Capítulo 1
KALINKA
“Mamá, ¿qué es la Gran Prueba?”. Ella sonreía misteriosa cuando yo se lo preguntaba, pero nunca me contestaba. Y yo no me preocupaba demasiado. Desde pequeña estuve segura: uno viene a esta tierra para cantar, bailar, amar y ser feliz. Y para atreverse a ser valiente.
Y así fue. Hasta hace dos meses y dos días.
Pasó aquí, en Antigua, Guatemala, en este pueblo mágico de calles empedradas con olor a chocolate caliente y a café recién tostado. En esta aldea colonial, rodeada de volcanes que rugían en la noche, anunciando el gran cambio de la tierra a las ancestrales comunidades mayas que dormían en sus faldas.
“¡Dios mío! Necesito ayuda, estoy destrozada. Esto no puede ser cierto”. Pero lo era. Los volcanes rugían augurándome tiempos caóticos, revueltos, solitarios. Corazones rotos, sueños destruidos. Soledad. Desgarros emocionales. Desamparo.
Era marzo, tiempo de Cuaresma, las calles se llenaban de procesiones y de misteriosos mayas que portaban vírgenes y Cristos. Y yo caminaba con ellos mirando el piso, envuelta en una manta de colores, llorando día y noche, noche y día, buscándolo.
No contestaba más el teléfono, ni los WhatsApp de las galerías, no pintaba. No soñaba. Solo caminaba, día y noche, por estas calles empedradas recordando nuestro amor. Extrañaba su olor, sus abrazos, sus besos, su fuerza. No lo entendía, habíamos sido tan felices.
Como antiguos nómades, sin rumbo, olíamos los aires para saber adónde iríamos al día siguiente. Nuestra vida era gitana, loca, aventurera. Viajábamos por el mundo sin anclarnos en ningún lugar. Amándonos. Haciendo equilibrio, danzando con los vientos. Soñando. Viviendo cada día con pasión, con valor. Defendiendo nuestra vida atípica de todas las convenciones, los clichés, las esperanzas rotas y los sueños perdidos. No era lo habitual, pocos amaban así y muy pocos se atrevían a vivir así.
Todo era perfecto, hasta que Iván me abandonó. En medio de la noche y sin explicaciones. Nos habíamos dormido abrazados, enredados en un abismo de amor. Me desperté a la mañana tiritando de frío; la cama estaba vacía. Iván se había ido. Sobre la mesita de luz del hostel, una pequeña estatuilla maya, de madera antigua, me miraba de costado, como burlándose de mí. Nunca la había visto, ni sabía qué significaba.
La estatuilla de madera, eso fue todo. Ni una nota, ni una explicación, ni una llamada desde entonces. Desde hace dos meses y dos días.
A veces me parecía reconocer su silueta en la penumbra. Entonces, aminoraba los pasos, y caminaba cada vez más despacio, hasta llegar al borde mismo de la esquina. Seguro, seguro que, como tantas veces cuando jugábamos a las escondidas, él me estaba esperando del otro lado de esas ochavas coloniales de ángulos rectos. Pero cuando me asomaba, solo veía la calle desierta, iluminada apenas por los viejos faroles. Todas las puertas estaban cerradas, el mundo caía sobre mis espaldas y la soledad me atravesaba el alma, como un helado cuchillo de acero. Lo buscaba también con los ojos cerrados, pero no lo encontraba. Lo buscaba en el presente, lo buscaba en el futuro. ¿Tal vez se había adelantado en el tiempo? ¿Estaría preparando un nido para que nosotros, pájaros nómades, aterrizáramos en algún lugar y dejáramos de vivir entre los vientos? No, no era cierto. Iván había desaparecido. No estaba en Antigua. Nadie lo había visto. Caí desgarrada sobre el piso de piedras, y, llorando con rabia, golpeé con mis puños los adoquines de aquellas conocidas calles empedradas. Mi amor me había abandonado. Se había ido. Quizás, para siempre.
Jamás creí que enamorarme así, locamente, fuera posible en esta tierra donde casi nadie parecía ser feliz. Ni yo lo era realmente, a pesar del hechizo de mamá. Una relación tras otra que se terminaba al poco tiempo de empezar. Como todos vivían de la misma manera, yo también creí que eso era todo, que así era el amor en estos tiempos turbulentos. Hasta que nos conocimos.
Las dramáticas procesiones de Cuaresma pasaban delante de mí, una tras otra, portando estandartes. Cruces, santos, Cristos. Vírgenes y ángeles se asomaban desde los enormes tándems, sostenidos por cientos de cargadores. Y me miraban, con pena. Y yo me quedaba mirándolos también, sin saber qué hacer. Los antiguos mayas, ahora cristianos, avanzaban lentamente, estoicos, sufridos y doblados por el peso de las estatuas que representaban las escenas bíblicas. Sin embargo, estaban iluminados. Algo más elevado que ellos mismos los sostenía, lo podía ver en sus miradas.
Yo también lo sentía cuando estábamos juntos, bañados por la luz de ese amor mágico. Único. Una fuerza sobrenatural nos sostenía. ¡Y era tremenda! Todo empezó aquí, en Guatemala, muy cerca de Antigua. En una pequeña aldea maya a orillas del bravo océano que acariciaba las arenas volcánicas de la playa de Monterrico. Mi corazón dio un vuelco cuando lo vi. Latía como un tambor, se me salía del pecho. Nunca me había pasado. Nunca, hasta que el universo lo puso delante de mí. Fue amor a primera vista.
