¿Están vivos los ríos?

Robert Macfarlane

Fragmento

cap-4

Hace doce mil años nace un río.

Una oquedad al pie de una colina cubierta de fragmentos blancos de sílex que parecen ojos se llena de agua por primera vez; el agua mana por una grieta de la caliza… y se va. Mana y se va, mana y se va; mana días y días, y años, y décadas y siglos; la contemplan la luna diurna de pleno verano y el sol tinto de invierno, la contemplan todas las estaciones, los ciervos de dos metros de altura hasta la cruz, la contemplan los centinelas halcón y zorro, la contemplan con aguanieve y con granizo; la contemplan los uros, de tres metros del hocico a la cola.

Esta fuente de agua cayó primero en forma de nieve, que cuajó, se fundió, la absorbió el lecho de roca y después resurgió en forma de manantial: un pálpito insomne de plata en movimiento que riza con su murmullo susurrante el pozo que ha labrado.

Los años pasados bajo tierra han purificado esta agua. Es transparente como el vidrio, con un matiz azulado. Al norte, los glaciares se repliegan gruñendo: inmensos lóbulos cristalinos y proas de hielo que crujen con el calentamiento climático que los obliga a retroceder hacia su último bastión de las alturas. La enorme placa de hielo deja tras de sí un terreno restregado, llanuras de roca desnuda, lagos de nieve fundida y morrena. A la tierra le han quitado un gran peso de encima y, aliviada, se alza. Los árboles siguen los pasos de los glaciares hacia el norte rellenando los huecos: primero, abedules y avellanos; después, el sauce ceniciento. Abajo, en el sur, la helada ha aflojado por fin su garra de hierro: el agua penetra en las profundidades de la tierra, sacia el acuífero y alimenta el manantial que fluye al pie de la colina.

El manantial se convierte en torrente, que se convierte en río, y los tres buscan el mar.

Ahora, ocho mil años después: es el momento de los tilos. Medra el bosque de tilos silvestres, se multiplica directamente en dirección a las costas y se espesa acercándose al manantial. La corriente del manantial, alimentada por las lluvias, corre hacia el mar por efecto de la gravedad o por algo semejante a un anhelo; se une al río, que serpentea en anchos meandros en busca de su desembocadura, donde finalmente, flanqueado por playas broncíneas, llega al océano y la conmoción de las mareas y el viento acaba con él entre el oleaje.

Unas sombras se mueven entre los árboles que rodean el manantial: hay personas aquí por primera vez, atraídas por el lugar donde nace el agua. El manantial se convierte en un punto de referencia de sus vagabundeos; un sitio extraño que las atrae entre las vueltas y revueltas de sus movimientos estacionales. Aquí beben, comen, duermen y utilizan cornamentas de ciervo para fabricar herramientas de fragmentos de sílex, blancas por fuera y azul oscuro por dentro. Encajan hojas cortantes en mangos de madera, ingenian punzones y azuelas, afilan cinceles con los que graban en hueso. Para cocinar, montan fogones con piedras y las dejan chamuscadas en la caliza. Las hogueras nocturnas resplandecen en la gran soledad de esta tierra, escasamente poblada, en la soledad mayor del universo. Una noche de invierno, la aurora boreal destella por todo el cielo: radiantes ríos celestiales que se mueven, fluyen y se entrecruzan formando corrientes; una luz rosada y verde cae sobre los rostros que la miran con asombro desde abajo, hasta que la oscuridad inmensa se lo traga todo de nuevo.

La historia transcurre veloz y lentamente al mismo tiempo, se arremolina sobre sí misma y dibuja espirales en las que se encuentran corrientes y contracorrientes. La vida y la muerte surgen y caen y el manantial organiza la existencia a su alrededor, como ha hecho siempre, ejerciendo sobre la tierra algo semejante a la voluntad. Comienza el asentamiento. En la cumbre de la colina, dominando el manantial, se cava y se fortifica un recinto de fosos, suficiente para diez familias o más. Pasan los siglos. El recinto ha sido abandonado, se cubre de maleza, la vegetación lo absorbe. En la antigua caliza se entierran ahora muertos recientes y, con ellos, ajuares funerarios: cuencos, abalorios y los cuernos curvos de un uro que murió con una alabarda clavada en la frente, entre los rebosantes ojos.

La linterna mágica pasa las imágenes cada vez más deprisa. Dos mil años más tarde las colinas calcáreas son otra vez una plaza fuerte, es el emplazamiento de un enorme castro circular con foso y empalizada. En el bosquecillo han surgido otros manantiales, hay nueve, que alimentan dos charcas. El trasiego de agua horada un camino a fuerza de idas y vueltas continuas del castro a la fuente y de la fuente al castro. El culto al agua inunda la ancha tierra. Los manantiales y los torrentes se convierten en espacios sagrados en los que el agua habla con una voz que no se entiende ni se puede negar. En esta época, los ríos se consideran dioses y reciben nombres de dioses: Dana (después, Danubio); Deva (Dee); Tamesa (Támesis); Sinnan (Shannon). Pero si el torrente que mana de las fuentes que laten al pie de la colina blanca recibió algún nombre en algún momento, ese nombre se ha perdido en el tiempo.

