ÍNDICE DE LOS PRINCIPALES PERSONAJES
QUE APARECEN EN LOS
DOS PRIMEROS VOLÚMENES
Charles: Habitual del parque Buttes-Chaumont y de los baretos de los alrededores, conoce a Vernon al principio del volumen 2, cuando este último ha acabado en un banco, enfermo y con fiebre. Charles se ocupa de él y se hace amigo suyo. Hace mucho tiempo le tocó la lotería, pero decidió no decírselo a nadie.
Kiko: Ex broker cocainómano que vive en el distrito VIII de París. Convencido de que Vernon es un DJ genial, lo alojó un tiempo en su casa, lo echó y luego se reconcilió con él.
Alex Bleach: Cantante de rock, muerto por sobredosis al principio del volumen 1 en la habitación de un hotel. Viejo amigo de Vernon, grabó dos cintas en las que cuenta su historia, en especial sus líos con Dopalet, al que acusa de haber matado a Vodka Satana, de la que Alex estuvo muy enamorado.
La Véro: Aparece brevemente en el volumen 2, como pareja de Charles. Siempre se ha mantenido a distancia del grupo de Subutex.
Pamela Kant: Ex estrella del porno y geek. Era amiga de Vodka Satana. Participó en la búsqueda de Vernon en el volumen 2, antes de hacerse amiga suya.
Marcia: Transexual de origen brasileño que vive en París, donde es peluquera en sesiones fotográficas de moda. En el volumen 1 vivía en el piso de Kiko. Cuando Vernon se enamoró perdidamente de ella, desapareció.
Laurent Dopalet: Productor cincuentón, padre de Antoine. En el volumen 1 contrata a la Hiena para que encuentre las comprometedoras cintas de Alex Bleach. Al final del volumen 2, Aisha y Céleste, que quieren vengar el asesinato de Vodka Satana, atacan al productor en su domicilio.
La Hiena: Detective privada en negro, trabajaba para Dopalet, pero lo traicionó y se unió al grupo de Subutex.
Olga: Sintecho en el volumen 2, de temperamento explosivo. Se encaprichó de Vernon, al que conoció cuando este acabó en la calle.
Xavier: Guionista sin éxito desde hace veinte años, marido de Marie-Ange, tiene una hija, le gustan los perros y se ha unido al grupo de Vernon.
Marie-Ange: Mujer de Xavier, con el que tiene una hija.
Sylvie: Ex de Alex Bleach, alojó a Vernon en el volumen 1, tuvo un breve romance con él y luego, cuando Vernon desapareció sin darle explicaciones, lo persiguió con rabia. Se unió al grupo que lo rodeaba en el parque Buttes-Chaumont. Sylvie es la madre de Lancelot, que se marchó del domicilio familiar al principio del volumen 1 para vivir con su pareja.
Emilie: Vieja amiga de Vernon, de joven era bajista, pero se desvinculó del mundo de la música. Alojó unos días a Vernon, después participó en su búsqueda y al final se unió al grupo que lo rodeaba en el Buttes-Chaumont.
Laurent: Vernon lo conoce cuando está en la calle. Laurent es sintecho desde hace mucho tiempo. Es el que explica a Vernon los rudimentos de la vida de los pobres.
Patrice: Trabaja con contrato temporal, vive en el extrarradio, lleva tatuajes y es brusco, a veces violento. Se enamora de Pénélope al final del volumen 2 y se une al grupo que rodea a Vernon en el parque Buttes-Chaumont.
Antoine: Comisario de exposiciones e hijo de Dopalet. Informa al grupo sobre las actividades de su padre.
Sélim: Profesor de universidad, ateo y padre de Aisha, a la que tuvo con Vodka Satana. No había contado a Aisha que su madre era actriz porno. Se entera en el volumen 2. Sélim forma parte del grupo que rodea a Subutex en el parque Buttes-Chaumont.
Aisha: Estudiante de derecho, joven musulmana practicante que descubrió la verdad sobre la muerte de su madre escuchando las cintas de Alex Bleach. Se vengó atacando a Dopalet en su domicilio. Al final del volumen 2, la Hiena la retira de la circulación para evitar represalias.
