Por una cabeza
Francisco “Pancho” Villa
PARRAL, 1926
El coronel tenía en mente a la persona indicada para un operativo de agresión muy delicado, que consistía en cortar una cabeza humana. Era imperioso hacerlo. Hacia fines de 1925, el coronel Francisco Durazo Ruiz estaba al mando del 11º Batallón de Infantería establecido en la guarnición de la ciudad de Hidalgo del Parral o Parral, en el estado de Chihuahua, México. Tenía dos autos a disposición, uno rojo y otro azul. Convocó al capitán José Elpidio Garcilazo y lo llevó a pasear por la ciudad en el auto rojo.
Después de algunos minutos de silencio transitando por calles polvorientas, el coronel le dijo al capitán que debía cumplir el siguiente encargo: cortarle la cabeza al cadáver de Francisco “Pancho” Villa, porque la quería el general Álvaro Obregón, que había dejado la presidencia de México hacía poco. Nunca se sabría si el coronel Durazo había invocado a Obregón para darle más peso a una orden que era ilegítima e inmoral. El capitán no se quedó callado. Amagó una protesta. Sabía perfectamente lo que significaba andar jugando con la memoria de Pancho Villa. Pero el coronel enseguida le largó el consabido final de toda discusión: la orden venía de arriba y debía cumplirse pronto, así que Garcilazo debía designar a sus hombres de más confianza para realizarla.
Garcilazo era un militar sin ningún antecedente importante. Solo había dirigido el pelotón de fusilamiento que ejecutó a Manuel Chao Rovira, exgobernador de Chihuahua, un hombre de Pancho Villa y, por tanto, rival del general Obregón. Si Garcilazo era un tipo despierto, no tenía síntomas.
Francisco “Pancho” Villa, nacido como Doroteo Arango en 1878 en Durango, fue uno de los caudillos más carismáticos y temidos de la Revolución mexicana. De origen humilde, pasó de bandolero a comandante revolucionario, liderando el poderoso Ejército del Norte contra el régimen de Porfirio Díaz y, luego, contra gobiernos que consideró traidores a la causa revolucionaria. Su lucha se centró en una reforma agraria radical y en mejorar las condiciones de los campesinos del norte.
Villa jugó un papel clave en el derrocamiento de Victoriano Huerta en 1914. Durante esa etapa tuvo una alianza estratégica con Álvaro Obregón, otro general revolucionario de gran talento militar aunque de perfil político más calculador. Ambos pelearon contra Huerta, pero sus caminos se separaron cuando Obregón se alineó con Venustiano Carranza, líder constitucionalista, mientras que Villa rompió con Carranza y con Obregón y retomó la guerra al lado de Emiliano Zapata.
Obregón consolidó su poder como figura central de la política del país y, aunque en los años siguientes ya no persiguió directamente a Villa, su ascenso político se desarrolló en paralelo al ocaso del caudillo del norte. La disputa entre ellos se zanjó el 15 de abril de 1915, con la derrota de Villa en la Batalla de Celaya, en el estado de Guanajuato. Obregón ganó, pero perdió el brazo derecho.
En 1916, después de que los Estados Unidos reconocieran el gobierno de Carranza, Villa atacó la ciudad estadounidense de Columbus, en Nuevo México. Los Estados Unidos reaccionaron enviando una expedición punitiva al mando del general John Pershing con la misión de atraparlo, pero fracasó.
Desde 1916 hasta 1920, Pancho Villa volvió a ser guerrillero y bandido como en sus inicios y atacó diversas poblaciones de Chihuahua y Coahuila para después refugiarse en la sierra. Se retiró en 1920. Villa quedó en la historia como símbolo de rebelión popular, y Obregón, como arquitecto pragmático de la nueva República posrevolucionaria.
Pancho Villa fue emboscado en la ciudad de Parral el 20 de julio de 1923, mientras conducía su automóvil. Los asesinos, dirigidos por Jesús Salas Barraza, dispararon alrededor de 150 veces contra el auto. Las primeras ráfagas destrozaron el parabrisas y acribillaron a Villa, que quedó con su cabeza tirada hacia atrás. No tuvo tiempo de sacar su arma, recibió doce balazos plenos. En esa época era presidente del país el general Obregón, quien no tenía ningún interés en descubrir a los asesinos. Al día siguiente del crimen, el sábado 21 de julio, luego de una misa, un enorme cortejo fúnebre llegó hasta el Panteón de Dolores de Parral. Se dispararon 21 tiros de despedida ante la fosa 632.
Luego de poco más de dos años, el capitán Garcilazo había recibido la orden de profanar el cuerpo del revolucionario cortándole la cabeza para llevarla como trofeo. ¿Podría tratarse de una venganza de Obregón por haber perdido su brazo en la guerra contra Villa?
Garcilazo llamó a un tal “cabo Silva”, le contó sobre la “misión” y le indicó que formara un grupo. Desde ese momento, todo se enfrió a tal extremo que llegó Año Nuevo. El coronel Durazo no paraba de llamar a Garcilazo para apurarlo y ordenarle que echara a patadas a ese cabo Silva. El capitán designó en su reemplazo al cabo Figueroa y le encomendó que buscara a no más de cinco soldados de confianza y que disimuladamente se ocupara de la tumba 632.
La tarde del 5 de febrero, a casi tres años del asesinato de Pancho Villa, el capitán Garcilazo organizó el grupo que asaltaría el cementerio; estaba integrado por el propio Figueroa y los soldados Anastasio Ochoa, José García, Nivardo Chávez y José Martínez Primero. Les dijo que llevaran palas y barretas, una linterna y un litro de alcohol. Sin armas. Por su parte, el coronel Durazo dispuso que el sargento Lino Pava, ya en la madrugada del día 6, se apostara cerca del cementerio e impidiera el paso a lecheros y trasnochadores. Dio la misma orden al sargento Roberto Cárdenas Aviña, para que vigilara las esquinas del camposanto. Durazo no informó al capitán sobre estas medidas.
