De la democracia en Hispanoamérica

Santiago Muñoz Machado

Fragmento

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PRÓLOGO

 

 

 

 

La democracia es una forma de gobierno muy complicada. Siempre ha sido la más difícil en cualquier periodo histórico o sociedad que se consideren. Se comprende que exhiban una orgullosa superioridad cultural y política las naciones en las que prevalece la voluntad general, se mantiene en términos razonables la separación de poderes, funcionan las instituciones que los ejercen, y pueden mostrar prestigiosas declaraciones de derechos y libertades, civiles, políticos y sociales, protegidos por garantías efectivas que previenen y evitan su vulneración.

Es razonable este orgullo de privilegiados porque la consagración de los principios y valores del constitucionalismo y la democracia liberal, que son los que acabo de resumir, ha sido el resultado final de una lucha de muy largo recorrido. Solo las naciones más tenaces han podido desplegar sus reglas en plenitud. Hay clasificaciones de la calidad de las democracias que advierten con meticulosidad de los déficits. Son observatorios de los desfallecimientos.

Estados Unidos, y los países agrupados hoy en la Unión Europea, lideran, junto con el Reino Unido, Canadá y pocos Estados más, la democracia en el mundo. Pero conviene no perder de vista que este éxito es muy reciente. Estados Unidos tenía un régimen democrático desde que se aprobó su Constitución en 1787, pero tuvo luego que superar la guerra civil más dura que ha tenido lugar en aquel hemisferio para consolidarse como nación y, una vez concluida, necesitó un siglo más para que se abrieran paso libertades esenciales como la de comunicación o se generalizaran los derechos civiles, la igualdad de acceso a la educación o a los transportes, superando la discriminación por razón de la raza. Todavía en la actualidad es una democracia muy deficitaria desde el punto de vista de los derechos sociales.

Europa continental recuperó un constitucionalismo muy brillante y ejemplar después de la Segunda Guerra Mundial, pero montó sus firmes instituciones democráticas sobre un grueso manto de destrucción y muerte, y de las más espantosas ofensas a la dignidad de las personas. En la actualidad, la Unión Europea, que no permite desviación alguna a sus socios en cuanto concierne a la separación de poderes y las garantías de la libertad, cuenta con las democracias liberales más ejemplares del mundo, aun a pesar de las crisis que afectan a algunas de sus instituciones. España, entre estos Estados de la Unión, que aprobó tardíamente su Constitución, en 1978, al salir de la larga dictadura del general Franco, también exhibe sus galones de gran democracia consolidada.

Todas estas naciones, pese a las enormes dificultades y enfrentamientos vividos, que han implicado reajustes de fronteras, creación de nuevos Estados, emigraciones, tiempos de excepción, dictaduras y retos imperialistas, han perseverado en la idea de la democracia liberal, como la forma más justa para el gobierno humano.

He acometido en este libro el estudio de la democracia en Hispanoamérica estimulado, antes que por cualquier otra curiosidad intelectual, por el hecho de que, en lo que va corrido del siglo XXI, se ha puesto de moda en aquel espacio renegar de la democracia liberal y promover fórmulas de gobierno que, aunque no desplacen del todo sus instituciones y valores, los complementen. No es la primera vez en la historia que se desarrollan corrientes de pensamiento que advierten contra las perversiones del modelo. Algunas veces, como ocurrió con la Revolución cubana, se implantó una alternativa absoluta de carácter marxista. Pero, sin abandonar los valores del constitucionalismo, los movimientos políticos a que aludo han tratado de crear un nuevo paradigma, es decir, un modelo diferenciado, con sus propios principios y reglas, concretado en constituciones de nueva planta, que han fundado el llamado «nuevo constitucionalismo latinoamericano».

Los textos contienen innovaciones interesantes y muchas apuestas atrevidas; tantas, en realidad, que algunos de sus mentores han hablado de «constitucionalismo experimental» para referirse a ellas.

Me ha interesado mucho explorar lo que tiene realmente de nuevo ese material político y la medida de sus aportaciones para renovar y mejorar en profundidad la democracia y la protección de los derechos en los países que han aceptado la receta. En el primer decenio del siglo hubo un momento en que pareció que la conversión al neoconstitucionalismo y la neodemocracia sería general en pocos años, dado el animado ritmo con que habían progresado en diferentes Estados. Hasta que el siempre reflexivo Chile, también incitado a sumarse a la novedad, puso a dormir estas ideas o, al menos, les impuso una pausa.

Para estudiar lo que está pasando con la democracia en Hispanoamérica, me pareció que el rigor mandaba estudiar antes su aventura desde que empezó a instalarse en el pasado. Al fin y al cabo, se ha adoptado, donde la han aceptado, la decisión de renovar la democracia representativa partiendo de la conclusión de que es una forma de gobierno que no ha llegado a adaptarse a las peculiaridades del subcontinente. Si se sostiene que los principios de la democracia liberal no funcionan en aquellos países, resulta pertinente estudiar lo ocurrido.

Esta imprescindible curiosidad me ha conducido a recorrer la impresionante historia de las ideas y los hechos políticos en Latinoamérica desde el comienzo de las independencias y la creación de las nuevas repúblicas. Muchos de los personajes que la han protagonizado forman un retablo fascinante, y sus políticas, hechos y ocurrencias forman parte de esa realidad histórica maravillosa que ha inspirado a tantos escritores desde mediados del pasado siglo. A los efectos de lo que era pertinente analizar, se suceden en mi personal relato los momentos gloriosos y también los decaimientos o los tiempos turbios de desaparición de cualquier brizna de libertad. El ejercicio se desarrolla durante los dos siglos completos transcurridos desde las primeras constituciones hasta llegar a examinar en el capítulo final, el más extenso de la obra, el neoconstitucionalismo latinoamericano y sus aportaciones.

Los líderes de las insurgencias conocieron bien las ideas políticas que habían triunfado en Europa y Estados Unidos y se dispusieron a aplicarlas con sinceridad y exactitud; acaso incurriendo en el error de no adaptarlas a las peculiaridades de sus repúblicas, sino aceptándolas en crudo, tal y como se habían perfilado en origen. Pero, durante todo el siglo, la implantación de ese modelo de gobierno resultó imposible en casi todas las emergentes naciones. El poder, cuando se inició el proceso, estaba en manos de las oligarquías criollas, amparadas en su dominio de la tierra o en su prestigio militar durante las guerras de independencia, que no aceptaron someterse a la disciplina de la democracia. El XIX fue el siglo de los caudillos: los hubo en todos los Estados, sostuvieron políticas conservadoras y fueron, cada uno de ellos, personalidades, admiradas u odiadas, que gobernaron de forma autocrática. Los regímenes políticos del siglo estuvieron determinados por su exclusiva voluntad.

No obstante, para comprender el retraso en la puesta en funcionamiento de las instituciones democráticas, también hay que considerar un hecho que no suele resaltarse en las historias de la época: se estaba organizando el gobierno de territorios sin Estado. Para que pueda considerarse que existe un Estado, la doctrina política clásica más aceptada indica que tiene que estar definido a quién corresponde la soberanía, el territorio ha de estar demarcado y la población concretada. Ninguno de los tres elementos esenciales llegó a consolidarse, en toda Hispanoamérica, hasta bien avanzado el siglo, ya que estuvieron inicialmente sometidos a una extraordinaria inestabilidad.

El siglo XX político comenzó en Hispanoamérica dos años antes de cuando determinaba el calendario, en 1898. Este fue el año del «Desastre», en el que España dejó de ser potencia colonial y Estados Unidos tomó el control del Caribe, e inmediatamente de Centroamérica. Empezó entonces, de manera amplia, una política de control de los gobiernos latinos, amparada en diversos tipos de acciones calificadas, críticamente, de imperialistas. Reaccionaron, contra este aumento de la influencia norteamericana, algunos intelectuales significados que fueron los pioneros de un pensamiento latinoamericanista que reivindicó las peculiaridades históricas y culturales de la América hispanohablante y el derecho a gobernarse sin interferencias. Emergió también con fuerza el pensamiento indigenista, que tendría largo recorrido en el siglo hasta conseguir reconocimientos de las reivindicaciones esenciales.

Fue el siglo de las guerras y los populismos. Y el siglo de las revoluciones: las hubo de todas clases y de todas las ideologías, se extendió la costumbre de autodenominar revolucionario a cualquier gobierno con ideas; pero las dos que marcaron el siglo fueron, a partir de 1910, la Revolución mexicana, y a mediados, la Revolución cubana, que no solo implantó un régimen totalitario marxista sino que hizo lo posible para que el modelo se difundiera por todo el continente. También surgen en Hispanoamérica populismos tan vigorosos como el peronismo, que influyó durante años en los países del entorno de Argentina. Prescindieron unos y otros, marxistas y profascistas, de la democracia, como ocurrió también en Europa.

A partir de los años ochenta dio la impresión de que las tendencias políticas extremas se habían calmado en Hispanoamérica. Las dictaduras militares habían cedido finalmente y parecía que la democracia estaba ocupando el terreno de la política en todo el Centro y Sudamérica. Se hicieron visibles algunos problemas sempiternos como la partitocracia y la corrupción y, para frenar todos los abusos, mejorar la credibilidad de la política y animar la fe ciudadana en las instituciones, empezaron a ocupar lugar en el discurso público algunas reivindicaciones perseverantemente mantenidas al menos desde principios del siglo XX. Destacan dos: la recuperación del poder por el pueblo para poder ejercerlo directamente, sin intermediarios, cuando se debaten cuestiones de gran relevancia general, de manera que pueda disminuirse la dependencia de los partidos políticos; y, de otro lado, el reconocimiento de la heterogeneidad de las naciones de Latinoamérica, tanto por razón de su historia y cultura como por la diversidad de comunidades humanas que forman los Estados.

