Las vueltas de Perón

Fragmento

PRÓLOGO

Una geometría de dimensiones hasta entonces desconocidas en la Argentina hizo que un lapso de cinco años transcurriera como si fueran siglos. Entre 1971 y 1976 se produjeron sucesos inconmensurables sobre los que aún hoy se siguen dando testimonios verdaderos o falsos, reales o inventados. El escenario de este fenómeno une Madrid con Buenos Aires, pero es más dilatado. Se extiende a Roma, París, La Habana, Moscú y Londres. Sus protagonistas principales, un general exiliado y un general en actividad, entraron en la dinámica de un duelo que aún no ha concluido aunque los dos estén muertos.

Un año antes del inicio de esta tragedia que pudo haber sido inspirada por un loco, como sucede en ciertas obras de Shakespeare, cuatro autores de teatro1 escribieron un episodio cada uno de los cuatro que componen El avión negro, una obra estrenada en el teatro Regina de Buenos Aires en julio de 1970. Parecía una premonición —“Hoy son muy pocos los peronistas que creen que Perón va a volver de su exilio de Madrid”, anunciaba el prólogo—, y terminó en un fiasco: dos años después Perón desembarcaba en Ezeiza, dando pábulo a la leyenda, precisamente, del avión negro, una creencia mítica que condensaba las esperanzas del pueblo peronista en el regreso heroico del General.

Algo parecido al desaliento que afectó a esa obra golpeó el ánimo del general en actividad, Alejandro Lanusse, quien —como cualquier general del ejército de la época anterior a la que decidieran tirar la dignidad y el honor al basural de la historia con el golpe del 76 para terminar de hundirlos en la guerra de Malvinas— quería llegar a presidente de la República con el apoyo del pueblo y del líder que acababa de desembarcar, pero conservado a la prudente distancia de los 10.000 km que separan Madrid de Buenos Aires.

El periodismo argentino y extranjero produjo una variada y abundante colección de textos, imágenes y audios sobre estos sucesos, entre los cuales me animo a decir que conservo recuerdos personales y notas publicadas con la firma de quien era entonces cronista político de un diario.

¿Sirve de algo haber sido testigo de ciertos acontecimientos? Los testimonios sobre un mismo hecho suelen ser divergentes. A veces corresponden a diferentes maneras de pensar y de sentir. En otras provienen de las fragilidades de la memoria. Al mismo tiempo, no poder olvidar equivale al insomnio, como le sucede a Ireneo Funes, el personaje de Borges que dio la vuelta al mundo y se hizo tan célebre como la Biblioteca de Babel, la que se incendió y la que da título a ese otro cuento, el de la biblioteca infinita donde lo almacenado se olvida.

De esos temores proviene este libro. Y también la demora en escribirlo.

Siempre hay una buena razón para que un libro no llegue a existir: es más fácil no hacerlo. Sucede algo parecido con la experiencia: solo se llega a ella con el trabajo de minero; cavar en profundidad y alrededor hasta encontrar el sentido.

El trabajo de campo se iniciaba para mí en los vuelos entre Buenos Aires y Madrid que realizaba con la misma frecuencia que los delegados de Perón, los dirigentes sindicales convocados por él, y los políticos que iban a hacerse recibir en la residencia de Puerta de Hierro.

Las historias que esperan al lector fueron contadas en la intimidad de  los amigos, en las sobremesas con Christine y nuestros hijos; escuchas que contribuyeron a que la memoria se acercara a una confesión y volviera imposible demorar este libro por más tiempo.

La investigación realizada para actualizar un cuadro desteñido por el tiempo y las entrevistas concedidas por protagonistas de los acontecimientos narrados contribuyeron a esclarecer una experiencia que lleva cuarenta y cinco años sin ocultarse en situaciones ni personajes inventados.

Quiero expresar mi agradecimiento a la generosidad y la trasparencia de los entrevistados para este libro; a Ricardo Cámara por su lectura minuciosa del original; a Horacio Tarcus por la ayuda brindada desde El Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina, que fundó y dirige, para reconstruir la relación entre Isaac Libenson y Andrés Framini; a Isidoro Gilbert por sus informaciones sobre el Cholo Peco; a Sebastián Abad por las discusiones sobre Nietzsche y sus metáforas en torno al triunfo tiránico de pretensiones de poder; a Ivana Costa por posibilitarlas.