Una multitud de «ahoras» se convierte en «después». La Pax Romana trae paz al valle y a las fuentes. Los pequeños campesinos se reparten la tierra. Los arados de hierro sacan chispas anaranjadas del sílex al anochecer, rompen las piedras y las afiladas esquirlas caen al suelo, no se distinguen de las que tallaron manos humanas cuatro o cinco mil años antes. Los romanos veneran a las dríadas de los árboles y a las náyades del agua. El agua de los manantiales y de los torrentes no es intercambiable. El agua de manantial es importante. Su curso es importante. Cada río es diferente según su origen y su curso, cada río tiene un espíritu y una lengua distintos y cada uno recibe sus honores particulares. Lejos, al norte, donde los glaciares arrastraban antes el estómago, los soldados bátavos erigen un templo sobre un manantial y se lo dedican a la diosa Coventina, nombre que toman de la palabra celta gover, que significa «río pequeño». Se hacen ofrendas a la diosa del agua, millares de ofrendas: monedas, cuentas de hueso, plomo y azabache, un broche de cobre en forma de serpientes de agua. En cuanto a los manantiales pequeños de aguas límpidas, todos los años, un puñado de legionarios abandona la recta calzada romana que discurre a un kilómetro y medio de distancia y se acercan, dejan en el suelo la lanza y la daga, sacian la sed y murmuran unas oraciones. A ese lugar lo llaman Nona, por una de las diosas del destino. Con el tiempo, Nona se convierte en Nine: Nine Wells. Las fuentes del destino, donde nace un río.

Pasa el tiempo, se repite; el agua de las fuentes sigue manando una estación tras otra. Uno tras otro florecen el endrino, el ciruelo, el espino, el rosal silvestre y el euonymus; la fronda, con diferentes tonos de verde: el carpe, el avellano, el roble y el arce. En el bosque que rodea las fuentes, entre los fresnos y las hayas, los búhos se llaman unos a otros, año tras año. Alguien ata un cazo a una larga cadena de hierro y la fija en un árbol a la orilla del pozo, para que la gente pueda beber la fría agua del manantial.

Pasan los siglos. La peste se mueve por Europa hacia el oeste a grandes zancadas. Hambrienta, con dientes afilados, acecha a la joven ciudad de Cambridge, que está creciendo cerca de los manantiales, y devora a la población. Muere la mitad de sus habitantes. Muere media Europa. Un viejo espino florece cerca de los manantiales, al que acuden los suplicantes para atar cintas de tela en las ramas con la esperanza de que la vida de las aguas los proteja de la muerte. Pero las bubas continúan cebándose en sus axilas e ingles. A algunos muertos los entierran solos, con mimo; a otro los amontonan en zanjas excavadas en los cementerios. La primavera sigue su curso, el río sigue buscando el mar.

Es la década de 1530. Enrique VIII ha roto con Roma y ha rechazado la autoridad del papa. La Reforma está en marcha, pero no solo se despojan los altares y se destruyen las celosías de las iglesias. Una furia purificadora invade también la tierra animada,[3] con el empeño de exorcizar «ese detestable pecado de idolatría». Grupos de vigilantes se dispersan por todo el país. Persiguen especialmente las corrientes de agua por su poder para sanar, bendecir y actuar. Ciegan y sellan los pozos sagrados. Lejos, en el oeste, destruyen una ermita, construida al lado de la fuente de un santo; los destructores juran solemnemente «no dejar piedra sobre piedra». Detienen y juzgan a unos cuantos que insisten en ir de romería a fuentes y ríos. De todos modos, la gente sigue yendo, a veces al amparo de la noche, a depositar ofrendas. Muchas personas consideran que la prohibición de visitar las fuentes que imponen las autoridades confirma los poderes numinosos de sus aguas, que surgen misteriosa y caprichosamente de la tierra como lo han hecho durante miles de años.

Casi tres siglos después un joven y apasionado poeta cojo, de quien se dice que tiene un oso en sus habitaciones de la universidad, se baña desnudo en una poza verde del río cercano a las fuentes. Más tarde escribe un poema en el que cuenta una pesadilla: el sol se ha extinguido y la Tierra helada oscila en el espacio, ciega y ennegrecida, «los ríos, los lagos y el océano se detuvieron, nada se movía en las silenciosas profundidades».[4]

En la ladera de White Hill, como llaman ahora a la colina a cuyo pie brota el manantial, los tractores han sustituido a los caballos. La guerra asola el mundo, amenaza la tierra. Los habitantes de la ciudad salen por millares a cavar una zanja de más de diez kilómetros en la que supuestamente se hundirán los tanques de la Wehrmacht si atacan por el sur. Pero los soldados grises no llegan a tocar tierra, la zanja se rellena otra vez y en la siguiente época de paz se levanta un nuevo hospital cerca de las fuentes.

