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… Yo vine acá porque quise, porque me lo busqué, porque siempre quise vivir en la Puta Madre Patria y no porque quisiera huir de mi país y su guerrita a cuentagotas; no es que me hayan amenazado por ser sindicalista o periodista, o que haya sido una mula triunfal. No. Era mi ilusión desde chiquito y salté el cacareado charco porque aquí dizque todo iba bien. Bueno, y porque casi me matan.
¿Me extrañó? ¿Se acuerda cuando venía a ver los partidos? Me tomaba las cuatro cañitas reglamentarias; póngame otra, con un dedo de espuma como me gusta, que en esta mi última noche le voy a pedir que me escuche y prometo que le vacío el barril. Usted también tendría sus motivos o sus presiones para venir; pero, bueno, eso será por carta porque el que va a soltar la cháchara soy yo… ¿Que qué es cháchara, a ver, qué es cháchara? Pues, cuando uno habla paja, cuando descarga la palabrería sin parar y al receptor le importa un pito. O “abundancia de palabras inútiles”, como dice el sabiondo diccionario que de sabiondo se las da, pero le falta salir a la calle. Es que por ahí empieza el choque, por la palabra; yo llegué hablando como hablo y así sigo, y cuando hablo pues como que no me entienden; también he aprendido palabritas, que hay que hacer acervo, ¿no? Mire, yo soy de provincia y cuando pasé unos días en la capital allá tampoco me entendían. ¿De dónde dijo que era usted, Wong?, de un pueblito, ¿cierto? Y seguro que antes de llegar acá pasó por Beijing y allá como que no le entendían, ¿cierto? Pues eso. Bueno, pues le voy a echar el cuento por partes, como si fuera una novela; lo que hice allá para poder venir y lo que me pasó acá para salir con el rabo entre las piernas. Usted sigue atendiendo a la gente, ni más faltaba, y yo le voy soltando la historia; es que la tengo fresquita, organizada y grabada en la cabeza, y si algún día me da tiempo la tengo que escribir.
El 11 de septiembre, llegué a Barcelona el 11 de septiembre de 2001. ¿Se imagina? ¿Se acuerda? Era un martes, llegué sin dormir mucho y arrastrando una maleta de cuero que pesaba como un ternero; tomé tren en el aeropuerto, trasbordo y al final me bajé en la plaza de Cataluña. Llegué y encontré un ambiente no festivo, pero sí de mucho entusiasmo; banderitas y algunos carteles con listas rojas sobre fondo amarillo: 11 de setembre Estat Català, decía uno. No me detuve, pues lo primero que tenía que hacer era orientarme. Pregunté a una señora hacia dónde quedaba la calle Pujades, que si era cerca y tal; siempre he pensado que las señoras son las mejores para preguntar esta clase de cosas, a no ser que la de turno tenga malas pulgas o tú parezcas lleno de pulgas. Pues lo segundo. Respondió torciendo la boca que me referiría al Paseo de Pujades y que quedaba cerca si tomaba un taxi y lejos si iba andando, mientras miraba de reojo la maleta y de arriba abajo al dueño de la maleta. No me resultó tan extraño el tono; habló como responden en el mercado de mi Pamplona las vendedoras. ¿Qué tal tiene la papaya, señora? Pues si le sigue metiendo el dedo no sé, y si la compra pues ya verá. Así. Seco y rotundo. Porque yo soy de Pamplona, la de Colombia, fundada por un navarro con morriña pero con más ambición que morriña, si no pregúntele a un tal Aguirre, con su ira y con su dios.
