Dedicado a mi hijo,
Christopher Rice
Pasaron mis días entre quejas,
se quebraron los deseos de mi corazón:
los que convierten la noche en día
y cambian la luz en tinieblas.
¿Qué puedo esperar? El sˇeol es mi morada,
en las tinieblas extiendo mi lecho.
Dije al sepulcro: «¡Tú eres mi padre!»,
y a los gusanos: «¡Sois mi madre y mis hermanos!»
¿Dónde estará mi esperanza?
Y mi dicha, ¿quién la verá?
¿Bajarán conmigo al sˇeol?
¿Nos hundiremos juntos en el polvo?
Job 17:11-16
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Lestat:
Si encuentras esta carta en tu casa de la Rue Royale (y espero sinceramente que la encuentres) comprenderás de inmediato que he quebrantado tus reglas.
Sé que Nueva Orleans está vedada a los buscadores de sangre, y que estás dispuesto a destruir a los que se aventuren allí. A diferencia de muchos invasores díscolos a los que ya has despachado, comprendo tus motivos. No quieres que nos vean los miembros de Talamasca. No quieres entablar una guerra con la venerable orden de los detectives clarividentes, por el bien de ellos y el nuestro.
Pero por favor, te ruego que antes de que vengas por mí, leas estas líneas.
Me llamo Quinn. Tengo veintidós años y soy un buscador de sangre, según dice mi creador, desde hace poco menos de un año. Soy huérfano, al menos así me siento, y acudo a ti en busca de ayuda.
Pero antes de exponerte mi caso, te ruego que comprendas que conozco a los de Talamasca, que los conocí antes de que se me concediera la sangre oscura, conozco su inherente bondad y su legendaria neutralidad con respecto a todo lo sobrenatural, y me he esforzado en esquivarlos para dejar esta carta en tu apartamento.
Sé que vigilas Nueva Orleans por vía telepática. Y no tengo ninguna duda de que hallarás esta carta.
Si decides liquidarme rápidamente por mi desobediencia, prométeme que harás cuanto puedas por destruir al espíritu que me acompaña desde que yo era niño. Esta criatura, una réplica de mí que ha crecido conmigo desde que tengo uso de razón, actualmente representa un peligro para los humanos y para mí mismo.
Permíteme que te lo explique.
De niño llamé a este espíritu Goblin, que significa «duende», mucho antes de que nadie me relatara cuentos infantiles y de hadas en los que aparecía esa palabra. Ignoro si ese nombre proviene del propio espíritu. El caso es que cuando deseaba llamarlo, no tenía más que pronunciar esa palabra. Muchas veces Goblin acudía espontáneamente y no lograba deshacerme de él. Otras, ha sido el único amigo que he tenido. A lo largo de los años se ha convertido en una presencia constante a mi lado, madurando al tiempo que yo maduraba y perfeccionando su habilidad de transmitirme sus deseos. Puede decirse que yo he fortalecido y moldeado a Goblin, creando involuntariamente al monstruo en el que se ha convertido.
Lo cierto es que no imagino la existencia sin Goblin. Pero debo hacerlo. Debo aniquilar a Goblin antes de que se transforme en algo que yo no pueda controlar.
¿Por qué califico de monstruo este ser que hasta hace poco fue mi único compañero de juegos? La respuesta es bien sencilla. Durante los meses que han transcurrido desde que me convertí en un buscador de sangre (sin que yo pudiera hacer nada para impedirlo, te lo aseguro), Goblin ha adquirido también el deseo de beber sangre. Cada vez que me alimento, me abraza y succiona la sangre que he ingerido a través de un millar de minúsculas heridas, lo cual refuerza su imagen y confiere a su presencia una suave fragancia que antes no poseía. Con el paso de los meses se hace más fuerte y sus ataques contra mi persona son más prolongados.
No consigo quitármelo de encima.
No te sorprenderá si te digo que esos ataques me resultan vagamente gratos, aunque no tanto como alimentarme de una víctima humana, pero me producen un leve e innegable estremecimiento orgásmico.
No es mi vulnerabilidad ante Goblin lo que ahora me preocupa sin embargo, sino el hecho de que éste pueda convertirse en un despiadado monstruo.
He leído tus Crónicas Vampíricas de cabo a rabo. Me las regaló mi creador, un antiguo buscador de sangre que, según su versión de los hechos, me concedió asimismo una fuerza extraordinaria.
En tus relatos te refieres a los orígenes de los vampiros, citando a una antigua bebedora de sangre egipcia que relató la historia a Marius, el sabio, el cual siglos atrás te la transmitió a ti.
Ignoro si tú y Marius os inventasteis algunas de las historias que relatas en tus libros. Es posible que tú y tus camaradas, la secta de eruditos, como os denomináis ahora, tengáis por costumbre contar mentiras.
Pero no lo creo. Yo mismo soy prueba de que los bebedores de sangre existen —ya se llamen bebedores de sangre, vampiros, hijos de la noche o hijos del milenio—, y la forma en que me convertí en uno de ellos confirma lo que describes en tus crónicas.
Mi creador prefería llamarnos buscadores de sangre en lugar de vampiros, y utilizaba palabras que tú empleas en tus relatos. Me concedió el don de las nubes para que pudiera desplazarme con facilidad por el aire, el don de la mente para que pudiera localizar telepáticamente los pecados de mis víctimas y el don del fuego para que pudiera encender el fuego en la estufa de hierro que me da calor.
De modo que creo en tus historias. Creo en ti.
Te creo cuando dices que Akasha, la primera de la especie de los vampiros, fue creada por un espíritu maligno que invadió cada fibra de su ser, un espíritu que, antes de atacar a Akasha, había adquirido el deseo de beber sangre.
Te creo cuando dices que ese espíritu, al que llamaron Amel las dos brujas que podían verlo y oírlo —Maharet y Mekare—, existe en todos nosotros, pues su misterioso cuerpo, por llamarlo de alguna manera, ha proliferado como una gigantesca parra y ha florecido en cada buscador de sangre que es transformado en un vampiro por otro vampiro, hasta hoy.
También sé por tus Crónicas que cuando las brujas Mekare y Maharet se convirtieron en buscadoras de sangre, perdieron sus dotes de ver y hablar con espíritus. Mi creador me advirtió que yo también perdería esa capacidad.
Pero te aseguro que no he perdido mi capacidad de ver espíritus. Sigo atrayéndolos como un imán. Quizá sea esta capacidad, esta receptividad, aparte de mi anterior renuencia a rechazar a Goblin, lo que le ha proporcionado la fuerza para atacarme y succionar la sangre vampírica que ingiero.
¿Crees posible, Lestat, que si esta criatura se hace más fuerte, cosa que al parecer no puedo impedir, consiga penetrar en un ser humano, como hizo Amel antiguamente? ¿Es posible que nazca otra raíz vampírica, y que de ésta brote otra parra?
No creo que esta pregunta te deje indiferente, ni la posibilidad de que Goblin se convierta en un asesino de seres humanos, aunque hoy por hoy no posee la fuerza necesaria.
Comprende que tengo motivos fundados para temer por los seres a los que amo y atesoro (mi familia mortal), y por cualquier extraño al que Goblin pueda atacar.
Me resulta difícil escribir estas palabras. He querido a Goblin durante toda mi vida y he censurado a cualquiera que lo denigrara tachándole de «compañero imaginario» o «absurda obsesión». Pero él y yo, durante mucho tiempo extraños compañeros de fatigas, nos hemos convertido ahora en enemigos, y temo sus ataques porque siento que su fuerza aumenta peligrosamente.
