Un matrimonio en alta mar

Sophie Elmhirst

Fragmento

Capítulo 1

1

4 de marzo de 1973

Maralyn miró al vacío. Había poco que ver salvo el agua, que pasaba del negro al azul a medida que el sol iba saliendo. Un cielo despejado, el océano y ellos: un pequeño velero, navegando hacia el oeste.

A las siete en punto, Maralyn acabó su guardia en cubierta y bajó al camarote. Maurice aún dormía en su litera, moviéndose un poco. La mañana seguiría el ritmo ineludible de cada dos días: café y desayuno, y luego todas las comprobaciones y tareas que exige un barco. Una rutina que después de tantos meses en el mar se había vuelto tan natural como el paso del tiempo.

Pero esa mañana, en el preciso instante en que Maralyn puso la mano sobre Maurice para despertarlo, notaron un chasquido, una sacudida, el sonido de un arma al disparar, como si su contacto hubiera desatado la violencia.

El ruido rasgó el aire. Los libros saltaron de las estanterías. Volaron los cubiertos.

Para ellos su barco era como un hijo. Oír la madera partirse y astillarse era como oír el grito de dolor de una criatura.

Al subir a cubierta, descubrieron la causa. Una ballena flotaba junto a ellos en el océano, viva y gigantesca. El agua chorreaba por los oscuros acantilados de su cuerpo mientras se retorcía y se arqueaba. Cualquiera diría que intentaba salir trepando de las olas, elevando con esfuerzo su oscura mole para luego estrellarse contra ellas de nuevo, como un meteorito que aterriza en el océano y salpica espuma por todas partes. Su cola, unos tres metros de una punta a otra de la aleta caudal, golpeaba la superficie con furia. La sangre brotaba de su cuerpo al agua.

Maralyn no comprendía de dónde había salido. Acababa de estar allí arriba, esperando el alba, y desde que había relevado a Maurice a las tres, no había visto nada más que un barco pesquero. Una ballena no la pasas por alto.

Aunque tal vez sí. Debía de haber ascendido de las profundidades mientras ella bajaba la escalera, para luego aflorar a la superficie justo donde ellos estaban. No soportaba la idea de que, de algún modo, le hubieran hecho daño a aquella criatura. Parecía asombroso que, en toda la inmensidad del Pacífico, aquél fuera el punto exacto que hubiera elegido.

¿Qué más daba? Estaba allí. Un cachalote, Maurice lo distinguía por el bloque cuadrado y romo de su cabeza. Lo sabía todo sobre ballenas. Calculaba que mediría unos doce metros de largo, tres holgados metros más que su barco.

Tan de cerca, era difícil abarcarla entera. A las ballenas se las aprecia mejor desde cierta distancia, como determinados estilos de pintura. Podía identificar sus partes, el orificio nasal, la mandíbula inferior, la aleta pectoral, pero si las sumaba daba la impresión de que el total no fuese coherente. Era una criatura desproporcionada, de un tamaño antinatural. Un simple coletazo fuera de control los habría partido en dos. Era monstruosa, pensó. Al menos comparada con ellos.

La ballena seguía dando sacudidas, como si intentara desembarazarse de algo, o escapar de su propio cuerpo. Maurice se percató de que estaba muriéndose. Eran sus últimos estertores.

Y en un instante desapareció, absorbida hacia las ignotas tinieblas del océano. Probablemente moriría allí abajo, con la sangre fluyendo en el agua, alertando a las demás criaturas de su presencia. Los grandes tiburones blancos y los azules se congregarían a su alrededor, la despedazarían y se darían un festín con su grasa.

Se quedaron mirando el lugar en el que había estado, la superficie marcada por regueros de sangre que se disolvían.

Cuánta quietud, tras un espectáculo como aquél.

Espera. El chasquido. Qué más da la ballena.

Abajo, en el camarote, el agua ya estaba entrando por los tablones del suelo. ¡Cuánto tiempo habían perdido en cubierta, ensimismados con la ballena! Maralyn accionaba la bomba de achique mientras Maurice chapoteaba de un lado a otro en busca del desperfecto. Allí estaba: un agujero por debajo de la línea de flotación, cerca de la cocina, de unos cuarenta y cinco centímetros de largo por treinta de ancho, del tamaño de un maletín.

