Después de las 09:53

Javier Sinay

Fragmento

Después de las 09:53

INTRODUCCIÓN:
TREINTA DÍAS Y TREINTA AÑOS

Es 18 de julio: un aniversario del atentado a la AMIA. Uno más. Ya son muchos. No ha sido fácil venir al sitio preciso del acto de conmemoración. El escenario en el que hablarán los oradores está montado en la calle Pasteur —en el centro de la ciudad, donde abundan los comercios y las oficinas, donde los buses rugen y las motos zumban—, pero toda la zona alrededor está cerrada al tráfico y a veces, con vallas, también al paso.

Hay una gran cantidad de policías, francotiradores y furgonetas blindadas. Hay uniformes verdes y azules y guardias de seguridad privada que hacen preguntas a todos los que llegamos hasta los detectores de metales (que hoy han sido colocados sobre el asfalto) y a mí me toca responder a una pregunta un poco extravagante: “¿Cómo se enteró usted del acto de hoy?”.

La pregunta es extravagante porque este acto es parte de la agenda pública y todo el mundo sabe que se celebra aquí hoy. Respondo con palabras breves; luego recibo una pancarta con la foto de una víctima del atentado. En el reverso leo su historia:

Aída Mónica Feldman de Goldfeler tiene 39 años. Está casada con Mario y tiene dos hijos: Juan y Gabriela. Le gusta muchísimo la pintura, la decoración, y cursó en la escuela de Bellas Artes. Es una mujer alegre que siempre hace bromas y se las arregla como puede para ayudar a su familia. El lunes 18 de julio de 1994 tiene que ir temprano a hacer unos trámites. Como la situación está difícil aprovecha para pasar por la AMIA y anotarse en la Bolsa de Trabajo.

Goldfeler —que en el retrato luce cansada— esperaba a ser atendida cuando ocurrió el ataque. Las fotos de decenas de víctimas son entregadas en la calle. En las manos de los manifestantes, la multiplicación de esos rostros grises e inmóviles evoca las marchas por los desaparecidos de la dictadura de 1976. Cuando el 24 de marzo de 2014 estuve en los jardines de la antigua ESMA acompañando a cuatro exdetenidas desaparecidas (se cumplían diez años de la administración civil del sitio, que ahora era un espacio para la memoria), entreví que todo lo que conocíamos sobre las cosas que habían pasado allí era apenas una pequeña parte. Hoy, en el acto de la AMIA, entreveo algo parecido. No es coincidencia que ambos sean casos abismales, voluminosos y complejos. Ambos son colecciones de espejismos con algunas verdades entremezcladas. La Corte Suprema de Justicia de la Nación señaló que la causa del atentado a la AMIA es “la más compleja de la historia judicial de la Argentina”: hubo tres juicios, hay mucho que sigue oculto.

En este libro escribo la palabra “quizás” 96 veces —es tanto lo que se supone.

Un helicóptero corta el cielo sobre la calle Pasteur y llegan las ambulancias; incluso ha venido el director general del sistema público de emergencias, Alberto Crescenti, un hombre de acción que se pone en la primera línea de paramédicos en un accidente de trenes o en el incendio de una discoteca, y que esta mañana ayudará apenas a una anciana cuando se derrumbe en un momento de tristeza.

Luego de dos años de pandemia de COVID-19 en los que las actividades masivas estuvieron suspendidas, este encuentro para reclamar justicia vuelve a congregar a una multitud. Son unas seis mil personas, un conjunto movedizo y expansivo que lo cubre todo, y el sonido de un millón de pasos es como un susurro amenazante.

Estas personas piden que se resuelva el atentado que sufrió la AMIA y que alguien pague por las 85 víctimas fatales y los 151 heridos. Desde hace tiempo crece como una sombra larga la idea de que no se investigó nada.

No es tan así.

Se probó que a las 9:53 del lunes 18 de julio de 1994 el edificio de la AMIA fue demolido hasta sus cimientos con una camioneta Renault Trafic, cuyo motor correspondía a la matrícula C- 1.498.506, que transportó entre 300 y 400 kilos de explosivos y que fue conducida por un suicida.

La explosión ocurrió —de acuerdo a tres peritos de la Universidad Nacional de Tucumán— hasta un metro adentro del edificio. A la destrucción de las columnas frontales de la planta baja y de la losa que se ubicaba sobre el sótano, siguió la destrucción de las columnas más alejadas por el efecto de tracción de esa losa. Los pisos superiores se quedaron sin apoyo, comenzaron a caer y arrastraron la parte trasera del edificio hasta que se desprendieron.

La superficie demolida fue de unos 2.000 metros cuadrados —el total del edificio de la AMIA era de unos 4.600. Los costos de reparación de los daños materiales se estimaron en 14.930.795 pesos.

La Justicia argentina considera que el ataque fue ideado y preparado por altos funcionarios del gobierno de la República Islámica de Irán, y que fue ejecutado por la organización terrorista libanesa Hezbollah. La Unidad Fiscal para la Investigación de la Causa AMIA, la UFI AMIA, impulsó varios arrestos de sospechosos, y un juez, y luego un tribunal, declararon el atentado como un crimen de lesa humanidad.