Vodka Satana: Madre de Aisha, a la que tuvo con Sélim. Fue novia de Alex Bleach. Trabajaba en el mundo del porno y era amiga de Pamela y de Daniel. Murió por sobredosis cuando acababa de cumplir treinta años. Según las confesiones de Alex, la mató Dopalet, que temía que montara un escándalo por su relación con ella.
Céleste: Tatuadora y camarera en el Rosa Bonheur. Su padre, policía, era cliente habitual de la tienda de discos de Vernon, al que Céleste reconoce al cruzarse con él. Se hace amiga de Aisha en el volumen 2 y va con ella a vengarse de Dopalet. La esconde la Hiena, que quiere protegerla de las posibles represalias de Dopalet.
Lydia Bazooka: Crítica de rock y fan acérrima de Alex Bleach. Alojó a Vernon y después se unió al grupo que lo buscaba. Se ha empecinado en escribir una biografía detallada de Alex Bleach.
Daniel: Amigo íntimo de Pamela Kant. Transexual. Sensible al encanto de Céleste, que nunca le ha prestado especial atención.
La estación de Burdeos está en obras, llena de andamios por todas partes. En el andén, un chico va de un lado a otro empalmando los cigarros, lleva zapatillas de deporte sin calcetines, con el talón aplastado, como si fueran alpargatas. Lanza miradas hostiles a través de los cristales. Parece que espere a que alguien rechiste para saltar al tren y darle de hostias. Los revisores se han dado cuenta y se han colocado delante de todas las puertas para impedir que suba en el último momento. Las cuatro notas de la sintonía del tren resuenan en el vagón, seguidas del pitido estridente que anuncia la salida. El chico se queda en el andén y su mirada se cruza con la de Vernon, al que impresiona la intensidad de su odio. Como si lo mirara con odio a él personalmente. Su odio va más allá del deseo de matar, de la voluntad de destruir —es una hostilidad que querría zambullirse en el tiempo para arrancarle las vísceras, a él y a las siete generaciones anteriores.
Vernon se acomoda en su asiento y estira las piernas. Había olvidado cuánto le gusta coger el tren. Una plácida euforia se apodera de él. Observa el paisaje acelerándose. Los viajes ferroviarios crean un ambiente especial, una resignación colectiva a no ser molestado durante unas horas, una transición feliz entre dos situaciones. Vernon recuerda confusamente las Nochebuenas, los viajes en vacaciones, los trayectos en grupo para ir a un festival, o en solitario para ver a una novia de otra ciudad. Las imágenes se atropellan, empujadas una a una por una nostalgia que calificaría de blanda. Su memoria está llena de fragmentos que se arremolinan, indiferentes a la cronología. Todo lo que tiene que ver con su vida anterior se ha teñido de extrañeza, se ha fundido en un caos informe y lejano. No puede culpar a las drogas de esta confusión, hace meses que no se droga. Sucedió sin más. Empezó a aburrirse en cuanto se colocaba, a esperar que se le pasara y a preguntarse cómo había podido parecerle lúdico aquel desajuste que lo debilitaba. Las drogas sirven para proteger del aburrimiento, hacen que todo sea interesante, como un chorrito de Tabasco en un plato demasiado insípido. Pero Vernon ya no teme el aburrimiento, ni la soledad, ni el silencio, ni la oscuridad. Ha cambiado mucho. Las drogas ya no le sirven para nada.
Sin embargo, en los últimos días, víctima de un dolor de muelas terrorífico, se ha atiborrado de un analgésico opiáceo que lo coloca plácidamente, y esta sensación de avanzar entre algodones no le desagrada. Está inmerso en una luz tenue, como si una nube hubiera caído sobre él, lo rodeara y se adaptara a los contornos de su cuerpo vaya donde vaya. Las ha pasado putas. Siempre ha esperado a que sus caries empeoraran hasta impedirle dormir antes de ir al dentista. Pero este episodio no tenía nada que ver. Cuando la muela picada rozaba la de abajo, un sablazo lo desgarraba, pegaba un salto de dolor y acababa tirado en el suelo. Gritaba sin poder controlarse. Olga le aconsejó que se enjuagara la boca con alcohol fuerte, y como Vernon ya no tenía nada que perder, se enjuagó la boca con vodka, la anestesia funcionó en un primer momento, y luego se desplomó como una cuba. Pero al día siguiente la resaca se mezcló con los pinchazos del absceso y fue un suplicio. Se retiró a un rincón como un animal enfermo y se acurrucó delirando de dolor.
