Cumbres Borrascosas

Emily Brontë

Fragmento

Creditos

Título original: Wuthering Heights

Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

1.ª edición: mayo, 2016

© 2016 by Emily Brontë

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-443-5

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

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CAPÍTULO I

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me hace que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo nos habríamos llevado de maravillas. Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que él no imaginaba la espontánea simpatía que me inspiró. Por el contrario, hundió los dedos más profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus ojos desaparecieron entre sus párpados cuando oyó anunciar mi nombre y preguntarle:

—¿El señor Heathcliff?

Él asintió con la cabeza.

—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Lo visito tan pronto como me ha sido posible, para decirle que espero que mi insistencia en alquilar la Granja de Thrushcross no le haya causado molestia.

—Puesto que la casa es mía —respondió apartándose de mí—, no hubiese consentido que nadie me molestase sobre ella, si así se me antojaba. Pase.

Dijo «pase» entre dientes, como si quisiera mandarme al diablo. Ni siquiera tocó la puerta para confirmar lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel hombre, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujaba la barrera, él soltó la cadena del portón y me precedió, con hosquedad, hacia el patio, donde dijo a gritos:

—¡Joseph! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino!

Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que toda la servidumbre se reducía a él. Por eso entre las baldosas del patio crecía el pasto y los arbustos de los cercos estaban sin recortar, solo mordisqueadas sus hojas por el ganado.

Joseph era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!» y, mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que preferí suponer que suplicaba el socorro divino para digerir bien la comida y no por mi presencia.

Localmente, se conocía la casa donde vivía el señor Heathcliff como Cumbres Borrascosas. El nombre traducía bien los rigores de las tempestades cuando se desencadenaba el viento. Ventilación no faltaba sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la inclinación de unos pinos cercanos y en el hecho de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen ante el sol. Felizmente, el edificio era sólido, de espesos muros, a juzgar por la profundidad de las ventanas, y protegido por grandes piedras en las esquinas.

Antes de atravesar el umbral me detuve a mirar los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una inscripción decía «Hareton Earnshaw, 1500». Aves mitológicas derruidas y niños en posturas lascivas enmarcaban la inscripción. Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de la casa, no quise aumentar con esto la impaciencia que parecía evidenciar, mientras me miraba desde la puerta como instándome a que entrase de una vez o me marchara.

Luego de atravesar un pasillo llegamos al salón que en la zona llaman siempre «la casa», y al que no precede ninguna otra habitación. Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi ninguna cocina, o mejor dicho, no vi signos de que en el enorme hogar se guisase nada, aunque en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros proveniente de otra habitación. De las paredes no pendían cacerolas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes pilas de platos, jarras y tazas de plata. Encima del mueble había tortas de avena y perniles curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas viejas de caños herrumbrosos y unas pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros de colores vivos. El suelo era de piedra lisa y blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde, con altos respaldos. En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros se escondía bajo el aparador.

Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la región, gente recia, tosca, con pantalones de montar y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza espumante abundan en el país, pero Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía las maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era erguido y gallardo.

Pensé que muchos lo tendrían por soberbio y grosero y que, sin embargo, no debía ser ninguna de ambas cosas. Por instinto imaginé su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos. Debía saber disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.

Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi propio carácter. Quizás él regateara su mano al amigo ocasional, por motivos muy diferentes. Tal vez mi carácter sea único.

Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y lo que me ocurrió el verano último parece darle la razón. Hallándome en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer bellísima, realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos hablan, los míos debían delatar mi locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro avergonzado que me rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol, y que con cada mirada de la joven me alejaba más, hasta que ella, probablemente desconcertada por mi actitud y suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se fuesen.

Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que nadie, excepto yo mismo, sepa cuán inmerecida es.

Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra, separándose de sus cachorros, se acercó a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando quise acariciarla emitió un gruñido gutural.

—Déjela —dijo Heathcliff, haciendo coro a la perra con otro gruñido y asestándole un puntapié—. No está hecha a caricias ni se la tiene para eso.

Se incorporó, fue hacia una puerta lateral y gritó:

—¡Joseph!

Joseph masculló algo en el fondo de la bodega, pero no apareció. Entonces su amo acudió a buscarlo, dejándome solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban atentamente. No me moví, temeroso de sus colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y les hice unas cuantas muecas. Fue una ocurrencia muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos, se precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa en refugiarme tras de la mesa, acto que puso en acción a todo el ejército canino. Hasta seis demonios en cuatro patas confluyeron desde todos los rincones hacia el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados. Quise defenderme con el atizador, pero no bastó y tuve que pedir auxilio a voz en cuello.

