1
Buscando aún El Dorado
El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro.[1]
Viejo dicho peruano
En el frío penetrante que justo precede al amanecer, Leonor Gonzáles deja su choza de piedra situada en la cima de una montaña glacial en los Andes peruanos para recorrer penosamente un camino y restregar y lavar astillas de roca en busca de partículas de oro.[2] Como generaciones antes que ella, se ha tambaleado al llevar los pesados sacos de piedras, que ha golpeado con un martillo rudimentario y reducido a gravilla con los pies, machacándolas hasta convertirlas en arena fina. En los raros días en que hay suerte, separa motas infinitesimalmente pequeñas al hacer girar la arenilla en una solución de mercurio. Solo tiene cuarenta y siete años, pero no tiene dientes. Su rostro está quemado por el sol implacable, reseco por los vientos helados. Sus manos tienen el color de la carne curada; sus dedos son nudosos y están deformados. Está algo ciega. Pero cada día, cuando el sol se asoma por el helado promontorio del monte Ananea, se une a las mujeres de La Rinconada, el asentamiento humano situado a mayor altitud del mundo, para escalar el escarpado camino que lleva a las minas, rebuscando cualquier cosa que brille, metiendo piedras en la pesada mochila que cargará montaña abajo al anochecer.
Podría ser una escena de tiempos bíblicos, pero no lo es. Leonor Gonzáles subió ayer esa cumbre durante el pallaqueo, la búsqueda de oro que sus antepasados han llevado a cabo desde tiempos inmemoriales, y la subirá de nuevo mañana, haciendo lo que ha hecho desde que acompañó por primera vez a su madre a trabajar cuando tenía cuatro años. No importa que una compañía minera canadiense situada a menos de cincuenta kilómetros esté realizando la misma tarea de manera más eficiente, con enorme maquinaria propia del siglo XXI, o que poco más allá del lago Titicaca —la cuna de la civilización inca— gigantescas corporaciones australianas, chinas y estadounidenses estén invirtiendo millones en equipamiento de última generación para sumarse a la bonanza minera de América Latina. En este continente, el negocio de excavar las entrañas de la tierra para extraer tesoros relucientes tiene unas raíces antiguas y profundas, y, en muchos sentidos, define en qué nos hemos convertido los latinoamericanos.
Leonor Gonzáles es la encarnación de «la plata, la espada y la piedra», la tríada del título de este libro; tres obsesiones a las que los latinoamericanos han estado expuestos durante el último milenio. La «plata» es la codicia de metales preciosos, un capricho que rige la vida de Leonor como ha regido la de las generaciones que la precedieron; la búsqueda frenética de una recompensa que no puede disfrutar, una sustancia deseada en ciudades que ella nunca verá. La pasión por el oro y la plata es una obsesión que ya ardía intensamente antes de la época de Colón, consumió a España en su incansable conquista de América, condujo a un sistema cruel de esclavitud y explotación colonial, desató una revolución sangrienta, desestabilizó la región durante siglos y se transformó en la mejor esperanza de América Latina para el futuro. Así como los gobernantes incas y aztecas hicieron de la plata y el oro los símbolos de su gloria, así como la España del siglo XVI se hizo rica y poderosa como la principal proveedora de metales preciosos, hoy en día la minería sigue siendo esencial para las esperanzas de América Latina. Esa obsesión pervive —los brillantes tesoros que son extraídos y enviados en grandes cantidades fuera del continente— aunque las minas son finitas. Pero el frenesí debe parar.
Leonor no es menos producto de la «plata» que de la «espada», la cultura imperecedera del hombre fuerte que en América Latina acompaña al metal; la proclividad de la región, como han señalado, entre otros, Gabriel García Márquez, José Martí y Mario Vargas Llosa, a resolver los problemas mediante demostraciones de poder inquietantes y unilaterales. Mediante la brutalidad. Mediante la confianza en la autoridad, la coerción y el amor exagerado por los tiranos y el ejército; la mano dura. Sin duda, la violencia fue un recurso habitual en la época de los belicosos moches, en el 800 d. C., pero aumentó durante los imperios azteca e inca, España la perfeccionó e institucionalizó bajo el cruel tutelaje de Cortés y Pizarro, y acabó arraigando en el siglo XIX, durante las infernales guerras de la independencia latinoamericana. Terrorismo de Estado, dictaduras, revoluciones interminables, la «guerra sucia» en Argentina, Sendero Luminoso en Perú, las FARC en Colombia, los cárteles del crimen organizado en México y las guerras de la droga del siglo XXI son su legado. En América Latina, la espada sigue siendo un instrumento de autoridad y poder como lo era hace quinientos años, cuando el fraile dominico Bartolomé de las Casas se lamentó de que las colonias españolas estuvieran «atascadas con sangre y vísceras indias».[3]
No, Leonor Gonzáles no es ajena a la opresión y la violencia. Los incas conquistaron y obligaron a trabajar a sus antepasados, la gente del altiplano, y luego los conquistadores españoles los reconquistaron y esclavizaron. Durante siglos, su gente fue reasentada a la fuerza según el capricho del mitmaq, el sistema de trabajo obligatorio que el Imperio inca, y luego España, impusieron a los vencidos. O fue llevada a las reducciones de la Iglesia, reasentamientos masivos de poblaciones indígenas cuya misión era salvar sus almas. En el siglo XIX, el pueblo de Leonor fue conducido a punta de espada a luchar y ser sacrificado en bandos opuestos de la revolución. En el siglo XX, se vio empujado a altitudes cada vez mayores de los nevados Andes para escapar de las masacres despiadadas de Sendero Luminoso. Pero incluso en ese lugar recóndito y sin oxígeno, a casi cinco mil quinientos metros sobre el nivel del mar, la espada ha continuado dominando. Hoy en día, en la ciudad minera de La Rinconada, salvaje y sin ley, donde el asesinato y la violación son habituales —donde se ofrecen sacrificios humanos a los demonios de la montaña y ningún jefe de la policía gubernamental se atreve a ir—, Leonor es tan vulnerable a la fuerza bruta como lo fueron sus antepasados hace quinientos años.
Cada día, cuando se levanta, Leonor toca una pequeña piedra gris que atesora en una repisa al lado de su catre, cerca de una fotografía descolorida de su difunto marido, Juan Sixto Ochochoque. Todas las noches, antes de meterse bajo una manta con sus hijos y nietos, la toca de nuevo. «Su alma está ahí en el rumi», me dijo cuando la visité en su helada choza de una habitación, de no más de diez metros cuadrados, donde vive, al borde de un glaciar de montaña, con dos hijos, dos hijas y dos nietos.[4] Ella y Juan, el minero de cara rubicunda de la foto, nunca estuvieron realmente casados; ninguno de los conocidos de Leonor ha prometido los votos de la Iglesia. Para ella, Juan es su esposo y el padre de sus hijos, y, desde el día en que la galería de la mina se desplomó y los pulmones se le llenaron de los gases letales que lo mataron, esa piedra gris, redonda, que está en la cabecera de su cama ha representado a Juan, y representa toda la vida espiritual de Leonor. Como muchas personas indígenas —desde el río Grande hasta Tierra del Fuego—, Leonor acepta las enseñanzas católicas en la medida en que reflejan a los dioses de sus antepasados. La Virgen María es otra expresión de Pachamama, la Madre Tierra, el suelo bajo nuestros pies del que brota toda abundancia. «Dios» es otra palabra para designar a Apu, el espíritu que habita en las montañas, cuya energía procede del sol y perdura en las piedras. Satán es Supay, un dios granuja y exigente que gobierna el inframundo, la muerte, las oscuras entrañas del suelo debajo del suelo, y que debe ser apaciguado.
