Querida Fer:
Para empezar, qué bueno seguir haciendo cosas juntas, cosas de a dos, después de tantos años. Me quedé pensando en todas las genialidades que hiciste en el “Taller de magia y poesía” donde dijimos que la magia misma es el milagro de que exista el poema y vos, que hay que montarse de poeta. Esa idea —o ese mandato— sintetiza lo que es la poesía para mí: me puedo vestir de poeta y escribir el mejor poema de mi vida dentro de cinco minutos (o dentro de diez años). Tengo que encontrar el traje adecuado, todas las prendas están dentro mío, son mis vísceras o es el aire que ahora está en mis pulmones y que después será palabra en la página. En fin, quería hablar de esto porque a través de la poesía empezó todo; poesía como la entendemos nosotras, que no es la de los libros. Antes de que Belleza y Felicidad tuviera un nombre pensábamos en ponerle “esclavas de la poesía” o “poesía, qué alegría que tú existas”. No sé si era algo que decíamos, nada más, como las dos chicas poseídas por un impulso extraño que éramos y hoy, aunque seamos señoras, de alguna forma también lo somos. Montarse de poeta: gracias por esta frase. Cuando esté sufriendo voy a pensar: uno, dos, tres, voy a montarme de poeta, voy a montarme de poeta, ya.
El primer día que te vi me di cuenta de que eras una genia absoluta. No sé por qué, terminamos juntas en un supermercado Disco y yo te saqué una foto. Tenías un camperón azul o verde oscuro, siempre te vestiste muy bien. Me acuerdo de algunos de tus increíbles atuendos: de un top verde manzana con una pollera que te habías hecho vos y que te pusiste una vez que fuimos a bailar al Morocco con Gaby Bejerman, nuestra amiga poeta. También de un chaleco re trash, como de piel sintética, re loco, verde agua, que me prestaste y me hacía sentir muy moderna y poderosa.
Cuando organicé una fiesta sorpresa para tu cumple número veintisiete, en mi casa, te regalé un vestido gris. Un jumper largo, bastante ajustado al cuerpo, recatado, como de monja. Creo que era más mi estilo que el tuyo. Lo mío fue bastante narcisista, pensar que automáticamente todo lo que a mí me quedaba bien, a vos te iba a quedar bien y te iba a gustar. Supongo que era parte de una especie de alteración simbiótica de la consciencia que tuvo que darse para que pudiéramos hacer tantas cosas juntas, eso que los vanguardistas rusos llaman arte transpersonal. Después, ese vestido inició el poema con el que abría la revista Ceci y Fer (poeta y revolucionaria), que escribimos en 2002:
¿Nos conocemos o no nos conocemos?
¿importa?
me parece que nos vamos a meter en un callejón sin salida si tratamos de conocernos
Mejor digamos que somos hermanas y listo
Algo hermanas ya somos
aunque yo te quemé el cuadro
(perdón otra vez)
Me gusta ir a las presentaciones de libros con vos
porque siempre que termina la lectura
y empieza la parte de charla con el autor
hacés buenas preguntas.
Sos valiente, audaz, decidida, talentosa, inspirada
tu mente es abstracta
tu cara angelical
y te vestis muy bien
con un estilo muy personal
basado en el retro de feria americana
pero combinando todas las épocas
¿cuál es la falda de tablitas que te regalé?
no me acuerdo
Hace dos años te regalé un vestido gris
para tu cumpleaños
nunca lo usaste
Fernanda, me salió carísimo
¿dónde está?
¿me lo prestás si no lo usás?
me parece que a mí me puede quedar re bien.
Siempre la poesía puede salvar a los objetos y las circunstancias de una forma u otra, como en tu oda a las motos y a los muebles de mimbre.
