—¡Llevame! ¡Llevame! ¡Llevame!
Pablo encerró a Ema contra la pared del patio, en el rincón de los baños. En ese lugar siempre había feo olor, así que nadie se detenía por mucho tiempo y se podía hablar sin ser escuchado.
—Ya te dije que no te puedo llevar. No rompas, Paul.
—¿Por qué no me podés llevar? —Pablo ensayó cara de pucherito, con el labio inferior torcido hacia afuera y los párpados batientes.
Ema no pudo evitar reírse. Esa cara la mataba. Las caras de Pablo la mataban. Tenía una para cada ocasión.
Los dos se callaron cuando Loreta pasó para ir al baño. Por detrás de Pablo le hizo “ojito” a Ema, suponiendo que Pablo tenía otras intenciones, bastante distintas a las reales.
Nadie tomaba en serio a Pablo en la escuela. Sí, para las bromas; sí, para reírse; sí, para imitar a los profesores; pero a ninguna de las chicas se le hubiera ocurrido fijarse en él y a los chicos, menos.
Ema revoleó los ojos para que Loreta creyera, como creyó, que Pablo era un pesado que la estaba persiguiendo, con bastantes malos resultados.
Loreta desapareció adentro del baño.
—¿Se fue? —preguntó Pablo.
—Sí, se fue. Y yo también me voy. Dale, Paul, no molestes.
—Ok. No te molesto más, pero dame una explicación. Satisfactoria —agregó.
—¡Ya te dije! No te puedo llevar porque Maggie no te invitó. No voy a ir a su fiesta del brazo de un colado.
—Por empezar… —Pablo nunca se daba por vencido— yo no pienso ir del brazo, ni con vos ni con nadie.
—Muy sensato.
—Y por seguir, si soy tu “invitado” —hizo comillas con las manos—, no soy un colado. ¡Ya está! Podés decir que soy tu novio y todo legal.
—¡Justo! ¿Qué tomaste, nene? ¿Te pensás que voy a decir que vos sos mi novio para que nadie me dé bola en toda la noche? ¿Qué digo en toda la noche? ¡En toda la vida!
—Eso es cierto. Nadie va a querer competir conmigo, pero pensá que es solo para entrar, nada más. Después te perdés. O yo me pierdo, da lo mismo.
Loreta salió del baño. Volvió a hacer caras y siguió su camino.
—Se fue —anunció Ema sin que Pablo llegara a preguntárselo— y además está por tocar el timbre.
Pablo apoyó su mano contra la pared para impedirle la huida, pero Ema pasó por abajo y arreglándose el mechón de pelo que le caía sobre la cara se fue para el aula.
No era un fracaso para Pablo. Solo un nuevo desafío.
La clase de Historia resultó ser bastante más interesante de lo esperado. El profe se detuvo a hablar de la epidemia de fiebre amarilla durante la presidencia de Sarmiento para poder establecer semejanzas y diferencias entre la ciencia actual y la del siglo XIX. Tétrico, pero interesante.
En medio de la clase, Ema recibió una hoja de cuaderno doblada en cuatro. Sin abrirla, la metió adentro de la carpeta, con la clara intención de molestar al que se la había enviado: Pablo, era obvio.
Lo miró con una sonrisita. Pablo le devolvió una cara de odio que le dio risa.
—¿A usted le parece gracioso este tema? —preguntó el profesor que, nadie sabía por qué, nunca los tuteaba.
—No, profe, disculpe. Es que me acordé de algo.
—Espero que también se acuerde de lo que estoy diciendo —aclaró el profesor, amenazador.
—Sí, seguro, claro.
En cuanto el profesor siguió con su relato, Ema volvió a mirar a Pablo y se pasó la mano abierta por el cuello en claro signo de “te voy a acogotar”. Él le hizo un corazón con las manos y sonrió. Irresistible.
El asalto se repitió a la salida.
Antes de que pudiera darse cuenta, Ema tenía a Pablo caminando a su lado.
—¿Qué hacés acá? Vos vas para otro lado —le preguntó sosteniendo su falso enojo.
—Es tu culpa. Si hubieras mirado el mensaje que te mandé yo no estaría acá.
—Lo miré.
—¿Ah, sí? ¿Qué decía?
—No decía nada. Era un dibujo tonto y mal hecho.