Se propugnó la creación de un nuevo orden en el que se diera respuesta, entre otras exigencias, a las dos reclamaciones indicadas. Desde esta posición revisionista, no resultó difícil a los ideólogos descalificar la democracia liberal que, según algunos, nunca había tenido una vigencia efectiva en toda la historia en aquellos territorios. Y no la había tenido porque América Latina no era Europa y esta circunstancia, según aquellos, no había sido considerada cuando se importaron las constituciones hijas del pensamiento ilustrado y las revoluciones burguesas.

El nuevo orden necesitaba textos constitucionales nuevos y enseguida aparecieron líderes que impulsaron su elaboración. Es notable que no se usaran los procedimientos de reforma de las constituciones vigentes, que no se habían activado durante años, sino que se eligieron asambleas constituyentes que se encargaron de elaborar otras nuevas. Las reclamaciones populares de que así se hiciera fueron muy fuertes y expresivas en alguna de las naciones pioneras, como Colombia, donde el hartazgo se manifestó en la iniciativa popular de la «séptima papeleta», de la que arrancó el movimiento que concluyó en la Constitución de 1991. La esencia del «nuevo constitucionalismo» y, con él, de la «nueva democracia participativa», se derramó, no obstante, pocos años después en las tres constituciones que, según todos los analistas, mejor representan las nuevas ideas: la venezolana de 1999, la ecuatoriana de 2008 y la boliviana de 2009.

Parten de la afirmación de que la democracia representativa está en crisis, pero no la desplazan del todo, sino que superponen sobre ella algunas instituciones remozadas. Son textos que sobrepasan los cuatrocientos artículos de extensión, a la que se llega relacionando todos los derechos ciudadanos imaginables y regulando con pormenor las garantías incontables que se ofrecen a sus titulares frente a cualquier amenaza o violación efectiva. Largas declaraciones de derechos individuales y también de derechos colectivos, principalmente de las comunidades originarias y las minorías étnicas.

Y a todo este impresionante conjunto se suman las instituciones de gobierno que, en la democracia participativa que instauran, son muchas más que las que resultaban de la aplicación de la triada clásica del legislativo, el ejecutivo y el judicial. La participación requiere la existencia de un plantel de instituciones en las que participar y establecer los procedimientos necesarios para hacerlo. A ello se han aplicado con generosidad los textos del nuevo constitucionalismo.

No he encontrado, entre los antecedentes de este movimiento de renovación democrática, análisis concienzudos sobre la historia política de los países que se han sumado ni he visto identificadas las pérdidas de eficacia de los regímenes decadentes que se sustituyen. El motivo más recurrente, en los antecedentes y preámbulos, para justificar la renovación, es la apelación a la singularidad y la heterogeneidad de los pueblos de algunas de estas repúblicas, que nunca se han tenido en cuenta. Esta es la observación más fácil de compartir porque es relativamente sencilla de probar. Y también de justificar porque hemos entrado en un siglo en el que la defensa de las minorías y los particularismos culturales será un eje de las políticas en todas las democracias avanzadas.

El recorrido que propongo al lector es largo, pero espero que completo porque analiza los problemas de los regímenes democráticos en Latinoamérica desde los comienzos del siglo XIX. El objetivo es llegar a la actualidad pudiendo discutir con buenas razones los alegatos contra la democracia liberal y su pretendida inadecuación a las peculiaridades latinas. Es imprescindible, a la hora de hacer inventario y cambiar el patrimonio político adquirido por la comunidad a la que pertenecen aquellas naciones, que es la occidental, saber si realmente se están desechando formas democráticas de peor calidad o eficacia, para hacer efectiva la voluntad general, que las nuevas que se proponen.

En fin, tengo que decir que ocupa un lugar preferente entre los sentimientos y preocupaciones que me han conducido a escribir este extenso volumen, la repulsa por la utilización de un movimiento que apela a la regeneración democrática para fortalecer regímenes autocráticos, nuevas dictaduras, que han abolido la alternancia en el poder y liquidado el derecho a la discrepancia política.

Cumpliré pronto ocho años como presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española. He viajado por todos los países de habla hispana y me he preocupado de conocer mejor sus problemas de todo orden, como era mi obligación. Lo manifiesto para agradecer a muchos colegas académicos, profesores universitarios, magistrados de los altos tribunales y dirigentes de las repúblicas americanas que hayan facilitado mi recorrido intelectual por regiones tan distintas y complejas, sus provechosas indicaciones, el descubrimiento de situaciones y personajes de la literatura y la política que no estaban a mi alcance y las conversaciones en las que he obtenido orientaciones esenciales.

CAPÍTULO I

Conspiraciones e ideas para el gobierno de la América hispana

 

 

 

 

LA CONFLUENCIA DE TRES MOVIMIENTOS POLÍTICOS Y MILITARES HISTÓRICOS: INVASIÓN DE ESPAÑA, PROCESO CONSTITUYENTE E INSURGENCIAS EN AMÉRICA

 

El inicio del proceso constituyente en España, a principios del siglo XIX, coincidió en el tiempo, casi exactamente, con el de los movimientos que reclamaban la independencia de las colonias de América, del que derivaría la aprobación de constituciones propias de los nuevos Estados. En ambos casos, la aceleración de los cambios estuvo inmediatamente relacionada con la invasión de la península ibérica por las tropas de Napoleón, la renuncia vergonzosa de Carlos IV y Fernando VII a sus derechos dinásticos, la designación por el emperador de su hermano José como rey de España y de todas las provincias de ultramar.

Después de la invasión de la Península, el emperador citó en Bayona a la familia real. Fernando, que se había proclamado rey en Madrid el 19 de marzo anterior, abdicó en su padre, Carlos IV, y este en Napoleón, quien seguidamente nombró al duque de Berg, Joaquín Murat, regente de las Españas e Indias.

La Gaceta de Madrid publicó el 20 de mayo el acta de abdicación, que recogía la decisión de Carlos de «ceder como cede por la presente todos sus derechos al trono de España y de las Indias a S. M. el Emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden…».

El pacífico control de la situación por las tropas napoleónicas empezó a cambiar a partir del 2 de mayo de 1808, cuando los vecinos de Madrid asumieron que las justificaciones francesas de la entrada en España eran falsas. El pueblo se levantó contra Napoleón y empezaron las escaramuzas bélicas. Murat fue sustituido el 6 de junio de 1808, cuando el emperador decidió proclamar «Rey de las Españas y de las Indias, a nuestro muy amado hermano, José Napoleón, actual rey de Nápoles y de Sicilia».

En España la resistencia y defensa del antiguo orden monárquico de los Borbones fue asumida por juntas constituidas en las provincias, hasta que, después de la derrota de los ejércitos de Bonaparte en Bailén el 19 de julio de 1808, se decidió constituir la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino compuesta por representantes de todas las juntas provinciales. Ocurrió el 25 de septiembre de 1808. Su primer presidente fue el conde de Floridablanca.

La Junta Central no había tenido en cuenta, al constituirse, la necesaria inclusión de representantes de los territorios americanos, pero unos meses después dictó el decreto de 22 de enero de 1809, en el que se declaraba que las colonias americanas quedarían integradas en la nueva nación española con criterios de igualdad. Esta importantísima disposición establecía:

 

El rey nuestro señor Don Fernando 7.º y en su real nombre la Junta Suprema Central Gubernativa del reino, considerando que los vastos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias, o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española, y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen unos y otros dominios, como así mismo corresponderá la heroica lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan decisiva prueba a la España en la coyuntura más crítica que se ha visto hasta ahora nación alguna, se ha servido declarar, teniendo presente la consulta del Consejo de Indias de 21 de noviembre último, que los reinos, provincias, e islas que forman parte de los referidos dominios deben tener representación nacional inmediata a su real persona, y constituir parte de la Junta Central Gubernativa del reino por medio de sus correspondientes diputados.

 

El 10 de mayo de 1809 la Junta Central emitió un «Manifiesto a los americanos», que trataba de agrupar y coordinar a las juntas americanas en torno a la Junta Central. Después se promulgó el decreto de 22 de mayo de 1809, que contenía un programa que recogía principios propios del liberalismo e insistía en la previsión de medidas de equiparación de los territorios y población americana con los derechos de los domiciliados en la Península.[1]

El decreto de 22 de enero de 1809 planteó por primera vez en una norma la idea de igualdad de la Península y los territorios de América como partes integrantes de una única monarquía extendida a los dos lados del Atlántico. Esta decisión histórica determinaba que la Junta Central incorporaría a representantes americanos: todos los territorios peninsulares y americanos tendrían el mismo derecho a representación política.

Para la ejecución de tales previsiones, los territorios americanos habrían de enviar un representante por cada uno de los cuatro virreinatos (Río de la Plata, Nueva Granada, Nueva España y Perú) y de las seis capitanías generales (Chile, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Guatemala y Filipinas) para que se integraran en la Junta Central.

Las noticias sobre la ocupación del poder por Napoleón y el inicio de la sublevación española contra los intereses del francés llegaron a América rápidamente. El bergantín Le Serpent arribó a Caracas el 16 de julio con instrucciones estrictas de que se publicaran allí las abdicaciones de los reyes españoles y la cesión de la Corona a Napoleón. Portaba la versión del invasor.

La corbeta de guerra Acosta amarró el mismo día en el puerto de La Guaira, llevando informes de lo que había acontecido en Bayona, pero la información estaba contada desde la perspectiva de Inglaterra, con la que, después de muchos años de guerras y controversias, se acababa de aliar España. También constaba en esta información el motín de Madrid del 2 de mayo de 1808.

