Borges profesor

Jorge Luis Borges

Fragmento

Sobre este libro

SOBRE ESTE LIBRO

Estas clases fueron grabadas por un pequeño grupo de estudiantes de literatura inglesa con el fin de que pudieran estudiar aquellos alumnos del curso que por su trabajo no podían asistir a las clases. De las grabaciones originales en cinta magnetofónica, ese grupo realizó las transcripciones que fueron la base para la confección de este libro[1].

Las cintas se han perdido; probablemente hayan sido luego utilizadas para grabar otras clases, quizás de otras materias. Semejante descuido puede parecer hoy imperdonable. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en 1966, año en que fueron dictadas, Borges aún no era considerado un genio indiscutido como en la actualidad. Los constantes cambios políticos de nuestro país hacían resaltar más sus declaraciones sobre la actualidad que su labor literaria. Para muchos de los estudiantes de su curso, Borges, aunque escritor eminente y director de la Biblioteca Nacional, debía ser sólo un profesor más. Las transcripciones de las clases, por lo tanto, no fueron preparadas sino para el estudio de la materia, desgrabadas a máquina a las apuradas para cumplir, seguramente, con los tiempos de los exámenes.

Quizás eso debamos agradecerlo: no hubo al desgrabar ningún intento de modificar el lenguaje oral de Borges, ni de completar sus palabras, que nos han llegado intactas con sus repeticiones y latiguillos. Esto, que resulta evidente al leer las clases, se confirma cotejando el lenguaje utilizado aquí por Borges con el de otros textos tomados de su discurso oral, como las diversas conferencias y entrevistas publicadas. Los transcriptores se preocuparon además por dejar constancia de la textualidad de sus notas, anotando debajo de la transcripción de cada clase la frase: “Es versión fiel”. Esta fidelidad mantuvo, afortunadamente, no sólo el discurso docente de Borges sino también sus comentarios al margen y hasta las palabras coloquiales que el profesor dirigía a sus alumnos.

En contrapartida, el apuro y el desconocimiento llevaron a desgrabar fonéticamente todo nombre propio, nombres de obras o frases en idioma extranjero que aparecieran en las clases, dando lugar a numerosos errores: la gran mayoría de los nombres de autores y títulos de obras citadas se hallaban mal escritos; los recitados en anglosajón y en inglés, así como las disquisiciones etimológicas de Borges, resultaban completamente ilegibles en las transcripciones originales.

Cada uno de los nombres debió ser revisado y corregido. No fue difícil darse cuenta de que “Roseti” era Dante Gabriel Rossetti. Llevó más tiempo, sin embargo, desentrañar que quien aparecía como “Wado Thoube” era en realidad el poeta Robert Southey, que el tal “Max Murray” era el doctor Max Nordau, o que el transcriptor había escrito “Bartle” ante cada mención del filósofo George Berkeley. Muchos de estos nombres parecían inhallables y exigieron laboriosas búsquedas. Tal fue el caso —entre otros— del jesuita del siglo XVIII Martino Dobrizhoffer, que aparecía en el original como “Edoverick Hoffer”, o del profesor Livingston Lowes, cuyo nombre había sido transcripto como el título de una presunta obra, “Lyrics and Lows”.

La falta de familiaridad de los transcriptores con los textos literarios estudiados queda en evidencia en numerosas ocasiones. Nombres tan conocidos como los del Dr. Jekyll y Mr. Hyde surgían bajo extrañas denominaciones, que amenazaban con convertir en múltiple la ya terrible dualidad del personaje. El Dr. Jekyll es “Jaquil”, “Shekli”, “Shake”, “Sheke” o “Shakel”, mientras que Mr. Hyde es a la vez “Hi”, “Hid” y “Hait”, variantes que conviven en una misma página y en ocasiones en un mismo párrafo. Otros personajes y autores adolecían de problemas semejantes y a menudo resultó difícil detectar que se referían a una misma persona. Así el héroe Hengest aparecía en una línea correctamente escrito, pero en la siguiente se había convertido en “Heinrich”; el filósofo Spengler se escondía indistintamente tras los apelativos de “Stendler” o “Spendler” o el mucho más lejano “Schomber”.

Las citas poéticas de Borges eran asimismo ilegibles. Algunas, al ser develadas, resultaron directamente cómicas. Quizás el ejemplo más significativo de esta serie sea el verso de Leaves of Grass: “Walt Whitman, un cosmos, hijo de Manhattan”, que en el original aparecía transcripto como “Walt Whitman, un cojo, hijo de Manhattan”, cambio que sin duda hubiera inquietado al poeta.

Durante sus clases, Borges solicitaba a menudo a sus alumnos que prestaran su vista para leer poemas en voz alta. A medida que un alumno leía, Borges iba comentando cada estrofa. En la transcripción original, sin embargo, los poemas recitados por los alumnos habían sido eliminados por completo. Al faltar esos versos, los comentarios de Borges acerca de estrofas sucesivas aparecían apiñados unos sobre otros de modo indescifrable. Para reponer la coherencia, las estrofas recitadas por alumnos fueron buscadas consultando las fuentes. Los comentarios de Borges fueron luego intercalados en una verdadera tarea de montaje.

Un trabajo semejante exigió la restauración de citas en inglés antiguo, transcriptas por fonética. Aunque gravemente distorsionadas, estas eran aún reconocibles y se las repuso utilizando los textos originales.

La puntuación del texto, muy oscura en el original, debió ser modificada casi por completo, intentando siempre seguir el ritmo que las frases debieron llevar en su forma oral.