La piedra de Leonor representa la tercera obsesión que ha dominado a América Latina durante los últimos mil años: la adhesión ferviente de la región a las instituciones religiosas, ya sean templos, iglesias, catedrales recargadas o montones de piedras sagradas. Cuando hace mil años las potencias precolombinas se conquistaban unas a otras, la primera orden del día era reducir a escombros a los dioses ajenos. Con la llegada de los conquistadores españoles a América, muchas veces los triunfantes monumentos de piedra erigidos por los aztecas y los incas para honrar a sus dioses fueron reducidos a simples pedestales de imponentes catedrales. Su significado no pasó desapercibido para los conquistadores. Se apilaron rocas sobre rocas, se construyeron palacios encima de palacios, se cubrió cualquier templo o huaca indígena importante con una iglesia, y la religión se convirtió en un recordatorio preciso y poderoso de quién había ganado la batalla. Incluso con el paso del tiempo —incluso después de que el catolicismo se convirtiera en la institución más poderosa de América Latina, incluso después de que algunos de sus adeptos empezaran a verse atraídos por el pentecostalismo—, los latinoamericanos han seguido siendo gente decididamente religiosa. Se santiguan cuando pasan por delante de una iglesia. Montan altares en sus casas. Llevan en sus carteras imágenes de santos, les hablan a sus hojas de coca, cuelgan cruces de los espejos retrovisores, se llenan los bolsillos de piedras sagradas.
Leonor no está sola en su servidumbre de la plata, la espada y la piedra. La mayoría de los latinoamericanos están unidos a ella por apenas unos grados de separación. En México, Perú, Chile, Brasil y Colombia, la extracción de minerales ha recuperado la primacía que tenía hace cuatrocientos años y el negocio de la minería ha contribuido a redefinir el progreso, impulsar las economías, sacar a la gente de la pobreza e influir en todos los aspectos del tejido social. Los minerales preciosos pasan de los manipuladores rurales a los urbanos, de manos oscuras a blancas, de pobres a ricos. El oro que se saca de la roca que hay debajo de la choza de Leonor alimenta una economía compleja: la sórdida cervecería que se encuentra a pocos pasos de su casa, la multitud de niñas prostitutas que viven en Putina, montaña abajo, los banqueros de Lima, los geólogos de Canadá, los famosos de París y los inversores de China. Es una industria cuyos beneficios, en definitiva, se van al extranjero, a Toronto, Denver, Londres, Shanghái, de la misma manera que hace tiempo el oro cruzaba el océano Atlántico en galeones españoles y llegaba hasta Madrid, Ámsterdam y Pekín. El flujo general de los ingresos no ha cambiado. Se queda rezagado brevemente —lo suficiente para una cerveza en la cantina o una pierna de cabra medio comida por las moscas destinada a ser colgada de la viga del techo— y luego se va. Se marcha, allá lejos.
También la «espada» ha alterado la historia, desde las afiladas hojas de pizarra que los guerreros chimúes usaban para destripar a sus enemigos hasta los vulgares cuchillos de cocina que utilizan los gánsteres de los Zetas en la ciudad mexicana de Juárez.[5] En América Latina persiste una cultura de la violencia, acechando en las sombras, a la espera de estallar, amenazando el irregular progreso de la región hacia la paz y la prosperidad. En este territorio de desigualdades extremas, la espada ha sido el instrumento que siempre ha estado disponible, tan útil en la década de 1970 en el Chile de Augusto Pinochet entre una población culta, en gran medida blanca, como hoy en las ensangrentadas calles de Honduras entre los pobres analfabetos. Las diez ciudades más peligrosas del mundo se encuentran en países latinoamericanos.[6] No es sorprendente que Estados Unidos haya sido testigo de una avalancha de inmigrantes desesperados que huyen de México, Guatemala, Honduras o El Salvador. El miedo es el motor que conduce a los latinoamericanos hacia el norte.[7]
Por lo que respecta a la manera en que la «piedra» ha atrapado al espíritu, no hay duda de que la religión organizada ha desempeñado —y continúa desempeñando— un papel crucial en estas Américas. Desde los días del inca, cuando los grandes gobernantes Pachacútec Inca Yupanqui y Túpac Inca Yupanqui «invirtieron el mundo» y expandieron el imperio conquistando amplios territorios de América del Sur y obligando a las masas derrotadas a adorar al sol, la fe ha sido un arma de coerción, así como un instrumento de cohesión social.[8] Los aztecas compartieron las ansias de conquista de los incas, al igual que un gran aprecio por el uso de la religión. Pero su planteamiento de la conversión fue claramente distinto: con frecuencia adoptaban las deidades de los recién conquistados, porque entendían que el dios de los demás podía tener mucho en común con el propio. Al dar una vuelta por cualquier aldea mesoamericana o andina, uno encuentra expresiones vívidas de esas creencias antiguas en el arte contemporáneo y las tradiciones rituales.
Hoy en día, aunque en América Latina se practican varias fes amerindias, africanas, asiáticas y europeas, la religión sigue estando decididamente marcada por la que España impuso hace más de quinientos años. Es obstinadamente católica. Un 40 por ciento de los católicos del mundo residen aquí y, en consecuencia, un fuerte vínculo une a los creyentes, desde Montevideo, en Uruguay, hasta Monterrey, en México.[9] De hecho, Simón Bolívar, que liberó seis repúblicas sudamericanas, imaginó a las naciones católicas e hispanohablantes de esas Américas como una fuerza unificada, potencialmente poderosa a escala mundial. Tal vez la Corona española intentara evitar a toda costa que sus colonias se comunicaran, comerciasen o establecieran una concordia humana, pero las unió para siempre cuando las puso a los pies de Jesús. Al final, Bolívar no fue capaz de formar una unión panamericana fuerte a partir de la población, diversa y agitada, de cristianos hispanohablantes que liberó. Pero en América Latina, aún hoy, como en la época de Bolívar, la Iglesia sigue siendo la institución que más confianza inspira.[10]
Este libro trata de estos tres elementos de la sociedad latinoamericana que la han conformado durante mil años. No pretende ser una historia completa y definitiva. Intenta, más bien, ilustrar el legado de los pueblos latinoamericanos y tres componentes de nuestro pasado que tal vez nos sugieran algo de nuestro futuro. Sin duda, existen otras obsesiones que compartimos y que contribuyen a conformar un retrato más positivo de la región: nuestro fervor por el arte, por ejemplo, nuestro entusiasmo por la música, nuestras pasiones culinarias, nuestro amor por la retórica. La lengua española que surge de las plumas de los latinoamericanos ha dado lugar a una de las literaturas más impresionantemente originales de nuestro tiempo. También hay pocos rasgos regionales que destaquen más que nuestra fidelidad a la familia y nuestra propensión a la cordialidad. Pero ninguno de ellos, en mi opinión, ha desplazado poblaciones, marcado el paisaje y escrito la historia con tanta contundencia como la fijación de América Latina con la minería, o su idilio con la fuerza bruta o la religión.
Estas obsesiones no son hilos bien diferenciados que puedan abordarse como relatos independientes. A lo largo de los últimos mil años, sus historias se han encontrado, solapado y entrelazado de manera intrincada, de la misma manera que el oro, la fe y el miedo son madejas fuertemente entretejidas en la vida de Leonor Gonzáles. Pero la inclinación de América Latina a la religión y la violencia, junto con su obstinada adhesión a una forma antigua de comercio extractivo que no conduce necesariamente a un desarrollo duradero, me ha fascinado durante años. Creo que la historia de esas tendencias puede decirnos mucho sobre quiénes somos los latinoamericanos. Y somos, como dijo un historiador en cierta ocasión, «un continente hecho para desmentir las verdades convencionales», una región en sí misma, donde, a diferencia de cualquier otra, rara vez arraigan las teorías o doctrinas creadas en lugares diferentes.[11] También creo que, a pesar de los años que he dedicado a seguir los caminos y desvíos de esta enmarañada historia, no es posible contar el relato completo.