Poco después llegó a Caracas un comisionado de la Junta de Sevilla, José Meléndez Bruna, con el mandato de las autoridades juntistas españolas de que se respetase en América la legalidad establecida en España frente a Napoleón. Y así fueron llegando sucesivas informaciones, a veces confusas, siempre preocupantes. Como es lógico, los americanos no supieron muy bien a qué atenerse. Temieron que se produjera en América un levantamiento de gravedad semejante al protagonizado por los haitianos unos años antes, con el peligro que ello reportaba para los intereses de los criollos. Las dudas y temores que la situación despertó en los diferentes virreinatos y gobernaciones americanos produjeron reacciones diferentes en cada territorio. Una parte significativa de las autoridades y élites políticas y económicas se pronunció inmediatamente a favor del rey Fernando VII, ratificando su lealtad al que consideraban monarca legítimo. Estas adhesiones, que se formalizaban bajo el juramento de fidelidad al rey, ocurrieron sucesivamente en las principales ciudades, empezando por Montevideo el 12 de agosto de 1808, México el 13 de agosto, Puebla de los Ángeles el 31, Santa Fe el 11 de septiembre, etc.

En la guerra contra Napoleón confluyeron los intereses de Inglaterra y España, que convinieron actuar conjuntamente. Inglaterra tenía amplias aspiraciones de dominio en diferentes partes del continente centro y sudamericano, lo que explicaría su simpatía por los movimientos políticos tendentes a debilitar la posición de España en la zona, pero su apoyo más explícito a las independencias (haciéndole pagar a España su apoyo a la independencia de las colonias inglesas del norte) hubiera sido incompatible con la alianza bélica contra Francia.

 

 

LONDRES, EL CENTRO DE LAS IDEAS Y CONSPIRACIONES CONSTITUCIONALES E INDEPENDENTISTAS

 

Londres se había convertido, desde que Napoleón invadió España, en el nudo de todas las conspiraciones. Su condición de ciudad cosmopolita atraía a exiliados de otros países y desde luego a muchos paladines de la independencia americana. España estaba entonces aliada con los ingleses, pero el gobierno de Londres era, al tiempo, partidario de la libertad de comercio que venían reclamando los comerciantes del otro lado del Atlántico en Caracas, Buenos Aires o Veracruz.

Londres fue un foco esencial por el que circulaban las informaciones con destino a América desde años antes de la ocupación de España y los subsiguientes levantamientos armados contra ella. También un caldero donde hervían ideas sobre el futuro de las colonias. Londres fue el destino de importantes personajes, como Francisco de Miranda, que tenía trazado un plan para la independencia de América. También fue la plaza más adecuada para distribuir material escrito justificativo de las independencias, como le pareció al jesuita expulso Viscardo, que llegó a la capital inglesa a buscar partidarios contra la dominación española. A Londres llegaron eminentes políticos españoles, como Argüelles, Toreno o Nicasio Gallego, escritores y agitadores americanos como Servando Teresa de Mier, e intelectuales de la misma procedencia, tan notables como Andrés Bello; militares dispuestos a luchar por la independencia, como Simón Bolívar; pensadores y escritores españoles muy relevantes, como José María Blanco White; y era el lugar de residencia de lord Holland, un noble inglés influyente en el pensamiento político español de la época, que acogió a muchos intelectuales errantes.[2]

Las propuestas que circulaban por Londres y que llegaban a América tenían muy diversas connotaciones políticas: a) favorables a la unidad de España y del mantenimiento de sus colonias americanas, transformadas en provincias; b) partidarias de una única Constitución aplicable en los dos hemisferios; c) independentistas favorables a la continuidad de la forma de Estado monárquica; d) independentistas republicanos sin fisuras.

Durante los últimos años de la Ilustración ya se veían llegar a España los influjos de las independencias de Estados Unidos, de la Revolución francesa y las inquietudes favorables al autogobierno de una parte de la América española. Esto último lo habían apreciado ministros avisados como Aranda y Floridablanca, que incluso idearon un proyecto de Estado confederal en América que se dividiría en tres virreinatos (México, Tierra firme y Perú) al frente de los cuales gobernarían tres infantes dependientes del rey, al que se daría el rango de emperador; cada una de las partes tendría un gobierno propio de estilo confederal.[3] Estas medidas no progresaron lo más mínimo, pero anunciaban la inevitable secesión. La monarquía borbónica no podía defender los enormes territorios frente a comerciantes y aventureros ingleses que incursionaban continuamente en sitios como Río de la Plata, Santo Domingo, Jamaica o Trinidad.

Las concepciones políticas que toman en cuenta los pensadores que pasan por Londres son, desde luego, las que habían venido alimentando, desde finales del siglo XVII, los movimientos reformistas ilustrados y las revoluciones constitucionales de finales del XVIII; pero modelos constitucionales a tomar como referencia solo había tres que atrajeran su atención: el de las constituciones francesas aprobadas a partir 1791; el de la Constitución norteamericana de 1787; y el modelo de «monarquía limitada» inspirada en la idea de «Antigua Constitución» característica del gobierno británico.

Las ideas que se despachan en Londres se van aplicando en España y América con un gran descontrol. Por ejemplo, España abre el primer periodo constituyente de su historia, el que llevaría desde 1810 a la aprobación de la Constitución de Cádiz en 1812, con la pretensión de que esta norma sea común a España y América («La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios»: artículo 1; y más adelante, en el artículo 10, describía con pormenor los territorios de todas las geografías españolas del mundo). Pero, al mismo tiempo, algunas colonias ya habían declarado su independencia, habían proclamado la república e incluso se habían dotado de su primera Constitución antes de que se aprobara la de Cádiz, como ocurrió con Caracas y Quito, aunque la experiencia fracasara al poco tiempo. Algunos territorios americanos, entre tanto, defendían la causa monárquica y muchos de ellos, sin perjuicio de los movimientos insurgentes internos, mandaron representantes a las Cortes de Cádiz.

Un papel importante cumplieron en la agitación intelectual londinense jesuitas afectados por la orden de expulsión de todos los territorios españoles dictada por Carlos III en 1767. Muchos de ellos se dedicaron a escribir libros en los que afeaban a la monarquía española sus prácticas colonizadoras en América y ensalzaban las civilizaciones precolombinas, que España había maltratado y, en buena medida, hecho desaparecer. Muchos de estos jesuitas heridos por la decisión carolina se convirtieron en animadores de la subversión, que trataron de alimentar, por despecho unas veces, por convicción casi siempre, con muy fundamentados escritos.

La negación de cualquier virtud a la colonización española necesitaba como contrapunto justificar la grandeza de las culturas que los conquistadores se habían encontrado en el Nuevo Mundo y ensalzar la excelencia de la condición de los indígenas, sometidos y forzados al trabajo por los nuevos señores. Estas apologías se encontraban con la dificultad de que a lo largo del siglo XVIII habían viajado a América varias expediciones científicas que ratificaban las impresiones negativas sobre la condición de los indios que habían divulgado en los dos siglos anteriores los cronistas españoles. Tales fueron las conclusiones de la expedición de La Condamine, o de los estudios y tratados sobre la geografía y la población americana de Raynal, Pauw, Robertson y Ulloa (este último había viajado con La Condamine).[4] O más tarde (aunque su expedición es de finales del XVIII y no publica sus conclusiones hasta principios del XIX) la del muy prestigioso Alexander von Humboldt.[5]

 

 

JESUITAS EXPULSOS CONTRA LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA: CLAVIJERO, VISCARDO

 

A los jesuitas expulsos que animarán las insurgencias no les arredraron estas conclusiones científicas, sino que los animaron a discutirlas basándose en sus experiencias de muchos años de vida en el Nuevo Mundo.

 

Francisco Javier Clavijero y su Historia antigua de México

 

Como reivindicador de la importancia cultural del pasado amerindio, cuya herencia atribuiría directamente a los criollos para que se distanciaran del oprobioso legado de los españoles, el pionero fue Francisco Javier Clavijero (1731-1787), jesuita mexicano que se exilió a Italia donde compuso su Historia antigua de México. La escribió primero en español y luego la tradujo al italiano pensando que nadie la iba a editar en España. Tuvo un gran éxito.[6] Su reto fue principalmente refutar las ideas de Pauw, Buffon, Raynal, Robertson y otros. Todos equivocados, e hijos de un siglo en el que se escribe con libertad y «se miente con desvergüenza y no es apreciado el que no es filósofo, ni se reputa al que no se burla de la religión y toma el lenguaje de la impiedad». El libro comienza con una larga exposición sobre las características geográficas, botánicas y biológicas de México, a la que sigue un estudio interesante y detallado de las sucesivas comunidades humanas que habitaron esas tierras. Clavijero asumió el probable origen asiático de los indios, aceptando la opinión de Acosta de que habían cruzado por el estrecho de Bering, aunque disintiendo de este en que, cuando el paso se produjo, los continentes estaban unidos y no se habían separado todavía para dar paso al mar.

Pero a lo que se aplicó especialmente fue a combatir las opiniones de La Condamine, Ulloa y otros que habían considerado a los indios como brutos débiles y bestiales. Clavijero siguió al Inca Garcilaso de la Vega para rechazar estas afirmaciones que consideraba calumniosas, como lo fueron también muchas de las que habían dejado escritas Gómara y Herrera. Asumió que algunas tribus como los iroqueses y los caribes eran caprichosas y desleales, carecían de gobierno, no formaban sociedades estables ni se regían por leyes fijas. Pero esta valoración no podía hacerse extensiva a todos los indios mexicanos. La generalización de aquella mala fama era culpa de los propios conquistadores, que se habían empeñado en denigrar los talentos de los indios.

