LISTA DE ILUSTRACIONES
1. El invierno de 1918-1919
2. Rosa Luxemburgo
3. La Neue Synagoge restaurada
4. Los grandes almacenes Karstadt en la década de 1920
5. El Berlín de Weimar
6. Otto Hahn y Lise Meitner
7. Los laboratorios eléctricos de Manfred von Ardenne
8. Albert Einstein
9. Una escena de Die Nibelungen de Fritz Lang (1924)
10. Una escena de Metrópolis de Fritz Lang (1926)
11. Maquetas de Albert Speer para un Berlín futuro
12. Paul Wegener en El gólem (1920)
13. Hannah Arendt
14. El príncipe heredero Guillermo y la gran duquesa Cecilia
15. Vladimir Nabokov y su esposa Vera
16. Un bloque de viviendas de clase trabajadora en Berlín
17. La fábrica de turbinas de AEG
18. La red de metro de Berlín
19. Violencia callejera en las décadas de 1920 y 1930
20. Un desfile nazi de Primero de Mayo
21. Resultados de la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht)
22. Hildegard Knef
23. Marika Rökk
24. Los grandes almacenes Karstadt en 1945
25. La Volkssturm
26. El Tiergarten en 1945
27. Una barricada callejera para frenar a los tanques soviéticos
28. Un tanque enemigo en una calle de Berlín
29. Sachsenhausen
30. Una torre antiaérea de Berlín
31. Berlineses cobijados bajo tierra
32. El Führerbunker
33. Centro de la ciudad en ruinas en mayo de 1945
34. La U-Bahn restaurada
35. «Desescombradoras»
36. Niños jugando entre las ruinas
37. La vida en alojamientos semiderruidos
38. Una integrante del Ejército Rojo dirigiendo el tráfico
39. El hotel Adlon en 1945
40. Walter Ulbricht en una reunión de planificación de posguerra
41. Marlene Dietrich en Berlín Occidente de Billy Wilder (1947)
42. El Bloqueo de Berlín de 1948-1949
43. Mapa del Berlín dividido
44. La compañía teatral de Bertolt Brecht durante la puesta en escena de Madre coraje y sus hijos, 1949
45. El túnel espía angloestadounidense
46. Tecnología del túnel espía
47. Revista Bravo
48. La revuelta de Berlín de 1953
49. Manifestantes de Berlín Oriental se enfrentan a un tanque soviético
50. Bloques de viviendas de Berlín Este levantados por Ulbricht
51. Un edificio de apartamentos de Berlín Occidental
52. El programa infantil comunista Unser sandmännchen
53. Comienza la construcción del Muro de Berlín
54. El Muro de Berlín
55. La herida del Berlín dividido, ya curada
CRÉDITOS DE LAS ILUSTRACIONES
La mayoría de las fotografías proceden de colecciones privadas. El resto son de Alamy (11, 14, 15, 16, 19, 21, 22, 26, 27, 31, 42, 45, 50, 53, 54); Getty (2, 5, 8, 12, 17, 23, 36, 41); AKG (4, 9, 18, 38, 46, 48); Topfoto (25, 33, 37, 51, 52); Bridgeman (1); National Archives (43). En todos los casos se ha tratado de verificar el copyright, pero el editor agradece cualquier información que clarifique la propiedad de los derechos de cualquier material que conste como no identificado y tratará de hacerlo constar en futuras ediciones.
MAPAS
PRÓLOGO
«TODA CIUDAD TIENE UNA HISTORIA, ¡PERO BERLÍN TIENE DEMASIADA!»
Berlín es una ciudad desnuda. Exhibe abiertamente sus heridas y cicatrices. Quiere que se vean. La piedra y los ladrillos de sus incontables calles muestran marcas, agujeros, quemaduras; recuerdos de las balas. Estos desperfectos son ecos de un enorme y sangriento trauma del que, durante muchos años, los berlineses fueron reacios a hablar sin tapujos. Bajo la sombra del horrendo genocidio, sugerir que ellos también fueron víctimas de la guerra de Hitler era un tema tabú. La ciudad en sí hace tiempo que se curó, pero estas heridas aún no han cicatrizado: la pared de la vieja fábrica de cerveza de Friedrichsruhe muestra la huella, en forma de rayos de sol, dejada por un intenso fuego de artillería; el bajorrelieve en la base de una columna de la Victoria del siglo XIX, de Cristo crucificado, con el corazón atravesado por la metralla; la arcada románica del pórtico de entrada a la estación de tren de Anhalter, desaparecida bajo las bombas, ahora se yergue exenta y no conduce más que al vacío. En el frondoso parque Humboldthain, situado en el extremo norte del centro de la ciudad, brotan los árboles en torno a una sombría e inmensa torre de defensa antiaérea de cemento que, a finales de la guerra, sirvió como refugio, hospital y catacumba. Tal vez lo más famoso sea la derruida torre de la iglesia, rematada con metal, que preside la concurrida calle comercial de Kurfürstendamm: la iglesia memorial del káiser Guillermo. Esta torre es casi lo único que resta de la construcción original, que databa de principios de siglo; una noche de 1943 fue alcanzada por un bombardeo y quedó envuelta en llamas (tras la guerra, se construyó junto a ella una nueva iglesia de estilo moderno). Para alguien que no supiera nada de la historia de esta ciudad, la mera vista de esta extraña torre resultaría desconcertante: ¿qué podría significar esta insólita ruina conservada en medio de una indiferente zona comercial? Otras capitales europeas dan cuenta de su oscuro pasado con monumentos de una estética elegante, con el fin de suavizar los accidentados perfiles de la historia. Aquí no.
A lo largo de todo el siglo XX, Berlín ocupó el centro de un mundo convulso, y alternativamente fue objeto de seducción y de preocupación para la imaginación internacional. La esencia de la ciudad parecía radicar en su marcada dualidad: los espléndidos bulevares, los disonantes bloques de viviendas, las humeantes fortalezas de la industria pesada, las brillantes aguas y bosques de sus alrededores, los exultantes y pansexuales cabarés, la sobria dignidad de la ópera, los coloridos excesos de los pintores dadaístas, la adusta uniformidad de los masivos desfiles de la esvástica. Y, con la llegada de los nazis, un progresivo redoble de tambores de muerte. De la población judía de la ciudad, la mayoría de los que se quedaron en Berlín bajo los nazis —unas ochenta mil personas— fueron deportadas y asesinadas entre 1941 y 1943. Por otra parte, se estima que veinticinco mil berlineses murieron a causa de la acción aliada durante las últimas semanas de la guerra, en 1945. Pero, tanto antes como después, la proximidad del miedo también fue continua: para cualquier persona nacida en Berlín en torno a 1900 —de las que tuvieron la suerte de vivir hasta la década de 1970 o 1980— la vida en la ciudad fue una interminable sucesión de revoluciones; un torbellino de agitación e inseguridad que abarcó el perturbador trauma de la Primera Guerra Mundial y la enfermedad y la violencia inmediatamente posteriores; la intensa y vertiginosa irrupción de la industria moderna y la arquitectura desafiantemente revolucionaria en la que se reflejó y que invadió las otrora familiares calles y lugares de trabajo; la náusea de los profundos desplomes de la economía y la pobreza y el hambre que acarrearon; a continuación, la supremacía nazi, la psicosis del genocidio y el fuego de la guerra y, por último, el corazón de la ciudad partido por dos ideologías enfrentadas. En el núcleo de todos estos traumas estaban aquellas semanas finales de guerra, de la primavera de 1945, cuando, sobre Berlín y sus ciudadanos, se cernió una devastación comparable a los infernales castigos de la Antigüedad clásica.
La ciudad no carece de sentidos tributos a los muertos: el exquisito y reciente Monumento al Holocausto, un laberinto de monolitos que se van elevando por encima de nuestras cabezas a medida que nos vamos introduciendo en él, es uno de los pocos lugares donde el apresurado ritmo berlinés se ve obligado a ralentizarse. A pocas calles de distancia de aquí se halla el mucho más antiguo monumento conmemorativo de la Neue Wache, neoclásico y de tonos pálidos, construido en 1818, tras años de terrible conflicto europeo. En los últimos tiempos, su propósito se ha ampliado, y se ha transformado en una impresionante sala en conmemoración «de las víctimas de la guerra y la dictadura», en donde la luz entra a través de un orificio circular u oculus abierto en el techo. Pero, para Berlín, el singular cataclismo de la guerra de Hitler y la destrucción que acarreó a la ciudad nunca pueden ser conmemorados fácilmente. En la primavera de 1945, mientras estadounidenses y británicos se abrían paso a través de Alemania y sus bombarderos destrozaban cada vez más calles y edificios, convirtiendo las casas en cenizas, y las ingentes fuerzas soviéticas cercaban con decisión la ciudad y sus estridentes proyectiles perforaban el aire, los berlineses corrientes eran prisioneros de este inexorable horror, una matanza para la que el mundo no tenía piedad. La ciudad se convirtió en un campo de batalla, exponente de la obscenidad final de la guerra total. Los símbolos de la civilización se vieron reducidos a polvo, y los berlineses, forzados a una supervivencia entre escombros, al límite de la resistencia de la naturaleza humana.