¿Cómo pueden explicarse un hemisferio y su gente? Es en verdad una tarea imposible, que quinientos años de sesgado registro histórico complican aún más. Sin embargo, estoy convencida de que existe algo compartido —un determinado carácter, si se quiere— que surge de la experiencia hispanoamericana. También estoy convencida de que este carácter es producto directo del enfrentamiento trascendental entre dos mundos. Nos define una tolerancia reticente nacida de esta experiencia. No existe un equivalente en el norte.
En América Latina, puede que a veces no sepamos exactamente a qué linaje pertenecemos, pero sabemos que estamos más ligados a este «Nuevo Mundo» de lo que lo estamos al «Viejo». Después de siglos de mezcla incontrolada, somos más morenos que blancos, más negros o indios de lo que algunos puedan pensar. Pero, dado que desde el «primer contacto» el poder político real lo han ostentado tenazmente una ansiosa generación de «blancos» tras otra, la verdadera consideración de nuestra identidad siempre ha sido una idea vaga. En cualquier caso, en América Latina la presencia duradera de la historia indígena —a diferencia de su equivalente del norte— sugiere que su explicación es muy distinta. Yo aporto la mía con toda humildad, con la esperanza de transmitir algo de la perspectiva que me ha dado a mí.
Aunque la familia de mi padre tiene raíces en Perú desde hace casi quinientos años, mi abuela, Rosa Cisneros y Cisneros de Arana, fue una gran entusiasta de todo lo español. A menudo me hablaba de la costumbre española de enviar a los hijos por diferentes caminos vitales como una manera de construir los pilares de una sociedad sólida.[12] El primogénito, según esta lógica, sería un hombre de mundo (abogado, político u hombre de negocios); el segundo, un militar; el tercero, un sacerdote. El primero aseguraría la prosperidad, al tener un pie en el poder y la riqueza de la nación; el segundo mantendría la paz, al servir a su país como soldado; el tercero abriría las puertas del cielo, al enseñarnos el camino hacia Dios. Nunca he visto referencia alguna a esta tradición en los libros de historia, aunque la he oído una y otra vez cuando he viajado por América Latina. Con el paso del tiempo, entendí que un banquero, un general y un obispo eran, de hecho, pilares de nuestra sociedad compartida; eran precisamente ellos los que mantenían la oligarquía, los géneros y las razas en el rígido sistema de castas creado por España. Ese triunvirato de soberanía —de príncipes, soldados y sumos sacerdotes— también se había dado con los incas, los muiscas, los mayas y los aztecas. En muchos casos, se esperaba que un único gobernante supremo desempeñara las tres funciones. Independientemente de cómo se llame, en América del Sur la fórmula del control triangulado ha funcionado durante siglos. Permitió que las culturas antiguas conquistaran y se expandieran. Permitió a los colonizadores un control firme de los bolsillos, los puños y las almas de los colonizados. A pesar de todos los regalos que América Latina ha hecho al mundo —a pesar de las conocidas civilizaciones de nuestro pasado—, la región sigue estando gobernada por lo que siempre la ha dominado. Por la plata, la espada y la piedra.
PRIMERA PARTE
La plata
Hace tan solo algunos cientos de años, como ya lo sabes, palomita mía, tigrillo mío, hubo una preciosa ciudad construida al centro de azules lagos, en un islote que, cual joyel de tezontle, cantera, jade, flores y plumajes, flotaba despidiendo un intenso brillo que visto desde lo lejos, parecía estar hecho de plata. Se llamaba Meshico-Tenochti-Tlan.[1]
Mitos, fábulas y leyendas del antiguo México
2
Las venas de un dios de la montaña
Bajad a las raíces minerales,
y a las alturas del metal desierto,
tocad la lucha del hombre en la tierra.[1]
PABLO NERUDA, Canto general
POTOSÍ, BOLIVIA
La extensa y árida meseta entre Porco y Potosí, en el altiplano boliviano, es seguramente uno de los paisajes más desolados del mundo. Lo que los antiguos incas describieron como una región de lagos centelleantes y peces saltarines —una pradera poblada de alpacas, vicuñas y chinchillas—[2] se ha convertido en un lugar estéril que excede la imaginación.[3] Los arbustos son escasos. La tierra está alterada. Hacia el noroeste, el lago Poopó, el segundo mayor después del Titicaca, ha desaparecido por completo; hoy es una extensión infinita de sedimento agrietado, un cementerio de vida acuática. Lo que se ve al cruzar el valle de Tarapaya y acercarse a Porco o Potosí, las antiguas médulas de los dominios inca y español, es lo que puede observarse en cualquier territorio con minas de esta parte del mundo: un paisaje lunar, plagado de charcas turbias que apestan a ruina. Las aves acuáticas se han ido; pocos pájaros aletean en el aire excepto algún buitre ocasional. Hay un olor nauseabundo, el hedor de la dinamita y la descomposición de los cuerpos. Ni siquiera los vientos cortantes y la lluvia helada pueden enmascararlo.
A lo largo de la carretera hacia el legendario Cerro Rico, hay montones de piedra. De vez en cuando una figura pasa rápidamente, moviéndose entre los escombros. Son mineros itinerantes, que surgen de esa planicie desnuda e infinita como soldados míticos, llevando sus posesiones a la espalda. Con el tiempo se llega al famoso promontorio rojo y a la ciudad que se extiende a sus pies. Es Potosí, que en el pasado fue uno de los mayores centros urbanos del hemisferio occidental; durante su apogeo en el siglo XVIII, fue una metrópoli tan populosa y vibrante como París, Londres o Tokio.[4] Una catedral imponente se aferra a su corazón. Hasta donde llevan las calles pavimentadas, pueden verse mansiones desvencijadas con intrincados balcones moriscos; fantasmas abandonados de un pasado esplendoroso. Treinta y seis iglesias en distintos estados de ruina enfatizan el deterioro. La histórica ciudad de la plata ha desaparecido. Ya no hay palmeras majestuosas, sedas de Cantón, zapatos napolitanos, sombreros de Londres ni perfumes de Arabia. Nadie con elegantes vestidos de París se asoma a los balcones. Un perro solitario aúlla en un tejado. Es difícil creer que este fuera el centro de la globalización moderna que conocemos; la maravilla económica del siglo XVI que impulsó el comercio europeo y prefiguró la era industrial.
Pero eso es precisamente lo que fue Potosí en el pasado. En los cien años transcurridos entre 1600 y 1700, Potosí suministró por sí sola más de cien millones de kilos de plata que hicieron del virreinato de Perú una de las empresas financieras más vibrantes del mundo. Lima se enriqueció gracias a Potosí. El metal extraído por manos indias fluía hacia las capitales europeas, dando a dicha región los lingotes que necesitaba con desesperación, estimulando la economía y permitiendo que el capitalismo acabara con el feudalismo y se convirtiera en la corriente dominante del futuro. España utilizó esta entrada de riqueza para aumentar la fortuna de sus aristócratas, estar en guerra con Inglaterra, detener la difusión del protestantismo y asegurarse el dominio del Imperio Habsburgo. Pero el dinero no se quedaba en España. Mientras Inglaterra entraba en la era industrial, impulsada por la solvencia que proporcionaban las minas latinoamericanas, y Europa avanzaba, ampliando su alcance comercial, España se estancó —decididamente agrícola, obstinadamente vinculada al pasado— y la plata de sus colonias, ganada con mucho esfuerzo, se le escurrió entre los dedos. La riqueza continuó creando magníficas fortunas en otros lugares. La mancha de ese fracaso todavía es visible en esta legendaria ciudad que se benefició de la bonanza. Potosí.
En las afueras, trepando por los caóticos ángulos de las rocas salientes de Cerro Rico, hay desperdigadas casas de hojalata; aquí y allá, chozas de piedra. Una sucesión de seres humanos entra y sale de los huecos que marcan el rostro de la montaña. Por los caminos vertiginosamente sinuosos, grupos de mujeres con amplias faldas de lana se apresuran con comida y utensilios toscos; los niños llevan a la espalda bolsas de piedras. En la actualidad, en Cerro Rico no hay demasiado que sacar. La leyenda dice que con los muchos miles de toneladas de plata extraídos de este coloso se podría haber construido un puente resplandeciente desde aquí hasta Madrid. Pero ahora el leviatán rojo parece aplacado; un montículo agotado que poco se parece a la elevada cumbre de los grabados del siglo XVI. Acribillada de túneles, es una red frágil al borde del colapso, un laberinto de peligros.[5] Los optimistas siguen ahí, pero la bonanza se ha ido a otro lugar.
