Entregado por nosotros

Juan Manuel Duarte

Fragmento

Prólogo

Hace mucho ya que a los argentinos se nos esconde la trama real de un momento de nuestra historia.

Se trata de aquellos tiempos que siguieron al regreso a estas tierras de Juan Domingo Perón, máximo líder político nacional, tras dieciocho años de exilio. En aquella época agitada por turbulencias, violencia y muerte, algunos pensaron e intentaron detener tanta locura. Apostaron por la paz, la moderación y el entendimiento. No lo hicieron por “tibieza” sino para abrir las puertas a la democracia, una palabra entonces desconocida para muchos. Eligieron el diálogo sin por eso dejar de decir sus verdades de frente.

En ese grupo se destacó un hombre que, junto al pueblo, apostó a la vía institucional para evitar que nuestra patria se desangrara. Seguía a rajatabla, como la mayoría de los argentinos, al líder, elegido presidente de la Argentina por tercera vez el 23 de septiembre de 1973. Ese hombre se llamó Carlos Mugica y ejerció el sacerdocio entre los pobres.

La historia que nos ocupa no es la oficial. No es la historia de los grandes hombres, la del panteón de héroes: ni los del pasado mitrista, ni los actuales del Instituto Dorrego, que simplemente parecen cambiar una figura por otra y así sale Lavalle y entra Dorrego, o Mitre cede el lugar del bueno a Rosas.

La historia que nos ocupa es otra. Es la del pueblo. Desde los llamados villeros a la mayor parte de la clase media, y algunos jóvenes de buena voluntad de la aristocracia, todos forman el pueblo. Y el padre Mugica solo, sin el pueblo, jamás hubiera sido quien fue.

Su vida se entrecruza con la mía, aunque cuando él murió yo tenía apenas cinco meses de vida.

Cuando llegué a la Villa 1-11-14 en 1995 para colaborar con el catecismo, jamás necesité explicar que venía de un barrio de la clase media; mis hermanos villeros no lo preguntaron. Con la misma llaneza colmaron mi parroquia villera, la legendaria Iglesia Santa María Madre del Pueblo, en la Villa 1-11-14, el día de mi casamiento. Y todos juntos bailamos en un salón: familia y amigos de todos los estratos sociales.

Una semana antes el legendario padre Rodolfo Ricciardelli1 (nuestro padre Richard) había bendecido el compromiso entre mi señora y yo a los pies de la Virgen de Luján, en pleno Luján Villero,2 esa fiesta que congrega a de miles de vecinos de todos las villas de la ciudad de Buenos Aires para celebrar la segunda comunión de los niños de nuestros barrios. Y en Madre del Pueblo bautizamos a nuestro nene, Nahuel: Richard nos hizo un regalo gigante al levantarse de su lecho de enfermo de leucemia para bautizarlo.3

¿A qué vienen estas anécdotas?

Entre fines de 1973 y principios de 1974 el padre Mugica recibió ataques desde las filas de Montoneros y de los esbirros de José López Rega. En una especie de pacto tácito, las publicaciones propagandísticas cercanas a estos grupos opuestos, Militancia y El caudillo, le recriminaron al sacerdote su origen: no provenía de las villas y su familia pertenecía a la clase alta. Ambas parecían también unidas en reprocharle su exposición mediática; Militancia lo llamaba “Superstar”. Y ambas manifestaban irritación por la gran influencia de Mugica entre los pobres y los jóvenes de las clases media y alta.

Las respuestas del padre Mugica los molestaron más. Sus hermanos villeros —les dijo— jamás le habían cuestionado que hubiera crecido en Recoleta; sólo ellos lo consideraban un problema.

Muchas veces me pasó lo mismo: los vecinos de las villas nunca impugnaron mis orígenes, y en cambio otros —ex compañeros de la vida, casi siempre intelectuales— se manifestaron contrariados por la procedencia de clase, o por ver a alguien de afuera de la villa en ella.

Nunca entendí por qué muchas personas —sobre todo la llamada intelligentsia4 parecieran querer borrar todo rastro de esa clase media de la que provienen, como si les diera vergüenza. Se hallan mucho más cerca del medio pelo argentino5 que los millones que se desloman por su país y sus familias. Malos hay en todos lados; se ve que entre los intelectuales también.

Mis hermanos villeros me enseñaron mucho y siempre me abrieron sus puertas y sus corazones. En los asentamientos también conocí mala gente, pero en proporción muchísimo menor que la gente buena. Y siempre me enseñaron algo. Todos. De allí mi agradecimiento infinito. El pueblo siempre me educó: me permitió compartir —aunque sólo fuera un esbozo— aquel “ascender al pueblo” del que hablaban el padre Richard y el padre Mugica.

Mugica, criado en la calle Gelly y Obes, alto, rubio, buenmozo, nunca vio en sus raíces un inconveniente para mantenerse fiel al pueblo, a Perón y a la democracia.

El sacerdote se hizo pueblo por el Pueblo. Fue nuestro cura sin renegar de su procedencia y sin dejar nunca de amar a sus hermanos de las villas.

A los cuatro vientos pidió paz para una Argentina que se desgarraba en aquellos últimos meses de 1973.

