El gesto de Héctor

Luigi Zoja

Fragmento

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PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN

(2016)

 

 

 

UN ORIGEN SIN PADRE

 

Han pasado cincuenta años del que fuera el estudio más sobrecogedor sobre el Estados Unidos decimonónico: el informe Moynihan (1965) acerca de la familia afroamericana.[1] El documento confirmaba que esta había cambiado poco, a pesar de que había pasado un siglo desde la liberación de los esclavos (1865). El senador Moynihan pedía a Estados Unidos una «acción» (action) en beneficio de los descendientes de esos esclavos: la mera intervención pasiva —la abolición de la esclavitud— no había bastado para insertar en la sociedad a la población africana llevada a Estados Unidos a la fuerza, población que, en cierta medida, había permanecido ajena a la cultura nacional.

Después de Moynihan, a pesar de la mayor toma de conciencia respecto al problema y del latigazo de orgullo que ha supuesto la presidencia de Obama, la plaga de chavales negros sin una auténtica familia —esto es, que les falta un principio paterno— se ha agravado aún más; también porque se asocia con las diferencias de clase, que han continuado aumentando y sitúan a los afroamericanos siempre en el último lugar. Según los datos oficiales, en 2014 solo el 29 por ciento de los niños afroamericanos conservaba a ambos progenitores.[2]

Al llegar al nuevo continente, sus antepasados carecían de sociedad, de familia, de cultura y de objetos personales; poseían las cadenas, pero ni siquiera eran los auténticos propietarios de estas.

Paradójicamente, estos hombres negros han anticipado lo más importante e irremediable del deterioro de sus primos blancos: el desmoronamiento del padre, esa construcción que había encontrado su expresión en la familia monógama y patriarcal de Occidente y que le había acompañado en su conquista del mundo. Durante siglos, desde el momento en que comenzaron a ser encadenados y transportados en los barcos negreros, aquellos postafricanos —hoy buena parte de ellos son preestadounidenses— no han sido ni sociedad, ni familia, sino individuos dispersos. Más aún, ni siquiera eso: eran mercancía. El niño que había nacido esclavo únicamente tenía a su madre, que lo alimentaba, cuidaba de él, le enseñaba a hablar y le proporcionaba una rudimentaria educación. Todo esto sucedía con arreglo a lo establecido, pues también a los amos les interesaba hacer crecer su mercancía de una forma eficaz. En cambio, no se esperaba nada similar del lado paterno. Las uniones entre esclavos no gozaban de reconocimiento legal, y el matrimonio constituye un acto oficial que requiere una personalidad jurídica. Como los animales, los humanos esclavizados tampoco podían concertar matrimonios. Existían grupos familiares de hecho, en ocasiones sólidos a causa de la trágica condición común, alentados hasta por los amos, convencidos no tanto de que las relaciones afectivas constituyeran un valor en sí mismas como de que desalentaban la fuga de sus posesiones dotadas de piernas. El padre, sin embargo, aunque perteneciera al mismo propietario que la madre y el niño, podía ser vendido de forma separada en cualquier momento. Como puede leerse en La cabaña del tío Tom, la pérdida de lo afectivo, literalmente subordinado al mercado, constituía una pobreza psíquica más devastadora que la material, porque ni siquiera hoy existe una forma de pago que por sí sola pueda remediarla.

Por tanto, hace ya centenares de años que la esclavitud de Estados Unidos había anticipado la desintegración actual de la familia por medio de la destitución del padre. Faltaba la libertad, pero también la pareja básica tradicional y, por tanto, la familia. Una exclusión que aún en la actualidad provoca que pueda utilizarse poco la libertad, a ciento cincuenta años del día en que fue recuperada, y que constituye el antecedente de la pobreza, tanto económica como civil, de la población afroamericana. La irrelevancia del padre puede resumirse con toda claridad mediante la norma más decisiva que determinaba la condición jurídica de un ciudadano: se consideraba libre a aquel que nacía de una madre libre, y esclavo al hijo de una madre esclava.[3] La ley no tomaba en absoluto en consideración al padre o, mejor dicho, al macho que había engendrado al niño, al mero semental. En la historia y en la psicología predominantes, a la palabra «padre» se le asocian derechos (de mandar) y deberes (de educar y de alimentar) ausentes en la esclavitud. Resulta inevitable que se callara sobre esto, además, por otro motivo no previsto en las leyes y apenas debatido en voz baja: entre los esclavos, una parte no pequeña de los embarazos eran fruto de los amos que buscaban una diversión fácil. Con la información que ofrece en la actualidad el análisis de ADN, aquello que se había susurrado durante siglos se ha transformado en una certeza. Entre los afroamericanos crece, hoy, un turismo de la memoria humillada. En un número cada vez mayor, estos visitan los lugares en los que sus antecesoras fueron raptadas: basta un examen de sangre para conocer el patrimonio genético y, por tanto, para saber de qué parte de África se es originario. Sin embargo, a menudo el ADN los lleva de vuelta a Estados Unidos: según un investigador de Harvard, un tercio de ellos desciende de un hombre blanco.[4]