El invierno más crudo que se ha registrado es el de 1967: las fuentes se hielan por completo seis semanas, las ramas de los árboles se parten bajo el peso del hielo acumulado. La peor sequía llega en 1976: las carreteras se deshacen, se producen grandes incendios de matorral y billones de pulgones se ciernen sobre los campos y las ciudades como columnas de humo verde. Los pulgones atraen una plaga de mariquitas que asola el sur, se posan en gran número sobre las personas, que de pronto se encuentran cubiertas de miles de insectos, como si les hubieran salido élitros propios. Las fuentes se secan por primera vez desde el retroceso de los glaciares. Y aquel mes de agosto, en el peor momento de la sequía, nace un niño; tiene el pelo muy oscuro, pero enseguida se vuelve rubio.

La ciudad, en rápido crecimiento, está sedienta; necesita agua para tirar de la cadena, para lavarse, para beber. Se hacen perforaciones, se ponen espitas en el acuífero y comienza la extracción de agua de arroyos y ríos. El nivel freático cae en la medida en que las cosechas, los grifos y las mangueras se llevan su parte. Casi nadie va a las fuentes, que están cada vez más secas. Nadie se acuerda del arroyo, que se asfixia entre algas y lentejas de agua. El río se hace más lento, está más polucionado. La compañía del agua teme la mala prensa si las fuentes se secan bajo su dirección, de modo que mandan hombres con excavadoras y tuberías de plástico azul para montar un «plan de aumento»: bombearán agua de otra parte de la red a las fuentes para que no se sequen por completo.

A quinientos metros, en el hospital, hay docenas de cuerpos humanos conectados a artilugios de respiración asistida, los pechos se hinchan y se deshinchan al ritmo regular de las máquinas, de los pitidos de los monitores cardiacos. Aquí, en el bosquecillo, las fuentes también están en tratamiento de soporte vital.

El niño rubio, que ahora es un hombre y padre por primera vez, se ha mudado a las afueras de la ciudad, a menos de dos kilómetros del pie de White Hill. Tarda dos años en descubrir las fuentes, nadie se acuerda de ellas, escondidas como están en un pequeño soto de hayas y fresnos, resguardadas entre trigales y campos de cebada, cerca de las vías del tren. Las fuentes lo fascinan enseguida. Empieza a ir a verlas a menudo, andando, en bicicleta o corriendo hasta el bosque, dos o tres veces a la semana, en ocasiones. Le gusta beber el agua del manantial en el cuenco de la mano; le cosquillea la lengua y es fría y sedosa como la piedra. Descubre que el riachuelo que forma las fuentes es uno de los solamente doscientos ríos calcáreos que hay en todo el mundo; que un río calcáreo que nace de manantiales es uno de los hábitats más raros de la Tierra. Descubre que, según la trayectoria actual de la contaminación y la extracción, toda la red de ríos calcáreos de Inglaterra no sobrevivirá hasta la segunda mitad del siglo.

Pasan diez años más. El hombre, que soy yo, tiene ya tres hijos. Estamos en el verano de 2022, el más caluroso desde que existen los registros, el verano en el que casi mueren todos los ríos.

En junio deja de llover. Los días secos se convierten en semanas de sequía, y después en meses. Las cosechas se agostan en los campos; el suelo se resquebraja. Una luz feroz enmarca las cortinas y las persianas desde el amanecer hasta el anochecer, o lo que pasa por anochecer. Sueño a menudo con la lluvia, como todos nosotros.

Una mañana nos despertamos y vemos que una ventolera del sur ha traído una fina arena roja del Sáhara y ha cubierto los coches, las ventanas y las hojas de las plantas con una capa polvorienta. Se mete en la boca y sabe a agotamiento. Un sol rojo herrumbroso brilla entre la neblina, como en las películas de desastres o en California.

El tiempo se descoyunta. La cabeza no es capaz de procesar la disonancia. El primer otoño de los dos del año llega a principios de agosto, cuando los árboles empiezan a perder el follaje debido al exceso de calor. Las ramas de los robles y las hayas se quedan deshojadas. El asfalto brilla y se reblandece, se nos pega a la suela de los zapatos como chicle negro. Cada nuevo día trae el mismo tiempo. Llevamos puesto el calor como una armadura completa.

Los ríos se llevan la peor parte. El Po se reduce a una serie de charcos. En el Rin, las barcazas de poco calado, que sostienen la vida de las tierras interiores de Alemania, ya no pueden navegar por algunos tramos. En el oeste del Canadá, los salmones que van a desovar se cuecen vivos en lechos de grava. En las orillas del Yangtsé, en Sichuan, los padres meten a sus hijos menores en cubos de agua para evitarles los golpes de calor. En las regiones fronterizas de Inglaterra y Gales, los residuos de las gigantescas granjas de aves contaminan el exhausto caudal del río Wye.

La radio dice: «El nacimiento del Támesis se ha trasladado quince kilómetros río abajo».

Con el descenso de los niveles de agua en todo el mundo, empiezan a resurgir cosas que estaban ocultas y algunas son maravillosas: estatuas budistas medievales; el cráneo de un venado de cien mil años de antigüedad; en las orillas del Tigris, en Irak, aparece una ciudad de la Edad del Bronce. Los arqueólogos acuden rápidamente, recorren el lugar y cartografían las calles del asentamiento que ha salido a luz. Encuentran cinco vasijas de cerámica con más de cien tablillas de arcilla sin cocer completamente cubiertas de escritura y les causa asombro que estos textos hayan sobrevivido tanto tiempo debajo del agua.

