CAPÍTULO UNO
Aintab, el amor y el horror
1915-1922
Las luces se habían apagado en la sala y la película estaba por comenzar. Los papelitos de los caramelos crujían nerviosos en la oscuridad. Armenuhi y Alicia, en el medio de la sala, soltaron un suspiro apenas los títulos de Los unos y los otros comenzaron a rodar.
Cuando Alicia encontraba alguna película que le pudiera interesar a su mamá, organizaba una salida al cine. En general, lo pasaban bien, pero esta vez se preocupó. Armenuhi empezó a llorar en los primeros minutos de la proyección. Tenía el pecho muy agitado. La escena en la pantalla era triste, pero el nivel de angustia de su madre la inquietó. Armenuhi no podía parar las lágrimas.
En los primeros minutos de la obra, una violinista parisina, Ane, se enamora del pianista Simon Meyer. Ane y Simon, judíos, se casan y tienen un bebé. Al poco tiempo, Alemania invade Francia y el matrimonio es deportado junto con el hijo. Los suben a un tren rumbo a un campo de concentración. En el vagón, Simon arranca la criatura de los brazos a su esposa, envuelve al niño en una manta y cuelga de su cuello una cadena de oro y los anillos de boda de la pareja, con una nota. Arroja al bebé por un hueco del vagón. Ane ahoga un grito. Le pega a su marido. Llora. Su hijo queda solo en las vías, y la vida de esa mujer se detiene para siempre en ese instante.
Con su pañuelo blanco, Armenuhi intentó componerse, mientras Alicia la observaba por el rabillo del ojo, sin conocer los motivos que habían llevado a su madre a reaccionar de ese modo. La angustia de Ane por el bebé en las vías se le había hecho propia y esa imagen la había quebrado. Alicia ignoraba que un misil proveniente del pasado lejano había golpeado el corazón de su madre, haciéndole revivir la parte más dolorosa de su huida para siempre de su pueblo, Aintab.
En 1915, las noticias que llegaban desde Estambul, capital del Imperio Otomano, eran alarmantes. Los turcos habían asesinado, el 24 de abril, a doscientos cincuenta intelectuales, escritores, políticos, pensadores, economistas, referentes de la comunidad armenia. El objetivo era dejar a esta minoría sin guías y sin líderes. El ministro del Interior, Mehmet Talaat, ordenó una cacería para eliminar a la colectividad. Además de la territorialidad y el exacerbado nacionalismo, el problema residía en que los armenios eran cristianos, en una tierra habitada en su mayoría por musulmanes.
El padre de Armenuhi entendió que habían llegado al límite. Si quería salvar a su mujer y a sus dos hijos debía dejar Aintab, por entonces un pueblo al sur de la Anatolia, en el Imperio Otomano. Housep había cumplido 34 años y su esposa, Satenig Kabakian, con rasgos finos y nombre de princesa armenia, rondaba los 20. Armenuhi recién empezaba a caminar, y su hermanito, Antranik, ni siquiera gateaba.
La mirada de Housep resaltaba en su metro ochenta y cinco de estatura. Con los ojos celestes, su porte de caballero y el cabello rubio revuelto parecía más un actor que un integrante de la Federación Revolucionaria Armenia, el partido tashnagtzutiun. Socialista con una impronta nacional, trabajaba para alcanzar una Armenia libre, unificada e independiente.
Entre las profundidades de la piedra volcánica con la que estaba construida su casa, se puso de acuerdo con Satenig. Se irían cuando amaneciera. Lloraron cada uno en privado. Les costaba abandonar su hogar. Armenuhi correteaba entre las reservas de pistachos. El balde que usaban en el aljibe bajaba hasta la napa y se balanceaba de manera imperceptible.
Durante la noche, Housep preparó el único burro que había en la casa. Vistió a Satenig y a Armenuhi con ropas de varón, para cubrirlas de los controles otomanos donde separaban a las mujeres. En la alforja del burro, de un lado escondió a Armenuhi y del otro al pequeño Antranik. En el lomo iba su esposa. Guió la huida por el desierto. Mientras Satenig buscaba contener a los chicos, su marido se concentraba en evitar a los oficiales turcos. Si caían con ellos los llevarían a las caravanas que marchaban hacia el desierto de Der Zor.