Alguien fue a llamar a Kiko. Como tiene más dinero que los demás, parece que Kiko es el más adulto del grupo. Enseguida contestó tengo un colega dentista, lo llamo ahora mismo. El médico envió una receta por fax a la farmacia más próxima, y Pamela cogió el coche para ir a buscar los antibióticos y el analgésico. Era la primera vez que una urgencia los obligaba a ponerse en contacto con el mundo exterior.
Luego Vernon se tragó todo lo que le daban, sin discutir. Estaba seguro de que ningún producto sería lo bastante fuerte para frenar semejante calvario. Pero antes de que hubiera pasado media hora estaba demasiado colocado para sentir dolor. Lo veía todo de lejos. Mejor que aquellos analgésicos, solo estaba la bomba de morfina. Un dentista que receta un fármaco tan eficaz le inspira una gran confianza. A Vernon lo alivió tanto no sentir la muela que fue a tumbarse y descansó tres días seguidos, dejando que los antibióticos hicieran efecto mientras el analgésico lo arrastraba a sueños a cámara lenta.
Entretanto, a su alrededor se dedicaban a planificar su viaje a París. A Vernon le gusta que se hagan cargo de él. Las cosas avanzan, tanto si él mete las narices como si no. No tiene que estar enfermo para no hacer nada. Si te dejas arrastrar por la corriente, la vida en grupo supone pasarte el día haciendo «algo» —siempre hay una rueda que cambiar, sacos que descargar, verduras que pasar por agua fría o una silla que arreglar. Vernon dice «voy a echar un vistazo a mis playlists», y se tumba en la cama. Lo extraordinario de su situación es que nadie tiene nada que objetar. Al contrario, todo el mundo está encantado con la idea de serle útil y agradable, de hacer algo por él. Así que se acostó de lado, aliviado de no sentir dolor, y al despertarse le indicaron la estación que habían elegido para su viaje, la hora de la salida, el nombre del dentista y los códigos para entrar en la casa de Kiko, que lo alojaría.
Vernon sale del campamento por primera vez desde hace más de un año. Los demás, en su mayoría, van y vienen entre el campamento y la vida civil. Pero Vernon no tiene ni factura que pagar, ni familia a la que visitar, ni curro que entregar… Así que ya no entra en las ciudades. No tiene nada que hacer en ellas. Cuando le dijeron que volvería a París a curarse, le gustó la idea de ver la capital. Pero se siente más desplazado de lo que esperaba.
Frente a él está sentada una mujer menuda, de pelo largo y lacio, y de un rubio de burguesa. Lleva un impermeable ceñido por la cintura y botas de tacón alto. Tiene los ojos muy bonitos, de un azul magnético. Fácilmente tiene sesenta años. Es muy posible que se haya rellenado las arrugas, pero las manos delatan su edad. Lleva un brillante, quizá una alianza. Es conmovedora. Vernon le lanza sonrisitas, a las que la mujer responde con gracia. La desea. Algo en su piel lo atrae. Quisiera proponerle que bajaran en la siguiente estación y que entraran en el primer hotel que encontraran.
Ha perdido la costumbre de ver mujeres a las que no pone nerviosas. En el campamento, incluso las chicas que no tienen la menor intención de acostarse con él lo miman y lo halagan. Vernon tiene una posición especial, lo tratan como a un gurú. Eso cambió su relación con el género femenino —ahora todas las chicas son sus amigas. Lo desean, y él es servicial por naturaleza.