Goblin no se acerca a mí cuando no salgo en busca de una víctima, pero reaparece en cuanto fluye por mis venas sangre fresca. Ya no tenemos una comunicación espiritual. Está celoso porque me he convertido en un buscador de sangre. Tengo la impresión de que su mente infantil ha olvidado todo cuanto ha aprendido.
Todo ello supone un suplicio para mí.
Pero insisto, no te escribo para pedirte un favor personal, sino porque temo en lo que pueda convertirse Goblin.
Desde luego, deseo verte. Deseo hablar contigo. Deseo ingresar, si es posible, en la secta de eruditos. Deseo que tú, el gran quebrantador de reglas, me perdones por haber quebrantado las tuyas.
Deseo que tú, que fuiste secuestrado y transformado en un vampiro en contra de tu voluntad, me acojas con benevolencia por haber corrido la misma suerte que tú.
Deseo que me perdones por entrar subrepticiamente en tu antiguo apartamento de la Rue Royale, donde confío en poder ocultar esta carta. Por lo demás, te aseguro que no he cazado en Nueva Orleans y jamás lo haré.
A propósito de cazar, a mí también me enseñó a cazar un espíritu maligno, y aunque mi historial deja mucho que desear, voy aprendiendo con cada festín que me doy. He llegado a dominar el «pequeño sorbo», como lo llamas elegantemente, y acudo a las bulliciosas fiestas de los mortales sin que nadie repare en mi presencia mientras succiono la sangre de uno tras otro con movimientos rápidos y diestros.
Pero, en términos generales, llevo una vida amarga y solitaria. De no ser por mi familia mortal, sería insoportable. En cuanto a mi creador, lógicamente procuro esquivarlo a él y a sus compinches.
Ésta es la historia que deseaba contarte. Lo cierto es que deseo contarte muchas historias. Confío en que mis relatos impidan que me destruyas. Te propongo un juego: podemos encontrarnos, yo me pondré a hablar y si mi historia toma un sesgo que te disgusta, puedes matarme sin contemplaciones.
En serio, Goblin me preocupa.
Permíteme añadir antes de finalizar que durante este último año en que he hecho mis pinitos como vampiro neófito y he leído tus Crónicas para aprender de ellas, a menudo he tenido la tentación de acercarme a la casa matriz de Talamasca en Oak Haven, en las afueras de Nueva Orleans, para pedir consejo y ayuda a los de Talamasca.
Siendo yo niño (aún soy muy joven), conocí a un miembro de Talamasca que veía a Goblin con tanta nitidez como yo. Era un inglés amable y tolerante, llamado Stirling Oliver, que me hizo comprender que yo poseía unos poderes que el día de mañana quizá no podría controlar. Me encariñé enseguida con Stirling.
También me enamoré de una joven que se hallaba con Stirling cuando le conocí, una belleza pelirroja dotada de unos notables poderes paranormales que también veía a Goblin, a la que los de Talamasca habían abierto su generoso corazón.
He perdido todo contacto con esa joven. Se llama Mayfair, un nombre que no te resultará desconocido, aunque seguramente no sabe nada sobre tu amiga y compañera Merrick Mayfair.
Pero no cabe duda de que pertenece a esa familia de poderosos clarividentes —los cuales se empeñan en denominarse brujos—, y he jurado no volver a verla. Debido a sus notables poderes, se percataría enseguida de que me había ocurrido algo catastrófico. Y no puedo permitir que mi maldad la roce siquiera.
Cuando leí tus Crónicas, me sorprendió averiguar que los de Talamasca se habían indispuesto contra los bebedores de sangre. Me lo contó mi creador, pero no lo creí hasta que lo leí en tus libros.
Me cuesta creer que esas personas tan bondadosas hayan roto mil años de neutralidad para advertirnos a todos los de nuestra especie. Parecían ufanarse de su legendaria benevolencia, de depender psicológicamente de una amable y secular definición de sí mismos.
Es obvio que ahora no puedo acudir a los de Talamasca, pues me expongo a que se conviertan en mis enemigos. En realidad, son mis enemigos declarados. Y debido a mi contacto anterior, saben dónde vivo. Pero lo que es más importante, no puedo pedirles ayuda porque tú no quieres.
Ni tú ni los demás miembros de la secta de eruditos queréis que alguno de nosotros caigamos en manos de una orden de sabios que estarían encantados de poder observarnos de cerca.
En cuanto a Mayfair, mi adorada pelirroja, repito que jamás se me ocurriría acercarme a ella, aunque a veces me pregunto si sus extraordinarios poderes me ayudarían a acabar con Goblin de una vez para siempre. Pero no puedo hacerlo sin atemorizarla y confundirla, y no deseo interrumpir su destino humano como hizo otro vampiro conmigo. Me siento más distanciado de ella que antes.
Así pues, salvo por mis parientes y amigos mortales, me siento solo.
No espero que te compadezcas de mí. Pero confío en que tu comprensión te impida aniquilarnos a mí y a Goblin sin previo aviso.
No dudo que eres capaz de localizarnos. Aunque sólo fueran ciertas la mitad de las Crónicas, está claro que posees un don de la mente ilimitado. No obstante, te diré dónde me encuentro.
Mi verdadero hogar es mi santuario de madera situado en Sugar Devil Island, en Sugar Devil Swamp, en el nordeste de Luisiana, no lejos de la frontera de Misisipí. Sugar Devil Swamp está regado por el West Ruby, que se separa del Ruby en Rubyville.
Varias hectáreas de esta zona pantanosa han pertenecido a mi familia desde hace muchas generaciones, y estoy seguro de que ningún mortal se ha aventurado por azar en Sugar Devil Island, aunque mi tatarabuelo Manfred Blackwood construyó la casa desde la que te escribo en estos momentos.
Nuestra casa solariega es Blackwood Manor, una noble aunque ostentosa mansión de estilo neoclásico recargada de columnas corintias, una inmensa estructura construida en un altozano.
Pese a su espectacular belleza, carece de la gracia y dignidad de las mansiones de Nueva Orleans, pues se trata de un pretencioso monumento a la avaricia y los sueños de Manfred Blackwood. Construida en los años ochenta del siglo XIX, sin una plantación que justificara su existencia, su único propósito era deleitar a quienes vivían en ella. La finca —el pantano, el terreno y la gigantesca casa— se llama Blackwood Farm.
Que la mansión y el terreno que la circunda están invadidos de espíritus no es una leyenda sino un hecho. El espíritu más potente sin duda es Goblin, aunque hay fantasmas.
¿Pretenden apoderarse de mi sangre oscura? En su mayoría me parecen demasiado débiles para semejante hazaña, pero, ¿quién sabe si los fantasmas no son capaces de ver y aprender? Al parecer poseo el maldito don de atraerlos y conferirles la vitalidad que precisan. Me ha ocurrido toda la vida.
¿He puesto a prueba tu paciencia? Ruego a Dios que no sea así.
Quizás esta carta sea mi única oportunidad de convencerte, Lestat, por lo que en ella te revelo todas mis inquietudes.
Y cuando llegue a tu casa en la Rue Royale, utilizaré mis dotes y mi ingenio para ocultar esta carta donde sólo tú puedas encontrarla.
