PRÓLOGO
Este libro no es la biografía de Leda Bergonzi, sino la recreación de su historia, la que nos ha contado en fragmentos, en diferentes entrevistas que nos ha brindado en el marco de nuestro trabajo en Televisión Litoral (TVL). Como todo registro periodístico, es subjetivo y refleja lo que entendemos y experimentamos con relación a su persona y en cuanto a la intervención espiritual que despliega en los encuentros ofrecidos en distintos templos y en la ex Rural de Rosario.
Este relato se centra en el fervor que ha despertado en miles de personas, los supuestos milagros que se le atribuyen y el crecimiento de su obra en Rosario y alrededores. Es un testimonio personal que refleja nuestra mirada hacia esta mujer, en quien reconocemos a una católica devota con la sorprendente capacidad de transmitir un mensaje renovado de una fe liberadora, que promueve una transformación profunda en las personas y las invita a vivir en paz y armonía. Su mensaje es especialmente relevante en un contexto marcado por la creciente violencia y el resurgimiento de una crisis económica y social.
Consideramos que el fenómeno de fe que ha impulsado, a pesar de ser una laica sin consagración a la vida religiosa, y el hecho de contar con el apoyo de la estructura eclesiástica dibujan un porvenir diferente y alentador. En particular, sobre el papel de las mujeres tanto en la Iglesia católica como en otros credos en general.
CAPÍTULO 1
LA MUJER DE LOS CARISMAS
Un colectivo en Rosario pasa cargado de gente con destinos inciertos, uno entre los tantos que cruzan la ciudad, una y otra vez, cada día. Pero en este va sentado un hombre, de cara a la ventanilla, como si fuese un portarretrato ambulante. Leda camina por la vereda en ese preciso momento y alcanza a verlo, gracias a la transparencia del acrílico, en un recorte de tiempo mínimo pero en suspenso. El coche acelera y se pierde en la calle, y ella se queda paralizada, detenida en el instante en que hizo contacto visual con ese pasajero. Está agitada y conmovida porque, increíblemente, acaba de percibir el universo interior de un desconocido. A lo largo de un puñado de segundos ha podido distinguir su estado de ánimo sombrío y perturbado, como si hubiese arribado al rincón más íntimo e inasequible de su ser. Y se puso triste.
Es 2015 y Leda Bergonzi acaba de experimentar, por primera vez, una cercanía inédita y espiritual hacia un extraño. Se le ha abierto una puerta hacia las almas, ha recibido un pase libre al mundo interior ajeno, sin quererlo ni pedirlo. Esta extraordinaria capacidad le ha sido dada, ha recibido un regalo divino a través de la oración incesante que eleva de forma cotidiana al Dios de los católicos, la fe que profesa desde niña. Puede identificar el encuentro espiritual en el que vibró diferente, revivirlo con los ojos cerrados. Desde entonces, todo fue distinto, y adentrarse en los corazones dolientes o exultantes para medir sus latidos se volvió inevitable.
Hoy recuerda ese suceso matriz en su vida. “Yo ya tenía a mis hijos, mi casa, creía que estaba con Dios y que estaba todo bien. Pero ese día pude empezar a ver en el otro la necesidad. Había algo más. Dije: ‘Ya está, lo tengo todo’. Iba caminando por la calle, me acuerdo así puntualmente, veo a una persona arriba de un colectivo y sentí tristeza, fue algo raro”, comenta sobre aquel instante que cambiaría todo.
A pesar de considerar el origen celestial de estas experiencias inéditas, la primera reacción fue el rechazo. Todo era muy confuso. Le resultaba incómodo e invasivo esta especie de asalto a la razón que la sacudía de a ratos. Se daba cuenta de que nada iba a ser igual y trataba de escapar a ese destino de entrega total que vislumbraba cada vez que rezaba. El temor era muy grande, pero mayor fue el llamado a seguir adelante que sintió.
“Siempre me sentí incapaz, pero mi anhelo y mi sed por Él eran muy grandes. Siempre sentí que no tenía capacidad ni facultad, creía que podían hacerlo aquellos que estaban cultivados, que esto se estudiaba, que se vivía desde otro lugar”, admite sobre las cavilaciones que la rodearon cuando percibió aquellas primeras expresiones de los dones concedidos por Dios, lo que la Iglesia católica denomina carismas.
Poco a poco, el miedo se fue disipando, gracias además al acompañamiento espiritual de sacerdotes y el apoyo incondicional de sus compañeros y compañeras de Soplo de Dios Viviente, el grupo espiritual que conformó no solo para reunirse a orar y estudiar la Biblia, sino también para ayudar a la gente de los barrios más humildes de la ciudad y la región.
Junto con ellos, supo que podría hacerlo, sería puente, lazo y barco. Y vio, en el transcurso de sus oraciones, que a través de sus manos se iban a gestar cambios significativos y sustanciales en cuerpos y en almas, modificaciones que, al ser puestas en palabras, difundidas y esparcidas, la convertirían en una mujer pública, una figura mística pero laica, a la que muchos insistirían en llamar “la sanadora”.
CAPÍTULO 2
¿QUIÉN ES LEDA?
Leda Bergonzi nació en 1979 en Rosario, en una familia de clase media de cinco hermanos, entre los cuales está Aldana, su gemela. Desde muy pequeña cultivó su espiritualidad, combinando juegos, enseñanzas, picardías y descubrimientos con muchos momentos dedicados a la oración. Las figuras centrales de la Iglesia católica —Dios, su hijo Jesús, su madre la Virgen María y el Espíritu Santo— se integraron a su vida diaria. Como suele suceder en la crianza religiosa, esa familia sagrada se incorporó a la suya, guiando su pensamiento, sus formas de comportarse y, por supuesto, su visión del mundo. Aprendió a quererlos, a sentirlos reales y presentes, a revivirlos mediante las imágenes santas que había en la casa.
“Tuve una infancia feliz, rodeada de mi familia, con algunos problemas también”, revela sobre su niñez esta mujer de 44 años, con aspecto de jovencita, tan llamativa con su cabello largo, negro y brillante, mirada descansada y una sonrisa blanquísima, siempre dispuesta a la risa. Nada en su aspecto se condice con los estereotipos de mujeres devotas, muy vinculados a la virginidad y la inocencia proyectadas en esculturas y pinturas sacras. Leda es moderna y sexy, se viste a la moda y se maquilla fuerte. Su hablar es pausado y se permite el tiempo para encontrar las palabras justas. Se muestra calma, con un aire de cierta distracción, como si estuviese, de a ratos, en otra parte. Definitivamente, es sencilla y accesible. Su simplicidad la acerca a la gente, la vuelve un imán.
“Ya de muy chica empecé a sentir a Dios, creo que me marcó el tener estos encuentros personales, era mi búsqueda ya de muy chiquitita”.
“Cantábamos en misa con mis hermanas y amigas”, recuerda. “Esperaba el domingo con mucho anhelo”, asevera. Como muchas niñas católicas rosarinas de esa época —la Argentina recuperaba la democracia tras siete años de una dictadura militar sangrienta y atroz—, asistió al Colegio Misericordia, que por entonces, como la totalidad de las escuelas de culto, solo aceptaba mujeres. El establecimiento, que ocupa una manzana en el tradicional bulevar Oroño de la ciudad, es dirigido por religiosas, monjas que promovieron su educación dogmática.
Sin embargo, fue en su hogar donde Leda se empapó de fe. Su madre, practicante y participante de la vida religiosa en comunidad, fue central al impulsar a las gemelas a cantar en misa. Ambas, naturalmente dotadas para el canto, pusieron sus voces en temas musicales que enaltecían a Dios. Así, las hermanas hallaron un modo de contacto directo con la deidad que les había sido transmitida desde muy chiquitas y, al mismo tiempo, se hicieron un lugar en la liturgia católica. Pero, sobre todo, se sumaron a la vida parroquial. Y la Iglesia fue su círculo de pertenencia, participando en las actividades, haciendo amigos y amigas de su misma fe, incorporando en su universo un particular sentido de la existencia.
Más allá de su mamá, cuando Leda vuelve a su infancia, redescubre la importancia de otra mujer en su camino espiritual. “Tuve una abuela con mucha fe, muy mariana —le rendía culto a la Virgen María—. Creo que ella fue la que nos sembró esta semillita de lo que es la búsqueda de Dios”, señala sobre esta “agricultora” de almas que supo heredarle una creencia radical en la vida de su nieta. Leda creció absorbiendo el legado espiritual de sus antecesoras, mamando la doctrina católica incorporada en las pequeñas cosas del ámbito doméstico, descubriendo un mundo que, en simultáneo, le era relatado desde la religión.
Los años pasaron, y esa niñez cálida y luminosa se fue apagando. “Tuve una adolescencia difícil”, asegura Leda sobre su primera juventud. “Es por esto que yo me puedo dirigir a los jóvenes que van transitando muchos desiertos. La juventud es encontrar adónde va tu vida, qué es lo que querés, y lo importante es que uno sepa adónde va”, define. “Entonces, me tocó un momento en mi vida en que yo dije: ‘¿Qué es lo que quiero?, ¿qué estoy buscando?’. Creo que casi todas las personas buscan un porvenir, pero cuando llegás a tenerlo, es ahí que descubrís que eso no te llena. Eso