Eran como las tres de la tarde; la bermuda y los escotes aún mantenían su vigencia y yo, como buen retoño de los Andes, llegué con chaqueta y botas. Tenía un hambre la macha, el vuelo había durado sus diez y pico de horas con su pequeña plaga de colombianitos, que en su mayoría aplaudieron el aterrizaje; yo no aplaudí porque tampoco aplaudo cuando se detiene el bus, pero sí bostecé. Ya en la plaza y medio regañado por la dama resolví pedir un mapa en Información, como había sugerido Mariño, el man que me ayudó a venir y que no me recogió en el aeropuerto porque estaba de turno en el restaurante. Bueno, cogí hacia abajo, hacia el casco antiguo por el Portal del Ángel, mirando hacia arriba como un bobo, así como miramos todos los que llegamos a las ciudades grandes, con la boca más abierta que los ojos. Como se habrá dado cuenta, no fui en taxi con la excusa de empezar a conocer por mi propio pie y buscar dónde almorzar, o sea dónde comer, porque le cuento que en mi casa se come por la noche, ¿sí ve? Cogí por una callejuela y di con el tablón de un restaurante que explicaba en un idioma ajeno a mi idioma ajeno. Decidí entrar así sin más para darle alimento al animal que sonaba en mis adentros.
Primer plato: crema de verduras, ensalada de manzana, nueces y apio o ensalada del huerto. Segundo plato: merluza a la plancha, pollo al curry o lomo relleno de camembert. Postre: torta de chocolate y naranja, yogur y fruta. Pan y bebida incluidos.
¿Que cómo me acuerdo de eso? ¡Ah! ¿Memoria fotográfica? Más o menos. Es que además de aprendérmelo, le saqué una foto que he tenido pegada en un corcho. Y si quiere, mi querido chino de la China, también le puedo recitar el precio en pesetas y en el naciente euro de unas cuantas cosas, pero le daría risa. Un don que mi Dios me dio, dice mi mamá. ¿Cuánto vale hoy, ocho años después? Usted cobra ocho con cincuenta el menú porque es menú de barrio y tal, pero en el centro no se baja de diez, de diez y pico, hasta doce, casi dos mil pesetas.
—Quiero un menú —dije después de saludar muy cortés.
Después de haberme sentado y acomodado el equipaje al lado de la máquina de tabaco, ya noté la mirada del camarero; miró raro, no sé si por el saludo tan educadito o por el burro de maleta que a pesar de mis cuidados era evidente que hacía estorbo para sus maniobras. Tomó el pedido, primero en traducción simultánea y luego explicando en su andaluz catalán que tenía que escoger un primero y un segundo y que no eran seis platos los que me tenía que zampar. Menos mal, porque ya estaba asustado así tuviera el hambre que tenía. Ya quisiera eso un pariente que tengo por allá, que come como una bestia y sin preguntar.
—¿Y de beber? —preguntó acomodándose un poco el corbatín negro, ya lustroso y con tonos violetas. Qué tiene, le pregunto, y el camarero me explica que el menú incluye agua o vino. Le cuento una vaina, una coooosa, Wong. Aunque yo siempre he tomado jugo de frutas y pasar con agua me parece muy triste, le respondí con cierta suficiencia, como cosa muy natural:
—Vinito —dije. Y agregué ingenuo—: ¿Me podría regalar antes un vasito con agua?
—Aquí no se regala nada —dijo tajante el tunante.
Y un segundo después hizo un guiño y sonrió subiendo una sola comisura y dejando ver su dentadura maltrecha, mientras soltaba que traería agua del grifo, tal vez al ver mi congestión y mis cachetes rojos a causa del calor y de la vergüenza. Regalar, regalar, ¡quién regala algo! Es una muletilla bogotana que se me pegó.
Me acomodé en la mesa, con otra silla al frente, donde puse el morralito de mano con la billetera, unas mentas para el sabor a herradura al despertar y el pasaporte vino tinto, que ya no el verde, el que el gobierno de mi país archivó pretendiendo que con el cambio de color nuestro lastre mafioso desapareciera de los aeropuertos del mundo. Estaba dándole a la tercera cucharada de la crema de verduras (es que yo soy de sopita desde chiquito) cuando alcé la cabeza y vi en la pantalla muda del telediario cómo se estrellaba un avión —el segundo— contra la torre sur del World Trade Center de Nueva York. ¿Se acuerda?