Y en 1945 se añadió un elemento más de angustia, más allá de las bombas y los morteros que dejaban los cuerpos sin enterrar irreconocibles, la epidemia de suicidios de miles de ciudadanos que prefirieron poner fin a sus vidas en lugar de someterse a un enemigo que les infundía terror, así como la violación indiscriminada, en números literalmente incalculables, causantes de décadas de traumas familiares en toda la ciudad. El hecho fue que, en el resto del mundo, estas violaciones y crueldades fueron consideradas comprensibles, como ráfaga final de una venganza tan imparable como la naturaleza misma. Los líderes nazis habían impuesto la agonía y la muerte a millones de personas en toda Europa. La por entonces considerable comunidad judía de Berlín había vivido años aterrorizada antes de ser deportada y exterminada. De modo que ¿cómo podían sus vecinos berlineses pensar siquiera en decirle al mundo que ellos también habían sufrido atrozmente? Este silencio expiatorio generó una desconcertante nube de ambigüedad moral en toda la ciudad. ¿Hasta qué punto fue total el totalitarismo de los nazis en Berlín?
La caída de la ciudad en 1945 es uno de esos momentos de la historia que se erige como un faro; el haz de luz ilumina nítidamente lo que había pasado antes y lo que pasó después. No fue solo la vil muerte del hombre que estaba en el centro de la vorágine, o la forma en que su autodestrucción en un búnker subterráneo pareció ir filtrándose y disolviendo los cimientos de la ciudad misma. Ni tampoco es una historia que pueda entenderse en exclusiva como una historia militar, dado que también incluye a un enorme tapiz de civiles berlineses de a pie —que superaban ampliamente en número al de los soldados supervivientes que ya no podían protegerlos— y sus esfuerzos por no perder la cordura cuando sus vidas se vieron dislocadas. Es también la historia de quienes habían percibido las amenazantes sombras de esta violencia en los años previos. En 1945, los berlineses de más edad ya habían vivido las secuelas de la Gran Guerra y la fallida Revolución alemana de 1918; ya habían tenido que bordear las heladas calles transformadas en desfiladeros para francotiradores; ya habían tenido que sufrir periodos de escasez crónicos y un frío inclemente. En 1919, apareció un cartel por toda la ciudad que representaba a una elegante mujer bailando un tango abrazada a un esqueleto. «¡Berlín, párate a pensar! ¡Estás bailando con la muerte!», se leía impreso. El póster, inspirado por el poeta Paul Zech, se refería a las medidas de salud pública tomadas a raíz de la guerra, si bien no dejaba de sugerir una morbilidad más genérica asociada a la naturaleza de la ciudad.
En un sentido similar, la pesadilla de 1945 proyectaba su larga sombra sobre el futuro de Berlín. Entre las repercusiones del nazismo, aquellos ciudadanos de a pie tuvieron que enfrentarse a nuevas oleadas de violencia de posguerra, privaciones, angustia y todo un nuevo ciclo de totalitarismo. El gris cadavérico del Muro de Berlín, cuya construcción comenzó en 1961, fue otra de las secuelas de 1945, y mantuvo a la ciudad en el centro de la inestabilidad geopolítica mundial y potencial detonante de una guerra nuclear. Sin embargo, incluso en esta nueva encarnación de dualidad, el talento y el arte, así como su espíritu abiertamente rebelde, sobrevivieron.
Las personas no viven sus vidas dentro de unas eras fijas; aunque una época termine, la gente continúa, o trata de continuar, básicamente igual que antes. Con frecuencia, la historia reciente de Berlín se contempla a través de unos prismas que establecen divisiones fijas: el periodo guillermino, el de Weimar, el nazi, el comunista, cada uno de ellos herméticamente cerrado. Sin embargo, las vidas de sus ciudadanos formaron un agitado continuum a lo largo de todos estos distintos regímenes; fueron personas que tuvieron que estar siempre esforzándose al máximo por adaptarse a una ciudad que cambiaba a la velocidad del rayo. ¿Qué debieron de parecerles todas estas revoluciones violentas a los berlineses que tan solo deseaban vivir, trabajar y amar? Los que crecieron en la era Weimar, que luego estuvieron bajo la sombra de la caída nazi, que en los años siguientes vieron su ciudad ocupada y dominada por otras potencias… ¿Cómo pudieron mantenerse firmes sus esquemas mentales, los recuerdos de determinados barrios, cuando el paisaje urbano que les rodeaba estaba en un constante estado de desconcertante mutación y demolición, hasta el punto de que algunos nacidos en la ciudad perdían la capacidad de orientarse por sus calles de siempre? La pesadilla de la guerra tampoco puede definir por completo a estos increíblemente ingeniosos ciudadanos; explorar sus vidas y su suerte es importante para darse cuenta de que sus historias también engloban el extraordinario territorio cultural de Berlín: no solo su arte, su cine y su música, extraordinariamente innovadores y a la vanguardia del mundo, ni su valioso esfuerzo científico, sino también su tortuosa relación con su antigua aristocracia y la constante actividad de los motores de la violencia de clase y callejera.
Antes de Hitler, esta había sido una ciudad cosmopolita, que atraía a fascinados visitantes de todo el mundo. Por los elegantes edificios de apartamentos y los grandes almacenes futuristas de la década de 1920, se movían artistas con una visión sensual y satírica de la nueva realidad de la vida urbana. Esta exuberancia se extinguiría casi por completo (aunque nunca del todo, ni siquiera bajo los nazis) durante algún tiempo. E inmediatamente después de mayo de 1945, esta llama volvería a elevarse aún con más fuerza, alimentada por el oxígeno de la liberación. De otra parte, se hallaba la pionera promesa, previa a los nazis, de la realización personal. Durante algún tiempo, mujeres y hombres fueron relativamente libres para vivir conforme a su verdadera orientación sexual. Aquí, a diferencia de en otras ciudades del mundo de esa época, no se les denigraba; podían por fin expresar el amor que hasta entonces se les había negado. Una vez más, los nazis hicieron todo lo posible para asfixiar esta parte de la vida de la urbe, y por los medios más crueles. Un gran número de berlineses fueron enviados a la muerte más brutal por este motivo. No obstante, de entre las cenizas, volvió a brotar la resistencia y la capital redescubrió su gusto por la sensualidad.
La vida intelectual ciudadana era otra de sus fuerzas de empuje. Tanto en la ciencia como en las artes, toda una gama de nuevos mundos se dio cita en los laboratorios de Berlín. Antes del nazismo, esta había sido la ciudad de Einstein, pero él no fue el único innovador deslumbrante. Los misterios de la física cuántica eran explorados aquí por mentes que operaban en campos desconocidos e inimaginables. La inmolación de la urbe en 1945 deja claramente a la vista los avances que había experimentado la ciencia, y lo lejos que estaba dispuesto a llegar Stalin para arrebatarle sus secretos sobre la energía atómica y apropiárselos.
