído a Platón? Si así era, recordaría…
En este punto, Virginia dijo algo terrible, algo aterrador. Nunca sabremos qué fue, y quizá sencillamente estuviera solo hablando demasiado, pero siempre tuvo una terrible manera de olvidar a su auditorio y, en los primeros años del siglo XX, Platón podía fácilmente llevar a temas que aterrorizaran a lady Carnarvon o a Mrs. Popham, temas enteramente inadecuados para una damita. En verdad, como George le explicó más tarde a lo largo de su reprimenda: «No están acostumbradas a que las muchachas expresen ninguna opinión». No importa lo que dijera Virginia, el hecho es que se dio cuenta de su error cuando observó que George estaba rojo de vergüenza. Enseguida se abrió un nuevo tema, y Virginia supo que había fracasado una vez más.
De alguna manera, toda la vida de Virginia Woolf estuvo dedicada a perseverar en ese error. La audacia de su obra, su carácter experimental y disruptivo, no se basa, como en el caso de James Joyce o T. S. Eliot, en un desacato interno de la tradición, sino en una expresión sublimada de esa postura oblicua que la escritora siempre mantuvo con la sociedad y que tan bien captó su hermana en sus retratos. En ellos, Virginia Woolf no tiene rostro, pero su cuerpo muestra a menudo una característica posición ladeada que ilustra su particular forma de estar en el mundo, así como la condición «inacabada” y en constante movimiento de su personalidad. En ese sentido, la biografía de Quentin Bell es, antes que nada, la historia de la formación de una conciencia que se desarrolló en el ámbito múltiple y problemático de la imaginación secuestrada. Hay una escena reveladora en La Sra. Dalloway (1925) en la que Clarissa se imagina a sí misma siendo a la vez niña y adulta. Como niña, está entre sus padres, dando de comer a unos patos junto a un lago. Y como adulta, se va acercando a ellos, que la esperan en la orilla mientras ella lleva en brazos, como un bebé, su propia vida que, a medida que se acerca a sus padres, se va haciendo, dice, cada vez más grande hasta conformar una vida completa que deposita a sus pies para anunciarles: «¡Esto es lo que he hecho con mi vida!». La vida agrandada que Virginia Woolf presentó a sus padres muertos fue su propia obra narrativa y ensayística, sobre todo esas tres novelas, escritas como en estado de gracia, que conforman uno de los momentos más elevados de la literatura europea, La Sra. Dalloway, Al faro (1927) y Las olas (1931).
La poética de Virginia Woolf como novelista quedó formulada en un ensayo que antes fue una conferencia pronunciada en Cambridge en 1924. Se tituló «El señor Bennett y la señora Brown» y se incluyó luego en La torre inclinada (1940). Ahí, Woolf denunció que los principales novelistas de su época, entre ellos Arnold Bennett, no tenían nada relevante que decir acerca de la Sra. Brown, la anónima dama sentada en un vagón de tren y para cuya vida mental pedía ella un espacio introspectivo propio. El único novelista contemporáneo con el que parecía tener algunas concomitancias —aunque también tuvieron sus menos— era E. M. Forster, cuya sensibilidad para la matización psicológica le resultaba muy afín. Y aunque ella quisiera poner distancia con su obra, no hay duda de que Henry James fue en ese sentido un precursor, en particular a lo que al interés por la conciencia femenina se refiere.
Más allá de lo intelectual, Quentin Bell consigue dibujar un retrato muy vívido de la mujer que llegó a ser escritora. Aunque fue una persona difícil, oprimida por las limitaciones de su tiempo y desgarrada por los desequilibrios mentales, Virginia Woolf también debió de ser, por lo que se deduce del retrato de su sobrino, un ser humano excepcional, con un gran sentido del humor, una conversación envolvente y una curiosidad inagotable. Bell huye de la tentación de reducir a su biografiada a un estereotipo de víctima o enferma y deja que el lector saque sus propias conclusiones, sin renunciar a dejar clara la suya propia, como cuando dice, por ejemplo, que casarse con Leonard Woolf fue «la mejor decisión de su vida». Y es que su libro es también la historia de un matrimonio que consiguió ser feliz en medio de dificultades que parecían insalvables. La pareja pasó unos primeros años muy turbulentos, determinados por los problemas psiquiátricos de ella y una primera tentativa de suicidio. La persistencia de ambos, sin embargo, así como la abnegación y la entrega admirables de Leonard, consiguieron que la relación se salvara y llegara a dar la impresión, en su círculo de amistades, de felicidad y compenetración absolutas. Ni siquiera la irrupción de Vita SackvilleWest logró empañar su complicidad. Por cierto, que la forma de abordar el presunto affair entre ella y Virginia es una prueba de la honestidad de Quentin Bell como biógrafo. Allí donde otros se hubieran lanzado a especular con suposiciones jugosas, él se limita a explicar lo siguiente:
La palabra amistad tiene un matiz de coquetería en esta página, y yo utilizaría la palabra romance si tuviera la absoluta certeza de no ser mal interpretado. Pero, de hecho, yo mismo sé muy poco. ¿Qué debería significar o implicar que yo dijera con bastante osadía: «Virginia Woolf y Vita Sackville-West vivieron un romance entre, digamos, 1925 y 1929?». Vita estaba muy enamorada de Virginia, y siendo, sospecho, un temperamento ardiente, la quería tanto como un hombre podía amarla, con una impaciencia masculina hacia cierto tipo de satisfacción física.*
Fuera como fuese, lo importante es que la relación entre ambas inspiró a Virginia Woolf Orlando (1928), una de sus novelas más populares, en sí misma una crítica al clásico concepto de biografía además de un precursor relato subversivo sobre el gender fluid. Como dirá en Una habitación propia (1929), el más célebre de sus ensayos, la verdadera mente creativa es siempre andrógina porque aspira a trascender las limitaciones de su género para entender a la humanidad entera. En eso, Virginia Woolf fue una escritora profundamente helénica.
El matrimonio Woolf también destacó como creador de un sello editorial que empezó siendo minoritario y artesanal y que acabó por convertirse en una referencia del mundo literario de su época. The Hogarth Press publicó la primera edición de La tierra baldía (1922) de T. S. Eliot, nada menos, además de las primeras traducciones de Freud al inglés, muchas de las novelas de Henry Green y por supuesto las de la propia Virginia Woolf. No se atrevieron con el Ulises (1922) de James Joyce y rechazaron a Ivy Compton-Burnett, negativas de las que se arrepintieron, pero en general su labor como editores fue encomiable, acorde con la ambición, el rigor y el descaro del grupo de Bloomsbury, heredero, en buena medida, del espíritu a la vez revolucionario y esteticista de la Hermandad Prerrafaelita. Leonard Woolf, sin ir más lejos, puede considerarse sucesor de William Morris, sobre todo en lo que a las inquietudes políticas se refiere. Miembro de la Sociedad Fabiana y del Partido Laborista, Woolf desarrolló a lo largo de su vida una intensa actividad política y social. Gracias a personas como él —y a otras de su órbita, como John Maynard Keynes—, pudo instigarse en 1942 un documento tan importante como el primer informe de William Beveridge sobre la seguridad social, precedente del moderno Estado del Bienestar que pondría en marcha, terminada la Segunda Guerra Mundial, el gobierno laborista de Clement Atlee. Europa le debe a ese grupo mucho más de lo que parece.
La última década de la vida de Virginia Woolf está llena de claroscuros. Por un lado, gozó de un prestigio considerable, siendo incluso objeto de críticas por parte de los más jóvenes. Demostrando una coherencia admirable, rechazó varios honores públicos —entre ellos, un doctorado por la Universidad de Manchester— alegando que su obra había nacido a contrapelo del mundo académico dominante y que no tenía ninguna intención de pactar con él. La redacción de Los años (1937) fue muy dificultosa, aunque al final valió la pena, ya que se convirtió en un éxito de ventas. Pero al mismo tiempo, su mundo se desmoronaba. Varios de sus mejores amigos, entre ellos Lytton Strachey y Roger Fry, murieron. Su sobrino Julian Bell cayó en la Guerra Civil española. Y poco a poco toda Europa se ensombrecía ante la impotencia de una generación de intelectuales que había luchado a favor de la ampliación y consolidación de la democracia. Al final volvieron los desequilibrios mentales y Virginia Woolf no pudo soportarlos. Su suicidio, el 28 de marzo de 1941 en el río Ouse, parecía un anuncio de la debacle moral que se avecinaba. Fue, como recuerda Bell, la única experiencia que la escritora no pudo narrar. Antes había terminado una última y extraordinaria novela, Entre actos (1941), la exhibición de toda la historia de Inglaterra antes de su colapso.
Hay una anécdota que Quentin Bell no recoge pero que cuenta Leonard Woolf en sus memorias.* Al parecer, Virginia y él habían pactado que en la cremación del uno o de la otra sonara la cavatina del cuarteto opus 130 de Beethoven, uno de los últimos. La música, de una belleza sobrenatural, les recordaba el tránsito hacia la eternidad. Al parecer, llegado el momento de la cremación de su esposa («No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozándote la vida por más tiempo», le escribió ella en la última carta), Leonard no tuvo fuerzas para pedir que se pusiera esa pieza. Fue luego en su casa, a solas con las cenizas, cuando pudo escuchar la cavatina. La escena, para muchos de sus lectores, ha quedado como metáfora de la complejidad resistente de una vida dedicada a ampliar la conciencia de todos nosotros.
ANDREU JAUME
Noviembre de 2021
Nota del autor de la edición de 1996
Virginia Woolf era la hermana de mi madre. En 1964, unos veinte años después de la muerte de Virginia, mi tío Leonard me escribió comentándome que había gente dispuesta a escribir su biografía. Él se veía en la obligación de invitarlos a almorzar para convencerles de que no lo hicieran, lo cual no dejaba de ser un fastidio... Acto seguido, me sugirió que fuera yo quien se ocupara del tema.