Con la esperanza de lograrlo, se despide de ti
TARQUIN BLACKWOOD, Quinn
Posdata:
Ten presente que sólo tengo veintidós años y soy un poco torpe. Pero no puedo resistirme a hacerte este pequeño ruego. Si decides buscarme y eliminarme, ¿podrías concederme una hora para despedirme de mi pariente mortal que más quiero en el mundo?
En las Crónicas Vampíricas tituladas Merrick, se te describe enfundado en una chaqueta con botones de camafeo. ¿Era cierto o un detalle caprichoso que se le ocurrió a otra persona?
Si lucías esos botones de camafeo —si eran unos objetos queridos para ti y los elegiste con esmero—, permite, antes de destruirme, en recuerdo de esos camafeos, que me despida de una anciana dotada de un encanto y una bondad admirables, que cada noche goza disponiendo sus centenares de camafeos sobre una mesa de mármol para examinarlos uno por uno a la luz de la lámpara. Es mi tía abuela y mi maestra en todo, una mujer que ha procurado darme lo que necesitaba para llevar una existencia importante.
Ya no soy digno de su amor. No estoy vivo. Pero ella no lo sabe. Mis visitas nocturnas a su casa son cautas pero imprescindibles para ella. Separarme de ella repentinamente y sin explicaciones sería una crueldad que esa mujer no merece.
Podría contarte más detalles sobre sus camafeos, sobre el papel que han desempeñado en mi azarosa vida.
Pero de momento, sólo te formularé esta súplica: perdóname la vida y ayúdame a destruir a Goblin. O mátanos a ambos.
Atentamente,
QUINN
2
Durante un buen rato y después de concluida la carta no me moví.
Me quedé sentado escuchando absorto los inevitables sonidos de Sugar Devil Swamp, con los ojos fijos en los folios que había ante mí, tomando distraídamente nota de mi cuidada letra, de la luz mortecina que me rodeaba reflejada en el suelo de mármol, de las ventanas abiertas a la brisa nocturna.
Todo estaba en orden en mi pequeño palacio del pantano.
No había rastro de Goblin. No sentí su sed ni su inquina. Nada salvo lo natural, y a lo lejos percibí con mi agudo oído vampírico los tenues sonidos de Blackwood Manor, donde tía Queen acababa de levantarse, con la solícita ayuda de Jasmine, nuestra ama de llaves, para disfrutar de una plácida y agradable velada. Al cabo de unos instantes encendería la televisión, que a tales horas emite unas deliciosas películas en blanco y negro. Tía Queen preguntaría a Jasmine: «¿Dónde está mi muchachito?»
Pero en esos momentos debía hacer acopio de todo mi valor y llevar a cabo lo que me había propuesto.
Saqué el camafeo del bolsillo y lo contemplé. Hacía un año, cuando aún era un mortal, cuando aún estaba vivo, hubiese tenido que acercarlo a la luz de la lámpara, pero ahora lo veía con toda claridad.
Era mi busto, de medio perfil, hábilmente esculpido en dos estratos de ónice de distinto color, de forma que la imagen era blanca y asombrosamente detallada mientras que el fondo era de un negro puro y reluciente.
Era un camafeo pesado y exquisitamente trabajado. Lo había encargado para regalárselo a mi querida tía Queen, en plan de broma, pero había recibido la sangre oscura antes de ese momento perfecto. Y ese momento se había desvanecido para siempre.
¿Qué revelaba el camafeo de mí? Un rostro largo y ovalado, con unas facciones excesivamente delicadas, una nariz demasiado estrecha, unos ojos redondos enmarcados por cejas arqueadas y una boca carnosa y bien perfilada que me daba el aspecto de una niña de doce años. No tenía los ojos enormes, los pómulos marcados ni la mandíbula pronunciada. Era un rostro muy bonito, demasiado, motivo por el cual aparecía con el ceño fruncido en la mayoría de las fotografías que me tomaron para el retrato; pero el artista no había esculpido mi expresión ceñuda.
Por el contrario, había plasmado una leve sonrisa. Mi pelo corto y rizado formaba un apolíneo halo de gruesos bucles. Había esculpido el cuello de mi camisa, la solapa de mi chaqueta y la corbata con idéntica gracia.
Como es lógico, el camafeo no reflejaba mi estatura, de más de un metro noventa, ni que tenía el pelo negro azabache, los ojos azules y complexión delgada. Tenía unos dedos largos y finos muy apropiados para el piano, que toco de vez en cuando. Y era mi estatura lo que confirmaba a la gente que, pese a mi delicado rostro y mis manos femeninas, en realidad soy un muchacho. De modo que el camafeo constituye un buen retrato de esta enigmática criatura. Una criatura que implora comprensión. Una criatura que dice sin rodeos: «Piénsalo, Lestat. Soy joven, soy estúpido. Y soy guapo. Mira el camafeo. Soy guapo. Dame una oportunidad.»
Yo quería grabar estas palabras en el dorso con letras diminutas, pero el dorso era un estuche ovalado que contenía una fotografía, la cual mostraba de nuevo mi imagen en colores desteñidos, verificando la precisión del retrato que aparecía en la otra cara del camafeo.
No obstante, había una palabra grabada en el marco dorado, justo debajo del camafeo: la palabra «Quinn», en una excelente imitación de esa letra insulsa que siempre he odiado —una letra de zurdo que pretende pasar por diestro, de un ser capaz de ver fantasmas que dice «soy disciplinado, no estoy loco».
Tomé los folios de la carta, los releí rápidamente, enojándome de nuevo al contemplar mi letra vulgar, los doblé y los introduje junto con el camafeo en un sobre alargado de color marrón, que luego sellé.
Me guardé el sobre en el bolsillo interior de mi blazer negro. Me abroché el botón superior de la camisa blanca y me ajusté la sobria corbata de seda roja. Quinn, el petimetre. Quinn, digno de figurar en las Crónicas Vampíricas. Quinn, ataviado para ir a implorar que le acepten en el selecto círculo.
Me recliné en la silla y agucé el oído. No oí a Goblin. ¿Dónde se había metido? Sentía una angustiosa soledad y ansiaba su presencia. Sentía el vacío de la atmósfera nocturna. Supuse que Goblin esperaba que yo fuera a cazar, que anhelaba beber sangre fresca. Pero yo no pensaba ir a cazar esa noche, aunque confieso que estaba hambriento. Pensaba ir a Nueva Orleans, tal vez al encuentro de la muerte.
Goblin no podía adivinar lo que ocurría. Nunca había pasado de ser un niño. Se parecía a mí, sí, en cada etapa de mi vida, pero era el eterno chiquillo. Cada vez que asía mi mano izquierda con su derecha, yo escribía con la letra de un niño.
Me incliné hacia delante y oprimí el botón del mando a distancia que descansaba sobre el escritorio de mármol. La luz de los apliques se apagó lentamente. La oscuridad invadió mi santuario. Los sonidos se intensificaron: el grito de la garza nocturna, el movimiento sutil de las hediondas aguas oscuras, el rumor de los bichejos correteando por las copas de los vetustos cipreses y eucaliptos. Percibí el olor de los caimanes, a los que la isla infundía tanto respeto como a los seres humanos. Percibí el olor fétido del propio calor.
La luna era generosa y al cabo de unos instantes distinguí una porción del cielo, de un brillante azul metálico.
La isla era la parte del pantano donde la vegetación crecía más frondosa. Cipreses milenarios de sarmentosas raíces rodeaban la orilla y sus maltrechas ramas estaban cubiertas de musgo. Parecía como si quisieran ocultar mi santuario.
