El jardín de las mujeres Verelli

Carla Montero

Fragmento

Se llama calma y me costó muchas tormentas.

Se llama calma y, cuando desaparece, salgo otra vez en su búsqueda.

Se llama calma y me enseña a respirar, a pensar y a repensar.

Se llama calma y, cuando la locura la tienta, se desatan vientos bravos que cuestan dominar.

Se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma, entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.

Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar.

Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.

Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son sólo música y locura sino el viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.

Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitaría mil veces hasta volverla a encontrar.

Se llama calma. La disfruto, la respeto y no la quiero soltar.

DALÁI LAMA

Barcelona, 1919

Anice detuvo su carrera antes de precipitarse al mar. Jadeaba por el esfuerzo y la angustia. El aire apenas le llegaba a los pulmones. Cayó de rodillas al suelo siempre húmedo del muelle, vencida. Con la barbilla clavada en el pecho, le pareció escuchar una sirena a lo lejos, entre la bruma que acariciaba el mar, pero al levantar la vista comprobó que todo lo que se abría frente a ella era un abismo de agua oscuro y desierto, apenas salpicado de luces difuminadas; el gran faro a lo lejos parpadeaba.

El barco había zarpado. Lo habían perdido. Miró a su alrededor con la ansiedad de un animal acorralado entre el mar y una ciudad desconocida. Se halló rodeada de sombras en mitad de aquel muelle vacío; las de otros barcos, las de los voluminosos contenedores apilados en forma de muro, las de las cajas de madera, las de las bobinas y los cabos enrollados como culebras, las de las altas y espigadas grúas de carga. La marea borboteaba entre los recovecos de la dársena y todo lo demás era silencio.

Habían perdido el barco.

Dos lagrimones recorrieron sus mejillas. Aquello no podía estar sucediendo. Ese barco se lo había llevado todo: el equipaje con sus pocas pertenencias y, lo que era mucho más grave, la oportunidad de volver a empezar. Tuvo tanto miedo que pudo sentirlo en mitad del pecho como una soga que le cortara la respiración. El llanto se volvió incontenible. ¿Qué iban a hacer ahora? ¡No tenían adónde ir! Al otro lado del mar había quedado su hogar, ahora amenazador e infestado de recuerdos terribles, demasiado cerca de donde en ese instante se hallaba como para poder esconderse y olvidar. Demasiado cerca. Su huida se había frustrado. Los encontrarían y entonces...

Senyoreta, es troba bé? Necessita ajuda?

Anice alzó la cabeza. Ni siquiera entendía lo que aquel hombre acababa de preguntarle.

Abbiamo perso la nave —sollozó.

El jardín de las mujeres Verelli

El jardín de las mujeres Verelli

Mi bisabuela tuvo una vez un gran jardín, allá en Italia donde nació. Lo adoraba. Lo había plantado siendo una niña y lo había cuidado con devoción. Para ella, no se trataba sólo de un pedazo de tierra sembrada. El jardín era una prolongación de su ser, parte de su propia esencia, como si ella misma hubiera surgido de una semilla enterrada en sus entrañas.

Sin embargo, mi bisabuela tuvo que emigrar a Barcelona y se vio obligada a abandonar su querido jardín. En esta ciudad, justo en la orilla opuesta del mar Mediterráneo, empezó una nueva vida. Pero nunca volvió a tener un jardín como aquél. No le quedó más opción que conformarse con unas pocas flores y plantas repartidas en tiestos por el reducido balcón de su piso en el centro de la ciudad. Su pequeño jardín, su gran consuelo.

Yo era muy chica cuando murió y apenas la recuerdo. Pero es curioso cómo conservo la viva imagen de ella en el balcón, susurrándole a las plantas, acariciando sus hojas con la punta de los dedos, cantándoles en voz baja canciones en italiano; transportándose con los ojos cerrados muy lejos de allí, a otro lugar que también olía a hierba y a tierra mojada.

Una de las veces que me sorprendió observándola con curiosidad infantil, me llamó, haciéndome una señal con la mano para que me acercara. Yo corrí hacia ella con los pasos cortos de los críos y me senté entre macetas de albahaca, orégano y romero, de capuchinas, pensamientos y siemprevivas. Ella me sonrió. Tomó un pellizco de tierra negra y dibujó con él una espiral sobre mi frente mientras musitaba un nombre que no entendí.

Por entonces no lo sabía y aún tardaría muchos años en averiguarlo, pero mi bisabuela era un hada de la naturaleza y necesitaba vivir en un jardín.

Su historia escondida por fin ha llegado hasta mí. Ahora es mía también. Una historia de mujeres sin hombres, de segundas oportunidades, de sabiduría susurrada a través del tiempo, de un jardín abandonado que renace muchos años después como reflejo de la vida misma. El jardín de las mujeres Verelli.

Bombones de violeta

Bombones de violeta

La tienda ya había cerrado. Solía cerrar tarde, a eso de las nueve, salvo que quedara algún cliente rezagado, en cuyo caso no había más remedio que esperar unos minutos para echar la persiana. Aquel día de luto no había sido diferente allí. Andrea, que llevaba de empleado media vida, era el último en marcharse ya cumplida la noche.

Buonanotte, bella... Procura descansar —me deseó con una sonrisa triste, dejándome un beso en las mejillas y el manojo de llaves.

Así lo habría querido Nonna. Ella se jactaba de que en casi cien años la tienda sólo había cerrado los días de Navidad. La tienda era su hogar, su vida. Suspiré. Aquel lugar olía a casa, olía a ella. Era un olor único, salado y dulce a la vez; a madera y a café, a especias y a chocolate, a ahumado...

Mis pasos lentos creaban eco en la sala vacía. Mientras caminaba, acariciaba con la punta de los dedos el mármol frío de los mostradores. Deambular por allí me hacía viajar en el tiempo, no sólo a mi infancia, también mucho más atrás, a otra época, a otro siglo. La tienda había cambiado poco en cien años. Conservaba el suelo de baldosa hidráulica, el techo artesonado, las lámparas de bronce y cristal, las alacenas de roble con tallas de estilo art déco, los tarros de loza pintada a mano, los cestos de castaño y las cajas de madera; incluso la vieja balanza y la caja registradora de marca National, que era la admiración de la clientela, con su cajón de madera, su decoración de filigranas y sus teclas de vieja máquina de escribir.