El lago Mead, en el río Colorado, se hunde profundamente en su lecho de arenisca y deja motoras de un millón de dólares varadas en las orillas. Aparecen fantasmas de mafiosos: un cadáver en descomposición de un hombre, con una sola herida de bala, embutido en un barril de acero de doscientos litros, con unas zapatillas deportivas de los ochenta. Se encuentran también seis cadáveres humanos más; al principio, a uno de ellos lo confunden con el esqueleto de una cabra montesa. Cerca de allí, en el Valle de la Muerte, unos hombres se filman friendo huevos en el capó, achicharrado por el sol, de unos Lamborghini, y venden la filmación.

Y en las orillas del Elba aparecen las piedras de la sequía: grandes cantos rodados que salen a la superficie cuando el nivel del agua merma desesperadamente. Tienen inscripciones de sequías anteriores: 1417, 1473, 1616, 1830. Cerca de Děčín, en la frontera entre Alemania y la República Checa resurge una piedra que advierte:

Wenn du michsiest, danneweine.

Si me ves, llora.

Un día, casi al final de la larga sequía, voy a las fuentes con mi hijo menor, Will.

Sé lo que nos vamos a encontrar ese día y no entiendo bien por qué vamos, pero nos damos la mano y juntos cruzamos el umbral que separa la ardiente luz de los campos del frescor del bosque.

Oscuridad nocturna, el áspero ronquido de la urraca, moscas que escriben el mismo mensaje una y otra vez en el aire, allí donde entra un rayo de sol.

Los manantiales casi se han secado. El exceso de extracción del acuífero y una serie de veranos áridos han hecho los preparativos… y ahora, la sequía los remata. Nunca he visto la poza principal tan baja. La oquedad está repleta de hojas malolientes. Hay menos de tres centímetros de agua en el lecho del arroyo que sale de las fuentes, y no parece que corra.

—¿El agua se ha muerto? —pregunta Will.

Solo tiene nueve años. Le duele lo que ve. Entiende que aquí pasa algo muy malo, aunque es incapaz de nombrarlo. Hay algo en el antiguo poder de este lugar y en este nuevo deterioro que lo conmueve profundamente.

—No, claro que no —digo, pero sé que miento.

Al salir del bosque vemos una garceta, blanca como una rebanada de nieve, inmóvil en el seco canal de desagüe, como si, a fuerza de paciencia, pudiera devolverle la vida al agua.

INTRODUCCIÓN
ÁNIMA

Fotografía del agua de un rió en calma.

Estamos buscando los botes que se nos olvidó construir.[5]

BARRY LÓPEZ (2022)

Este libro es un viaje a una idea que cambia el mundo: la idea de que los ríos están vivos.

Recorre historias, gentes, sitios y futuros de esta idea y de otras de la misma familia, por ejemplo, que un bosque puede pensar o una montaña recordar. Se pregunta qué sucede si nos tomamos en serio la idea de que un río tiene vida. ¿Qué implica reconocer esto para la percepción, la ley y la política? Es un intento de imaginar el agua de otra forma.

¿Está vivo un río? se desarrolla en tres paisajes principales. En primer lugar, un bosque nuboso ecuatoriano llamado Los Cedros, donde se encuentra la cabecera del río de Los Cedros. En segundo lugar, los malheridos ríos, las lagunas y los estuarios de la húmeda ciudad de Madrás, en el sureste de la India. Y, por último, el interior salvaje de Nitassinan, hogar del pueblo innu, regado por el Mutehekau Shipu, conocido también como río Magpie, que desemboca en el golfo de San Lorenzo, a mil kilómetros al noreste de Montreal.

Estos entornos se han convertido en focos del pensamiento revolucionario de lo que el filósofo Michael Serres llamó «el contrato natural».[6] En cada uno de ellos se entienden los ríos como algo fundamentalmente vivo, y en los tres se encuentra gravemente amenazada su supervivencia: en Ecuador, debido a la minería, en la India, a causa de la contaminación, y en Nitassinan, por los embalses.

«El agua habla»,[7] advirtió el escritor escocés Nan Shepherd. Pero ¿qué es lo que dice? En todos los sitios a los que he viajado he hecho la misma pregunta a las personas: ¿Qué dice el río? Esta es una pregunta muy primitiva; hace mucho tiempo que se formula. Las respuestas que he recibido son hermosas, crípticas, inquietantes y esclarecedoras. Lo que todos tenemos en común es que reconocemos que vivimos en un mundo polifónico, pero en el que a la mayoría de los habitantes —humanos y no humanos— se les niega la voz. Una cosa es estar en silencio y otra, estar silenciado; una cosa es no tener palabras y otra, que no te escuchen. Ningún paisaje habla con una sola lengua.

