Didion y Babitz

Lili Anolik

Fragmento

Si la intensa fascinación es amor, entonces yo amé ...

Si la intensa fascinación es amor, entonces yo amé a Eve Babitz.

La conocí en el verano de 2012. Ella vivía en un apartamento de una sola habitación de un edificio envejecido por el sol de una calle tranquila en el lado este de West Hollywood. Entrar en el apartamento era difícil, casi imposible. El porqué no es fácil de explicar. Para empezar, ella era de una rareza radical. Esto suena a una manera educada de llamarla loca, y estaba loca. (La enfermedad de Huntington se le llevaba comiendo el cerebro hacía bastante más de una década). Pero no solo estaba loca, y no siempre estaba loca. Tenía muchos momentos de lucidez. El problema era el hedor —negro, asqueroso, nauseabundo— que rodeaba el apartamento como un campo de fuerza.

Fue la intensidad de mi fascinación lo que me permitió, por fin, un día de invierno de 2013, romper aquel campo de fuerza y cruzar la puerta. Las luces estaban apagadas, las persianas, perfectamente cerradas contra el sol de California. Esperé a que se me adaptara la vista. Lo hizo, y lo que vi fue inmundicia a gran escala: basura amontonada sobre cada superficie, embutida en cada hueco, que parecía crecer del suelo, de los muebles, de las paredes; que parecía estar viva, como una especie de planta selvática. No había espacio para sentarse, y apenas para estar de pie. Y el olor —aquel denso y caliente hedor— me obstruía la nariz, la garganta. No podía tragar ni moverme ni pensar. Tuve que abrir la boca para respirar.

Cualquier esperanza que pudiera haber tenido de que Eve conservara registros o papeles personales se desvaneció en el instante en que crucé el umbral de la Unidad 2 en el 951 de North Gardner. Nada podría sobrevivir en un entorno así de pútrido. Ni siquiera Eve, quien sucumbió al Huntington el 17 de diciembre de 2021, a los setenta y ocho años.

Sin embargo, algo sobrevivió después de todo. En lo más profundo de un armario que yo no sabía que existiera había una pila de cajas de cartón. Las cajas estaban impolutas, la cinta americana que las sellaba, intacta. Dentro: diarios, fotos, álbumes de recortes, manuscritos, cartas.

No. Dentro: un mundo perdido.

PREFACIO

Mi libro sobre Eve Babitz, Hollywood’s Eve, salió en 2019. Escribirlo fue mi manera de clavarle una estaca en el corazón.

No era que no la amara. Lo que pasaba es que la amaba demasiado. Fui su esclava durante nueve años, desde que compré una copia usada de Días lentos, malas compañías a un vendedor de segunda mano, en Amazon, en 2010. Mi apetito por los detalles sobre ella era constante, insaciable. Su hermana, su prima, sus antiguos amantes y rivales y compañeros eran ahora mis amigos. Y cuando no estaba al teléfono con ella, estaba al teléfono con ellos hablando de ella: de su carácter y pasado, de sus motivaciones, tan opacas como lúcidas, de las diversas inconsistencias de trama que abundaban en su narrativa.

Mi interés era desequilibrado, fetichista. Enfermo, eso es lo que era. Y me tenía enferma (ansiosa, avariciosa, y, en un sentido oscuro y a la vez vital, abandonada de mí misma). Necesitaba dejar de vivir su vida. Reclamar la mía. Necesitaba ponerme violenta.

Eso es lo que pasaba con Hollywood’s Eve, que, por cierto, comenzó siendo un libro completamente diferente: un libro sobre Los Ángeles desde mediados del siglo xx hasta principios del xxi, con Eve como figura clave, aunque solo una entre muchas. Y luego Eve tomó el control. (Quiero dejar claro que no me refiero a Eve la persona, quien, cuando la conocí, era una Eve hecha de sombra, que estaba pero que no. Me refiero a Eve la energía, Eve el espíritu). Tomó el control con mi consentimiento. La idea era entregarme a mi obsesión, someterme a ella, dejar que me enloqueciera para que, al final, se marchara ella o lo hiciera yo. Una especie de autoexorcismo.

