Guerra sin cuartel

Fragmento

Prólogo

En diciembre de 2015, inmediatamente después de ganar el balotaje, el presidente Mauricio Macri me designó ministra de Seguridad de la Nación, al mando de las cuatro fuerzas federales de la Argentina y con la misión principal de combatir al narcotráfico y al crimen organizado.

Se trató de la mayor responsabilidad política que tuve en mi vida, aun cuando en una época difícil —durante el gobierno de Fernando de la Rúa—, había sido ministra de Trabajo; una función que me había llevado a la confrontación con algunos dirigentes gremiales que pretendían retener los privilegios mafiosos con los que extorsionaron a empresarios y trabajadores a lo largo de décadas. Antes también me había desempeñado como secretaria de Política Criminal y Asuntos Penitenciarios, un cargo que implicaba la dirección de las cárceles federales. Todos ellos cargos pesados, con situaciones apremiantes.

En cualquiera de esas posiciones, en la Argentina, era posible enriquecerse con sólo descansar un corto tiempo en la tarea y mirar hacia otro lado. De lo contrario y como única alternativa, llenarse de problemas a resolver, cada vez más urgentes, cada día más graves. Y, por cierto, sumar enemigos que establecen entre ellos vinculaciones insospechables; insospechables hasta que uno termina advirtiendo que, por diferentes que parezcan, el objetivo común consiste en desplazar de su cargo a todo aquel que cumpla honestamente sus funciones.

Quienes me conocen saben que no tengo otro lugar más que en el segundo de esos términos de la alternativa. Así fue siempre, aun en los años en los que estuve equivocada. Quise combatir al autoritarismo prestando mi adhesión a grupos que se habían colocado a sí mismos al margen de la ley y que también estaban viciados de autoritarismo. No era el buen camino, el que me enseñó mi padre, el doctor Alejandro Bullrich, con su cumplimiento silencioso y abnegado de sus deberes como médico. Y, sin embargo, tampoco alguien podría decirme que fue un camino fácil, como hubiera sido el estilo de vida que yo hubiese tenido al alcance de la mano, sin moverme siquiera hasta la vereda de mi casa.

Desde esa perspectiva, podía resultar paradójico que yo, que había militado en el peronismo de izquierda, estuviera al frente de las fuerzas de seguridad federales de la Argentina. Pero, afortunadamente, hacía muchos años que me había alejado de aquellas posiciones radicalizadas y comprendido que lo que me había salvado era el triunfo de la legalidad. Decidí, al dar ese paso, que nunca más, aunque pareciera que el fin lo justificara, iba dar apoyo a alguien que pretendiera hacer algo fuera de la ley.

El presidente Macri lo sabía, porque él tampoco había elegido la variable de la comodidad. Venía de una familia adinerada, había sido presidente de uno de los clubes de fútbol que goza de más popularidad en la Argentina y había formado su propia y hermosa familia con la que podría haber gozado de las mayores comodidades, sin inmiscuirse en política. Pero eligió hacerlo. Supongo que vio en mí algo de eso: la elección de lo difícil. Y de algún modo me lo dio a entender cuando me transmitió que él había asumido el compromiso de combatir al narcotráfico como una de sus más altas prioridades y que quería para esa misión a alguien que estuviera acostumbrado a la pelea.

El combate, en cierto modo, fue más duro de lo que prometía; no porque no esperara la reacción que en cualquier parte del mundo desatan los cárteles del narcotráfico cuando se obstruye su negocio. En ese sentido, hasta podría pensar que la reacción fue menos violenta de la que se hubiera desencadenado en otras latitudes. Pero el crimen es complejo y en la Argentina también sutil y se filtra por las grietas de lo inesperado.

Un día se genera un problema en el sur, otro día en el norte, otra vez en el centro… Y de ningún modo quiero decir que todos los problemas tienen la misma causa; pero sí que cuando uno mira hacia el frente, en la trinchera de los críticos y de los que aprovechan las oportunidades para intentar derribar a la gestión están siempre los mismos.

Desde esa perspectiva, he debido librar una guerra sin cuartel. Sin cuartel en cualquiera de los significados de la expresión. Sin cuartel porque no hubo un día de tregua. Sin cuartel, también, porque los ataques no procedían de un lugar físico determinado, como en una guerra, sino porque quienes buscaban derribarme a cualquier precio estaban agazapados en todos los ámbitos y en todos los lugares.

Como un ejemplo de tal aseveración, ilustrada profusamente con las muchas historias y anécdotas que cuento en este libro, puedo citar aquí, con dolor, el papel artero que jugaron muchas organizaciones de derechos humanos en la construcción de relatos ficticios y oposición cerrada a todas y a cada una de mis iniciativas y a las iniciativas de nuestro gobierno.