Deseo decir claramente y desde el principio que este libro se ha escrito con los ríos que corren por las páginas, entre ellos, el río de Los Cedros, el Aydar, el Cooum y el Kosasthalaiyar, el Mutehekau Shipu, el poderoso San Lorenzo y el de aguas cristalinas que fluye sin nombre del manantial del bosque brota Nine Wells, a un kilómetro y medio de mi casa, y que lleva la cuenta del tiempo en estas páginas. Son mis coautores.

Una mañana, yendo juntos al colegio, mi hijo Will me preguntó por el título del libro que estaba escribiendo. «¿Están vivos los ríos?», le dije. «Pues, entonces, va a ser un libro muy corto, papá —me respondió—, porque la respuesta es ¡sí!».

Creo que la mayoría hemos pensado alguna vez que los ríos están vivos. Los niños son por naturaleza exploradores de lo vívido (en su sentido antiguo: del latín vividus, que significa «animado, vital, lleno de vida»). Habitan en un mundo palpitante de árboles que hablan, ríos que cantan y montañas que piensan, e instintivamente le responden. Por este motivo, en gran parte de los libros infantiles —desde los cuentos de hadas hasta los relatos folclóricos, a lo largo de los siglos y en todas las lenguas— se da por hecho que los paisajes son sociables: hablan y escuchan.

El lenguaje de las instituciones que gobiernan el uso del agua se refiere a los ríos, torrentes y lagos como «masas de agua». A las cuatro mil masas de agua reconocidas en Inglaterra, Gales y Escocia habría que añadir unos sesenta y cinco millones más, porque, naturalmente, los seres humanos somos cuerpos de agua. El agua fluye por nuestro cuerpo, lo recorre. Si corremos, somos ríos; si nos sentamos, somos estanques. Tres cuartas partes del cerebro y el corazón humanos son agua; la piel, dos tercios; hasta los huesos contienen agua. Fuimos acuáticos antes que terrestres, nos movíamos lentamente, como buceadores a pulmón, en el oscuro tanque de flotación de la matriz.

Los planificadores urbanísticos hablan de «sacar a la luz» ríos y arroyos. Se trata de desenterrar cursos de agua sobre los que se han construido muchas ciudades, y que han quedado confinados en alcantarillas y túneles, invisibles, corriendo en la oscuridad. A veces a estos cursos de agua se les llama «ríos fantasma»; únicamente se oye su murmullo al nivel de la calle, como mucho, al pasar por las bocas de las alcantarillas o las rejillas de drenaje.

En Londres hay más de veinte fantasmas de esta clase. Podemos pasar años caminando por las calles de la ciudad sin saber que todos los días cruzamos otros ríos, aparte del Támesis, que están enterrados debajo del asfalto: el Fleet, el Moselle, el Walbrook, el Tyburn y el Westbourne al norte del Támesis y, al sur, el Quaggy, el Peck, el Neckinger, el Effra, el Falconbrook y otro más cuyo nombre se perdió hace mucho a manos del asfalto y los conductos de desagüe. El famoso «Viele Map1865» de Nueva York recoge la localización y las rutas de los manantiales, ríos y pantanos naturales de la isla de Manhattan. En él se ve que Nueva York era una ciudad de agua. West Broadway era un humedal. En Madison Square convergían tres arroyos como los dientes de un tridente y se unían en uno solo, que seguía su curso sinuoso. El río Minetta regaba la Quinta Avenida y la calle Veinte, cruzaba Washington Square y desembocaba en una zona pantanosa que ahora es Greenwich Village.

«Sacar ríos a la luz» significa que sus aguas vuelvan a ver la luz del sol. Es una forma de devolver a estos fantasmas a la vida en pueblos y ciudades, de reencontrarse con ellos como amigos y conciudadanos. En las ciudades en las que se ha hecho esta intervención[8] se ha notado a menudo un cambio social. En Seúl rescataron el río Cheonggyecheon de la carretera que lo encerraba, y el parque público que se creó en las orillas atrae ahora a nueve mil peatones en un día de verano normal. En verano, la temperatura en el paseo del río baja cinco grados con respecto a las áreas circundantes, y la polución del aire a lo largo del curso de las aguas ha descendido más de un tercio. En Seattle, Yonkers, Singapur, San Antonio y otras muchas ciudades de todo el mundo, estos proyectos rescatadores has contribuido a resucitar ríos y a revitalizar vecindarios. En Múnich, cuando, en un visionario arranque de reurbanización, se liberaron las aguas azules del río Isar[9] de la canalización en la que lo habían confinado y se permitió que fluyeran por un cauce más ancho, también la ciudad cambió. Ahora los tímalos aletean en aguas poco profundas a la sombra de los sauces. Los prados llegan hasta los guijarros de las orillas del Isar y la gente acude a sentarse, a charlar, a pasear, a tomar el sol, a dormir, a bañarse y a soñar. No es que la ciudad haya dotado al río de una nueva vida, sino más bien al contrario: el río ha insuflado vitalidad a la ciudad.

En las siguientes páginas quiero sacar a la luz maneras de percibir el agua, también enterradas ahora, que se han dado en la historia y en nosotros y ver las transformaciones que conlleva reconocer que los ríos tienen vida y que se pueden matar.

Si les resulta difícil pensar que los ríos están vivos, intenten imaginarse uno moribundo o muerto.