En 2024 hay ocho personas —cuatro iraníes y cuatro libaneses— con un pedido de captura internacional y una “notificación roja” de Interpol de máxima prioridad de búsqueda. Sin embargo, no ha sido posible llegar a ninguna condena porque los sospechosos no aceptaron ser juzgados, ni en la Argentina ni en otro lugar. Y ninguno fue capturado, salvo uno, en Brasil: estuvo preso por un caso de tráfico de drogas, después fue liberado.

Hay una parte de la verdad que fue destruida adrede. Hay encubrimientos. Hay teorías conspirativas y hay otras muy distintas a la del coche-bomba. Por ejemplo, que el atentado fue una venganza ejecutada por el largo brazo de Damasco contra el presidente Carlos Menem: un ajuste de cuentas entre sirios. En esta teoría no hay un coche-bomba, sino que el explosivo está adentro del edificio de la AMIA.

Hay una organización de los familiares de las víctimas, Memoria Activa, que siguió el caso muy de cerca a lo largo de treinta años; y no es la única organización de familiares. Hay desconfianza. Hay pruebas endebles. Hay un juez y dos fiscales apartados del caso y condenados por un tribunal de casación. Y hay un fiscal muerto: Alberto Nisman, hallado en el baño de su casa con un tiro en la cabeza luego de denunciar que el gobierno argentino había hecho un pacto ilegal con Irán para dejar de perseguir a los sospechosos.

El atentado a la AMIA fue la agresión antisemita más grande de su tiempo, fue la operación más exitosa de Hezbollah en Occidente (de acuerdo a la Justicia argentina y al Mossad israelí) y fue un trauma doloroso para la sociedad argentina, un trauma del cual nunca nos recuperamos.

Todo lo que ocurrió en los treinta días después del shock definió la forma en que vivimos ese trauma los siguientes treinta años.

Este libro explora cómo cada paso dado desde las 9:53 del 18 de julio de 1994 hasta el 18 de agosto de 1994 selló el rumbo de la investigación. Ese período se convirtió en un modelo a escala de lo que vino luego: dolor, demandas ciudadanas, políticas secretas, desconcierto, corrupción, destrucción de pruebas, trampas de los servicios de inteligencia y de la policía, trucos inesperados del terrorismo global y una desesperada búsqueda de justicia.

Un mes, una nación bajo las tinieblas.

“El caso de la AMIA destruye todo lo que toca”, me dijo un miembro del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Número 9 —el juzgado que llevó el caso. La investigación que se hizo está plagada de claroscuros: al mismo tiempo logra ser, para el abogado principal de la AMIA, “monumental”; y para un tribunal, “la peor investigación de la que hemos tenido conocimiento”.

Es un laberinto.

Volver al inicio, a aquellos primeros treinta días, ahora treinta años más tarde, es traer de regreso algunos episodios caídos en el olvido para observar la forma del laberinto.

Ante la impunidad, la narración puede ser una poderosa herramienta de sentido.

Esta es una crónica protagonizada por jueces y fiscales federales; jihadistas, clérigos y ayatollahs; ladrones bonaerenses; mujeres desesperadas; melancólicos guerrilleros marxistas; engañosos agentes de inteligencia (de la SIDE, del Mossad, de la CIA, de Irán); mecánicos oportunistas y policías fuera de control. Hice entrevistas con muchos de ellos, retraté a otros. Accedí al expediente y me interné en sus versiones. Leí cientos de páginas de documentos, leí las noticias de todas esas jornadas de julio y de agosto.

En los primeros treinta días hubo una actividad intensa. Se formuló una explicación de lo que había ocurrido y el enigma —cómo, por qué, quiénes— parecía casi resuelto.

Pero treinta años más tarde el caso sigue impune y sigue abierto.

Entonces, ¿qué pasó?

Esa es la pregunta que resuena en este libro.

De vuelta en el acto del 18 de julio, de vuelta en la calle Pasteur, las fuerzas de seguridad hacen su número aparte y uno no sabe si su despliegue es un mensaje de cooperación del gobierno con la comunidad judía, o si es solo un espectáculo, o si realmente hay una amenaza que demande del servicio de francotiradores.

Es 18 de julio de 2022 y, al mismo tiempo, un avión cargo Boeing 747-300, perteneciente a una empresa venezolana y piloteado por una tripulación iraní, se encuentra retenido en el aeropuerto de Ezeiza —en los suburbios de Buenos Aires— con pedido de decomiso de los Estados Unidos. El avión viajó varias veces a Teherán y a Moscú, y el FBI sospecha que el comandante está vinculado con la fuerza Al Quds de la Guardia Revolucionaria Iraní y con Hezbollah. Todas las sospechas que dispara la presencia de este avión demuestran que el caso de la AMIA está vivo, que ha mutado y que todavía se encuentra en plena evolución.

Luego el avión es decomisado por los Estados Unidos.

De pronto, en un mundo en guerra como el de 2024 no hay nada más contemporáneo que escribir sobre un atentado terrorista de 1994. Estas, como aquellas, son jornadas de incertidumbre y de sangre.

Entonces suena una sirena sobrecogedora en la calle Pasteur y comienza el acto. Son las 9:53.