«Ven, Gianna. Ayúdame a colocar los raviolis en el mostrador.» En mi mente podía escuchar nítida la voz de mi abuela, como si estuviera allí mismo, con su mandilón blanco impecable y las manos manchadas de harina después de arreglar el expositor de la pasta fresca. Sonreí. Pero ni siquiera la sonrisa pudo frenar entonces las lágrimas. Daba igual; ahora, allí sola, no me importaba llorar. No había llorado en todo el día, contenida como era yo, y sentí que el llanto me aliviaba. Cuando la nariz comenzó a gotearme, busqué en el bolso un pañuelo. Era un bolso demasiado pequeño y las cosas se apretujaban de tal manera que apenas podía meter la mano para revolver entre ellas.

—Si buscas la barra de labios, aparecerá el pañuelo; te suele pasar con el móvil.

Reconocí sin levantar la vista la voz de Carlo y me sentí algo avergonzada. «Gianna, eres como un témpano, tú nunca lloras.» Tanto me lo habían repetido desde que tenía uso de razón que había llegado a creérmelo o, al menos, a pretender que los demás se lo creyeran.

—Asco de bolso... —murmuré impostando la voz para que sonase seca y serena.

—Toma.

Aún sin mirarle, recogí el pañuelo que me tendía. Me sequé torpemente la nariz y las mejillas. Ese gesto debería bastar para dejar de llorar, pensé. Pero me enfadé al comprobar que el llanto no cesaba, que era incapaz de controlarlo; yo, que todo lo controlaba, y más en lo referente a mis propias emociones.

Según libraba aquel tenso debate conmigo misma, Carlo me abrazó.

—Anda... deja de hacerte la fuerte.

Sus palabras bastaron para dar rienda suelta al desconsuelo. Me acurruqué en los brazos de mi hermano y me dejé llevar por la pena que ambos compartíamos.

filigrana

Unos minutos después, me había serenado sin necesidad de luchar y me había sumido en una especie de sopor. Carlo y yo nos habíamos sentado en el suelo, en nuestro rincón favorito, detrás de las cestas de legumbres, con las espaldas pegadas a los cajones de las cintas de empaquetar, bajo la estantería de los botes de passata y otras conservas de verdura. Allí era donde de niños nos ocultábamos a intrigar, a jugar a las chapas o a adivinar el color del pelo del siguiente cliente que entraría por la puerta.

Me había quitado los zapatos. Caminar con tacones de aguja sobre los adoquines del cementerio había resultado una tortura y sentía los pies doloridos. Descalza, desmadejada y con el maquillaje embadurnado de lágrimas, como si acabara de despertar de una borrachera, buscaba consuelo en una bandeja de bombones de violeta. Carlo la había sacado del mostrador refrigerado, confiando en que serían un buen remedio para paliar nuestra tristeza.

Los dos adorábamos los bombones de violeta, todo el mundo los adoraba. Eran únicos en Barcelona, probablemente en el planeta entero. Antes, durante la época de esplendor del local, había gente que acudía desde cualquier parte del país y del extranjero sólo para comprar los bombones de violeta. Se trataba de una receta de nuestra bisabuela que había heredado Nonna, su hija, como casi todas las recetas. Cada semana, Nonna los preparaba en unos viejos moldes de cobre y la trastienda entera se impregnaba del aroma del chocolate fundido y la crema de violetas, que era como un perfume al olfato y al paladar.

Tomé uno y lo mordí con los incisivos, dando así inicio al ritual que acostumbraba. La fina capa de chocolate negro se quebró con un crujido y liberó la crema aterciopelada que fluyó hacia el interior de mi boca. Cerré los ojos y saboreé el gusto dulce de las flores y ligeramente amargo del cacao. Todo un placer después de las lágrimas saladas.

—¿Quién hará ahora los bombones? ¿Quién se encargará de todo esto? ¿Qué haremos sin ella?

Aquella última pregunta brotó intempestiva. Hubiera deseado no hacerla. Como si el hecho de no verbalizarla mantuviera la realidad detenida en el instante previo al fallecimiento de mi abuela. Como si nada hubiera sucedido. Como si todo siguiera igual. Temí volver a llorar. Ahogué un sollozo con otro bombón.

Obviamente, ambos sabíamos que la abuela no estaría siempre con nosotros. Pero habíamos aparcado aquel hecho en favor de nuestra propia e ingenua defensa emocional. Y habíamos continuado con nuestras vidas. Ahora nos enfrentábamos a aquella realidad cargada de decisiones aplazadas y, sobre todo, de la añoranza y el abandono propio de la orfandad, algo que nos impedía pensar en nada más. Porque Nonna, además de nuestra abuela, había sido nuestra madre, nuestro padre... nuestra única familia. Y también el pilar que sustentaba aquel negocio: La Cucina dei Fiori, un nombre evocador para la tienda centenaria de ultramarinos y especialidades italianas frente al mercado de la Boquería.

Nonna era toda nuestra referencia. También la bisabuela, bisnonna la llamábamos, usando la lengua de nuestros antepasados. La recordábamos ya muy anciana pero llena de energía, trasteando entre el obrador y los mostradores del colmado; dando instrucciones a los empleados, incluso a su propia hija, sobre cómo cocinar adecuadamente sus recetas. Poseía toda la autoridad que le confería el haber fundado el negocio allá por los años veinte.

Sin embargo, de nuestra madre, yo, particularmente, no recordaba nada. Tampoco creo que Carlo, a pesar de ser casi un par de años mayor que yo, pudiera recordarla. Había fallecido siendo nosotros muy pequeños. Sólo sabíamos de ella lo que Nonna nos había contado. Y nuestra abuela había sido muy clara al respecto. Cuando llegamos a la adolescencia y ya empezábamos a tener mayor conocimiento del mundo y sus claroscuros, cuando Carlo dio las primeras señales de convertirse en un peligroso recuerdo del pasado, ella nos fue dando pinceladas de la vida de nuestra madre.

Nos contó que antes de cumplir los dieciocho años, se escapó de casa. Se fugó con un supuesto novio holandés a vivir en una comuna hippy en Formentera. De allí había vuelto a los veintiuno, con el nombre del holandés tatuado en el hombro, la peste de la marihuana incrustada en los poros de la piel y embarazada de seis meses. Dio a luz a su bebé. Empezó a ayudar en la tienda. Había dejado de tomar drogas. Parecía que había sentado la cabeza. A los pocos meses volvió a quedarse embarazada, de nuevo sin que se tuvieran noticias del padre. Nací entonces yo. Pero nuestra madre sufrió de depresión posparto. Desaparecía de casa, al principio algunos días, después durante semanas. Sólo regresaba cuando necesitaba dinero... Nonna sabía que había recaído en sus adicciones. Una noche, el coche en que viajaba se salió de la carretera y cayó a un barranco, dando una vuelta de campana tras otra hasta quedar hecho un amasijo de hierros. Iba con otro hombre. Ambos habían consumido cocaína y alcohol.

