La búsqueda de Lucía

Cecilia Curbelo

Fragmento

Todo una mentira

Que te mientan es lo peor. Así, mirándote a los ojos. Aunque se justifiquen diciendo que «ocultar» no es mentir, es todo la misma porquería. Las personas en las que más confiás te clavan un puñal por la espalda y se supone que uno tiene que seguir como si nada, comprender, aceptar y continuar el vínculo como si tal cosa.

«¡Qué rebelde se puso!», comentan «esos» que antes eran confiables, es decir, los propios miembros de mi familia.

¡Qué me importa lo que piensen! Son todos unos falsos que ni siquiera me dieron la chance de decidir sobre mi propia vida. Ellos lo hicieron por mí y encima estoy recontrasegura de que pretenden que les esté agradecida.

Mis amigas me dicen que debería sentir eso: agradecimiento. Claro, qué fácil para ellas que no comparten mi situación ni, obvio, esta desilusión que nunca había experimentado tan profundamente.

Antes hablaba de desilusión como una palabra fuerte. La decía, la pronunciaba. Ahora la siento. No hay emoción más triste que esa. Desilusión. Desilusión por gente en la que confiabas a ciegas.

Habría puesto las manos en el fuego por cada uno de ellos. Por mi madre, por mi padre, por mi tío Ezequiel (mi preferido), por mi tía Gloria, y hasta por mis abuelos Nelly y Dardo que siempre fueron unos ácidos conmigo…

Y me hubiera quemado.

—Uliiii, Uliiii…

—Ta, nene, ¡dejame en paz medio minuto! ¡Ni respirar puedo sin que me andes atrás todo el tiempo! —le contesto a Bruno, que ya tiene tres años. Es un calco de mi padre: morocho, de ojos marrones, pestañas largas y anchas cejas, tiene un lunar que él llama «luna» debajo del pómulo derecho.

Escucho la voz de papá que está en la cocina, haciendo tuco. El olor es inconfundible. Es el aroma de esta casa.

—Bruno, dejá a tu hermana tranquila…

—¿Viste, mijo? Que te vayas —digo, apuntando la puerta con un dedo mientras él me mira con ojos tristes y hace pucherito con los labios.

Se me viene la frase «lobo con piel de cordero». Está bien, no aplica, o sea, tiene tres años, pero por su culpa fue que mi vida se desmoronó.

Él, así chiquito e indefenso como se ve, fue la causa de que se derrumbara mi universo. No puedo evitar sentir rechazo.

No lo quiero cerca. Es su culpa. Y la de mis padres.

Pero más de él. Más.

—¿Así que no te vas? Okey, entonces me voy yo. ¡Me tenés harta! —grito, mientras agarro mi bolso, me lo cruzo y salgo del apartamento dando un portazo para que mi padre escuche.

Siento cierto placer en hacerlo sufrir. Sé que suena horrible. Hay que ponerse en mi lugar para entender por qué hago lo que hago. Juzgar es fácil, comprender una actitud que de afuera parece injusta, no.

Él se lo merece. Todos ellos se merecen padecer aunque sea una décima parte de lo que padecí yo cuando la verdad salió a la luz.

Desde el instante en que ganó la mentira y el mundo de fantasía que me crearon se rompió sin contemplación ninguna ante mis ojos.

Ahora, que se la banquen, porque el que ríe último, ríe mejor. Y yo… no los necesito. Tengo a mi lado a la persona que me quiere genuinamente, y si estamos juntos puedo enfrentar lo que sea ¡y a quien sea!

Mis pasos apurados recorren uno de los tantos caminos internos de la cooperativa de viviendas. Espero no cruzarme con nadie, ni siquiera con Agustina, porque no estoy de humor. Mucho menos con Nico, que me mira con tristeza desde que decidí cortar, y al que a pesar de todo aún quiero muchísimo.

Él fue de los pocos, debo admitir, que no me defraudó. En todo caso fui yo quien lo defraudó a él… Sé que su madre no me lo perdona, así que ojalá no la vea tampoco, porque hoy es de esos días en que le contestaría algo feo si me da vuelta la cara como hace últimamente cuando me ve.

Siento la brisa en mi rostro y respiro profundo. Camino y camino. Hace algo más de un año que lo supe. Un poco antes de irnos a vivir a Buenos Aires para que mi madre cursase allá una especialización en el campo de la óptica, que es a lo que se dedica.

