Un poco de historia
El Cementerio de la Recoleta es hoy un paseo insoslayable para cualquier turista del mundo que visite Buenos Aires. Entre sus antiguas paredes, descansan centenares de personalidades que lo hacen inigualable y miles de historias que lo convierten en único.
El 1 de julio de 1822 el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez (307), y su ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia, decretaron la expropiación del convento de los monjes recoletos1, además de su huerta y su jardín, para destinar esos terrenos a un cementerio público. Desde ese momento, quedaría prohibido el entierro de restos humanos en las iglesias de la ciudad o en sus camposantos, por razones de higiene pero también de urbanismo. Hasta ese momento, se enterraba dentro de los templos a las personas que habían contribuido económicamente con alguna congregación religiosa, con las autoridades de la ciudad o con el Virreinato. El cadáver era depositado en el camposanto, que era, generalmente, una porción de terreno detrás o al costado de la iglesia.
Una costumbre usual de la época era la exhibición de los cadáveres encontrados en las calles en la arcada del Cabildo. Así, podían ser reconocidos y reclamados por sus familiares. De todas maneras, al costado de cada cuerpo se colocaba un pequeño plato destinado a recolectar limosna para ayudar a sepultarlos. De esta práctica surgiría la frase “¿Quién levanta al muerto?” o “¿Quién se hace cargo del muerto?”. Claro que hoy en día tiene otras connotaciones, como hacerse cargo de una pesada deuda.
El flamante cementerio fue bautizado “del Norte”, porque se encontraba en esa orientación geográfica respecto de lo que en ese momento era la pequeña ciudad de Buenos Aires. El lugar era bastante inhóspito y se extendía casi hasta el borde de la barranca del Río de la Plata. La traza y la urbanización de la necrópolis fueron encargadas al ingeniero francés Prósper Catelin.
El 17 de noviembre de 1822 se celebró la inauguración oficial con una ceremonia encabezada por el deán de la Catedral, Mariano Zavaleta. Los primeros cadáveres en ingresar fueron el del párvulo liberto (hijo de esclavos) Juan Benito, y el de Dolores Maciel, a la que Jorge Luis Borges le atribuiría años después origen uruguayo, aunque esa procedencia no consta en el libro de inhumaciones del cementerio.
Resulta curioso que el primer enterrado en el que sería durante muchos años el cementerio de las clases acomodadas porteñas hubiera sido justamente un hijo de esclavos.
El del Norte fue el único cementerio de Buenos Aires hasta 1866, cuando se inauguró el cementerio del Oeste, llamado “la Chacarita vieja”. Es decir que durante cuarenta y cuatro años todos los porteños recibieron sepultura allí, sin que importara su origen social.2 Claro que tampoco el panorama que presentaba la necrópolis era como el actual. En ese momento el entierro era solo eso: el féretro se depositaba en una fosa, con una modesta cruz de madera sobre ella. El que tenía medios suficientes encargaba una lápida de mármol, esculpida generalmente por artesanos franceses. Muchas de ellas, fechadas entre 1830 y 1850, todavía pueden verse en las secciones más antiguas del Cementerio de la Recoleta.
En enero de 1827 se dispuso el ensanche del cementerio y un año después el gobernador Manuel Dorrego (311) ordenó la supresión del jardín de aclimatación del antiguo convento, con el fin de ampliar el camposanto, debido al aumento de la población de Buenos Aires y a las nuevas necesidades de la ciudad. Desde ese momento se volvería costumbre que las familias adquirieran parcelas a perpetuidad para asegurarse, así, un lugar para ellas y su descendencia. Se reservó, sin embargo, un lugar para el osario, en la parte posterior del cementerio, destinado a las personas cuyos cuerpos se encontraban en las calles.
En los libros de inhumaciones correspondientes a aquellos años es muy común encontrar el registro de una gran cantidad de cadáveres de niños que habían sido arrojados en los alrededores o en los pórticos de las iglesias. Hay que tener en cuenta que las condiciones sanitarias de Buenos Aires eran bastante pobres, la mortalidad infantil era muy alta y no existían los tratamientos ni las medicinas que utilizamos hoy.