Le respondí que yo no pensaba que un miembro de la familia debiera escribirla y que, personalmente, sabía muy poco de literatura inglesa, o por lo menos de crítica literaria, para llevar a cabo semejante trabajo. Al final, acepté escribir la vida de mi tía porque no me gustaba la idea de que la biografía autorizada la escribiera alguien que no fuera yo mismo. No obstante, las objeciones que había planteado eran válidas y era necesario afrontarlas.
El hecho de estar íntimamente relacionado con el sujeto del caso era, en cierta manera, una ventaja: yo podría trabajar con más facilidad la gran cantidad de material a mi disposición porque conocía a la mayoría de la gente y de las situaciones a las que se refería. Pero, al mismo tiempo, yo estaba demasiado unido a mi tía y de forma constante tenía que desconfiar de un afecto que fácilmente podía derivar en una pérdida de objetividad. Una biografía que también es un tributo filial o sobrinístico tiende a convertirse en una hagiografía de lo más aburrida. Este era el verdadero peligro, porque se ha atacado con frecuencia el carácter de Virginia Woolf, y en aquella época mucha gente la consideraba una esnob rica, preciosista, difícil y maliciosa. Como biógrafo, mi tarea consistía en determinar tan honradamente como fuera posible cuánta verdad y cuánta falsedad había en semejante descripción, y hacerlo muy a conciencia para que a una gran parte del público no le pareciera que estaba defendiendo a una familia celosa de su reputación y descuidada en cuanto a la verdad. En tales situaciones, el biógrafo está sujeto a dos tentaciones opuestas: puede pintar un retrato más bello que la realidad o, en su ansiedad por mostrar lo muy libre que se ve del nepotismo, conferir énfasis a los defectos. En cualquier caso, se equivoca: la verdad y nada más que la verdad debe ser su objetivo.
Si el retrato de Virginia como persona era difícil, por lo menos era un ejercicio moral y esto, aunque duro, resulta claramente comprensible: uno sabe a qué atenerse. El retrato de Virginia Woolf en calidad de artista es mucho más difícil porque muy a menudo uno no sabe qué hacer. Hay en el corpus de sus escritos mucho material que es claro como el día, pero hay pasajes difíciles en las novelas y, en ocasiones, su intención no es obvia. Tales pasajes oscuros ofrecen un campo tentador para la especulación. Así, alguien ha sugerido que Las olas, que parece analizar el pensamiento y los sentimientos de un grupo de gente, en realidad es el estudio de un individuo; incluso se ha sugerido que Al faro es una alegoría cristiana. No intento una exégesis de esta suerte, ni tampoco intento valorar o comparar el valor estético de las distintas novelas. Dejo tales especulaciones para el lector.
Así, el propósito de este volumen siempre ha sido puramente histórico y, a pesar de que confié en que pudiera ayudar a quienes tratan de explicar los escritos de Virginia Woolf, solamente podía hacerlo presentando hechos que no se conocían con anterioridad y proporcionando lo que fue, confío, una descripción clara y verídica del carácter y desarrollo personal de mi sujeto. De ninguna otra forma hubiera podido contribuir personalmente a la crítica literaria de Virginia Woolf.
Hay en la historia de la literatura inglesa una anécdota aleccionadora que siempre está en mi pensamiento. El doctor Johnson, ciertamente el más grande crítico inglés del siglo XVIII, a la hora de dar un juicio sobre «Lycidas» —uno de nuestros mejores poemas—, lo condenaba totalmente. Si los mejores críticos pueden perderse tan tristemente, ¿qué esperanza nos queda a los demás? No puedo pretender ser digno de confianza. En una época creí que Orlando era la mejor de las novelas de Virginia; ahora no pienso lo mismo. Y, cuando se publicó, consideré Los años una obra maestra y así se lo dije a Virginia; hoy no podría decir lo mismo. Como crítico, considero que no sirvo de brújula sino de veleta... y tampoco me considero único en esto.
Por esta razón los lectores no hallarán una valoración crítica de las novelas de Virginia Woolf en este volumen, y ciertamente tampoco busco el tipo de teorización de quien encuentra en todo lo que escribió aquellos sentidos religiosos, políticos y filosóficos que parecen tan evidentes para quienes están decididos a encontrarlos. Ni siquiera pienso que la preocupación de Virginia por la liberación de su sexo, aunque la sintiera de forma importante y profunda, en realidad se reflejara en cada una de sus obras.
Lo que he intentado es describir de la forma más clara posible los hechos averiguables de la vida de Virginia Woolf, una vida tan notable como para no precisar ningún adorno ni ningún embellecimiento basado en la crítica literaria. Su carácter no era en todo admirable, pero nos ofrece mucho que es digno de admiración. Naturalmente, sus libros fueron los grandes acontecimientos de su vida, sus hijos, podríamos decir, y he tratado de describir sus orígenes, el trabajo que supuso darlos a luz, así como las profundas emociones que resultaron de su recepción a cargo de los críticos.
No podría haber escrito esta biografía sin la ayuda de muchas instituciones y personas, muchas de las cuales ya han muerto. Confío en que algún recuerdo pueda sobrevivir a su bella generosidad y mi gratitud.
QUENTIN BELL, 1996
FUENTES
COLECCIÓN BERG. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden, la Colección de Literatura Americana e Inglesa de Henry W. y Albert A. Berg.
En 1957, Leonard Woolf firmó un acuerdo por el que los 27 volúmenes manuscritos de los diarios de Virginia Woolf (1915-1941) pasarían a ser propiedad de la Colección Berg después de su muerte. (La referencia a estos diarios es AWD [Berg]; la selección de ellos publicada por Leonard Woolf en 1953 como A Writer’s Diary [Diario de una escritora] se abrevia AWD.) La Colección Berg pudo, así, ser el núcleo de un archivo de Virginia Woolf, y adquirir, de Leonard Woolf y de otras fuentes, una cantidad muy considerable de material de interés literario y biográfico. Comprende ocho diarios de época temprana (indicados por títulos cortos y descriptivos seguidos de la mención Berg), y, entre la colección de cartas autógrafas, cuatro importantes series de Virginia Stephen Woolf: a su hermana Vanessa Bell, a Violet Dickinson, a Vita Sackville-West y a Ethel Smyth. Con propósitos de consulta, he abreviado estos nombres en iniciales, usando siempre los nombres de casada de Virginia y de Vanessa Stephen, es decir: VW y VB.
La creación de un Archivo Virginia Woolf en la Colección Berg estaba bajo el cuidado particular del difunto doctor John Gordan, por quien siento una gran deuda de gratitud. Mi correspondencia y mis entrevistas con su sucesora, Mrs. Lola Szladits,[*] han constituido la más agradable de las necesidades.
DOCUMENTOS DE CHARLESTON. King’s College, Cambridge.
Cartas y otros documentos de Clive Bell, Vanessa Bell y Duncan Grant están en depósito en la biblioteca del King’s College, incluyendo la correspondencia entre Vanessa Bell y Roger Fry. He usado las iniciales CB, VB, DG y RF y la abreviación CH (Documentos de Charleston).
Temo que cuidar de estos documentos sea una preocupación más a las muchas que el doctor A. N. L. Munby, el bibliotecario, asume con tan envidiable competencia, inteligencia y buen humor.
DOCUMENTOS DE MONK’S HOUSE. El legado de Leonard Woolf.
Los documentos que Leonard Woolf dejó a mi disposición con la finalidad de esta biografía comprenden no solo gran número de cartas a y de su esposa y él mismo, sino también una considerable cantidad de manuscritos. Estos manuscritos los he dividido en: los de interés biográfico (MH/A) y los manuscritos básicamente de interés literario (MH/B), y los he numerado.
También he podido, gracias a la amabilidad de su ejecutora testamentaria, usar los propios diarios de Leonard Woolf, lacónicos pero fidedignos.
Están en poder de los herederos y sucesores de sir Leslie Stephen las siguientes fuentes de información que se refieren a Virginia y a su familia:
El Mausoleum Book (MBk), escrito por Leslie Stephen después de la muerte de su esposa Julia en 1895.
Viejas cartas familiares intercambiadas entre Mrs. Stephen y sus hijos.
Dos encuadernaciones que contienen ejemplares del Hyde Park Gate News (HPGN) correspondientes a 1891, 1892 y 1895.
Seis memorias manuscritas de Vanessa Bell (VB/MS I-VI).
Cartas de Virginia Woolf a Clive, Julian y Quentin Bell.
Minutas de la Play Reading Society, 1908-1909 y 1914-1915.
Nota a la presente edición:
Las notas del autor se indican con números y las de la traductora, con un asterisco.
PRIMERA PARTE
1882-1912

Capítulo 1
1882
Virginia Woolf era una miss Stephen. Los Stephen emergen de la oscuridad a mediados del siglo XVIII. Eran granjeros, mercaderes y traficantes de contrabando en Aberdeenshire. Prácticamente no se sabe nada de James Stephen de Ardenbraught, salvo que murió hacia 1750, dejando siete hijos varones y dos hijas. Siguiendo la tradición de su raza, la mayoría de los hijos surcaron los mares en busca de fortuna. Uno de ellos, William Stephen, se afincó en las Indias Occidentales y prosperó en el desagradable comercio de comprar esclavos enfermizos y curarlos lo suficiente para que pudieran venderse. Otro, James, llegó a ser mercader y naufragó en la costa de Dorset. Era un hombre de estatura hercúlea, que se salvó a sí mismo y a cuatro compañeros gracias a su propio esfuerzo y a una petaca de coñac. Era de noche y rugía la tormenta, pero escalaron un acantilado que parecía imposible de escalar y se encontraron en la isla de Purbeck. Aquí Mr. Milner, el recaudador de aduanas, le socorrió y hospedó, y James llevó el asunto con tanta habilidad que consiguió no solo la mayor parte del cargamento del buque, sino también el corazón de miss Sibella Milner, con quien se casó en secreto.