El precio de la innovación de principios del siglo XX fue la inseguridad y el aislamiento; la mera velocidad del ritmo de descubrimiento, y del cambio social, sexual y artístico, resultó estimulante para unos y provocó miedo en otros. Esto confirió a Berlín una identidad cambiante que no resultaba fácil definir. Su extraordinaria sensibilidad —evidente incluso en medio del olor a muerte y los escombros de la invasión soviética— ya había sido señalada anteriormente. «Siempre ha sido —escribió el poeta Stephen Spender— una ciudad en la que la psicología de los habitantes se mostraba abiertamente».[1] En 1930, el escritor satírico Joseph Roth escribió: «Berlín es una joven e infeliz ciudad en estado de espera».[2] Al caminar por las calles del este, dijo de Hirtenstrasse, un bulevar de austeros bloques de viviendas: «No hay una calle más triste en el mundo».[3] Sin embargo, en un anuncio de agencia de viajes de 1920, Berlín era calificada como «la nueva ciudad de la luz en Europa».[4] En 1929, se decía que «no existe una ciudad en el mundo tan inquieta como Berlín. Todo está en movimiento».[5] Max Reinhardt, director de teatro de prestigio internacional, había comentado, antes del auge del nazismo: «Lo que me encanta es la sensación de transitoriedad; cada año podría ser el último».[6] Incluso en las vibrantes luces de neón que se filtraban entre las nieblas otoñales del atardecer, la posibilidad de la oscuridad se sentía siempre cerca. Al artista George Grosz le causaban desasosiego «las oscuras fachadas de los edificios de viviendas» y la inminencia de «disturbios y masacres».[7] Y, tras la guerra, cuando las nuevas potencias ocupantes asolaron Berlín, esa intensa sensación de alienación urbana se agravó, y artistas como Bertolt Brecht indagaron en estos desgarros y fracturas. Tanto en el este comunista de la ciudad como en la parte occidental bajo dominio estadounidense, resurgió una fluida energía estética que, al igual que en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, iba mezclada con algo febril y vertiginoso, al borde de la ingobernabilidad.
Hoy Berlín es un lugar maravilloso para el paseante sin rumbo; su aparente falta de un centro claramente distinguible hace que explorarlo resulte fascinante. Uno podría inclinarse por pensar que el corazón de la ciudad se halla en la Puerta de Brandeburgo y en el restaurado Reichstag que se encuentra a su lado. Pero no: la sensación no es de boato o trascendencia, sino, simplemente, de que allí se lleva a cabo la tarea del Gobierno, sin más. ¿Tal vez el latido de ese corazón pueda escucharse entre los solemnes museos y la catedral, en la Isla de los Museos, entre esas columnatas y cúpulas neoclásicas? De nuevo, no: aunque constituyan una vista innegablemente seductora y paisajísticamente atractiva, estas grandiosas instituciones del siglo XIX parecen encontrarse tímidamente fuera de lugar; aunque causen impresión en los visitantes, ninguna característica arquitectónica revela que formen parte de la vida orgánica de la ciudad. Tal vez la clave resida en la historia de la atrozmente perseguida comunidad judía de Berlín. No lejos de aquí, un poco más al norte, tras un paseo por las orillas del río Spree, encontramos un bellísimo edificio: la Neue Synagoge («Nueva Sinagoga»), con su cúpula morisca brillando bajo el dorado sol. Sin embargo, es como una aparición fantasmal; en 1943, la sinagoga quedó medio destruida y, a raíz de la guerra, su ya gravemente dañada estructura fue deteriorándose cada vez más hasta que finalmente fue demolida. La edificación que podemos ver hoy es una reconstrucción hecha desde el sentimiento más profundo. Constituye una parte importante de la historia, aunque no toda.
Lo mismo puede decirse de otra enorme reproducción: el Berliner Schloss, un palacio del siglo XVIII construido para la dinastía Hohenzollern, incautado durante la Revolución alemana de 1918, en gran medida ignorado por los nazis, pulverizado por el bombardeo aliado y demolido por los soviéticos en la década de 1950, que ha vuelto a nacer junto al Spree, al menos parcialmente. Tres de sus cuatro inmensas fachadas exteriores han sido perfectamente recreadas en su esplendor barroco, y el edificio alberga actualmente el museo Humboldt. Sin embargo, esta recreación también ha sido objeto de una enorme controversia. Sus vehementes críticos han argumentado que hay algo siniestramente neocolonial en la deliberada reconstrucción de la sede del poder imperial. «Toda ciudad tiene una historia —comentó el destacado arquitecto de Berlín David Chipperfield—, pero Berlín tiene demasiada».[8]
Sin embargo, hay un enclave más tranquilo, más de clase trabajadora, al noroeste; unas calles con edificios de viviendas de aspecto mustio y polvoriento donde, de algún modo, ha quedado atrapado el corazón histórico más esencial de la ciudad. Se encuentra en las dependencias de un empeño admirable. El Zeitzeugenbörse —o centro para el intercambio entre testigos contemporáneos— ha tenido como objetivo captar y registrar las voces de los berlineses de a pie durante todo el siglo XX: sus vidas y experiencias a lo largo de los traumas de las distintas décadas. La antigua sensación de que el pueblo alemán tenía que reprimir sus propias experiencias de sufrimiento generó el efecto no buscado de crear una masa de materia histórica oscura: de silencio y oscuridad respecto a ciertos acontecimientos históricos. Los maravillosos académicos y voluntarios que gestionan el Zeitzeugenbörse han estado trabajando en los últimos años para conseguir que las voces de una generación de berlineses no se pierdan para siempre. Son estas voces las que nos pueden ayudar a orientarnos a través de un siglo de terror y, a la vez, de obstinada fortaleza.
Y también pueden aportar perspectivas vívidas y evocadoras: por ejemplo, a partir de los recuerdos de Helga Hauthal, que a mediados de los años cuarenta era una colegiala a la que su inocente obsesión por el cine le hizo entrar en conflicto con la inflexible autoridad; de Horst Basemann, un joven berlinés que en 1945 estuvo en el frente oriental, al recordar su niñez y las embriagadoras fogatas nocturnas en el bosque con las Juventudes Hitlerianas, en la década de 1930; del joven oficial Mechtild Evers quien, en 1945, en sus esfuerzos por escapar a un ejército ya próximo, corrió un riesgo aún peor; de Reinhart Crüger, que en 1941, cuando tenía doce años, presenció con horror cómo la Gestapo venía a buscar uno por uno a todos sus vecinos judíos, y de Christa Ronke, una joven adolescente que, como otras muchas de su edad, simplemente deseaba centrarse en sus estudios escolares mientras en 1945 el mundo se desintegraba, y luego, al igual que sus amigos, aprendió a superar el trauma de la posguerra al mismo tiempo que trataba de construirse una nueva vida en aquel desolador paisaje.
Aunque lo concerniente a los poderosos siempre queda registrado con detalle, las personas corrientes cuyas vidas se vieron sacudidas y truncadas por sus acciones e ideologías tienen un sabor y una textura que tal vez nos diga más acerca de la moral y de las decisiones humanas. Y estos temas revisten una especial resonancia en Berlín: debido a la estrecha proximidad del mal con sus vidas, estos ciudadanos resultan especialmente fascinantes. Lo que ocurrió en Berlín, y en el resto de Alemania, podría haber sucedido en cualquier parte, pero ¿cómo estas ideologías —la inexorable y fría brutalidad del fascismo y la panóptica represión del comunismo— llegaron a arraigar tan fuertemente aquí? ¿Y cómo sus repercusiones continúan sintiéndose en toda Europa y Occidente hasta aquella extraordinaria noche de otoño de 1989 en que el Muro —esa expresión última de la opresión totalitaria— cayó por fin?
En este sentido, podría decirse que es imposible entender el siglo XX sin entender Berlín. Fundamentalmente, fue el momento de la caída de la ciudad al final de la guerra, en 1945, el que sintetizó dentro de sí el horror nihilista: la muerte en masa y sin sentido, a una escala inimaginable. No obstante, incluso en aquel ambiente tan cargado, todavía era posible distinguir algunas chispas del incansable e impaciente espíritu de Berlín. Caminar hoy en día por la ciudad es sentir todas estas capas dejadas por el pasado. Con gran sensibilidad en estos últimos años, las autoridades han hecho posible apreciar las diferentes ideas de la urbe tal y como era. Lo que la culminante oscuridad de 1945 nos enseña es que, incluso cuando las sombras fueron más espesas, en Berlín todavía había vidas, amores y sueños que expresaban la verdadera alma de la ciudad.
PRIMERA PARTE
Disolución
1
LOS HABITANTES DE LA OSCURIDAD
Vivían sus vidas bajo tierra o tras gruesos muros de hormigón. Estaban enterrados. De algún modo, esto era soportable. Por toda la ciudad de Berlín había aproximadamente un millar de refugios antiaéreos construidos ex profeso, pero solamente podían alojar a una parte de la población, apenas tres millones. También estaban los sótanos bajo los edificios de viviendas, las bodegas bajo las casas y las estaciones del metro, e incluso las trincheras. Los pasajes subterráneos —perforaciones en hormigón sin recubrir, animadas con algunos carteles de furiosa propaganda— servían de incómodo refugio. Los civiles, apiñados unos contra otros, dirigían la mirada a los techos abovedados o se miraban entre sí, y cerraban los ojos cada vez que desde fuera llegaba el amortiguado estruendo y reverberaba de tal forma que podían sentirlo en sus huesos.
