La balada de los dragones (La Caída Lunar 2)

Sarah A. Parker

Fragmento

Glosario

GLOSARIO

EXPLICACIONES TEMPORALES

A. P. / ANTES DE LA PIEDRA

En la línea temporal, antes de que a los Neván les entregaran la Piedra Éter.

D. P. / DESPUÉS DE LA PIEDRA

En la línea temporal, después de que a los Neván les entregaran la Piedra Éter.

CINTAS AURORALES

Unas cintas plateadas luminosas que están atadas a los dos polos del mundo, el norte y el sur, y lo orbitan alrededor de este eje. Las cintas aurorales son lo que la gente utiliza para marcar la hora de despertarse o de acostarse.

CICLO AURORAL

Un ciclo auroral completo es la cantidad de tiempo que tardan las cintas aurorales en orbitar el planeta. Un ciclo auroral es el equivalente a nuestro día de veinticuatro horas.

SALIDA AURORAL

El momento del ciclo auroral en el que las cintas aurorales asoman por el horizonte oriental.

PUESTA AURORAL

El momento del ciclo auroral en el que las cintas aurorales se ponen en el horizonte occidental.

DAE

El momento del ciclo auroral en el que las cintas aurorales recorren el cielo. Es el tiempo en el que los habitantes del mundo suelen estar despiertos.

DUERMEVELA

El momento del ciclo auroral en el que no hay cintas aurorales pintando el cielo. Es el tiempo en el que los habitantes del mundo suelen dormir.

FASE

Mil ciclos aurorales, parecido a un año. Las cintas aurorales se vuelven más gruesas durante el transcurso de la fase y, luego, se reducen en el milésimo ciclo. Este ritmo menguante y creciente marca la fase de principio a fin.

EÓN

Cien fases, es decir, cien mil ciclos aurorales.

EXPLICACIÓN DE LAS ÉPOCAS

Una fase de vida: mil ciclos aurorales.

Veinticuatro fases de vida: veinticuatro mil ciclos aurorales.

TERMINOLOGÍA

ABALORIO ELEMENTAL

Estos abalorios se llevan para mostrar si un individuo es capaz de oír alguna de las canciones elementales. Adoptan una forma distinta en cada reino: en La Bruma, se llevan como pendientes; en La Llama o La Sombra, sirven como adornos en el pelo, la barba o la vestimenta.

– ABALORIO ROJO: Ignos (fuego)

– ABALORIO AZUL: Rayne (agua)

– ABALORIO TRANSPARENTE: Clode (aire)

– ABALORIO MARRÓN: Bulder (tierra)

ABUH

Abuela o abuelo.

ALONDRA DE PAPEL

Cuadrados de pergamino runados con líneas de activación. Una vez doblados en forma de alondra, esos mensajes vuelan hasta el destinatario. Es una forma fiable de comunicación en este mundo.

ALONDRA FANTASMA

Alondras incapaces de dar con su destinatario, normalmente porque este ha fallecido. Estas alondras pasan el resto de su existencia revoloteando sin rumbo.

ARITHIA

La capital de La Sombra.

BELUHN

El pueblo o puesto avanzado más meridional de La Llama. Dado que se encuentra tan próximo a La Bruma, es aquí donde muchos crían a sus fundefauces si son lo bastante valientes como para arriesgarse a conseguir un huevo.

BHOGGITH

La zona donde anidan los fundefauces. Se encuentra en La Bruma y es una amplia extensión de páramos pantanosos. En ella, hay montículos en los que los fundefauces forman sus nidos construyendo grandes esferas circulares con árboles y ramas, en cuyo interior depositan los huevos. En cuanto los huevos empiezan a moverse, el fundefauces macho escupe llamas sobre la estructura, una parte vital del proceso de eclosión.

BOSQUE DE HARTHOR

Bosque ancestral que rodea las zonas de anidación de los fundefauces.

BOTHAIM

Ciudad neutral. La residencia del Triconsejo.

CLAN JOHKULL

Uno de los numerosos clanes de guerreros que habitan en las llanuras Boltánicas. Esos clanes son famosos por sus fuertes y talentosos miembros. Kaan creció en el clan Johkull.

CUMBRES DE VIHN

Forman parte de Gondragh y es donde anida la gran siegasable plateada.

DAGA-MÓRRK

Un ser con un vínculo tan estrecho con su dragón que puede emplear su fuerza y su fuego. Esta conexión es más mítica que real.

DHOMM

La capital de La Llama.

DRELGAD

Una parte de la muralla que está reservada al ejército de La Bruma y en la cual se alojan los nuevos reclutas.

EL FOSO

La vía principal de la ciudad de Gore.

EL LOFF

La enorme masa de agua que rodea la zona donde anidan los siegasables como si fuera un iris turquesa. Es famoso por ser donde habitan bestias antiguas y por tener un clima impredecible.

ESCRIPE

Un juego de azar y estrategia que se juega en todo el mundo. Los fragmentos de pergamino que se usan (vitelas) se asemejan a naipes, pero contienen imágenes de diferentes criaturas.

ESCUDERO DE ELDING

Se encarga de transmitir las órdenes del Elding a otros miembros de los Fíur du Ath.

ESPADA DE ELDING

Asesino de los Fíur du Ath.

ESPINAS

Soldados de Arithia.

FÍUR DU ATH

El grupo rebelde que pretende contrarrestar la tiranía que se extiende por los territorios (especialmente en La Bruma). Abarcan todo el mundo.

GEMAS DE ROCADRAGÓN

Se forman en la tierra en zonas donde se ha derramado sangre de dragón. Son el medio de pago principal de La Bruma y de La Sombra. Si se muelen y se consumen, tienen propiedades medicinales.

GONDRAGH

Una tierra donde el sol cae con fuerza, en la que hace muchísimo calor y que resulta inhabitable para la mayoría de las criaturas. Es un área muy rocosa, con un montón de volcanes y ríos de lava. Los siegasables anidan en recovecos y grietas de esos volcanes. En cuanto los huevos empiezan a moverse, recogen lava de los volcanes y la escupen sobre los nidos o los cubren de llama de dragón, una parte vital del proceso de eclosión.

GORE

La capital de La Bruma.

GRAN TESORO

Se encuentra en la Ciudadela de Bothaim y comprende objetos únicos custodiados por el Triconsejo, incluido el Libro de Voyd.

GUARDIANES

Discípulos del Triconsejo dotados de dos abalorios.

HILVACARNE

Alguien entrenado en el arte de usar runas para sanar heridas en la carne, los músculos y los órganos.

LA BRUMA

El tercio central del mundo, la franja más ancha de las tres. Allí las nubes siempre son coloridas, pues en todo momento reciben la luz de una hora dorada. Hace frío, a menudo nieva y no llueve nunca, aunque a veces cae aguanieve. Una muralla de piedra gigantesca circunda esta ancha parte del mundo a modo de cinturón, en cuyo interior ha construido su hogar la mayoría de la civilización de La Bruma. En zonas muy pobladas, se ha abierto una brecha en la muralla y creado un foso protegido por puentes celestes que van de un lado a otro.

LA FLORESTA

El refugio subterráneo gobernado por el Elding, situado en una ubicación no revelada hacia el sur.

LA LLAMA

El tercio norte del mundo. Allí siempre hace sol, por lo que el calor es intenso, y en algunas zonas llueve a menudo. Hay un montón de junglas y extensas llanuras de arena, así como grandes masas de agua.

LA SOMBRA

El tercio sur del mundo. Allí no llega el sol y, por lo tanto, está siempre sumido en la oscuridad; la única luz la proporcionan las cintas aurorales y las lunas de los plumalunas. Hace muchísimo frío y está cubierto de nieve, y la zona más fría es el polo sur, conocido como Netheryn.

LIBRO DE VOYD

Escrito por el dios del Éter. Cada una de las runas oficiales deriva de este libro. Se conserva en el Gran Tesoro de la Ciudadela bajo la custodia del Triconsejo.

MAH/MAHMI

Madre/mamá.

MAL DE SOL

Una enfermedad que aqueja a los feéricos que pasan demasiado tiempo sin ver el sol. Afecta sobre todo a los que proceden de La Llama y La Bruma.

MÁLMR

Un colgante tallado a mano que los miembros de los clanes guerreros de las llanuras Boltánicas le ofrecen a alguien a quien están cortejando. A menudo, están hechos con escamas de dragón, huesos, cobre o piedra.

MENTALISTA

Alguien que tiene la habilidad única de adentrarse en la mente de otro. Hay poquísimos en el mundo.

MIEL ET MUÍEM

Las Nieblas Errantes. Estas nieblas se mueven por todo el mundo, aunque rara vez se acercan al norte.

MINERAL BOTHAIMIANO/DE BOTHAIM

Se extrae en los túneles abiertos en las profundidades de Bothaim. Contiene un alto porcentaje de hierro y a Bulder le resulta prácticamente imposible de mover.

MUESCA

Un tajo curvado en la punta de la oreja de un feérico, como si una criatura diminuta le hubiera pegado un mordisco. Si alguien tiene una, significa que es nulo y, por lo tanto, incapaz de oír ninguna de las canciones elementales. No es algo común en todas partes; solamente se da en unos reinos específicos.

NETHERYN

La zona donde anidan los plumalunas. Se encuentra en La Sombra, en el polo más al sur del mundo. Allí, el entorno, helado e inhóspito, resulta inhabitable para la mayor parte de las criaturas. Los plumalunas anidan en gigantescas columnas de hielo hexagonales.

En cuanto los huevos empiezan a moverse, el plumaluna macho escupe llamas gélidas sobre ellos o los cubre de hielo y nieve, una parte vital del proceso de eclosión.

NULO

Alguien que no oye ninguna de las canciones elementales. En algunos reinos, les hacen una muesca en las orejas para señalarlo.

OJOS DE DRAGÓN

La habilidad de ver el rastro de viejas runas, algo que de otra forma solo puede hacerse a través de la luz de la llama de dragón.

PAH/PAHPI

Padre/papá.

PAREJA

El equivalente a marido o mujer. Decir que dos criaturas son pareja es una forma de decir que están casadas.

PIEDRA ÉTER

Una piedrecita negra, del tamaño de la yema del pulgar de un adulto, que está incrustada en una diadema de plata. La diadema se funde con la cabeza del huésped y está custodiada por la estirpe de la familia Neván. Caelis, el dios del Éter, se encuentra dentro de la piedra.

REFUGIO DE CRÍA

Un refugio que, por lo general, se encuentra en las afueras de las zonas donde anidan los dragones. Suele ser el lugar donde se instala alguien que ha robado un huevo para que los dragones nazcan en su hábitat natural y la eclosión sea segura y saludable.

RÉIDI

El tatuaje de puntos situado en la espalda de un guerrero de las llanuras Boltánicas. Cada punto representa una victoria, por lo que una espalda muy tatuada indica una gran fuerza y honor.

RUNI

Alguien que ha aprendido a utilizar los símbolos encontrados en la vieja tumba que algunos creen que Caelis, el dios del Éter, escribió en su desesperación por que lo oyeran. Los runis llevan un abalorio blanco o una capa blanca con botones en la costura central que la ciñen. Los botones están estampados con símbolos que anuncian los talentos del runi. Para indicar diferentes niveles de destreza, los botones están hechos de materiales distintos: la madera marca el nivel elemental, mientras que el diamante es el más avanzado.

SANGUIRIO

Alguien que tiene un poder único sobre la sangre. Puede trazar el origen de la familia, usar la sangre de alguien para provocarle dolor o placer, etcétera.