Era un plan de lo más arriesgado. Pero funcionó. Después de la publicación, ya no me sentía angustiada o enloquecida. Era capaz de centrarme en mi familia, que iba en aumento. (Cuando conocí a Eve, estaba embarazada de mi primer hijo. Tendría al segundo dos años después). Era capaz de dedicarme a mis nuevos intereses y proyectos: una historia oral de los escritores del Bennington College, clase de 1986, para el Esquire; un pódcast sobre la antigua estrella de cine para adultos, Traci Lords, para una compañía llamada Cadence 13. En resumen, de pensar en algo —en alguien— distinto.

Estaba salvada.

El día de Año Nuevo de 2021, la hermana de Eve, Mirandi, me llamó por FaceTime. Mirandi y yo acostumbrábamos a hablar semanalmente, pero nos habíamos saltado las últimas semanas: locura vacacional. Y nuestra conversación era alegre, vacía; lo que decíamos era menos importante que el acto de decirlo.

Llevábamos veinte minutos de llamada. Me estaba hablando de Eve y su mudanza el mes anterior a una residencia asistida en Westwood, a la que Eve se había resistido a ir durante años.

—A Eve le encanta —dijo Mirandi. Al instante, corrigió esa afirmación—: Bueno, Eve no la odia.

Yo solo estaba escuchando a medias. Archie, mi hijo pequeño, había entrado en la habitación y me estiraba del brazo. Quería jugar. Dándome cuenta de que estaba asintiendo con la cabeza, aunque Mirandi no hubiera dicho nada que requiriera hacerlo, me obligué a detener el cabeceo. Miré a Archie con los ojos muy abiertos —una advertencia— y le dije a Mirandi:

—¿Qué es lo que no odia del sitio?

—Para empezar, le limpian la habitación. Y le cocinan.

—Es como vivir en un hotel caro. Joder, qué sorpresa que no se queje. —Ignoré la mirada que me estaba poniendo Archie por el joder, después decidí no hacerlo—. Perdón —gesticulé con la boca.

Mirandi se echó a reír.

—Ya, en uno del que no tiene que irse.

Subiéndome a Archie al regazo, cambié de tono para sonar seria.

—¿Necesita alguna cosa? Quiero decir, ¿algo que yo le pueda conseguir?

—Mira quién está aquí, hola, jovencito —le dijo Mirandi a Archie. Y a mí—: No, creo que tiene de todo.

—¿Seguro?

Mirandi levantó un dedo.

—Me pidió que te pidiera que le envíes P. G. Wodehouse.

—¿Te dijo qué libros?

—No.

—Pues le enviaré unos cuantos. Mándame un mensaje con su dirección cuando colguemos.

Mirandi dijo que lo haría. Luego se lanzó a contarme una enrevesada historia sobre la dificultad de cerrar el apartamento de Eve. Por lo visto, Eve no había pagado la hipoteca durante más de un año. Wells Fargo había vendido la póliza a otra empresa que, a su vez, la había vendido a otra empresa más, y esa empresa ahora exigía a Mirandi que presentara todo tipo de documentos extraños. Además, el agente fiduciario, «un judío persa encantador», de repente ya no se comportaba con tanto encanto, y Mirandi sospechaba de alcoholismo.

Archie se estaba impacientando en mi regazo. Esperé a que Mirandi hiciera una pausa, que respirara, para poder interrumpir, decirle que me tenía que ir. Solo que ella lo hizo primero, se interrumpió para decir:

—Ah, lo que quería contarte. Estaba vaciando los armarios de Evie, sobre todo tirando cosas, pero al fondo de uno, debajo de un montón de porquerías, encontré unas cajas. Las debió de haber hecho nuestra madre cuando Evie dejó Wilton Place allá por el… —Se detuvo, movió los labios calculando en silencio.

—2001 —sugerí automáticamente.

—Eso es. Seguro que Evie se olvidó de que las tenía, pues de haberlo recordado nunca las hubiera dejado ahí. Bueno, abrí una. —Mirandi se inclinó hacia la pantalla con secretismo—. No te vas a creer lo que hay dentro. Cartas. Montones de cartas; a Eve, de Eve, y…

Las palabras de Mirandi acababan de tocar mi consciencia, apenas la habían rozado, cuando noté que se me secaba la boca, una inquietud en la boca del estómago. Una voz dentro de mi cabeza susurró: «Ha vuelto».