La primera semana de abril de 1945, el ritmo de la vida civil en Berlín había alcanzado ya un punto de terrible simplicidad: la búsqueda diaria de una ración de alimento —el que fuera— haciendo silenciosas colas, que apenas se movían y podían durar horas. Las agotadoras caminatas por las calles en ruinas, con zapatos de suelas gastadas y cubiertos de polvo, barrios enteros destruidos que se habían vuelto irreconocibles, nuevas vistas y panoramas y desorientadoras ausencias: el efecto acumulativo de meses de intensos bombardeos. El mes anterior se había producido un frenético ataque aéreo, como si los bombarderos aliados se hubieran propuesto, sencillamente, hundir bajo tierra la ciudad. Aun así, en los barrios de la periferia, en algunas fábricas que no quedaron destrozadas por estos explosivos de gran potencia, operadas por trabajadores forzados traídos de todas partes de Europa, la actividad continuó, si bien con cortes intermitentes en el suministro de electricidad y agua. Las plantas eléctricas de la ciudad que aún funcionaban continuaron en marcha, con sus altas chimeneas exhalando humo blanco; la inmensa y arquitectónicamente elegante central eléctrica de Klingenberg, cuya sombra se proyectaba sobre el río Spree al este de la ciudad, se mantuvo activa gracias a inteligentes trabajadores forzados que hacían astutas especulaciones sobre el futuro de la ciudad y sobre cuál de los aliados sería el primero en reclamarla para sí. El metro, de alguna forma, seguía funcionando, aunque solo las líneas que no habían sufrido impactos directos y únicamente para aquellos que lo necesitaban para ir a trabajar o con fines militares.
Con deprimente frecuencia, el cansino aullido de las alarmas antiaéreas de la ciudad, grave y cavernoso, daba comienzo a una nueva carrera hacia el mundo subterráneo. Desde el otoño de 1943, los bombardeos aliados habían matado y mutilado a miles de personas, dejando calles y distritos enteros prácticamente inhabitables, si bien algunos habitantes seguían viviendo entre las ruinas, renuentes a marcharse. Aquellos ciudadanos cuyos sótanos y refugios no se habían derrumbado salían cada mañana a empezar días que parecían noches de lo oscuro y denso que estaba el cielo, a veces «de un amarillo encendido», por el polvo y las cenizas.[1] Hasta el aire parecía quemado: los incendios sin extinguir dejaban un tufo a madera, pintura y caucho. Tapándose la boca con pañuelos, madres y abuelas veían cómo las autoridades de defensa civil recuperaban los cuerpos, muchos en pedazos, de debajo de los ladrillos y piedras grises. Cualquier muerte individual había perdido su carácter sagrado. Pese a la eficaz organización de entierros en masa, en el aire seguía percibiéndose el penetrante dulzor de la putrefacción. Por supuesto, no todos los restos habían podido ser recuperados de entre los escombros. Esto no se debía a la desidia; bomberos, policía y otros empleados municipales seguían afanándose en ello. Pero, al igual que los hospitales, estaban desbordados. Hubo casos en los que la ideología se disolvió en medio de tanta destrucción. El pequeño Hospital Judío del barrio periférico de Gesundbrunnen, al norte de la ciudad —fundado en el siglo XVIII y única institución judía que sobrevivió a la guerra en Berlín, principalmente por sus instalaciones y competencia profesional—, al final de la contienda simultaneaba las funciones de escondite para judíos fugitivos con el tratamiento médico de gentiles. En cambio, el céntrico Hospital de la Charité, fundado también en el siglo XVIII —algunos de cuyos doctores habían sido utilizados por los nazis en la década de 1930 para llevar a cabo monstruosos experimentos médicos y practicar la eutanasia en pacientes discapacitados y psiquiátricos— había quedado en gran medida destruido; los suministros médicos y la morfina eran demasiado escasos para proveer a las interminables procesiones de heridos. Muchos habitantes de la ciudad no alcanzaban a entender hasta qué punto su vida cotidiana había discurrido a la par que el terrible horror eugenésico del régimen.
A principios de abril de 1945 los bombardeos de los estadounidenses a la luz del día fueron aflojando, pero los ataques nocturnos de los aviones británicos continuaron. Muchos berlineses que habían perdido sus casas en estos ataques estuvieron viviendo en los refugios día y noche; para ellos, esta vida en la oscuridad debió de ser algo parecido al límite de la existencia. Las autoridades de Berlín habían previsto ya algunos años antes que la ciudad podría necesitar un refugio de este tipo. Berlín está erigido sobre suelo arenoso, por lo que las excavaciones siempre resultaban un engorro, ya fueran para obras de alcantarillado o para las vías del metro que comenzaron a construirse a partir del cambio de siglo. En 1935, los nazis estipularon que cualquier nuevo proyecto de edificación incluyera un sótano que pudiera utilizarse como refugio. La virulencia de los primeros ataques británicos sobre la ciudad en otoño de 1940 dio lugar a un «Programa de Construcción de Búnkeres para la Capital del Reich». En abril de 1945, tras dieciocho meses de constante bombardeo aliado, un gran número de estos búnkeres y sótanos se habían convertido en tumbas selladas. Calles enteras se habían derrumbado bajo el lanzamiento de millares de kilos de explosivos pesados, que habían caído sobre sótanos y pasadizos subterráneos habitados en los que los equipos de rescate se esforzaban por entrar. Uno de los riesgos a los que se enfrentaban aquellos que moraban en los refugios era que las bombas hicieran explotar las cañerías del agua, ya que en ese caso su muerte se debería al ahogamiento, al elevarse el agua hasta el techo demasiado rápido, sin darles tiempo a escapar. Las estaciones del metro eran también vulnerables, dado que las líneas discurrían solo a unos metros de la superficie.
Pese a toda esta adversidad, el agudo humor berlinés siguió de algún modo presente. Se decía que las iniciales LS, correspondientes a luftschutz («refugio antiaéreo»), en realidad significaban lernen schnell russisch, o «Aprenda ruso rápidamente».[2] Pero el humor no conseguía acallar el miedo. Desde comienzos de año, en unos días en que las implacables heladas berlinesas revestían las calles de una sensación metálica, la ciudad se había ido llenando de exhaustos y traumatizados refugiados rurales. Algunos habían llegado en tren, otros lo habían conseguido andando, procurando no resbalar en los helados adoquines y rieles de tranvía, dirigiéndose hacia el oeste sin una meta fija. Llegaban huidos de las tierras que les habían sido arrebatadas, llevando consigo los recuerdos de quienes habían dejado atrás y no habían podido escapar del Ejército Rojo, mujeres violadas repetidas veces, muchas de las cuales fueron luego torturadas y asesinadas.
Algunos civiles berlineses eran conscientes (y estaban temerosos) de que las ingentes fuerzas soviéticas, que iban congregándose en la distancia y avanzando inexorablemente hacia ellos, habían sido a su vez testigos de la depravación y las obscenidades cometidas por los nazis, que tenían a los prisioneros de guerra soviéticos en corrales a la intemperie, donde, según las estimaciones, a como mínimo tres millones de ellos se les había dejado morir de hambre bajo el cielo helado. Y, llegado agosto de 1944, mientras iban expandiéndose desde el territorio soviético hacia Alemania, un gran número de soldados del Ejército Rojo había podido leer en su periódico, Krasnaya Zvezda, el aterrador relato sobre un campo de Polonia llamado Majdanek, escrito por el soldado y poeta Konstantin Simonov. Sus angustiosas descripciones de las cámaras de gas, y de los «miles y miles de pares de zapatos de niños»[3] allí tirados, se contaban entre los primeros informes sobre aquellas atrocidades, y eran tan desgarradoras que algunas autoridades británicas y estadounidenses no las creyeron del todo. Los rumores de lo que estaba ocurriendo en los campos de la muerte ya habían llegado a Berlín. Brigitte Lempke, que en aquella época era una colegiala, recordaba que una compañera, en un aparte, le dijo: «Te voy a contar una cosa, pero no se la digas a nadie o pasará algo muy malo». Un poco asustada, Brigitte así lo prometió y su compañera le contó que un tío suyo, que era médico, había vuelto del este. Una noche, cuando se suponía que la niña estaba en la cama, le escuchó hablar entrecortadamente con sus padres. Estaba llorando, dijo. Había visto hornos en los que iban a quemar a personas. La niña utilizó un símil muy expresivo: «Igual que se mete el pan en horno, meten allí a gente».[4] Una imagen que Brigitte nunca consiguió olvidar.