Los profanadores saltaron la tapia del cementerio por la parte de atrás y fueron hacia la tumba 632 de la novena sección. El capitán se quedó afuera. Con las barretas, los soldados destruyeron un lateral de la tumba. A cada rato se escuchaba de uno o de otro un sonoro: “¡Shhhh!”, para imponer silencio y disminuir los ruidos. Pero era imposible. El miedo los volvía más torpes de lo que ya eran. Lo peor estaba por venir. No les habían dicho que el cuerpo estaba embalsamado. La impresión fue tremenda; perdieron equilibrio, se tropezaron; uno cayó, y su cara se hundió en la tierra mientras imploraba que no se despertara… José García bebió el alcohol desinfectante.
Se quedaron inmóviles. Nada pasó. Entonces lograron romper un costado del sepulcro y por ahí sacaron parte del cajón. Lo rompieron, agarraron con las dos manos los costados de la cabeza y tiraron con fuerza, con la idea de que se desprendería fácilmente. No. Fue inútil. Martínez Primero se armó de valor y la cortó con un cuchillo. Estaban tan nerviosos que, en esa acción, el soldado García quedó herido. Que sostenía la cabeza, que no la sostenía, el otro con el cuchillo… y al final se lastimaron. Serían las tres de la madrugada.
Garcilazo, que había dejado a sus hombres a la buena de Dios, se cansó de esperar y se fue al cuartel. Al fin regresaron los soldados. Le dieron la cabeza al capitán, envuelta en una camisa vieja. Garcilazo, a su vez, se la entregó al jefe de la escolta de Durazo, quien la guardó en el cuarto del coronel.
Juanito Amparani, empleado del cementerio, descubrió la profanación de la fosa del general Villa la mañana del 6 de febrero de 1926. Los sacrílegos no habían sacado completamente el féretro, sino que habían escarbado y roto la tapa a la altura de la cabeza. Cerca de la tumba había una botella de tequila abierta, con un líquido no identificado, y un algodón con manchas de sangre fresca de alguno de los profanadores. También encontraron huellas de zapatillas y botas militares. Esta fue la investigación que hicieron los sepultureros. La policía no hizo nada.
Los empleados del cementerio advirtieron que los profanadores nunca quisieron llevarse el ataúd, sino que habían cortado la cabeza a la altura del tronco, y esa era la pieza que faltaba. El escándalo erizó la piel del país. Los militares que habían integrado el ejército de Villa enseguida amenazaron con tomar la ciudad de Parral.
De golpe apareció un sospechoso. Decían que era un estadounidense de baja estatura, de unos 50 años, que había preguntado por la tumba de Pancho Villa y se había quedado con los lugareños escuchando historias del general. Los empleados del cementerio lo conocían de tanto que visitaba el lugar y dieron su nombre y el hotel donde se hospedaba, el Hotel Juárez. Estacionado en la puerta hallaron un auto de la ciudad de El Paso, en Texas, cerca de la frontera con México. El tipo se llamaba Emil Holmdahl. Lo detuvieron junto con Alberto Corral, primo de Luz Corral, una de las viudas de Villa —dicen que el general ha tenido sesenta esposas—. La multitud trató de lincharlos.
Resultó que Holmdahl, doce años antes, había sido soldado de Villa y luego lo había traicionado cuando el general atacó territorio estadounidense. Se defendió afirmando que no tenía nada que ver con la decapitación del cadáver y que todo era un error. El yanqui contaría años después que estaba en Parral porque había ido con Alberto Corral a buscar un tesoro de más de diez kilos de oro en pequeñas barras, que pudieron encontrar, y luego, al averiarse un neumático de su auto, se quedó con Corral en el Hotel Juárez. Al fin, su versión fue aceptada por un juez de Ciudad de México y lo dejaron libre junto con Corral. Del oro no se supo nada más.
Las versiones acerca del paradero de la cabeza de Pancho Villa corrían como el rayo. Una indicaba que un millonario estadounidense de Nuevo México había ofrecido una fortuna por el cráneo. Otra hablaba de que la cabeza era esperada en la ciudad de Chicago, donde un grupo de científicos estaba listo para estudiarla. Todos eran rumores. También que el responsable había sido el magnate de la prensa William Randolph Hearst, editor y publicista estadounidense que abonó un periodismo especulativo y propagador de noticias distorsionadas o falsas.
El nombre del coronel Durazo no permaneció oculto. Se decía que en Parral había entregado una caja —con la cabeza— al piloto de una avioneta. Se contaba que el médico Manuel F. Villaraoz de la guarnición de Parral había atendido al capitán Garcilazo de un corte y se dijo que había perdido uno de los dedos de la mano derecha en el procedimiento de decapitación. Era una mentira, pero lo interesante fue que los nombres de Durazo y Garcilazo estaban en boca de todos.
El escándalo era ya nacional. ¿Quién había robado la cabeza de Villa? ¿Quién había ordenado robarla? ¿Para qué la querían? ¿Dónde estaba? ¿Cómo se podía arrancar de la memoria las confrontaciones producidas por la revolución si se insultaba a los muertos?
Durante los años siguientes se dieron decenas de explicaciones, y casi todas ellas incriminaban al coronel Durazo. La teoría más repetida decía que él estaba en tratos con el intermediario de un millonario estadounidense que por razones de venganza ofrecía 50 000 dólares por la cabeza de Villa, y que la presencia de Emil Holmdahl en Parral no era accidental.
