1
Tonio abrió con cuidado la puerta de vidrio de la guardia y asomó la cabeza. Ojalá que Fran siguiera ahí. No le gustaba el hospital. No podía soportar ese olor a alcohol y a desinfectantes, el frío que daban las corrientes de aire, el llanto de los chicos que esperaban para ser atendidos y, sobre todo, el recuerdo de las vacunas, los dolores de garganta y los retorcijones de panza. En Las Cañas, cada vez que uno estaba enfermo, iba a parar a la guardia del hospital.
Ahí estaba su amigo, sentado en una silla de plástico junto a la pared, sosteniéndose el codo izquierdo con la mano derecha, pálido como si acabara de resucitar. Tonio entró y cerró la puerta con cuidado. Varias cabezas se dieron vuelta para mirarlo o, mejor dicho, para mirar quién era el que había entrado. En el pueblo todos se conocían, y la entrada de cualquier persona a la sala de guardia del hospital era tema para una semana de chismes, suposiciones y deducciones. ¡Ni qué decir si el susodicho llegaba en ambulancia!
Fran le hizo una seña con la mano sana para hacerse ver y Tonio se acercó.
—¿Qué pasó, ah?
—Me caí.
—¿Te caíste? ¿Dónde te caíste?
La señora que estaba sentada al lado de Fran se movió a otra silla, aún a riesgo de no escuchar todos los detalles.
—Gracias —dijo Tonio aceptando—. ¿Cómo que te caíste?
—De arriba para abajo —intentó bromear Fran—. ¿Cómo me voy a caer? Como se cae todo el mundo.
—¿De la bici?
—No. ¿Por qué? ¿Todo el mundo se cae de la bici?
—No, no sé. Se me ocurrió.
—Bueno, yo no. Me caí del techo.
—¡¿Del techo?! —se asombró Tonio—. ¿Y qué estabas haciendo en el techo, ah?
—Practicando para Papá Noel.
—Veo que la caída te afectó las neuronas. ¿Me querés decir qué te pasó, en serio?
—Nada. Es que a la tonta de mi hermana se le había dado por remontar un barrilete que le trajo mi papá.
—Ajá —dijo Tonio esperando que el cuento siguiera.
—Bueno, mi hermana —retomó Fran— que, como ya dije, es tonta…
—Ahorrame lo que ya sé —pidió Tonio.
—Sí, cierto. Mi hermana no daba pie con bola con el barrilete, ¿viste? Meta que lo quería levantar y se le caía; lo quería levantar y se le caía. Ni idea tiene. Y me harté.
—Y te subiste al techo para no verla.
—No, idiota. Le saqué el barrilete de la mano y traté de enseñarle cómo se hacía. Mi hermana empezó a gritar que se lo devolviera.
—Y vos no le hiciste caso.
—Más bien. Tiré y tiré y lo logré.
—Más bien —dijo ahora Tonio—. ¿Quién no sabe remontar un barrilete, ah?
—Mi hermana. Aunque hay que decir a su favor que este era complicado, porque era uno de esos que se venden en la juguetería, ¿viste?
—¡Ah!
—No era de los que se hacen en casa.
—¡Ah!
—Cuestión que lo hago subir bien alto, pero bien alto. Mi hermana me pedía el hilo y yo no se lo daba, porque ahora que lo tenía en el aire no se lo iba a dejar para que lo bajara de un tirón.
—Claro.
—Bueno, empecé a correr y, no sé cómo, de pronto se enganchó en la chimenea. Posta.
—¡Uhhhh!
—Tiré y tiré y lo único que logré fue romper el hilo.
—¡Uhhhh!
—Y mi hermana empezó a gritar que le había roto el barrilete.
—¡Uhhhh!
—¿Podés dejar de decir “uhhhh”?
—Sí, sí, perdón.
—Bueno, el resto es fácil. Para que se callara me subí al techo, lo cual no fue difícil porque lo había hecho muchas veces…
—Sí, por la escalerita del fondo.
—Eso. Subí, agarré el barrilete y, cuando estaba bajando, pisé una teja floja y caí como por un tobogán.
—¡Uhhhh! Perdón, es que me dolió de solo pensarlo.
—A mí me dolió sin pensarlo. No me pude agarrar de nada y, por no aplastar el estúpido barrilete, caí sobre el brazo derecho y acá estoy. Fin de la historia. ¡Y no digas “uhhhh”!
—No, para nada. ¿Y la María Luz?
—Siguió gritando. Esta vez para llamar a mi mamá, que no estaba. Vino la Cándida y empezó a gritar ella también, pero mientras tanto me ayudó a levantarme, llamó a la mamá por teléfono y acá estamos.
—¿Y tu mamá?
—Fue a comprarle algo para comer a mi hermana.
—¿Sigue gritando?