Archie empezó a balancear las piernas, golpeándome dolorosamente la espinilla con el talón. Me lo quité bruscamente del regazo. Él lloriqueó: un sonido distante.

—¿Estás bien, cielo? —dijo Mirandi.

Me froté los ojos, esos ojos que antes eran míos, y asentí.

—Sí, perdona. ¿Qué decías de las cajas?

Mirandi habló, pero no pude oír nada de lo que dijo. El miedo y la angustia me latían en la sangre junto al corazón, un húmedo y pesado pum, pum, pum.

Esas cajas.

Estuve esperando a que Mirandi me pidiera que volara a Los Ángeles y las revisara con ella. Pero pasaron las semanas y no lo hizo. Así que, igual que Eve las había empujado al fondo de su armario, yo las empujé al fondo de mi mente. Y allí es donde se quedaron durante casi un año.

En ese casi año, logré hacer cosas: convertí la historia oral de los escritores del Bennington College en un pódcast, vendí una propuesta para un libro sobre la misma temática a Scrib­ner, escribí varios artículos para varias revistas. Llevé a mis hijos a la escuela, a mi perro al parque, y di por supuesto el apoyo de mi marido. A veces, limpiaba. Otras veces, las menos, cocinaba. Nunca estaba desocupada.

Y entonces, unos pocos días antes de la Navidad de 2021, Eve, quien había estado muriéndose poco a poco, se murió de golpe.

Su funeral tuvo lugar a mediados de enero. Finalizó la ceremonia, y Mirandi me llevó a un lado. Tras bajarse la mascarilla —el covid todavía estaba furibundo—, me preguntó si quería ir con ella a la Biblioteca Huntington, aprovechando que estaba en la ciudad. (La Huntington había adquirido los archivos de Eve, incluidas las cajas, especialmente las cajas). Incapaz de pensar en una manera educada de decir que no, dije que sí.

A la mañana siguiente me fui en Uber a la Huntington, nada más salir de Pasadena, en San Marino. Llegué antes que Mirandi. Esa había sido mi intención. No sabía qué tipo de reacción tendría y quería tenerla en privado.

El conductor me dejó junto a las puertas de hierro forjado. Bajé por el sinuoso camino que recorría aquella propiedad —espectacular, aunque yo casi no me di cuenta— hasta la biblioteca de investigación. En la recepción, me bajé la mascarilla. El guardia me acercó el documento de identidad a la cara para asegurarse de que las dos coincidíamos. Me entregaron unos guantes de goma junto con la orden solemne de no tocar fotografías o negativos con las manos desnudas. Luego me guiaron a una sala grande y silenciosa llena de mesas. Me senté junto a una de las del fondo y ahí jugué con las puntas de los guantes y esperé a que el hombre de detrás del mostrador dejara el periódico y me trajera la primera caja. Sobre mi cabeza, un reloj de pared marcaba suavemente los segundos. Escuché aquel sonido, el del paso del tiempo, y traté de controlar la colisión de mis pensamientos.

Lo de las cajas no será tan importante, me dije a mí misma. Sin duda, Mirandi sobrevaloraba su contenido. Probablemente, «montones de cartas» no fueran más que algunas postales envejecidas mezcladas con recibos de la tintorería, facturas impagadas, folletos de propaganda y menús de comida para llevar de restaurantes que habían cerrado hacía mucho. Después de todo, Eve era la mujer más desordenada del mundo. ¿Acaso no había encontrado Mirandi un dibujo de Ed Ruscha, un Eve —que valdría un par de cientos de miles de dólares, mínimo— en el roñoso suelo de su dormitorio y con una marca gigante de suela de zapato plantada en mitad del papel? ¡Por el amor de Dios! Quizá había ido allí para nada. Quizá ella había acabado conmigo de verdad. Quizá me dejaría ir.

Por fin, el hombre colocó la caja sobre mi mesa. Le di las gracias con una sonrisa. No me correspondió con la suya, y pasaron algunos segundos hasta que comprendí por qué: no me pudo ver la sonrisa; me la tapaba la mascarilla.

