PRÓLOGO
Un acto de amor inmenso y de gran valentía
A través de estas páginas, explorarán los altibajos emocionales, los miedos y las alegrías que acompañan este proceso de transformación. Descubrirán cómo la comunicación abierta y el respeto mutuo se convierten en pilares fundamentales para fortalecer los vínculos familiares. Se adentrarán en las vivencias íntimas de Julia y su hijo, aprendiendo en este proceso a ser y dejar ser.
Lo que logra Julia compartiéndonos su historia es transformar la vivencia personal en una herramienta de acompañamiento. Es ese abrazo que nos dieron las personas que ya transitaron el nudo que estamos viviendo y el que daremos después nosotras cuando lo desanudemos.
Este libro es una confirmación de que lo personal es político.
La historia que van a leer es, a mi modo de ver, performativa, contada con una crudeza y una sinceridad que nos permiten esa identificación tan necesaria para no sentirnos solas.
Personalmente me sentí conmovida por el relato de ese momento bisagra, casi como un ritual de pasaje de un ser a otro. En un capítulo van a presenciar cómo un corte de pelo puede ser un acto de amor inmenso y de gran valentía.
Cuando mi hijo transicionó a los 11 años, la Ley de Identidad de Género tenía solo tres años de existencia y poco se sabía socialmente sobre esta temática (incluida mi persona).
Se podría decir que me faltaba marco teórico. Pero había algo que yo tenía claro y es que deseaba que mi hija fuera quien quisiera ser. Algo que compartimos con Julia y que nos hermana.
Hoy me doy cuenta de que los límites impuestos por el binarismo son invisibles, y cómo en ese “ser como quisiera ser” deseado para mi hija había posibilidades que no se me ocurrían “posibles” en mi mundo y el suyo.
Creo que en gran medida es porque, como relata Julia, ninguna de las dos habíamos tenido el privilegio de ser parte de la vida de una persona trans. Porque esos lugares que las personas cis habitamos con “naturalidad” lamentablemente aún están vedados a las personas trans. A ellxs no lxs vimos ni en la escuela, ni en el consultorio médico, ni en la oficina, ni tampoco en nuestro imaginario de madres.
Todo esto nos llevó a que la primera persona trans que conociéramos fueran nuestros hijos. Que aprendiéramos con ellos y que con todo el amor y el cuidado comenzáramos un camino en el que ellos son protagonistas y nosotras, acompañantes privilegiadas.
Muchas veces nuestros hijos fueron vulnerados y un modo de protegerlos fue alzar la voz por ellos, y que así ellos fueran escuchados a través de nuestra voz. Para lograr que se respetara su derecho a ser niños disfrutando de su voz de niños. Y no tener que impostar voces en edades ajenas a las suyas.
Julia además relata cómo esa lucha no es individual, que si bien existe un proceso muy íntimo que nos comparte en este libro, la lucha por el respeto de los derechos de nuestros hijos es colectiva. Y que si los derechos que conseguimos no son para todos, no son derechos, son privilegios.
Lxs invito a dejarse atravesar por todo lo que cuenta Julia en este libro, y permitirse salir de este viaje transformadxs.
SU ROUSSY
Docente, trabajadora del Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la provincia de Buenos Aires, fundadora de Crianzas Disidentes y militante feminista
CAPÍTULO 1
Ma, ¿sabías que se puede cambiar de género?
Era martes y, como todos los martes, Ana Clara había quedado al cuidado de mi mamá por la tarde. Volvíamos a nuestra casa del otro lado de la ciudad. Ese día, Clarita se había quedado con su abuela más de lo habitual porque yo había tenido que trabajar hasta más tarde. Su hermano estaba en el jardín.
Conduje por la avenida rumbo a La Plata. Comenzaba a hacer calor. Era septiembre, así que íbamos con las ventanillas algo bajas. Un airecito fresco rozó mi brazo y mi cuello, respiré profundo el olor a la inminente primavera. Solo quería llegar pronto.
Si hoy cerrara los ojos, podría recorrer mentalmente el camino. A mi izquierda, la rambla; al frente, como a unos cincuenta metros, se avecinaba el semáforo.
Habíamos hecho unas pocas cuadras, quizás diez o quince, y fue en ese momento, mientras mis manos hacían el mecánico movimiento de quitar el cambio y mis pies, el de cambiar su posición, cuando desde el asiento de atrás Ana Clara rompió el silencio.
—Ma, ¿sabías que se puede cambiar de género?
Comenzó contándome que ese día habían tenido filosofía y que una compañera había llevado un libro para compartirlo en clase. Me contó que de ese libro leyeron un cuento referente a un nene que se hizo nena.