Puedo asegurar que existe, estoy muy segura. Aunque todos se rían de este concepto antiguo. Irreal, dicen. No es cierto. De pronto lo único que quieres es pasar el resto de tu vida con esa persona. Y es una certeza. Y es ilógica, por supuesto, si no, no sería amor a primera vista.
Desde el primer minuto caí rendida a sus pies. ¡Estaba un poco asustada! Yo, una nómade independiente y fuerte, una feminista rebelde y soñadora, una mujer que sabía manejar su vida, ¿embobada con un tipo que apenas conocía? Traté de disimular, de que no se me notara, pero una misteriosa corriente magnética me atraía hacia él y al instante anulaba todos mis pensamientos. Lo único que yo atinaba a hacer era mirarlo, embelesada, sin poder ocultar cuánto me gustaba. Su perfil masculino, definido, como esculpido en piedra, sus ojos azules como el mar del Norte, su cabello ondulado con aires de niño. ¡Era perfecto! Yo había llegado al Delfín, un hostel friki y legendario, enclavado sobre arenas negras, rodeado de palmeras y a orillas del mar, con la idea de instalarme allí un tiempo para trabajar sobre mi próxima exposición en París. Despreocupada, liviana. Libre, sin compromisos. Y yo creía: feliz. Había llegado dispuesta a vivir alguna aventura informal, como me venía pasando últimamente, de preferencia con algún europeo. Eran educados, y en general, poco dramáticos. Los hombres se habían vuelto muy complicados en los últimos tiempos, y las mujeres perdíamos la paciencia rápido.
Lo que menos me imaginé es que iba a caer perdidamente enamorada en los brazos de aquel aventurero, en esa fatal noche de luna nueva. Esa noche negra y misteriosa en la que perdí mi razón, mi cordura y mi legendaria independencia. No fueron muchos los preámbulos. Apenas una conversación casual, una atracción irresistible. Una energía magnética que nos atravesaba el alma y nos arrojaba uno a los brazos del otro, sin resistencias. Me tomó de la cintura, y sin palabras, fuimos caminando hacia la playa. Como pisando estrellas. Lo único que quería era estar con él. Y no solo eso, en ese momento supe, aterrada, que iría tras él hasta el fin del mundo. Traicionando todos mis principios de independencia y libertad. Sagrados, intocables. Hasta ese fatal momento en que cambió toda mi historia. Y la dio vuelta. Ardiendo de pasión, arrullados por las olas del Pacífico, caímos abrazados, desnudos, en éxtasis sobre las arenas volcánicas de Monterrico. Negras como la noche. Negras como el misterio. Las olas del Pacífico, estremecedoras, intensas, gigantescas; hablaban, rugían, susurraban, anunciando desmesuras. Pasiones que ya casi no se vivían en esta tierra.
Y estoy segura. Fue aquella fatal noche, entre esa densa mata de palmeras, cuando Iván me robó el alma. Y para sellar el robo, me inundó con un río de fuego, entre cientos de estrellas fugaces que cayeron a la tierra, marcando aquel momento sublime. Y terrible.
En esa noche sin luna, me di cuenta de que no podemos manejar los sentimientos, y que, además, jamás deberíamos hacerlo. La auténtica pasión, la que te enciende desde las vísceras con un fuego que anula los pensamientos, tan rara y cuestionada en nuestro tiempo, es una puerta directa a otras realidades. La pasión por alguien concreto, con nombre y apellido, completamente humana, es un enigma celestial. Un misterio. “Amar así es absurdo y feroz, Kalinka”, me dije, temblando.
Sollozaba bajo la lluvia hablándome a mí misma, como lo hacía todo el tiempo desde que Iván me había abandonado. “Pero cuando estabas con él, te sentías viva. ¡Vibrabas, temblabas! Todo se iluminaba. Tus fuerzas se multiplicaban, tus ojos brillaban como estrellas. Vivías. Vivías. Vivías”. En medio de un extraño mareo, escuché su voz:
—Eres mía. Para siempre. ¿Me seguirás hasta el fin del mundo, Kalinka?
—Hasta el fin del mundo. Solo nosotros sabemos lo que significa amar de esta manera —le dije en un susurro—. Siempre, siempre estaremos juntos. ¡Pero ya no estamos juntos, Iván! —rugí como un animal herido—. Me disparaste directo al corazón. Justo, justo cuando intenté rectificar algunos pequeños temas entre nosotros. ¡Había que hablarlos! Había demasiado alcohol por tu lado, demasiados excesos, promesas y repeticiones. Pero podíamos arreglarlos. Estaba segura. No puedo soportar esta tristeza —susurré deslizándome por la pared hasta caer extenuada sobre la antigua veredita de baldosas de piedra.
Yo, Kalinka Bohm, la feminista fuerte y empoderada, la eterna adolescente que había roto con todas las convenciones. La estudiante espiritual que siempre iba a ser feliz, feliz, feliz, ahora caminaba perdida, como una loca, como una mendiga, por las calles de Antigua buscándolo. Pero estaba sola, y todas las puertas estaban cerradas. Era medianoche, la calle era un río salvaje que se llevaba todo a su paso. Llovía torrencialmente. Antigua se estaba inundando, el cielo lloraba conmigo.