Y para el Ejército Rojo, la naturaleza de los que estaban tratando de derrotar había quedado todavía más patente con los descubrimientos de Treblinka y, en enero de 1945, de Auschwitz. «Liberación» parecía un término demasiado jubiloso para el rescate de esqueletos vivientes entre obscenos montones de cadáveres. También habían encontrado fosas comunes en bosques recónditos. Estos jóvenes soldados no necesitaban mucho para endurecerse frente al enemigo, pese a lo cual sus superiores soviéticos en un principio no dejaban de insistirles, a través de la prensa y la radio, en que estos campos no eran solo responsabilidad de los oficiales nazis, sino de la sociedad alemana en general. Eran emanaciones procedentes de la propia naturaleza de la patria. Más adelante llegaría un momento en el que, con la caída del régimen nazi, los soviéticos cambiarían de postura, insistiendo en que la clase trabajadora alemana no tenía la culpa, pero hasta que aquella monstruosidad fue aplastada, los soldados del Ejército Rojo no podían evitar hacerse preguntas sobre la humanidad de los civiles que se iban encontrando.
El ciclo de la venganza avanzó a una velocidad terrible. En parte, a principios de abril, se debió a las tensiones entre los aliados. Las fuerzas estadounidenses y británicas, tras abrirse paso desde el oeste, se disponían a lanzarse a un ataque final sobre Berlín. (Los aliados ya habían decidido hacía tiempo —no sin dificultad— cómo sería la división de Berlín y qué zonas de la capital derrotada ocuparía cada uno; las negociaciones de la Comisión Consultiva Europea en Londres llevaban en marcha desde el otoño de 1943, con figuras como el diplomático del Departamento de Estado norteamericano Philip E. Mosely negociando con sus homólogos británico y soviético sobre «líneas apresuradamente trazadas en lápiz»[5] en los mapas). En aquel momento, en The Daily Telegraph de Londres, el teniente general H. G. Martin llegó a manifestar que a las fuerzas de Hitler todavía «les quedaba algo de fuelle» y que no dejarían que el Ejército Rojo del mariscal Zhukov se acercara. Su predicción era que serían los estadounidenses bajo el mando del general Bradley, o bien los británicos bajo el del capitán general Montgomery, quienes tomarían la «Fortaleza número dos Berlín».[6] El primer ministro británico, Winston Churchill, sabía que la conquista de la ciudad extinguiría definitivamente la llama nazi; pero los estadounidenses al mando del general Eisenhower ya se habían retirado silenciosamente de la carrera; y el presidente Roosevelt, solo unos días antes de morir, e impaciente por que Estados Unidos se implicara a largo plazo en Europa, estaba convencido de que la carrera la ganarían los soviéticos. Esta decisión le fue comunicada a Stalin a través de Eisenhower, pero aquel, en su permanente paranoia, simplemente no la creyó. Él mismo había desplegado un doble engaño ante sus aliados, diciendo que ya no consideraba Berlín la máxima prioridad, para luego, el 1 de abril de 1945, decir a sus altos comandantes, los mariscales Georgy Zhukov e Ivan Konev, que debían llegar los primeros a la capital alemana. Zhukov, de cuarenta y ocho años, había nacido y crecido en una aldea a poco más de cien kilómetros de Moscú. La suya había sido una infancia rural de principios de siglo enmarcada en un extenso paisaje de abedules y ríos de aguas bravas, donde la harapienta pobreza era endémica pero encontraba el consuelo de alegres recuerdos de la pesca y los frutos recién cogidos de los bosques en verano. En este sentido, aunque Zhukov había vivido y crecido con las mareas de la historia y la Revolución rusa, se asemejaba a los jóvenes hombres y mujeres que tenía entonces a su mando (si bien muchos de estos jóvenes habían conocido el hambre —y en algunos casos, la hambruna— provocada por Stalin con la colectivización de las granjas en la década de 1930 en lugar de la opresión de los minifundios zaristas). No hacía mucho que Zhukov y sus fuerzas habían visto sus amadas tierras devastadas por los nazis, y se sentían en ese momento impulsados por una energía arrolladora e implacable en cuyo núcleo se encontraba la imagen de Berlín.
Cuando las noticias sobre el Ejército Rojo traídas por los refugiados alemanes que habían podido escapar a las violentas represalias fueron filtrándose osmóticamente entre los berlineses, se fue llegando al entendimiento de que su idea e imagen de civilización pronto iba a tener que enfrentarse a un impredecible ajuste de cuentas. En este sentido, el impulso de cobijarse en la penumbra de los refugios antibombas era una respuesta racional al terror del mundo exterior.
No todos los refugios eran subterráneos. Había construcciones sorprendentes en las esquinas de ciertas calles, o escondidas entre los árboles de los parques de la ciudad. Algunas consistían en simples cilindros de cemento anónimos con tejados inclinados, mientras que otras adoptaban la forma de los edificios que las rodeaban, como oficinas o apartamentos, aunque su textura rugosa y las pequeñas ventanas practicadas toscamente en los muros las hacían un tanto extrañas. Varias de estas estructuras se levantaban sobre los suelos de arena de los espacios de recreo, y sus entradas eran simples losas de hormigón inclinadas. Dentro había túneles sin salida a ninguna parte. En el distrito de Wittenau, al norte de la ciudad, había dos búnkeres de hormigón de unos quince metros de alto, de planta cuadrada y con sencillas entradas en forma de arco que evocaban asociaciones aún más macabras, por su parecido a los grandes mausoleos familiares. En la céntrica zona de Kreuzberg se encontraba uno de los refugios más ingeniosos: un enorme gasómetro de forma redonda, construido en el siglo XIX, se había convertido en el búnker Fichte (estaba ubicado en Fichtestrasse): los muros se habían reforzado y su oscuro interior, de seis plantas, se había dividido en setecientas cincuenta pequeñas habitaciones. Se le suponía una capacidad para seis mil personas. A principios de 1945, a veces llegó a albergar a treinta mil. A los vecinos de Kreuzberger se añadieron desamparados refugiados de las zonas rurales llegados a Berlín justo cuando empezaba a oírse el temible zumbido de los bombarderos acercándose.
Dada su poca profundidad, la sensación de inexpugnabilidad de los refugios de la red del metro no era más que ilusoria. Incluso en la estación de Moritzplatz, donde había una capa más de túneles bajo las vías, la impresión de seguridad quedó pulverizada de golpe cuando una bomba alcanzó la estación, causando la muerte instantánea de treinta y seis personas.
La estimación de esos últimos dieciocho meses de la guerra es que unos veinte mil civiles murieron debido a los ataques aéreos. A lo largo de ese tiempo, los ojos de cientos de miles de berlineses fueron acostumbrándose a un mundo de catacumbas, bombillas desnudas, toscos muebles de madera y cubos de desechos. Hubo algunos, no obstante, que no pudieron contener su ira ante lo que consideraban el comportamiento bárbaro de un desalmado enemigo y ante la vida que estaban obligados a llevar. Poco tiempo antes, la fotógrafa Liselotte Purper, que había trabajado con el departamento de propaganda de Goebbels, escribió a su marido Kurt, destinado en el este, una de las últimas cartas que recibiría de ella antes de que le mataran. «¡No puedo más de rabia! —decía—, ¡solo de pensar en la brutalidad con la que nos violarán y asesinarán, en la terrible desgracia que solo el terror aéreo está causando en nuestro país!».[7]
La mayoría de quienes se cobijaban en los refugios eran mujeres, muchas de ellas con niños pequeños. Parte del extenuante terror que generaban las sirenas de alarma de los bombardeos residía en la velocidad a la que los niños tenían que ser sacados de la cama, vestidos y llevados en volandas al refugio más próximo, a veces en cochecitos de bebé cargados hasta arriba de cosas. Luego, durante estas noches de estruendo, había que tranquilizar a las asustadas criaturas. Al norte de la ciudad había un gran parque ajardinado, el Humboldthain. El nombre hacía honor a una de las figuras históricas más destacadas de Berlín, el naturalista del siglo XVIII Alexander von Humboldt, que había cruzado océanos enteros para estudiar las maravillas botánicas y geográficas de todo el mundo. En tiempos de paz, este parque había puesto el contrapunto sosegado y florido a las desangeladas calles que le rodeaban. En aquel momento, este enclave pasó a caracterizar el profundo desasosiego de la ciudad. Pese a los incendios provocados por los incesantes bombardeos nocturnos y los estragos causados por ciudadanos desesperados en busca de combustible, todavía quedaban algunos árboles altos y frondosos, recortándose contra el gris del cielo. Pero en algunas zonas de césped del parque se habían abierto trincheras, zigzagueando como si fueran relámpagos, sobre las que se alzaba una gran torre cuadrada de hormigón, de unos sesenta metros de alto por otros treinta de ancho, coronada con plataformas octagonales para la artillería antiaérea. Por la noche, el tejado de la torre quedaba a cargo de muchachos adolescentes, sin apenas entrenamiento en las armas, que, impotentes, dirigían los cañones antiaéreos contra el flameante cielo. Y en su interior era donde los ciudadanos corrían a refugiarse cuando llegaban los bombarderos aliados.