—Por suerte no.
Se quedaron los dos callados.
—¿Te duele?
Fran afirmó con la cabeza.
—¿Te van a tener que enyesar?
Fran se encogió de hombros.
—Capaz que zafás de empezar las clases.
—¡Ah! Genial. ¿Cómo no me di cuenta, ah? —ironizó Fran—. Es una porquería, Tonio. No trates de consolarme. No da, hermano.
La puerta del consultorio se abrió y salió un señor alto, pelado, con grandes ojeras y un color de papel viejo y ajado que daba pena.
—Buenas tardes —saludó.
“Buenas tardes”, contestaron todos con un murmullo que más pareció un rezo.
El hombre, arrastrando los pies, llegó hasta la puerta y se fue.
—¿Quién sigue? —preguntó el médico.
Se levantó una señora gordita y canosa que se dirigió al consultorio bamboleando el trasero.
—¿Qué le anda pasando, Tita? —la saludó el médico invitándola a pasar.
—Lo de siempre, doctor. Las rodillas que no me dan respiro.
No escucharon más. La puerta se cerró detrás de Tita al tiempo que María Luz, la hermana de Fran y su mamá entraban en la guardia.
—Mirá, te compramos un jugo y yo te traje un huevito Kínder, hermano.
Fran miró a Tonio. ¿Cuántos años hacía que no comía un huevito Kínder? Ese ataque de amor fraternal solo tenía un nombre: culpa.
—Dame que te lo abro —se ofreció María Luz, arrancándoselo antes de que pudiera mirarlo—. Con una sola mano no se puede.
Fran la dejó hacer.
—Hola, Tonio —saludó la mamá—. ¿Viste qué regalito de fin de vacaciones nos hizo tu amigo?
Tonio hizo una mueca que quiso ser una sonrisa.
—¿Ese que salió era Ochoa? —preguntó.
—Yo qué sé —dijo Fran de mal humor.
—Sí —contestó una señora sentada en la hilera del frente a la que nadie le había preguntado nada.
—¡Qué demacrado que está! Casi no lo reconozco. ¿Está muy pelado, no?
—Está muy enfermo —comentó la señora—. No le dan en la tecla.
—¡Mirá! ¡Te tocó el helicóptero! —gritó María Luz—. ¿Me lo regalás?
—No, es mío.
—¡Pero vos no juntás!
—No importa. Ahora junto.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy.
—Ufa —se quejó María Luz.
—Chicos, no peleen.
—Hace casi un año que empezó a desmejorar —siguió la señora, contenta de tener la información.
—Sí, claro. Si no estaba en el casamiento de Alicita, me acuerdo.
—Claro… Empezó a estar mal en el otoño. Creían que era un cáncer. Pero no, está descartado.
—Pobre la mujer… —comentó la mamá de Fran.
—Imagínese. Ya no saben qué hacer. No le dan en la tecla —repitió.
La conversación se cortó porque el médico llamó a Fran y los tres desaparecieron detrás de la puerta, dejando a Tonio sentado en la sala de espera, enfrente de la señora a la que no le pensaba hablar.
El verano estaba llegando a su fin y Tonio ya tenía nostalgia anticipada con solo pensar que su amigo iba a tener que volver a la ciudad y, lo que era mucho peor, él iba a tener que volver a la escuela.
Había sido un buen verano, a pesar de que había empezado agitado y no estaba terminando mucho mejor. Fran había llegado a mediados de diciembre para el casamiento de Alicita, la hija de Aldo, el ferretero, con Lito, el hijo de Angelito, que era el mecánico del pueblo. Había sido “el” acontecimiento del pueblo, con una enorme fiesta en el club a la que todos, absolutamente todos, habían sido invitados. Pero ese no fue el motivo de la agitación. El asunto fue que, el mismísimo día de la boda, Santa Lucía había desaparecido de la iglesia junto con el féretro que descansaba bajo su altar y con Fermín, el cieguito que tocaba el órgano.
Eso no hubiera tenido nada que ver con ellos si con Vicky no se hubieran metido a descubrir lo que había pasado, siguiendo la guía de ese extraño GPS que Fran había heredado de su tío. Sí, heredado, porque su tío ya tenía un celular con GPS incorporado y nunca más se había acordado del viejo aparato que dormía, cuando esta historia comienza, en un cajón del cuarto de Fran. Lo que ni su tío ni nadie sabía, salvo ellos tres, era que el GPS podía llegar a guiarlos tanto a otro lugar como a otro tiempo, otro día, otra hora y así les permitía prevenir cualquier hecho que pudiera suceder. Siempre hechos trágicos, por desgracia o por suerte, porque así habían podido evitar ya varios crímenes en Las Cañas: el de don Ángel y doña Felicia el año anterior, y el de Fermín y los dos ladrones de la iglesia ahí nomás, cuando empezó el verano.
