Bunge, Mario
100 ideas : el libro para pensar y discutir en el café
- 1ª ed. - Buenos Aires : Debolsillo, 2011.
EBook.
(Best Seller)
ISBN 978-987-566-649-8
1. Ensayo Argentino. I. Título
CDD A864
Edición en formato digital: abril de 2011
© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®
Humberto I 555, Buenos Aires.
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere.
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ISBN 978-987-566-649-8
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Prefacio
Ésta es una colección de artículos periodísticos publicados en el curso de los últimos años. Tratan de temas muy diversos: biología, ciencia en general, ética, filosofía, física, gobierno, historia, literatura, política, psicología, religión, sociología, técnica, universidad, vida cotidiana y otros yuyos.
La diversidad de las notas es tal, que las he ordenado alfabéticamente. Esto garantiza que sus temas estén distribuidos al azar. Lo que a su vez permite leer este libro en cualquier orden y en cualquier circunstancia, incluso mientras se hace cola o se espera turno en una amansadora.
En este salpicón hay de todo y para muchos gustos. Pero no he intentado contentar a todos. Me he limitado a escribir lo que pensaba en el momento, o sea, sin tacto. Ya me lo decían mis padres, conocidos por su falta de tacto: “Marucho, no tenés tacto”. Esta carencia me salvó de hacer una carrera política, pese a que desde chico he sido un apasionado espectador de la política.
He escrito estos artículos para informar, provocar, proponer, entretener y divertirme, aunque no para “matar el tiempo”, barbarismo que sacaba a mi padre de sus casillas. Ojalá mis lectores se diviertan leyendo estas páginas casi tanto como yo al escribirlas.
Montréal, invierno del año 6
1. ALIENISTAS Y BRUJOS
Supongo que todos estamos dispuestos a perder cualquier cosa menos la razón, ya que ésta es, según Aristóteles, la característica distintiva del ser humano.
Por esto, las enfermedades mentales son las que más asustan e intrigan. Y por el mismo motivo los brujos y alienistas siempre han gozado de gran prestigio, aun cuando rara vez han sido eficaces.
Por ejemplo, a fines del siglo XIX Charcot se hizo célebre por diagnosticar y “curar” lo que llamó “histeria” femenina haciendo presión sobre los ovarios, y la masculina apretando los testículos. (En casos graves, Charcot extirpaba el útero.) Sus cursos en la Salpêtrière eran frecuentados por la flor y nata de la neurología europea, incluyendo a Freud. Nadie dudó de la certeza de los diagnósticos de Charcot ni de la eficacia de su tratamiento.
La ineficacia de los alienistas fue proverbial hasta mediados del siglo pasado, cuando se descubrieron los primeros psicofármacos capaces de aliviar los sufrimientos de esquizofrénicos, depresivos y obsesivos.
La ineficacia de la psiquiatría fue tema del maravilloso relato “El alienista”, de Machado de Assis, el fundador de la literatura brasileña, injustamente ignorado por la enorme mayoría de los lectores en lengua castellana.
¿A qué se debe la ineficacia de la psiquiatría hasta hace medio siglo? Edward Shorter, profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de Toronto, nos da la respuesta en su fascinante tratado A History of Psychiatry, de 1997.
Es sabido que los primitivos explicaban la locura como obra de espíritus malignos que se apoderaban del paciente. Siendo así, el remedio estaba a la vista: encargarle al brujo o sacerdote de turno que exorcizase a dichos espíritus malignos o invocase a espíritus benignos.
Hipócrates de Kos, el padre de la medicina, no creía en espíritus sino en cosas materiales. El examen de heridas del cerebro lo había convencido de la verdad de la hipótesis de Alcmeón, según el cual los procesos mentales son procesos cerebrales. Siendo así, las enfermedades mentales deben de ser enfermedades del cerebro. Esta hipótesis, ampliamente confirmada por la neurociencia contemporánea, no resuelve el problema psiquiátrico, pero al menos ayuda a plantearlo correctamente.
El problema de la psiquiatría desde hace dos siglos es reparar los mecanismos cerebrales que se descompusieron por algún motivo concreto: químico, celular o ambiental. Primero comprender el cuerpo, luego tratarlo. Ésta es la consigna de la psiquiatría biológica, a diferencia de la chamánica.
Shorter narra, en prosa clara y entretenida, cómo la psiquiatría biológica estaba ya establecida en 1900 cuando hizo irrupción el psicoanálisis, que ignoró el cerebro. (Yo agregaría que poco después dominó en psicología experimental otra escuela acéfala: el conductismo, que se limita a observar la conducta.)
¿A qué se debe el éxito comercial y cultural del psicoanálisis, que dominó la psiquiatría norteamericana hasta aproximadamente 1970? Shorter menciona dos factores. Uno de ellos es que los psiquiatras biológicos encontraron muy poco porque pretendieron ver la locura al microscopio. Este medio es demasiado tosco, excepto en el caso de la enfermedad de Alzheimer, o demencia senil, que va acompañada de alteraciones celulares e intracelulares enormes.