No era así cuando Huayna Capac, el señor inca, viajó entre Potosí y Porco hace quinientos años, antes de las guerras civiles, antes de las pestes, antes de la fatídica conquista de su imperio. Para los incas, Porco era desde hacía mucho tiempo una de las principales fuentes de metales preciosos. A partir del siglo XIII, cuando se dice que se originó su imperio, los señores incas no comerciaron con metales, ni los usaron como moneda; consideraban que las sustancias brillantes eran símbolos sagrados de sus dioses, elementos esenciales en la adoración ritual al sol, la luna y las estrellas. El oro, con su resplandeciente amarillo, era un reflejo del cuerpo celeste que regía de día, el padre de toda la vida terrenal. La plata representaba a las deidades blancas que iluminaban el cielo nocturno y dominaban los mares. El cobre era la rápida descarga del relámpago, una fuerza que debía ser venerada. Estos metales se extraían bajo la estricta supervisión de los administradores del señor inca en Cuzco. En Porco, mientras los esclavos escarbaban en busca de plata con astas de ciervo y la transportaban en pieles de animales, la vigilancia era meticulosa.[6] Reservados para uso exclusivo de la nobleza, estos metales se golpeaban para crear ornamentos extraordinariamente originales: pecheras ceremoniales, vestimentas de oro, elementos de altares rituales, esculturas decorativas, adornos funerarios, decoraciones domésticas. No había incentivos para robarlos o acapararlos, ni para buscar sus fuentes, puesto que solo tenían un uso y un consumidor.[7] Se extraían cuando lo exigía la ceremonia del emperador. Nada más.
Eso cambió durante el reinado de Huayna Capac, el undécimo soberano inca, que amaba el oro y la plata con una falta de moderación que sus antepasados reales no habían compartido.[8] No era suficiente que el templo sagrado del sol, Coricancha, estuviera cubierto de oro, o que las paredes de las habitaciones del emperador estuvieran revestidas de plata o sus vestimentas ceremoniales adornadas con ambos.[9] El señor inca quería comer y beber en ellos, exigió que sus sillas y literas estuvieran hechas de metales relucientes, y encargó estatuas de sí mismo y de sus antepasados hechas de oro laminado.[10] Su amor desmedido por estos metales, obtenidos con mucho esfuerzo, comportó que la producción del imperio tuvo que aumentar, lo que provocó una codicia y una opresión inéditas.[11]
Huayna Capac estaba en la cima de su poder cuando visitó sus minas de Porco a principios del siglo XVI. Guapo y corpulento, un rey guerrero que había expandido su reino hasta los rincones más lejanos de su universo, decidió hacer un gran viaje para inspeccionar esas conquistas, expulsar a los invasores y acabar con las facciones rebeldes.[12] No estaba a su alcance apreciar aquel dominio, pero entonces, en ese momento crucial de la historia, gobernaba el mayor imperio sobre la tierra. Más grande que la China de la dinastía Ming, más amplio que la Rusia de Iván el Grande, mayor que los imperios bizantino, songhai, azteca u otomano, el Imperio inca era más extenso que cualquier Estado europeo de su época.[13] Huayna Capac gobernaba tierras que se extendían más de cuatro mil kilómetros, aproximadamente la distancia entre Estocolmo y Riad. El Tahuantinsuyu, como él lo llamaba, era un territorio tan largo como ancha es América del Norte, el dominio más formidable que poseería esta civilización, para cuya construcción habían sido necesarios más de tres siglos y once generaciones. Huayna Capac había empezado su reinado justo después de la fatídica llegada de Colón a Santo Domingo y moriría justo antes de que Francisco Pizarro recorriera a caballo sus tierras para colocar una bandera extraña en el sagrado Templo del Sol. Pero entonces, en ese preciso momento, el más radiante de su supremacía, Huayna Capac estaba organizando una expedición para repeler una invasión guaraní en el sur y garantizarle a su pueblo que contaba con su protección frente a las tribus salvajes, depredadoras, del mundo conocido.
Cuando el emperador y su ejército cruzaron el valle de Tarapaya, este decidió detenerse en Porco y visitar las minas de plata. Acababa de empezar el siglo XVI y, aunque él no lo sabía, los vientos de cambio y una peste épica ya se habían difundido entre los pueblos de ese hemisferio. Pronto Hernán Cortés capturaría al poderoso emperador Moctezuma y debilitaría a los aztecas en la batalla de Tenochtitlán. Pedro de Alvarado se adentraría en el territorio de los mayas y mataría a su gobernante, Tecún Umán. La plata y el oro ya habían abandonado las manos indígenas para cruzar el Atlántico en lo que se convertiría en un rápido tráfico hacia Sevilla, y una virulenta cepa de viruela había recorrido los mares en dirección contraria. Pero en el aislamiento absoluto que vivió Huayna Capac mientras examinaba su imperio, en su litera de oro, el viaje a Porco fue una visita intrascendente.
Mientras su comitiva continuaba a través del valle, el señor inca divisó una cumbre imponente en el horizonte, hacia el sur. Dominaba ese tramo de la cordillera andina —la imponente cadena montañosa que se extiende como una columna vertebral desde Venezuela hasta Argentina— no solo debido a su altura sino también a su color rojo óxido. Señalándola, opinó que con seguridad contenía grandes vetas de algún metal precioso.[14] La leyenda dice que ordenó a sus mineros que investigaran y que, cuando lo hicieron, un fuerte bramido de desagrado surgió del interior de la montaña. Aterrorizados, los mineros se retiraron. Ya fuera un terremoto, un trueno, o por cualquiera otra razón, los potentados incas nunca insistieron en explorar la montaña. Algunos dicen que fue porque el promontorio se consideraba sagrado, contenía un gran espíritu —un apu, un dios de la montaña—; otros, porque no había ninguna prisa, puesto que la corte real tenía lo que necesitaba.[15] No fue hasta una década después de la conquista, cuando un humilde minero de la Corona española se detuvo para calentarse una noche de invierno, cuando todo cambió. Vio como un hilo de plata líquida se formaba bajo el fuego, prueba de la abundancia interior. Poco después, su señor español expropió el descubrimiento e hizo que Potosí fuera conocido en todo el mundo.
MONTE ANANEA
Perú, 1829-2009
En el cuarto día el Todopoderoso hermoseó el mundo haciendo el sol, la luna y estrellas [...]. Puestas en el cielo estas dos lumbreras mayores, obedeciendo a su creador, se hicieron cargo y tomaron el cuidado el sol de dar vida al oro en las minas, y la luna alma de nieve a la plata.[16]
BARTOLOMÉ ARZANS DE ORSÚA Y VELA, 1715
En 1829, trescientos años después de que Huayna Capac hiciera su gran recorrido por el altiplano y señalara proféticamente la montaña roja de Potosí, un joven geólogo irlandés, Joseph Barclay Pentland, envió apresuradamente una carta al famoso explorador Alexander von Humboldt, en la que le indicaba la abundancia de metales preciosos que podía encontrarse al norte de aquel territorio.[17] La gloria de Potosí había llegado a su fin, sus tesoros habían sido saqueados y sus inversores se habían arruinado. Pero había depósitos de roca dura de oro en terrenos situados a mayor altitud, a unos seiscientos cincuenta kilómetros, le aseguró Pentland a Humboldt, sobre todo en la cordillera de Carabaya, en las imponentes laderas de los viejos colosos que rodeaban la masa de agua navegable más alta del mundo, el lago Titicaca.