—¡Mieeeerda! —dije, y se me encogió el estómago como cuando te dan un puño.
El camarero, que entraba de la terraza con una bandeja llena de vasos y platos vacíos, espetó un ¡cooooññño, otro! y siguió hacia el fondo mientras decía que el mundo a partir de esta fecha no volvería a ser el mismo de antes. La verdad, se me quitó el hambre, pero no las ganas de comer. Esperé el pollo al curry (porque yo soy de pollito) y comí con desgano, como comía la trucha en casa el viernes santo. La televisión no paraba de repetir el choque espantoso del avión como si fuera un gol inolvidable. Todas las especulaciones posibles se tejían por los periodistas y corresponsales, hasta llegué a sentirme sospechoso (todos los colombianos lo somos) pues en el vuelo alcancé a soñar que secuestraba el avión para regresar a mi país, que yo le decía al capitán que estaba arrepentido, que me había volado con plata que no era mía, que había traicionado a mi jefe y lo había dejado a su suerte y que había conseguido el visado con artimañas.
Gracias, así se sirve una cerveza, no me canso de decirlo, Wong; ¿sabía que en mi pueblo participé en una especie de Oktoberfest pero en julio? Fue durante las fiestas de independencia (porque en Pamplona somos independientes) y establecí el récord municipal de velocidad: un jarro de litro de amarga en veintinueve segundos. Y después me senté frente a frente con un tipo mayor que yo, en edad y en barriga, cada uno con una canasta de treinta cervezas al clima y un destapador. De ese récord no recuerdo nada, pues amanecí emparamado en un banco del parque principal, en camiseta, y orinado como un bebé sin pañal. Es que yo soy de cervecita, pero ese día me pasé de espuma. Y póngame unos perdigones de esos. Perrrdigones, con “r”, eso, maíz tostado y cacahuates.
Un día rarísimo ese de mi llegada a España, bueno, a Cataluña para que los chicos no se ericen, menos mal que están lelos viendo el fútbol. Terminé el menú, pagué, comentamos algo más del asunto con el camarero y me fui serpenteando un poquito, calle abajo, con una sonrisita a causa de la jarra de vino que libé en honor de las víctimas y de mi entrada triunfal en el Primer Mundo, mientras en el otro primerísimo el desconcierto y la incredulidad todavía daban rondas en casi todas las cabezas de la Unión. Rarísimo también porque más adelante iba encontrando gente con banderas y gritos independentistas que para un lego como yo entonces no decían nada, salvo que sembraban en mí más confusión por los vinos y el shock de las torres. No entendía, pero entendí porque pregunté. Se estaba conmemorando el Día Nacional de Cataluña (día de derrota) y dejé de pensar lo que estaba pensando: que qué le pasaba a esta parranda de hijueputas que iban cantando himnos y consignas mientras el mundo estaba en vilo de un hilo.
Media hora después estaba ahí, en la puerta del hostal para mochileros, cansado de arrastrar el ternero y aún turulato por el tinto. Sírvale al señor que yo sigo hablando, o mejor le echo el cuento a esa muchacha que acaba de entrar. Lástima que esta sea mi última noche, si no le soltaba mi perorata conquistadora y en una hora y dos cubatas le estaría soltando el brasier. Sí, brasier, el sostén del busto. Sujetador. Tetas. Así le suena mejor, ¿no? Es que en nuestro país somos más recatados. No diga culo, mijo, diga trasero, o pompis, querida. Timbré donde decía timbre en inglés y un ññññññ en la cerradura abrió la puerta. Empujé y vi una escalera tan larga que casi me siento a llorar; era de unos baldosines brillantes con arabescos amarillos y verdes, y como demoré como cinco minutos en subir, me aprendí el dibujo de memoria. Si quiere se lo pongo en esta servilleta. Présteme un lapicero y verá. Me atendió Silvia, una joven como de mi edad pero resultó ser dos años mayor. Y como me vio así con los pelos largos y la barbita de hippie en trasnocho y habría oído el fuck you que aprendí en las películas, my dear chinese, saludó en un perfecto inglés del barrio de Gracia. Así estuvimos un ratico dándole al bad english hasta que me pidió el pasaporte y tuve que develar mi verdadera procedencia: Locombia.