Osvaldo Tcherkaski

Buenos Aires, setiembre de 2016

1 Germán Rozenmacher, Tito Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik.

Uno
De memoria

Hacía más de una hora que había amanecido. Una llovizna persistente que envolvía como una humareda el aire y la tierra atenuaba la luz. Las hondonadas, los terraplenes y las ondulaciones donde la lluvia convertía en lagunas los campos que rodean la autopista que conduce al Aeropuerto Internacional de Ezeiza se veían atravesadas por sombras. Nubes bajas en un amanecer destemplado, con breves ráfagas de lluvia torrencial, se desplazaban en la semipenumbra. No eran nubes. O eran nubes de otra densidad, compuestas por grupos de caminantes que andaban en silencio, a campo traviesa, arrastrándose entre matorrales y árboles dispersos, más bien por las zanjas, para eludir un dispositivo de treinta y cinco mil hombres, entre militares y policías, pertrechados con armas de guerra y apoyo de tanques, vehículos blindados y camiones de asalto. Un muro de metal en movimiento en esa madrugada extraña, un cerrojo a campo abierto, como si el inminente aterrizaje del avión de Alitalia que traía a Juan Domingo Perón a Buenos Aires señalara el inicio de una invasión extranjera o el estallido de una guerra civil.

El auto del diario avanzaba lentamente por la autopista Riccheri, encolumnado en una fila que debía detenerse ante los retenes de control. La voz de un locutor en la radio del auto anunciaba una temperatura de diez grados y ocho décimas. “Frescacho”, según Luis, para una mañana de mediados de noviembre. Lo había dicho cuando nos encontramos para subir al auto en una madrugada oscura. Y ayer parecía un día de verano. Hablaba recostado contra la ventanilla de la derecha, las manos metidas en los bolsillos de un impermeable azul. “Te falta decir tiempo loco”, intervino el que viajaba sentado a su izquierda. “Incidentes aislados”, concluía el boletín de noticias que acababa de leer el locutor.

—Debe haber quilombo. Cuando dicen incidentes aislados… Ustedes lo saben mejor que yo, ¿o no? —comentó el chofer mirando a sus pasajeros por el espejo retrovisor. Acomodaba una sonrisa para que se la vieran bien desde atrás, buscando conversación.

Sus dos pasajeros guardaron silencio. El chofer movía el dial a izquierda y derecha. Las radios parecían trasmitir en cadena, decían más o menos lo mismo con más o menos nerviosismo. Cada tanto venían bolsones de serenidad cuando alguien, hombre o mujer, leía el pronóstico del tiempo: “Nublado con lluvia, visibilidad reducida, viento sur, la humedad es del noventa y seis por ciento…”.

Las imágenes del frío afuera daban la contracara del despliegue militar: era gente que resbalaba y se aferraba al esfuerzo de no caer a los precipicios de barro en una tierra vacía, casi sin árboles.

Hubo otra pausa en la lenta marcha. En la ventanilla trasera de la izquierda se recortó la figura de una mujer joven, con una sonrisa abierta, tan convincente como su corpulencia, que hacía señas de bajar el vidrio de la ventanilla. Llevaba un vestido floreado sin mangas que resaltaba sus brazos desnudos cuando alzó de pronto, como si levantara algo del asfalto, un cuero de vaca entero, de pelambre negra, todavía brillosa.

—Acá está el cuero del General —agitaba alborozada la mujer su gran trozo de cuero, entonando la frase como una marcha de triunfo, lanzada a toda voz.

—Subí la ventanilla —pidió Luis— vamos a terminar envueltos en esa vaca si la seguís mirando así.

Más que la manera de mirar a la mujer, Luis debía temer el cartel en el parabrisas del auto donde se destacaba el logo del diario que nos enviaba a Ezeiza. Era la versión “intelectual” de los diarios que apoyaban a los militares que le impedían llegar al aeropuerto para recibir al general Perón después de diecisiete años y dos meses de exilio y proscripción. A ella y a miles, tal vez decenas de miles de hombres, mujeres, jóvenes y niños que marchaban bajo la lluvia para llegar a Ezeiza.

Venían desde lugares lejanos como Bernal, San Francisco Solano, Quilmes, Lomas de Zamora, en columnas muchas veces espontáneas que se iban engrosando en el camino. Venían marchando desde las primeras horas de la madrugada. Las columnas más nutridas, se escuchaba en la radio, habían partido de los lugares más cercanos a la avenida General Paz, el Camino de Cintura y los tres cordones de La Matanza. Eran miles de trabajadores que provenían de las concentraciones industriales de San Justo o González Catán, las grandes fábricas que resultarían destruidas unos años después, en la larga noche que inauguró el golpe militar de 1976.

