
—¡ENTRE! —DIJO LA ENFERMERA.
—Gracias —respondió Puck. Abrió la puerta blanca y entró en la habitación. Muchos jarrones con flores se alineaban en los alféizares de las ventanas y otros muchos ramos adornaban las mesitas de noche.
De las cuatro camas, con colchas rojas, solamente dos estaban ocupadas. En la que se hallaba a la derecha de la puerta, una anciana leía un libro. No había ningún enfermo en el lado izquierdo. Pero, a la derecha de la ventana, Puck vio un precioso pelo rojizo sobre una almohada blanca como la nieve.
Se acercó suavemente, sosteniendo en una mano un ramito de violetas y una tableta de chocolate.
La joven pelirroja parecía estar durmiendo.
Puck se sentó al lado de la cama. Con cuidado, colocó el ramo y el chocolate en la mesita de noche. Después se apoyó cómodamente contra el respaldo de la silla y miró hacia afuera, por la ventana, desde la que se veían las copas de los árboles. Dos gorriones volaron ante el cristal y se instalaron en una rama, donde fueron a reunírseles otros muchos. Finalmente, toda una hilera de pajarillos grises se posaron en la rama y parecieron presas de una gran agitación, sin que fuera posible adivinar el porqué. Puck no pudo evitar una son risa.
El viento jugaba con las ramas y con las hojas..., que se balanceaban suavemente. La muchachita se sintió conmovida por la enorme diferencia que había entre aquel suave movimiento de las hojas y la salvaje tempestad que se había desencadenado en el bosque del Oeste, el día en que una rama se había desplomado sobre Karen.
El recuerdo de la angustia que había experimentado al ver el cuerpo inerte de su compañera estaba todavía muy vivo en su corazón.
Y ahora...
Ahora Karen descansaba en una cama de hospital. El doctor Nielsen, de Oesterby, afirmaba que, si Puck no hubiera corrido a pedir socorro enseguida, Karen no habría sobrevivido a aquel accidente.
Y ahora...
Puck volvió la cabeza y contempló el pequeño rostro que se destacaba sobre el blanco de la almohada; un rostro simpático, con una nariz respingona y graciosas pecas en las mejillas y en las aletas de la nariz. Tal como se la veía allí, apaciblemente dormida, con los párpados cerrados, podía afirmarse que Karen era realmente muy guapa.
Puck sonrió nuevamente. Después se puso seria.
¿Qué pasaría cuando Karen se despertara?
Nerviosa ante la simple idea de aquella visita, Puck la había retrasado varias veces; ignoraba cómo se desarrollaría el encuentro y temía un fracaso.
¡Y deseaba tantísimo que Karen se mostrara contenta de verla! No obstante, sabía que lo más seguro era que su compañera se encerrara en sí misma, que se mostrara arisca e inaccesible...
Karen había sido desagradable con ella desde el primer día. Y nada había conseguido hacerle aceptar a aquella nueva alumna que, juntamente con Karen y otras dos chicas, debía compartir una misma habitación en el internado.
Sin embargo, ahora la situación hubiera debido ser distinta. Puck, claro está, no trataba en modo alguno de exigir gratitud a Karen por haberla socorrido después del accidente. Se sentía bien por haber podido hacerlo y, en su fuero interno, estaba un poco orgullosa de los elogios del doctor Nielsen. Pero se decía que Karen tenía ahora una razón para olvidar antiguos resentimientos. No tenía necesidad de darle las gracias, no estaba obligada a ello... ¡Pero si al menos comprendiese que Puck deseaba su amistad y se mostrara más amable!
Por eso Puck había ido al hospital, para demostrarle que quería ser su amiga y que deseaba que a partir de ahora su relación fuese cordial.
Era difícil... Terriblemente difícil. Puck deseaba, por encima de todo, deslizarse silenciosamente hacia la puerta y marcharse; estaba ya a punto de levantarse de su asiento cuando Karen abrió los ojos y la miró.
Puck se puso en pie precipitadamente.
—Buenos días, Karen —dijo, tendiéndole una mano.
—Buenos días —respondió Karen.
No hizo el menor gesto que indicara que deseaba estrechar la mano de Puck.
