Diarios de bicicleta

David Byrne

Fragmento

La mayoría de las ciudades norteamericanas no son nada acogedoras para los ciclistas. Tampoco lo son para los peatones. Son acogedoras para los coches o, al menos, se esfuerzan por serlo. En la mayoría de estas ciudades se podría decir que las máquinas han vencido. Vida, urbanismo, presupuestos y tiempo: todo gira alrededor del automóvil.

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Le Corbusier, Ciudad Radiante (maqueta). Banque d’Images/Art Resource, NY. © 2009 Artists Rights Society (ARS), Nueva York / ADAGP, París / FLC

A la larga, esto es insostenible, y a corto plazo significa baja calidad de vida. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Quizá debamos culpar a Le Corbusier por su visionaria propuesta, la Ciudad Radiante, de principios del pasado siglo (véase página anterior).

Sus propuestas utópicas –ciudades (solo rascacielos, en realidad) enmarañadas en una red viaria de múltiples carriles– se adaptaban a la perfección a lo que las compañías petrolíferas o del automóvil deseaban. Dado que cuatro de cada cinco de las mayores corporaciones siguen siendo compañías de gas o de petróleo, no es extraño que estas visiones extravagantes y propicias para los coches hayan persistido. Durante la posguerra, General Motors era la mayor compañía del mundo. Su presidente, Charlie Wilson, decía: «Si es bueno para GM, es bueno para el país». ¿Sigue pensando alguien que GM se interesaba por el bien del país?

Quizá también podamos culpar de ello a Robert Moses, quien con tanto éxito cercenó Nueva York con autovías elevadas y desfiladeros de hormigón. Su fuerza de voluntad y su proselitsimo tuvieron un gran efecto. Otras ciudades copiaron su ejemplo. O quizá debamos culpar a Hitler, que construyó autopistas para que tropas y suministros accedieran de manera rápida, eficiente y segura a todos los puntos del frente durante la Segunda Guerra Mundial.

Trato de explorar algunas de estas ciudades –Dallas, Detroit, Phoenix, Atlanta– en bicicleta, y es frustrante. Las diferentes partes de la ciudad están a menudo «conectadas» –si se puede decir así– mediante autopistas, enormes e imponentes corredores de hormigón que suelen aniquilar los vecindarios por los que pasan, y muchas veces también los que se supone que conectan. Las áreas colindantes a las autopistas se convierten inevitablemente en zonas muertas. En ocasiones, cerca de los límites de la ciudad, hay

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una vía de salida que lleva a un Kentucky Fried Chicken o a un Red Lobster, pero eso no es un vecindario. Lo que queda de esas comunidades amputadas es reemplazado luego por centros comerciales o grandes supermercados aislados en inmensos parkings desérticos, desperdigados, uno tras otro, a lo largo de las autopistas que han acabado con las ciudades que debían conectar. Las carreteras, las urbanizaciones sin objetivo y los centros comerciales se extienden hasta donde alcanza la vista mientras las autopistas van poco a poco ampliándose. Son monótonos, tediosos, agotadores… y me temo que pronto habrán desaparecido.

Me crié en las afueras de Baltimore. En una de las casas donde viví había una urbanización a la derecha y varias casas más antiguas detrás, con un bosque y una granja en funcionamiento delante. Vivíamos justo donde el desarrollo suburbano se había parado (temporalmente), allí donde empezaban las tierras de labranza. Como mucha otra gente, crecí despreciando las zonas residenciales, por artificiales y estériles, pero nunca dejé de sentirme de alguna forma atraído por ellas. Sentía cierta fascinación de la que no he logrado (y creo que lo mismo le pasa a mucha gente) desprenderme.

Mi adicción a la bicicleta debió de empezar a edad temprana: cuando iba al instituto solía pedalear cada tarde hasta la casa de mi novia, que estaba a unos seis kilómetros de distancia, y así podía pasear con ella y besuquearla al terminar los deberes. Una vez casi nos lo montamos en el vertedero municipal de las afueras: allí no había intrusos.

Mi generación reniega de las zonas residenciales y de los centros comerciales, de los anuncios de televisión y de los culebrones con los que crecimos, pero todo eso también forma parte de nosotros. Así pues, nuestra perspectiva irónica se suaviza con algo como el amor. A pesar de las ganas que teníamos de perder de vista aquellos sitios, no dejan de ser reconfortantes para nosotros. Al proceder de lugares tan poco atractivos como estos, no somos y no podremos ser nunca los urbanitas sofisticados de los que habla la prensa, y tampoco somos los especímenes rurales –estoicos, autosuficientes y relajados– capaces de vivir confortablemente en la naturaleza. Esos suburbios residenciales, donde tantos de nosotros pasamos los años de formación, siguen tocándonos la fibra sensible; son a la vez atractivos y profundamente perturbadores.