La mirada de los otros
El escritor José Antonio Wilde relata brevemente en su libro Buenos Aires desde setenta años atrás cómo eran los velatorios en esas épocas:
“Era muy común colocar el cadáver en el ataúd rodeado de cirios y velas en la sala o pieza a la calle, abriendo las ventanas o, cuando menos, entornándolas, de modo que pudiera verse desde afuera. […] Gran número de personas pasaba la noche en la casa mortuoria y lo más particular es que muchos de los concurrentes ni siquiera conocían a los deudos del finado. Entre ‘la plebe’ y especialmente en la campaña, eso es entendido: se sale ex profeso a convidar a ir a un velorio. Allí se fuma, se bebe y se toma mate; para acortar la noche se juega al truco o al monte, se baila, y ¡gracias cuando la cosa no termina a las puñaladas! A veces son tantos y tan fuertes los empeños, que la madre o los deudos conservan por dos noches al difunto en exhibición, sacando provecho de la limosna con que contribuyen los concurrentes, de los que uno lleva una libra de yerba, otro un paquete de velas, el de más allá, cinco pesos, etc. Las autoridades deben velar para que estos actos inmorales no se repitan.”
El paso del tiempo y la falta de planificación se hicieron sentir en la Recoleta. Tumbas abandonadas y pisoteadas, sepulturas construidas sin orden, amén de los alrededores convertidos en pantanos, y los caminos, en senderos barrosos o polvorientos, según la estación del año. El cerco que separaba el camposanto de la calle se reducía apenas a unos conjuntos de tunas o a pequeñas bardas de espinos.
Cuenta Santiago Calzadilla (209) en Las beldades de mi tiempo:
“No había ningún monumento, ¿qué digo?, ni sepulcro notable había allí. Era aquello una desolación, y terrorífica la impresión que producía su aspecto. Así, era dolorosísima la sensación producida por su aspecto, y desconsolaba profundamente pensar que a tan abandonada mansión tenían que venir a parar los más privilegiados seres de nuestra afección. […] Abrir una zanja, arrojar dentro de ella el cajón mortuorio, cubrirlo a pisón nuevamente con la tierra extraída hasta el nivel de la superficie, dejando al lado el sobrante, colocar a la cabeza una cruz de madera y… ¡mortus est qui non respirat!”.
Francis Bond Head, un viajero inglés que arribó a nuestras playas, dejó constancia escrita de la situación en el cementerio del Norte:
“En los últimos años algunos de los personajes principales han sido sepultados en ataúdes, pero, en general, van a buscar al muerto en un carro fúnebre con un ataúd fijo dentro del cual se pone el cadáver, e inmediatamente el conductor echa a galopar y lo deja en el vestíbulo de la Recoleta. Los cadáveres de los ricos generalmente eran acompañados por sus amigos. El sepulturero recibe una boleta del conductor. Luego de leerla, toma el cuerpo y penetra hacia el lugar en que lo enterrará, en una fosa sin demasiada profundidad; tal es así que, después de haber terminado su labor, se observan en el exterior rastros de la vestimenta del sepultado.
”(...) Al ingresar al cementerio a un anciano, llevaron al extinto al borde de una fosa. Esta era de siete pies de ancho y se había cavado desde un muro al otro del cementerio; los cadáveres se enterraban de a cuatro, apilados. […] El hijo del anciano saltó abajo y, mientras estaba así parado sobre un cadáver y apoyándose en otros tres, los dos sepultureros le entregaron a su padre, vestido con una mortaja blanca ordinaria. La sepultura era tan estrecha que el hombre tuvo gran dificultad para acomodar el cuerpo. Tan pronto como lo consiguió, habló al cadáver del anciano y lo besó con gran sentimiento. Al esforzarse por salir de la fosa, el hombre estuvo a punto de tropezar con una mujer de la pila de cadáveres que tenía detrás. Una vez que salió, los dos sepultureros empezaron a echar tierra sobre el rostro y la vestidura blanca del anciano hasta cubrirlo con una capa muy delgada de tierra: entonces los dos hombres saltaron al fondo con pesados pisones de madera y realmente apisonaron el cuerpo, de modo tal que, de estar el hombre vivo, habría muerto.
”Hay también un cochecito para niños, un armazón liviano rodeado de barandillas, sobre ruedas pintadas de blanco, con cortinas de seda celeste y tirado al galope por un muchachito vestido de colorado con un enorme plumacho blanco en el sombrero. Un día, volviendo a mi casa en mi caballo, me alcanzó este carrito, aunque sin las cortinas, que transportaba el cadáver de un negrito casi desnudo. Galopé al costado a cierta distancia; el niño, con el rápido movimiento del vehículo, bailaba unas veces sobre la espalda y otros sobre el rostro; en ocasiones un brazo o una pierna salían por la barandilla, y dos o tres veces realmente creí que caería del carruaje”.