Eso era peligroso pero divertido, tan divertido como ir a pescar con Fran al río (sin Vicky, obvio), o salir a andar en bici o tirarse a pavear una tarde entera en la plaza del pueblo. Todo eso estaba por terminarse con el verano. ¡Y el tonto de Fran venía a arruinarlo todo cayéndose del techo!
La que más contenta estaba con la partida de Fran era Vicky. ¡Por fin iba a poder recuperar a Tonio! Este verano se habían puesto de novios una vez más, después de que ella pateó a Ramiro, el chico con el que estaba saliendo. Pero mientras Fran estuviera en el pueblo, pocas veces podían estar solos.
En fin, se termina el verano, febrero, un calor de los mil demonios, totalmente inadecuado para estar donde hoy estaban: en el hospital.
2
La puerta de la guardia se abrió de golpe y Vicky entró como una ráfaga.
—¡Ay, Tonio!
Se le tiró encima y lo abrazó con fuerza.
—¡Qué susto! ¿Qué te pasó? ¿Te sentís mal? ¿Chocaron? ¿Dónde te duele? —Vicky hablaba a toda velocidad sin dejar que Tonio insertara un bocado—. Llamé a la casa de Fran porque tu mamá me dijo que te habías ido a lo de Fran y Cándida me dijo que se habían venido corriendo al hospital por el accidente, pero no logré que me explicara de qué accidente hablaba. Mejor dicho, empezó a explicarme, pero vos viste cómo es Cándida que te la hace larga, entonces decidí venir directo a ver qué pasaba. ¡Ay, Tonio! ¡Qué suerte que estás vivo! ¡No sé qué hubiera hecho si te hubieras muerto! ¿Te sentís bien?
—Sí, Vic, sí —dijo Tonio deshaciéndose del abrazo como si los brazos de Vicky fueran un nudo—. El que se lastimó fue Fran.
—¡¿Fran?! ¿Qué le pasó?
—Se cayó del techo.
Antes de que Vicky empezara a hablar otra vez, Tonio logró contarle lo que había pasado, tranquilizarla y hacer que se sentara junto a él a esperar.
Casi media hora después, se abrió la puerta del consultorio y apareció María Luz moviendo la cabeza para un lado y para el otro, con cara de preocupación exagerada.
—Yeso —dijo trágicamente—. Un mes.
Fran, que venía atrás, la sacó del medio y salió, efectivamente, con el brazo derecho doblado sobre la panza, blanquito de yeso y atado con una venda al cuello para inmovilizarlo.
Tonio y Vicky se pararon y abrieron la boca como para decir algo adecuado, pero no supieron qué.
—Te queda bien —fue lo único que se le ocurrió a Vicky.
Tonio la miró sin poder creerlo. ¡¿“Te queda bien”?!
La mamá de Fran se despidió del médico y también salió del consultorio. La señora que había dado las noticias sobre Ochoa ya se había parado y casi la empujó para poder entrar.
—¡Por fin! —farfulló sin ser muy clara, pero no saludó.
Salieron a la calle: la mamá adelante, sacudiendo las llaves del auto, Fran en el medio, custodiado por Tonio y por Vicky y, cerrando la comitiva, María Luz, que le iba contando a todos los que pasaban a su lado que su hermano se había roto el “culito”.
—El cúbito, nena. El cúbito. Y no me lo rompí, me lo fisuré.
—Bueno, es lo mismo. Igual te enyesaron.
María Luz estaba tan entusiasmada con la novedad que, si hubiera podido, hubiera llamado a las cámaras de televisión para que filmaran todo. Pero en Las Cañas no había canal de televisión. Solo El Día, el diario en el que trabajaba el Colorado, único periodista, amigo y cómplice de los chicos.
—¿No está buenísimo romperse un brazo? —decía—. No podés escribir en la escuela, nadie te manda a hacer cosas, seguro que te regalan algo y después te escriben todo el yeso y te lo podés guardar de recuerdo. ¡No sé de qué se queja mi hermano!
Vicky y Tonio no le contestaron y María Luz, haciéndose la interesante, se dedicó a mirar por la ventanilla, sintiéndose una completa incomprendida.
—Gauchito el médico nuevo, ¿no? —comentó la mamá—. ¡Por fin un médico joven! El pobre doctor García ya ni escuchaba el estetoscopio.
Tampoco a ella le contestaron. Ninguno de los tres tenía muchas ganas de hablar.
Cuando llegaron a la casa, se encerraron en el cuarto de Fran, después de haber pasado por los besos húmedos y los abrazos molestos de Cándida, que ya imaginaba que Fran iba a volver manco.
Fran cerró de un portazo y se tiró en la cama. Era horrible, quedaba co