Maurice gritaba. Coge la escota del foque de repuesto. Fíjala a la esquina de la vela de proa. Bájala por encima de la proa y arrástrala hasta tapar el agujero, luego átala por los dos extremos para sujetarla. La presión del océano debería introducir el foque a la fuerza en el agujero y taponarlo. Ajustó las velas para que el barco siguiera moviéndose a unos dos o tres nudos y volvieron corriendo bajo la cubierta. Maralyn no paraba de bombear, con la esperanza de que ahora el nivel de agua bajara. Pero el plan no estaba funcionando; el agua no paraba de subir. Tenían que encontrar una manera de taponar la vía de agua desde dentro. Maralyn buscó ropa, cojines y mantas y los embutió en el agujero. Tampoco funcionó. Quizá hubiera otra grieta que no habían visto. Algún daño oculto por el que el agua se estaba filtrando. Ya era demasiado tarde para buscarlo. El agua les llegaba a las rodillas y los pañoles, que empezaban a abrirse de par en par, arrojaban su contenido. Huevos y latas se mecían flotando a su alrededor.

Se miraron.

Maurice fue en busca de la balsa salvavidas y el bote inflable; luego juntó todos los contenedores de agua dulce que encontró. Maralyn chapoteaba en la cocina mientras metía sus cosas en dos bolsas para velas. Dos cuencos de plástico, un cubo, su botiquín de primeros auxilios, los pasaportes, una cámara, una linterna, sus chubasqueros, su diario, dos libros, dos diccionarios y los instrumentos de navegación de Maurice: su Almanaque náutico y las tablas náuticas, su carta, el sextante, la brújula y el cuaderno de bitácora.

Trabajaron rápido y en silencio, extrañamente serenos mientras el agua subía. No es fácil salvar las posesiones de una embarcación que se inunda de océano. Tardaron diez minutos en reunir lo indispensable. Luego saltaron al bote inflable por la borda del barco.

A su alrededor el Pacífico se movía con suavidad. Maralyn observó cómo los cojines que había pasado horas bordando se alejaban flotando sobre las olas. Su barco fue adentrándose en el océano, hacia abajo, cada vez más bajo.

Maralyn encontró su cámara y sacó una foto de Maurice, sentado delante de ella, descamisado. Él se volvió para mirarla, con todos los músculos de la espalda perfilados bajo el hostil resplandor del sol, con una expresión no de miedo, aún no, sino con una especie de mirada vacía y tirante, como si no acabara de comprender lo que estaba viendo. Su barco escorándose mientras se hundía en medio del océano.

Con qué elegancia se hundió. La sólida mole de su casco, la cubierta, el puente de mando, las velas y los cabos, todo se lo tragó el agua, calladamente. Maralyn sacó otra foto mientras el último triángulo de vela y la punta del mástil desaparecían bajo la superficie. Congelado en la fotografía, daba la impresión de que el mástil quizá saldría por el otro lado, emergiendo del agua como un brazo delgado pidiendo auxilio.

2

Maurice Bailey, en 1962, trabajaba de cajista en la imprenta Bemrose de Derby, un antiguo y prestigioso taller que en su apogeo había imprimido los grandes horarios de trenes que se exponían en los tablones de anuncios de las estaciones de toda Inglaterra. Maurice ordenaba sobre la pizarra las planchas de texto en imagen especular, una tarea técnica que exigía mucha preparación, un ojo preciso y la capacidad de leer del revés.

Por las tardes regresaba a casa, a su exiguo pisito de Rose Hill Street, una calle estrecha de achaparradas casas de ladrillo rojo cerca del centro de la ciudad. A media calle se alzaba un recordatorio de cómo había vivido antaño una clase distinta de Derby: una espléndida casa solariega, con verjas verde manzana y chimeneas cuadradas, dominaba el Arboretum de Derby, un obsequio a la ciudad de Joseph Strutt, dueño de una fábrica del siglo XIX, en agradecimiento a los trabajadores del lugar por hacer su fortuna.

Como gran parte de Inglaterra, Derby se encontraba en pleno boom de la construcción. Los bloques y barrios de viviendas de protección oficial se extendían sin cesar por su periferia. Una secuencia serpenteante de circunvalaciones y rotondas acabaría rodeando su viejo corazón tudoriano.

Maurice no se encontraba a gusto en aquel lugar. Decía que Derby era un páramo, una ciudad donde nunca pasaba nada. Sus habitantes le parecían burdos; críticos con lo que consideraban una amenaza. En una carta a un amigo, hacía hincapié en el racismo salvaje que sufrían las familias de migrantes caribeños recién llegadas al vecindario. Siempre que podía se escapaba en coche hasta las colinas del Peak District, donde practicaba la escalada en roca o pilotaba pequeñas avionetas. También jugaba al tenis y, para mejorar su técnica, hacía pesas en un gimnasio de la zona. Y navegaba.

