La revolución de la crianza

Fragmento

PRÓLOGO

Las mujeres hemos incorporado —desde hace dos generaciones— formatos de vida masculinos, incluyendo altas dosis de estrés, autoexigencia y ambiciones colosales en una carrera imperceptible con el fin de formar parte de un mundo que nos fue vedado en el pasado. Estas nuevas oportunidades nos excitan y nos fortalecen; de hecho, en todas las regiones del planeta lo estamos demostrando con una formidable inteligencia.

Sin embargo hay una instancia femenina que no tiene cabida en el despliegue de habilidades mundanas: la función materna. El amor, la dedicación, la disponibilidad afectiva, el resguardo, el amparo, el territorio emocional, el silencio y la conmoción interior que nos generan ingresar en el mundo sutil de los niños pequeños desordenan aquella vida reglada que habíamos organizado antes de los nacimientos de nuestras criaturas.

Las mujeres hemos abandonado los territorios delicados de las relaciones tiernas, al punto de perder nuestras brújulas internas. Entonces la presencia de nuestros hijos nos hiere las entrañas, el devenir cotidiano es arduo y para colmo estamos desorientadas. ¿Mujeres autónomas y exitosas perdidas por una pequeña criatura? Sí, porque la lógica del vínculo con el niño no concuerda con la lógica de las relaciones sociales. Nada funciona como esperábamos. El llanto inagotable del bebé materializa nuestras supuestas ineptitudes, al punto de creer enloquecer.

Por eso, en estos tiempos de conectividad y alta velocidad que poco tienen que ver con el universo fusional al que hemos sido succionadas, precisamos que ciertas mujeres se conviertan en nuestras maestras y guías. Aquí es donde la labor de mujeres valientes como Vanina Schoijett encuentra su razón de ser. Quienes nos convertimos en madres precisamos palabras coherentes, ánimo para bucear en nuestro propio ser, apoyo para dar crédito a todo lo que nuestro hijo manifiesta, compañía para atravesar las tormentas emocionales, sostén para ordenar nuestros sentimientos y tribu para compartir aquello que no podemos describir con palabras.

Estas páginas describen el trabajo cotidiano de puericultoras y doulas, quienes están ejerciendo un oficio que —no tengo dudas— será uno de los más importantes en el futuro cercano. A medida que las mujeres nos distanciamos de las habilidades femeninas, más indispensable será el apoyo de mujeres sabias, maduras, atentas y dispuestas a derramar cariño y compasión sobre las madres y nuestras criaturas.

Este libro tiene la virtud de ser simple y honesto, regalando a cada madre agotada un salvavidas emocional, un oasis de paciencia y empatía. Funciona como un ayudamemoria cuando nuestra intuición entra en contradicción con las voces externas o cuando la niña herida que hemos sido busca un confort pasajero en detrimento del bienestar de nuestro hijo pequeño. También es un libro prudente. Las madres, al leerlo, sentiremos que nos habilita a resolver las dificultades cotidianas usando nuestro sentido común y la alineación con nuestro ser esencial. Que, en definitiva, es todo lo que —nuestros cachorros y nosotros— necesitamos.

LAURA GUTMAN

SOBRE MÍ

Cuando tenía doce o trece años decidí que cuando fuera mayor quería estudiar publicidad. Sostuve esa idea durante toda la secundaria y, al terminarla, inicié la licenciatura en esa profesión, que desempeñé durante trece años de mi vida... hasta que fui mamá. Es una carrera muy demandante y con horarios alocados, bastante poco compatible con la maternidad. Cierto es que, incluso antes de ser madre, estaba algo cansada y aburrida, pero no podía dilucidar a qué otra cosa podría dedicarme. Eso era lo que había estudiado y de lo que había trabajado toda mi vida... hasta que fui mamá.

Con la maternidad llegó también la toma de decisiones importantes, como la de renunciar a mi trabajo y dedicar mi tiempo completo a la crianza de mi hija durante sus primeros años. Y junto con esta etapa de cambios, llegó también la idea de iniciar una nueva carrera, la de puericultora, una especialización en lactancia y crianza. Nunca imaginé que a partir de la maternidad nacería mi verdadera vocación, pero así fue.