DÍA 1: LUNES 18 DE JULIO DE 1994

Estalla una bomba. Ensordece la explosión. Los cimientos se fracturan, una nube de polvo lo cubre todo. Algunas personas desaparecen para siempre adentro de la nube, algunas otras quedan aplastadas por fragmentos de ciudad.

Al contrario de lo que uno podría suponer, no hace falta que sea una bomba demasiado sofisticada para que libere el poder destructivo de un misil: en algún lugar clandestino, una mano experta mezcló ciertos químicos fáciles de conseguir y agregó un poco de dinamita para iniciar el estallido. Por eso el poder de un misil no viene ahora de un misil, sino de una camioneta abarrotada con ese explosivo sencillo y artesanal, multiplicado en tal cantidad que al final su peso exagerado hace que la camioneta, que además lleva bolsas de tierra para dirigir la onda expansiva, tenga un andar un poco lento y se mueva hacia los costados. Así va avanzando, calle tras calle, conducida por un hombre sin rostro, hasta que impacta contra su objetivo suavemente y eso es suficiente para que el objetivo deje de existir.

Es lunes y son las 9:53 de la mañana. El estallido destruye todo lo que está a su alcance. A una mujer la arrastra un viento vertiginoso y abrasador que trae polvo y piedras, que son como asteroides y que hasta hace un rato no eran más que la mugre de la ciudad. Ese viento arranca a un niño de la mano de su madre. El resplandor devasta al hombre que está ahí repartiendo cajones de pan con su furgón, el fragor atomiza a la señora que habla por teléfono en un negocio, el volcán echa lava a lo largo de la cuadra.

Los pedazos de las cosas más comunes y los pedazos de las cosas más insólitas vuelan por los aires, que son aires cargados de fuego y de humo. Vuelan los pedazos de los hombres y los pedazos de las mujeres, los pedazos de una comunidad y los pedazos de una sociedad, los pedazos de una biblioteca y los pedazos de un contenedor de basura. Los pedazos de la ley. Los pedazos del sentido. Los pedazos de una mano y los pedazos de un zapato.

El objetivo ha sido el edificio del 633 de la calle Pasteur.

En su fachada había cuatro letras: A M I A.

Se inicia un expediente judicial que crecerá vertiginosamente, foja tras foja; pronto serán miles de fojas y estarán llenas de voces:

“La AMIA entera se iba para abajo, se hundía en la tierra…”. “… al llegar encontró todo el edificio de la AMIA en ruinas”. “… escuchó 2 explosiones, argumentando que la segunda pudo haber sido la caída del edificio de AMIA, percibiendo un humo amarronado con olor a amoníaco”.

“… en el momento de la explosión se encontraba en el interior de uno de los dos ascensores. Al respecto manifestó que mientras el ascensor subía, vio chispazos en el techo desprendiéndose simultáneamente el ventilador del mismo. A partir de ese momento percibe que el ascensor comienza a caer abruptamente, presumiendo que se habrían cortado los cables que lo sostienen y en consecuencia se toma fuertemente de las paredes del ascensor tratando de reducir el impacto…”.

“… observó en la calle humo color bordó”. “… se le vino encima un viento fuerte acompañado de polvo y piedras”. “Al momento de efectuarse la detonación, recuerda una fuerte explosión y una especie de viento que sale del interior de la sede de AMIA, que la despide hacia la calzada, desprendiendo de su mano a su hijo, al que…”.

“Una vez producida la colisión, no teniendo conocimiento de lo que allí acontecía y considerando que sería una falla mecánica [del ascensor], estimó que sería socorrido de inmediato. Transcurrido un tiempo y viendo que la ayuda no se hacía presente y percibiendo la gravedad de la situación, procede a serenarse utilizando sus conocimientos de supervivencia. Señala además que, no teniendo noción del tiempo transcurrido, comienza a escuchar golpes y visualiza un rayo de luz que le hace notar el estado de su pierna fracturada”.

“... que un auto acelera rechinando las gomas y escucha un golpe de choque, por lo cual se incorpora en la cama, se apoya en la pared, escuchando en ese momento la explosión y por las ventanas comienza a entrar arena y tierra”.

“… llegaron hasta ella desde el fondo del local [de comercio], ayudándola a ponerse de pie y a salir del mismo, momento en el cual percibió una bruma de color amarillo-rojizo, ‘similar a la del crepúsculo’. Al ganar la acera y llegar a la esquina de Pasteur y Tucumán, le llamó la atención que un desconocido le sacara fotos, puesto que desde el momento de la explosión hasta este hecho, no habían transcurrido ni cinco minutos”.

“Que se dirigió en ese momento al interior de un baño ubicado en la planta baja [del edificio de la AMIA] (…), lugar donde resistió la explosión. Asimismo describe que una fuerza lo arrojó, cayendo unos metros más adelante, sintiendo un solo estruendo y los ruidos del edificio que se derrumbaba sobre su cabeza”.