Si de algo estoy satisfecha, además de haber producido la suma de incautaciones de droga más grande de la historia argentina, es de haber demostrado que se puede revertir el paradigma de esas organizaciones, que casi siempre se apoya en la convicción de que el delincuente es más importante que la víctima y que la marginalidad es mejor que la sociedad del trabajo y la decencia. Y no estoy segura de que ambas cosas estén desvinculadas.

Durante mi gestión, mantuve en todo momento no sólo una relación de respeto sino también de afecto hacia las fuerzas de seguridad; de consubstanciación con su estilo sobrio de cumplimiento de sus obligaciones y su vocación natural por el orden. Las defendí cada vez que se las atacaba injustamente, a veces a riesgo de mi propia posición. Eso no significó que dejara de controlarlas, porque somos humanos y porque además manejamos recursos del Estado; control que paradójicamente no hicieron los políticos que recelan de los uniformes, precisamente porque no las respetan y entre sus ideas podría estar el deseo de que se descompongan por dentro para no cumplir adecuadamente el papel al que están llamadas. O porque tal vez ellos mismos tienen mucho para ocultar.

Mi mayor aspiración, en cambio, fue honrar a la nación junto con ellas y responder a la ciudadanía, que en su inmensa mayoría quiere vivir en paz y en orden.

Vaya con este breve prólogo mi agradecimiento al presidente Mauricio Macri, que confió en mí y me respaldó cuando no era fácil hacerlo. Y también a mi equipo, que trabajó a tiempo completo y sin descanso en todas las funciones de un ministerio que resulta clave para preservar el Estado de Derecho y la seguridad de la ciudadanía.

PATRICIA BULLRICH

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“Una buena y una mala”

Sentada a un costado, en la platea, cerca de una puerta de salida de emergencia, miraba con una mezcla de admiración, alegría y somnolencia al presidente electo, mientras él hablaba a los pocos periodistas que, contra sus hábitos casi siempre noctámbulos, habían sido obligados a levantarse temprano. También yo sentí que debía hacer lo mismo y despertarme poco después de las seis de la mañana, casi sin haber dormido, para llegar antes de las ocho a la Usina del Arte, en el barrio de La Boca, donde Mauricio Macri ofrecía una conferencia de prensa. La noche anterior se había confirmado su triunfo en el balotaje contra Daniel Scioli, quien ya había reconocido al ganador. Para entonces, todo el equipo, los legisladores electos, los partidarios más cercanos y los fiscales electorales estábamos en el llamado bunker de Costa Salguero, en la costanera porteña, dispuestos a festejar hasta la madrugada, con discursos, música, cantos y bailes, como realmente lo hicimos. Los medios de prensa habían registrado y televisado esos festejos y los discursos del triunfador y de su equipo. ¿Qué necesidad había de una conferencia de prensa a las ocho de la mañana? ¡Esa rara costumbre del partido de Macri cada vez que ganaba una elección en la Ciudad de Buenos Aires ahora se repetía tras el escrutinio nacional!

Arrastrábamos el cansancio de una intensa campaña con la que, como candidata al primer lugar en la lista de diputados nacionales por la Ciudad de Buenos Aires, yo había colaborado recorriendo casi toda la capital, tocando timbre cuadra por cuadra, entrevistando a los vecinos, concurriendo a actos y reuniones y acompañando, a veces, al futuro presidente. Todo eso, sumado a mi trabajo como diputada nacional, una función que ya ejercía desde hacía cuatro años como presidente de la Comisión de Legislación Penal. Además, durante el día anterior, con los equipos de mi partido, había ayudado a María Eugenia Vidal, quien acababa de ser elegida gobernadora, a fiscalizar la elección en Avellaneda. ¡Y cuando ya saboreaba el relax del triunfo, esta cita a cuarenta cinco minutos de mi casa, en hora pico!

Antes de llegar, supuse que estarían en el auditorio de la Usina todos los que a la noche habíamos festejado sobre el escenario de Costa Salguero, pero fuera de la plana mayor: Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Marcos Peña, ningún otro dirigente había acudido a la cita.

Una cierta contrariedad por la carga ancestral de mi sangre prusiana, que me impulsó siempre a rendir hasta el último esfuerzo, se colaba cada tanto en la inmensa alegría de esa fecha inolvidable: 23 de noviembre de 2015, el día posterior al que una nueva coalición, bajo el nombre de “Cambiemos”, y compuesta por gente con vocación republicana, derrotó al partido del poder en la nación y en jurisdicciones donde casi nadie soñaba que perdería el peronismo.