La vida matrimonial de los señores Stephen no fue feliz. Él fracasó en sus negocios, incurrió en deudas y pronto se vio en la cárcel de King’s Bench. En esta situación, James Stephen reaccionó de una manera que habría de establecer un ejemplo para sus descendientes. Cogió la pluma y defendió su caso. Fue (por lo que yo sé) el primer Stephen que escribió un libro y, a partir de entonces, siempre ha habido uno que lo ha hecho y nunca ha pasado una generación que no haya añadido algo a los logros literarios de la familia.
James Stephen empezó asimismo una tradición familiar por el hecho de llevar sus argumentos a los tribunales. En realidad, fue mucho más lejos y organizó un alboroto en la cárcel que a punto estuvo de terminar en un motín. Declaró que el encarcelamiento por deudas era un acto de barbarie, que atentaba contra el espíritu de la common law, la Carta Magna, el derecho positivo, la justicia, la humanidad y la política. Eran cosas dignas de decirse, pero en su caso no tuvieron ningún efecto práctico y, finalmente, consiguió la libertad gracias a su acreedor. Las batallas legales y políticas de Stephen le persuadieron de que su talento estaba más dirigido a la abogacía que al comercio. Entró en el Middle Temple, pero la Temis británica, que acogería en el futuro a tantos de sus descendientes, le rechazó. Sus protestas le habían procurado demasiados enemigos y se vio excluido a causa de su «falta de cuna, falta de fortuna, falta de educación y falta de ecuanimidad».
Pero había una puerta trasera para la profesión legal y Stephen la aprovechó. Se hizo socio de un abogado, y bajo su nombre pudo seguir con sus asuntos. Aunque no eran asuntos que pudieran brindarle mucho prestigio. Sus clientes eran de extracción dudosa. El trabajo de Stephen se llevaba a cabo en las tabernas; le procuró poca reputación y menos dinero. Su pobre esposa, que creía que estos infortunios se los mandaba el Todopoderoso como castigo por haber aceptado un matrimonio secreto, murió en 1775. Él la siguió cuatro años más tarde. Contaba solo cuarenta y seis años; dejó seis hijos y más o menos dinero suficiente para pagar sus deudas.
James, el segundo de estos seis hijos, al que llamaremos Master James, es el que más nos interesa. Criado en un ambiente de penuria y litigios, demostró ser digno hijo de su padre. También fue autor de panfletos y defensor de causas, pero mientras su padre se había ceñido a sus propios asuntos, Master James usó su talento dialéctico para grandes causas. En nombre del patriotismo y del espíritu humanitario, iba a defender la causa de la libertad y a provocar una guerra entre dos grandes naciones.
Su primera campaña, sin embargo, se movió mucho en la tradición paterna. No obstante su poca educación formal, James consiguió ingresar en el Marischal College, de Aberdeen, y a pesar de su poca salud consiguió proseguir sus estudios allí. Estudió lo que en aquel tiempo se denominaba filosofía natural (es decir, ciencias) y con éxito, pero vio entorpecido su camino por un examen que se llevaba a cabo en latín. En este examen supo que inevitablemente fracasaría y, lo que era peor, quedaría en ridículo (era un hombre muy sensible).
¿Qué hacer entonces? Se puede considerar extraordinario que un muchacho de diecisiete años tuviera la osadía de concebir, y la destreza de llevar a cabo, un plan que cubriera sus propias deficiencias y salvara su honor introduciendo innovaciones en las costumbres establecidas de una antigua universidad. Pero yo lo concebí y lo llevé a cabo.
En otras palabras: modificó las normas para acomodarlas a sus necesidades.
El pasaje aquí citado es de las Memorias de James Stephen, escritas por él para sus hijos. Es un documento interesante, que cierta vena de complacencia por parte del autor hace más divertido. Stephen se sintió autorizado para felicitarse por este y otros triunfos, por las cualidades que le permitieron superar serios inconvenientes e incluso llegar a ser miembro del Parlamento, master de la Cancillería y un miembro muy respetado de la sociedad, porque podía atribuir la gloria de sus empresas al Todopoderoso.
Dios respondió a sus plegarias, Dios cuidó de sus intereses, Dios guio sus pasos. Hay momentos en que la relación entre James Stephen y su Hacedor parece la de una conspiración. Puso su confianza en la Providencia con tan perfecta simplicidad que, mientras visitaba a una joven dama, se consiguió otra con un hijo. Ni siquiera esta confianza iba desencaminada. Con las dos arregló los asuntos de la manera más satisfactoria. Se casó con una y encontró marido para la otra. Su hijo bastardo se convirtió en un clérigo respetable.
Como hombre público, Master James se llegó a identificar con dos grandes causas. Ambas resultado de su estancia en las Indias Occidentales. Allí tenía ya lazos familiares que partían de su tío William; y allí ejerció la abogacía y vio con cuánta facilidad el bloqueo británico era roto por los comerciantes franceses y americanos. Él, que en su juventud había sido ferviente partidario de George Washington, estaba indignado. Se vio impulsado a escribir un panfleto titulado War in Disguise (Guerra enmascarada), panfleto que dio como resultado las órdenes del Consejo, el bloqueo continental y, para gran mortificación y asombro de Stephen, la guerra de 1812.
Pero, desde su primera llegada al hemisferio occidental, James se había dedicado a otra y más noble causa. Se dio cuenta de la infamia de la esclavitud cuando vio lo monstruosamente que un negro podía ser tratado por los tribunales de las Indias Occidentales. A partir del momento en que comprendió la iniquidad del hecho, se hizo amigo incansable de los oprimidos. A su vuelta a Inglaterra se convirtió en el aliado de confianza de Wilberforce, con cuya hermana se casó después de la muerte de su primera esposa. En la Cámara de los Comunes, cuando no se encontraba defendiendo Órdenes Reales, estaba atacando la esclavitud, y fue la negativa del Gobierno a intervenir en este asunto lo que le indujo a dimitir del Parlamento.
En el vecindario de Clapham, había un grupo de amigos, hombres prósperos y de valía, que se caracterizaban por su piedad, por un aceptable grado de riqueza y por un ardiente afán por instruir a los paganos y liberar a los esclavos. Entre ellos se encontraban Charles Grant y Zachary Macaulay, John y Henry Thornton, John Shore (más tarde lord Teignmouth), Granville Sharp, William Wilberforce, y John y Henry Venn, respectivamente rector y vicario de Clapham. Eran los llamados «santos» de la Secta de Clapham. James se sintió atraído hacia esta sociedad evangelista, no tanto por sus creencias religiosas —aunque con toda certeza adoptó el color espiritual del ambiente— como por sus opiniones políticas. Pero, en general, la Secta de Clapham estaba más inclinada a la actuación que a la fe, a la política que a los partidos. La abolición, primero de la trata de esclavos y luego de la misma esclavitud, fue su gran móvil. Se vio obligado, sin embargo, a luchar por sus creencias en las tribunas callejeras y en la Cámara de los Comunes. Sus líderes no eran teólogos, sino miembros políticamente conscientes de la clase media, hombres que sabían que, para conseguir sus fines, debían colaborar con personas cuyo humanitarismo tenía un origen distinto al suyo. Tories y anglicanos se encontraron aliados a los radicales, a los cuáqueros y a los seguidores de Bentham —hombres que en otro campo eran sus oponentes—, mientras que Pitt, amigo íntimo y aliado político de Wilberforce, tuvo que ser, en algunas ocasiones, su enemigo. En la gran tarea de crear comités, escribir panfletos y provocar la agitación pública, estos hombres, sinceros, elocuentes e influyentes, tuvieron que aprender las lecciones políticas de la tolerancia y el compromiso. De esta manera, el cristianismo de Stephen y de sus amigos de Clapham, aunque ardiente, nunca alcanzó el grado de certeza dogmática, de hecho fuera del mundo, ni desató la pasión por perseguir otras sectas.
Los evangelistas de Clapham debieron de sentir que ellos eran, y de hecho lo eran, la conciencia de la clase media británica y, en consecuencia, un enorme poder político. Por esta razón, si no por otra, lo que más les concernía eran las cuestiones morales y cuando, en generaciones posteriores, la superestructura escatológica de su fe se derrumbó, el edificio moral se mantuvo. Esta persistencia en el elemento moral, no en el teológico, de las creencias de sus bisabuelos, iba a ejercer un efecto importante sobre una generación posterior.
Master James murió en 1832, poco antes de la abolición de la esclavitud en el Imperio británico. Sus hijos legítimos se hicieron todos abogados; era decididamente una familia legalista. El hijo tercero, otro James, debió de mostrar gran talento en los tribunales (todos los Stephen lo mostraron), puesto que muy pronto estuvo ganando tres mil libras al año, ingresos muy saneados en aquellos días. Abandonó la abogacía, sacrificando buena parte de su renta, para ocupar un puesto permanente en el Colonial Office. La razón es bastante clara: en un cargo administrativo podía seguir mejor la gran campaña de su familia contra la esclavitud. En Whitehall se le conocía como el «Mr. Over-Secretary Stephen», pues no era solo uno de esos empleados de la administración que amablemente pero con firmeza dominan los deseos de aquellos ministros que, nominalmente, están por encima de ellos: era un empleado de la administración con una política. En realidad era más que una política, era una misión, que debía ser impuesta, sin vacilaciones, sobre el Colonial Office, las propias colonias y cualquier Gobierno que ocupara el poder.
Aquella política era, naturalmente, la política de emancipación, pero, a pesar de que otros asuntos, tales como el autogobierno de Canadá, ocuparon parte de su tiempo, la protección de los negros fue el gran quehacer de su administración. El fin de las propias colonias, con lo cual quiero decir, sin duda, la minoría dirigente blanca, era la de oponerse, retrasar, anular y desbaratar aquella medida. Los colonos, como siempre, tenían la ayuda hábil de influyentes amigos en Londres, y Mr. Todo-Secretario Stephen era el hombre que debía ser más fuerte que ellos, que debía discutir e intimidarlos.