SUBURBIA

Una enorme hendidura escarpada justo debajo de la muralla de La Bruma, concretamente debajo de Gore, la capital de La Bruma. Está abarrotada de pozos abandonados de gemas de rocadragón y es una zona frecuentada por criaturas sin hogar. Cuando alguno de los pozos se desploma, las criaturas que hay a ambos lados de la muralla se escabullen en el interior para buscar refugio, por lo que es un lugar muy peligroso donde vivir.

TRICONSEJO

Es un consejo de elementales con tres abalorios y runis de gran sabiduría. Ejercen cierta influencia sobre los reinos porque ostentan un gran poder y, a veces, intervienen en asuntos políticos. Viven en Bothaim, un territorio neutral que no está sometido a las normas de ningún rey o reina.

UHLOO

El modo que tienen los miembros del clan Johkull de corresponder al regalo de un málmr. Consiste en una fina trenza ofrecida por propia voluntad que el destinatario se prende en el cabello. La tensión de la trenza dice mucho sobre las intenciones de quien la obsequia.

VERACISTA

Alguien que tiene la habilidad única de saber si otro está mintiendo. Los veracistas no son tan fuertes como los mentalistas, pero son más comunes y valiosos para la Corona, ya que son capaces de saber si alguien oye las canciones elementales; sobre todo, jóvenes que han empezado a oír las canciones e intentan huir del reclutamiento.

VIAL ELEMENTAL

Dispositivo pequeño portátil que es capaz de contener elementos en sus formas más puras, como el fuego, el aire, el agua, la tierra e incluso la llama de dragón. Sin embargo, hay poquísimos viales elementales, puesto que se requiere la sangre de un Daga-Mórrk para construirlos.

SERES Y CRIATURAS

ANTHE

Una criatura acuática que se alimenta de carne y traga almas, aniquilándolas. Una tiene su guarida bajo Bothaim.

AVE ELDING

Una criatura mítica parecida a un pájaro formada a partir de cenizas y llamas.

CAMBIASINOS

Una criatura felina enorme de color plateado que es más leyenda que realidad. A quienes dicen verlo se los considera locos, ya que cuentan que la bestia les hizo cambiar la decisión que iban a tomar por otra.

CORVOS

Criaturas que viven en manadas y cazan en las llanuras nevadas que hay al sur del muro de La Bruma. Comen carne.

ESPECTROS

Criaturas poco comunes, larguiruchas y vaporosas que se aparecen en los velos de niebla, donde mordisquean almas a cambio de mensajes procedentes de los muertos. Hablan.

FÁUNIDOS

Bestias aladas con piel, cuello grueso y enormes ojos oscuros. Miden menos de la mitad de un fundefauces medio y son capaces de fundirse con la piedra de color óxido de La Llama. Pueden aferrarse a acantilados y a techos y sus alas son parecidas a las de los murciélagos. Se pueden montar.

FEÉRICOS

Forman el pueblo más común del mundo. No son inmortales, pero su esperanza de vida es excepcionalmente larga. Los feéricos tienen orejas puntiagudas y caninos afilados y son de naturaleza primaria.

FUNDEFAUCES

Los dragones que viven en La Bruma. Están cubiertos de plumas, sus caras son afiladas y picudas. Su plumaje presenta una vibrante mezcla de colores y no hay dos que luzcan la misma gama cromática. Pueden viajar sin problemas a cualquier parte del mundo y son los dragones a quienes resulta más fácil domar o robar un huevo.

MALDIESPINES

Depredadores espinosos que castañetean, aúllan y asaltan madrigueras excavadas en la nieve, cuya presa principal son las crías recién nacidas de criaturas más vulnerables.

MISKUNN

Criaturas pequeñas de pelo y cuerpo blancos, rasgos diminutos y dientes afilados. Son tan gráciles que se doblan como un marsupial y tienen una larga cola con copete. Ven el futuro, aunque sus visiones son esporádicas y susceptibles a cambios. Hablan.

PLUMALUNAS

Los dragones que viven en La Sombra. Tienen una piel luminosa que irradia tonos grises, perlados, iridiscentes y blancos, ojos negros enormes y brillantes, cara redonda, cuello largo y cuerpo elegante.

Su cola es larga, como un pincel plateado. Les encanta el frío y no soportan el sol ni las quemaduras; tampoco pueden ver bien en una claridad intensa. Son muy astutos y, por tanto, los dragones a los que resulta más difícil domar o robar un huevo.

RAZAH

Criaturas nacidas de la lava que se dice que son los espíritus enfurecidos de los feéricos perecidos, con la mente obcecada por su sed de sangre.

SIEGASABLES

Los dragones que viven en La Llama. Son unas criaturas enormes y cuadradas con escamas, púas y fauces con numerosos colmillos.

Lucen muchos colores distintos, como el óxido, el bronce, el rojo, el marrón, el negro y el dorado. Les encanta el calor y no pueden sobrevivir mucho tiempo en el desapacible frío de La Sombra. A veces, son muy ruidosos y agresivos y resulta tan difícil domarlos o robarles un huevo como a los plumalunas.

TROGGS PELUDOS

Criaturas grandes y larguiruchas a quienes les gusta acumular y comer basura. Tienen cuatro brazos, cabellera negra larga y piel azul aterciopelada. Consumen los recuerdos de los desechos que comen y los purgan dándoles forma de hilos luminosos y pegajosos que extraen de los agujeros que tienen en las manos: los usan para decorar su guarida. Hablan.

PERSONAJES

AHDRIK NEVÁN

Antiguo rey de La Sombra. Pareja de Eudora Neván y padre de Elluin y Haedeon Neván.

AHRA

La gran siegasable plateada.

AHVI

El niño protegido que Tyroth entregó al Triconsejo a cambio de contar con su favor.

ALLUME

La plumaluna de Haedeon Neván.

ARKYN VAEGOR

También conocido como Rey Carroñero. Hijo de Ostern Vaegor.

BHARON

El siegasable de Tyroth Vaegor.

BORG

El espectro que tiene Kaan como mascota.

BULDER

Uno de los cinco Creadores: el dios de la Tierra.

CADOK VAEGOR

El rey actual de La Bruma. Pareja de Dothea Vaegor, padre de Turun Vaegor, hijo de Ostern y Kovina Vaegor, hermano de Kaan y Veya y gemelo de Tyroth Vaegor. Medio hermano de Arkyn Vaegor.

CAELIS

Uno de los cinco Creadores: el dios del Éter.

CLODE

Una de los cinco Creadores: la diosa del Aire.

DOTHEA VAEGOR

La reina actual de La Bruma. Pareja de Cadok Vaegor y madre de Turun Vaegor.

EL ELDING

El líder de los Fíur du Ath.

ELLUIN NEVÁN

Antigua princesa de La Sombra. Hija de Ahdrik y Eudora Neván y hermana de Haedeon Neván. Descendiente de la estirpe familiar a la que le confiaron la Piedra Éter.

ESSI

La joven amiga de Raeve a quien esta rescató de Suburbia. Essi vivía con Raeve en Gore y era muy inteligente.

EUDORA NEVÁN

Antigua reina de La Sombra. Pareja de Ahdrik Neván y madre de Haedeon y Elluin Neván. Descendiente de la estirpe familiar a la que le confiaron la Piedra Éter.

FALLON

Amiga de Raeve a quien esta perdió hace mucho tiempo.

GRIHM

La mano derecha del rey Kaan.

GRUFFIN

El fundefauces de Ahvi.

HAEDEON NEVÁN

Antiguo príncipe de La Sombra. Hijo de Ahdrik y Eudora Neván y hermano de Elluin Neván. Descendiente de la estirpe familiar a la que le confiaron la Piedra Éter.

IGNOS

Uno de los cinco Creadores: el dios del Fuego.

KAAN VAEGOR

El rey actual de La Llama. Hijo mayor de Ostern y Kovina Vaegor y hermano de Cadok, Tyroth y Veya Vaegor. Medio hermano de Arkyin Vaegor.

KORIE FARJÓR

Hija de Siharna Farjór. Prima hermana de Kaan, Cadok, Tyroth y Veya Vaegor.

KYZARI VAEGOR

Princesa de La Sombra. Hija de Kaan Vaegor y de Raeve/Elluin Neván. Nieta de Ostern y Kovina Vaegor. Descendiente de la estirpe familiar a la que le confiaron la Piedra Éter.

MAELL

La fundefauces de Pyrok.

MIOR

Una mentalista distinguida de La Llama. Hija de Vhrun.

NOEVE

Conductora de un carro que suele transitar por el sendero de los Daes.

OSTERN VAEGOR

Antiguo rey de La Llama. Pareja de Kovina Vaegor y padre de Arkyn, Kaan, Cadok, Tyroth y Veya Vaegor.

PYROK

Un miembro no demasiado habilidoso de la corte imperial del rey Kaan. Hermano de Roan.

RAYNE

Una de los cinco Creadores: la diosa del Agua.

REKK ZHAROS

Un famoso cazarrecompensas.

ROAN

Un miembro de la corte imperial de Kaan. Hermano de Pyrok.

RUSE

La propietaria de La Pluma Rizada de Gore.

RYGUN

El siegasable de Kaan.

SEREME

Miembro de alto rango de los Fíur du Ath.

SIHARNA FARJÓR

Líder de Beluhn. Hermana de Kovina Vaegor, madre de Korie Farjór y tía de Kaan, Cadok, Tyroth y Veya Vaegor.

SLÁTRA

La plumaluna de Elluin Neván.

TYROTH VAEGOR

El rey actual de La Sombra. Hijo de Ostern y Kovina Vaegor, hermano de Kaan y Veya y gemelo de Cadok Vaegor. Medio hermano de Arkyn Vaegor.

UNO

La miskunn que tiene Ruse por mascota.

UTRIS

Un guerrero de La Llama.

VEYA VAEGOR

Princesa de La Llama. Hija menor de Ostern y Kovina Vaegor y hermana de Kaan, Cadok y Tyroth Vaegor. Medio hermana de Arkyn Vaegor.

VRUHN

El propietario de La Pluma Rizada de Dhomm.

Guía de pronunciación

Ahvi

Ávi

Allume

Alúm

Anthe

Anz

Bahron

Báron

Beluhn

Bélun

Cadok Vaegor

Cádok Véigor

Elluin Neván

Eliuín Neván

Essi

Ési

Fíur du Ath

Fíer du Az

Haedeon Neván

Jéidion Neván

Kaan Vaegor

Kan Véigor

Kyzari Vaegor

Kaizári Véigor

Miel et Muíem

Mil et Muím

Mior

Míor

Ostern Vaegor

Ostérn Véigor

Raeve

Reif

Réidi

Rédi

Rygun

Ráigan

Sereme

Serím

Siharna

Sihárna

Slátra

Slátra

Tyroth Vaegor

Táiroz Véigor

Uhloo

Úlu

Utris

Útris

Veya Vaegor

Véya Véigor

Mapa ovalado dividido en tres regiones principales. En la parte superior está La Llama, con un sol sobre el borde del mapa. En esta primera región hay tres volcanes activos junto al Mar Loff, dragones y topónimos como Agatott, Dhomm, Gondragh, Koven, Ovadhan, Medeon y Rambeck. En la zona central está La Bruma, separada por una franja horizontal con Llanuras de Ergór, Bhoggith, Sendero de los Daes, Volery y Arenas de Khindard. Debajo aparecen bosques, llanuras, nubes arremolinadas y asentamientos como Drelgad, Orig, Bothaim, Gore, Lether, Gudrit, Olaeve, Miel et Muiem y Yarith. En la parte inferior está La Sombra, con cordilleras a izquierda y derecha, topónimos como Picos de Amariel, Aktaen, Ocerea, Arithia y Limis, y la ciudad de Netherýn junto al borde inferior. Una rosa de los vientos indica el Norte en la parte inferior central. El mapa está decoracado con ilustraciones de lunas y con dragones escupiendo fuego.