En medio de una misa llamó a “dejar las armas y tomar los arados”.6 Tras el asesinato del secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), José Ignacio Rucci a manos de Montoneros, encontró a Mario Firmenich7 en casa de Elena Goñi y le espetó con dureza: “Ahora que el gobierno es constitucional, ustedes se meten los fierros en el culo.”8 Tiempo después, durante una entrevista que le hicieron en Chivilcoy, llamó a Montoneros “la nueva burocracia” porque le quitó al pueblo “la alegría de festejar, con el líder, el triunfo peronista”.9 Tampoco tuvo miramientos en sus discusiones ásperas con López Rega.

El padre Mugica fue quien fue gracias al pueblo, al igual que otras figuras de nuestra historia como José de San Martín, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas, José María Paz, Juan Bautista Bustos, Manuel Dorrego, Juan Lavalle; o Hipólito Yrigoyen, Evita Duarte y el General Perón, solos no hubieran llegado a nada. Siempre actuaron con el pueblo al lado.

El 11 de marzo de 1973 el pueblo recibía con algarabía el triunfo electoral justicialista y la llegada de Héctor Cámpora a la presidencia de la Nación. Pero esa felicidad se escapó a la velocidad con que se escurre la arena entre los dedos de una mano. Mientras Rodolfo Galimberti hablaba de las milicias populares, Juan Manuel Abal Medina —hermano de Fer­nando— decía que la juventud era la garantía revolucionaria del gobierno camporista, y otros guerrilleros apuntaban a supuestas complicidades con la dictadura del general Ale­jandro A. Lanusse y a la caza de brujas contra gremialistas, se realizaba todo tipo de tomas de edificios e instituciones, en nombre de la justicia popular, contra todo aquel acusado de pertenecer a la llamada burocracia sindical. Subió la tensión y las balas volvieron a sonar a principios de junio de 1973, en José León Suárez, tras la caótica asunción presidencial de mayo: la revancha teñía de sangre Ezeiza y al presidente Cámpora la situación se le escapaba de las manos. Un integrante de la Orga10 y amigo del padre Mugica, José Luis Nell, herido de gravedad en el tiroteo, pedía autocrítica y por eso Montoneros lo degradaba. Cámpora finalmente fue renunciado. Se mantuvo menos de 50 días como presidente.

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) aseguraba que la democracia no era lo suyo y que seguiría con los atentados. La violencia de todos contra todos crecía. Firmenich, incalificable, en plena campaña electoral de septiembre de 1973 hablaba de “la política del fusil”.11 Dos días después de los comicios del 23 de septiembre que llevaron a Perón a su tercera y última presidencia, la Orga decidió (contra la voluntad del 98 por ciento del país) que había que continuar con la violencia y la muerte, y tirarle al General sobre la mesa el cadáver de Rucci.

Los matones de López Rega (ministro de Bienestar Social y secretario personal de Perón) se relamían con la situación, y de paso se armaban hasta los dientes contra los montos. El padre Mugica había trabajado en ese ministerio unos meses, por pedido personal del General, pero se había ido pronto, tras duras diferencias con el siniestro funcionario. Bajo el manto del Brujo se elucubró el inicio de la tenebrosa Triple A.12 Y entonces sí, el baño de sangre se tornó imparable…

En medio de tanta violencia, de tanto odio y rencor, y pese a todo eso, el padre Mugica continuó su tarea de tender puentes para el entendimiento. Allí apareció su figura en su dimensión completa: entre tanto personaje deplorable se animaba a clamar que se terminara la violencia, porque ya había vuelto Perón, y había democracia.

Sobre todo, llamó a la juventud; a toda, militante o no. Habló de la “encrucijada de la juventud” y pidió que no se cayera en la “ideologización alienante”, sino que se intentara “ascender al realismo cristiano”. Así se resumía su idea de “volver a Perón”: que se terminara la confrontación de peronistas contra peronistas, de argentinos contra argentinos.

Muchos jóvenes integrantes de montoneros lo escucharon, tomaron la decisión de dar el portazo, abandonaron la organización político-guerrillera y conformaron lo que se llamó la Juventud Peronista (JP) Lealtad. Hoy todos ellos (aunque algunos sólo off the record) concuerdan en que el apoyo del padre Mugica y los curas del Movimiento del Tercer Mundo resultó capital para que se formara esa disidencia.13 Uno de esos sacerdotes, el padre Jorge Galli, llegó a dirigir la columna “José Gervasio de Artigas” de la JP Lealtad, con una destacada actuación.

En seis meses, entre noviembre de 1973 y abril de 1974, entre el 30 y el 50 por ciento de los montoneros dejaron esa organización14 para sumarse a la Lealtad y volver a Perón. Y el 90 por ciento de las bases villeras enroladas en el Movimiento Villero Peronista (MVP), ligado a Montoneros, también lo hizo y formó el MVP Leales a Perón.

Eso molestó en una medida enorme. Y es que casi todos los disidentes obraron por la paz, lo cual dejaba así en evidencia que los demás favorecían el derramamiento de sangre.

Cuando el padre Mugica se negó a marcharse de Plaza de Mayo, el 1º de mayo de 1974, después de que Montoneros decidiera retirarse tras provocar al General, que los llamó “esos estúpidos que gritan”, muchos de ellos lo insultaron con dureza. La desvinculación fue evidente. Les respondió que él se quedaba, junto al pueblo: “El pueblo está acá, en la Plaza, con Perón.”