Aquéllas eran las sórdidas pinceladas sobre mamá... Incluso me resultaba raro llamarla «mamá», una palabra demasiado cercana para alguien tan lejano para mí, pues aquello era todo lo que nos quedaba de ella. Y alguna fotografía en la que una mujer guapa con la melena castaña, ondulada y larga hasta la cintura, sonreía.

—¿Qué haremos sin ella? —repetí pensando de nuevo en mi abuela.

Carlo me tomó la mano y la apretó.

—No lo sé... —Le tembló la voz, tan abrumado como yo.

Tisana de manzanilla, menta y anís estrellado

Tisana de manzanilla, menta y anís estrellado

No recordaba la última vez que había cogido vacaciones. Unas vacaciones de verdad, al menos dos semanas de un tirón, nada de un par de días sueltos para un puente largo. Quizá hiciera más de dos años. Y lo sorprendente era que, visto con perspectiva, tampoco las había echado de menos. Me gustaba demasiado mi trabajo y también me daba la oportunidad de viajar. Viajaba tanto que, a menudo, lo único que deseaba en mis ratos libres era quedarme en Barcelona.

Había estudiado arquitectura y tenía la inmensa suerte de poder dedicarme a ello. Después de terminar la carrera y hacer prácticas y trabajos temporales en empresas de lo más variopinto, había encontrado un trabajo serio en un importante estudio de arquitectura que gestionaba multitud de proyectos internacionales y que había sido galardonado con más de un premio de prestigio en el sector. Realmente, era el trabajo de mis sueños, ¿por qué iba a añorar vacaciones?

Sin embargo, aquella mañana me había levantado terriblemente cansada, con náuseas y el estómago revuelto —cosa igualmente rara en mí, que nunca me ponía enferma—. Además, tenía mucho papeleo que gestionar después de la muerte de Nonna y, lo que era peor, acometer la desagradable tarea de recoger sus cosas, su casa... Cuanto antes me quitara aquella losa de encima, mejor. También debía aprovechar que Carlo estaba allí para ayudarme ya que, en breve, mi hermano tendría que volver a París, donde vivía. De modo que había decidido cogerme unos pocos días libres.

Como me había levantado vomitando, después de llamar a mi jefa, sólo tenía ganas de volver a la cama, y dormí hasta casi el mediodía. Cuando me desperté, me encontraba un poco mejor, aunque sin ganas de comer nada. Me di una ducha larga, me puse ropa cómoda y llamé a Carlo. Quedamos en que él iría al notario y yo empezaría a organizar la casa de la abuela.

Nonna vivía en un piso justo encima de La Cucina dei Fiori. Aquélla era la casa familiar, donde habían morado las Verelli desde que la bisabuela la adquiriera junto con el local de la tienda. Se trataba de la típica casa de principios de siglo: los techos altos con molduras de escayola, muchas habitaciones más bien pequeñas y largos pasillos con suelos de madera quejumbrosa. Apenas se había reformado en todo ese tiempo, sólo un poco la instalación eléctrica, los baños y la cocina, pero, con todo, éstos se habían quedado anclados en los años sesenta. Por lo demás, estaba atestada de muebles viejos, pesadas alfombras y tapicerías, libros en italiano, fotografías de todos los colores, cientos de trastos y miles de recuerdos.

Me metí directamente en el dormitorio de Nonna. Su armario y su cómoda rebosaban, no sólo de ropa; había zapatos, estuches, papeles, bolsos, alguna joya sencilla, conchas de la playa, cajas de cerillas, tarjetas postales... Esas cosas que se guardan al fondo del cajón y se olvidan. Y todo, absolutamente todo, olía a Nonna. No es que ella usara un perfume especial, se trataba más bien de una mezcla de jabón, polvos de arroz, aceite de oliva y romero; de su esencia. Más de una vez se me saltaron las lágrimas. No recordaba haber llorado nunca tanto. Quizá porque no sabía lo que era añorar a alguien tanto que dolía.

Cuando llegó Carlo, ya entrada la tarde, me sorprendió tirada en el suelo, rodeada de la ropa que estaba clasificando. Había encontrado el viejo mezzaro de la bisabuela Giovanna. Recordaba que siendo niña me ponía los zapatos de tacón de Nonna y me cubría con el mezzaro la cabeza para imaginar que era una princesa. Me encantaba aquella enorme pañoleta de algodón ricamente estampada en tonos azules y grises. Nonna me contaba que los primeros mezzeri llegaron al puerto de Génova en el siglo XVII, procedentes de la India, en los barcos de la Compañía de las Indias Orientales. Enseguida causaron sensación entre la aristocracia genovesa porque, al contrario que las pesadas telas bordadas que se usaban en Europa, resultaban frescos y ligeros; así, las damas empezaron a lucirlos sobre la cabeza y los hombros como las mantillas en España. Después, cuando los costes de producción de las telas bajaron, fueron adoptados por las clases populares hasta pasar a formar parte del traje regional y de la identidad de Liguria, la pequeña provincia italiana de la que procedían las Verelli. Aquel mezzaro era una preciada posesión de Nonna, recuerdo de su madre y de sus raíces.

Apreté la prenda contra el rostro para sentir su suavidad y percibir una vez más el aroma de mi abuela. Alcé la vista hacia mi hermano.

—¿No es precioso? —constaté con los ojos todavía hinchados y enrojecidos, recreándome en la filigrana de flores y el magnífico árbol de la vida que lo adornaban—. Éste me lo quedaré.

—Te he preparado una infusión. —Carlo me tendió una taza grande—. Ten cuidado que está muy caliente.

—Gracias. —Suspiré al percibir el aroma de las plantas—. Qué bien huele...

—Manzanilla, menta y anís estrellado. La mezcla de Nonna para las náuseas. Además, le he añadido un poco de jengibre fresco y limón, que sientan muy bien al estómago.

—Vaya, te veo muy puesto. El gen de curanderas de las mujeres Verelli ha pasado por fin a un hombre —observé rozando el borde de la taza con los labios, sin atreverme aún a beber hasta que la infusión se enfriase un poco.

Mi hermano me dio la razón con un gesto y se acomodó en el suelo junto a mí.

—¿Te encuentras mejor?

Ni yo misma sabía cómo responder a aquella pregunta.

—Sí... ¿Qué tal en el notario?

—Bien. Les llevé todos los documentos que hacían falta y ya tengo cita para que vayamos los dos. Luego te la paso. ¿Y tú... por aquí?

Emití un suspiro que acabó en bufido.

—Ya... Me imagino.

—No veo el momento de terminar con esto.

—Entre los dos tardaremos menos.