Recién hacia 1970, con la invención de métodos refinados de visualización del cerebro vivo (PET y MRI), pudo descubrirse, entre otras cosas, que la depresión prolongada va ahuecando la masa encefálica. Aun así, todavía queda mucho por andar hasta dar con signos confiables de las diversas enfermedades mentales. Tampoco se dispone de una clasificación de las mismas aceptada por todos los expertos.
Un segundo factor del éxito comercial y cultural del psicoanálisis fue la ausencia de psicofármacos eficaces antes del descubrimiento de la clorpromazina a mediados del siglo pasado. No es que los psicoanalistas curasen, sino que encontraron un vacío.
Este vacío era doble: la ciencia no curaba ni estudiaba las emociones ni las pasiones, en particular el placer y el dolor, el amor y el odio. Las fantasías desbocadas de los psicoanalistas llenaron ese vacío y dieron empleo lucrativo a miles de individuos sin formación científica.
La psiconeurofarmacología marcó el fin de la etapa chamánica de la psiquiatría. Prozac y sus parientes químicos reemplazaron al sofá. Y los asilos echaron a la calle a centenares de miles de pacientes.
Casi todos éstos se reincorporaron a la vida normal.
Pero quedaron afuera muchos miles de enfermos que no quieren o no pueden medicarse. Estos individuos viven solos, desamparados, desocupados, y a menudo drogados. Se los ve pululando por las aceras de las grandes ciudades. Mucho de lo que antes se gastaba en manicomios hoy se gasta en seguridad pública.
Shorter elogia a la industria farmacéutica por haber impulsado los estudios de psicofarmacología con más vigor y eficacia que la universidad. Pero también denuncia sus abusos. Uno de estos abusos es la invención literal de trastornos, tales como el pánico, al que suele llamarse “enfermedad de Upjohn”, la firma que fabrica la pildorita correspondiente. Otro abuso es haber promovido lo que Shorter llama “hedonismo farmacológico”, o sea, la búsqueda de la felicidad en la farmacia. La píldora ayuda a olvidar desgracias, pero en realidad sólo el trabajo y el amor pueden dar felicidad.
Al sociólogo de la medicina le interesarán también las páginas que Shorter dedica al movimiento llamado “antipsiquiatría”. Este movimiento fue iniciado hacia 1960 por Michel Foucault, Thomas Szasz, Ronald Laing y Erving Goffman. Su tesis es que los trastornos mentales son una invención de las autoridades para reprimir a la gente. Obviamente, los antipsiquiatras no creen en sus propios cerebros. ¿Pensarán, como los antiguos egipcios, que la función del cerebro es segregar mocos? (Por este motivo los embalsamadores egipcios conservaban en vasos canópicos todos los órganos del difunto excepto su cerebro.) ¿O creerán, como Aristóteles, que su función específica es refrigerar el cuerpo?
La historia que tan bien narra Shorter se entiende aun mejor a la luz de la vieja controversia filosófica sobre la naturaleza del alma (o psique o mente en su versión laica). Es obvio que mientras los exorcistas, psicoanalistas y antipsiquiatras no creen en el cerebro, los psiquiatras biológicos (y los industriales farmacéuticos) creen que los trastornos psíquicos son enfermedades del cerebro. Esta hipótesis es la raíz filosófica del éxito sensacional de la nueva psiquiatría.
Sería pues justo que los fabricantes de psicofármacos patrocinaran los estudios filosóficos de la hipótesis de que todo lo mental es cerebral.
Esto no implica que todos los trastornos mentales deban tratarse mediante el escalpelo, el choque eléctrico o la droga. Los trastornos menores, tales como las fobias, pueden tratarse con la palabra. Al fin y al cabo, al pasar del oído al cerebro y transformarse en ideas o imágenes, las palabras desencadenan procesos neuroquímicos que pueden interferir con procesos cognitivos o emotivos. De aquí la eficacia de la terapia cognitiva, aunque a menudo deba complementársela con la psicofarmacológica.
En conclusión, la psiquiatría se tornó científica cuando admitió que los trastornos mentales son tan reales y concretos como los digestivos, por ser disfunciones cerebrales.
Ya no queda lugar decente para brujos ni para chamanes. A no ser la política.
2. ALTRUISMO
Se cree comúnmente que nos cuesta ser altruistas para con los extraños: que generalmente somos egoístas excepto para con los parientes. Tan es así, que una de las parábolas de la Biblia se refiere al buen samaritano, un hombre tan excepcionalmente bondadoso, que socorrió a un extranjero de quien no podía esperar ninguna retribución.