Sir James Stephen, en lo que finalmente se convirtió, era un administrador valiente, inteligente y capaz. Era asimismo, como él mismo admitía, cualquier cosa menos un hombre sencillo. Heredó todo el valor de su padre y de su abuelo: era terrible e implacable, dirigía a los otros con tanta dureza como a sí mismo, trabajaba durante largas jornadas en el Colonial Office y hacía que los otros trabajaran con la misma intensidad, y todavía encontraba tiempo para numerosas colaboraciones en la Edinburgh Review dictando 3.000 palabras antes del desayuno. Un monstruo de laboriosidad y de saber, era también un hombre vulnerable y desgraciado. Sus logros quedaron muy cortos respecto a sus ideales. Se le criticaron tanto las medidas a las que se había opuesto como aquellas que había favorecido, y él acusaba estas críticas profundamente, más aún por el hecho de que al ser un empleado de la administración no podía responder a ellas. Era tremendamente tímido e intensamente pesimista. Estaba tan convencido de su propia fealdad que no quería tener ningún espejo en su habitación. Prefería cerrar los ojos que mirar de frente a un interlocutor. Deseaba haber sido un clérigo, un recluso, cualquier cosa menos lo que era. Le horrorizaba tener comodidades y al mismo tiempo no negaba a otros el placer de que tuvieran lo que él mismo se negaba. En una ocasión probó un cigarro puro y le gustó tanto que resolvió no volver a encender otro. Se dio cuenta de que le gustaba el rapé e inmediatamente vació su cajita de rapé por la ventana.
«¿Has visto alguna vez que tu padre haya hecho algo porque es placentero?», preguntó lady Stephen a su hijo Fitzjames. «Sí, en una ocasión, cuando se casó contigo», fue la pronta respuesta de otro brillante y también argumentador Stephen.
Pero el matrimonio de Stephen no era simplemente placentero, era prudente en grado sumo. Al casarse con Jane Catherine Venn, Stephen se alió completamente con Clapham, puesto que los Venn eran, por así decirlo, el verdadero corazón de la Secta. Los Venn habían sido siempre clérigos; la sucesión ininterrumpida de pastores de la Iglesia se remontaba a los tiempos en que llegó a ser respetable tener un cura como antepasado. Su conexión con la rectoría de Clapham era muy larga, y fue la obra del abuelo de Jane Venn, Compleat Duty of Man, la que dio su forma a la doctrina de Clapham, si es que se puede hablar en este caso de doctrina.
Podría suponerse que la hija de un rector evangelista difícilmente sería la persona que desanimaría la natural inclinación de James hacia el pesimismo y la automortificación. Pero los santos de Clapham no estaban a favor de austeridades inmoderadas y los Venn en particular tenían un animado sentido común, gustaban de contar chistes y no veían ningún mal en los placeres inocentes. Había algo de locura en la automortificación de Stephen, y Jane Venn era la mujer más sana que jamás haya existido. Al mismo tiempo, era guapa y cordial, con una fuerte disposición a ver siempre el lado bueno de las cosas. Organizó para su marido un hogar en el que podía olvidar las agonías de la vida pública. Para los estándares modernos, era un hogar muy puritano: los hijos no asistían a bailes ni a teatros, pero ninguno de ellos condenaba a quienes disfrutaban de tales pasatiempos. El hogar les resultaba un lugar sobrio pero feliz, iluminado por la benevolencia de su padre y la risa de su madre.
Cabe decir una cosa más sobre la familia de sir James Stephen. Respetaban el arte, con lo cual quiero decir el arte literario (la pintura y la música, supongo, no se tenían en cuenta). Lady Stephen admiraba a Cowper y a Wordsworth, a Scott y a Campbell. Sir James se dedicaba a autores más serios y edificantes, pero era también capaz de apreciar a Voltaire y a Montaigne. No tenían muchos amigos, pero entre ellos se incluían J. S. Mill, los Venn, los Dicey y los Garratt, una compañía seria e ilustrada.
Sir James tuvo cinco hijos: uno murió en la infancia, otro en la adolescencia, pero los tres restantes sobrevivieron y fueron importantes para los hijos de la generación siguiente. Fueron: James Fitzjames, Caroline Emelia y Leslie, el padre de Virginia.
Caroline Emelia reaparecerá en esta historia: era una persona inteligente que, sin embargo, cayó en el papel de imbécil mujer victoriana. Se enamoró de un estudiante y tuvo razones para suponer que su afecto era correspondido. El estudiante se fue a la India y nunca más se supo de él. Su corazón quedó destrozado y su salud quebrantada; a los veintitrés años se preparó para ser enferma y solterona. Perdió la fe y se dispuso con gran diligencia a encontrar otra. Después de numerosos experimentos, descubrió un hogar espiritual congénito en la Sociedad de Amigos.
Fitzjames, se puede suponer, sonreía lúgubre ante la vida de su hermana, una vida de pasivo sufrimiento y de plácida suavidad, aunque seguramente le parecía bien una vida dedicada a la religión y a la filantropía. Pero él era, categóricamente, un hombre, y su vida debía ser más positiva, más agresiva, más brutal. Cuando él y Leslie entraron como alumnos externos en Eton, sufrieron las bromas más pesadas. Se avergonzaba siempre de ello, porque consideraba que no se había resistido las persecuciones con suficiente fuerza de voluntad. Sin embargo, este humillante reconocimiento de la fuerza superior de los otros llegó a su fin. Fitzjames se convirtió en un muchacho de espaldas anchas, conocido por sus compañeros de juegos como el Gigante Grim y muy capaz de devolver golpe por golpe a cualquiera. Dijo haber aprendido «que ser débil es ser desgraciado, que el estado de la naturaleza es un estado de guerra y que la Vae Victis es la gran ley de la naturaleza».
Su hermano menor, Leslie, era un muchacho nervioso y frágil, el preferido de su madre, muy aficionado y excitable por la poesía, demasiado sensible para poder soportar el final desgraciado de una historia. En la escuela necesitaba toda la protección que Fitzjames le podía brindar, y así los veo: Fitzjames, fuerte, confiado en sí mismo, poco amigo de tonterías, abriéndose camino a través de los horrores de una public school británica, con un hermano menor asustado y delicado a remolque. También en Cambridge, fue Fitzjames quien abrió el camino, llegando a ser conocido en el sindicato de estudiantes como el León Británico, un polemista aplastante, bramante, turbulento, que propinaba crueles reveses con sus argumentos, y fue escogido por la brillantez de su intelecto y su integridad intelectual manifiesta como miembro de la archiintelectual sociedad Los Apóstoles, mientras que Leslie, en conjunto más amable, más retraído, menos brillante, no fue nunca «apóstol» y nunca sobresalió de las primeras filas de los estudiantes.
Debió de haber sido evidente para todo el mundo que el hermano mayor alcanzaría renombre por sí mismo, entraría en los tribunales, llegaría a ser juez y baronet, como efectivamente fue, mientras que Leslie se convertiría en un clérigo y se sumergiría en una decente oscuridad, como debía haber hecho. Durante toda su vida Leslie intentó, creo, igualarse con su excesivamente admirable hermano. Fitzjames era físicamente fuerte; él también se haría fuerte. Como Fitzjames, se dedicaría a andar millas y millas, pero haría más, correría, remaría, escalaría montañas. Y, en realidad, se convirtió en lo que él, a su manera autodespreciativa, describiría como «un hombre tenso como un alambre». En verdad fue un famoso andarín, un remero, un entrenador de remo, uno de los montañeros más importantes del siglo XIX. De la misma manera adoptó, creo, algo de los sólidos hábitos mentales de Fitzjames. Llegó a ser filisteo a medias, casi antiintelectual. Siguió a Bentham y a J. S. Mill; formó parte del partido liberal de la Iglesia anglicana, sin sentimentalismos y varonilmente.
Sus sobrinos y sobrinas recordaban a Fitzjames en sus últimos años de vida como una figura poderosa y voluminosa, austeramente enfundado en una levita y acompañando a lady Stephen a la iglesia, los domingos por la mañana, para rendir tributo a un ser en el que él desde hacía tiempo había dejado de creer.
«Ha perdido toda esperanza del Paraíso —declaraban los irreverentes chiquillos—, pero se aferra a la más amplia esperanza de la condena eterna.»
Esto era injusto, pero era cierto que, para él, el mal parecía ser algo mucho más real que el bien. Su constante preocupación se centraba en los vicios que afectaban a la sociedad. No cabían en él el optimismo, la hipocresía, la efusión, el entusiasmo o —como parece algunas veces— la compasión. Los mecanismos de represión debían emplearse cruelmente; la justicia, aunque debía administrarse con escrupulosa equidad, pedía que los castigos se infligieran en un espíritu de venganza justa. Debido a su escepticismo, aceptaba la moralidad de sus días con pocas reservas. Se encontraba tan lejos del genial libertinismo del siglo XIX como de su frivolidad.
Se podría decir lo mismo de Leslie. El hermano menor era de carácter más suave y de corazón más cálido, pero esto no le impedía compartir las mismas inhibiciones y las mismas indignaciones o, se podría añadir, exhibir la misma audaz integridad intelectual.
Mientras Fitzjames se asentaba en Londres, en los tribunales y el periodismo, Leslie ganó un puesto en Trinity Hall. En aquellos tiempos aún era necesario para un fellow de Oxford o de Cambridge recibir las Órdenes Sagradas. Leslie fue ordenado en 1859 y de este modo se comprometió a una serie de proposiciones en las que realmente no creía. Es en verdad duro, en este tipo de contexto, saber lo que vamos a entender por la palabra creer. Resulta difícil imaginar a Leslie, en cualquier período de su vida adulta, rezando para que lloviera en una sequía, o para que hiciera buen tiempo durante un período de humedad, diciendo solemnemente las palabras:
Oh Todopoderoso Señor de los Cielos, quien por el pecado del hombre inundaste en una ocasión la tierra, excepto ocho personas, y luego por tu gran misericordia prometiste no destruirla de nuevo...