Esto es más fácil. Sabemos el aspecto que tienen. Sabemos la sensación que dan. Un río moribundo es aquel que no llega a alcanzar el mar. En un río moribundo, los peces flotan panza arriba en charcos de agua estancada. Los cisnes del curso alto del Támesis llevan ahora marcas de suciedad en su blanco pecho, que indican que han nadado entre aguas residuales. En las décadas de 1930 y 1940, las orillas del río Don, en Toronto, sufrieron tal contaminación[10] de las refinerías de petróleo que se incendiaron y ardieron dos veces. En la de 1990,[11] el lago Ontario estaba tan polucionado de productos químicos que se podía revelar carretes de fotografía sumergiéndolos en un cubo con agua del lago. En el otoño de 2023 se celebró un entierro por el lago Neagh, la masa de agua más grande de Irlanda del Norte. Los acompañantes del duelo, vestidos de negro, llevaron a hombros un ataúd a la orilla, cuyas aguas apestaban y mataban a los perros debido a la proliferación de brotes de algas venenosas en toda su extensión.

Los ríos no deberían incendiarse. Los lagos no deberían merecer un entierro. ¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí?

«La conquista de la naturaleza —dijo el geólogo, antropólogo y racista estadounidense William John McGee en 1909—, que comenzó con un control progresivo del suelo y sus productos y alcanzó a los minerales, está llegando ahora a las aguas superficiales y subterráneas; pero no estará completa hasta que se consiga también el control absoluto de este recurso».[12]

En el siglo que han transcurrido desde que McGee se propuso «conquistar» las aguas del mundo, la percepción y el gobierno de los ríos han experimentado una transformación de gran alcance. La rica y variada naturaleza de las corrientes de agua se ha simplificado, se ha reducido a la idea de «río» como recurso y vertedero ilimitado: lo que abastece y lo que se desecha. Se ha trazado y se ha impuesto, según un punto de vista mundial, una drástica frontera entre «vivo» y «no vivo» que sitúa a los ríos tajantemente en el lado de lo «no vivo». Para quienes, igual que yo, se han educado principalmente en el racionalismo, es difícil y va contra la intuición imaginar que los ríos están vivos más allá del conjunto de vidas que contienen. Para eso se requiere desaprender, un proceso mucho más arduo que el de aprender. Podemos decir que el destino de los ríos, de acuerdo con el racionalismo, ha sido convertirse en agua unidimensional.[13] A los ríos se los ha desposeído sistemáticamente de su espíritu y se los ha reducido a lo que Isaac Newton denominó «materia inanimada en bruto».[14]

El afán de controlar los movimientos del agua —abordado a gran escala por primera vez en el curso medio del Yangtsé, hace más de cinco mil años, y acelerado por dos inventos del siglo XIX, el hormigón armado vertible (1849) y la dinamita (1867)— ha conseguido convertir muchos ríos en lo que el filósofo Martin Heidegger denominó bestand (que suele traducirse por «reserva disponible o permanente») y nos da un ejemplo fluvial para ilustrar el concepto. Puso de relieve que el Rin había sido fuente de inspiración del poeta Friedrich Hölderlin, en cuyos versos el río posee personalidad y operatividad propias. Sin embargo, desde el momento en que se construyó una presa hidroeléctrica «dentro» del río, hasta el colosal Rin «parece una cosa que está a nuestras órdenes»,[15] dijo. En su tratado, la ingeniería hidráulica —aun con todos los milagros que esta ha traído consigo— transforma fundamentalmente nuestra percepción del río y cambia su vida y su autonomía por una esclavitud sumisa. Este nuevo encuadre infraestructural del río, aduce Heidegger, simbolizaba las consecuencias colaterales del afán administrativo de la tecnocracia de domeñar la naturaleza como si fuera «una coherencia calculable».[16] Nada es bueno por sí mismo ni en sí mismo; todo tiene que servir para algo. La identidad «río» se estabiliza y se singulariza, se identifica únicamente en función de los niveles de caudal y de megavataje.

El proyecto de la presa de las Tres Gargantas en el Yangtsé (China) requisó tanta agua que ha ralentizado la rotación de la Tierra mensurablemente. En la actualidad hay cincuenta mil presas solo en la cuenca hidrográfica del Yangtsé. El mayor sistema de obstrucción de ríos de todos los continentes es el europeo, con más de un millón de barreras[17] que fragmentan el curso de las aguas fluviales y solo un puñado de cauces libres. Si recorremos hasta el final los ocho kilómetros del dique de Oosterscheldekering (Países Bajos) —todo un reino que ha hecho posible el genio de la administración del agua a escala paisajística—, al final encontraremos una inscripción en un bloque de hormigón, que dice: Hier gaan over het tij, de wind, de maan en wij[18] (aquí gobiernan las mareas, el viento, la luna y nosotros). Muchos de estos embalses han procurado maravillas por lo que hace a la supervivencia humana y a la prosperidad, naturalmente; han sido el motor del desarrollo de muchas ciudades, han saciado la sed de billones de personas, han henchido el corazón como símbolos de la esperanza humana y han unido a personas tan diversas como Jawaharlal Nehru, Woody Guthrie y Josef Stalin.