El plan para erradicar a los armenios era sistemático. Los turcos obligaban a los varones de entre 18 y 40 años a hacer trabajos forzados. Los llevaban harapientos y descalzos a construir caminos, y luego los destrozaban a mazazos con los mismos bloques que les habían hecho remover. A quienes quedaban en pie, los fusilaban en grupos de a cien delante de sus hermanos, mujeres e hijos. A las viudas, los niños y los ancianos los sacaban de sus hogares y los hacían marchar a punta de látigo hacia Der Zor. Algunos llevaban mantas, ollas, lo que habían podido sacar de sus casas, pensando que los reubicarían como les habían dicho. En las arenas calcinadas del desierto, aislados, desfallecían de hambre, de sed o por las quemaduras del sol. Iban casi desnudos, con la boca explotada de llagas. Los turcos violaban a las mujeres y abusaban de los hijos delante de sus padres. Muchas señoras eran entregadas como esposas a los árabes. Algunas se arrojaban al precipicio del río Éufrates para morir aferradas a sus niños y salvar su honor. A los demás, los turcos los tiraban en los pozos que se forman en Der Zor y los prendían fuego, aún con vida. Cuando las llamas se apagaban, hurgaban entre los cadáveres en busca de cualquier cosa, desde dientes de oro hasta piedras preciosas de mínimo valor. Los cuerpos mutilados flotaban en el Éufrates. Teñían sus aguas de rojo y terror. Infectaban la corriente y provocaban más muertes y enfermedades.
Housep llevó a su familia en dirección sur, hacia Alepo, en Siria. Como su padre, Asdvadzadour Demirjian, Housep se dedicaba a los hilados y tenía conocidos en el negocio. A ellos les preguntó cuánto podrían demorar en llegar. Todo dependería de las condiciones en las que pudieran resistir esos casi cien kilómetros.
Apretaron los dientes y la lengua cuando la sed se hizo insoportable, y si no podían aguantar la necesidad de comer o morder algo, se metían tierra o pasto en la boca. Sacaban a sus hijos de las bolsas cada dos horas para que pudieran respirar. Padecieron los rayos del sol sobre sus cabezas y el frío cortante como una daga bajo las estrellas. Sus huesos, convertidos en papel, peleaban para no abandonar el cuerpo. Después de un par de días y noches de travesía pasaron por un puesto con soldados otomanos. Temblaban y rogaban que los bebés en las alforjas no lloraran. Si Antranik o Armenuhi se movían, o se les escapaba algún sollozo, sería el fin.
Por el estrés de aquella huida, Armenuhi encaneció por completo en una noche. Cuando por fin llegaron a Alepo, a un campo de refugiados, tuvieron que raparla para que su cabello negro y brillante, como ella, volviera a nacer. Recién había aprendido a caminar. Pero en su sangre ya habitaban los genes de la resiliencia. Los traía desde mucho antes.
Los armenios ocupaban desde la antigüedad la región de la Anatolia. Cuando Armenuhi salió de la panza de su mamá, el 17 de diciembre de 1913, esa zona formaba parte del Imperio Otomano desde hacía varios siglos. Sin embargo, doscientos años antes de Cristo, el Reino de Armenia había abarcado la Anatolia y mucho más. Se extendía desde el Mar Negro hasta el Mar Caspio y llegaba al Mediterráneo. En el pasado, la meseta de Anatolia —hoy Turquía— era territorio de la Armenia occidental. En tanto que, sobre el Cáucaso, se extendía la Armenia oriental.
Por su ubicación estratégica entre Oriente y Occidente, muchos pueblos intentaron apropiarse de esa región. En el siglo V, el Reino de Armenia fue conquistado por los romanos. Más tarde se extendió por allí Bizancio y a continuación lo ocuparon los mongoles. Desde el siglo XIV se consolidó el Imperio Otomano. Con mayoría musulmana, la convivencia con los armenios, pueblo cristiano, nunca fue sencilla.
Alicia conocía la historia de la huida en la alforja, pero jamás imaginó que todavía tenía mucho por escuchar. Llevaban casi tres horas de película en aquel cine y, sobre el final, madre e hija lagrimearon con la magia de Jorge Donn y su interpretación del Bolero de Ravel. Cuando comenzaron a encenderse las luces de la sala, Armenuhi y su hija se levantaron en cámara lenta. Salieron del brazo, sin hablar, recorrieron algunas cuadras hasta llegar al Fitito celeste de Alicia que las llevó al caserón de la calle Pampa.
Atravesaron la puerta de calle y recorrieron el pasillo apenas iluminado que se mete como aguja en el corazón de la manzana, subieron las escaleras de granito y entraron en el departamento, el mismo que atesora mis recuerdos de niñez.
En la cocina mínima, Armenuhi preparó café. Dos cucharaditas de molido impalpable que echó en el agua casi a tope del yesbé, la clásica jarra oriental de cobre. Sobre la hornalla, dejó que levantara el hervor tres veces antes de alejar el recipiente del fuego. Lo sirvió amargo, sin agitarlo ni revolver, para que la borra obrara su dictado en el fondo de los pocillos.
Madre e hija se sentaron en el sofá. Yervant, el marido de Armenuhi, había fallecido hacía poco más de un año. Alicia volvió a preguntar a su mamá por qué había llorado tanto al principio de la película. La miró a los ojos. Armenuhi seguía agobiada, pero después de tomar un sorbo de café comenzó a contar.
Housep y los suyos pasaron tres años en un campo para refugiados en las afueras de Alepo, hasta que terminó la Primera Guerra. Con el fin del conflicto, pareció que nuevos aires corrían en la Anatolia. La derrota de Alemania y del Imperio Otomano permitió que los armenios que habían huido comenzaran a regresar a sus vidas.