Sólo los relámpagos atacaban de vez en cuando a estos viejos centinelas. Sólo los relámpagos no temían las leyendas que decían que en Sugar Devil Island moraba el mal, que quien se aventurara allí no regresaría jamás.
Me habían contado esas leyendas cuando tenía quince años. Y al cumplir veintiuno volví a oírlas, pero la vanidad y la fascinación de ese lugar me atrajeron al santuario, a su insondable misterio, a esta recia casa de dos plantas y al inexplicable mausoleo vecino. La posteridad ya no existía. Existía sólo esta inmortalidad, este pletórico poder que me mantenía desconectado del presente y el tiempo.
Un hombre en una piragua tardaría por lo menos una hora en salir de allí, sorteando las raíces de los árboles para regresar al embarcadero situado a los pies del altozano sobre el que se alzaba Blackwood Manor, fría y arrogante.
Lo cierto era que no amaba mi santuario, por más que lo necesitara. No me gustaba el siniestro mausoleo de oro y granito con sus extrañas inscripciones romanas, aunque de día tenía que ocultarme en él para protegerme del sol.
Pero amaba Blackwood Manor, con el amor posesivo e irracional que sólo puede infundirnos una espléndida mansión, una mansión que dice «yo estaba aquí antes de que nacieras y seguiré aquí después de que mueras»; una mansión que al mismo tiempo constituye una responsabilidad y un paraíso de sueños.
La historia de Blackwood Manor me cautivaba tanto como su abrumadora belleza. Había vivido toda mi vida en Blackwood Farm y en la mansión, excepto durante mis fabulosas aventuras en el extranjero.
No entendía por qué buena parte de mis tías y tíos habían abandonado Blackwood Manor a lo largo de los años, pero no eran importantes para mí, eran unos meros extraños que se habían mudado al Norte y sólo regresaban para asistir a algún funeral. Pero la casa me tenía embelesado.
En esos momentos estaba indeciso. ¿Debía volver y recorrer de nuevo las habitaciones? ¿Debía volver y dirigirme al espacioso dormitorio del primer piso donde tía Queen acababa de sentarse en su butaca favorita? Llevaba otro camafeo en el bolsillo de mi chaqueta, que había comprado para ella hacía unas noches en Nueva York. ¿Debía dárselo? Era una pieza preciosa, una de las mejores que había visto...
Pero no. No podía despedirme de ella a medias. No podía insinuarle que quizá me ocurriera una desgracia. Nopodía caer alegremente en el misterio en el que estaba inmerso hasta las cejas: Quinn, el visitante nocturno, Quinn, a quien le gustan las habitaciones tenuemente iluminadas y huye de las lámparas como si padeciera una enfermedad exótica. ¿De qué le serviría a mi querida y dulce tía Queen que me despidiera de ella a medias?
Si yo fracasaba aquella noche, me convertiría en otra leyenda: «El incorregible Quinn. Una noche fue a Sugar Devil Swamp, pese a que todo el mundo le advirtió que no lo hiciera; se adentró en la isla donde tiene su santuario, y no regresó.»
En realidad no creía que Lestat quisiera aniquilarme. No creía que lo hiciera sin dejarme que le relatara mi historia, en su totalidad o en parte. Quizás era demasiado joven para creerlo. Quizá creía, por el mero hecho de haber leído las Crónicas con avidez, que Lestat se sentía tan unido a mí como yo a él.
Probablemente era una locura. Pero estaba empeñado en aproximarme tanto como pudiera a Lestat. Ignoraba desde dónde y cómo vigilaba Nueva Orleans. Tampoco sabía cuándo y con qué frecuencia visitaba el Barrio Francés. Pero la carta y el camafeo de ónice con mi retrato llegarían esa noche a su apartamento.
Por fin me levanté de la silla de cuero y oro.
Salí de la casa de espléndidos suelos de mármol y, sin pensármelo dos veces, me elevé despacio sobre la cálida tierra, experimentando una deliciosa ingravidez, hasta divisar desde las frías alturas la gigantesca y serpenteante masa negra del pantano y las luces de la fabulosa mansión, que la hacían relucir como una linterna sobre la mullida hierba.
Me dirigí a Nueva Orleans utilizando ese extraño poder del don de las nubes, sobrevolando las aguas del lago Pontchartrain hacia la tristemente famosa residencia urbana de la Rue Royale, que todos los buscadores de sangre sabían que era la casa del invencible Lestat.
«Es un diablo —había dicho de él mi creador—. Mantiene sus propiedades a su nombre a pesar de que los de Talamasca van por él. Está decidido a sobrevivirles. Es más misericordioso que yo.»
Misericordioso; yo contaba ahora con eso. Lestat, dondequiera que estés, sé misericordioso conmigo. No he venido para encararme contigo. Te necesito, como indico en mi carta.
Descendí lentamente hasta penetrar de nuevo en la atmósfera templada, una sombra fugaz para cualquier curioso que me viera; aterricé en el patio de la casa, cerca de la cantarina fuente, y contemplé la escalera de caracol de hierro forjado que conducía a la puerta trasera del apartamento de Lestat.
Muy bien. Ya estoy aquí. He quebrantado las reglas. Me encuentro en el patio del mismísimo Príncipe Mocoso. Recordé algunas descripciones que aparecían en páginas de las Crónicas, como la buganvilla que se enroscaba alrededor de las columnas de hierro hasta alcanzar la balaustrada de hierro forjado del piso superior. Parecía un gigantesco mausoleo.
Oí a mi alrededor los estridentes sonidos del Barrio Francés: el fragor de las cocinas de los restaurantes, las alegres voces de los inevitables turistas que caminaban por las aceras. Oí las tenues notas de la música de jazz que se filtraba por las puertas de Bourbon Street. Oí el ruido de los coches que pasaban despacio frente a la casa.
El patio, pequeño e íntimo, era una maravilla; la altura de sus muros de piedra me asombró. Los verdes y relucientes plataneros eran los más altos que había visto jamás; en algunos sitios sus cerosos tallos casi rozaban las losas de color violeta. Pero no daba la impresión de estar abandonado.
Alguien se había ocupado de cortar las hojas muertas de los plataneros. Alguien había quitado los plátanos negros y arrugados que siempre se marchitan en Nueva Orleans antes de madurar. Alguien había podado los abundantes rosales para despejar el patio.
Hasta el agua que borboteaba en la concha de piedra que sostenía el querubín en la mano y caía en la taza de la fuente era fresca y limpia.
Todos estos pequeños y deliciosos detalles hicieron que me sintiera como un intruso, pero estaba demasiado obsesionado para dejar que eso me importara.
Entonces vi una luz en las ventanas traseras del piso superior, una luz muy tenue, como si hubiera una lámpara encendida en el apartamento.
Me asusté, pero se impuso de nuevo la loca obsesión que me dominaba. ¿Conseguiría hablar con Lestat? ¿Y si, al verme, se apresuraba a activar el don del fuego? Ni la carta, ni el camafeo de ónice ni mis amargas súplicas servirían de nada.
Tendría que haber entregado a tía Queen el nuevo camafeo. Tendría que haberla abrazado y besado. Tendría que haber pronunciado un discurso de despedida. Estaba a punto de morir.
Sólo un idiota se habría sentido tan eufórico como yo. Lestat, te amo. ¡Aquí me tienes, soy Quinn, tu discípulo y esclavo!
Subí apresuradamente la escalera de hierro forjado procurando no hacer ruido. Cuando alcancé el balcón trasero, percibí el inconfundible olor de un ser humano dentro de la casa. Un ser humano. ¿Qué significaba eso? Me detuve y utilicé el don de la mente para explorar el interior de la casa antes de entrar.