Organización de la necrópolis
A raíz de la situación imperante, en septiembre de 1868 se sancionó el Reglamento de Cementerios, que intentó ordenar el caos en la Recoleta. El reglamento, entre otras cosas, obligaba al administrador de la necrópolis a registrar las defunciones con la numeración de sepulturas o nichos ocupados, y a cuidar “que en el cementerio no aparezca esparcido hueso humano alguno, que las calles y divisiones se conserven aseadas y bien conservados los árboles”, debía estar presente en la oficina “desde la salida hasta la puesta del sol en épocas normales, y toda la noche en tiempos de epidemia”. También preveía la presencia de un capellán, “que deberá cuidar la capilla y sus ornamentos y responsar gratis todo cadáver que fuese conducido al cementerio”.
Algunos de los artículos más importantes prohibían sepultar más de un cadáver por fosa, indicaban que los restos de autopsias practicadas en los hospitales o en la sala del cementerio destinada al objeto debían ser sepultados en un cajón y que ningún cadáver podría ser enterrado sin que hubieran transcurrido veinticuatro horas en los casos ordinarios y treinta en los de muerte repentina.
Otro señalaba: “Todo individuo muerto repentinamente o con pocas horas de enfermedad, será depositado en la sala de observación hasta cumplir las treinta horas prefijadas”. En esta circunstancia, la tapa del ataúd “será cerrada flojamente, siendo prohibida toda clase de clavaduras”. Ante numerosos casos de muerte súbita o de catalepsia, otro artículo indicaba: “Inmediatamente después de ser depositado el ataúd en la sala mortuoria, este se abrirá y se dejará el cuerpo al aire libre, y a una de las muñecas se atará un cordón, que vendrá a rematar en una campanilla en el cuerpo del guardián”.
Ante la grave epidemia de fiebre amarilla que abatió a Buenos Aires entre febrero y abril de 1871, no se cerraron las puertas del cementerio, como aseguran varias fuentes, sino que se prohibió el entierro de personas que habían sido afectadas por la enfermedad.
Dos años después se decretaría la clausura de esta necrópolis, alegando la falta de higiene; sin embargo, todo quedó en la nada.
La transformación
En 1881, el intendente porteño, Torcuato de Alvear (1), se opuso al cierre del cementerio y propuso su reconstrucción, inspirándose en Europa, tal como pasaría con la ciudad entera. La Recoleta comenzó a ampliarse y modernizarse: se abrieron nuevas calles y se pavimentaron, se hicieron desagües, se podaron y talaron árboles y se plantaron nuevas especies. Ya no se permitiría el uso de fosas para entierros: la construcción de sepulcros y bóvedas sería obligatoria. “Este antro informe, sucio, horripilante hasta para los mismos deudos de los que allí yacían, a tal punto lo era que ni los más cercanos se aproximaban a él, es hoy visitado con veneración por las familias, que forman romerías, llevando flores frescas y coronas en sus manos para adornar los sepulcros”, narra Calzadilla.
La reconstrucción del cementerio estuvo a cargo del arquitecto Juan Antonio Buschiazzo, quien además diseñó el pórtico de ingreso y el cerco perimetral de ladrillos. La capilla fue remodelada totalmente y el intendente Alvear hizo colocar un Cristo, realizado en mármol de Carrara por el escultor italiano Giulio Monteverde.
La llegada masiva de inmigrantes europeos transformó la decoración de las sepulturas. Muchos italianos se dedicaron a la confección de estatuas, bustos y ángeles para el cementerio. Las familias adineradas contrataban especialmente a escultores para ornamentar sus grandes sepulcros, que debían ser la continuación en el otro mundo de sus fastuosas viviendas. Comenzaron a verse también lujosos vitraux y puertas labradas con diferentes figuras alegóricas a la muerte.
- Siempre se dice que la Recoleta era el cementerio de la clase alta. En realidad, no fue pensado así, sino que la oferta y la demanda hicieron su juego, lo que devino en altos precios para la adquisición de parcelas. Y, claro, quienes podían comprarlas fácilmente eran los integrantes de las familias tradicionales o de la clase dirigente, de gran poder adquisitivo. El valor de los sepulcros comenzó a elevarse: no cualquiera puede pagar el costo de la parcela, la construcción y el mantenimiento de una bóveda.
