La gran casa

Nicole Krauss

Fragmento

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Todos en pie

Hable con él.

Señoría, en el invierno de 1972, R. y yo rompimos, mejor dicho, él rompió conmigo. Sus motivos eran vagos, pero vino a decir que tenía un lado secreto, una parte cobarde y despreciable que jamás podría mostrarme, y que necesitaba alejarse como un animal enfermo hasta haber mejorado aquella faceta suya de tal modo que lo hiciera digno de compañía. Aunque se lo discutí —era su novia desde hacía casi dos años, sus secretos eran los míos y si había algo cruel o cobarde en él yo lo habría sabido mejor que nadie—, fue en vano. Tres semanas después de que se mudara, recibí una postal suya (sin remite) en la que me decía que nuestra decisión —así la llamaba— había sido la correcta, por dura que resultara, y me instaba a reconocer que nuestra relación había terminado para siempre.

Luego todo empeoró durante una temporada y después empezó a mejorar. No entraré en detalles más allá de explicar que no salía, ni siquiera para visitar a mi abuela, y tampoco dejaba que nadie viniera a verme. Por extraño que parezca, lo único que me servía de consuelo era que hacía un tiempo de perros, por lo que pasaba las horas recorriendo el piso, armada de una pequeña y extraña llave inglesa especial para ajustar los tornillos de los vetustos marcos de las ventanas. En los días de mucho viento se aflojaban y las ventanas chirriaban. Había seis ventanas, de modo que, en cuanto había acabado de apretar los tornillos de una, otra empezaba a gemir, así que corría de acá para allá, llave inglesa en mano. Luego, a lo mejor disfrutaba de media hora de tregua, que pasaba sentada en la única silla que quedaba en el piso. Durante un tiempo, al menos, fue como si lo único que quedaba del mundo fuera aquella lluvia interminable y la necesidad de ajustar bien los tornillos. Cuando por fin salió el sol, decidí dar un paseo. Todo estaba inundado, y aquellas aguas quietas como espejos me serenaban. Caminé mucho rato, por lo menos seis o siete horas, por barrios a los que nunca había ido y a los que jamás he vuelto. Regresé a casa exhausta, pero convencida de haberme purgado de algo.

Ella me lavó la sangre de las manos y me dio una camiseta limpia, quizá suya. Me tomó por su novia, o tal vez incluso por su mujer. Nadie ha venido por usted aún. No me apartaré de su lado. Hable con él.

Poco después de aquello, el magnífico piano de R. salía del mismo modo que había entrado, por el amplio ventanal de la sala de estar. Fue la última de sus pertenencias que se llevaron, y mientras estuvo allí era como si en realidad R. nunca se hubiese marchado. En las semanas que viví a solas con el piano, antes de que vinieran a recogerlo, le daba una palmadita de vez en cuando al pasar por delante, como había hecho con R.

Unos días después, un viejo amigo mío llamado Paul Alpers me llamó para contarme un sueño que había tenido. En él, Paul y el gran poeta César Vallejo estaban en una casa de campo que había pertenecido a la familia de Vallejo desde que éste fuera niño. La casa se encontraba vacía y todas las paredes estaban pintadas de un blanco azulado. El conjunto transmitía una sensación de gran paz, me aseguró Paul, que en el sueño pensó que Vallejo era muy afortunado por trabajar en un lugar así. Esto parece la antesala de la otra vida, le dijo Paul. Como Vallejo no lo oyó, tuvo que repetirlo dos veces. Finalmente, el poeta, que en la vida real murió a los cuarenta y seis años, pobre de solemnidad y en plena tormenta, como había predicho, lo comprendió y asintió. Antes de que entraran en la casa, Vallejo le había contado a Paul una anécdota según la cual su tío solía mojar los dedos en el barro para hacerle una señal en la frente, algo relacionado con el miércoles de Ceniza. Y luego, dijo Paul que había dicho Vallejo, hacía algo que él jamás había comprendido. Para ilustrar sus palabras, el poeta había hundido dos dedos en el barro y dibujado un bigote sobre el labio superior de Paul. Ambos se habían reído. Lo más desconcertante del sueño, me aseguró Paul, era la complicidad que había entre ellos, como si se conocieran desde hacía mucho.

Naturalmente, Paul se había acordado de mí al despertar. Cursábamos segundo de facultad cuando nos conocimos en un seminario de poesía vanguardista. Nos hicimos amigos porque en clase siempre estábamos de acuerdo entre nosotros y en desacuerdo con los demás, de un modo cada vez más marcado a medida que avanzaba el curso, y con el tiempo acabamos forjando una alianza que años después, cinco para ser exactos, se podía reactivar al momento. Paul me preguntó qué tal estaba, refiriéndose a la ruptura de la que alguien debió de informarle. Le dije que me encontraba bien, aunque era posible que estuviera quedándome calva. También le conté que, además del piano, R. se había llevado el sofá, las sillas, la cama e incluso la cubertería, puesto que cuando nos conocimos yo vivía prácticamente con la maleta a cuestas, mientras que él era como un Buda sedente rodeado de todos los muebles heredados de su madre. Paul dijo que conocía a alguien, un poeta amigo de un amigo, que se disponía a volver a su Chile natal y tal vez necesitara un lugar donde dejar los muebles durante una temporada. Hecha la llamada oportuna, se confirmó que en efecto el tal poeta, que respondía al nombre de Daniel Varsky, tenía algunas piezas de mobiliario con las que no sabía qué hacer, ya que no deseaba venderlas por si cambiaba de idea y decidía regresar a Nueva York. Paul me dio su número y me dijo que Daniel estaba esperando que me pusiera en contacto con él. Pospuse la llamada unos días, sobre todo porque me resultaba violento pedirle a un desconocido que me prestara sus muebles, por más que me hubiesen allanado el camino, pero también porque durante el mes transcurrido desde que R. y sus muchas pertenencias se esfumaran, me había acostumbrado a no tener nada. De hecho, la ausencia de muebles sólo suponía un problema cuando venía alguna visita y yo deducía por su expresión que, vista desde fuera, la situación, mi situación, señoría, resultaba digna de lástima.