Hecha un ovillo, me envolví con la manta y puse mi cabeza entre mis rodillas.
Los volcanes de Antigua retumbaron amenazantes.
Un agujero negro se estaba abriendo en mi pecho, mi corazón estaba a punto de estallar. Me iba cayendo, cayendo, cayendo a un abismo sin fondo. Sin fin. Sin consuelo. Me hundía, me hundía, me hundía, no tenía fuerzas de levantarme. “¡Dios mío, ayúdame!”, grité mirando el cielo.
Me desplomé en el piso y estallé en sollozos. El muñeco de madera saltó de mi mano, cayó en el empedrado y comenzó a rodar en medio de la lluvia. Todo esto no era cierto, no podía ser cierto. Me arrastré como pude en cuatro patas buscándolo a tientas, era lo único que me había quedado de Iván. Logré recuperarlo justo antes que el agua que corría por la calle lo arrojara a una alcantarilla.
—¿Qué haces aquí a la intemperie y sola a estas horas de la noche?
Hice un esfuerzo enorme para abrir mis ojos. Bajo la lluvia, distinguí una silueta frente a mí, pero el aguacero no me dejaba ver quién era.
—¿Por qué lloras? —dijo la voz—. Me indigna verte sufriendo así. Mírate. Sola en medio de Antigua, en este zaguán de la iglesia a las tres de la mañana, empapada, perdida.
—¿Quién eres? —pregunté con un hilo de voz.
—Ya lo sabrás. Paz y bien. —Y se quedó en silencio.
Lo miré de reojo. La noche estaba muy oscura, parecía ser uno de esos viajeros en busca de aventuras, un mochilero recién liberado de algún empleo aburrido. O tal vez un tipo medio místico que había venido a hacer un curso de yoga a Guatemala.
—Mírate. Tirada en el piso, bajo la lluvia, como una mendiga —siguió el desconocido—. ¿Qué estás haciendo contigo, Kalinka? Te estás matando de pena.
—¿Cómo conoces mi nombre? ¿Acaso sabes lo que es perder un amor? —balbuceé.
—Lo sé, duele mucho, Kalinka. Pero hay que reponerse. Y soltar.
Su voz, su voz… me sonaba conocida, pero no lograba recordar de dónde.
—¿Cómo te repones de una pena que te carcome el alma? —le pregunté sollozando amargamente.
—Sabiendo que todo tiene un sentido.
—¿Te burlas de mí? Yo vivía en un mundo perfecto, hasta ahora, lleno de sentido, de magia. Era poderosa, libre, estaba enamorada y era feliz. Y ahora estoy desgarrada.
—Esto tenía que pasar, Kalinka, estaba escrito. Es parte de tu entrenamiento —dijo el mochilero—. Llamémoslo karma.
—¿Eh? ¿Karma? No me consuela lo que me dices. ¿Quién eres?
—Te conozco, eso es todo, ven, te cobijaré de la lluvia —dijo sacándose la campera y cubriéndome suavemente con mucho cuidado—. Te he visto algunas veces en el Bar Irlandés.
—¿Me conoces? —pregunté con un hilo de voz—. Por favor dime dónde está Iván, tal vez lo conozcas también. —Me abrazó fuerte y se quedó en silencio. Me amparé temblando en los brazos del desconocido—. Si no me dices dónde está Iván, moriré de pena. De verdad.
—Cuéntame qué pasó.
—Éramos muy felices, hasta hace dos meses y dos días.
—Así que eran felices. ¿Qué hacían juntos?
—Joyas y pinturas. Joyas extrañas y bellas. Iván las hacía entretejiendo cuarzos, cueros, bronces, amatistas y granates. Y mis pinceles volaban sobre las telas y los colores se volvían cada vez más intensos. Mis pinturas se salían de los bastidores y nos envolvían en besos rojos y apasionados, en verdes tiernos, en amarillos radiantes —dije sollozando—. Y además eran contestatarias.
—Ahhh, qué romántico, pero ¿qué hacían juntos? —Se quedó mirándome bajo la lluvia con expresión neutra.
—No sé qué quieres decir. Ya te dije lo que hacíamos juntos. Pintábamos, viajábamos, creábamos joyas, éramos nómades, artistas, gitanos, hippies. Y muy felices.
—¿Ah, sí? Al parecer es una linda historia.
—¿Linda historia? —le grité ofuscada—. Es una maravillosa historia de amor y pasión. Él me enseñó a dar todo por el otro, sin medidas. Yo no sabía cómo era eso, nadie lo sabe hoy, todo está calculado, medido.
—Muy loable de tu parte. Pero entonces, ¿por qué te abandonó?
—No sé, no lo entiendo. Tal vez tú puedas decírmelo. Éramos libres y aventureros, entre nosotros nunca hubo una pelea.
—No te creo. En tu lugar, yo empezaría a salir de la ilusión y recapitularía la historia desde una mirada diferente. Por esto te pregunté qué hacían juntos, es decir, por qué y para qué estaban juntos.
—No lo sé, nadie lo sabe…
—Te quedaste atascada en el tiempo y el espacio por un cambio que no esperabas.
Me quedé helada, ¿cómo sabía? Era cierto, yo quería que Iván dejara el maldito alcohol. Me repuse del asombro y disparé enojada.