- Con el paso del tiempo fueron cambiando los estilos arquitectónicos y las formas de enterrar a las personas. Así, a fines del siglo xx surgieron los cementerios-parque en las afueras de la ciudad, y muchas de las familias vendieron sus bóvedas de la Recoleta para llevar a sus antepasados a esos lugares. Por otro lado, en los últimos años comenzó a ser más común la cremación (práctica antes no aceptada por la Iglesia Católica) e incluso en varios templos se habilitaron cinerarios.
- Cuando se urbanizó el cementerio muchas tumbas desaparecieron. Algunos restos fueron llevados a las nuevas bóvedas familiares; en algunas se llevaron las lápidas. Otros restos, incluso de personalidades ilustres, se perdieron para siempre debajo de las nuevas calles. Con la excavación de los subsuelos de las bóvedas aparecieron infinidades de esqueletos.
- Como el usufructo de las parcelas destinadas a bóvedas es “a perpetuidad” (lógicamente no puede usarse la expresión “de por vida”), solo puede cambiar de mano por una sucesión dentro de una familia, o mediante una cesión o venta.
- A pesar de que el cementerio fue llamado desde sus orígenes como “de la Recoleta”, recién en 1949 se le dio oficialmente esa denominación, dejando en el olvido el nombre “Cementerio del Norte”.
- Debido a la importancia de las personalidades que descansan en este lugar y a la gran cantidad de obras de arte (estatuas, ángeles, bustos, vitraux), la Recoleta es considerado uno de los tres cementerios más importantes del mundo, junto al Pére Lachaise, de París, y el Staglieno, de Génova.
- Llama la atención en este cementerio la escasa cantidad de flores en las diferentes bóvedas. Generalmente, la que tiene flores frescas todos los días es la de Evita (228). Por otro lado, y a pesar de que en el proyecto original del arquitecto Buschiazzo se preveía que la naturaleza y la arquitectura interactuaran en la necrópolis, son escasos los árboles que perduran: los cipreses de la avenida de ingreso, un par de magnolios y ocho araucarias. Algunas bóvedas lucen hiedras o helechos o el muy común palán-palán, que crece espontáneamente.
- El ciprés suele estar presente en varios cementerios, puesto que tiene una simbología funeraria: dado que es un árbol que está siempre verde y se yergue hacia el cielo, se cree que ayuda a las almas a elevarse en esa dirección. Según el filósofo griego Teofrasto, el ciprés común, cuyas raíces nunca daban nuevos brotes una vez talado, estaba consagrado a Hades, el dios de la Muerte. El poeta Horacio señaló que en la Antigüedad se enterraba a los muertos con una rama de ciprés y se envolvía el cuerpo con sus hojas, y que una rama de ciprés colgada en la puerta de una casa era un signo fúnebre.
- Otra característica para destacar es la gran profusión de placas (llamadas estelas funerarias) en diferentes bóvedas. En la mayoría de ellas se ponen de manifiesto los valores de la persona fallecida o los sentimientos de las personas que quedaron en este mundo. Además, podemos encontrar placas “institucionales”, que suelen aludir a las grandes virtudes de los extintos en el manejo de empresas, sociedades de beneficencia o clubes. Escultores destacados, como Luis Perlotti o Troiano Troiani, se dedicaban a su confección, esculpiendo la imagen del fallecido, el frente de su comercio o alguna alegoría afín a su vida. Llama la atención la cantidad de homenajes en sepulcros como el de Domingo F. Sarmiento (245) o el de Roque Sáenz Peña (204); sin embargo, es notable que algunas personalidades ni siquiera tengan una pequeña identificación en el exterior de la bóveda, tal es el caso, por ejemplo, de los escritores Adolfo Bioy Casares (298) y Silvina Ocampo (128) o los médicos Ignacio Pirovano (194) y Alejandro Posadas (136).

Estela funeraria, de Luis Perlotti,
que homenajea al militar
Raúl Newton Solá.
- A fines del siglo XIX los entierros importantes debían pasar por la calle Florida antes de enfilar hacia el cementerio. Decía el escritor Lucio Vicente López (97) que “si a alguien se le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sería difícil que el muerto, siendo de la ‘aristocracia’ o la gran política, resucitara protestando contra la variación de la ruta”.