La forma de la torre de defensa antiaérea del parque Humboldthain —una de las tres estructuras de este tipo que existían en la ciudad— resultaba a la vez algo ajeno y extrañamente familiar. Pese a la tosquedad del hormigón, las estrechas ventanas recordaban a las de castillos de siglos pasados. Su sombrío interior apestaba a humanidad. Miles de personas se habían estado congregando en estos refugios diariamente a lo largo de los últimos meses. El número máximo que podía repartirse entre aquellas lúgubres plantas era de veinte mil personas, pero, debido al pánico, eran muchos más los que se introducían en ellas como podían. Las caras conocidas, sentadas en sus bancos y catres de siempre, se mezclaban con las de personas extrañas en aquella penumbrosa y mal ventilada intimidad. Los bajos techos de las habitaciones y pasillos de la torre estaban iluminados con pálidas bombillas azules que daban a los rostros una lividez fantasmal. El nivel de higiene no podía ser más precario y desagradable: puro compostaje. En las noches más crudas de aquella heladora primavera, los enormes muros, de varios metros de grosor, proporcionaban aislamiento, pero ninguna ventilación, y las pequeñas ventanas se mantenían completamente cerradas para que los bombarderos no pudieran detectar ni la más mínima luz. Pegadas a las paredes había hileras de rudimentarias y chirriantes literas. A algunos, la mera idea de un sueño profundo les habría parecido absurda. Y, sin embargo, allí había familias que se habían adaptado a esta nueva vida a media luz y que solo salían de la fortaleza para conseguir la comida racionada. Muchos habían visto sus casas derrumbarse bajo el feroz bombardeo aliado. Con ellas no solo habían perdido su techo y su cobijo, sino todas las posesiones que constituían la memoria familiar: las fotografías, sus viejos muebles de madera de caoba, porcelanas y vajillas, todo lo que representaba un cierto tipo de estabilidad y continuidad. Los lazos que unían a estos refugiados con su pasado se habían roto de golpe. Y aquella oscura torre de cemento se había convertido en su hogar. Otros la utilizaban menos, solo en los casos de emergencia más extrema, cuando los bombarderos se aproximaban a la ciudad. Estar allí no les parecía lo más saludable. «Cuando los cañones del tejado abrían fuego —recordaba Gerda Kernchen, que entonces tenía dieciséis años—, todo el edificio temblaba, te destrozaba los nervios».[8]
El simple hecho de la existencia de este edificio —que empezó a formar parte del horizonte del barrio de Gesundbrunnen en 1943, construido con mano de obra forzada— ya resultaba indicador, para algunos berlineses, de que el rumbo de la guerra había cambiado. Durante los gélidos días de febrero y marzo de 1945, cuando las fronteras alemanas ya habían sido penetradas por el este y por el oeste, fue convirtiéndose cada vez más en un sombrío símbolo del asedio. A este se sumó la claramente visible imagen de otra torre antiaérea que se alzaba imponente sobre el zoo de la ciudad. En cierto sentido, este refugio transmitía una sensación todavía más perentoria: en su tercera planta —también de desangelado hormigón visto— albergaba un hospital de campaña. Las instalaciones y la iluminación eran precarias; una de sus secciones se utilizaba como ala de maternidad. Incluso en la primavera de 1945, seguían naciendo bebés en esta fría ciudad devastada por la guerra.
Una torre de defensa antiaérea ubicada dentro del distrito de Friedrichshain, al este de la ciudad, escondía un secreto celosamente guardado: una gran cantidad de obras de arte y antigüedades procedentes del Museo del Káiser Federico y otras galerías de arte, así como de patrimonio robado a propietarios judíos. Entre las obras de arte ocultas en la torre Friedrichshain se incluían cuadros de Caravaggio (San Mateo y el ángel, Retrato de una cortesana) y de Botticelli (La Virgen y el Niño con san Juan), entre otros, y estaban casi ridículamente desprotegidos. A comienzos de 1945 se había ideado un plan para poner a buen recaudo la colección de cuadros y esculturas en Pomerania (en la costa occidental de la conquistada Polonia), pero el meteórico avance de los soviéticos dio al traste con la idea. Una mina de potasio de Schönebeck (ciudad situada a unos noventa y seis kilómetros al sudoeste de Berlín) fue la siguiente posibilidad, pero al estar todos los hombres sirviendo en el Ejército y las mujeres aptas para el trabajo destinadas en otros lugares, tampoco fraguó. Y pocas semanas antes, después de que otro de los museos de la ciudad cayera bajo las llamas de las bombas incendiarias, se habían llevado todavía más obras de arte a la torre Friedrichshain. En marzo, varios directores de museos habían coordinado un nuevo plan: utilizar las minas de Grasleben (una zona al oeste de Berlín y cercana a Hannover) y de Ransbach (en el oeste de Alemania, cerca de Fráncfort). Algunas de estas obras de arte fueron cuidadosamente empaquetadas y sacadas de la ciudad, mediante enormes contenedores, y llevadas al campo. Los últimos de estos convoyes salió el 7 de abril, dejando muchas tras de sí.
Los civiles curioseaban entre estas obras maestras descartadas en busca de algún alimento almacenado, ya que, aunque los tesoros artísticos estaban siendo evacuados, los ciudadanos no. Nunca hubo ninguna tentativa conjunta de encontrar algún refugio temporal para los berlineses en pueblos o aldeas fuera de la capital. A los efectos, eran prisioneros cercados por los límites de la ciudad; no había ningún otro sitio al que pudieran ir. Por el contrario, en los dieciocho meses anteriores, había habido familias que habían regresado a Berlín. Entre ellas estaban los niños que previamente habían sido secuestrados en masa por las autoridades y llevados a albergues en regiones montañosas de aire puro. Muchos estaban impacientes por volver, así como las madres y abuelas que añoraban los lugares de referencia que habían constituido su hogar, aun cuando estos estuvieran desapareciendo.
La ciudad estaba siendo defendida, pese a que la Wehrmacht estaba letalmente mermada; a partir del 20 de marzo, el Grupo de Ejércitos del Vístula —llegados para hacer frente a las ya próximas fuerzas soviéticas— había estado al mando del general Gotthard Heinrici, un veterano de cincuenta y ocho años procedente de una familia de teólogos protestantes, cuya sólida fe luterana provocaba desconfianza en sus superiores. En momentos anteriores de la guerra, las enconadas discrepancias con la jerarquía le habían conducido a un periodo de retiro forzoso; pero entonces, con el Ejército Rojo a ochenta kilómetros al este de Berlín, el rehabilitado Heinrici recibió el encargo de impedir que esta gran fuerza militar cruzara el río Óder y siguiera avanzando hacia la capital. Aunque entre los ciudadanos a los que protegían corrían rumores sobre unas supuestas nuevas armas, más poderosas que los misiles V-1 y V-2 que habían estado surcando los cielos del canal de la Mancha y causando devastación en Londres, Gotthard Heinrici sabía perfectamente que este milagro estaba muy lejos de producirse. El anterior jefe del Grupo de Ejércitos del Vístula —el reichsführer de las SS, Heinrich Himmler— había dejado que le destituyeran del puesto tras quedar demostrada su lamentable ineptitud. El hombre que había ideado la estructura del Holocausto y los repugnantes medios para acabar con la vida de millones de personas se había retirado al Sanatorio de Hohenlychen, a kilómetros de distancia de Berlín en dirección norte, aquejado de una autodiagnosticada gripe. Mientras, en la ciudad de la que él se había marchado, los altavoces de la calle emitían enfáticas soflamas redactadas por el ministro de propaganda Joseph Goebbels. El ministro llamaba a mantener la fe. A principios de la década de 1920, la imagen que Goebbels tenía de Berlín era la de un «monstruo de asfalto» que hacía a las personas «crueles e insensibles»;[9] el asfalto había apartado a la gente de Berlín del verdadero espíritu alemán; la ciudad había sido «asfaltada por los judíos».[10] En 1926, ya era gauleiter —líder del partido nazi regional— de la ciudad: un cargo que ostentó hasta su muerte. En un incisivo y brillante estudio sobre su uso del lenguaje, el filólogo de la época Victor Klemperer trazaba las cambiantes actitudes de Goebbels hacia Berlín; cómo el conflicto entre «la tierra y el asfalto» fue atemperándose e idealizándose hasta llegar al punto, en 1944, de declarar: «Sentimos un gran respeto por el indestructible ritmo de vida, y la férrea voluntad de vivir demostrada por nuestra población metropolitana».[11] Tampoco es que dicha población tuviera muchas opciones.