Además, en la tradición cristiana el creyente está tan obsesionado por su salvación personal, que ayuda a otros solamente en interés propio, para quedar bien con Dios. Los calvinistas, ni siquiera esto, porque saben que están predestinados: se salvarán o condenarán independientemente de las obras que hagan. Los mahometanos, ídem: todo está prescripto para la eternidad.
La idea de que somos naturalmente egoístas está tan empotrada en la cultura moderna, que constituye un postulado de la teoría económica estándar desde Adam Smith. Según ella, cada cual sólo persigue su propio beneficio, su propia felicidad. Pero, al hacerlo, contribuye al bienestar ajeno. Esto ocurre gracias a la famosa Mano Invisible, versión secular de la Deidad. O sea, todos compiten entre sí, pero las leyes del mercado aseguran misteriosamente el bienestar general.
La biología evolutiva en su versión popular, que se le debe a Herbert Spencer, generalizó a todos los organismos el principio de que cada cual se ocupa sólo de lo suyo. En particular, postuló que todos procuran sobrevivir y reproducirse a toda costa. Cuantos más descendientes, tanto mejor. Tan es así, que la aptitud darwiniana, o ventaja evolutiva, se define como el tamaño de la descendencia. Don Juan no sería un monstruo sino un paradigma.
Sin embargo, el altruismo se da en varias especies. Las abejas obreras trabajan para la colmena, los elefantes ayudan a sus compañeros heridos, los delfines ayudan a sus congéneres a librarse de las redes de pesca, los humanos arriesgamos la vida para salvar la de otros, etcétera.
Estos y muchos otros hechos muestran que el principio del egoísmo universal es falso. En particular, los humanos normales no premiamos a quienes intentan maximizar la dispersión de sus genes dejando embarazadas al máximo número de mujeres. Por el contrario, los consideramos delincuentes.
Recientemente se ha descubierto que, en los humanos, el altruismo tiene una raíz biológica. En efecto, James Rilling y colaboradores informan, en la revista Neuron del año 2002, que disfrutamos haciendo el bien. Este resultado se encontró estudiando con resonancia magnética los cerebros de sujetos puestos a jugar el “juego del preso”. En este juego, el jugador puede, ya cooperar, ya competir. Resultó que, cuando cooperaban en lugar de competir, el aparato mostraba que se activaba su centro del placer, del que forma parte el hipotálamo. O sea, cuando somos generosos no sólo nos premian, sino que también nos gusta.
En resumen, a veces somos altruistas y otras, egoístas. Sin egoísmo no podríamos sobrevivir, y sin altruismo no podríamos convivir. Esta conclusión basta para falsar todas las teorías que, como la teoría microeconómica estándar, postulan que siempre actuamos para maximizar las ganancias esperables.
3. ARQUITECTURA
La arquitectura es una de las profesiones más nobles, porque contribuye a satisfacer una necesidad humana básica, la del alojamiento. También es una de las más admiradas. Tan es así, que más de un chofer de taxi me ha confiado con orgullo que ostenta un diploma de arquitecto.
Pese a que la arquitectura es una disciplina prestigiosa, no hay consenso en lo que respecta a su naturaleza. En efecto, cada vez que le pregunto a un arquitecto qué es la arquitectura, recibo una respuesta diferente.
El arquitecto-artista me responde que la arquitectura es un arte. El arquitecto-ingeniero, que es una técnica. El arquitecto-artesano, que es una artesanía. El arquitecto-urbanista, que es una herramienta de reforma social. El arquitecto-paisajista, que es un medio para transformar terrenos en jardines. El arquitecto-abogado, que es una técnica para dirimir conflictos de medianeras. Y el arquitecto-empresario me asegura que la arquitectura es un negocio, aunque malo.
¿Por qué no podrá ser la arquitectura todas estas cosas a la vez: arte, técnica, artesanía, medio de acción social, herramienta para hermosear el paisaje, auxiliar del derecho y negocio?
Siendo la arquitectura un campo polifacético, cada arquitecto puede elegir el costado que más le guste o que mayor beneficio le reporte. Será raro el que pueda o quiera abarcar todas las facetas.
Lo mismo ocurre con la medicina, el derecho y otras profesiones liberales. Todas ellas son poliédricas, y es difícil que una sola persona domine todos los lados. De aquí que, cuando la obra es grande, se impone la formación de un equipo multidisciplinario.
Curiosamente, los arquitectos tienen algo en común con los sacerdotes y los políticos. Este punto común es que todos ellos creen saber cómo debiéramos vivir. Todos ellos nos revelan cuáles son nuestras aspiraciones y cuáles son los medios para satisfacerlas.
Ellos saben mejor que nosotros mismos lo que nos conviene. Son profesionales del consejo y de la admonición. Los demás somos meros aficionados al oficio de vivir. Es como la diferencia entre futbolista profesional e hincha de fútbol.
Por añadidura, todos estos profesionales nos pasan la cuenta por los consejos que nos dan. En justicia, nosotros debiéramos cobrarles por escuchar sus consejos, sobre todo cuando son malos. O cuando, siendo buenos, no se ajustan a nuestro presupuesto.