—¡Ah!, yo estuve en Cartagena de Indias, muy guay, pero me robaron en Bogotá, en Monserrate visitando la Moreneta de allá, ¿sabe? —dijo con alegría y desilusión al mismo tiempo.
—Es que Colombia enamora hasta que algún paisano la caga —le dije mientras le miraba un escote prometedor—. Y sufrimos de disentería, darling.
—¿Supiste de la caída de las torres? —dijo la chica como cambiando el tema.
—Y de la caída de Cataluña también —le solté con mi penúltimo aliento.
2
email 1 / Hermano, lo que tiene que haser es conseguirse un contrato de trabajo para ir sacando los papeles y poco a poco eso lleba tiempo, plata y paciensia y aguantarce a las tortugas del papeleo. Bueno pero lo importante es viajar. tiene que conseguir plata para demostrar o que biene de turismo a sacarle fotos a la sagrada familia, reservar en un hotel y todo eso. Usted vaya consiguiendose la plata para el tiquete y la visa que también cuesta bueno chino hágale que aca se acomoda uno como pueda.
Respuesta a email 1 / OK, me pongo en la tarea. Le voy contando los avances y si consigue algo de trabajo para mí allá pues bienvenido sea. Gracias, hermano. ¿Qué cosa tan jodida con su ortografía, no? Ahí le mando unas tildes (´´´´´´), unas comas y unos puntos; unas cuantas letras “c” “s” y “v”, y si quiere le mando el diccionario.
Lo primero que hice fue buscar a un tipo al que le decían Topo Gigio, por recomendación de Mariño el del email; Topo porque pasaba contrabando de Venezuela, y Gigio por sus orejas, supongo. Conecté con el Topo una tardenoche con un frío de ese que sólo se combate con aguardiente y ruana. Me recibió con un trago doble, con su nariz filuda y sus ojos pequeños de zarigüeya. Tenía un gorro de lana que le tapaba las orejas y que frustró el morbo tonto por comprobar que merecía el apodo.
—Chino —dijo alzando la copita—. Venga, tómese uno y hacemos bísnes.
—Gracias… —dije. Y casi digo Topo, pero me mordí el labio tomándome el trago de una.
—A ver, qué es lo que busca, mano, prestar plata, hacer plata o trae plata —dijo con tono burlón mirando al hombre con ruana que tenía al lado, que soltó la risa para festejar el chiste del jefe.
Al igual que el Topo Gigio, tenía la misma piel parda quemada por el frío y por el sol de la cordillera y era, junto con su mujer, el encargado de custodiar cajas y cajas de licores, harina, mayonesa, cigarrillos, aceite y otros abarrotes menores que guardaban en unas casitas humildes de agricultor a las afueras de Pamplona, con paredes dobles, donde en tiempos mejores de la nación del Libertador descansaban televisores, equipos de sonido y toda clase de aparatos electrodomésticos esperando cruzar los límites permitidos hacia el interior del país.
Le conté que necesitaba billete para irme a España en un año más o menos, que quería estudiar y tal. Pues, eso sí, le va a tocar camellar duro, chino, dijo el Topo ya un poco más serio. Cuando digo “chino” no es el de su China; es que chino en mi Pamplona se les dice a los niños, pero también a los grandes, y el que lo dice lo hace para sentirse superior; bueno, pero también por cariño. ¿Y camellar? Pues trabajar, currarse el asunto, no tráfico menor de estupefacientes, como acá.
