Los Wapshot

John Cheever

Fragmento

cap-3

1

Saint Botolphs era un lugar viejo, un pueblo viejo junto a un río. Había sido un puerto fluvial en los buenos tiempos de las flotas mercantes de Massachussets y ahora le quedaban una fábrica de plata de mesa y algunas otras pequeñas industrias. Sus habitantes no consideraban que hubiese disminuido mucho ni en tamaño ni en importancia, pero la larga lista de los muertos de la Guerra de Secesión, en una placa atornillada al cañón que había en el césped de la plaza, era un recordatorio de lo populoso que había sido el pueblo durante la década de 1860. Saint Botolphs ya nunca podría reclutar tantos soldados. El césped estaba sombreado por unos cuantos olmos grandes y circundado por un cuadrado de fachadas de almacenes. El Bloque Cartwright, que formaba el lado occidental de la plaza, tenía en el segundo piso una hilera de ventanas ojivales, tan delicadas y severas como las ventanas de una iglesia. Detrás de estas ventanas estaban la oficina de la Eastern Star, la del doctor Bulstrode, el dentista, la de la compañía telefónica y la del agente de seguros. Los olores de estas oficinas —el olor de los preparados dentales, de la cera de los suelos, de las escupideras y de las estufas de carbón— se mezclaban en el portal como un aroma del pasado. Bajo una penetrante lluvia otoñal, en un mundo muy cambiante, la plaza de Saint Botolphs daba una impresión de insólita permanencia. En la mañana del día de la Independencia, cuando el desfile empezó a formarse, el lugar tenía un aspecto próspero y festivo.

Los dos chicos de los Wapshot, Moses y Coverly, estaban sentados en el verde de Water Street viendo llegar las carrozas. En el desfile se entremezclaban libremente los temas espirituales y comerciales, y cerca del Espíritu de 1876 había una vieja carreta de reparto con un letrero que decía: COMPRE EL PESCADO FRESCO AL SEÑOR HIRAM. Las ruedas de la carreta, las de todos los vehículos que participaban en el desfile, estaban decoradas con papel rojo, azul y blanco, y había colgaduras por todas partes. También engalanaban la fachada del Bloque Cartwright. Colgaban en pliegues sobre la fachada del banco y ondeaban en todos los camiones y carretas.

Los chicos Wapshot estaban levantados desde las cuatro; tenían sueño y, sentados al sol, parecían haber sobrevivido a la fiesta. Moses se había quemado la mano con un cohete. Coverly había perdido las cejas en otra explosión. Vivían en una granja a tres kilómetros del pueblo río abajo y habían remado contracorriente antes del amanecer, cuando el aire de la noche hacía que el agua del río, al levantarse alrededor del canalete de la canoa y de sus manos, pareciese tibia. Habían forzado una ventana de la iglesia de Cristo, como hacían siempre, y habían tocado la campana, despertando a mil pájaros cantores, a muchos vecinos y a todos los perros dentro de los límites del pueblo, incluyendo al sabueso de los Pluzinski, en Hill Street, muy lejos de allí.

—Son solo los chicos Wapshot —oyó decir Moses a una voz proveniente de la oscura ventana de la vicaría—. Vuelve a dormirte.

Coverly tenía dieciséis o diecisiete años por aquel entonces; era rubio, como su hermano, pero tenía el cuello largo, con una inclinación de cabeza ministerial, y la mala costumbre de hacer crujir sus nudillos. Poseía una mente alerta y sentimental, y le preocupó la salud del caballo del carro del señor Hiram y contempló con tristeza a los residentes del Hogar del Marinero, quince o veinte hombres muy viejos, sentados en bancos en un camión, que parecían injustificadamente cansados. Moses estaba en la universidad y durante el último año había alcanzado la cima de su madurez física y había demostrado poseer el don de una juiciosa y tranquila autoadmiración. Ahora, a las diez, los chicos estaban sentados en la hierba esperando a que su madre ocupara su sitio en la carroza del Club de Mujeres.

La señora Wapshot había fundado el Club de Mujeres en Saint Botolphs y la ocasión se conmemoraba todos los años en el desfile. Coverly no recordaba un Cuatro de Julio en el que su madre no hubiera aparecido en su papel de fundadora. La carroza era sencilla. Una alfombra oriental cubría el suelo del camión o la carreta. Las seis o siete socias fundadoras iban sentadas en sillas plegables, de cara a la trasera del camión. La señora Wapshot estaba de pie ante un atril, llevaba sombrero, tomaba sorbitos de un vaso de agua de vez en cuando y sonreía tristemente a las socias fundadoras o a algún viejo amigo a quien reconocía a lo largo del recorrido. De este modo, por encima de las cabezas de la gente, ligeramente sacudida por el movimiento del camión o la carreta, exactamente igual que esas imágenes religiosas que llevan en procesión por las calles de la zona norte de Boston en otoño, para aplacar las grandes tormentas en el mar, la señora Wapshot aparecía cada año ante sus amigos y convecinos, y era apropiado que la llevasen por las calles, porque no había nadie en el pueblo que hubiese contribuido más a su ilustración. Ella fue quien organizó una comisión para recaudar fondos con destino a una nueva casa parroquial para la iglesia de Cristo. Fue ella quien recaudó un fondo para el abrevadero de granito que había en la esquina y quien, cuando quedó inutilizado, hizo que se plantaran en él geranios y petunias. El nuevo instituto de enseñanza media que se levantaba en la colina, el nuevo cuartel de bomberos, los nuevos semáforos, el monumento conmemorativo de la guerra, sí, sí, hasta los limpios urinarios públicos de la estación ferroviaria cercana al río, eran fruto del genio de la señora Wapshot. Debía de sentirse satisfecha mientras cruzaba la plaza.

El señor Wapshot —el capitán Leander— no andaba por allí. Estaba al timón del Topaze, llevándolo río abajo hacia la bahía. Todas las mañanas de verano, cuando hacía buen tiempo, sacaba la vieja lancha, se detenía en Travertine para enlazar con el tren de Boston y luego cruzaba la bahía hasta Nangasakit, donde había una playa blanca y un parque de atracciones. Había hecho muchas cosas en su vida; fue socio de la compañía de plata de mesa y recibió legados de algunos parientes, pero no había conservado casi nada, y tres años antes, la prima Honora le había dado la capitanía del Topaze para tenerle ocupado y que no se metiera en líos. El trabajo era adecuado para él. El Topaze parecía creación suya; reflejaba su gusto por lo romántico y lo disparatado, su amor por las chicas de la costa y por los largos y alocados días de verano con olor a salitre. La lancha tenía una línea de flotación de dieciocho metros, un viejo motor Harley de una sola hélice y suficiente espacio en la cabina y en las cubiertas para cuarenta pasajeros. Era un cascarón poco marinero que se movía —se decía Leander— como un inmueble, con sus cubiertas abarrotadas de colegiales, prostitutas, hermanas de la caridad y otros turistas, su estela sembrada de cáscaras de huevo duro y envoltorios de bocadillos y sus huesos trepidando tan violentamente a cada cambio de velocidad que la pintura se le desprendía del casco. Pero a Leander, desde su puesto al timón, la travesía se le antojaba gloriosa y triste. Las maderas de la vieja lancha parecían mantenerse unidas gracias a la luminosidad y transitoriedad del verano y olía a los desechos veraniegos, a zapatillas playeras, toallas, trajes de baño, y a las tablas, baratas y fragantes, de las viejas casetas de baño. Atravesando la bahía, la lancha pasaba sobre aguas que a veces tenían el color violeta de un ojo, el viento de tierra traía a bordo la música del tiovivo y desde allí se podía ver la lejana costa de Nangasakit; el entramado de insensatos paseos, linternas de papel, comida frita y música, que acometía al Atlántico en tan frágil mezcolanza que parecía un borde de desperdicios marinos, las estrellas de mar y las pieles de naranja que traen las olas. «Átame al mástil, Perímedes», solía gritar Leander cuando oía la musiquilla del tiovivo. No le importaba perderse la aparición de su mujer en el desfile.

Hubo algunos retrasos en el comienzo del desfile esa mañana. Al parecer, se centraban en torno a la carroza del Club de Mujeres. Una de las socias fundadoras vino a preguntarles a Moses y a Coverly si sabían dónde estaba su madre. Le dijeron que no habían estado en casa desde la madrugada. Empezaban a preocuparse, cuando la señora Wapshot apareció de pronto en la puerta de la tienda de Moody y ocupó su sitio. El maestro de ceremonias tocó el silbato; el tamborilero, con la cabeza envuelta en una venda ensangrentada, tocó un compás y los pífanos y los tambores empezaron a chillar, desalojando a una docena de palomas del tejado del Bloque Cartwright. Del río llegó un vientecillo que trajo a la plaza el oscuro y áspero olor del barro. El desfile recogió sus desperdigados elementos y se puso en marcha.