Según echaba un vistazo a su alrededor para hacerse una idea de la magnitud de la tarea, Carlo vislumbró una caja entre una pila de jerséis. Tiró de ella. Se trataba de una vieja sombrerera de una tienda llamada Maison Germaine, según rezaba el rótulo estilo años treinta que, acompañado de una pizpereta señorita, decoraba el lateral. Estaba algo rota por los bordes y tenía manchas de humedad. La sellaba una cinta de embalar y sobre la tapa habían garabateado la palabra «mamma».

—¿Y esta caja? —preguntó.

Tragué un sorbo de infusión antes de responder.

—No lo sé. Supongo que son cosas de la bisnonna. La había dejado apartada para abrirla luego...

El ruido de la cinta al despegarse me interrumpió.

—... aunque veo que tú vas a hacerlo ahora mismo.

Cuando Carlo levantó la tapa, me asomé con interés.

—¿Qué hay?

—Papeles. —Carlo no pudo ocultar su decepción.

Eso parecía: montones de papeles viejos, arrugados, doblados, rotos... Sin orden ni concierto. Carlo los fue sacando con la esperanza de encontrar algo más interesante al fondo. Facturas amarillentas, hojas de cuadernos que aún conservaban las barbas tras haber sido arrancadas, panfletos publicitarios, servilletas de bar, bolsas de dulces, entradas de cine...

Me preguntaba por qué alguien querría conservar aquello. Los revolví.

—Espera un momento —anuncié entonces, mirando el reverso de un pedazo de papel de envolver con motivos navideños—. Aquí hay algo escrito...

Seleccioné uno más, luego otro. Así hasta varios. Todos tenían alguna anotación con la misma bonita caligrafía de aspecto trasnochado, picuda y clara. Y todas las anotaciones estaban en italiano.

—«Pese a todo, echo de menos Italia» —leí—. «Pero Italia ya no es más que ese pedazo de tierra en el que está mi casa y mi jardín. Sólo eso.»

Miré a mi hermano, desconcertada. Él me devolvió un gesto similar. Tomé otro papel, una factura de la tintorería, y leí de nuevo:

—«Sacrifiqué la calma por una promesa.»

Carlo me imitó con otro recorte y recitó:

—«La pena me ha hecho fuerte. El miedo, astuta. La furia, equilibrada. Es la culpa lo único que me destruye.»

—En todos hay una especie de... cita —constaté y, como para corroborarlo, leí otro al azar—: «No hay que disculparse por amar».

Seguí revisando los papeles que quedaban dentro de la sombrerera. Hasta que llegué al fondo y topé con algo diferente.

—¿Qué es eso? ¿Otra cita?

—No estoy segura... —respondí mientras desplegaba una cuartilla amarillenta y quebradiza con sumo cuidado. El papel era tan viejo que parecía que fuera a deshacérseme entre las manos.

Tenía el aspecto de una carta, escrita en italiano, pero sin fecha, ni encabezamiento, ni despedida. La caligrafía, aunque cuidada, daba la sensación de estar trazada con mano temblorosa; además, las líneas bailaban y algún borrón la ensuciaba. A simple vista, había algo angustioso en aquel escrito.

Carlo se asomó por encima de mi hombro y lo leyó en voz alta:

Mi amor, mi vida, mi todo. Perdóname...

Ya no puedo soportar la angustia. Instalada en mí desde hace años, me pudre, me deshace... Y tú ya no estás aquí para aliviarla. Entre las paredes de esta celda eterna, ¿qué sentido tiene seguir viviendo cuando el espíritu ya ha muerto?

Mi condena es la tuya. ¡No puedo consentirlo! Tú eres todo lo que tengo, lo que quiero, lo que guardo. Tú eres mi redención.

Sonríe, canta, ama... encuentra tu lugar en el mundo lejos de esta prisión. Vive, Anice. Tu libertad es la mía y tu paz es mi descanso.

Perdóname...Y dile a nuestro hijo que le quiero aun antes de conocerle. Porque es tuyo. Porque de ti sólo nace lo bueno y hermoso.

No llores. No tengo miedo. Ya no. La muerte es mi refugio, a sus brazos me rindo, ella me acoge con dulzura y un extraño sentimiento de sosiego me hace sonreír. Sonríe conmigo.

Mi amor, mi vida, mi todo... Malditas palabras, inútiles para expresar cuánto te quiero.

Cierro los ojos y a ti vuelvo. Por fin para siempre. Contigo. Siempre.

filigrana

La habitación quedó sembrada de cosas sin recoger. La tarea, a medias. Sobre la mesa de la cocina reposaba un papel viejo. Yo lo observaba en silencio mientras Carlo se preparaba un café.

—«Vive, Anice»... ¿Quién es Anice? —me pregunté en voz alta después de releer la nota.

Con la taza llena de un expreso bien cargado, mi hermano corrió una silla y se unió a mí en la contemplación del pasado.

—Ni idea. ¿La persona a la que va dirigida la nota?

—Nonna se llamaba Lucia, la bisnonna se llamaba Giovanna... No hay ninguna Anice en la familia. ¿Qué hace esto entre nuestras cosas?

Alargué el brazo sobre la mesa como si fuera a coger el papel. Sólo lo acaricié.

—Es tan hermosa y espeluznante a la vez... No sé quién sería Anice, pero quien escribió esto la amaba de veras.

Carlo emitió un sonido de asentimiento entre un sorbo de café y tras tragarlo, concluyó:

—Hasta el punto de quitarse la vida por ella... No estoy muy seguro de si eso es amor o locura.

—Anice —murmuré. Al pronunciarlo en italiano, sonaba como «Ániche»—. Qué nombre tan extraño.

—Anís —tradujo Carlo—. Es un nombre de especia. Como si a una mujer la llamasen Salvia en lugar de Silvia. Sí, sí que es extraño. Ni siquiera creo que sea un nombre.

Carpaccio de bacalao con pesto genovese

Carpaccio de bacalao con pesto genovese

Sobre la mesilla de noche de Nonna había una vieja fotografía. Siendo una niña, a menudo me detenía a contemplarla en su marquito de plata manchada. La imagen en sepia de un hombre y una mujer, jóvenes, que miraban a la cámara tomados del brazo y mostraban una media sonrisa algo tensa, como si no supieran muy bien qué esperar de aquel aparato que tenían enfrente y les apuntaba con su objetivo. A mí siempre me había parecido que se habían vestido con sus mejores galas para la ocasión: él, con traje de chaqueta, corbata, cuello almidonado y sombrero; ella, con un sencillo vestido de color claro por encima del tobillo, unos pequeños pendientes en forma de lágrima como única joya y el cabello recogido y peinado con ondas. Ambos eran atractivos. Él poseía un porte alto y atlético, su rostro era anguloso y sus ojos, rasgados. Los de ella por el contrario eran grandes y almendrados, de color claro; su expresión era dulce, igual que sus rasgos, de pómulos redondeados, nariz pequeña y labios bien formados, como dibujados con pincel. En una foto en blanco y negro resultaba difícil de precisar, pero él seguramente sería moreno, mientras que los cabellos de ella parecían claros. En una esquina de la fotografía, Nonna había anotado con su letra picuda: «Mamma e papà. 1919».