Ahí, a la distancia me di cuenta de que lo de Nico era más bien una relación de costumbre y no de amor. Esos noviazgos que ofrecen únicamente compañía hueca para evitar la soledad o para decirle a los demás: «Tengo novio», como si eso te diese otro estatus o una importancia extra.

Esas relaciones a las que, como dice Melany, una de mis mejores amigas, les falta «sal y pimienta». Aunque ella y Agustina insisten en que Nico es para mí.

Bah, todo el mundo insiste en eso, pero es porque estaban acostumbrados a vernos juntos, nomás. Y porque no se bancan a Hernán.

Percibo una oleada de dolor e instintivamente me llevo la mano a la ingle donde tengo el moretón. Hoy me lo observé y está pasando por varios tonos. Primero se puso rojo, después medio verde, días después estuvo amarillento y ahora es pardo. Ansío que pronto desaparezca, tal como juré que desaparecería de mi mente.

Me duele, pero no tanto como antes. Además, lo importante es que ya pasó… y no se ve. Sería terrible que alguien sospechase algo… porque en definitiva fue un error, nada más. Solo eso. Sé que no va a volver a suceder.

Ya no me voy a caer nunca más.

Las preguntas se amontonan mientras llego a la rambla y me siento en el césped a mirar el río. Son tantas dudas como rabia y bronca tengo acumuladas. Los ojos se me empañan y me limpio con el antebrazo; sin embargo, aunque me quite las lágrimas, sé que las que están en mi corazón no son tan fáciles de secar.

El viento leve hace ondear mi cabello y algunos mechones fucsias se me cruzan con el paisaje que veo difuso a través de mis ojos aguados.

¡Quién iba a decir que aquella niña dulce, bailarina de ballet, «princesita» como me decía mi padre, iba a usar el pelo de colores o a vestir una campera de cuero con tachas! Sé que mis padres sufren con este cambio… y esa es la idea. Cuanto más, mejor.

Aquella Lucía que fui… ya no habita en el presente. Ellos tienen en su dormitorio una foto de cuando era «normal», según su criterio, es decir, antes de que conociera a Hernán y me enterara del engaño. Allí estoy con mi cabello pelirrojo, enrulado, largo, que aún intento dominar con cremas de peinar y geles.

Mi nariz respingona está rodeada de pecas, y aunque ahora solo sonrío con Hernán y no con ellos, en la foto luzco una risa franca que deja ver mis brackets de color turquesa. Cuando elegí el color, recuerdo que papá me dijo:

—Podrías ponértelos verdes, que hacen juego con tus ojos.

—Ay, papi, mis ojos no son verdes, son marrones claritos.

—Son verdes.

—Bueno, como digas —contesté entonces, tomándolo del brazo cariñosamente. Entonces aún no sabía. No sabía ni sospechaba nada. Me enteraría de la verdad poco tiempo después.

Las fosas nasales se me abren como aletas cuando respiro hondo o cuando me enojo, y Bruno suele ponerme un dedo para achatarlas, mientras se ríe agarrándose la panza, y dos por tres se le escapa un chorrito de pis porque ya dejó los pañales. Cuando eso sucede, abre los ojos como platos y se tapa la boca con una mano.

Es tierno…, aunque no puedo olvidar jamás que por él dejé de ser yo.

Que su llegada trajo mi ruina emocional y familiar.

Que invadió mis espacios.

Que se apoderó de lo que era mío.

Que destapó el secreto que tanto se empecinaron en esconder.

Ni siquiera me dejaron conservar a Antoine cuando él nació, porque descubrieron que el bebé era alérgico a los gatos. Pero, Antoine para mí era no solo un gato, no solo una mascota. Era mi compañero. Mi confidente. Antoine se echaba sobre mi cama y ronroneaba. Se desperezaba y se frotaba en mis piernas para hacerme mimos. Lo extraño.

Sé que está bien cuidado donde lo llevamos, pero fue otra pérdida que tuve que atravesar por la llegada de Bruno.

¡Era tan segura antes…! A pesar del rechazo de mis abuelos, el amor del resto de mi familia compensaba ese destrato.