En Baltimore, cuando iba al instituto, solía coger el autobús hasta el centro de la ciudad y deambulaba por los barrios comerciales. Era excitante. ¡Los grandes centros aún no existían! Había montones de gente, allí todo era ajetreo y bullicio. Subir o bajar las escaleras mecánicas de Hutzler o Hecht, los grandes almacenes del centro de la ciudad, ¡era emocionante! Las chicas malas iban allí a robar la ropa que les gustaba. Pero el éxodo blanco ya había empezado, y pronto, sorprendentemente pronto, el centro de Baltimore fue abandonado, excepto por aquellos que no podían permitírselo. En muy poco tiempo, se empezaron a ver en muchas calles hileras de casas cerradas con tablas. Y a finales de los años sesenta hubo disturbios raciales, con lo que más familias blancas dejaron la ciudad y los bares de barrio adoptaron lo que se llamó «arquitectura de disturbio». Este tipo de arquitectura no se enseña en Yale. Consiste en rellenar las ventanas del establecimiento con bloques de hormigón pintado y dejar un par de ladrillos de vidrio en medio. Al otro lado de las vías, más allá de la zona comercial del centro, edificios enteros fueron simplemente arrasados. Igual que el legendario sur del Bronx, parecía una zona de guerra; y de alguna forma lo es. Una guerra civil no declarada en la cual el automóvil es el vencedor. Los perdedores son nuestras ciudades y, en la mayoría de los casos, los afroamericanos y los latinos.

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Hubo un tiempo en que había razones geográficas naturales para la formación de la mayor parte de las ciudades: la confluencia de dos ríos, como en Pittsburgh; el encuentro de un río con un lago, como en Cleveland o Chicago; el encuentro de un canal con un lago, como en Buffalo; un puerto seguro y abrigado, como en Baltimore, Houston y Galveston. Con el tiempo, lo que al principio fue una justificación geográfica para elegir como asentamiento un sitio en lugar de otro cedió ante el cemento cuando los raíles de tren empezaron a extenderse por espacios abiertos y conectaron esas ciudades. A medida que cada vez más gente era atraída hacia esas ciudades, la densidad de población y las oportunidades de hacer negocios se convirtieron en una razón añadida para que más gente se estableciera allí. Y lo hicieron unos cerca de otros, como animales sociales que eran. En muchos casos, los ríos o los lagos acabaron siendo irrelevantes; las empresas de transporte fluvial se mudaron a otras zonas y los transportes se hicieron en tren o, más tarde, en camión. Como resultado, ríos y muelles pronto quedaron abandonados y las construcciones industriales construidas a lo largo de ellos se convirtieron en feos estorbos. La gente bien despreciaba tales vecindarios. Sé que parezco un poco didáctico en esta recapitulación histórica, pero tened paciencia: es una manera de comprender yo mismo cómo llegamos a la situación actual.

En muchas ciudades hay a menudo una autopista a lo largo de la orilla de un río o lago. Antes de que esas autopistas se construyeran, esas orillas, ya entonces zonas muertas, eran consideradas el sitio más lógico donde usurpar tierras para convertirlas en arterias de hormigón. Inevitablemente, poco a poco, los habitantes de estas ciudades fueron separados de sus propias orillas mediante muros, y las orillas se convirtieron en zonas muertas de otra clase: zonas muertas de hormigón, con pasos elevados que subían y bajaban, y vías de acceso que pronto fueron invadidas por coches que pasaban zumbando. Por debajo de estas quedaron carritos de la compra abandonados, gente sin hogar y residuos tóxicos. A menudo ni siquiera podías llegar andando al agua a menos que saltaras unas cuantas vallas.

Lo que ocurre es que por lo general los coches no usan esas autopistas para tener un mejor acceso a negocios o residencias de la propia ciudad, tal como debía de ser el objetivo originalmente propuesto, sino simplemente para rodear la ciudad sin pasar por el centro. Las autopistas servían para que la gente pudiera huir de las urbes y aislarse en ciudades dormitorio, lo cual debió de parecer una buena idea a muchos: un entorno propio, un jardín para los críos, escuelas seguras, barbacoas en el patio trasero y un amplio garaje.