El significado de las palabras también se puede requisar, igual que el agua: puede recogerse y asentarse en el pensamiento detrás de los muros de una presa. El significado requisado de «río» es ahora el de «proveedor de servicios», una identidad que imponen tanto las estructuras de la imaginación como las del terreno. Poco a poco nos hemos ido haciendo impermeables al agua, nos hemos sellado conceptualmente a las sutiles y variadas relaciones con los ríos, aunque siguen siendo ellos los que irrigan nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestras canciones y cuentos. Los ríos corren a través de la gente como, indudablemente, a través de unas tierras y otras.

Uno de los muchos trucos de evasión modernos consiste en hacer desaparecer la provisionalidad de las propias conclusiones. Ahora damos por hecho que damos a los ríos por hecho. Por ejemplo, no es nada fuera de lo común que un curso de agua tenga dueño —se pueda privatizar y vender, se reduzca a un capital líquido— ni pensar que las orillas de un río estén estrictamente controladas o incluso prohibidas, en vez de ser parte de los bienes comunes. Nos parece normal que, a ojos de la ley, una corporación sea una entidad legítima con una serie de derechos, incluido el de demandar, pero que un río que lleva miles de años fluyendo no tenga ninguno.

Ahora nuestros ríos están firmemente sometidos a la lógica de la cosificación y la extracción. Se necesitará mucha fuerza para liberar de ataduras sus significados más antiguos y complejos y dotar de vida nueva a nuestras relaciones con estas presencias inmensas y misteriosas cuyos entornos compartimos. Pero, como reza el eterno aforismo del economista Erich Zimmermann, «los recursos no nacen, se hacen».[19] Es decir: también pueden deshacerse.

Iván Illich, el crítico social austriaco, en su delgado y extraño libro H2O y las aguas del olvido (1985), explora hasta qué punto nos hemos «olvidado» del agua. Cuenta una historia de desencanto y de homogeneización. Al agua le han lavado el nutrido contenido social y metafísico que tenía, opina Illich, y se la ha reducido a ser un «líquido para lavar».[20] Hace del río una metáfora de sí mismo cuando dice que Occidente ha perdido la memoria porque ha bebido del río Leteo, y así ha suprimido las aguas de la «imaginación profunda».[21]

Illich imagina un posible antídoto para esta amnesia de una forma muy evocadora: «Siguiendo aguas de ensueño corriente arriba, el historiador aprenderá a distinguir el amplio registro de sus voces».[22]

Del mismo modo que nos hemos ido distanciando más y más del mundo vivo y lo hemos reducido a «materia en bruto», el lenguaje que reconoce la viveza de la tierra y el agua —la «gramática de los seres vivos y animados»,[23] como dijo felizmente Wall Kimmerer— es cada vez menos corriente. Hemos perdido gran parte del lenguaje de amor por los ríos.

A veces se oye todavía esta gramática animada, y es un sobresalto para el oído de la mente. En abril de 2021, cuatro mujeres de una coalición intertribal escribieron una carta abierta a Joe Biden pidiéndole protección para sus tierras sagradas de Bears Ears, la región desértica de Utah en la que Donald Trump quería abrir minas y perforaciones. El New York Times publicó esta carta:

Nuestras historias vienen de antiguo. Nos referimos a estas tierras, quienes están vivas. Sabemos el nombre de las montañas, de las plantas y de los animales, quienes nos enseñan[24] cuanto necesitamos para sobrevivir […]. Conocemos estas tierras como una madre a su hijo, como un hijo a su madre. Las mujeres indígenas de todo el mundo saben dónde están los manantiales sagrados; dónde se encuentran las plantas necesarias para alimentarnos y como medicina, y los animales de quienes aprendemos.

«Quienes», no «que». «Estas tierras, quienes están vivas». Las palabras construyen mundos. En inglés, los ríos, los árboles, las montañas, los océanos, las aves y los animales son it, una forma de pronombre distinta a la de las personas humanas [who] y que los reduce a la categoría de «materia». En inglés, los pronombres relativos para todos ellos son which o that, pero no who. Decimos «el río that fluye y el bosque that crece». Yo prefiero decir «el río who fluye» y «el bosque who crece». En inglés decimos río en singular. Pero «río» es una palabra del gran grupo de sustantivos que contienen multitudes. No existe el verbo to river, pero ¿hay algo que merezca más ser un verbo?

La «gramática» ordena las relaciones entre las cosas. La palabra suena seca, pero oculta dentro de sí un gran poder: en el inglés medio, «gramática» también significaba «magia», y un gramarye, un grimorio, era un libro de conjuros o brujería. Una buena gramática de la animacidad todavía puede volver a encantar la existencia. Si nos imaginamos que los ríos están vivos, sus aguas relucen de otra manera. Surge la posibilidad de nuevos encuentros, y la soledad retrocede un par de pasos. Descubres que te enamoras hacia fuera,[25] por decirlo al bello estilo de Robinson Jeffers.