Mi baja estatura, sumada a mi complexión menuda y a una voz aguda y muy aniñada, hace que la gente me dé menos edad de la que realmente tengo. Y eso también provoca que mis padres y mis tíos sientan que aún soy una nena y no una adolescente. Por eso es que mi actual aspecto rebelde causó tanto revuelo, y por supuesto que culpan a Hernán.

Pero Hernán sabe quién soy. Es mi guía. No sé qué sería sin él en estos momentos, porque fue el único que me aclaró el panorama, haciendo, que al fin pudiese ver la traición de la que fui objeto.

Este cambio físico y mental que atravesé no fue la «rebeldía de la adolescencia», como ellos opinan, no.

Fue producto del engaño de cada una de las personas que se hicieron pasar por familia y escondieron, cual complot inmundo, la verdad de que ni mis tíos son mis tíos, ni mis padres son mis padres, ni mis abuelos son mis abuelos.

El secreto de que soy adoptada.

Complotados

Fui la princesa del hogar hasta la llegada de Bruno. De entonces solo tengo recuerdos de las risas de mis padres y mis tíos cuando, en cada reunión o cumpleaños, aplaudían mientras yo daba pasos de danza que aprendía en la academia de ballet, vestida con tutús o disfraces que mi tío Ezequiel me compraba para cada ocasión especial.

Corrían los sillones y la mesita ratona, y hacían espacio para que la «estrella» pudiese desplegar sus habilidades.

Y yo, que siempre fui de movimientos gráciles, me lucía feliz ante la admiración de los adultos y de algunos compañeritos de clase, además de Antoine, que me miraba desde su rincón preferido, atento a cada movimiento. Eso, cuando Mel lo dejaba en paz, porque era llegar e ir directo a upar a Antoine. ¡Qué celos me daba! ¡No lo quería compartir con nadie!

Desde que tengo memoria, Melany está conmigo. Nos conocimos a los seis años, en la escuela, y jamás faltó a ninguno de mis cumpleaños. El primer día de clases, cuando me vio llorando porque mi papá y mi mamá se retiraron dejándome sola en el salón de clase, me abrazó. Yo había pasado de un jardín de infantes pequeño, que estaba dentro de la cooperativa donde vivo, a una escuela enorme, y estaba asustada.

Mel me rodeó con sus brazos y me dijo:

—Yo te voy a cuidar, vos no te preocupes.

No me olvido más. Hoy seguimos siendo amigas, aunque actualmente soy yo la que la cuido a ella, porque todo lo que tiene de buena lo tiene de torpe, así que en varias oportunidades la tuve que auxiliar, como aquella vez que se le dio por «probar a que sus dientes frontales resistían la mordida de un clavo herrumbrado». Parece que había visto algo de eso en televisión, y aunque el programa advertía «no lo intenten en sus hogares», ella lo intentó y terminó con una paleta partida.

Lo peor, es que en vez de asustarse, se mataba de la risa mientras yo la miraba pasmada, hasta que de repente su rostro cambió de expresión y pasó a ser uno de susto, y ahí pensé: «Uf, al fin cayó en lo que hizo».

Pero no, el susto era por cómo se lo iba a decir a su madre. Teresa, la madre de mi amiga, está todo el día trabajando en diferentes lugares, haciendo limpiezas. Debo reconocer que aunque es más centrada que su hija, también es un poco inconsciente a veces.

Por eso, no me sorprendí cuando esa noche llegó a su casa y al ver a Melany con su diente roto comenzó a reírse mientras decía: «De tal palo, tal astilla». Según Teresa, cuando ella era chica también hacía «pruebas raras».

A mí me preocupaba que pasase algo más grave, no sé, que el diente se infectase… Así que fuimos a lo de mi tía Gloria, que la revisó y consiguió que un odontólogo amigo se ofreciera a arreglarle la paleta rota, cobrándole muy poco dinero. Ella se encogió de hombros, y nada más. Nunca fue, nunca se lo arregló. Así que ahora anda con su diente partido que es lo primero que le notás cuando la ves, y no me la puedo imaginar sonriendo de otra forma.

Es de complexión más bien gruesa y cuando se mueve se da contra todo. Si caminamos juntas, se me viene encima sin querer y me hace trastabillar. No puede caminar en línea recta. Lo peor es que le puso un ringtone a su celular que suena a cada rato, porque le llegan las notificaciones de Twitter, Facebook, Instagram, correos… y el sonido es ¡Cueeeeeeeeeeck!, como si un pato se quejara o estuviese borracho.

