OBERTURA
Las siguientes páginas reproducen un largo reportaje que le hice al Che Guevara, años después de su asesinato. No me demoro en explicar cómo se realizó ese prodigio, lo cierto es que yo hacía preguntas y muy de vez en cuando incorporaba alguna reflexión. Pero lo importante son las respuestas que me regalaba un Che evaporado pero vigente.
Nos sentamos en el bar que está a la vuelta de mi casa. Me sorprendió su amabilidad y un rostro más nutrido que el imaginado.
Hojeando las páginas escritas advierto que exploran momentos, ideas y hechos sorprendentes. Yo mismo no podía creerlos de entrada, sin embargo, a medida que avanzaba este curioso reportaje, fui aceptando que sus palabras eran sinceras y revivían una época, una vida y muchas aventuras que fueron dejándose de lado para agrandar su leyenda. Quizás por eso me atreví a seguir llenando renglones que a vos quizás también te sorprendan.
La sorpresa es un ingrediente maravilloso en cualquier obra literaria, y esto que te entrego es una obra literaria, pese a las objeciones que podrías hacerle. Enhebra historia con ficción, lenguaje arcaico con expresiones vulgares. Es una explosión que me ha producido una sacudida que duró mucho y llegó a generarme una extraña conmoción. Lo digo así porque si lo hubiese advertido de entrada, quizás te hubiera eximido de meterte en el berenjenal de una sorprendente aventura que hasta el día de hoy mantiene vivos recuerdos y enigmas.
El personaje al que le hago el reportaje me miraba con ojos cansados; le agradezco su buena disposición. Ojalá te ocurra lo mismo.
DESAFÍOS
Nos sentamos en el bar que está a la vuelta de mi casa. No pude frenar mi carraspera tras la sorpresa de verlo tal como lo imaginaba años atrás. Nuestras miradas demoraban en abrazarse. La mía era una catarata de preguntas que se atragantaban. Sobre la suya traté de investigarlo mientras ordenaba la vulgar tacita de café. Crucé los dedos para quitarles el frío. Él cruzó los brazos sobre el pecho que había recibido los balazos.
MARCOS: Si no entendí mal, aceptás este reportaje.
EL CHE: Sí, aunque me genere otro ataque de asma. Aún padezco esta enfermedad.
MARCOS: ¿Querés que empecemos por algún momento en especial?
EL CHE: Aunque te sorprenda, elijo mi primer enamoramiento.
MARCOS: ¿Por qué?
EL CHE: Fue un sacudón mientras avanzaba en mi carrera de médico. En esa época se hicieron evidentes dos vocaciones: viajar y ser escritor. Como viajero me mandé una gira por la Argentina en bicicleta y cada noche llenaba una o dos páginas contando lo vivido. Era un diario con exageradas pretensiones, mucha poesía y largas metáforas. Mi viejo publicó varias ediciones. Le sacó jugo comercial.
MARCOS: ¿No te gustaron esas reediciones?
EL CHE: Fueron útiles para revivir aquel tiempo en el que corría en busca de mi destino. No me interesaba la revolución. Ni siquiera me daba curiosidad esa palabra. Entonces entró en escena mi prima Chichina. Confieso que me impactó desde el primer momento. Aunque no su nombre, que sonaba vulgar. Tenía dieciséis años y era una piba bellísima. Cordobesa, como nosotros en ese entonces. En ese entonces…
No solo me enredaron sus brillantes ojos y su piel blanquísima, sino su voz. Aunque yo había dejado de ser virgen y me había revolcado con mujeres de atractivos diversos, Chichina me produjo un cimbronazo diferente.
MARCOS: ¿Diferente?
EL CHE: En ese tiempo me gustaba la poesía. Rodaban versos en mi cabeza y los repetía durante los viajes; elegía palabras que rimaban con Chichina. Por entonces ya vivíamos en Buenos Aires. Tampoco me avergüenza confesar que buscaba cualquier excusa para mandarme un viajecito desde Buenos Aires hasta Córdoba y reencontrar a esa piba. Me las arreglaba para juntar el dinero del pasaje con mi creciente arte de manguero.
MARCOS: ¿Qué decía ella de vos?
EL CHE: Fue un noviazgo breve y difícil. Chichina confesó que yo la había fascinado por mi físico y mi carácter insolente. El desparpajo de mi vestimenta le daba risa y, al mismo tiempo, un poco de vergüenza. No me sacaba de encima una camisa de nylon transparente. Compraba mis zapatos en los remates, de modo que los pies nunca estaban iguales. Ellos eran tan sofisticados que yo parecía un oprobio. Ella aceptaba mis bromas y cargadas sin inmutarse. Yo era hijo de un Guevara Lynch y eso justificaba todo. Una vez se desencadenó una discusión sobre el brillante Churchill; habían terminado las elecciones en Gran Bretaña y él las perdió. La discusión fue agria por la seriedad y habilidad con las que defendí mi postura; los sorprendí y creo que aumentó el contradictorio afecto que me tenían.