Ahora no hay más que escombros. Por el color pardo que los recubre, parecen un castillo de arena deformado por el golpe del mar. Hay salpicaduras de sangre sobre las baldosas, y sobre las baldosas también hay vidrio roto, esquirlas, papeles, fierros retorcidos, hay materia separada de la materia, hay tanto de lo que hace a la vida cotidiana, pero todo se ha vuelto amorfo. Hay gente muerta vestida como para ir a trabajar a la oficina, y un hombre —un cadáver— con el tórax abierto y las tripas amarillas pendiendo hacia afuera, con el rostro marcado por una expresión de dientes apretados y con el cuello atravesado por un cilindro de hierro que voló impulsado por ese viento crepuscular (la fuerza del viento generando por un coche-bomba puede llegar a 800 kilómetros por hora, mientras que la de un huracán a 250). Hay un brazo derecho cercenado en el suelo. La calle Pasteur es angosta, populosa, colmada de negocios: una calle en un barrio mutante, un barrio vivo, un barrio ahora sembrado de muerte. Las ambulancias y los camiones de bomberos ya están aquí. Los rescatistas de Defensa Civil se trepan a las ruinas del edificio. Debajo hay gente que todavía respira o se lamenta o grita. En esos escombros arcillosos los paramédicos alterados, los policías desconcertados, los hombres agobiados, los hombres abrumados se ven como hormigas. Van, vienen, van, vuelven. Los cadáveres emergen debajo de una pieza de concreto, o debajo de un resto de suelo desprendido, o debajo de un escritorio que ya no luce como un escritorio sino como un ataúd.

Así es un atentado terrorista.

Así, más o menos, transcurre la mañana del lunes 18 de julio de 1994 en Buenos Aires.

Eran cuatro las letras de la fachada del edificio: A M I A

Asociación Mutual Israelita Argentina.

Era (es) la organización comunitaria más importante de los judíos argentinos. En el mismo edificio funcionaba la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas), que es un órgano de perfil político, la gran biblioteca del IWO (siglas en yiddish para el Instituto Científico Judío), la Federación de Comunidades Judías de la República Argentina y el Consejo Central de Educación Israelita. Cuando ocurrió el ataque, adentro de todas esas oficinas había unas 120 personas.

Unos minutos antes de las 9:53: es el momento final de la normalidad, después sólo habrá un modelo de apocalipsis.

La camioneta está en marcha, se abre paso por calles con tráfico denso. Es una Renault Trafic, un vehículo tan común que casi nadie lo recordará. ¿Quién la conduce? ¿Ibrahim Berro? En alguna ocasión ese será un nombre adjudicado al conductor, pero su identidad no podrá ser determinada con certeza. Berro —si acaso se trata de él— es un muchacho enviado desde Beirut, donde vive con su padre, su madre y sus hermanos. Tiene 21 años. Parece un chico normal. Hasta sonríe en las fotos. Pero también podría ser un atacante suicida que vino para matar y morir.

Al mismo tiempo, en otro lugar, el clérigo Mohsen Rabbani trabaja en su escritorio, en la mezquita. Es un hombre metódico y terminó el primer rezo hace un rato.

A diez mil metros de altura, en viaje hacia Puerto Iguazú, Samuel Salman El Reda se acomoda en el asiento de un avión Austral. Es el vuelo 66; despegó del Aeropuerto Metropolitano Jorge Newbery. El Reda es la mano derecha de Rabbani y será acusado de introducir miembros de Hezbollah en la Argentina. Cuando aterrice, El Reda pasará de Puerto Iguazú a Ciudad del Este y ya nunca más volverá al país.

En la AMIA, Luisa Miednik, que acaba de entrar, observa el aspecto de la refacción en el hall y se pregunta por unas bolsas apiladas prolijamente. Son muy raras: ¿qué son? No importa, ya debe tomar su lugar en el ascensor —es la ascensorista—, y antes quiere pasar por el baño. Allí hay dos albañiles, es incómodo.

En Mar de Ajó, Sebastián Basso, que acaba de cumplir 26 años y es secretario en una fiscalía federal de la ciudad de Buenos Aires, desayuna con su familia. El mar está helado.

En Villa Ballester, un suburbio silencioso lejos de la calle Pasteur, Carlos Telleldín duerme. Cuando despierte, recordará que unos policías lo han presionado para que les dé dinero. Está acorralado.

En otra calle, no lejos de esa por donde va la camioneta Trafic, el juez Juan José Galeano avanza en su Peugeot 405. Por su rostro áspero y algunos cabellos que ya son canosos, no parece tener 34 años. Los tiene. El día anterior regresó del campo de su suegro, en el sur de la provincia de Buenos Aires, adonde viajó junto con su pareja, una mujer muy rubia que también trabaja en los tribunales, y con sus tres hijos, que son de un primer matrimonio terminado dos años atrás. Fue una temporada breve sin corbata: una temporada de viento y de jazz —jazz como siempre, jazz en las buenas, jazz en las malas.

Hace un año que Galeano ha sido nombrado juez federal y aún mantiene un perfil bajo. El fuero federal sentencia a los políticos y a los delincuentes ricos: es el piso dorado del sistema de justicia, un piso recientemente renovado con una gran reforma. Allí algunos jueces federales son alfiles deseados a los que los poderosos les piden favores y les ofrecen recompensas.