Heathcliff y Joseph subían con desesperada calma. La sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no se apresuraban en lo más mínimo. Por suerte, una rolliza criada acudió más deprisa, arremangadas las faldas, rojas las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos golpes, acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella, agitada como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la habitación.

—¿Qué diablos ocurre? —preguntó mi casero con tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario acontecimiento.

—De diablos es la culpa —respondí—. Los cerdos endemoniados de los Evangelios no debían encerrar más espíritus malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero entre ellos es igual que dejarlo entre un rebaño de tigres.

—Nunca se meten con quien no los incomoda —dijo él—. La misión de los perros es vigilar. ¿Un vaso de vino?

—No, gracias.

—¿Lo han mordido?

—En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría hecho al que me mordiera.

—Vaya, vaya —repuso Heathcliff, con una mueca—. No se excite, señor Lockwood, y beba un poco de vino. En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros ni yo acertamos a recibirlos como merecen. ¡Un brindis, a su salud!

Comprendiendo que sería absurdo enojarme por la agresión de unos perros feroces, me calmé y correspondí al brindis. Además se me figuró que mi casero se burlaba de mí y no quise darle más razones para que se siguiera divirtiendo a mis expensas. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo menos conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había arrendado, lo que sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle que repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo, he decidido volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que soy, por comparación al dueño de mi casa.

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CAPÍTULO II

La tarde de ayer fue neblinosa y fría. Había pensado quedarme en casa, junto al fuego del estudio, en lugar de atravesar matorrales y ciénagas para ir a Cumbres Borrascosas. Pero después de almorzar (a eso de la una o dos, ya que el ama de llaves —que viene incluida con la casa como parte del inventario— no comprende, o no quiere comprender, que deseo comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose en extinguir las llamas mediante puñados de ceniza con los que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Tomé el sombrero y tras una caminata de seis kilómetros llegué a la casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida.

El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento me estremecía de frío. Como no podía abrir la cadena que aseguraba el portón, salté la valla y avancé por el camino de baldosas bordeado de groselleros. Golpeé la puerta de la casa hasta que me dolieron los nudillos y ladraron los perros. «¡Maldita sea la falta de hospitalidad de los ocupantes de esta casa. Merecerían el castigo del aislamiento perpetuo!», murmuré mentalmente. «Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me importa. Entraré de todas formas.» Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara avinagrada de Joseph apareció en una ventana del granero.

—¿Qué quiere usted? —preguntó—. El amo está en el corral. Dé la vuelta por la esquina del establo si quiere hablar con él.

—¿No hay quien abra la puerta?

—Nadie más que la señora, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería inútil.

—¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?

—¿Yo? ¿Qué tengo yo que ver con eso? —replicó, mientras se retiraba.

La nieve comenzaba a espesarse. Yo estaba por volver a llamar cuando apareció un joven sin chaqueta, llevando al hombro una horqueta de labranza, y me pidió que lo siguiera. Atravesamos un lavadero y un área embaldosada en la que había un cobertizo para el carbón, un pozo de agua y un palomar, y llegamos a la amplia, alegre y cálida habitación donde me habían recibido el día anterior. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abundante cena, tuve el placer de ver a «la señora», persona de cuya existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí de pie, esperando que me invitara a sentarme. Ella me miró pero no se movió de su silla ni pronunció palabra.

—¡Qué tiempo tan malo! —comenté—. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.

Ella nunca movió los labios. La miré. Ella me miró a su vez, pero lo hizo de una manera tan fría e indiferente que me generó molestia y desagrado.

—Siéntese —gruñó el joven—. Heathcliff vendrá enseguida.

Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que me reconocía.

—¡Hermoso animal! —empecé—. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?

—No son míos —dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el propio Heathcliff.

—Entonces, ¿sus favoritos serán aquellos? —continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un almohadón con gatos.

—Serían unos favoritos bastante extravagantes —contestó la joven desdeñosamente.

Desafortunadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproximé al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.

—No debería usted haber salido —dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los frascos pintados de la repisa de la chimenea.

Antes en la oscuridad poco distinguía, pero ahora, a la luz de las llamas, pude ver mejor su figura. Era muy esbelta, y al parecer no hacía mucho había dejado la infancia. Estaba admirablemente formada y poseía el más bello rostro que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión amigable. Por fortuna para mi sensible corazón, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y una especie de desesperación, que resultaba desconcertante.