MARCOS: ¿Dónde te alojabas cuando la visitabas?
EL CHE: Bueno… Es otro asunto para clarificar. Ambos somos —o fuimos— cordobeses y conocemos el Palacio Ferreyra. Vos desde afuera, como todos los lacayos, por supuesto. Esta propiedad ocupaba unas manzanas a la entrada del hermoso Parque Sarmiento. Seguro tuviste alguna chapada o aventura entre sus árboles, flores y matorrales.
MARCOS: ¡Claro! Pero este reportaje no debe referirse a mí.
EL CHE: De acuerdo. Sigo, entonces. El Palacio Ferreyra era como un fragmento de la Europa oligárquica, como una burbuja de agua en medio del desierto. En esa época lo conocí y aprendí a quererlo y también a despreciarlo. Pertenecía a la más rancia aristocracia en todos los sentidos. Sus propietarios también lo eran de las Canteras de Malagueño. Vestían muy bien, practicaban tenis, polo y otros deportes de alcurnia. Por lo menos así parecía en ese tiempo. Comían con despliegue de refinamiento, mucha platería, como si estuvieran en un palacio en Londres. Mi irrupción causaba malestar: me vestía como un mendigo y hablaba sin cuidar las formas. Pero supongo que a Chichina le resultaba atractivo. Nuestra diferencia de edad no era importante. Yo tenía veintidós años y me hundí en un amor que no había conocido hasta entonces. Su sola cercanía me desencadenaba taquicardia. En serio. Yo mismo me asombraba. La besaba en sueños. Acariciaba sus hombros de terciopelo. Sus labios ocupaban toda la escena, como en una película.
MARCOS: Pero ese amor —o amorío— no duró toda tu vida.
EL CHE: No toda, pero bastante. ¿Querés una prueba más elocuente de mi amor? Yo insistía en que nos casáramos; era un burgués lleno de prejuicios, envenenado por ideas antiguas. Incluso pretendí arrancarle una pulsera para llevarla como amuleto. Pero nuestro amor no prosperó. Años más adelante me uní a otras dos mujeres: las madres de mis hijos. No obstante, jamás se borró de mi cabeza el recuerdo de Chichina. ¿Cómo llamarías a eso?
MARCOS: Una de tus misteriosas intimidades. U obsesiones.
EL CHE: Tal cual. Por eso no acepto eliminar esos momentos. Fueron las raíces de odios ocultos, de inexplicables agresiones. Cuando me recibí de médico aspiraba a solucionar el mal de la lepra. Me reunía, jugaba, charlaba y consolaba a enfermos que a otros les suscitaban horror.
MARCOS: ¿Odios?
EL CHE: También. ¿Suponés que alguien que pasaba meses en leprosarios y atendía con ternura a hombres, mujeres y niños afectados por esa enfermedad de antigüedad bíblica sería capaz de ordenar fusilamientos? Sí, ¡lo hice! Con firmeza y convicción. Raro, ¿no? A poco de triunfar en Sierra Maestra, en Cuba, nuestro comandante, Fidel Castro, me designó capitán de La Cabaña, la prisión donde se mantenía encerrados a los delincuentes que habían gobernado el país durante la dictadura de Fulgencio Batista. Allí, en su agrietado escritorio, firmé centenares de condenas a muerte. Ese recuerdo me avergüenza. Pero ahora, antes de referirme a La Cabaña, hablaba de Chichina y del deslumbrante Palacio Ferreyra.
MARCOS: Así es. ¿Retomamos el hilo cronológico?
EL CHE: Por supuesto, volvamos. Lo cierto es que la hermosa Chichina no se iba de mis pensamientos. Mi apellido y el incomprensible prestigio de mi viejo facilitaban mi ingreso al Palacio. Allí había una gran colección de novelas. Me las iba devorando noche tras noche, en especial cuando Chichina se las arreglaba para mantenerse alejada de mi búsqueda.
En una de esas noches frustradas, ella se me acercó, curiosa. Doblé la punta de la página y cerré el volumen. Desperté en una corte del Lejano Oriente. Ella era una hurí despampanante. Tendí mi mano hacia su cadera y traté de acercarla, pero se negó. Se avivó mi deseo como nunca antes. Estaba inmerso en una mezcla de frases e imágenes confusas, entonces me arrojé al piso, arrastrándola. La alfombra se parecía a la de un sultán. Vivía en dos mundos. Ella se dio cuenta e intentó alejarse, pero yo era un incendio. Me levanté con torpeza y salté para abrazarla. Conseguí rodear su cintura, pegar mi mejilla a la suya. Chichina hizo esfuerzos para liberarse. En medio de esa confusión escuché a los soldados que trepaban por la escalera y grita