Nunca sabrá si la rubia respondería favorablemente a sus insinuaciones. La mujer no posará sobre él esa famosa mirada llena de gratitud del poscoito. Vernon no se acostará con ella. Viaja con Mariana. Es su novia desde hace unas semanas, lo cual supone una especie de récord. A Vernon le cuesta centrarse, hay demasiada demanda. Está bien con una chica, podría durar, y llega otra que lo hace dudar, lo desestabiliza y se lía con ella. Los jóvenes lo llaman poliamor. Por lo que ha entendido, consiste en acostarte con quien quieras sin preocuparte de lo que piense la chica de la noche anterior. Pero Mariana frenó su impulso. Se colocó en la posición de habitual con una naturalidad desconcertante para una chica tan tímida. Él se deja llevar, porque ella lo tranquiliza más que lo asfixia. Le gusta. Al principio la deseó al verla imitando a Axl Rose, corriendo como un demonio con un micro imaginario en la mano. Después se enamoró un poco cuando ella bailó un tema de Tina Turner, cuyo movimiento de piernas domina con una brillantez enloquecedora. Vernon supo que su donjuanismo estaba perdido cuando Mariana realizó una coreografía con un tema de Missy Elliott. Se movió también con Madball y Korn —no hay registro musical de cuyos códigos no se apodere, con una magia muy particular. Entre su cuerpo y el sonido hay una armonía que responde a una cultura amplia, sorprendente en una chica de su edad. Mariana no tiene treinta años. Conoce tanto a AC/DC como a M.I.A. Escucha cosas que Vernon conoce y a las que aún no había prestado atención, y sabe qué tema elegir para que él se interese por fin. Pasan el tiempo escuchando discos, y a Vernon le da la impresión de haber encontrado un colega y a la vez una amante que parece una sirena cuando folla —todo en ella ondula, seduce, disfruta y provoca. Pone en el sexo y en el baile todo lo que no expresa con palabras.
Cuando se organizó el viaje, Mariana dijo que lo acompañaba y que irían en autobús, que no sería tan caro, pero el autobús de Burdeos son nueve horas de viaje, y Kiko dijo pobrecillos, ¿vivís en la Edad Media o qué? En Francia tenemos trenes de alta velocidad saco los billetes ahora mismo. Mariana lo acompaña, estaba claro. Dijo Vernon está demasiado colocado para viajar solo, se equivocará de andén y acabará en Frankfurt con un flemón increíble. Quiere a Vernon. Él se da cuenta. Está de acuerdo. Le traspasa el pecho. Se rinde. Mariana se ha puesto los auriculares, escucha a Amy Winehouse y devora chorradas en internet. No le gusta la disciplina del campamento, que la obliga a prescindir de la red. Dice que son gilipolleces de viejos tecnófobos. Cede porque no le queda otra. Tiene que quererlo de verdad para aceptar algo así, y en cuanto llegaron a Burdeos y le devolvieron su móvil se le iluminó la cara. Por fin volvía al mundo.
Vernon ve desfilar por encima del hombro las fotos de Instagram, un cerdito, una chica tumbada en arena fina, un batido verde, Paul Pogba sin camiseta en la penumbra, Soko despertándose, un dibujo de ángel exterminador con una bomba, una cabeza con el pelo de hierba, chorreando resina… Mariana coloca la mano debajo de la de Vernon sin despegar los ojos de la pantalla. Él siente el calor subiéndole desde la palma de la mano hacia el hombro, y después invadiéndole todo el pecho. Puede visualizar la sensación, puede incluso decir de qué color es: de un verde esmeralda. No es cosa del medicamento. Está igual cuando no lo toma. Algo en él se desajustó y nunca recuperó la normalidad. Cambió.