El geólogo y diplomático, tan interesado en los metales como en los asuntos internacionales, acababa de regresar a Lima, Perú, después de un agotador viaje en mula de más de tres mil kilómetros por las accidentadas tierras altas de Bolivia.[18] Las guerras de independencia acababan de terminar, España había sido completamente expulsada de las costas americanas y el secretario de Exteriores británico, George Canning, quien había observado la revolución con mucho interés, estaba impaciente por valorar la minería latinoamericana y ver qué podía sacar Inglaterra de ella. Simón Bolívar, el gran libertador, que acababa de liberar Perú y fundar Bolivia —y además era un ferviente partidario de los británicos—, había facilitado a Pentland la tarea. Este último, que era un enérgico arribista de primera, escribió entonces a Humboldt, Charles Darwin y otros grandes científicos de la época sobre las posibilidades de América Latina. Al igual que Huayna Capac había apuntado proféticamente hacia Potosí tres siglos antes, Pentland señalaba ahora enfáticamente los promontorios de la cordillera de Carabaya, donde se amasarían las fortunas del futuro.
La cadena montañosa de Carabaya, que se extiende por Perú y Bolivia al norte del lago Titicaca e incluye el monte Ananea, sin duda no era un terreno virgen para los buscadores de fortuna. Durante siglos, el desgaste glacial y los vientos habían erosionado la roca, desgajado enormes peñascos y puesto al descubierto los tesoros que escondía en su interior. De acuerdo con la tradición inca, de las grietas en la roca habían salido pepitas de oro del tamaño de una calavera humana.[19] Se decía que uno de los trofeos era tan grande como la cabeza de un caballo. El Inca Garcilaso de la Vega, sobrino nieto de Huayna Capac, había escrito que el oro que contenía la montaña superaba nuestra imaginación.[20] Tenía motivos para pensarlo; su tío abuelo, el señor inca, había enviado allí un contingente para excavar. Pero el terreno había resultado imposible: los picos eran demasiado vertiginosos y el frío, demasiado severo. Los incas no tardaron en detener las operaciones en Ananea. Con el tiempo, también los españoles abandonaron sus minas, pero por diferentes razones.[21] Los pozos, que perforaban la roca glaciar hasta una profundidad mayor que en cualquier otra mina inca, se habían derrumbado bajo el hielo y la nieve.[22]
Lo irónico es que la predicción de Pentland, como las propias minas, se quedó congelada cuando las repúblicas recién liberadas por Bolívar cayeron, una a una, en el caos político y económico. Los filones de oro y plata que habían sido explotados con tanto provecho en tiempos de los incas y los españoles se dejaron entonces a merced de los caprichos de una serie de déspotas y sus regímenes inestables. No fue hasta que, a comienzos del siglo XXI, la industria minera de América Latina experimentó un pujante renacimiento, cuando los geólogos bolivianos recuperaron el trabajo de Pentland y le reconocieron al irlandés su análisis meticuloso de las ricas arterias que recorren la geológicamente exuberante Carabaya.[23] Había descrito, hacía casi dos siglos, los potosíes que estaban por llegar.
En el año 2004, mientras en la parte boliviana de la cordillera los funcionarios que querían atraer inversores extranjeros resucitaban el nombre de Pentland, el esposo de Leonor Gonzáles, Juan Ochochoque, estaba vivo y trabajaba en las oscurísimas minas del monte Ananea, en la misma región en la que Pentland había indicado que estaría el dorado camino del futuro. Después de su escaso desayuno, caldo de oreja de cerdo cocinado en un quemador de alcohol improvisado, Juan partía con su pico al hombro.[24] Aunque era un hombre del siglo XXI, también era un minero en la centenaria lotería del cachorreo, un sistema según el cual un peón trabaja treinta días sin cobrar y luego se le permite quedarse con las rocas que pueda acarrear hasta el exterior. La luz del día revela luego si estas contienen oro. A veces, las ganancias de Juan alcanzaban para algunos días de agua y comida; a veces, no conseguía nada en absoluto.
El día de Juan empezaba en la penumbra helada del alba y acababa mucho después del anochecer. Uniéndose a la fila de figuras sombrías que serpenteaba por los caminos embarrados, entraba en la mina para ser engullido por una oscuridad más profunda. La noche era un estado permanente —los túneles, su hábitat natural— y, como muchas criaturas nocturnas, Juan aprendió a moverse en el laberinto estigio del Ananea y a padecer su humedad fétida. En las empresas informales e improvisadas dedicadas a picar esa roca helada existían pocas reglas, pero las que había eran firmes: no se permitía que ninguna mujer entrara en este inframundo; nadie podía exponerse a la mala suerte que podían traer consigo. Los mineros tenían que confiar unos en otros, compartir lo poco que tuvieran y hacer ofrendas al dios de los mineros, Supay, el señor de los lugares oscuros. Masticando hojas de coca para enfrentarse a la oscuridad sofocante, encorvados en los estrechos túneles de piedra, sin hablar con nadie para conservar el escaso oxígeno, caminaban arduamente, pasando ante restos de dinamita apagada, charcos de residuos químicos, las efigies cornudas y lascivas de Supay y la basura de sacrificios anteriores, hasta que se encontraban a trescientos metros en el interior de la montaña. Para Juan aquello era, en todos los sentidos excepto uno, la repetición de una práctica antigua.
Con esta diferencia fundamental: ningún minero al servicio de los incas habría osado penetrar una montaña a esa profundidad. Tal vez porque se consideraba que todas albergaban su propio dios, quizá porque los incas se imponían fuertes restricciones para no condenar a los esclavos a una salud precaria,[25] o tal vez porque para fines tan exclusivos se necesitaba muy poco oro o plata; en la época de los incas la minería era sobre todo superficial, consistía en arañar la superficie de la montaña o excavar una cueva,[26] en lugar de hacer un agujero de trescientos metros en su falda.[27] Después de todo, la minería de pozos habría representado una violación flagrante de la manifestación más física de un dios, o apu, que era la propia montaña.[28] Quizá por eso la mayor parte del oro extraído por los indígenas procedía de los ríos, donde los limos se tamizaban cuidadosamente.[29] De hecho, se dice que el río Huallaga, que nace en lo alto de los Andes y fluye majestuosamente por la selva amazónica, estuvo tan cargado de oro que para los incas la minería resultó algo elemental.[30] Aun así, cualquier explicación que demos a la reticencia a perforar en profundidad la Pachamama, la sagrada Madre Tierra, es una conjetura. No tenemos una verdadera explicación para esto.
Lo cierto es que las explicaciones «verdaderas» sobre el pasado indígena del continente son escasas. Reconstruir la historia o la cultura precolombinas es una empresa delicada. Pero hay hechos que podemos deducir. Los incas y los aztecas no consideraban el tiempo como lo hacemos nosotros; para ellos, consistía en diferentes ciclos, otras dimensiones.[31] Su organización era principalmente binaria —la lluvia frente a la sequía; el día frente a la noche; la cosecha frente a la hambruna—, y el tiempo transcurría de manera que reflejaba una creencia profunda en la repetición eterna del orden y el caos. La visión azteca del mundo también era profundamente binaria: la tierra estaba abajo, el cielo encima; fuego y agua; oscuridad y luz.[32] Pero, a pesar de la aparente sencillez de esta cosmología, muchos aspectos de estas sociedades antiguas eran variables, complejos, y se basaban en la noción de que, si bien el mundo físico podía ser claro y evidente, los asuntos humanos no lo eran.