Así que estás con ella y te pasás escuchando ¡Cueeeeeeeeeeck! hasta que querés destruir el maldito celular, tirarlo al inodoro ¡y apretar el botón para que desaparezca en los confines de las cañerías!

Mel vive bien cerquita de la cooperativa. Vivir acá está superbueno porque es como un barrio y tenés de todo: almacén, peluquería, un kiosco, jardín de infantes… ¡hasta tenemos una plaza!

Los edificios están revestidos de ladrillos rojos y los apartamentos lucen iguales. Se diferencian por la cantidad de dormitorios, pero nada más. Hay césped y flores bordeando los caminos internos. Los vecinos están organizados y se turnan para su cuidado. Papá últimamente trata de colaborar con otras tareas comunitarias, por su problema del corazón. No puede, por ejemplo, cortar el pasto. Supone un esfuerzo físico muy grande para él.

El hecho de que cada uno sea responsable del espacio en el que vive te hace más cuidadoso con el entorno, y por eso es un área muy, pero muy prolija y limpia. A nadie se le ocurre tirar basura fuera de los contenedores, mucho menos dañar las paredes o las hamacas de la plaza. Si tirás algo, lo recogés. Así de simple.

¡Me encanta vivir en un lugar así! Porque, además de estas ventajas, nunca te sentís solo. Ni te da miedo ver películas de suspenso. Yo, que soy fanática de las películas de terror, si las viese en una casa aislada me muero del susto.

Pero acá es imposible, porque aparte de que nuestro apartamento está en la séptima planta, y que en el mismo piso hay tres apartamentos más, afuera también estoy rodeada de vecinos. ¡Es un alivio!

Uno de los planes preferidos que compartimos con Mel es juntarnos para ver estas películas de miedo. Tenemos la colección de las de Alfred Hitchcock, que aunque son reviejas ¡nos alucinan! También vimos muchas veces otras más nuevas como La huérfana. Hacemos pop, apagamos las luces y ¡channnn!

A Agus no la podemos invitar porque es muy asustadiza y dice que después tiene pesadillas horrendas. Con ella solo vemos comedias o documentales de ovnis, que le encantan.

Papá siempre fue más como una madre para mí. Agustina y Melany siempre me lo dicen. No sé qué quieren decir con eso, porque si es porque mi padre plancha, cocina y es el que se queda en casa a cuidarnos o llevarnos al médico mientras mi madre trabaja, no tiene sentido.

Cualquiera de los dos debería poder hacer eso sin que te digan que sos más como madre o menos como padre. ¿O acaso cada uno tiene un rol asignado cuando nace? «Pensamiento liberal», dice mi abuela Nelly, con una mueca despectiva que me enferma. En serio, ¿por qué siempre ponemos tantas etiquetas? Que si uno es flaco, que si el otro es cheto, que si esto, que si aquello…

A mí me gusta que mi padre se encargue del hogar: no se le pasa ni un detalle. Si lo hiciera mi madre sería un caos porque es despistada y se olvida hasta cuando deja una olla al fuego. Ha quemado dos. ¡Es un peligro!

Es que ella está inmersa en su trabajo y parece que vive en un mundo paralelo. No es que no se ocupe de la familia, pero es más volada. Y eso mis abuelos no lo soportan, sobre todo Nelly.

Mi abuelo Dardo se deja llevar por Nelly y, entre la manija que se dan los dos, después se arma un ambiente espeso que te dan ganas de abrir las ventanas para ventilar y que entre oxígeno, cuando nos vienen a visitar.

Mamá sabe que sus suegros, o sea mis abuelos, no la toleran. Y, que por años y años la culparon de no ser capaz de tener hijos propios y «haberme tenido que adoptar».

«Una mujer que no puede parir es igual a una fruta que no tiene pulpa. Es una cáscara vacía.» Eso le dijo la abuela Nelly a papá una vez. Me lo contó mi tío Ezequiel, que es (o más bien era) mi confidente.

¡Qué horrible se debe de haber sentido mi madre! Sé que después de eso estuvieron mucho tiempo sin verse ni hablarse.