Clara, mi hija, me explicaba que las personas pueden elegir cómo vestirse. Que, por ejemplo, una nena puede vestirse de varón y al revés. Que si uno así lo siente y lo quiere, puede cambiar de género y ser nena o nene.
La voz de Clara no tenía el tono de cuando me contaba que había tenido un examen de matemática, ni de cuando me decía que había tenido inglés, que el recreo le había parecido algo corto o que el sábado iba a tener un cumpleaños. No era el tono de voz de cuando me decía que comenzaron un tema nuevo en ciencias naturales o que ensayaron para un acto escolar. El tono era otro.
Ese martes de lectura y debate de un cuento con perspectiva de género podría haber acontecido cualquier día y en cualquier escuela. De hecho, seguramente así fue. Pero esta historia era diferente porque en esa clase estaba mi hija Clara.
Una clase de filosofía, un debate escolar entre niños de cuarto grado, un libro de cuentos y una revelación. Eso, una revelación.
Estuve un año sin saber cómo se llamaba ese cuento que fue una bisagra en la vida de Clara. Un año desde aquel instante en el que dejé de tener una hija y comencé a tener un hijo. Recién ahí, y después de un largo proceso, me atreví a preguntar por el cuento.
Lo había llevado Paloma, una compañera del colegio, así que le escribí a la mamá y se lo pedí. Tuvo que buscarlo porque había pasado mucho tiempo. Me envió una foto por teléfono.
Me sorprendió que solo ocupaba una página. En el fondo tenía una imagen, un dibujo como de un niño. Comencé con la lectura. Mientras avanzaba me iba sumergiendo en las profundidades donde había estado Clari. No podía contener las lágrimas, y no porque el texto me hubiera emocionado. Lo que me hacía llorar era revivir las palabras que resonaron en los oídos de mi hija ese martes en la clase. Esas palabras que no eran más que palabras, pero que iban cosidas tan perfectas con ese hilo de libertad que lograron desatar en ella el nudo con el que había nacido.
Quizás Paloma, su compañera, creyó que estaba bueno hablar esos temas. Seguramente ella lo había leído antes de llevarlo —pensé— y le había gustado tanto que había querido compartirlo en clase. Desconozco su motivación. Pero ahora no puedo subestimar ese acto, quizás ingenuo.
Volvamos a ese martes. Durante el viaje a casa, Clara se mostró muy interpelada por el tema y continuó hablándome sobre el libro y el cambio de género. Me contó que, por ejemplo, podías hacerte varón, pero también podías elegir solo vestirte como tal y que eso era ser travesti.
—Yo quiero vestirme de varón.
Giré para verla a los ojos, ella parecía esperar mis comentarios, mi aprobación. El semáforo dio luz verde y avancé.
—¿Cómo vestirte de varón?
—Vestirme como varón. Quiero usar ropa de varón, mamá. Pantalón, buzo…
—Pero, Clari… Vos tampoco usás ropa tan de nena... Casi no usás vestidos ni polleras.
—Pero quiero vestirme de varón, ma.
Avancé con la luz verde al frente, pero esta vez ya no tan automáticamente. Un auto detrás tocaba la bocina y, por delante, se cruzaba una moto impaciente que hizo que frenara de golpe. Miré alrededor y volví a avanzar muy despacio.
Pasadas las cuatro o cinco cuadras, Clara retomó la conversación.
—Ma, quiero, además de vestirme, hacerme varón. Capaz que en realidad quiero ser varón.
—¿Qué? ¿Cómo ser varón? Pará… ¿Podés esperar a que lleguemos a casa? ¿Cómo me decís esto así? No es algo para hablar así en el auto —le dije mientras giraba la cabeza continuamente para hacer contacto visual, porque no me alcanzaba con escucharla.
Sentí que comenzaba a desenrollar una maraña de hilos que no sabía cómo seguiría, y tampoco si estaba preparada para continuar desenrollando. De todas formas, indagué un poco más, pero con cautela. Más por mí que por ella.
—¿Hace cuánto te pasa esto?
—No sé… desde los cinco… ¡No me hagas hablar, ma!
Mi hija se inundó en llanto.
Detuve el auto a un costado del camino y traté de tranquilizarla diciéndole que no tenía por qué angustiarse, que cuando llegáramos a casa íbamos a hablar más tranquilas. Pero mientras ella se calmaba, yo me ponía nerviosa.
Los autos seguían pasando a toda velocidad por la avenida que lleva a la ciudad, veía sus ruedas girar, la gente correr.
—No llores, Clari… Ya llegamos y hablamos.
Me incorporé y volví a colocarme el cinturón de seguridad que me h