Ser un simple mortal en el reino inca consistía en vivir una existencia transitoria; el trabajo era intercambiable, rotativo, muy disruptivo.[33] Como en los sistemas totalitarios posteriores de Iósif Stalin o Mao Zedong, a menudo poblaciones enteras eran desplazadas y movilizadas y se dividía a las familias, todo ello porque convenía al Estado y a sus necesidades económicas. Las tribus rebeldes eran reubicadas en zonas donde podían ser vigiladas por súbditos leales. Los peones sabían que les esperaba una vida de agitación constante. Un hombre que perteneciera a la fuerza laboral, el mitmaq, podía buscar oro en una mina cercana, cosechar maíz en un campo lejano o ser enviado a empuñar las armas en la guerra. Toda una vida de trabajo en un único campo laboral, en un solo sector, era algo casi inaudito. En este sistema en constante renovación, podía ocurrir que a un trabajador se le requiriera pescar durante tres meses, estuviera libre para pasar otros tres bailando y bebiendo, y luego se le llamara para retomar su trabajo en otro lugar. Sabemos por las crónicas —o las pruebas halladas en las tumbas— cómo vivían y morían los grandes gobernantes, pero la historia ha dejado un registro escaso de los plebeyos.
Para dificultar aún más nuestra capacidad de apreciar plenamente el pasado, los incas y los aztecas no tenían un sistema de escritura. Aunque los mayas desarrollaron un sistema complejo de glifos que ahora podemos descifrar, los incas y los aztecas preservaron el pasado en historias orales transmitidas de generación en generación o, en el caso de los incas, por medio de quipus, cuerdas anudadas que solo ahora los historiadores están empezando a entender. Es más, gran parte de lo que conocemos sobre estas culturas antiguas está contaminado por un sesgo europeo, a través de cronistas, sacerdotes españoles o mestizos que trataban de complacer a sus amos coloniales. La impronta del conquistador es muy clara en el «registro» existente. En él, leemos que los indígenas del Nuevo Mundo son paganos, bárbaros incultos, una raza prescindible, casi inhumana, aunque ahora sabemos que en muchos aspectos estaban más desarrollados que los europeos. Por ejemplo, el código moral inca —ama suwa, ama llulla, ama qhella («no robes, no mientas ni seas perezoso»)— estaba muy arraigado en los pueblos andinos. Con el paso del tiempo, cuando el sistema colonial se afianzó, la explicación popular aceptada fue que los indios eran bestias de carga, cualquiera que fuera su rango en el mundo anterior a la conquista, y que su justa recompensa era servir al orden superior de España. En consecuencia, para entender incluso los rasgos más básicos de la vida indígena, los historiadores deben orientarse en un cenagal de opiniones y prejuicios.
¿Qué podemos concluir entonces, si acaso, sobre el interés de estas culturas en el oro y la plata? Hay muchas pruebas físicas de que los incas reverenciaban los metales preciosos. El oro formó parte de su sistema de creencias desde el principio mismo, el día en que se dice que Manco Capac y Mama Ocllo, el patriarca y la matriarca fundadores, abandonaron, junto con sus hermanos y hermanas, las hondonadas que rodean el lago Titicaca para buscar la tierra sagrada en la que fundar el Imperio del Sol. El dios Sol, cuenta la leyenda, les había armado con una vara de oro que se hundiría profundamente en la tierra cuando reconociera Qosqo —Cuzco—, el cordón umbilical de la tierra, el centro desde el que su dominio irradiaría hasta los rincones más lejanos del mundo. Ese extenso mundo era el Tahuantinsuyu, y era su responsabilidad penetrar en él, iluminarlo y conseguir más manos y almas para los trabajos y las glorias de la adoración al Sol.
A medida que el Imperio inca se expandía, siguiendo una lógica completamente diferente de cualquier modelo de conquista conocido, los metales preciosos se convirtieron en símbolos de su dominio, pero nunca en su moneda o un objetivo en sí. A partir de la médula sagrada de Cuzco, los incas se dispersaron de manera gradual, metódica, adquiriendo cada vez más poder mientras sometían a otros pueblos a su fe y su voluntad. Las tribus eran subsumidas con promesas de una vida más confortable, una comunidad más grande, un dios mejor. Las más rebeldes fueron conquistadas en guerras brutales. Una vez sometidos, los curacas, los líderes tribales, eran enviados a Cuzco junto con sus familias para ser reeducados. Cuando regresaban a sus tribus, preparados para gobernar manteniéndose fieles a los incas, un hijo o hermano favorito del curaca permanecía retenido indefinidamente en la capital para garantizar su lealtad.
Todos los emperadores incas promovieron la causa, consiguiendo más devotos para el Sol y creando una imponente red que crecía según ceques, líneas que se extendían como rayos desde Coricancha —el Templo del Sol, el corazón vital del imperio— hasta las tierras fronterizas de la conquista. Mediante la movilización de un enorme ejército de trabajadores forzados, los incas quebraron rocas, levantaron fortalezas y construyeron almacenes y santuarios sagrados, así como el magnífico «camino real», el Capac Ñan, un sistema de calzadas que atravesaba cualquier forma de accidente geográfico y que se extendía más de treinta mil kilómetros desde Argentina hasta Colombia; una distancia casi cuatro veces superior a la longitud de la Gran Muralla china, el equivalente a ir y volver dos veces de Lima a Tokio. Para santificar esta expansión, buscaron oro en los ríos, extrajeron plata de las montañas, sacaron cobre de las canteras a cielo abierto y lo enviaron todo a los cada vez más poderosos señores de Cuzco. Los muros de Coricancha, el «reino dorado» de los incas, estaban revestidos de oro.[34] Colgaba plata de sus techos. Se crearon sofisticados jardines hechos de metales trabajados intrincadamente para deleite del emperador. De hecho, todos los utensilios de su casa estaban hechos de metales preciosos.[35] El oro era el «sudor del Sol»; la plata, las «lágrimas de la Luna».[36] Como tales, estas sustancias eran preciados regalos de los cielos, que indicaban una conexión esencial entre lo terrenal y lo divino. Los intrusos europeos que llegaron a estas tierras en busca de riquezas nunca entendieron esta diferencia fundamental: para el inca, el oro era el refugio de la luz en una batalla infinita contra la oscuridad, una manifestación de lo sagrado, un puente entre el hombre y su creador.[37] Solo quien era elegido gobernante, quien descendía de los dioses, podía poseer esas cosas sagradas.
Estos metales eran tan venerados, y tan personales sus vínculos con el señor inca —que era, al fin y al cabo, primogénito, Cristo y rey—, que cuando este moría nadie los heredaba.[38] Su mansión se cerraba con todas sus brillantes posesiones dentro, exactamente como él las había dejado. Se creía que tendría una corte en la otra vida y que algún día volvería a ocupar esas habitaciones. Sus entrañas se sacaban meticulosamente y se enterraban en un templo con su oro y sus joyas.[39] Las uñas y el cabello cortados, acumulados con cuidado durante su vida, se guardaban para ser depositados en lugares sagrados. Sus restos momificados, perfectamente embalsamados para parecerse a él en la cima de su poder, se colocaban en un trono en Coricancha, junto con las momias de los demás señores incas muertos, para esperar el momento del regreso. Continuaría gobernando, con el mismo vigor que cuando estaba vivo, a través de los representantes de su familia —o panaca—, que consultarían con su cadáver, controlarían el relato de su reinado y seguirían imponiendo su voluntad. Así que el oro, la plata y los artefactos preciosos que un inca se llevaba consigo a la eternidad eran considerados más un tributo que un capital. Eran más ilusorios que reales, estaban más vinculados a los dioses que a los mortales, eran más un testamento de la memoria colectiva que una moneda que pudiera codiciarse en el presente inmediato.
Sin embargo, a mediados del siglo XV, con la expansión del imperio llevada a cabo por dos enérgicos gobernantes incas, Pachacútec y Túpac Inca Yupanqui, el oro y la plata empezaron a ser considerados una señal de gloria terrenal.
Pachacútec decretó que solo la familia real podía usar esos metales preciosos, mientras que Túpac Inca Yupanqui regresó de las conquistas con recuas de llamas cargadas de plata. Huayna Capac, que disfrutaba con los símbolos de poder y grandeza más que su padre o su abuelo, encargó una cadena de oro que se extendía desde un extremo a otro del mercado de Cuzco para honrar el nacimiento de un hijo.[40] Fue necesario un ejército de hombres para transportarla.