Clavijero ponía como ejemplo su propia biografía. Nacido en Veracruz, había conocido a los indios desde su niñez y, siendo jesuita, había podido enseñar en los colegios de la ciudad de México y había conocido a muchos que eran capaces no solo de aprender las reglas básicas, sino también ciencias y asumir conocimientos complejos. Constató así su generosidad y lealtad y pudo desestimar por inciertas las evaluaciones de los filósofos que habían opinado sin conocimiento de causa. Los indios mexicanos mostraban una gran fidelidad y piedad, aunque aceptaba como ciertos algunos defectos que se les imputaban recurrentemente, como la desconfianza o la embriaguez. Si se apreciaba en ellos debilidad o una constitución física empequeñecida, no era por razón de su naturaleza sino por el sometimiento de los españoles a la miseria y la privación. Siempre que un pueblo somete a otro lo empequeñece. Puso como ejemplo a los griegos de su tiempo: sometidos como estaban al imperio de los otomanos, era imposible reconocer en ellos a los griegos clásicos. También era descartable que en ese contexto de sometimiento surgiera un gobernante genial como Pericles.

El viaje de La Condamine había puesto en boga en toda Europa la idea de que los indios no tenían vocabulario para expresar ideas generales y cantidades matemáticas. Pauw asumió esta apreciación y Clavijero criticó ferozmente sus conclusiones.

Su Historia antigua la escribió en Italia sin poder acceder directamente a las fuentes, por lo que utilizó de modo preferente la obra de Torquemada Monarquía indiana. Pero con salvedades porque Clavijero se quiso separar del relato de Torquemada, que sostenía que los mexicanos en su viaje por los desiertos del norte habían sido conducidos por el diablo mismo, lo que justificaría su comportamiento tan descomunalmente cruel. La Historia antigua criticó a estos historiadores diciendo que habían convertido a Satanás en un personaje histórico inverosímil. La práctica de la idolatría según Clavijero se debería a los temores y la ignorancia de los hombres, y los engaños y superstición de los sacerdotes paganos.

Describió una constitución mexicana llena de solemnidades y formalidades como la elección y coronación de los reyes. Se extendió en explicar el estatuto de la nobleza, las formas y ritos de la guerra, el funcionamiento de los tribunales, la práctica de la agricultura y el comercio, la propiedad pública y privada, el desarrollo de la poesía, la oratoria y el teatro. Todas estas actividades reflejaban la importancia del desarrollo cultural de los pueblos que habitaron México.

El objetivo final de Clavijero fue defender la ilustre historia del pueblo mexicano para hacer valer que su patria tenía un pasado distinguido y glorioso.

La recuperación de una historia, digna de ser admirada, de las civilizaciones precolombinas era un primer paso en el desplazamiento de la lealtad desde donde estaba fijada, es decir, en España, su cultura y civilización, a favor de la identificación del pasado amerindio como una herencia que correspondía a los criollos porque se había generado en las tierras en las que ellos habían nacido.

El paso siguiente de las élites criollas consistió en pasar de la reivindicación de la historia americana, como había hecho Clavijero, a las proclamaciones del mejor derecho de los españoles nacidos en América a gobernarla y explotar sus riquezas, y a comerciar libremente entre ellos y con otras naciones extranjeras.

 

La Carta a los españoles americanos de Juan Pablo Viscardo

 

Esta es la actitud que expresó con fuerza la Carta dirigida a los españoles americanos, difundida en Londres en 1799, obra de Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798).

La Carta recordaba el comienzo del cuarto siglo «del establecimiento de nuestros antepasados en el Nuevo Mundo», hecho que «será para siempre, para el género humano, el acontecimiento más memorable de sus anales». Dicho lo cual, desarrollaba un panfleto que contenía todas las quejas posibles contra el comportamiento de los conquistadores españoles, que reconoce Viscardo como sus ancestros, y una apelación a los criollos para recuperar el control político, el comercio y las riquezas de la tierra en la que habían nacido.

Viscardo era un jesuita peruano exiliado que estaba intrigando en Londres acerca de la posibilidad de que los criollos americanos rompieran con España. Desde 1789 hasta 1798 residió en Londres, pensionado por el gobierno británico y tratando de convencer al gobierno de Pitt de que enviase una expedición al Pacífico para apoderarse allí de los puertos estratégicos y, especialmente, del puerto peruano de Coquimbo desde donde podría dominar toda Nueva Granada y Chile. Aseguró que una expedición así sería muy bien recibida por los criollos.

Preparó informes en francés en los que trataba de corregir la concepción divulgada en las obras de Raynal, Robertson y Ulloa. Aseguraba en ellos que en América había un imperio populoso y relativamente próspero, con catorce millones de individuos; cada provincia con su propia industria artesanal, los indios eran laboriosos y se ocupaban de la agricultura y el tejido. Los criollos tenían una perfecta formación y disposición. Tanto los criollos como el clero eran respetados por los indígenas. Lo mismo ocurría con los dependientes de los españoles de España, también llamados «chapetones».

Viscardo sostuvo que habían sido los españoles los responsables de los principales conflictos que allí se habían producido, así como de los levantamientos contra sus políticas opresoras. Las revueltas de 1780 habían venido determinadas por la subida de impuestos y la implantación del monopolio del tabaco, así como por las exigencias de los visitadores generales y los intendentes.

Hasta mediados del siglo XVIII muchos criollos habían sido nombrados obispos y oidores y nadie se había quejado de su lealtad, pero a partir del gobierno de Carlos III y de la intervención de José Gálvez, las cosas habían cambiado radicalmente y los criollos estaban manifiestamente descontentos. Tampoco la acción de los gobiernos ilustrados estaba produciendo el efecto de cambiar la economía americana. Pero, por eso, la debilidad y disgusto de los criollos crecían. No tenían participación en el gobierno, y los virreinatos se habían convertido en territorios en los que se producía simplemente para la metrópoli, a costa de degradar y empobrecer América.

La Carta dirigida a los españoles americanos era un documento redactado con estilo vigoroso, de tono revolucionario, pero no consiguió ninguna movilización de las fuerzas europeas. Antes de su muerte, Viscardo entregó sus papeles a Rufus King, ministro de Estados Unidos en Londres, quien a su vez se los hizo llegar a Francisco de Miranda. Fue Miranda quien tradujo y publicó la carta en francés y dos años después en español. Tuvo un considerable efecto porque Miranda distribuyó muchos ejemplares, logrando que se propagara ampliamente la causa de la independencia.

Los destinatarios no eran todos los habitantes de América, sino precisamente los criollos. Hablaba Viscardo en nombre de las élites a las que se negaba el derecho al gobierno de su propia patria. Es esto lo que reclamaba: «el Nuevo Mundo es nuestra patria y su historia es la nuestra». Fueron los padres de los criollos quienes sacrificando sus vidas adquirieron derechos sobre esas tierras. Por lealtad a la Corona habían descuidado sus derechos y también los de sus hijos, hasta llegar a la situación actual en la que los criollos habían sido desposeídos y tenían que sufrir la discriminación de no ser nombrados para los cargos de gobierno, mientras los reyes designaban a personas extranjeras. Invocaba continuamente el derecho ancestral de los criollos. Consideraba que formaban parte de un pacto con la Corona, que integraba la «Antigua Constitución», dando a esta expresión la misma significación que Jovellanos le atribuyó para defender su perpetuidad e inmutabilidad frente al proceso constituyente desarrollado en España a partir de 1810.

Mientras que los predecesores de Viscardo habían criticado con dureza la monarquía de los Habsburgo, él opinaba que durante esta monarquía se había mantenido la libertad y los vasallos habían disfrutado incluso del derecho de rebelarse contra un gobierno injusto, como hicieron los comuneros contra Carlos V a poco de llegar este a España. Pero después de esta época había llegado a América «un enjambre de aventureros» procedentes de España, cuyos abusos habían sido finalmente avalados por Carlos III.

Otro modelo de crítica contra la monarquía española y su papel en América trascendió las denuncias escritas, más o menos activistas, como las de Viscardo, y se situó en el terreno de la acción directa, aunque sin abandono de las apologías del pasado americano ni las condenas a España por sus malas conductas.

 

 

AMERICANOS EN LONDRES: MIER, MIRANDA, BELLO, BOLÍVAR

 

El imparable escritor y activista Servando Teresa de Mier

 

El personaje que mejor representó esta etapa fue Servando Teresa de Mier (1763-1827). Siempre fue un personaje extravagante y complejo, al tiempo que atractivo y polémico. Siendo teólogo dominico, predicó en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe de 1794 exponiendo ideas que asombraron a la concurrencia. Dijo que la imagen de María era «la nueva y mejor Arca de la Alianza del Señor y su madre para el pueblo escogido, la nación privilegiada y la prole de María, los americanos».

En aquella predicación eclesiástica sostuvo que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe había estado impresa en la capa del apóstol santo Tomás, que, según afirmó, era el «apóstol de este reino», y no solo en el sayal de Juan Diego. Santo Tomás había levantado un templo y fue él mismo quien escondió la imagen de la Virgen. Cuando santo Tomás concluyó su misión evangelizadora en América, los indios apostataron y la Virgen permaneció escondida hasta que se apareció a Juan Diego para revelarle su paradero. Santiago era a España y a la Virgen del Pilar lo que santo Tomás y Guadalupe eran para México.