 

 

COINCIDENCIAS ENTRE LO POSPATRIARCAL Y LO PREPATRIARCAL

 

En los varones, la vuelta a los instintos prefamiliares y preculturales es, no de un modo ocasional, sino de forma estructural, más difícil de evitar que en las mujeres. El incesto paterno, por ejemplo, resulta más frecuente que el materno. En la propia naturaleza, en los estadios evolutivos cercanos al ser humano —entre los grandes simios— la madre no copula con su hijo macho: el instinto se desvía en otra dirección durante la larga intimidad corporal a lo largo del desarrollo; y algo parecido ocurre entre hermanos y hermanas, por lo menos entre los que pertenecen a una misma camada. En cambio, en la sociedad animal y por lo común, el padre (mejor dicho, el progenitor masculino) nunca sufre esta inhibición que se corresponde con la base zoológica de un fundamento antropológico: el tabú del incesto.

La selección positiva produjo un aumento del número de varones que cuidaban a sus hijos: estos, sin duda, tenían más probabilidades de sobrevivir que los demás. Al «desear» ser padres, debían crearse una disciplina, una rigidez, una «armadura de Héctor»; o sea, una contención mayor del impulso instintivo respecto de quienes solo eran machos. Se trata de una norma precultural superpuesta al instinto que resulta perceptible aún hoy en gestos torpes que pueden molestar o hacer sonreír a las madres. Sin embargo, esto no es tan importante como el hecho de que esta vaga turbación no tiene su correlato en el mundo femenino, en el cual la educación y el instinto presentan una mayor continuidad. ¿Por qué es tan difícil abrazar a los padres?, me preguntó una vez con justificada seriedad un grupo de psicólogos polacos.

En la naturaleza, el macho adulto conoce y busca, sobre todo, el abrazo sexual, en tanto que el abrazo protector es para él una experiencia casi olvidada, de cuando era un cachorro; una condición fundamentalmente pasiva. Debido a ello, a pesar de que la civilización enseñe cortesía y buenas maneras, las manifestaciones de ternura o de protección del gesto erótico masculino resultan, en privado, difíciles y son bastante raras y torpes. Y las compañeras lo lamentan. El varón debe pensarlo, convertirlo en intención: la tarea principal para la cual está programado su cuerpo es la sexualidad, y milenios de machismo han permitido la fácil supervivencia de esta falta de delicadeza. Alguien podría objetar que, subrayando este instinto, podemos proporcionar una coartada para una sexualidad masculina violenta: «Me ha provocado», dicen los violadores más reincidentes. Sin embargo, los actos violentos lo son en relación con el daño objetivo que se inflige a la víctima y, por esta razón, han de condenarse en cualquier caso. Si no fuera así, deberíamos castigar con menor gravedad los asesinatos cometidos por un ser humano, porque —tanto en la naturaleza como en la civilización— los machos poseen un impulso de matar más arraigado. Esto no impide intentar comprender las circunstancias subjetivas de quien comete el homicidio, las cuales varían, parece claro, entre mujeres y hombres.

Históricamente, las normas, y todo el mundo jurídico, se han desarrollado, por tanto, de forma paralela al patriarcado. Como decíamos, los machos, con el fin de convertirse en padres, han debido darse normas. Construirse esta identidad, exhibirla después con cierta superioridad y una ligera pizca de ironía, y, finalmente, proyectar al exterior la disciplina que se habían impuesto: en torno a este germen se ha desarrollado la sociedad humana más rica y compleja en todos sus aspectos, la del Occidente patriarcal. Como ninguna otra en la historia, se la ha imitado —mediante la llamada globalización— y criticado a la vez. Con todo, mientras sus formas culturales (la economía de mercado, los medios de comunicación) de los siglos XX y XXI han seguido difundiéndose en otros países, en el mismo periodo su forma privada (la familia patriarcal) ha mostrado, en cambio, un fuerte declive. No se ha probado en absoluto que fuera la única posible, pero tampoco se han mostrado qué otras podían reemplazarla. ¿Cómo funcionarán las estructuras externas de la sociedad sin este pilar interno? Solo sabemos que la identidad masculina en su totalidad sufre una desintegración desconocida hasta ahora. En estudios realizados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el rendimiento de los varones en la escuela (un indicador de la dirección que seguirán como adultos) ha seguido cayendo en relación con el de las mujeres. Trataremos sobre este asunto en el capítulo 4. Puede suponerse que la involución no es ajena a la desintegración del modelo masculino adulto, ya que las niñas no sufren una pérdida equivalente.