Árbol familiar con marcos con nombres conectados mediante líneas de parentesco. En la fila superior aparecen Andrik Neván casado con Eudora Neván que tiene el símbolo de una diadema. Al lado está Ostern Vaegor que primero estaba casado con una mujer sin nombre y después con Kovina Vaegor. De Andrik Neván y Eudora Neván descienden Elwin Neván, con diadema, y Haedeon Neván. De Mujer sin nombre y Ostern Vaegor desciende Arkyn Vaegor, conocido como El Rey Carroñero. De Ostern Vaegor y Kovina Vaegor descienden Kaan Vaegor, Veya Vaegor, Tyroth Vaegor y Cadok Vaegor. Elwin Neván está conectada con Kaan Vaegor y de esa unión desciende Kyzari Vaegor, con diadema. Cadok Vaegor es padre de Dothea Vaegor y de Turun Vaegor.

Aquel dae, reinaba un silencio poco común. El Loff era como una hoja de vidrio que solo ofrecía un reflejo nítido. Ni una sola brisa agitaba la hierba o silbaba al pasar por las aristas afiladas. Los volcanes que cubrían Gondragh acallaron su retumbante rugido por primera vez en muchas fases. Ni una sola roca se movía de su sitio a menos que se le ordenara, y en tal caso lo hacía con rapidez y precisión. Incluso las nubes se resistían a llorar, como cuando un rostro desencajado contiene la respiración justo antes de proferir un sollozo de angustia.

Era como si Ignos, Bulder, Clode y Rayne tuvieran su conciencia… en otra parte. Como si hubiesen estado observando.

Escuchando.

La gente reflexionó sobre el extraño suceso y quienes eran capaces de oír las canciones de los Creadores hablarían más tarde de ello como un mal augurio, teniendo en cuenta cómo se desarrollarían las cosas ese dae: la gran luna plateada de plumaluna que había enclavada en el cielo de La Sombra estaba a punto de caer.

Primero, se oyó un grito de alguien doblegado por el sufrimiento y la soledad. Fue como si se rompiese una costura por estar las puntadas demasiado apretadas. Después, vinieron las palabras, brotadas de un corazón sediento, sin más intención que aliviar el dolor que sentía la mujer en el pecho.

Lo que sucedió a continuación hizo gritar a los Creadores con la misma fuerza, con la voz crispada por lo que estaba por venir.

Entonces…

Slátra cayó del cielo como un huevo luminoso: se desplomó a tal velocidad que salía fuego de la estela de piedras que dejaba tras de sí. Quienes presenciaron el suceso y vivieron para contarlo dirían más tarde que el suelo pareció suspirar resignado justo antes de que la luna impactara con tal fuerza sobre él que el mundo entero se sacudió, como si se estremeciese. Lógico, dado que aquel acontecimiento desencadenaría un ajuste de cuentas que ya se había retrasado demasiado.

Los Creadores vieron cómo una mujer salía de esa luna y se liberaba de los bellos escombros brillantes con los ojos rebosantes de fulgor y oscuridad mientras la sangre le manaba de un profundo tajo en la cabeza. La vieron poner rumbo hacia Arithia con malas intenciones y… justo entonces fue capturada, sometida, lanzada a una celda bajo una montaña en la que residía un hombre consumido por su sed de sangre.

Vieron cómo la torturaban, curtiéndola.

Afilándola.

Sabían que aquello era el principio del fin, en medio del eco de algo que había tenido lugar tantas fases atrás. Que el hombre al que esta feérica procedente de la luna caída había amado vagaba por las llanuras con el corazón rebosante de dolor y la boca cargada de palabras capaces de reducir el mundo a cenizas. Que él podía acabar con todo más deprisa y con más ferocidad que cualquier caída lunar.

Que el destino se había confabulado contra ellos para enderezar las cosas, acorralándolos de un modo que resultaba asfixiante.

No se opusieron, sabedores de que eran ellos los equivocados, de que saldrían perdiendo en caso de hacerlo. Y es que, el dae en que le tendieron una trampa a Caelis y lo hicieron jirones, metiéndolo en una jaula que lo aplastó hasta convertirlo en un amasijo de gritos, solo había una cosa con la que no habían contado, algo que poseía tal fuerza que nunca tendría rival.

El amor.

Kaan

Capítulo 1

Al palpar las frías aristas calcificadas de un orificio que tiene Slátra en el costado, me corto la punta del dedo con un borde muy afilado. Apenas siento dolor, la sensación es similar al canto de un amigo perdido, casi como un tesoro, pues muchas de las cicatrices de mis manos se deben a esta hermosa luna plateada.

A ella.

A paso lento, rodeo el ovillo que forma la plumaluna en dirección a otro orificio, este liso, pero tan profundo que puedo meter el brazo entero y ni siquiera rozo el fondo. Es algo que compruebo por milésima vez, asegurándome de que tengo clara la forma antes de pasar al siguiente. Imagino que llevo las piezas faltantes en las manos, que vuelvo a colocarlas en su sitio.

No es un capricho.

No es un simple deseo de terminar el trabajo, como completar un rompecabezas complicado.

Lo que me mueve es un anhelo que brota de mi alma desde que ella se precipitó del cielo, invadiendo mis sueños y cada aliento cuando estoy despierto, incluso después de encontrar a Raeve magullada y cubierta de sangre en aquella celda.

Coloco la palma de mi mano entre los párpados cerrados de Slátra.

—Volverás a estar completa —digo con voz tan ronca que tengo que aclararme la garganta. Apoyo la cabeza contra la suya, a pesar del intenso frío que me abrasa la piel—. Juro por mi existencia que no descansaré hasta encontrar todas las piezas y traértelas.

Ella no se mueve, tampoco abre los ojos ni revela sus secretos. En absoluto cierra el agujero que yo también tengo en el pecho, como si faltase algo. Una sensación que ya me resulta demasiado familiar, considerando todas las fases que han transcurrido desde que Elluin se marchó.

Bajo la vista al delicado hoyo que la acogió antes de que naciera como Raeve y, al hacerlo, estalla un dolor diferente en mi blando corazón…, uno imposible de ignorar.

Pienso en su paradero, en los incesantes aullidos de Líri cuando pareció darse cuenta de que Raeve se había ido, de que la había dejado aquí, en La Llama, de que había elegido vengarse por su cuenta.

Alejarse del amor.

Sentí cada uno de los agudos aullidos que dirigía al cielo en todas las fibras de mi ser. Todavía los siento cada vez que pongo el pie en esa cueva o dejo que los pensamientos de Rygun se filtren a través de mi cuerpo desde donde ha anidado a la entrada… De todas formas, la pequeña plumaluna parece aullar cada vez menos, como si se estuviera rindiendo.

En cierto modo, eso es peor.

Le planto un beso entre los ojos a Slátra y me dirijo a las escaleras. Me sacudo el hielo de la barba mientras salgo de la gélida corriente de su luz plateada y vuelvo a la realidad. Abriéndome paso entre las frondosas enredaderas, salgo al aire templado, ahora cargado por la tormenta que ruge a lo lejos, y paso junto a flores empapadas que gotean formando charcos.

Al llegar a la puerta de mi dormitorio, un aleteo atrae mi atención hacia el cielo.

Extiendo la mano para que la alondra que se aproxima se pose en ella y se me encoge el corazón al pensar que podría ser de Raeve. Quizá sea una nota diciéndome que le importo, pero que no va a volver, algo que no se atrevió a decirme a la cara.

Ni siquiera respiro hasta que despliego el pergamino y leo el mensaje, escrito en la lengua nativa de los clanes, de principio a fin.

«No es de Raeve».

El alivio recorre mi cuerpo como un trago de agua helada.

Releo el mensaje de Terros, agradeciendo la puesta al corriente sobre su viaje a Bothaim con Rekk a cuestas, al que conduce hacia una muerte inminente.

Feliz de recibir noticias sobre su avance, vuelvo a doblar la alondra y me la guardo en el bolsillo. Si el tiempo lo permite, aterrizarán en Bothaim dentro de dos o tres ciclos.

Sin duda, Raeve estará esperando, lista para despellejar vivo a Rekk. Con suerte, hará que este suplique por su muerte.

«Con suerte, ella se librará de la sed de sangre que le corre por las venas».

Ahuyentando ese pensamiento, abro la puerta de par en par y cruzo las cortinas, me aseguro de dejarlas bien cerradas y me adentro en el dormitorio. Acaricio mi laúd y, frunciendo el ceño, me detengo para cogerlo del soporte, me lo llevo a la cadera y lo rasgueo con el pulgar…

El timbre que emite me sacude el pecho: disonante y algo estridente. El eco del dolor que se ha apoderado de mí desde que Elluin se marchó hace tantas fases.

La melodía de mi aflicción. De mi amor y mi pesar.

Debería haber cambiado las cuerdas hace mucho tiempo, pero eso habría modificado el sonido, algo que no me parecía bien, y menos teniendo en cuenta que ella es la única para quien lo he tocado desde que Slátra se la llevó al cielo. Una melodía reservada a su espíritu con la esperanza de que volviese a confiarme su corazón.

«Tal vez debí haber tocado con más ahínco».

Aclarándome la garganta, dejo el instrumento en su soporte. Descorcho mi brandy y me sirvo una copa. Al tomar un sorbo, el licor me escuece por dentro mientras abro el cajoncito del escritorio y saco el frasco de cristal que guardé ahí hace casi treinta ciclos.

Siento una punzada de culpa al ver la niebla arremolinada en su interior, como si encerrase un pequeño tornado.

«Vaya».

Me recuesto en la silla de piel, doy otro sorbo y aparto el vaso. Luego, dejo el frasco sobre la mesa y le quito el corcho. Borg sale a borbotones en forma de niebla malhumorada, revolviéndose al tiempo que va creciendo. Se dobla sobre sí mismo, se estira hasta alcanzar un tamaño mayor que una cama, casi transparente, y luego se contrae de nuevo hasta convertirse en una masa densa y vaporosa, un poco más grande que yo, con unos ojos negros que brillan por la…

¿Rabia? No, decepción.

Eso es peor.

—El rey ausente regresa —murmura contrariado el espectro hinchándose ante mí como una pálida nube de tormenta amarrado a su frasco.

—Borg. Yo también te echaba de menos.

—Vuestros actos dicen lo contrario. —Extiende la boca longitudinalmente: un desagradable agujero deforme—. La próxima vez que se os ocurra guardarme en un cajón, no lo hagáis.

Bajo la barbilla y me llevo el puño al pecho.

—Tienes razón, amigo mío. Eso fue muy desconsiderado por mi parte. Por favor, acepta mis humildes disculpas.

—Depende. —Extiende la boca de nuevo, esta vez en sentido opuesto—. ¿Me habéis encontrado un frasco más bonito?

«Mierda».

—Sigo en ello…

—Mentiras. —Se abalanza hacia mí a tal velocidad que se me eriza el vello de los brazos—. Más de cien fases y sigo en este tan feo tapado con un corcho.

Alzo una ceja.

—Tiene una ventana grande.

—No sirve de nada si me tiráis en un cajón como si careciese de importancia.

Se me escapa una leve sonrisa.

—Eso es cierto.

