Título original: Wish You Well
Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto
1.ª edición: junio, 2013
© 2000 by Columbus Rose, Ltd.
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 18.621-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-504-8
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Para mi madre, inspiradora de esta novela
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En la actualidad
Agradecimientos
Nota del autor
La historia de Buena suerte es ficticia, pero la ambientación, salvo los topónimos, no lo es. He estado en esas montañas y también he tenido la suerte de crecer con dos mujeres que durante muchos años consideraron que las cumbres eran su verdadero hogar. Mi abuela materna, Cora Rose, residió con mi familia durante los últimos diez años de su vida en Richmond, pero pasó las seis décadas anteriores, más o menos, en la cima de una montaña en la Virginia suroccidental. De ella aprendí sobre la vida en esas tierras. Mi madre, la menor de diez hermanos, habitó en esa montaña durante sus primeros diecisiete años; a lo largo de mi infancia me contó cientos de historias fascinantes sobre su juventud. Creo que las dificultades y aventuras por las que pasan los personajes de la novela le resultarían familiares.
Aparte de las historias que escuché de niño he entrevistado largo y tendido a mi madre para preparar Buena suerte y, en muchos sentidos, ha sido una experiencia sumamente esclarecedora. Cuando llegamos a la edad adulta solemos dar por sentado que sabemos cuanto hay que saber sobre nuestros padres y los demás miembros de la familia. Sin embargo, si uno se toma la molestia de preguntar y escuchar las respuestas se da cuenta de que todavía le queda mucho que aprender sobre esas personas tan allegadas. Así, esta novela es, en parte, una historia oral sobre dónde y cómo creció mi madre. Las historias orales constituyen un arte en vías de extinción, lo cual es ciertamente triste ya que muestran la consideración que corresponde a las vidas y experiencias de quienes han vivido antes que nosotros. Asimismo, documentan esos recuerdos, puesto que cuando esas vidas llegan a su fin el conocimiento personal se pierde para siempre. Por desgracia vivimos en una época en la que parece que sólo nos interesa el futuro, como si creyéramos que en el pasado no hubiera nada digno de nuestra atención. El futuro siempre resulta estimulante y atrayente y nos influye de un modo que el pasado jamás lograría. No obstante, bien podría ser que mirando hacia atrás «descubriéramos» nuestra mayor riqueza como seres humanos.
Si bien se me conoce por mis novelas de suspense, siempre me han atraído las historias del pasado de mi Virginia natal y los relatos de personas que vivieron en lugares que marcaron sus vidas y ambiciones por completo pero que, sin embargo, les ofrecieron un tesoro de conocimientos y experiencias de que pocos han disfrutado. Irónicamente, como escritor me he pasado los últimos veinte años a la caza de material para novelar y nunca supe ver el inagotable filón de recursos que había en mi familia. No obstante, si bien ha llegado más tarde de lo que debería, escribir esta novela ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida.
1
Había humedad en el aire, las nubes grises y abultadas presagiaban lluvia y el cielo azul se desvanecía rápidamente. El sedán Lincoln Zephir descendía por la carretera llena de curvas a un ritmo aceptable, si bien pausado. Los olores tentadores que invadían el interior del coche provenían de la masa fermentada del pan, el pollo asado y el pastel de melocotón y canela que estaban en la cesta de picnic que descansaba entre los dos niños en el asiento trasero.
A Louisa Mae Cardinal, de doce años, alta y delgada, con cabellos del color de la paja veteada por el sol y ojos azules, solían llamarla Lou a secas. Era una muchacha bonita, y no cabía duda de que se convertiría en una mujer hermosa. Sin embargo, se oponía a las convenciones de tomar el té, las coletas y los vestidos de volantes, y, en cierto modo, salía ganando. Era su forma de ser.
Lou tenía la libreta abierta apoyada en el regazo y llenaba las páginas en blanco con palabras importantes, del mismo modo que el pescador llena la red. A juzgar por su mirada, estaba pescando un bacalao de lo más suculento. Como siempre, permanecía muy concentrada en lo que escribía. Ese rasgo era típico de Lou, y su padre mostraba un fervor incluso más acusado que el de ella.