—Te conozco, tú eres uno de los superados, ¿no? Un turista “espiritual” que no se involucra en nada. ¿Para qué te preocupas por mí? En este mundo, como todos sabemos, hay que aprender a estar solos. Y déjame adivinar, tú ya no te enredas más con “esos” temas de pareja. No te interesan, eres libre, haces lo que quieres, estás con quien quieres, cuando quieres y cómo quieres.
—¿Y qué más? —dijo sonriendo.
—No te interesan los compromisos. Pues yo era como tú, pero ahora sí me interesan. Y especialmente me interesa recuperar un amor, que me acaba de abandonar.
—Dios sabe lo que hace —dijo enigmático.
—Pues no, creo que Dios no sabe lo que hace. ¿Tú nunca te enojas con Dios?
—Uno no debe enojarse con Dios. Hay un plan perfecto, nosotros no lo entendemos.
—¿No debe uno enojarse? Qué ridículo eres, quien quiera que seas. Tú también deberías enojarte con Dios. Esta vida es injusta. Nos mandan aquí sin explicarnos nada.
—Así es. Es cierto.
—Pero ¿qué hacemos con una pena de amor? ¿Eh? —Lo miré indignada. No me respondió, solo se quedó mirándome fijo—. Nadie sabe contestar esta pregunta. Mis amigas no lo saben. Tú no lo sabes. Mi gurú de la India tampoco lo sabe, ni sabría cómo consolarme. Solo lanzaría un ¡desapégate! Vaya solución.
—A propósito, te contaré una historia de un amigo que se quedó esperando a alguien. ¿Te interesa?
Me encogí de hombros.
—Es muy loco, pero mi amigo se quedó aguardando a alguien, que lo había abandonado, y tardó años en regresar. ¡Y regresó! Mi amigo tenía la plena certeza de que se iban a reencontrar. Cuando está escrito, simplemente “lo sabes”.
—¿Esperando a alguien por años? ¿Cuántos?
—Cincuenta.
—Estás bromeando. ¿Tu amigo se quedó esperando a alguien durante cincuenta años? No te entiendo. Yo quiero encontrarme con Iván ahora, no dentro de cincuenta años. Nunca amé a nadie así. Es terrible lo que me está pasando, pero es real.
—¿Terrible? Es fantástico. Míralo desde la humildad, sin juicios, la vida es un misterio.
—Sí, lo amo locamente. Aunque la verdad es que él me dejó varias veces, pero siempre regresó y yo lo aceptaba. Me daba vergüenza estar en una situación así, nunca hay que hacer concesiones de este tipo.
Me miró fijo.
—Nunca debes hacerlas.
—Pero ya sabes, el alcohol los pierde. Algo le tiene que haber pasado, dos meses y dos días es mucho tiempo.
Me tomó fuerte de los hombros y me miró fijo.
—Kalinka, ¡ahora escúchame bien! El verdadero amor vence todas las pruebas. El alcohol es una puerta abierta a los demonios, pero uno tarda en entender que es así. Y si él es el amor de tu vida, tu alma gemela, regresarás a él, o él regresará a ti, o se encontrarán en algún lugar. Y vencerán a ese demonio. Inevitablemente.
Contuve la respiración.
—Si está escrito, nada puede impedir que vuelvan a estar juntos.
—Pero él me abandonó. —Comencé a sollozar otra vez.
—Hay un motivo oculto en este abandono, todo mal encierra un bien y te será develado si lo aceptas. No todo en la vida se acomoda como nosotros queremos; inmediatamente. La vida es un misterio, te lo reitero. Lo hemos olvidado.
—Pero ¿me puedes decir cómo se me irá esta tristeza?
—Kalinka, te vemos el alma. Tú eres una soñadora. Tu alma es pura, inocente. Tú no sabes quién soy. Pero nosotros sí sabemos quién eres.
—¿Y quiénes son ustedes?
Un tremendo relámpago, seguido de un trueno aterrador, me respondió. El mochilero me atravesó con una mirada atemporal, incondicional. Irradiaba un poder que no era de esta tierra, me quedé sin aliento.
Sonrió pacíficamente, extendió su mano y me entregó un papel doblado en cuatro.
—¡Ábrelo! —ordenó.
Comencé a leer entre la lluvia: “Destrózate, rómpete en mil pedazos, Kalinka. Estás atravesando lo que en alquimia se llama: Nigredo. La ruptura de todos los antiguos hechizos. Esto está sucediendo alrededor del mundo entero. Es momento de dar un salto y asumir la responsabilidad espiritual de estar en este mundo. Acepta este reto: es hora de ser realmente libre y recuperar tu majestad. Soy uno de los Soñadores Despiertos. Búscame en la taberna de la calle del Oro de los alquimistas. Pregunta por Karl, el discípulo del maestro Bavor. Allí nos veremos”.
Levanté la mirada, se me heló la sangre. Como en cámara lenta, Karl comenzó a arrugarse, encorvarse, cambiar de facciones y se transformó en un monje, anciano, muy anciano. Y me miraba sonriendo.
—Pues en este mundo nada es lo que parece, ¿verdad, Kalinka? —dijo con una voz muy extraña, sin darle importancia a su propia transmutación—. Pero siempre Dios sabe lo que hace.
Su cambio de aspecto me aterró. Un monje vestido con un hábito blanco, me hablaba como si fuera el mochilero, sin signos de considerar esta mutación como algo anormal. ¿Dónde se fue Karl? —le pregunté temblando.