La presente edición tuvo entonces por tarea la corrección de todos los datos posibles, enmendando todo lo que pudiera ser error de transcripción y haciendo las correcciones necesarias para pasar de la transcripción original a un texto más o menos fluido. Asimismo, se buscó la fuente de buena parte de los textos mencionados, citando en notas al pie los poemas completos en idioma original (si estos eran lo suficientemente breves) o los fragmentos aludidos (cuando se trataba de obras más extensas).

Para facilitar la lectura de las clases, en algunos casos fue necesario realizar modificaciones menores:

1) El agregado de palabras faltantes (nexos coordinantes, conjunciones, etc.), que con seguridad Borges pronunció, a pesar de su ausencia en la transcripción.

2) La eliminación de alguna conjunción, presente en el lenguaje oral pero que realmente dificultaba la comprensión del texto escrito.

3) En contadísimas ocasiones, acercar el sujeto y el predicado de frases en las que el entusiasmo de Borges lo llevaba a una larga digresión, aceptable en el lenguaje oral pero que hacía perder completamente el hilo del discurso en el texto escrito. Esto se hizo variando el orden de las proposiciones en la oración, aunque sin omitir una sola de las palabras pronunciadas.

Dado que ninguno de estos cambios altera los dichos ni la esencia del discurso de Borges, preferimos no indicarlos a lo largo del libro, ya que se trata de detalles de edición que podrían molestar al lector, sin sumar por otra parte ninguna información útil al contenido. En toda otra ocasión, aquellas palabras no pronunciadas por Borges, agregadas al texto para facilitar su lectura, aparecen marcadas entre corchetes.

De cualquier modo, y esto es obvio, en ningún caso se modificaron las palabras de Borges más allá de estas correcciones.

Las notas al pie tienden a explicar referencias poco claras o a suministrar información acerca de obras, personas o hechos mencionados que pueda enriquecer la lectura. Más allá de referencias bibliográficas puntuales, hemos resistido en gran medida la tentación de vincular los temas tratados en las clases con el resto de la obra de Borges. La relación entre el Borges escritor y el Borges de cátedra es tan estrecha que esto habría requerido una cantidad de notas poco menos que inacabable; por lo demás, no ha sido nuestro objetivo realizar una crítica o análisis del texto principal.

Muchas de las notas consisten en breves biografías; la longitud de cada una no resulta de un juicio de valor, sino que está —en la mayoría de los casos— en proporción a dos factores: 1) lo desconocida que puede resultar cada figura y 2) su interés e importancia en el contexto de las clases. Así, al pastor de los Godos, Ulfilas, o al historiador islandés Snorri Sturluson les corresponden varias líneas; para aquellos personajes más recientes o más conocidos, o mencionados al pasar, consideramos suficiente dar sus fechas, nacionalidad y otros datos que permiten identificarlos.

El lector encontrará asimismo que muchas de estas breves notas biográficas corresponden a figuras célebres. Su inclusión no presupone, por cierto, que el lector las desconozca. En todos los casos, la presencia de estas notas apunta a brindar la posibilidad de situarlas históricamente, dada la libertad con que Borges salta en sus comparaciones de siglo a siglo y de continente a continente.

Ignoramos si Borges sabía de la existencia de estas transcripciones; estamos sin embargo seguros de que se alegraría al comprobar que estas páginas perpetúan su labor docente. A todos aquellos estudiantes a quienes Borges, durante sus años de cátedra, enseñó con dedicación y afecto la literatura inglesa, podrá unírseles ahora una cantidad ilimitada de lectores.

Esperamos que disfruten tanto al leer este libro como lo hicimos nosotros al preparar su edición.

MARTÍN ARIAS           MARTÍN HADIS

Introducción

INTRODUCCIÓN

“A mí me gusta mucho enseñar, sobre todo porque mientras enseño, estoy aprendiendo”, decía Jorge Luis Borges en una de sus numerosas entrevistas[2]. Poco antes, se había referido a la cátedra como “una de las felicidades que me quedan”. Y no hay duda sobre el doble placer que le causaba a Borges estar al frente de una clase.

Semejante placer puede constatarse en este libro, que recoge un curso completo dictado por el escritor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ubicada entonces en el viejo edificio de la calle Viamonte, en el año 1966. Para ese entonces, Borges ya llevaba diez años dando clases en dicha institución. Había sido aceptado como titular de la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en 1956, escogido por sus antecedentes frente a otro postulante pese a no haber obtenido nunca un título universitario[3]. Borges expresó en varias oportunidades (en ese tono suyo que combinaba la modestia con el humor y la plena confianza en su capacidad) su sorpresa frente a la designación, así como su apoyo a aquel pobre profesor graduado que se quedó sin trabajo al lograr él el cargo.

En el “Ensayo autobiográfico” que escribió en inglés, Borges explicaba, tras referirse a su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional en 1955: “Otro placer me llegó al año siguiente, cuando se me otorgó la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Universidad de Buenos Aires. Los demás candidatos habían enviado cuidadosas listas de sus traducciones, sus publicaciones académicas, sus conferencias y otros logros. Yo me limité a la siguiente oración: ‘Sin saberlo, me he venido preparando para este cargo a lo largo de toda mi vida’. Mi llana exposición fue exitosa. Fui contratado y pasé diez o doce años felices en la Universidad”[4].