Esta imaginativa historia dio lugar a que se abriera un expediente y aprobara un castigo eclesiástico para Mier, consistente en el encierro en su celda mientras se completaba la investigación que concluyó en una sentencia a diez años de exilio y confinamiento en Caldas, en las montañas de Santander, donde había un convento dominico. Pero mantuvo su convicción en que la Virgen no esperó a que pasaran 1.600 años para presentarse en México. Había llegado al mismo tiempo que los apóstoles y la dieron a conocer allí donde predicaron a las gentes. Y aseguró que santo Tomás lo hizo en América. Mantuvo que habían existido dos misiones evangelizadoras separadas, la primera de santo Tomás, y la segunda, en el siglo VI, encomendada a un obispo sirio o un misionero irlandés, san Brendan. Decía que la religión de los mexicanos no era sino un cristianismo transformado por el tiempo y la naturaleza equívoca de los jeroglíficos.

Mier se fugó a Madrid, donde trató de reiniciar su vida personal y profesional y difundir sus ideas. Leyó mucho en este periodo de su vida sobre teología y teoría política. Se informó de lo que decían los ilustrados españoles y los filósofos europeos. Se mostró partidario de Jovellanos y de las ideas de Blanco White. Escribió una Historia de la revolución de Nueva España, publicada en 1813,[7] a la que añadió un apéndice sobre la misión apostólica de santo Tomás y una importante historia sobre los orígenes de la nación mexicana. Preparó una carta en 1820 en la que suplicaba que México rechazara la decisión de la Academia Española de sustituir la «x» por la «j» en todos los nombres mexicanos. Pues México, en contraste con Méjico, se derivaba de la pronunciación india mescico que significaba «donde está o (donde) es adorado Cristo», y mexicanos es lo mismo que cristianos. Para montar esta etimología utilizó diversas tesis; entre otras que mexi era la pronunciación italiana del hebreo «mesías».

Durante su estancia en España y después en Francia, aprendió y tuvo ideas que sirvieron para apoyar posteriormente las independencias criollas. Mier fue a Francia en 1801, haciendo valer su condición de jansenista y fue recibido por Henri Grégoire (1750-1831). El obispo francés mantenía correspondencia con Jovellanos y otros jansenistas españoles. Todos admiraban a Las Casas, cuya obra había editado parcialmente Grégoire. Servando dijo que Grégoire es «mi amigo» y «un gran obispo». Era jansenista y había fundado la Sociedad de Filosofía Cristiana para propagar sus ideas. Fue un ardiente republicano que había asistido a las sesiones de la Convención vestido de obispo, y participó en los debates de la Constitución de 1791. Y también, muy activamente, en la legislación concerniente a la unificación de la lengua francesa.[8]

Mier intervino, una vez obtenida la independencia de México, en muchos debates en el Congreso, en los que proponía el nombramiento de obispos nuevos para reemplazar a los españoles que habían huido del país. Sus ideas eran las propias del clero constitucional que se había implantado en Francia. Había que reconocer al papa como cabeza visible, pero su derecho a nombrar obispos era una usurpación de poderes del Estado.

Regresó a España en 1803, y fue encarcelado en una prisión por sus ideas. El responsable de la cárcel se quejaba de Mier diciendo que difundía noticias extravagantes. Incluso afirmó: «me hace creer tiene leso el cerebro por de otro modo se produciría en otros términos, ni el creer los disparates como persuadirme en medio de su abatimiento a que ha de salir de aquí para Deán o para obispo». Mier volvió a escaparse, primero a Portugal y más tarde a Londres, donde fue colaborador de El Español. Se mantuvo allí con una pequeña ayuda del gobierno británico que le había facilitado Blanco White.

En su Historia, describía el curso de los debates en las Cortes de Cádiz y ofrecía argumentos razonados en favor de la independencia mexicana. Estaba escrita de un modo vivaz y polémico y enunciaba todos los temas tradicionales del patriotismo criollo, con apoyos en doctrinas como las manejadas en España por Jovellanos y Blanco White o, en América, por Thomas Jefferson.

Se hizo eco de nuevo de los crímenes de los conquistadores. Acogió los relatos de la Brevísima de Las Casas, tomándola como prueba de la crueldad de los españoles. Argumentaba sobre su comportamiento intolerante y vesánico como una justificación de la independencia. Rechazaba la conquista pero aseguraba que los criollos eran hijos de los conquistadores y, por tanto, tenían los derechos ancestrales conseguidos por estos y eran sus herederos en virtud de un contrato social entre los conquistadores y los reyes de España, de los que ahora los criollos eran sucesores.

Mier utilizaba la doctrina de la Constitución histórica para aplicarla a América, con especialidades propias. Para él, las Leyes de Indias blindaban los derechos de los conquistadores y sus descendientes, que estaban protegidos porque formaban parte de la «Antigua Constitución» del Nuevo Mundo. Los territorios americanos se agruparon en tres reinos dotados de virreyes y gobernadores, audiencias, colegios, universidades, obispos y conventos, que formaban unidades que se regían por su propio Consejo, parangonable a los Consejos que administraban Italia, Flandes y Aragón. Esta era la «Antigua Constitución» americana, que había sido pasada por alto por el creciente despotismo de la Corona en el siglo XVIII y que también las Cortes Constituyentes habían olvidado. Servando apelaba a la Historia para justificar los derechos de los independentistas, pero también los vinculaba a los derechos naturales que habían invocado algunos escritores como Thomas Paine.

En 1816 fray Servando salió de Inglaterra rumbo a México en compañía de Javier Mina, un soldado español que pretendía derrocar a Fernando VII iniciando una revuelta en México. Mina tardó poco en perder la vida. Y la expedición en conjunto fracasó. En 1821 estaba embarcado para volver a España pero huyó y se fue a Filadelfia donde publicó su Memoria político-instructiva.[9] Fray Servando dibujó en estas publicaciones últimas un cuadro triste y muy crítico de la situación de la España de aquel tiempo. Cuando regresó de Estados Unidos a México fue capturado por la guarnición española que ocupaba San Juan de Ulloa.

Esta plaza fue liberada en 1822. Agustín de Iturbide se había proclamado emperador de México; Mier, que era un ferviente republicano, fue diputado en el Congreso por Nuevo León y se opuso con firmeza al nuevo monarca. Tras la caída de Iturbide, emperador de México, Mier desempeñó un papel importante en muchas de las maniobras políticas y debates. Describiría la Constitución de 1824 como «un monstruoso injerto de la de los Estados Unidos sobre la de Cádiz de 1812». Aceptaba que Estados Unidos había alcanzado la perfección social, pero antes de que su tipo de gobierno y su práctica política se adoptaran en México la sociedad tenía que cambiar, porque limitarse a copiar modelos extranjeros podía llevarla al desastre. Para justificar este aserto examinó las enormes diferencias que separaban a las dos naciones. Los angloamericanos, decía, eran «un pueblo nuevo, homogéneo, industrioso, laborioso, ilustrado y lleno de virtudes sociales, como educado por una nación libre». Los mexicanos por el contrario eran «un pueblo viejo, heterogéneo, sin industria, enemigo del trabajo y queriendo vivir de empleos como los españoles, tan ignorante la masa general como nuestros padres y carcomido de los vicios anexos a la esclavitud de tres centurias».

En este contexto era verdaderamente improcedente imitar a los americanos y dividir el país en estados separados. Por el contrario, creía que la naturaleza había postulado que México fuera un Estado centralizado.

 

Francisco de Miranda, el Precursor

 

El pensamiento independentista, la comunicación revolucionaria y la acción se unieron con más fuerza que en ninguno de los personajes anteriores, en el de otro gran americano que pasó, en medio de una vida de escaramuzas y viajes continuos, largas temporadas en Londres: Francisco de Miranda.

El trazado de la vida política de Miranda, que vivió entre 1750 y 1816, fue siempre comprometido, política y militarmente: lo persiguieron las autoridades españolas desde 1783, sin poderlo apresar, hasta que los suyos lo entregaron en 1812; pasó cuatro años en los calabozos de los Castillos de La Guaira y de Puerto Cabello en Venezuela y de San Juan de Puerto Rico, hasta que en 1814 fue transferido a la prisión de las Cuatro Torres en el Arsenal de La Carraca cerca de Cádiz, donde después de dos años de prisión, falleció solo y abandonado el 14 de julio de 1816, a los sesenta y seis años de edad. Participó en la lucha por la independencia de las colonias británicas, en la Revolución francesa y en la guerra de liberación de la América hispana, según escribe su biógrafo más destacado William Spencer Robertson.[10]

Miranda nació en Caracas en 1750 y dejó Venezuela en 1771 al terminar sus estudios en el Colegio de Santa Rosa de Caracas, pocos años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (1776) y de la creación de la Capitanía General de Venezuela (1777).

Viajó a España llevando consigo el rechazo al fanatismo, a la intolerancia y a la opresión que prevalecía en la provincia, dominada por una oligarquía criolla de propietarios descendiente de españoles que discriminaba a la clase de los comerciantes, a la que perteneció su padre, que era un comerciante nacido en las islas Canarias.

Era muy dado a anotar todas sus actividades y a coleccionar documentos, actitud que le llevaría a la formación de un extraordinario archivo y una biblioteca dotada con una cantidad de libros muy notable para la época.

Llegó a Cádiz y permaneció allí el tiempo mínimo para viajar hacia Madrid. Se alistó en el regimiento militar de la Princesa, en el que obtuvo el grado de capitán, que ejerció en diferentes maniobras en Cádiz, Granada, Toledo, Ceuta y Melilla, donde participó en la guerra contra Marruecos. En Cádiz, mientras permaneció en 1776, conoció a un destacado comerciante británico John Turnbull, quien se convirtió en uno de sus principales protectores y apoyos financieros. Miranda nombró a Turnbull su albacea cuando regresó a Caracas en 1810.

