Respiró él, respiramos todos
Cae la noche en el Estadio Lusail. La Selección Argentina está a doce pasos de volver a coronarse campeona del mundo por tercera vez y ponerle punto final a treinta y seis años de sequía, frustraciones y tristezas, a una espera que, a esa altura, duele y lastima. Miles de chicos y chicas están por primera vez a segundos de sentir lo mismo que vivieron sus abuelos con Argentina 78 y sus padres en México 86.
La definición es dramática. Francia falla dos penales y anota otros dos. Argentina es implacable: el primer penal es una caricia a la red de Lionel Messi; el segundo, un disparo seco y rasante de Dybala que entra por el medio del arco, y el tercero, un fortísimo remate de Paredes que, a pesar de su resbalón, infla la red de gol. Si la Selección anota el cuarto, la Copa tendrá nuevo dueño.
Kolo Muani se empeña en mantener con vida a Francia y cumple con su partitura. No bien la pelota del francés besa la red, Gonzalo Montiel arranca su caminata hacia el punto del penal. Avanza con tanta determinación que ni siquiera registra que a mitad de camino se cruzará con el francés que lo mira para ver si logra desconcentrarlo. Cachete, que tiene un máster en potrero, no lo mira. No lo registra.
Carga sobre sus hombros un peso imposible de imaginar. Cuando garabateaba firuletes en los potreros de González Catán jamás pensó que el fútbol lo llevaría ante un instante de tamaña trascendencia. No solo tiene la pesada tarea de patear el penal más decisivo en la historia del fútbol argentino, sino que además es responsable, involuntariamente, de la aceleración de la frecuencia cardíaca de los cincuenta millones de argentinos que habitan el Planeta Fútbol. Es demasiado para un solo hombre.
El aire en la atmósfera qatarí es espeso. Huele a polvorín humano a punto de explotar. En los pupitres, los relatores hacen malabares tratando de encontrar las palabras justas que permitan describir lo racional posible, aquello que los futbolistas escriben con los pies. Por un instante, imagino que Gonzalo Montiel es Julio César cruzando el Rubicón en busca de la gloria eterna mientras avanza a paso redoblado con toda su tropa detrás, y que en su botín derecho lleva bordada la frase que inmortalizó al guerrero romano: alea iacta est, la suerte está echada.
Pero Montiel no es un guerrero romano ni el césped del Lusail es la arena del Coliseo. Sin embargo, algo de esto hay, porque en el centro de la cancha y en el banco de suplentes, jugadores y cuerpo técnico se abrazan intentando ser más fuertes, aunque un poco, creo, también es una estrategia de supervivencia. Porque si alguno se desvaneciera producto de la tensión, sabe que a su lado tiene un ser querido que lo sostendrá. La familia, ante todo.
Montiel, al igual que Julio César, es un hombre de carne y hueso que camina para enfrentar su destino. Y aunque el suyo también sea el nuestro, su rostro transmite una extraña sensación de paz que contrasta con toda la locura que sobrevuela a su alrededor. De Qatar a La Quiaca, del Lusail a la Antártida, con todos los husos horarios y los cuatro climas. Él está en paz; nosotros, a punto de desatar una tormenta.
En su trayecto hacia el arco, camina cincuenta y dos pasos exactos. No son cortos ni largos, sino firmes y decididos. Cuando llega a la zona prometida, acomoda el balón, lo acaricia levemente, y lo deposita en el círculo del penal prolijamente pintado por algún qatarí, que el día de mañana tendrá una anécdota futbolera para contarles a sus nietos y decirles que él pintó ese punto de penal en la final entre Argentina y Francia.
Ahora que se desprendió del esférico, Montiel retrocede diez pasos y se cuadra para buscar el mejor ángulo de disparo. Levanta su mirada, toma aire, exhala, vuelve a respirar, y exhala. Respira por última vez y se abalanza para impulsarse en su carrera final. Conté también esos pasos: fueron seis. Si fuera numeróloga sentiría que hasta los números juegan con la Celeste y Blanca. Anoté: 52 pasos iniciales menos los 10 del retroceso y otros 6 antes del disparo. Esa cuenta me da 36. Exactamente la cantidad de años que lleva la Selección Argentina sin salir Campeón