A propósito, pese a haber estado íntimamente ligado a esta noble profesión durante muchos años, aún no he sabido de ningún caso de coincidencia entre presupuesto de arquitecto y presupuesto de cliente.
Habitualmente, los clientes son más ambiciosos que los proveedores. Aquí es al revés, al menos en el caso de los buenos arquitectos, quienes suelen tener aspiraciones faraónicas.
Se explica: un cliente recurre a los servicios de un arquitecto para resolver algún problema. Este pedido pone en marcha la imaginación del (buen) arquitecto, quien se pone a soñar. Pero el sueño del arquitecto puede ser la pesadilla de su cliente. Éste ya no tiene un problema sino dos.
Esta discrepancia entre arquitecto y cliente explica en parte que los más grandes arquitectos hayan sido los que menos obras han realizado. La otra parte de la explicación es que son excesivamente originales para los gustos del cliente medio, que es bastante filisteo.
El buen arquitecto tiene sueños faraónicos, pero rara vez encuentra al faraón dispuesto a financiarle sus proyectos. Basten dos ejemplos: el francés Étienne-Louis Boullée en el siglo XVIII y el argentino Amancio Williams dos siglos más tarde. Para saber qué diseñaron hay que estudiar sus planos, no los pocos edificios, por cierto racionales y hermosos, que llegaron a construir.
El arquitecto del montón no tropieza con las dificultades que presenta la discrepancia entre el ideal y la realidad. Él se ajusta sin chistar a las exigencias del cliente y a las limitaciones del constructor. El resultado es que sus diseños llegan a convertirse en edificios olvidables.
Hoy día el buen arquitecto puede hacer lo que le guste, y encima ganarse la vida, sin subirse a un andamio. Puede lograrlo trabajando como profesor de Arquitectura. Algunos de los diseños (o disueños) del arquitecto académico serán publicados en revistas, y hasta es posible que se publiquen libros enteros con sus fantasías arquitectónicas. Algunos de estos libros serán leídos con provecho por estudiantes de Arquitectura.
Otros libros de este tipo inducirán al error de diseñar edificios inútiles o incluso inconstruibles. Ejemplo de actualidad: la anárquica arquitectura deconstruccionista, que es como decir ciencia anticientífica.
En realidad, no es necesario ser buen arquitecto para ser publicado. Algunos arquitectos se ganan la vida publicando libros de recetas para hacer casas estándar para distintos gustos y presupuestos. Éstos son de los que no sufren porque, en lugar de vivir para la arquitectura, viven del interés popular por la arquitectura. No sueñan, pero al menos hacen soñar a muchos aspirantes a la vivienda propia.
No todos los arquitectos creen que sus clientes deben obedecerlos. Hay unos pocos arquitectos razonables, que comprenden que el cliente no es sólo un alumno ignorante del oficio de vivir, sino también quien paga sus honorarios.
Un arquitecto que, además de bueno, sea razonable no tiene por qué pasarse del presupuesto fijado por el cliente. Al contrario. Puede sugerir una explotación más racional del espacio y una distribución más racional del presupuesto.
Por ejemplo, el arquitecto puede eliminar ambientes y corredores innecesarios, agregando en cambio instalaciones que disminuyan el costo de mantenimiento y las labores domésticas.
Además, el buen arquitecto dejará algo de valor perdurable y contribuirá a mejorar el estilo de vida del cliente y el aspecto del barrio. Ni el arte ni la técnica separados pueden tanto como cuando actúan combinados.
Desgraciadamente, los tiempos que corren no son propicios para la arquitectura. Quienes pueden pagarse arquitectos no necesitan casas nuevas porque han dejado de criar hijos. Quienes tienen muchos hijos no pueden pagarse viviendas propias. Y quienes gestionan obras públicas suelen consultar a ingenieros o constructores antes que a arquitectos.
¿Qué recomiendan hacer las sociedades profesionales de arquitectos para resolver este dilema? ¿Y qué están haciendo para contribuir a crear en el público una conciencia arquitectónica (y cívica) como la que tuvieron los antiguos griegos? ¿Qué dicen? No los oigo.
4. ARTEFACTO Y TÉCNICA
Los artefactos difieren de los seres naturales en que han sido diseñados y hechos, no encontrados. Un hacha, un ordenador, un fruto genéticamente modificado, una escuela y un banco son materializaciones de ideas.
Más precisamente, un artefacto constituye la última etapa de un proceso que comienza por el planteo de un problema, el de imaginar algo para modificar un aspecto de la realidad, y luego procede a diseñar ese algo nuevo con la ayuda del mejor conocimiento disponible. Marx lo vio claramente, al destacar la diferencia entre la casa y el panal: mientras la abeja obra instintivamente, el arquitecto planea inteligente y deliberadamente. Y el constructor transforma la idea en cosa, el plano en edificio.