—¿Éste era tu padre? —le pregunté una vez a Nonna mientras mi abuela se cepillaba las canas frente al tocador.

Ella asintió.

—¿Cómo se llamaba?

—Luca.

Recuerdo que pronuncié el nombre en silencio una y otra vez, como un conjuro, mientras miraba la foto.

—¿Y cómo era? —dije al fin.

—No lo sé. No lo conocí. Murió antes de que yo naciera.

—¿En un accidente?

Por entonces, yo pensaba que todas las personas jóvenes morían en un accidente, como mis padres.

—No... Simplemente, murió.

En la familia Verelli, sólo había mujeres; los hombres, sencillamente, morían; así me lo contaban a mí. En la casa sobre La Cucina dei Fiori, las cosas de Carlo eran extraños objetos masculinos que aparecieron de pronto, sin que antes hubiera otros objetos masculinos. Los tebeos, el balón de fútbol o las camisetas de deporte raídas no sucedían a una vieja pipa manchada de hollín, ni a una brocha de afeitar despeluchada, ni a una americana con los codos desgastados...

—¿Por qué yo no tengo abuelo? —también le había preguntado a Nonna.

Era normal no tener bisabuelo, pero la mayor parte de mis compañeros del colegio tenían abuelo. Y padre, por supuesto, aunque esa ausencia estaba resuelta junto con la de mi madre.

—Porque murió —respondió ella, como no podía ser de otro modo.

Fin de la historia.

Pero los muertos no desaparecen del todo, siempre dejan huella: un recuerdo, una anécdota, una fotografía... Nada de eso había dejado mi abuelo, ni mi bisabuelo, ni siquiera mi padre.

Ya era una mujer adulta cuando Nonna me habló realmente de mi abuelo. Cuando yo ya no pensaba en ello, ya no me preguntaba por las figuras ausentes, cuando había asumido mi familia tal y como era, pequeña y femenina.

Fue una tarde de domingo, de ésas de primavera que le dedicaba de cuando en cuando a mi anciana abuela.

—Sólo me enamoré una vez —me sorprendió con su relato sin que yo preguntara, mientras dábamos de comer a los patos en el parque de la Ciutadella—. Yo era muy joven y él también. Murió durante la guerra. Muchos, muchos años después hubo un hombre y una noche apasionada. Dijimos que nos habíamos casado porque en esa época hubiera sido mi ruina tener un bebé fuera del matrimonio. Pero nunca pasamos por el altar, ninguno de los dos tenía intención de hacerlo. Él se marchó pronto. Y yo lo agradecí.

Ésa era la historia de mi abuelo. No tenía nombre ni más papel que el de ser el padre de mi madre, pero al menos unas frases breves explicaron su fugaz intervención, como otras frases igualmente breves habían explicado hacía años la de mi propio padre.

Para Luca, en cambio, nunca hubo ampliación de la historia, que parecía haberse perdido en el abismo del tiempo. Luca simplemente moría. Y como los demás hombres de la familia, apenas era mencionado. Otra figura ausente. Otra historia escondida.

Muy escondida. Ya habíamos vaciado la casa entera y no había aparecido ni un solo rastro de Luca, el hombre de la fotografía sobre la mesilla de noche de Nonna. Sin embargo, en la vieja sombrerera con las frases garabateadas de la bisabuela había una nota para una tal Anice.

—No es nada nuevo que nuestra familia no es como las demás —me recordaba Carlo cada vez que yo me enredaba en cavilaciones sobre la misteriosa nota, como si en ella debiera hallarse la respuesta definitiva a todos los interrogantes.

Y yo asentía poco convencida para terminar aparcando la historia.

filigrana

Habíamos decidido vender el piso de Nonna y ya estaba completamente desmantelado. Las paredes llenas de sombras, los suelos cubiertos de polvo, los armarios abiertos y las bombillas colgando del techo. Sólo quedaban unos pocos muebles de los que nos daba pena deshacernos.

—Iré esta tarde a casa de Nonna. Van los del guardamuebles a llevarse lo que queda —le hice saber a Carlo.

Debió de traslucir en mi voz lo ingrata que se me hacía aquella tarea pues él se ofreció a relevarme.

—Ya has pasado suficientes malos ratos en esa casa, déjame ir a mí. Y esta noche, para celebrar que por fin hemos terminado, cocinaré algo especial. ¿Te apetece un carpaccio de bacalao con pesto? Y que Nonna me perdone el sacrilegio...

«El auténtico pesto genovese no tiene nada que ver con las porquerías que por ahí llaman pesto», sentenciaba siempre Nonna con ácida crítica. Ella había aprendido de su madre que la clave está en los ingredientes, que han de ser de origen exclusivamente ligur: la albahaca, cultivada en la localidad de Pra’, en Génova, que posee un auténtico sabor a albahaca y no a menta; el aceite de oliva taggiasca, que es dulce y apenas tiene un toque amargo; los piñones mediterráneos, que concentran el aroma y el sabor de la resina del pino; el queso pecorino, elaborado con leche de cabras que pastan en el valle de Arroscia; incluso el ajo, que mejor si había crecido en las praderas de Imperia. Aquello había sido como un mantra para las Verelli y, al principio, procuraban importar tales productos directamente de Liguria, tanto para su propio consumo como para la tienda. Hasta que Nonna se hizo demasiado mayor y dejó de hacerlo.

Lo cierto era que aquel dogma, con el paso del tiempo y las generaciones, había perdido fuerza. Aunque Carlo tenía que reconocer que como el pesto genovese de la bisabuela no había otro, a veces, las circunstancias le obligaban a utilizar los ingredientes que tuviera a mano, con resultados bastante satisfactorios. Del mismo modo, empleaba la salsa en recetas que no pertenecían estrictamente a la tradición ligur de nuestra bisabuela. Es probable que a las abuelas Verelli les hubiera dado un ataque si supieran que aquella noche para la cena iba a mezclar su sagrado pesto genovese con bacalao. A mi hermano le hubiera gustado que ellas pudieran probarlo, estaba seguro de que se sorprenderían; además, el bacalao era un producto bastante habitual en la cocina ligur, no era tan grave su pecado.