El curso reunido en este libro nos presenta entonces a un Borges que ya tenía a cuestas diez años dedicados a la enseñanza, incluyendo no sólo sus clases universitarias, sino también diferentes cursos en instituciones como la Asociación Argentina de Cultura Inglesa. Nos presenta además a Borges en una faceta distinta de la del texto literario o la entrevista, y quizás más cercana a las conferencias. Sin embargo, las clases difieren de estas últimas en un punto esencial: aquí el escritor, tan dado a la anécdota y el cambio de tema, debía restringirse a cumplir con un programa fijado. No podía, como hacía con frecuencia en otros ámbitos, preguntar en tono jocoso y después de hablar por media hora: “¿Cuál era el título de esta charla?”. Es por eso interesante ver cómo se las arreglaba para, sin dejar de hacer digresiones, dar a sus clases unidad y coherencia.

Un punto importante al respecto es el lugar que Borges daba a la literatura. “Juzgo la literatura de un modo hedónico —dijo en otra entrevista—. Es decir, juzgo la literatura según el placer o la emoción que me da. He sido durante muchos años profesor de literatura y no ignoro que una cosa es el placer que la literatura causa y otra cosa el estudio histórico de esa literatura”[5]. Tal postura queda clara ya desde la primera clase, en la que Borges explica que se referirá a la historia sólo cuando el estudio de las obras literarias del programa así lo requiera.

Del mismo modo, Borges pone a los autores por encima de los movimientos literarios, a los que al comienzo de la clase sobre Dickens define como una “comodidad” de los historiadores. Aunque no olvida las características estructurales de los textos estudiados, Borges se concentra sobre todo en la trama y en la individualidad de los autores. El programa incluye textos que el escritor ama, y esto lo demuestra constantemente en su fascinación al narrar los argumentos y las biografías. Lo que Borges pretende como profesor, más que calificar a los estudiantes, es entusiasmarlos y llevarlos a la lectura de las obras y al descubrimiento de los escritores. Así, hay en todo el curso apenas una referencia a los exámenes, y resulta conmovedor su comentario del final de la segunda clase sobre Browning, cuando les dice a los alumnos:

Tengo una especie de remordimiento. Me parece que he sido injusto con Browning. Pero con Browning sucede lo que sucede con todos los poetas, que debemos interrogarlos directamente. Creo, sin embargo, haber hecho lo bastante para interesarlos a ustedes en la obra de Browning.

Más de una vez ese entusiasmo desvía ligeramente a Borges del camino, y en el segundo teórico sobre Samuel Johnson, tras narrar la leyenda del Buddha, se disculpa:

Ustedes me perdonarán esta digresión, pero la historia es hermosa.

Otra prueba de que los libros y autores estudiados son algunos de los favoritos de Borges, es que él se encargó a lo largo de su carrera de prologar ediciones de muchos de ellos, e incluyó a buena parte en la colección Biblioteca Personal de Hyspamérica, la última selección de textos ajenos que hizo antes de morir. Esta predilección resulta más obvia en el caso de la elección de los poemas. Borges no siempre analiza los versos más famosos de los autores, sino que, al contrario, se ocupa por lo general de aquellos trabajos que más lo impresionaron a él, aquellos que menciona también a lo largo de su obra literaria.

La pasión por las historias o la admiración por los autores no son sin embargo obstáculo para que Borges someta a ambos a un juicio crítico con frecuencia implacable. Al exponer las falencias de las obras o los errores de los escritores, Borges no busca denostarlos sino quizás quitarles toda aureola sagrada y acercarlos al estudiante. Al resaltar sus falencias, resalta además sus virtudes. De este modo, se atreve a decir en más de una ocasión que la fábula del Beowulf está “mal inventada”, y describe de este modo a Samuel Johnson:

Era físicamente maltrecho, aunque poseía una gran fuerza. Era pesado y feo. Tenía lo que llamamos ‘tics nerviosos’. (...) Se casa con una mujer vieja, mayor que él. Era una mujer vieja, fea y ridícula. Pero él le fue fiel. (...) Tuvo además rasgos maniáticos.

Esa es sólo la preparación para captar el interés de los estudiantes. Enseguida viene la conclusión: “Y sin embargo, a pesar de estos rasgos de excentricidad, fue una de las inteligencias más razonables de la época, una inteligencia realmente genial”.

Frente a las escuelas de crítica literaria que se cuestionan el rol del autor, Borges acentúa el carácter humano e individual de las obras. De cualquier modo, no establece por cierto una relación de necesidad entre la vida de los autores y sus textos. Sencillamente se fascina y fascina a los estudiantes narrando las circunstancias vitales de la existencia de los artistas y sumergiéndose en sus poemas o narraciones desde una mirada crítica y actual, en la que siempre están presentes la ironía y el humor.

En su afán de bajar los textos a la tierra, Borges establece además insólitas comparaciones, que sin embargo cumplen perfectamente el rol de enmarcar cada obra y dejar en claro su valor. Así, al explorar el tema de la jactancia y la valentía en el Beowulf, compara a sus personajes con los compadritos porteños de principios de siglo y pasa a recitar no una, sino tres coplas, que deben haber sonado muy curiosas en medio de una clase sobre literatura anglosajona del siglo VIII. El escritor se detiene además en detalles apasionantes que no hubieran sido imprescindibles para la currícula, como las distintas concepciones sobre los colores en la poesía anglosajona, griega y celta, o su digresión sobre la duración de las batallas, cuando compara a la batalla de Brunanburh con nuestra batalla de Junín.

En su análisis de los textos sajones, por otra parte, Borges se abandona con frecuencia a la narración pura, olvidando su rol de profesor, acercándose más bien al antiguo narrador oral. Refiere historias contadas por otros hombres, por otros hombres muy anteriores a él, y lo hace con absoluta fascinación, como si cada vez que repite un relato lo estuviera descubriendo por primera vez. Y dentro de esa fascinación, sus comentarios son casi cuestionamientos metafísicos. Borges se pregunta de maneras distintas qué pasaba por la mente de los antiguos poetas sajones al escribir sus textos, sospechando que nunca alcanzará una respuesta.