El núcleo de una actividad técnica es el diseño. Como cualquier otro producto del intelecto, un diseño puede ser más o menos original. Puede proponerse copiar o perfeccionar un artefacto existente, o inventar un artefacto radicalmente nuevo. Por ejemplo, el primer motor eléctrico, la primera bombilla eléctrica, la primera radio, el primer avión y el primer televisor no tuvieron antecesores: fueron inventos radicalmente nuevos. En cambio, el primer automóvil fue un perfeccionamiento del carruaje tradicional y la computadora electrónica fue funcionalmente (aunque no físicamente) un perfeccionamiento de las computadoras mecánicas.
Dicho cínicamente, el diseño técnico puede consistir en cometer un error o en corregirlo. Ésta es básicamente la opinión de Henry Petroski, ingeniero y autor de hermosos libros sobre ingeniería, tales como To Engineer is Human (1992). En su tapa figura una fotografía sensacional de un puente norteamericano tomada en el momento en que se derrumbaba.
La idea de Petroski es que la tarea de todo ingeniero creador es detectar y corregir los errores cometidos por sus predecesores. Esta receta se aplica a artefactos tales como puentes y escuelas, conocidos desde hace milenios. Pero ¿qué hacer cuando no hay predecesores? Por ejemplo, ¿cómo utilizar el plasma solar que envuelve a la Tierra, cómo inventar una cura del resfrío común y cómo averiguar si el político que nos pide el voto está mintiendo, sin recurrir a un aparato de resonancia magnética?
El proceso que va del problema práctico al diseño es lo que ocupa al técnico. Lo que sigue, la implementación del diseño, es cosa de otros expertos, tales como artesanos, obreros y administradores.
O sea, una técnica, tal como la ingeniería civil o la medicina, no es una colección de artefactos y reglas sino un cuerpo de ideas. Por este motivo suscita, o debiera de provocar, la curiosidad del filósofo. Pero no es así, como lo muestran la juventud y las penurias de la filosofía de la técnica.
Es verdad que Aristóteles, el precursor de casi todo, hizo notar la diferencia entre lo artificial y lo natural. Pero ninguno de sus miles de comentaristas, ni siquiera el gran Tomás de Aquino, investigó los problemas ontológicos, gnoseológicos y éticos que plantea la mera existencia de artefactos.
La indigencia de la filosofía de la técnica es explicable. Primero, desde Francis Bacon la técnica suele confundirse con la ciencia. Segundo, la técnica ha sido menospreciada como objeto de reflexión filosófica, debido al antiguo prejuicio griego contra el trabajo manual, juzgado propio de esclavos.
Unos pocos pensadores importantes, entre ellos Giambattista Vico, John Dewey, José Ortega y Gasset, Lewis Mumford y Buckminster Fuller, se ocuparon de la técnica como cuerpo de conocimientos, pero apenas rozaron los problemas filosóficos que ella plantea.
Suele considerarse que la filosofía de la técnica nació en 1966, con la publicación de un número especial de la revista Technology and Culture. A partir de 1972 aparecieron algunas antologías y en 1980 se constituyó la Society for Philosophy and Technology, que ha venido celebrando reuniones anuales en América y Europa.
Curiosamente, uno de los mejores filósofos actuales de la técnica no es norteamericano, francés ni alemán: es el profesor salmantino Miguel Ángel Quintanilla. A diferencia de casi todos sus colegas, Quintanilla no es tecnófilo ni tecnófobo: sabe que hay técnicas buenas y otras malas. Además, y esto no es poco en estos tiempos posmodernos, Quintanilla piensa con claridad, lo que le ha permitido “exactificar” algunos conceptos inexactos.
Esta claridad contrasta con la oscuridad de los existencialistas, quienes, siguiendo a Heidegger, atacan a la técnica en general en lugar de criticar solamente a las técnicas que sirven a fines perversos, como lo son las técnicas de las armas de destrucción masiva y las de engaño masivo.
Puesto que una técnica puede ser beneficiosa, perjudicial o ambivalente, la filosofía de la técnica tiene una fuerte componente ética, al igual que la filosofía del derecho y de la medicina. En otras palabras, el filósofo no puede desentenderse de los problemas morales que suscitan las consecuencias sociales de la introducción de nuevas técnicas, tales como la desocupación.
En resumen, no confundamos técnica con artefacto, ni aceptemos o rechacemos nuevas técnicas sin antes averiguar si son beneficiosas, perjudiciales o ambivalentes.
5. AZAR
Dígasele a un pequeño inversor que los precios de las acciones de bolsa son aleatorios, y no lo creerá. Está convencido de que él, o al menos su corredor de bolsa, tiene una receta infalible para leer el futuro en el pasado. Creerá que el futuro ya está escrito en alguna parte y que para leerlo sólo hace falta descubrir el texto y descifrarlo. Es un causalista radical: sufre de negación del azar.