Galeano, a veces con el saco como de compromiso, a veces caminando rápido, casi a saltitos, a veces fumando muchos Marlboro, todavía se considera un cuzco, un perro del fuero ordinario, donde ha hecho su carrera desde 1977. El fuero ordinario no juzga a los políticos, sino a los ladrones pobres. Es un fuero que tiene pocos recursos económicos y hace un culto al esfuerzo y al sacrificio. Actuando como secretario en ese nivel, Galeano logró el reciente éxito de meter preso a un juez corrupto. Sabe que es un buen investigador: un búho que puede pasar noches sin dormir, leyendo expedientes. Eso no es común entre los jueces federales y Galeano es uno de los que están preparándose día a día, caso a caso, para cuando llegue el momento de tomar una investigación complicada. “Venía buscando su gran oportunidad”, me contará un empleado que trabajó en el juzgado. Galeano suele decir que no tiene vinculaciones políticas pero otros suelen decir que sí las tiene. Él mismo acepta que conoce bien al abogado penalista Jorge Anzorreguy, un antiguo juez de menores cuyo hermano es el secretario de Inteligencia. El abogado penalista Jorge Anzorreguy es un hombre influyente, con diálogo con el Presidente, y tal vez puede elevarte a un nuevo nivel en tu carrera.

El martillo de Galeano ahora es un martillo más refinado, que cae sobre unos 500 casos: muchos de narcotráfico, algunos con peces gordos. Pero el de la AMIA no será simplemente un caso complicado: será el que se lo trague todo para siempre.

El juez conduce su auto rumbo al Palacio de Justicia y escucha las noticias en la radio, como siempre, y faltan cinco cuadras para llegar cuando la transmisión se interrumpe con un crujido; la voz clara de Magdalena Ruiz Guiñazú deja lugar a la desesperación de un periodista que desde la calle Pasteur describe el infierno y habla aturdido entre lágrimas.

El Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Número 9 ya está de turno: Galeano, con las manos sobre el volante, escucha. Hay algo espantoso y está ocurriendo ahora mismo. Sabe que el caso es para él y para su Juzgado Federal Número 9.

Conduce esas cinco cuadras pero ya no conduce igual.

Llega al Palacio de Justicia, un edificio majestuoso y a la vez oscuro, laberíntico, y se apresura en alcanzar el tercer piso. Al entrar a su oficina ve movimiento, e incertidumbre en el rostro de los empleados. Todos están al tanto de lo que pasó. Todos lo estaban esperando a él. Esta es su bienvenida al Juzgado Federal Número 9. Ellos, con las computadoras relucientes que reemplazaron las Remington y las Olivetti en sus escritorios, son el personal que hay ahora para resolver el atentado.

El juez llama al jefe de la policía, quien le confirma que ha ocurrido una explosión y que hay muchos muertos y heridos. Galeano le pide que envíe al comisario superintendente del Interior y a alguien de la Brigada de Explosivos, y que lo pasen a buscar.

Unos minutos más tarde, va junto a su secretaria judicial y dos comisarios en un auto de la policía. Pronto llegan a la zona. Hay una multitud haciendo esfuerzos por rescatar a los sobrevivientes. Son las 11:00 de la mañana, el reloj corre sin sentido y la situación es peor de lo que el juez pensaba. Como puede, avanza a pie entre la masa de gente, es imposible saber qué pasó, hay demasiado ruido y hay personas que corren, y rostros que se deforman porque han visto la pesadilla. Galeano pierde a su secretaria judicial en medio de ese aluvión y todavía no ha caminado lo suficiente cuando de repente se topa con cadáveres apoyados sobre la vidriera de una farmacia. Son seis, no sangran. Es necesario contener a las personas que se aprietan frente a las ruinas de la AMIA, y sobre las ruinas. Toma del brazo a un comisario, le pide que ponga orden, hay que empezar a trabajar.

10:10: el gobierno ordena cerrar las fronteras de todo el país 17 minutos después de la explosión.

La cacería se alarga durante toda la jornada: con las ruinas de la calle Pasteur humeando, cualquiera que sea árabe y tenga un pasaporte que por algún motivo pueda despertar dudas debe pensar muy cuidadosamente qué movimiento va a hacer. Pronto se habla en susurros de Irán, se habla de Hezbollah. Los servicios de inteligencia argentinos saben que Hezbollah cuenta con apoyo en Foz de Iguazú y en Ciudad del Este, en el vértice insondable y anárquico donde terminan la Argentina, Brasil y Paraguay.

Hezbollah es el grupo terrorista más capacitado del mundo, según el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

11:45: una pareja es detenida en el aeropuerto de Ezeiza, adonde se ha presentado para volar a Caracas. Seyed Ali Esna Ashari, un iraní de 36 años con un bigote denso, y su esposa alemana, Babette Simone Geb Pohle, diez años menor, vienen viajando por Sudamérica desde hace tres meses; ambos son ingenieros en alimentos. Ashari ya ha visitado la Argentina: comenta —detenido en un cuartito en el aeropuerto, mientras otros tres mil pasajeros ven demorados sus vuelos— que en 1990 trabajó para una fundación que alimentaba a los niños de Santiago del Estero. Ashari y Pohle son liberados a las siete de la tarde.