Al otro lado de la cesta de picnic estaba Oz, el hermano de Lou. El nombre era un diminutivo de su nombre de pila, Oscar. Tenía siete años y era menudo para su edad, aunque sus largos pies auguraban que sería alto. Carecía de las extremidades desgarbadas y la gracia atlética de su hermana. Oz tampoco tenía la confianza que con tanta intensidad resplandecía en los ojos de Lou. Así y todo, sujetaba su desgastado osito de peluche con la inquebrantable fuerza de un luchador y su carácter, en cierto modo, reconfortaba el alma de los demás con una naturalidad absoluta. Después de conocer a Oz Cardinal uno se marchaba convencido de que era un pequeñín con uno de los corazones más grandes y cálidos que Dios había conferido jamás a mortal alguno.
Jack Cardinal conducía. No parecía percatarse de la inminente tormenta ni de los otros ocupantes del coche. Tamborileaba sobre el volante con sus delgados dedos. Tenía las yemas encallecidas de tanto escribir a máquina, y en el dedo corazón de la mano derecha, allí se apreciaba una aspereza permanente donde apretaba la pluma. «Signos de los que enorgullecerse», solía decir.
Como escritor, Jack daba vida a paisajes vívidos repletos de personajes imperfectos que, cada vez que se pasaba una página, parecían más reales que los de cualquier familia. Los lectores solían llorar cuando uno de los personajes preferidos perecía bajo la pluma del escritor, pero la inconfundible belleza del lenguaje nunca eclipsaba la innegable fuerza de la historia, ya que los temas contenidos en las narraciones de Jack Cardinal eran verdaderamente arrolladores. Sin embargo, entonces surgía un giro bien elaborado que hacía que uno sonriera e incluso soltase una carcajada, dando a entender así al lector que el humor suele ser el medio más eficaz para transmitir una idea seria.
El talento de Jack Cardinal como escritor le había procurado un gran éxito de la crítica pero unos ingresos exiguos. El Lincoln Zephyr no era suyo, ya que no podía permitirse lujos como los coches, ni los de último modelo ni los más modestos. Un amigo y admirador de su obra se lo había prestado para esta salida especial. Estaba claro que la mujer que iba sentada a su lado no se había casado con él por dinero.
Amanda Cardinal se había acostumbrado a los rápidos cambios que se producían en la mente de su esposo. Incluso en esos momentos su expresión denotaba que confiaba en el funcionamiento de la imaginación de Jack, que siempre le permitía huir de los detalles más fastidiosos de la vida. Sin embargo, después, cuando hubieran extendido la manta y preparado el picnic y los niños quisieran jugar, Amanda traería suavemente a su esposo a la realidad. No obstante, había algo que a Amanda le preocupaba aún más que las abstracciones intelectuales. Necesitaban esa excursión, juntos, y no sólo para sentir el aire fresco y disfrutar de una comida especial. En muchos aspectos, el sorprendentemente cálido día de finales de invierno era una bendición. Amanda observó el cielo amenazador y pensó: «Aléjate, tormenta, por favor, aléjate.» Para relajarse, volvió la mirada hacia Oz y sonrió. Costaba no sentirse bien cuando se miraba al pequeñín, si bien el niño era un tanto asustadizo. Amanda le había mecido en incontables ocasiones cuando tenía pesadillas. Por suerte, los gritos de miedo daban paso a una sonrisa cuando Oz finalmente veía a Amanda, quien hubiera querido sostenerlo entre sus brazos y mantenerlo a salvo por siempre.
Oz se parecía a su madre, mientras que Lou había heredado la amplia frente de Amanda y la nariz y la recia mandíbula de su padre. Era una combinación de lo más acertada. No obstante, si le preguntaban, Lou decía que sólo se parecía a su padre. No lo hacía para faltarle el respeto a su madre sino porque, ante todo, se consideraba hija de Jack Cardinal.
Amanda se volvió hacia su esposo.
—¿Otra historia? —preguntó al tiempo que recorría el antebrazo de Jack con los dedos.
Jack, lentamente, se liberó de su última invención y miró a su esposa con una sonrisa radiante que, junto con el inolvidable destello de sus ojos grises, eran, a juicio de Amanda, sus rasgos físicos más atractivos.
—Tranquila, trabajo en una historia —dijo Jack.
—Prisionero de tus propios recursos —replicó Amanda suavemente, tras lo cual dejó de acariciarle el brazo.
Mientras su esposo se sumía de nuevo en su actividad, Amanda observó a Lou, inmersa en su propia historia. La madre veía en ella un gran potencial para la felicidad, pero también para el dolor. No podía vivir su vida y sabía que, en ocasiones, tendría que verla caer. No obstante, Amanda nunca le tendería la mano para ayudarla, porque Lou, por ser Lou, no lo aceptaría. Pero si los dedos de la hija buscasen los de la madre, se los ofrecería. Se trataba de una situación repleta de obstáculos, pero al parecer sería el sino de ambas.