En la Capital, las columnas se fueron organizando en las barriadas más populares: Mataderos, Perito Moreno y Dellepiane, avenida La Plata y Sáenz, Juan B. Justo y Lope de Vega, avenida del Trabajo y Tellier.

Los que habían emprendido la marcha en esa madrugada de noviembre de 1972 eran los proscriptos del padrón electoral: desde el golpe militar de 1955 podían ir a votar en las elecciones parapléjicas que se realizaron entre 1957 y 1963, pero no podían votar a Perón ni al peronismo.

A medida que iba clareando se podían ver los movimientos de los racimos de multitud y las fuerzas de represión. Un automóvil policial con poderosos altoparlantes emitía órdenes e indicaciones que los caminantes ignoraban. La radio del auto del diario informaba de choques e incidentes en distintos puntos que en algunos casos incluían gases lacrimógenos de la policía o tiros al aire de las tropas militares. Lejos todavía del aeropuerto, en otra de las detenciones ante un retén, se escuchaba un coro que parecía marcar el ritmo de la marcha: Soldado, soldado, pasate al otro lado. La radio aseguraba que la orden de los que comandaban el cerrojo era evitar la violencia, demorar y detener el avance de las columnas, desalentar a los caminantes. El aterrizaje del avión que traía a Perón y su comitiva estaba previsto para las once de la mañana. Alrededor de las nueve, los que lograron perforar el cerco se encontraban a más de veinte kilómetros del aeropuerto.

Pero el ánimo y los cánticos de las columnas eran de festejo, como el happening de la mujer que enarbolaba la piel de una vaca recién carneada en alguno de los frigoríficos de La Matanza, donde habrían pasado la noche. En cambio el cerrojo escalonado en un radio de cincuenta kilómetros era una demostración de pánico. Los militares fueron tomados por sorpresa. En ninguna de sus trabajosas y mayormente delirantes hipótesis de conflicto había figurado que esto pudiera suceder.

—Así tendría que empezar la crónica —dijo Luis.

—Ojalá. Sacando mayormente delirantes —respondió el otro enviado del diario para cubrir lo que sucediera en Ezeiza.

A eso de las once de la noche, luego de andar el día entero por el aeropuerto, pasar por la redacción para completar lo que se había podido adelantar telefónicamente, sonó el teléfono en la casa del cronista, que se encontraba bajo la ducha.

—Jacobo —le anunció su mujer, tendiéndole el auricular.

—Tiene que ir a la Casa de Gobierno, Tcherkaski —ordenó la voz de acento inconfundible.

—No…

—La Junta se reúne de urgencia, parece que están en caos.

La víspera, el jueves 16 de noviembre de 1972, nada hacía presagiar ningún caos en la Casa de Gobierno. Había sido un día lindísimo y templado, con un sol que pasadas las cuatro de la tarde filtraba una luminosidad intensa a través de las cortinas que cubrían los altos ventanales del Salón Blanco que dan a la Plaza de Mayo. En contraste con la serenidad del clima, la jornada venía saturada por los comunicados del gobierno y del ejército que intentaban apremiar a la población con la inminencia de una hecatombe.

En el gran salón desierto de la Casa de Gobierno flotaba siempre un eco de vacío y pompa que se inflaba como un globo en las ceremonias de juramento de ministros, presidentes y dictadores. Esta vez, al entrar por indicación de algún empleado para que esperara a ser atendido, una figura alta y corpulenta interrumpía el silencio de ese salón vacío. Era un hombre parado medio de espaldas a la puerta por la que había entrado el cronista, clavado en un tamborileo muy rápido que practicaba con sus dedos sobre la gran mesa oval, probablemente de mármol, cubierta por un vidrio. Daba la sensación de un tajo vertical a lo largo del salón, a pesar de que la mesa se encontraba sólidamente apoyada en el piso. La luz que se filtraba por los ventanales ahondaba la sensación de haber irrumpido en una escena teatral o en una pesadilla. El hombre parecía no advertir nada a su alrededor, muy concentrado en su tamborileo, como quien juega un solitario a los dados. Vestía un traje marrón clarito, camisa blanca y corbata al tono con el nudo flojo en el cuello desabrochado. Los puños de la camisa, ajustados con gemelos, sobresalían de las mangas del saco. La tez blanca de la cara mostraba la tersura de alguno de los rufianes de Roberto Arlt que se afeitan tres veces al día.

—¿Qué hacés acá? —preguntó sin mirar al recién llegado. El tono lento y apenas audible hacía temer un estallido o que terminara echándote a patadas.