Otro gesto típico del narrador es la anticipación de cosas que contará más adelante, con el objeto de mantener a los oyentes en suspenso. Este mecanismo se ve reforzado por el uso permanente de adjetivos, declarando que lo que narrará a continuación o en la próxima clase es algo “extraño”, “curioso” o “interesante”.

En el marco de las clases, un aspecto que salta permanentemente a la vista es la erudición de Borges. Sin embargo, esa erudición no se presenta en ningún momento como una limitación para la comunicación con los estudiantes. Borges no cita para demostrar sus conocimientos, sino sólo cuando las citas le parecen apropiadas al tema. Lo que le importa son las ideas, no tanto la exactitud en el dato. Pese a eso, y a que en un teórico se disculpa por su mala memoria para las fechas, es sorprendente la cantidad de datos que recuerda, con increíble exactitud. Debemos pensar que para la fecha en que dictó estas clases —y desde 1955— Borges estaba casi completamente ciego, y ciertamente inhabilitado para leer. Sus citas, por lo tanto, y el recitado de los poemas, dependen de su memoria y son testimonio de sus interminables lecturas anteriores.

Por las clases deambulan Leibniz, Dante, Lugones, Virgilio, Cervantes y, ciertamente, el infaltable Chesterton, que parece haber escrito prácticamente sobre todo. Aparecen también algunos de los fragmentos favoritos de Borges, como el famoso sueño de Coleridge que incluyó en tantos libros y conferencias. Pero también tenemos aquí análisis de ciertas obras mucho más profundos y extensos que los que aparecen en sus libros, particularmente la clase sobre Dickens, autor al que no parece haberse referido en detalle en ninguno de sus escritos, y las lecturas que hace de los textos anglosajones —su última pasión—, a los que les dedica las siete primeras clases, y sobre los que se explaya sin las limitaciones de espacio que tenía en sus historias de la literatura.

Con respecto a la textualidad de las citas y el recitado, es interesante destacar lo que Borges mismo dice hacia el final del segundo teórico sobre Browning. Recordando un volumen de Chesterton dedicado a la vida y obra de aquel poeta, Borges comenta que Chesterton conocía a tal punto la poesía de Browning que no consultó ninguno de sus libros en el momento de redactar el estudio, confiando plenamente en su memoria. Aparentemente, esas citas eran en muchos casos incorrectas, pero fueron corregidas por los editores. Borges lamenta entonces que se hayan perdido esas modificaciones quizás geniales que la mente de Chesterton había hecho a las obras de Browning, y que hubieran resultado apasionantes de comparar con los originales. En el caso de estas clases, respetando su postura, los recitados de Borges se han dejado intactos, manteniendo los cambios impuestos por su propia memoria, y en notas al pie se han incluido los poemas originales para permitir la comparación.

Asimismo, las notas han pretendido completar algunos datos que Borges da por sobreentendidos, a fin de facilitar la lectura, pero para hacer más claras las clases, ya que estas son sin necesidad de ninguna modificación claras, didácticas y apasionantes.

Por último, mientras leemos estas clases podemos imaginar a un profesor Borges ciego, sentado frente a sus alumnos, recitando con su tono de voz tan personal los versos de ignotos poetas sajones en su lengua original y participando de polémicas con célebres escritores románticos junto a los cuales hoy, quizás, esté reunido discutiendo.

MARTÍN ARIAS

Borges en clase

BORGES EN CLASE

...He ðe us ðas beagas geaf...

BEOWULF : 2631

Editar este libro fue como correr detrás de un Borges que se perdía entre los libros de una biblioteca o —para usar una metáfora cara a nuestro escritor— que se nos escapaba corriendo, girando en cada esquina de un vasto laberinto. No bien encontrábamos el año o la biografía que buscábamos, Borges se nos adelantaba y desaparecía detrás de un ignoto personaje o de una oscura leyenda oriental. Cuando otra vez lo encontrábamos, tras mucho buscar, Borges arrojaba enseguida a nuestras manos alguna anécdota sin fecha, alguna cita sin autor, y de nuevo lo veíamos perderse, escapando por la rendija entreabierta de una puerta o entre filas de estantes y anaqueles. Para recuperar sus palabras lo seguimos por las páginas de incontables enciclopedias y las salas de la Biblioteca Nacional, lo buscamos en las páginas de sus libros y en decenas de conferencias y entrevistas, lo encontramos en su nostalgia del latín, en las sagas del norte y en los recuerdos de sus colegas y amigos. Cuando llegamos por fin a nuestra meta, habíamos recorrido más de dos mil años de historia, los siete mares y los cinco continentes. Pero Borges nos esperaba tranquilo y sonriente. Correr de la antigua India al medioevo europeo no lo había fatigado. Pasar de Caedmon a Coleridge era para él moneda común.

Dos alegrías nos reconfortan después de terminada esta labor. La primera es haber contribuido a abrir una puerta en el espacio y en el tiempo; permitir a otros lectores asomarse con nosotros a las aulas de la calle Viamonte. La segunda es haber disfrutado estas clases con la misma intensidad que aquellos estudiantes que las presenciaron hace más de cincuenta años. Investigar y revisar cada recoveco del texto nos llevó —sin quererlo— a memorizar cada poema y cada frase, a asociar cada oración de Borges con sus cuentos, sus poemas y sus dichos, a formar y descartar hipótesis sobre cada coma, cada punto y cada renglón.