Años atrás se pensaba que nuestras ciudades no estaban suficientemente bien adaptadas a los coches. La gente que se movía en coche se encontró pronto con la frustración de calles repletas y congestionadas. Entonces los urbanistas sugirieron que enormes autopistas y arterias de hormigón solucionarían el problema de la congestión. No fue así. Muy pronto estas se llenaron de más coches aún, quizá porque más gente creyó que podría moverse de un lado a otro usando las vías rápidas. Así que se construyeron más autopistas.

En algunos casos se añadieron rondas de circunvalación rodeando las urbes, para que el automovilista pudiera desplazarse de un lado a otro de la ciudad, o de un suburbio a otro, sin tener que pasar por el centro. Cuando voy en bicicleta por estos lugares descubro que a veces la única manera de ir de un punto A a un punto B es por la autopista. Las carreteras menores se han quedado atrofiadas o simplemente han desaparecido. A menudo han sido divididas en dos o seccionadas en partes por arterias mayores, de manera que, por mucho que te lo propongas, no

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puedes desplazarte de un punto a otro siguiendo el trazado de las calles. Como ciclista o peatón, eso te hace sentir rechazado, como si fueras un intruso, y acabas más o menos cabreado. No hace falta decir que montar en bicicleta por el arcén de una vía rápida no tiene nada de divertido. Tampoco hay ningún romanticismo en ello: no eres un simpático forajido, simplemente estás fuera de lugar.

cataratas del niágara

Me despierto en América. El sol pega fuerte y estoy en un autobús de gira estacionado en un enorme aparcamiento en Buffalo, en algún lugar cercano a la frontera con Canadá. Una autopista pasa junto al aparcamiento y los coches pasan silbando.

Estoy en medio de la nada. No muy lejos hay un edificio de oficinas y a mi izquierda tengo un hotel. Dentro del hotel, mujeres idénticamente vestidas observan una presentación de PowerPoint en una sala acristalada. Un hombre anda de un lado a otro del vestíbulo, mientras explica a voz en grito una estrategia comercial por el auricular de su teléfono móvil. Los norteamericanos son gente concentrada, resuelta, decidida a prosperar y a ampliar su cuota de mercado. Los periódicos del vestíbulo muestran el ataque del ejército norteamericano contra una mezquita, y las revistas muestran iraquíes encapuchados siendo torturados y maltratados por soldados norteamericanos. El Ejército de Salvación prepara mesas junto a las salas de conferencias. Cada una de las señoras sostiene una enorme taza de Burger King.

Dispongo de unas cuantas horas libres, así que cojo la bicicleta y me dirijo a las cataratas del Niágara, que no están muy lejos de Buffalo, aunque más de lo que pensaba. Circulo por el arcén de una carretera a lo largo de la cual hay una tienda tras otra, tiendas de cadenas todas ellas ajenas a la zona. Por lo tanto, todos los que trabajan allí son empleados contratados por alguna compañía anónima y lejana. Probablemente apenas tienen poder de decisión ni participación ni intereses en el sitio donde trabajan. Marx llamaba a esto alienación. Tal vez el comunismo sea una quimera enfermiza, pero no se equivocaba en esto. Por supuesto, no veo a lo largo de la autopista a ninguno de los que trabajan en esos sitios. No se ve a nadie por ningún lado, solo hay coches que entran o salen de los aparcamientos. Dejo atrás Hooters, Denny’s, Ponderosa, Fuddruckers, Tops, Red Lobster, el Marriott Hotel, el Red Roof Inn, Wendy’s, IHOP, Olive Garden… y carreteras con nombres como Commerce, Sweet Home o Corporate Parkway.

Paso junto a una caseta de información de las cataratas del Niágara. ¡Debo de estar acercándome! Luego, más allá, un motel tras otro. Años atrás, esta zona había sido uno de los principales destinos para parejas en luna de miel, aunque cuesta creer que hoy día alguien pase la luna de miel aquí, a menos que lo haga en un sentido irónico. ¿Una luna de miel irónica? En cualquier caso, ¿quién querría pasar la luna de miel en un tramo de autopista que parece igual a cualquier otro lugar de América?