Mi experiencia personal como madre, mis lecturas, los debates eternos con mis amigas madres, que me ayudaron a repensar muchas ideas y a expandir la cabeza, y mis ahora estudios formales en el tema fueron despertando la necesidad de volcar todo eso en alguna parte, mientras esperaba recibirme para comenzar a ejercer como puericultora.

Mi marido tuvo la idea de crear una página en Facebook, una comunidad en la que yo pudiera transmitir ciertas ideas sobre maternidad, crianza y lactancia de una forma especial, con un estilo personal y diferente al que habitualmente encontramos en las páginas sobre estas temáticas. Y así, con la intención de hacer algo disruptivo, con humor ácido pero a la vez mucha seriedad a la hora de comunicar, fue que nació Duérmete Hannibal. Era noviembre de 2012.

¿Y por qué “Duérmete Hannibal”? El nombre es una parodia del libro Duérmete, niño del doctor Eduard Estivill, a través de la que buscamos dramatizar el estrés, el desapego, la inseguridad y las potenciales consecuencias emocionales —ya comprobadas por la neurociencia— que puede provocar en nuestros hijos la aplicación de este “método” para “enseñarles” a dormir a fuerza de llanto. Esas consecuencias, llevadas al extremo con sarcasmo, están representadas por Hannibal Lecter, el asesino serial del film El silencio de los inocentes, un perfil con severas carencias afectivas en su crianza. Hannibal es el resultado completamente opuesto a una crianza responsable y consciente, que es la que queremos transmitir en este libro. Porque, además de involucrarnos con el sueño infantil, trasladamos ese mismo criterio al resto de los aspectos que implican ser madre y padre de un niño desde una mirada empática y respetuosa de sus tiempos y necesidades.

Casi sin darnos cuenta, la página se disparó. Los posts empezaron a compartirse una y otra vez, empezaron a llegar consultas de muchas partes del mundo, y cada artículo sembraba una enorme cantidad de comentarios y debates (muchas veces enardecidos). Fue y sigue siendo una enorme gratificación ver y sentir la adhesión de tantas personas del otro lado de la pantalla de mi computadora. Nunca pensé que Duérmete Hannibal se volvería tan popular y una página referente para tantas personas. ¡Estoy profundamente conmovida y agradecida por eso!

La llegada de mi segundo hijo ralentizó, lógicamente, el movimiento de la página y mi trabajo como puericultora en la vida real, pero de a poco voy logrando compatibilizar mis ganas de avanzar en esta profesión que elegí y que amo con las de ser madre a tiempo completo.

Y dentro de mis proyectos, tenía la idea de compilar todo el material que fuimos generando en estos cinco años y compactarlo en formato de libro para quienes quisieran tener a Hannibal siempre a mano.

¡Muchas gracias por acompañarme!

VANINA SCHOIJETT

vanina@duermetehannibal.com

www.facebook.com/duermetehannibal

www.duermetehannibal.com

SOBRE ESTE LIBRO

Nadie nace sabiendo ser madre o padre, es cierto. Pero también es cierto que llegamos a la ma/paternidad con una enorme cantidad de ideas incorporadas sobre cómo es criar a un hijo, qué se debe hacer y qué no. Ideas que heredamos de nuestro entorno, nuestra familia, amigos que fueron padres antes que nosotros, los medios, etc. Y hoy creo que la mayoría de esas ideas masivamente extendidas tienen un eje común, que es la concepción adultocéntrica de la crianza. Son los adultos los que manejan el mundo y los niños deben (sobre)adaptarse a eso, como puedan.

Es difícil a veces despegar de todo eso y hacer un camino verdaderamente propio, con elecciones tomadas a conciencia y no simplemente repitiendo lo que hacen o hicieron otros.

Hoy tenemos acceso a un gran volumen de información sobre crianza, con teorías, postulados y filosofías que se encuentran y se pelean entre sí. Posturas que defienden ideas opuestas con la misma intensidad y visceralidad. ¿Pero quién tiene la razón?

Quizás esa respuesta tampoco importe demasiado. Siempre digo y estoy convencida de que, más allá de las teorías, todos tratamos de hacer las cosas lo mejor que podemos, con la información de la que disponemos. El problema está en que a veces esa información con la que contamos está basada en prejuicios, tergiversada, desactualizada.