De inmediato percibí un mensaje confuso. En la casa había un ser humano, era evidente, un intruso, pues se movía con rapidez, consciente de que no tenía ningún derecho a estar ahí. Y esa persona, ese ser humano, sabía también que yo estaba ahí.
Por un momento no supe qué hacer. Al entrar subrepticiamente en la casa había sorprendido a un intruso. Me invadió un extraño afán protector. Esa persona había irrumpido en la vivienda de Lestat. ¡Qué atrevimiento! ¡Qué majadero! ¿Y cómo sabía que yo estaba allí, que mi mente había registrado la suya?
Lo cierto era que aquel extraño e ingrato ser poseía un don de la mente casi tan potente como el mío. Traté de identificar su nombre y él me lo facilitó: Stirling Oliver, mi viejo amigo de Talamasca. Al tiempo que descifraba su identidad, oí que su mente reconocía la mía.
«Quinn», dijo mentalmente, como si se dirigiera a mí. Pero, ¿qué sabía de mí? Hacía muchos años que no veía a Stirling. ¿Había éste presentido el cambio que se había operado en mi ser? ¿Podía detectarlo con su telepatía? ¡Dios santo, tenía que desterrar ese pensamiento de mi mente! Estaba a tiempo de librarme de esa comprometida situación, de regresar a mi santuario y dejar que Stirling siguiera con sus investigaciones furtivas, de huir antes de que se percatara de en qué me había convertido.
Sí, debía marcharme cuanto antes, dejar que Stirling pensara que me había convertido en un lector mortal de las Crónicas y regresar cuando no hubiera ningún intruso merodeando.
Pero no podía marcharme. Me sentía demasiado solo. Estaba empeñado en encararme con Lestat. Ésa era la verdad. Y aquí estaba Stirling, y aquí estaba quizá la vía de acceso al corazón de Lestat.
Sin pensármelo dos veces cometí la peor torpeza que podía cometer. Abrí la puerta trasera del apartamento, que no estaba cerrada con llave, y entré. Me detuve unos instantes en el elegante y sombrío saloncito posterior, conteniendo el aliento para contemplar sus imponentes cuadros impresionistas, luego avancé por el pasillo pasando frente a las puertas de unos dormitorios que, obviamente, estaban vacíos, y hallé a Stirling en la habitación delantera, el gran salón, repleto de muebles dorados, con sus ventanas que daban a la calle cubiertas con visillos de encaje.
Stirling estaba junto a la alta estantería situada a la izquierda, con un libro abierto en la mano. Cuando entré y me detuve bajo la luz de la araña que pendía del techo, se limitó a mirarme.
¿Qué fue lo que vio? Durante unos instantes me abstuve de intentar averiguarlo. Estaba demasiado absorto mirándole, comprendiendo lo mucho que aún le amaba al evocar aquellos tiempos en que yo era un joven de dieciocho años que veía espíritus, y comprobando que él apenas había cambiado: el pelo ligeramente entrecano, peinado hacia atrás dejaba ver una incipiente calvicie, y los ojos eran grises, grandes y bondadosos. No aparentaba más de sesenta y pocos años, como si el paso del tiempo no le hubiera afectado, seguía delgado y con aspecto saludable y lucía un elegante traje de mil rayas azul y blanco.
Pero al cabo de un rato, aunque debieron transcurrir apenas unos segundos, comprendí que Stirling estaba atemorizado. Alzó la vista para mirarme —debido a mi estatura, prácticamente todo el mundo tenía que alzar la vista para mirarme— y pese a su manifiesta dignidad, de la que andaba sobrado, vio cambios en mí, aunque no estaba seguro de lo que había ocurrido. Sólo sabía que sentía un instintivo y cauto temor.
Yo soy un buscador de sangre que puede pasar por un ser humano, pero no necesariamente ante una persona tan inteligente como aquel hombre. Estaba además la cuestión de la telepatía, aunque me había esforzado en bloquear la mente tal como me había enseñado mi creador, lo cual puede conseguirse con simple fuerza de voluntad.
—¿Te ha ocurrido algo malo, Quinn? —me preguntó Stirling. Su ligero acento inglés me hizo retroceder cuatro años y medio en un abrir y cerrar de ojos.
—Todo lo que puedas imaginar, Stirling —respondí sin reprimirme—. Pero, ¿qué haces aquí? —Tras lo cual le espeté sin andarme con rodeos—: ¿Te ha autorizado Lestat a entrar en su casa?
—No —se apresuró a contestar Stirling—. Confieso que no. Pero, ¿y tú, Quinn? —preguntó inquieto—. ¿Qué haces aquí? —Dejó el libro en la estantería y avanzó un paso hacia mí, pero retrocedí hacia la penumbra del pasillo.
Su amabilidad casi me desarmó. Pero otro elemento inevitable entró rápidamente en juego. Su dulce e inconfundible olor humano era muy intenso, y de pronto le vi disociado de todo cuanto de él conocía. Le vi como una presa.
Lo cierto es que capté el inmenso abismo que nos separaba y sentí deseos de succionar su sangre, como si ésta pudiera transmitirme su bondad.
Pero Stirling no era un malvado. No era una presa. Al mirarle comprendí que mi mentalidad de vampiro neófito me había jugado una mala pasada. Mi intensa soledad me nublaba la razón. Mi hambre me confundía. Al mismo tiempo deseaba beber su sangre y contarle todas mis cuitas y desgracias.
—No te acerques a mí, Stirling —dije tratando de adoptar un tono sereno—. No deberías estar aquí. No tienes ningún derecho a estar aquí. Si eres tan listo, ¿por qué no has venido de día, cuando Lestat no puede impedírtelo?
El olor a sangre me enloquecía, unido al feroz deseo de salvar el abismo que nos separaba mediante el asesinato o el amor.
—No sé qué responder a eso, Quinn —contestó Stirling; su acento inglés era ceremonioso y elocuente, pero su tono no—. Eres la última persona que esperaba encontrar aquí. Por favor, deja que te mire, Quinn.
Yo me negué de nuevo. Estaba temblando.
—No trates de seducirme con tu encanto, Stirling —proseguí—. Quizá te encuentres aquí con alguien infinitamente más peligroso que yo. ¿O es que no te crees los relatos de Lestat? No me digas que piensas que los vampiros sólo existen en las novelas.
—Tú eres uno de ellos —dijo Stirling suavemente. Frunció el ceño, pero su expresión de preocupación se disipó en el acto—. ¿Ha sido obra de Lestat? ¿Te ha convertido él?
Su franqueza, aunque no exenta de cortesía, me chocó. Stirling era mucho mayor que yo y rebosaba elegancia y autoridad, mientras que yo era joven e inexperto. Me embargó de nuevo, en oleadas, mi antiguo amor por él, mi antigua necesidad de él, que se fundió una vez más perfecta y estúpidamente con mi sed de sangre.
—No fue obra de Lestat —respondí—. De hecho, él no tuvo nada que ver con esto. He venido para verle, Stirling, pero ha ocurrido esta pequeña tragedia, me he encontrado contigo.
—¿Tragedia?