Según los insistentes rumores, Ernesto Weisel, chofer de Durazo, llevó la cabeza a Ciudad Jiménez, en el mismo estado de Chihuahua, para dársela a Holmdahl en el hotel Chow. Holmdahl había prometido pagar 20 000 dólares. Pero el yanqui tenía solo la mitad de ese dinero, y la cabeza volvió a manos de Durazo.
Los rumores que involucraban a Durazo iban creciendo, y el general Santiago Piña Soria, comandante de la 5ª zona militar, lo mandó llamar y le dijo que se deshiciera de la cabeza o, de lo contrario, lo fusilaría. El coronel tenía la cabeza dentro de un canasto de mimbre, envuelta en una camisa, debajo de su cama, y había estado durmiendo sobre ella en su rancho de El Cairo. Frente a la orden del general Piña Soria, Durazo mandó llamar otra vez al capitán Garcilazo y esta vez le ordenó que se llevara la cabeza.
Garcilazo se la entregó al cabo Figueroa, quien la metió en una caja de municiones de 7 milímetros que clavaron para dejarla bien cerrada. El cabo y el chofer Weisel fueron con el auto del coronel por la carretera de Parral a Jiménez y allí le indicaron a un soldado que trabajaba en las caballerizas que, por órdenes del coronel, enterrara la caja. Este soldado, del cual no se tienen otras noticias, se fue en dirección al cerro El Huérfano y excavó a un lado de un viejo camino.
Marcelo Caraveo, comandante militar de Chihuahua, destituyó a Durazo poco después. El grupo de profanadores de la tumba terminó muy mal. José García murió a los pocos días de gangrena. El cabo Figueroa pidió un adelanto de su salario, desertó y desapareció. Fidel Martínez, exsubteniente, confesaría más tarde que Durazo había ordenado la muerte de dos de los soldados porque temía que hablaran. Otro de los soldados murió en una pelea tras un juego de naipes, acuchillado por un compañero. El cabo Silva murió alcohólico, y el soldado Martínez Primero, el que había cortado la cabeza, murió en circunstancias extrañas, tal vez ejecutado por no contener su lengua y andar contando lo que hicieron en el cementerio. Por su parte, el capitán Garcilazo abandonó la guarnición de Parral y se fue a trabajar a Ciudad de México.
Del destino de la cabeza de Pancho Villa se siguió hablando durante mucho tiempo. En 1929 hubo una versión que decía que se había exhibido en un circo en los Estados Unidos, pero ese circo, Ringling Brothers, lo negó, y no hubo nadie que dijera haberla visto allí. También se dijo que la habían exhibido en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, pero nadie lo registró.
El coronel Durazo, muchos años después en una entrevista, sostuvo que un sargento a su mando se la había robado para dársela al museo Smithsonian, que quería estudiarla, pero al final el negocio no se hizo y el sargento desapareció. A todos les pareció que esa explicación del coronel era una flagrante mentira. Algo no era mentira: los delirios que sufrió el coronel en sus últimos días de vida. Padecía constantes pesadillas en el cuarto de hospital donde murió, y decía que Pancho Villa había ido a buscarlo sosteniendo su cabeza con una de sus manos.
Cuando no estar es estar
Federico García Lorca
ESPAÑA, 1936
Se ha llenado de luces
mi corazón de seda,
de campanas perdidas,
de lirios y de abejas,
y yo me iré muy lejos,
más allá de esas sierras,
más allá de los mares,
cerca de las estrellas,
para pedirle a Cristo
Señor que me devuelva
mi alma antigua de niño,
madura de leyendas,
con el gorro de plumas
y el sable de madera
“Balada de la placeta”
(1919)
Granada, en los días previos al verano de 1936, era una ciudad que parecía vivir en un pasado perenne. Calles empedradas, iglesias que marcaban el ritmo de la vida social y política, cafés que aún conservaban cierto aire del siglo anterior. Bajo esa superficie provinciana se agitaba una tensión profunda: España entera estaba partida en dos. La Segunda República, instaurada en 1931, había despertado esperanzas entre obreros, intelectuales y campesinos, pero también había encendido el rechazo de terratenientes, de la Iglesia y de los militares. En ese contexto, la palabra “republicano” no designaba solo una preferencia de gobierno, sino una postura de vida: ser republicano era, para muchos, apostar por un país laico, moderno, con reformas agrarias y una nueva concepción de la educación. Frente a ello, los falangistas —seguidores de la Falange Española fundada por José Antonio Primo de Rivera— representaban un nacionalismo de inspiración fascista, católico y centralista, convencido de que España debía recuperar un orden “tradicional” y férreo, aun si eso significaba aplastar cualquier disidencia.
Federico García Lorca vivía entre estos dos mundos con una intensidad que lo hacía particularmente vulnerable. Poeta, dramaturgo, músico, hombre que amaba el arte y la vida, era al mismo tiempo profundamente andaluz y universal. Por su personalidad luminosa, de humor espontáneo y trato cercano, era querido en círculos muy distintos. Sin embargo, esa misma visibilidad era un riesgo: su teatro comprometido, su vinculación con la Generación del 27 —influyente grupo de poetas y escritores españoles—, sus amistades con intelectuales republicanos y su homosexualidad —vivida con discreción, pero sin disimulo ante quienes lo conocían— lo convertían en un blanco para los sectores más reaccionarios de Granada.