En Europa y Estados Unidos se está extendiendo un miedo paranoico ante la posibilidad de la inmigración masiva procedente del mundo no desarrollado. Los inmigrantes provienen de sociedades en las que todavía rigen los parámetros paternos. Una vez entre nosotros, estos se contagian de la regresión pospatriarcal de Occidente: en ese momento abandonan el mundo seguro del padre para volver a ser machos agresivos, impacientes e hipersexualizados. Incluso en el análisis del fenómeno que Occidente siente más extraño, la formación del brutal Estado Islámico (EI), debemos tomar nota del papel de Occidente. Somos una sociedad pospatriarcal. La barbarie del Daesh es premoderna. Sin embargo, al mismo tiempo, este ya ha aprendido una lección de nuestra historia y de nuestro declive: también es pospatriarcal. Su núcleo está constituido por una horda de machos. Sus guerreros son en parte jóvenes inmigrantes islámicos que residen en Europa, o incluso ciudadanos europeos de toda la vida convertidos al islam radical, como ocurre con otros jóvenes débiles que se convierten en miembros de sectas satánicas. Han sido hipereuropeizados: son, de hecho, los prototipos del joven perdido ante la «sociedad sin padre».[5] La pornografía de la sangre propia de internet desempeña un papel en la difusión de esta fascinación, y genera una dependencia de la red que, a su vez, no tiene tanto que ver con el islam como con las addictions típicas de los adolescentes varones más frágiles del pospatriarcado.

Expresado con los símbolos de un clásico italiano universal, estos huérfanos de mundos inmutables revolotean como frágiles Pinochos que abandonan al gris Geppetto por el embriagador Mecha (también se entregan al alcohol los inmigrantes que en el mundo islámico estaban a resguardo de él). Formulado, en cambio, en el lenguaje de nuestro libro, los huérfanos retroceden a la polaridad del macho animal, que duerme su sueño secular bajo el paterno. Los consideramos, sobre todo, un problema; pero el suyo consiste en infectarse de nosotros y en perder su estructura sin adquirir una nueva.

Gracias al estudio de la trágica divergencia en el desarrollo entre Norteamérica y América Latina,[6] sabemos que esto se debe, en parte, a dos formas radicalmente diferentes de colonización. Al norte llegaron familias ya formadas, que llevaban consigo la sociedad y la religión con las que se habían desarrollado en Europa. Con esfuerzo, trasplantaron su patriarcado. En el centro y en el sur del continente, durante un sinnúmero de generaciones, los inmigrantes fueron hombres sin familia que, en aquel momento, echaron raíces, pero que durante siglos no se convirtieron en padres. Eran conquistadores en todos los sentidos, y su relación con las mujeres indígenas se limitaba al sexo e ignoraba el cuidado de los niños así concebidos. Esa falta de asunción de la responsabilidad todavía se refleja hoy, de modo indirecto, en las formas desordenadas y agresivas de gestión de esa vida pública que debe ser hija de todos.[7]

Occidente quizá tenga la oportunidad de aprender una lección de la historia. Antes de prohibir o admitir la inmigración de manera incondicional, podría comenzar por dar preferencia a las familias ya formadas. Estas siguen siendo la mejor defensa contra la constitución de las bandas de machos que ya envenenan nuestros barrios más castigados.

 

 

LA RAZÓN DE ESTE LIBRO

 

La gradual descomposición de la firma paterna tiene dos caras. Una es simbólica, cultural, y concierne a los valores e imágenes-guía. La sociedad se seculariza. En los cielos no hay ningún Padre absoluto. La referencia universal, el símbolo de los símbolos, ha desaparecido. Hasta los «padres de la Patria» se han olvidado o se leen como ejemplos negativos. La segunda cara es estadística. Los padres desaparecen de la familia. El siglo XX se ha convertido en el del divorcio, que en Estados Unidos ha aumentado en un 700 por ciento. A pesar del progreso formal de las costumbres y de las leyes, la inmensa mayoría de los niños siguen viviendo con sus madres. En los grupos sociales y en las ciudades de moda, la mitad de los niños crece sin padre.

Escribí El gesto de Héctor a finales de los años noventa del siglo pasado. Hoy internet facilita la recopilación de información sobre la composición de la familia y la ausencia de los padres. En aquella época había que esperar a que se la volcara en algún libro y a que se publicara.

En la primera edición, me apoyé sobre todo en volúmenes impresos, en particular en las tres magníficas investigaciones monumentales de Michael E. Lamb dedicadas a la figura paterna.[8] Todos los textos consultados —en su mayoría de origen estadounidense— constataban un drástico alejamiento del padre con respecto al crecimiento del hijo. Sin embargo, a partir de datos similares, los autores a menudo expresaban puntos de vista diferentes. Los conservadores creían posible un retorno a la familia y al padre tradicional: la expresión más acabada de ello fue el movimiento de los promise keepers (los que cumplen sus promesas). En cambio, los libros eran en su mayoría progresistas y políticamente correctos: deseaban y promovían el advenimiento de «nuevos padres». Con la ayuda de imágenes ya generalizadas, analizaré el tema en el capítulo 4, que he reescrito ampliamente para esta nueva edición. Aquí bastará recordar que he tomado distancia de ambas simplificaciones. No estoy de acuerdo con regresar a ningún tipo de patriarcado, ya sea porque la historia no es un cuento que puede reescribirse o porque restablecería una primacía masculina rica en abusos y pobre en derechos democráticos.