Más adelante en la carretera –por lo menos quince kilómetros más allá– hay indicios de la enorme fuerza eléctrica generada por las aún invisibles cataratas. El sol aprieta y yo me siento algo raro, acalorado y un poco cansado… este paisaje cuenta una historia extraña. En algún lugar a lo lejos me espera un increíble e impresionante fenómeno de la naturaleza, mientras paso junto a tierras que ni siguiera pudieron ser industrializadas y por tanto han sido abandonadas. Veo una garceta en un riachuelo de aguas turbias, entre neumáticos viejos y postes indicadores deteriorados. La prácticamente clausurada planta de Lock

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heed, situada en una colina, tiene un inquietante parecido con una cárcel moderna.

Llego a la ciudad de Niágara, que es un peculiar gueto de negros e inmigrantes italianos. Paso junto a tiendas de alimentación, peluquerías y licorerías italianas. Me paro para tomar un sándwich de salchicha y un Gatorade. Una mujer pálida de unos setenta años hojea un ejemplar de la revista Country Weekly, sentada ante un cenicero lleno de colillas hasta el borde. Le insinúo que en un día de tanto calor puede acabar quemada por el sol. La mujer deja escapar un resoplido y pasa por alto la advertencia. En vez de eso, me muestra una foto de Alan Jackson en la revista. Es su favorito, «este año», me dice.

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Las cataratas son realmente fascinantes. Al abandonar esa ciudad de mala muerte, uno se encuentra, como salidos de la nada, señales que indican el puente a Canadá, guardas fronterizos y el parque. Al acercarse a las cataratas puede verse una extraña neblina alzándose a lo lejos y el aire se hace más fresco, como si se hubiera entrado en una enorme estancia con aire acondicionado. Me detengo en una baranda y me quedo contemplando esa imponente extravagancia; y miro y miro, como si esa contemplación prolongada pudiera fijar esa visión en mi cerebro. Luego doy la vuelta y emprendo el regreso.

la lucha, el espectáculo

Vi un increíble vídeo titulado The Backyard. Trata de lucha libre de patio trasero: chavales que imitan a los mamporreros de la World Wrestling Federation, pero que lo llevan todo un poco más lejos, lo hacen un poco más extremo.

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Usan bates recubiertos de alambre de espino, saltan a fosos llenos de luces fluorescentes, se prenden fuego unos a otros y por supuesto se apalean con sillas y escaleras de mano, tal como han visto en la tele, pero en plan casero.

Uno se queda boquiabierto, es desternillante y a veces horroroso. Cuesta mirar cómo un niño se corta con una cuchilla de afeitar para que la sangre corra y parezca todo más real.

En algunos casos, los padres los animan.

En gran medida se trata de conseguir un buen espectáculo, bueno pero inofensivo, igual que en la WWF, pero un buen espectáculo requiere también cierta dosis de sangre de verdad, de riesgo y peligro auténticos. A veces los luchadores parecen dejarse llevar por el entusiasmo, y entonces la frontera entre espectáculo y realidad se hace terriblemente borrosa.

La pregunta que me hago es: ¿acaso esos chavales –por citar la canción de Trent Reznor– necesitan herirse para ver si son capaces de sentir? ¿Tan faltos están de sentimientos que cualquier sensación, incluso el dolor, les sirve? El dolor es una sensación muy fácil de conseguir. En estos eventos, el que recibe el castigo parece a menudo quedarse plantado, pasivamente, aguardando con paciencia a ser aporreado en la cabeza con un tubo fluorescente o con la tapa de un cubo de basura. El «castigo» parece ser aceptado e inevitable, casi deseado. ¿Es realmente un «castigo» cuando uno lo desea?

Así que esto es lo que ocurre en la parte de atrás de las plácidas casas de las afueras por donde circulo en bicicleta: salvajes espectáculos pasados de rosca, teatro del peligro, tortura, dolor y chillidos de excitación para chiflados. En nuestra época, a mis amigos y a mí nos gustaba jugar a los soldados en nuestro barrio de los suburbios, pero no éramos ni mucho menos tan creativos como esta panda, y casi nunca llegábamos al contacto físico.

momentos kodak

Estoy en Rochester, Nueva York, para una exposición de mi trabajo y una charla en la Eastman House, la antigua casa de George Eastman, fundador de Kodak.