Lorca parecía percibir que su tiempo se acercaba a un punto de ruptura. En una conversación recogida por un amigo antes de su muerte, dijo: “En Granada me asfixio. Este país mío se está llenando de cuchillos”. No era la frase de un político, sino de alguien que veía con aguda sensibilidad el clima enrarecido. En su obra Bodas de sangre había escrito: “Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima”, y aunque allí hablaba de pasiones humanas, en su voz resonaba también la España que callaba o gritaba según el bando.
En julio de 1936, el levantamiento militar contra la Segunda República, liderado por Francisco Franco, estalló en varias ciudades. Granada quedó pronto bajo control de los sublevados. La represión fue inmediata y feroz; alcaldes republicanos, sindicalistas, maestros y simples sospechosos fueron detenidos, fusilados o desaparecidos. En ese ambiente de miedo, Lorca decidió refugiarse en la casa de la familia Rosales, falangistas moderados que eran sus amigos. La paradoja era lacerante: buscaba protección entre quienes pertenecían a la misma fuerza que en las calles organizaba las detenciones y las ejecuciones sumarias.
Era consciente del peligro, pero su carácter lo llevaba a creer que aún existía un espacio de respeto por la cultura, que su condición de poeta lo protegía en alguna medida. Poco antes de su arresto dijo en una entrevista: “Yo seré siempre partidario de los pobres, de los que no tienen nada. Estoy con ellos y por eso sé que me buscan, pero no creo que haya nadie en Granada capaz de levantarme la mano”. En esa ingenuidad había algo más profundo: la fe en que la palabra y el arte podían trascender la brutalidad política.
En aquellos días, Granada no era ya la ciudad de la Alhambra, sino una trampa. Las listas negras circulaban con nombres de intelectuales, políticos y figuras públicas. Los fusilamientos en las tapias de Víznar y Alfacar eran un secreto a voces. Lorca, hombre de metáforas, estaba rodeado de un escenario trágico que pronto lo tendría como protagonista.
En 1936, España era un lío político. La Segunda República, debilitada por crisis internas, huelgas y violencia política, tenía en sus filas un mosaico de fuerzas, desde liberales progresistas que soñaban con modernizar el país hasta socialistas, comunistas y anarquistas decididos a una transformación mucho más radical. Esa pluralidad, que los hacía republicanos frente al poder monárquico y clerical, era también su fragilidad: demasiadas voces, demasiadas urgencias en un tiempo en el que la paciencia se había agotado.
En el otro extremo, los sublevados —que pronto se llamarían “nacionales”— reunían a monárquicos, carlistas y falangistas. Estos últimos, con un ideario abiertamente fascista inspirado en Benito Mussolini, recibieron desde los primeros días el apoyo militar de la Italia fascista y la Alemania nazi. Aviones italianos bombardeaban ciudades republicanas, mientras la Legión Cóndor alemana perfeccionaba su guerra aérea en suelo español. Para el bando falangista, España debía convertirse en una nación unificada bajo un solo credo —católico y autoritario— y un único mando.
En Granada, la Falange no era una idea abstracta. Sus camisas azules patrullaban las calles; sus locales eran centros de detención, y su poder crecía cada día. La familia Rosales, que había recibido a Lorca, pertenecía a este mundo, aunque más mesurada. Pero ni siquiera las amistades personales podían detener la maquinaria que ya funcionaba con la lógica implacable de la guerra.
Lorca fue arrestado el 16 de agosto de 1936. Fue una operación rutinaria, como si se tratara de un trámite administrativo más en una ciudad donde la muerte ya era una estadística. Lo llevaron al Gobierno Civil y de allí, sin demasiado ruido, hacia el camino de Víznar. Por esa ruta, ya de noche, iban muchos otros: maestros, sindicalistas, concejales, simples sospechosos de simpatizar con la República.
En ese momento, Lorca sabía que no tenía salida. No había dramatismo en su comportamiento, sino una resignación trágica. Ya su poesía, su música y su teatro no servían como salvoconducto.
La madrugada del 18 de agosto de 1936, Lorca fue conducido junto con otros detenidos —el maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas— por el camino que une Víznar y Alfacar. La noche estaba cerrada, y ese tramo de tierra se había convertido en escenario habitual de fusilamientos. No hubo juicio, no hubo acta, no hubo testigos oficiales. Solo disparos, un cuerpo que caía y la certeza de que allí se estaba enviando un mensaje: ni la poesía ni la fama serían escudo ante el nuevo poder.
Esos disparos implicaban más que una ejecución, eran la señal de que la nueva España, alineada con las derechas extremas europeas, no dejaría espacio para la voz de los intelectuales republicanos, de comunistas o de cualquiera que pudiera simbolizar un país distinto.
En Granada, en agosto de 1936, la represión no terminaba con los disparos. El destino de los cuerpos era parte del mecanismo de terror. El lugar elegido fue la carretera estrecha, bordeada por pinos y barrancos, ideal para ejecuciones rápidas y entierros inmediatos.
La práctica habitual en aquellos días consistía en abrir fosas comunes poco profundas, muchas veces cavadas por otros prisioneros, y depositar los cuerpos sin identificación, sin ataúd y sin señal alguna. El procedimiento tenía un doble objetivo: eliminar rápidamente los cadáveres y borrar cualquier rastro que pudiera convertirse en un lugar de memoria o resistencia.
El cuerpo de Lorca —como los de miles de ciudadanos de Granada ejecutados en esas semanas— quedó sepultado sin ceremonia. No hubo acta oficial de su muerte ni registro de la ubicación exacta de la fosa. En la lógica del poder de entonces, su cadáver debía desaparecer, igual que su voz. La ausencia de tumba era una condena extendida, se privaba a la familia, a los amigos y a la comunidad cultural de un lugar donde rendir homenaje y se lanzaba un mensaje silencioso pero rotundo: nadie, ni siquiera un poeta famoso, tendría derecho a reposar en paz.