—¿Cómo lo calificarías tú, Stirling? Sabes lo que soy. Sabes dónde vivo. Lo sabes todo sobre mi familia en Blackwood Manor. ¿Cómo quieres que me vaya de aquí tranquilamente después de haberte visto y de que tú me hayas visto? —Estaba tan sediento que tenía la garganta reseca, la visión nublada. Dije casi sin pensar—: No trates de convencerme de que si te dejo marchar, los de Talamasca no vendrán por mí. No trates de convencerme de que tú y tus compinches no vendréis a buscarme. Sé lo que ocurrirá. Esto es un desastre, Stirling.
Su temor se intensificó, pero trató de dominarse. Y mi sed era casi incontrolable. Si me dejaba arrastrar por ella, si me dejaba vencer por ella, ocurriría lo inevitable, lo que mi conciencia no podía dominar; pero eso no podía suceder, no a Stirling Oliver. Yo estaba hecho un lío.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, me aproximé a él. Aparte de oler su sangre, ahora le veía. De pronto Stirling cometió un error garrafal. Retrocedió, como si no pudiera remediarlo, y ese gesto le hizo parecer una víctima. Ese paso hacia atrás hizo que yo avanzara hacia él.
—No debiste venir, Stirling —dije—. Eres un intruso. —Pero percibí en mi sed el tono inexpresivo de mi voz, lo absurdo de mis palabras. Intruso, intruso, intruso.
—No puedes lastimarme, Quinn —contestó Stirling, sereno y razonable—, no te atreverás. Nos unen demasiadas cosas. Siempre te he comprendido. Siempre he comprendido a Goblin. ¿Vas ahora a traicionar nuestra amistad?
—Es una vieja deuda —respondí en un murmullo.
Sabía que me hallaba bajo la intensa luz del candelabro, y que Stirling podía apreciar la leve intensificación de mi metamorfosis. Era una metamorfosis muy sutil. En mi delirante estado tuve la sensación de que el temor que le embargaba había dado paso a un pánico silencioso, y que ese pánico intensificaba la fragancia de su sangre.
¿Son capaces los perros de oler el temor? Los vampiros, sí. Cuentan con él. Les agrada. No pueden resistirse a él.
—Es injusto —dijo Stirling, que había bajado también la voz como si mi mirada le hubiera cohibido, un efecto que sin duda tiene sobre los mortales. Sabía que era inútil resistirse—. No lo hagas, muchacho —dijo con una voz apenas audible.
Extendí la mano y, cuando mis dedos rozaron su hombro, sentí una descarga eléctrica que me atravesó el cuerpo. Machácalo. Machaca sus huesos, pero antes devora su alma a través de su sangre.
—¿No comprendes...? —Stirling se detuvo, y deduje de su mente el resto de la frase, que aquello enfurecería más a los de Talamasca, que todos saldríamos perjudicados. Los vampiros, los buscadores de sangre, los hijos del milenio habían abandonado Nueva Orleans. Los vampiros se habían disuelto en las sombras. Era una tregua. Y yo estaba a punto de dar al traste con ella.
—Pero ellos no me conocen bajo esta forma —dije—. Sólo me conoces tú, amigo mío, y ésa es la tragedia. Me conoces, y por esto es inevitable que ocurra.
Me incliné sobre él y le besé en el cuello. Mi amigo, el que había sido mi mejor amigo. Ahora celebraríamos esta unión. La vieja y renovada lujuria. El muchacho que yo había sido le amaba. Sentí su sangre pulsando en la arteria. Deslicé el brazo izquierdo bajo su brazo derecho. No le hagas daño. Stirling no podía escapar de mí. Ni siquiera lo intentó.
—No sentirás ningún dolor, Stirling —musité. Le clavé los colmillos en la arteria y sentí que la boca se me llenaba lentamente de sangre, y junto con su sangre succioné su vida y sus sueños.
Inocente. La palabra me produjo un agradable escozor. En un luminoso torrente de figuras y voces apareció él, abriéndose paso entre la multitud: Stirling, el hombre, suplicándome en mi visión mental, diciendo inocente. Yo estaba allí, el muchacho de antaño, y Stirling decía inocente. Pero yo no podía detener lo que había iniciado.
Lo hizo otro.
Una poderosa mano me agarró por el hombro y me obligó a soltar a Stirling, que perdió el equilibrio y estuvo a punto de desplomarse en el suelo, pero dio un traspiés y cayó de lado sobre una silla junto al escritorio.
Luego alguien me empujó contra la librería. Me lamí la sangre del labio y traté de vencer la sensación de mareo. La araña parecía oscilar y los colores de los cuadros de las paredes me deslumbraban.
Alguien apoyó una mano con firmeza en mi pecho, sujetándome para impedir que cayera al suelo.
Entonces me di cuenta de que miraba a Lestat.
3
Recobré rápidamente el equilibrio. Lestat, con los ojos fijos en mí, no tenía la menor intención de desviar la mirada. No obstante, le miré de arriba abajo porque no pude remediarlo, y porque era tan impresionante como siempre se le había descrito, y porque quería verlo, lenta y pausadamente, aunque fuera lo último que viera en mi vida.
Tenía la piel de un dorado pálido que realzaba maravillosamente sus ojos de color violeta, y su pelo era una auténtica melena leonina rubia que casi le rozaba los hombros, encrespada y ligeramente ondulada en las puntas. Llevaba unas gafas tintadas, casi del mismo color violeta que sus ojos, sujetas sobre la cabeza y me observaba fijamente, con sus doradas cejas levemente fruncidas, quizás esperando a que yo recobrara la compostura; sinceramente, no lo sé.
Enseguida me percaté de que Lestat lucía la misma chaqueta de terciopelo negro con botones de camafeo que había constituido su atuendo habitual en las Crónicas tituladas Merrick. Cada pequeño camafeo era sin duda de ónice y, la chaqueta, muy elegante, entallada y de faldón amplio. Llevaba una camisa de lino con el botón superior desabrochado y un pantalón gris vulgar y corriente, al igual que sus botas negras.
Lo que quedó impreso en mi mente fue su rostro: cuadrado y tenso, de ojos muy grandes, boca bien perfilada y voluptuosa y mandíbula un tanto dura. El conjunto resultaba incluso más armonioso y atractivo de lo que él pudo haber afirmado.
Es más, sus descripciones de sí mismo no le hacían justicia, porque su encanto, aunque sin duda basado en un físico imponente, estaba alimentado por un intenso fuego interior.
Lestat no me miraba con odio. Apartó la mano con la que me sujetaba.
Yo me maldije por ser más alto que él y obligarle a alzar la vista para mirarme, un hecho que quizás hubiese bastado para que me aniquilara.
—La carta —farfullé—. ¡La carta! —murmuré, pero aunque alargué la mano y traté de localizarla mentalmente, no conseguí introducir la mano en el bolsillo de mi chaqueta para extraerla. Temblaba de terror.
Y mientras yo permanecía inmóvil, temblando y sudando, Lestat metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta y sacó el sobre. Vi de pasada sus relucientes uñas.
—¿Es para mí, Tarquin Blackwood? —preguntó Lestat. Tenía cierto acento francés, pero muy leve. De pronto sonrió y me miró como si fuera incapaz de hacer daño a nadie. Era demasiado atractivo, demasiado afable, demasiado joven. Pero su sonrisa se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.
—Sí —contesté. Mejor dicho, balbucí—. Haz el favor de leer la carta. —Me detuve unos instantes y luego proseguí—: Antes de... tomar una decisión.
Lestat se guardó la carta en el bolsillo interior de su chaqueta y luego se volvió hacia Stirling, que seguía sentado, aturdido y silencioso, con los ojos nublados y las manos apoyadas en el respaldo de la silla situada ante el escritorio. El respaldo le servía a modo de escudo, aunque era absolutamente inútil.