Lo detuvieron por primera vez en 1778 a causa de un expediente que le había formado el Tribunal de la Inquisición por profesar ideas heréticas, coleccionar libros prohibidos y pinturas consideradas como obscenas.

El apoyo de España junto con Francia a la independencia americana había provocado un conflicto entre Inglaterra y España que abrió nuevos frentes bélicos. En el regimiento de la Princesa, al que Miranda pertenecía, designaron un nuevo comandante, Juan Manuel de Cajigal, que era también de origen americano y masón. Cajigal fue enviado a La Habana al mando de una flota importante para intervenir en la guerra de la independencia de las colonias inglesas, lo que permitió a Miranda ser transferido a la Marina y luego viajar a América siguiendo a Cajigal, que fue nombrado Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba.

Desde esa base naval española Miranda participó en acciones militares en América del Norte contra los ingleses, primero en apoyo al gobernador de la Luisiana Bernardo de Gálvez en la toma de Pensacola. Fue ascendido como consecuencia de sus prestaciones en esa actividad bélica a teniente coronel. Después tomó las islas Bahamas apoyando a los revolucionarios norteamericanos (Pensacola en 1781 y la toma de las Bahamas en 1782). Participó en la negociación de las Capitulaciones, porque conocía muy bien la lengua inglesa, y siguió su camino ascendente en la jerarquía militar. Pero también tuvo sus enemigos porque, además del Tribunal de la Inquisición de Sevilla, que siguió tramitando el expediente de 1778 por la compra de «libros prohibidos», le abrió una nueva causa el Tribunal de Cartagena y una más en 1781, esta vez por supuesto contrabando de mercancías entre Jamaica y La Habana. Miranda calificó este procedimiento de «injurioso y tropélico» en una comunicación que envió al rey Carlos III el 10 de abril de 1785, desde Londres, por vía del ministro Floridablanca. Se refiere al expediente que le habían abierto en el Tribunal de Cartagena por haber llevado a cabo un contrabando de mercancías, entre Jamaica y La Habana, con ocasión de una misión secreta para la observación de las instalaciones inglesas en Jamaica. Sabía muy bien Miranda que la defensa ante un tribunal de la Inquisición era prácticamente imposible, por lo que prefirió esconderse y viajar al poco tiempo hacia las costas de las Carolinas en América del Norte y no permanecer en Cuba ni viajar a España como medida de precaución.

Por tanto, desertó del servicio de la Corona española y pasó un año entre 1783 y 1784 recorriendo las antiguas colonias de América del Norte. Conoció entonces a bastantes personas de la vida política. Parece que se reunió con los líderes más importantes de la Revolución americana, como Washington, Hamilton, Jefferson, Adams, Paine, Knox, Lafayette. Con estos discutió sus propios planes para la liberación de la América hispana. Miranda diría años después que «allí fue que en el año 1784 en la ciudad de New York se formó el proyecto actual de la Independencia y Liberación de todo el Continente Hispanoamericano, con la cooperación de Inglaterra; tanto más interesada, cuanto que la España había dado ya el ejemplo forzándola a reconocer la independencia de sus Colonias en el propio Continente».[11]

La persecución de la Corona española sin embargo continuó y también se hizo presente en América. Abandonó Boston y se embarcó hacia Londres en 1785. Allí tuvo contacto con su amigo John Turnbull, a través del cual conoció a muchas personas, particularmente a intelectuales como Jeremy Bentham y a James Mill, con quienes llegó a tener una fuerte amistad. Trató allí de solucionar sus problemas con España con la mediación del embajador español, pero no lo consiguió.

Se reunió con el coronel William Stephens Smith, secretario de la legación norteamericana en Londres, a quien había conocido en Filadelfia cuando era ayudante de campo de George Washington y que tenía interés por el conocimiento de asuntos militares. Ambos decidieron iniciar un viaje de observación militar hacia Prusia, que permitió a Miranda emprender un largo viaje por Europa que duró cuatro años.

Viajó cambiando de pasaporte y de nombre por diferentes países: se llamó Meran cuando estaba en San Petersburgo, Meyrat cuando llegó a París, y Meroff en otros lugares.

Regresó a Inglaterra en vísperas de la Revolución francesa y se instaló allí. Volvió a tomar contacto con el embajador español intentando resolver su situación judicial, pero las conexiones con el mundo político británico le sirvieron para buscar apoyo a su proyecto independentista americano. Llegó a reunirse con el ministro William Pitt en junio de 1790, a quien entregó planos, planes y documentos de importancia.

No encontró apoyos y viajó a París con las mismas ideas y propósitos. Pero en París ya estaba instalada la Revolución.

La detención de Luis XVI y su familia en 1792 determinó el cierre de las fronteras francesas. Miranda no pudo salir de Francia y regresar a Londres. Algunos amigos le ofrecieron, aquel mismo año, incorporarse al ejército francés, con el rango de mariscal de campo, bajo el mando del general Charles Dumouriez, lo que hizo, trasladándose a la frontera con Bélgica y participando en la toma de Amberes, cuya capitulación negoció. Fue nombrado comandante en jefe del Ejército del Norte. Después de que Luis XVI fuera decapitado en enero de 1793 y tras diversos desastres militares del ejército francés en los Países Bajos, se formularon cargos contra Dumouriez por querer restaurar la monarquía. Fue llevado a juicio y Miranda se vio involucrado en ese proceso injustamente, perseguido por Robespierre y Marat. Fue detenido y sometido a juicio ante el Tribunal Revolucionario de París. Declarado inocente, se ordenó su libertad el 16 de mayo de 1793. Su abogado fue Claude François Chauveau-Lagarde, que también había sido el defensor de Carlota Corday y de María Antonieta.

Miranda permaneció en París ocupándose del tema americano y publicando algunos estudios en su propia defensa. El 22 de diciembre de 1797 firmó allí con otros «representantes de los pueblos y provincias de América», entre los cuales José del Pozo y Sucre y José de Salas, la llamada «Acta de París» en la cual se proclamaba la «independencia» de las provincias americanas. Volvió a Londres disfrazado de mercader con el nombre de Leroux en 1799.

Desde que Miranda huyó de Cuba en 1783 siempre fue un personaje buscado y perseguido por la Corona española. Pero su actividad desde que fijó su residencia en Londres en 1800, publicando libros, pasquines y artículos de todo tipo, hizo que Londres fuera el gran caladero de ideas y planes independentistas. La difusión de traducciones y la publicación de libros alcanzó un momento estelar con la traducción y difusión de la Carta a los españoles americanos de Juan Pablo Viscardo, escrita en 1791. La carta la recibió Miranda de las manos de Rufus King, encargado de negocios de Estados Unidos en Londres, a quien la había entregado el propio Viscardo. La publicó Miranda como libro en 1799 con el título Lettre aux Espagnols-Americains. Par un de leurs compatriots (Filadelfia). En 1801 la publicó traducida al español.[12] La carta también se publicó en The Edinburgh Review (enero de 1809), con un comentario de James Mill sobre la Emantipation of South America. La publicidad de la carta, impulsada por Miranda, tuvo una enorme influencia en el independentismo americano.

Miranda permaneció en Londres hasta 1805. Se casó y estableció su biblioteca, considerada una de las privadas más grandes de Londres, que se convirtió en el centro de reunión de todo lo que tuviera que ver con la independencia de Sudamérica.

En 1805 viajó a Nueva York con el nombre de Martín para organizar una expedición con fines independentistas a las provincias de Venezuela. Intentó desembarcar en las costas de Venezuela en 1806, proclamando sus ideas libertarias y la independencia de esas provincias, pero sin resultado positivo.

Regresó en 1808 a Londres, después de permanecer dos años en el Caribe, con la intención de fortalecer sus proyectos de independencia. En 1810 volvió a Venezuela, cuando ya se había iniciado la revolución de independencia.

Miranda convirtió Londres en el centro de la propaganda a favor de la independencia de América del Sur promoviendo la publicación de libros y revistas, algunos en edición bilingüe.

Alguno de ellos, como el relativo a los documentos concernientes a las Provincias Unidas de Venezuela, publicado en 1812, solo circuló cuando la efímera república, proclamada en 1810, ya no existía y Miranda estaba en prisión.

Una vez iniciado el movimiento revolucionario en Caracas en el mes de julio de 1810, la Junta Suprema de Venezuela nombró una delegación oficial para gestionar el apoyo del Reino Unido al proceso de independencia, formada por Simón Bolívar y Luis López Méndez; el secretario de la delegación sería Andrés Bello, quien, hasta el 19 de abril de 1810, había estado al servicio de la Corona como oficial mayor de la Capitanía General de Venezuela. Algunos de los delegados tenían la instrucción precisa de no entrar en contacto con Miranda, pero eso fue inevitable porque fue el propio Miranda quien les introdujo y presentó a las autoridades británicas y los puso en contacto con la comunidad de intelectuales y políticos, incluyendo a Mill y a Bentham, así como con los españoles e hispanoamericanos residentes en Gran Bretaña.