Querida Ceci,
¿Y cuando fuimos a una fiesta y me disfracé de nube con algodones pegados en el cuerpo y vos de paisaje con dos figuritas de árboles en las tetas? La relación de una con la ropa es un tema. A veces no coincide lo que pensamos que somos y cómo nos vestimos y vemos. Algo que siempre me pasó es que me parece que mi cara y mi manera de vestirme no coinciden con Fernanda Laguna. Si me preguntaran ¿Cómo te imaginas a Fernanda?, me imaginaría otra cara. Por ejemplo, mi uso de los moños no va con la forma de ser que debería tener. Yo me imagino más machota y musculosa, con el pelo crespo y despeinado, segura de mí misma… y la coquetería es una forma de inseguridad. A veces, cuando voy a dar un taller siento que la gente espera otra cosa. Hace dieciséis años di uno en Cali y antes de empezar tuve la idea de ir de compras a una feria callejera. Cuando a las doce del mediodía entré a la clase yo ya era una aparición. Me salía luz del cuerpo: remera verde militar con un dibujo de dragón con mostacillas y ribetes en dorado y blanco, pantalón naranja drapeado, sandalias doradas y una hebilla rosa con strass. Eso me pasa: me imagino otro estilo para una profesora. No coincido conmigo misma.
Será por eso mismo que tengo mucha fe en la ropa, creo que me ayuda a estar mejor cuando estoy mal y también que me protege de la mala onda en ciertos espacios.
¡El libro va a estar genial! Recién empezamos y ya vibra en nosotras Belleza y Felicidad.
Querida Fer:
Estoy frente a la Plaza del Congreso, por Avenida Rivadavia pasando el cine Gaumont, muy cerca del departamento donde vivía en 1998, Luis Sáenz Peña 110 9° “B”, donde me tocaste el timbre y me dejaste un librito de poemas impreso por vos en tu casa, perfectamente encuadernado y guillotinado, casero y barato pero muy prolijo. Se llamaba Triste y tenía un poema que decía (cito de memoria) “Xuxa es hermosa”, otro con la frase “mi mente es carne” y muchos que me fascinaron, como aquel que era sólo un número. Ese gesto tan simple de que una poeta con esos poemas tan originales y diferentes a todo lo que yo conocía tocara mi puerta para traerme su libro hecho con sus propias manos fue del orden de la magia. ¿O no es magia que la poesía que más te gusta llegue a la puerta de tu departamento una tarde de primavera? Para mí sí lo es, y estoy convencida de que los libros que tenés que leer te llegan solos, no hay que salir a buscarlos. Te caen en las manos, lo único que hace falta es tener fe.
Sobre el estilo de este libro acordamos por teléfono: que sea fantasioso. En una época vos decías: “Todo lo que tenés escrito en primera persona lo pasás a tercera y ya tenés una novela”. Me parecía muy cierto, aunque nunca lo pude hacer. Intenté poner en práctica tu consejo un montón de veces, pero no me salía realmente, sentía que me quedaba falso. ¿Quizás este libro que estamos escribiendo veintiséis años después de conocernos sea mi oportunidad para finalmente poder abandonar la primera persona y escribir una novela en tercera? No quiero ser densa ni aburrir y aburrirte, pero podría empezar así:
Cecilia es una chica que nació en una provincia y vino a Buenos Aires porque soñaba con ser famosa, costara lo que costara. Una tarde de finales de 1998, otra chica de su misma edad llamada Fernanda llegó en moto hasta su casa y le tocó el timbre y le dijo que quería darle un libro de poemas…
(Continuará)
Perdón, ya es el mediodía, ahora te escribo desde mi oficina que está a la vuelta de ese departamento donde vos me tocaste el timbre. Logré comprarme este espacio con talleres que di en internet a personas ricas de Estados Unidos durante la pandemia, fue realmente una suerte. Me parece un milagro porque siempre escribí en cualquier lado, en el lavadero por ejemplo.
Viste que no me duró ni cuatro líneas la tercera persona, jajajaj. Me encanta escribir “jajaja”, quizás abrí este documento para escribir “jajaja” como el título del libro de I Acevedo. Todos los libros tendrían que llamarse Jajaja porque cualquier libro tendría que hacerte reír. Ojalá que este lo logre en algún fragmento. Bueno, como sea, volví a abrir el documento para arreglar el párrafo en tercera persona y aquí está corregido:
Cecilia era una chica que había venido de la provincia de Mendoza en 1992 porque soñaba con ser artista y estaba convencida de que para ser artista tenía que vivir en una gran ciudad. Pensó que en el mundo de la poesía iba a conocer gente parecida a ella. Una tarde conoció a una chica que se llamaba Fernanda, que le traía un libro de poemas hecho por ella misma y de la que se decía que en su primera muestra de cuadros había pronunciado la siguiente frase: “Yo voy a ser famosa por ser feliz”. Esto de que había pronunciado esa frase no lo sabía Cecilia en el momento en que bajó del noveno piso a abrirle la puerta de su edificio a Fernanda, eso lo escuchó muchos años después en la boca de un crítico de arte, pero evidentemente había algo con la felicidad dando vueltas en la vida de estas dos chicas, porque apenas unos meses después de ese encuentro iban a abrir un local en una esquina del barrio de Almagro que se llamaría “Belleza y Felicidad”.