Los voluntarios del departamento de bomberos habían estado levantados hasta medianoche, lavando y sacando brillo al equipo de la Compañía de Mangueras Niágara. Parecían orgullosos de su trabajo, aunque procuraban tener un aspecto serio. El coche de los bomberos iba seguido por el viejo señor Starbuck, sentado en un coche abierto, vestido con el uniforme del Gran Ejército de la República, a pesar de que era bien sabido que nunca participó en la Guerra de Secesión. A continuación venía la carroza de la Sociedad de Historia, donde una descendiente directa, legalizada, de Priscilla Alden sudaba bajo una pesada peluca. Iba seguida de un camión lleno de alegres muchachas de la compañía de plata de mesa, que arrojaban cupones a la gente. Después venía la señora Wapshot, de pie ante el atril; una mujer de cuarenta años, cuyo hermoso cutis y correctas facciones podían contarse entre sus dotes de organización. Era bella, pero al probar el agua del vaso sonreía con tristeza, como si esta estuviera amarga, porque, a pesar de su entusiasmo cívico, tenía un gusto por la melancolía —por el olor de la corteza de naranja y del humo de leña— verdaderamente excepcional. Era más admirada entre las señoras que entre los hombres y puede que la esencia de su belleza fuese el desencanto (Leander la había engañado), pero ella había puesto todos los recursos de su sexo en esa infidelidad y había sido recompensada con tal aire de nobleza ofendida y luminosa visión, que algunas de sus partidarias suspiraron al verla atravesar la plaza, como si por su cara vieran pasar una vida.

Entonces algún golfo —debió de ser uno de los extranjeros que vivían al otro lado del río— tiró un petardo debajo de la grupa de la vieja yegua del señor Pincher y esta se desbocó. Mucho más tarde, al recordar este desastre, la gente de Saint Botolphs se acordaba de su parte buena. Decían que había sido providencial que ninguno de las mujeres y los niños que se alineaban a lo largo del recorrido resultara pisoteado. La carroza estaba a solo pocos metros del cruce de las calles Water y Hill y la yegua tomó esa dirección, corriendo como un relámpago, mientras el viejo Pincher gritaba soo, soo. Las primeras carrozas estaban de espaldas al accidente y, si bien oyeron los gritos de excitación y el ruido de los cascos de caballo, no previeron la magnitud del desastre y los pífanos continuaron chillando. El señor Starbuck siguió inclinando la cabeza a izquierda y derecha, las chicas de la fábrica de plata de mesa siguieron arrojando cupones a la gente. Cuando la carreta subía por Hill Street se vio caer el atril de la señora Wapshot y, con él, la jarra y el vaso de agua; pero ninguna de las señoras del Club de Mujeres era cobarde ni tonta y todas se agarraron a alguna parte fija de la carreta y confiaron en el Señor. En aquellos tiempos, Hill Street era un camino de tierra y, como ese verano fue seco, los cascos de la yegua levantaron una columna de polvo tan grande que a los pocos minutos la carreta había desaparecido.

cap-4

2

Los Harcourt y los Wheelwright, los Coffin y los Slater, los Lowell y los Cabot y los Sedgewick y los Kimball —sí, hasta los Kimball— han hecho investigar la historia de sus familias y la han publicado, y ahora les toca a los Wapshot, que no quisieran que se los considerara sin alguna referencia a su pasado. Una prima por matrimonio había encargado un estudio del nombre, que se remontaba a su origen normando: Vaincre-Chaud. La declinación desde Vaincre-Chaud pasando por Fanshaw, Wapeshaw, Wapshafftes, Wapshottes, hasta llegar a Wapshot, fue encontrada en los registros parroquiales de Northumberland y Dorsetshire. En Saint Botolphs le daban una pronunciación nasal que sonaba «Warpshart». La rama de la familia que nos ocupa fue fundada por Ezekiel Wapshot, que emigró de Inglaterra a bordo del Arbella en 1630. Ezekiel se instaló en Boston, donde enseñaba latín, griego y hebreo y daba clases de flauta. Le ofrecieron un puesto en el Gobierno Real, pero, juiciosamente, lo rechazó, iniciando así una tradición familiar de meditada y cortés renuncia que, trescientos años más tarde, encantaba a Leander y sus hijos. Alguien escribió respecto a Ezekiel que «detestaba las pelucas y que siempre tenía en mente la prosperidad de la Mancomunidad Británica». Ezekiel engendró a David, Micabah y Aaron. Cotton Mather hizo el panegírico en la tumba de Ezekiel.

David engendró a Lorenzo, John, Abadiah y Stephen. Stephen engendró a Alpheus y Nestor. Nestor —que fue teniente en la guerra contra Inglaterra— fue propuesto para una condecoración por el general Washington y él declinó el honor. Esto coincidía con la tradición establecida por Ezekiel, y, si bien estas renuncias se debían en parte a una ingenua valoración del conocimiento de sí mismo de un hombre, también había en ello algo de astucia yanqui, porque destacar —ser un héroe— podría entrañar algunas enojosas responsabilidades económicas. Ningún hombre de la familia había aceptado nunca un honor y, al mantener esta tradición de desmerecimiento, las mujeres de la familia la habían ampliado hasta tal punto que cuando comían fuera de casa se limitaban a picotear la comida, creyendo que rechazar los sándwiches en la merienda o el pollo de los domingos, rechazar cualquier cosa, era un signo de carácter. Las señoras siempre se levantaban de la mesa con hambre, pero su sentido de la dignidad quedaba igualmente satisfecho. En sus propios dominios, naturalmente, comían como lobas.

Nestor engendró a Lafayette, Theophilus, Darcy y James. James fue capitán del primer Topaze y más tarde «mercader» en el comercio con las Indias Occidentales. Engendró a tres hijos y una hija, pero Benjamin es el único que nos interesa aquí. Benjamin se casó con Elizabeth Merserve y engendró a Thaddeus y Lorenzo. Elizabeth murió cuando Benjamin tenía setenta años. Entonces él se casó con Mary Hale y engendró a Aaron y Ebenezer. En Saint Botolphs llamaban a las dos tandas de hijos «la primera cosecha» y «la segunda cosecha».

Benjamin prosperó y fue quien efectuó la mayor parte de las adiciones a la casa de River Street. Entre sus reliquias figura una carta frenológica y un retrato. En la primera se dice que la circunferencia de su cabeza era de veintitrés pulgadas y media «desde el occipital spinalis hasta la individualidad». Medía seis pulgadas y media desde «el orificio del oído hasta la benevolencia». Se calculaba que su cerebro era excepcionalmente grande. Entre sus principales propensiones se encontraba la amatividad, la excitabilidad y la autoestima. Era moderadamente reservado y no mostraba indicios de capacidad de asombro, religiosidad o veneración. En el retrato aparecía con patillas rubias y unos ojos azules muy pequeños, pero sus descendientes, examinando el retrato y tratando de adivinar qué era lo que, oculto bajo sus adornos capilares, había sido aquel hombre, siempre se quedaban con una impresión de dureza y falta de honestidad; una sensación molesta que se veía aumentada por la convicción de que Benjamin hubiera detestado a esos descendientes de traje de gabardina. El poder de desaprobación mutua del cuadro era tan grande que lo tenían guardado en el desván. Benjamin no se había hecho pintar con su uniforme de capitán. Nada de eso. Aparecía con una gorra de terciopelo amarillo, adornada con piel, y una amplia túnica o bata de terciopelo verde, como si él, criado en aquella costa agreste y destetado con judías y bacalao, se hubiese transformado en un mandarín o en un aguileño príncipe renacentista, arrojando huesos a los mastines y joyas a las prostitutas y bebiendo vino en copas de oro, con los lazos de terciopelo de sus calzas a punto de reventar.

Junto con la carta frenológica y el retrato estaban los diarios de la familia, ya que todos los Wapshot eran prolíficos autores de diarios. Apenas había un hombre en la familia que hubiera capado a un caballo, comprado un barco de vela o escuchado, a altas horas de la noche, el ruido de la lluvia en el tejado, sin dejar constancia escrita de estos hechos. Anotaban los cambios de viento, la llegada y salida de los barcos, el precio del té y el yute y la muerte de los reyes. Se imponían el cultivo de sus mentes y se reprochaban la pereza, la desidia, la lujuria y la ebriedad, porque Saint Botolphs había sido un animado puerto donde se bailaba hasta el amanecer y donde siempre había ron en abundancia. El desván era un lugar muy indicado para estos papeles, pues en esta cumbre de la casa, tan grande como un pajar, con sus baúles, remos, cañas de timón, velas rasgadas, muebles rotos, chimeneas retorcidas, moscardones, avispas y lámparas anticuadas y esparcidas a los pies de uno como las ruinas de una civilización desaparecida, y con un extraordinario olor a especias en el aire, como si algún Wapshot del siglo XVIII, bebiendo madeira y comiendo nueces en una playa soleada y pensando sobre el paso del verano, hubiese intentado apresar el calor y la luz en un frasco o una canasta y luego hubiese soltado ese tesoro en el desván, pues aquí estaba el olor del verano sin su vitalidad; aquí parecían haberse preservado las luces y los sonidos del verano.