Como los frascos estaban fuera de su alcance, intenté asistirla, pero se volvió hacia mí con la airada expresión de un avaro a quien alguien pretendiera ayudar a contar su oro.

—No necesito su ayuda —dijo—. Puedo tomarlos yo sola.

—Discúlpeme —me apresuré a contestar.

—¿Está usted invitado a tomar el té? —me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó. Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del frasco.

—Tomaré una taza con mucho gusto —repuse.

—¿Está usted invitado? —repitió.

—No —dije, sonriendo—; pero nadie más indicado que usted para invitarme.

Echó el té en el recipiente, con cuchara y todo, volvió a sentarse, arrugó la frente y frunció los labios como una niña a punto de llorar.

Mientras tanto, el joven se había puesto un abrigo andrajoso, y en aquel momento me miró como si hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba que aquel personaje fuera un criado. Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles de distinción del señor o la señora Heathcliff. Su cabellera castaña estaba desgreñada, su bigote crecía descuidadamente y sus manos eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo con el que trataba a la señora eran los de un sirviente. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.

Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff me alivió un tanto de esa molesta situación.

—Como ve, he cumplido mi promesa —dije, con acento fingidamente jovial— y temo que el mal tiempo me haga permanecer aquí media hora, si quiere usted albergarme durante ese rato...

—¿Media hora? —repuso, mientras se sacudía los blancos copos que le cubrían la ropa—. ¡Me asombra que haya elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe que corre el peligro de perderse en los pantanos? Hasta quienes están familiarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que no es probable que el tiempo mejore.

—Acaso uno de sus criados pueda oficiarme de guía y luego quedarse en la Granja hasta mañana. ¿Podría cederme uno?

—No, no me es posible.

—Pues entonces habré de confiar en mis propios medios...

—¡Ja!

—¿Vas a hacer el té o no? —preguntó el joven del abrigo harapiento a la mujer, separando así su mirada de mí, para dirigirla hacia ella.

—¿El señor tomará el té con nosotros? —preguntó ella a Heathcliff.

—Vamos, termina de una vez.

Había hablado de una forma tan cortante, delatando un carácter tan áspero que no sentí desde aquel momento inclinación alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario.

Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo:

—Acerque su silla, señor Lockwood.

Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio absoluto reinó mientras comíamos.

Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nubarrón, debía ser también quien lo disipase. No podían ser siempre tan hoscos y taciturnos. Por mal carácter que tuvieran, era imposible que fuera ese su modo habitual de comportarse.

—Es curioso —comencé— qué ideas tan equivocadas solemos formarnos a veces sobre el prójimo. Mucha gente no podría imaginar que una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la suya, señor Heathcliff, pudiese ser feliz. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que, como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón...

—¿Mi amable esposa? —interrumpió con diabólica sonrisa—. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?

—Hablo de la señora de Heathcliff —contesté, molesto.

—¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de la guarda, y custodia Cumbres Borrascosas. ¿No es eso?

Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Tenía que haberme percatado de la edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la joven, no representaba arriba de diecisiete años.

De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Estas son las consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su elección.»

Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.

—Esta joven es mi nuera —dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miró con expresión de odio.

—Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted —comenté, volviéndome hacia mi vecino.

Con esto mis palabras pusieron las cosas peor. El joven apretó los puños, con evidente intención de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que tuve a bien no darme por aludido.

—Anda usted muy desacertado —dijo Heathcliff—. Ninguno de los nosotros tiene la suerte de poseer a esta buena hada. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe de ser que estaba casada con mi hijo.

—De modo que este joven, es...

—Mi hijo, desde luego, no.

Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso.

—Mi nombre es Hareton Earnshaw —gruñó el otro—, y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.

—Creo haberlo respetado —respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su presentación aquel extraño sujeto.

Él me miró durante más tiempo y con mayor fijeza del que pude soportarlo, sin abofetearlo o echarme a reír en sus propias narices. Comenzaba a sentirme fuera de lugar en aquel círculo familiar. Tan lúgubre atmósfera neutralizaba el confortable calor y las comodidades que físicamente me rodeaban, y resolví ser más cauto antes de aventurarme por tercera vez ante ese techo.

Finalizada la colación, y en vista de que nadie pronunciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver el tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche caía prematuramente y torbellinos de viento y nieve barrían el paisaje.

—Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver a casa —exclamé, incapaz de contenerme—. Los caminos deben de estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible ver a medio metro de distancia.

—Hareton —dijo Heathcliff—, lleva las ovejas a la entrada del granero, y pon un madero delante. Si pasan la noche en el corral, amanecerán cubiertas de nieve.

—¿Cómo me arreglaré? —continué, sintiendo que mi irritación aumentaba.

Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi alrededor y no vi más que a Joseph, que traía comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un paquete de fósforos que habían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el frasco de té en su sitio. Joseph, después de vaciar el recipiente en que traía la comida de los animales, gruñó:

—No sé cómo puede quedarse ahí sin hacer nada cuando los demás se han ido... Pero con usted no valen palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará yéndose al infierno de cabeza, como su madre.

Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito de patearlo y obligarlo a que se callara. Pero la señora Heathcliff se me adelantó.

—¡Viejo hipócrita! ¿No temes que el diablo te lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Ya basta! Mira —agregó, sacando un libro de un estante—: Cada vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré maestra en la ciencia oculta. Y, para que te enteres, la vaca roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba de la bondad de la Providencia...

—¡Cállese, perversa! —clamó el viejo—. ¡Dios nos libre de todo mal!

—¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar muñecos de barro o de cera que los reproduzcan a todos, y al primero que se extralimite.... ya verás lo que le haré... Se acordará de mí... Vete... ¡Que te estoy mirando!

Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus ojos, que Joseph salió precipitadamente, rezando y temblando, mientras murmuraba:

—¡Malvada, malvada!

Presumí que la joven había querido gastar al viejo una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos, quise interesarla en mi cuita.

—Señora Heathcliff —dije con seriedad—: perdone que la moleste. Una mujer con un rostro como el suyo tiene necesariamente que tener buen corazón. Deme algunas indicaciones que me permitan volver a mi casa. Tengo tanta idea de por dónde se va a ella como la que usted pueda tener de por dónde se va a Londres.

—Vuélvase por el mismo camino que vino —me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el libro y una bujía—. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor.

—En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve, ¿no le remorderá la conciencia?

—¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarlo. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la verja.

—¡Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como esta! No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff de que me proporcione un guía.

—¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, Joseph y yo. ¿A quién elige usted?

—¿No hay mozos en la Granja?

—No hay más gente que la que le digo.

—Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.

—Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso.

—Confío en que esto le sirva de lección para hacerlo desistir de dar paseos —gritó la voz de Heathcliff desde la cocina—. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con Joseph en la misma cama.

—Puedo dormir en este cuarto en una silla —repuse.

—¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la plaza cuando yo no estoy de servicio —dijo el miserable.

Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al principio se sentía inclinado a ayudarme, porque les dijo:

—Lo acompañaré hasta el parque.

—¡Lo acompañarás hasta el infierno! —exclamó su pariente, o su amo, si esa era la relación entre ambos—. ¿Quién va a cuidar entonces de los caballos?

—La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos por una noche —dijo la señora Heathcliff con más amabilidad de la que yo esperaba—. Es preciso que vaya alguien.

—Pero tú no eres quien para ordenarlo —se apresuró a responder Hareton—. Más valdrá que te calles.

—Bueno, pues entonces, ¡que el fantasma de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y que el señor Heathcliff no encuentre otro inquilino para la Granja hasta que esta se caiga a pedazos! —dijo ella con malignidad.

—¡Está echando maldiciones! —murmuró Joseph, hacia quien yo me dirigía en aquel momento. El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.

—¡Señor, señor, me robó la linterna! —gritó el viejo corriendo detrás de mí—. ¡Gruñón, Lobo! ¡Atacadlo!

Cuando yo abría la puerta a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Una carcajada de Heathcliff y de Hareton llevaron al colmo mi humillación y mi ira. Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, responsabilizándolos de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada violencia evocaban los del rey Lear.

En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé cómo hubiera terminado todo aquello, de no haber intervenido una persona más serena que yo y más bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra el mozo.

—No comprendo, señor Earnshaw —exclamó—, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo. ¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a curarlo. Quieto, quieto...

Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a la cocina. El señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después de su explosión de regocijo, nos seguía.

El mareo y el malestar que yo sentía como secuela de todo lo sucedido me obligaron a aceptar alojamiento entre aquellos muros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró en una habitación interior. La criada se compadeció de mí, y después de traerme la bebida, que contribuyó a revivirme, me condujo a un dormitorio.