Estos metales no se trabajaban de la misma manera que se hacía con el oro o la plata en Europa, vertiendo metal líquido en moldes.[41] Los indios americanos no valoraban la solidez del metal, sino su maleabilidad y resiliencia. Crearon obras maestras martilleando el metal hasta formar láminas, golpeándolo con mazos hasta dejarlo como una hoja fina, resistente y brillante. Trabajaban las láminas alrededor de moldes sólidos y luego soldaban las partes para formar un todo magnífico y brillante.
Con el tiempo, los incas se hicieron famosos por estos símbolos de poder y, debido a las conquistas en curso, su pasión por ellos se supo en todo el continente.[42] Se les conocía como la gente de las vestimentas brillantes: los reyes blancos. El resplandor. Los guerreros del sol y la luna. Esto no quiere decir que fueran la primera civilización del continente en explotar metales preciosos o que tuvieran el monopolio de su producción. De hecho, en América el arte de la metalurgia llevaba desarrollándose miles de años. La cultura chavín, que dominó la costa de Perú durante gran parte del milenio anterior a Cristo, había destacado por sus trabajos en metal. Como los incas, habían golpeado el oro para formar con él complejos tocados y joyas, lo habían cosido para crear vestimentas y lo valoraban como una señal de nobleza, una prueba de pertenencia a un orden superior, un linaje más aristocrático. La Dama de Cao, una sacerdotisa moche que gobernó la costa peruana en el año 300 d. C., fue enterrada con un espléndido conjunto de joyas, elaborados anillos de nariz, coronas y cetros.
Las siguientes culturas andinas, la moche y la chimú, fueron igualmente diestras, sobre todo con la plata. Con el tiempo, también se dedicó a trabajar metales el poderoso pueblo muisca, una confederación muy sofisticada que habitaba las tierras altas colombianas y que, en el siglo XV, empezó a producir un oro espléndido para sus jefes tribales.[43] De hecho, la leyenda de El Dorado surgió en torno a un zipa, un príncipe muisca concreto; se decía que la joven eminencia era tan rica, encantadora y atlética, y estaba tan acostumbrada a la abundancia de metales relucientes, que se empolvaba con una gruesa capa de polvo de oro antes de sumergirse en el lago Guatavita para su baño diario.[44]
Así fue como el arte de la metalistería se propagó por la cordillera y prosperó en los aislados Andes, propiedad exclusiva de la realeza de las culturas que dominaron esas montañas durante más de tres mil años. Pero en determinado momento del siglo XI —mientras los normandos invadían Inglaterra y los vikingos se escabullían a su tierra, cuando España estaba dominada por la conquista árabe—, en las Américas tuvo lugar una invasión de una clase muy diferente. Poco a poco, el comercio procedente de los Andes empezó a aumentar en el continente y el Caribe, y el arte de la metalistería despertó el interés de pueblos de otras partes del hemisferio. Llámesele envidia, avaricia, curiosidad o serendipia de la ruta comercial, pero fue entonces, casi quinientos años antes de la llegada de los conquistadores, cuando se acentuó de verdad el interés por los metales preciosos, y el dominio de ese arte se transmitió a las grandes civilizaciones del norte a través de Panamá y el Caribe.
TENOCHTITLÁN
México, 1510-1519
No había entonces pecado. No había entonces enfermedad. No había dolor de huesos. No había fiebre por el oro.[45]
Chilam Balam, c. 1650-1750
El comercio intercontinental, sobre todo de conchas y plumas valiosas, que empezó a proliferar a lo largo de las costas llevó la metalurgia a Mesoamérica.[46] Cuando empezaba el primer milenio de nuestra era, los mayas, cuya cultura extraordinariamente avanzada florecía en lo que ahora es Guatemala y México, empezaron a extraer plata, oro y cobre con el mismo propósito que los andinos: como una señal de nobleza, como una manera de diferenciar las clases.[47] Así como la reina egipcia Hatshepsut se cubría con perifollos de oro y se empolvaba la cara con plata, los potentados mayas usaban los metales brillantes para señalar su creciente poder. A los mayas o, para el caso, a cualquiera de las primeras culturas andinas, no se les ocurrió fabricar algo tan funcional como armas y herramientas con mineral de hierro, lo cual sí hicieron los egipcios, los romanos y los germanos. Hasta el gobierno de Huayna Capac, los incas no empezaron a usar el bronce en palancas, cuchillos y cabezas de hacha. Y hasta que los aztecas empezaron a fabricar lanzas de cobre en el siglo XV, el metal no se usó para matar.[48] La piedra fue la maza preferida y la obsidiana, el ensartador predilecto, y aunque el hierro era abundante en el paisaje que rodeaba esas primeras naciones, no lo extrajeron ni pensaron en él como en un arma hasta que los conquistadores desembarcaron en sus costas. De igual manera que en el hemisferio occidental no se conoció la rueda de carga hasta el contacto con Europa, el metal no formaría parte del imaginario americano como porra o moneda hasta que la conquista lo impuso de una manera radical y transformadora.
Lo cierto es que el inesperado encuentro de España con los pueblos de las «Indias» la puso frente a un mundo original, completamente distinto de cualquiera que Europa hubiera imaginado.[49] Sin duda, era un mundo que excedía la capacidad de entendimiento de los conquistadores; apenas se detuvieron a pensar en él, puesto que no habían cruzado los mares para aprender sobre otras civilizaciones sino para enriquecerse, conseguir honores y evangelizar a los nativos, si era necesario a la fuerza. A su vez, el hemisferio hasta el que habían navegado no estaba preparado para esos desconcertantes extraños. Durante milenios, para sus habitantes, el llamado Nuevo Mundo había sido confortablemente viejo; una «gran isla, a flote en un mar prístino».[50] Aislada del resto del mundo y dejada a su suerte, era una tierra repleta de habitantes. Se trataba de los descendientes de la gente de Beringia, que una vez pobló una franja remota de praderas entre Siberia y Alaska que, diecinueve mil años antes, había sido invadida por el mar de Bering. Al migrar hacia el sur, mientras las aguas subían y les separaban de Asia y Europa, la necesidad y el espíritu pionero llevaron a estos nuevos indígenas americanos a dispersarse por el continente. Se adaptaron al terreno y dieron lugar a multitud de culturas, llevaron a cabo tanto guerras como actividades comerciales, y desarrollaron fuertes identidades tribales y unas enérgicas ansias de conquista.
En el siglo XV, cuando Europa no era más que un espacio modestamente poblado del tamaño aproximado de Brasil, los indígenas americanos ocupaban todas las zonas habitables de su hemisferio, de la tundra del Ártico a las islas del Caribe, y de las cumbres de los Andes a los reductos más profundos de la selva Lacandona. Era, por decirlo con claridad, un mundo rebosante de gente. Dicen los historiadores que en 1492 había en él cien millones de personas —una quinta parte de la humanidad— que se habían separado en diferentes culturas y tribus.[51] Los mayas habían abandonado las grandes ciudades de Tikal y Chichén Itzá para dispersarse por el campo. La capital azteca, Tenochtitlán, era el ajetreado hogar de doscientos cincuenta mil residentes[52] (cuatro veces la población de Londres en aquel momento).[53] Pero es que, fuera de los límites de la ciudad, los aztecas gobernaban a veinticinco millones más, una densidad de población que duplicaba la de India o China.[54] La capital inca, Cuzco, también era una metrópoli bulliciosa.[55] En el momento álgido del poder inca, Cuzco albergaba doscientos mil habitantes y tenía treinta y siete millones más bajo su control; más de lo que había tenido el califato árabe cuando dominaba España, Oriente Próximo y el norte de África.[56] Aunque les separaba una geografía vasta e increíblemente difícil, las grandes civilizaciones destinadas a defender su hemisferio del invasor español tenían en común rasgos llamativos. En el siglo XVI esto resultaba tan evidente que los conquistadores pudieron repetir las estrategias de conquista habida cuenta de que los aztecas y los incas eran casi idénticos en algunos aspectos importantes: eran muy jerárquicos y tenían un único emperador, que se consideraba al mismo tiempo dios, rey, sumo sacerdote y guerrero supremo. Ambos se veían a sí mismos como pueblos del sol. Tanto los incas como los aztecas habían sometido a otros pueblos asentados en grandes extensiones de tierra y habían hecho muchos enemigos. El trono no pasaba de manera automática del padre al primogénito, lo que hacía que el proceso sucesorio fuera vulnerable a la intriga y la manipulación. Ambas culturas hacían sacrificios humanos y practicaban el incesto, y por lo tanto los cristianos las tacharon convenientemente de abominables. Ambas utilizaban sofisticadas técnicas de ingeniería, agricultura, cronometría y astronomía, de modo que los conquistadores enseguida tuvieron a su disposición una amplia base de conocimiento. Ambas adoraban al sol y a la luna y los glorificaban en el arte. Pero, para los saqueadores españoles, tal vez lo más significativo fuera que ambas habían alcanzado el cenit de la producción de oro, plata y cobre y establecido sistemas de esclavitud extensos y eficientes que podían sostener —e incluso aumentar— la producción.