Durante la dictadura franquista, la ubicación de la fosa fue un tema prohibido. Cualquier intento de investigar el paradero de Lorca se enfrentaba con la censura y el riesgo personal. Recién después de la muerte de Francisco Franco, en 1975, comenzaron a circular con más libertad los testimonios de campesinos y vecinos que afirmaban saber dónde había caído y dónde había sido enterrado.
A partir de finales del siglo XX, varias campañas arqueológicas se propusieron localizar sus restos. En 2009 se excavó en la zona de Víznar-Alfacar, en un paraje llamado Fuente Grande, basándose en declaraciones de testigos que aseguraban haber visto el entierro. Sin embargo, la excavación no halló restos humanos. Algunos investigadores sostuvieron que la fosa buscada estaba en un área equivocada; otros creían que, por temor o por intereses políticos, los cuerpos pudieron haber sido movidos con posterioridad.
En 2014 y 2016 se realizaron nuevas prospecciones en lugares alternativos, que no dieron ningún resultado. Cada fracaso arqueológico añadía otra capa al mito: la ausencia del cuerpo no era solo una contingencia histórica, sino una prolongación involuntaria de la estrategia original del franquismo. El poeta continuaba desaparecido, y su tumba seguía siendo un vacío que hablaba tanto como sus versos.
Ese vacío no fue neutral. El franquismo, al borrar sus restos, pretendió borrar su presencia física de la memoria. Sin embargo, el efecto fue contrario, lo convirtió en símbolo de todas las víctimas sin nombre y sin sepultura.
La mano que mece la horca
Richard Sorge
TOKIO, 1941
Richard Sorge llegó a Tokio en 1933. Como buen ciudadano alemán, lo primero que hizo fue presentarse en la embajada de Alemania como corresponsal de prensa. Sus credenciales eran intachables. Representaba al Frankfurter Zeitung, uno de los últimos periódicos en sucumbir al dominio nazi, y todavía se consideraba el mejor diario del Tercer Reich. Además, Sorge llevaba recomendaciones de otros dos periódicos muy conocidos: una revista financiera de Berlín y un diario neerlandés, el Algemeen Handelsblad, de Amsterdam.
El periodista, alto, elegante y buen mozo, con ojos azules y prominentes pómulos, tenía 37 años y era un notorio mujeriego y empedernido bebedor. También, desde hacía mucho tiempo, era un espía soviético profesional, miembro de la Sección Cuarta (información militar) del Ejército Rojo. Bajo el disfraz de periodista alemán protagonizaría una de las operaciones de espionaje más extraordinarias de todos los tiempos. Se lo llamaría “el maestro de espías”.
Sorge había nacido en Rusia; su madre era rusa, y su padre, un ingeniero alemán que trabajaba para una empresa petrolera del Cáucaso. Cuando tenía tres años, la familia se trasladó a Berlín, donde él cursó la primaria y comenzó la secundaria, que debió dejar inconclusa porque fue alistado en el ejército alemán al comenzar la Primera Guerra Mundial. En combate fue herido tres veces y durante sus convalecencias leyó con avidez escritos de izquierda. Al terminar la guerra se había convertido en un marxista convencido.
Se graduó en Ciencias Políticas en la Universidad de Hamburgo y se inscribió en el Partido Comunista de Alemania. Fue minero del carbón, agitador, profesor y periodista. En 1924 organizó una oficina de Información Militar en Moscú, se dio de baja en aquel partido para afiliarse en el de la Unión Soviética y secretamente se hizo ciudadano de la URSS. Fue enviado por el Ejército Rojo a Shanghái para dirigir operaciones de espionaje y, en 1933, Moscú le encargó igual misión en Japón, con la fachada de periodista alemán.
Sorge volvió a Alemania, donde fue admitido en mítines políticos y en los ambientes abrumados de esvásticas, uniformes nazis y marchas de los “camisas pardas” de Adolf Hitler o las Sturmabteilung (SA), el primer grupo militarizado nacionalsocialista. Obtuvo cartas de presentación para personajes influyentes de Tokio y se comprometió a enviar crónicas al Frankfurter Zeitung, a dos diarios de Berlín y a la revista Zeitschrift für Geopolitik. Hizo la solicitud de ingreso en el partido nazi. Ya estaba listo para su fenomenal engaño: espiar desde Japón, a favor de la Unión Soviética.
Richard Sorge hizo amistades en la colonia alemana de Tokio, conquistó los favores de los empleados de la embajada, concurrió a las funciones del Club Alemán y la Cámara Alemana de Comercio, y a la Sociedad Alemana de Asia Oriental. Compró una formidable colección de obras de historia, economía, cultura y política japonesas, y escribía despachos a Berlín que lo caracterizaban por su perspicacia y buena información.
No quiso escapar al atractivo de los bares y se destacó como un bebedor extraordinario. Atraía hipnóticamente a las mujeres, las conquistaba con elegancia y las abandonaba sin dejar resentimientos. Moscú le permitió realizar esta vida durante dos años, hasta que se asentara, y le prohibió en ese lapso hacer alguna tarea de espionaje.
Su organización de espionaje tuvo a tres colaboradores: un alemán conocido como “Bernhardt”, que estaría encargado de las comunicaciones clandestinas; un joven yugoslavo llamado Branko Vukelić, fotógrafo de una revista francesa, y Miyagi Yotoku, un artista de 30 años, que había emigrado a California a los 16 años y allí se había afiliado al Partido Comunista. Luego se incorporaría Ozaki Hotsumi, periodista, un viejo conocido de Sorge.