Hubo un corto silencio incómodo.
—Te he traído flores —dijo Puck, indicando con un gesto la mesita de noche—. Unas pocas violetas... Y también una tableta de chocolate...
—Gracias —dijo Karen.
Su mirada era huidiza. Se veía que estaba emocionada.
—¿Quieres un poco de chocolate...? —preguntó finalmente—. Acércate... Toma...
Karen quiso coger la tableta, pero Puck protestó:
—No, gracias... Guárdalo para ti... Yo...
Karen tomó la tableta y cortó una pastilla, que tendió a Puck.
—Acéptala, vamos —dijo.
Puck le dio las gracias y cogió el chocolate. Karen se sentó en la cama e hizo una mueca.
—¡Uf! Ya estoy cansada de estar en cama...

—Seguramente podrás levantarte pronto.
—Sí. Ahora ya me permiten estar levantada una buena parte del día. El doctor dice que ya estoy prácticamente curada.
Conversaron cordialmente un rato, mejor de lo que lo habían hecho nunca.
Puck se decía que había hecho bien visitando a Karen. A partir de entonces, sin duda, todo iría a las mil maravillas entre ambas.
—El barco del padre de Navío llegará pronto a Sundkoebing —anunció Puck—. Se llama el Margrethe III. Ya puedes imaginar lo contenta que está Navío. Hace tanto tiempo que no ha visto a su padre...
Los ojos de Karen perdieron repentinamente su expresión tranquila y sonriente, y Puck comprendió en seguida que acababa de cometer una tremenda torpeza. En cuanto Karen oía hablar de los padres de otras muchachas se sentía herida. Sus padres vivían separados, y por eso ella había entrado en el internado de Egeborg. Su madre viajaba mucho al extranjero y, en cuanto a su padre, apenas tenía noticias de él. El día en que cada uno de sus padres había tomado un camino distinto había marcado profundamente a la joven pelirroja. Karen sentía una enorme amargura y, a veces, hacía recaer su malestar sobre sus compañeras, las cuales, a su juicio, tenían más suerte que ella.
Puck se sonrojó. Hubiera deseado poder volver atrás y no haber nombrado al padre de Navío.
—Todo el colegio vendrá aquí para ver el barco —se apresuró a añadir—. Para entonces, tú ya estarás totalmente recuperada y podrás unirte al grupo. Navío dice que dará una fiesta a bordo. Su...
Estuvo a punto de decir «su padre se lo ha prometido», pero se interrumpió a tiempo.
Karen se acostó de nuevo sobre los almohadones. Su rostro seguía serio.
—Yo no iré —dijo lentamente.
—¡Qué tontería! —objetó Puck—. Claro que sí...
—No tengo ganas —dijo Karen, sacudiendo la cabeza con energía.
Sus ojos cobraron un extraño brillo, como si las lágrimas los estuvieran rondando.
—Bueno, bueno, ya veremos —comentó Puck, con un tono lleno de confianza.
Y, después de haber dudado un instante, se inclinó hacia Karen.
—Te echamos mucho de menos en el Trébol de Cuatro Hojas —dijo cariñosamente.
El Trébol de Cuatro Hojas era el nombre que, a propuesta de Inger, habían dado a su habitación en el internado.
Karen no respondió, ni expresó ninguna emoción.
Miraba a un punto perdido. Una lágrima traidora se deslizó por el rabillo de uno de sus ojos y le resbaló por la mejilla.
De repente, volvió a sentarse en la cama.
—Ha sido muy amable por tu parte haber venido a verme —dijo, en un tono de voz terriblemente duro y que Puck conocía bien—. Has sido muy amable, pero prefiero que te vayas. Tengo ganas de des cansar.
Aquellas palabras, a Puck, le sentaron como una bofetada.
—Sí, pero —dijo—, compréndeme, Karen. Yo..., yo...
¡Ah, era imposible explicárselo! Imposible franquear el muro de hielo con que Karen se había rodeado... ¡Qué ilusa había sido al esperar que alguna vez existiera entre ellas una buena amistad!
Puck se levantó. Quiso tenderle la mano, pero se acordó de su fracaso anterior y se retuvo.