—Quién sabe. Los Soñadores aparecemos y desaparecemos de este plano con facilidad. Lo que sí sé es que llegó el momento de ir más profundo. Los volcanes lo están anunciando. Toma. —Extendió su mano hacia mí.
Un objeto en su palma lanzó un potente resplandor y se iluminó con la luz del farol colonial. Era una medalla de plata, tenía forma de águila con dos cabezas y en su centro brillaba una enigmática imagen ovalada.
—Es María de Nazaret —susurró—. Ese es su verdadero rostro. —Un triángulo luminoso, dorado, terminado en una medialuna descendía detrás de ella, apuntando a la tierra.
—Habla con ella —dijo señalando el talismán—. “Madre, cúbreme con tu sagrado manto” —susurró en mi oído, como si fuera un mantra—. “Calma mi corazón dolido, cierra mis heridas. Sana mi tristeza. Ampárame”. Repite esta oración muchas veces, hasta que tu corazón esté en paz. Mi nombre es Clement, cuando te encuentres frente a la gran puerta del monasterio, en la cima de la montaña, solo muéstranos este talismán y di: “Madre, cúbrenos con tu sagrado manto”. Así te reconoceremos. Bienvenida al Camino Blanco. En este Camino se curan todas las penas y se sana el alma.
De pronto sus facciones comenzaron a cambiar, su rostro se oscureció, sus ojos se achinaron, sobre sus hombros se deslizaron largos cabellos, brillantes y renegridos. Parecía ser un chamán maya. Me miró con una mirada atemporal.
—El secreto que buscas te será revelado.
Lo miré hipnotizada, sus ojos me sumergieron en otras épocas, en otras dimensiones, en otras galaxias.
—Respira hondo, pertenezco al Camino Rojo, nos encontraremos muy pronto en la cima de los sesenta y dos escalones, allí donde se entrecruzan los tiempos. Respira hondo. Respira, Kalinka querida.
Entré en un extraño ensueño.
—Abre los ojos y ven conmigo —dijo el chamán, de pronto, con una voz femenina—. Estás temblando de frío. ¡Oh, estás empapada! Te llevaré a mi hotel. ¡Estás loca! Andar sola a estas altas horas de la noche y bajo esta lluvia. Te quedarás junto a mí, hasta que te repongas. Vamos —dijo soltando el abrazo y ayudándome a incorporarme.
—¿Petra? —le pregunté aterrada. Parada frente a mí, muy preocupada, allí estaba ella, mi amiga de la infancia que había venido a visitarme a Antigua—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? ¿Dónde está el anciano monje que me entregó el talismán? ¿Dónde está el chamán? —pregunté a los gritos.
—¿Qué monje?, ¿qué chamán? Kalinka, recién acabo de encontrarte tirada en el piso bajo la lluvia, y aquí no había ningún monje. Solo tú que gritas y lloras. Me preocupas.
—Esta vez me aterré por completo. Está pasando algo muy extraño, Petra. Lo que yo vi no fue una alucinación. Puedo sentir el calor del abrazo de ese monje. Se me ha pegado al cuerpo como si estuviera aquí. Y el mochilero… ¿lo viste? ¿Karl? —Petra no sabía qué decirme.
—La voz del monje es como un lejano eco que sigue susurrando en mi oído las palabras mágicas… “Madre, calma mi corazón dolido, cierra mis heridas”.
—Ven conmigo, Kalinka, vamos a mi hotel, está muy cerca de aquí. —Petra extendió su mano.
Me levanté temblando, moviéndome torpemente, como un robot, rígida, dura. Como el muñeco de madera que me había dejado Iván. La seguí caminando en modo automático. Me pareció que el chamán y el mochilero caminaban detrás de nosotras. Me di vuelta varias veces, pero allí, como en mi vida, solo había puertas cerradas. Y calles desiertas.
Capítulo 2
PETRA Y LA PROCESIÓN DEL
CRISTO DE LA CAÍDA
Petra me despertó con un café humeante, manzanas, yogur y cereales que trajo del comedor del hotel en una gran bandeja de madera. Se sentó al borde de la cama.
—¿Estás mejor?
—Petra —dije ansiosa—, tengo que tomar una decisión. No puedo seguir así, estoy fuera de mí. Hace dos meses que vivo prácticamente en la calle, como una vagabunda.
—Kalinka, no puedes tomar decisiones revolucionada. Ante todo, calma, estás desbordada. Respira hondo, cierra los ojos y deja a la Luz de Dios circular por tu mundo emocional limpiando y regenerando esta área de tu vida.
—¿Y cómo lo haré? —dije al borde de las lágrimas otra vez.
—Siente. —La voz de Petra era mágica—. Una luz líquida, blanca, brillante y radiante entra por tu chakra coronario y navega por tu sangre, limpiándote, sanándote, pacificándote.
Lentamente, comencé a sentirme mejor.
—Respira. Respira. Cálmate. Ahora vas a reorganizarte. Y vas a lograr todo lo que quieras obtener de la vida en el área que sea. ¡No hay límites! Solo hay decisiones firmes que marcan el camino. Ahora sí, cuéntamelo todo, Kalinka.
—Petra, qué bendición encontrarte. ¡Gracias a Dios que no te has ido todavía de Antigua! Hace dos meses y tres días que ando perdida. La última vez que nos vimos yo estaba con Iván.
—Sí, en el Bar Irlandés, lo recuerdo perfectamente, luego desapareciste.