En su “Oración”, Borges escribe: “Que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra, la Cruz, y piense que por primera vez la oyó de mis labios. Lo demás no me importa”[6]. Al terminar este libro, el lector encontrará que recuerda con placer líneas de Wordsworth y de Coleridge, que la música de William Morris lo ha hechizado, que personajes remotos como Hugh O’Neill o Harald Hardrada se han vuelto familiares, que gracias a Borges resuenan en sus oídos los hierros de la batalla de Brunanburh o los versos anglosajones de “La visión de la Cruz”. Borges sonreiría satisfecho.

En las veinticinco clases que conforman este curso, Borges nos lleva en un verdadero viaje por la literatura inglesa, tan cercana a sus lecturas y a su obra. Este viaje, que comienza en las nieblas del tiempo con la llegada a Inglaterra de anglos, jutos y sajones, continúa luego con las obras de Samuel Johnson, se detiene en Macpherson, los poetas románticos y la época victoriana, nos ofrece un panorama de la vida y obras de los prerrafaelistas, y termina en el siglo XIX, en Samoa, con uno de los escritores más cercanos a Borges: Robert Louis Stevenson.

“He enseñado exactamente cuarenta trimestres de literatura inglesa en la facultad, más que enseñado, he tratado de traducir el amor de esa literatura —dijo Borges una vez—. He preferido enseñarles a mis estudiantes no la literatura inglesa —que ignoro— pero sí el amor de ciertos autores, o, mejor aún, de ciertas páginas, o mejor aún, de ciertas líneas. Y con eso basta, me parece. Uno se enamora de una línea, después de una página, después del autor. ¿Bueno, por qué no? Es un hermoso proceso. Yo he tratado de llevar a mis estudiantes a eso[7].”

Desde la primera clase queda claro que se trata de un recorrido particular, guiado por las preferencias literarias del escritor. El hilo que une a todas estas clases es el placer literario, el afecto con el que Borges aborda cada una de estas obras, y su intención clara de contagiar su entusiasmo por cada autor y período estudiado.

Dentro de estas preferencias, hay una que ocupa un lugar prominente: la literatura anglosajona, a la que el profesor dedica nada menos que siete clases, más de una cuarta parte del curso. Esto, que es ya del todo inusual para cualquier curso de literatura inglesa, resulta aún más curioso para un curso dictado en un país de lengua castellana. Borges dedica una clase a las kennings, dos al estudio de la Gesta de Beowulf y otras tantas al bestiario anglosajón, a los poemas guerreros de Maldon y Brunanburh, a “La visión de la Cruz” y “La sepultura”. Indagar las razones de este énfasis en las letras de la Inglaterra medieval se vuelve entonces inevitable: ¿Qué encontraba Borges en esta literatura? ¿Qué representaba para Borges el estudio del inglés antiguo? Preguntas amplias en cuyas respuestas se entretejen realidad y ficción, el pasado familiar de Borges y su concepción filosófica y literaria del mundo.

Para responderlas, debemos analizar brevemente la historia del idioma inglés, tradicionalmente dividida en tres períodos:

Inglés antiguo o anglosajón: siglo V hasta 1066

Inglés medio: 1066-1500

Inglés moderno: 1500 hasta el presente

El anglosajón, primer estadio de la lengua inglesa, es una forma arcaica que conserva muchas de las características del germánico común, entre ellas tres géneros gramaticales (tenemos así sustantivos masculinos como se eorl, “el hombre”, o se hring, “el anillo”; neutros como þæt hus, “la casa”, o þæt boc, “el libro”, y femenino como seo sunne, “el sol”, o seo guð “la batalla”[8]), tres números en los pronombres (singular ic: “yo”, plural we: “nosotros”, dual wit: “nosotros dos”), un complejo sistema de conjugación de verbos, cinco casos de inflexión y numerosos paradigmas de declinación de sustantivos y adjetivos, junto con un vocabulario casi puro, influido al comienzo apenas por unas pocas palabras de origen celta y latino. Se trata pues de una lengua del todo incomprensible incluso para los hablantes de inglés moderno, quienes deben estudiarlo como si fuera un idioma extranjero para poder entenderlo. Vaya a modo de ejemplo el anal correspondiente al año 793 del manuscrito D de la Crónica anglosajona:

Her wæron reðe forebecna cumene ofer Norðanhymbra land, and þæt folc earmlic bregdon, þæt wæron ormete ligræscas, and fyrenne dracan wæron gesewene on þam lifte fleogende. Þam tacnum sona fyligde mycel hunger, and litel æfter þam, þæs ilcan geares, on vi Idus Ianuarii, earmlice heþenra manna hergung adilegode Godes cyrican in Lindisfarnaee þurh hreaflac ond mansliht.

Este año terribles portentos asolaron a las tierras de Nortumbria y atemorizaron miserablemente a sus gentes: hubo terribles relámpagos de luz y se vieron feroces dragones volando en el aire. A estos ominosos signos siguió una gran hambruna, y muy poco después, el 8 de junio de ese mismo año, las hordas de hombres paganos cayeron sobre la iglesia de Dios en Lindisfarne, a la que devastaron con rapiña y muerte.

Que el inglés antiguo fuera el ancestro remoto de la lengua inglesa[9], tan querida por nuestro escritor, es explicación suficiente para justificar su interés en estudiarlo: las composiciones que el profesor Borges analiza en sus clases se encuentran entre las primeras escritas en una lengua que podríamos llamar inglesa. Pero el idioma anglosajón tiene para Borges dos atractivos adicionales. En primer lugar, posee una significación personal: se trata de la lengua que hablaban los ancestros remotos del escritor por vía paterna: su abuela Frances Haslam había nacido en Staffordshire. “Quizás no sea más que una superstición mía —escribió Borges una vez— pero el hecho de que los Haslam hayan vivido en Nortumbria y Mercia —o, como se las llama hoy, Northumberland y las Midlands— me vincula con un pasado sajón y quizás también danés.”