De hecho, el gobernador azteca Moctezuma, como el inca Huayna Capac, prefería los adornos de oro y plata a los demás. Si bien en épocas más antiguas los soberanos de América Central se habían inclinado por las esmeraldas, las amatistas, el jade, las turquesas y las piedras preciosas, Moctezuma se engalanaba con orejeras y bezotes de oro, narigueras y collares de plata.[57] En Mesoamérica, el oro —«el excremento de los dioses», como lo llamaban los aztecas— solo estaba disponible en cantidades limitadas, se obtenía sobre todo en los ríos de Oaxaca y era considerado una pertenencia exclusiva de la familia real.[58] Sin embargo, cuando a principios del siglo XV los aztecas empezaron a hacer incursiones de conquista, se anexionaron territorios vecinos que eran ricos en plata y pusieron en marcha las minas que luego España adoptaría, ampliaría y haría mundialmente famosas: Taxco, Zacatecas, Guanajuato y las abundantes vetas de Sierra Madre, algunas de las cuales siguen funcionando hoy. «Qué más grandeza puede ser que un señor bárbaro —se jactó Hernán Cortés ante el rey español acerca de Moctezuma— tuviese contrahechas [imitaciones] de oro y plata y piedras y plumas de todas las cosas que debajo del cielo hay en su señoría, tan al natural lo de oro y plata, que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese».[59]
Ese encuentro acaecido en 1519 entre Cortés y Moctezuma fue, hasta donde sabemos, el primero en el que un español contempló a un soberano americano en toda su magnífica gloria. Cortés no había visto a nadie remotamente parecido a aquel indio en La Española o Cuba, donde había pasado quince años sirviendo a la Corona española. Nacido en una familia noble empobrecida y demasiado ansioso por hacerse con el metal que le devolvería su estatus, Cortés pensó acertadamente que la eminencia que tenía ante él era un hombre con un poder formidable. Esas «contrahechas» y baratijas le traerían la gloria.
Moctezuma II era el huey tlatoani, el líder supremo de la Triple Alianza mexica, un conjunto de tribus que incluía tres ciudades-Estado: la metrópoli azteca de Tenochtitlán, así como las ciudades vecinas de Texcoco y Tlacopan. El idioma que hablaban —el náhuatl, la lengua elegante y meliflua de los nahuas, que todavía se usa en algunas zonas de Guatemala y México— formaba parte de una amplia familia de lenguas habladas por los pueblos comanche, shoshone y hopi.[60] Su imperio, que se había expandido mucho durante el mandato de las ocho generaciones precedentes de líderes aztecas, era un territorio del tamaño aproximado de Gran Bretaña.[61] Como huey tlatoani, u «orador reinante», de esta federación guerrera y belicosa, tenía un poder sin igual en Mesoamérica. Pero ese cargo no era de nacimiento. Moctezuma II había sido elegido democráticamente en 1502 por una pequeña camarilla de ancianos.[62] Escogido entre los príncipes de las familias reales de Tenochtitlán, parecía un candidato atractivo. Era prudente, serio, con un notable talento para la oratoria.[63] También era, según todos los indicios, un joven humilde. Cuando los ancianos llamaron a Moctezuma para comunicarle su decisión, cuenta la leyenda que lo encontraron barriendo el suelo del templo.[64]
Eso iba a cambiar. Carismático, serio y alto, el emperador Moctezuma tenía unas costumbres personales impecables y exigía lo mismo a quienes le rodeaban.[65] Se bañaba dos veces al día, prefería las ropas lujosas y las joyas, era quisquilloso con la comida y discreto con los asuntos sexuales. Su cara alargada, triangular, acentuada por una perilla cuidada con diligencia y una mirada penetrante, le daba la apariencia de un zorro alerta. Infinitamente encantador cuando quería, tenía un ejército de concubinas que se preocupaban por él y le consentían todos los caprichos. Se decía que tomaba pociones especiales para estimular su virilidad y que, en un momento dado, dejó embarazadas a la vez a ciento cincuenta concubinas.[66] También se decía que era fuerte, ágil y un arquero excelente, atributos con los que, al menos al principio, se ganó la admiración incondicional de sus guerreros.[67]
Si los ancianos que habían tomado la decisión pensaron que aquel hombre de modales suaves que barría el suelo del templo sería una marioneta dócil y fácilmente manejable, enseguida se demostró que estaban equivocados. Cuando terminaron los rituales de iniciación —le perforaron la nariz; le pincharon las extremidades y sangraron, como exigía la tradición—, Moctezuma se dedicó a convertir el vasto dominio de sus antepasados en un imperio propio.[68] Los libros de historia, sobre todo los escritos por los primeros cronistas europeos, describen a Moctezuma II como un gobernante débil y nervioso, un cobarde ante el peligro.[69] Nada más lejos de la realidad. Era astuto, ambicioso; un estratega consumado. Con el paso de los años, se volvió cada vez más despiadado en los asuntos humanos, violento en el ejercicio del mando y tremendamente cruel en la guerra. Se convertiría en una fuerza rabiosa e implacable (que es lo que, de hecho, significa el nombre Moctezuma en náhuatl).[70]
Tenía motivos para querer introducir cambios en los mexicas; estaba claro que había que tomar medidas drásticas. La Triple Alianza había crecido con tanta rapidez, se había vuelto tan indisciplinada, que amenazaba con venirse abajo. Las tribus conquistadas en guerras brutales habían empezado a impacientarse con los señores aztecas. Se había extendido por aquellas tierras una belicosidad generalizada y, como resultado de ello, en los territorios periféricos persistía, como una febrícula, un airado espíritu de rebelión. La población, maltrecha por el continuo temor a la violencia, se encontraba en un estado de agitación constante. Para mantenerla dominada, el ejército de Tenochtitlán empezó a controlar todos los aspectos de la sociedad, convirtiendo una antigua teocracia de sacerdotes y adoradores del sol en un Estado prácticamente paramilitar.[71] Los soldados se desplegaban a la menor provocación y surgió una camarilla de generales poderosos que apartó a la nobleza de las decisiones de Estado importantes. Los militares enseguida se implicaron también en el comercio, ofreciendo protección a una pujante clase de mercaderes igualmente poderosos que comerciaban con todo tipo de bienes desde las costas del Caribe hasta las riberas del río Bravo.[72] La plaza mayor de Tenochtitlán se convirtió en un bazar magnífico y bien vigilado para ricos empresarios que iban por libre, y un animado comercio de oro y plata, antes exclusivos de reyes y príncipes, constituía ahora un mercado boyante.[73]
Esto supuso un profundo cambio cultural. Con los aztecas, los metales preciosos se convirtieron en una mercancía más. Al igual que las conchas, las plumas y las herramientas eran, en el vibrante mercado de la época, monedas intercambiables, t