Sin embargo, si hay algo en que coinciden todos los expertos en economía financiera es que el movimiento de los precios y ganancias de los valores bursátiles es aleatorio. La única diferencia es que algunos piensan que es del tipo del camino que recorre un borracho perdido y otros, que es de tipo browniano, como el movimiento de las motas de polvo que vemos danzar locamente en un haz luminoso.
Análogamente, los físicos están de acuerdo en que el comportamiento de los electrones, núcleos atómicos, átomos, moléculas y otras cosas es aleatorio. En otras palabras, las cosas de este tipo (cuantones, como yo las llamo) se comportan legalmente, pero sus leyes son probabilistas, a diferencia de las leyes de movimiento de las balas, los planetas y los rayos luminosos.
Una ley probabilista no nos dice con certeza qué habrá de ocurrir en un lugar o tiempo dados, sino cuál es la probabilidad de que acontezca en ese lugar o tiempo. Igualmente, un genetista podrá estimar la probabilidad de que un recién nacido lleve cierto gen materno, pero no podrá prever que, en efecto, lo poseerá. Esto es así porque, durante el brevísimo proceso de fertilización, los genes de ambos progenitores se mezclan al azar, como los dados en un cubilete, o los naipes cuando se los baraja repetidamente y de buena fe.
Estos ejemplos sugieren que el azar no es sinónimo de ignorancia o incertidumbre, sino un rasgo del mundo real, tanto natural como social. Esta hipótesis filosófico-científica es moderna: no tiene más de un siglo. Habría chocado profundamente a Aristóteles, aunque no a Epicuro, el filósofo atomista tan injustamente vilipendiado.
La doctrina tradicional es que todo azar es aparente, de modo que un ser omnisciente podría predecirlo todo. Siendo así, la probabilidad no sería una medida de la posibilidad objetiva, sino el grado de incertidumbre acerca de relaciones reales pero ocultas.
En efecto, esta doctrina acerca del orden cósmico es estrictamente causal. Todo se desenvolvería conforme a pautas causales rígidas, de la forma “Siempre que suceda algo de tipo A acontecerá algo de tipo B”.
La moraleja metodológica de esta doctrina ontológica es obvia: “Siempre intenta poner al descubierto las flechas causales que subyacen al azar”. Pero durante el siglo pasado se descubrió que esta prescripción no siempre es pertinente, porque hay acontecimientos irreductiblemente aleatorios, tales como las desintegraciones atómicas y las mutaciones génicas.
Pero no hay que exagerar la presencia real del azar al punto de sostener que la ciencia contemporánea ha reemplazado todo lo causal por lo aleatorio. Sin embargo, esto es lo que creen tácitamente quienes afirman que es posible atribuirle una probabilidad a cualquier acontecimiento. Según esto, lo imposible tendría probabilidad cero y lo necesario, probabilidad uno.
En otras palabras, hay quienes sostienen que el universo es un casino y que todos los enunciados científicos son probabilistas. Entre ellos se encuentran economistas famosos, tales como Milton Friedman y Gary Becker, y filósofos influyentes, tales como Karl Popper y Patrick Suppes. Pero esta versión extrema del indeterminismo se esfuma bajo el microscopio epistemológico. Veamos por qué.
En primer lugar, la física cuántica ha combinado las ideas de causación y de azar en lugar de reducir la primera a la segunda. En efecto, las leyes básicas de la teoría cuántica involucran fuerzas, y las fuerzas son causas.
Por ejemplo, un resultado típico del cálculo cuántico del resultado de un choque entre dos partículas es una predicción tal como la siguiente: “La probabilidad de que el campo de fuerzas dado desviará la partícula incidente dentro de un ángulo sólido dado vale tanto”. En otras palabras, se calcula la probabilidad de que una causa dada produzca alguno de varios efectos posibles.
También es falsa la creencia de que es lícito atribuir una probabilidad a todo acontecimiento. En efecto, tal atribución es legítima solamente en el caso de hechos aleatorios. Por ejemplo, el resultado de revolear una moneda honesta se expresa en un enunciado probabilista. En cambio, tal enunciado será falso si la moneda ha sido fabricada por un tahúr.
Si bien el resultado de todo juego de azar es aleatorio, la expectativa del jugador aficionado no lo es: su grado de certeza no coincide con la probabilidad del hecho en cuestión. Por ejemplo, es muy posible que crea que si una moneda ha salido “cara” cinco veces seguidas, es necesario que la próxima vez salga “ceca”. Ésta, la llamada falacia del jugador, ha llevado a muchos a la ruina.
En general, las creencias acerca de la plausibilidad de acontecimientos no aleatorios, tales como las acciones deliberadas, no son cuantificables. Lo mismo vale para las proposiciones: asignarles probabilidades es tan absurdo como asignarles temperaturas. Una proposición puede ser más o menos precisa, y puede ser plausible o verdadera, pero no probable, ya que no participa de un proceso aleatorio. En particular, las decisiones de un tribunal son más o menos plausibles a priori, pero no pueden ser probables, porque no son producto de un proceso aleatorio.