Borg inspira larga y profundamente, aproximándose mucho a mi boca, como si estuviera a punto de introducirse en ella e invadir mis órganos. Esa cercanía siempre me provoca un escalofrío por la espalda.

—Percibo el alcohol en vuestro aliento.

—Así es.

—¿Habéis venido a darme de comer?

Cojo el vaso y me lo llevo a los labios, obligándolo a retroceder lo suficiente como para dar otro abrasador sorbo.

—Depende —mascullo, siguiéndole el juego.

Me dedica una amplia sonrisa y luego se aleja, simulando quitarse la niebla de debajo de sus brumosas uñas.

—Sigo sin saber nada de vuestra Elluin y tampoco saben nada los demás. Aunque un hermano bien alimentado de Gore se encontró hace poco con una feérica que tenía espíritus deseosos de hablar con ella. Curiosamente, algunos eran miembros de la desa­parecida familia Neván.

Casi se me sale el corazón de la puta caja torácica.

—Por un generoso bocado… —continúa Borg con la mirada puesta en sus uñas mientras a mí me hierve la sangre—, podría pedirle a mi hermano que averigüe qué mensajes querían transmitir a…

—Lo que les vas a decir a tus hermanos es que dejen de buscar el espíritu de Elluin de inmediato —gruño con tal vehemencia que la habitación tiembla, y con los puños tan apretados que se abre una grieta en el vaso—. O el de cualquiera relacionado con ella.

La mano extendida de Borg flota hacia lo que imagino que es su pecho, como si lo hubiera herido.

—Pero jurasteis alimentarme durante un eón si lograba comunicarme con el espíritu de Elluin…

—De lo contrario, te devolveré a las Nieblas.

Encogiéndose hasta volverse del tamaño de un malpié, me mira con unos ojos enormes sin parar de temblar.

No quiere regresar allí.

Está mucho mejor alimentado conmigo.

—¿Y una vez que localicemos los demás fragmentos lunares que tanto apreciáis? —pregunta con sarcasmo volviendo a su tamaño normal e irguiéndose sobre mí—. ¿Qué será de mí entonces? ¿Me devolveréis a las Nieblas? ¿O me dejaréis en un cajón hasta que os hagáis tan viejo y senil que olvidéis que existo siquiera?

Sus palabras me duelen, así que suavizo el gesto. Sé lo que se siente al estar tapado con un corcho y guardado en un cajón olvidado.

—Todavía me resultas útil, Borg. Y tengo muchos recuerdos dolorosos para mantenerte tan saciado como lo has estado durante las últimas cien fases. Aunque, si fuera listo… —murmuro dando otro trago—, te cambiaría por alguno de tus hermanos con un apetito más dulce.

Esta vez, se lleva sus dos nebulosas manos al pecho.

—No os atreveríais. He sido vuestro humilde servidor.

«Más bien un servidor sádico y hambriento».

No obstante, por morboso que sea, este espectro me conoce casi tan bien como Rygun.

Ha saboreado la mayor parte de mi agonía, de mi pena por lo que he perdido. Cada vez que él saca a relucir algo doloroso, me recuerda que he de vivir cada momento con un propósito, honrar la vida y amar con todo mi corazón, y así evitar que el arrepentimiento se encone.

«Lo bastante».

—No me atrevería —corroboro, y lo digo en serio—. Eres un aliado leal y un amigo muy preciado.

Borg se desinfla —todo menos su pecho— y vuelve a quitarse la niebla de debajo de sus vaporosas uñas.

—Por mucho que me apreciéis, tengo malas noticias para ambos, dado mi estado actual de inanición.

Levanto una ceja. Decido no recordarle que es imposible que se muera de hambre de verdad.

—Por desgracia, no hay novedades sobre el paradero de vuestros adorados fragmentos lunares, aunque las Nieblas Errantes están migrando más al norte de lo que lo han hecho en más de cien fases. —Extiende los dedos para examinar su obra—. Espero que alguno de mis hermanos del interior vea algo pronto.

Asiento, sofocando la punzada de decepción.

—Está bien saberlo.

Se centra en su otra mano y, con timidez, dice:

—¿Alguna otra cosa que os gustaría saber?

Difícil ignorar la avidez que destila su voz, endureciéndola.

—En realidad, sí. Busco información sobre el paradero de tres personas.

Se acerca tan deprisa que contengo el aliento y casi tengo que ponerme bizco para no perder el contacto visual.

—Continuad.

Doy otro trago para conseguir algo de espacio personal y susurro las siguientes palabras:

—Veya, mi hermana; Kyzari, mi sobrina, y Roan, mi alquimista. Les he enviado a todos alondras —digo meneando el contenido del vaso—. Estoy impaciente por que respondan.

«Eso se queda corto».

El abismo que ha dejado Raeve con su ausencia me llena de una inquietud cada vez mayor que se asemeja a rayos penetrando mis músculos y tendones. Le dejaría a Grihm darme una paliza solo para distraerme, pero no está por aquí.

No hay nadie por aquí.

—Aah. Dejad que lo consulte.

Borg se aleja a una distancia considerable, convertido en una neblina que cubre el suelo.

—Tómate tu tiempo —murmuro, y doy otro trago al ardiente líquido, haciendo todo lo posible por aturdirme.

Casi me he acabado la copa cuando Borg recupera su forma habitual.

—Tengo información sobre vuestro alquimista —anuncia con la voz cargada de una alegría voraz, como una bestia leal dejando caer sobre mi almohada al roedor al que acaba de atrapar.

—¿Nada sobre los demás?

—No en este punto, pero mis hermanos están atentos.

Asiento y me sirvo otra copa que me bebo de tres largos tragos, quemándome la garganta.

—¿Y qué te apetece a cambio, en este dae?

—Joven Kaan… —dice emocionadísimo agitando los dedos en el aire como si fuesen patas de garrapata—, algo que me haga la boca agua, dado que me habéis tenido encerrado en un cajón tanto tiempo.

—De acuerdo —murmuro dejando el vaso vacío sobre el escritorio con un golpe. A decir verdad, podría haber sido peor.

Dado el actual estado de las cosas, revivir cualquier recuerdo posterior a la marcha de Elluin hacia Arithia podría haberme llevado directo al límite.

Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos mientras siento a Borg envolviéndome como una nube espesa, recorriendo mis hombros, mi cuello y mi mandíbula, cubriéndome las mejillas.

Por fin se asienta.

Oigo a lo lejos el sonido ciclónico que emite su boca al abrirse, jadeando con tal intensidad que eclipsa los latidos de mi corazón. Luego, siento que se zambulle dentro de mí, como si una lengua fría se deslizara por mi garganta, atravesando las capas de mi cuerpo.

Y las fibras de mi alma. Sigue avanzando… hasta que al final se abre en forma de garfio, de uno con la suficiente fuerza para desollarme por dentro.

Me aferro a un recuerdo particularmente doloroso que albergo entre las brasas de mi volcánico interior, lo levanto y lo empujo hacia el garfio. Borg murmura de alegría y va tirando de él poco a poco…

Ilustración del Borg emergiendo de una pequeña botella de cristal. Tiene un rostro parecido a un cráneo humano y largos dedos puntiagudos. El tapón de la botella ha caído al lado.

—¡No es más que un crío! —La voz de mahmi es tan fuerte y triste que me duele en el alma—. ¡Por favor, Ostern! ¡Por favor, ten piedad!

—¡Lleváosla de vuelta a la Fortaleza! —gruñe pahpi por encima del hombro, agarrándome del brazo con su enorme mano con tanta fuerza que creo que me va a romper los huesos mientras cruza el patio a toda velocidad tirando de mí. Doy cuatro pasos apresurados por cada dos suyos.

Los guardias se apresuran a agarrar a mahmi, a pesar de su vientre abultado, y se la llevan por donde hemos venido.

Ella grita mi nombre tan fuerte que se le quiebra la voz y solo deja de oírse cuando las puertas se cierran de golpe entre nosotros.

El dragón de pahpi vuela en círculos sobre nuestra cabeza, tan cerca que levanta arena, lanzándomela a los ojos.

Arrugo la cara y parpadeo muy deprisa, tratando de aguantarme las lágrimas. Si consigo dejar de llorar, quizá se me permita volver con mahmi para asegurarme de que está bien.

Pero las lágrimas no paran. Por mucho que intente controlarlas, siguen saliendo.

Cruzamos el patio, bajo sinuosos árboles retorcidos, y bajamos unos escalones escarpados. Me esfuerzo por seguirle el ritmo.

Al final, se me doblan las piernas.

Me desgarro la piel de las rodillas y las caderas por el suelo caliente, dejando un rastro de sangre; como una de mis pinturas de arcilla al pasarla por un pergamino.

Tengo la piel en carne viva y me duele todo el cuerpo cuando pahpi me suelta y se pone frente a mí como si fuese una torre. Retrocedo a trompicones y, de repente, toco el borde de algo, lo que hace que me dé un vuelco el corazón.

Al mirar por encima del hombro, veo el vacío que hay a mi espalda, como una garganta oscura esperando para tragarme…

Un líquido caliente me moja los pantalones.

—Mírame, Kaan.

Me limpio las lágrimas para ver mejor a pahpi. Tiene el sol a su espalda, lo que lo hace parecer una sombra enfadada.

Lleva su cabello oscuro sujeto por una corona de bronce que le queda justo encima de las profundas arrugas que tiene entre sus feroces ojos. Miro los tres abalorios que cuelgan de su oreja…

Rojo.

Marrón.

Transparente.

Me tiembla la barbilla mientras observo la taza naranja que sostiene, moldeada con mis propias manos, y sin la ayuda de Bulder.

Pahpi siempre me pide que dé forma a esto o a aquello, ¡moldea, moldea, moldea! Sin embargo, las cosas que le entrego nunca son lo bastante buenas porque las palabras me salen entrecortadas. Aunque soy hábil con las manos. Pensé que quizá se pusiese contento si le hacía algo perfecto.

Lo único que quería era una sonrisa…

—¿Por qué lloras?

Porque me duele el corazón.

Porque me pasé daes y daes trabajando en esa taza, y todo para que él la mirase como me está mirando a mí ahora, con decepción.

Me seco más lágrimas de los ojos.

—No…, no lo sé.

—¿Acaso he herido tus sentimientos?

Observo la taza en su mano y, luego, bajo la vista a sus enormes botas marrones. Es mejor que mirarlo a la cara.

—Eres demasiado blando, Kaan. Como tu mah. Como esta taza.

Aprieta el puño.

CRAC.

La cerámica se hace añicos y los trozos se esparcen por el suelo, como si fueran los pedazos rotos de mi corazón.

Me trago un sollozo; pero me quema al hacerlo, como si me estuviese tragando el sol.

—Sé que crees que soy duro contigo… Tu abuelo también lo fue conmigo, pero olvidas que eres hijo de un rey, nacido con defectos que podrían empañar el legado de los Vaegor.

Sus palabras suenan como el rugido de un dragón, poderosas e hirientes.

Pahpi se agacha y la chaqueta roja de montar que lleva se tensa en sus anchos hombros al señalar los pedazos.

—El tiempo que has dedicado a perfeccionar ese don deberías haberlo dedicado a tu tartamudez, a convertirte en alguien digno de la corona que llevan los Vaegor desde que nuestro ancestro montó por primera vez un siegasable.

Observo la corona que lleva en la cabeza, con picos afilados que apuntan al cielo.

¿Cómo le digo que no quiero ser digno de ella? Que solo quiero ser digno de un abrazo o una sonrisa.

De él.

Suaviza el gesto. Pero, entonces, se fija en los dos abalorios con que mahmi me ha decorado el cabello por haber oído por primera vez a Ignos y a Bulder…, aunque no a Clode ni a Rayne, como él esperaba.