En el pueblo se recordaba a Benjamin —injustamente, sin duda— por un incidente ocurrido a su regreso de Ceilán en el segundo Topaze. Su hijo Lorenzo hizo una buena descripción de ello en su diario. Había cuatro volúmenes del mismo, encuadernados con tapas de cartón y con la siguiente introducción:

Yo, Lorenzo Wapshot, de veintiún años de edad, pensando que me servirá de esparcimiento llevar una especie de diario de mi tiempo y situación y de los varios sucesos que puedan tener lugar a medida que transcurre mi vida, he decidido tomar nota diariamente en este libro de todas las circunstancias que puedan presentarse, no solo en lo referente a mis propios asuntos, sino a aquellos que se produzcan en el pueblo de Saint Botolphs hasta donde yo pueda indagarlos adecuadamente.

En el segundo volumen de su diario era donde Lorenzo informaba de los sucesos que condujeron al famoso regreso de su padre.

En este día recibimos noticias del navío Topaze, del que mi padre es capitán. Lleva tres meses de retraso. Brackett, del bergantín Luna, nos dice ahora que su arboladura resultó muy dañada por una tempestad, que estuvo dos meses en Samoa para que lo repararan y que ahora puede llegar cualquier día. Madre y las tías Ruth y Patience oyeron que había fuerte marejada en Hales Point; yo enganché el calesín y me dirigí allí.

En este día nos visitó David Marshman, el primer oficial del bergantín Luna, quien solicitó hablar en privado con madre y con este fin fue conducido a la salita. No le sirvieron el té y, cuando se hubo ido, las hermanas de madre se reunieron con ella y a continuación se oyeron muchos murmullos. Ninguna de las damas quiso cenar y yo lo hice solo en la cocina con el chino. Por la noche me acerqué al almacén de Cody y me pesé. Peso 75 kilos.

Este día fue cálido y agradable; vientos del sur. Durante el día llegaron los siguientes navíos, a saber: El Resilance, de Gibraltar. Capitán Tobias Moffet. El Golden Doge, de Nueva Orleans. Capitán Robert Folger. El Venus, de Quito. Capitán Edg. Small. El Unicornio, de Amberes. Capitán Josh Kelley. Me bañé en el río. Esta tarde la tierra sedienta se refrescó con un delicioso chubasco.

En el día de hoy, hacia mediodía, se oyó el grito de «fuego» y he aquí que el tejado de la casa del señor Dexter se había incendiado. No obstante, se aplicaron tan copiosas cantidades de agua que el progreso del incendio se detuvo de inmediato. El tejado sufrió daños insignificantes. Me acerqué esta tarde al almacén de Cody y me pesé. Peso 75 kilos. Mientras estaba allí, Newell Henry me llevó aparte y me dio más noticias del Topaze. Tuvo la condenable insolencia de decirme que el retraso de mi padre no era ocasionado por daños en la arboladura sino por su afición a prácticas inmorales, a saber, beber inmoderadamente y entregarse a la lujuria con las nativas, tras lo cual le di una patada en el trasero y me fui a casa.

Esta mañana me visitó en el despacho Prince, presidente del Club Birch Rod, una organización de jóvenes de la localidad para la promoción de la conducta caballeresca y las elevadas cualidades morales. Comparecí ante el club por la tarde debido a una queja presentada por Henry por darle una patada en el trasero. El primer oficial del bergantín Luna testificó respecto a la veracidad de las afirmaciones de Henry, y H. Prince, actuando como abogado de la defensa, hizo una muy elegante y conmovedora condena de las habladurías de todas clases, tanto si existe en ellas un ápice de verdad como si no, y el jurado falló a mi favor e impuso al demandante una multa de tres docenas de manzanas buenas. Al regresar a casa, encontré a madre y sus hermanas bebiendo ponche de ron.

El día de hoy amaneció claro. El hijo pequeño del capitán Webb fue atropellado por un caballo y murió antes del crepúsculo. Fui al almacén de Cody y me pesé. Peso 75 kilos. Di un paseo con las señoritas por la pradera. Madre y sus hermanas estaban bebiendo ponche de ron cuando regresé.

El día de hoy estuve ocupado en el jardín transportando estiércol. Madre y sus hermanas bebían ponche de ron. Es el cuento de Marshman sobre Samoa lo que las ha abatido, pero no deberían juzgar severamente al ausente ni olvidar que los anhelos de la carne son contrarios a los del espíritu. He dedicado una parte considerable de mi tiempo de ocio durante este último año a mejorar mi mente, pero descubro que he pasado muchas horas de un modo extremadamente insensato y que paseando por la pradera al atardecer en compañía de virtuosas, amables y distinguidas señoritas no experimento más que sucias pasiones. Comencé a leer la Europa moderna de Russell el verano pasado. He leído los dos primeros volúmenes, que encuentro muy interesantes, y aprovecharé la primera oportunidad para concluir la obra. Que una mirada retrospectiva me permita encontrar la sabiduría necesaria para regir y corregir el futuro más provechosamente. Para lograr esto y enmendar mi carácter quiera el Todopoderoso Rector del Universo concederme Su ayuda y guía y dirigirme en todas las cosas buenas.

El día de hoy llegó una caravana de animales salvajes a la Casa del Río y fui allí por la tarde para ver las curiosidades. A las seis y media se abrieron las puertas de la tienda de lona; anteriormente se había juntado mucha gente que esperaba apiñada con sus mejores galas como un enorme rebaño de ovejas cuando las juntan ante el esquilador. Era absolutamente vergonzoso ver a delicadas damas, incluso las de máxima respetabilidad, así como a muchos apuestos, rectos y altos muchachos apelotonados y estrujados, empujando y dando codazos para conservar sus puestos cerca de la entrada de la tienda y esforzándose por aproximarse lo más que les fuera posible. Finalmente, se abrió la puerta y entonces hubo un tumulto. El supremo esfuerzo de varios porteros apenas consiguió regular y acotar la riada de gente y al poco la tienda estaba atestada. Afortunadamente, obtuve una posición desde la cual, mirando entre varias cabezas, pude ver las curiosidades que incluían un león, tres monos, un leopardo y un oso amaestrado al que le habían enseñado a bailar al ritmo de una música y a sumar unas cifras.

En el día de hoy a las ocho de la mañana Sam Tobridge vino a caballo desde la colina de Saul con la noticia de que el Topaze había sido avistado. Hubo mucha animación y ajetreo tanto en casa como en el pueblo entre sus otros armadores. Fui con el juez Thomas en su calesín hasta la desembocadura y John Pendlenton me llevó al Topaze. Encontré a padre de excelente humor; me ha traído de regalo una hermosa espada a la que llaman kriss. Bebí madeira en el camarote con padre y el juez Thomas. El cargamento es yute. El barco fue llevado a puerto y amarrado y bajaron la pasarela en el lugar donde madre y sus hermanas esperaban para saludar a padre. Llevaban paraguas. Cuando padre se aproximó a las señoras la tía Ruth alzó su paraguas bien alto y lo dejó caer ferozmente sobre la cabeza de padre. La tía Hope le golpeó con furia por el lado de babor y madre cargó contra él por la proa. Cuando las señoras hubieron acabado llevamos a padre en calesín directamente a la consulta del doctor Howland, donde le dieron tres puntos en una oreja y donde pasó la noche conmigo por toda compañía, y donde bebimos vino, comimos nueces y pasamos el rato alegremente pese a que sufría dolores.

Los primeros volúmenes de los diarios de Lorenzo eran los mejores —descripciones de la actividad en el río y de las tardes de verano en que se oía a la guardia montada de Saint Botolphs haciendo la instrucción en el prado—, lo cual era, en cierto modo, sorprendente, ya que logró mejorar su capacidad intelectual, sirvió dos períodos en la legislatura y fundó la Sociedad Filosófica de Saint Botolphs, pero la cultura no favoreció a su prosa y nunca volvió a escribir tan bien como lo hizo acerca de la caravana de animales salvajes. Vivió hasta los ochenta años, nunca se casó y dejó todos sus ahorros a su sobrina Honora, hija única de su hermano menor, Thaddeus.

Thaddeus se marchó al Pacífico en lo que posiblemente fue un viaje de expiación. Él y su esposa, Alice, pasaron dieciocho años allí como misioneros, distribuyendo ejemplares del Nuevo Testamento, supervisando la construcción de iglesias de coral, sanando a los enfermos y enterrando a los muertos. Físicamente, ni Thaddeus ni Alice eran lo que solemos imaginar como el prototipo de un misionero consagrado. En las fotografías familiares destacan por ser una pareja bien parecida y alegre. Estaban consagrados, sin embargo, y en sus cartas, Thaddeus contaba que una tarde, al aproximarse en bote a una isla, le recibieron y agasajaron bellas mujeres desnudas. «Qué reto para mi devoción», escribía.