Este es el momento de la historia que hace ya mucho que se nos esconde a los argentinos.

De él se ocupa este libro.

Se trata del último año de la vida del padre Carlos Mugica.

De sus luchas, sus ásperas discusiones con personajes siniestros como López Rega y Firmenich, las amenazas y los ataques que sufrió por derecha y por izquierda, su apoyo a la Lealtad (aun sin participar directamente), su influencia en la juventud, su adhesión total a Perón y su apoyo al Plan de viviendas que él impulsó.

Jamás fue inocente. Siempre estuvo comprometido.

Lo demuestran sus cruces con el obispo Jerónimo Podestá, en defensa de la ortodoxia católica, y su crítica a la conducción montonera.

Desandaremos el camino de su pasión, sus dudas y sus anhelos. Enfrentaremos su muerte y su resurrección en el pueblo. Y conoceremos a sus Judas, a quienes cerraron sus oídos y sus corazones, lo traicionaron y lo entregaron.

¿Pudo aquella agrupación novel que él apoyó con entusiasmo, la JP Lealtad, haber cambiado el rumbo de los años sangrientos de 1973 y 1974, que de modo indefectible precedieron la llegada de la nefasta dictadura en 1976?15 Imposible saberlo. Pero al menos podemos establecer que hubo una idea, un esbozo, una construcción; que se intentó torcer —aunque sin los resultados esperados— aquel camino funesto de violencia y muerte, a la vez que se defendió a Perón y a la democracia. Eso trató la JP Lealtad. Con estos propósitos coincidió el padre Mugica, con esa lucha por parar las balas de Montoneros, el ERP, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR),16 las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), el Comando de Organización (CdeO), las bandas sindicales y la Triple A. Una lucha fundada en la fuerza de su ejemplo y en sus palabras, siempre junto al pueblo villero.

Un testigo presencial de la época me preguntó hace poco: “Pibe, ¿interesa mucho saber quién apretó el gatillo que lo mató, quiénes estaban de apoyo en al auto del que se bajó el asesino? Si ya lo habían entregado…”.

Más enfática se mostró una fuente primerísima de la época, que coronó su largo testimonio con varias preguntas retóricas, entre ellas algunas que nunca dejaron de afectarme: “Si vos fueras capo en la guerrilla más importante de Sudamérica [Montoneros] y en tres meses se te va el 50 por ciento de los tipos [a JP Lealtad]; y encima sabés que gran parte de eso se debe al carisma de un cura que tiene un ascendente bárbaro sobre los jóvenes de la militancia; y encima el cura no para de criticarte… ¿no te parecerían causas para dársela a ese cura? O como poco, ¿no se lo entregarías a gente de mierda que lo odia tanto o más que vos?”.

Preguntas, demasiadas preguntas que aún esperan respuestas.

Aquí las investigaremos, con documentos y relatos de quienes vivieron aquella época.

Sigo un camino que comencé en 1995 cuando pisé por primera vez la Villa 1-11-14. Entonces conocí por boca de mis hermanos villeros los hechos del 11 de mayo de 1994, cuando el Pepe Firmenich apareció en la procesión que recordaba los veinte años de la muerte del padre Mugica. La hermana de Carlos, Marta Mugica, junto al pueblo villero, lo echó poco menos que a patadas. “¡Andate, traidor hijo de milputas!”, le gritaron entre otros improperios. Hizo bien la esposa del ex hombre fuerte de Montoneros en sacarlo raudamente del lugar: la huida evitó que los golpes y piedrazos escalaran…

Tras el hecho, Marta Mugica pronunció una frase categórica sobre la muerte del padre Carlos: “No sé exactamente quiénes lo mataron, pero lo más seguro es que la Triple A se haya adelantado a Montoneros”.17

¡Qué frase dolorosa!

Sobre ella, y sobre toda esta historia aún oculta, reflexionamos en este libro.

1 El padre Rodolfo Ricciardelli fue párroco de Santa María Madre del Pueblo, iglesia ubicada en la Villa 1-11-14, durante 35 años, desde 1973 hasta su muerte en 2008. Junto con otros dos sacerdotes trajo al país en 1967 el Manifiesto de los Obispos del Tercer Mundo, que derivó en la conformación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) al año siguiente. Este ex alumno salesiano, del Colegio León XIII de la ciudad de Buenos Aires, y ex cura obrero, participó en el encuentro de los sacerdotes del MSTM con Perón en la residencia de Gaspar Campos el 17 de noviembre de 1972, y compartió viaje con el líder en su regreso definitivo de 1973. Durante la última dictadura militar, baleado, acompañó al co-fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Emilio Mignone, en las primeras y solitarias búsquedas, por cuarteles y penales, de su hija Mónica, ex catequista de la Villa 1-11-14, desaparecida en 1976. Cuando finalizaba el llamado Proceso de Reorganización Nacional inició junto a otros sacerdotes la construcción de barrios populares en la Provincia de Buenos Aires con la Cooperativa Santa María Madre del Pueblo, sin financiación gubernamental, para enfrentar el problema de las erradicaciones y la falta de vivienda, una tarea que continuó hasta fines de la década de 1990. Ya en democracia bregó por los derechos humanos de los habitantes de las villas: participó de la resistencia a las topadoras del último intendente, el Dr. Jorge Domínguez, en la Villa 31, en 1995, con una extensa huelga de hambre. Realizó todo tipo de manifestaciones hasta poco antes de su muerte, en 2008, y ese mismo año firmó su último documento, un pedido de los curas villeros al Gobierno de la Ciudad para que escuchara a los vecinos de las villas al hablar de la “integración urbana”. Años más tarde su cuerpo fue traslado a la Villa 1-11-14, donde se le construyó un espacio para su descanso.