Sin embargo, la figura del «padre nuevo» solo puedo aceptarla en cierta medida. Es justa, pero derrotista. Se trata de una figura propuesta como una vicemadre: a menudo resulta indispensable para los niños pequeños en la pareja actual, en la que ambos progenitores trabajan, pero desatiende la mayoría de las tareas psicológicas relacionadas con el padre desde la noche de los tiempos. Para percatarse de ello basta con pensar en el neologismo italiano que designa a este ayudante masculino de la madre: mammo. Una palabra que puede sugerir un respeto afectuoso, pero que no deja ninguna duda acerca de la falta de esa constancia y de esa sólida capacidad de proyección que se espera de la figura paterna. En la civilización occidental ha sido necesaria para la socialización de los hijos mayores y, como sabemos gracias a la historia, aquello que durante miles de años ha regido el comportamiento de los pueblos puede ser eliminado en sus formas visibles, pero continuará residiendo en el inconsciente colectivo e influirá de forma cotidiana en la sociedad.

Desde que escribí la primera edición de este libro, la conciencia del problema ha ido aumentando y, con ella, los estudios y los datos sobre la paternidad.[9] Tal como sostuvieron Freud y Jung, ser conscientes de los problemas psíquicos no comporta su desaparición; pero con todo se trata del primer paso, el más importante, para ponerles remedio. Los números nos dicen que la ausencia de los padres podría haber tocado techo: un nivel alto en extremo, por supuesto, pero que ya no aumenta. Al mismo tiempo, tanto en las estadísticas como en las experiencias privadas de los psicoterapeutas de diferentes países, crece de forma considerable el número de padres, tanto separados como en cohabitación con la madre, que deciden ocuparse de sus hijos.

En la actualidad, internet pone a nuestra disposición una inmensa cantidad de información sobre el tema que nos ocupa. Por desgracia, esto no solo supone ventajas. La comunicación digital alienta con una frecuencia cada vez mayor el uso de tablas y estadísticas. De este modo, los libros, en relación con los artículos publicados en la red, pasan a un segundo plano. A su vez, los datos numéricos tienden a eclipsar los textos humanistas, en los cuales se analiza a fondo la dimensión cualitativa, más allá de la cuantitativa, del problema. El último volumen de los estudios de Lamb carece del fluir majestuoso de los anteriores y se dispersa en minúsculos riachuelos especializados. ¿Cuál es la función específica del padre y por qué —aunque sea por las causas más dispares— se dice en todas partes que su ausencia constituye un problema? «Los padres continúan teniendo una influencia significativa en la adaptación [de los hijos] que, por razones no muy comprensibles, se hace cada vez más importante a medida que esos niños se convierten en adultos»,[10] escribe Lamb en la introducción de la que constituye la síntesis mundial de la investigación sobre el padre. El psicoanálisis —sobre todo el de cuño junguiano— y el libro que el lector tiene en las manos tratan de hacer su propia aportación a esa comprensión que escapa a quienes están muy especializados. Después de su aparición en una docena de idiomas y tras llevar a cabo una gran actualización, parece hora de volver a presentar El gesto de Héctor al público.

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

El principio universal descubierto por Freud, y que en cierto modo provocó su sentimiento de judío antirreligioso, fue el significado psíquico de la imagen paterna (el patriarcado) para el ser humano occidental [...]. La heroica lucha de Freud contra el arquetipo paterno del judaísmo [...] no constituye un asunto personal de Freud, ni un problema exclusivamente judío; la cultura de Occidente (religión, sociedad, moral) está formada sobre todo por esta imagen paterna que daña, en parte, la estructura psíquica del individuo.

 

E. NEUMANN, Freud und das Vaterbild

 

 

Jacob fue un comerciante de telas que ha pasado a la historia por ser el padre de Sigmund Freud.

Un sábado paseaba por Freiberg. Iba bien vestido y llevaba una kipá de piel nueva. Tras doblar una esquina se encontró frente a frente con otro hombre. Era una situación incómoda porque en aquella época las aceras solían ser una calzada estrecha cuyo único fin era evitar la superficie fangosa de la carretera. Jacob hizo ademán de dar un paso, aunque con timidez, pues no lo consideraba una cuestión de principios. El invasor fue más rápido y, movido por una obvia certeza de superioridad, le tiró el casquete al barro espetándole: «¡Por la acera, judío!».

Más tarde, al relatarle el episodio a su hijo, Jacob se detuvo en ese punto. Sin embargo, el pequeño Sigmund insistió, ya que para él ahí estaba la parte más interesante de la historia: «¿Y tú qué hiciste?».

Con calma, el padre le respondió: «Me bajé de la acera y recogí la kipá».[11]

 

 

Si hemos de creer a Jones, el biógrafo oficial de Sigmund Freud, este hecho fue uno de los que marcó el carácter del fundador del psicoanálisis. La falta de heroísmo del hombre que había sido para él un modelo absoluto cayó sobre su mente como un mazazo. Y decidió su futuro.

Quizá, sin este suceso, el psicoanálisis hubiera sido diferente: Freud no habría considerado al hijo un rival inevitable del padre, ni habría criticado la religión junto con el Dios padre del monoteísmo.