Cuando por fin telefoneé a Daniel Varsky, hubo cierta cautela en el saludo inicial, antes de que comprendiera quién lo llamaba, que más tarde llegué a asociar con él y con los chilenos en general, por pocos que haya conocido. Le llevó un minuto deducir quién era yo, un minuto para que se le encendiera una luz que me mostrara como la amiga de un amigo, y no como una loca de remate —¿que llamaba por sus muebles porque había oído decir que quería deshacerse de ellos o prestarlos durante un tiempo?—, un minuto en que estuve tentada de disculparme, colgar y seguir como hasta entonces, con un colchón, unos pocos enseres de plástico y la solitaria silla. Pero, en cuanto se hizo la luz (¡Ah, claro, lo siento! Lo tengo todo aquí mismo, esperándote), su voz se volvió más dulce y estridente al mismo tiempo, dando paso a un tono dicharachero que también acabaría asociando con él y, por extensión, con cualquier persona nacida en ese puñal que apunta al corazón de la Antártida, en palabras de Henry Kissinger.

Daniel vivía en la parte alta de Manhattan, en la esquina de la calle Ciento uno con Central Park West. De camino hacia allí me detuve a visitar a mi abuela, que estaba en una residencia de ancianos en West End Avenue. Tras asimilar que ya no me reconociera, había descubierto que podía disfrutar de aquellos ratos en su compañía. Solíamos sentarnos y comentar el estado del tiempo ocho o nueve veces de distinta manera, antes de pasar a hablar de mi abuelo, que una década después de su muerte seguía siendo un tema fascinante para ella, como si con cada año de ausencia la vida de su marido, o la que ambos habían compartido, constituyera para ella un enigma cada vez mayor. Le gustaba sentarse en el sofá luciendo todas sus joyas y contemplar maravillada el vestíbulo de la residencia. ¿Todo esto me pertenece?, preguntaba de forma periódica, abarcando la estancia entera con un ademán. Siempre que iba a verla le llevaba una babka de chocolate de Zabar’s que ella sólo probaba por cortesía. Las migas del pastel le caían sobre el regazo y se le adherían a los labios, y en cuanto me iba ofrecía el resto a las enfermeras.

Cuando llegué a la calle Ciento uno llamé al interfono y Daniel Varsky me abrió. Mientras esperaba el ascensor en el sombrío vestíbulo, se me ocurrió que tal vez sus muebles no me gustaran, que quizá fueran oscuros o me resultaran agobiantes por otro motivo, y que ya sería demasiado tarde para echarme atrás de un modo airoso. Pero, al contrario, cuando abrió la puerta lo primero que advertí fue la claridad, tanta que me vi obligada a entornar los ojos y por un instante no pude distinguir su rostro porque estaba a contraluz. También noté el olor de algo que estaba cocinando, y que resultó ser un plato a base de berenjenas que había aprendido a preparar en Israel. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la luz, me sorprendió descubrir que Daniel Varsky era joven. Esperaba encontrarme a un hombre mayor, pues Paul me había dicho que su amigo era poeta, y aunque ambos escribíamos versos, o lo intentábamos, jamás nos hubiésemos referido a nosotros mismos como poetas, término que reservábamos para aquellos cuya obra se había considerado digna de publicarse, y no sólo en un par de revistillas, sino en un libro de los de verdad, de los que se pueden comprar en las librerías. Ahora que lo pienso, esto no deja de ser una definición bochornosamente convencional de poeta, y si bien Paul y yo misma, y otros conocidos nuestros, nos jactábamos de nuestra sofisticación literaria, en aquellos tiempos aún íbamos por la vida con la ambición intacta, y en cierto sentido ésta nos cegaba.

Daniel tenía veintitrés años, un año menos que yo, y aún no había publicado ningún poemario, pero daba la impresión de haber empleado su tiempo mejor que yo, o de un modo más imaginativo, o quizá podría decirse que sentía un impulso de viajar de un lugar a otro, conocer gente y vivir nuevas experiencias, predisposición que siempre he envidiado en los demás cuando la he reconocido. Había pasado los últimos cuatro años viajando, había vivido en distintas ciudades y dormido en el suelo de apartamentos de personas que iba conociendo por el camino, o en las casas que a veces alquilaba, si lograba convencer a su madre o tal vez su abuela para que le enviaran dinero, pero ahora por fin se disponía a volver a casa para ocupar el lugar que le correspondía junto a los amigos de su infancia y que luchaban por la liberación, la revolución o cuando menos el socialismo en Chile.