Antes del mediodía, Adnan Mohamed Yousif, un iraquí que participó como infante de marina en la guerra del Golfo Pérsico, es detenido en la frontera de Paso de los Libres, en Corrientes. Se presenta como un vendedor de medias de la feria de Uruguayana, Brasil, la ciudad en la que vive desde hace dos años. Vino desde Libia, adonde había llegado desde Jordania; hasta allí había marchado desde Irak. En Trípoli trabajó como carpintero mientras intentaba conseguir una visa para entrar en algún país del norte. La única visa que pudo conseguir fue la brasileña. Ha pasado al lado argentino para comprar dólares, con los cuales se haría de más medias. Cada mes hace lo mismo y nunca tiene problemas. Pero su permiso brasileño de residencia está vencido, Yousif no trae documentos y, más que nada, no es el mejor día para andar cruzando las fronteras que el gobierno ha ordenado cerrar. Algunas horas después, un amigo de Yousif va hasta el calabozo y le lleva su pasaporte: un pasaporte con pocos sellos, ninguno argentino, ninguno brasileño. Yousif queda detenido.

Ya en la noche, en Buenos Aires, dos hombres —Mohammad Alem y Ghassan Al Zein— y una mujer —Norman Al Hennawi—, todos sirios, son visitados e interrogados por la policía en un departamento en la calle Juncal, donde viven hace un mes. En el expediente judicial se respaldará esta visita con una denuncia anónima: es el recurso clásico de la policía para cubrir a sus informantes. Los tres sirios cuentan poco y dicen que no tienen ninguna ocupación fija. Pero, sobre el final, uno de ellos explica que trabaja en un negocio de ropa de cuero. No es suyo, él es un simple vendedor. Dice que el dueño es el sobrino de Hafez Al Assad, el presidente de Siria. Es una revelación extraña y en el día mismo del atentado nadie sabe qué sentido darle. Son las nueve de la noche en Buenos Aires, las tres de la madrugada en Damasco.

Una hora más tarde, Talkam El Kabir, un marroquí que viste una chomba colorida, un pantalón negro ajustado y unos mocasines relucientes, es detenido en Palermo. Lleva una semana en la Argentina. No cuenta más porque en la comisaría no hay un traductor. ¿Qué se puede hacer y qué no se puede hacer en una semana en un país ajeno? ¿Se puede colaborar con un atentado? Talkam El Kabir será liberado el martes 19 de julio.

La cuadra de la AMIA se ve como Beirut en guerra o como Ciudad de México después del terremoto de 1985. La ola expansiva echó a volar los automóviles, que ahora parecen bollos de papel. Los hierros y las columnas han adquirido curvaturas sorprendentes. Los edificios cercanos son calaveras: ya no hay fachadas ni vecinos, solo agujeros. Los desastres urbanos lucen parecidos, pero cada uno tiene su olor, y la calle Pasteur hiede a amoníaco. Hiede tan poderosamente que treinta años después Eamon Mullen, un fiscal del caso, a veces lo seguirá percibiendo en su nariz.

También huele el amoníaco en el aire Patricio Finnen. Es un agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado, la indescifrable y lúgubre SIDE. A principios de los años noventa Finnen pasó una temporada reportando desde la Embajada argentina en Israel y ahora es el subdirector del área de Reunión Exterior: todos los agentes extranjeros apostados en la Argentina lo tienen por anfitrión y contacto. Si no se administra el exterior, dicen en la escuela de espías, menos se puede administrar el interior.

A Finnen, que es un hombre silencioso y prolijo, alto y calvo, con un bigote bien recortado, le encargaron hace unos meses algo más: capturar a un guerrillero marxista activo desde la década de 1970, Enrique Gorriarán Merlo. Para eso creó en la SIDE un escuadrón de doce miembros. Como ya existía una división que se llamaba “Sala Independencia”, a su criatura le puso de nombre “Sala Patria”.

Así que este lunes 18 de julio Finnen entró a las 7:00 a la base central de la Secretaría —que está justo al lado de la Casa de Gobierno—, y esperaba salir a las 19:00. Pero a las 10:00 sonó el teléfono. Lo llamaba un agente de Sala Patria desde la base Barolo.

12:15: la policía logra montar el primer vallado luego de dos horas de caos en la cuadra. Los bomberos, los paramédicos y los socorristas de Defensa Civil piden a gritos baldes y barbijos, y también piden silencio para encontrar a las víctimas enterradas.

Después de que Finnen cortó la llamada, todo se aceleró: en un instante pasó a buscar al delegado del Mossad y se dirigieron a la calle Pasteur.

Van de traje, así que un policía los deja pasar al área solo cuando Finnen le muestra su credencial de la SIDE. Al caminar en el nivel de los escombros y la muerte, la conversación con el israelí se acaba. El paisaje es abrumador y el terreno es movedizo.

Luego de unos minutos, el hombre del Mossad se pone a trabajar: Finnen le presta su teléfono celular (es un aparato que le han dado para el caso de Gorriarán Merlo) y aquel llama a Israel para reportar todo lo que ve —al lado de ellos pasan, sin reconocerse con los agentes, el presidente de la AMIA, Alberto Crupnicoff; el de la DAIA, Rubén Beraja; y el embajador de Israel, Yitzhak Aviran, con su guardaespaldas, que pronto lo hará desaparecer de ese lugar. Los cuatro están pálidos. Beraja esquiva a la gente que huye corriendo. Recordará sus alaridos: el terror más absoluto.