Querida Cecilia,
Un mediodía de verano volvía en moto de tomar mate en la reserva ecológica con quien era mi pareja y al pasar por Avenida de Mayo y Sáenz Peña, miré tu balcón (nos habíamos conocido hacía poco). Vi que estabas allí y mi cuerpo se bajó de la moto en movimiento, poseído por la euforia. Me puse a gritar: “¡Cecilia, Cecilia, Cecilia!”.
Cuando te di mi librito nadie me había dicho cosas tan lindas sobre mi poesía. Luego leí un poema tuyo (luego leí muchos más) en la revista Nunca nunca quisiera irme a casa y lo amé. Eso que pasó con nuestras poesías fue verdadero e íntimo. Fue hermoso abrir el corazón para dejar entrar las literaturas a nuestras vidas.
Me había olvidado de esa frase, “voy a ser famosa por ser feliz”. Yo estaba y soy una persona tristona, por eso estaba obsesionada con la felicidad. En vez de ser famosa como artista, yo pensaba que lograría transformarme en una persona feliz. Y que ese sería mi mérito. Creo que juntas nos dimos cuenta: la poesía y la felicidad eran mejor plan que la fama.
—No me acuerdo para nada de vos gritando debajo del balcón, pero qué genial que haya pasado e ir completando los recuerdos entre las dos. Aunque vos tenés mejor memoria. Sobre la fama y la felicidad, una cosa muy corta: todavía no somos famosas porque cuando salimos a la calle no nos para nadie para sacarse selfies. ¿Y si este es el verdadero libro consagratorio que nos hará famosas de verdad, no solo en Argentina sino en el universo entero? Sé que queda mal decir esto; no es humilde, es soberbio, y cuando lo lean los haters van a decir: “¿Vieron que era verdad que a las de Belleza y Felicidad solo les importaba la fama?”. Pero a mí no me importa lo que la gente diga, porque yo soy famosa para vos y vos sos famosa para mí. Una artista sueña con que el universo la escuche y el deseo de fama no es nada más que eso. Lo que hicimos fue por el deseo de que nos escucharan y nos quisieran, que es lo que todo el mundo quiere, al final, ¿o no?
—Siempre quise ser famosa, Ceci. Porque de esa manera me darían más bola; pensaba que si valía para mi contexto me amarían de verdad. Yo creo que la fama tiene que ver con el amor, y me siento una adicta al amor (me he llegado a enamorar por segundos). No tiene nada de malo querer ser famosas, aunque es muy cringe y está muy mal visto. Te digo que pienso en eso y me doy vergüenza.
—Yo también me siento adicta al amor y con esto no me refiero al amor romántico, aunque mi adicción lo incluye. Y también me he enamorado y me sigo enamorando a cada segundo. De cualquier cosa. Me enamoro de canciones en la radio, de artistas que ni conozco en persona y, por ejemplo, ahora me enamoré de este libro y pienso que este libro es lo máximo y pienso también que no hay nada más lindo que enamorarse de un libro que una esté escribiendo. Aunque te acusen de narcisista, algo de lo que además siempre nos acusaron y ya me acostumbré. Lo incorporé a mi vida y si no fuera narcisista no escribiría ningún poema, así que mejor sigo siéndolo.
Querida Fer:
Estoy escribiendo en un café en la esquina de mi casa, a punto de llevarte un cuadro que pintaste en 1996 para que lo restaures. Estuvo veintiocho años colgado en el mismo lugar, como una especie de deidad del mundo animal y estético. Es un perro ovejero alemán sobre un fondo negro. Durante años miré fijo esa imagen por horas y me pregunté por el misterio de la mirada de esa figura, es una mirada que te lleva a un lugar muy raro, como si estuviese conectada con una cuarta dimensión o algo así.
Obra de Fernanda Laguna.
Gentileza galería Nora Fisch.