Las berenjenas estaban listas, y mientras Daniel ponía la mesa me sugirió que echara un vistazo a los muebles. El piso era pequeño, pero tenía una gran ventana orientada al sur por la que la luz entraba a raudales. Lo más llamativo era el desorden reinante: papeles esparcidos por el suelo, tazas con restos de café, libretas, bolsas de plástico, zapatillas de lona baratas, discos de vinilo y fundas divorciados entre sí. Cualquier otra persona se hubiese sentido obligada a excusarse por el desorden o habría comentado en broma que acababa de pasar por allí una manada de búfalos, pero él ni siquiera lo mencionó. La única superficie más o menos despejada eran las paredes, desnudas a excepción de unos pocos mapas sujetos con tachuelas de ciudades donde había vivido —Jerusalén, Berlín, Londres, Barcelona— y en los que había notas garabateadas sobre ciertas avenidas, esquinas y plazas; no las entendí de un vistazo porque estaban escritas en español, y no habría sido educado por mi parte intentar descifrarlas mientras mi anfitrión y benefactor ponía la mesa. Así que centré mi atención en el mobiliario, o lo que asomaba de él bajo aquel caos: un sofá, un gran escritorio de madera maciza con muchos cajones grandes y pequeños, un par de estanterías abarrotadas de libros en español, francés e inglés, y la pieza más hermosa: una especie de baúl o arcón con asas de hierro que parecía rescatado de un naufragio y ahora servía de mesita de centro. Todo parecía comprado de segunda mano, nada tenía aspecto de nuevo, aunque había cierta armonía entre las piezas, y el hecho de que estuvieran medio sepultadas bajo pilas de legajos y libros no las hacía menos atractivas, todo lo contrario. De pronto, me sentí rebosante de gratitud hacia su propietario, como si fuera a entregarme no sólo cuatro trozos de madera tapizados, sino también la oportunidad de afrontar una nueva vida, aunque de mí dependía estar o no a la altura de las circunstancias. Me avergüenza reconocer que hasta me afloraron unas lágrimas, señoría, aunque, como ocurre a menudo, éstas se debían a pesares más antiguos y oscuros sobre los que había preferido no pensar hasta entonces, pero el regalo o préstamo de los muebles de un desconocido los despertó de algún modo.

Estuvimos hablando durante siete u ocho horas, por lo menos. Tal vez más. Resultó que a los dos nos apasionaba Rilke. También compartíamos admiración por Auden, aunque yo más que él, y ninguno de los dos teníamos especial predilección por Yeats, pero ambos nos sentíamos secretamente culpables por ello, temerosos de que delatara algún tipo de incapacidad personal para apreciar la poesía en su máxima expresión. Sólo hubo un momento de discordia cuando saqué a colación a Neruda, el único poeta chileno que conocía, y Daniel reaccionó montando en cólera: ¿Por qué será, preguntó, que vaya donde vaya un chileno resulta que Neruda y sus putas caracolas han estado allí antes y montado un monopolio? Me sostuvo la mirada, esperando mi réplica, y me dio la impresión de que en su país era habitual hablar con ese ímpetu, e incluso discutir sobre poesía hasta llegar a la violencia, y por un momento sentí el zarpazo de la soledad. Pero no fue más que un instante de vacilación, tras el que me apresuré a disculparme y jurarle por lo más sagrado que leería a los grandes poetas chilenos de la lista abreviada que garabateó en un papel (encabezada, en unas mayúsculas que eclipsaban a los demás, por Nicanor Parra), y que jamás volvería a pronunciar el nombre de Neruda, ni en su presencia ni en la de nadie.

Luego hablamos de poesía polaca, rusa, turca, griega y argentina, de Safo y de los cuadernos perdidos de Pasternak, de la muerte de Ungaretti, el suicidio de Weldon Kees y la desaparición de Arthur Cravan, que según Daniel seguía vivo y entregado a los cuidados de las putas en Ciudad de México. Pero a veces, en la inflexión o el vacío que mediaba entre una de sus laberínticas frases y la siguiente, una nube oscura ensombrecía su rostro, y tras vacilar un instante como si fuera a detenerse allí, se alejaba y desvanecía en los confines de la habitación. En tales momentos casi tenía la impresión de que debía apartar la mirada, porque, si bien habíamos hablado mucho de poesía, apenas habíamos dicho una palabra sobre nosotros.

En cierto momento, Daniel se levantó de un brinco y se puso a rebuscar entre los papeles de aquel escritorio repleto de cajones, abriendo unos, cerrando otros, tratando de dar con un ciclo de poemas que había escrito. Se titulaba Olvida cuanto haya dicho o algo parecido, y lo había traducido él mismo al inglés. Se aclaró la garganta y empezó a leer, en un tono que en otra persona podría haber parecido afectado o incluso cómico, pues había en su voz un ligero temblor, pero que en Daniel resultaba de lo más natural. No se disculpaba ni escondía tras las páginas. Todo lo contrario. Se ponía muy tieso, como si tomara prestada la energía del poema, y levantaba la vista a menudo, tanto que empecé a sospechar que había memorizado sus propios versos. Fue en uno de esos momentos en que nuestras miradas se cruzaron al oír una palabra, cuando caí en la cuenta de que Daniel era bastante atractivo. Tenía una nariz generosa, una gran nariz de judío chileno, y grandes manos de dedos delgados, y grandes pies, pero también había en él algo delicado que tenía que ver con sus largas pestañas o su constitución ósea. El poema era bueno, no genial pero sí bueno, quizá incluso muy bueno, resultaba difícil saberlo sin haberlo leído por mí misma. Al parecer, versaba sobre una chica que le había roto el corazón, aunque bien podía tratarse de un perro; a medio poema me perdí y me dio por recordar que R. siempre se lavaba sus delgados pies antes de acostarse porque el suelo del apartamento estaba sucio, y, aunque nunca me dijo que lo imitara, se sobrentendía, pues de lo contrario las sábanas se ensuciarían y de nada serviría que él se lavara. No me gustaba sentarme en el borde de la bañera, o apoyar el pie en el lavamanos con una rodilla pegada a la oreja, y ver cómo la negra mugre se arremolinaba en la porcelana blanca, pero era una de las incontables cosas que se hacen en la vida para evitar una discusión, y de pronto, al recordarlo, me entraron ganas de reír, reír por no llorar.