En mi caso, empecé a leer en profundidad sobre estos temas cuando mi hija, que dormía como un ángel desde que había nacido, alrededor del cuarto mes empezó a despertarse incontables veces por noche. Yo no entendía qué pasaba y necesitaba saber dónde estaba “el problema”, qué estábamos haciendo mal y qué podíamos hacer para solucionarlo. Desde luego que dentro del recorrido llegué a la teoría del doctor Ferber, que más tarde el doctor Estivill copió y difundió en España y otros países de habla hispana con su libro Duérmete, niño. Tenía a mi alrededor gente que había aplicado el “método” de enseñar a dormir a los bebés, pero a mí me parecía descomunalmente cruel eso de andar contando minutos de llanto detrás de la puerta y, desde luego, me sentía incapaz de hacerlo. No podía creer que esa fuera la solución.

Y así fue como llegué a otros autores con explicaciones sensatas, respaldadas por la evidencia y por un sentido común que resonó en mí y me ayudó a entender por qué pasaba lo que pasaba. A partir del tema del sueño comencé a adentrarme en otras cuestiones de crianza y me apasioné por lo que significa el hecho de criar desde la empatía, el respeto y la mirada niñocéntrica. Siento que no podría criar a mis hijos de otra manera. Simplemente no me saldría. Y tengo la fortuna de que a mi compañero de ruta le pase lo mismo, porque sé lo difícil que sería sostener esta o cualquier otra forma de crianza si ambos padres no estuvieran de acuerdo.

Este libro recopila casi todos los artículos que escribí desde que lanzamos la página Duérmete Hannibal en Facebook. Todos fueron revisados y, en algunos casos, reescritos o completados cuando lo consideré necesario. Otros fueron descartados, y también incorporé algunos nuevos que no fueron ni serán publicados en la página, como un plus especial para quienes decidieron comprar este libro.

Me parece oportuno aclarar que algunos conceptos se ven repetidos en los artículos (cuestión ahora visible al estar estos agrupados por tema), ya que a lo largo de estos años fui mencionándolos en diferentes oportunidades y desde distintos ángulos.

Clasifiqué los posts en grandes ejes temáticos, pero el orden es aleatorio. Es decir, dentro de cada sección encontrarán artículos variados, sin correlación de unos con otros; solo están agrupados por categorías para darle cierto marco al libro y facilitar la posterior búsqueda de algún artículo puntual.

Quiero agradecer especialmente a mi amiga Camila Quaglio, quien tan generosamente revisó estas páginas con dedicación y meticulosidad, y me ayudó a mejorarlas a partir de su pasión por las palabras.

Espero de corazón que este material acompañe a muchas familias, ayudando a aclarar algunas ideas, a desterrar mitos, a brindar alivio y a empoderar a madres y padres que muchas veces se sienten tironeados entre lo que sienten que quieren hacer y lo que el resto del mundo les dice que deben hacer.

CRIANZA

• • •

“No vale la pena estudiar la teoría del apego. 

Es evidente que todo niño humano

nace de un vientre materno 

y anhelará permanecer en un territorio similar. 

Esto es intrínseco a todas las especies de mamíferos. 

El verdadero problema es que las madres humanas

—quienes hemos sido criadas en el vacío afectivo—

hemos anestesiado en el pasado nuestras

necesidades afectivas para no sufrir, distorsionando

ahora nuestro instinto espontáneo de apego

hacia la criatura recién nacida. 

Ese es —desde mi punto de vista— 

el verdadero desastre de nuestra civilización.”

LAURA GUTMAN

1
BEBÉ IDEAL VS. BEBÉ REAL.
NUEVE MESES DE FANTASÍA
Y UNA VIDA DE REALIDAD

Y un buen día nos embarazamos. ¡Ah, qué dicha! Pasamos nueve largos meses acariciándonos la barriga, comprando ropita, recibiendo regalos y visitando al médico más que nunca en nuestra vida. Pero estamos felices. ¡Esperamos un bebé! Y junto con la barriga, nos crecen la imaginación y la fantasía. La mente se va a pasear mientras pensamos cómo será su carita, qué nombre le pondremos, a quién se parecerá, qué cosas le gustarán y cómo pronto nos convertiremos en esa familia feliz digna de foto de revista. Soñamos con alimentar a nuestro bebé en una habitación hermosamente decorada, con luces tenues y un cómodo sillón para amamantar, mientras miramos por la ventana y derramamos una lágrima de emoción al ver su plácido rostro succionar de nuestro pecho, de nuevo, como nos muestran muchas revistas de maternidad.