El señor Eastman, tal como aquí se refieren a él, nunca se casó, vivió con su madre y acabó suicidándose con una pistola. Dejó una nota de una sola línea, que está allí expuesta: «A mis amigos: Mi trabajo está hecho. ¿Por qué esperar?». Consumó el acto casi inmediatamente después de firmar una actualización de su testamento. Siempre considerado, eficiente y quizá casi obsesivamente pulcro, antes de apretar el gatillo se colocó un trapo húmedo en el pe

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Hulton Archive / Getty Images

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cho para minimizar las salpicaduras. George estaba muy enfermo y quería evitar posteriores sufrimientos.

Por toda la residencia hay relojes discretamente colocados. Están casi todos disimulados en rincones de habitación o junto a pinturas en la pared, de modo que el señor Eastman pudiera controlar la puntualidad de sus criados. Estos sabían que aquel estaba siempre al tanto de la hora que era porque, aunque pareciera estar mirándolos a ellos, era casi seguro que hubiera un reloj a la vista. Cada objeto y cada mueble que poseía tenía una etiqueta grabada («Prop of G Eastman»), atornillada en alguna superficie oculta.

En el dormitorio de su madre, justo enfrente del suyo, hay dos camas pequeñas colocadas una junto a la otra. En la actualidad, la habitación de George está vacía; solo queda la chimenea. Fue la escena del suicidio. Tengo alguna sospecha de que, en realidad, George y su madre dormían

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© 2009 Rudy Rucker juntos, pero quizá sea producto de mi exuberante imaginación.

En el centro de Rochester hay una maravillosa cascada, un Niágara a pequeña escala pero también espectacular, donde el río Genesee se precipita sobre un hondo desfiladero.

Llegué en bici a esa catarata la última vez que actué aquí, y la encontré casi por casualidad. La cascada es ciertamente espectacular, y de entrada desconcierta bastante que la ciudad no la haya convertido en una atracción. El escritor Rudy Rucker dice que treinta años atrás no se podía ni ver, de lo oscurecida que estaba por la polución industrial, así que supongo que esto responde a la pregunta.

Contemplo el desfiladero. A un lado domina la prácticamente abandonada planta de Kodak, que sin duda usaba el río como fuente de energía y a la vez como vertedero para enormes cantidades de productos químicos de fotografía. Al otro lado del río hay más fábricas, así como los restos de una central hidroeléctrica. Parece que esta ciudad en expansión (el primer auge fue con la conexión del canal Erie, que hizo posible el transporte desde los Grandes Lagos y Chicago, río Genesee arriba y abajo, y hacia el sur hasta la ciudad de Nueva York) dio prioridad alegremente a la industria, que enseguida dominó las márgenes fluviales. En aquellos días, el río permanecía oculto a la vista en la mayor parte de su recorrido por la ciudad. Las mansiones de los pudientes estaban situadas lo más lejos posible de esa zona industrial. George incluso poseía vacas en su propiedad, ya que le gustaba tener leche fresca.

El conductor que me lleva a la Eastman House dice que los complejos de viviendas subvencionadas construidos en los años sesenta predominan ahora en la ribera del río, y que fueron erigidos allí porque, por entonces, aquello no era propiedad inmobiliaria de calidad. Los comple

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jos iniciaron pronto su decadencia, y ahora las inmobiliarias esperan poder desahuciar a la gente que queda allí, ya que la ribera está cada vez más de moda y es un lugar más apetecible y lucrativo.

El área no es solo el hogar de Kodak, sino también de Xerox, de Bausch & Lomb y, en una pequeña ciudad cercana… de Jell-O. Todas estas industrias me parecen evocadoras del siglo pasado. Kodak ha despedido últimamente a muchos trabajadores, y resulta curioso que parezca optimista acerca de su futuro, porque ¿quién cree realmente que la industria de la película fotográfica vaya a seguir siendo importante durante mucho tiempo? ¿Y quién usa una fotocopiadora Xerox hoy día? Aunque siempre quedará Jell-O, eso sí.

Yendo en bicicleta uno se da cuenta de la magnífica ubicación de la ciudad, pero el pasado persiste y la agarra desesperadamente como con tenazas, unas tenazas que estrangulan también demasiadas ciudades como esa. No se trata de derribar viejos edificios y vecindarios, justo lo contrario, pero probablemente habría que asignarles nuevas funciones.

«consiguió lo que quería, pero perdió lo que tenía»

Al caer la noche llego a Valencia, una «ciudad» cercana a Los Ángeles. Me aseo y doy un paseo por los alrededores para orientarme.Tengo la sensación de estar perdido en ninguna parte, quizá en un decorado de cine: no hay ni un alma por ningún lado y los edificios cercanos son todos apartamentos relativamente nuevos que remedan un estilo u otro. Al otro lado de la calle hay zonas comerciales descubiertas o techadas que arquitectónicamente imitan calles, pero por sus «calles» no pasa nadie.