—Me dijeron que esperara acá para ver a Cornicelli o tal vez al presidente.

—El presidente se está yendo a Bahía Blanca.

No hacía falta haberlo visto antes, aunque ni siquiera aparecía en fotos, para adivinar que era Ángel Cholo Peco, “la voz del pueblo” para el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, el dictador de turno que soñaba medirse con Perón. Era uno de los hombres más escuchados por el presidente, su principal asesor en materia de “hablarle a la gente”, una expresión de deseos que en la intimidad presidencial se traducía en “acabar con lo de esperar las órdenes” (de Perón); “sacarle personal de público” (a Perón); “terminar con las mentiras” (de Perón); “acto de servicio” (a la patria); “hablar para que les entre” (a los de abajo). En esa intimidad, Lanusse no era el Cano, como lo habían apodado en el Colegio Militar. Era el Cheruvichá, “mi jefe”, en guaraní, que le había impuesto el entonces teniente coronel Héctor Ríos Ereñú, tercero entre los militares de la “mesa chica” del presidente, integrada además por el coronel Francisco Cornicelli y el mayor Gelasio Factor Chávez.

A Ángel Cholo Peco, de cuya buena o mala voluntad dependían los modos de distribución de diarios y revistas en la Argentina, le atribuían la frase con la que Lanusse iniciaba sus discursos por radio y televisión: “Hombres y mujeres de mi patria”, en lugar, por ejemplo, del “¡Argentinos!” que usaba Juan Carlos Onganía, uno de los dictadores anteriores a quien Lanusse contribuyó a derrocar para llegar al poder, en sustitución del inaccesible “Compañeros” para un hombre de uniforme que no fuera Perón. La influencia de Peco era de origen mafioso y arrabalero, lo que tal vez explica que Borges lo frecuentara en alguna invitación a almorzar en la sede de la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines, o en el restaurante del Centro Gallego, igualmente sobre la avenida Belgrano, donde solía ir con Adolfo Bioy Casares.

Hasta Perón hablaba de cholopequismo como un modo de hacer política y manejar los medios de información. En la Casa Rosada su figura era asociada a la de un ministro sin cartera y se le atribuía la disposición de una oficina pegada al despacho presidencial. Lo cierto es que El Cholo se tuteaba con el presidente y era el único que podía entrar a su despacho cuando quisiera y sin golpear la puerta.

Edgardo Sajón era el hombre del Cholo que se ocupaba de los periodistas. Nombrado secretario de prensa y difusión de la Junta presidida por Lanusse, hacía el trabajo de congraciarse y ser eficaz en procurar al periodismo “fuentes de información”. El viejo y conocido método de presionar con buenas maneras para lograr algún control sobre lo que escribían y aparecía publicado no le impedía estar siempre fuera de la vista cuando uno lo necesitaba, como en este caso, en que el cronista hubiera deseado una presentación.

—Si me permite, Cholo… —Este había hecho sentar al cronista con un gesto rápido de su mano libre, su mano derecha ocupada en el tamborileo. El cronista terminó por balbucear—: Perón está en Fiumicino.

—Ajá.

—Quiero decir que en un par de horas se embarca para Buenos Aires.

—No digas.

—Hace un rato, a eso de las dos de la tarde, o sea las seis o las siete de allá, habló por la radio y la televisión italianas.

Por primera vez, su gran cabeza rubia con brillos de algún teñido dejó de permanecer de perfil, a contraluz con el sol que se filtraba por las cortinas de los ventanales que dan a la Plaza de Mayo. La mirada demoró unos segundos en tomar la temperatura de su interlocutor para revelar un par de ojos de un azul casi trasparente que le ahondaba la pronunciación.

—No jodas más. Te digo algo: Perón no viene.

—Cómo no viene.

—Te digo que no viene. Acá —el índice de la mano izquierda se movía arriba y abajo, sacudido hacia el piso—, acá no viene.

—¿Pero cómo no va a venir…?

—Te digo que no viene.

—¿Usted quiere decir que van a hacer desviar el avión, como la vez que lo hicieron bajar en Brasil?

—Nadie va a tener que desviar nada.

—Entonces no entiendo.

—Es que no viene, te estoy diciendo que Perón no viene.

—No entiendo.

—A ver si messsplico: ¡Perón es un cagón!

Esta vez la mano que tamborileaba pegó un puñetazo sobre la mesa.

Este obstinado rigor en afirmar que la realidad no existe permitía entender algo que no había figurado en ninguna previsión: por qué en la noche del viernes 17 de noviembre de 1972, unas doce horas después del desembarco de Perón en Ezeiza, la Casa de Gobierno era un aquelarre.