Pero luego, nace el bebé. Y después de la clínica, volvemos a casa. Y ahí comienza la vida real. Sabíamos que los bebés lloraban, pero no pensábamos que tanto y tan fuerte. No creíamos que este bebé iba a querer estar en brazos TODO EL DÍA, ¡si para eso compramos la cunita! ¡Y la última mecedora con vibrador y sonidos de la naturaleza! ¿Y cómo era aquello de que comían cada tres horas? Nuestro bebé pide pecho cada hora, u hora y media, ¡o menos!… ¿será que no se llena? Y nos duelen e incluso sangran los pezones, pero alguien nos ha dicho que es normal, que dar de mamar duele… Y hacemos de todo para que por fin duerma un rato, pero él se resiste. Y llora. Y cuando deja de llorar y se duerme (ah, esos gloriosos veinte minutos), lloramos nosotras. ¿Pero qué ha pasado? No era así como nos lo habían contado.

Pues no. Y en tanto no logremos entender y desmitificar las necesidades reales de los recién nacidos, y no dejemos de pensar que están embracilados, mañeros y malacostumbrados, no podremos conectar con eso que nos están pidiendo y seguiremos luchando para que no nos necesiten tanto, para que sean “como deben ser los bebés”, y seguiremos proyectando “bebés ideales” que nada tienen que ver con los que tenemos en casa.

Muchas mujeres atraviesan el embarazo y el parto en un estado tan infantilizado, tan “medicodependiente”, con tantos temores y acatando indicaciones, que entran en el universo de la maternidad arrastrando una gran bolsa de carencias, miedos, desconfianza en ellas mismas y una fuerte necesidad de ser maternadas más que de maternar. ¿Cómo podemos sostener entonces a un bebé, si lo que necesitamos es que nos sostengan a nosotras primero? ¿Cómo no vamos a angustiarnos, frustrarnos y desesperarnos si la concepción que tenemos de cómo debería ser nuestro bebé soñado no coincide para nada con cómo es nuestro bebé real?

Nosotros pensamos que existen tres cuestiones primarias que son de absoluta necesidad para afrontar con madurez y empoderamiento un embarazo, un parto y luego la crianza de un bebé.

La primera, el autoconocimiento. Revisarnos y aprender más sobre nosotras mismas. Saber de qué se trata el puerperio para comprendernos y transitarlo de la mejor manera posible. El trabajo de indagación personal que nos regala la llegada de un bebé es algo que nunca deberíamos desaprovechar. Conocer nuestros puntos oscuros. Ir hacia atrás en nuestra historia personal, entender nuestra infancia, lo que nos faltó, lo que entendemos que podría haber sido de otra forma y no fue, para poder digerirlo y empezar a recorrer el camino del perdón hacia nuestros padres y de la sanación del niño herido que todos llevamos dentro. Esto nos ayuda a no repetir esas falencias cuando ahora nos toca a nosotras brindarnos por entero a nuestro bebé, que nada tiene de mañoso ni de manipulador, sino que solo pide de manera desesperada nuestra presencia, nuestro calor, nuestro alimento, nuestro cuerpo, es decir, lo que necesita cualquier bebé humano.

En segundo lugar, el sostén del entorno, encabezado por nuestra pareja y, si no la tenemos, nuestra familia y nuestros amigos más cercanos. Y si tampoco tenemos, o los que tenemos no logran cumplir esa función de sostén real, de no juzgamiento, de escucha y de compañía que necesitamos, pues hay que salir a buscar todo eso afuera. Existen grandiosos grupos de apoyo para la crianza y la lactancia, que han ocupado y siguen ocupando un lugar irreemplazable en la vida de muchas mujeres incluso muchos años después de la llegada de sus bebés.

Y en tercer lugar, la información. La verdadera, la necesaria. La que destierra mitos. La que explica por qué los bebés son como son. La que nos habilita a reconectarnos con nuestro instinto, con eso que ya sabemos, en realidad, pero que está adormecido y hasta bloqueado por todas las creencias y prácticas conductistas de la puericultura actual. La que no nos pone en la vereda de enfrente de los bebés, sino que nos ayuda a entender mejor y a amar y criar sin prejuicios a nuestros hijos.