—¿Qué tal la historia, Lou?
Con la cabeza gacha y sacudiendo la mano con el ímpetu propio de un joven aprendiz, Lou respondió:
—Bien.
Amanda comprendió de inmediato el mensaje subyacente: la escritura era algo sobre lo que no debía hablarse con quienes no escribían. Amanda se lo tomó tan bien como solía hacer con todo cuanto tenía que ver con su hija. Sin embargo, incluso una madre necesita en ocasiones una almohada bien cómoda en la que apoyar la cabeza, por lo que Amanda alargó la mano y acarició los cabellos rubios y alborotados de su hijo, quien la rejuvenecía en la misma medida en que Lou la agotaba.
—¿Qué tal, Oz? —preguntó Amanda.
El pequeño respondió con una especie de cacareo que incluso sobresaltó al distraído Jack.
—La señorita de inglés dijo que soy el mejor gallo que ha oído nunca —explicó el niño, y volvió a cacarear al tiempo que agitaba los brazos. Amanda se rió e incluso Jack se volvió y sonrió.
Lou hizo una mueca de suficiencia, pero luego le dio unas palmaditas en la mano.
—Y lo eres, Oz. Mucho mejor que cuando yo tenía tu edad —dijo Lou.
Amanda sonrió al escuchar el comentario de Lou y luego preguntó:
—Jack, vendrás a ver la obra de la escuela de Oz, ¿no?
—Mamá —intervino Lou—, ya sabes que está trabajando en una historia. No tiene tiempo para ver a Oz haciendo el gallo.
—Lo intentaré, Amanda. Esta vez lo intentaré de veras —respondió Jack, pero por el tono incierto de la voz Amanda supo que aquello presagiaba otra desilusión para Oz; y para ella.
Amanda se volvió y miró por el parabrisas. Su semblante reflejaba claramente lo que pensaba: «Casada de por vida con Jack Cardinal; lo intentaré.»
Sin embargo, Oz no parecía haber perdido el entusiasmo.
—Y la próxima vez seré el conejo de Pascua. Vendrás a verme, ¿verdad, mami?
Amanda le miró con una sonrisa radiante y una expresión que emanaba cariño.
—Sabes que mamá no se lo perdería por nada del mundo —repuso mientras volvía a acariciarle la cabeza.
Sin embargo, mamá se lo perdió. Todos se lo perdieron.
2
Amanda miró por la ventanilla del coche. Su ruego se había visto recompensado y la tormenta se había alejado dejando tras de sí poco más que algunas lloviznas molestas y ráfagas de aire que apenas mecían las ramas de los árboles. Todos estaban agotados tras haber corrido, de punta a punta, por las largas y curvilíneas franjas de césped del parque. Para mérito de Jack, había jugado con la misma entrega y entusiasmo que los demás. Como si fuera un niño, había correteado por los senderos adoquinados con Lou u Oz a la espalda riendo a más no poder. Mientras corría se le salieron los mocasines, dejó que los niños lo persiguieran y luego se los puso tras una lucha enconada. Después, para deleite de todos, se colgó boca abajo en los columpios. Aquello era lo que la familia Cardinal necesitaba.
Al final de la jornada, los niños habían caído rendidos en los brazos de sus padres y todos habían echado una cabezadita allí mismo, formando una enorme e irregular maraña de extremidades, respirando pesadamente y suspirando tal y como hacen las personas cansadas y felices. Una parte de Amanda se habría quedado allí durante el resto de su vida; tenía la sensación de que ya había satisfecho todo cuanto el mundo pudiera pedirle.
Mientras regresaban a la ciudad, a una pequeña pero querida casa que pronto dejaría de ser suya, Amanda comenzó a sentirse inquieta. No le gustaban los enfrentamientos, pero sabía que eran necesarios si el motivo lo merecía. Lanzó una mirada hacia el asiento trasero. Oz dormía. Lou estaba recostada contra la ventanilla y también parecía dormir. Dado que casi nunca estaba a solas con su esposo, Amanda decidió que aquél era el mejor momento.
—Deberíamos hablar seriamente sobre lo de California —dijo en voz baja.
Jack entornó los ojos aunque apenas había sol; de hecho, la oscuridad les había envuelto casi por completo.
—El estudio de cine ya tiene listo el contrato para el guión —dijo.
Amanda se percató de que no había el menor entusiasmo en sus palabras. Alentada, insistió.