En 1934, Sorge alquiló una casa de dos pisos en el número 30 Nagasazaki-machi de Azabuku. Desvencijada, falta de pintura y con el jardín lleno de maleza, era el lugar ideal para un periodista bohemio y descuidado. Buscó una vieja ama de llaves y la contrató para trabajar desde la mañana, temprano, hasta las tres de la tarde. Este arreglo le permitía tener las tardes y las noches libres. Esa casa quedaba muy cerca de la comisaría de Toriizaka, por lo que resultaba un disfraz perfecto: ¿qué espía iba a establecerse al lado de una comisaría?
Un año más tarde, el general soviético Semyon Petrovich Uritsky, jefe de la Sección Cuarta, le dio los dos objetivos fundamentales de su misión. Uno era averiguar si Japón tenía intenciones de atacar la Unión Soviética. El otro, saber hasta qué punto estaba equipado Japón para llevar adelante la guerra. Aparte de estas dos cuestiones fundamentales, Sorge podía seleccionar los temas que quisiera para entrometerse e informar a Moscú.
El espía debió cambiar al encargado de comunicaciones, Bernhardt, por poco eficiente. Pidió que le enviaran a Max Clausen, un joven mecánico alemán que había trabajado con él en Shanghái. Poco después, la red comenzaría a trabajar a pleno.
Con la colaboración de Miyagi Yotoku y de Ozaki Hotsumi, los informantes de primer nivel de Richard, llegó a la conclusión de que la posibilidad de que Japón atacase la Unión Soviética dependía de qué camada de oficiales se haría fuerte en el ejército japonés.
Luego de la revuelta interna del 26 de febrero de 1936, en la cual el grupo de oficiales moderados al mando del general Ugaki Kazushige había aplastado una sublevación de 1 400 soldados, la Unión Soviética no estaba amenazada al menos en lo inmediato.
A principios de 1938, Sorge tuvo un golpe de suerte. Él conocía a Ott, de quien se había hecho muy amigo. Los dos habían sido heridos en la Primera Guerra Mundial y ambos eran aficionados al ajedrez. Con el permiso de Moscú, Sorge le había informado sobre algunas averiguaciones de los planes japoneses y le había proporcionado un conocimiento de Japón que Ott no hubiera conseguido por las vías diplomáticas y militares corrientes, y ese conocimiento influyó para que lograra un nuevo puesto: a Eugen Ott, que ya era mayor general, lo nombraron embajador alemán en Tokio. Con semejante cargo, Ott dependía aun más de Sorge, y los agregados militar y naval alemanes consultaban con él sus problemas. Solían llevarle los borradores de telegramas e informes importantes para que les hiciera observaciones.
Por entonces, un incidente alteró a los soviéticos e hizo más valiosa la posición de Sorge. Ocurrió que el general ruso Guénrij Liushkov, que estaba en Manchukuo (actual China del Nordeste), abandonó su comando y cayó prisionero del ejército japonés. Lo enviaron enseguida a Tokio para interrogarlo. Sus declaraciones fueron tan copiosas y reveladoras que la embajada alemana, a la cual mantenía informada el alto mando japonés, propuso que Berlín enviase una misión especial para interrogar a Liushkov. Moscú pareció enloquecer y le pidió a Sorge que hiciera lo imposible por obtener la declaración del militar.
Los altos cargos de la embajada alemana le mostraron a Sorge una copia del testimonio, de unas cien páginas. El general detenido había revelado claves soviéticas y datos precisos referentes al Ejército Rojo de Siberia; por ejemplo, que había unas 25 divisiones en Siberia y Mongolia Exterior, su situación, constitución y efectivos. Por los informes de Sorge, Moscú realizó los cambios necesarios, y en la Unión Soviética el prestigio del espía llegó a las nubes.
La suerte seguía favoreciendo al espía. Uno de sus hombres, Miyagi, era amigo del secretario del general Ugaki Kazushige, ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete del primer ministro, el príncipe Konoe Fumimaro. Este y otros contactos le permitieron a Sorge enviar a Moscú los cálculos de la producción agrícola y pesquera de Japón, el potencial de sus industrias bélicas y muchos otros datos, además de predicciones, basadas en informes concretos, de las intenciones políticas. Gracias a eso, Moscú fue una de las capitales mejor informadas en lo que se refería a asuntos de Extremo Oriente.
Un mes después de que Hitler invadiera Polonia y comenzara la Segunda Guerra Mundial, la Tokko o policía secreta japonesa comenzó a investigar discretamente a Sorge. No tenía ninguna sospecha concreta en su contra, pero sí tres razones poderosas para vigilarlo: era extranjero, periodista y frecuentaba la embajada alemana. Meses después fue la propia embajada alemana la que encaró una investigación sobre Sorge. A Wilhelm von Ritgen, jefe de la sección de prensa, le habían llegado rumores sobre antecedentes dudosos de Sorge. Von Ritgen, que no creía en esos rumores, ordenó hacer una investigación sobre Richard para descartarlos. El resultado fue ambiguo: no había evidencia de que Sorge fuese un espía soviético, pero tampoco se podía descartar. La suerte siguió de su lado. El coronel Josef Meisinger, de la Gestapo, llamado “el carnicero de Varsovia” llegó a Tokio para hacer su propio informe sobre Sorge. Finalmente, su reporte fue muy favorable.