Honora nació en Oahn y la mandaron a Saint Botolphs, donde su tío Lorenzo la crio. Ella no tuvo hijos. Ebenezer tampoco tuvo hijos, pero Aaron engendró a Hamlet y a Leander. Hamlet no contrajo matrimonio y Leander se casó con Sarah Coverly y engendró a Moses y Coverly, a los cuales hemos visto en el desfile.

cap-5

3

La yegua del señor Pincher galopó unos cien metros, quizá doscientos, por Hill Street y luego, falta de resuello, se puso a un pesado trote. Fatty Titus siguió a la carroza en su coche, con la intención de rescatar a las socias fundadoras del Club de Mujeres, pero cuando las alcanzó, la escena era tan tranquila —parecía un paseo bucólico— que dio la vuelta y regresó al pueblo para ver el resto del desfile. El peligro había pasado para todos, menos para la yegua del señor Pincher. Dios sabe a qué esfuerzos se habían visto sometidos su corazón y sus pulmones, e incluso su voluntad de vivir. Se llamaba Lady, mascaba tabaco y para el señor Pincher era más valiosa que la señora Wapshot y sus amigas. Le gustaba su temperamento dulce y admiraba su perseverancia, y la indignidad de que le hubieran puesto un petardo bajo la grupa le ponía furioso. ¿Adónde iba a parar el mundo? Su corazón se volcaba hacia la vieja yegua y esos tiernos sentimientos se extendían como una manta sobre el ancho lomo del animal.

—Lady se va a casa —le dijo a la señora Wapshot por encima del hombro—. Quiere irse a casa y yo voy a dejarla.

—¿No podría usted dejarnos bajar? —preguntó la señora Wapshot.

—No pienso detenerla ahora —dijo el señor Pincher—. Ella ha tenido que aguantar mucho más que ustedes. Quiere irse a casa ahora y yo no voy a detenerla.

La señora Wapshot y sus amigas se resignaron a la noticia de su cautividad. Después de todo, ninguna de ellas estaba herida. La jarra de agua se había roto y el atril se había caído, pero estaba entero. Sabían que el establo de Lady estaba en Hewitt Street, lo que significaba subir la colina y atravesar por el campo hasta River Street; pero hacía un día hermoso y era una buena oportunidad para disfrutar del aire salado y del paisaje veraniego; además, no tenían elección.

La vieja yegua había empezado a subir la cuesta de Wapshot Hill y desde aquí, por encima de los árboles, tenían una magnífica vista del pueblo y el valle. Hacia el noreste se hallaban los muros de ladrillo de la fábrica de plata de mesa, el puente del ferrocarril y la torre victoriana de la estación. Hacia el centro del pueblo había una torre menos sentimental, la de la iglesia unitaria, fundada en 1780. El reloj dio la media en ese momento. La campana había sido fundida en Amberes y tenía un sonido claro y dulce. Un segundo más tarde, la campana de la iglesia de Cristo (1870) dio la media hora con una nota lúgubre que sonaba como una sartén. Esta campana venía de Altona. Un poco antes de llegar a la cima de la colina, la carreta pasó por delante de la bonita casa blanca de la anciana señora Drinkwine, con su valla cubierta por las rosas rojas. La blancura de la casa, los olmos como plumas, las puntuales campanas de las iglesias —hasta el tenue olor a mar— fomentaban en las excursionistas una tendencia a pasar por alto la versatilidad de la vida, como si fuera de sentido común olvidar que la señora Drinkwine en un tiempo había sido costurera para Lee y J. J. Shubert y sabía más del peor lado de la vida que Louis-Ferdinand Celine.

Pero, desde la cima de Wapshot Hill, era difícil no extender sobre el pueblo un rico y oscuro barniz de decoro y singularidad, o bien, lamentar la decadencia del que en un tiempo fue bullicioso puerto; señalar que lo que antes se llamaba la Gran Hormiga era ahora el Valle de los Alisos y que lo que fue la Jarra del Marinero ahora era el salón de té Grace Louise. Había belleza ahí abajo, indiscutible y única —muchas cosas hermosas construidas para satisfacción de hombres curtidos—, y había decadencia —más barcos en botellas que en el agua—, pero ¿por qué apenarse por ello? Mirando el pueblo, podríamos ponernos en el lugar de un hombre nacido en él (con la familia en Cleveland) que vuelve aquí por algún motivo concreto —una herencia, una vajilla de Hawthorne, una camiseta de fútbol americano— y, mientras pasea por las calles con buen tiempo, ¿qué le importa que la herrería se haya convertido en una escuela de arte? Nuestro amigo de Cleveland observaría, al pasar por la plaza al atardecer, que esta decadencia o este cambio no habían alterado su propia humanidad, y que fuera él lo que fuera —un hombre que ha venido para cobrar una herencia o un marinero borracho en busca de una prostituta— daba igual que su camino estuviese iluminado por las parpadeantes velas de los salones de té o no; eso no cambiaba lo que él era.

Pero nuestro amigo de Cleveland solo estaba de paso, pronto se marcharía, mientras que el señor Pincher y sus pasajeras se quedarían. Ahora, pasada la casa de la señora Drinkwine, en la cima de la colina, se extendía ante ellas la parte oeste del pueblo, tierras de labor y bosques y a lo lejos el lago de Parson, donde Parthenia Brown se había ahogado y donde estaba la fábrica de hielo, ahora inútil, con una rampa que descendía hasta el agua azul. Veían, desde este altozano, que no había muros ni barreras en torno al pueblo y no obstante, cuando la carreta bajó lentamente por el lado oeste de la colina y se aproximaron a la casa de Reba Heaslip, es posible que se preguntaran cómo había podido vivir Reba en un lugar que no estaba cercado. Siempre que le presentaban a alguien, Reba exclamaba: «¡Yo NACÍ en el santuario del templo masónico!». Lo que quería decir, naturalmente, era que donde ahora estaba el templo masónico había sido la casa de su padre, pero ¿con ese estilo brusco y exclamatorio podía haber llegado muy lejos en un lugar como Chicago? Era una apasionada opositora de la vivisección y estaba consagrada a la alteración o supresión de las celebraciones navideñas, festividad que, según su parecer, inculcaba y perpetuaba un ruinoso despilfarro, falsas pretensiones y la depravación económica. En Nochebuena compaginaba sus dos entusiasmos y se metía entre los grupos que cantaban villancicos, repartiendo octavillas antiviviseccionistas. Había sido arrestada dos veces por la que ella llamaba «policía fascista». Tenía una casa blanca, como la de la señora Drinkwine, con un letrero clavado en la puerta. ESTA ES LA CASA DE UNA SEÑORA MUY ANCIANA QUE HA DEDICADO LOS ÚLTIMOS DIEZ AÑOS DE SU VIDA A LA CAUSA ANTIVIVISECCIONISTA. MUCHOS DE LOS HOMBRES DE SU FAMILIA MURIERON POR LA PATRIA. NO HAY NADA DE VALOR NI DE INTERÉS AQUÍ. ¡SALUDEN A LA BANDERA! ¡QUE LOS LADRONES Y LOS VÁNDALOS PASEN DE LARGO! El letrero estaba estropeado por el tiempo, pues llevaba allí diez años, y las señoras apenas se fijaron en él.

En el césped de la casa de Reba había un esquife plantado con petunias.

Bajando por el lado oeste de la colina, con todo el peso de la carreta en las varas, la yegua caminaba despacio. Más allá de la casa de Reba había un terreno boscoso, encantadoramente bañado por la luz del sol, y este bosquecillo tuvo sobre todas ellas, incluso sobre el señor Pincher, un efecto positivo, como si fuera una evocación del paraíso —una alegre comprobación de la belleza de la campiña en verano—, porque era el tipo de paisaje que la mayoría de ellos tenía colgado en las paredes de la sala y, sin embargo, no era una fotografía ni un cuadro, este paisaje por el que viajaban con las manchas de luz pasándoles por encima. Todo era real y ellos eran de carne y hueso.

Más allá del bosque llegaron a la propiedad de Peter Covell.

Peter era granjero. Tenía una producción poco rentable —maíz, gladiolos, mantequilla y patatas— y en el pasado había ganado algún dinero construyendo muros de piedra. Era un hombre robusto, de unos setenta años, con herramientas herrumbrosas, un granero derrumbado, pollos en la cocina, gatos en la sala, lujurioso, a veces borracho y siempre bien hablado, que había arrancado piedras de la tierra con una yegua más vieja que Lady y las había unido, formando muros que durarían más que el pueblo, cualquiera que fuese su destino. Si represaran el río e inundaran el pueblo para hacer un embalse (lo cual podría ocurrir), durante las sequías de verano, la gente vendría en coche o en avión —ya que esto sucedería en el futuro— para ver el diseño de los muros de Covell cuando apareciesen por encima del agua; si la maleza, los vástagos de arce y los espinos se apoderasen del lugar, los pescadores y los cazadores que trepasen esos muros dirían que en aquellas tierras debió de haber pastizales en un tiempo. Su hija Alice no se había casado, tanto quería al viejo, e incluso ahora, los domingos por la tarde subían por la colina cogidos de la mano, llevando un catalejo para mirar los barcos de la bahía. Alice criaba perros de raza collie. En la casa había un letrero: SE VENDEN COLLIES. ¿Quién iba a querer comprar collies? Le habría ido mejor criando niños o vendiendo huevos.

Todos los perros que no vendía se pusieron a ladrar al paso de la carreta.