—Eres un novelista que ha ganado premios. Tu obra se enseña en las escuelas. Han dicho que eres el escritor con más talento de tu generación.
Jack parecía cansado de los elogios.
—¿Y?
—Entonces, ¿por qué ir a California y dejar que te digan lo que debes escribir?
—No me queda otra elección —repuso Jack, el brillo de cuyos ojos se desvaneció.
Amanda lo agarró por el hombro.
—Jack, sí que tienes otra elección. ¡Y no creas que escribir guiones de películas lo solucionará todo porque no será así!
Lou, alertada por el tono de voz de Amanda, se había vuelto y estaba observando a sus padres.
—Gracias por el voto de confianza —dijo Jack—. Lo aprecio de veras, cariño, sobre todo ahora; sabes que no me resulta fácil.
—No quise decirlo así. Si sólo pensaras...
De repente, Lou se inclinó hacia delante y rozó el hombro de su padre en el instante mismo es que su madre apartaba la mano. Sonreía de oreja a oreja, pero forzadamente.
—Creo que en California nos lo pasaremos bien, papá.
Jack sonrió y le dio unas palmaditas en la mano a Lou. Amanda se dio cuenta de que Lou se aferraba con toda su alma a esa pequeña muestra de reconocimiento. Sabía que Jack no se percataba de la enorme influencia que ejercía sobre la niña ni de que ésta intentaba, en la medida de lo posible, que todo cuanto hiciera satisficiera a su padre; a Amanda aquello le asustaba.
—California no es la solución, Jack. Tienes que entenderlo —aseveró Amanda—. No serás feliz.
La expresión de Jack traslucía pena.
—Estoy cansado de las críticas maravillosas y de los galardones que van a parar a la estantería y de no contar con el dinero suficiente para mantener a mi familia. A toda mi familia. —Miró a Lou, y Amanda vio que su semblante reflejaba un sentimiento de vergüenza. Quiso inclinarse y abrazarlo, decirle que era el hombre más maravilloso que había conocido jamás, pero ya se lo había dicho en otras ocasiones y, aun así, irían a California.
—Puedo volver a enseñar, y así tendrás la libertad que necesitas para escribir. Mucho después de que hayamos dejado de existir, la gente seguirá leyendo a Jack Cardinal.
—Me gustaría ir a algún lugar en el que me apreciaran mientras aún estoy con vida.
—Te aprecian. ¿O es que nosotros no contamos?
Jack parecía sorprendido: las palabras habían traicionado al escritor.
—Amanda, no quise decir eso. Lo siento.
Lou alargó la libreta.
—Papá, he terminado la historia sobre la que te hablé.
Jack no apartó la mirada de Amanda.
—Lou, tu madre y yo estamos hablando.
Amanda llevaba varias semanas pensando en todo aquello, desde que Jack le anunciara los nuevos planes para escribir guiones bajo el sol y las palmeras de California a cambio de sumas considerables. Amanda creía que Jack empeñaría su talento al verbalizar las visiones de otras personas, sustituyendo sus historias personales por otras que le reportarían mucho dinero.
—¿Por qué no nos vamos a Virginia? —preguntó Amanda, y luego contuvo la respiración.
Jack apretó el volante. En la carretera no había más coches ni luces, salvo las del Zephyr. Una espesa neblina cubría el camino y no se atisbaba el resplandor de estrella alguna que los guiara. Era como si condujeran por un océano llano y azul, por lo que el cielo y la tierra se confundían. Semejante conspiración entre los elementos engañaría fácilmente a cualquier persona.
—¿Qué hay en Virginia? —inquirió en tono cauto.
Amanda le sujetó el brazo con fuerza, cada vez más frustrada.
—¡Tu abuela! La granja en las montañas. El entorno de todas esas hermosas novelas. Te has pasado la vida escribiendo sobre ella y nunca has regresado. Los niños no conocen a Louisa. Dios mío, ni siquiera yo la conozco. ¿No crees que ha llegado el momento?
La voz de Amanda sobresaltó a Oz. Lou tendió la mano, la apoyó en el pecho del niño y transmitió a éste su calma. Era algo que Lou hacía de forma automática; Amanda no era la única protectora de Oz.
Jack clavó la vista en la carretera, visiblemente irritado por el cariz que estaba tomando la conversación.
—Si todo sale como planeo, Louisa vendrá a vivir con nosotros. Nos ocuparemos de ella; no puede quedarse allá arriba a su edad —añadió con amargura—. Es una vida demasiado dura.
Amanda negó con la cabeza.