2 Desde 1969, en vida del padre Mugica, se organiza el “Luján de las villas”, casi siempre la semana anterior a la Navidad y posterior a las primeras comuniones. Todas las familias de las villas porteñas concurren a la celebración de la segunda comunión de sus niños, que ha reunido a más de 50.000 personas. Desde 2010 también se ha sumado el barrio Costa Esperanza, un asentamiento de Loma Hermosa, Provincia de Buenos Aires, y hogar del padre Adolfo Benassi, compañero del padre Ricciardelli en sus últimos años de vida en la Villa 1-11-14.

3 El padre Rodolfo Ricciardelli padeció un cáncer que le causó múltiples complicaciones, en particular desde 2002. Por eso me sorprendió tanto su presencia. Cuando llegó, el mismo padre Richard me dijo: “Vine porque como no te pude casar, quería bautizar a tu hijo”. La emoción del momento permanece inenarrable.

4 Así se suele definir a la intelectualidad muchas veces autodenominada progresista. Conviene recordar que el término “progresista” se ha usado innumerables veces en historia: inclusive Benito Mussolini, en su célebre discurso de 1932, explicó que el fascismo podía ser “conservador y progresista”, de modo indistinto, “de acuerdo a las circunstancias y los contextos”.

5 Título del famoso libro de Arturo Jauretche.

6 Diario Mayoría, 7 de septiembre de 1973. Estas palabras tuvieron como marco la misa de recordación de las muertes de Fernando Abal Medina y Carlos Ramus, partícipes de la acción con que Montoneros se presentó en público en mayo de 1970: la captura y posterior asesinato del ex presidente de facto general Pedro Eugenio Aramburu. El día anterior, 6 de septiembre de 1973, en plena campaña electoral que llevaría al general Perón por tercera vez a la presidencia, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) había atacado el Comando de Sanidad de la Armada en Parque Patricios, acción en la que murió el coronel Duarte Ardoy. Por este copamiento fueron condenados, entre otros, el soldado entregador, Hernán Invernizzi, hijo de la reconocida psicóloga Eva Giberti, y Eduardo Anguita, director del periódico oficialista Miradas al Sur. Estos hechos y la creciente violencia figuraron entre las causas del pedido del padre Mugica.

7 Mario Eduardo Firmenich (Pepe, entre otros alias) fue comandante y figura central de Montoneros. Varios años antes, cuando Firmenich cursaba el secundario, el padre Mugica poco menos que le hizo conocer a los pobres cuando lo llevó en misiones juveniles a Salta. Los otros dos capos de Montoneros que aún viven son Roberto Cirilo Perdía y el actual ministro de Obras Públicas de la provincia de Río Negro, Fernando Vaca Narvaja.

8 Wornat, Olga: Nuestra Santa Madre. Historia Pública y privada de la Iglesia Católica Argentina. Buenos Aires, Grupo Z, 2002. Capítulo 3.

9 Entrevista al padre Mugica en Chivilcoy, el 7 de noviembre de 1973. Jorge Rulli, fundador de la Juventud Peronista (JP), conservó los documentos sonoros.

10 La Orga era una de las denominaciones con la que se hacía refería a la agrupación político-militar Montoneros; las guerrillas también se conocían como “organizaciones armadas”.

11 Revista El Descamisado del 11 de septiembre de 1973. La frase pertenece a una entrevista que se le hiciese a Firmenich luego de su reunión con el general Perón, quien le reiteró su pedido de que concluyera con las “formaciones especiales” (léase guerrilleras) para incorporarlas plenamente a la actividad democrática. La reunión se produjo tres días después del ataque al Comando de Sanidad del Ejército y dos días después de que el padre Mugica pidiera a los grupos armados “dejar las armas y tomar los arados”.

12 La Alianza Anticomunista Argentina, o Triple A, una organización parapolicial y paraestatal ultraderechista, tuvo como figura fundamental al entonces ministro de Bienestar Social de la Nación, López Rega, apodado El Brujo por su práctica de las llamadas artes oscuras y la parapsicología. Se la ha acusado de la muerte y desaparición de 1.500 opositores políticos durante el período democrático de 1974-1975. Cuando el Ejército desarticuló la Triple A, la presidente Isabel Perón, que había asumido el cargo tras la muerte del General, envió a López Rega en misión diplomática al exterior, y ya no regresó al país. En 1986, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, fue capturado; murió en 1989 a la espera del juicio por sus crímenes.

13 De Biase, Martín: Entre dos fuegos. Vida y asesinato del padre Mugica. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1994, pp. 370 a 373. Allí el biógrafo de Carlos Mugica narró que él mismo, junto al padre Jorge Vernazza y a Jorge Goñi, fundaron una rama de alternativa del Movimiento Villero Peronista, por entonces copado por Montoneros, a la que denominaron MVP Leales a Perón. Esta escisión es contemporánea al nacimiento de la JP Lealtad.