Lestat volvió a fijar los ojos en mí.
—Nosotros no nos alimentamos de los miembros de Talamasca, hermanito —dijo—. Pero usted —añadió mirando a Stirling— estuvo a punto de recibir el castigo que merecía.
Stirling, que seguía con la vista fija en el infinito, obviamente incapaz de responder, se limitó a menear la cabeza.
—¿Por qué ha venido, señor Oliver? —le preguntó Lestat.
Stirling volvió a menear la cabeza. Vi unas gotitas de sangre sobre su cuello blanco almidonado. Una abrumadora sensación de vergüenza, una vergüenza profunda y dolorosa me embargó por completo, eliminando incluso el ligero regusto de mi malogrado festín.
Me sentí enloquecer, pero guardé silencio.
Stirling casi había muerto, por mi afán de beber su sangre. Stirling estaba vivo. Stirling estaba ahora en peligro de morir a manos de Lestat. Qué espectáculo: Lestat, deslumbrante, ante mí. Sí, podía pasar por un ser humano, pero qué ser humano: irresistible y dotado de una energía que le permitía controlar la situación.
—Le estoy hablando, señor Oliver —dijo Lestat en un tono suave pero imperioso. Asió a Stirling por las solapas y después de arrastrarle torpemente hasta la otra esquina del salón, le obligó a sentarse en una amplia butaca de orejas tapizada de satén.
Stirling parecía a punto de desvanecerse —lógicamente, incapaz de mirar a Lestat.
Lestat tomó asiento en el sofá de terciopelo, muy cerca de Stirling. Durante unos momentos se olvidó por completo de mí. Al menos, eso me pareció.
—Señor Oliver —dijo Lestat—, le he preguntado por qué ha venido a mi casa.
—No lo sé —respondió Stirling. Acto seguido me miró a mí y a la figura que le estaba interrogando. Yo no pude por menos de tratar de ver lo que veía Stirling, el vampiro cuya piel aún relucía aunque estaba tostada, y cuyos ojos prismáticos eran innegablemente feroces.
La legendaria belleza de Lestat resultaba tan potente como una droga. Y la luz de la araña que pendía del techo era tan inmisericorde o espléndida según el punto de vista de cada cual.
—Sí que sabe por qué ha venido —dijo Lestat bajando la voz; su acento francés era tan sutil como delicioso—. Los de Talamasca no se han contentado con expulsarme de su ciudad. ¿Por qué tienen ustedes que venir a los lugares que me pertenecen?
—He hecho mal en venir —respondió Stirling con un suspiro. Luego frunció el ceño y apretó los labios—. No he debido hacerlo. —Por primera vez miró a Lestat a los ojos.
Lestat alzó la vista y me miró a mí.
A continuación se inclinó hacia delante y deslizó los dedos bajo el cuello manchado de sangre de Stirling, haciendo que éste se sobresaltara y observándome fijamente.
—Nosotros no derramamos sangre cuando nos alimentamos, hermanito —dijo esbozando una sonrisa pícara—. Tienes mucho que aprender.
Las palabras me impactaron como una bofetada y me quedé mudo. ¿Significaba eso que iba a salir vivo de allí?
No mates a Stirling, pensé yo, y de pronto Lestat, sin apartar los ojos de mí, soltó una breve carcajada.
—Gira esa silla, Tarquin —dijo señalando el escritorio—, y siéntate. Me pone nervioso verte de pie. Eres demasiado alto. Y pones también nervioso a Stirling Oliver.
Sentí un inmenso alivio, pero cuando me afané en hacer lo que me había ordenado comprobé que mis manos no cesaban de temblar y volví a sentirme profundamente turbado. Por fin conseguí sentarme frente a los dos, aunque a una distancia prudencial.
Stirling frunció ligeramente el ceño al mirarme, pero de forma afectuosa. Por lo demás, aún estaba un tanto ofuscado debido al hecho en sí mismo, a haberle yo succionado la sangre a través de la arteria que conectaba con su corazón. Eso, unido al hecho de haberse presentado Lestat, de que Lestat nos hubiera interrumpido, de que Lestat estuviera allí y preguntara de nuevo a Stirling por qué había venido a su apartamento.
—Pudo haber venido de día —dijo Lestat, dirigiéndose a Stirling con serenidad—. Tengo unos guardias desde el amanecer hasta el anochecer, pero los de Talamasca son muy hábiles a la hora de sobornar a los guardias. ¿Cómo no captó el hecho de que yo mismo vigilo mis propiedades después de ponerse el sol? Ha contravenido las órdenes de su superior general. Ha ido en contra de su sentido común.
Stirling asintió con la cabeza, desviando la vista, como si no supiera qué decir, pero luego respondió, digno:
—La puerta no estaba cerrada con llave.
—No me ofenda —replicó Lestat sin exaltarse ni perder la paciencia—. Ésta es mi casa.
Stirling miró de nuevo a Lestat a los ojos. Le miró sosegadamente y dijo en un tono más coherente:
—He hecho mal en venir, y usted me ha pillado. Sí, he desobedecido las órdenes del superior general, es cierto. He venido porque no he podido resistirme. He venido porque no acababa de creer en usted, a pesar de todo lo que había leído y me habían contado.
Lestat meneó la cabeza con gesto de reproche y volvió a soltar una breve carcajada.
—Espero esa incredulidad de los lectores mortales de mis Crónicas —dijo—. Incluso de los vampiros neófitos como nuestro hermanito aquí presente. Pero no la espero de los de Talamasca, que nos han declarado ceremoniosamente la guerra.
—Para lo que nos ha servido... —contestó Stirling, haciendo acopio de fuerzas—. Yo no era partidario de esa guerra. Voté contra ella en cuanto me enteré de la declaración. Era partidario de cerrar, en caso necesario, la casa matriz aquí, en Luisiana. Pero... Era partidario de aceptar nuestras pérdidas y retirarnos a nuestras bibliotecas en el extranjero.
—Ustedes me echaron de mi ciudad —dijo Lestat—. Interrogaron a mis vecinos de este barrio. Examinaron los títulos de propiedad y demás documentos de todos mis bienes públicos. ¿Y ahora usted se atreve a irrumpir en mi casa y decir que era porque no me creía? Eso es una excusa, pero no un motivo.
—El motivo era que quería verle —dijo Stirling con voz más enérgica—. Quería conseguir lo mismo que otros miembros de la orden. Quería verle con mis propios ojos.
—Y ahora que me ha visto —replicó Lestat—, ¿qué se propone hacer exactamente? —Lestat volvió a mirarme con ojos chispeantes y una sonrisa que se disipó al cabo de un segundo, tras lo cual se volvió de nuevo hacia el hombre sentado en la silla.
—Lo que hacemos siempre —dijo Stirling—. Escribir sobre ello, incluirlo en un informe para los Ancianos, adjuntar una copia en el archivo sobre el Vampiro Lestat... Es decir, si usted me permite marcharme de aquí, si así lo desea.
—Yo no he lastimado a ninguno de ustedes, ¿no es cierto? —contestó Lestat—. Piense en ello. ¿Cuándo he lastimado a un miembro auténtico y activo de la orden de Talamasca? No me culpe por lo que han hecho otros. Y desde su declaración de guerra, desde que decidieron expulsarme de mi hogar, he demostrado un admirable dominio de mí mismo.
—No es cierto —replicó Stirling.