En resumen, debemos aceptar el azar junto con la causación, y a veces combinado con ésta: ambos son modos básicos de ser y devenir. Si no lo fueran, no figurarían en tantas teorías y prácticas científicas y técnicas exitosas. Por casualidad, ¿podés pagarme el café?
6. BARBARIE TÉCNICA
Entiendo por “barbarie técnica” la barbarie que se vale de medios técnicos refinados. Por ejemplo, los roqueros usan equipos de alta técnica para ensordecer con sus explosiones y alaridos. Practican la barbarie electrónica. En su descargo se debe decir que los roqueros se limitan a torturar, mientras que quienes usan armas nucleares, químicas o bacteriológicas son bárbaros técnicos que asesinan al por mayor.
En los EE.UU., los condenados a muerte no son ejecutados por medios primitivos, como la estrangulación, la horca, el garrote vil o siquiera el fusilamiento. Los verdugos gringos refinados ejecutan con sillas eléctricas o inyecciones de fármacos seleccionados. Saben combinar la barbarie con la técnica moderna.
También hay que sacarles el sombrero a los espectáculos televisivos de consumo masivo, especialmente en los EE.UU. y Japón. En ellos la técnica más avanzada se conjuga con la estupidez y el mal gusto. Es notable el contraste con algunas producciones de la BBC de Londres, tales como Masterpiece Theatre.
No debe confundirse barbarie técnica con técnica bárbara. La orfebrería de los pueblos bárbaros era técnica bárbara. Producía algunos objetos hermosos con medios técnicos ingeniosos aunque primitivos. En cambio, la barbarie técnica utiliza medios técnicos refinados para alcanzar metas bárbaras, tales como el genocidio.
Los genocidios que relatan el Antiguo Testamento y otros documentos de épocas bárbaras se practicaban con medios primitivos, tales como el degüello y el lanceo. En cambio, con los bacilos de ántrax y de botulismo, que el dictador Saddam Hussein compró a firmas norteamericanas, podría haber exterminado a millones de personas en poco tiempo y a bajo costo. ¡Lo que es el progreso!
Habiendo despotricado contra el uso bárbaro de técnicas avanzadas, debo advertir contra la tecnofobia tan común entre los artistas e intelectuales. Por ejemplo, el famoso poeta mexicano Octavio Paz se quejaba de lo que llamaba la barbarie técnica. Aunque no aclaraba en qué consistiría esta barbarie, presumiblemente se trata de la utilización de la técnica para malos fines, tales como la producción masiva de basura cultural. Es de suponer, en cambio, que Paz no se oponía al uso del ordenador o del avión. Tampoco se opuso al empleo de armamento moderno para reprimir la sublevación de los campesinos mayas en Chiapas, movimiento que se apresuró a condenar como obra de “agitadores extranjeros”.
¿Qué diría el poeta si a un ingeniero o a un experto en gestión empresarial se le diera por denostar la “barbarie poética”, entendiendo por tal la total ignorancia de la ciencia y de la técnica de que suelen hacer gala las gentes de letras? Acaso el técnico diría que la poesía es digna de admiración y respeto pero que, al fin y al cabo, incluso los pueblos más primitivos hacen poesía y música, en tanto que sólo los modernos pueden gozar de la corriente eléctrica y de la vacuna, que son conquistas técnicas, no artísticas.
7. BIOLOGÍA Y FILOSOFÍA
Los biólogos, al igual que los demás científicos, suelen desinteresarse por la filosofía. Pero ¿puede el biólogo evitar filosofar? Por supuesto que puede: lo hace toda vez que, sin saberlo, adopta una filosofía sin cuestionarla.
El caso más común es el del científico que acepta el dogma positivista de que sólo importan los hechos de la experiencia: que las teorías son a lo sumo resúmenes de datos observacionales o experimentales. Quien se atiene a esta filosofía tosca se condena a sí mismo a juntar datos sin saber por qué ni para qué, empresa ésta tan aburrida como costosa. No fue éste el caso del más grande biólogo de todos los tiempos, Charles Darwin, quien afirmó que toda observación (interesante) se hace a la luz de alguna hipótesis.
La biología actual está sacudida por numerosas controversias que tienen una fuerte componente filosófica. Baste mencionar la siguiente muestra desordenada de problemas que se discuten con intensidad, y a veces también con vehemencia y acrimonia, en las literaturas biológica y filosófica actuales:
¿En qué se distingue la materia viva de la no viva?
¿Qué es una bioespecie? ¿Individuo o colección?
Las especies biológicas, ¿son colecciones naturales o convencionales?
¿Es verdad que la biología molecular ha reducido la genética a la química?