14 Datos que aportó Alejandro Peyrou en entrevista con el autor, publicados en la revista Lucha armada.

15 Se ha instalado la pretensión de que todo aquel que hable de este período (1973-1976) debe repetir que de ninguna manera la violencia de este lapso puede justificar la fatídica actuación posterior de la dictadura militar. Por más que esto se dé por cumplido, parece que siempre se debe volver a explicar. Para peor, ciertos personajes de la época han aprovechado tal escudo para tildar de apologista de la teoría de los dos demonios a quien ose investigar sobre los errores y horrores de las organizaciones armadas. Eso demuestra, como manifestó un ex funcionario del Gobierno, que “son ellos [sus ex compañeros] los que hacen la dos demonios, agitando falsos fantasmas para nunca hacerse cargo de las cagadas que se mandaron; como los pibes del jardín que se tapan las orejas y gritan para no escuchar cuando los retan por algo que hicieron”.

16 Las FAR se unieron a Montoneros el mismo día que Perón asumió la Presidencia de la Nación por tercera vez. En el círculo cercano al General se lo consideró un nuevo ataque contra su persona, ya que él se había mostrado adverso a las FAR, que no provenían del peronismo, y que se encuadraban dentro del entrismo.

17 Wornat, op. cit.

MAYO DE 1994

20º Aniversario del padre Mugica

¡Váyase, asesino!

El grito de MARTA MUGICA a MARIO FIRMENICH en el acto recordatorio de su hermano, el padre MUGICA.

Todo tiene una razón de ser. Y un disparador.

Mi vida cambió cuando llegué a la Villa 1-11-14 en 1995. Ese punto de inflexión marcó un antes y un después tan importante como sucedió cuando me casé y cuando nació mi hijo.

Jamás había cruzado la avenida Rivadavia en dirección a los barrios más alejados del Río de la Plata. A cuatro años de un accidente gravísimo1 en mi escuela, el Liceo Naval, había logrado recuperar mi fe. Una película sobre la vida de San Francisco de Asís, Hermano sol, hermana luna,2 me impulsó a visitar a los padres Franciscanos Capuchinos de la Iglesia de Pompeya,3 casi en el límite de la ciudad de Buenos Aires, con el interés inusitado de seguir la vida religiosa. El fervor del converso, suelen decirle.

Fines de 1994. Estábamos en el apogeo del menemismo. River se cansaba de ganar campeonatos. Independiente también acumulaba títulos; en cambio su rival histórico, mi Racing de Avellaneda, sumaba penurias, y acaso algún segundo puesto. Embarcado en esa nueva aventura, durante algunos meses viajé a Pompeya desde Palermo en el colectivo 15.

Pronto supe que una nueva cancha de fútbol, la de San Lorenzo de Almagro, se había inaugurado en la zona. Pedí indicaciones para llegar al estadio y comencé a caminar por la calle Esquiú hacia la avenida Perito Moreno, y de ahí directo a la cancha.

Al pasar por las avenidas Perito Moreno y Cruz, vi por primera vez aquella capillita4 villera. Chiquita y acogedora, en medio de las casas apiladas de la Villa 1-11-14 que bordea la cancha y la Ciudad Deportiva de San Lorenzo, despertó mi curiosidad y mi emoción. Como si fuera la Porciúncula, la pequeña iglesita que San Francisco restauró con sus manos.

Varios meses después de ese fugaz amor por la vida religiosa, soñé con aquella capillita. Al día siguiente fui hasta la parroquia. No conocía a nadie pero sentía que tenía que hacer algo allí.

Entré por primera vez a Santa María Madre del Pueblo una mañana de sábado a principios de mayo de 1995. Me atendió un muchacho de tez blanca y barba, Walter, que hacía las veces de farmacéutico. Le pregunté si podía dar una mano.

—¿Tenés sólo una? —me respondió.

Días después conocí a los dos sacerdotes de la capilla. Era un día de semana por la tarde; entré al predio, dejé atrás un campito y me metí en un galpón. Una persona asomaba debajo de una antigua camioneta Estanciera. El tipo puteaba a lo loco mientras intentaba arreglar el vehículo; a la complejidad de la tarea se le sumaron mis preguntas por el padre. El hombre salió de debajo de la carrocería, se secó la transpiración y se presentó con una sonrisa: “Soy el padre Ernesto”. Así conocí Ernesto Narcisi, uno de los dos sacerdotes de la villa del Bajo Flores.

El fin de semana siguiente conocí al otro cura, tan sencillo como Ernesto. Llegué a admirarlo profundamente. Era el enorme padre Rodolfo Ricciardelli.

Me sumé a la gente que colaboraba con ellos en la capilla, en su mayoría vecinos de la misma villa y de los barrios Illia y Rivadavia. Se convirtieron en mis hermanos villeros.

Recuerdos del mal

Entonces supe sobre el hecho en cuestión. Por boca de mis hermanos de la villa.

Fue una de esas cosas que nos trastocan la vida sin que las esperemos.

Nadie, jamás, le había contado esa historia a mi generación.

A fines de mayo de 1995, dos vecinas me hablaron de lo que había pasado en la misa del padre Carlos Mugica5 y su fiesta en la Villa 31, acontecimiento que yo hasta ese entonces desconocía. “Gracias a Dios, todo estuvo más tranquilo que el año anterior”, me dijo una de las mujeres. Cuando les pregunté qué había pasado el año anterior, se conmocionaban aún al recordarlo. Les volvía a dar bronca:

—Vino la basura esa de Firmenich6 —dijo una de ellas—, y el caradura se quiso hacer el santito en la procesión del padre Carlos… ¡Caradura!