Lanusse había hecho suya la creencia en el poder del propio deseo para resolver la política y decidir el curso de los acontecimientos. A fines de julio de ese año, en una cena de camaradería en el Colegio Militar, anunció lo que había decidido: “Perón no viene porque no le da el cuero”. La mención del nombre de Perón y las palabras peronista o peronismo estaban proscriptas desde la dictadura instaurada tras el golpe de 1955 que derrocó a Perón del poder y lo quiso derrocar de la lengua de los argentinos. La ocupación de la lengua por los militares golpistas se dio como prohibición: los medios informativos solo podían aludir al presidente derrocado de manera figurada, el ex dictador o el dictador prófugo, por haberse exiliado en el extranjero. En la superficie de la política, el Partido Peronista debió adoptar el nombre de justicialismo o Movimiento Nacional Justicialista, pero sus sedes en todo el país, llamadas Unidades Básicas, fueron clausuradas y excluidas de toda actividad pública o participación electoral. Por debajo de esa superficie, los militantes peronistas fueron ferozmente perseguidos, reprimidos, encarcelados o torturados. En ese contexto, las palabras de Lanusse en el Colegio Militar querían significar que no era que Perón no venía porque no podía (“porque nosotros se lo prohibimos”), sino porque no quería. Tras casi dos décadas de estrellarse contra la resistencia popular a las sucesivas intentonas castrenses de terminar con el fenómeno peronista o superarlo, encaradas con el apoyo de los partidos políticos tradicionales, incluido el Partido Comunista (PC), la camarilla militar encabezada por Lanusse llegó con el objetivo de cambiar el sistema de discriminación: levantar la proscripción del peronismo para continuar en el poder. Las hipótesis de trabajo, que dieron en llamarse Gran Acuerdo Nacional (GAN), imaginaban garantizar el continuismo militar imponiendo el nombramiento de ministros comandantes al gobierno que surgiera de las primeras elecciones libres desde la caída de Perón.

En un acto público realizado a fines de julio de 1972, Lanusse redobló la apuesta pronunciando una frase que lo convertiría en un guapo a la vista del público. Con un vozarrón profundamente inspirado en las visiones de su mentor, el que le acercaba la voz del pueblo, proclamó por radio lo que consideraba el gran desafío que lo haría entrar en la historia: “¡Que venga si le da el cuero!”2.

Perón hizo todo lo que pudo para ayudarlo a caer en su propia trampa.

Lanusse no podía disimular su odio al aura de mito que daba pábulo al nombre de Perón hasta cuando él mismo lo pronunciaba para desafiarlo.

En una extensa referencia que terminó por parecer la confesión de un admirador rencoroso, Lanusse lo incluyó en un discurso pronunciado el 27 de julio de 1972 en el Colegio Militar:

… (A Perón) le ha gustado el papel de mito, y sigue beneficiándose con la ambigüedad y, además, no da la cara, no toma contacto personal con sus dirigidos y no se expone a tener que hablar clara y responsablemente. Pero Perón tiene que definirse. O es una realidad política, o solamente será mito. No estoy en contra del mito: aunque no me resulte muy agradable, evidentemente no llegó a ser un mito a los setenta y tantos años, porque sí nomás. Pero desde ningún punto de vista se ha de admitir que pretenda ser las dos cosas: mito y realidad. Una u otra3.

Perón no demoró en responderle desde Madrid:

Parece que a este caballero le molestan mucho el mito y la autoridad que a su influjo se puede ejercer, a la que solo se llega armado de una sólida verdad y luego de muchos años de portarse bien. Él ha de ser partidario del mando, muy justificado en su oficio, pero anacrónico e inoperante en la función de gobierno. Por eso se enoja, grita e insulta, tratando de ofender a hombres de los cuales podría aprender muchas cosas, útiles para este nuevo oficio que ha emprendido y que parece quedarle demasiado grande4.

Este intercambio a la distancia permitió confirmar a los analistas del Estado Mayor del Ejército, como el coronel Eduardo Colombo, subjefe entonces de la Jefatura V (Política), algo que ya sabían: Perón se negaba a negociar con Lanusse y el sector que acaudillaba, pero tendía líneas de diálogo con sectores militares por intermedio, entre otros, de Juan Manuel Abal Medina, secretario general del justicialismo. El tono de la respuesta de Perón lo daba a entender: estaba dispuesto a compartir “cosas útiles”, pero a Lanusse lo dejaba afuera al remarcar que le quedaba “demasiado grande” el puesto que desempeñaba. Con lo cual diferenciaba al presidente de facto de otros altos jefes militares que no se hallaban lejos de pensar lo que Perón le endilgaba: padecer limitaciones tan grandes como sus ambiciones de poder5.