—Sólo necesitaría que te acercases a la Boquería y comprases unos cuantos ingredientes que me hacen falta —me pidió Carlo a cambio de recibir él a los de las mudanzas.

El mercado de la Boquería es uno de los mercados más grandes, más antiguos y mejor surtidos de Barcelona. Convenientemente situado a pocos pasos de La Cucina dei Fiori, allí acudían casi a diario las Verelli para abastecer su despensa, y, con el tiempo, habían creado toda una red de proveedores de confianza: su frutero, su carnicero, su pescadero, su pollero... Todos ellos negocios que trataban productos locales y que acumulaban una larga tradición, por lo que en aquel momento estaban atendidos por los hijos o los nietos de aquellos que habían servido a las Verelli. Yo los conocía a todos. Hasta hacía bien poco acompañaba a Nonna cuando iba los fines de semana y yo misma me llevaba la fruta y la verdura para mi casa; después, tomábamos juntas el aperitivo.

Me encantaba la Boquería. No sólo su inconfundible cubierta metálica, las grandes lámparas de estilo industrial del pasillo central, las gruesas columnas de los soportales o los rótulos modernistas; sobre todo, disfrutaba de su ambiente, de ese orden militar de los productos, que se alineaban frescos, coloridos y brillantes, tan atractivos a la vista como al paladar; de ese aroma a mil esencias que se mezclaba en los pasillos; de esa carga de emociones que acompaña al comercio y que se traduce en intercambios, lisonjas, disputas y relatos; de esa reunión de todo lo «multi»: multicultural, multirracial, multicolor, multiforme, multitudinario.

Así que acepté con gusto el plan de Carlo y su lista de la compra. Por supuesto que mi hermano elaboraría el pesto con los ingredientes de La Cucina dei Fiori; a mano, en el viejo mortero. Tampoco necesitaba comprar bacalao, ya lo había hecho él previamente para desalarlo, congelarlo y luego poder cortarlo en finas láminas de carpaccio. Pero quería unas gambas rojas de Palamós, con las que iba a preparar un tartar con ajoblanco a modo de entrante. Además, me encargó algo de rúcula, una buena rúcula italiana, para una ensalada con nueces, tomate seco y parmesano.

No me llevó mucho tiempo adquirir todos los productos de la lista y algunos más de los que no pude evitar encapricharme. Como terminé temprano, decidí subir a casa de Nonna por si podía ayudar a Carlo.

Mi hermano me recibió con una sonrisa burlona.

—Mira lo que acaba de aparecer.

Castelupo, 14 de mayo de 1922

Querida Anice:

Respondo con la presente a tu amada carta contenta de saber que tu pequeña y tú os encontráis bien. Por aquí, todo sigue igual, ya puedes imaginártelo.

Me entristecen sin embargo tus palabras cuando afirmas que no deseas volver más al que siempre ha sido tu hogar. Quiero creer que has tomado tal decisión con precipitación, influida por los trágicos acontecimientos aún recientes y que suponen sin duda una herida difícil de cerrar. Pero no olvides, Anice del alma, que aquí están tus raíces y que somos unos cuantos los que te queremos y podemos ayudarte a ti y a tu hija. Recuerda que nunca estarás sola porque me tienes a mí. Te echo tanto de menos. Creo que el bosque ha entristecido y se ha vuelto sombrío desde que tú no estás. Y yo también.

Confío en que con el tiempo acabes reconsiderando tu determinación. Es por tal motivo que me he tomado la libertad de mandar hacer una copia de la llave que me mandaste. De este modo, te envío de vuelta la original. Con gusto me encargaré de cuidar de tu casa para que la encuentres en perfectas condiciones en el momento en que decidas regresar; no dudo de que a tu hijita le gustará conocer el hogar de su familia.

Por favor, no te enfades porque ansíe tenerte de nuevo conmigo. Eres mi amiga de corazón y siempre lo serás.

Con tanto amore,

MANUELA

Al sacar los cajones de la cómoda de la habitación de Nonna para transportarla con más facilidad, los hombres del guardamuebles habían liberado un sobre que, tras años de deslizarse hacia el fondo de uno de ellos, había quedado atrapado entre éste y la trasera del mueble.

Clink, sonó al caer. Pues contenía, además de una carta, una llave vieja, grande y herrumbrosa, como de mazmorra medieval. Y de nuevo Anice asomó la cabeza entre polvo y papel viejo.

—Fuera quien fuera Anice, la mujer con nombre de especia, tuvo una vez una casa en un lugar llamado Castelupo que, según acabo de comprobar en internet, es un pueblo de Liguria. Y de algún modo su llave ha acabado en la trasera de la cómoda de nuestra abuela. Curiosa historia —resumió Carlo con el pesado hierro entre las manos.

—Me hubiera gustado saber más de ella.

—Sí, pero me temo que esto es todo. Ya no quedan escondites para más sorpresas.

La voz de Carlo hizo eco en la habitación vacía.

Como debió de percibir mi desilusión, mi hermano me rodeó con un brazo por los hombros e improvisó una buena historia para conformarme.

—No lo sientas. Estas cosas suelen ser menos emocionantes de lo que parecen. Seguro que Anice era una amiga de la familia, una anciana solterona sin descendencia, que al morir les dejó a las Verelli todo lo que tenía: el recuerdo de un desgraciado amor y una vieja llave —relató mientras nos encaminábamos a la salida.

Se me pasó por la cabeza replicarle que Anice tuvo al menos una hija; eso decía la carta y también la nota. Pero no lo hice.

Tampoco tenía demasiada importancia, pensé mientras apagaba la luz y salía de casa de mi abuela para ya no volver. Con el corazón encogido.

filigrana

Cenamos en mi piso y después reposamos la cena en la terraza. La noche era fresca pero agradable, con una ligera brisa que venía del mar y traía un aroma salino. Encendimos unas cuantas velas, dejamos sonando de fondo a James Morrison y nos acomodamos en los asientos, cubriéndonos las piernas con un par de mantas finas. Carlo se preparó un café, pero yo preferí una de las infusiones de jengibre y limón de mi hermano. Aún tenía el estómago revuelto y apenas había podido terminar el carpaccio, aunque estaba delicioso.

—Llevas así ya varios días. ¿Por qué no vas al médico? —me aconsejó él sin ocultar su preocupación.

Pero yo le resté importancia.

—Porque son sólo nervios. Se me pasará.

Suspiré para darme tiempo antes de confesar:

—Esto me está resultando más duro de lo que esperaba. Esta tarde, sin ir más lejos, cuando hemos salido de casa de Nonna... Pensar que era la última vez, que ya no va a ser nuestra casa, que ya no queda nada de ella ni de nosotros allí... ¿De verdad tenemos que venderla?