—Louisa nunca abandonará las montañas. Sólo la conozco por las cartas y lo que me has contado, pero aun así sé que no se marchará de allí.
—Bueno, no se puede vivir siempre en el pasado. Y vamos a ir a California. Allí seremos felices.
—Jack, eso no te lo crees ni tú. ¡No te lo crees ni tú!
Lou volvió a inclinarse hacia delante. Era todo codos, cuello, rodillas, extremidades que parecían crecer ante los ojos de sus padres.
—Papá, ¿no quieres escuchar mi historia?
Amanda puso la mano en el brazo de Lou en el instante en que ésta miraba al asustado Oz e intentaba tranquilizarle con la sonrisa, si bien ella no se sentía tranquila en absoluto. Resultaba evidente que aquél no era un buen momento para la discusión.
—Lou, espera un momento, cariño. Jack, hablaremos luego, pero no delante de los niños. —De repente, temía el curso que pudiera tomar la conversación.
—¿A qué te refieres con que no me lo creo? —preguntó Jack.
—Jack, ahora no.
—Tú has empezado la conversación, de modo que no me culpes si quiero acabarla.
—Jack, por favor...
—¡Ahora, Amanda!
Amanda nunca había oído a su esposo hablar en ese tono, pero en lugar de amilanarse se enfadó.
—Casi nunca estás con los niños. Siempre viajando, dando conferencias, asistiendo a certámenes y congresos. Todos quieren un trozo de Jack Cardinal aunque no te paguen por ese privilegio. ¿De veras crees que las cosas nos irán mejor en California? Lou y Oz nunca te verán.
El rostro de Jack parecía un muro de contención. Al hablar, su voz destiló un tono que era una mezcla de su propia aflicción y el deseo de infligírsela a Amanda.
—¿Me estás diciendo que no me ocupo de los niños?
Amanda conocía la táctica, pero aun así sucumbió a la misma.
—No intencionadamente, pero escribir te absorbe tanto...
Lou estuvo a punto de saltar al asiento delantero.
—Papá se ocupa de nosotros. No sabes lo que dices. ¡Te equivocas! ¡Te equivocas!
El impenetrable muro de Jack se volvió hacia Lou.
—No vuelvas a hablarle así a tu madre. ¡Jamás!
Amanda miró a Lou, intentó decirle algo conciliador, pero su hija fue más rápida que ella.
—Papá, ésta es la mejor historia que he escrito. Te lo juro. Déjame que te cuente cómo empieza.
Sin embargo, a Jack Cardinal, quizá por primera vez en su vida, no le interesaba una historia. Se volvió y miró de hito en hito a su hija. Bajo aquella mirada fulminante la expresión de la niña pasó de la esperanza a la mayor de las desilusiones en apenas unos instantes.
—Lou, te he dicho que ahora no.
Jack se volvió lentamente. Amanda y él vieron lo mismo a la vez y palidecieron de inmediato: había un hombre inclinándose sobre el maletero de su coche parado. Estaban tan cerca que Amanda divisó, a la luz de los faros, el contorno de la cartera del hombre en su bolsillo trasero. Ni siquiera tendría tiempo de volverse y ver a la muerte dirigirse hacia él a ochenta kilómetros por hora.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Jack.
Viró bruscamente a la izquierda y evitó la embestida mortal, permitiendo que aquel hombre despreocupado viviera al menos un día más. Sin embargo, el Zephyr se había salido de la carretera y había entrado en un terreno inclinado repleto de árboles. Jack giró a la derecha.
Amanda chilló y alargó las manos hacia los niños mientras el coche avanzaba sin control. Intuyó que incluso un vehículo tan pesado como el Zephyr volcaría.
Una expresión de pánico asomó a los ojos de Jack, que estaba sin aliento. Mientras el coche se deslizaba por la carretera resbaladiza y llegaba al arcén, Amanda saltó al asiento trasero. Rodeó a los niños con los brazos y colocó su cuerpo entre ellos y todo cuanto pudiera resultar peligroso en el coche. Jack viró hacia el otro lado, pero ya había perdido el control del Zephyr, cuyos frenos no respondían. El coche evitó una arboleda que habría resultado mortal, pero entonces sucedió lo que Amanda había temido: comenzó a dar vueltas de campana.