Había también muchos ciudadanos berlineses que expresaban, muy discretamente, sus dudas sobre las nuevas armas milagrosas. Detrás de estos rumores sediciosos —compartidos con cautela en una ciudad donde los blockwart o guardas de bloques de viviendas todavía mantenían una feroz vigilancia sobre la conducta pública de sus vecinos— yacía la triste y fría conciencia de la realidad. No había vuelta atrás ni salvación posible. Los adolescentes que entusiasta pero inútilmente disparaban las armas antiaéreas desde el tejado a los bombarderos que volaban a gran altitud eran colectivamente conocidos por las iniciales LH, de lüften helfer («los ayudantes del aire»). Los civiles que estaban refugiados abajo interpretaban estas iniciales de forma diferente (a la manera antes comentada de las lernen schnell russisch): les llamaban letzte hoffnung, esto es, «la última esperanza». Tras la broma yacía una pesada carga de amargura. De forma paradójica, la sociedad opresivamente laica diseñada por los nazis desde mediados de la década de 1930 se sostenía sobre una fe pararreligiosa: requería la absoluta confianza en el Führer y en los encargados de llevar a cabo su obra. Para que esta visión de Alemania, y de Berlín, fuera coherente, se requería creer en que el Estado tenía derecho a un control absoluto sobre cuerpo y mente, y a utilizar este control para alimentar y proteger a las personas. También requería creer en armas milagrosas. Y dentro de los refugios y sótanos, la fe estaba desapareciendo. Hubo quienes, como el general Heinrici, se aferraron a su fe cristiana pese a todos los esfuerzos del Gobierno por marginar a las iglesias y los seglares. Era la suya una fe que no se podía proclamar demasiado en alto. Si rezaban en privado, lo hacían en silencio.
Y, sin embargo, en la ciudad también había otros que —literal y metafóricamente bajo tierra— se mantenían fieles a su antiguas creencias y comunidades pese al furor del exterminio. A pesar de la sistemática deportación de la mayor parte de la población judía a Auschwitz y a otros campos de la muerte, hubo un número significativo de judíos, alrededor de unos mil setecientos, que consiguieron quedarse en Berlín, escondidos. Increíblemente, habían sobrevivido. En algunos círculos, muy cerrados y selectivos, se les conocía como los «submarinos».[12] Muchos de estos judíos habían sido acogidos por amigos y socios gentiles. Algunos se vieron obligados a pasar gran parte de sus vidas ocultos en la casi permanente oscuridad de los sótanos. Una de ellas fue Rachel R. Mann, quien recordaba que se encontraba fuera de casa el día que la Gestapo fue a buscarla a ella y a su madre. Cuando llegó a casa, una vecina compasiva la acogió; pero durante el invierno y la primavera de 1945, cuando la histeria de algunos funcionarios nazis aumentó más todavía, se vio obligada a quedarse en el sótano. «[La vecina] me traía cada día algo de comer, y a veces me subía a su apartamento para que me pudiera dar un baño. Estuve allí abajo hasta el final de la guerra».[13]
Marie Jalowicz-Simon, entonces Marie Jalowicz, llevaba evitando a las autoridades desde 1942, tras haber logrado esquivar a un funcionario de la Gestapo una mañana; horas después, cuando un cartero trató de entregarle una carta, ella simplemente le dijo que su «vecina» Marie había sido deportada al este. Así quedó escrito en el sobre, consiguiendo al parecer soslayar la burocracia municipal. Poco después descubriría —llevando una chaqueta sin una estrella amarilla— que, aunque procedía de una familia claramente de clase media, en los barrios de clase obrera de la ciudad la tratarían con la máxima amabilidad y generosidad mientras buscaba trabajo en las fábricas.[14] Ya en la primavera de 1945 se refugió en una pequeña casa situada en uno de los barrios de la periferia norte de la ciudad entre sus conciudadanos, de los cuales solo unos pocos conocían su verdadera identidad. Para ella, estos berlineses de clase trabajadora eran sus salvadores y el verdadero espíritu de la ciudad. En opinión de Simon, ellos entendían la magnitud del crimen cometido por el Estado, a diferencia de las clases medias, que habían capitulado ante la filosofía nazi. «Fue, sobre todo —afirmaba—, la burguesía ilustrada alemana la que falló».[15]
Algunos de estos «burgueses ilustrados alemanes» habrían argumentado que no habían tenido otra opción, que no merecían compartir la culpa colectiva y que sus noches pasadas bajo los edificios, con el miedo a que las bombas cayeran sobre ellos, eran una forma de purgatorio o penitencia.
El racismo y el entusiasmo suscitado por las teorías eugénicas no fueron exclusivos de la Alemania de entreguerras; dichas creencias estaban tan extendidas en algunos círculos que se consideraban naturales y respetables (el médico del rey Jorge V, lord Dawson de Penn, fue solo una de las muchas figuras del establishment británico que se interesó por la eugenesia, así como algunos destacados políticos de izquierdas). Cuando estos berlineses se vieron obligados a vivir bajo tierra debido a los bombardeos, fueron muy pocos los que reflexionaron sobre cómo toda su sociedad había sido envenenada por la obsesión de la superioridad y la degeneración racial. Lo tenían demasiado cerca para poder verlo. Para algunos seguiría siendo así incluso después de la guerra.
Pero cuando todas aquellas personas, los ricos y los no ricos, juntaron sus provisiones —exiguas cantidades de pan de centeno y carne, y las celosamente guardadas reservas de alcohol, desde merlot hasta brandy— fue cuando subliminalmente fueron conscientes de que su Führer se había convertido también en un permanente refugiado. Mientras en la radio se hablaba, con diferentes grados de énfasis, de la victoria que estaba próxima y de la necesidad de que todos los ciudadanos defendieran su hogar, era evidente que el Führer ya no estaba haciendo apariciones públicas. Muchos de los que habían visto de cerca a su líder en los mítines habían experimentado una sacudida emocional cuando los ojos de Hitler se habían cruzado con los suyos; una sensación de que, de algún modo, él los conocía y se sentía estrechamente unido a ellos. Pero, en la primavera de 1945, la ausencia del Führer estaba rompiendo ese encanto hipnótico.
Y muy pocos berlineses se habrían imaginado —incluso aunque contemplaran la posibilidad de la existencia de un cuartel general subterráneo— la sombría e insólita realidad de los túneles que había bajo el centro de la ciudad. En la superficie, en el jardín de la Cancillería del Reich, había un cubo de hormigón con puertas, una de las muchas entradas al complejo. Una vez que el visitante había superado el control de entrada de los guardias y su obsesivo e intrusivo registro corporal, había que bajar por una escalera en espiral para entrar en este mundo aparte. Al pie de estas escaleras, había más guardias, más puertas y, a continuación, en un confuso embrollo de habitaciones y pasillos, un laberinto de hormigón visto. Por todas partes había señales de unas obras realizadas a toda prisa: en el suelo se veían pequeños charcos formados por el agua que goteaba del techo. En aquella madriguera había dispersas salas de reunión, cocinas, retretes e instalaciones básicas para el aseo, dormitorios y una centralita telefónica. Luego había más escaleras, que descendían a un nivel de algo más de doce metros bajo tierra y conducían a un submundo aún más mortecino. Aquí era donde, el 1 de abril, el Führer se había establecido de forma permanente junto a su compañera (que en breve se convertiría en su esposa) Eva Braun, su perra de raza pastor alemán Blondi y varios cachorros. El aire acondicionado emitía un zumbido bastante ruidoso, como el de un moscardón atrapado. No funcionaba muy bien. El ambiente olía a cerrado. Los funcionarios recorrían los pasillos a todas horas y su encorvado líder les mandaba llamar a las horas más intempestivas. Era un mundo en el que el Führer decidía cuándo era de día y cuándo de noche; las reuniones con los altos jefes militares se programaban para empezar antes de la medianoche y a veces no terminaban hasta el amanecer. En medio de aquella mole de cemento, se perdía la noción del tiempo. Cuando estos comandantes y funcionarios del partido dormían, ¿serían capaces de soñar? En la intimidad de estas imágenes, ¿compartirían las delirantes ideas que su Führer concebía estando despierto?