Para entonces, el piso de Daniel Varsky se había vuelto oscuro y acuático, pues el sol se había puesto tras un edificio y las sombras hasta entonces agazapadas detrás de las cosas empezaron a salir en tropel. Recuerdo que en la estantería había algunos libros enormes, volúmenes nobles de altos lomos encuadernados en tela. No recuerdo ningún título, quizá pertenecieran a una misma colección, pero por algún motivo parecían desentonar con el crepúsculo. Era como si de pronto las paredes estuviesen alfombradas, igual que en una sala de cine, para impedir que el sonido saliera o que otros sonidos entraran, y en el interior de aquella pecera, señoría, en la escasa luz reinante, nosotros éramos los espectadores y la película a la vez. O como si nos hubiésemos desgajado de la isla, sólo los dos, y flotáramos a la deriva por aguas inexploradas, aguas negras de profundidad insondable. En aquellos tiempos se me consideraba atractiva y había incluso quien me tenía por una beldad, aunque mi cutis nunca ha sido muy bonito, y fue en eso en lo que me fijé cuando me vi en el espejo; en eso y en una expresión ligeramente turbada, un leve fruncimiento de la frente del que no me había percatado. Pero antes de estar con R., y también mientras estaba con él, hubo muchos hombres que me dieron a entender bien a las claras que les hubiese gustado volver a casa conmigo, para pasar una noche o más tiempo, y cuando Daniel y yo nos levantamos de la mesa y pasamos al salón, me pregunté qué pensaría de mí.

Fue entonces cuando me contó que el escritorio había sido usado, si bien brevemente, por Lorca. No sabía si bromeaba, resultaba de lo más improbable que aquel nómada chileno, más joven que yo, se hubiese hecho con un objeto tan valioso, pero decidí dar por sentado que hablaba en serio para no arriesgarme a ofender a alguien tan amable conmigo. Cuando le pregunté de dónde lo había sacado, se encogió de hombros y contestó que lo había comprado, sin entrar en detalles. Yo pensé que diría Y ahora te lo doy a ti, pero no lo hizo, sino que se limitó a propinar una patadita, nada violenta sino más bien cariñosa y llena de respeto, a una de las patas del escritorio, y siguió caminando.

Justo entonces, o más tarde, nos besamos.

La enfermera le inyectó otra dosis de morfina en el gotero y fijó en su pecho un electrodo que se había soltado. Al otro lado de la ventana, el alba se derramaba sobre Jerusalén. Por unos instantes, ella y yo vimos subir y bajar el resplandor verde del electrocardiograma. Luego corrió la cortina y nos dejó a solas.

Nuestro beso constituyó un anticlímax. No es que resultara desagradable, pero sólo fue un signo de puntuación en nuestra larga charla, una observación entre paréntesis a fin de asegurarnos el uno al otro un acuerdo profundamente sentido, una mutua oferta de camaradería, algo mucho más raro que la pasión sexual o incluso el amor. Los labios de Daniel eran más grandes de lo que esperaba, no grandes en su rostro sino cuando cerró los ojos y rozó los míos, y durante una milésima de segundo tuve la sensación de que me asfixiaban. Pero lo que muy probablemente pasaba era que yo estaba acostumbrada a los labios de R., finos, nada semíticos, que a menudo se le ponían azules por el frío. Daniel Varsky cerró una mano en torno a mi muslo y yo le toqué el pelo, que olía como un río sucio. Creo que para entonces habíamos entrado o estábamos a punto de entrar en el fétido terreno de la política, y primero en tono airado, y luego casi al borde de las lágrimas, Daniel Varsky arremetió contra Nixon y Kissinger, contra las sanciones y las crueles intrigas con que pretendían, aseguró, estrangular cuanto era nuevo y joven y hermoso en Chile, la esperanza que había llevado al doctor Allende hasta el Palacio de la Moneda. ¡Los sueldos de los obreros han subido un cincuenta por ciento, y lo único en que piensan esos cerdos es en el cobre y las multinacionales!, exclamó. ¡La sola idea de que pueda haber un presidente marxista elegido democráticamente los tiene acojonados! ¿Por qué no nos dejan en paz de una vez para que podamos vivir tranquilos?, preguntó, y por un momento su mirada fue casi una súplica, como si yo ejerciera alguna clase de influjo sobre los turbios personajes que capitaneaban la oscura nave de mi país. Daniel tenía una prominente nuez que le subía y bajaba cada vez que tragaba, y ahora parecía cabecear sin solución de continuidad, como una manzana arrojada al mar. Yo no sabía gran cosa sobre lo que ocurría en Chile, todavía no. Un año y medio después, cuando Paul Alpers me contó que la policía secreta de Manuel Contreras se había llevado a Daniel Varsky en plena noche, sí lo sabía. Pero en el invierno de 1972, sentada en su piso de la calle Ciento uno, mientras los últimos rayos de sol se extinguían y el general Augusto Pinochet Ugarte seguía siendo el recatado y servil jefe del Estado Mayor del ejército que pretendía hacerse llamar «Tata» por los hijos de sus amigos, yo apenas sabía nada.

Lo curioso del caso es que no recuerdo cómo acabó la noche (para entonces, era ya una inmensa noche neoyorquina). Es evidente que en algún momento debimos de despedirnos, y luego me marché de su casa, o quizá nos fuimos juntos y él me acompañó al metro o me llamó un taxi, ya que en aquellos tiempos el barrio y la ciudad en general no eran seguros. Pero lo cierto es que no conservo ningún recuerdo de aquello. Cuando un par de semanas más tarde un camión de mudanzas se presentó en mi piso y los hombres descargaron los muebles, Daniel Varsky ya había vuelto a Chile.