Pasada la casa de Covell, estaba el río Brown, un arroyuelo o torrentera, con un puente de madera que desencadenó un estrépito de falsos truenos cuando lo cruzaron. Al otro lado del arroyo estaba la granja de Pluzinski, una casita marrón con adornos de cristal en los pararrayos y dos rosales en el patio delantero. Los Pluzinski eran unos extranjeros muy trabajadores que se mantenían apartados de los demás, aunque su hijo mayor había obtenido una beca para la academia. Su granja, rectilínea y recogida, era el polo opuesto de la de Peter Covell, como si, a pesar de no hablar inglés, se hubieran adaptado al valle de una forma mucho más natural que el viejo yanqui.

Después de la granja de Pluzinski, la carretera torcía a la derecha y pudieron ver el hermoso pórtico de estilo griego de la casa de Theophilus Gates. Theophilus era el presidente del banco y de la compañía Trust de Pocamasset y, como buen defensor del ahorro y la austeridad, se le veía todas las mañanas cortando leña delante de su casa, antes de irse al trabajo. Su casa no estaba sucia, pero necesitaba una capa de pintura, y esto, lo mismo que el cortar leña, lo hacía para demostrar que valoraba más un honrado desaliño que un alarde despilfarrador. En el césped de su jardín había un letrero de SE VENDE. Theophilus había heredado de su padre acciones de empresas públicas de Travertine y Saint Botolphs y las había vendido con un elevado beneficio. El mismo día en que concluyó esta operación, volvió a casa y puso el letrero de SE VENDE en el césped. Naturalmente, la casa no estaba en venta. El letrero tenía el propósito de desatar el rumor de que había vendido las acciones perdiendo dinero y contribuir así a conservar su reputación de hombre pobre, triste, temeroso de Dios y sobrecargado de trabajo. Una cosa más. Cuando Theophilus tenía invitados a cenar pretendía que, después de la cena, salieran al jardín para jugar al escondite.

Al pasar por delante de la casa de Gates, las señoras vieron a lo lejos el tejado de pizarra de la casa de Honora Wapshot en Boat Street. Honora había sido presentada al presidente de Estados Unidos en una ocasión y al estrecharle la mano le había dicho: «Yo soy de Saint Botolphs. Supongo que usted sabrá dónde está eso. Dicen que Saint Botolphs es como una tarta de calabaza. No tiene corteza por arriba...».

Vieron a la señora Jones corriendo por el sendero de su jardín con un cazamariposas en la mano. Llevaba un amplio vestido de estar por casa y un gran sombrero de paja.

Pasada la de los Jones, estaba la casa de los Brewster y otro letrero: TARTAS Y PASTELES CASEROS. El señor Brewster era un enfermo crónico y la señora Brewster mantenía a su marido y había costeado los estudios universitarios de sus dos hijos con el dinero que ganaba como pastelera. A los hijos les había ido bien, pero ahora uno de ellos vivía en San Francisco y el otro en Detroit y nunca iban a verles. Les escribían diciendo que pensaban visitarles en Navidad o en Semana Santa, que el primer viaje que hicieran sería a Saint Botolphs, pero luego se iban al parque nacional Yosemite, o a México, o incluso a París, pero nunca, nunca iban a casa de sus padres.

En el cruce de las calles Hill y River, la carreta torció a la derecha, pasó por delante de la casa de George Humbolt, que vivía con su madre y a quien llamaban tío Pipí Malvavisco. Tío Pipí descendía de curtidos marineros, pero no era tan viril como sus antepasados. ¿Podría, gracias a la imaginación y el anhelo, endurecerse como le habría endurecido el paso del estrecho de Magallanes? De vez en cuando, en las tardes de verano, el pobre tío Pipí vagaba en cueros por los jardines de la ribera. Sus vecinos solo le hablaban con impaciencia. «Vete a casa, tío Pipí, ponte algo encima», le decían. Rara vez le arrestaban y nunca le mandarían a ningún sitio, porque eso repercutiría en la singularidad del pueblo. ¿Qué podría hacer por él el resto del mundo que no se pudiera hacer en Saint Botolphs?

Más allá de la casa del tío Pipí, vieron la de los Wapshot a lo lejos, y la propia River Street, que siempre era una imagen romántica, lo parecía aún más en esta mañana de fiesta. El aire olía a salitre —se estaba levantando el viento del este— y pronto daría al lugar cierto propósito, cierto esplendor y también cierta tristeza, porque mientras las señoras admiraban las casas y los olmos, comprendieron que sus hijos se marcharían. ¿Por qué querían marcharse los jóvenes? ¿Por qué querían marcharse los jóvenes?

El señor Pincher se detuvo el tiempo suficiente para que la señora Wapshot se apeara de la carreta.

—No voy a darle las gracias por el paseo —dijo ella—, pero se las daré a Lady. Fue idea de ella.

Este era el estilo de la señora Wapshot y, despidiéndose con una sonrisa, caminó airosamente por la acera hasta su puerta.

cap-6

4

Rosalie Young tomó la carretera de la costa aquella mañana, tan desconocida para los Wapshot como usted lo es para mí, muy, muy temprano, mucho antes de que el desfile empezara a formarse en Saint Botolphs, allá hacia el sur. Su novio detuvo su viejo descapotable delante de la casa de huéspedes donde Rosalie vivía, para que ella subiera al coche. La señora Shannon, la patrona, les vio alejarse a través de los cristales de la puerta principal. La juventud constituía un amargo misterio para la señora Shannon, pero ese día el misterio era más profundo debido al abrigo blanco de Rosalie y al cuidado que había puesto en pintarse la cara. Si fueran a nadar, pensó la patrona, no se habría puesto el abrigo blanco nuevo, y si no iban a nadar, ¿para qué se llevaba una toalla, una de las toallas de la señora Shannon? Lo mismo podían ir a una boda que a una excursión de su oficina, a un partido de pelota que a visitar a unos parientes. Le dio pena pensar que nunca podría saberlo con certeza.

Aunque siempre era difícil para un extraño adivinar el destino de Rosalie, esta emprendía cada viaje con grandes expectativas. A veces, en otoño, su novio les decía a sus padres que se iba de caza y se llevaba a Rosalie —que no estaba sometida a ningún tipo de vigilancia una vez que salía de la casa de huéspedes— a pasar la noche en una cabaña turística de la autopista, y cuando él la recogía esos sábados por la tarde, ella solía llevar un crisantemo y una hoja de roble prendidos en la solapa, y en la mano un maletín con una etiqueta de la Universidad de Amherst o la de Harvard, como si esperase todos los placeres de un fin de semana centrado en una competición deportiva universitaria, el partido, el baile, la recepción en la facultad y el concierto al aire libre. Nunca se decepcionaba ni se desengañaba. Nunca había un momento, al colgar su abrigo en la cabaña para turistas mientras él intentaba quitar la humedad encendiendo el fuego, en el cual la diferencia entre esta velada clandestina y el baile de estudiantes la deprimiera, ni tampoco parecía llegar nunca a un punto en que estas diferencias redujeran o alteraran sus expectativas. La mayor parte de sus expectativas eran académicas y ahora, cuando salían de la ciudad, se puso a cantar. Las canciones populares pasaban directamente de la radio o de la orquesta a algún espacio retentivo de su memoria, dejando una huella de letras alegres, repetitivas y sentimentales.

Al salir de la ciudad pasaron por esas congestionadas playas que se hallan dentro de sus límites y que se prolongan, con unas cuantas interrupciones industriales, durante muchos kilómetros hacia el sur. Ahora, a media mañana, la vida de las playas estaba en plena efervescencia y el peculiar olor de la grasa de cocinar y la mantequilla de las palomitas de maíz era más fuerte que cualquier emanación del océano Atlántico, que allí, sostenido por las islas de una costa que se hunde, parece una presencia viril y triste. Miles de bañistas semidesnudos oscurecían la playa o titubeaban, metidos en el océano hasta las rodillas, como si esta agua, igual que la del Ganges, fuese purificadora y sagrada, de tal modo que las multitudes desplazadas y desnudas, extendidas a lo largo de kilómetros de costa, conferían a esta superficie festiva y carnavalesca las corrientes ocultas de una peregrinación, en la cual, tanto como cualquiera de los miles que vieron al pasar, participaban Rosalie y su novio.

—¿Tienes hambre? —dijo él—. ¿Quieres comer algo ahora? Mamá nos ha puesto suficiente como para tres comidas. Tengo whisky en la guantera.

La idea de la cesta de la merienda le recordó a Rosalie a la madre de él, fea y canosa, que habría puesto algo de sí misma en la cesta; vigilante, nunca crítica, pero apenada por los placeres de su único hijo. Él se salía con la suya. Su ordenada, oscura y fea habitación era el eje de la casa y la relación entre este hombre y sus padres era tan intensa y tácita que a Rosalie le parecía misteriosa. Todas las habitaciones estaban dominadas por recuerdos de su crecimiento: escopetas, palos de golf, trofeos obtenidos en colegios y campamentos y, sobre el piano, partituras musicales que había practicado hacía diez años. La fresca casa y sus contritos padres le eran extraños a Rosalie y pensó que la camisa blanca que él llevaba esa mañana olía a los suelos amarillos barnizados donde transcurría su secreta vida con papá y mamá. Su novio siempre había tenido perro. A lo largo de su vida había tenido cuatro perros y Rosalie conocía sus nombres, sus costumbres, sus características y sus trágicos finales. La única vez que ella había estado con los padres, la conversación derivó hacia los perros y ella había tenido la sensación de que ellos pensaban —sin mala intención, solo porque estos eran los únicos términos que podían encontrar— que la relación de su hijo con ella era algo semejante a la que él tenía con un perro. «Me siento enteramente como un perro», dijo.