La evolución, ¿es un proceso gradual, a saltos, o una mezcla de procesos de ambos tipos?
¿Es verdad que todos los rasgos de un organismo contribuyen a su supervivencia, o hay algunos que no contribuyen a ella?
La teoría de la evolución, ¿es una teoría propiamente dicha, o sea, un sistema hipotético-deductivo?
La contingencia de la que hablan los evolucionistas, ¿es lo mismo que el azar del que nos habla la microfísica?
La genética de las poblaciones trata a todos los organismos como si fueran adultos, o sea, no tiene en cuenta el desarrollo individual. ¿Es esto justificable?
¿De qué trata la ecología: organismos, poblaciones o sistemas compuestos por organismos de diversas especies?
¿Puede la biología explicar la emergencia de normas e instituciones sociales, o son éstas construcciones que varían de una sociedad a la otra?
Echemos un rápido vistazo a dos problemas biofilosóficos de actualidad. Cuando se habla de teoría de la evolución suele tenerse en cuenta solamente una parte de ella: la teoría de la selección natural. Pero ésta da por sentadas las variaciones que selecciona el ambiente. Y estas variaciones emergen en el curso del desarrollo individual, como resultado de la interacción organismo-ambiente. O sea, Evolución = Variación génica + Selección.
Esto muestra que el programa de Haeckel, de unir la ontogenia con la filogenia, sería correcto. Por esto se lo ha reivindicado recientemente bajo el nombre de “evo-desa” (o evo-devo en inglés), o sea, la unión de la biología evolutiva con la biología del desarrollo o embriología.
A su vez, esta nueva interciencia es un ejemplo de convergencia de disciplinas, menos común pero no menos importante que su divergencia o división en especialidades. De esa unión no sólo está resultando la explicación de novedades evolutivas particulares. También puede esperarse una teoría propiamente dicha de la evolución, o sea, un sistema hipotético-deductivo que dé cuenta de la especiación y la extinción de bioespecies.
Una vez que nazca esta teoría madura se podrá ver si es tan general como las grandes teorías físicas. Si lo es, no será comprobable sin más, sino que para ponerla a prueba será preciso enriquecerla con hipótesis subsidiarias (referentes a especies particulares), así como con indicadores o puentes entre conceptos teóricos y conceptos empíricos.
A propósito de teorías en biología, ¿existe una que explique la síntesis de proteínas? Los libros de texto dicen que sí: nos cuentan cómo la “información” contenida en los ácidos nucleicos, que harían de “moldes” (templates), “especifica” la composición de las proteínas. ¿Es realmente así, o las palabras entre comillas designan metáforas? ¿Y basta conocer la composición de un sistema para entender cómo se formó y cómo funciona?
Además, está el problema de los pliegues de las proteínas, que es muy importante porque a pliegues diferentes corresponden funciones diferentes. Este aspecto fue descuidado hasta hace una década, cuando lo abordó la llamada biología estructural. A propósito: ¿es ésta una rama de la biología, o más bien de la biofísica, ya que la clave de tales pliegues es la naturaleza hidrofóbica o hidrofílica de las moléculas que constituyen las proteínas? ¿No será que esa disciplina se hace pasar por un capítulo de la biología para atraer fondos de investigación, los que hoy día abundan más en biología que en física? Pero éste es tema para la sociología de la biología más que para su filosofía.
Otro problema científico-filosófico es el del origen de la vida. A los estudiantes de biología suele enseñárseles que el gran microbiólogo Louis Pasteur demostró la imposibilidad de la generación espontánea. Pero no se les aclara que Pasteur comenzaba sus experimentos por la esterilización, de modo que aseguraba que no pudieran emerger organismos a partir de precursores abióticos.
Sin duda, los organismos no han emergido de la noche a la mañana, sino al cabo de un proceso que debe de haber durado millones de años y que debe de haberse cumplido en muchas etapas: monómeros-dímeros-tetrámeros-octómeros, etcétera. Así es como se forman los ácidos nucleicos y el virus mosaico del tabaco en el laboratorio a partir de agua, carbono, oxígeno, nitrógeno, etcétera.
Es obvio que los trabajos científicos sobre el origen de la vida se fundan en el postulado naturalista de que los organismos, lejos de caracterizarse por un ente inmaterial (entelequia, impulso vital, fuerza constructiva, etcétera), son sistemas materiales muy complejos con propiedades emergentes, tales como las de poseer un “programa” genético, metabolizar y autorrepararse.
Esta hipótesis filosófica subyace a todos los intentos que se han hecho desde Oparin hasta ahora por encontrar fósiles y vestigios de los primeros organismos, así como para fabricar organismos en el laboratorio. Por ejemplo, la NASA tiene un departamento de origen de la vida que ha estado buscando organismos, o precursores de éstos, en Marte. (En este departamento trabajó muchos años el destacado biólogo catalán Juan Oró.)