13:03. Calle 25 de Mayo, número 11. Un edificio sólido y antiguo es la base central de la SIDE. En este momento hay una reunión especial: los agentes que participan quieren ser hombres sin historia, sin apellido. Son individualistas porque su trabajo en soledad lo exige, se sienten especiales, saben cosas y hacen cosas que el ciudadano común no se imagina. Ahora encienden cigarrillos y escuchan al que habla.

Que les dice que el Departamento de Contraespionaje —el sector 85, que es parte de la Dirección de Contrainteligencia— administrará esta crisis.

Algunos agentes creen que es una decisión un poco extraña, porque la misión de ese Departamento es descubrir espías extranjeros operando en la Argentina sin permiso. De hecho, hay un Departamento de Contraterrorismo que al menos por el nombre parece mejor preparado para investigar el ataque, pero no lo hará.

Lo que en la doctrina de inteligencia se llama “enfoque orgánico funcional” —la organización de las tareas— a veces adquiere formas dispares en la SIDE.

En un negocio de telas situado a pocos metros de la AMIA —en el 669 de Pasteur— la policía arma su base de trabajo y coloca pizarrones que pronto estarán escritos con listas y flechas. Allí los peritos descartan una explosión de gas. Allí aparecen más agentes de la SIDE. No son de Sala Patria ni del área de Reunión Exterior, sino de la Dirección de Contrainteligencia. Se presentan ante Galeano, que también ha llegado, y le dicen que este es un ataque terrorista similar al de la Embajada de Israel. Martes 17 de marzo de 1992, 29 muertos, una camioneta-bomba Ford F-100. Imposible no recordarlo. Ocurrió hace tan poco.

Los policías y los agentes de Contrainteligencia se quedarán varias jornadas en esa base improvisada. Afuera habrá custodia. Adentro guardarán, a medida que lleguen, los restos de lo que parece un coche-bomba. Muchos de esos restos serán recogidos sin la presencia de testigos: los bomberos argumentarán que no los llaman para esto porque la zona no es segura. Pero eso traerá sospechas. Serán las sospechas iniciales: nadie podrá decir de dónde han salido realmente las piezas del coche-bomba.

Desde sus primeras fojas, el expediente comienza a mancharse con errores, desviaciones, pecados judiciales y nebulosas sin respuesta. Estas manchas se esparcirán como hongos en el papel.

Dos ejemplos. Primero: el padre de uno de los empleados que trabajan en el negocio que sirve como base improvisada participó en sesiones de tortura en Campo de Mayo durante la dictadura de 1976. Ese empleado confirma como testigo el hallazgo de los restos que le muestran en el local. ¿Es un hombre de la policía? ¿Es de la SIDE? Quizás sea confiable, quizás no. Segundo: el subsecretario de Interior de la SIDE, Juan Carlos Anchézar, pide a las empresas de telefonía, este mismo lunes y sin control judicial, la intervención de las líneas de nueve personas de la comunidad islámica.

Uno de los comisarios a cargo de la investigación, Carlos Castañeda —superior del Departamento de Protección del Orden Constitucional, DPOC, una división de la Policía Federal— redacta el informe inicial del expediente: es la página mecanografiada que antecederá a cientos de miles de páginas. “[S]e aprecia un panorama, ciertamente, difícil de describir”, escribe, “en un ajustado juicio, se puede afirmar que ha sido epicentro de una enorme explosión, el edificio […] [e]stá derrumbado, reducido a una montaña de escombros…”.

El comisario Castañeda llegó a la cuadra a las 10:50.

“Se observan personas lesionadas, manchas de sangre por doquier, tejidos sueltos, aparentemente humanos…”.

La Brigada de Explosivos de la Policía Federal presenta sus sospechas muy temprano: el explosivo es una sustancia constituida por nitrato de amonio y aluminio. Se llama amonal y es de venta libre. “[P]robablemente se hubiera ubicado en el interior de una camioneta del tipo RENAULT Trafic, dado que restos metálicos de una puerta correspondientes a este tipo de vehículo fueron hallados en las proximidades”, escribe el comisario Castañeda a las 13:40 en un informe breve. Demasiado temprano, a decir verdad. Sospechosa, nebulosamente temprano.

Es un día frenético. La gente se desespera buscando a sus familiares y amigos en los hospitales.

De regreso en el juzgado, el teléfono suena sin parar. El juez Galeano intenta ordenar ese frenesí pero está en una dimensión que jamás había imaginado. Atiende a políticos y a autoridades comunitarias, a rabinos y a familiares de las víctimas que no quieren autopsias, por motivos religiosos. Galeano discute. Les dice que la información de las autopsias es valiosa, y cuando lo visita el Gran Rabino Shlomo Ben Hamu junto a algunos directivos de la AMIA y de la DAIA —que se salvaron porque a las 9:53 estaban reunidos en una cafetería—, llegan a un pacto: si la muerte se produjo por la explosión y se puede determinar a simple vista qué efectos hay en el cadáver, no será necesario desarmarlo.

13:45: el presidente Carlos Menem habla por teléfono con el primer ministro israelí Yitzhak Rabin y acepta recibir agentes de catástrofes para colaborar. El presidente convocó antes a una reunión de urgencia —en la que participó el director de la DAIA, Rubén Beraja— y pidió pena de muerte para los autores del atentado. “Son bestias que no merecen vivir dentro de la comunidad”, dijo Menem. Se abrazó rápidamente a la idea de que los autores vinieron de afuera.