Cruzaron unas cuantas plazas de pueblos en fiestas, donde se veían los periódicos expuestos delante de la única tienda abierta y donde empezaban a formarse los desfiles. Ahora iban por el campo, unos kilómetros hacia el interior, pero el ambiente no era muy diferente, porque la carretera estaba bordeada de almacenes, restaurantes, tiendas de regalos, invernaderos y cabañas para turistas. La playa a la cual la llevaba no era muy frecuentada, porque la carretera era mala y la playa era de cantos, pero ese día él se quedó desilusionado al encontrar otros dos coches en el claro donde aparcaron. Cogieron la cesta de la merienda y siguieron un camino retorcido que llevaba al mar, aquí el mar abierto. A lo largo del camino crecían rosas silvestres de color rosa y ella sintió el aire salado en los labios y lo probó con la lengua. Había una estrecha playa pedregosa entre los acantilados y allí abajo vieron a una pareja como ellos y a una familia con niños y, más allá, el mar verde. Renunciando a la intimidad y soledad que él deseaba tan dolorosamente en ese momento y que los acantilados que les rodeaban hacían posible, bajó a la playa llevando la cesta, la botella de whisky y la pelota de tenis y se instaló a la vista de los otros bañistas, como si hiciera este momentáneo gesto hacia los placeres públicos y sencillos en honor de lo que su madre hubiese podido poner de sí misma en los sándwiches. Rosalie se fue detrás de una roca y se puso el bañador. Él estaba esperándola en la orilla y, después de que ella se asegurara de que se había metido todo el pelo dentro del gorro de baño, le cogió de la mano y entraron en el agua.

Allí el agua estaba atrozmente fría, siempre lo estaba, y cuando le llegó a las rodillas, ella le soltó la mano y se sumergió. Había aprendido a nadar al estilo crol pero nunca había olvidado una braza fuerte y apresurada y, con la cabeza medio hundida en el agua verde, nadó mar adentro unos tres metros, se volvió, se sumergió, gritó de dolor a causa del frío y se precipitó hacia la playa. El agua fría y el calor del sol en la playa la exaltaron. Se secó enérgicamente con una toalla, se arrancó el gorro de baño y se quedó de pie al sol, esperando que su calor le llegara a los huesos. Se secó las manos y encendió un cigarrillo. Entonces él salió del mar, se secó solo las manos y se dejó caer junto a ella.

Rosalie tenía el cabello rubio y era hermosa, de miembros largos y busto lleno, con una expresión pícara que incluso cuando iba vestida con la túnica de miembro de un coro, cosa que había sido, la hacía parecer provocativa y desnuda. Él le cogió una mano y la levantó y rozó con los labios su brazo, cubierto del suave vello del primer plumón.

—Me encantaría coger moras —dijo ella en voz alta, para que la oyeran las demás personas que había en la playa—. Me encantaría ir a coger moras. Podemos llevar tu sombrero para ponerlas en él.

Treparon por las rocas que rodeaban la playa, cogidos de la mano, pero la búsqueda de un sitio aislado que la satisficiera fue larga y fueron de un lugar a otro, hasta que, al fin, él la detuvo y ella aceptó, tímidamente, que probablemente no había nada mejor. Él le quitó el bañador y, cuando estuvo desnuda, ella se tumbó alegremente en la soleada tierra para recibir el único matrimonio del cuerpo con sus recuerdos que conocía. La ternura y la buena voluntad permaneció entre ambos después de que terminaran y ella se apoyó en su hombre para volver a ponerse el bañador y regresaron de la mano a la playa. Nadaron otra vez y luego desenvolvieron los sándwiches que su preocupada madre había preparado la noche anterior.

Había huevos picantes y muslos de pollo, sándwiches, pasteles, galletas y, después de comer lo que pudieron, guardaron el resto en la cesta y él corrió hasta el final de la playa y desde allí le tiró la pelota de tenis. El viento hizo vacilar la ligera pelota, pero ella la cogió y se la lanzó con un impulso que, como su braza, se quedaba corto, y él atrapó la pelota con un floreo y se la tiró de nuevo. Ahora el recibir y lanzar, recibir y lanzar adquirió una agradable monotonía, a través de la cual ella sintió que pasaba la tarde. La marea bajó, dejando en la playa formaciones de piedras más ásperas y tiras de algas, cuyas formas de flor reventaban con un chasquido cuando ella las aplastaba entre los dedos. El grupo familiar había empezado a recoger sus pertenencias y a llamar a sus niños. La otra pareja estaba tumbada, charlando y riendo. Ella volvió a echarse y él se sentó a su lado y encendió un cigarrillo, pidiendo, ahora, ahora, pero ella dijo que no y él se fue al agua. Ella miró y le vio nadando entre las olas. Luego estaba junto a ella, secándose y ofreciéndole un vaso de whisky, pero ella dijo no, no, todavía no, y él bebió y miró hacia el mar.

Los vapores de recreo, gordos, blancos, llenos de gente y pocos marineros, que habían salido por la mañana, regresaban ahora. (Entre ellos estaba el Topaze.) La marejada se había calmado un poco. Su novio se terminó el whisky y estrujó el vaso de cartón. La pareja que estaba a su izquierda se levantó para marcharse y, cuando se fueron, él pidió otra vez, ahora, ahora, y ella dijo no, impulsada por una vaga visión de continencia que se le había aparecido. Estaba cansada de intentar separar la fuerza de la soledad de la fuerza del amor y se sentía sola. Se sentía sola, y el sol que se retiraba de la playa y la noche que llegaba la hacían sentirse tierna y asustada. Entonces le miró, conservando, por lo menos en una cámara de su mente, esa visión de continencia. Él se acercó al agua. La lujuria se grabó en su delgado rostro, como una preocupación. Veía los leonados rizos del mar como clavículas y rodillas de mujer. Ni siquiera las nubes del cielo le disuadían. Los barcos de recreo le parecían burdeles que navegaban y pensó que el océano tenía un olor lascivo. Se casaría con alguna mujer de grandes senos, pensó ella, hija de un empapelador, y viajaría vendiendo desinfectantes. Sí, sí, dijo ella, ahora sí.

Entonces bebieron más whisky y comieron otra vez, y los barcos de recreo que regresaban a sus puertos ya habían desaparecido y la playa y todos los acantilados, excepto los más altos, estaban en la oscuridad. Él subió al coche y cogió una manta, pero ahora la búsqueda de intimidad fue breve; ahora era de noche. Las estrellas salieron y, cuando los dos acabaron, ella se lavó en el mar y luego se puso su abrigo blanco y juntos, descalzos, pasearon arriba y abajo de la playa, recogiendo cuidadosamente los envoltorios de los sándwiches, las botellas y las cáscaras de huevo que ellos y los otros habían dejado, porque eran limpios y buenos hijos de la clase media.

El colgó los bañadores húmedos en la portezuela del coche para que se secaran, le dio unas suaves palmaditas en la rodilla —el gesto más tierno de todos— y puso el coche en marcha. Cuando entraron en la carretera principal el tráfico era intenso, y muchos de los coches que les pasaban llevaban, como el suyo, bañadores colgados en las portezuelas. Él condujo con rapidez y ella pensó que con habilidad, aunque el coche era viejo. Las luces del automóvil eran débiles y, con los faros de un coche que venía de frente inundándole las pupilas, él se mantuvo en la carretera precariamente, como un ciego corriendo. Pero estaba orgulloso de su coche —le había puesto una cabeza de cilindro y un compresor nuevos— y orgulloso de la proeza de manejar aquel vehículo cegato y deteriorado por las carreteras llenas de curvas de Travertine y Saint Botolphs, y cuando se libraron del tráfico y entraron en una carretera secundaria que no estaba vigilada, que él supiera, lo puso al máximo que el coche admitía. La velocidad hizo que Rosalie se sintiera relajada hasta que le oyó soltar un juramento y notó que el coche se escoraba y se metía en un campo.

cap-7

5

El corazón de la casa de los Wapshot había sido edificado antes de la Guerra de la Independencia, pero desde entonces se habían hecho muchas obras para agrandarla, las cuales daban a la casa la altura y la anchura de ese sueño recurrente en el que uno abre la puerta de un armario y se encuentra con que, en su ausencia, allí han surgido un pasillo y una escalera. La escalera se eleva y se convierte en un vestíbulo en el cual hay muchas puertas entre estanterías de libros, cualquiera de las cuales lleva de una espaciosa habitación a otra, de tal modo que uno puede vagar ininterrumpidamente, sin buscar nada, por un lugar que, incluso mientras se sueña, no parece en absoluto una casa, sino una construcción sin orden ni concierto, erigida para responder a alguna necesidad de la mente dormida. La casa había estado muy descuidada durante la juventud de Leander, pero él la había restaurado durante sus años de prosperidad en la compañía de plata de mesa. Era lo bastante vieja y lo bastante grande y había visto suficientes sucesos oscuros como para tener un fantasma, pero el único cuarto embrujado era el viejo retrete que estaba al fondo del vestíbulo de arriba. Allí solo había una primitiva cisterna hecha de porcelana vitrificada y madera de caoba. De cuando en cuando —en ocasiones hasta una vez al día— este aparato funcionaba por sí solo. Se oía el estrépito de la maquinaria y el penetrante quejido de las viejas válvulas. Luego llegaba a todas las habitaciones de la casa el ruido de las aguas que arribaban y la succión de las aguas que partían. Y en lo que se refiere a fantasmas eso es todo.