El cuadro me lo diste a cambio de un pasaje de avión a Bahía, Brasil, en enero de 1999. Es lindo pensar que fue un minipotlatch o un potlatch urbano y desacralizado que nos llevó a presenciar, muy poco después, esa ceremonia religiosa donde la gente le enviaba en barquitos regalos a Iemanjá, la diosa madre del mar.
Yo tenía ese pasaje porque me lo daba la aerolínea por las millas acumuladas (había empezado un máster en una universidad de Estados Unidos que abandoné a los nueve meses, por eso había viajado tanto). Ese viaje a Bahía fue, para mí, lo que definió que existiera unos meses después en el barrio de Almagro, Belleza y Felicidad. Fue, de alguna forma un viaje iniciático en el que nos fascinamos con lo que íbamos descubriendo a nuestro alrededor y que era tan distinto a Buenos Aires. Vos escribiste el poema “Salvador, Bahía, ella y yo”.
Salvador Bahía, ella y yo
Escrito en Brasil. Es la primera vez que escribo algo parecido a un cuento. Me inspiré en los libritos que compramos con Cecilia. Literatura de Cordel. Yo estaba acostada en el cuarto de la posada de la selva, mientras Cecilia leía apasionadamente y no me daba bola.
Este es un cuento
muy bonito
y simple.
Es mi primer cuento
es lo más largo
que he escrito.
Mi proyecto ambicioso,
mi consagración.
He usado
más palabras que nunca.
He imitado
a grandes escritores
como Bocaccio,
César Aira,
Clarice Lispector,
Cecilia Pavón,
Gabriela Bejerman
y Paulo Coelho.
Antes de escribirlo
tenía mucho miedo
de caer en algo superficial
frívolo o tonto o
de no poder lograrlo.
Pero creo haberme entregado
íntegramente
a él.
Jamás había entrelazado
a tantos personajes
tantas situaciones,
relaciones, acciones, suspenso.
Fue difícil para mí
mantener el hilo para que se entienda
algo tan largo.
También me costó
conjugar bien los verbos
y encontrar los adjetivos apropiados.
Le agradezco a la selva brasilera
que fue mi inspiración.
También a las palmeras,
a la empleada hermosa
que limpiaba la habitación
con su escoba hecha de hojas de bananero,
y a la noche que
caminábamos con Gabriela
por ese camino tan tenebroso
y que bajamos por
el acantilado
de la mano
de dos jóvenes desconocidos
que aparecieron de lo oscuro.
Estoy muy emocionada,
y siento
un vértigo inmenso
al presentar
éste cuento
que he escrito
para todos mis amigos
y mi familia.
También temo
un poco
que a nadie le guste
pero creo que
adorarán
a los personajes
y espero que se identifiquen
con ellos.
Por ejemplo:
Luana
la joven más bella
que se cayó al lago
de tanto mirarse en él.
Dios me dé más ideas
para seguir escribiendo
y para abrir las puertas
de la excitante realidad...
Ricos besos en la playa,
lamidas de teta, helados,
refrescos de abacaxí, guayaba y vodka.
Atardeceres junto a Cecilia,
Chachacha.
Dormir bajo un tul blanco
acechadas por ciempiés gigantes,
cucarachas, mosquitos,
y lagartijas.
La pasión, el amor
y la playa
son los temas
que vuelven
una y otra vez
al relato.
¡Qué lindo es escribir!
Y sentirme estallar
y tener miedo
y deslizarme
por el hilo delgado del cuento,
un hilo de coser
bien finito
y tenso.
Un hilo invisible.
Ya estoy tan perdida
todas estas palabras
me marean
pero igual me divierto
y vuelvo a sentir
la confianza
de estar entregada.
Aparte
soy buena.
¡El amor, el amor, el amor!
Las escenas en la playa
son reales
no son fantasía.
Sucedieron en el viaje
que hicimos con las chicas,
Gaby y Ceci,
a Bahía de todos los Santos.
Lo del topless
y lo del mulato
que se hacía la paja
detrás de las rocas
también es verdad.
Así también es realidad
el encuentro íntimo
que tuve
con ella,
mi Diosa
increíble.
Virgen por siempre
para siempre,
y desde siempre
Mi divina,
alucinante
madre y amante,
amiga,
Diosa,
mi Reina.
Mí y solo mí!
La que me hace
enamorarme,
entregarme,
escribir y ver
la bella realidad.
El marco del encuentro
fue rocoso,
bajo un cielo
estrellad