—Hasta la vista —dijo Karen.
De nuevo se tendió en la cama y se volvió de lado con un movimiento brusco. Tiró la colcha hacia arriba, y se tapó los hombros y casi el rostro.
Un tanto desamparada, Puck contemplaba el pelo de color pelirrojo que flotaba por encima de la blanca sábana. En el pasillo, la enfermera, sentada ante un pequeño escritorio, rellenaba fichas. Cuando Puck pasó ante ella, levantó los ojos.
—Ha sido una visita muy corta —comentó con una simpática inclinación de cabeza.
Puck la saludó y empezó a bajar la escalera. Unos segundos más tarde, se encontró en la entrada del hospital, adornada con plantas. Se sentía decepcionada y triste. Había tenido la firme intención de hacer un esfuerzo para ganarse la amistad de Karen, pero estaba claro que, por mucho que lo intentara, era del todo imposible.
Se mordió los labios. Karen había sido injusta con ella. No estaba bien que se hubiera comportado con ella con tanta frialdad y desprecio, pensaba al cruzar la verja del edificio.
Pero, mientras caminaba por una avenida bordeada de tilos, con magníficos chalets a uno y otro lado, un perro ladró y la sonrisa reapareció en los labios de Puck. Entonces se puso a correr para acercarse a la verja de un jardín, al otro lado de la cual un pequeño cócker saltaba alegremente mientras ladraba a pleno pulmón.
—¡Plet, Plet! ¡Corre, ven! —exclamó Puck, y el perro saltó hacia ella para lamerle la mano.
Puck corrió hacia la puerta de entrada, mientras Plet corría detrás de ella como una flecha. Tocó un timbre y un hombre sonriente, con un pipa en la boca, la abrió.
—Hola, jovencita. ¡Entra!
Era el veterinario Moeller, un amigo del padre de Puck y al que ella llamaba cariñosamente «tío». Este se apartó para dejarla pasar.
—La dueña de la casa está de compras —comentó sonriente—. Ven, vamos a hablar un poco mientras esperamos la hora del té.
Y la guio hacia su confortable despacho.
Plet saltó sobre un butacón. El veterinario se sentó detrás de su escritorio y Puck, en un sofá.
—Veamos, Bente —dijo su tío—, cuéntame cómo ha ido tu visita al hospital.
Puck sacudió la cabeza.
—No muy bien —respondió—. Karen continúa encerrándose en sí misma. Empiezo a pensar que es imposible que lleguemos a ser amigas. Yo, por lo menos de momento, no lo consigo.
—Todo necesita su tiempo. Roma no se construyó en una hora. No te preocupes más de la cuenta. Sus padres viven separados, ¿verdad?
—Sí.
—Los hijos de padres que no tienen una buena relación no siempre tienen una vida fácil. Sufren más de lo que la gente cree.
—Oh, sí, desde luego —murmuró Puck.
Puck pensaba en lo mucho que añoraba ella a su padre, al que la empresa para la que trabajaba como ingeniero había enviado a Valparaíso, en Chile, donde dirigía las obras de ampliación del puerto. Por eso Puck ahora estaba interna en el colegio de Egeborg y a su perro Plet lo cuidaba el veterinario Moeller.
—He recibido una carta de tu padre —dijo este, revolviendo entre un montón de papeles—. Veamos..., ¿dónde la he puesto? Aquí está... Ese excelente ingeniero llamado Winther me escribe que los trabajos van bien, pero sin duda tú ya estarás enterada...
—Sí —dijo Puck—, papá y yo nos escribimos casi todas las semanas.
—Tienes un padre maravilloso —comentó Moeller—. Ha sido siempre un buen compañero, lo que sin duda es una de las mejores cualidades que puede tener una persona. Puedes sentirte orgullosa de que su empresa lo eligiera para una misión tan importante, aunque su ausencia te entristezca. ¡No todo el mundo tiene una oportunidad semejante!
—Oh, estoy muy orgullosa, de verdad —asintió Puck, sonriente—. Y además puedo decirte, tío, que me alegro de estar en Egeborg. No pienses que no me gusta, al contrario..., aunque añore mucho a papá...