Pasaron dos años. Al principio me llegaban sus postales. En un primer momento fueron cálidas e incluso joviales: Todo va sobre ruedas. Estoy pensando en unirme a la Sociedad Espeleológica Chilena, pero no te preocupes, que no interferirá en la poesía, y en todo caso una cosa complementa a la otra. Puede que tenga ocasión de asistir a una conferencia de Parra sobre matemáticas. La situación política va de mal en peor, si no me apunto a la Sociedad Espeleológica me uniré al Movimiento de la Izquierda Revolucionaria. Cuida del escritorio de Lorca, algún día volveré por él. Besos, D. V. Después del golpe de Estado, sus postales se volvieron lacónicas y tristes, y poco a poco más crípticas, hasta que unos seis meses antes de enterarme de su desaparición dejé de recibirlas. Fui guardándolas todas en un cajón del escritorio. No contestaba porque no llevaban remite alguno. En aquellos años aún escribía poesía, y compuse unos pocos poemas dirigidos o dedicados a Daniel Varsky. Mi abuela murió y la enterraron en las afueras de la ciudad, demasiado lejos para que alguien fuera a visitar su tumba, yo salí con unos cuantos hombres, me mudé dos veces y escribí mi primera novela en el escritorio de Daniel Varsky. A veces me olvidaba de él durante meses. No sé si ya tenía conocimiento de la existencia de Villa Grimaldi, pero casi seguro que no había oído hablar del número 38 de la calle Londres, en Cuatro Álamos, ni de la discoteca también conocida como Venda Sexy por las atrocidades sexuales que allí se cometían y la música estridente que gustaba a los torturadores, mas fuera como fuese sabía lo bastante para que, en otros momentos, habiéndome quedado dormida en el sofá de Daniel, como a menudo ocurría, tuviera pesadillas sobre lo que le hacían. A veces recorría con la mirada sus muebles —el sofá, el escritorio, el cofre que servía de mesa de centro, las estanterías y sillas— y me asaltaba una desesperación absoluta, que en otras ocasiones no pasaba de una tristeza oblicua, pero algunas veces, al contemplar el mobiliario, me convencía de que encerraba un acertijo, un acertijo que Daniel me había dejado para que lo adivinara.

A lo largo de los años se han cruzado en mi camino personas, chilenos en su mayoría, que conocían a Daniel Varsky o habían oído hablar de él. A su muerte, y durante un breve período, su reputación fue en aumento y pasó a engrosar la lista de los poetas mártires cuyas voces había silenciado Pinochet. Por supuesto, quienes lo torturaron y mataron jamás leyeron su poesía; es posible que ni siquiera supieran que era poeta. A los pocos años de su desaparición, con la ayuda de Paul Alpers, escribí a los amigos de Daniel preguntándoles si conservaban poemas suyos que pudieran enviarme, pues quería intentar publicarlos a modo de homenaje póstumo. Pero sólo recibí respuesta de uno de los destinatarios de aquellas misivas, un antiguo compañero de colegio que vino a decirme en pocas líneas que no tenía nada que pudiera interesarme. En mi carta debí de mencionarle el escritorio, pues de lo contrario no me explico su posdata, que decía: Por cierto, dudo que ese escritorio hubiese pertenecido a Lorca. Y nada más. Metí la carta en el cajón, junto con las postales de Daniel. Durante algún tiempo pensé incluso en escribir a su madre, pero nunca llegué a hacerlo.

Han pasado muchos años desde entonces. Estuve casada durante un tiempo y ahora vuelvo a estar sola, aunque no por ello infeliz. Hay momentos en que te asalta una especie de lucidez y de pronto es como si pudieras ver a través de las paredes y descubrir otra dimensión de la que te habías olvidado, o que habías decidido pasar por alto con tal de seguir manteniendo las diversas ilusiones que hacen posible la vida, y en particular la vida con otras personas. Y en ese punto estaba yo, señoría. De no haberse producido los hechos que me dispongo a relatar, quizá hubiese seguido viviendo sin pensar en Daniel Varsky, o haciéndolo sólo de tarde en tarde, por más que sus estanterías, su escritorio y aquel cofre salido de un galeón español o de un naufragio en alta mar y convertido en pintoresca mesa de centro siguieran en mi poder. El sofá empezó a pudrirse, no recuerdo exactamente cuándo, pero me vi obligada a deshacerme de él. A veces también me sentía tentada de tirar lo demás. Durante ciertos estados de ánimo, aquellos objetos me recordaban cosas que hubiese preferido olvidar. Por ejemplo, de vez en cuando algún periodista me pregunta en el transcurso de una entrevista por qué he dejado de escribir poesía. En tales casos, o bien contesto que mis poemas no eran lo bastante buenos, que quizá fueran incluso pésimos, o bien que todo poema encierra la posibilidad de alcanzar la perfección, y que esa responsabilidad acabó enmudeciéndome, o a veces respondo que me sentía atrapada por los poemas que intentaba escribir, lo que equivale a decir que uno se siente atrapado por el universo, o por la inevitabilidad de la muerte, pero la verdadera razón por la que ya no escribo versos no es ninguna de ésas, ni por asomo; lo cierto es que si pudiera explicar por qué dejé de escribir poesía tal vez pudiera volver a escribirla. Lo que intento decir es que el escritorio de Daniel Varsky, que fue mi escritorio durante más de veinticinco años, me recordaba todas estas cosas. Siempre me había considerado una mera depositaria temporal de aquellos objetos y daba por sentado que algún día, si bien con sentimientos encontrados, me vería descargada de la responsabilidad de vivir con y cuidar de los muebles de mi amigo, el malogrado poeta Daniel Varsky, y que a partir de entonces sería libre para moverme a mi antojo o quizá aun mudarme a otro país. No es que los muebles me hubiesen retenido en Nueva York, pero en honor a la verdad debo confesar que ésa era la excusa que encontré para no marcharme en todos aquellos años, mucho después de que se hiciera evidente que la ciudad ya no tenía nada que ofrecerme. Sin embargo, cuando aquel ansiado día llegó, hizo temblar los cimientos de mi existencia, al fin solitaria y serena.