En su conferencia sobre “La ceguera” de Siete noches, Borges escribe:

Yo era profesor de literatura inglesa en nuestra universidad. ¿Qué podía hacer para enseñar esa casi infinita literatura, esa literatura que sin duda excede el término de la vida de un hombre o de las generaciones?... Vinieron a verme unas alumnas que habían dado examen y lo habían pasado ... A las niñas (serían nueve o diez) les dije: “Tengo una idea, ahora que ustedes han pasado y yo he cumplido con mi deber de profesor, ¿no sería interesante que emprendiéramos el estudio de un idioma y una literatura que apenas conocemos?” Me preguntaron cuál era ese idioma y cuál era esa literatura. “Bueno, naturalmente, el idioma inglés y la literatura inglesa. Vamos a empezar a estudiarlos, ahora que estamos libres de la frivolidad de los exámenes; vamos a empezar por los orígenes.[10]

En segundo lugar, Borges encuentra en las escenas de esta poesía el auténtico “sabor de lo épico” que lo conmueve y emociona. Más de una vez Borges explica este disfrute contraponiendo la pluma a la espada, lo sentimental a lo heroico, su condición de poeta enfrentada al coraje que mostraron sus mayores en combate.

A esto se agrega lo inesperado de su descubrimiento. En su “Ensayo autobiográfico”, Borges afirma:

Siempre consideré a la literatura inglesa como la más rica del mundo; el descubrir una cámara secreta en los orígenes de esa literatura me pareció un regalo adicional[11].

Esta idea se repite en el hermosísimo prólogo a su Breve antología anglosajona.

Hará unos doscientos años se descubrió que [la literatura inglesa] encerraba una suerte de cámara secreta, a manera del oro subterráneo que guarda la serpiente del mito. Ese oro antiguo es la poesía de los anglosajones[12].

Borges encuentra en ese oro antiguo algo remoto, extraño y valioso, un tesoro que, al ser desenterrado y recuperado, lo devuelve a la época azarosa y heroica de sus mayores. A este carácter originario y épico se suma el placer fonoestético que este idioma le produce. Al comenzar a estudiarlo, Borges siente que sus palabras resuenan con una extraña belleza:

Los versos en un idioma extranjero tienen un prestigio que no tienen en el idioma propio, porque se oye, porque se ve cada una de las palabras[13].

Borges nunca olvidará esta embriaguez inicial. Cada vez que se refiera al inglés antiguo, describirá una vez más este mundo auditivo:

El lenguaje anglosajón, el inglés antiguo, estaba por su misma aspereza predestinado a la épica, es decir a la celebración del coraje y de la lealtad. Por eso ... lo que les sale especialmente bien a los poetas es la descripción de batallas. Es como si oyéramos el ruido de las espadas, el golpe de las lanzas sobre los escudos, el tumulto de los gritos de la batalla[14].

Pareciera que a nuestro profesor le hubiera gustado estar allí, en medio de la lucha, presenciando el choque de las espadas, el crujido de los estandartes y el encuentro de los hombres. Pero el poder evocativo que los versos anglosajones tienen para Borges no termina allí. A estas imágenes auditivas las complementan otras, de carácter visual. Cada vez que la parquedad del poeta deja un detalle o una imagen sin describir, Borges complementa los versos con descripciones de su propia imaginación. Encontramos un ejemplo en su narración de la Batalla de Maldon. El poema original comienza con las siguientes líneas

Het þa hyssa hwæne        hors forlætan,

feor afysan,      and forð gangan,

Que se traducen literalmente de la siguiente manera:

Le ordenó entonces a cada guerrero que dejara atrás su caballo Que lo enviara lejos y que avanzara.

La traducción que Borges ofrece, sin embargo, tiene ligeras variaciones:

Les pidió que rompieran filas, que se apearan, que mandaran a latigazos a los caballos a la querencia y que avanzaran.

Ni los latigazos ni ningún equivalente a la “querencia” figuran en el texto original. No nos consta que los guerreros de Byrhtnoth tuvieran fustas a la mano, y el poema anglosajón no indica el lugar a donde debían ser enviados sus caballos (el alcalde sólo ordena que los alejen). Son estos agregados de Borges, que tienen tal vez poco que ver con la Inglaterra medieval, pero que contribuyen sin lugar a dudas a acercar la batalla de Maldon y a los protagonistas de ese combate del siglo X a nuestro país y nuestra época.

Al continuar el estudio de este poema, Borges recrea el paisaje y la escena inicial del combate:

Entonces el alcalde les dice que se formen en fila. Más allá se verían las altas naves de los vikings, esas naves con un dragón en la proa y con velas rayadas, y los vikings noruegos habrían desembarcado ya.

Una vez más, la descripción de Borges es una versión libre, enriquecida por su imaginación. La orden del alcalde sí se encuentra en los versos de “Maldon”, pero ni las altas naves, ni las velas rayadas ni el desembarco de los vikings figuran en el poema, cuyo comienzo se ha perdido. Borges, sin embargo, necesita imaginar la escena en detalle para que la acción comience a transcurrir:

Los sajones ven cómo van desembarcando los vikings. Podemos imaginar a los vikings con sus yelmos ornamentados de cuernos, ver que llega toda esta gente.