Como era de esperar, Mauricio repetía más o menos los conceptos y los grandes anuncios de la noche anterior: los porcentajes por los que habíamos ganado, las posiciones obtenidas y los objetivos que nos habíamos propuesto como partido, ahora en situación de gobernar.

Habían pasado doce años desde que yo había competido con ese hombre como uno de mis rivales, cuando en 2003 fui candidata a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En aquel momento, no supimos unirnos. Ricardo López Murphy y yo habíamos mantenido varias conversaciones previas con él, pero en esa época Mauricio era más partidario de algún tipo de convergencia con el peronismo, mientras que Ricardo y yo manteníamos una posición crítica hacia el partido que nos había desalojado del gobierno, tras el golpe cívico del 20 de diciembre de 2001. Por tanto, para la competencia, habíamos quedado tres candidatos principales: Mauricio Macri, con su nuevo partido: “Compromiso para el Cambio”; Aníbal Ibarra, quien procuraba ser reelegido como jefe de Gobierno, que es lo que lamentablemente terminó ocurriendo, y yo, con mi partido Unión por la Libertad, que por entonces se llamaba Unión por Todos y era aliado de Recrear para el Crecimiento, la fuerza de Ricardo López Murphy, quien disputó la presidencia contra Carlos Saúl Menem y contra Néstor Kirchner, dos rivales peronistas en dos partidos diferentes.

Desafortunadamente, hice una campaña negativa, más apoyada en los prejuicios que había desarrollado respecto de Macri que en propuestas de obras y realizaciones; aunque sí presenté un proyecto muy detallado para eliminar la corrupción y los procedimientos burocráticos que la producían en el Gobierno de la Ciudad. Durante los debates, le enrostré a Mauricio las conversaciones que había mantenido con dirigentes peronistas como Juan Pablo Schiavi, quien después fue secretario de Transporte durante el gobierno kirchnerista y finalmente terminó preso a consecuencia de la tragedia de Once. Me arrepentí de eso y se lo dije. Mauricio era mucho más que una conversación transitoria con peronistas, como después lo demostró cuando finalmente llegó a ser jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y llevó a cabo una administración excelente, en la que no sólo impulsó obras extraordinarias, sino que también puso en marcha algunas de las medidas que yo misma había propuesto para desterrar la burocracia en la ciudad. A pesar de haberle pedido disculpas, cada tanto Macri me recordaba entre risas aquellos desencuentros: “¡Qué trompada me diste durante el debate en 2003!”, me dijo un par de veces en reuniones.

El acercamiento y la unidad vino de la mano de la resistencia al kirchnerismo y sus pretensiones de arrasar con las garantías constitucionales, acabar con la división de poderes y establecer un unicato en la Argentina. Ese avasallamiento que avanzaba a pasos agigantados, primero con la presidencia de Néstor Kirchner y después la de su esposa, Cristina Fernández y su lema “¡Vamos por todo!”, es lo que nos fue convocando a la acción a políticos con vocación claramente republicana, como Mauricio Macri, Elisa Carrió, algunos radicales en la resistencia al llamado “Radicalismo K”, y yo, con la gente que me acompañaba desde hacía veinticinco años.

Cuando terminó la conferencia en la Usina del Arte, Mauricio se acercó:

—Vení, que tengo que hablar con vos —me dijo, ejecutivo y enigmático.

Mi curiosidad se extendió por unos segundos.

—Tengo una buena noticia y una mala para vos. ¿Por cuál querés que empiece?

—Por la mala —le respondí.

—La mala es que no vas a poder ser presidente del bloque de Cambiemos en el Congreso.

La presidencia del bloque era una promesa previa a la campaña que, de algún modo, también estaba insinuada con mi primera posición en la lista de candidatos a diputados nacionales por la Ciudad de Buenos Aires.

—Bueno —le contesté—, no te preocupes. Estoy acostumbrada a trabajar desde el llano y este será mi cuarto mandato como diputada.

—La buena —prosiguió— no sé si es tan buena. Quiero proponerte que seas ministra de Seguridad o encabeces una agencia para la lucha contra el narcotráfico. Todavía no tenemos decidido qué forma darle, pero el combate contra la droga fue una promesa mía de campaña y me parece que, por tu carácter, firmeza y convicciones, sos la más indicada para esa posición.

—Acepto —le respondí de inmediato.

—Bien; acompañame, que voy a las oficinas de Parque Patricios, así hablamos durante el viaje —se entusiasmó enseguida y yo más, por supuesto.

Subimos a la camioneta que usaba Mauricio, que parecía preparada para reuniones ejecutivas cortas, porque las butacas giraban de manera que quedaban enfrentadas.