Los dos sabían que el dibujo podía ser tonto, pero nunca podría estar mal hecho porque Pablo dibujaba como los dioses. Le había mandado el dibujo de una pareja pasando debajo de una gran puerta. Él, de frac; ella, de vestido largo, y había un cartel que decía “Bienvenidos”.
—Bueno, ¿qué decís? —insistió Pablo.
—¡Que no! ¡Cortala! ¿Por qué querés ir a la fiesta esa? Ni siquiera creo que vaya a estar buena. ¿No tenés nada mejor que hacer?
—De hecho, no, pero no es eso: quiero ir porque va ella.
Eso la detuvo. Eso era una confesión. ¿Ella? ¿Qué ella? Hasta donde Ema sabía, no había ninguna ella que a su amigo le gustara especialmente.
—¿Qué ella, Pablo? Me estás mintiendo.
Lo miró con los ojos entrecerrados como para sopesar la información.
—No, te juro que no. Si te digo quién es, ¿me prometés que me llevás?
La curiosidad que sentía Ema era muy grande y como se sabe, la curiosidad mata al gato. ¿Le estaría mintiendo? No se podía resistir. Estaba segura de que, a menos que aceptara llevarlo, él no se lo iba a contar.
—Está bien. Prometido. ¿Quién es?
—Antonia.
—¡¿Antonia?! —eso sí que era una sorpresa—. ¿Te gusta Antonia? ¿A vos te gusta Antonia?
—¡Shhh! —trató de callarla Pablo—. Sí, me gusta Antonia, ¿qué tiene? ¿No me puede gustar? ¿Hay que pedirle permiso?
—No, no pasa nada. Es raro nada más.
—¿Por?
—¡Qué sé yo! No te imagino con Antonia. Es…
—¿Demasiado?
—¡No, tarado! ¿Quién dijo eso?
—No lo dijiste, pero lo pensaste. Confesá.
—¡No lo pensé! No seas perseguido. Además, ¿a mí qué me importa?
—Bueno… sos mi amiga. Te podría importar.
—Bueno, sí, me importa. Quiero decir que por mí podés hacer lo que quieras. Que sí, me importa lo que te pase, pero no me importa cómo te pase, salvo que te pase y te sientas mal, y entonces me importa…
—¿Entonces me llevás? —la interrumpió.
—Sí, te llevo. Y espero no arrepentirme.
Chocaron palmas y cada uno se fue para su lado.
Ema enseguida supo que se había equivocado.
La modista la ayudó a sacarse el vestido con mucho cuidado. Lo había llenado de alfileres para que se ajustara más al cuerpo.
Amelia vio su figura huesuda y sin gracia en el espejo y apartó la vista. Odiaba ese espejo. Nunca se paraba adelante si podía evitarlo. Pero tenía que probarse el vestido y ver si le gustaba, y dejar que su mamá y la modista avanzaran y retrocedieran cerrando un ojo, inclinando la cabeza para después acercarse y hacer una pinza acá y otra allá y otra y otra más.
Había adelgazado desde la última vez que se lo habían probado, hacía tan solo una semana.
—No puedo achicaglo más —había escuchado que la modista le decía a su mamá, en voz baja, con su típico acento francés—. Es prefeguible que le quede un poco holgado a que paguezca…
“Un palo vestido”, completó Amelia la frase en su cabeza, ya que la modista no la había terminado.
—Está bien, no se preocupe —dijo su mamá—. Es posible que para dentro de quince días recupere algo de peso.
Ambas sabían que eso no iba a pasar.
—Vestite, Amelia, y bajá a tomar el té. Yo voy a acompañar a Madame Tricot.
—Sí, mamá —contestó Amelia sin ganas. Era lo que más decía en el día: “sí, mamá”, “sí, mamá”, “sí, mamá”.
La puerta se cerró detrás de las mujeres. Amelia dio vuelta el espejo y buscó el vestido azul que había dejado sobre una silla. ¡Maldita fiesta! Ojalá no tuviera que ir. Pero eso era imposible. Era “su” fiesta. Su fiesta de quince. Era “su” presentación en la sociedad de Buenos Aires y su mamá había estado hacía más de un año programando todo. “Sí, mamá”.
La distrajo el ruido del carro que pasaba por debajo de la ventana. La campanilla se podía escuchar desde una o dos cuadras antes y para eso sonaba: para que la gente se apartara, para que saliera del paso del carro de la muerte. Los pocos vecinos que había en la calle entraban a sus casas si estaban cerca o se aplastaban contra las paredes, se cubrían la cara, apartaban la vista y se santiguaban. Uno más, dos más, tal vez diez más. El carro llevaba lo que podía y decían (Amelia no lo había visto) que arrojaban a los muertos en una fosa común que habían abierto en las afueras de la ciudad.