—Pero fue Marta Mugica y le dijo de todo, y entre todos lo echamos a patadas —completó la otra vecina—. Si se quedaba, seguro que le daban una de piñas de aquellas. Había mucha bronca.

Yo escuchaba absorto. Ellas notaron mi sorpresa:

—Sí, don —continuó la segunda—, la gente le gritaba: “¡Andate Firmenich! ¡Sos un traidor hijo de milputas!”, y volaban puteadas y piñas. Si se le ocurría hacerle algo a Marta, le íbamos a dar una para toda la cosecha —decía con el brazo levantado y la mano de canto, en el gesto de paliza.

—Ése es un Judas, un traidor —arremetió la primera—. Marta hizo bien en echarlo. Ése y sus amigos traicionaron al padre Carlos. Que ni aparezca nunca más por las villas. Quiso caretear en la procesión y lo echamos a patadas en el culo. Decí que estaba la policía y se lo llevó, que si no… Todavía me agito cuando lo recuerdo. Es que ese malparido era muy pesado… ¡pesado, pesado!

Las vi tan conmocionadas que preferí escuchar sin preguntar. El recuerdo las apasionaba; una de ellas terminó por quebrarse en lágrimas:

—¡Todavía me agarra una bronca que ni puedo contarle! —se lamentó—. Venir a hacerse el santurrón y decir la cagada de que era su discípulo, y todo eso… menos mal que se fue, la porquería humana esa.

Aún recuerdo sus miradas. Cuando empecé a escribir este libro, una de las primeras ideas que cruzaron mi mente fue aquel diálogo con las doñitas.

Nadie resiste un archivo

Siempre creí en mis vecinos villeros. Al visitar la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, muchos años después de aquella conversación, encontré el diario de aquel 12 de mayo de 1994. Para mi estupor, el relato de Crónica concordaba casi al pie de la letra con lo que las vecinas me habían narrado. Sólo faltaba la pasión de aquellas mujeres sabias.

Para mí, amante de la historia, aquella clase magistral me había enseñado algo que jamás me habían contado. Cuando recuerdo a aquellas mujeres, vuelvo a vivir aquel día y a ponerme en el lugar de los vecinos de las villas y de la hermana del padre Carlos. Desde allí las cosas se entienden mejor.

El diario Crónica del domingo 12 de mayo de 1994 tituló en portada: “Escándalo en homenaje al padre Mugica. Firmenich echado a cascotazos”. La foto mostraba el momento en que Marta Mugica le señalaba a Firmenich el camino de salida con el brazo izquierdo. Debajo, el epígrafe transcribía algunas de sus palabras: “‘¡Váyase, asesino!’, le grita la hermana de Mugica a Firmenich”.

En las páginas interiores se corroboraba la tensión de aquel día. A Firmenich se lo reflejaba como “guerrillero arrepentido” y se expresaba que Marta había mantenido un contrapunto subido de tono con el jefe guerrillero. Crónica narró el momento del clímax:

Cuando la marcha [que venía desde el cementerio de la Recoleta, donde descansaba el padre Carlos] estaba por llegar a ATC —Av. Figueroa Alcorta y Tagle— se sumó repentinamente el indultado Mario Firmenich,7 acompañado por su esposa. Al principio la sorpresa paralizó a todos, ya que nadie atinó a decir ni una palabra. Tanto que la cámara de Crónica TV pudo arrimarse sin inconvenientes y una colega mantener un áspero diálogo con el personaje […]

En ese instante, los manifestantes fueron animándose y comenzaron a rodearlo. Una señora, presentándose como la hermana de Mugica, le dijo sin medias tintas: “Le pido que se retire, usted le hizo muy mal al país, y me está ofendiendo con su presencia”.8 El arrepentido montonero, sin mover un músculo de la cara le respondió: “¿Usted es la hermana de Carlos? Bueno, yo fui su discípulo”…

El diálogo corto, cargado de tensión, se vio interrumpido cuando algunas personas se arrimaron a Firmenich gritándole que se fuera. “No te queremos, vos nos ofendés con tu presencia”, fueron los gritos más escuchados.

La gente, comprensiblemente indignada, fue mucho más lejos aún y optó por reflejarlo con violencia: tomando piedras que había en el lugar, lo corrió al estilo de los traidores o de las prostitutas de los albores del cristianismo.

Crónica pudo hablar con la hermana de Carlos Mugica, que visiblemente emocionada sostuvo no saber “si lo mataron los montoneros o la Triple A, pero el señor Firmenich es un asesino que dejo morir a sus compañeros. Un hombre que lo único que hizo fue confundir y por eso no puede decir que fue discípulo de mi hermano.9

Las vecinas de la villa no habían exagerado un ápice. Había una parte crucial de la historia de nuestro país que no nos habían contado y que aún nos esconden. Pero el pueblo, impermeable a los designios de la intelligentsia, se había encargado de mostrar la verdad, su verdad llena de pueblo y de fe, que ubicaba a aquella conducción montonera en las antípodas del realismo cristiano y peronista del que hablaba Carlos Mugica y mucho más cerca de la infiltración que terminó señalando Perón. Una historia que no debió haber permanecido oculta y que hoy más que nunca merece ser contada.