Escuchó un montón de teorías, más o menos absurdas, sobre los motivos de su transformación, que en el campamento muchos llaman «despertar». Los hay que dicen que quizá sus niveles de serotonina se han disparado. Por qué no. La teoría del desajuste hormonal tiene sus defensores. Al fin y al cabo, como dice Daniel, «con la de cosas que hay por ahí que nos alteran el sistema endocrino, vete a saber… igual te has reiniciado, como un ordenador». Otros se inclinan por la tesis de una andropausia acelerada, salvaje y paradójicamente benéfica. Puede ser… A Vernon no le da la impresión de haber perdido fuerza física, aunque nunca ha tenido espaldas de leñador. Quizá su libido ha cambiado, pero es difícil decirlo, porque antes no estaba rodeado de chicas que se disputaban sus favores. Demasiada demanda acaba con la demanda —está más tranquilo que antes, pero es lógico: se folla todo lo que se mueve en el campamento. Otras veces hablan del despertar de la Kundalini para explicar las sensaciones absurdas, las visiones raras y los estados de trance en los que se sume de repente. Quizá respira demasiado fuerte, o demasiado bien —y se le libera la energía en la columna vertebral, lo que lo sume en una especie de trip de ácido permanente. Los más originales hablan de abducción —la visita de algún extraterrestre que lo ha elegido como domicilio terrestre. Hablan también de un cambio de frecuencia —la realidad es como una radio, y una mano celeste ha modificado el ajuste.
En un principio Vernon creyó que el campamento atraía a muchísima gente rara. Poco a poco fue entendiendo que el mundo está lleno de personas con creencias estrafalarias, aunque al conocerlas pueda pensarse que son sensatas. El enigma de Vernon les permite expresar sus bufonadas. Y así, entre la ensalada y el postre, a menudo le hablan de su privilegiada conexión vibratoria con el cuarzo macrocristalino. El país está lleno de exaltados convencidos de que los muertos están entre nosotros, de que por el bosque campan criaturas invisibles o de que exponiéndose a las ondas sonoras adecuadas se puede restablecer el propio campo magnético… Basta con darles ocasión de soltar sus teorías, y la cosa se va por extraños derroteros…
Al campamento llega gente de fuera cada dos o tres meses, cuando organizan una convergencia. Así llaman —nadie recuerda haber recurrido por primera vez a esa palabra, pero todos la utilizan— a las noches en las que Vernon elige la música para hacer bailar a los participantes. Las convergencias marcan el ritmo de su vida —encontrar un lugar en el que establecerse, preparar el sitio y el evento, y después volver a empaquetar y marcharse a otro sitio. Sucedió sin que nadie decidiera que sería así. Digamos que se produjo.
Los que solicitaban participar en las convergencias no tardaron en ser tantos que es necesario organizarse bien para seleccionarlos y no sobrepasar las cien personas. Algo pasa. La gente se planta allí, algunos son un auténtico coñazo, van «a ver», desconfiados y agresivos, como si pensaran que pretenden venderles cualquier cuento, cuando no les venden nada, ni siquiera una bonita historia. Se trata de bailar hasta el amanecer, nada más. Lo extraordinario es lo que sienten los que bailan —sin drogas, sin preparativos y sin trucos.
Siempre hay unos cuantos indecisos que se pasean asegurando a todo el mundo que no se creen nada, que ya veremos, que les sorprendería mucho que les pasara algo esa noche porque están de vuelta de todo y son demasiado listos para que los enreden. Vernon y los demás no intentan convencerlos. Basta con esperar. Por la noche, en la pista de baile, empiezan la noche con los brazos cruzados, con una ligera sonrisa torcida, decididos a no dejarse atrapar, a que no les tomen el pelo. Y dos horas después están atrapados. Al día siguiente serán incapaces de decir en qué momento se mezclaron con la multitud, con su movimiento lento y repetitivo. Suelen ser los más conmovidos cuando ya ha salido el sol. Es lo que genera la noche, entre otras cosas, durante las convergencias —una conmoción general. Es lo que va a buscarse al campamento durante las convergencias. Una ligera confusión, luminosa, que da ganas de tomarte tu tiempo y quedarte en silencio. Las epidermis pierden sus fronteras y cada uno de ellos se convierte en el cuerpo de los demás, la privacidad se amplía.