Más tarde, Freud leerá la Eneida y comprenderá: su padre se había encontrado en la misma encrucijada que Eneas al huir de Troya. Frente al enemigo uno se ve obligado a decidir: ¿es mejor luchar por el honor y arriesgarse a morir o pensar en el futuro, en la continuidad de la familia y del pueblo? Freud quedará tan agradecido a la Eneida que pondrá al principio de La interpretación de los sueños (1899) un verso de ese poema (VII, 312): Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo («Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, conmoveré a los del infierno»). Volveremos a Eneas más adelante y por ahora también dejaremos a Freud con su desilusión.

Utilizaremos el ejemplo, en cambio, para tratar qué espera el hijo de su padre. Según la tradición patriarcal, que este episodio puede resumir, es algo diferente a lo que se espera de la madre.

En circunstancias normales, todo niño ama a su madre. ¿Y si la madre es víctima de una injusticia? Si la madre sufre tal trato, su hijo continuará amándola, esforzándose quizá por compadecerla.

¿Y, en general, el hijo ama a su padre? Sin duda. Pero ¿qué ocurre si el padre padece una injusticia? Aquí las cosas se complican, porque la relación padre-hijo se halla mucho más condicionada por el ambiente que otros vínculos. La pareja madre-hijo, especialmente en los orígenes, resulta tan singular que casi se encuentra fuera del mundo. En cambio, la imagen de la pareja padre-hijo a la que estamos acostumbrados se inserta desde el principio en un grupo de al menos tres. Ya forma parte de la sociedad; de hecho, se espera que sea el padre quien enseñe a su hijo a estar en sociedad, tal como su madre le ha enseñado a estar en su propio cuerpo.

Si una madre se deja humillar, su hijo puede reaccionar de forma negativa. Sin embargo, jamás leemos que la rechace como hizo Freud con su padre. Difícilmente le dirá: «No eres una verdadera madre». Al padre que ha permitido una ofensa, en cambio, puede decirle que no actúa como tal. Si el hijo adopta este punto de vista, significa que no quiere sentir cercano a su padre solo en el bien y en el amor, sino también en la fuerza, porque las relaciones sociales no consisten solo en amor y en justicia, sino también en la mera fuerza.

Este hijo, por tanto, desea un padre fuerte y vencedor. Si triunfa en la senda del bien, de la justicia y del amor, mucho mejor. Sin embargo, a menudo lo más importante es que el padre ofrezca simplemente la imagen del vencedor y el bien resulta algo de importancia secundaria. Con frecuencia la tradición occidental prefiere un padre injusto pero ganador a un padre justo pero perdedor respecto del mundo, una paradoja ya conocida por Shakespeare, quien, en El rey Lear, construyó el prototipo del padre rechazado cuando pierde su fuerza y su prestigio.

Sin embargo, el padre vencedor que prefiere esta tradición no se arriesga a perder únicamente su integridad moral. La necesidad de la fuerza supone también limitar a sus sentimientos. Esta censura de lo afectivo marca su relación con los demás, quienes, en un círculo vicioso, pueden pagarle con una actitud similar: el pequeño Sigmund Freud no muestra ningún sentimiento de comprensión hacia la debilidad de su padre.

 

 

Desde que se asoció la destrucción de las guerras mundiales y la de Vietnam con la agresión paterna, los padres no agresivos se han incrementado. Sin embargo, esta evolución va acompañada a menudo de una involución: también aumentan los jóvenes que confían únicamente en el grupo y que reemplazan a su padre por los cabecillas de este. Si bien resulta innegable que, en general, una menor agresividad paterna es buena para los hijos, muchos chicos se alejan de ese padre dócil, débil a sus ojos, para admirar a algún tipo violento, que inspira temor en el barrio, y optan por un padre adoptivo.

Por supuesto, podría ser solo una difícil transición hacia la vida adulta. Sin embargo, existen situaciones parecidas que tienden a consolidarse. Da la impresión de que el adolescente de hoy no encuentra la otra orilla a la cual «cruzar». Muchos jóvenes se comportan como Pinocho, que pronto se cansa de su padre Geppetto, honesto y aburrido, y lo abandona para seguir a Mecha, el escolar rebelde y arrogante, orgulloso de hacer lo que le place; tal vez precisamente porque es tan actual, este viejo relato de la campiña italiana sigue siendo conocido en todo el mundo.[12]

El hijo espera del padre un afecto semejante al materno, pero esto no agota su expectativa. Conmigo, pide el hijo al padre, sé bueno, sé justo. Ámame; pero, con los demás, primero sé fuerte, aun a costa de ser violento, de ser injusto.