1 Tuve una compleja forma de cuadriplejia momentánea como consecuencia del estrangulamiento de dos vértebras cervicales por una mala caída tras un salto en alto. Gracias a Dios y a los médicos, enfermeras, camilleros y voluntarias del Hospital Naval, y al equipo del Dr. Miguel Ángel Brocanelli, tras dos meses de tratamiento la columna volvió a su posición normal. Debí aprender a caminar otra vez y realizar kinesiología a diario para fortalecer mis músculos y poder tomar objetos con las manos. Lo que más agradezco de aquella experiencia dolorosa es que, tras insultar un mes a un crucifijo que tenía delante de mí, pidiéndole explicaciones, volvía a encontrar la fe.

2 Esa película del director Italiano Franco Zeffirelli, considerada una de las mayores obras del cine, se estrenó en 1973. Entre sus actores se cuentan Sir Alec Guinness (luego famoso por su papel de Obi Wan Kenobi en La Guerra de las Galaxias), Lee Montagne, Graham Faulkner y Juddy Bowker. Se filmó casi toda en el pueblo de San Geminiano, en la Umbria italiana, declarado Patrimonio Universal de la Humanidad porque se mantiene igual a como era en la Edad Media.

3 Los Capuchinos forman una de las tres ramas en las que hoy se dividen los Franciscanos. Tratan de mantener un carisma parecido al de su fundador. El nombre se debe a la capucha del sayal marrón que usan. La iglesia es la Basílica de Nuestra Señora de Pompeya, y lleva su nombre en honor a otra denominada de la misma manera, en Pompeya, Italia.

4 La capillita era, en realidad, la Parroquia Santa María Madre del Pueblo, la primera parroquia villera de la Argentina.

5 La misa en recuerdo del padre Mugica que se hace todos los 11 de mayo. Cuando termina, los padres más grandes y Marta Mugica cuentan algunas anécdotas sobre el padre Carlos, y luego los artistas que se acercan hasta su capilla en la Villa 31 cantan folklore. Se arman bailes populares y se comparte un almuerzo, que puede ser algún guiso o un choripán.

6 Firmenich, autoridad máxima de la conducción nacional de Montoneros, provenía del nacionalismo católico. Sobre su figura, muy polémica, mucho se ha escrito. Lo han criticado tanto familiares de las víctimas de los crímenes de esa guerrilla como otros ex integrantes de la Orga como Horacio Verbitsky, Juan Gelman, Juan Carlos Dante Gullo; también el desaparecido Rodolfo Walsh, quien denunció el militarismo del grupo. Otras voces de aquella época, como José Pablo Feinmann, Alejandro Peyrou, Antonio Cafiero y Julio Bárbaro, lo han reprobado. Su nombre quedó asociado a la delación, a la traición, y a la muerte; su autocrítica en los años 90, en el programa Tiempo nuevo de Bernardo Neustadt, no superó el nivel del simulacro. Reside en España y ejerce como docente universitario en Barcelona. En una de sus últimas incursiones en la Argentina fue a la procesión en recuerdo del padre Mugica que aquí se menciona. Varios de sus ex compañeros sospechan que pactó con el entonces candidato a presidente Carlos Menem los indultos presidenciales que lo incluirían, a cambio de algunos de los millones que la conducción montonera aún atesoraba a fines de los años 80, y que habrían contribuido a la campaña presidencial del riojano. En internet se pueden ver carteles de Montoneros en apoyo a Menem de 1989. Al inicio del gobierno kirchnerista la justicia lo requirió por la participación presunta de la conducción nacional en las contraofensivas montoneras (el descubrimiento o la entrega de quienes participaron en ellas); prefirió volver a estar prófugo hasta que la causa quedó en la nada.

7 Los indultos que otorgó Carlos Menem desde la Presidencia de la Nación alcanzaron por igual a los comandantes de la última dictadura militar como a los jefes guerrilleros y otros miembros de las organizaciones armadas.

8 El destacado pertenece al autor.

9 Diario Crónica, 12 de mayo de 1994.

ENERO DE 1973

Comienzo de año con huelga de hambre

La gota caía lentamente por la canaleta de la chapa de zinc, colocada en ángulo sobre el techo de la casilla. Se sentían el calor y la humedad. Los vahos del vino y los resabios de la celebración de la Nochevieja daban lugar a la quietud; apenas algún petardo distante desencajaba en aquella escena tórrida del primer día del año.

En la tranquilidad de las calles semidesiertas de la villa, los pasos apurados de un pequeño grupo de personas parecían retumbar. No pertenecían al barrio. Avanzaban con rapidez junto a un vecino baqueano, que los adentraba por los sinuosos caminos de la Villa 31, en Retiro. De fondo, esporádicamente, el tren cortaba la tarde casi dominical con su sonido quejoso.

El grupo llegó a la capilla, en los fondos, y se detuvo. El vecino se adelantó unos pasos, golpeó las manos frente a la puerta y esperó. Tras unos segundos salió una figura espigada: “Hola, padre. Lo vienen a ver”, le dijo el vecino con cortesía. El joven alto, rubión y delgado, con ojos claros y expresión sonriente, lo saludó y le preguntó por la familia y los festejos; los recién llegados observaban, unos pasos atrás. La blancura de la tez contrastaba con los rasgos andinos de su interlocutor, más bajo y regordete. Al fin se dieron un gran abrazo y se saludaron con un “Hasta mañana”.