Retrae el labio superior.

—Muéstrame algo de lo que pueda estar orgulloso o será mejor que te quedes como sirviente.

Me empuja.

Aunque me lo esperaba, eso no impide que se me revuelva el estómago y estoy a punto de vomitar mientras caigo de espaldas a la oscuridad.

Aterrizo con tanta fuerza sobre el suelo que me quedo sin respiración. Me pitan los oídos y la cabeza me da vueltas. Al tomar una bocanada de aire, siento dolor en el pecho, como si algo se hubiese roto en mi interior y se estuviese clavando en partes vitales.

Jadeando en busca de aire, miro hacia la luz que hay arriba, redonda y pálida como la luna de un plumaluna…

Pahpi se asoma a la cornisa. Se le tensan los músculos del cuello mientras dice una frase que nunca he sido capaz de pronunciar correctamente, por muchas veces que me haya tirado a este agujero.

Bulder se sacude a mi alrededor y, luego, me atrapa en sus fauces, encerrándome en una oscuridad tan densa y abrasadora que se me cierra la garganta. Sin embargo, logro hablar y farfullo una orden, aunque solo consigo que Bulder se rompa en pedazos, los cuales me golpean en la cabeza y están a punto de aplastarme. Lo intento de nuevo, pero hay tanta tierra y piedras rotas a mi alrededor que apenas puedo moverme.

El miedo que me atenaza el pecho se apodera de mí.

Grito, lloro, araño la oscuridad. Le suplico a Bulder que escuche mis palabras entrecortadas. Pero nada de eso ayuda. Nunca lo hace.

Porque mis palabras no funcionan como es debido.

Porque no cuento con tres abalorios, como pahpi.

Porque soy débil, blando, inútil…

Borg deja de beber y me suelta. Es como tener a un pez enganchado por las agallas y liberarlo en El Loff a pesar de que se le están saliendo las entrañas.

Jadeo y abro los ojos de golpe mientras el recuerdo regresa por donde ha venido y se enrosca en mi interior. Miro frenéticamente a mi alrededor para asegurarme de que no estoy atrapado bajo tierra tratando de liberarme, de que estoy en mi dormitorio, a salvo y solo…, sin contar a mi voraz espectro.

Borg se retira como una ráfaga de viento soltando un gemido.

—Pobrecito, mi dulce niño —dice hundiéndose en la bruma a modo de cojín, rebosante de alegría por haberse saciado—. Ha sido delicioooooooooso.

Con mano temblorosa, me sirvo otra copa. Me la bebo de un trago y la dejo sobre el escritorio.

—Me alegra que haya bastado —mascullo, y me inclino hacia delante para masajearme los ojos—. ¿Roan?

—Mis hermanos que moran en las mazmorras de Bothaim han hablado con él.

Enderezo la columna.

—¿Qué coño quieres decir con eso de «mazmorras»?

—No matéis al mensajero —dice con tono apático mucho más despacio de lo que me gustaría—. Roan lamenta informaros de que él, y cito textualmente, lo ha «echado todo a perder y habrá un juicio ante el Triconsejo por el presunto robo del Libro de Voyd».

Se me cae el alma a los pies y empieza a darme vueltas la cabeza.

—¿Cuándo?

—Tres daes —dice Borg arrastrando las palabras. Bosteza al tiempo que va encogiéndose hasta convertirse en un hilillo de niebla y se mete en su frasco sin añadir nada más, dejándome solo en silencio.

Me lo quedo mirando, dándole vueltas a la cabeza, incapaz de deshacerme del tufo a guerra inminente.

—Maldita sea —murmuro.

Tapo el frasco y me levanto, metiéndome a Borg en el bolsillo.

Me dirijo con paso airado hacia la puerta y la abro de golpe, encontrándome en el umbral cara a cara con Pyrok, que lleva el pelo rojo revuelto y tiene el puño levantado como si estuviera a punto de llamar. Parece que acabe de levantarse del jergón y haya venido directo aquí.

Lo miro a los ojos, dispuesto a darle la noticia de que su hermano pequeño está esperando juicio en Bothaim, cuando advierto su palidez. Eso y un extraño pánico en sus enormes ojos verdes.

Se me encoge el estómago.

—¿Qué sucede?

Veo una mano peluda de miskunn posarse en su hombro, agarrándolo con suavidad.

—¿Lumo? —Frunzo el ceño.

Ella se asoma, con sus enormes ojos rosados en esa carita tan pequeña.

—Yo aquí.

Se impulsa hasta quedar en cuclillas sobre el hombro de Pyrok. Le tiembla el cuerpo, que lleva cubierto con una túnica colorida, y extiende las manos hacia mí.

Arrugando el entrecejo, la cojo en brazos y la estrecho contra mi pecho. Ella me envuelve con sus largas extremidades y se acurruca.

Le acaricio el pelaje pálido de la cara y miro a Pyrok.

—¿Ha visto algo?

—Vaya que sí. —Se echa hacia atrás y se rasca la cabeza—. Va a…, eh…, va a haber una caída lunar.

El aire escapa de mis pulmones.

—Una mala —murmura Lumo con la cara oculta por los pliegues de mi camisa, aunque apenas la oigo porque mi pulso me está atronando—. Lumo asustada.

Se me encoge el corazón y la estrecho más entre mis brazos protectoramente.

No es la primera vez que deseo que sus visiones hubieran comenzado siendo un poco mayor, y no recién salida de la fría bolsa de su mah asesinada. Ver esas cosas es duro para cualquiera, y mucho más para una criatura tan joven.

—¿Sabes dónde aterrizará, Lumo?

—No una luna. —Se acurruca más contra mi pecho, como buscando consuelo—. Muchas lunas.

«Por todos los Creadores…».

Echo un vistazo a Pyrok, que sigue rascándose la nuca, con la tez casi verde, como si también estuviera a punto de doblarse sobre sí mismo y vomitar; una conversación silenciosa tiene lugar entre nosotros.

—¿Cuántas, Lumo? —Le acaricio la mejilla y le froto detrás de la oreja con la esperanza de reconfortarla—. ¿Has visto cuántas van a caer?

Levanta la vista hacia mí.

Con los ojos rebosantes de lágrimas, se enrosca su gruesa cola alrededor de la cabeza y atrapa mi mano junto a su mejilla.

—Demasiadas.

Capítulo 2

Kyzari

Acurrucada en mi jergón relleno de paja, contemplo el suelo mugriento que hay al otro lado de mi pequeña y agobiante celda a través de los barrotes apenas visibles bajo la mortecina luz del candil. Observo un charco enmohecido atacado por el lento ploc…, ploc…, ploc… que cae de una estalactita mientras repaso mentalmente mi encuentro con el Rey Carroñero.

«¿Qué he hecho?».

Debería haberlo mandado a la mierda en lugar de apresurarme a ocultar una llamada a las armas en los trazos de mi firma. Si la alondra va adonde creo que va, he implicado a alguien a quien quiero. ¿Y para qué?

«¿Por mí?».

Me regodeo en mi error, asfixiada por el inmenso peso de la montaña que hay sobre mí, dándome cuenta de lo que soy.

Un cebo.

Una presa jugosa que acaba de caer en una trampa. No puede haber otra respuesta.

«Quizá la alondra no llegue a Kaan. Quizá le llegue a pah y así mi tío no se vea arrastrado a esto».

Esa idea me proporciona cierto alivio. De todos modos, no el suficiente como para que me levante y vuelva a sentir el ansia de escapar de este horrible lugar.

Pongo un pie sobre la fría piedra, haciendo repiquetear mis cadenas, para tratar de despertar mi mente. Busco un solo resquicio de esperanza o energía para hacer algo, para resolver este problema y encontrar una salida.

Para luchar.

Sin embargo, el silencio nunca ha sido tan ensordecedor.

Las paredes están muy cerca.

Mis grilletes están muy apretados.

Quizá la miskunn de pah haya descubierto dónde estoy. Quizá un ejército venga a liberarme y llevarme de vuelta a Arithia.

«Una celda más grande y bonita en la que asfixiarme».

Gimo y, luego, miro furiosa la cacerola oxidada llena de bazofia que hay junto a los barrotes con la última comida que me han servido: vísceras y pan duro aderezados con gusanos glotones.

«Quizá enferme y muera antes de que acuda nadie».

Aprieto los ojos con fuerza, sumida en ese escenario. Me imagino muerta en esta celda y la diadema soltándose como una garrapata ávida de otro huésped lo bastante fuerte como para llevar la Piedra Éter.

Solo que no hay ninguno.

Sin un huésped que alimente las voraces runas, Caelis quedará libre. Volverá a estar íntegro, sí, pero se enfurecerá al verme muerta en esta celda. En el fondo, sé que me arrancará cada…

Se oye un leve aleteo y algo aterriza en mi palma.

Abro los ojos…

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Arrugo tanto el entrecejo que se me tensa la piel que rodea la diadema mientras analizo esas dos letras en el abdomen de la pequeña alondra impecablemente unidas. La caligrafía es suave y delicada.

Perfecta.

Como debe ser, dado que me golpeaban los nudillos con un bastón cada vez que desviaba la pluma lo más mínimo de la línea. Un título real no sirve de nada cuando tu pah permite que te traten como una moneda que nunca está lo bastante pulida.

Al mirar esas letras, me cuesta ignorar la opresión que siento en el pecho. Como si ella se estuviera enterando de que está muerta una y otra vez. Que se desangró al darme a luz, que nunca sabré cómo olía, cuál era el tono de su voz, su cadencia al decirme que me quería.

«Quizá haya enloquecido y solo me esté imaginando la presencia de la alondra».

Me aferro a esa idea como un parásito sediento de sangre hasta hartarme, apretando los ojos con tanta fuerza que me duelen, con la firme convicción de que la alondra que le mandé a mah hace unas fases no está ahora panza arriba en mi mano.

Abro los ojos…

ne

Mierda.

«Tal vez esté soñando. Tal vez también haya soñado la firma».

Cierro los ojos de nuevo mientras le murmuro a Caelis, una melodía vacua que me hiela los labios hasta que caigo dormida, volando a un lugar frío entre las estrellas, un lugar en el que podemos oírnos, cantarnos sintiéndonos seguros.

Amarnos.

Un lugar en el que Caelis está íntegro, y no destrozado en el interior de la piedra que llevo incrustada en la frente.

Surí está allí, en lugar de encerrada en las guaridas reales de los plumalunas, ocultas bajo Arithia. Algo que siempre nos ha impedido explorar los cielos juntas y forjar un vínculo sólido.

Por primera vez, la siento en mi pecho, siento su intensa alegría por la forma en que bate sus alas, su nacarada piel tan fría como el aire que besa mis mejillas. Sin molestos vigilantes encajonándola como cada vez que volamos juntas.

Vagamos por el infinito horizonte bajo un brillante manto de estrellas, como siempre debió haber sido.

Libres.

Mah también está…, eso creo.

Quizá solo desee que esté, que me envuelva entre sus brazos y me diga que todo va a salir bien…

Algo me roza el cuello, devolviéndome a mi aciaga, húmeda y hedionda realidad. Una pestilencia agria que nunca pierde el matiz pútrido.

Se me encoge el corazón al recordar la alondra.

Al abrir los ojos, veo que mi palma está vacía…

«Un sueño».

Todo mi cuerpo se relaja, y suelto un suspiro de alivio.

Aunque me parece estupendo que a algunas personas les guste recoger alondras fantasma y doblen el pliegue de retorno —una forma discreta de informar al remitente de que su mensaje no fue entregado—, eso no es lo que quiero creer.