Nelly y Dardo son los padres de mi padre, que se llama Alberto. Está retirado hace años porque tuvo uno de esos trabajos de riesgo que te computan más años para la jubilación, así que hoy tiene cincuenta y dos años, pero lleva tiempo ya sin trabajar fuera de casa. Es medio pelado, barrigón y siempre usa pantalones deportivos. Como sufre del corazón, toma varios medicamentos e intenta salir a caminar todos los días, pero detesta el ejercicio físico.

Es bajo de estatura, muuuy sentimental, cariñoso y le encanta cocinar, sobre todo pasta. El tuco es su especialidad y, como dije antes, mi casa huele a eso.

Cuando conoció a Sylvia, mi madre, al principio no se cayeron muy bien. Es que mamá puede resultar un poco chocante si no la conocés, porque no habla mucho, es algo seca en el trato, y para colmo, al ser tan despistada, le hablás y ella no puede mantener mucho la atención en lo que decís, y sin darse cuenta comienza a desviar la vista mientras piensa en cualquier otra cosa. Esto es una contradicción con su trabajo que le exige mucha concentración, y sin embargo, los que la conocen en su faceta profesional aseguran que es excelente como óptica.

Es una pena que no pueda independizarse aún y tenga que seguir trabajando como empleada de un médico oculista que tiene una cadena de ópticas. Es que no es fácil juntar el dinero suficiente como para abrir tu propio negocio, ese es su sueño, y espero que algún día se le dé, porque ahora se pasa trabajando y lo cierto es que si no fuese por la jubilación de papá, no sé cómo sería la situación económica en casa. Aunque su jefe la nombró encargada de una sucursal, no gana demasiado a pesar del tiempo que le dedica, y es muy responsable; no falta jamás.

Usa el cabello con claritos, generalmente con mucho crecimiento en las raíces porque le aburre ir a la peluquería, y a veces parece que en vez de pelo tiene un enjambre. Es rellenita y anda a las apuradas. Sale de casa con la túnica blanca colgando de un brazo, rumbo al trabajo a las ocho menos cuarto en punto de la mañana.

Aunque tiene cuarenta y cinco años, en general la gente piensa que tiene más. Justo al revés que conmigo.

A pesar de lo seca o poco simpática que le cae a la gente, mi padre descubrió en ella a un ser especial, eso dice, y empezaron como amigos, hasta que de una se fueron a vivir juntos, y al tiempo se casaron. Mamá vivía en ese momento con sus dos hermanos: Gloria y Ezequiel.

Gloria es la hermana mayor y fue como una madre para mi madre y para Eze, porque cuando mis abuelos murieron en un accidente de auto, ella era mayor de edad y se hizo cargo de los dos hermanos menores.

En ese entonces Gloria era enfermera, hoy es nurse. Lo que tiene mucho que ver con mi adopción, porque ella es la que siempre, siempre supo y la que más insistió para que me dijeran la verdad desde un principio.

—Uno nunca sabe si se van a enterar por otros… o si los padres biológicos van a aparecer. Hay que ser sinceros desde el inicio —dice que les dijo a mis padres.

El problema es que aunque mamá estaba de acuerdo, mi padre siempre se negó rotundamente.

—No. Ella nunca tiene que saber. Ella es mi princesa. Es MI hija.

Y ahí terminó la conversación. Mamá no quiso discutir y la mentira comenzó a rodar a la par de mi propio crecimiento.

La familia se hizo cómplice.

Cuando Gloria asumió la crianza y sustento de sus hermanos, Ezequiel era muuuuy chiquito. Ahora tiene treinta años, es decir que con Gloria se llevan veinte y con mi madre quince. ¡Un montón! Admiro mucho a Gloria porque no debe de haber sido nada fácil, con veintiún años, hacerse cargo de sus hermanitos. Sé que contó con la ayuda de una tía soltera que, por lo que dicen, era muy metida y con la que tenía discusiones, aunque le daba terrible mano, no solo con los horarios y el cuidado de los niños, sino también con dinero.

Los trabajos de los tres hermanos están relacionados con la salud, porque Ezequiel es enfermero.

Lo que más disfrutaba yo era que mis tíos viviesen en la misma cooperativa que nosotros, así que cada vez que estaba mal o tenía alguna dificultad, cruzaba una callecita interior y en un momento estaba en el apartamento de ellos.