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Anclada en la acera hay una estatua de bronce que representa a una pareja cargada con bolsas: una madre y una hija, en pleno frenesí de compras. ¿Una celebración del comercio, o un monumento funerario conmemorativo? Sigo andando y noto un escalofrío: me siento más amenazado aquí que en cualquier mal barrio de Nueva York. Es como si justo antes de mi llegada hubiera estallado una bomba de neutrones, o como si en otro tiempo hubiera habido aquí una civilización bulliciosa que acababa de abandonar el lugar. ¿Descubriré por qué se marcharon tan deprisa? Por todos lados hay vegetación exuberante, mantenida por aspersores ocultos, y todo está impecable. Parece una manifestación física de la cita de Little Richard: «Consiguió lo que quería, pero perdió lo que tenía». El lugar es desde luego un sueño hecho realidad, por lo menos visualmente. Parece ser to do aquello que decimos querer… pero, a veces, cuando

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conseguimos lo que queremos, acaba resultando una pesadilla.

Por la mañana me llevan en coche a las oficinas y plató de la serie Big Love, de la cadena HBO. Deambulo por los decorados interiores de este programa de televisión, unos decorados que representan los hogares de las tres esposas mormonas protagonistas. Me encantan esos sitios artificiales. Estás dentro del decorado y resulta completamente creíble como casita de las afueras: hay libros y revistas desperdigados que los personajes podrían perfec tamente leer, y también ropa esparcida que parece que acaban de quitarse. Si miras hacia arriba no hay techo, tan solo unos enormes conductos de aire acondicionado colgados por encima de tu cabeza. En el exterior de la «ventana» hay un inmenso telón de fondo, con la fotografía de unas montañas que evocan las afueras de Salt Lake City, donde se desarrolla la serie.

Son yuxtaposiciones discordantes pero hermosas; de algún modo hacen que nuestras casas, oficinas y bares parezcan tan vacíos y superficiales como los decorados. Lo que llamamos hogar es también un decorado. Creemos que los detalles íntimos y familiares de nuestros propios espacios –esos libros y revistas, las prendas de vestir desperdigadas– son parte única e integral de nuestras vidas, pero de alguna manera no son más que elementos de atrezo para nuestra propia narración. Pensamos en nuestros espacios personales como algo «real», y tenemos la sensación de que los llenamos con cosas que nos son propias, diferentes de las de cualquier otra persona. Pero especialmente allí, en Valencia, el paisaje «real» que han construido, esos lugares por donde paseo, están hechos de estructuras no más reales que este decorado de película. La desubicación mental es una sensación maravillosa. La desconexión, de algún modo, resulta emocionante.

mi ciudad natal

Viajamos a lugares lejanos para contemplar admirados las ruinas de lo que una vez fueron grandes civilizaciones, pero ¿dónde están las ruinas contemporáneas? ¿Dónde, en nuestro mundo, están las ruinas del mañana? ¿Dónde están las que fueron grandes ciudades y que ahora van siendo gradualmente abandonadas, desmoronándose poco a poco, dejando indicios de lo que la gente del futuro desenterrará y encontrará dentro de mil años?

Paso en tren por Baltimore, donde me crié. Veo terrenos desolados, restos calcinados de edificios quemados y rodeados de basura, vallas publicitarias con propaganda religiosa, y otras que anuncian test de ADN para comprobaciones de paternidad. El hospital Johns Hopkins sobre

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sale entre tanta miseria. El hospital se alza en una zona aislada situada ligeramente al este del centro de la ciudad. El centro urbano está separado del complejo hospitalario por un mar de casas abandonadas, una autovía y una enorme prisión. Hace pensar en la Europa del Este y el bloque soviético. Industrias fallidas, estrategias urbanizadoras fracasadas, reubicación forzosa, todo ello disfrazado de renovación urbana.