Se podría objetar que hemos dejado atrás la tradición patriarcal de Occidente y un episodio, como el de Freud, del siglo pasado, y que hoy, para los hijos, el padre y la madre son mucho más semejantes entre sí. En la actualidad, la investigación psicológica[13] estudia la díada padre-hijo por separado de la tríada madre-padre-hijo y nos dice que ambos poseen su propia relación ya en los primeros meses de vida. Sin embargo, no pretendemos aislar al padre de la familia, de la sociedad y de la cultura circundante, bien porque su especificidad como progenitor radica, sobre todo, en esa complejidad de funciones, bien porque la psicología junguiana de la cual partimos no disocia la dimensión individual de la colectiva. La autoridad del padre se ha democratizado, su fuerza se ha desintegrado en muchos aspectos, pero nuestro inconsciente no elimina en unas pocas generaciones aquello que durante milenios lo ha dominado. Aunque carezca de padres, aunque quizá esté en transición hacia una nueva forma, la sociedad occidental sigue siendo, por lo menos en su inconsciente, una sociedad patriarcal.

 

 

Mucho se ha dicho acerca de los progenitores que, al hacer crecer a sus hijos con enseñanzas y mensajes contradictorios, los vuelven frágiles, inseguros y, en los casos más graves, los predisponen hacia la disociación psíquica, hacia la esquizofrenia. Sin embargo, los hijos, con sus expectativas, también ejercen una poderosa influencia sobre los progenitores (diferente, no primaria, como la de los progenitores, aunque cotidiana y profunda). Las expectativas, las proyecciones, contribuyen a convertirnos lo que el otro espera de nosotros. Por lo general, dado que el niño pequeño considera absolutamente confiable, bueno y maduro al progenitor, este le ayuda a sentirse más seguro de sí mismo, a encontrar satisfacción en ser generoso, a convertirse en adulto.

En la sociedad patriarcal esta regla se aplica especialmente a la madre. En el caso del padre, se complica por el hecho de que el hijo proyecta sobre él expectativas más conflictivas; y no de forma excepcional, sino como norma; no en distintos momentos, sino en todos. En la familia el padre debe observar una ley moral; en la sociedad, sin embargo, primero ha de respetar la ley de la fuerza o, para ser más precisos, una especie de ley de la evolución darwiniana, en la que el «bien» coincide con la mayor capacidad para asegurar la supervivencia propia y la de sus descendientes.

Con todo, el padre es una sola persona que no puede ni debe dividirse en dos: notará así un empuje hacia la disociación, una oscilación entre las dos leyes que lo harán inseguro. En una época pasada el padre ocultaba esta inseguridad poco compatible con su papel y los hijos no tenían ni el derecho ni muchas herramientas para evaluar su moralidad y su éxito. Hoy esos derechos y herramientas resultan cada vez más frecuentes.

Conviene dejar claro este hecho, que podríamos denominar la «paradoja del padre». Se puede resumir de la siguiente manera: normalmente, la madre será reconocida como madre por lo que hace con su hijo, una tarea enorme, sin duda, pero clara e identificable. En cambio, el padre no solo lo es por lo que hace con su hijo, sino también por lo que realiza con la sociedad, y las leyes que rigen estos dos espacios de acción no son las mismas.

La «paradoja del padre» resulta tanto personal, psicológica e independiente de la época como pública e histórica. En realidad, en el centro de la civilización patriarcal europea, atravesada por todas partes, primero por la colonización y, después, por la globalización, se encuentra una segunda paradoja, que no es sino la cara colectiva de la primera. Esta civilización ha adoptado el cristianismo como credo y, al mismo tiempo, se ha expandido «darwinianamente» por la fuerza, es decir, mediante la guerra, el robo y la desertificación de la naturaleza, la explotación y el sometimiento de las naciones más débiles o simplemente más pacíficas; mediante la transgresión planetaria de los mandamientos «no matarás», «no robarás», «no codiciarás los bienes ajenos». En este sentido, la civilización europea, que ha propagado la racionalidad sobre la Tierra, parte de un núcleo profundamente irracional. Como el padre individual, su patriarcado oscila entre la ley del amor y la de la fuerza, y está bastante lejos de encontrar una síntesis.

 

 

Una joven militante de grupos de izquierda acudía a la universidad entre finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Las protestas estudiantiles alcanzaban su punto álgido. Su padre era empresario, su tipo de actividad se hallaba en crisis y el negocio familiar tenía problemas, agravados por su falta de agresividad y de ansias de lucha.

La hija poseía grandes habilidades dialécticas, reforzadas por los estudios de filosofía y los debates políticos. Se enfrentaba como una luchadora a su padre, quien soportaba con torpeza las discusiones sin darse cuenta de la necesidad que él tenía de hablar más con su hija, y las conducía aún con mayor desacierto. La hija tensaba sus músculos intelectuales y se imponía; pero la satisfacción no le duró mucho. Con un padre más débil que ella, carente de la capacidad dialéctica y de la autonomía emocional que ella iba adquiriendo, la victoria de esas confrontaciones verbales resultaba amarga.

Su padre la quería y no se comportaba como un especulador sin escrúpulos en el trabajo, ni como un tirano en la familia. Por tanto, no eran las ideas de la hija sobre él lo que lo volvieron extraño a ella, sino un movimiento afectivo más profundo e irracional. El hombre llevaba el traje de vencedor como si fuera una túnica de Neso imposible de desgarrar. Sin embargo, la intolerancia y el sufrimiento aún no habían llegado a su punto máximo.