Además de cerrar las fronteras, el gobierno forma un comité de crisis y un equipo especial de fiscales, y decreta tres días de duelo. Pero Menem y sus ministros están desconcertados. Beraja le cuenta al Presidente sus sospechas: hay que mirar a las comunidades palestinas con poder económico y aires fundamentalistas que habitan en Brasil, en varias ciudades fronterizas y en Ciudad del Este, en Paraguay. Así se lo han informado oficiales de seguridad de Israel hace meses.

14:32: Hugo Anzorreguy, que es el jefe de la SIDE, le extiende al Presidente una carpeta de diez páginas con fotografías de la masacre. Anzorreguy ama los caballos de polo y las vacaciones en Palm Beach. Es cuñado de Enrique Moliné O’Connor (un juez de la Corte Suprema de la Nación) y hermano de Jorge Anzorreguy, el abogado que tiene una relación cordial con Galeano. Hace un rato, Anzorreguy se encontró con el agente Patricio Finnen en el Aeropuerto Metropolitano Jorge Newbery, adonde acababa de aterrizar, regresando de urgencia desde la Patagonia.

En un instante los dos llegaron a la Casa Rosada. Carlos Menem y el secretario general de la Presidencia, Eduardo Bauzá, necesitaban saber qué estaba pasando y los habían llamado.

Otros dos agentes de Sala Patria tomaron las fotos que el presidente ahora ve, y las revelaron en un negocio de la calle —fue la opción más rápida. La expresión de Menem parece desarmarse hacia abajo, se adivina su amargura; la bomba que acabó con la Embajada de Israel también explotó en sus manos. Anzorreguy le dice lo que sabe. Finnen no habla demasiado, sólo responde las preguntas eventuales de Bauzá. El presidente pasa las imágenes una tras otra, en silencio.

Por la tarde, el presidente estadounidense Bill Clinton lanza un comunicado desde Portland, donde se encuentra en plena campaña: este ataque no va a frenar las negociaciones de paz en Medio Oriente.

Uno de los arquitectos que estaban trabajando en una obra de refacción en la AMIA telefonea a las oficinas de la Municipalidad de Buenos Aires. Los rescatistas necesitan los planos maestros del edificio para entender mejor cómo sacar a la gente atrapada. Pero los planos, vaya sorpresa, han sido robados.

Poco después, cuando el sol cae, Menem se reúne de nuevo en la Casa de Gobierno con el director de la DAIA, Beraja. El Presidente sigue ensombrecido. Beraja, un banquero sefardí de alto perfil político, también: de su oficina en el sexto piso del edificio de la AMIA —sobria, privada— ya no queda nada. Hasta hacía unos meses, una de las preocupaciones principales de Beraja había sido la extradición de un anciano comandante nazi. Ahora está preocupado porque un juez como Galeano no le da demasiadas esperanzas. Lo ve joven, inexperto.

A las 18:29 cuatro personas son halladas con vida entre los escombros y a las 19:42, cuando los trabajos de rescate continúan peligrosamente, un bombero grita ¡alerta!, se arroja para salvarse y ve cómo se desprende un enorme trozo de mampostería que sepulta a otros diez bomberos.

Mientras tanto, la Embajada de Irán en Buenos Aires indica a la prensa que no ha protegido ni encubierto a ninguna organización del terror y que no es una base de operaciones de Hezbollah.

Cuando el encuentro con Beraja termina ya es de noche. El presidente Menem llega al Hospital de Clínicas, que ha recibido a 72 heridos y a más de 700 personas que quieren donar sangre. El hospital está a dos cuadras de la AMIA, tiene 23 quirófanos y 150 camas. Allí, una mujer con una herida en la cabeza toma conciencia de lo que ha pasado cuando ve a su lado a un hombre que acaba de perder un ojo, a otro con una pierna varias veces fracturada y a dos niños en estado de shock. Esta noche no habrá silencio.

Bajo un cielo sin luna, el juez Galeano se dirige a la morgue. La ciudad ha quedado semivacía, como de pesadilla. En el invierno, el edificio de la morgue —que funciona detrás de la antigua Facultad de Medicina— se ve lúgubre al estilo de un thriller francés, con ambulancias que llegan y que parten. El ambiente es anárquico, las camillas retumban en los suelos.

Un médico sale al cruce de Galeano. Es el doctor Donnewald, el hombre a cargo. Le dice que está desbordado, que en la morgue es fecha de receso laboral, que en un rato él mismo saldrá de viaje. La situación es insensata: todo el mundo sabe que al día siguiente traerán decenas de cuerpos, pero quien sea que haya planificado el sistema jamás imaginó que alguna vez llegaría un momento como este. En medio del caos, el juez recorre cuidadosamente las salas.

Los paramédicos cuentan 26 muertos y 146 heridos. Quién sabe cuántas personas andaban por la vereda de una zona comercial y populosa como esa a las 9:53 de la mañana. Con el paso de los días, los muertos llegarán a ser 85.

Hay cadáveres que muestran en el cuerpo restos de automóvil: evidencias de un coche-bomba. En el tórax del portero de un edificio ha quedado incrustado un amortiguador. Otra de las víctimas ha sido atrave

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