Fue en realidad en este punto donde Leslie se paró. Era en 1862, él contaba treinta años, se había convencido de que el «Diluvio de Noé era una fantasía» y que estaba mal de su parte estudiar la historia como si se tratara de una verdad sagrada.
Nunca había sido un tipo ferviente; había predicado los evangelios tal como los entendía F. D. Maurice y el partido liberal de la Iglesia anglicana, es decir, con un espíritu de reverencial escepticismo, aunque hubiera sido fácil para él, como para tantos otros, chapotear alrededor del Diluvio de Noé sin zambullirse nunca. Leslie tuvo el valor de actuar resueltamente de acuerdo con sus convicciones. Tenía un trabajo cómodo en Cambridge, pero suponía contar lo que ahora veía que eran mentiras y se negó a hacerlo.
Al mismo tiempo, es posible que la pérdida de su fe pudiera haber tenido una motivación inconsciente. En principio se había convertido en un profesor de universidad para no resultar una carga para su padre. Esto suponía no solo una profesión de fe sino —por algunos años al menos— una existencia célibe. Después de la muerte de su padre en 1859, se dio cuenta lentamente, primero, de que él era el hombre más irreligioso del mundo y, segundo, el más necesitado de una esposa. Gradualmente descubrió cuánto echaba en falta el mundo exterior, cuán poco creía realmente y lo muy contento que estaba, ahora que su padre ya no podía sentirse herido por su declaración, al poder hacer pública su falta de fe.
Dejar la seguridad de Cambridge era algo azaroso y Leslie tenía, como él mismo decía, un temperamento ansioso (esta era una declaración incompleta), pero corrió el riesgo con una alegría imperturbable que, más tarde en su vida, le sorprendería. Llegó a Londres sin dinero ni perspectivas.[1]
Sin embargo, en Londres, Fitzjames estaba preparado para ayudarle. Leslie consiguió muy pronto un nombre modesto pero respetable en la República de las Letras. Empezó como periodista y defensor de la causa federal en América, una causa que tenía pocos partidarios en Inglaterra. Su afinidad con la Unión lo llevó a visitar Estados Unidos, para entrevistar a Lincoln y, mucho más importante, para establecer una amistad que duraría toda su vida con James Russell Lowell, Charles Eliot Norton y Oliver Wendell Holmes. Las opiniones políticas de Leslie eran radicales, inspiradas en gran parte por su amigo Fawcett, pero no constituían su interés cimero.
Se decantaba más y más hacia la especulación filosófica y la crítica literaria.
En 1882 emprendió, debido a la invitación que le hizo el editor George Smith, uno de los más grandes instrumentos de erudición del mundo: el Dictionary of National Biography. Es como editor de este diccionario, como crítico literario y como historiador que se le recuerda con gratitud. Apenas si se le recordaría como filósofo. Sus puntos de vista estaban, hasta cierto punto, distorsionados por una moralidad que, aunque no era tan feroz como la de Fitzjames, era tan estrecha y tan intolerante como la suya. Esto no le impidió, sin embargo, decir cosas certeras, inteligentes y divertidas sobre libros y autores, o tomar una posición vital que es esencialmente honesta, responsable y cuerda. La reputación de Leslie Stephen ha perdurado. Como Fitzjames, supo escribir en un inglés bueno y enjundioso, pero se encuentra mayor intimidad, delicadeza, humor e incluso fantasía en la obra de Leslie. En pocas palabras: tenía mucho más de artista.
En los veinte años que siguieron a su pérdida de fe, Leslie se encontró con que era un escritor y un pensador, y también se encontró a sí mismo en otro aspecto. Como hemos visto, la huida de Cambridge suponía también una huida del claustro y, a pesar de que le tomó unos años encontrar esposa, cuando a la larga lo consiguió, se descubrió a sí mismo como un personaje muy doméstico. La esposa que encontró era Harriet Marian, la hija menor de Thackeray. Los dos se enamoraron y, después de un extraño momento de duda y de echarse atrás por parte de él, se casaron.
No sabemos demasiado de la primera Mrs. Stephen. Su esposo la describe como ni muy bella ni muy inteligente; su carácter era del tipo de «amor tranquilo»; era amistosa, dulce, sencilla, con la simplicidad de un chiquillo. Casi, uno deduciría de la descripción de su esposo, un poco aburrida, o en cualquier caso infantil. Pero también se han preservado algunas de las cartas de Harriet y en ellas resulta evidente que tenía sentido del humor y no era, en ningún caso, deficiente ni en carácter ni en curiosidad intelectual. Parece, en realidad, haber sido una esposa muy adecuada para un hombre altamente inteligente.
Ciertamente eran felices juntos, aunque su matrimonio se topó con dificultades de un tipo poco común. Hasta el momento en que encontró marido, la persona a quien Minny Thackeray quería más en el mundo era su hermana Anny. Al casarse con una de las hermanas, Leslie descubrió que, en cierto sentido, se había casado con ambas.
Anny tenía una personalidad mucho más pavorosa, más atractiva que Minny. Era una novelista, y eran sus novelas unas producciones sutiles y encantadoras en las que la narración tendía a perderse y en las que algo de su personalidad vaga, errática y atractiva se preservaba. Minny consideraba que su hermana era un genio; en esto sospecho que se equivocaba, pero Anny era una persona muy bien dotada y uno de sus talentos consistía en la burla. Cuando Samuel Butler estaba trabajando en Shakespeare’s Sonnets Rediscovered, Anny logró enfurecerle observando: «Mr. Butler, ¿conoce mi teoría acerca de los Sonetos..., que fueron escritos por Anne Hathaway?». Butler jamás se dio cuenta de que la broma era a expensas suyas; solía contar el incidente moviendo tristemente la cabeza y exclamando: «Pobre señora, pobre señora, era muy tonto decir algo así».[2]
A los setenta años, la tía Anny, como los hijos de Leslie la llamaban, podía impresionar a un niño por su optimismo extraordinariamente juvenil, vigoroso y amoldable; cuando fue joven, no solo en espíritu sino en años, su ebullición debió de resultar abrumadora. No es difícil creer que una impetuosidad tan jocosa podía resultar algunas veces exasperante. A Leslie así se lo parecía; a él le gustaba el silencio, a ella le gustaba hablar sin parar; él amaba el orden, ella disfrutaba en el caos; él se preciaba a sí mismo por su realismo, ella era desvergonzadamente sentimental; él se preocupaba por el dinero, ella era descuidadamente extravagante; él se dejaba guiar por los hechos, ella apenas si era consciente de ellos.[3]
Ella y yo tuvimos nuestras pequeñas discusiones. Quizá yo tenía un poco la manía pedante de corregir los vuelos de su imaginación y de poner en claro sus impulsos exuberantes. A[nny] y M[inny] solían llamarme la ducha de agua fría, por mi hábito de mojar los pequeños planes y fantasías de Anny con helada crítica.
Pero se encontraban más seriamente divididos por el hecho de que entre ellos había una suerte de guerra no declarada para poseer a Minny. Guerra tal vez sea una palabra demasiado fuerte, puesto que los tres estaban unidos por fuertes lazos de afecto, pero también existía un tipo de competición, una competición que duró varios años, hasta que se decidió en favor de Leslie, puesto que con el tiempo Minny llegó a la conclusión de que su marido le importaba mucho, más quizá que su muy querida hermana. Acaso sintió, como otras mujeres sentirían más tarde, lo mucho que su marido dependía de ella. En cualquier caso, el matrimonio fue decididamente feliz. Se vio enriquecido con una hija, Laura, nacida en 1870, y muy pronto Minny estuvo embarazada de nuevo. En la noche del 27 de noviembre de 1875, Minny se metió en la cama sintiéndose algo indispuesta. Durante la noche Leslie fue llamado a su lado.
Me levanté y me encontré con que mi amada tenía una convulsión. Salí en busca de un médico. Recuerdo con demasiada claridad los detalles de lo que siguió, pero no los voy a describir. Mi amada ya no recobró el conocimiento de nuevo. Murió hacia el mediodía del 28 de noviembre, el día de mi 43 aniversario.
Leslie estaba destrozado, con el corazón deshecho y desolado. Anny, es verdad, se quedó para cuidar de él así como de su hija, pero un pesar suplementario se estaba fraguando. Laura ya había dejado de ser un bebé y ya había sido evidente para su madre que era una niña retrasada. En este período de aflicción llegó a ser muy obvio que no era simplemente retrasada: tenía algo muy grave. Leslie empezó a sospechar que la locura de Mrs. Thackeray había sido heredada por su nieta. Era demasiado pronto para saber la gravedad del caso, pero claramente requería un tratamiento especial. Esta agonía doméstica sirvió para aumentar la tensión entre Leslie y Anny. Louise, la enfermera, se rebeló contra la autoridad de Anny, y Leslie se puso de su lado. Las escenas que, mientras Minny vivía, se habían mantenido bajo control se hicieron ahora más frecuentes y más dolorosas.
También, sorprendentemente, Anny se enamoró del joven Richmond Ritchie, dieciséis años más joven y que era su primo y ahijado. El joven correspondió a su afecto y al coqueteo, que en principio se tomó como una tontería, pero que, repentinamente, llegó a ser importante. Leslie descubrió a Anny y a Richmond besándose en la sala de estar e insistió en que debían casarse o separarse. Aunque lo del matrimonio funcionó, Leslie odió todo el asunto. Se dio cuenta de que estaba celoso, de que la casi maternal situación de la novia despertaba en él unos sentimientos cuya naturaleza no podía descifrar, y de que, sin duda, iba a perder a quien cuidaba de su casa.
El lugar de Anny lo ocupó la hermana de Leslie, pero si Anny había sido demasiado impredecible como compañera, Caroline Emelia era en conjunto demasiado blanda.