Ocurrió en 1999, a finales de marzo. Estaba trabajando sentada al escritorio cuando sonó el teléfono. No reconocí la voz que preguntó por mí. Inquirí quién era en tono frío y reservado. A lo largo de los años he aprendido a salvaguardar mi intimidad, no tanto porque muchos hayan intentado invadirla (algunos sí), cuanto porque el hecho mismo de dedicarse a la escritura implica que uno se muestre categórico y a la defensiva en tantos aspectos que acaba desarrollando cierta resistencia a complacer a los demás, y antes o después esa resistencia abarca situaciones que no la requieren. Mi joven interlocutora contestó que no nos conocíamos personalmente. Le pregunté por el motivo de su llamada. Creo que conocía usted a mi padre, Daniel Varsky, repuso.

Me recorrió un escalofrío, no sólo por la sorpresa de descubrir que Daniel tenía una hija, ni por la súbita expansión de la tragedia que llevaba tanto tiempo contemplando desde la periferia, ni siquiera por la certeza de que aquel largo período de custodia había acabado, sino también porque una parte de mí esperaba desde hacía años aquella llamada que finalmente, si bien a una hora algo intempestiva, había llegado.

Le pregunté cómo me había encontrado. Decidí buscarla, contestó. Pero ¿cómo supiste que debías buscarme a mí? Sólo vi a tu padre en una ocasión, y de eso hace mucho. Por mi madre, respondió. No tenía ni idea de a quién se refería, pero ella añadió: Le escribió usted una carta preguntándole si conservaba poemas de mi padre. Pero, en fin, es una historia muy larga. Podría contársela cuando quedemos (daba por sentado que nos veríamos, sabía que no podía negarme a lo que estaba a punto de pedirme, pero aun así tanta seguridad me desconcertó). En la carta decía usted que tenía su escritorio, añadió. ¿Lo conserva?

Miré al otro extremo de la habitación, al escritorio de madera en que había escrito siete novelas y en cuya superficie reposaban, bañadas por el haz luminoso de una lámpara, los montones de páginas y notas que habrían de constituir la octava. Había un cajón entreabierto, uno de los diecinueve cajones, pequeños y grandes, cuyo número impar y extraña disposición, de pronto me daba cuenta, cuando estaban a punto de serme arrebatados, había llegado a traducirse en una especie de misterioso orden interno que guiaba mi existencia, un orden que, si el trabajo marchaba bien, adquiría cualidades casi místicas. Diecinueve cajones de tamaño variable, algunos situados por debajo del tablero, otros por encima, y cuyos prosaicos contenidos (unos sellos aquí, unos clips allá) ocultaban un diseño mucho más complejo, un plano mental formado a lo largo de los miles de días que dediqué a pensar mientras los observaba fijamente, como si encerraran la conclusión de una frase que se me resistía, la expresión culminante, la ruptura radical con cuanto había escrito hasta entonces y que habría de conducirme por fin a la obra que siempre quise escribir sin conseguirlo jamás. Aquellos cajones representaban una lógica singular y profundamente arraigada, un patrón de conciencia que sólo podía articularse a través de aquel número y disposición específicos. ¿O estaré exagerando?

Mi silla había quedado ligeramente ladeada, a la espera de que yo regresara y volviera a girarla de cara al escritorio. En una noche como aquélla podía haber seguido trabajando hasta la madrugada, escribiendo y contemplando la negrura del Hudson mientras me quedaran energía y lucidez. No había nadie que me llamara desde la cama, que me pidiera que acompasara los ritmos de mi vida a los suyos, nadie a cuyos deseos tuviera que plegarme. Si me hubiese telefoneado cualquier otra persona, nada más colgar habría vuelto al escritorio en torno al cual había crecido físicamente a lo largo de dos décadas y media en una postura que era el resultado de haberme pasado años inclinada sobre él, acoplada a su forma.

Por un instante sopesé la posibilidad de decirle que lo había regalado o incluso tirado. O sencillamente asegurarle que estaba equivocada y que nunca había tenido el escritorio de su padre. La hija de Daniel albergaba esperanzas, pero también mostraba cierta cautela, y me había ofrecido una salida airosa: ¿Lo conserva? Se habría llevado una decepción, pero yo no le habría quitado nada, o al menos nada que le hubiese pertenecido. Y así podría haber seguido escribiendo en el escritorio otros veinticinco o treinta años, o mientras mi mente se mantuviera ágil y no se extinguiera aquella necesidad apremiante.

Pero en cambio, y sin detenerme a analizar las posibles consecuencias, le dije que sí, que lo conservaba. A menudo, al recordar aquel momento, me he preguntado por qué me apresuré a pronunciar aquellas palabras que desbarataron mi vida casi al instante. Y aunque la respuesta obvia es que era lo más educado e incluso lo más correcto que podía hacer dadas las circunstancias, señoría, sé que no fue ése el motivo. Si en nombre de mi trabajo he cometido injusticias mucho peores con seres queridos, ¿cómo no hubiera podido cometerlas entonces, dado que la persona que me pedía algo era una completa desconocida? No; accedí por el mismo motivo que me habría llevado a escribirlo en un relato: porque me resultaba inevitable.

Quisiera recuperarlo, dijo. Por supuesto, contesté, y sin concederme una pausa que me permitiera cambiar de idea, le pregunté cuándo quería pasar a recogerlo. Sólo estaré en Nueva York una semana más, anunció. ¿Qué tal el sábado? Calculé que en ese caso me quedaban cinco días en posesión del escritorio. Perfecto, dije, aunque no podía haber habido una discrepancia mayor entre mi tono despreocupado y la angustia que se apoderó de mí durante la conversación. Tengo unos pocos muebles más que pertenecían a tu padre. Puedes quedártelos todos.