Estas descripciones parecen verdaderas películas, y Borges de hecho asocia estas imágenes visuales con el cinematógrafo en más de una oportunidad:

Y luego entra en escena —porque este poema es muy lindo— un muchacho ... Y este muchacho ... tiene un halcón en el puño: es decir, estaba entregado a lo que se llama caza de altanería. Y algo hay que ocurre, algo que un director cinematográfico aprovecharía ahora. El muchacho siente que las cosas van en serio, y entonces deja que el querido halcón vuele al bosque, y entra en la batalla.

Igual procedimiento utiliza al describir la batalla de Stamford Bridge:

El ejército sajón salió con treinta o cuarenta jinetes ... Podemos imaginarlos cubiertos de hierro. Quizás los caballos tuvieran hierro también. Si ustedes [la] han visto [la película] Alejandro Nevsky puede servirles para imaginar esta escena[15].

Como si se tratara de films de acción, las descripciones de Borges nos sumergen en la tensión de los versos. En su rol de profesor, Borges no sólo describe y analiza, sino que, de alguna manera, insufla vida, significado y movimiento a estas obras épicas.

Es esta misma sensibilidad la que lleva a Borges a entretejer en estas clases historia y leyenda, mito y realidad. Sin las restricciones que imponen una conferencia o el número de páginas de un manual, Borges despliega aquí su costumbre de mezclar hechos reales con ficción literaria, desdibujando los límites de esos dos ámbitos que en el universo borgeano se desdoblan siempre para luego fusionarse.

Así, en su descripción de la batalla de Hastings, Borges intercala un episodio poético de Heine o hechos legendarios tomados de la Gesta Regum Anglorum de William de Malmesbury; en su explicación sobre las expediciones vikingas irrumpen citas de la “Crónica de los Reyes de Noruega”, obra que combina verdades históricas con material de carácter legendario o ficticio. De más está decir que no se trata de descuidos, sino de una actitud coherente con la cosmovisión del escritor[16]. A Borges, para quien la historia representaba por momentos una rama más de la literatura fantástica, le preocupaban menos la realidad de los hechos que el goce literario o la emoción que produce cada relato o escena. Así, al explicar las razones que llevaron a la batalla de Stamford Bridge, nuestro profesor se lamenta:

Tenemos pues al rey Harold y a su hermano, el conde Toste o Tostig, según los textos. Ahora, el conde creía que él tenía derecho a parte del reino, que el rey debía dividir Inglaterra con él. El rey Harold no accedió, y entonces Tostig se fue de Inglaterra y se hizo aliado del rey de Noruega, a quien llamaban Harald Hardrada, Harald el resuelto, el duro... Es una lástima que tenga casi el mismo nombre de Harold, pero no se puede modificar la historia[17].

¡A Borges le gustaría cambiar nada menos que los nombres de los protagonistas para mejorar la calidad literaria de este episodio!

En conclusión: no importa si en realidad hubo un vikingo que saqueó una ciudad creyendo que era Roma; no importa si el rey Olaf Haraldsson poseía en verdad una agilidad extraordinaria; no importa si el juglar Taillefer entró realmente en Hastings haciendo malabarismos con su espada. Más allá de su veracidad puntual, estas escenas tienen valor por la atmósfera que contribuyen a crear.

Entregado al placer literario que le producen estas obras, su exaltación del coraje y las sílabas de hierro de su idioma, Borges juega durante estas clases con etimologías, intercala en su análisis palabras y versos anglosajones; los recita, explica y analiza, e intenta —por sobre todo— despertar en sus alumnos el mismo placer que él encuentra en esta lengua.

En otras palabras: Borges siente la necesidad y la vocación de compartir este oro antiguo. En las últimas líneas de la Gesta, los geatas afirman que Beowulf era un guerrero gentil, amable con sus súbditos y ansioso de alabanza. Sabemos que Borges era un hombre gentil; nos consta que no le interesaba la fama. Podemos estar seguros, sin embargo, de que hubiera recibido con agrado el título del que lo hace merecedor este curso: beahgifa[18], “dador de anillos”, “distribuidor de tesoros”, “repartidor de riquezas”, expresión que utilizaban los anglosajones para subrayar la generosidad del rey al repartir el oro entre sus hombres.

MARTÍN HADIS

Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

Agradecemos muy especialmente a la doctora Ana María Barrenechea, quien revisó las pruebas e hizo valiosas sugerencias; a los profesores Dan Donoghue y Joseph Harris, de la Universidad de Harvard, por sus observaciones y comentarios en temas relacionados con las literaturas medievales de Inglaterra e Islandia, y al doctor Oscar Sbarra Mitre, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, por facilitarnos el acceso a gran parte del material bibliográfico que utilizamos durante nuestra labor de investigación. Queremos agradecer también a las siguientes personas: profesor Roberto Casazza y Eduardo Calabrese, de la Biblioteca Nacional; profesor Hugo M. Castro; profesora Silvia Delpy; Alejandrina Falcón; profesor Jack Lynch, de la Universidad de Rutgers; licenciado Pablo Mantel; doctor Orrin W. Robinson, de la Universidad de Stanford; Amanda Sobel, de la Universidad de Harvard; profesora María Teresa Villares, de la UBA.

Nota

NOTA

Los títulos de libros, publicaciones periódicas, films y obras de teatro se indican en cursiva.

Los nombres de poemas, cuentos, artículos y ensayos se indican entre comillas.

Cuando Borges traduce el título de una obra o poema a continuación del título original, la traducción aparece entre comillas. Por ejemplo: The Ring and the Book, “El anillo y el libro”.