Que mi mensaje no fue recibido.

Lo que quiero creer es que esa pequeña alondra llegó a mah. Que ella recibió mi mensaje, pero aún no ha podido responder.

Que ella me ha oído.

Me duele el cuerpo entero de pensarlo, así que me abrazo a mí misma con fuerza a la vez que le susurro a Caelis:

—Hov ahka nuieljuak. Hov-at haquil.

«Te quiero. Estoy aquí».

No hay respuesta.

Al volver a hablar, se me quiebra la voz.

—Nuieljuakui taf maruli…

«No estás solo».

Pero yo sí lo estoy.

De tener algo afilado, me cortaría el pie para quitarme el grillete de hierro y volver a oír su voz. Es algo que no había considerado hasta este mismo instante.

Supongo que estoy rompiendo la promesa que me hice a mí misma, viniéndome abajo y actuando sin sentido.

Gimoteando, agarro el grillete y lo estampo contra el suelo una y otra vez. Un tambor metálico que resuena en este estrecho espacio.

BANG.

BANG.

BANG.

Qué decepcionado estaría pah por mi súbita falta de compostura. Ay, cómo me miraría con el ceño fruncido, una de esas miradas que hacían que mojara los pantalones hasta que me volví lo bastante inteligente como para mantener la boca cerrada y comportarme.

«Casi siempre».

BANG.

BANG.

BANG.

Me ruge el estómago.

De nuevo, miro con ira la comida sin tocar, tratando de encontrar el valor para arrastrarme hasta allí y comerme esa porquería.

No soy estúpida. Si quiero encontrar una forma de escapar de este lugar, me van a hacer falta fuerzas, sin importar de dónde vengan. Sin embargo, después de lo de mi firma y el mensaje oculto en ella, me cuesta mirar esa cacerola oxidada y la comida retorciéndose en su interior sin que me den ganas de vomitar sobre las piedras.

Así, lo que hago es mirar al otro lado de los barrotes, hacia el oscuro túnel que hay más allá, preguntándome cuántos días han pasado desde que caí en esta trampa con tanta facilidad.

«Demasiados».

BANG.

BANG.

BANG.

Me tumbo de lado, acurrucada como un dragón petrificado, y me rodeo con los brazos a modo de alas. Imagino que el abrazo no es mío, sino de otra persona, tan fuerte que me deja sin aliento.

—Nuieljuakui taf maruli.

Algo revolotea junto a mi cuello de nuevo.

Suspiro.

Supongo que otra criatura se ha colado aquí en busca de algo caliente contra lo que acurrucarse. Si tengo que matar otra vuililla para que no ponga sus huevos en mi pelo, gritaré.

Atrapo lo que revolotea y lo alejo para ver qué…

ne

Me da un vuelco el corazón. Noto un dolor punzante que intento ignorar.

«No era un sueño».

Como la alondra menea la cola, la suelto y me apresuro a incorporarme hasta quedar sentada.

«No suelen hacer eso».

Me la quedo mirando fijamente: yace de lado sobre el suelo de piedra…, manchada, ensangrentada, un poco deformada. La última vez que la vi fue cuando soplé un nombre sobre sus alas, con la absurda esperanza de alguien que se aferra a la creencia de que la magia existe.

Esa que obra milagros.

Esa que me permitiría traer a mah de vuelta a la existencia, a mis brazos, si lo intentase con suficiente fuerza. Ahora, aquí está, con el pliegue de retorno usado, tan abatida y falta de esperanza como yo. Parece un espejo al que no quiero mirar, decepcionada por el reflejo.

Suspiro, aparto la alondra y la cubro con una pequeña montaña de paja.

«Ya está».

Una brisa helada se cuela en la celda, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo. Es como si Clode se burlara de mí trayéndome un soplo de aire del mundo exterior.

Reprimiendo las ganas de maldecirla, me recojo el roto y sucio vestido que llevo alrededor de las piernas y tiro de mi diadema. Siento las mismas náuseas de siempre y un dolor agudo en la cabeza, como si estuviese intentando arrancar unas raíces gruesas de mi cráneo.

Tragándome la saliva acumulada bajo la lengua, intento clavar las uñas a los lados de la diadema, segura de que debe haber un resquicio por el que pueda meterlas…, a pesar de no haberlo encontrado en las innumerables ocasiones que lo he intentado antes, y con herramientas mucho más duras que mis uñas.

Me chorrea sangre caliente por un lado de la nariz, que gotea sobre los pliegues de mi vestido, mientras araño, rasco y hurgo al tiempo que voy pasando la mirada de una letra garabateada a otra en la pared gris oscuro, letras que parecen haber sido dibujadas por un niño aprendiendo a escribir.

En este lugar.

Cambio el rumbo de mis pensamientos y miro el techo, cubierto de lunas grabadas en carbón, lunas que me recuerdan a…

Cierro los ojos con fuerza y me cojo el estómago, que ruge.

Se oye un aleteo y frunzo el ceño al ver a la pequeña alondra elevándose hacia el cielo, dejando atrás hebras del montón de paja, de donde se las ha arreglado para escapar.

«Es tenaz: eso se lo reconozco».

Rebota entre las lunas cubiertas de hollín hasta que queda justo encima de mí, se inclina hacia delante y desciende en picado: me golpea justo entre los ojos y cae en mi regazo.

—Au —murmuro frotándome la cabeza mientras miro a la alondra, inmóvil y con el pico arrugado, algo que me molesta demasiado.

Cojo su carita entre mis dedos y la presiono hasta devolverle la forma. Al hacerlo, me fijo en un pequeño desgarro que tiene en el ala, como si hubiera necesitado pelear para llegar hasta aquí.

Ojalá no lo hubiera hecho. Ojalá siguiera ahí fuera, revoloteando sin rumbo fijo, libre, y no aquí abajo conmigo, en este agujero solitario y sin esperanza.

La coloco sobre mi rodilla y apoyo la cabeza contra la pared, observándola. Cuando se da la vuelta, mostrando de nuevo su vientre, suspiro.

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Me llama la atención su cola, donde veo el pliegue de retorno doblado con tanta fuerza que se aprecia un rastro de huella dactilar ensangrentada. Le doy la vuelta al pergamino para que quede mirando hacia el otro lado y contengo el aliento al ver un garabato negro que se pierde bajo los pliegues, como si alguien hubiera respondido, y luego lo hubiese vuelto a doblar.

Lo miro fijamente tragando saliva.

¿Qué podría querer decir un desconocido que no quedase ya claro con el propio pliegue? Algo como: «Hola, lo siento. Esta alondra lleva un rato volando sin rumbo fijo. Supongo que el receptor ha fallecido. Lamento su pérdida».

¿Quiero leer eso?

«Por supuesto que no».

Dejo la alondra en el suelo y cierro los ojos, intentando dormir, pero me da tres picotazos en la cara, justo entre los ojos. Después del cuarto, me acurruco de lado y aprieto los dientes al oírla elevarse aleteando. Me pregunto si debería darle un manotazo con la suficiente fuerza como para que dejara de moverse para siempre.

«¿Por qué se burla de mí? Ojalá dejara de hacerlo».

«¡BASTA!».

Oigo un golpecito a mi espalda.

Echando un vistazo por encima del hombro, la veo inmóvil de lado, con el pico tan aplastado que parece que le falta.

Me invade una oleada de culpa.

«Solo quiere que la leas, Kyzari. Lee la maldita carta y se quedará tranquila».

—¡Por todos los Creadores, maldita sea!

Lentamente, me estiro…, me doy la vuelta…, me incorporo y me retiro el pelo enmarañado por detrás de las orejas. Cojo la alondra y le aliso el pico hasta que vuelve a su sitio; luego, la despliego poco a poco hasta que queda abierta en mi mano.

Papel muy arrugado y con los pliegues que forman la alondra con la frase Te necesito escrita y la respuesta No, no me necesitas en otra letra mucho más simple.

«Guau».

Vuelvo a doblar la alondra hasta que tengo de frente su cara con su pico.

—¿Es esto lo que consideras un discurso motivacional?

Se menea y se da la vuelta sobre su espalda, como si quisiera que la leyera de nuevo.

Sonrío por primera vez en… mucho tiempo y sacudo la cabeza.

—¿Cómo es que tienes tanta personalidad, eh?

Otro meneo.

—Vale —murmuro abriendo la alondra, y releo su mensaje.

Algo que me resulta familiar me sacude como una bofetada en la cara.

Desplazo la mirada más allá del pergamino, hacia la tosca pared de la celda, como si estuviera contemplando desde el cielo unas dunas oscuras. En las pequeñas hendiduras que hay entre los surcos de la piedra, busco las letras que hay ahí grabadas, pasando la vista de la alondra a la pared, y encuentro similitudes innegables en la m…, la n…, la t…

Se me hiela la sangre.

«¿Ha escrito un niño esta respuesta? ¿El mismo que estaba encerrado en esta celda?».

«¿Consiguió salir de aquí?».

Me arden los ojos y, al leer el mensaje de nuevo, vuelve a despertar la esperanza en mi interior.

No, no me necesitas

Esta vez, lo que siento en el pecho es distinto. No es tanto una punzada como un soplo de aire fresco.

«Tiene razón, no necesito a nadie».

Llevo viviendo en una jaula toda mi vida. Cada vez que he tocado fondo, siempre he logrado volver a salir a la superficie y respirar. La desesperación convierte en oportunidades las cosas menos pensadas.

Sí, metí la pata al firmar ese pergamino que probablemente ya esté volando hacia mi tío Kaan, pero no pasará nada malo si consigo liberarme y me hago cargo de mis errores.

Y según esto… es posible.

Vuelvo a doblar la alondra, la tomo con ambas manos y me la acerco a la cara.

—Siento haberte gritado —le susurro, y me la acurruco en el cuello. Me balanceo, mirando de reojo mi comida retorciéndose, y me veo enardecida por una oleada de determinación—. Voy a encontrar una forma de salir de aquí. Lo prometo.

«Aunque eso signifique que tengo que empezar a comerme esa mierda».

Capítulo 3

Veya

Bajo corriendo por la sinuosa escalera mientras mis pasos retumban al compás de los latidos acelerados de mi corazón, con la mente aún puesta en las páginas del diario de Elluin que tengo pegadas al pecho. Las llevo bien sujetas bajo el corpiño que he robado con un trozo de tela que he arrancado de la capa inferior de mi falda, también robada.

Ha llegado una sanguiria a lomos de un dragón. Si ha venido a poner a prueba la sangre de mi bebé cuando haya nacido, la línea paternal no apuntará en dirección a Tyroth.

Apuntará hacia el norte…, hacia Kaan.

Sofoco un gemido, ignorando mi fuerte deseo de arrojarme por la ornamentada barandilla de obsidiana y esparcir mis entrañas siete pisos más abajo por el reluciente suelo.

Nunca había sentido el peso de una responsabilidad tan abrumadora, sabiendo que mis próximos actos podrían desencadenar una guerra capaz de destruir el mundo. Sin embargo, no puedo guardarme este diario para mí. No.

Kaan merece saber la verdad, y Ellu… Raeve también.

«Kyzari es quien más se lo merece».

La determinación me tensa la mandíbula.

«Ve al ropero y cámbiate. Sal del palacio por la puerta secreta de la pared, rodea el bosque de los Salces Llorones, sube por el sendero de la montaña y entra en la guarida abandonada donde se esconde mi peregrina con Furn, la fundefauces a la que acompaña. Vuelve a casa, vuelve con Kaan.

«Rómpele el maldito corazón».