Milly me ha querido siempre, ha sido más una hermana gemela que una hermana menor... Pero, como advertí que me decía a mí mismo, se parecía demasiado a mí para resultar una ayuda. Si yo decía algo para que se me contradijera, se lo tomaba con tanta seriedad que acababa pensando yo mismo que había algo grave en ello; si yo tenía dudas, ella se sumergía en la más profunda perplejidad; si me sentía triste, ella empezaba a sollozar, que es algo que siempre le ha resultado muy fácil. En consecuencia, aunque era la persona más afectuosa, también resultaba la compañera más deprimente. Y además, la gente que era de mi agrado le hubiera resultado muy mundana; mientras que sus amigos, aunque eran gente de gran valía y algunos personas muy inteligentes, me resultaban intolerablemente aburridos.
Se intentó este arreglo, y huelga decir que fracasó. La salud de Milly se quebró casi de inmediato y Leslie empezó a buscar un ama de casa profesional. Los Huxley le recomendaron una tal fräulein Klappert, que había sido institutriz en su casa. Pero había otra solución, una que Leslie tenía en la cabeza desde hacía algún tiempo y que era mucho más de su gusto.
Pocas horas antes de la noche del 27 de noviembre de 1875, en que Minny tuvo aquellas convulsiones que iban a ser el preludio de su muerte, los Stephen habían recibido la visita de una amiga íntima de las hermanas Thackeray: Mrs. Duckworth, una viuda joven. Sintiendo que su dolor crónico era una especie de intrusión en su felicidad —porque ellos aún tuvieron unas pocas horas de felicidad—, se había retirado muy pronto a su propio y triste hogar. Para ella, después de la muerte de su esposo, «la vida entera parecía un naufragio». Aunque tenía tres hijos: George, Stella y Gerald (un hijo póstumo), su desesperación era total. Sin embargo, si bien personalmente ya no podía ser feliz, podía por lo menos ser útil: debía consolar a los afligidos y cuidar a los enfermos (en la década de 1870 sus propios parientes parecían enfermar y morir en gran número). Había renunciado, podía decirse, al mundo, o por lo menos a la felicidad del mundo, aunque su renuncia apenas si se podía considerar mística, puesto que una de las consecuencias de su aflicción había sido la pérdida total de la fe. Esta circunstancia quizá la hacía capaz de templar su miedo ante el Leslie Stephen intelectual, así como de ver al hombre con un interés cordial. Después de la muerte de Minny, resultó casi evidente que le consolaría, que mediaría entre él y su amiga Anny, que le reprocharía las veces que él se mostrara irrazonable, y oiría sus quejas con la paciencia afectuosa de una hermana. Entre los dos nació una amistad íntima, pero se dio por sentado desde un principio que seguiría siendo fraternal: cada uno tenía un cirio funerario que quemar en el altar de los muertos.
Es innecesario describir el proceso que llevó al repentino éclaircissement de Leslie, una revelación que le llegó justamente delante de los cuarteles de Knightsbridge, cuando se dijo a sí mismo: «¡Estoy enamorado de Julia!», y supo que podía ser feliz de nuevo, así como describir su gradual paso desde la concienciación hasta la declaración de su pasión, y el paso de ella, desde un rechazo dulce, triste, pero categórico (que se dirigía no tanto contra él como contra el matrimonio, el amor, la felicidad), hasta el débil esbozo de una entrega experimental. Ella, al fin, después de debatirlo mucho, se vio en una situación en la que, por lo menos, estaba dispuesta a contemplar la proposición de que la vida le podía ofrecer aún ciertas posibilidades de dicha.
Al final fue fräulein Klappert quien decidió el asunto. Ambos, Leslie y Julia, se dieron cuenta de que si se instalaba allí resultaría un arreglo definitivo, y sellarían, como era el caso, su separación. Había, en definitiva, suficiente finalidad en la propuesta para que Julia Duckworth fuera consciente de sus propios sentimientos: se dio cuenta de que no podía romper con Leslie. Se casaron el 26 de marzo de 1878.
Debo intentar ahora decir algo sobre la familia de la madre de Virginia. En este caso hay un buen grado de incertidumbre, leyenda y escándalo.
De acuerdo con el primo de Virginia, el historiador H. A. L. Fisher, hubo en la corte de Versalles durante los últimos años del antiguo régimen cierto Chevalier Antoine de l’Étang. Su persona era agradable, sus maneras corteses, sus gustos extravagantes y sus artes ecuestres admirables. Estaba ligado con la casa de María Antonieta, demasiado ligado se dice, por lo que tuvo que exiliarse a Pondicherry, donde, en 1788, se casó con una tal Mlle. Blin de Grincourt.
M. de l’Étang entró y murió al servicio del nabab de Oudh. Dejó tres hijas. Adeline, la que nos concierne, se casó con un tal James Pattle, que era, según se nos dice, un hombre perverso y bastante extravagante. Era conocido como el embustero más grande de la India, bebió hasta morir y fue enviado a la patria en un tonel de alcohol que, al explotar, arrojó el cadáver no embotellado ante los ojos de su viuda, la volvió loca de terror, prendió fuego al barco y lo hizo naufragar en el canal de Hooghly.
Esta historia se ha contado numerosas veces. Algunas partes pueden ser ciertas. Es totalmente verdad que Mrs. Pattle llegó a Londres el año 1840 con un rebaño de hijas y que estas damas tuvieron fama de ser muy bellas. Cuatro de ellas se deben mencionar en estas páginas: Virginia, Sarah, Julia y Maria.
Virginia Pattle, la más bella de las hermanas, se casó con Charles Somers-Cocks y se convirtió en la condesa Somers. Era una mujer brillante, mundana, impulsiva, algo excéntrica, que vivió con gran estilo. De sus hijas, una llegó a ser duquesa de Bedford; la otra, Isabel, se casó con lord Henry Somerset. Esta alianza, aunque grande, no fue de ninguna manera feliz. Lord Henry, un hombre encantador según parece, hizo las delicias de los salones victorianos con sus baladas. Según creo fue el autor de One More Passionate Kiss; sin embargo, esta caricia no iba destinada a su bella esposa sino a su lacayo segundo. Lady Henry sufrió sus infidelidades durante un tiempo, pero luego no pudo soportarlo más. Se confió a su madre, quien, dejando que la indignación gobernara a la prudencia, organizó un escándalo público. Las consecuencias son interesantes en la medida en que nos dan una idea de las costumbres de la época victoriana y de un sistema moral que Virginia Woolf y sus contemporáneos iban a encontrar y a combatir.
Lord Henry se refugió en Italia y allí, en aquella tierra de jóvenes a lo Miguel Ángel, vivió felizmente hasta el fin de sus días. Su esposa descubrió que había incurrido en un delito no formulado pero abominable: su nombre quedaba asociado con el escándalo. La buena sociedad no querría tener nada que ver con ella. Se vio obligada a apartarse del mundo y decidió dedicarse a la redención de mujeres alcohólicas, tarea que llevó a cabo con gran sentido común y buen humor, de manera que se ganó el afecto y la admiración, no solo de la gente caritativa y de buena voluntad, sino incluso de las mujeres a las que asistió.
Sarah Pattle levantó su imperio de un lugar menos elegante pero más interesante. Se casó con Thoby Prinsep, un administrador angloindio de cierta eminencia que formó parte, hasta que se disolvió, del consejo de la East India Company. Los Prinsep se instalaron en las afueras de Londres en una vieja granja, Little Holland House, en lo que actualmente es Melbury Road, Kensington. Era un alojamiento bonito, espacioso, cómodo, y allí, mientras su hermana coleccionaba aristócratas de cuna, ella recibía a la aristocracia del intelecto. Tennyson, sir Henry Taylor, Thackeray y sus hijas, William Allingham, Tom Hughes, Gladstone y Disraeli eran unos habitués. En Little Holland House, podían disfrutar de un respiro de la formalidad, la regularidad y la asfixia de la sociedad victoriana. Su anfitriona era tan encantadora como excéntrica. Las comidas se servían a horas extrañas y dispuestas de manera fantasiosa. Había algo exóticamente encantador, algo libre y sencillo en Little Holland House, y los pintores debieron de hacer una importante contribución a este ambiente. El más importante de ellos fue G. F. Watts, quien, durante muchos años, residió allí, porque Mrs. Prinsep lo «había acogido bajo su protección» y lo había establecido en un estudio. Holman Hunt, Burne-Jones y Woolner eran visitantes muy frecuentes, y también parece haberlo sido Ruskin.[4]
Sin embargo, el más notable de los artistas que frecuentaban Little Holland House quizá fue Julia Margaret Cameron, la pequeña de las hermanas Pattle, la menos bella, pero la mejor dotada. Como Sarah, Julia se había casado con un administrador de la India, y como ella sentía la pasión por los artistas y hombres de letras. Se ha dicho de ella que «doblaba en generosidad a la más generosa de las hermanas, y en impulsividad a la más impulsiva. Si eran entusiastas, ella lo era dos veces más, si eran persuasivas, ella era invencible».
Los habitantes de Putney la vieron —y debemos con razón envidiarles— hablando y andando, vestida de terciopelo rojo, hacia la estación del ferrocarril, una taza de té en una mano, en la otra una cucharilla, a su lado un amigo azorado que intentaba, en vano, no aceptar el regalo de un chal de Cachemira de valor inestimable. La veían como una excéntrica: nosotros la vemos como una inmortal, no uno de los grandes inmortales, pero sí una artista que ha sobrevivido y que sobrevivirá.
No habría conseguido la inmortalidad si, cuando contaba ya cincuenta años, su hija no le hubiera regalado una cámara fotográfica. Empezó inmediatamente a tomar fotografías y esto se convirtió en su pasión, su vocación. Bellas mujeres y distinguidos hombres se vieron obligados, puesto que tenía un carácter imperioso, a posar durante largas sesiones, entonces necesarias. Sus amigos y sirvientes fueron disfrazados de ángeles y héroes artúricos; fueron vestidos, embozados, cubiertos de guirnaldas, y fotografiados. Persistió una leyenda familiar según la cual Tennyson y Gladstone fueron colocados debajo de un árbol y se les prohibió moverse, mientras ella buscaba algún elemento para crear su misterio. Mientras lo estaba buscando se distrajo con otro proyecto de los suyos y dejó al poeta y al estadista inmóviles dos horas bajo la lluvia.