Desde que se había desatado la fiebre amarilla1, ni los cementerios daban abasto.
Amelia siguió al carro con la mirada. Si llevaba cadáveres, no se veían, pero sí dejaba un olor nauseabundo flotando en el aire.
La puerta se abrió de golpe y Amelia se sobresaltó.
—¿Todavía en enagua, hija? ¿Pero qué querés? ¿Pescarte una pulmonía justo antes de tu cumpleaños?
—Disculpe, mamá. Pasó el carro y…
—¡Ay, Dios! Yo no sé por qué los dejan atravesar la ciudad. ¿Es que no se dan cuenta de que van desparramando la peste por donde pasan?
—No habrá otro camino. No creo que lo hagan a propósito.
—No, por supuesto. Pero es que no tienen cabeza. Yo no sé qué está haciendo la Comisión Popular2. Vestite, ¿querés?
Amelia tomó su vestido y lo pasó por arriba de la cabeza. Después intentó abrocharlo.
—A ver, dejame —dijo su mamá acercándose por la espalda.
El vestido tenía treinta pequeños botones desde el cuello a la cintura. Amelia solía contarlos cuando estaba aburrida. Era un juego no saltearse ninguno.
—Me dijo Deolinda que Sarmiento abrió un cementerio nuevo —comentó—. Allá por el Colegio.
—¡Ay, Amelia, por favor! Mirá si vas a creer todo lo que dice Deolinda…
—Es en serio, mamá. Dicen que ahora van a llevar a los muertos en tren desde Flores.
—¿Hasta la Chacarita?
—Eso dice Deolinda.
—¿Podemos cambiar de tema? Por eso tenés esa cara. Estás todo el día pensando en esta maldita peste.
—¿Usted no tiene miedo de enfermarse?
—Por supuesto que no. Es una enfermedad para los pobres, Amelia. Dicen que les agarra sobre todo a los italianos. Debe ser que llevan algo en la sangre. Vamos, bajemos.
—Vaya usted. Me arreglo un poco el peinado y bajo.
En cuanto su mamá salió por la puerta, Amelia volvió a la ventana.
Primero escuchó el silbido. Después lo vio venir. Todas las tardes, el muchacho hacía lo mismo. Caminaba haciendo equilibrio por el cordón de la vereda que no solo era finito sino también peligroso. Podía resbalarse y caer al barro de la calle. Podía caer y ser atropellado por un coche. ¡Pero era tan hábil! Amelia contuvo el aliento. Sabía que cuando llegara frente a su casa pegaría un salto y se treparía a la reja de la casa de Alsina. ¡Pero qué loco era! Si alguien lo veía…
El perro de los Alsina llegó corriendo desde el fondo, ladrando y mostrando los dientes.
El chico se asustó y pegó un salto hacia la vereda. A Amelia le dio risa y largó una carcajada. Entonces él levantó la vista, casi enojado por su propio papelón y la vio, a pesar de que ella estaba espiando desde atrás de la cortina.
Desafiante, se volvió a trepar a la reja, a pesar del perro, y le hizo una reverencia sacándose la gorra. Después soltó la otra mano, para quedar haciendo equilibrio y casi se va de cabeza al suelo.
Amelia se volvió a reír y sin querer movió la cortina. Esta vez la vio cara a cara, y aunque estaba lejos, se quedó hipnotizado por sus ojos color miel. Bueno, de lejos no se veía con tanta claridad de qué color eran.
Le tiró un beso con la mano que hizo que Amelia se sonrojara y volviera a esconderse. No por eso dejó de ver que el muchacho seguía su camino haciendo medialunas sobre la vereda.
“Un rayo de sol”, pensó Amelia. “Un verdadero rayo de sol”.
Después bajó a tomar el té.
1. La fiebre amarilla es una enfermedad transmitida por los mosquitos Aedes y Haemagogus. El adjetivo amarilla se refiere a que las personas que se infectaban severamente tenían ese color. En la actualidad hay una vacuna, pero en 1871 no solo no existía sino que tampoco sabían que era el mosquito quien la transmitía.
2. Estaba integrada por médicos, abogados e intelectuales de la Ciudad de Buenos Aires para colaborar en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla.