En maorí, se puede saludar[26] a alguien a quien se acaba de conocer preguntando: Ko wai koe?, que, traducido literalmente, sería: «¿Quiénes son tus aguas». Las mías son el río Dee, que nace en la meseta de los Cairngorm y sale burbujeando del granito a más de ciento veinte metros entre perdices y escribanos nivales y un sol invernal; y ese río sin nombre cuyas fuentes se encuentran en esa oquedad al pie de White Hill.

Piensen en el mapa de su país. Imagínenselo completamente en blanco, excepto los cursos de agua: solo estos. Dótelos de colores vívidos: azul y verde, rojo y violeta. Una nueva topografía aparece ante los ojos. De repente la tierra se cubre de una intrincada red de venas. Las cumbres de las cadenas montañosas son ausencias oscuras que serpentean; las cuencas hidrográficas recogen finos filamentos de agua, los trenzan hábilmente en hebras, en cuerdas. Ladeamos la mirada, la acercamos. El patrón se repite una y otra vez cada vez que la focalizamos: una ramificación fractal de afluentes y canales, frondas y tallos. Parece el sistema vascular. Parece una red neuronal.

Todo el mundo vive en una cuenca fluvial.

En Inglaterra, mi país, una calamidad desesperante ha caído sobre nuestros ríos y arroyos. Las leyes y decretos que los regulan no han sabido protegerlos del deterioro. Las formas actuales de relacionarnos con los cursos de agua no han sabido detener la lenta violencia a la que han sido sometidos.

«Síndrome del punto de referencia cambiante»[27] es el nombre que se le ha dado al proceso por el que el deterioro constante del mundo natural se ha normalizado con el tiempo, desde el momento en que cada nueva generación mide las pérdidas con respecto a una cota ya degradada. Una persona nacida en la década de 1970 recordará que los parabrisas de su infancia terminaban un viaje largo cubiertos de incontables impactos de insectos. En los parabrisas de los coches actuales se percibe solamente alguna señal de esos impactos, pero una persona nacida en la primera década del siglo XXI no relacionaría esto con un drástico descenso de las poblaciones de insectos voladores, porque no habría conocido la abundancia de otras épocas. Este mismo efecto se conoce también con el nombre de «amnesia generacional», una fuerza muy poderosa en lo que se refiere a disfrazar y a posibilitar futuros perjuicios ecológicos.

El síndrome del punto de referencia cambiante ha disimulado el estado de deterioro de nuestros ríos. Ahora, de los ríos limpios no se puede beber ni puede uno bañarse, so riesgo de enfermar. Nos hemos dado cuenta de la catástrofe casi demasiado tarde. En la actualidad, como dice Feargal Sharkey, el defensor de los ríos: «La simple verdad del asunto es que todos los ríos de Inglaterra se están muriendo».[28] Están muriendo por falta de atención y los estamos matando deliberadamente.

No tiene por qué ser así. El síndrome del punto de referencia cambiante también puede funcionar a la inversa.[29] Podemos normalizar la mejoría igual que el declive, y entonces desear que la mejoría aumente; llamémoslo «síndrome del punto de referencia superante». Podemos dar marcha atrás y crear un futuro en el que los niños esperen que los ríos fluyan limpios libremente.

Es fácil hacer daño a los ríos. Pero, si se les da la oportunidad, se curan solos con una rapidez asombrosa. La vida vuelve a volcarse en ellos.

Cuando en el estado de Washington retiraron la presa del curso bajo del Elwha,[30] en septiembre de 2011, un siglo después de que la construyeran, el río revivió a una velocidad pasmosa. Millones de metros cúbicos de sedimentos, que se habían acumulado detrás del dique, llegaron al estuario, donde la nueva corriente formó enseguida unos bancos de guijarros y unas lenguas de arena que protegen la orilla de las tormentas y crean nuevos e intrincados hábitats. En el fondo del embalse, ya vacío, crecieron rápidamente un bosque y un sotobosque nuevos: jóvenes arces, abetos y cedros; enormes hileras de lupinos morados, retoños de chopo y de abedul. Osos negros y pumas deambularon por la maleza y cruzaron el río. Aparecieron mirlos en los cantos rodados saludando con inclinaciones de cabeza, elegantemente ataviados, como camareros atentos. Por debajo de la superficie ocurrieron otros milagros. Al desaparecer el agua del embalse, los salmones, con la ruta despejada del obstáculo de la presa, volvieron a emigrar todos los años, primero por centenares y después por millares, obedeciendo a la antigua compulsión de alcanzar el curso alto del río para desovar en las partes poco profundas y después morir, según manda la gran fatalidad silvestre de la carrera del salmón: un drama anual tan extraño y emocionante como una tragedia griega.

Desde el momento en que el río trajo de nuevo a los salmones, volvió también la red vital que sustentan. En principio el salmón es un ser marino; cuando va a desovar, lleva en el cuerpo nutrientes marinos tierra adentro. En la cuenca del alto Elwha, los carroñeros se llevaron a los salmones muertos o moribundos al bosque, se comieron la carne y las tripas y desecharon las espinas, que se pudrieron entre el musgo y las hojas. Los hongos levantaron sus blancos dedos fantasmales, se apoderaron de las espinas y las descompusieron; después compartieron estos

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