Imprecisa, sentimental y alocada, Mrs. Cameron tuvo, sin embargo, una vena de puro genio. Necesitaba una sujeción o un freno, algo que moderara su sentimentalismo. En sus cartas y, sin duda, en su novela inacabada iba desbocada y era la pesadilla de sir Henry Taylor pensar que algún día se vería obligado a leerla. Pero la naturaleza de su arte, un arte que ante todo se relaciona con hechos, le proporcionó un freno. Hubo, sin duda, ocasiones en que encontró el modo de sobrepasar los hechos para abordar la fantasía, y con resultados desastrosos, pero cuando se trató de dar el retrato de un modelo, su disposición de las formas, su elección de la pose, su veneciana comprensión del claroscuro resultan milagrosamente sutiles y poderosos y consigue lo que Watts habría podido conseguir si hubiera sido un gran artista. Es la mejor de los retratistas victorianos, y nos ha dejado un precioso monumento de la sociedad en que vivió, una esfera social en la que, citando a Ellen Terry, «solo se permitía que surgieran las cosas bellas».
En este lugar, Maria Jackson, la cuarta de las hermanas Pattle, crio a sus tres hijas: Adeline, Mary y Julia. Maria también se había casado con otro angloindio, el doctor Jackson, que tenía una floreciente clientela en Calcuta, pero que no parece haber sido una persona distinguida en ningún aspecto. En las cartas de su esposa, en cualquier caso, no aparece en absoluto. Eran sus hijas las que interesaban a Maria. Las quería a todas, pero principalmente, me parece, a Julia; o por lo menos Julia, al ser tan desgraciada y haberse dedicado tanto a su madre, se convirtió al fin en la hija preferida. Le escribía una, dos, a veces incluso tres veces al día, y frecuentemente había un telegrama adicional para su «querido corazón, su cordero». Su gran tema era la salud, o mejor las enfermedades; no era la esposa de un médico en vano. Cuando, después de la muerte de su primer marido, Julia se convirtió en una especie de enfermera oficiosa, le indicaba los síntomas a su madre, quien, con gran seguridad, diagnosticaba y recomendaba tratamientos. Cuando no había hermana, sobrina, prima o un nieto con que llenar su página de detalles médicos, tenía un infalible almacén en sus propias aflicciones: sufría neuralgias, reumatismo, vértigos e indigestiones, que trataba con morfina y cloral. Después de la cuestión de cómo conservar la salud, estaba el problema de la belleza, y también en esto tenía numerosos y excelentes consejos. Solo en raras ocasiones uno se ve recordando, en toda la voluminosa correspondencia de Mrs. Jackson a su hija, los intereses estéticos e intelectuales de Little Holland House. Leyéndola, uno se siente como si se estuviera abriendo paso por una selva de melaza. Mrs. Jackson era buena como el oro, pero no hay ni un solo pensamiento original, muy poco sentido común y ni la más mínima destreza en el uso de la lengua en todos los cientos y cientos de cartas.
Las cartas de Mrs. Jackson muestran el lado aburrido de las Pattle: su tontería, su efusividad, su dulzura empalagosa, sus constantes peticiones de afecto y, junto con esto, una vena sensiblera, una suerte de deleite ante las enfermedades y la muerte. De la destinataria ya he dicho algunas cosas. Julia era quizá la más bella de las hijas de Mrs. Jackson, la que estaba más en contacto con el círculo de Little Holland House. Su efecto sobre los prerrafaelitas fue notable: se decía que pudo haberse casado con Holman Hunt o con Woolner. En una época de crinolina, vestía «estéticamente». Burne-Jones la utilizó como modelo y creo que el «tipo Burne-Jones» debe algo a su perfil.
Mrs. Jackson solía decir que todos los hombres que la conocían se enamoraban de ella. Mrs. Jackson era algo boba, pero debe de haber cierta verdad en esto, y tal vez porque todo el mundo se enamoraba de ella resulta un sujeto tan evasivo. Su esposo y su hija intentaron describirla. Leslie Stephen ha dibujado el retrato de una santa y, puesto que es una santa, uno no puede acabar de creer en ella. Habla de su belleza y, en este punto, su minuciosidad es corroborada por los numerosos retratos de su tía, Mrs. Cameron. Habla de su bondad y, en verdad, era una mujer buena. Admite que algunos la encontraban austera y advertían que los sufrimientos le habían dejado cierta gravedad que el tiempo no podía extirpar, pero a través de otras fuentes sabemos que aunque podía jugar y ser alegre con sus hijos, también podía mostrarse severa y que, aunque parecía una santa, su sentido del humor podía resultar casi alarmante. Mrs. Ramsay en Al faro, a pesar de que está esbozada partiendo de los recuerdos de una niña, me parece más real y más convincente que el retrato de Leslie. Allí está todo el cariño, toda la ternura, pero Mrs. Ramsay no es perfecta: ni ella ni la mujer en las fotografías de Mrs. Cameron son tan «puras» como la dama a la que Leslie imaginaba desconocedora de su propia belleza. La relación de Mrs. Ramsay con su marido no es enteramente santa; ella resulta casi demasiado crítica y es capaz de tomar el pelo. Es, como el propio Leslie reconoce, una casamentera, pero, y esto no lo advierte, no siempre una casamentera inteligente: hay huellas de suficiencia, un poco de ceguera en su modo de tratar los asuntos de otra gente. En pocas palabras: el retrato que da Virginia de su madre es más humano, más flexible, quizá más digno de crédito que el que pintó Leslie.
Ciertamente a Julia no le faltaba valor. Cuando se casó con Leslie, era un viudo de edad madura sin demasiado dinero. Reunieron entre ambos cuatro hijos, uno de los cuales era una criatura enferma. A esta familia añadieron un quinto hijo en 1879, una niña, a la que, puesto que tenía una media hermana llamada Stella, llamaron Vanessa.[5] Al año siguiente nació un niño al que dieron el nombre de su tío abuelo, Thoby. A partir de aquí decidieron dejar de aumentar la familia.
Pero la contracepción era un arte muy imperfecto en el siglo XIX y, en menos de dieciocho meses, nació otra hija. Le dieron los nombres de Adeline Virginia.
Tan pronto como estuvo capacitada para considerar semejantes cosas, Virginia creyó que era la heredera de dos tradiciones muy distintas y, en realidad, opuestas; de hecho llegó más lejos y sostuvo que estas dos corrientes rivales se precipitaban y manaban juntas en sus venas sin armonizarse. Vio a los Stephen como una raza muy definible. Entre los niños se creía que todos los Stephen nacían con una cola de un largo de dos centímetros, pero sin tener en cuenta esta tradición (que era, creo, una invención para molestar a los primos Stephen de Virginia), resulta claro, espero, que estaban marcados por un modelo de conducta. Fueron todos escritores, todos tuvieron algún don, y experimentaron cierto placer en el uso de la lengua inglesa. Pero escribieron como hombres que están acostumbrados a presentar una tesis, que quieren que esta tesis sea comprensible y eficaz, hombres que ven la literatura más como un medio que como una finalidad.
Su mente estaba formada para recibir hechos, y cuando tenían un hecho muy claramente expuesto podían tomarlo en sus manos, darle la vuelta a uno y otro lado, analizarlo, y se sentían contentos. Con hechos, hechos de esta clase, podían hacer construcciones útiles, ya fueran políticas, jurídicas o teológicas. Pero servían muy poco para las intuiciones, para la melodía de una canción, para el espíritu de un cuadro. Hay, sin embargo, una parte de la experiencia humana de la que desconfiaron, en la que confesaron encontrarse totalmente perdidos, como le pasó a Leslie en Little Holland House, o que descartaban considerándola una farsa sentimental.
Los Stephen eran intrépidos, en la medida en que los abogados deben serlo. Tenían gran audacia moral, física e intelectual. James el deudor insultando a lord Mansfield o escalando las rocas de la costa de Dorset durante una tempestad; James el gobernador rehaciendo los reglamentos de una antigua universidad; sir James intimidando ministros; Leslie desafiando a Dios sobre los acantilados del monte Cervino, todos son figuras audaces y, como la mayoría de las figuras audaces, son capaces de brutalidad. Pero no eran insensibles..., no, ciertamente no eran insensibles. James, el master de la Cancillería, era un hombre inquieto y compasivo, profundamente perturbado por su incapacidad para hablar en latín. Sir James, su hijo, era obviamente un neurótico. Leslie, como Fitzjames, construyó una fachada de austero sentido común y detrás de ella abrigó un manojo trémulo de sentimientos vulnerables. La verdadera fuerza de los Stephen radicaba en la debilidad. La prodigiosa capacidad para trabajar duramente, la habilidad para arriesgarse, las proezas atléticas no eran más que escapadas de una fortaleza que no tenía paredes.
Los Pattle eran en conjunto una raza menos intelectual que los Stephen; no tenían aptitud alguna para la palabra, y se les recuerda principalmente por sus caras. Hasta donde llegan los antecedentes —y actualmente podemos conocer cinco generaciones— parece que cierto tipo de belleza aparece y reaparece, en algunas ocasiones vagamente, en otras sorprendentemente reencarnada de fase en fase. Este tipo permanece latente en los hombres de la familia para emerger en sus hijas, aquellas hijas que han hecho las delicias de generaciones sucesivas de artistas. Son los pintores quienes han admirado más a estas mujeres. Es difícil contemplar sus facciones sin admiración: eran magníficamente formadas, graves, nobles, majestuosas, pero ni vivaces ni muy accesibles. Su belleza sugiere, y en numerosas ocasiones se asocia con, cierta grandeza moral, cierta monumentalidad de carácter. No eran aficionadas a la literatura y no encontraremos entre ellas a las grandes pioneras de la emancipación femenina, y en esto se diferencian de familias que en otros aspectos estuvieron muy relacionadas con ellas, como por ejemplo los Strachey y los Darwin.