La miré prestándole realmente atención por primera vez.
—Petra, para ti no ha pasado el tiempo, estás igual. El mismo brillo rebelde en tus ojos negros, la misma expresión entre divertida e irreverente que ponía nerviosos a los profesores en el colegio. Tus cabellos tan negros.
—Tú también estás igual, Kalinka.
—No sé, hace mucho que no me miro a un espejo. Desde que Iván se evaporó de mi vida y desapareció sin dejar rastros —repetí, monotemática—. Pero cuéntame sobre ti, el día que nos encontramos apenas pudimos hablar. ¿Cuánto hace que no nos veíamos, Petra?
—Desde que terminamos la secundaria, más de diez años.
Me miró con una expresión extraña, inquietante. ¿Qué habría hecho ella en todo este tiempo? No me atreví a preguntárselo. Además, necesitaba tanto contar mi historia, compartirla con una amiga del alma…
—Petra, antes que nada, ¿viste al chamán cuando llegaste? Trata de acordarte —reiteré preocupada por lo que había sucedido la noche anterior.
—Te dije que allí no había nadie. Anoche no podía dormir y salí a caminar bajo la lluvia, hacía rato que te andaba buscando, pero no sabía dónde te alojabas. La última vez que nos vimos fue justamente en el Bar Irlandés de la calle 7. Pero tú y yo no pudimos hablar mucho, repentinamente Iván se levantó y salió del bar, y tú, entre mil disculpas, lo seguiste. ¿Recuerdas?
—Sí —dije con un hilo de voz—, él lo hacía muy seguido.
—¡Ah!
—Pero esa noche Iván desapareció. Nunca regresó al bar, ni a mi casa, ni lo volví a ver en Antigua.
—Yo jamás aceptaría algo así.
—Yo tampoco, Petra —dije avergonzada—. Él tenía estas reacciones, es raro. Y jamás dio explicación alguna sobre sus comportamientos.
—Mmm —Petra me miró condescendientemente—. Yo no me lo aguantaría. Te lo repito.
—No sé cómo me pasó, pero me pasó a mí. Soy una feminista aguerrida. ¡Me avergüenzo de mi misma! —dije roja como un tomate—. Hablemos de nosotras, Petra. ¿Viniste a Antigua solo para verme?
—¡Sí, amiga! Además de tener algunas citas apuntadas con un par de personas por aquí, vine a Antigua, como te dije por WhatsApp, para saber qué había pasado contigo todos estos años.
—Petra, gracias por estar aquí.
—Cuando nos conectamos por Facebook, de inmediato supe que tenía que verte. De inmediato —dijo clavando sus negros ojos en mí. Me impresioné, de pronto me pareció estar frente a una maga, a una gitana—. Soy toda oídos —dijo sacándome de la extraña visión—. Podemos pedir más café. El de Antigua es el mejor café que conozco.
—Ambas tenemos treinta y tres años, Petra. Por mi lado, puedo adelantarte que mi vida siempre fue un cuento de hadas. Hasta hace dos meses y tres días. No sé cómo te ha ido a ti, cuéntame.
—Mejor cuéntame tu primero —dijo sonriendo fraternalmente.
—Petra, yo soy una eterna adolescente. Nunca crecí, es la verdad. Ya sabes, como decía mamá, soy una soñadora y una eterna rebelde. No estoy muy cambiada respecto de las épocas del colegio, cuando corríamos juntas por los claustros, riéndonos, aunque ahora me sienta tan mal.
—Estás igual, Kalinka. Tus cabellos siguen siendo rubios y larguísimos como en la escuela. Y tus ojos celestes están como perdidos, mirando el horizonte, igual que antes.
—Gracias, Petra. Estoy tan triste que ya no me reconozco. No sé bien quién soy ahora, pero sí sé con seguridad que soy una eterna rebelde, una nómade; por esa ancestral herencia bruja y gitana que corre por mi sangre. Ya sabes. Algo siempre me empuja a viajar por el mundo.
—Ajá. ¿Cómo es ser nómade?
—Los nómades no podemos estar en un lugar por mucho tiempo. Invariablemente, hay que partir. Aunque ahora estoy varada en Antigua, y no sé hacia dónde ir. Esa es la verdad. ¿Te acuerdas de mi madre, Petra?
—Cómo olvidar a Rozalia, era un personaje de película. Una aristócrata checa venida a menos que siempre andaba cantando. Una mujer poderosa, especial.
—Tal cual. Apenas nací, Rozalia me dio la bienvenida a este mundo sellando mi destino al cantar tres veces en mi oído aquel tremendo conjuro mágico
—“Kalinka mía. Tres son los decretos y tres veces los grabo en tu alma. Serás artista, vidente, bailarás, cantarás y pintarás. Vivirás un gran amor. Pasarás la Gran Prueba y serás muy feliz, Kalinka Bohm, muy, muy, muy feliz. Sello y grabo este conjuro en las estrellas. Amén” —tarareó Petra—. Recuerdo cada palabra. Vaya si la recuerdo, te la cantábamos entre todos en el colegio, nos la habías enseñado.
—No sé si alguna vez te dije que mamá, además de aristócrata y heredera de una pequeña fortuna, era vidente y hechicera, como mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela, una estirpe mágica que se pierde en la noche de los tiempos. Siempre supe que había heredado el don, me tocaba a mí, aunque nunca me preocupé en desarrollarlo. Me refiero al don de la videncia que, tú debes saberlo, se hereda. Al parecer hubo asimismo una astróloga muy famosa entre nuestros ancestros, también era vidente y maga.