El tío Eze es el mejor consejero que pueda existir. O era… Bah, es. Lo que pasa es que ya no confío, después de saber que él también me mintió. No confío en nadie. Y de hecho estoy tan furiosa que aunque me ruega que vuelva a ser la que era, solo le contesto con monosílabos.

Tuvo la oportunidad de contarme. No una, sino muchas veces. Recuerdo que de chica jamás entendí por qué mi padre me llevaba a hacerme controles médicos y me sacaban sangre tan seguido. Odiaba eso. Pataleaba, lloraba, pero nada. No conseguía hacerlo cambiar de opinión.

Además, no comprendía por qué a Mel o a cualquier otra amiga no le mandaban esos estudios y a mí sí. Mi padre me decía que «más vale prevenir que curar», pero, algo no me cerraba, así que un día que sabía que Eze había llegado de su turno del hospital, me fui a su casa. Me tiré en el sofá grande que hay frente a la tele, mientras él preparaba té. Tiene de varios sabores, pero es fanático de uno de limón que compra granulado.

Mi tío es reeeeeeefachero, y aunque tiene sus años, usa los jeans gastados, remeras justas, le gusta estar a la moda y hace ejercicios para mantenerse en forma. ¡No parece que fuera tan grande! Tiene un corte de pelo que le queda genial, medio paradito en un lado y cortito en otro. Varía de estilo dos por tres. No le tiene miedo a los cambios, y la verdad es que se haga lo que se haga, ¡nunca lo vi feo!

—Tío Eze, ¿por qué me sacan sangre todo el tiempo? —le pregunté.

—Todo el tiempo no, Luli, ¡qué exagerada!

—Bueno, ¡pero porque no te sacan a vos! ¡Apenas me sacan una vez, que ya me toca sacarme de nuevo y así desde siempre! —protesté.

—Por precaución.

—¿De qué? O sea, si es por precaución hay miles de estudios para hacerse. Yo siento que hay algo raro y que nadie me quiere decir. Sé que vos no podrías mentirme, así que te pregunto: ¿estoy enferma de algo grave?

Me miró fijamente, y se dio vuelta para seguir preparando el té.

—No —dijo.

—¿Qué? Decímelo mirándome a la cara, tío. Vos sos en quien más confío en el mundo entero y lo sabés.

Se dio vuelta, vino hacia mí, se sentó a mi lado y me pasó un brazo por los hombros.

—Luli, mi vida, no tenés nada grave, ¿está claro? No te mentiría con algo así.

—¿Entonces? ¡No entiendo! Vos sabés algo que yo no sé. ¡Lo puedo leer en tus ojos!

Justo pitó la caldera. Maldita caldera que hace ruido en el momento más inoportuno.

—La caldera, ya vengo.

—No me contestaste.

—Sí te contesté. Es lo que tenés que saber. Lo más importante: que estás bien, que estás sana y que los controles médicos son por precaución, porque no queremos que te pase nada.

—¿Y por qué a Bruno no le hacen?

—Bueno… Es que…

—¿Viste? Estás dudando, como cuando no sabés qué inventar —le espeté, cruzándome de brazos.

—Bruno es Bruno y vos sos vos. Seguro a él le van a tocar otros controles. ¿No viste que el otro día también le hicieron análisis?

—Sí, pero porque tenía otitis… No es lo mismo.

Él suspiró.

—Escuchame, ¿vos confiás en mí?

Lo observé de costado, enojada. Sentía que mis fosas nasales crecían, se inflaban.

—Si confiás, creeme que esos estudios son para saber que estás bien y nada más.

Me revolví nerviosa, en el sofá.

—Todos queremos que estés bien, Luli… —dijo, acariciándome la mejilla.

—Bueh, todos, lo que se dice todos, no.

—¿Y eso? —preguntó, alzando una ceja.

Lo miré, con picardía.

—¡Ahhhh! —dijo, haciéndome cosquillas—. ¡Seguro estás pensando en tus abuelos!

—Es que posta, no entiendo. Haga lo que haga ¡me odian! ¡Y no sé por qué! Yo me mato por complacerlos, por ser la nieta que ellos querrían, ¡pero sé que no me bancan!

—No digas eso…

—¡Vos sabés que es así! ¿Viste lo que hicieron el otro día?

—Sí, pero…

—O sea, a ver…, ¿quién le dice a un nieto lo que me dijeron a mí?