A principios de 1941 llegó a Tokio el coronel Oskar Ritter von Niedermayer, con la misión de investigar “hasta qué punto estaría Japón en condiciones de participar en una guerra contra Rusia”. Von Niedermayer llevaba saludos para Sorge de exfuncionarios nazis de la embajada alemana en Tokio; la hospitalidad de Sorge lo dejó fascinado y entonces le confió a Richard que Hitler había decidido invadir la Unión Soviética y que los objetivos eran atacar primero Moscú y Leningrado para luego virar y ocupar Ucrania, el granero de Europa, y capturar por lo menos a un millón de prisioneros para que trabajaran en la agricultura y en la industria alemanas. Hasta le dijo que las operaciones se iniciarían el 20 de junio, aunque podrían postergarse durante unos días, pero todos los preparativos ya estaban completos. En la frontera oriental se concentrarían entre 170 y 190 divisiones, todas blindadas o motorizadas. Para iniciar la guerra no enviarían ningún ultimátum, sino que la declararían después de iniciada la batalla. Los nazis calculaban que en dos meses el Ejército Rojo sería derrotado. Entonces utilizarían el ferrocarril transiberiano para establecer contacto con Japón.
Aquella era una noticia sensacional y de una importancia vital para la Unión Soviética, que estaba absolutamente desprevenida sobre un ataque alemán. Hitler había firmado en 1939 un pacto de no agresión con Iósif Stalin —en secreto se repartían Polonia—, y ahora se preparaba para traicionar al dictador soviético. Sorge hizo un rápido cruce de fuentes y transmitió la información a Moscú. La respuesta no llegaba, hasta que recibió un escueto telegrama que decía: “Dudamos de la veracidad de su información”. Sorge dio un golpe sobre la mesa. Millones morirán. “¿Por qué no me creen estos miserables?”, exclamó.
La Tokko detuvo al joven Ritsu Ito, por comunista. Interrogado, delató a la señora Kitabayashi Tomo, que había regresado de los Estados Unidos algunos años atrás y dirigía una escuela de modistas. Los métodos infinitamente pacientes de la Tokko dieron sus frutos, pues la señora Kitabayashi y su esposo confesaron que, cuando vivían en Los Ángeles en 1931, habían recibido a un grupo de jóvenes pensionistas. Dio sus nombres, entre ellos el de un joven pintor llamado Miyagi Yotoku —miembro de la red de espionaje de Sorge—, que también había regresado a Japón.
El sábado 4 de octubre de 1941, el día que Sorge cumplía 46 años, su telegrafista Clausen envió informes a la Sección Cuarta. Transmitiendo desde la casa del yugoslavo Branko Vukelić, pasó el informe de Ozaki Hotsumi y la conclusión de Sorge de que la Unión Soviética no sería atacada por Japón y que estaba a salvo de una guerra en dos frentes, al menos por el momento.
“El Extremo Oriente soviético puede considerarse a salvo de un ataque japonés”, informaba Sorge a Moscú. La Tokko detuvo a Miyagi Yotoku y fue allanada su casa, donde hallaron varios documentos sobre las mesas, totalmente a la vista. Al examinar esos papeles, casi se les salen los ojos de sus órbitas. Entre ellos había un estudio completo de las reservas de petróleo del Japón en Manchuria. Ese era un dato ultrasecreto. El petróleo era la sangre de las venas del Imperio. Aquella tarde en la estación Tsukiji de la Policía interrogaron a Miyagi durante tres horas, y al día siguiente se extendió por seis horas más. Frente a seis agentes, Miyagi aprovechó un descuido y se tiró de cabeza por la ventana abierta hacia la calle, diez metros más abajo. Dio la casualidad de que cayera sobre unos matorrales espesos que amortiguaron el golpe.
Sobrevivió, pero esa experiencia extrema lo transformó. Era otro hombre. Había experimentado nada menos que la resurrección, y sintió la necesidad de confesar para empezar bien la nueva vida. Al volver a la sala de conferencias, Miyagi abrió su alma. Habló larga y detalladamente. Fue como si hubiera sacado el corcho de una botella de champán; toda la historia de la red de espionaje de Richard Sorge brotó como el líquido espumoso y embriagante.
La Tokko detuvo a Ozaki Hotsumi el 15 de octubre de 1941. Tres días después, tres grupos diferentes capturaron a Sorge, a Clausen y a Vukelić. Las pruebas eran abrumadoras; todos los integrantes del grupo confesaron con lujo de detalles, y la Tokko encontró los cuadernos cifrados de Clausen, su aparato emisor y un montón de despachos sin transmitir, redactados en inglés. Sorge comprendió que no había razón para seguir negando su participación en las actividades de espionaje. Pasó los siguientes tres años en la prisión de Sugamo en Tokio.
Después de meses de violentos interrogatorios fue juzgado y condenado por ser un agente comunista cuyas actividades de espionaje tenían como objetivo derrocar el sistema del emperador y la propiedad privada. En septiembre de 1943 fue condenado a muerte. Sin embargo, Sorge confiaba en que no se enfrentaría a la horca porque Tokio le ofrecería a Moscú cambiarlo por un prisionero japonés. De hecho, los japoneses intentaron en tres ocasiones organizar un intercambio de prisioneros. Cada vez, la respuesta de Moscú fue la misma: “El hombre llamado Richard Sorge es desconocido para nosotros”.
Desde su condena a muerte vivió más de un año sabiendo que sería ejecutado. Durante ese tiempo no se derrumbó. Pasaba las horas leyendo —aceptaba casi cualquier libro que le ofrecieran, desde novelas hasta tratados de filosofía— y escribiendo notas que, por censura, nunca salieron de la prisión. Sus cartas no contenían súplicas ni mensajes desesperados, estaban llenas de análisis, reflexiones y un humor seco que incomodaba a quienes esperaban verlo quebrarse.