Es bastante fácil describir la casa, pero ¿cómo escribir sobre un día de verano en un viejo jardín? Huele la hierba, decimos. ¡Huelen los árboles! Una bandera cuelga desde las ventanas del desván hasta la puerta principal, dejando el vestíbulo en la oscuridad. Es la hora del anochecer y la familia está reunida. Sarah les ha contado su excursión con el señor Pincher. Leander ha traído el Topaze a puerto. Moses ha participado con su velero en una regata en el club de Pocamasset y ahora está extendiendo la vela mayor sobre la hierba para que se seque. Coverly ha visto el partido de pelota desde el tejado del granero. Leander está bebiendo bourbon y el loro está en una jaula, colgada en la puerta de la cocina. Una nube pasa ante el sol poniente, oscureciendo el valle, y ellos experimentan una honda y momentánea inquietud, como si intuyeran de qué modo puede caer la oscuridad sobre los continentes del espíritu. El viento refresca y entonces todos se animan, como si esto les recordara su capacidad de recuperación. Malcolm Peavey conduce su velero río arriba y hay tanto silencio que ellos oyen el ruido que hace al pasar. En la cocina están guisando una carpa y, como todo el mundo sabe, hay que cocerla en clarete con ostras encurtidas, anchoas, tomillo, mejorana, albahaca y cebollitas. Todo esto se puede oler. Pero cuando vemos a los Wapshot, esparcidos por su rosaleda cerca del río, escuchando al loro y sintiendo el bálsamo de esas tardes que, en Nueva Inglaterra, huelen de tal manera a cosas de doncellas —a raíces de lirio y jabón de tocador y habitaciones alquiladas, mojadas porque una ventana quedó abierta y hubo tormenta; a orinales y sopa de acederas y rosas y guinga y césped; a togas de coro y ejemplares del Nuevo Testamento encuadernados en cuero blando y pastos en venta florecidos de ruda y helechos—, cuando vemos las flores que Leander ha sostenido con palos de hockey rotos o con palos de escoba, cuando vemos que el espantapájaros que hay en el maizal lleva el uniforme rojo de la extinta Guardia Montada de Saint Botolphs y que el agua azul del río parece estar mezclada con nuestra historia, sería erróneo decir como dijo una vez un fotógrafo arquitectónico, después de fotografiar la puerta lateral: «Es exactamente como una escena de J. P. Marquand». Ellos no son así, son gente del campo, y en el centro de la reunión está sentada la tía Adelaida Forbes, viuda de un maestro. Escuchad lo que dice la tía Adelaida.

—Ayer por la tarde —dice la tía Adelaida—, a eso de las tres o tres y media, cuando había suficiente sombra en el jardín para no coger una insolación, salí a arrancar unas zanahorias para la cena. Bueno, pues estaba haciéndolo y, de repente, arranqué una zanahoria rarísima. —Extendió los dedos de la mano derecha sobre su pecho, como si le fallara la capacidad descriptiva, pero luego la recuperó—. Bueno, yo he estado arrancando zanahorias toda mi vida, pero nunca he visto una como esta. Crecía en una hilera normal. No había piedras, ni nada que lo explicara. Bueno, esta zanahoria era tal cual, no sé cómo decirlo, esta zanahoria era igualita a las partes del señor Forbes. —Un rubor le subió a las mejillas, pero el pudor no detuvo ni retrasó su relato. Sarah Wapshot sonreía seráficamente al crepúsculo—. Bueno, pues me llevé las otras zanahorias a la cocina para la cena, y envolví esa tan extraña en un pedazo de papel y se la llevé a Reba Heaslip. Como es una solterona, pensé que le interesaría. Ella estaba en la cocina, así que le di la zanahoria. «Ese es el aspecto que tiene, Reba», le dije. «Es exactamente igual.»

Entonces Lulú les llamó para cenar y entraron en el comedor, donde el olor a clarete, pescado y especias mareaba. Leander pronunció la acción de gracias y les sirvió y, cuando probaron la carpa, todos dijeron que no sabía a agua estancada. Leander había pescado la carpa con un aparejo inventado por él, usando donuts rancios como cebo. Hablaron de otras carpas pescadas en la ensenada de agua dulce. Mencionaron seis en total, seis o siete. Adelaida recordaba una de la que no se acordaban los demás. Leander había pescado tres y el señor Dexter dos y un obrero de la fábrica que vivía al otro lado del río, un polaco, pescó una. Los peces habían llegado a Saint Botolphs, procedentes de China, para ser utilizados en estanques ornamentales. En la década de los noventa los habían echado en el arroyo para que probaran fortuna y les había ido bastante bien. Leander estaba diciendo que él sabía que había más carpas, cuando todos oyeron el choque que, teniendo en cuenta el ruinoso estado del coche, sonó extraordinariamente rico, como si algún bribón hubiese dado un hachazo a la tapa de un joyero. Leander y sus hijos se levantaron de la mesa y salieron por la puerta lateral.

Era una vasta noche de verano. Había una insólita dulzura en el aire oscuro y en la suave luz de las estrellas y la oscuridad era insólitamente densa, por lo que, incluso en su propia tierra, Leander tenía que moverse con cautela para evitar tropezar con una piedra o meterse en un matorral espinoso. El coche se había salido de la carretera en la curva y había chocado contra un olmo en el viejo prado. El piloto rojo trasero y uno de los faros estaban aún encendidos y, a esta luz, la hierba y las hojas del olmo brillaban con un verde vivo. Mientras se aproximaban al coche, el vapor escapaba silbando del radiador, pero, cuando cruzaban el prado, este silbido disminuyó y, al llegar al coche, ya había parado, aunque el olor de los vapores aún estaba en el aire.

—Está muerto —dijo Leander—. Está muerto. Qué horrible espectáculo. Quédate aquí, Moses. Yo iré a casa y llamaré a la policía. Ven conmigo, Coverly. Quiero que lleves a Adelaida a su casa. Ya habrá bastantes problemas sin ella. Está muerto.

Coverly le siguió por el prado y cruzaron la carretera hasta la casa, donde se iban iluminando todas las ventanas, una por una.

Moses parecía aturdido. No podía hacer nada y en ese momento, un chasquido —pensó que Leander o alguien regresaba y había pisado un matorral al cruzar el prado— le hizo girar en redondo, pero el prado y la carretera estaban vacíos y él se volvió de nuevo hacia el coche y vio fuego bajo las ranuras del capó. Al mismo tiempo, al pegajoso olor del vapor sucio y la goma se unió el olor del metal recalentado y la pintura quemada y, aunque el capó contenía el fuego, la pintura empezó a formar ampollas. Entonces agarró los hombros del muerto e intentó sacarle del coche mientras el fuego crepitaba, con la alegría del fuego de una chimenea en una casa húmeda al final del día, y comenzaba a arrojar una luz dorada sobre los árboles. El temor de una explosión, que podría enviarle a reunirse con el muerto, hizo los movimientos de Moses apresurados y constreñidos y, aunque deseaba alejarse del fuego, no podía dejar al hombre allí, en su pira, y tiró y tiró de él hasta que el cuerpo, liberado, les hizo caer a ambos al suelo. Había arena al borde del sendero y la cogió con las dos manos y la arrojó al fuego. La arena controló el fuego y ahora echó más sobre el capó y luego lo abrió con un palo y echó arena sobre la cabeza del cilindro hasta que el fuego se apagó y se le pasó el temor de una explosión y se quedó solo en el prado, pensó, con el coche destrozado y el hombre muerto. Se sentó, exhausto, y vio que todas las ventanas de la casa, al otro lado de la carretera, estaban encendidas y luego oyó una sirena al norte de las cuatro esquinas y comprendió que Leander había avisado a la policía. Se quedaría allí sentado, recuperando el aliento y las fuerzas, pensó, hasta que llegaran, y entonces oyó, desde algún lugar en la oscuridad, que la chica decía:

—Estoy herida, Charlie, me he hecho daño. ¿Dónde estás? Estoy herida, Charlie.

Por un momento, Moses pensó: «La dejaré ahí»; pero cuando ella volvió a hablar, se puso de pie trabajosamente y dio la vuelta al coche, buscándola.