- Durante algunos años fue costumbre que algunos cortejos fúnebres se dirigieran a la Recoleta, depositaran el féretro en alguna bóveda y que, tras la ida del público, ese féretro fuera trasladado a su verdadera morada final: el cementerio de Chacarita. Esto se hacía con el propósito de presumir que la familia tenía el dinero suficiente para costear el mantenimiento de una bóveda en la Recoleta. Si un hecho así se descubriera en la actualidad, la Dirección General de Cementerios del Gobierno de la Ciudad podría quitarle el usufructo de la parcela a la familia.
- La mayoría de nuestros personajes históricos recorrió las calles de este cementerio, acompañando algún cortejo fúnebre o visitando a sus seres queridos. José de San Martín se arrodilló frente a la sepultura de su mujer, Remedios de Escalada (52). Juan Manuel de Rosas (79), junto a la de su madre, Agustina López Osornio (79). Domingo F. Sarmiento (245) “enterró” a varios amigos, y también a su hijo, Dominguito (25). Bartolomé Mitre (251) era un especialista en “discursos finales”. Los que no pisaron nunca el lugar fueron, entre otros, Manuel Belgrano y Mariano Moreno, porque fallecieron antes de la inauguración de esta necrópolis.
- Hasta 1863 el cementerio fue católico, pero ese año la Iglesia le levantó el estatus de “camposanto” debido al entierro de un hombre que era considerado masón. Fue el caso de Blas Agüero, que el 8 de abril, antes de fallecer, no había aceptado la extremaunción. Por esta razón, sus restos fueron enterrados fuera del perímetro de la Recoleta, en un terreno baldío que existía en los fondos. Un sobrino del difunto denunció el hecho, y el presidente de la República, Bartolomé Mitre (251), le ordenó a su ministro de Justicia, Eduardo Costa, que se diera sepultura regular a los restos de Agüero. Según consta en el libro de inhumaciones, fue enterrado “en un sitio especial del cementerio”, pero no se aclara el lugar. Hoy se desconoce dónde se encuentra su cuerpo. La actitud de Costa dio lugar a una airada protesta del obispo Mariano de Escalada, en la que decía, entre otras cosas: “Los sepulcros, señor ministro, tuvieron siempre en todos, pero principalmente en los pueblos católicos, su religión, pero no una religión práctica en estos, sino la del Redentor del mundo, que los santificó con su sacratísimo cadáver. No dar entrada en ellos a los que esta religión repudian no es un avance, sino un deber”. Después de este episodio, el cementerio porteño fue abandonado por la Iglesia, y la Municipalidad se hizo cargo de su dirección, cuidado y administración.
- Entre 1888 y 1907 existió en la sección 20 del cementerio el Panteón Militar. Ese último año se inauguró el Panteón de la Asociación de Socorros Mutuos de las Fuerzas Armadas en el cementerio de Chacarita y hacia allá se trasladaron los restos que reposaban en la Recoleta. El mausoleo fue demolido y la parcela se subdividió en cuatro.
- En 1999, tanto el ámbito del cementerio de la Recoleta, como las plazas vecinas y la Iglesia Nuestra Señora del Pilar, fueron declaradas por el Concejo Deliberante como Área de Protección Histórica.
- En 2011 el Gobierno de la Ciudad emprendió la restauración del peristilo y del muro perimetral, que no se encontraban en buen estado. Durante los trabajos, se trasladó el depósito de féretros, vecino a la entrada, al fondo del cementerio. En ese ámbito se alojó desde ese año el Área de Turismo e Investigación. Gracias a una donación privada, se instaló además una pantalla táctil, para permitirles a los visitantes la ubicación de cada personaje en el plano virtual de la necrópolis.
La Recoleta en números
54.843
Los metros cuadrados que ocupa la necrópolis, casi 5,5 hectáreas. Puede parecer mucho, pero Chacarita, el cementerio más grande de la ciudad, tiene casi 99 hectáreas.
4.870
La cantidad de bóvedas que tiene el cementerio. Casi todas son propiedad privada a perpetuidad.
65
Los cuidadores que se encargan del mantenimiento de la necrópolis.
27
Las secciones del cementerio. Están numeradas del 1 al 21, más las 12A, 13A y 14A, y las llamadas Enterratorio General, Pilar y San Antonio.