La delegación oficial de Venezuela de 1810 se movió en este ambiente en Londres. Bolívar solo permaneció en la ciudad unos pocos meses regresando a Venezuela en diciembre del mismo año. Se embarcó de regreso en la corbeta de guerra HRM Sapphire de la Armada Real, al mando del capitán Henry Haynes. También viajó en el Sapphire el Archivo de Miranda.[13]

Miranda contó con algunos importantes colaboradores en sus etapas londinense y caraqueña, especialmente Leleux, Campomanes y Antequera, que le ayudaron a difundir los documentos, panfletos y otra información procedente de Londres. Pero su legendario y apócrifo colaborador fue William Burke. Algunos investigadores han considerado que el personaje podía ser un publicista irlandés, que tenía intensas relaciones con Miranda, pero parece más cierto que fue solo el nombre de un imaginario alter ego, un simple nombre que Francisco de Miranda utilizó para publicar algunos de sus muchos artículos y documentos. William Burke aparecía en las localizaciones en que se encontraba Miranda, desapareció cuando fue encarcelado, y no se supo más de él cuando Miranda murió. Burke publicó cuatro libros entre 1806 y 1808, relacionados con la independencia de Sudamérica, y decenas de artículos en la Gazeta de Caracas entre 1810 y 1812.[14]

En 1807 otro libro firmado por Burke llevaba este extenso título: Additional Reasons for our Immediately Emancipating Spanish America: deduced from the New and Extraordinary Circumstances of the Present Crisis: and containing valuable information respecting the important Events, both at Buenos Aires and Caracas: as well as with respect to the Present Disposition and Views of the Spanish American Independence, by William Burke, Author of that work. Se refería, la primera parte, a los acontecimientos en América del Sur entre 1806 y 1807. La segunda edición incorporó la carta de Juan Pablo Viscardo a los españoles ya mencionada. Las Additional Reasons que justificaban la publicación de este segundo eran la invasión británica de Buenos Aires con un ejército de unos 10.000 hombres, al mando de John Whitelocke en junio de 1807.

La segunda parte del libro se dedica a la expedición organizada por el propio Miranda en 1806, al mando de un grupo de hombres reclutados y contratados en el puerto de Nueva York. Informó al gobierno de Estados Unidos, pero no consta que llegara a prestarle ayuda. Fue un fracaso total.

La Regencia en España había decretado en agosto de 1810 el bloqueo de las costas de Venezuela, y así seguía en enero de 1811 cuando se nombró a Antonio Ignacio de Cortabarría como comisionado real para «pacificar a los venezolanos». Él fue el encargado de organizar la defensa de Venezuela partiendo de la isla de Puerto Rico, con un ejército al mando del capitán Domingo de Monteverde, que desembarcó en Coro en febrero de 1812, en las mismas costas donde seis años antes Francisco de Miranda había desembarcado por un breve tiempo en su fallida expedición invasora de 1806.

El 25 de julio de 1812 hubo un gran terremoto que devastó las provincias y la guerra se tornó más sangrienta y desesperada. Los comisionados de Miranda firmaron la capitulación con Monteverde para poner fin a la guerra, confiados también en el amparo que esperaban de la Constitución garantista que había sido sancionada en Cádiz en marzo de 1812. Pero la capitulación fue ignorada por Monteverde, quien inició una persecución firme contra los republicanos, a los que encarceló. Todos los apresados pasaron a formar parte de una lista de los que se llamaron «monstruos de América», que quedaron en poder de Monteverde. Un mes antes de la Capitulación, el 26 de junio de 1812, Miranda, previendo que sería necesaria una evacuación urgente, había ordenado evitar los embarcos en el Puerto de La Guaira. Sin embargo, fue hecho prisionero durante la misma noche del 30 de julio de 1812 y entregado por sus subalternos a Monteverde. Había dado instrucciones, antes de que llegara esa tarde, a Pedro Antonio Leleux para que embarcara su Archivo a bordo de un barco británico, lo cual hizo precisamente en el HRM Sapphire donde había llegado. Había sido consignado bajo el nombre imaginario de William Burke.

Leleux, secretario y asistente de Miranda, escapó la noche de la detención de La Guaira. El Archivo de Miranda desapareció y fue encontrado un siglo más tarde en Inglaterra. Los baúles del Archivo fueron enviados a Londres desde Curaçao a través de Jamaica, en el HRM Sapphire, bajo el mando del mismo capitán Haynes, en 1814, dirigidos al secretario de Estado de Guerra y de las Colonias lord Henry Bathurst. La llegada del Archivo a Londres coincidió con la llegada de Miranda como prisionero a Cádiz en 1814.[15]

Otros dos venezolanos importantes pasaron por Londres y tuvieron contactos allí con Francisco de Miranda. Uno de ellos por poco tiempo, Simón Bolívar. El segundo, de perfil personal e intelectual bien distinto, Andrés Bello, tuvo una larga estancia en la capital inglesa durante los dos primeros decenios del siglo XIX.

Dos ejemplares del Times enviados por funcionarios de Cumaná al capitán general Casas sirvieron para difundir la noticia de la invasión de España y Portugal por las tropas de Napoleón en 1808. Casas pidió a Andrés Bello, que desempeñaba funciones administrativas en la Capitanía General, que tradujera la información del periódico inglés. Y traductor y lectores quedaron asombrados y desconcertados por la información. A Casas lo primero que se le ocurrió es que convenía fundar en Caracas un periódico que pudiera seguir la evolución y difusión de los acontecimientos y solicitó al gobierno de Trinidad, en agosto de 1808, el envío de una imprenta. El equipo llegó a Venezuela en septiembre junto con dos impresores británicos Matthew Gallagher y James Lamb. Se llamaría la Gazeta de Caracas y se publicó por primera vez el 24 de octubre de 1808. Bello estuvo al frente de la publicación hasta que viajó a Inglaterra en junio de 1810.

Antes de que la Gazeta empezara a publicarse, llegó a Caracas, el 15 de julio de 1808, un emisario francés, el teniente Paul de Lamanon para comunicar oficialmente la asunción francesa del trono de España. Bello hizo de intérprete y, según narró después Casas, «se derritió en lágrimas como un niño».

Cuando Lamanon abandonó Venezuela, llegó al puerto de La Guaira una fragata británica en la que había navegado un emisario, el capitán Philip Beaver, que portaba sus propias informaciones y versión de los hechos. Explicaban que el pueblo español se había levantado espontánea y masivamente contra los franceses y su rey intruso, José Bonaparte.

Beaver salió de Caracas el 19 de julio con la impresión de que sus noticias habían tenido un débil efecto en la Capitanía General. En una detallada carta dirigida al almirante Alexander Cochrane, comandante de la flota británica en el Caribe, Beaver señaló que Casas «me recibió muy fríamente o, por mejor decir, con descortesía». Beaver consignó en su informe que las pretensiones de los franceses respecto de España y sus colonias eran inaceptables; agregó que los criollos parecían apoyar sinceramente a Fernando VII y que habían recibido con júbilo las noticias de una alianza con Gran Bretaña.

Casas permitió una discusión sobre la propuesta de creación de una Junta similar a las establecidas en España, pero más tarde reaccionó contra los cabecillas de la propuesta. Se mantuvo no obstante en el poder a costa de poner más énfasis en su apoyo a la causa del rey Fernando, y también gracias a la confirmación de los funcionarios en sus cargos que acordó la Junta Central de Sevilla y comunicaron los emisarios que llegaron a Caracas el 5 de agosto.

Bello, mientras tanto, siguió una línea editorial en la Gazeta de Caracas, desde su primer número, basada en el rechazo del «yugo de Napoleón». Pero la crisis de la metrópoli llegó a un punto crítico en 1810, después de que su gobierno en Sevilla no resistió el ataque francés y fue reemplazado por un Consejo de Regencia, compuesto por cinco miembros, que dependía del apoyo de los comerciantes gaditanos y los ingleses provenientes de ultramar. El 4 de febrero de 1810 el Consejo hizo la sorprendente concesión a los hispanoamericanos, con vistas a conseguir su apoyo, en la que se los declaraba hombres libres: «Desde este momento, Españoles Americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres… Tened presente que al pronunciar o al escribir el nombre del que ha de venir a representaros en el Congreso nacional, vuestros destinos ya no dependen ni de los Ministros, ni de los Virreyes, ni de los Gobernadores: están en vuestras manos».

Las tensiones de los criollos con el gobierno de la colonia aumentaron con la llegada del nuevo capitán general Vicente de Emparan y Orbe, en mayo de 1809. Emparan actuó sin consultar al Cabildo y la Audiencia en materia de nombramientos y adoptó medidas represivas contra los más levantiscos. Los criollos desconfiaban de Emparan puesto que este debía su propio nombramiento a las autoridades francesas en Madrid.

El descontento de los criollos se manifestó en un temprano intento de rebelión liderado por el marqués Francisco Rodríguez de Toro, entonces coronel de milicias, el 2 de abril de 1810, en el Cuartel de la Misericordia. Emparan pudo frenar este intento. A mediados de abril de 1810 las noticias de colapso de la Junta Central y la proclama del Consejo de Regencia se conocían en Caracas y la reacción criolla fue convocar un cabildo extraordinario para la mañana del 19 de abril. El capitán general Emparan se vio obligado a asistir. Allí escuchó argumentos sobre la necesidad de formar una Junta que protegiera los legítimos derechos de Fernando VII, pero los criollos tenían otros planes y maniobraban para derrocar a Emparan. Lo consiguieron porque el capitán general, sobrepasado por las circunstancias y enfrentado a una asamblea hostil, renunció y entregó el mando al Cabildo. Este cuerpo nombró entonces una «Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII», y le dio el mandato de gobernar en nombre del rey cautivo.

Este fue el primer paso en el autogobierno de los criollos venezolanos. La Junta actuó con rapidez y con firmeza. Abrió los puertos al comercio libre con naciones aliadas y neutrales, eliminó los aranceles de exportación, redujo la alcabala, suprimió el tributo indígena y la trata de esclavos.[16] Pero la organización política era otra cosa. Algunos miembros favorecían la autonomía dentro del imperio mientras que otros propugnaban una ruptura completa con España. La tensión se resolvió a favor de la independencia total en julio de 1811.