Lanusse estaba al tanto por supuesto y eso lo enfurecía aún más. La mezcla de furor y de guapeza, considerada inherente a la estirpe de un caudillo en la milicia, lo enterró en la creencia fomentada por su amigo no menos guapo, ya que era un malevo: Perón es “un cagón”, por lo tanto nunca vendrá.

Desde que Perón puso los pies en Ezeiza, Lanusse se fue enredando en una idea fija que a lo largo de esa jornada terminó en obsesión: que Perón viniera a hablar con él. Y de última, si se negaba, Lanusse accedería a desplazarse a Ezeiza para que la entrevista se realizara.

Cerca de la medianoche, una multitud de periodistas, más por su apretujamiento que por su número, se hacía cargo del nerviosismo y la electricidad que tensaban el aire. Forcejeaban intercambiando pisotones y codazos ante unas escalinatas del primer piso de la Casa de Gobierno, alfombradas de rojo, que conducían a las oficinas del segundo, donde estaba reunida la Junta Militar. La Casa de Gobierno había sido iluminada a pleno, como en un día fasto que nadie recordaba haber vivido. En el flanco izquierdo de los apretujones —a la derecha había una pared— Luis se movía divertido, como si el director del diario lo hubiera enviado a una fiesta, ajeno al fastidio que debía deformar la cara del Tcherkaski de entonces por haberse quedado sin cena. Hasta ese momento, alrededor de las once y media de la noche, no se había producido ninguna “palabra oficial” sobre los acontecimientos del día. Era lo que estábamos aguardando. El secretario de prensa Edgardo Sajón bajaba y volvía a subir las escalinatas, con unos papeles que sostenía entre las manos y no se podía adivinar si eran los mismos o cambiados en cada una de sus espasmódicas apariciones. Era alto, elegante y de trato agradable, y esa noche parecía irreconocible. La frente cubierta de transpiración, le costaba hablar. “Tranquilos, muchachos, ya estoy con ustedes”, balbuceó en algún momento, esforzándose por hablar sereno y en voz alta, y volvió a desaparecer. Cuando finalmente se puso ante la nube de micrófonos que le tapaba la cara, el resplandor de los flashes de los fotógrafos y los focos enceguecedores de los canales de televisión, se podía pensar en la escena del mensajero que aparece para dar a conocer la terrible noticia de la consumación de la profecía del oráculo. En ese trance, el destino trágico hacia donde los protagonistas se dirigen sin saberlo y de manera ineluctable, nos abarcaba a todos; los periodistas formábamos el coro.

Sajón —que tuvo finalmente un destino horrible, integró la trágica lista de desaparecidos por la dictadura de 1976— procuraba no tartamudear al responder las preguntas lanzadas a gritos. En algún instante de calma pudo leer un breve comunicado de la Junta.

Lo que se podía sacar en limpio de ese barullo era que, según el gobierno, Perón no estaba detenido ni preso, sino que se encontraba alojado junto a su esposa, desde su desembarco esa mañana, en dos habitaciones del primer piso del Hotel Internacional de Ezeiza, y una tercera, reservada para su secretario privado. Todo esto por razones de “seguridad”. La Junta tenía por objetivo preservar “la calma” en todo el país y “proteger” la vida de Perón y sus acompañantes. Enseguida vino lo mejor: la Junta quería saber qué había venido a hacer Perón a la Argentina.

Los tres comandantes en jefe habían decidido entonces enviar a Ezeiza al secretario de la Junta, el brigadier Ezequiel Martínez, con la misión de entrevistarse con Perón para saber sus intenciones, cuáles eran sus planes, el tiempo de su estadía en el país, de modo de poder adoptar “las previsiones necesarias para mantener la paz y la calma entre los argentinos”.

De repente la multitud se desintegró, algunos corrían en busca de un teléfono, otros deambulaban al azar o tal vez rumiaban lo que iban a decir por radio o a escribir en sus medios.

Luis apareció con la cara iluminada, o la cara de un iluminado, y dijo, hablando en voz muy baja: “Lo tengo a Ezequiel”.

Le costó seguirlo, casi corriendo, imposible recordar por dónde, hasta una especie de aparición: el brigadier Martínez en uniforme, peinado a la gomina, sostenía un maletín negro en su mano derecha.