Cuando el techo del automóvil impactó contra la tierra, la puerta del lado del conductor se abrió por completo y, como un nadador perdido en un remolino, Jack Cardinal desapareció de la vista. El Zephyr dio otra vuelta de campana y golpeó contra un árbol, lo que amortiguó la caída. Llovieron cristales rotos sobre Amanda y los niños. El sonido del metal rasgado mezclado con los gritos era terrible; el olor a gasolina y a nubes de humo, penetrante. Tras cada vuelta de campana y su subsiguiente impacto, Amanda sujetaba a Lou y Oz contra el asiento con una fuerza que parecía sobrehumana, moderando cada golpe y evitando que sufrieran.
El metal del Zephyr libró una batalla colosal con la tierra compacta, pero, finalmente, ésta venció y el techo y los laterales del coche se hundieron. Un fragmento afilado hirió a Amanda en la nuca, que comenzó a sangrar profusamente. Mientras Amanda perdía las esperanzas, el coche, tras una última vuelta, quedó boca abajo, señalando con el morro el camino por el que habían venido.
Oz alargó la mano para tocar a su madre; la incomprensión era lo único que separaba al pequeñín del pánico absoluto.
Con un movimiento rápido y ágil Lou salió del vehículo destrozado. Los faros del Zephyr seguían encendidos, y buscó desesperadamente a su padre en aquel caos de luz y oscuridad. Escuchó pasos y comenzó a rezar para que su padre hubiera sobrevivido. Entonces dejó de mover los labios. La luz de los faros le permitió ver el cuerpo tendido en la tierra; el cuello estaba tan torcido que era imposible que viviese. Alguien golpeó el coche con la mano y la persona a la que habían estado a punto de matar les habló. Lou no quiso escuchar al hombre por cuya culpa su familia había quedado hecha añicos. Se volvió y miró a su madre.
Amanda Cardinal también había visto el perfil de su esposo bajo la inmisericorde luz. Por unos instantes que parecieron eternos, madre e hija se miraron expresando todo el alcance de sus sentimientos. Amanda vio que en el semblante de su hija se dibujaban la traición, la ira, el odio. Esos sentimientos cubrieron a Amanda como si fueran una losa de hormigón sobre su cripta; eran mucho peores que todas las pesadillas que había tenido en vida. Cuando Lou apartó la mirada, dejó tras de sí a una madre destrozada, que cerró los ojos y oyó a su hija gritarle a su padre que fuese a buscarla, que no la abandonara. Entonces, para Amanda Cardinal aquello fue el final.
3
El sonoro repique de la campana de la iglesia transmitía una especie de calma piadosa. Al igual que la lluvia incesante, el sonido cubría la zona, donde los árboles comenzaban a echar brotes y la hierba se despertaba del letargo invernal. Las volutas de humo de las chimeneas de las casas se confundían en el cielo despejado. Al sur se apreciaban las majestuosas agujas y los formidables minaretes de Nueva York. Esos inhóspitos monumentos, que habían costado millones de dólares y miles de espaldas agotadas, parecían insignificantes ante la corona del cielo azul.
El enorme templo de piedra transmitía una sensación de salvación; era un edificio que no se desmoronaría aunque los problemas que atacaran sus puertas fueran descomunales. Bastaba acercarse al pilar de piedra y a la torre del campanario para sentirse reconfortado. Tras los gruesos muros se oía otro sonido aparte del repique de la campana sagrada.
El canto sagrado.
Los fluidos acordes de Gracia extraordinaria invadían los pasillos y se encontraban con los retratos de clérigos que habían pasado gran parte de sus vidas asimilando confesiones terribles y repartiendo cientos de avemarías a modo de bálsamo espiritual. Luego, la onda de la canción se dividía entre las estatuas de Jesucristo muriendo o resucitando y, finalmente, llegaba a la pila de agua bendita situada junto a la entrada principal. La luz del sol se filtraba por los tonos brillantes de las vidrieras y creaba múltiples arcos iris por aquellos pasillos llenos de Cristos y pecadores. Los niños solían exclamar «ooh» y «aah» al ver semejante estallido de colores, antes de dirigirse de mala gana a misa pensando, sin duda, que en las iglesias siempre había unos arcos iris maravillosos.
Al otro lado de las puertas de dos hojas de roble el coro cantaba hasta el mismísimo pináculo de la iglesia, el pequeño organista tocaba el instrumento con una fuerza inusitada para su edad y Gracia extraordinaria sonaba como nunca. El sacerdote estaba en el altar, con los largos brazos extendidos hacia la sabiduría y el consuelo del cielo, elevando una oración de esperanza si bien ante sus ojos se desplegaba un océano de dolor. Necesitaba el respaldo divino porque nunca resultaba fácil explicar una tragedia de manera convincente invocando la voluntad de Dios.