Por otra parte, la Armenia oriental, que había vivido ligada a Rusia, logró declarar su independencia como Estado. Fortalecida por la victoria de los Aliados y la debilitada Rusia, se constituyó como república independiente el 28 de mayo de 1918. La incipiente República de Armenia, Estado libre y soberano, izó su bandera garmir, gabouid, narinchakuin (rojo, azul y naranja), y la Federación Revolucionaria Armenia, o partido tashnag, estuvo en el poder durante aquellos dos años que existió la República.
Con el nuevo Estado libre e independiente, Housep y la mayoría de los armenios recuperaron la confianza y los sueños de libertad. Pensaban que era hora de retomar sus vidas y seguir luchando desde su lugar para fortalecer el camino de esa nación. Empezaron a volver de donde habían sido deportados. Housep era considerado un referente entre la familia, los vecinos y la comunidad. Era el tercero de siete hermanos. Avedis, Armenac y Hagop, los varones; y Azniv, Ieranic y Levonic, las mujeres, todos nacidos y criados en Aintab. Housep reagrupó a la familia y regresó a su pueblo.
En Aintab encontró la casa destruida, sucia y revuelta. Puso, una vez más, manos a la obra. La ciudad también intentó recuperar su ritmo. Las escuelas reabrieron y los artesanos retomaron sus talleres. La vida continuaba y el vientre cargado que Satenig traía desde Alepo así lo demostraba.
En el otoño de 1918 nació el tercer bebé de la pareja. A pesar de que la mayoría de los armenios ponía nombres de santos a su descendencia, Housep no estaba de acuerdo. La bebé era tan bella, con rasgos tan finos, de muñeca, que decidió llamarla Anoush. En armenio, “dulce”. Era la más mimada y sonriente de la casa.
Aunque vivían con lo justo, Housep y Satenig pensaban que aumentar la descendencia representaba una forma de continuar con el crecimiento de su pueblo y de seguir luchando. El otro pilar era la educación. Housep consumía cuanto texto encontraba sobre medicina, historia o mecánica. Amaba los libros. Mientras Satenig cuidaba de la pequeña Anoush, Antranik y Armenuhi comenzaron el colegio. Significaba un motivo de felicidad para toda la familia.
No habían transcurrido dos años cuando nuevos movimientos nacionalistas del partido de los Jóvenes Turcos comenzaron a amenazar la región. En medio de esas agitaciones, Satenig tuvo otro retraso. Su vientre volvía a crecer y llevaba alegría, en un clima que se endurecía otra vez.
Las casas de Aintab estaban unidas por una red de túneles. Era un tipo de construcción subterránea que servía para los meses de invierno, cuando la nieve tapaba calles, puertas y ventanas. En esas cámaras bien frescas, Housep y Satenig guardaban en tinajas de barro lo que obtenían del campo, los animales y la naturaleza. Al igual que sus vecinos, en los recipientes empotrados en las paredes de piedra almacenaban trigo, manteca clarificada —que hacían luego de llevarla al calor y filtrarla—, pistachos, semillas y carnes chacinadas selladas con grasa para conservarlas.
Los turcos se acercaban a Aintab. Housep y sus vecinos se habían organizado para rechazarlos. Construyeron trincheras. Se repartieron las pocas armas que tenían. Una madrugada, Housep se vistió con rapidez y corrió bajo tierra hasta su puesto de lucha. Armenuhi lo vio alejarse. Conocía de memoria el camino porque muchas veces había seguido a su padre sin que él se diera cuenta. Mientras Housep se iba, Armenuhi escuchó a su madre quejarse de dolores. Se quedó junto a ella. Trató de contenerla. Satenig comprendió que había llegado la hora.
En la casa de al lado vivía su suegra, Anna Semerdjian, una viuda con gesto siempre adusto. La señora compartía el techo con su hermana Mennush. Satenig fue a buscarlas en cuanto sintió las molestias. Las mujeres se ubicaron en un extremo del salón y echaron a los chicos. Armenuhi se apartó sigilosa. Primero oyó los gritos desgarrados de su mamá, que luchaba con las contracciones. La atravesaron sus lamentos, cada vez más fuertes. Identificó también las voces de su abuela y de su tía abuela. De repente, sobrevino un silencio. Un segundo más tarde, la alarmó el llanto de un bebé.
Anna, que jamás sonreía, se tropezó con Armenuhi cuando quiso ir a buscarla. La miró fijo. “Tenés otro hermanito. Se llama Zareh”, anunció a su nieta. Armenuhi, sin consultar, corrió por los túneles hasta llegar a la trinchera donde peleaba su padre. “¡Es un varón!”, le gritó a Housep cuando lo descubrió cargando un fusil. Era el 1º de abril de 1920, día de la Epopeya de Aintab, cuando los vecinos repelieron a los turcos. Y también era el día en que Zareh, el tercer he