Los números de página indicados en citas tomadas de Literaturas germánicas medievales y la Breve antología anglosajona corresponden a la edición de 1997 de las Obras completas en colaboración (OCC) publicadas por Editorial Emecé.

Las demás citas que se refieren a otras obras de Borges corresponden a la edición de Emecé de sus Obras Completas (OC), publicadas en Buenos Aires en 1997.

Cuando se especifica en una nota el número del capítulo de una saga, éste corresponde siempre a la edición que aparece en la Bibliografía seleccionada, al final de este volumen.

Clases

Viernes 14 de octubre de 1966

Clase No. 1: Los anglosajones. La poesía y las kennings.

Genealogías de los reyes germánicos

La literatura inglesa comienza a desarrollarse a fines del siglo VII o a principios del VIII. De esa época son las primeras manifestaciones que poseemos, anteriores a las de las demás literaturas europeas. En las dos primeras bolillas vamos a tratar de esa literatura: de la poesía y la prosa anglosajonas. Será útil, para cubrir el material de estas bolillas, un libro que he escrito con la señorita Vázquez, llamado Literaturas germánicas medievales. Está en Editorial Falbo[19]. Antes de continuar, deseo aclarar que este estudio que vamos a hacer lo desarrollaremos de acuerdo al punto de vista de la literatura, con referencia al medio económico, político o social sólo cuando sea necesario para la inteligibilidad del texto.

Empezamos entonces la primera bolilla, que trata de la épica y los anglosajones. Estos llegaron a las Islas Británicas luego del abandono de éstas por las legiones romanas; se señala el siglo V, aproximadamente el año 449. Las Islas Británicas eran la colonia más alejada de Roma, la más septentrional, y habían sido conquistadas hasta Caledonia, actual territorio escocés, donde vivían los pictos, pueblo de origen celta separado del resto de Bretaña por la muralla de Adriano. Al sur habitaban los celtas convertidos al cristianismo y los romanos. En las ciudades, la gente culta hablaba latín; las clases bajas hablaban diversos dialectos gaélicos, etc. Los celtas eran un pueblo que ocupaba los territorios de Iberia, Suiza, Tirol, Bélgica, Francia y Bretaña. La mitología que poseían fue borrada por la acción de los romanos y de las invasiones bárbaras, a no ser en los territorios de Gales y en Irlanda, donde se salvaron algunos restos de ella.

En el año 449, Roma se desintegra y retira las legiones de Bretaña. Este fue un acontecimiento importantísimo, porque el país quedó sin la defensa con que contaba y expuesto a los ataques de los pictos por el norte y de los sajones por el este. Se supone que estos últimos eran una confederación de pueblos piratas, ya que como pueblo no están incluidos en la Germania de Tácito. Eran “germanos del mar”, afines a los posteriores vikings. Habitaron en el Rhin bajo y en los Países Bajos. Los anglos vivían en el sur de Dinamarca y los jutos, como lo dice su nombre, en Jutlandia. Y ocurrió entonces que a un jefe celta, britano, al ver que el sur y el oeste estaban amenazados por los piratas, se le ocurrió usar a los unos contra los otros. A este fin, llamó a los jutos para que lo ayudaran en la lucha con los pictos. Y es entonces que llegan dos jefes germanos, Hengest[20], cuyo nombre significa “potro”, y Horsa, cuyo nombre significa “yegua”.

“Germanos” es, entonces, el nombre de una serie de tribus con diversos gobiernos y que hablaban dialectos afines, que luego originaron las actuales lenguas danesa, alemana, inglesa, etc. Tenían mitologías comunes, de las que se ha salvado solamente la escandinava, en el punto más alejado de Europa: Islandia. Conocemos por esta mitología salvada en las Eddas[21] algunas correspondencias: por ejemplo, el Odín escandinavo era el Wotan alemán y el Woden inglés. Los nombres de los dioses han quedado en los días de la semana, que se tradujeron del latín al inglés antiguo: Monday, lunes, día de la luna, “moon”; martes, día de Marte, es Tuesday, día del dios germano de la guerra y de la gloria; miércoles, día de Mercurio, se asimiló a Woden en Wednesday; el día de Jove, Jueves, dio Thursday, día de Thor, con el nombre escandinavo; el día de Venus es Friday, la Frija alemana, Frig en Inglaterra, la diosa de la belleza; Saturday es el día de Saturno; el domingo, día del señor —cosa que se ve en el italiano, “domenica”—, quedó como el día del sol: Sunday.

De las mitologías sajonas queda poco. Como sabemos, en Escandinavia se adoraba a las valquirias, divinidades guerreras que volaban y llevaban el alma de los guerreros muertos al paraíso; y sabemos que también fueron veneradas en Inglaterra gracias a un proceso del siglo IX, en el que una vieja fue acusada de ser una valquiria. Es decir que estas mujeres guerreras que en sus caballos voladores llevaban al paraíso a los muertos, fueron transformadas por el cristianismo en brujas. Así, en el concepto común, los viejos dioses fueron interpretados como demonios.

Si bien no existía una unidad política germana, esos pueblos reconocían una unidad de otro tipo, nacional. Así a los extranjeros se los llamaba “wealh”, que luego da en el inglés “welsh”, que se aplica a los galeses. Queda esta palabra también en el nombre “Galicia”, “galo”, etc. Es decir que aplicaban este nombre a todo aquel que no fuera germano. El jefe celta Vortigern llamó a los jutos en su ayuda. Estos partieron en sus naves a remo —no tenían mástiles— y desembocaron en el condado de Kent. Inmediatamente emprendieron la guerra y derrotaron a los pict

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