Yo le miré asombrado.
—¿A qué se refiere? —preguntó Lestat—. ¿A qué diablos se refiere? Creo que me he comportado como un caballero —añadió, sonriendo a Stirling por primera vez.
—Sí, se ha comportado como un caballero —respondió Stirling—. Pero no creo que haya demostrado un admirable dominio de sí mismo.
—¿Sabe cómo me sentó que me echaran de Nueva Orleans? —preguntó Lestat sin perder la calma—. ¿Sabe cómo me sentó saber que no podría pasearme por el Barrio Francés por temor a toparme con sus espías en el Café du Monde, ni recorrer la Rue Royale cuando la gente va de compras por las tardes para no encontrarme allí a uno de sus sabuesos? ¿Sabe cómo me hiere dejar atrás la única ciudad en el mundo de la que estoy verdaderamente enamorado?
Stirling le replicó con estas palabras:
—Pero, ¿no quedamos en que usted había sido siempre más listo que nosotros?
—Por supuesto —respondió Lestat, encogiéndose de hombros.
—Además —prosiguió Stirling—, no le hemos echado de aquí. Se ha quedado. Le han visto varios miembros de nuestra orden, sentado descaradamente en el Café du Monde, ante una humeante taza de café con leche que pensaba beberse.
Sus palabras me dejaron pasmado.
—¡Stirling! —murmuré—. Por el amor de Dios, no discutas con él.
Lestat me miró de nuevo, pero no enojado. Luego se volvió hacia Stirling.
Stirling no había terminado.
—Usted sigue alimentándose de chusma —prosiguió con firmeza—. A las autoridades les tiene sin cuidado, pero nosotros reconocemos el patrón. Sabemos que es usted.
Me temía lo peor. ¿Cómo se atrevía Stirling a hablar en ese tono?
Lestat rompió a reír a mandíbula batiente.
—Y no obstante, ¿decidió presentarse de noche? —preguntó—. ¿Se atrevió a venir a sabiendas de que yo podía descubrir su presencia?
—Creo... —Tras dudar unos instantes, Stirling continuó—: Creo que he venido para retarle. Como he dicho, creo que ha cometido usted un pecado de orgullo.
Gracias a Dios que ha confesado, pensé. «Que ha cometido un pecado...» Unas palabras muy oportunas. Yo les observé temblando, horrorizado por el descaro de Stirling.
—Le respetamos más de lo que merece —dijo Stirling.
Yo contuve el aliento.
—Explíquese, por favor —dijo Lestat sonriendo—. Me gustaría saber cómo se concreta ese respeto que según usted les infundo. Si estoy en deuda con ustedes, me gustaría darles las gracias.
—St. Elizabeth’s —respondió Stirling, expresándose airosamente—, el edificio en el que permaneció postrado durante muchos años, acostado en el suelo de la capilla. Jamás tratamos de entrar en él para comprobar qué sucedía. Y como bien ha dicho, somos muy hábiles a la hora de sobornar a guardias. Sus Crónicas convirtieron en famoso su sueño. Y sabíamos que habríamos podido entrar en el edificio. Le veíamos de día, postrado en el suelo de mármol, sin que nadie le protegiera. Era un espectáculo tentador: el vampiro dormido, que ya no se molestaba en acostarse en un ataúd. Un oscuro y siniestro ejemplo a la inversa del rey Arturo durmiente, esperando que Inglaterra le necesitara de nuevo. Pero no entramos furtivamente en su gigantesca morada. Como he dicho, creo que le respetamos más de lo que merecía.
Cerré los ojos unos segundos, convencido de que iba a producirse un desastre.
Pero Lestat volvió a prorrumpir en carcajadas.
—Pamplinas —dijo—. Usted y los demás miembros de la orden tenían miedo. No se acercaron a St. Elizabeth’s ni de día ni de noche porque temían que los Ancianos los eliminaran sin contemplaciones. Y también temían a los vampiros díscolos que merodeaban por allí, a quienes el nombre de Talamasca no les habría impresionado hasta el extremo de perdonarles la vida. En cuanto a acudir de día, ustedes no tenían remota idea de lo que encontrarían allí, de si se toparían con unos matones de elite que les habrían liquidado y enterrado debajo del suelo de cemento del sótano. Era una cuestión meramente práctica.
Stirling achicó los ojos.
—Sí, debíamos andarnos con cuidado —reconoció—. No obstante, en ocasiones...
—Bobadas —replicó Lestat—. Lo cierto es que mi tristemente famoso sueño terminó antes de que ustedes nos declararan la guerra. ¿Y qué si me vieron sentado «descaradamente» en el Café du Monde? ¡Cómo se atreve a utilizar la palabra «descaradamente»! ¿Insinúa que no tenía derecho a hacerlo?
—Se alimenta de otros seres humanos —dijo Stirling con calma—. ¿Acaso lo ha olvidado?
Yo estaba desesperado. Sólo la sonrisa de Lestat logró convencerme de que a Stirling no le aguardaba una muerte segura.
—Jamás lo olvido —contestó Lestat también sin perder la calma—. ¡Pero no pretenderá echarme ahora en cara lo que hago o dejo de hacer para sobrevivir! Recuerde que no soy ni mucho menos un ser humano, y con cada nueva aventura y cada año que pasa me alejo aún más de esa posibilidad. He estado en el cielo y el infierno, cosa que también le agradecería que recordara. —Lestat se detuvo, como si también él lo recordara, y Stirling trató de responder, pero era evidente que no podía—. He vivido en un cuerpo humano y he recuperado este cuerpo que ve ante usted —prosiguió Lestat en tono mesurado—. He sido el consorte de una criatura a la que otros calificaban de diosa. Y sí, me alimento de otros seres humanos porque tal es mi naturaleza, y usted lo sabe, y sabe lo que me esmero al escoger cada bocado mortal, asegurándome de que esté tarado y sea indigno de una vida humana. Lo que pretendo decir es que su declaración de guerra contra nosotros estuvo fuera de lugar.
—Coincido con usted; fue una declaración de enemistad absurda. No debimos hacerla.
—¿Así lo llaman ustedes, una declaración de enemistad? —preguntó Lestat.
—Creo que ésos fueron los términos oficiales —le contestó Stirling—. Siempre hemos sido una orden autoritaria.Lo cierto es que apenas sabemos nada sobre la democracia. Cuando me referí a mi voto, me referí a una voz simbólica más que literal. Sí, una declaración de enemistad, así lo llamaron. Fue una iniciativa equivocada y un tanto ingenua.
—Ah, equivocada e ingenua —repitió Lestat—. Me gusta eso. Convendría que todos ustedes tuvieran presente que son un hatajo de necios presuntuosos, y que sus Ancianos no son mejores que el resto de ustedes.
Stirling se mostraba relajado, ligeramente fascinado, pero yo no podía relajarme. Temía lo que pudiera ocurrir en el momento más impensado.
—Tengo una teoría sobre esa declaración de enemistad —dijo Stirling.
—Oigámosla —respondió Lestat.
—Creo que los Ancianos pensaron, aunque Dios sabe que desconozco sus venerables mentes, que la declaración induciría a algunos miembros de la orden que se habían pasado a sus filas a regresar al redil.
—Esto es fantástico —dijo Lestat echándose a reír—. ¿Por qué se anda con tantos rodeos? ¿Debido a la presencia de este chico?
—Es posible —respondió Stirling—, pero lo cierto es que los miembros de Talamasca pensamos con este leng