—Charlie —dijo ella—, me he hecho daño.

Entonces la encontró y, creyendo que Moses era el hombre muerto, ella dijo:

—Charlie, oh, Charlie, ¿dónde estamos? —Y se echó a llorar.

Él se arrodilló junto a ella, que yacía en la tierra. Para entonces, el sonido de la sirena ya había pasado las cuatro esquinas y se acercaba por la carretera y en ese momento oyó, en la oscuridad, las voces de Leander y los policías y vio sus linternas moviéndose por el prado —perezosa, inquisitivamente— y les oyó suspirar cuando sus perezosas e inquisitivas linternas encontraron al muerto y oyó a uno de ellos decirle a otro que fuera a la casa y trajera una manta. Entonces empezaron, perezosamente, a comentar el fuego, y Moses les llamó y ellos trajeron sus inquisitivas luces a donde él estaba arrodillado al lado de la chica. Ahora pasaron las luces sobre la chica, que seguía sollozando suave y amargamente y que, con su cabello rubio, parecía muy joven.

—No la mueva, no la toque —dijo un policía, dándose importancia—. Puede que haya sufrido lesiones internas.

Entonces uno de ellos le dijo a otro que trajese una camilla y la pusieron en ella —ella continuaba sollozando— y se la llevaron, pasando por delante del coche destrozado y del hombre muerto, que ahora estaba cubierto con una manta, hacia las muchas luces de la casa.

—¿Os acordáis de aquel choque en la 78? —dijo uno, pero hizo la pregunta nerviosamente y los otros no le contestaron.

La extraña noche, las luces escudriñadoras, el distante sonido de los fuegos artificiales y el muerto que habían dejado en el prado les habían alterado a todos y habían acobardado al menos a uno de ellos, y ahora hicieron lo único que podían: llevar a la chica a la casa iluminada. La señora Wapshot estaba de pie en la puerta, con una apenada sonrisa en el rostro; una expresión involuntaria con la cual se enfrentaba siempre a lo desconocido. Supuso que la chica estaba muerta; más aún, supuso que era la única hija de un matrimonio, que estaba comprometida para casarse con un hombre magnífico y que estaba en el umbral de una vida rica y útil. Pero, sobre todo, pensó que la chica había sido una niña, porque siempre que la señora Wapshot veía a un borracho tirado en la calle o a una prostituta llamando a los cristales de la ventana para atraer clientes, la profunda tristeza que experimentaba se debía al recuerdo de que esos desgraciados habían sido niños fragantes alguna vez. Estaba conmovida, pero se recobró con cierta arrogancia al hablarles a los policías que entraban la camilla.

—Llévenla al cuarto de invitados —dijo, y como ellos vacilaron, puesto que nunca habían estado en la casa y no tenían ni idea de dónde podía estar el cuarto de invitados, les habló como si fueran estúpidos y hubieran causado la tragedia—. Llévenla arriba al cuarto de invitados —ordenó, ya que para la señora Wapshot todo el mundo sabía, o debería saber, la distribución de la casa.

El «arriba» les sirvió de ayuda y empezaron a subir las escaleras. Llamaron al médico, que vino enseguida, y pusieron a la chica en la cama del cuarto de invitados. La arena y las piedrecillas le habían producido cortes en los brazos y en los hombros, y cuando llegó el médico, hubo un momento de indecisión respecto a si primero debía certificar la defunción del hombre que estaba en el prado o examinar a la chica, pero él decidió ver a la muchacha y todos esperaron en el vestíbulo de abajo.

—Prepárele algo caliente, prepárele algo caliente —oyeron que le decía a la señora Wapshot, y ella bajó a la cocina para hacer té—. ¿Duele? —oyeron que le preguntaba a la chica—. ¿Te duele aquí, te duele en lo más mínimo?

Y a todas esas preguntas, ella contestaba que no.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Rosalie Young —dijo ella, y le dio una dirección de la ciudad—. Es una casa de huéspedes. Mi familia vive en Filadelfia.

—¿Quieres que avise a tus padres? —preguntó el médico.

—No, por favor, no lo haga, no hay ninguna razón por la que deban saberlo —dijo ella.

Luego empezó a llorar otra vez y Sarah Wapshot le dio el té y la puerta principal se abrió y entró Emmet Cavis, el dueño de la funeraria del pueblo.

Emmet Cavis había llegado a Saint Botolphs como viajante de la fábrica de cuentas de oro. Impresionó al pueblo por su urbanidad y sus ropas elegantes, porque en aquellos tiempos era responsabilidad de un viajante el representar para la gente de los sitios aislados el bullicio y el colorido de la vida urbana. Hizo unos cuantos viajes y luego volvió con un diploma y abrió una funeraria y una tienda de muebles. Tanto si ello había entrado en sus cálculos como si no, esta transformación de viajante de joyería a dueño de la funeraria le había favorecido, puesto que todas las cosas con las que se le asociaba como viajante —joyería, promiscuidad, viajes y dinero fácil— le apartaban del resto de la población y eran, al menos a los ojos de las mujeres de las granjas, atributos adecuados para el Ángel de la Muerte.

En sus tratos con las aturdidas familias, a veces había sido culpable de prácticas fraudulentas en el intercambio de muebles y bienes por sus servicios; pero es costumbre de este país respetar la habilidad y la falta de honradez. Su astucia le hacía parecer impresionante e inteligente y, como buen yanqui, nunca había amortajado a un difunto sin comentar La Incertidumbre de Todas las Cosas Terrenales. Había conservado y desarrollado todas las dotes del viajante y era el alma de la plaza del pueblo. Sabía cotillear de un modo ingenioso, contar un chiste en dialecto y consolar a una pobre mujer cuyo único hijo se había ahogado en la rompiente. Soportaba, de mala gana, los hábitos mentales adquiridos en su oficio y, mientras estaba hablando con Leander, calculó que duraría unos quince años más, pero sospechó que posiblemente las pólizas de su seguro habrían caducado y que el entierro sería modesto, si no intervenían los hijos, como a veces ocurría, e insistían en la cremación. ¿Cómo sería el día del juicio final si no había más que cenizas? Les estrechó la mano a todos —ni tan efusivamente que pudiera resultar ofensivo ni tan tímidamente que pareciese falso— y luego salió de la casa con dos policías.

Les dijo lo que tenían que hacer. Aparte de abrir las puertas del coche fúnebre, no movió un dedo.

—Metedlo ahí, chicos, sobre la plataforma. Simplemente dadle un empujón. Empujadlo ahí dentro.

Cerró las puertas de un golpe y comprobó el pestillo. Tenía el coche más grande de Saint Botolphs, como si el primero entre los poderes de la muerte fuese la riqueza; se subió al asiento del conductor y se alejó despacio.

cap-8

6

A la mañana siguiente casi todo el mundo en Saint Botolphs sabía la noticia del accidente. La muerte del joven les llenó de tristeza; y se preguntaron qué pensaría Honora Wapshot de la desconocida que estaba en la granja. Era completamente natural que pensaran en ella, porque esta matriarca sin hijos había hecho por la familia mucho más que darle el Topaze a Leander. Tenía, como decían en el pueblo, los medios, y Moses y Coverly eran, con condiciones, sus herederos. No es culpa mía que Nueva Inglaterra esté llena de ancianas excéntricas y nos limitaremos a dar a Honora lo que le corresponde.

Nació, como ya sabemos, en la Polinesia, y fue educada por su tío Lorenzo en Saint Botolphs. Asistió a la academia de la señorita Wilbur. «Oh, yo era muy traviesa», decía a menudo, al hablar de su juventud, ocultando una sonrisa con la mano y pensando, probablemente, en retretes volcados, latas atadas al rabo de un perro y otras jugarretas pueblerinas. Puede que echara de menos el cariño de sus padres, que murieron en la Polinesia, o que estuviera oprimida por su viejo tío, o que algo como la soledad la empujase a la conducta de un animal sin dueño, pero el caso es que se comportaba así. Se podría decir de Honora que nunca se había sometido a la disciplina de la continuidad; pero aquí no estamos hablando de grandes ciudades y civilizaciones, sino de la sociedad de un viejo puerto, cuya población disminuía cada año.

Al terminar sus estudios en la academia de la señorita Wilbur, Honora se trasladó con Lorenzo a la ciudad, donde él servía en la legislatura del estado y ella se dedicó a trabajos de asistencia social que, al parecer, eran principalmente de naturaleza médica. Afirmaba que aquellos eran los años de los que estaba más orgullosa y, siendo ya anciana, decía a menudo que ojalá no hubiera dejado nunca el trabajo social, aunque resultaba difícil imaginar por qué echaba de menos los suburbios con tanta amargura y enojo. Le gustaba, a veces, recordar sus experiencias de samaritana. Sus historias quitaban el apetito y ponían los pelos de punta, pero puede que esto no fuera más que esa atracción por lo morboso que se apodera de muchas mujeres buenas hacia el final de sus vidas. Se las oye en los autobuses y en los trenes, en las cocinas y los restaurantes, hablando de

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