Los guardias recordaban que solía mantener una cortesía impecable. Jamás elevó la voz ni imploró clemencia. En más de una ocasión habló de la muerte como el desenlace natural para un espía. Según un intérprete japonés, comentó con frialdad: “Un espía debe estar siempre preparado para ser colgado”.
Muchos países no reconocen a sus espías. Pero Sorge probablemente estaba condenado por una razón diferente: era un recordatorio vergonzoso de que Iósif Stalin había ignorado sus advertencias sobre un inminente ataque alemán, que finalmente se produjo con innumerable cantidad de muertos de la Unión Soviética, más de diez millones de personas. Tal recordatorio y testimonio serían muy desagradables para Stalin y su régimen.
La aparente indiferencia de Moscú por el destino de Sorge convenció a los japoneses de que no tenía sentido seguir intentando un piadoso intercambio de prisioneros. En sus propias palabras, recogidas por un guardia japonés: “Nadie vendrá por mí. Cumplí mi trabajo, y lo demás no importa”.
La noche previa a su ejecución, el 6 de noviembre de 1944, pidió tabaco y un libro. No mostró ansiedad. Los guardias afirmaron que durmió con tranquilidad. En la mañana del 7 de noviembre fue conducido al patíbulo de la cárcel de Sugamo. Vestía con corrección, sin signos de haber pasado años en prisión. En el cadalso, su comportamiento desconcertó aun más a los presentes. Según el registro oficial, sus últimas palabras fueron simples: “Viva la Internacional Comunista”. Acto seguido la trampa se abrió, y el cuerpo de Sorge quedó suspendido.
El cadáver fue echado a una fosa común en la propia prisión, junto con otros reos ejecutados. Allí permaneció anónimo, sin lápida, durante años. Las autoridades japonesas no lo entregaron ni informaron a la embajada alemana ni a nadie que hubiera querido reclamarlo. En la práctica, el cuerpo de Sorge se disolvió en el olvido físico de las fosas carcelarias.
La memoria de Sorge siguió un camino distinto y más complejo. En la Unión Soviética, al momento de su muerte fue borrado del reconocimiento oficial; Stalin dejó que olvidaran su nombre. Durante casi veinte años no hubo en Moscú homenajes ni referencias. Sorge era un nombre incómodo, pese a que sus informes habían sido fundamentales para la defensa soviética frente a la invasión alemana en 1941.
Recién en 1964, en tiempos de Nikita Jrushchov, el Kremlin lo rescató de ese olvido. El Presídium del Sóviet Supremo lo declaró Héroe de la Unión Soviética y desde entonces comenzó la construcción de su mito: monumentos, biografías, calles con su nombre, películas. En Alemania Oriental se convirtió también en una figura heroica, ejemplo del espía antifascista. En Japón, paradójicamente, muchos intelectuales lo reivindicaron como un hombre de convicciones firmes que había jugado un papel fundamental en el tablero de la guerra.
Escarnio
Clara Petacci y Benito Mussolini
ITALIA, 1945
Había perdido todo, menos la voz. El 27 de abril de 1945, Benito Mussolini, el hombre que durante veinte años había hablado desde balcones con el mentón en alto, escapaba por la llanura lombarda con un capote alemán. Lo escoltaban soldados que no lo querían, conducía un camión que no sabía adónde iba, y a su lado viajaba Clara Petacci, su sombra más fiel. Habían dormido en una escuela abandonada, comido pan duro y cebolla, y cambiado de ropa tres veces para evitar ser reconocidos.
Después de la caída de Roma en junio de 1944, Mussolini se había refugiado en el norte bajo protección de Hitler, instalando la llamada República Social Italiana en Saló, un estado títere sin soberanía ni destino. Era un cadáver político sostenido por las Schutzstaffel (SS). Pero ahora, en los últimos días de abril, el Tercer Reich se derrumbaba. Hitler ya se escondía en su búnker. Y Mussolini, sintiendo que el fin se acercaba, intentó escapar a Suiza y una vez allí negociar una salida, tal vez vivir en el exilio.
Iba disfrazado de soldado alemán, oculto dentro de una columna del 52º Batallón de la Luftwaffe que se dirigía al paso de Chiavenna. Estaban rodeados. En Dongo, a orillas del hermoso lago de Como, la columna fue detenida por partisanos comunistas de la Brigada Garibaldi. El control fue improvisado pero decisivo. Los partisanos miraban a cada uno. Revisaban bolsillos. Pedían papeles. Y en el último camión, entre soldados demacrados, alguien notó una figura extraña. Una cara conocida. Uno de los partisanos gritó: “¿Quién es ese en el fondo?”.
Nadie respondió. Hasta que afilaron la vista. No eran los uniformes. Era el silencio. Nadie podía callar como Mussolini. Nadie podía parecer tan derrotado sin decir una palabra. Era él. Fue separado. Con él, Clara Petacci, que había insistido en estar a su lado. Clara podría haberse salvado, podría haber huido con su familia. Pero eligió quedarse. Por amor o por destino.
Los llevaron a una casa de campo en Mezzegra y esperaron órdenes. La decisión llegó desde Milán, por medio de Luigi Longo y Luigi Neri, dirigentes del Comitato di Liberazione Nazionale Alta Italia (CLNAI), dominado por el Partido Comunista Italiano. La orden era clara: ejecutar al Duce. Sin juicio. Sin demora. El futuro presidente de la República Italiana, Sandro Pertini, dijo por radio que Mussolini debía ser fusilado “como un perro rabioso”.
La versión oficial dice que el encargado d