El ataúd descansaba frente al altar. Habían rociado la brillante superficie de caoba con el vaporizador de asperilla olorosa y lo habían cubierto con un macizo de rosas y varios lirios, pero así y todo, lo que llamaba la atención, como si fueran cinco dedos apretando la garganta, era el macizo bloque de caoba. Jack y Amanda Cardinal se habían desposado y jurado amor eterno en esa iglesia. Desde entonces no habían regresado, y ninguno de los presentes se habría imaginado que volverían catorce años después para asistir a un funeral.
Lou y Oz estaban sentados en el primer banco de la atestada iglesia. Oz apretaba el osito contra el pecho, con la cabeza gacha; por su rostro se deslizaban abundantes lágrimas que caían en la madera que había entre sus piernas, que no llegaban al suelo. A su lado había un cantoral azul sin abrir; en aquellos momentos cantar era algo que escapaba a las fuerzas del pequeño.
Lou rodeaba a Oz con el brazo, pero sin apartar la mirada del ataúd. No importaba que la tapa estuviera cerrada. El escudo de flores tampoco impedía que Lou viera el cuerpo que estaba dentro. Lucía un vestido, algo que no solía hacer; en aquellos momentos lo que menos importaba eran los odiados uniformes que su hermano y ella tenían que ponerse para ir a la escuela católica. A su padre siempre le había gustado verla con vestidos e incluso había llegado a hacerle un bosquejo para un libro infantil que había planeado pero que nunca llegó a materializarse. Tiró de las medias blancas, que le llegaban hasta las rodillas huesudas. Se había puesto un par de zapatos negros nuevos que le apretaban los alargados pies, que apoyaba en el suelo con firmeza.
Lou no se había molestado en cantar Gracia extraordinaria. Había escuchado al sacerdote decir que la muerte no era más que el comienzo, que, según los enigmáticos designios de Dios, se trataba de un momento de dicha, no de dolor, y entonces dejó de escucharle. Ni siquiera rezó por el alma de su padre. Sabía que Jack Cardinal había sido un buen hombre, un excelente escritor y narrador de historias. Sabía que lo echaría de menos, y mucho. Ningún coro, sacerdote o dios tenía que explicárselo.
El canto llegó a su fin y el sacerdote volvió a divagar mientras Lou prestaba atención a la conversación que mantenían los dos hombres sentados tras ella. Su padre había sido un experto en escuchar las conversaciones ajenas para obtener material realista y su hija compartía esa curiosidad. En aquellos momentos Lou tenía razones sobradas para hacerlo.
—¿Se te ha ocurrido alguna idea que valga la pena? —inquirió el hombre mayor a su compañero más joven.
—¿Ideas? Somos los albaceas de un patrimonio inexistente —repuso el joven, nervioso.
El hombre mayor sacudió la cabeza y bajó aún más el tono.
—¿Inexistente? Jack dejó dos hijos y una esposa.
El joven miró de lado y, en un hilo de voz, dijo:
—¿Esposa? Es como si los niños fueran huérfanos.
Es probable que Oz le oyera, porque levantó la cabeza y apoyó la mano en el brazo de la mujer que se sentaba a su lado. Amanda iba en silla de ruedas. Una enfermera corpulenta estaba sentada al otro lado con los brazos cruzados; resultaba obvio que la muerte del desconocido no le afectaba lo más mínimo.
Una gruesa venda cubría la cabeza de Amanda, que tenía los cabellos, de un castaño rojizo, bien cortos y los ojos cerrados. De hecho, no los había abierto desde el accidente. Los médicos habían comunicado a Lou y Oz que su madre se había recuperado de todos los daños físicos y que el problema residía en que su alma parecía haber huido.
Más tarde, fuera de la iglesia, el coche fúnebre se marchó con el cuerpo del padre de Lou, y ella ni siquiera lo miró. Ya se había despedido de él mentalmente, si bien su corazón jamás podría hacerlo. Arrastró a Oz por las hileras de abrigos severos y trajes oscuros. Lou estaba cansada de los rostros tristes, los ojos húmedos que se fijaban en los suyos, secos, transmitiéndole su condolencia y de las bocas que lamentaban la pérdida devastadora que había sufrido el mundo literario. No era el padre de ninguna de aquellas personas sino el de ella y su hermano el que yacía muerto en aquel ataúd. Estaba cansada de que le ofrecieran el pésame por una tragedia que ni siquiera comprendían.