 

Bolívar y Bello en Londres

 

Bello mantuvo su puesto en la administración de Emparan y, con los mismos títulos, bajo la Junta Suprema. En esta última se le designó para colaborar con Juan Germán Roscio en la recientemente creada sección de Relaciones Exteriores de la Secretaría de Estado. En esta posición preparó la respuesta oficial de la Junta a la proclama de la Regencia. La continuación de Bello en el gobierno demuestra que el movimiento de 19 de abril no era una revolución en contra del sistema colonial sino más bien una alineación de fuerzas para neutralizar la inestabilidad del gobierno de España. Bello, como criollo destacado e inteligente, además de estar familiarizado con los asuntos de la administración, era amigo personal de varios miembros de la Junta y pasó sin dificultad de un gobierno a otro. Poco después se le pidió que fuera a Inglaterra en misión diplomática junto a Simón Bolívar y Luis López Méndez. Salió para Inglaterra con veintiocho años, con una importante formación clásica y una formación humanística consolidada.

Los tres miembros de la delegación tenían planes para volver pronto a Caracas. La posibilidad de independencia o al menos de autonomía tenía apoyo en Londres en los círculos comerciales. Y, desde luego, la apoyaba Francisco de Miranda, que tenía su propia red de partidarios políticos. La respuesta del Consejo de Regencia a la proclama de Venezuela llegó a Londres el 3 de septiembre: Venezuela era considerada en estado de insurrección y se la declaraba sujeta a bloqueo naval. Los delegados decidieron que Bolívar volviera a Caracas de inmediato y se quedarían allí López Méndez y Bello para mantener informado al gobierno de Venezuela y comunicar las decisiones de este al gobierno británico. Miranda decidió por su parte dirigirse a Venezuela una vez que Bolívar dejó Londres; lo que hizo el 10 de octubre llegando a Caracas a mediados de diciembre de 1810.

El regreso de Miranda a Venezuela era difícil, puesto que existían sospechas a propósito de sus intenciones durante la fracasada invasión a Coro en 1806. En el mejor de los casos, los criollos consideraban a Miranda como un idealista pero era más frecuente que lo vieran como un sujeto ambicioso y oportunista. A raíz del contacto con Miranda en Londres, Bello tomó partido a favor del «Precursor» y apoyó su decisión de volver a Venezuela. Miranda se lanzó de lleno a la política como miembro de la revolucionaria Sociedad Patriótica y como agitador por la independencia total, que se declaró el 5 de julio de 1811.[17] Miranda asumió el mando del nuevo ejército nacional e intentó sofocar los levantamientos de las provincias que se oponían al predominio de Caracas. Tanto por la falta de experiencia de sus tropas como por el estilo de liderazgo, sufrió reveses militares que lo llevaron a capitular, como ya se ha indicado, el 25 de julio de 1812, con las fuerzas realistas comandadas por Domingo Monteverde. Ese acto fue cuestionado por sus propios subordinados, que no pensaban que la situación fuera tan desesperada, y un grupo de oficiales, con Bolívar incluido, detuvo a Miranda antes de que pudiera salir de Venezuela y lo entregó a Monteverde.

En Londres, tanto López Méndez como Bello carecían completamente de información respecto a estos acontecimientos. Se habían instalado en la espaciosa y excelente casa de tres pisos de Miranda en la calle Grafton, número 27 (en la actualidad Grafton Way, número 58, cerca de Tottenham Court), en donde Bello disfrutó de la importantísima biblioteca de Miranda.[18] Se convirtió en un gran centro de reunión de los patriotas. Allí conoció Bello a José de San Martín, cuando estuvo de paso en Londres a finales de 1811. También fue la sede de la logia llamada «Caballeros Racionales», constituida por varios hispanoamericanos, incluido Bello.[19]

Después de la salida de Bolívar y Miranda para Venezuela, las comunicaciones con el gobierno y con la Junta de Caracas se hicieron mucho más complejas. En un informe dirigido a Caracas el 2 de octubre de 1810, los delegados londinenses hicieron mención a problemas económicos. No tenían información procedente de Caracas y tampoco conexión clara con las autoridades inglesas, lo que les hizo pasar inmediatamente una época de muy graves apuros económicos. Bello se trasladó a una pequeña vivienda en Poland, número 9, muy cerca de Oxford Street.

Su amigo más cercano en esta época era José María Blanco White, que tenía muy buenos vínculos con Holland House, donde radicaba el círculo liberal más influyente en la época. Bajo su protección se publicaba el periódico El Español, cuya línea editorial era fuertemente crítica con la política de las Cortes españolas y simpática con las pretensiones de las colonias iberoamericanas. Blanco hizo todo lo que pudo por apoyar a Bello y así se nota en su correspondencia. Las veintiocho cartas que se cruzaron entre 1814 y 1828 revelan una amistad muy cercana, suficiente como para que el introvertido Bello compartiera sus sentimientos más íntimos a raíz de la muerte de su esposa y el tercer hijo en 1821. Blanco tenía una alta estima por Bello.[20]

También gracias a las cartas de Blanco sabemos de los intentos de obtener, utilizando al comerciante hispano-irlandés Juan Murphy, del gobierno británico ayuda tanto para él como para fray Servando Teresa de Mier, a cuya peripecia vital ya me he referido. Blanco solicitó ayuda también a sus amigos de Holland House, y así también se lee en las cartas dirigidas a lady Holland.

Mientras buscaba empleo para sobrevivir en Londres, Bello impartía clases de idiomas. Su compañero y amigo Blanco White le consiguió algunas tutorías para los hijos de miembros del gobierno británico como William Richard Hamilton.[21] También obtuvo ayuda del filósofo escocés James Mill para transcribir los manuscritos de Jeremy Bentham.

Los hispanoamericanos de Londres organizaban actividades para difundir noticias sobre sus patrias. Bello tenía experiencia en este asunto y Blanco White también, lo que los llevó a colaborar en diversas publicaciones. Una de las herramientas o instrumentos de difusión fue El Censor Americano, una revista publicada por Antonio José de Irisarri en Londres, a partir de 1820, que defendía el modelo de la monarquía constitucional. Bello no firmó ningún artículo de El Censor pero su participación está documentada por el propio Irisarri, quien lo contrató para colaborar con el periódico. Las aportaciones de Bello son fáciles de identificar, por ejemplo, cuando se refiere a la topografía de la provincia de Cumaná, que conocía muy bien, o diversos artículos sobre el desarrollo de la inoculación de la viruela.[22]

A partir del contacto con Blanco White, Bello desarrolló un interés grande por la monarquía constitucional como un modelo aplicable a la Hispanoamérica independiente.

Desde 1817 Bolívar había establecido una precaria base militar en territorio venezolano y empezó a actuar como jefe de un gobierno soberano, pronunció su «Discurso de Angostura» de 1819 y obtuvo las victorias militares de Boyacá en 1819 y de Carabobo en 1821, que liberaron definitivamente el virreinato de Nueva Granada. También había vencido la causa de la independencia en Chile y Argentina, y José de San Martín se encontraba en plena campaña contra el virreinato del Perú. En España se produjo el pronunciamiento de Riego en 1820 y Fernando VII entró en la senda constitucional de 1812. En ese momento, mediante una carta fechada el 25 de abril de 1820, Bello le pregunta a White si Europa vería complacida la instalación de monarquías en Hispanoamérica. Bello contesta que «un príncipe de cualquiera de las familias reinantes, sin excluir la de Borbón, se recibiría favorablemente… en las actuales circunstancias. A mí me parece que ninguna concilia mejor el interés de los americanos».

 

 

ESCRITORES Y POLÍTICOS INGLESES Y ESPAÑOLES EN LONDRES: HOLLAND, JOVELLANOS, BLANCO WHITE. CONEXIONES AMERICANAS

 

La influencia del pensamiento político inglés en el siglo XVIII

 

Los diplomáticos, independentistas y escritores americanos que visitaron Londres, o residieron en la capital inglesa en el periodo histórico que examinamos, se encontraron allí con exiliados, políticos y escritores españoles, interesados en escapar de las tropas de Napoleón o, más tarde, de la represión del rey Fernando VII. Los primeros aspiraban a la separación de España, los segundos a confirmar la revolución liberal cuyas propuestas asumió la Constitución, aprobada en Cádiz en marzo de 1808 y, en cuanto al conflicto americano, a buscar formas de convivencia política que evitaran las independencias.

Los políticos y pensadores españoles del siglo XVIII eran buenos conocedores del pensamiento político inglés. Consideraban, en general, que la Constitución británica fundamentaba un sistema en el que correspondía al rey la titularidad de la dirección política aunque con el control de las dos cámaras del Parlamento.

La generalización de tal interpretación se debió a la influencia que tuvo en el ochocientos John Locke, a quien hay que atribuir la «doctrina de la monarquía mixta y equilibrada» que desarrollarían Bolingbroke, Montesquieu, Blackstone y De Lolme. Fue Locke quien sostuvo que la monarquía articulada tras la «Gloriosa revolución» fue una «monarquía moderada» en la que se combinaban las tres formas puras de gobierno, monarquía, aristocracia y democracia encarnadas por el rey, los lores y los comunes. En España esas ideas de Locke influyen de modo claro en publicistas tan destacados como Campomanes, Jovellanos, Cabarrús y Martínez de la Rosa.

En la segunda mitad del siglo XVIII fue Montesquieu con su influyente El espíritu de las Leyes, de 1748, el que más resonancia tuvo en España. El espíritu de las Leyes interpreta la Constitución británica conforme al criterio lockeano de la monarquía mixta y equilibrada, como había hecho también Bolingbroke, aunque Montesquieu subrayaba especialmente la división de poderes.

En el último tercio del siglo esta doctrina alcanza su completo dominio del pensamiento político a partir de la publicación de los Comentarios al Derecho de Inglaterra publicados en 1765 a 1769 p

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