Y en cada convergencia, Vernon se siente como un bicho raro sobre el que dirigen un potente foco. Tiene demasiada importancia. Lo llaman el Chamán. Según dicen, es de broma. Pero lo cierto es que siente las miradas sobre él, y la expectativa se enrosca alrededor de la torre de sonido. La gente lo mira de arriba abajo, desconfiada, preguntándose si es un timo, o lo observa con cariño, convencida de que él puede salvarlos. Vernon no sabe qué hacer para no perder la naturalidad cuando todo se apoya en él. Por suerte, sus ideas no tienen la suficiente continuidad para calentarse la cabeza mucho rato. Piensa «demasiado estrés, me muero», y al minuto está mirando la hoja de un árbol, totalmente absorto. Eso limita que se caliente la cabeza. Aun así descubre el miedo a perder algo. Nunca en la vida le ha acojonado perder lo que tenía: siempre le ha dado la impresión de que no dependía de él. Ahora goza de una comodidad que no es material —duermen en casas vacías, cuando hay casas, pocas veces con calefacción, se instalan junto a fuentes cuando no hay agua corriente y hacen sus necesidades al aire libre, a siete grados bajo cero, comen en fiambreras —y sin embargo viven de lujo. Están convencidos de que comparten una experiencia especial, una bola extra que la vida no les debía, algo que les ha sido concedido, mágico. Y no quiere que se acabe.
En el vagón, los pasajeros han abierto los ordenadores portátiles en la mesilla. Ven una película, rellenan tablas o escriben un mail. Otros clavan los ojos en el teléfono. Están todos captados. Entre los individuos que pueden pagarse un billete de tren ya no hay cuerpos sin su extensión. Aunque a varios asientos de distancia hay un hombre, de unos cincuenta años, que lee el periódico, a la vieja usanza. Cuando pasa una página, molesta un poco con el codo al que está sentado a su lado. Es el único cuya visión no está delimitada por una pantalla. Ni siquiera el niño de cinco años molesta pegando gritos por el pasillo, porque parece hipnotizado por unos dibujos animados. A su lado, la madre mira lo que mira el crío, sin auriculares, no pierde un segundo con el paisaje, menos aún con lo que la rodea.
Vernon ha perdido la costumbre. En el campamento está prohibido conectarse. Surgió de un exceso paranoico de la Hiena, que decretó que debían aprender a vivir sin que los detectaran los radares, sin dejar el menor rastro digital, ni de sus desplazamientos, ni de sus conversaciones. Les da la impresión de que la Hiena se dedica a preparar al grupo para sobrevivir a una tercera guerra mundial en la que fuera especialmente importante no enviar mails. En un primer momento, todo el mundo se sometió al protocolo como a un ritual estrambótico cuyo principal interés consistiera en crear reglas aparte que permitieran definir el espacio del campamento como una burbuja. Con el paso de los meses, Vernon sintió que la gente cambiaba de actitud. Snowden pasó por allí. La consigna parece cada vez menos folclórica. Ahora desconfían más de la tecnología y ya a nadie se le ocurre burlarse cínicamente al entrar en un espacio sin red.
Cuando bajan del tren, en la gare Montparnasse, a Vernon le supera la multitud, siente un vértigo extraño. El ruido, sobre todo, se apodera de él. Mariana, que parece adivinar su desconcierto, pasa la mano por debajo de su brazo. Es muy bajita, pero en sus gestos hay una autoridad apaciguadora, que recuerda a un adulto tranquilizando a un niño.
No es solo que él ha perdido la costumbre, también la ciudad ha cambiado. En un año, la tensión ha subido un nivel. París se ha endurecido. Vernon nota inmediatamente la proximidad de la agresión —están todos cabreados, rebotados unos con otros, a punto de enzarzarse. En los pasillos del metro, ni una sonrisa, ni un solo cuerpo que diga puedo perder el tiempo. Nadie remolonea, como hacen a todas horas en el campamento. Es una ciudad adulta —no se dirigen la palabra si no se conocen, y si lo hacen es para pelearse. Las imágenes lo bombardean, demasiados carteles, demasiadas interferencias. Pero hasta llegar al andén no identifica lo que le molesta desde que ha llegado. El olor. París es una cloaca olfativa —mezcla de podredumbre de aire viciado de olores corporales de perfumes de olores a hierro y a máquinas a suciedad y a productos químicos. Vernon es consciente de que está conteniendo la respiración. Desde hace meses respira en cada lugar en el que están, cada uno tiene su olor, que lo hace especial y único. Aquí, por primera vez desde hace mucho tiempo, se niega a oler el lugar en el que está.