—Por todos los Creadores —murmuro, tratando de calmar mi pulso.

Echo los hombros hacia atrás y aminoro el paso mientras bajo las escaleras que dan al atrio, cuyos amplios ventanales dejan ver la furiosa tormenta que azota la ciudad. Unos jardineros con faldones están encorvados sobre parterres con flores luminosas, cortando tallos o plantando bulbos en silencio.

Aprieto los puños tratando de no acelerarme —de no montar una escena ni llamar la atención— y respiro hondo el aire impregnado del vivaz aroma de las flores originarias de La Sombra. Un aroma exquisito que no consigue que este lugar me parezca más que una mazmorra bonita y etérea en la que espero no morir.

Continúo descendiendo por una angosta escalera hasta salir al pabellón de los sirvientes, muy por debajo del primer piso. Mi carrera por el interminable laberinto de fríos pasillos de obsidiana se ve constantemente interrumpida por Espinas y los impasibles trabajadores del palacio, lo que me obliga a ir a paso lento. Unas mujeres impecablemente vestidas y acicaladas se deslizan por el suelo como majestuosas escobas, todas ellas con una muesca en la oreja, lo que las identifica como nulas, una costumbre que introdujo Tyroth cuando clavó sus garras en La Sombra, como un dragón orinando en su territorio.

Haciéndolo apestar.

Cuando por fin llego a la puerta de un ropero, flanqueada por unos candelabros encendidos, miro a ambos lados y me saco un frasquito del bolsillo. Al quitarle el tapón, me llega el olor almizclado de lo que sea que utilice Roan para preparar esta potente poción. Por su aroma acre, parece un excremento. Intento no pensar en ello mientras me lo echo en la palma de la mano y lo esparzo por la puerta.

La runa de candado que he dibujado antes chisporrotea, emitiendo un furioso silbido, y se convierte en humo.

La manija hace un ruido y se mueve, abriendo la puerta.

Me guardo el frasquito en el bolsillo y entro a toda prisa, cerrando la puerta detrás de mí. Me apoyo contra ella y suelto un suspiro tembloroso.

—Joder —murmuro arrancándome el brazalete, tentada de lanzarlo contra la pared. En lugar de eso, lo que hago es sacar un frasco de luz de luna de mi bolsillo e iluminar el reducido espacio de almacenamiento. Mi hechizo de apariencia comienza a picarme y acaba desprendiéndose como si fuese papel desmenuzado, pero se desintegra antes de tocar el suelo.

Miro con fijeza mis dedos lívidos, el brazalete que agarro temblorosamente con ellos…

«Debería haber dejado que se lo comiera la trogg».

Me guardo en el bolsillo el estúpido objeto.

Desvío la mirada hacia Ayda, que sigue inconsciente en el suelo, con mi capa blanca enrollada debajo de la cabeza, las facciones relajadas y una mordaza.

Observo su modesta ropa interior gris de lana, que parece mucho más cómoda que esta asfixiante aberración con la que estoy a punto de volver a vestirla, sobre todo teniendo en cuenta su… estado, del que Tyroth me ha informado.

Suspirando, observo el ligero abultamiento de su abdomen, apenas perceptible. Aun así, me enfado conmigo misma por no haberlo advertido y sacudo la cabeza mientras me agacho a su lado.

Conozco bien a mi hermano; sé de lo que es capaz. Aquí, Ayda y su pequeño no tendrían futuro.

Este es el lugar donde las sierpes asfixian la felicidad mientras se duerme, donde las jóvenes princesas son sacadas de su lecho en mitad de la duermevela y obligadas a subir a lomos de bestias extranjeras para ser conducidas a una ciudad lejana, tratadas como una gema de rocadragón.

Como moneda de cambio.

Este es el lugar donde las mahs mueren entre sábanas ensangrentadas durante el parto, donde los secretos se enconan hasta envenenar el mundo.

Apretando los dientes, me inclino hacia delante y dejo el frasco de luz de luna en un estante entre montones de trapos de limpieza. Luego, me afano por aflojar mi corpiño, tirando de él con un suspiro profundo y llenando mis pulmones como es debido por primera vez desde que me abroché esta maldición de los Creadores.

Me pongo mi atuendo de cuero y, después, desato a Ayda, le quito la mordaza y la vuelvo a vestir con delicadeza. Cuando le retiro mi capa de debajo de la cabeza, se me eriza el vello de los brazos.

Poso la vista en su rostro, en sus audaces ojos azules, que me miran fijamente.

Se me acelera tanto el corazón que me olvido de respirar, pues tengo miedo de que abra la boca y se ponga a chillar, que haga derrumbarse todo mi jodido mundo con un simple sonido.

Sin embargo, no lo hace.

No hay miedo en sus ojos, ni pánico o ira. Tampoco confusión. Solo hay dos esferas inquisitivas tras un velo de lágrimas, lo que me hace cuestionarme si compartíamos algo más que un simple parecido mientras yo llevaba su piel.

Si parte de su alma también hizo conmigo aquel angustioso viaje.

Posa la mirada en el diario de Elluin, sujeto contra mis costillas, haciendo que se me hiele la sangre.

«Supongo que eso responde a la pregunta».

Cierra los ojos y se le cae una lágrima al tiempo que se lleva una mano al abdomen a modo de escudo.

—No tienes que matarme —susurra levantando los párpados—. No diré nada.

Sé que no lo hará.

Nadie que esté en su sano juicio podría leer las palabras de este diario y no elegir el lado correcto. Aunque el pah de su hijo no nacido sea Tyroth, Elluin era la reina de La Sombra por derecho hereditario. La tradición dice que una hemorragia posparto fue la razón por la que nunca llegó a ver crecer a Kyzari, pero yo no lo creo así.

Y dudo que Ayda lo haga.

Todo este puto desastre es una nube negra sobre el hombre que ocupa el trono de obsidiana en la actualidad.

—Jamás haría tal cosa. —Meto la mano en el bolsillo de mi capa y saco una pesada bolsa de gemas de rocadragón, suficiente para comprar una pequeña taberna en esta parte del mundo—. Pero he de insistir en que te marches —le suplico tomando su fría mano para que acepte la bolsa—. Sal de Arithia y busca un lugar seguro lejos de Tyroth Vae…

—No puedo. —Desentrelaza su mano de la mía, de la bolsa.

Frunzo el ceño.

—¿No puedes o… no quieres?

Se produce un largo silencio mientras se le escapan más lágrimas.

—Deberías irte —acaba susurrando, provocándome un escalofrío en la espalda.

«Cierto».

Me pongo de pie y me echo la capa sobre los hombros, con la capucha puesta, abrochando los botones para asegurarme de que mi ropa de cuero quede bien oculta.

—Entonces probablemente acabarás muerta, igual que Elluin —murmuro lanzándole la bolsa de gemas de rocadragón.

Esta cae al suelo con un fuerte golpe que hace que Ayda se estremezca. O tal vez sean mis palabras las causantes.

«Bien».

—Este mundo no es amable con las mujeres, los bastardos ni quienes no llevan abalorios —continúo dirigiendo una mirada significativa a la muesca de su oreja. Cojo el frasco de luz de luna de la estantería y me lo guardo en el bolsillo; quedamos sumidas en la oscuridad—. Recuérdalo.

Abro la puerta y me marcho.

Capítulo 4

Raeve

Echo el brazo hacia atrás y lo lanzo hacia arriba, golpeando con el puño el hielo, que simplemente no cede.

Otro puñetazo. Y otro más. El dolor recorre los delicados huesos y tendones de mi mano hasta llegar a mi codo, avivando la sed de sangre que bulle con rabia en mi pecho.

Lo he intentado todo. He aguzado mi conciencia hasta convertirla en una cuchilla que solo se dobla contra el hielo. La he embrutecido hasta transformarla en un martillo con el que he intentado abrirme paso a golpes, buscando en la superficie helada un área más débil, más fina.

Nada funciona.

Incluso he fingido ahogarme con la esperanza de que el instinto protector de la Otra la hiciese regresar bajo el hielo y, con suerte, abriera un agujero por el que yo pudiera salir.

Me equivocaba.

O no le importa o sabe muy bien que mi conciencia no necesita oxígeno para existir en esta tumba acuática.

Otro golpe me destroza los nudillos y la compostura que me queda.

—¡JODEEEEEER!

Mi plan era meticuloso: saciar mi voraz sed de venganza con un auténtico festival de torturas cuidadosamente planeado que terminaba conmigo taponándole a Rekk la boca con sus propios intestinos y apretándole la nariz para observar cómo se iba ahogando hasta morir mientras le recordaba por qué merecía exactamente una ejecución tan brutal.

«Por haber asesinado a mi bella y prodigiosa Essi».

«Por haber torturado a Líri casi hasta la muerte».

Hasta que mi Otra me metió aquí abajo como si fuera una de mis piedras, como si esperara que me enroscara y me hundiera hasta el fondo mientras ella hacía quién sabe qué con ese pedazo de mierda al que atraje a mi trampa…

Un momento.

¿Es esa la respuesta? ¿Hundirme?

Me doy la vuelta de golpe y miro hacia la negrura que hay debajo. Está todo oscuro, salvo por unas lucecitas difuminadas que se ven muy al fondo, como si se tratase de una estrella aplastada cuyas resplandecientes vísceras han quedado esparcidas por todas partes.

Entorno los ojos y paso la vista de un punto luminoso a otro.

Quizá haya algo ahí abajo que pueda usar para liberarme. Es una opción que por lo general no consideraría, pero ella no está aquí abajo, ella está arriba, llevando a cabo una carnicería; probablemente dándose un banquete con los restos de Rekk Zharos.

Frunzo el ceño, pensando en todas las mierdas que he lanzado bajo el hielo, cosas que no quiero volver a ver. Nunca. De todos modos, siempre y cuando no descienda demasiado, estaré a salvo. En teoría.

«A la mierda».

Pateando el hielo para impulsarme, buceo por la cristalina agua con brazadas decididas hasta que se me enreda entre los dedos algo largo y luminoso, haciendo que me detenga. Me acerco la mano y le doy la vuelta. Al ver un hilo plateado más largo que yo, entorno los ojos.

Un escalofrío me recorre la piel.

He visto este mismo tono en la tumba bajo la habitación de Kaan. Lo he visto en el cielo al sur de la muralla, entre las cintas aurorales que a veces se mezclan con esa luna torcida a la que tanto quiero. Lo he visto en mis sueños y en dolorosos fogonazos de recuerdos: ese tono luminoso junto con unos ojos lechosos enmarcados por pestañas pálidas…

«No».

Desecho el pensamiento, suelto el hilo y me sumerjo más en lo desconocido.

«Buscar un objeto con el que reventar el hielo. Liberarme. Recuperar el control de mi cuerpo. Convertir los últimos momentos de Rekk en una puta pesadilla».

Los lejanos destellos de luz se agrandan, adoptando la forma de un grupo de columnas de hielo hexagonales que se alzan en las tinieblas. Es como si estuviera recorriendo Netheryn en la oscuridad, el lugar de anidación de los plumalunas. Otra cosa sobre la que me niego a reflexionar.

Me niego a pensar demasiado en ello.

Me aproximo, atraída por una columna ancha que hay en el centro, más corta que las demás, rodeada por otras cercanas más altas.

Me concentro en la concavidad propia de un nido muy utilizado. Dentro de ella, hay un gran montón de tesoros; principalmente, piedras plateadas con forma de huevo que me cortan la respiración. Me dan ganas de dar media vuelta, subir a la superficie y esperar pacientemente a que me liberen. Y no volver aquí jamás.