“¿Vamos con usted, brigadier?”, preguntó Luis, en tono de confirmar un acuerdo.

El brigadier dio media vuelta: “Guagnini…”, dijo, interrumpiéndose enseguida, y encaró hacia una puerta que debía conducir a la terraza, al helipuerto de la Casa de Gobierno. Alguien pasó como una sombra para subir los peldaños detrás del brigadier. Era Edgardo Sajón. Había una semipenumbra, un pasadizo sin luz.

¿Cómo llegamos al aeropuerto, Guagnini, si finalmente no subimos al helicóptero? El desplome de la memoria deja restos: Luis había logrado que Martínez accediera a su pedido de llevarnos a Ezeiza. También sucedió un itinerario silencioso y agitado hacia el helipuerto. El tramo desde allí hasta llegar nuevamente a Ezeiza, si alguna vez el cronista tomó apuntes de esta historia, se perdió entre los detalles que no aparecen en las crónicas que publican los diarios. Luis no está. Fue detenido y desaparecido en 1977, primero en un edificio de la Policía Federal que quedaba en el Bajo, sobre Leandro N. Alem, llamado El Atlético, y por último en otro centro de tortura y exterminio, esta vez de la Policía Bonaerense, llamado El Banco. Esa noche el camino a Ezeiza por el tramo de la autopista Dellepiane continuaba cortado por camiones y blindados del ejército para impedir el eventual paso de Perón y su comitiva si lograban salir del hotel. Martínez era joven, tenía la cara de un actor de cine que siempre hace de aviador. La secuencia de encontrarse sentado junto a Luis en el helicóptero piloteado por otro militar que había aguardado con los motores encendidos a que todos subieran, sentados en una banqueta metálica, frente al brigadier que aparecía solo, en otra banqueta, con las rodillas juntas sobre las que sostenía un maletín negro con las palmas de sus dos manos apoyadas en él, se fijaría como un estado de ánimo por lo que no sucedió.

La secuencia siguiente es de nuevo en Ezeiza, pero esta vez pisando el césped frente al hotel internacional, no en el espigón desde el que habíamos asistido esa mañana al aterrizaje del vuelo chárter del DC-8 Giuseppe Verdi de Alitalia, la histórica bajada de Perón por la escalerilla y el paraguas de José Ignacio Rucci abajo, esperándolo al pie. Esta visión en vivo de lo que estaba sucediendo tenía un efecto contradictorio, era irreal, parecía confirmar que lo que se ve no es lo que se ve. Y era una sensación que se prolongaría o se repetiría a lo largo de toda esa jornada: había una continuidad interrumpida de una secuencia a otra, una discontinuidad inadvertida, súbita o abandonada a la lentitud que solo ocurre en los sueños. La acción de los periodistas y de casi todos los que se encontraban allí funcionaba como un trabalenguas, era un constante subir y bajar escaleras, atravesar corredores o salones por donde no se podía pasar, correr de un edificio a otro entre codazos y empujones. Las pocas cabinas telefónicas estaban siempre atestadas de colas y peleas por el tiempo de uso del que había logrado entrar. Ni siquiera se sabía si funcionaban. Había que recurrir a rostros conocidos en las emisoras de radio y televisión para intentar mandar algo al diario. Dictar un texto era imposible. Solo podíamos enviar frases o flashes por el sistema de trasmisión interna, para que fueran dirigidas por télex al diario si es que en la central de la emisora que nos caía en suerte alguien accedía a hacerlo.

La escena del paraguas al pie de la escalerilla quedó grabada como una epifanía. Era un relato en sí mismo, redondo y pleno de sentido. Pero no había sucedido así.

Esa mañana, al pie de la escalerilla, Perón fue recibido por Rucci y Abal Medina. Ambos lo acompañaron en un breve trayecto bajo la llovizna que por momentos se hacía lluvia, hasta un auto color claro que aguardaba sobre la pista. ¿Era un Fairlane blanco? Como el avión de Alitalia fue obligado a detenerse en medio de la pista, todo se veía empequeñecido, como un escenario de teatro visto desde el gallinero, en este caso el espigón donde había que forcejear para alcanzar la baranda, apiñados entre mil quinientos periodistas y funcionarios o representantes de algo. Perón caminó unos metros bajo la lluvia y subió al auto claro con su mujer Isabel y con Héctor Cámpora. El auto se detuvo, al parecer por orden de Perón, frente a un espacio donde habían permitido entrar a unos trescientos integrantes de la comisión de recepción. Ahí Perón bajó a saludarlos y alzó los brazos en su clásico saludo, seguido por un estallido de vítores y ovaciones que por primera vez estremecieron el aire. Ahí sí, Rucci, que había venido en el auto de atrás con Abal Medina, cubría con su paraguas la alta figura de Perón. La foto histórica, transformada por Carlos Gorriarena en una de sus mejores pinturas, no dice dónde sucedió.