En casa de Kiko, Mariana mira a su alrededor con esa expresión de desconfianza que Vernon conoce tan bien —la expresión que adoptan las personas que no están acostumbradas al lujo cuando se enfrentan a él, como si la hubieran metido en agua hirviendo. Ahora le toca a Vernon apoyar la mano en la parte de abajo de su espalda con la esperanza de transmitirle un poco de calma. Los ricos saben lo que hacen cuando amueblan sus casas, aunque lo hagan instintivamente. Cada uno de los objetos grita a los que no están acostumbrados al lujo: lárgate de aquí, sucio proletario. La diferencia entre la decoración de un pijipi y la de un gran burgués está en este matiz: una dice a todo el que llega «siéntete en tu casa», y la otra pretende excluir a todos aquellos que no poseen el código correcto. Pero Vernon conoce la casa, no le impresiona.
También Kiko ha cambiado mucho. De todos los del campamento, quizá es incluso el que ha vivido una revolución más radical. Vernon se convirtió en su mantenida, en su hobby del fin de semana. Kiko dejó correr su vida de broker. Como un tío en el casino que decidiera dejar la mesa cuando está ganando más. Take the cash and run. Retrospectivamente, nunca se arrepiente de su decisión —dice que hay que estar loco para ser rico y trabajar.
No es el único de su entorno que tuvo una revelación. Conoce a otros tíos que, un día, con el culo metido en su jacuzzi a la sombra de las palmeras de un bungalow de la isla Mauricio, observaron las nalgas de la chica que estaba con ellos y los atravesó un rayo de lucidez: su vida es una mierda. El único interés que le ven es la convicción de que todo el mundo los envidia. Pero lo que Kiko descubrió de extraordinario en ese grupo es que a nadie le apetecía estar en su lugar. Otro se habría limitado a cambiar de entorno —habría buscado la compañía que lo tranquiliza. Él se quedó. Cambió de estrategia.
Los primeros meses le dio una especie de fiebre libertaria. Como si estuviera descomprimiéndose. En algunas personas, lo que se libera con la edad es la energía reaccionaria, que a veces irrumpe y aplasta todo a su paso. Lo que él dejó salir fue al libertario que llevaba dentro. Que llevaba mucho tiempo acurrucado, censurado, retenido, y que al desplegarse armó un buen follón. O, más que el libertario, el cristiano. Pero en el sentido más primitivo del término. El Kiko que amaba a Cristo —cuando menos reprimido durante todos aquellos años— de repente anuló a todos los demás. La cosa le duró unos seis meses. Era de una generosidad molesta, se hacía superpesado.
No quería volver a trabajar, juraba que le daba asco el dinero, que iba a irse a vivir con ellos, miraba con Olga folletos de minivanes, se veía ya en una caravana, siguiéndolos, ya no se sentía nada materialista. Se le ocurría una idea cada mañana. Iba a vender su piso parisino y a comprar un pueblecito abandonado en el Jura, se establecerían todos allí y vivirían en comunidad. No porque los hippies metieran la pata hay que dejar de intentarlo. Las cosas fracasan hasta que tienen éxito. Kiko conoce a un montón de médicos, y en la jerarquía de su entorno, los médicos están muy arriba —convencería a uno de ellos de que se instalara en el pueblo. Así siempre podrían diferenciar un ataque al corazón de una crisis de pánico, o un cáncer de un grano grande. No se preocuparían por nada. Envejecerían en paz.
Pero, con el tiempo, su entusiasmo se atenuó. Se hartó de acampar, regresó a París, volvió a meter la nariz en la coca y retomó sus viejas amistades. Su pasión por Cristo se calmó. Invirtió en una tienda online de hierba, en Los Ángeles. Lo vieron menos por el campamento. Aunque volvía cada cierto tiempo. Les hablaba noches enteras de su proyecto de parque temático —espera la legislación francesa, que según él no puede tardar. Imagina algo entre Jurassic Park y el spa del hotel Bristol, pero organizado en torno a la hierb