2
EXTEROGESTACIÓN:
LOS SEGUNDOS NUEVE MESES

Uno de los tantos temores de muchos padres primerizos es que su bebé se acostumbre demasiado a estar en brazos y después no lograr que acepte permanecer en el cochecito o en la cuna sin protestar, sin reclamar contacto. O que tome demasiado pecho y luego no quiera dejarlo. O que se duerma acompañado, acunado, arrullado, y ya luego nunca pueda dormirse solo. “Malcriarlos”, como se suele decir.

Todos los artilugios que la industria de los bebés nos vende para reemplazar pezones por chupetes y brazos por sillitas, junto a los tantos “profesionales” que nos dicen lo bueno que es que aprendan a dormirse sin ayuda desde el principio, que hay que poner límite al contacto físico evitando tenerlos todo el día en brazos, o que hay que dar el pecho con horarios y tantos minutos según nos marque el reloj, nos siembran ese temor a estar haciendo las cosas mal. Porque ¿qué estamos haciendo mal? ¿Qué le pasa a nuestro bebé, que no acepta de buena gana el cochecito y escupe el chupete, mientras pretende estar pegado al pecho día y noche?

No es difícil dar respuesta a este interrogante. Solo basta con conocer el concepto de “gestación extrauterina” o “exterogestación”. Tal como sucede con otras especies, los seres humanos nacemos inmaduros (incluso habiendo cumplido las cuarenta semanas de gestación), y necesitamos que durante los primeros nueve a doce meses de existencia fuera del útero materno nuestra vida se mantenga bastante similar a cuando estábamos dentro de este. Eso significa: alimento permanente y a demanda del bebé, y contacto físico permanente, lo más parecido posible al que recibía mediante los límites naturales que ponía el útero al rodear su cuerpo completamente. Hay una necesidad biológica de permanecer en ese continuum y de permitir que esa relación simbiótica que se genera entre mamá y bebé fluya para resguardar el adecuado desarrollo físico, emocional y psicológico de la cría humana.

No es casual que el final de este período de gestación extrauterina coincida con el inicio del desplazamiento autónomo, generalmente a través del reptado o el gateo.

Pero hasta ese momento, los bebés necesitan (NECESITAN) alimento, contacto y comunicación constantes. Necesitan tiempo y disponibilidad física y emocional. No saben nada de mamar quince minutos de cada pecho cada tres horas, ni saben lo lindas que son las sabanitas de la cuna que mamá compró con tanto amor, ni del cochecito último modelo con ruedas todoterreno. Los bebés necesitan cuerpo y pecho maternos para sentirse seguros, satisfechos y amados. No necesitan ser adiestrados tempranamente para dormir como a los adultos nos quedaría cómodo que lo hicieran, ni necesitan ser vistos como el enemigo ni como los pequeños tiranos que han venido a desentonar con nuestra tan ordenada y perfecta vida.

Lejos está la ma/paternidad de ser un poema color de rosa y rebosante de felicidad plena las veinticuatro horas del día, como paradójicamente suelen mostrarnos las publicidades de todos los productos que nos ofrece la industria para ayudarnos a criar bebés sanos y felices. No.

La ma/paternidad es una experiencia arrolladora y transformadora para cualquiera y sus efectos se ven aún más potenciados cuando logramos entregarnos sin miramientos a ese flujo de sensaciones sin tiempo, sin marco, pero imposiblemente intenso. Nos activa esa parte primitiva del cerebro, esa que tenemos en común con el resto de los mamíferos, con la que pensamos menos y sentimos más, esa que nos hace responder instintivamente al llamado de nuestro hijo, sin cuestionarnos a cada paso si estamos haciendo bien o mal.

Nos empuja a conectarnos con nuestro propio niño interior y nos refresca muchas vivencias archivadas en algún lugar de nuestra mente, que nos ayudan a empatizar con el bebé que ahora tenemos en brazos, que nos pide, que nos necesita. Nos ayuda a dejar de mirarnos un poco el ombligo y de encuadrar la vida desde la perspectiva adulta, para comprender que genuinamente estamos frente a un ser con otras necesidades, propias, reales y urgentes.