Los visitantes se parecían más al padre Mugica que al vecino. Pero eran más adustos, más serios. Carlos los saludó respetuosamente y los hizo pasar a su “oficina”, una casilla pequeña contigua a la capilla.

Entre las personas había dos abogados a quienes Carlos estimaba: defensores de presos políticos y de gente vinculada con la lucha revolucionaria. Habían estado entre aquellos que le insistieron a Carlos para que encabezara la lista de candidatos a diputados nacionales en las elecciones que se llevarían a cabo el 11 de marzo. Se llamaban Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña.

Al cura lo había sorprendido la oferta recibida en noviembre de 1972; la rechazó, después de discutirla con sus compañeros del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). El tema no le resultaba muy simpático, en realidad, como tampoco a la gran mayoría de la militancia de aquellos tiempos: “No nos interesaban los cargos políticos. Me acuerdo que un día en una reunión se empezó a hablar de completar la lista de diputados y todos se iban pasando la pelota, casi como si aquello fuera algo que estorbaba, que nadie quería agarrar, hasta que recayó en un compañero obrero que había llegado sobre el final. Las cosas no se hacían por un cargo ni por guita”,1 comentó Alejandro Peyrou, que llegó a ser tesorero de Montoneros, hasta que dejó la agrupación a fines de 1973 y recaló luego en la JP Lealtad.

Los jóvenes abogados no habían llegado hasta la villa para saludar por el año nuevo, ni porque hubieran pasado de casualidad por la zona. Pronto empezaron a disertar frente a Carlos. Se mostraron dudosos de que el presidente de facto, el general Lanusse,2 fuera a dejar el poder en verdad y para permitir las elecciones. Nada era ciencia cierta en aquel entones, todo se armaba sobre la marcha. Por los constantes quiebres institucionales que había sufrido el país, casi nadie sabía muy bien qué era la democracia. Nadie la respetaba. Pocos tenían en claro si realmente la querían. Un ex militante Montonero y ex funcionario kirchnerista recordó: “Nada era seguro. Lanusse era un tipo serio pero intempestivo, nadie sabía realmente si iba a largar, y nosotros no teníamos idea de lo que era la democracia. Mirá, a veces el tema era tan demencial que cuando Perón llamó a los Montos ‘infiltrados’, el Pepe le espetó que la campaña del ‘Luche y vuelve’ se había hecho con guita de los secuestros… Sí, gordo, ¡la campaña estuvo bancada en parte por los secuestros!”. 3

Con ese panorama incierto, Duhalde y Ortega Peña habían pensado que una huelga de hambre del cura podía ponerle un poco de presión a cualquier intento del presidente militar de tirarse atrás y detener el proceso electoral.4

El cura de la gente

No estaban errados. Sabían del ascendiente de Carlos sobre miles de jóvenes. Y sobre los medios de comunicación de la época: quizá porque eran infinitamente menores a los de nuestra era tecnológica, al no existir la variedad del cable e internet, el público seguía más los programas de aire, que en algunos casos llegaban a medir 60 puntos de rating, el doble que los más exitosos de hoy.

El padre Mugica era “un imán para los medios”, sintetizó Julio Bárbaro, quien lo frecuentó: “Inteligente, culto, reflexivo, de excelente dicción, tenor de voz claro y conciso; dueño de un carisma innegable y rápido para las respuestas, en las que podía citar en una misma frase a Mao [Zedong], [Pierre] Teilhard de Chardin y San Ambrosio”.5 Además, solía llevar a la villa a deportistas y estrellas de la televisión para que conocieran la realidad de los vecinos y diesen una mano.

Todo eso lo transformaba en un referente para los jóvenes.

De ahí que el plan tuviera consistencia y que Carlos aceptara realizar la medida de fuerza. Aquellos políticos y abogados se retiraron satisfechos de su apoyo, tras saludarse afectuosamente con el sacerdote.

Pensar que tan sólo un año después, aquel afecto se transformaría en el beso de Judas… En una edición de la revista que dirigían ambos abogados, Militancia, se mandó al padre Mugica a la “Cárcel del Pueblo”, la sección en la que se publicaba a aquellos que literalmente eran condenados por las guerrillas.

Pero entonces, en ese 1973 que recién comenzaba, todo estaba por venir, todo parecía poder lograrse. Y el presidente Lanusse siguió adelante con el proceso electoral.

Una semana después, tras la celebración de los Reyes Magos, el secretariado del MSTM6 aprovechó la reunión de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Mar del Plata, para plantear en una carta a los obispos la delicada situación política del país. Les pedía que:

[…] como defensores de los valores de la persona humana, imagen viva de Dios, frente a la legislación represiva vigente en nuestro país —que atenta contra los derechos elementales del hombre— y frente a los acontecimientos que la han acompañado (secuestros, torturas, tratos inhumanos con los prisioneros, e incluso la muerte) intervengan concretamente para […] la adopción de medidas que tiendan a humanizar el trato de los presos políticos.7

El gobierno militar recrudeció su campaña difamadora del MSTM. No faltaron quienes lo equipararon con las organizaciones guerrilleras, de lo cual el movimiento se defendió en ot

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