En el resto de la ciudad, los niños sufrían pesadillas. Sabine K., de nueve años, «dormía muy mal»[16] en su refugio del sótano, como confesó en su diario. Había soñado que «un ruso» había entrado en el sótano y le había «pedido agua». Ella se había alejado por un pasillo, que hacía una curva y luego se convertía en un lugar desconocido en el que brillaba «una luz amarilla», y de repente se quedaba aterrorizada al ver a un hombre de rasgos «chinos» que le arrancaba el abrigo y la «tocaba».[17] ¿Era esta pesadilla consecuencia de la propaganda nazi que describía al enemigo en puertas como «hordas asiáticas»?[18]
Sorprendentemente, en todos aquellos sótanos, búnkeres y bodegas, así como en las estaciones de metro de Berlín y en las torres de hormigón que rodeaban el lóbrego laberinto del Führerbunker formando grandes círculos concéntricos, la gente a veces conseguía descansar. La intérprete de música Karla Hocker recordaba que había otra forma de percibir el ambiente del frío y húmedo sótano en el que ella estaba. «Un ambiente curioso, una mezcla de cabaña de esquí, albergue juvenil, sótano revolucionario y ópera romántica».[19] Ella y sus compañeros no pensaban más que en dormir. Para los que estaban fuera, bajo el cielo abierto —los cada vez más fanáticos oficiales de las SS y la Gestapo, y los de paisano, con la mirada atenta a la más mínima contravención de los deseos del Führer, listos para castigarla, y para los jovencísimos adolescentes apostados en los tejados de aquellas torres grises, a cargo del manejo de artillería antiaérea que inundaba el cielo con ráfagas de fuego intermitente—, el sueño era entonces una mera cuestión de sucumbir al agotamiento. El cansancio, al igual que el hambre, era un estado permanente. Solo algunos meses antes, todos estos berlineses, desde los refugiados más ancianos a los más jóvenes reclutas de las Juventudes Hitlerianas, habían llevado una vida que a otros les habría parecido absolutamente normal: colegio, cafés, conciertos. Y ahora habían aceptado con asombrosa velocidad la perspectiva de un final catastrófico. La velocidad era una de las principales características de esta ciudad.
Esta nueva existencia subterránea había sido comentada poco antes por un piloto de reconocimiento soviético al sobrevolar el este de la capital. Él tenía la idea de que Berlín era un lugar caracterizado por la actividad y la luz, los fuegos de las fundiciones, el seductor brillo y las novedosas luces de neón del consumismo. Y lo que veía era una ciudad invernal y oscura; tranvías parados en calles vacías; enormes complejos industriales hechos pedazos y ennegrecidos; bulevares desiertos, sin una sola alma. ¿Qué había sido de esta ciudad de la luz?
2
LOS NIÑOS MÁRTIRES
Estos chicos se habían amoldado a la oscuridad, pero sus espíritus nunca habían sido doblegados del todo. El régimen se había propuesto controlar no solo lo que aprendían, sino también sus mundos de fantasía interiores. No obstante, siempre había quedado un atisbo de ingobernabilidad e imaginación infantil fuera del alcance del poder del Gobierno nazi. Llegada la primavera de 1945, el régimen de Berlín simplemente pretendía dar a esta infancia un final prematuro. Jóvenes adolescentes estaban siendo reclutados (en algunos casos, se presentaban como entusiastas voluntarios) para tareas militares. Todos ellos eran conscientes de que se enfrentaban a la perspectiva de su propia muerte. No se trataba de un temor abstracto; para algunos de estos chicos el terror era imposible de superar y podía verse claramente reflejado en sus rostros. Otros, como Alfred Czech, que a los doce años de edad fue presentado ante el Führer, en los últimos días de vida de Hitler, para recibir la Cruz de Hierro, en un cierto y terrible modo, creían que su rol de niños soldado era algo natural. «De pequeño no pensé mucho en ello, solo quería hacer algo por mi pueblo —contaría al ser entrevistado décadas más tarde—. No sabía que era demencial mandar niños al frente de batalla. Era la guerra».[1] En ese momento era parte de la Volkssturm («la tormenta del pueblo»). Se trataba de la expresión física de la «guerra del pueblo»: el reclutamiento de todos los varones civiles que, hasta ese momento, por cualquier razón debida a cuestiones de salud o trabajo, habían quedado exentos del servicio militar obligatorio. En abril de 1945, aquella red se había ampliado y había pasado a incluir a chicos que ni siquiera habían cambiado aún la voz. Tampoco las chicas jóvenes —pertenecientes a la Liga de las Muchachas Alemanas, a veces también con solo doce años— fueron excluidas del campo de batalla urbano. Theresa Moelle, de quince años, recibió instrucción en el manejo del lanzagranadas de mano Panzerfaust. En los días siguientes, tendría que utilizarlo. Al igual que los chicos de la Juventudes Hitlerianas, la posibilidad de morir siempre estaba presente. Este macabro uso de los niños —su reclutamiento para ser arrojados contra el enemigo— debería haber sido uno de los puntos en los que el innato escepticismo berlinés hubiera ofrecido más resistencia. Y, para muchos, así era, como las madres que, mientras hacían cola, miraban a estos jóvenes armados —los hijos de otras madres— sin poder reprimir su repugnancia ante la idea de estos niños mártires.
Sin embargo, el paisaje de la ciudad destrozada que les rodeaba parecía exhalar nihilismo. Solo unas semanas antes de abril de 1945, los bombarderos habían desplegado todo su fuego devorador en el distrito de Friedrichstadt, que —atípicamente, en lo que nunca fue una ciudad bonita— había contado con la atractiva e histórica presencia de un ornamentado teatro popular y dos grandes catedrales de estilo clásico, así como un gran mercado que llevaba atrayendo a visitantes desde el siglo XVIII. Por si fuera poco, estaban los grandes almacenes Wertheim, una maravilla de principios de siglo que durante un tiempo fueron los más grandes de Europa. Los miles de letales bombas incendiarias lanzadas por los cazabombarderos estadounidenses durante uno de los ataques diurnos más largos desataron un infierno que estuvo a punto de convertirse en una tormenta de fuego. Los bomberos de Berlín no pudieron hacer nada; las llamas no cedieron en varios días, extendiéndose ávidamente de edificio en edificio, y apoderándose de todos. En los años siguientes, el distrito de Friedrichstadt sería conocido en el mundo como una zona fronteriza. En 1945, su desaparición fue una manifestación física más de la innegable realidad de la guerra, incluso cuando las fantasías de las armas secretas seguían recibiendo crédito en algunos rincones de la ciudad y del régimen. Una figura especialmente trastornada en este sentido fue el líder del Frente Alemán del Trabajo, Robert Ley, que estaba convencido de que los científicos alemanes habían perfeccionado unos «rayos de la muerte»,[2] algo que parecía más propio de la imaginación de un niño de diez años.
En aquellos primeros días de abril de 1945, los adolescentes de Berlín estaban siendo organizados por los veteranos de más edad de la Volkssturm, algunos de los cuales, con sus rostros demacrados y sus cruces de hierro de la última guerra, poseían una grave dignidad. Para muchos de estos chicos, no importaba que los uniformes que les proporcionaban les quedaran ridículamente grandes, ni que algunos fueran de las SS, en lugar de uniformes del ejército regular que ellos tanto veneraban. La idea que se hacían de lo que les esperaba se veía lógicamente condicionada por su edad. Los muchachos que eran destinados a manejar la artillería de las torres de defensa antiaérea eran, en cierto sentido, tan inconscientes como los que, abajo en la calle, aprendían a cargar pistolas y lanzagranadas y recibían un veloz entrenamiento en la brutal realidad de la lucha casa por casa. Todavía no estaba claro cuándo empezarían a combatir para salvar su ciudad, pero lo que estos chicos sí sabían era que requeriría de su heroísmo individual. Y eran pocos los que se resistían activamente, porque una generación de jóvenes y de familias de Berlín ya había llegado a aclimatarse, no tanto al carácter siniestro del movimiento de las Juventudes Hitlerianas como a las posibilidades que este ofrecía para escapar de la pobreza industrial de los deprimentes barrios periféricos de Berlín. Así llevaba siendo desde comienzos de la década de 1930.
Para el berlinés Horst Basemann, que algunos años antes se había unido a su grupo local de las Juventudes Hitlerianas, los fines de sem