De forma gradual, la chica se fue dando cuenta de que ahora tenían problemas económicos. Eso constituía una desgracia propia, ya que todas sus amigas, hijas de empresarios, gozaban de una vida cómoda. El desprecio que sentía por su padre se incrementó. El hombre se encontraba cada vez más abatido y deteriorado físicamente y se hizo una serie de exámenes clínicos. Le diagnosticaron un cáncer que no le dejaría mucho tiempo de vida.

La hija se esforzó por sentir pena, pero, dentro de ella, había algo que no respondía. Ahora, el hombre vencido se hallaba también bajo la apariencia de un cáncer que había echado horribles raíces en su cuerpo. La presencia corporal del padre en la casa le era cada vez más intolerable; le provocaba un desprecio irracional, invencible, físico y estético a la vez, como si tuviera un repugnante insecto entre los cabellos, un viejo repulsivo entre las sábanas.

En un intento de obligar a su hija a hablar, a permanecer cerca de él, el hombre le prohibió salir. Lo único que consiguió fue humillarse aún más. De aquella época ella recuerda, sobre todo, el ruido seco de la puerta al cerrarse a sus espaldas, cuando, desobedeciéndole, salía y dejaba abandonado y quejumbroso a su padre. Después él murió, con el cuerpo y el alma crispados. Durante un tiempo la chica se sintió libre. Después pasaría años analizándose, buscando reconciliarse con la figura del padre y elaborando el sentido de culpa que, de forma inevitable, le había quedado. Durante mucho tiempo, incluso después de la muerte del padre, albergaba un sentimiento de fuerte repulsa. Para superarlo, la paciente tuvo que recordar y describir infinitas veces a aquella figura. Lentamente, ahora que ya no sentía asco por el exceso de cercanía, sino casi su opuesto, casi añoranza, podría volver a la piedad y, luego, al afecto. La tarea avanzaba con tanta lentitud que no parecía acabarse nunca. La paciente recuperaba verdades que ya conocía cuando el padre vivía, pero ahora eran solo racionales, carecían de espesor en el alma:

 

El hecho de que mi padre no hubiera tenido éxito en los negocios, así como que hubiera caído enfermo, lo hacía más débil, pero no más indigno, por lo que no era menos digno de ser amado. Mis valores nunca han sido los de la salud física y el éxito económico. Me horroriza esta sociedad demasiado competitiva, que premia la falta de escrúpulos, que aplasta a los débiles. Quiero estar de su lado. Sin embargo, no es fácil cuando los débiles se encuentran tan cerca y una siente que su debilidad constituye un peligro para sí, como una enfermedad que puede contagiarse. Básicamente, me causan aún más horror estos sentimientos tan injustos, pero es difícil superar la aversión que producen los vencidos, sobre todo cuando también ha sido derrotada su dignidad. En mi interior le gritaba a mi padre: «¡Puesto que has escogido un trabajo del que deberías avergonzarte, por lo menos podrías enriquecerte!, y no quedarte en la cama con esa cara pálida. ¡Levántate, ve a la oficina! ¿Por qué no luchas contra la enfermedad? Me parece que la has dejado ganar para molestarme».

 

Un niño crece en la Italia de la década de 1940, en una familia grande, compuesta también por abuelos, tíos y otros parientes.

Este país acaba de salir del conflicto mundial y de la guerra civil entre fascistas y antifascistas. Se prepara otra batalla decisiva, pero ahora se combate mediante el voto: ¿república o monarquía? La familia es burguesa y culta, respeta las opiniones diferentes y proscribe la agresividad. El chico recuerda que, bajo los discursos políticos en los que no se levanta la voz, existe, sin embargo, una atmósfera parecida a una llama, muy inestable y ardiente.

Al padre del chico, republicano convencido, lo secundan algunos familiares; otros, tal vez, apoyan al rey por miedo a que el paso a la república se convierta en el primer peldaño hacia el comunismo. Solo un tío se presenta como un monárquico convencido. Se deja ver poco en la familia, pero sus visitas bastan para que el niño tenga una revelación: uno de sus primeros recuerdos —en el parvulario o en la escuela primaria— es ser un monárquico apasionado.

De mayor, durante el análisis, se referirá a aquello como una traición a su padre.

 

—Pero usted —señalaba el analista—, tan pequeño, ¿era responsable de la traición?

—No lo creo, pero ya tenía la información adecuada para valorar la situación. Mientras que mi padre hablaba poco y vivía para sus obligaciones, mi tío era superficial, holgazán y prepotente: le interesaba, sobre todo, la vida cómoda.

—¿No serán juicios a los que ha llegado más tarde? ¿De qué hablaba con su tío en aquella época?

—Le pedía que me contara episodios de la guerra. La verdad es que no se había encontrado a menudo con el enemigo, ya que era responsable de los suministros. Sin embargo, repetía continuamente una historia. Una vez se topó con un control de carreteras desde el que abrieron fuego contra su camión. Mi tío había pedido un tanque para destruir la barricada y a los hombres que la resguardaban. Era gente que defendía su país. Cuando lo recuerdo, me mareo: como si ahora mismo estuviera viendo esas imágenes desde una gran altura, como si hubiera intentado elevarme. Aun así, debo admitir que me sentía extasiado cuando mi tío repetía esas cosas; a pesar de todo, el niño que tenía esos sentimientos era yo.