En el vagón del tren oigo la apenas perceptible cacofonía de los timbres distantes de muchos teléfonos móviles: retazos de Mozart y hip hop, viejas tonadas tradicionales y fragmentos de temas pop, todos ellos emanando de minúsculos altavoces telefónicos. Todos tintineando aquí y allá. Todos ellos reproducciones increíblemente malas de otra música. Esos timbres de teléfono son «signos» de una música «real». No es música pensada para ser escuchada como tal, sino para recordarte y hacer referencia a otra música, música de verdad. Son señales viales sonoras que proclaman «Me gusta Mozart», o, más frecuentemente: «No voy a molestarme en elegir un timbre para mi teléfono». Una moderna sinfonía que no es música, pero hace que te acuerdes de la música.

En una zona boscosa junto a las vías del tren hay dos hombres agachados junto a una pequeña hoguera en un solar abandonado cubierto de maleza. Comparten una litrona. Una especie de acampada urbana. Detrás de ellos, más allá del follaje otoñal cada vez menos espeso, se ve una calle bulliciosa. Aquí están: Huck Finn y Jim. Ocultos y a la vista de todos. Un mundo paralelo invisible.

Leo este fin de semana que el índice de asesinatos en Baltimore es cinco veces mayor que el de Nueva York. ¡Cinco veces mayor! Así pues, no me extraña que la serie de la HBO The Wire se desarrolle en Baltimore. Adoptó el nombre de «Ciudad del Encanto» la misma semana en que los basureros se declararon en huelga.

Gran parte de la cercana Washington D. C. es también así, aunque allí hay zonas aisladas de enclaves adinerados. Baltimore perdió su industria metalúrgica, su construcción naval, su industria portuaria y el transporte asociado a ella, así como gran parte de su industria aeroespacial (que, de todas maneras, estaba situada en los suburbios). No echo de menos las plantas metalúrgicas ni las minas de carbón, ni tampoco las factorías de General Motors, que se niega –¡aún!– a fabricar nada que no sean engullidores de gasolina, tal como lleva haciendo desde hace décadas. ¡Que diablos, que les den!: ya se lo han encontrado (mientras reviso esto, en abril de 2009, GM está pidiendo ayuda financiera del gobierno). Merecen ir a la quiebra por su comportamiento mezquino y corto de miras. La parte triste es que mucha gente se quedará sin trabajo por culpa de la estupidez de los poderosos, que serán recompensados con algún otro empleo bien remunerado. Los directivos de General Motors deberían ser todos reemplazados por gente nueva, quizá por japoneses o coreanos, que al menos saben cómo fabricar coches económicos y de bajo consumo.

Encontramos esta clase de decadencia y devastación en la Europa del Este y en las antiguas repúblicas soviéticas, pero nos han enseñado a creer que eso solo ocurre allí. En la zona occidental nos contaron que esas sociedades estaban bajo el yugo de un imperio maligno e incompetente, en el que la voluntad y la iniciativa del pueblo habían sido acalladas, y que la desolación era el resultado de ello. Pero la voluntad del pueblo, de haberse podido expresar en aquellos territorios, ¿habría llegado a algo diferente? ¿Acaso nosotros, con nuestra supuesta democracia, no hemos llegado al mismo punto?

La realidad que tengo delante choca con lo que me enseñaron en la escuela. La realidad que veo dice que básicamente no existe ninguna diferencia, que, cualquiera

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que sea la ideología, el resultado final es más o menos el mismo. Exagero: desde la ventana de un tren o circulando en bicicleta por las calles a veces solo veo la parte de atrás de las cosas, lo cual puede no hacer justicia.

El tren sale de la ciudad. Se ven las partes traseras de las fábricas. Kudzu. Madreselvas. Enmarañadas ramas de zumasque. Vallas de tela metálica. Basura. Neumáticos viejos y partes de camión oxidadas. Calles idénticas de casas adosadas idénticas: viviendas para obreros como en una novela de Dickens. Una valla publicitaria anuncia: «Te quiero, muñeca». Aparcamientos y depósitos de camiones. Entonces, de repente, estamos fuera de la ciudad. Las garzas pasan casi rozando las tierras pantanosas y chapotean en aguas salobres. Aparecen los bosques secundarios de la Costa Este: pequeños y escuálidos árboles, densamente apretados.