3
Las galerías de nichos. Son nombradas como 17, 19 y 21, por la proximidad con las secciones que llevan esos números.
806
La cantidad de nichos en las tres secciones. Muchas bóvedas tienen nichos en su parte superior, pero no están comprendidas en esta cifra.
89
Las sepulturas que fueron declaradas “Sepulcro Histórico Nacional”. En ese caso se debe encargar de su mantenimiento la Comisión Nacional de Lugares y Monumentos Históricos.
21
Los presidentes de la Nación que descansan en la Recoleta. La cifra llegaba a veinticinco, pero los restos de cuatro de ellos fueron trasladados: Bernardino Rivadavia, Victorino de la Plaza, Ramón Castillo y Roberto M. Ortiz.
28
Los intendentes de Buenos Aires sepultados en esta necrópolis, desde el primero, Torcuato de Alvear (1), hasta el primero de la recuperación democrática en 1983, Julio César Saguier.
43
Los gobernadores de la provincia de Buenos Aires. Hay gobernadores padres e hijos, como Valentín Alsina (299) y Adolfo Alsina (95); o abuelos y nietos, como Juan Manuel de Rosas (79) y Juan Manuel Ortiz de Rosas (79), y Vicente López y Planes (230) y Lucio Vicente López (97). De tres gobernadores se desconoce el lugar donde fueron enterrados: Manuel de Sarratea, Manuel de Oliden y Manuel de Irigoyen.
2.000
La cantidad aproximada de turistas que visita el cementerio diariamente. Los fines de semana se observa una gran afluencia de público local.
54.000
Los dólares que se pagaron por una bóveda estándar recientemente. Influye mucho en su costo el tamaño y la ubicación.
Preguntas frecuentes
¿Todavía funciona como cementerio?
Sí, claro. Es uno de los tres que tiene la ciudad de Buenos Aires, junto al de Chacarita y al de Flores. Muchos visitantes piensan que, al ser una especie de museo a cielo abierto, por la gran cantidad de bustos y esculturas, ya no se realizan inhumaciones. Otros creen que el lugar “está lleno”. En realidad, no es que no tenga más capacidad, sino que no hay terreno disponible donde construir nuevas bóvedas, pero cada una de ellas seguramente dispone de lugar en su interior. En caso de no ser así, se pueden cremar los restos de los antepasados para permitir las nuevas inhumaciones.
¿Quién puede ser enterrado en la Recoleta?
Solo las personas cuyas familias tengan bóveda en el lugar o aquellos a quienes se les ceda un espacio dentro de ellas. Los nichos no son propiedad privada, sino que pertenecen al Gobierno de la Ciudad, y su usufructo se renueva anualmente.
Un equívoco frecuente es hablar de un “entierro” o de una “inhumación” en la Recoleta. “Inhumar” significa “colocar en el humus”, o sea en la tierra. Pero en este cementerio ya no se realiza esa práctica: los féretros que van a las bóvedas o nichos se “depositan”.
¿Por qué algunas bóvedas se encuentran en mal estado o abandonadas?
Al tener régimen de perpetuidad, las bóvedas van pasando de una generación a otra. Muchas familias quizás no tuvieron descendientes y otras quizás no tengan dinero o interés en reparar y mantener los sepulcros de sus antepasados.
¿Por qué no hay mal olor en el cementerio?
Los féretros que serán depositados en los nichos o las bóvedas tienen en su interior otro, metálico. Este solía ser de bronce o de zinc, dependiendo del poder adquisitivo de la familia del difunto. En la actualidad, los cajones metálicos son de plomo amalgamado, zinc o hierro galvanizado y tienen un espesor de 1,5 milímetros. Las cajas metálicas deben tener una garantía de por lo menos quince años, de acuerdo con una resolución del Gobierno porteño de 1996. A estas cajas se les suelda con estaño una chapa que las cubre por arriba, y luego se les atornilla encima la tapa de madera del ataúd. Por disposición del Gobierno de la Ciudad, es obligatorio que tanto la caja metálica como el ataúd de madera lleven una placa de metal con el nombre del difunto y su fecha de fallecimiento.
Hasta la década de 1940 las funerarias colocaban en el fondo de la caja metálica una capa de cal de unos tres centímetros de espesor, para que absorbiera los líquidos cadavéricos y evitara su derrame. Ese delgado colchón se cubría con un papel y encima se le colocaba una tela para que no tocara directamente el cuerpo. Este sistema fue reemplazado finalmente por una capa de polietileno de varios micrones de espesor.