Ellos no vienen a manipularnos ni tienen un plan maquiavélico para doblegarnos, sino que vienen a recibir todo el amor que tenemos para dar. Sin manuales, ni horarios ni métodos. Porque esa es la naturaleza del diseño humano: estamos creados para recibir cuidados y amor. Solo recibiendo incondicionalmente podremos luego aprender a dar.

3
SOLO CON MAMÁ

En ocasiones vemos que el bebé de alguna amiga o conocida se muestra naturalmente sociable, que le gusta estar en brazos de otras personas que no sean mamá y papá, que disfruta de que cualquier desconocido le haga una morisqueta para iniciar rápidamente un intercambio con esa persona. Y allí nos damos cuenta de que nuestro bebé no es así, de que no le gusta estar a upa de personas que no conoce, que se inquieta cuando un desconocido o alguien que no ve frecuentemente se le acerca demasiado.

Muchas veces, las madres de estos bebés más “selectivos” o tímidos son miradas por los demás con aires de duda, y no falta quien explique la situación expresando que “lo que sucede es que lo crían muy apegado, y al niño le cuesta estar con otras personas”.

Pues no. En primer lugar, no podemos dejar de lado que cada persona, y por lo tanto también cada bebé y cada niño pequeño, tiene sus particularidades, su temperamento, que viene de fábrica. Y si nuestro bebé es de esos a los que les incomoda más la vinculación con los extraños, debemos respetarlo y no forzar de ninguna manera una interacción que no desea. Suele suceder que del otro lado nos encontramos con adultos algo avasallantes que no reparan en que el niño puede sentirse intimidado, y avanzan sin más esperando que el pequeño esté feliz en sus brazos, o que le dé un beso y un abrazo cuando se trata de niños algo mayores. Entendamos que, para un bebé, estar a upa significa un acto de entrega total, es depositar toda su confianza, toda su integridad física en manos de otra persona.

En segundo lugar, no debemos pasar por alto la etapa madurativa en la que se encuentra el niño. Generalmente, desde los seis meses en adelante, el bebé comienza a tomar conciencia de que es un ser separado de su madre, y esto desencadena el inicio de la conocida angustia de separación (o mal llamada “del octavo mes”). Incluso los niños que felizmente iban en brazos de otras personas —extrañas y de su entorno familiar también— pueden empezar a experimentar temor y la necesidad de estar solo en brazos de mamá o papá (y a veces, solo de mamá).

Estos temores se van disipando a medida que el niño madura, pero pueden existir episodios de rechazo a los extraños incluso más allá de los dos años.

Es importante respetar los tiempos de los bebés, no avasallarlos, no forzarlos y mucho menos etiquetarlos de “mañosos”, “antisociales” o “mamengos”, por nombrar algunos habituales adjetivos desagradables e inapropiados. Seguramente será más fácil, relajante e invitador para un bebé interactuar con otros adultos desde los brazos contenedores y seguros de mamá o papá, y poco a poco ir desde allí ganando confianza e interés en lo que las demás personas tengan para ofrecer.

Y, ante todo, si nuestro hijo es de temperamento más reservado, no malgastemos el tiempo comparándolo con otros bebés. Amémoslo como es, respetando y valorando su individualidad.

4
PREMIOS Y CASTIGOS

Muchos padres adoptan el esquema de premios y castigos en la crianza de sus hijos, convencidos de que es una eficiente manera de motivarlos para que hagan las cosas que ellos esperan que los niños hagan. Día tras día se despliega entonces una gran colección de condicionales: “Si te comes toda la comida, te llevo al parque”, o “si no recoges los juguetes, no verás la televisión”, y así la lista de ejemplos puede ser interminable.

Lo que se pierde de vista es la real oportunidad de que los niños, según su edad, claro está, entiendan las consecuencias naturales de sus acciones. En cambio, aprenden a actuar de tal o cual manera para evitar un castigo o para recibir un premio, pero sin tomar conciencia de por qué realmente hacen las cosas.

Por otro lado, los castigos generan en los niños un gran sentimiento de frustración, a veces incluso de incomprensión, y un deseo de venganza, mientras que las premiaciones les enseñan básicamente a depender de lo que los otros opinan sobre sus actos, en lugar de fomentar el desarrollo de sus propios juicios de valor.