Carlo me miró con ternura. Creo que se quedó con las ganas de abrazarse a mí para llorar juntos, pero alguien tenía que mantener el tipo. Buscó refuerzos en un sorbo de café.

—Ya hemos hablado de ello... ¿Qué sentido tendría conservarla? —Hizo una pausa antes de atreverse a insinuar—: Lo mismo que la tienda...

Ante aquella mención, me dejé caer abatida en el respaldo del sofá.

—No... No, por favor. No quiero hablar de eso.

—Gia... —utilizó su tono más paternal y abrevió mi nombre como siempre hacía. Sólo me llamaba Gianna cuando estaba enfadado conmigo—. Te comportas como una niña. ¿Crees que no hablar de ello va a hacer que el problema desaparezca? Al revés, crece cada día que pasa sin atender. He estado mirando los libros de cuentas y es todo un desastre. Desde hace meses, hay cada vez menos ingresos, los proveedores no hacen más que subir los precios en tanto que los de venta al público no se han tocado en años, los costes de agua, luz y gas están disparados, hay retrasos en el pago de algunos impuestos...

—Tú eres el de los números, yo no sé nada de eso.

—De acuerdo. Pero tú eres la de las obras. El local lleva décadas sin tocarse, la fachada está hecha polvo, habría que reparar dos refrigeradores... y eso sin contar con que no le vendría nada mal al menos una mano de pintura cuando no una reforma con todas las de la ley. El ayuntamiento ha anunciado una inspección para dentro de dos meses; si no está todo de acuerdo con la normativa podrían precintarlo, tú lo sabes mejor que yo. Y eso me lleva a otro tema: Andrea y Nelson, dos personas que dependen del salario que cobran por su trabajo allí y de las que no deberíamos olvidarnos.

Pensé con amargura en Andrea y Nelson. Nelson me caía bien, era un buen chico, amable y trabajador; hacía los repartos a domicilio. Pero Andrea... Lo de Andrea me llegaba al alma. ¡Él era como de la familia! Trabajaba en La Cucina dei Fiori desde hacía años; de hecho, no podía imaginarme la tienda sin Andrea por allí. Siempre había sido la mano derecha de Nonna, pero es que en los últimos meses, en los que mi abuela ya estaba muy anciana e impedida, no sé qué habríamos hecho sin él...

—Aunque sólo sea por ellos, tenemos que tomar una decisión ya —insistía Carlo.

Mi angustia crecía de tal modo que empezaba a verme incapaz de controlar las lágrimas. Traté de aplazar el llanto con ira.

—¡Pues si están así las cosas, vendámosla! ¡Qué quieres que yo te diga! —me encaré con mi hermano—. ¡Ni tú ni yo podemos ocuparnos de ella, de modo que no hay más que hablar!

Carlo asintió despacio. Agachó la cabeza, ocultó la mirada en el fondo de la taza y sorbió sin ganas.

Aquello me dio margen para recapacitar.

—Lo siento... —No había pronunciado la última palabra cuando ya había empezado a llorar—. Es que... Por más vueltas que le doy no encuentro otra solución y... es... es como si estuviéramos matando lo que queda de Nonna y... duele.

Crema catalana con lavanda

Crema catalana con lavanda

En mitad de todos aquellos trámites desagradables que suceden a la muerte de un familiar. En mitad de las conversaciones sobre la casa, La Cucina, Nonna, de recuerdos como espinas y decisiones imposibles, tuve que lidiar de pronto con algo absolutamente fuera de lo previsto, como si los astros se hubieran confabulado para zarandear con sucesivas sacudidas los cimientos de mi, eso creía yo, sólidamente asentada existencia.

Qué ingenua fui al pensar que podía planificar hasta el último detalle de mi vida de igual manera que si se tratara de uno más de mis proyectos profesionales. Hacer cálculos, delinear, trazar unos planos precisos y cumplir con lo proyectado. Claro que todo proyecto tiene sus contingencias, pero también para ésas se pueden idear soluciones de antemano. La vida, en cambio...

—La cuestión es mantener el control con previsión y moderar las sorpresas con anticipación. En eso consiste la inteligencia —me repetía a menudo Carme.

Carme era mi jefa. Una arquitecta brillante y una gestora impecable. Yo la consideraba mi mentora, había aprendido mucho de ella. Carme aplicaba sus dogmas profesionales también a la esfera personal quizá porque, en su caso, lo profesional casi había fagocitado lo personal. Y funcionaba. Había logrado convertirse en una mujer de éxito. Y eso la erigía en un referente para mí. De acuerdo que no era la persona más empática, cálida y entrañable que había conocido, pero yo entendía que hay determinados logros que exigen determinados sacrificios y el sacrificio de Carme era vivir con una coraza puesta.

Sí, por entonces, yo quería ser como ella...

—Tienes un problema. Dale solución —me diría, fría como una inteligencia artificial.

Y yo habría seguido su consejo como siempre hacía. Pero no sé lo que sucedió.

Ante el problema, mi problema, la cuestión no parecía tan sencilla. De pronto, los dogmas profesionales perdían sentido en lo personal porque las emociones entraban en juego y mi coraza resultaba no ser tan fuerte como la de Carme. Empecé a descubrirle fisuras y me asusté, me aturullé, me bloqueé.

—A veces hay que poner el corazón en juego, mia bambina. No todo se resuelve con la razón.

Aquellas palabras de Nonna a las que en su día probablemente presté poca atención y que, en cualquier caso, olvidé, surgieron de pronto altas y claras en mi cabeza, como si las estuviera pronunciando en mi oído, y removieron mi conciencia, perturbadoras.

¿Qué ocurría que mi proyecto vital parecía estar haciéndose añicos?, ¿que las emociones surgían fuera de control?

Con tales divagaciones me enredé los días previos a verme con Pau, confiando en última instancia en que él sería el pilar en el que podría apoyarme para tomar juntos una determinación. Para mí ésa era la idea de mantener una relación estable, madura, equilibrada... Y me había convencido a mí misma de que ésa era la relación que yo tenía con Pau.

filigrana

Nunca encontraba el calificativo más adecuado para referirme a Pau. Novio me resultaba un término demasiado formal y anticuado. Chico, por el contrario, sonaba demasiado informal y moderno. Tampoco se podía decir que fuera mi pareja porque, oficialmente, ya era la pareja de otra mujer con la que estaba casado.

Sí, estaba saliendo con un hombre casado. Lo que juré que nunca haría. Lo que todo el mundo me aconsejaba que no hiciera.