Antes de colgar, le pregunté cómo se llamaba. Leah, contestó. ¿Leah Varsky? No, replicó, Leah Weisz. Y entonces, como si tal cosa, me contó que su madre, que era israelí, había vivido en Santiago a principios de los setenta. Había mantenido una breve relación amorosa con Daniel por la época del golpe militar y poco después se había marchado del país. Al saber que estaba embarazada, había escrito a Daniel, pero no había vuelto a tener noticias suyas. Ya lo habían detenido.

Cuando, en el silencio que siguió, se hizo evidente que habíamos usado todos los fragmentos manejables de la conversación y que no quedaban sino piezas demasiado grandes y pesadas para una llamada de teléfono de aquella índole, le dije que sí, que llevaba mucho tiempo custodiando el escritorio. Le aseguré que siempre había pensado que algún día lo reclamarían, y que, por supuesto, habría intentado devolvérselo antes de haber sabido que ella existía.

Después de colgar fui a la cocina por un vaso de agua. Cuando volví a la habitación —una sala de estar que usaba como estudio porque no necesitaba una sala de estar en absoluto—, fui directa al escritorio y me senté en la silla como si todo siguiera igual. Por supuesto no era así, y cuando miré la pantalla del ordenador y leí la frase que había dejado a medias para contestar al teléfono, supe que aquella noche no podría escribir una sola línea más.

Me levanté y me acomodé en el sillón. Cogí el libro que descansaba sobre la mesita auxiliar, pero descubrí, no sin cierta sorpresa, que no podía concentrarme en la lectura. Dirigí la mirada al otro extremo de la estancia y contemplé el escritorio, igual que lo había contemplado incontables noches, cuando llegaba a un punto muerto pero me resistía a darme por vencida. No, señoría, no albergo ideas místicas acerca de la escritura, es un oficio como cualquier otro; siempre he pensado que el poder de la literatura reside en la obstinación que se ponga en el acto de crearla. De hecho, nunca he acabado de creer que los escritores necesiten algún tipo de ritual para sentarse a escribir. En caso de necesidad, yo podría escribir en casi cualquier parte, ya sea un ashram o un café atestado de gente, o eso he asegurado siempre que me han preguntado si escribo a mano o con ordenador, por la mañana o por la noche, sola o en compañía, en una silla de montar, como Goethe, de pie, como Hemingway, acostada, como Twain, etcétera, como si todo ello encerrara un secreto capaz de abrir por arte de magia la caja fuerte que alberga la novela, perfectamente vertebrada y lista para ser publicada, como si se hallara suspendida en el interior de cada uno de nosotros. No, lo que me angustiaba era perder un entorno de trabajo al que me había acostumbrado; sentimentalismo y nada más.

Era un revés, y había algo melancólico en todo aquel asunto, una melancolía que había empezado con la historia de Daniel Varsky, pero que ahora me pertenecía. Sin embargo, no se trataba de un problema irresoluble. Decidí salir al día siguiente a comprarme un nuevo escritorio.

Pasaba de la medianoche cuando me quedé dormida y, como ocurre siempre que me acuesto dándole vueltas a algún problema, dormí mal y tuve sueños agitados. Pero por la mañana, pese a la evanescente sensación de que me había visto envuelta en un sinfín de peripecias, sólo recordaba un fragmento del sueño: había un hombre de pie fuera de mi edificio, temblando de frío debido al viento glacial que barre el corredor del Hudson desde Canadá, desde el mismísimo círculo polar ártico, un hombre que, cuando pasaba junto a él, me pedía que tirara de un hilo rojo que le colgaba de la boca. Accedía, cediendo al chantaje de la caridad, pero cuanto más tiraba del hilo más se amontonaba éste a mis pies. Cuando se me agarrotaban los brazos, el hombre me ordenaba a voz en grito que siguiera tirando, hasta que, pasado un tiempo, comprimido como sólo puede estarlo en sueños, ambos nos convencíamos de que había algo de suma importancia en el extremo de aquel hilo; quizá yo era la única que podía permitirme el lujo de creerlo o no, mientras que para él resultaba cuestión de vida o muerte.

Al día siguiente no salí a comprar un nuevo escritorio, tampoco al otro. Cuando me senté a trabajar, no sólo me vi incapaz de concentrarme, sino que al repasar las páginas que había escrito me parecieron repletas de palabras superfluas, carentes de vida y autenticidad, sin ninguna razón convincente que las sostuviera. Lo que esperaba que fuera el sofisticado artificio del que se sirve la mejor ficción se me antojaba ahora un artificio sin más, la clase de ardid empleado para desviar la atención de lo que en el fondo es frívolo y banal, en lugar de revelar las estremecedoras profundidades que se ocultan bajo la superficie de todo. Lo que pensaba que era una prosa más sencilla y pura, más punzante por haber sido despojada de cualquier ornamento, de toda distracción, era en realidad una masa torpe y pesada desprovista de tensión y fuerza que no se alzaba contra nada, no derribaba nada, no gritaba nada. Si bien llevaba algún tiempo forcejeando con el mecanismo del libro, tratando sin éxito de averiguar cómo encajaban las piezas entre sí, desde el primer momento había creído que allí había algo, un diseño que, si conseguía extraerlo y separarlo de lo demás, demostraría poseer la delicadeza e irreductibilidad de una idea que exige una novela para poder plasmarse. Pero ahora me daba cuenta de mi equivocación.

Salí del piso y fui a dar un largo paseo por el parque de Riverside y luego por Broadway, para airearme un poco. Me detuve en Zabar’s a fin de comprar un par de cosas para cenar y de paso saludé al dependiente de la sección de quesos, que trabajaba allí desde los tiempos en que visitaba a mi abuela; sorteé a las ancianas encorvadas y de rostro generosamente empolvado que paseaban un solitario tarro de encurtidos en su carrito y me puse a la cola detrás de una mujer con un eterno e involuntario gesto de asentimiento —sí, sí, sí, sí—, el entusiasta sí de la muchacha que en tiempos fue, aunque ahora quisiera decir no, no, basta ya, no.