Pero incluso la difusa benevolencia, la tontería borrosa, la efusividad poética y el sentimentalismo empalagoso e irritante que uno encuentra en Maria Jackson pueden de alguna manera elevarse y salir de la tontería para deslizarse hacia la poesía y hacia cierto tipo de genio en el caso de Mrs. Cameron.
Aquí estaban, pues, las dos vertientes de la herencia recibida por Virginia, una herencia que era, en cualquier caso, lo bastante real en su imaginación. No es difícil poner etiquetas a las vertientes paterna y materna: razón y sensibilidad, prosa y poesía, literatura y arte, o, más sencillamente, masculino y femenino. Semejantes etiquetas son insatisfactorias, pero sugieren algo que es verdadero.
A esto es necesario añadir otra distinción. Julia y su familia estaban, socialmente, un poco mejor situadas que los Stephen. Ambos, Julia y Leslie, pertenecían a la alta clase media, pero en aquella clase había diversos finos matices de diferenciación. El primer marido de Julia era, ciertamente, mejor partido que Leslie. Provenía de una familia de Somerset, establecida desde hacía tiempo, que, a pesar de su origen comercial, contaba entre los terratenientes acomodados, y a sus hijos se les dio el nombre de l’Étang. La propia Julia tenía familiares aristocráticos bastante impresionantes: la duquesa de Bedford era prima suya. Entre sus hermanas, primos, tíos y tías, el sentimiento familiar era muy fuerte: confiaban, de manera muy aristocrática, en la influencia y el patrocinio. Cuando uno de los parientes de Julia hizo una mésalliance realmente desastrosa, la joven pareja fue instada, de manera firme pero cariñosa, a partir para las colonias.
Los Stephen, por otro lado, solo recientemente habían escapado de la pequeña burguesía. James el deudor fue un aventurero extranjero y sin éxito; su hijo, aunque no fue políticamente un fracaso, había estado haciendo trabajo político de fracasado y estaba socialmente inseguro. Sir James fue el primero que se estableció de modo firme entre la clase profesional, pero sus hijos no tuvieron el dinero ni la influencia de los Prinsep, los Cameron o los Duckworth. Sus logros habían sido alzados sobre el intelecto y la iniciativa, sus dignidades las habían ganado en los tribunales de justicia, y su orgullo familiar era el orgullo de la noblesse de robe.
Considerados colectivamente, Mr. y Mrs. Stephen pertenecían a lo que se puede llamar nivel inferior de la alta burguesía. Tenían siete criadas, pero ningún criado. Algunas veces viajaban en coche, pero no tenían carruaje propio; cuando lo hacían en tren, viajaban en tercera clase. Las damas se hacían sus vestidos en modistas buenas pero de precios razonables. Leslie era miembro del Athenaeum y, naturalmente, del Alpine Club. A pesar de sus parientes importantes, no se aventuraron en lo que se llamaba «alta sociedad». En realidad, vivieron muy modestamente, aunque Julia tenía sus «domingos por la tarde», en los que un visitante podía encontrar parte de la sociedad intelectual de Londres. Su casa estaba situada en una zona respetable de la ciudad.
Se daba por descontado que los hijos asistirían a una public school y más tarde a Cambridge. Por lo que se refiere a las hijas, iban a ser instruidas, de manera decorosa, y, luego, se casarían.
Capítulo 2
1882-1895
Virginia nació el 25 de enero de 1882, en el número 22 de Hyde Park Gate. La casa todavía sigue en pie y está la placa con el nombre de su padre en la fachada. Tenía cinco pisos, a los que los Stephen añadieron dos más de una arquitectura atroz. Es una casa alta y sombría con un jardín trasero bastante grande.
En la parte alta de la casa había dos habitaciones ocupadas por los hijos del segundo matrimonio de Leslie. Laura, la hija de Minny, vivía aparte, hasta que la internaron en un «sanatorio» y, finalmente, en un asilo en York.[1] George, Gerald y Stella habían pasado ya la fase de la infancia cuando Virginia los conoció. De esta manera, el pabellón infantil era una unidad compuesta por cuatro miembros: Vanessa, Thoby y Virginia, con la adición de Adrian, que había nacido en 1883, a los que no separaba una gran diferencia de edad.
En un aspecto, Virginia fue una criatura poco común: le tomó mucho tiempo aprender a hablar correctamente, y no lo hizo hasta los tres años. Su hermana, y sin duda sus padres, estuvieron muy preocupados. De aspecto era, como Vanessa, notablemente bonita: era una niña de cara redonda como una ciruela, con los párpados y la boca como una escultura budista, profundamente esculpidos y de una dulzura exquisita. Tenía mejillas rosadas y ojos verdes. Así es como la recordaba su hermana, dando golpes, como si tocara un tambor, en la mesa de la habitación de los niños para pedir el desayuno que aún no había aprendido a pedir con palabras.
Las palabras, cuando llegaron, iban a ser, y para el resto de su vida, sus armas predilectas. Digo armas porque entre los niños había las dos cosas: amor y conflicto. Vanessa, a pesar de ser solo un año mayor que Thoby, se mostraba casi maternal en su cuidado, amparándole para que no se lastimara, sacrificándose por él y queriéndole tiernamente. Thoby, desde un principio, aprendió a aceptar tales servicios como algo natural, y si no fue un niño malcriado, por lo menos estuvo odiosamente favorecido. Cuando todavía era muy pequeño, se le describió como un muchachito fornido, testarudo y mandón. Sería otro Stephen, pero no un Stephen delicado y nervioso como su padre, sino un exuberante extrovertido como su tío Fitzjames, mientras que Vanessa parecía que iba a ser una Pattle total. De esta manera, ellos dos hacían una excelente pareja: la niña encantada de dar y el niño de recibir.
Virginia, inevitablemente, convirtió este simétrico modelo de afectos recíprocos en un triángulo. La llegada de Adrian no produjo una reforma del modelo original, puesto que Virginia tendía a unirse a los hermanos mayores y, en realidad, se dedicaba tanto a Thoby como Vanessa. Thoby era obviamente admirable, mientras que Adrian era delicado, triste y menudo. Así pues, las dos niñas, hasta cierto punto, competían por los favores de Thoby.
A pesar de esta latente y, al parecer, inconsciente rivalidad, las dos hermanas estuvieron, desde un principio y para el resto de sus días, muy unidas la una a la otra. Sin embargo, su afecto mutuo era sentido, o por lo menos expresado, de manera algo distinta y muy característica. Vanessa, aun percibiendo la brillantez precoz de Virginia, su inteligencia y dominio del lenguaje, sin embargo admiraba, por encima de todo, su belleza pura. «Me recordaba siempre una pera en dulce de un especial color de fuego.» Virginia, consciente de la belleza de Vanessa, valoraba más, sin embargo, la tranquila honestidad de su hermana, la grave asunción de responsabilidad hacia los más pequeños, la benevolencia imperturbable, el instinto práctico y el sentido común. Asimismo, desde temprana edad, Virginia comprendió algo de la magia de la amistad, la intimidad peculiar que poseen quienes tienen lenguajes privados y chistes privados, quienes han jugado en la penumbra entre las piernas y las faldas de los mayores, debajo de la mesa. No solamente quería a su hermana sino también, al parecer, la relación afectuosa que había entre ellas. Así, para la mayor, las apariencias eran lo que más amaba en el mundo o, por lo menos, cuando amaba, el amor se le presentaba por sí mismo en una forma visible. Para la menor, el encanto del amor entre hermanas residía simplemente en la íntima comunicación con otro ser, el disfrute del carácter. Desde un principio, se estableció entre ellas que Vanessa iba a ser pintora y Virginia escritora.
Se dio, sin duda, un buen número de escaramuzas en la habitación de juegos. Resulta interesante no el que tuvieran lugar —seguramente se producen en todos los cuartos de juego—, sino la manera en que tuvieron lugar. Vanessa y Thoby no eran originales en su táctica: gritaban, se insultaban y, sin duda, llegaban a pegarse. veces, cuando las provocaciones eran muy agresivas, «contaban historias». Virginia utilizaba las uñas y, a una edad muy precoz,[2] descubrió que podía atormentar a su hermana rascando con las uñas una pared pintada al temple, que era algo que ponía de punta los nervios de Vanessa. Pero, más tarde, aprendió la manera de usar sulengua y esto fue mucho peor: llamó a Vanessa «la santa»; era el mot injuste, que le quedó, y hasta los mayores se reían y se unían al sarcasmo, para el cual no había contestación posible.
Pero no solamente con palabras Virginia podía dar rienda suelta a su malestar. En aquel entonces, como siempre, sabía cómo «crear un ambiente», un ambiente de tristeza tormentosa y opresiva, un invierno de descontento. Lo hacía sin palabras, pero, de alguna manera, sus hermanos y hermanas sentían que había levantado una nube sobre sus cabezas, desde la cual, en cualquier momento, los fuegos celestiales podían estallar, y ahí también era difícil encontrar una réplica.
Sin embargo, había una réplica. Aquellos que pueden clavar un estoque en la psique de su adversario saben cómo hacerlo porque ellos mismos son vulnerables. Por lo menos, este era el caso de Virginia. Había cierta técnica para hacer que se pusiera «roja de rabia». Qué era no lo sabemos, pero Thoby y Vanessa sí lo sabían, y hubo ocasiones terribles en que ella adquirió un color que su hermana describió como «el más encantador rojo llameante». Sería interesante saber cómo se hacía, incluso más interesante saber si, como Vanessa presumía, estos paroxismos no resultaban enteramente dolorosos par