—¿Crees que tienes el don?
—Sí. Siempre lo tuve. Pero lo ignoré. ¿Para qué querría yo el don? No lo necesitaba. Antes, porque creí siempre que uno viene a esta tierra solo para cantar, bailar, amar, viajar y ser feliz. Después, me focalicé en la rebeldía feminista. Y en romper límites. Hasta hace dos meses y tres días. Cuando el conjuro se quebró.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo siento, Kalinka. —Petra me abrazó muy fuerte—. Lo siento, sé lo duro que es perder un amor. Pero justamente recuerdo que, en la letra de la canción, tu madre habló de pasar una prueba. ¿No será esta la prueba a la que ella se refería?
—Petra, no lo sé, te contaré ahora cómo era mi vida cuando era feliz.
—Todavía no sabes qué es ser feliz, Kalinka, todavía no se cumplió la profecía de tu madre —dijo cambiando notablemente la expresión de su rostro—. Muy pronto te revelaremos lo que significa ser feliz.
—Petra, estas son las exactas palabras que me dijo el monje anoche. ¿Quiénes me lo revelarán? —pregunté sorprendida.
—No importa, Kalinka, todavía nos faltan algunas conversaciones, pero sigue por favor. ¿Qué pasó cuando terminamos el colegio? Nunca más nos vimos, tú desapareciste.
—No desaparecí, me enviaron a Europa antes de terminar la secundaria. Rozalia, como buena aristócrata, tenía todo planeado para mí. Incluso con pasajes comprados. Mi destino era estudiar Bellas Artes en las mejores escuelas de París. Ella no tenía dudas de que yo tenía que ser artista. Es más, lo había decretado una y otra vez con su canción. Y yo estuve de acuerdo. Y no sé si por el conjuro o por un innato talento, para mí pintar era lo más fácil y divertido que podía hacer en la vida. Era como si ya supiera cómo hacerlo, inspiración divina, no lo sé. Por eso jamás dudé de que podía tener éxito, así como nunca dudé de que vinimos a este mundo para ser felices.
—Muy cierto. Coincido.
—Me alejé de todos los compañeros del colegio y de las amistades de Buenos Aires casi sin pena, llevada por esa ola sin preocupaciones en la que vivía desde que era una niña y me sumergí de inmediato en la vida parisina. Hablaba el francés tan bien como el checo y el español. Rozalia me había educado como hija de una verdadera aristócrata. Aprendí varios idiomas y, además, siempre me recordaba nuestros genes mágicos y videntes por herencia materna. “Los necesitarás en la vida”, me repetía, “seguirás el linaje”. Debes saber, Petra, que Rozalia, además de ser básicamente una aristócrata, era también una estudiosa de temas espirituales clásicos. Una teósofa. E, incluso, el origen de su pequeña fortuna era increíble.
—Nunca nos lo comentaste. ¿De dónde venía su riqueza?
—Rozalia había heredado oro, literalmente, bolsitas de oro, que, según ella, venían de sus antepasados, más precisamente de Praga, de cierto ancestro, que era alquimista, o algo así. Eran monedas, pequeños lingotes; en fin, cosas muy antiguas, impensadas para este tiempo de bancos, cuentas virtuales y tarjetas de plástico. Las ocultaba en casa en un pequeño cofre, nunca las llevó a la caja de seguridad de ningún banco, no confiaba en ellos.
Petra sonrió misteriosa.
—Kalinka, todo en tu vida siempre fue mágico, todo, y también tu nombre.
—Rozalia siempre me decía que los nombres diseñan parte de nuestro destino, y que el resto, es un misterio. Y “Kalinka” es por cierto una canción rusa, llena de vida y tan alegre que hace bailar a las piedras. ¿Te acuerdas?
—Es realmente conmovedora y vibra tan alto que no puedes reprimir las ganas de bailar. Es especial. Pero sigue, sigue, estoy intrigada.
—Te sigo contando. Antes de terminar mis estudios, expuse en galerías de Buenos Aires, Roma y París. Viví en esas capitales como una niña rica, sostenida por la herencia de Rozalia que nunca parecía acabarse. Y sin darme cuenta, y sin grandes esfuerzos, comencé a ganar dinero, mucho dinero, con mis pinturas. Todo era muy natural para mí, y jamás pensé que a muchos la vida no les resultara tan fácil.
—Tan fácil y tan bendecida.
—Así es, demasiado fácil, Petra. Pero solo en ese aspecto. En la parte sentimental, todo era un desastre, a pesar del conjuro de mamá. No logré tener una pareja estable, hasta que me enamore de Iván. Mis amores eran fugaces, superficiales, pasajeros. Ya sabes, como es todo ahora. Sin compromisos. Un día me cansé de tanta belleza, tanta sofisticación, tanta soledad al fin, bajo la apariencia de una vida sin complicaciones de una niña bohemia.
—Empezó a hablar tu alma.
—Era inocente, casi ingenua, estuve siempre sobreprotegida por Rozalia. Y yo quería vivir experiencias más fuertes, conocer qué significa realmente esta vida. No entendía muy bien quién era yo, aunque fuera aparentemente feliz a los ojos de los demás. La mía era una felicidad sin desafíos, riesgos, confrontaciones ni compromisos. Empecé a ver que el mundo es injusto.