Por la noche la escena volvió a ser irreal: el césped aparecía cubierto de cuerpos de soldados o suboficiales de la Aeronáutica extendidos detrás de ametralladoras pesadas, con sus ristras de balas a ambos costados, apuntadas contra toda la extensión del frente del hotel internacional. Se oían órdenes, ecos de voces en la oscuridad, pero los que estaban en el suelo parecían muertos, ni siquiera giraban la cabeza hacia los que pasaban a su lado tratando de no pisarlos.

Cuarenta años después, en julio de 2012, Ezequiel Martínez tenía noventa años y vivía en Mar del Plata al cuidado de su hijo, el abogado Ezequiel Martínez, del estudio Martínez-Croppi. Como manifestó, por medio de su hijo, no hallarse en condiciones de responder preguntas ni recibir visitas, accedió a hacerlo por correo electrónico. Estas fueron las respuestas sobre su intervención en los sucesos de noviembre de 1972, enviadas por su hijo:

  1. La Junta Militar encomendó a mi padre recibir al general Perón. Sin duda lo debe haber hecho en helicóptero, ya que tenemos que recordar que el camino al aeropuerto estaba con cortes, con mucha gente. Mi padre no recuerda haber llevado ningún maletín.
  2. Mi padre no recuerda qué tipo de helicóptero era. Y por mi parte no he encontrado fotografías de ello.
  3. Concurrió acompañado por Edgardo Sajón.
  4. Mi padre dice no haber hablado con José López Rega, ni recuerda haberlo visto.
  5. Regresó a la Casa de Gobierno unas horas más tarde, ya de madrugada.

Pudimos entrar al hotel, a un espacio otra vez muy iluminado, atestado de periodistas y cámaras de televisión. Era un amontonamiento que cubría el hall de entrada, en el que nadie permanecía quieto. La búsqueda de información consistía en idas y venidas inútiles para detectar algún rostro conocido que facilitara datos sobre lo que estaba pasando. Las escaleras que conducían a los cuartos del primer piso que habían asignado a Perón, Isabel y López Rega se veían como una marea en la que se movía la variedad de géneros de quienes se encontraban allí: dirigentes peronistas y de otros partidos, los que habían venido en el vuelo chárter y decidieron permanecer, militantes, periodistas, policías de civil y espías de los diferentes servicios. Una voz grave de alguien que hablaba en uno de los descansos de esa escalera contaba que hacía unas horas Perón había decidido irse a su casa forzando el cerco militar. El General, que había seguido todo por radio y televisión en la suite que le habían asignado, dijo que si no estaba detenido, como el gobierno había repetido durante todo el día, debían dejarlo salir. Alguien informó que el que hablaba era Benito Llambí. “Llambí tiene la voz finita”, dijo otro. “¿No será Juanita Larrauri?”, se escuchó de alguien que a lo mejor quería aflojar la densidad del ambiente. Hubo risas. Estallaron fogonazos y se produjo una avalancha como en las tribunas de las canchas de fútbol, en las que uno puede no perder el equilibrio agarrándose de otro. De algún sitio partió una voz como una orden, anunciando que en el hall central del aeropuerto, que estaba en otro edificio, Ezequiel Martínez daba una conferencia de prensa. Eran casi las dos de la mañana del sábado 18 de noviembre.

Desde la madrugada del día anterior los dos enviados a Ezeiza habían acordado objetivos. No andar pegados, procurar lo que nunca se sabe y se puede encontrar, cada uno por la suya: estar en el buen momento en el debido lugar. Se perdían de vista, se volvían a ubicar al azar de las oleadas entre la planta baja del edificio del aeropuerto y la entrada del hotel, a unas dos cuadras. El azar incluía la ignorancia de dónde estaba el otro cada vez que había que elegir entre quedarse donde hubiera sido posible acceder en el hotel o desplazarse al edificio del aeropuerto. Los canales de televisión y las emisoras de radio habían emplazado sus equipos en ambos lugares.

El brigadier había pasado casi todo el día a bordo de un helicóptero. Había volado varias veces a Ezeiza para reunirse con Perón por orden de la Junta Militar y vuelto a Casa de Gobierno en misión frustrada: el Gene

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