Durante el trayecto, el presidente electo me confesó que lo que más le preocupaba en ese momento era diciembre. La inquietud tenía mucho fundamento. Cualquier argentino sabía que todos los diciembres eran calientes en el Gran Buenos Aires, no tanto porque el veintiuno de ese mes tiene lugar el equinoccio de verano en el hemisferio sur, sino porque, desde la caída del presidente radical Fernando de la Rúa, el 20 de diciembre de 2001, los movimientos sociales, muchos de ellos influidos por el peronismo y otros por la izquierda más radicalizada, generaban disturbios y saqueos.

A la pueblada impulsada por el peronismo y por algunos sectores industriales, en diciembre de 2001, que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa, siguieron otras revueltas durante la presidencia provisoria del peronista Eduardo Duhalde. Esas revueltas desembocaron en la muerte de dos jóvenes que habían participado de un piquete en el puente Pueyrredón, en el ingreso a la capital. Efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en la localidad de Avellaneda, habían disparado sobre Maximiliano Kosteki —de veintidós años— y Darío Santillán —de veintiuno— quienes pertenecían al Movimiento de Desocupados. El hecho causó tal conmoción que terminó con el rápido llamado a elecciones por parte de Duhalde, quien tuvo bien presente las muertes producidas durante la represión a la revuelta del 20 de diciembre anterior —apenas seis meses antes— que habían exacerbado la agitación que puso fin al gobierno radical. Varios años atrás, en 1989, otro líder del radicalismo, Raúl Alfonsín, también había dejado la presidencia tras una ola de saqueos en medio de una hiperinflación.

Cada diciembre, los denominados grupos sociales, integrados fundamentalmente por desocupados liderados por caudillos que los impulsaban a reclamar mercaderías y dinero, con el argumento de la proximidad de las fiestas, se movilizaban con la bandera de Kosteki y Santillán. Pero ese diciembre era particularmente peligroso, porque el peronismo había perdido en la nación y en varias jurisdicciones, incluido su bastión histórico, la provincia de Buenos Aires, donde María Eugenia Vidal fue elegida gobernadora contra el candidato de Cristina Fernández de Kirchner, Aníbal Fernández. Además, faltaban diecisiete días para el traspaso del mando.

La camioneta llegó a la entrada de las oficinas de Parque Patricios y ahí bajé. Mauricio ingresó en el edificio y yo regresé a mi casa. Durante el trayecto, hablé a mi marido, Guillermo Yanco.

—Guillermo, tengo algo importante que contarte —le dije, para que me esperara.

—¡Dale, contame, contame! —me pidió ansioso.

—No, llego enseguida y te cuento.

Cuando llegué a nuestro departamento, en el barrio de Palermo, le di la noticia a Guillermo, quien quedó tan contento como sorprendido por la novedad.

—Bueno, pensémoslo —me dijo.

—No, ya contesté que acepto —le informé, con alguna culpa pero a la vez haciendo gala de mi estilo para tomar decisiones.

—¡Cómo que aceptaste! ¡Pero pará, vos sos diputada por cuatro años más! —reclamó Guillermo, porque como era lógico, el mandato como diputada por cuatro años lo tenía asegurado; pero cualquier ministro, y más uno de Seguridad, puede ser eyectado en cualquier momento de su función ante el menor error.

—No, mirá —le contesté—, de hecho, ahora voy a la Cámara de Diputados a renunciar, así el que me siga en la lista no tendrá que esperar para ser designado.

Guillermo sabía que era inútil seguir con los argumentos y yo emprendí el rumbo hacia el Congreso. Durante el camino, ya las radios empezaban a comunicar el trascendido. Los periodistas me habían visto subir con Macri en la camioneta, después de la conferencia en la Usina del Arte, e inmediatamente percibieron que esa reunión ambulante no tenía lugar porque sí; de manera que empezaron a preguntar y, desde los equipos de comunicación del presidente electo, dejaron trascender la propuesta.

Cuando llegué a la oficina administrativa de la Cámara de Diputados, me llamaron los congresistas amigos para felicitarme: Federico Pinedo, Paula Bertol, Pablo Tonelli, Silvana Giúdice, Miguel del Sel, Héctor Baldassi y varios más.

—Che, ¿qué vas a hacer? Vos sos diputada ¿Vas a pedir licencia? —me preguntaron algunos, inquietos por mi futuro.

—No —les dije—, justamente en este momento estoy en la oficina administrativa de la Cámara renunciando a la diputación. Si esto va bien, perfecto, y si no, mala suerte; pero no quiero quedarme tapando un cargo.

Por otro lado, mi intención era dar un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, ace

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