—Ajá. Como le pasó a Siddhartha.
—¿Al Buda?
—Claro. Solo que tú todavía no conoces el juego de la vida y sus reglas ocultas. Pero sigue por favor.
—Buscando experiencias más profundas, comencé a participar en muestras colectivas en París, en espacios comunitarios. Mis pinturas se transformaron en testimonios y denuncias, comenzaron a estar vivas y a tener sentido. Era como si se hubiera despertado en mí un fuego interno, no sé de dónde venía, era como ancestral, no sé explicarlo.
—Seguramente lo era —dijo mirándome fijo.
—Al final, dejé mi perfecto departamento en París y mi tribu contestataria. Me encantaba, pero quería algo más. Y me hice nómade, me largué por mi cuenta a recorrer la India en trenes. Y casi sin saber cómo encontré a mi gurú. Sri Ramáshi Krishnadeva. Me quedé un año en su áshram, haciendo trabajos voluntarios y aprendiendo de sus enseñanzas. Así entré de lleno en la vida espiritual, o eso creí.
—Todo inicio espiritual es positivo —me miró enigmática.
—Al tiempo, mi gen nómade volvió a empujarme a partir. Y aterricé de nuevo en Latinoamérica. Y me metí de lleno en el movimiento feminista, y aprendí a respetarme. O eso creí.
—Ajá. Eso creíste. Existe un feminismo con bases espirituales, muy poderoso, está surgiendo ahora, pero hablaremos de esto más adelante.
—Siempre conservé todos mis contactos con las galerías y seguí pintando mientras viajaba. Unos pocos pinceles en mi mochila eran suficientes. Les encantaban mis cuadros con inscripciones. Como, por ejemplo, “No es no”; “Desconstrúyete todas las veces que sean necesarias”; “Sé sorora”.
—¿Sé qué?
—La sororidad es un concepto parecido a la fraternidad, en el lenguaje feminista.
—Ah. Muy interesante experiencia, pero ahora, después de viajar y de tener un gurú, y de ser feminista… ¿Sabes quién eres, Kalinka?
—Yo creí saber quién era. Una mujer libre, consciente, independiente de las normas que te impone el sistema. Me salí de todas las pautas del consumo, me volví esencial y guerrera. Aprendí a poner límites, pero esta relación con Iván me instaló en un completo caos.
—Qué bueno.
—¿Qué?
—Nada, sigue por favor con la historia.
—Viviendo siempre libre como un pájaro, parando en hostels, viajando a dedo, trabajando por momentos como voluntaria en granjas ecológicas, anduve por Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, México. Me enamoré de México y me quedé largas temporadas en esa tierra bendita.
—¿Dónde te quedabas más tiempo?
—En una pequeña isla, situada entre México y Cuba, llamada Isla Mujeres.
—Una isla sagrada dedicada a la fertilidad y a la sanación, protegida por la diosa maya Ixchel —dijo Petra misteriosa—. Oculto bajo la máscara del turismo, ese es uno de nuestros sitios de poder.
—¿De quiénes? —pregunté otra vez.
—No importa, sigue, amiga.
—De acuerdo, Petra —dije restándole valor a su comentario—. Al llegar a Guatemala, me enamoré de este lugar mágico. Hay un no sé qué en el aire. Y la cultura maya está intacta.
—Intacta. Esa es la palabra —dijo Petra mirando algún punto en el horizonte—. El Camino Rojo está revelándose más y más después de 2012.
—¿Camino Rojo? Petra, lo mencionó el chamán bajo la lluvia. Tú no lo viste, pero estaba allí. Dime qué sabes sobre ese Camino.
—Es tu turno, cuando sea el mío, hablaré, continúa —dijo Petra misteriosa.
—Anduve por el lago Atitlán, viví un tiempo en San Juan La Laguna, un lugar alucinante de mujeres poderosas, artistas, libres y mágicas. Cuando llegué a Antigua, me conmovieron sus volcanes rugiendo en la noche. Y sus indiecitas dulces vestidas con sus trajes tradicionales bordando en las calles. Me instalé en un hostel céntrico, una verdadera comunidad internacional, y después de unas semanas me fui a la playa, situada a tan solo dos horas de bus. Y allí me crucé con Iván, el dios nórdico. El artesano alemán, loco y divertido, y nómade, como yo.
—Un seductor, un aventurero —acotó Petra implacable—. Un vikingo tirano, refinado y terminante que siempre hace lo que quiere. Un nórdico, con problemas genéticos para controlar el demonio del alcohol. Ese es un Iván que vive adentro de él, y que tuvo que confrontar, por eso fue a buscarlo.
—¿Cómo sabes eso de él? Petra, dime la verdad, ¿tú sabes dónde está? ¿Fue a buscar esa parte suya? ¿Adónde? Karl, el mochilero, sí sabe, pero desapareció —le dije al borde de las lágrimas otra vez.
—Sé muchas cosas, Kalinka —dijo más y más enigmática—. Cuéntame cómo siguió tu vida, estoy fascinada con tu historia.
—De inmediato nos fuimos a vivir juntos, y continuamos nuestra vida nómade. Nuestra vida, que a los ojos convencionales era irrealmente real, ya que nadie podía entender cómo lográbamos estar pegados, juntos, veinticua