Pero cuando volví a casa todo seguía exactamente igual. Al día siguiente fue peor. Vi confirmados mis peores temores sobre cuanto había escrito a lo largo del último año, como mínimo. En las jornadas que siguieron, lo único que logré hacer en el escritorio fue guardar el manuscrito y las notas en una caja y vaciar los cajones. Había cartas antiguas, trozos de papel en que había escrito cosas ahora incomprensibles, menudencias varias, partes sueltas de objetos que había tirado mucho tiempo atrás, un surtido de transformadores eléctricos, papel de carta y sobres impresos con la dirección en que había vivido con S., mi ex marido, una colección de objetos inútiles en su mayoría y, debajo de unas viejas libretas, las postales de Daniel. Atrapado en la trasera de un cajón encontré un libro de bolsillo amarillento que Daniel debió de olvidar allí muchos años atrás, una recopilación de relatos escritos por una tal Lotte Berg y dedicados a él por la propia autora en 1970. Llené una gran bolsa con cosas para tirar; lo demás lo metí en una caja, a excepción de las postales y el libro de bolsillo, que guardé, sin leerlos, en un sobre marrón. Vacié cada uno de los cajones, algunos muy pequeños, como he dicho ya, otros de tamaño mediano, excepto el que tenía una pequeña cerradura de latón. Cuando te sentabas al escritorio, la cerradura te quedaba justo por encima de la rodilla derecha. Por lo que recordaba, aquel cajón siempre había estado cerrado con llave, llave que había buscado repetidas veces en vano. En cierta ocasión, en un ataque de curiosidad, o quizá de aburrimiento, había intentado forzar la cerradura con un destornillador, pero sólo conseguí desollarme los nudillos. A menudo había deseado que fuera otro el cajón cerrado con llave, puesto que ese de arriba a la derecha era el más práctico, y siempre que me disponía a buscar algo en uno de los muchos cajones, mis manos se posaban instintivamente en aquél antes que en cualquier otro, despertando una efímera desdicha, una especie de sentimiento de orfandad que no guardaba relación alguna con el cajón, pero que, por algún motivo, había acabado cifrándose allí. No sé por qué, siempre había dado por sentado que el cajón contenía cartas de la chica sobre la que versaba el poema que Daniel Varsky me había leído, y si no de ella, de alguien como ella.

Al mediodía del sábado siguiente, Leah Weisz llamó al timbre. Cuando abrí y la vi me quedé sin aliento. Era el vivo retrato de Daniel Varsky, pese a los veintisiete años transcurridos, según lo recordaba de aquella tarde de invierno cuando llamé al timbre de su piso y salió a abrirme, sólo que ahora todo estaba invertido, como en un espejo, o igual que si el tiempo se hubiese detenido de pronto para retroceder a una velocidad vertiginosa, deshaciendo lo hecho. La misma delgadez, idéntica nariz y cierta delicadeza subyacente. Aquel eco de Daniel Varsky me tendió la mano. Al estrechársela la noté fría, pese al ambiente cálido de la calle. Llevaba una chaqueta de terciopelo azul gastada en los codos, y al cuello un fular de lino rojo cuyos extremos se había echado sobre los hombros con el desenfado de una estudiante universitaria que cruza un patio interior con el viento de cara, abrumada bajo el peso de su primera toma de contacto con Kierkegaard o Sartre. Así de joven parecía, no aparentaba más de dieciocho o diecinueve años, pero al echar cuentas comprendí que debía de tener veinticuatro o veinticinco, casi la misma edad que Daniel y yo cuando nos conocimos. Y a diferencia de una estudiante universitaria de cutis resplandeciente, había algo inquietante en cómo el pelo le caía sobre los ojos, y en éstos, que eran oscuros, casi negros.

Sin embargo, una vez dentro, comprobé que no era su padre. Entre otras cosas, era más menuda, más compacta, casi como un duende. Su pelo era castaño rojizo, no negro como el de Daniel. A la luz del recibidor, los rasgos de Daniel se desvanecieron lo bastante para que no hubiese notado nada familiar en su rostro si me la hubiese cruzado por la calle.

Vio el escritorio enseguida y se acercó a él lentamente. Se detuvo delante de aquella gran mole, más presente para ella, imagino, de lo que nunca lo estaría su padre, se llevó una mano a la frente y se sentó en la silla. Por un momento pensé que se echaría a llorar. Pero en cambio posó las manos sobre el escritorio, empezó a acariciarlo y a juguetear con los cajones. Reprimí un respingo ante aquella intrusión y las que siguieron, pues no contenta con abrir un cajón y mirar dentro, inspeccionó tres o cuatro más antes de mostrarse complacida por el hecho de que todos estuvieran vacíos. Por un momento pensé que me echaría a llorar.

Por cortesía, y también para evitar nuevos registros, le pregunté si le apetecía un té. Leah se levantó del escritorio, se volvió y observó la estancia. ¿Vives sola?, preguntó. Su tono, o su expresión mientras miraba de reojo la pila de libros que se alzaba en precario equilibrio junto al raído sillón y las tazas sucias arrinconadas en el alféizar, me recordó la compasión con que me miraban los amigos que me habían visitado pocos meses antes de conocer a su padre, cuando vivía sola en el piso despojado de las cosas de R. Sí, contesté. ¿Cómo te gusta el té? ¿Nunca te has casado?, preguntó, y quizá porque me desconcertó que lo preguntara de un modo tan directo, respondí No sin apenas pensarlo. Yo tampoco pienso hacerlo, repuso ella. ¿De veras?, pregunté. ¿Por qué? Bueno, fíjate en ti, replicó ella. Eres libre

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