Nos conocimos en la inauguración de una concept store en el barrio Gótico. El local, un espacio en el que se podía comprar un jarrón de un diseñador nórdico, degustar un gintonic con ginebra de agua de iceberg, adquirir raíz de loto encurtida y envasada al vacío o hacerse la manicura francesa, todo a un tiempo, estaba atestado de hipsters, influencers, youtubers, foodies y mujeres de piernas larguísimas con vestidos diminutos. No era el ambiente en el que me sintiera más cómoda, pero había hecho a Carme el favor de acompañarla, pues ella, por el contrario, se encontraba en su salsa. De hecho, nada más llegar, la muy traidora me dejó abandonada al borde de la barra de los gin-tonics de agua de iceberg para confundirse con aquella masa de gente, decía ella, supercool.

Aburrida, decidí marcharme tras acabar la primera copa. Pero al abrirme paso entre la multitud, recibí un empujón que hizo que a su vez empujara a un camarero que dejó caer su bandeja de bebidas sobre un hombre que resultó ser Pau. Terminamos la noche cenando juntos.

Si tuviera tiempo de ir a menudo al cine o de sentarme a diario a ver la televisión, quizá me habría dado cuenta nada más tirarle encima siete copas de gin-tonic llenas hasta arriba de que Pau era actor. No uno de esos actores famosísimos que siempre están en la prensa (quizá en tal caso lo hubiera reconocido) pero sí un secundario habitual en las producciones españolas; incluso, había participado en una serie norteamericana de Netflix interpretando a un narcotraficante mexicano; aunque en absoluto tenía aspecto de narcotraficante, ni de mexicano y, además, hablaba español con acento catalán.

Tal vez si lo hubiera sabido no habría aceptado acompañarle a esa primera cena. Por algún motivo, siempre había pensado que salir con un actor debía de ser un incordio; por los paparazzi, las fans enloquecidas, los egos de la industria y esas cosas. El caso es que, a tenor de la primera impresión, Pau no parecía un actor, al menos no se asemejaba a la idea de actor que yo me había hecho: Pau era sencillo, cercano, amable, divertido... Su ego parecía tener el tamaño de la media y, al principio, no percibí el supuesto acoso de los paparazzi. Eso sí, sincero no era o, al menos, no lo fue en un primer momento. Me enteré de la profesión de Pau porque mi amiga Núria, que estaba suscrita a tres plataformas de televisión e iba todos los viernes al cine, me lo hizo saber.

—No te lo dije porque precisamente una de las cosas que más me gustaron de ti es que no sabías quién era —argumentó él a modo de disculpa—. Las mujeres sólo me tiran las copas encima porque me han visto salir por la televisión.

Lo confieso, no me detuve mucho a reflexionar sobre la veracidad de sus excusas al respecto; en ese momento, la profesión de Pau tampoco fue la mayor de las pegas que le pude poner. Y es que al tiempo que descubrí que era actor, descubrí también que estaba casado, con otra actriz, y ésta sí que salía a todas horas en la prensa. Demasiado tarde, ya acumulábamos varias citas y el daño estaba hecho: Pau empezaba a gustarme lo suficiente como para no mandarle a paseo sin darle la ocasión de explicarse.

—Hace tiempo que nuestro matrimonio no funciona. No soy feliz con Sandra. Le he pedido el divorcio muchas veces, pero ella se vuelve loca, no quiere ni oír hablar del tema. Me suplica que no la deje, me enreda en sus chantajes emocionales. La última vez se tomó medio bote de pastillas, lo justo para sólo asustarme, para mandarme un mensaje. Me siento totalmente acorralado. Pero ahora... te he encontrado y soy tan feliz contigo. Sé que esto no está bien, que no es justo para ti, pero dame una oportunidad. Encontraré la manera de divorciarme. Yo sólo quiero que estemos juntos.

Aquella misma noche hicimos el amor y, todavía jadeando a causa del orgasmo, Pau me dedicó un apasionado «te quiero». Yo solía restar valor a tales declaraciones en mitad del éxtasis; la embriaguez sexual a menudo suelta la lengua. Sin embargo, semanas más tarde, yo misma me confesé.

Fue un día de Sant Jordi. Paseábamos entre las columnas y los arcos apuntados del claustro de la iglesia de Santa Ana, una joya oculta en pleno barrio Gótico, lejos del ruido y el ajetreo de la Rambla. Yo aspiraba de cuando en cuando el aroma de mi rosa y Pau hojeaba su libro: una antología de poesía hispanoamericana. Leyó en voz alta un poema de Gabriela Mistral. «Hay besos que pronuncian por sí solos...»

Tras escuchar las estrofas en su profunda y aterciopelada voz cinematográfica, sentí un arrebato de amor colmarme el pecho. Me detuve frente a él y le miré a los ojos.

—Te quiero.

Pau sonrió. Me tomó el rostro con ambas manos y me besó entre las páginas abiertas de un libro de poemas de amor.

—Yo también te quiero.

Y es que probablemente no haya en el mundo dos frases más hermosas que un «te quiero» seguido de un «yo también».

Habían transcurrido tres años desde entonces y las cosas no habían cambiado: Pau seguía casado con Sandra y amándome a mí. Y yo, que al principio no había apostado demasiado por aquel asunto, estaba cada vez más enamorada de él y metida hasta el fondo en una relación extramatrimonial y casi clandestina, ambos extremos bastante enojosos.

La verdad, llevaba mal lo clandestino. Tener que vernos siempre a escondidas para evitar que los paparazzi nos cazaran juntos. No por Sandra, a quien el propio Pau le había confesado que amaba a otra mujer y aun así ella seguía negándose a concederle el divorcio, sino por Pau e incluso por mí. Si nuestra historia salía a la luz, él sería el cabrón que le ponía los cuernos a la maravillosa, angelical y adorada por los fans Sandra Forn y yo sería la zorra que se había interpuesto en un matrimonio perfecto a ojos del público. Siendo así, únicamente podíamos reunirnos en mi casa o en lugares apartados y poco concurridos a los que llegábamos por separado, a menudo fuera de Barcelona o incluso de España, donde Pau no era conocido. Antes me había parecido un poco grotesca e incluso teatral la imagen de los famosos ocultos tras gafas de sol, gorros y cuellos de abrigo subidos, pero la necesidad de camuflaje había resultado ser mucho más real de lo que yo había pensado.

Pero si llevaba mal lo clandestino, lo que peor llevaba era lo extramatrimonial, por mucho que me esforzara en negármelo.

—No me gusta ser la otra —me quejaba a Pau de cuando en cuando.

Entonces, él me envolvía en una mirada llena de amor que hubiera derr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos