Amalita

Soledad Vallejos
Marina Abiuso

Fragmento

PRÓLOGO

Nunca hubiera comprado este libro. Y dudo que alguien me lo hubiese regalado. Los que me conocen saben que, fuera del material de lectura por razones profesionales, el tiempo que le dedico por puro placer a la fascinante experiencia individual de la lectura está copado casi exclusivamente por el género policial. A lo sumo, me hubiera fijado por curiosidad, y algo de vanidad, cómo estaba contada la oscura historia de Loma Negra y el cártel del cemento que revelé hace ya más de diez años, que derivó en una causa judicial que los condenó y multó por cien millones de dólares en primera y segunda instancia, y que en estos momentos está a consideración de la Corte Suprema.

Pero resultó que lo que empezó por el compromiso con Marina y Soledad de escribir el prólogo para el que me invitaron, terminó siendo una lectura placentera e instructiva. A diferencia de una canción o de una película, los libros no se devoran de una vez sino de a bocados; y éste tiene el mérito de que provoca la ansiedad por retomarlo. Ayuda mucho que Amalita tuviera una vida apasionante más allá de su rol como empresaria. Apasionante no sólo, pero también, por los varios flirteos y amoríos con famosos importantes que se le van descubriendo con el pasar de las hojas.

La biografía la muestra multifacética, como inevitablemente corresponde a toda buena biografía. Está el espíritu schumpeteriano mezclado con la prepotencia y amoralidad de (¿casi?) todo gran capitán de industria; está la mancha negra de la relación con los dictadores que violaron los derechos humanos, y están los actos de humanidad que ella realizaba en forma reservada. Hay delirios de grandeza, extravagancias de aristócrata, finezas de sensibilidad artística, y el sufrimiento de un cuerpo que se arruga y de una vida que se apaga.

El libro enseña más si se lo lee en clave histórica, como aprendí a hacerlo leyendo las biografías de los Roosevelt, los Rockefeller, los Kennedy y los Ford que escribieron David Horowitz y Peter Collier, dos intelectuales estadounidenses muy controvertidos por sus posiciones políticas, pero extraordinarios en el arte de describir la historia de un país contando la historia de alguna de sus familias más influyentes.

En ese sentido, la vida de Amalita y la historia de Loma Negra reflejan y a la vez proyectan a la Argentina. Es un ejemplo de los tantos grandes grupos económicos que tuvieron nacimientos turbios; ejemplo de patria contratista; de corporación que crece en épocas de bonanza general pero que también lo hace cuando el país retrocede. Y en ese mismo sentido, el final de Loma Negra y de Amalita sirve como metáfora del capitalismo argentino: la empresa fue vendida a los brasileños, y lo que la señora dejó de herencia fue un museo y centenares de millones de dólares para su hija sin destino productivo conocido.

Agradezco a Marina y Soledad por haberme honrado con la invitación y porque eso me exigió leer un libro que no hubiera comprado.

MARCELO ZLOTOGWIAZDA

Diciembre de 2012

Amalia Lacroze de Fortabat siempre prometió que escribiría ella misma su biografía. Decía que tenía borradores y una suerte de diario íntimo que viajaba siempre con ella. Quizá fuera cierto, pero jamás la publicó. Aún no hay noticias de esos papeles.

Durante los meses de esta investigación, colaboradores muy cercanos de la empresaria aseguraron que existían; otros, también íntimos, lo negaron convencidos. En el mundo de Amalita nunca hay una sola versión sobre los hechos. Esas contradicciones son su mejor definición.

Muchos hablaron. Y lo hicieron a pesar de que habían pactado su silencio: cada persona que fue parte del universo Fortabat debió firmar, ante escribano, un acuerdo de confidencialidad. Pero esa formalidad no sirvió: quienes la tuvieron cerca, quieren contarlo. Suplican discreción para dejar testimonio —aunque sea anónimo— de Amalita y del papel que ellos mismos ocuparon en la construcción de ese mito argentino.

Lo mismo pasó a quienes mejor la conocieron. A veces desbordados por las anécdotas, otras, con cierta culpa, pero siempre con el placer de evocarla, aportaron sus memorias a este libro.

Amalita fue una creación de Amalia Lacroze de Fortabat. No importó que la verdad sufriera en el camino. Se inventó, se reinventó, se transformó; modeló una época y encarnó a una clase social que mutaba para sobrevivir y murió con ella.

Una vez me pregunté si todo esto tenía sentido,

si mi misión en el mundo no era otra.

Pensé muy seriamente en dejar todo

e ir a trabajar con los pobres al África.

Al final no fui por el calor.

Yo sufro mucho el calor.

AMALIA LACROZE DE FORTABAT, 1998

Amalita reía encantada. Nunca le habían hecho un regalo semejante. Jamás algo tan original. Sus cumpleaños representaban siempre un desafío para los invitados. Eran eventos memorables y esperados, planeados al detalle. La organización comenzaba semanas antes, con el diseño del menú: caviar, ostras, langostinos; sólo lo mejor. Las invitaciones se enviaban por correo y se confirmaban por teléfono. La concurrencia era siempre interesante y ecléctica: el artista Rogelio Polesello, el conductor Mariano Grondona, la animadora Susana Giménez, el ministro Domingo Cavallo, los empresarios Franco y Mauricio Macri. Mirtha Legrand, Bernardo Neustadt, una estrella del deporte, quizá un premio Nobel, algún escritor. Todos se enfrentaban al mismo desafío: ¿qué obsequiar a la mujer que lo tenía todo? ¿Cómo impresionarla? Lita de Lázzari, presidenta de la Liga de Amas de Casa, había encontrado una respuesta perfecta. Atravesaba la inmensa puerta del edificio de la avenida Del Libertador con un paquete de masas secas. “Las encargaba en una confitería muy bienuda de calle Corrientes, que yo sabía que a ella le gustaba”, recuerda.

Carlos Menem era el presidente y no podía llegar a una fiesta con masitas. En 1992, había dado en el clavo con un exquisito globo terráqueo de cristal con incrustaciones en lapislázuli, rubíes y diamantes acompañado por una tarjeta que decía: “El mundo está a tus pies”. No mentía. Menem le había dado un cargo para recorrerlo en su nombre y el de la Nación: Amalita era “embajadora extraordinaria y plenipotenciaria”, una suerte de abrepuertas internacional con rango diplomático y amigos influyentes, como David Rockefeller y Henry Kissinger. Ella había aceptado la propuesta y era toda una novedad; no cobraría sueldo, claro. Esa joya era un reconocimiento, un elogio, la síntesis perfecta.

Un año después, el 15 de agosto de 1993, Amalita cumplía 72 años y Menem tenía que superarse. De alguna forma, lo logró. Cuando vio el regalo, la embajadora soltó una carcajada y agradeció sinceramente. Le gustó tanto que pasó la noche entera arrastrando a sus invitados hasta donde lo había dejado; necesitaba que todos supieran qué le había llevado el Presidente:

—Tenés que ver esto, vení —decía, y tomaba a cualquiera de sus invitados del brazo, lo conducía hasta una habitación plagada de atenciones y señalaba un oso de peluche. Inmenso, ridículo.

CAPÍTULO I
CHICA DE SOCIEDAD

El debut fue brillante. Como se esperaba, esa noche de fines de primavera de 1939 resultó uno de los eventos más trascendentes de la temporada porteña: los destellos se debieron a la presentación en sociedad de Amalia Lacroze Reyes y sus amigas.

Todas las chicas se habían preparado con esmero; todas fueron agasajadas por los caballeros como lo que eran: jóvenes de buenas familias que empezaban a buscar marido. Así solía empezar la vida en los agitados salones de la sociedad argentina en los años 40.

En el petit hôtel de avenida Alvear, una cena fría precedió al baile. La vajilla de Sèvres, dispuesta sobre manteles de linón bordado, aguardaba a los invitados en el salón comedor, entre cortinados de taffeta celeste y mármoles, jarrones de plata con rosas rojas y perfume de miosotis, que sólo los no iniciados llamaban nomeolvides. Como ese espacio de lujo sobrio, al estilo Luis XVI, podía resultar escaso para la concurrencia, en la galería se habían dispuesto mesas más pequeñas con mantelería de hilo, perfumadas por macizos de anémonas rosadas.

Las niñas deslumbraban. María Rosa Green Devoto acompañó su traje clásico, de raso amarfilado, con una gargantilla de perlas. Ana Helena Martínez de Hoz, de gross blanco con encaje de Malinas en el escote, eligió aros y pulseras de brillantes. Un broche de las mismas piedras llevó Martha Bilbao Bullrich, que realzó su vestido de linón blanco con un tocadito de orquídeas pálidas. Adela White Lynch combinó tul Chanel blanco recamado con una pulsera de perlas. Angélica Mitre del Campillo recurrió también al encaje, tan en boga, para un detalle del vestido de organza blanca; sencilla, lo acompañó con un collar de esmeraldas y brillantes.

Amalita llevaba un vestido de crêpe imprimé en fresa y verde sobre fondo blanco. Usaba pulseras de fantasía.

Las presentaciones en sociedad eran un must de cada temporada: la alta sociedad gustaba demostrarse a sí misma que era posible la elegancia a pesar del mundo siempre en crisis. Algunas tradiciones tenían continuidad. Las jovencitas solían conocerse desde pequeñas con otras jovencitas de su misma edad y círculo social. Al promediar el año, al llegar a la mayoría de edad, en pequeños grupos solían acordar una fecha y un hogar anfitrión. Para una familia, convertirse en sede de una fiesta de presentación era un honor. Significaba que el patriarca sería anfitrión de un gran evento y su esposa, la responsable de que todo fluyera en una velada que las niñas recordarían toda su vida. Lo que el historiador Leandro Losada analizaba para el inicio del siglo XX argentino seguía siendo válido al comenzar la década de 1940: “La reputación de la casa familiar era otra manera de consolidar una posición dentro del alto mundo social, si tenemos presente que el espacio residencial condensaba el mundo de la familia y era, por lo tanto, una manifestación de su savoir-vivre”.1 No prestar la propia residencia para un baile de debut no hablaba mal de una familia, pero hacerlo daba lustre.

La crónica del mundo elegante recuerda que ese viernes 27 de octubre de 1939 hacía calor. Que el sarao se extendió hasta el alba y alternaron los programas musicales de dos orquestas; que antes de la comida, los esposos Green Devoto, anfitriones de la velada y dueños de casa, habían recibido a los invitados en la puerta. Que la lista de apellidos presentes en los salones desbordó la expectativa sembrada desde hacía semanas, cuando se había anunciado el evento. Había matronas elegantes, nombres que ya entonces eran mencionados en libros de historia y algunos otros que, aún ausentes de esas páginas, sonaban a progreso, campos, animales, futuro. Aunque fuera una fórmula, los cronistas sociales auguraban paraísos a las debutantes: “Todas ellas agregan al prestigio de sus nombres y a su belleza física tales condiciones de espíritu que las harán ocupar bien pronto un lugar de privilegio entre el elemento juvenil de mayor significación en los salones porteños”. No era enteramente el caso de Amalia.

Las fotos registran a una jovencita tal vez demasiado delgada para el vestido nada discreto y de espalda descubierta que había elegido. En uno de los retratos que, como a sus amigas, hizo el fotógrafo oficial del evento, apoya un brazo sobre la chimenea del salón, deja caer el otro con displicencia. Tiene pelo castaño, mirada huidiza, hombros desnudos y antebrazos prolijamente escatimados bajo larguísimos guantes verdes. Pese a la osadía del vestido, la debutante tenía pudor.

Si venía cansada del cocktail party que la noche anterior Inés Zavalía Bunge había dado para celebrar su cumpleaños, no lo demostraba. Pero en los retratos del ramillete de debutantes, Amalita tampoco trasunta el aire soñador de Ana Helena Martínez de Hoz ni el espíritu risueño de su amiga María Rosa Green Devoto. Aun cuando empezaba a acostumbrarse a circular en los salones elegantes, asistiendo a diners de beneficencia, organizando desfiles de caridad, acompañando cumpleaños en el hotel Alvear y comidas en el Plaza, en las imágenes de la joven Amalia hay incomodidad, sonrisa tímida, mirada huidiza, actitud de molestia ante la certeza más básica: estaba siendo observada.

En realidad, María Amalia Sara, primogénita del matrimonio Lacroze-Reyes, estaba lejos de ser un gran partido. En ella no afloraba el resplandor glamoroso que, en poco tiempo más, haría famosa en salones y revistas a su hermanita Sara Josefina. Amalita, sin ser una beauty, tenía la delgadez de las distinguidas, también apellidos; pero dote, no. Al menos, no en comparación con otras jóvenes herederas de su generación. Pero había cumplido 18 años hacía poco más de dos meses y ostentaba algún linaje.

Con el tiempo, explicaría al periodismo que descendía de la historia rioplatense y el progreso argentino: en su sangre se mezclaban la de un guerrero de la independencia uruguaya y la del pionero de los subterráneos porteños, en cuyo honor fueron bautizadas una avenida y una estación de subte. Quizá, con el correr del tiempo, Amalita llegó a creerse lo recogido erróneamente por algunas columnas sociales; tal vez los recuerdos de los relatos familiares escuchados en la infancia se le volvían confusos. En todo caso, aseguraba lo que documentos y testimonios de época no sostienen.

LA BOHEMIA Y LA TRADICIÓN

Su madre, Amalia Reyes Oribe y Reyes compartía apellido con Manuel Oribe, el general que devino presidente de Uruguay hacia 1835. Que descendía en línea directa de él, como afirmaban algunas biografías al paso, era algo que su hija jamás desmentía. Pero la genealogía2 aclara que la madre de Amalita no descendía de él sino de su hermano. Amalia Reyes Oribe y Reyes no tenía sangre del prócer fundador del Partido Blanco sino de su hermano: Ignacio Abdón del Corazón de Jesús Oribe y Viana. Ese era el tatarabuelo de Amalita.

Hija de Josefa Enriqueta Reyes Costa y César Agustín Reyes Oribe, nacida en 1892, la matrona Amalia Reyes de Lacroze velaba por Amalia, Sara Josefina y Alberto Juan “Bebe” Lacroze Reyes en el arduo camino de ritos y etiqueta hacia la vida adulta. Amén de criarlos, se había afanado en las horas de oración y modesta beneficencia de las Hijas de María de la Santa Unión, tradicionalísimo y aún más selecto grupo de ex alumnas del colegio religioso porteño de Esmeralda y Córdoba. Para las hijas de las familias conocidas, el Santa Unión de los Sagrados Corazones era una costumbre de clase, cuando ya las familias elegantes habían abandonado el Barrio Sur para instalarse en Catedral al norte.

Modesta a fuerza de escasos recursos, pero fundamental para reforzar la preeminencia social del apellido, Amalia Reyes Oribe había heredado de su madre, discreta matrona criolla, la pasión por la filantropía. Sin embargo, sólo la convivencia con su suegra, la respetadísima señora de sociedad Sara Laura Gowland de Lacroze, le enseñaría a convertirla en arte.

El padre de Amalita, criado entre tradiciones, seguía los pasos de su padre. Alberto Daniel Lacroze Gowland se recibió de médico a los 21 años con la tesis Anotaciones para el estudio de las cefaleas. Era hijo del doctor Juan Alejandro Lacroze Cernadas, que había fundado el modernísimo Instituto de Traumatología y Radiología porteño sobre el filo del siglo XX y lo dirigía entrada ya su segunda década. Allí haría Lacroze Gowland sus primeras armas, aunque luego se especializara en enfermedades de la nutrición y se destacara, por ejemplo, con su Estudio de la diabetes.

En diciembre de 1917, meses después de recibido, Alberto y Amalia se casaron en casa de los Reyes Oribe y Reyes. Caía la tarde. Ella vestía encaje de punto, una “diadema con barbijo de botoncitos de azahar”. En el salón, se había levantado un altar con tules y flores, crucifijo, candelabros de plata; allí se juraron amor, protección y obediencia bajo los auspicios de Miguel de Andrea, párroco de San Miguel Arcángel, obispo de Temnos y alma inquieta por la acción social que luego fundaría la Casa de la Empleada. A la ceremonia, reservada a parientes y amigos muy cercanos, siguió la reunión amenizada por una orquesta de cíngaros.

El padre de Amalita, discípulo de Gregorio Aráoz Alfaro y docente de cátedras de prestigio como las de Mariano Castex y Enrique Demaría —en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires—, no renunciaba a cierto espíritu bohemio. La primera de sus colecciones poéticas había aparecido cuando aún era estudiante y el casamiento, un proyecto de pasaje a la vida adulta: en 1915, en lo que por entonces se denominaba “edición íntima” y que ilustró el aún desconocido Juan Hohmann, se animó a compartir textos en la plaquette Elegías. Hoy la Biblioteca Nacional argentina atesora uno de los ejemplares de tapas marrones, ni cosido ni encolado sino armado artesanalmente y sostenido apenas por un cordoncito. Alberto Lacroze Gowland lo dedicó de puño y letra a José Ingenieros, “a quien debo encaminamientos que nunca olvidaré”.

El mismo día de su casamiento con Amalia Reyes Oribe y Reyes publicó su tesis doctoral. Dos años más tarde se daba el gusto de editar, por la tradicional casa Coni, su segundo poemario, El viaje inútil. La práctica profesional y el matrimonio, lejos de restarle tiempo, le habían brindado el suficiente para acrecentar su obra y aún sumar un modernísimo “poema contemporáneo”. Alguna oscuridad, sin embargo, albergaba, como en el poema “El mundo es una fábrica”:

El mundo es una fábrica… obreros ancestrales

Torcieron la palanca potente del Amor,

Y en el torno que ajusta las tuercas de los males

Pulieron los tornillos de bronce del dolor.

Axiomas y Rutinas son émbolos triunfales

Movidos por calderas de siniestro clamor;

Los hombres se moldean cual líquidos metales

En hornos sempiternos de flamíneo fulgor.

En medio de este infierno, como única bonanza

La máquina falseada que se llama Esperanza

Alimenta la vida con su fuelle cansado…

Repican los martillos sobre el yunque inseguro,

El corazón se forja… y esperando el futuro

Nos calcina el cerebro la fragua del Pasado.

En la Argentina, los Lacroze eran parte del estrecho universo de las familias conocidas, cuyo epicentro de la vida social transcurría en Buenos Aires. Las diversas ramas del apellido que Joseph Lacroze, tatarabuelo paterno de Amalita, trajo de un pequeño poblado francés llamado Castillon, se desperdigaban en otras tantas actividades. Juan Alejandro Lacroze Durán, único hijo de él y Jeanne Durán, supo ser comerciante en Chivilcoy, donde, antes de fundar la consignataria de hacienda Juan Lacroze e Hijos, había instalado una pulpería. Vivía en un “rancho de adobes con un amplio recinto foseado, guarnecido por cañoncitos de bronce”,3 por los malones tan usuales en la frontera. En 1860 murió en alta mar, camino al puerto de Le Havre.

Amalita no solía contarlo, pero del bisabuelo pulpero descendía el abuelo médico, y también sus diez tíos abuelos, algunos de los cuales, como era usual en el campo y con una ciencia médica todavía sin modernizar en la Argentina, murieron de bebés o niños.

Entre la multitud de tíos abuelos, Julio Alberto y Federico Lacroze destacaban por el espíritu emprendedor. Respectivamente diez y quince años mayores que el abuelo de Amalita, muertos décadas antes de nacida ella, estos hermanos habían arriesgado y ganado con una empresa que olía a progreso: los tramways. Su primera compañía de tranvías tirados por caballos, Tramway Central, había irrumpido a mediados de 1869, para males de carreros y beneficios de calles porteñas, hasta entonces abrumadoramente de tierra. Los empresarios se habían comprometido a empedrar algunas de esas calles como parte de la concesión.

En 1881, pidieron al gobierno bonaerense la concesión de una línea de tramways “de Buenos Aires al Tandil y Olavarría”. La idea era que los vagones llevados por caballos salieran de la estación Almagro, a cuadras de Plaza Miserere, y se encaminaran hacia “el Tandil, pasando por San Justo, Cañuelas, Guardia del Monte, Las Flores y Rauch, llevando así el comercio, la industria, la civilización y bienestar a pueblos desheredados de los beneficios de cómodos y económicos medios de comunicación”. No pudo ser. Muchos años después, una de sus sobrinas nietas reinaría en Tandil y Olavarría.

UNA INFANCIA ARGENTINA

El 15 de agosto de 1921, en Buenos Aires, nacía la primogénita de los Lacroze Reyes. Por costumbre, por diferenciarla de su madre, para la familia nunca fue Amalia sino siempre Amalita.

El padre del médico poeta había fallecido. Como mandaba la tradición, al ser su único hijo varón vivo, el padre de Amalita era quien velaba por Sara Gowland de Lacroze: él, su esposa y su madre vivían bajo un mismo techo.

Desde su nacimiento y hasta entrados los primeros meses de su primera vida de casada, Amalita vivió en la misma casa: el hôtel particulier más o menos tradicional que hacía ochava en Rodríguez Peña y Charcas (la actual Marcelo T. de Alvear), esquina hoy copada por el ajetreo de un maxikiosco.

A medida que la familia se ampliaba, con la llegada de Sara Josefina, en 1923, y de Alberto Juan en 1928, los tres pisos de la casa hacían gala de su flexibilidad. Madre, padre, tres hijos, abuela, personal de servicio compartían techo. La casa daba al parque, entonces arbolado, coquetísimo. Las campanadas de la iglesia Nuestra Señora del Carmen daban las horas; el palacio del Consejo Nacional de Educación, apenas asomar a la ventana, era también parte del paisaje habitual de aquellos años. Luego, acelerada la modernización de la ciudad, la postal iría mutando.

Dice la leyenda contada por la propia Amalita que, siendo ella bebé, la familia emigró a Francia: París reclamaba el joven talento del doctor Lacroze Gowland. En esa época, gracias a los recursos infinitos de un modelo agroexportador rozagante, la relación entre el franco y el peso todavía resultaba tan favorable para los argentinos que a una familia distinguida podía costarle menos pasar el año en la rue Foch que en las inmediaciones de la avenida Alvear.

Allí, al cuidado de su madre, quizá jugando entre la arboleda de los Champs-Élysées, la pequeña Amalita habría aprendido a hablar. Sus primeras palabras, sus murmullos de niñita, decía, habían sido allí. Lógicamente, en francés. Quizá no casualmente, el detalle recordaba otras infancias famosas de la elite, como las de las hermanas Ocampo.

Lo contó ella; lo repitieron los textos sobre ella, sus descendientes, sus amigos: entre el año y medio y los tres años de vida, Amalita fue una parisiense más. “Cuando llegué a Buenos Aires, tuve que aprender a hablar en español a los cuatro años”, dijo a la revista Somos en 1982,4 y lo repetiría en cada entrevista que fuera posible.

Sin embargo, los documentos de época dicen que la primogénita y su familia no abandonaron la casa de la calle Charcas. Lo comprueban las guías sociales, esos libritos de circulación exclusiva entre casas de apellidos conocidos y por los cuales el mundillo elegante podía relacionarse con naturalidad de primos aunque no lo fueran. Los Lacroze Reyes residieron siempre en Buenos Aires. Más precisamente, en la casa de Charcas y Rodríguez Peña. Tal vez hayan tomado alguna vacación, pero nunca se mudaron de país.

Pero la vida social puertas adentro era estricta, y algunas de sus reglas hasta habían sido escritas. Las guías sociales año a año renovaban su información. Sus editores consultaban con cada familia los datos fundamentales para aceitar la vida cotidiana: dónde residían, si había en ella “señoritas” (entendiendo por tales a jóvenes casaderas), dónde veraneaban, cuál era su teléfono, qué días recibían visitas los adultos de la casa; un apartado indicaba, además, quiénes eran los “caballeros” disponibles, es decir, los varones jóvenes en estado de disponibilidad para el matrimonio.

Cuando Amalita aún no había cumplido los dos años, vivía con sus padres en el Barrio Norte. Alberto y Amalia recibían visitas los segundos miércoles de cada mes; su abuela Sara, el segundo y el cuarto miércoles, pero sólo de mayo a octubre. El resto del año, ella veraneaba en Villa Sara, la quinta de Martínez legada por su marido y bautizada con su propio nombre, como era usual. Para Amalita y sus padres, el verano se repartía entre Martínez y Córdoba, donde eran recibidos por algunos parientes maternos. Pero el ocio, que ya entonces era sinónimo de distinción y vida holgada, no agobiaba a los Lacroze Gowland: el padre de Amalita entendía la medicina como una vocación de la que no quería descansar, por lo que los veranos largos en Mar del Plata o las temporadas en estancias (de las que carecían) no formaban parte del horizonte, como sí solía suceder con las familias distinguidas.

La niña Amalita, castaña como su madre, de nariz con carácter como su padre, fue una alumna discreta de la educación primaria pública más cercana, como la mayoría de las chicas bien de su generación. A ella le tocó la Escuela Superior de Niñas Onésimo Leguizamón, en el bello, inmenso edificio de avenida Santa Fe y Paraná. Sin desagradarle del todo, la escuela nunca terminó de ejercer fascinación sobre Amalita. Ya grande, un poco como jugando a la frivolidad y otro poco como confesando la debilidad insospechada, gustaba de contar que sabía sumar y restar, pero jamás había logrado dividir y multiplicar. Esos mecanismos se le resistían.

Entrada la adolescencia, la situación no mejoró. En el Colegio Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, fundado a principios del siglo XX por una congregación de religiosas españolas, duró sólo cuatro años. Su padre, a quien Amalita se sentía tan cercana que tenía “dolencias parecidas”, prefirió que abandonara las clases si eso les permitía almorzar juntos todos los días. Su escolarización terminó allí, a los 16.

LA DEBUTANTE

Esa noche de fines de octubre de 1939 estaba por terminar la temporada social. Mejor dicho: como cada año, llegaba a su fin la agitada agenda de eventos en suelo porteño, para dar paso al vértigo veraniego de playas marplatenses y estancias en todo el país.

Ya antes de debutar formalmente, en el marco de una gran fiesta, el nombre de Amalita surgía en las páginas sociales. Sabemos que cuando cumplió 15 años, preludio obligado de bailes y cocktails, sus padres ofrecieron “un té a un grupo de amistades”, entre las cuales ya revestían sus futuras compañeras de presentación Adela White Lynch, Angélica Mitre, María Rosa Green Devoto. Cerca de cumplir los 18, a mediados de 1939, la joven Amalia se largó a jugar su papel de chica de alta sociedad.

Años antes, la niña Amalia supo requisar las Vogue francesas que su madre coleccionaba: “Marcaba con una cruz los vestidos y los zapatos que me gustaban”. “Los que elegía eran cosas deslumbrantes, bordadas, muy espectaculares, como por ejemplo zapatos con tacos de strass”, contaría la Amalita adulta y empresaria a la revista Claudia en unas cuantas décadas. Por eso, tiempo después, su hermana Sara Josefina se reiría de ese espíritu de princesa de cuento. Decía Amalita que decía su hermana: “Nunca marcaste un tailleur de calle. Siempre vestidos de baile, como si te fueras a pasar la vida saliendo de noche”.5

En comparación con grandes socialités de la época, como Magdalena Nelson, las apariciones de Amalita son escasas, ralas. Sin embargo, justo es reconocer que, de lucirse, sabía hacerlo en los lugares adecuados: alguna fiesta “muy animada” en lo de Carmen Christophersen de Dodero (hija del noruego que financió la expedición de Roald Amundsen al Polo Sur) o algún cumpleaños en el Alvear Palace Hotel, espacio mundano por excelencia. Aunque la Argentina se preciaba de su profunda conexión con el mundo, entendiendo por tal casi exclusivamente al territorio europeo, los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial no hacían mella en los círculos elegantes.

El mundo cambiaba radicalmente el 1º de septiembre de 1939. Alemania invadía Polonia, y las peores sospechas todavía no habían empezado a confirmarse para el gran público. Al día siguiente, el diario La Prensa, que tan central había sido para comunicar pormenores de la Primera Guerra en la ciudad, advertía que haría valer su rol de luz informativa: indicaría “con su faro las victorias en el caso de una conflagración general en que entraran a actuar militarmente Francia, Inglaterra y Polonia y demás componentes del frente democrático contra Alemania”. De noche, la fachada del edificio de Avenida de Mayo al 500 indicaría “con luz verde de su faro, las victorias alemanas, y con luz roja, las democráticas”. La realidad fue más ardua, más difícil de comprender que ese código casi de semáforo.

Sin embargo, la vida del gran mundo, tan recorrido y fotografiado en revistas gráficas, seguía adelante. Nada podía detener a beldades, caballeros y señoras, empecinados en veladas cuyas listas de invitados eran cuidadosamente recitadas al teléfono de los cronistas de sociedad de los grandes diarios.

En cierto modo, Buenos Aires era otra ciudad, una ya existente pero en proceso de crecer. El puente sobre el Riachuelo estaba en construcción, la heladera Siam Di Tella se publicitaba como “la esfera mágica de acero” y se aprestaba “la ordenanza relacionada con el tránsito de peatones en la ciudad”, que no era otra cosa que la obligación de cruzar por las esquinas, empezando por las populosas de calle Corrientes y Avenida de Mayo. A todos les cabía algún sufrimiento: Madeleine Vionnet, la modista discípula de Paquin que vestía a las mujeres más elegantes de la elite, empezando por la legendaria Dulce Liberal Martínez de Hoz, cerraba su salón porteño.

Cuando faltaban semanas para que llegara a los 18, mientras la consagrada Victoria Ocampo agasajaba a los actores de la Comédie Française llegados a Buenos Aires, Amalita se prodigaba en un diner dansant a beneficio de un hospital de caridad. También en la “brillante fiesta de beneficencia” en que consistió el desfile Vanity Fair, en plena Dirección Nacional de Bellas Artes.

Un mes antes de su presentación, la tradicional sección gráfica de jóvenes de la sociedad que el diario La Prensa publicaba los domingos, posada pero con pretensiones de retrato al natural, se ocupaba de los “Paseos matinales en el Parque 3 de febrero”, modesto Bois de Boulogne porteño.

Amalita, a quien nadie, ninguno de sus amigos más cercanos, le conoció jamás mascota alguna, se dejó retratar llevando correa; a unos metros, tironeaba un perrito. La producción era compartida con otras chicas a punto de tomar por asalto los salones, como Carmen Gándara (futura escritora), María Inés Gómez Álzaga o Inés Ortiz Basualdo. La joven Amalia sonríe no sin dificultad. Un par de semanas después, cuando ya los preparativos para el gran baile de presentación eran una realidad, un pequeño eclipse. Nadie la registró en la cita crucial del hipismo: el Gran Premio Nacional, casi una prueba de fuego social. En el Derby argentino ni ella ni su madre ni su padre dieron el presente. Sin embargo, los Anchorena, los Unzué, los Ocampo, los elegantes de siempre no faltaron.

El debut social era inminente. Un día antes, quiso la casualidad que el diario La Prensa registrara entre los retornados a Buenos Aires al industrial Alfredo Fortabat y su esposa, Elisa Corti Maderna, en pronto retorno desde la estancia de Olavarría.

Cuando cayó la noche del 27 de octubre, la joven Amalia fue una de las reinas. Era la primera vez que la mansión Green Devoto, con sus salas “evocadoras de aquella suntuosidad del siglo XVIII que caracterizaron con su sello de arte las fiestas inolvidables”, abría sus puertas para tan lucido evento. Entre la multitud, que no era metafórica, a la primogénita Lacroze Reyes la acompañaban amigas como la incondicional Josefina Iriondo (posteriormente, Fifa Iriondo de Atucha) y hasta su futura concuñada, Inés César Alemán, hermana de quien sería el primer marido de su hermana Sara Josefina. Pero ese futuro quedaba lejos.

Días después de la presentación, el mundo volvía a su cauce: José Ortega y Gasset pronunciaba su última conferencia en la Asociación Amigos del Arte, epicentro ilustrado de la ciudad en el que podían coincidir Roberto Arlt y Jorge Luis Borges; en el balneario municipal comenzaba la temporada oficial. Sara Josefina, de cortos 16, ya organizaba con amigas una función a beneficio en el cinematógrafo Capitol.

AGENDA DE SOLTERA

Desde fines de 1939, el presente fue una sucesión de eventos y lucimiento. La pequeña Sara Josefina, aunque dos años menor, descollaba. Si participaba del comité organizador de un encuentro a beneficio, se la nombraba entre las primeras; si pasaba alguna jornada en Mar del Plata, la revista El Hogar, siempre abocadísima a la high society, daba cuenta de qué ropa, joya y arreglos conformaban su toilette;6 si enfermaba, las columnas sociales de los diarios lo informaban prontamente; si sonreía, una cámara la encontraba.

La luz no se derramaba de igual modo sobre Amalita. De rasgos tal vez algo duros, sonrisa esforzada y prolijidad sin alma, no terminaba de convertirse en estrella. Lo intentaba, de eso no hay duda. Los espacios de consagración eran las páginas de las revistas. Lo sabían las elegantes, reinas de esa ciencia por la cual alguien se convertía en objeto de admiración sin que se notara el esfuerzo para lograrlo. Entre fines de los años 30 y principios de los 40, en El Hogar, las páginas que Josefina Vivot Cabral dedicaba al guardarropa de chicas y jóvenes damas de sociedad eran codiciadas. Protagoni

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