detroit

Cojo la bicicleta y desde el centro de la ciudad me dirijo a los suburbios. Es un paseo increíble: una línea temporal a través de la historia de la ciudad, con sus momentos de gloria y de traición. Detroit no es muy diferente de muchas otras ciudades de Estados Unidos, pero sí algo más drástica en sus contrastes. En el centro de la ciudad hay un estadio y un centro de convenciones, y también un barrio comercial que, como el de Baltimore, conoció mejores días y es actualmente poco más que una serie de destartaladas tiendas de saldos que venden pelucas y objetos de importación baratos. En un área llamada Greektown se alinean varios restaurantes griegos. En algunos de estos locales estampan platos contra el suelo y las paredes, lo cual no deja de ser divertido. Al dejar atrás el distrito central empiezo a encontrar auténtica desolación. Igual que en otras muchas ciudades parecidas, hay círculos vagamente concéntricos de zonas de oficinas, zonas industriales, viviendas baratas, negocios y, finalmente, suburbios. Al alejarme del centro de la ciudad me encuentro pedaleando entre lo que parecen ser los restos de un gueto, ahora devastado y retornando a la tierra: vastos terrenos desocupados, cubiertos de hierbajos y, en algunos casos, llenos de escombros. Si habéis visto imágenes de Berlín después de la guerra, eso es lo que parece esta área: desolada, despoblada. De vez en cuando se ven indicios de que queda gente viviendo allí, pero en su mayor parte es un auténtico paisaje postapocalíptico.

Sigo pedaleando y entro en una zona de industria ligera, de antigua industria ligera, ya que la mayor parte de esta área también ha sido abandonada. Futuros apartamen

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Brush Park, Michigan. © Yves Marchand y Romain Meffre

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tos o lofts para artistas, podría pensar uno… si esto fuera Londres o Berlín. Pero la pobre Detroit parece haber sido apaleada repetidamente, y su recuperación se antoja como una posibilidad muy remota. Aunque si alguien me hubiera dicho que el edificio de apartamentos más caro de Nueva York se encontraría actualmente a un tiro de piedra del Bowery, habría respondido: «Estás soñando, y ten cuidado de no tropezar con ese vagabundo tumbado allí».

Al cabo de unos kilómetros, pasados varios vecindarios maltrechos pero al menos habitados, me planto en los suburbios. Hay pequeños «pueblos» y casas con césped bien cuidado. Observo que más allá de ese círculo, en algún lugar cercano a la ahora famosa Eight Mile Road de Eminem, la película empieza de nuevo a retroceder; la desola

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Michigan Central Station © Yves Marchand y Romain Meffre ción reaparece, aunque la atmósfera decadente es más rural: parques de caravanas y casitas.

En cierto sentido, ese fue uno de los mejores y más memorables paseos en bicicleta de mi vida. Yendo en coche, uno habría buscado una autovía, alguna de las principales arterias de hormigón, y nunca habría visto nada de eso. Recorrerlo durante horas fue emocionante y desgarrador… algo muy distinto a contemplar ruinas antiguas. Lo recomiendo.

sweetwater, texas

Voy a comer a un restaurante al otro lado de la autopista del hotel donde me alojo. Un filete delicioso, tal como debe ser en este lugar. La decoración del restaurante es toda roja –sillas, mesas, adornos–, en honor al equipo de fútbol americano del instituto local, los Mustangs. Cubriendo la pared que tengo detrás hay una enorme pintura del entrenador. Delante de mí observo cómo un hombre se inyecta insulina en su mesa, después de que su esposa y él hayan acabado de comer. Lo hace con destreza, con la misma naturalidad con que uno se mira el reloj. Resulta hermoso.

El restaurante (el único al que se puede llegar a pie desde el hotel, que no dispone de restaurante) no sirve alcohol. No me sorprende demasiado. Debido a lo temprano –para un neoyorquino– de los horarios de comida y a que muchos de los condados de por aquí son abstemios, sé que ya no estamos en Nueva York. Disfruto de no estar en Nueva York. No me dejo engañar creyendo que mi mundo sea en modo alguno mejor que este, pero sigo preguntándome cómo han logrado persistir estas restricciones puritanas: la obligación de acostarse temprano y la prohibición de disfrutar de la comida con una copa de

C I U D A D E S N O R T E A M E R I C A N A S · 43

vino. Sospecho que beber, aunque sea un vaso de vino o dos con la cena, se considera probablemente, como el consumo de drogas, una señal de flaqueza moral. Se asume que por nuestro interior acecha un secreto anhelo de placeres puros, sensuales y desenfrenados, que por razones prácticas hay que cortar de raíz. Quizá para los primeros pobladores relajarse no era algo que había que alentar, ya que los granjeros y los ganaderos que se asentaron en el lugar sobrevivían a duras penas. Nunca se sabe qué saldrá de la botella una vez abierta. Cu

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