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CAPÍTULO III

Cuando la criada me precedía por las escaleras, me aconsejó que ocultase la vela y procurase no hacer ruido, porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella iba a instalarme, y no le agradaba que nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me contestó que solo llevaba en la casa dos años, y que había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosear.

Por mi parte, el aturdimiento no dejaba lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y busqué la cama. Los muebles se reducían a un perchero, una silla y una enorme caja de roble, con aberturas laterales a manera de ventanas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada para cada miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya pared estaba arrimada la cama, hacía las veces de mesa.

Corrí una de las tablas laterales, entré con la lumbre, cerré y sentí la impresión de que me hallaba a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de los habitantes de la casa.

Deposité la vela en el alféizar de la ventana. Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos, y la pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían a un nombre: «Catherine Earnshaw», repetido una vez y otra en letras de toda clase de tamaños. Pero el apellido variaba a veces, y en vez de «Catherine Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catherine Heathcliff» o «Catherine Linton».

Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a murmurar: «Catherine Earnshaw, Heathcliff, Linton...» Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos creí ver alzarse en la oscuridad una multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catherines». Me incorporé, esperando alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el pabilo de la vela había caído sobre uno de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el ambiente de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un ligero mareo. Tomé el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y sobre una de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catherine Earnshaw» y una fecha de veinticinco años atrás. Cerré el volumen, y elegí otro y luego varios más. La biblioteca de Catherine era escogida, y lo estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido muy usados, aunque no siempre para los fines propios de un libro. Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían frases aisladas. Otros eran, al parecer, retazos de un diario mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando una página sin imprimir, descubrí, no sin regocijo, una magnífica caricatura de Joseph, diseñada burdamente, pero con enérgicos trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida Catherine, y traté de descifrar los jeroglíficos de su letra.

«¡Qué domingo tan malo!» decía uno de los párrafos. «¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí...! Hindley lo sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y yo vamos a tener que rebelarnos: esta tarde comenzamos a hacerlo.

»En todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia, y Joseph nos reunió en el desván. Mientras Hindley y su mujer permanecían abajo sentados junto a la lumbre leyendo sus Biblias, a Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos ordenaron que subiésemos con nuestros devocionarios. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y Joseph inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza resultó fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la desfachatez de decir: “¿Cómo ha terminado tan pronto?”. Durante las tardes de los domingos nos dejan jugar pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para que nos pongan castigados en un rincón oscuro.

»—No olviden que aquí hay un amo —suele decir el tirano—. Al que me saque de mis casillas, lo aplasto. Quiero seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Frances: tírale de los pelos; lo he oído castañetear los dedos.

»Frances le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces. Entonces nosotros nos acomodamos, como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el aparador. Colgué nuestros delantales ante nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había hecho, cuando llegó Joseph, deshizo mi obra, y pegándome una bofetada, sermoneó:

»—El amo recién enterrado, domingo como es, y con las palabras del Evangelio resonando todavía en sus oídos, ¡y ustedes ya jugando! ¿No les da vergüenza? A sentarse, niños malos, y a leer libros piadosos, que los ayuden a pensar en la salvación de sus almas.

»Mientras nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas un libraco viejo y nos obligó a sentarnos de manera tal que un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo no aguanté más. Tomé el libro por la contratapa y lo arrojé por el aire, hacia donde estaban los perros, jurando que odiaba los libros piadosos. Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces estalló el alboroto.

»—¡Señor Hindley, mire! —gritó Joseph—. La señorita Catherine ha roto las tapas de El yelmo de la salvación y Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de El camino de la perdición. No es posible permitirles esta conducta. ¡Ay! El difunto señor les hubiera dado su merecido. ¡Pero ya no está!

»Hindley se lanzó sobre nosotros, nos tomó a uno por el cuello y al otro por el brazo, y nos echó a la cocina. Allí Joseph nos aseguró que con toda certeza el diablo vendría a buscarnos y nos obligó a sentarnos en distintos lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando la llegada del prometido personaje. Yo tomé este libro y un tintero que había en un estante, y abrí un poco la puerta para tener luz y poder escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió tanta impaciencia, que me propuso apoderarnos del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena idea! Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del diablo se ha realizado, y entretanto nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del viento y de la lluvia.»

El plan de Catherine debió realizarse, porque el siguiente comentario variaba de tema, y adquiría tono de lamento.

«¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera

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