El hombre regresó a su escritorio. Esperé a que abriera el periódico —una cortina entre nosotros— y me acerqué la caja. Con una mano temblorosa, levanté la tapa.

El primer elemento que cogí: una carta. Se trataba de una página y media, mecanografiada y con correcciones escritas a mano, de Eve a su «Querida Joan». Querida Joan. Me quedé mirando fijamente esas dos palabras —incomprensibles, inescrutables— hasta que de golpe comprendí su significado: «Querida Joan» era esa Joan; la Joan.

Joan Didion.

El entusiasmo me subió a la garganta como si fuera bilis. Algunas frases empezaron a saltarme encima: «bebés ardiendo», «malcriado, baboso e innecesario Arte». Cerré los ojos con fuerza. Cuando los volví a abrir, los arrastré hasta la primera línea y comencé a leer, obligándome a ir lenta.

Querida Joan:

Esta mañana te he telefoneado y quería que leyeras Una habitación propia, porque me impactó, porque estaba pensando en lo que me dijiste de Quintana y los aspersores, y estaba de nuevo recordando esa brillante precisión que Virginia Woolf consiguió en Las olas (que dices que no has leído).

Es tan difícil poner según qué cosas juntas, y especialmente tú y VW, porque estás enfadada con ella por sus diarios. Tiene que ver solo contigo que no puedas soportar sus diarios. Va con Sacramento. Tal vez es mejor que te quedes con Sacramento y odies los diarios e ignores el hecho de que cada mañana, cuando ves la mesa del desayuno y te sientes incómoda porque prefieres irte, regresar a tu máquina de escribir, tal vez es mejor lo que haces, examinar todos los aspectos de tu vida, excepto el principal que Sacramento borraría de un plumazo, pero del que V. Woolf no deja de hablar. Quizá tiene que ver contigo y con Sacramento que te parezca poco digno, nada críquet [sic] y de mala educación permitir que el Arte sea una de las variables. El Arte, por Dios, Joan, me avergüenza mencionarlo delante de ti, de verdad, pero tú mencionaste bebés ardiendo encerrados en coches, así que yo puedo mencionar el Arte.

Dijiste que lo único que te gusta hacer es escribir. Imagínate que estuviéramos doscientos años atrás y lo único que te gustara hacer fuera escribir. Ya sé que no me explico, pero la cuestión detrás de tu artículo sobre la liberación de la mujer va de lo mismo que trata Una habitación propia. Todo lo que está pasando ahora sobre la mujer es tan cruel y obsceno la mayor parte del tiempo que no me extraña que una se eche atrás horrorizada. Pero, durante mucho, muchísimo tiempo, las mujeres no tenían dinero, ni tiempo y se las consideraba poco femeninas si brillaban como tú, Joan.

Piénsalo, Joan, si tuvieras metro cincuenta y cinco de estatura y escribieras como lo haces —la gente te juzgaría diferente, a ti y a tu obra, se inventarían motivos…—. ¿Podrías escribir lo que escribes si no fueras tan menuda, Joan? ¿Te dejarían hacerlo si no fueras físicamente tan inofensiva? El equilibrio de poder entre John y tú, ¿no se hubiera desmoronado hace mucho si no fuera porque la mayor parte del tiempo te toma por una niña, así que no importa que seas famosa? Y tú misma haces que parezca que eso está bien, porque siempre estás refiriéndote a tu tamaño. Así que lo que haces, Joan, es vivir en los días de los pioneros como una valerosa superviviente del Paso Donner, preparando conservas, despreciando los movimientos de liberación de la mujer, pretendiendo que el Arte no existe y deseando poder largarte a escribir.

Me avergüenza que no leas a Virginia Woolf. Es como si la consideraras una «novelista para mujeres» y que solo puede gustar a las cabezas de chorlito, mientras que tú, periodista incisiva y precisa, tú nunca querrías formar parte de la clase de gente que deambula sin rumbo en Las olas. Tú prefieres quedarte con los chicos a reírte de las bobadas de las mujeres y a escribir con tu prosa certera sobre María que todo lo tenía menos el Arte. El vulgar, malcriado, baboso e innecesario Arte. Yo a veces pienso que es lo único verdaderamente real, salvo por el asesinato, o la muerte. El Arte es lo divertido de la vida, al menos para mí. Es la salvación.