—¿Hablaba de la guerra con su padre?

—Nunca. Él no había estado en ella. Era un oficial de reserva, pero no tuvo que combatir, porque resultaba más útil como ingeniero; por ejemplo, en la construcción de refugios. Seguramente se sentía satisfecho de evitar el peligro y de ser útil, en lugar de hacer algo que le repugnaba. A mí, en cambio, me parecía que se escondía. De hecho, puesto que los refugios son guaridas, me parecía que se ocultaba dos veces. Además, mi padre era mayor y más débil que mi tío; daba la impresión de que todo probaba que era incapaz de combatir. Por la mañana veía cómo se afeitaban: papá tenía una máquina eléctrica, mi tío utilizaba una navaja. Puede que aquella me recordara los primeros electrodomésticos que vi en manos de las mujeres: inapropiada. Sin embargo, fue la elección entre monarquía y república la que realmente resumió el contraste entre los dos modelos.

—¿Su padre no discutía con usted?

—Se limitaba a lo esencial. Me decía: «Mira, las cosas no son como en Alemania. El que ha llamado a Mussolini ha sido el rey; por tanto, no basta con que deje de haber dictadura para siempre, sino que también debe irse el rey». Creo que después añadió, hablando otra vez para sí: «Aunque con la república se corre el riesgo de tener un jefe incapaz, pero, después de unos años, se lo echa en lugar de mantener incluso al hijo del incapaz». Lo absurdo es que entonces me parecía que tenía razón, pero me resistía a darle esa satisfacción.

—¿Y con su tío, hablaba?

—Ah, este es precisamente el asunto: mi tío no ofrecía argumentos. Me decía: «Pero ¡qué república! ¿No sabes que el presidente de la república es un vejete horrible?». Me parece que hasta me enseñó un viejo que aparecía en el periódico. Puede que esto fuera un poco después, cuando ya había nacido la república, pero en el recuerdo las imágenes que cuentan son contemporáneas. «El rey, por el contrario, es joven, fuerte, bello: ¡míralo aquí!». Me señalaba un hombre en una foto. A su alrededor brillaban el uniforme y un círculo de su guardia personal a caballo. Se me paralizó el juicio, el poco que entonces tenía. La estética lo era todo y la razón, nada. Mientras tanto, el rey se identificaba con mi tío, y mi padre con el viejo presidente. Preferí lo que encontré más emocionante y más fuerte; lo más seguro, lo que no era necesario elegir: el rey, que ya es rey desde que nace. En aquella época, mis abuelos me leían Pinocho. Tal vez yo era como ese hijo títere, que sabe que el padre, Geppetto, tiene razón, pero que sigue al salvaje Mecha, porque siente que solo con él encontrará placer y novedad. Aunque puede ser que mi tío, en esa familia demasiado civilizada, fuera el único que me indicaba que existe una naturaleza masculina simple e instintiva, una etapa que no es posible obviar. También hay que criticar a mi padre. ¿Por qué yo no conocía sus ideas? ¿Por qué no me explicaba que resultaba mejor construir refugios contra las armas que el uso de las armas; que esa también constituye una forma de fortaleza? En esto, mi padre realmente me falló, porque no me contó sus razones; no porque no me relató la guerra.

 

 

¿Es cierto que vivimos en una época en la que el padre se encuentra ausente? Muchos estudios dan la voz de alarma y mencionan esto último como un mal sin precedentes.

Si insistiéramos en atribuir la inestabilidad de las sociedades modernas a ese debilitamiento del padre, cometeríamos un error, ya que podría tratarse solo de una de sus manifestaciones. A la vez, resultaría una grave limitación explicar la crisis del padre recurriendo únicamente al siglo XX o incluso a la última generación. Observaremos que, en Occidente, la imagen profunda del padre está formada por el mito griego y por el derecho romano, aunque después aquella haya sido modificada por las vicisitudes del cristianismo, la Revolución francesa y la Revolución industrial. Los cambios de los años setenta, ochenta y noventa del siglo pasado cuentan, sí, pero son como ondas en el manto de espuma que cabalga sobre la inmensa ola de la historia.

Centrar nuestra atención en la actualidad significa obedecer a la cultura mediática, una cultura de la satisfacción inmediata, bulímica, que prefiere el apetito efímero al proyecto que se desarrolla, con constancia, a lo largo del tiempo. Si bien muchos estudios se inspiran veladamente en esto, mientras que con sus palabras se lamentan por la distancia del padre bueno, entonces devuelven su vigencia a lo que de más alejado hay en la responsabilidad, en la estabilidad, en la sobriedad que la tradición —no importa aquí con cuánta objetividad— les atribuye. Vender actualidad resulta como vender comida rápida: muchas calorías, de mala calidad y a muchos consumidores. Si

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