—Lo siento —solían susurrarle—. Es tan triste. Era un gran hombre, un hombre maravilloso, que se ha ido en la flor de la vida, con tantas historias sin contar.
—No lo lamentéis —había comenzado a replicar Lou—. ¿No habéis oído al sacerdote? Tenemos que sentirnos dichosos y regocijarnos. La muerte es buena. Venid y cantad conmigo.
La miraban, sonreían nerviosos y luego se marchaban para «regocijarse» con alguien más comprensivo.
Después irían a dar sepultura a Jack Cardinal y el sacerdote, sin duda, pronunciaría más discursos alentadores, bendeciría a los niños y rociaría con agua bendita la tierra sagrada. Luego rellenarían la supultura, poniendo fin a tan extraño espectáculo. La muerte debía seguir unos rituales, porque la sociedad dice que así debe ser. Lou no tenía intención de apresurarse para ir a presenciarlo, ya que en aquellos instantes había un asunto que le apremiaba mucho más.
Los mismos dos hombres estaban en el aparcamiento cubierto de hierba. Liberados de los confines eclesiásticos, hablaban con toda naturalidad sobre el futuro de la familia Cardinal.
—Ojalá Jack no nos hubiera nombrado albaceas —dijo el hombre mayor mientras sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa. Encendió una cerilla y la sostuvo entre el pulgar y el índice—. Me imaginaba que yo ya llevaría un buen tiempo muerto cuando Jack nos dejara.
El joven se miró los zapatos brillantes.
—No podemos dejarlos así, viviendo con unos desconocidos —dijo—. Los niños necesitan a alguien.
El otro hombre le dio una calada al cigarrillo y siguió el coche fúnebre con la vista. En lo alto una bandada de mirlos parecía formar un escuadrón, como si se despidieran de Jack Cardinal. El hombre sacudió la ceniza.
—Los niños pertenecen a su familia. A estos dos no les queda familia.
—Disculpen.
Cuando los dos hombres se volvieron, vieron a Lou y a Oz mirándoles.
—En realidad, tenemos familia —dijo Lou—. Nuestra bisabuela, Louisa Mae Cardinal. Vive en Virginia. Allí es donde se crió mi padre.
El joven pareció sentirse esperanzado, como si la carga del mundo, o al menos la de aquellos dos niños, ya no descansara sobre sus hombros. El hombre mayor, sin embargo, se mostró suspicaz.
—¿Vuestra bisabuela? ¿Aún vive? —preguntó.
—Antes del accidente mis padres pensaban mudarse a su casa de Virginia.
—¿Sabes si os acogerá? —quiso saber el joven.
—Lo hará —repuso Lou de inmediato, si bien no tenía ni idea de si Louisa estaba dispuesta a hacerse cargo de ellos.
—¿A todos? —preguntó Oz.
Lou sabía que Oz se refería a su madre.
—A todos —contestó con firmeza.
4
Mientras miraba por la ventanilla del tren pensó que nunca había sentido gran cosa por Nueva York. Era cierto que durante su infancia había disfrutado de su ecléctica oferta y había visitado museos, zoológicos y cines. Se había elevado por encima del mundo en la terraza de observación del Empire State Building, había gritado y se había reído de las payasadas de los ciudadanos atrapados en la dicha o el martirio, había contemplado momentos de una gran intimidad emocional y había presenciado muestras apasionadas de protesta pública. Muchas de esas caminatas las había hecho con su padre, quien en numerosas ocasiones le había dicho que ser escritor no era un mero trabajo sino un estilo de vida completamente absorbente. La misión de un escritor, le había explicado, era la misión de la vida, tanto en sus momentos de gloria como en su compleja fragilidad. Lou había tenido conocimiento de los resultados de tales observaciones y, del mismo modo, los escritores con más talento de la época le habían cautivado con sus reflexiones en la intimidad del modesto apartamento de dos dormitorios sin ascensor de los Cardinal en Brooklyn.
Su madre les había llevado a ella y a Oz a todos los distritos municipales de la ciudad y, así, gradualmente, les había sumergido en los distintos niveles sociales y económicos de la civilización urbana, ya que Amanda Cardinal era una mujer muy culta que sentía una curiosidad extrema por esa clase de cosas. Los niños habían recibido una educación completa que había hecho que Lou respetara y siempre mostrara curiosidad por los otros seres humanos.
No obstante, la ciudad nunca había logrado entusiasmarla. Por el contrario, ir a Virginia sí que le ilusionaba. A pesar de haber vivido en Nueva York durante la mayor parte de su vida adulta, donde se hallaba