El cajón tiene, además, una válvula de seguridad para liberar gases, que evita el estallido del ataúd, espectáculo seguramente no muy agradable de presenciar. Esta válvula permite el paso de los gases de adentro hacia fuera, pero no al revés. Y para que esos gases no salgan con mal olor, dentro del féretro, y justo debajo de la válvula, se coloca un recipiente con formol, que los purifica antes de ser expulsados.
¿Tiene crematorio la Recoleta?
No. El crematorio de la ciudad se encuentra en el Cementerio de Chacarita. Los deudos que así lo deseen pueden retirar los féretros de sus familiares y enviarlos al crematorio. Las cenizas pueden volver o no a la Recoleta.
Una ley porteña autoriza al Poder Ejecutivo local a “disponer el aprovechamiento de los ataúdes de madera en buen uso, provenientes como consecuencia de la cremación de los respectivos cadáveres, destinándolos al transporte de los restos no reclamados de personas fallecidas en los hospitales dependientes del Gobierno de la Ciudad, como asimismo para ser utilizados en los servicios gratuitos que realiza el Gobierno de la Ciudad […] para personas de escasos recursos”. En esos casos, los féretros deberán ser desinfectados en el crematorio del cementerio de Chacarita.
Los que ya no están
Muchas ciudades del interior del país reclamaron los restos de sus muertos ilustres. En algunos casos, se realizaron imponentes funerales póstumos o ceremonias públicas. Otras personalidades fueron trasladadas por sus familiares a diferentes cementerios.
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Juan Bautista Alberdi |
Estadista y escritor, a San Miguel de Tucumán. |
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José S. Álvarez (Fray Mocho) |
Escritor, a Gualeguaychú, Entre Ríos. |
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Gregorio Aráoz Alfaro |
Médico, a San Miguel de Tucumán. |
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Gregorio Aráoz de La Madrid |
Militar, a la Catedral de San Miguel de Tucumán. |
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Juan Bautista Azopardo |
Marino, a San Nicolás de los Arroyos, Buenos Aires. |
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Francisco Bilbao |
Político, a Santiago de Chile. |
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Jorge Bunge |
A Pinamar, ciudad que había fundado. |
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Carlos Germán Burmeister |
Naturalista, al Museo de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” de Buenos Aires. |
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Mario J. Buschiazzo |
Arquitecto, a un cementerio privado de Burzaco. |
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Guillermo Butler |
Religioso y pintor, a Dublín, Irlanda. |
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Leonardo Castellani |
Religioso y escritor, a Reconquista, Santa Fe. |
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Eduardo Castex |
Al pueblo que lleva su nombre, en la provincia de La Pampa. |
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Ramón Castillo |
Presidente de la Nación, al cementerio de Olivos. |
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César Cipolletti |
Ingeniero, a Mendoza. |
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Dolores Costa de Urquiza |
Primera dama, mujer de Justo José de Urquiza, al cementerio de Olivos, Buenos Aires. |
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Victorino de la Plaza |
Presidente de la Nación, al cementerio-parque Memorial. |
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Eugenio del Busto |
Militar, a Bragado, ciudad que había fundado. |
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Antonio Devoto |
Empresario italiano, a la Iglesia San Antonio de Padua de Villa Devoto, junto a su primera y su segunda mujer, Celina Pombo y Rosa Viale. |
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Gerónimo Espejo |
Militar, al campamento El Plumerillo, Mendoza. |
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Ramón Estomba |
Militar, a Bahía Blanca, ciudad que había fundado. |
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Baldomero Fernández Moreno |
Poeta, a Chascomús. |
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Gregorio Funes (el deán Funes) |
Religioso, a la Catedral de Córdoba. |
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Joaquín V. González |
Escritor y político, a Chilecito, La Rioja. |
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Juana Manuela Gorriti |
Escritora, a Salta. |
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Cecilia Grierson |
Primera médica argentina, al Cementerio Británico. |
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Paul Groussac |
Escritor, al cementerio de Chacarita. |
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Tomás Guido |
Militar, al mausoleo del general José de San Martín, en la Catedral de Buenos Aires. |
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Guido Jacobacci |
Ingeniero, a Ingeniero Jacobacci, Chubut. |
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Arturo Jauretche |
Escritor, al cementerio de Olivos, Buenos Aires. |