Cuando llegué a la última frase, traté de respirar profundamente, pero vi que no podía. El aire se negaba a permanecer dentro, a salir. Solo pude respirar de manera superficial, rápida, apenas utilizando los pulmones.

Una riña entre amantes. Eso era aquella carta. Aquel tono que alternaba entre el j’accuse y el servilismo, las recriminaciones y el resentimiento arrojados como rayos, aquellos destellos de ira, desesperación, impaciencia, desdén. Eve se dirigía a Joan como si la llevara muy dentro, bajo la piel, y como si ella misma se hubiera introducido también bajo la piel de Joan.

Estaba oyendo una conversación que se suponía que no debía oír, y mis ojos escuchaban voraces. Era consciente de que me estaba comportando como una entrometida, una mirona pegada al agujero de la cerradura, una fisgona agazapada detrás de la ventana. Y me sentía culpable, sin duda. Pero no podía parar. Algo profundo me estaba siendo revelado.

No era nada nuevo que Joan y Eve formaran parte de la misma escena de finales de los sesenta y principios de los setenta. (La de Franklin Avenue, así llamaba yo a esa escena en mi cabeza, porque tenía su epicentro en una casa destartalada de una zona de Hollywood venida a menos en la que Joan vivía con su marido, el escritor John Gregory Dunne, y con su hija adoptiva, Quintana: el 7406 de Franklin Avenue). Tampoco era noticia que Joan hizo un favor a Eve con lo de la Rolling Stone. (Joan recomendó a la revista un artículo que Eve había escrito sobre las chicas de Hollywood High, y la revista lo publicó. El primero firmado por Eve). Lo que sí era nuevo: que lo que Eve sentía por Joan tuviera tal urgencia, tal fervor, como para que le escribiera una carta en la que se mostrara tan claramente agraviada.

Y tan sutilmente agresiva. Cuando llama a Joan «periodista incisiva y precisa», quiere hacer sangre. La carta fue escrita en 1972, cuando Joan tenía ya tres libros publicados, dos de ellos novelas —Río revuelto y Según venga el juego—, y estaba a punto de comenzar la tercera novela, Una liturgia común. Que las novelas eran para Joan su «verdadero» trabajo y solo se dedicaba al periodismo entre la escritura de estas, como para no olvidar el oficio, nadie lo dudaba. Que Eve la llamara periodista, por tanto, suponía un menosprecio enorme.

Yo conocía a Eve muy bien. Pero, después de leer aquella carta, me di cuenta de que no la conocía en absoluto. O, para ser más precisa, de que conocía a la Eve equivocada.

Mientras escribía mi Hollywood’s Eve, pude acceder a ella en todo momento. Desde 2012 había estado atendiendo a mis llamadas y respondiendo a cualquiera de mis preguntas, de día y de noche. Pero yo no había tenido acceso a la Eve de, digamos, 1972; es decir, a la Eve del pasado. Y la Eve del pasado era la Eve que yo quería. Por supuesto, a la Eve del pasado se la podía encontrar en sus libros más o menos autobiográficos. Pero no de verdad, no del todo. Al transformar la vida en arte, Eve se había borrado de la vida. En otras palabras: el yo de sus relatos no era exactamente el yo que los narraba, independientemente de que toda escritura autobiográfica se base en la premisa de que ambos son uno y el mismo, una entidad única y congruente. La carta a Joan probaba que se trataba de dos entidades incongruentes. La voz de aquel yo era más aguda, oscura, más desconsolada, menos trivial.

Además, puede que la Eve de 2012 en adelante hubiera sido sincera respecto a su vida, pero —de nuevo— se distanciaba de esta. El paso de los años la había apartado. Se había ido alejando de sí misma. Cuando yo la conocí, era una anciana que, a su manera, se sentía en paz con la vida. En aquella carta, sin embargo, aparecía joven y feroz. Habitaba el caos y la confusión, la turbulencia y la tensión del momento. El tiempo todavía no la había insensibilizado. Ni había sanado sus heridas. Estaban abiertas, sangrantes, y ella

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