—Es que están mayores…

En la clase habíamos preparado un festival para recolectar fondos y ayudar a un grupo de personas que estaban sufriendo las consecuencias de las inundaciones en el interior del país. Y para eso hicimos una pequeña obra de teatro. Representamos a Romeo y Julieta, y cobramos una pequeña entrada. Yo hice de Julieta. Mis compañeros y la profe me eligieron, porque, además de actuar, debía hacer algunos movimientos de ballet y no me daba vergüenza como a otras chicas.

Para mi horror, mis abuelos aparecieron. Me esforcé todavía más. Dije mi parte con una voz impostada y bailé haciendo flotar en el aire el vestido con volados con el que me había disfrazado. La tiara de flores en el cabello se aflojó y sentí verdadero pánico. Me recorrió un sudor frío…, pero por suerte no llegó a caerse y terminé el acto sintiéndome que había dejado todo en aquel escenario improvisado.

Sonriente, miré al público que aplaudía. Entonces, vi a mi abuela con su peinado de peluquería, alto y duro sin mover un músculo del rostro. Supe que no habría paz esa noche. Y así fue, porque, cuando volvimos a casa, el comentario de ella me aplastó:

—La verdad, querida, que te falta talento. No solo tenés voz chillona… Hiciste de un personaje adulto, pero con tu timbre de voz y tu baja estatura tendrían que haberte puesto para algún personaje infantil… —sentenció, meneando la cabeza disgustada. Y prosiguió—: No sé a qué te vas a dedicar, pero la actuación no es lo tuyo. ¿Verdad, viejo? —preguntó, mirando a mi abuelo, que asentía.

—No, no. La otra gurisita, la rubia, esa sí tenía talento —dijo mi abuelo.

—Y porte. Porte. Algo que a esta chica le falta, Dardo. Y bueno, los genes…

Ahí mi padre estalló y la reunión terminó conmigo llorando, mi madre y mis tíos consolándome, y mis abuelos saliendo (por no decir corriendo) de casa.

—Pero siempre fueron de esa forma. ¡No es de ahora! Y después que nació mi hermano, se nota mucho más la diferencia que hacen conmigo. ¡No me digas que no!

Ezequiel se levantó y se rascó la cabeza, meditando.

—No te lo voy a negar, pero…

—¿Qué?

—Ellos son mayores, y…

—¡Dejá de justificarlos!

—Bueno, pero tampoco ganamos nada dándonos manija. Pensá que los que pierden son ellos. ¿No ves lo solos que están? —preguntó, mientras se acercaba a darme un beso tierno en el cachete.

—¿Y a mí qué me importa? ¡Ellos se lo buscan!

—Claro, por eso te digo…

Se escuchó el tintineo de llaves, y el crujir de la puerta.

—Hay que engrasar las bisagras —dijo mi tía, que entró dando dos zancadas largas, decididas, como todo lo de ella.

La tía Gloria es menuda, de bellas facciones y ojos almendrados. Usa el pelo a la altura de los hombros, enrulado y sin teñir. Sus cabellos grises, lejos de hacerla parecer más vieja, a mi modo de ver le otorgan como una especie de autoridad. Eso, y su mirada penetrante.

Al igual que mamá, si no la conocés, puede chocarte en un primer encuentro, porque es de mantener una distancia que según ella, es esencial cuando no se conoce al otro. Pero, cuando se trata de alguien que quiere, da hasta aquello que no tiene. Es muy solidaria, creo que es de las personas más solidarias que conozco.

—¡Bueno! ¡Qué alegría, mi sobrinita en casa!

—Hola, tía —dije, levantándome para darle un beso, sonriente.

Ella me abrazó.

—Mmmm, ¡qué rico el olor de tu pelo!

—Seguro es a tuco —contesté, haciendo una mueca.

Eze y Gloria se tentaron.

—¡No seas mala con tu padre!

Nos reímos y, automáticamente, empezamos a poner la mesa para servir el té de limón y galletitas rellenas, la perdición de mi tía, que no puede vivir sin algo dulce.

—¿Y? ¿De qué hablaban, se puede saber? —preguntó mientras volvía de lavarse las manos.

—De mil cosas, pero lo último… de Nelly y Dardo.

—Ajá —dijo, sentándose y tomando una galleta que comenzó a mojar en su té humeante.

—¿Qué

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