Los hobbies de Maurice no eran una simple distracción. Le proporcionaban una sensación de libertad, de una vida más allá de los límites de la suya. Aparte del trabajo, tenía poco más. Llevaba años solo, con esa especie de terquedad que se apodera de la gente cuando ya no es capaz de imaginar una vida compartida con otra persona. «Era el típico soltero desapegado», en sus propias palabras. Jamás veía a su familia, que vivía a pocos kilómetros de allí, en la última vivienda de una hilera de casas adosadas de Spondon, un pueblecito tranquilo al este de Derby.

El padre de Maurice se llamaba Charles, pero todo el mundo lo conocía como Jack. Cuando no estaba trabajando en la fábrica de Rolls-Royce de su misma calle, se dedicaba a la jardinería, a su huerto del patio y a tocar las campanas los fines de semana. La madre de Maurice, Annie, había trabajado de sirvienta en la gran mansión de Spondon. Lo dejó para criar a los cuatro hijos que tuvo a lo largo de dos décadas: Reg, el mayor, después Maurice, Joan, y el último, Bob. Sus nacimientos jalonaban la Segunda Guerra Mundial: Maurice nació en 1933 y Bob en 1947, en un mundo distinto.

Cuatro hijos, a pesar de tener los mismos padres, nunca crecen igual. Maurice no tuvo suerte. Tartamudeaba y tenía chepa; por si fuera poco, contrajo la tuberculosis antes de que existiera un tratamiento eficaz. La melena pelirroja de Annie encaneció de la noche a la mañana, ella siempre lo decía. Para recuperarse, Maurice tuvo que guardar cama durante meses, solo en su habitación. Un periodo como ése puede dejarte marcado para siempre: integras la soledad, la haces parte de ti.

Maurice se convirtió en un problema que solucionar. Había perdido tantos días de colegio por estar enfermo que necesitó semanas para ponerse al día. De mayor, les contaba a sus amigos que Annie le hacía copiar el diccionario, vigilándolo con una regla en la mano para atizarle si se equivocaba. En aquella época no era tan raro que los padres no besaran ni abrazaran a sus hijos, aunque eso no hacía que la falta de cariño fuera más fácil de sobrellevar.

El cuarto en silencio, el tartamudeo, la regla: todo cumplió su misión. Maurice, de adolescente, no se soportaba a sí mismo. Su aspecto y su forma de ser le daban muchísima vergüenza. Se volvió torpe entre la gente, cojeaba por timidez. A los catorce años, en su fotografía del instituto de secundaria, Spondon House, le sacaba una cabeza a casi toda la clase. Con sus párpados caídos y su semblante formal, parecía un cuarentón hastiado, en comparación con las chicas y chicos de piernas esbeltas y rostros luminosos que lo rodeaban.

Lo único que quería era huir. Su primera tentativa fue intelectual.

Annie se había criado en un hogar estrictamente cristiano (se lo habían inculcado a machamartillo, decía), y aunque ella ya no pisaba la iglesia, obligaba a ir a sus hijos, por si acaso, como medida preventiva. La fe no era tanto una cuestión de creencias como de comportamiento. Catequesis y lectura de la Biblia: era lo que había y era bueno para ti.

Maurice, por llevar la contraria, descubrió la ciencia. Después de leer sobre los orígenes del universo y la selección natural, decidió que la teoría de la evolución tenía mucho más sentido que la teología cristiana. Expresó sus reservas; sus padres pusieron pegas. Era como si intentase desmontar la moralidad.

Así que se marchó. Tras dos años de servicio militar en Egipto, se licenció de sargento. Luego volvió a casa para asistir a clases nocturnas. Sólo entraba en la sala de estar para comer. El resto del tiempo lo pasaba todo lo apartado de su familia que podía. Tenía un Morris Minor, muy práctico para las escapadas, y se llevaba a su hermano pequeño Bob a pasear por el Peak District. Subían hasta Kinder Scout. Maurice martirizaba a Bob, algo que Bob odiaba, pero aquello no era más que el orden natural de las cosas, el modo en que las familias transmiten el dolor, como si se tratara de una herencia.

En cuanto Maurice consiguió su trabajo y su piso en Derby, se fue para siempre. A Bob le daba la impresión de que quería empezar de cero, fingir que su niñez jamás había existido. Después de

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