Para seguir con los ejemplos del principio, podríamos explicarle al niño que, si no recoge sus juguetes, más tarde cuando quiera buscar alguno en especial no podrá encontrarlo con facilidad en ese desorden, y que además podríamos lastimarnos o resbalarnos al caminar si pisáramos alguno. Otra posibilidad sería ofrecerle nuestra ayuda para ordenar, para que vea que no estamos castigándolo y que ordenar no es algo malo. Desde luego que será importante tener en cuenta la edad del niño, ya que antes de los tres años es difícil que puedan asimilar esto de las “consecuencias naturales” de sus acciones. Si el niño es más pequeño, necesitaremos ordenar nosotros y mostrarle cómo lo hacemos.

En el ejemplo de la comida, no debemos exigirle que se termine el plato (no podemos obligar a nadie a comer), pero si ha comido realmente poco, podríamos explicarle que más tarde, en el parque, tendrá hambre y que su cuerpo necesita energía para correr y jugar, y que esa energía la recibimos de lo que comemos. O también podemos ofrecerle llevar esa comida y comerla más tarde en el parque (de manera que quede claro que si más tarde tiene hambre, se comerá la comida y no alguna chuchería).

Los niños no necesitan que los castiguemos ni que los premiemos. Necesitan que los ayudemos a reflexionar, a pensar sobre cómo se sienten al hacer las cosas, y cómo sus actos hacen sentir a los demás. A entender que todas las acciones tienen sus consecuencias naturales, y que debemos hacernos responsables para asumirlas. Y esto lo lograremos predicando con el ejemplo y estando siempre abiertos al diálogo, a brindarles una escucha activa sobre lo que sienten, sobre lo que les pasa. Debemos motivar su capacidad de comprender, de pensar por sí mismos, no de obedecer sin más a las órdenes de un tercero que representa a la autoridad.

Si después de todo esperamos que nuestros hijos sean adultos competentes e independientes el día de mañana, ¿por qué HOY nos empeñamos en criar niños obedientes y adoctrinados?

5
LOS CAMINOS DE LA CRIANZA

Ya se trate del primer hijo o del último, las decisiones de crianza siempre representan un desafío para los padres. Cada paso implica una gran responsabilidad sobre la vida que trajimos al mundo y que tenemos a cargo. Muchos padres recorren este camino basados en experiencias y recomendaciones que vienen de los demás, ya sean familiares, amigos, vecinos o pediatras. Esas voces representan algún tipo de confianza y esa confianza, muchas veces, opaca la posibilidad de cuestionar, de investigar, de elegir. Prefieren “ir a lo seguro” y continuar con prácticas tradicionales de crianza que, si bien muchas veces son positivas, otras tantas siguen perpetuando mitos: “Estar mucho en brazos los malcría”, “la leche materna más allá de los seis meses es agua”, “deben aprender a dormir solos”.

Otros padres deciden avanzar en otra dirección. Buscan, leen, se informan, se suman a grupos de pares que comparten su filosofía de crianza. Intercambian, se nutren. Se animan a desoír muchos mandatos sociales sobre cómo se debe criar a un niño, porque algo en sus tripas les dice que por ahí no es. Que hay otra manera. Y allá van, criando a sus hijos a contracorriente, pero sintiendo en el corazón que es lo mejor. Como seguramente les pasa a todos los padres, que hacen las cosas que hacen porque piensan que eso es lo mejor para sus hijos. Quizás la diferencia está en el porqué de las decisiones. De dónde surgen. Qué las motiva.

Para poder elegir con libertad, necesitamos conectarnos con quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes queremos ser. Necesitamos información. Es común escuchar hablar del instinto. “Yo solo sigo mi instinto”, dicen muchos padres. Pero ¿qué sucede con el instinto de una persona que se ha pasado la vida escuchando qué cosas se deben y no se deben hacer en la crianza de un hijo? Mucho antes de ser padres tenemos ideas preconcebidas sobre temas de crianza. Eso, indefectiblemente, queda alojado en algún lugar de nuestro inconsciente. Y cuando nos convertimos en padres, sale a luz. Está ahí. Por lo que el “instinto” está ciertamente contaminado por todas esas ideas. Está en nosotros seguirlas al pie de la

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