Y haría justo eso si no me picasen los dedos por las ganas que tengo de sacarle los ojos a Rekk y atravesarle el maldito corazón.

Gruñendo, me dirijo hacia una de las columnas más altas y me acerco al borde. Miro hacia los oscuros abismos que se extienden entre las columnas con la esperanza de encontrar algo útil. Al entornar los ojos, distingo a lo lejos unas…

Piedras.

Miles de piedras apiñadas entre las grietas, como si fuesen basura. Mis piedras. Cada montículo cubierto de musgo corresponde a un recuerdo o momento que arrojé aquí con la intención de no volver a verlo nunca más.

Distingo una muy afilada que lancé mientras tenía a Essi inerte entre mis brazos.

Sin vida.

Me estremezco y aparto la mirada.

«Ni de coña. No pienso bajar ahí».

«Eso solo me deja otra opción».

Con los puños cerrados, examino la gran cantidad de piedras que hay con forma de huevo cubiertas de un musgo brillante que se mece con el movimiento del agua y, al ver un largo diente nacarado incrustado entre ellas, frunzo el ceño. Por lo que se aprecia, es más largo que mi pie y probablemente lo bastante fuerte como para romper el hielo, aunque me resulta extraño no recordar haberlo tirado aquí…

Ignoro la parte de mí que sabe que no fui yo. La parte que está juntando las piezas de este extraño rompecabezas, dándole forma a algo demasiado grande, redondo y pesado para soportarlo.

Salto al precipicio y aterrizo en la ladera cubierta de hielo, desde donde me deslizo hasta el fondo del enorme nido. Es tan grande que Rygun podría acurrucarse en él, aunque la mayor parte de su cuerpo se saldría por los bordes.

Cuando la pendiente se atenúa, me acerco al montón de tesoros, casi más alto que yo, y me detengo ante ellos para sopesar la situación. A diferencia de mis piedras, tiradas como si fueran basura, estas parecen haber sido talladas con mimo, acunadas.

«Cuidadas».

Un pensamiento con el que acabo como si de un insecto se tratase.

Tengo que mover al menos una para poder sacar el diente. Es una pena, ya que manipular el tesoro de alguien es una forma segura de cabrearlo.

Me desplazo alrededor del montón, buscando el mejor ángulo, y me doy cuenta de que mis opciones son más escasas que las posibilidades de soltar mi discurso tan bien planeado ante un Rekk mínimamente consciente.

¿Muevo la piedra de aspecto aterciopelado que me recuerda a un trozo de carbón o el cristal azul en forma de lágrima que parece algo más fácil de alcanzar?

«A la mierda. No hay tiempo que perder».

Aparto las hebras de musgo plateado, meto la mano en la grieta, agarro la lágrima y tiro. Esta se desprende profiriendo un dulce sollozo a través del agua, palabras cantadas con una voz que reconozco, imbuidas de una aflicción tan profunda que me empapa la piel e inunda mi torrente sanguíneo.

Embiste mi corazón.

Chillando, lanzo el cristal con tal ímpetu que traza un arco en el agua y se hunde en la grieta mientras yo tomo grandes bocanadas de agua helada. La triste y lenta melodía invade mi ser y acaba incrustada en mi mente como una semilla de tristeza que, desde luego, no quería.

Hay un motivo por el que no escucho a Rayne y es que no pretendo entender su lengua. Ahora, parte de ella está incrustada en mí como una sórdida astilla que probablemente acabe infectándose.

«Cómo odio este puto sitio».

Me trago el nudo de la garganta, hago crujir mi cuello moviéndolo a un lado y a otro, y miro la pila que tengo delante.

Definitivamente, es mejor no tocar los demás. Quién sabe lo que sacarán a la luz.

Con más cuidado esta vez, introduzco el brazo por el hueco, agarro el delicado colmillo de marfil y tiro de él.

No cede.

Tiro de nuevo con los dientes apretados mientras hago fuerza, aplicando toda mi rabia y sed de venganza en un movimiento de palanca…

El colmillo se desprende tan repentinamente que salgo despedida hacia atrás y algunas de las piedras con forma de huevo se desplazan con la sacudida. Una de ellas me raspa el brazo al sacarlo y el musgo me acaricia como la cola de un plumaluna, lanzándome a…

otra parte.

Otra parte donde no soy yo misma, sino más grande.

Más poderosa.

Algo furioso, cargado de una fuerza incontenible que se abre paso desde mis omóplatos, hincha mi pecho con un torbellino de fuego gélido y amenaza con quemarme la garganta al salir…

La

Otra

Pasado

La Otra se zambulle en un banco de niebla soltando un chillido gutural que se convierte en un grito tan agudo que podría cortar la piel, anunciando así sus rabiosas intenciones de matar al joven feérico que se coló en la columna donde anida y se llevó su huevo más preciado.

Tal vez lo incubó durante demasiado tiempo, desde mucho después de que su pareja cayera y acabara desangrándose en el suelo, pero por fin percibía vida en su interior. Desde que le había otorgado un hilo plateado de la fibra mística que tenía dentro de su ser, la vida por fin había comenzado a revolotear.

Y ahora ya no está.

Sale disparada de la niebla mientras la rabia brota de su garganta y escapa por su boca abierta. Una llama azul celeste estalla contra un nido alto construido por otro plumaluna fallecido hace mucho tiempo, haciéndolo añicos y rompiendo el silencio.

No habrá descanso hasta que la Otra tenga al ladrón entre los dientes y haya apagado los latidos de su corazón. Entonces, se dará un festín con su carne, arrancándola de sus huesos tira a tira. Cubierta con su sangre, esperará a que sus restos se solidifiquen con el frío y, luego, lo hará pedazos.

Si es que lo encuentra.

La Otra oye un grito a lo lejos, un traqueteo, una serie de berridos animalescos que le provocan un escalofrío por la espalda.

Vira, buscando el sonido, atravesando otro banco de niebla que oculta gran parte de la zona de cría.

—¡Fuera, bestias horribles! —A la Otra se le encoge el corazón al oír esa voz chillona reverberando entre el alboroto—. ¡Dejadnos en paz!

La niebla se disipa lo suficiente como para que alcance a ver una cornisa helada, donde divisa a una pequeña feérica demasiado joven para esta parte del mundo.

Debería estar en un nido de piedra con quienes le dieron la vida, envuelta en el pelaje que los feéricos acostumbran a llevar para proteger su frágil piel. No aquí, cuidando de un pequeño nido de nieve, rodeada de maldiespines, depredadores espinosos dolorosos de masticar, que castañetean, aúllan y asaltan madrigueras excavadas en la nieve, cuya presa principal son las crías recién nacidas de criaturas más vulnerables.

Esa es la razón por la que la Otra suele acabar con sus púas clavadas en las encías.

Observa su postura: piececitos bien separados, listos para la batalla, ojos airados pero temerosos, tan azules que podrían haber sido forjados con la llama que se gesta en su propio pecho.

—¡Vete! —grita la feérica con voz temblorosa y muestra una daga, como si intentara compensar su falta de dientes afilados o garras—. ¡Pienso usarla!

La Otra se fija en cómo le tiembla la mano, como si tuviera miedo a pesar de mostrar los dientes y proferir amenazas.

Plegando las alas, la Otra se deja caer en picado, moviéndose al unísono con las corrientes de aire para que no le corten la piel. Atraviesa más niebla y, cuando emerge, ve al mayor de los depredadores con púas abalanzándose con un aullido y a la feérica clavarle su arma en el vientre, la única parte blanda.

Una sangre oscura salpica a la cría en la cara.

La criatura ladea la cabeza y aúlla, lo que hace que algo se quiebre en los ojos de la joven feérica, la cual solloza mientras su presa cae al suelo.

Muerta.

Los demás patean en la nieve soltando gemidos y moviendo su larga lengua. Su intención es obvia.

«Acercarse como uno solo, incapacitar, matar».

Los instintos de la Otra se desatan, instándola a aproximarse, rugiendo para que la proteja.

«PROTEGERLA».

Pliega las alas, dejándolas pegadas al cuerpo, y se lanza en picado. Luego, abriéndolas de par en par, se impulsa hacia delante y cae sobre el suelo, levantando con el movimiento una explosión de nieve que salpica su piel plateada y desorienta a los depredadores, que se dispersan entre chillidos tras haber olvidado por un momento que no están en la cima de la cadena alimentaria.

La Otra sí lo está.

La feérica no grita, no se estremece ni intenta huir. Se arrodilla y bloquea la entrada, con sus tristes ojos aún fijos en la bestia que ha abatido y el charco que se está formando debajo de ella.

La Otra alza el cuello y gira, dejando que le broten del pecho toda la ira y el pesar en forma de ráfaga de furia azul que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

«Un final apropiado para unos rivales tan poco respetables».

Mientras mutila cuerpos llenos de púas gracias a su llama y a sus violentos zarpazos, a la Otra se le ocurre que quizá la pequeña feérica deteste matar. Eso explicaría su mirada y el triste gemido que ha soltado al clavarle el arma a la criatura.

Resulta extraño, ya que muchos feéricos no se sienten así cuando quitan una vida, sino que disfrutan derribando dragones para derramar su sangre en el suelo, impidiéndoles así encontrar la paz entre la gran oscuridad, como sucedió con la querida pareja de la Otra.

Sin embargo, esa mirada de la joven feérica… no se le va de la cabeza a la Otra mientras sigue lanzando llamas mucho después de que la última bestia haya caído. Le recuerda tiempos pasados, cuando los dragones anhelaban formar un vínculo con alguien lo bastante valiente y honorable como para merecerlo.

No temían tal vínculo.

Ahuyentando ese pensamiento, la Otra contiene el fuego y gira, gruñendo al observar el caos que la rodea: cuerpos tan afectados por las llamas que han explotado en fragmentos helados y han quedado esparcidos por la nieve.

Satisfecha consigo misma, la Otra vuelve al nido de nieve, pero la pequeña feérica ya no protege la entrada.

La Otra se detiene.

Una luz plateada irradia desde la entrada, extendiéndose al otro lado y fundiéndose con la suya propia, y se oye un suave chirrido procedente de los restos resquebrajados de un huevo que la Otra incubó durante demasiadas salidas y puestas. Luego, le llega el gorjeo de la cría respirando, haciendo funcionar sus diminutos pulmones.

Se desprende otro trozo de cáscara, que cae sobre la nieve, revelando a su hermosa cría plateada, aún cubierta de restos transparentes, ahí acurrucada, como si estuviera anidando en el cielo. Comienza igual que terminará…, como es costumbre.

Se agita. Levanta un poco la cabeza. Intenta estirar las alas, lo que hace que se desprenda más cáscara, mientras una brisa lleva su dulce aroma a cuero a las dilatadas fosas nasales de la Otra.

«Hembra».

«Una hija».

La cría cae al suelo con su pesado cuerpo, con las alas extendidas.

Una agradable y desconocida sensación de calor invade el pecho de la Otra. Mientras observa el cuello delgado de su cría y la forma en que se le balancea la cabeza, demasiado pesada para sus músculos en desarrollo, se va familiarizando con ese sentimiento, una forma de amor que nunca había experimentado.

Que nunca había creído posible.

La cría levanta los párpados perezosamente, haciendo que a la Otra se le encoja el corazón al ver por primera vez sus ojos, oscuros y jaspeados con las numerosas luces de sus antepasados.

«Preciosos».

Cruzan la mirada a través de la nieve y la cría grazna.

La sensación que siente la Otra en el pecho aumenta hasta tal punto que teme que se le rompan las costillas y le sale un gem

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