En aquel momento oyeron cómo la llave giraba en la cerradura de la puerta de entrada.
Puck miró a Plet, pero el perro no se inmutó. Levantó apenas los ojos, y luego volvió a adormecerse con el aire particularmente satisfecho de quien opina que todo está bien en el mejor de los mundos.
—Ya llega la señora veterinaria —dijo con aire alegre el señor Moeller—. Eso quiere decir que ha llegado la hora del té.
Aquella tarde, al regresar Puck al colegio, hubo una avería y no pudo coger el tren habitual, así que viajó en el viejo tren que habían puesto para sustituirlo y cuya locomotora avanzaba lentamente a través del hermoso paisaje. Eran ya más de las ocho cuando, por fin, llegó a la estación de Oesterby. El sol se ocultaba, la noche estaba cayendo...
Y hasta Egeborg todavía quedaba un kilómetro.
Puck recorrió el andén con la mirada. Tal vez hubiera alguien del internado, o de La Gran Granja o de la explotación agrícola más cercana para hacer el trayecto en su compañía. Pero no tuvo suerte. Los escasos viajeros que habían bajado en Oesterby estaban ya en sus casas.
A Puck no le quedaba más remedio que hacer de tripas corazón y atravesar el pueblecito, en dirección a Egeborg.
La muchacha no estaba acostumbrada a estar tan tarde fuera de casa, y además sola. En Copenhague, iba siempre acompañada desde que oscurecía, y en el internado estaba rigurosamente prohibido salir después del timbre que ordenaba retirarse a los dormitorios. A Puck no le hacía mucha gracia aquel paseo por la carretera desierta, pero, de todos modos, no dejaba de apreciar el encanto de la atmósfera tranquila que envolvía los campos débilmente iluminados por los últimos rayos del sol. El paisaje era soberbio. Al oeste se extendía el bosque de encinas y la plantación de abetos, que separaba el claro que había debido a un incendio. Las copas de los abetos, afiladas, se recortaban contra el cielo como los dientes de una sierra, y las copas de las encinas parecían curvar su lomo contra el cielo azul. A la izquierda, hacia el sur, los campos de La Gran Granja descendían hasta el lago desecado, y a su derecha, entre los enormes árboles, brillaba el lago de Ege.
Al pasar ante La Gran Granja, vio luces en las ventanas de la parte del edificio destinada a las habitaciones, y desde la carretera se oían las notas de un piano. En el salón de verano, alguien —seguramente la señora Dreyer— estaba tocando. Annelise debía de estar acostada. Puck tomó un atajo que unía el camino vecinal con el colegio; poco después había subido corriendo los peldaños de la entrada principal y empuñaba la manecilla de la cerradura de la puerta.
Pero la puerta estaba cerrada con llave y la joven se asustó. Después pensó que no era culpa suya que el tren se hubiera retrasado.
Entonces apareció la esposa del director y miró a Puck sorprendida.
—Pero, Bente, ¿de dónde vienes? Creía que estabas en tu habitación hace rato.
—Y allí estaría si el tren no hubiera llegado con retraso —respondió Puck.
Una vez dentro, le contó a la señora Frank que la antigua locomotora había tenido que reemplazar al tren que cogía normalmente, y la esposa del director le preguntó:
—Y ¿cómo ha ido la visita? ¿Karen ha estado... contenta de verte?
Puck sacudió la cabeza.
—No, me temo que no —murmuró.
—¡Bah! Estoy segura de que en el fondo le ha gustado que fueras...
—No creo —suspiró Puck—. Es decir, al principio todo ha ido bien, pero luego, de repente, ha parecido correr un muro de cristal entre ambas... No sé si me explico bien, pero, en el instante en que empezaba a creer que por fin nos estábamos haciendo amigas, ella se ha puesto... rara..., lejana. Sí, lejana es la palabra. Y me ha pedido que me fuera...
La señora Frank se había acercado a la escalera y ahora se apoyaba en el pasamanos, mientras levantaba la mirada hacia Puck, que seguía inmóvil en un peldaño.
—Y ¿qué le has contestado tú, entonces? —preguntó la señora Frank.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir si te has e