—Va tener que empezar como empezamos todos, por poquito y comiendo callado. Y como cuentan que es muy instruidito, de pronto nos sirve para algo —dijo mientras servía otro trago para él y otro para mí.
—Lo que usted diga, yo me salgo del almacén de mi papá y me pongo en esto no más —dije con solvencia, pero sabiendo la bronca que se venía en casa.
—Cómo es que se llama —dijo—. Tómese el otro.
—Abilio, de los Ayala del mercado —respondí, como para añadir currículum.
—Yo conozco a su papá y ese genio que tiene. Pero de esto ni pío, ni a él ni a nadie —sentenció.
Tomó su trago y después de un ¡aaaaaaahhh! por el fogonazo del anís puso su mano sobre la ruana a la altura de la pretina y alcancé a ver dibujada la cacha de un arma corta.
Después me despachó porque tenía cosas que hacer y que ya avisaría para otra reunión. Salí de la casucha un poco más calientico y seguro que como entré, pero cagado del susto por esa puerta que empezaba a abrirse y de la que sólo sabía que se movía mucho dinero y rápido, pero que había que convivir con el riesgo de ser pillado, perder la mercancía o ser bautizado por la guardia fronteriza venezolana y su reputación zafia; o por la nuestra, a la que también le gustan las buenas tajadas, como a los niños torta en las piñatas.
El caso fue que puse atención a los movimientos de la tienda de mi papá para empaparme de precios y de cuentas y de entregas; era, es un puesto de abarrotes y granos de la plaza del mercado, como le decimos allí. Yo ayudaba en la venta por las tardes después del almuerzo, mientras mi papá se echaba la siesta religiosa oyendo la radio con su cantaleta de noticias terribles y sus jingles de promesas publicitarias: Última hora, el industrial antioqueño Perencejito de la Perenceja acaba de ser secuestrado cuando salía de su finca familiar y se disponía a regresar a la ciudad de Medellín en compañía de su señora esposa… Orden de captura expedida por la Procuraduría General de la Nación al senador Zutanito Zeta por peculado, asociación para delinquir y malversación de fondos públicos… La Selección de fútbol ha cosechado un nuevo fracaso en la senda clasificatoria para el Mundial de fútbol…
Nunca me había gustado estar ahí, en el puesto número 38 del mercado; me daba vergüenza. El solo hecho de ver pasar a mis compañeros de colegio y que me vieran ahí era fatal. Y si se paraban a comprar con sus mamás encopetadas, peor.
—Mijo, ¿y cómo van esos estudios? —decía la mamá del más creído de sexto, a sabiendas de que no estaba haciendo nada. Bueno, nada de lo que ella creía que se debía hacer: graduarse del colegio, entrar en la universidad, a ser posible en la capital del país, y volver en vacaciones mirando de otra manera a quienes no podíamos salir ni a la esquina, así hubiéramos sido de los mejores del colegio.
Pero no, a mí no me iban a mirar así, porque yo dedicaría por completo mi talento al comercio internacional y a ahorrar para irme a España y dejar ese pueblo friolento de blasones rancios y caducos al que sólo vendría de vez en cuando, en el verano, cuando los euros se salieran de mis bolsillos, efervescentes, y yo invitándolos a todos esos que tenían con qué pero que nunca me convidaron, para restregarles tanta afrenta y tanto desprecio. ¡Ah!, ya verían…
—¡Pssst! ¡Buuh! —me sacudió papá—. ¿Vendría por el encargo el muchacho del convento?
—No, ni rastro del bobo —dije distraído mientras preparaba el discurso.
—Si no viene antes de cerrar, acuérdese y lléveles usted la harina a las monjas o mañana no comulga nadie —dijo, con ese tono que no se sabía si me estaba tomando el pelo o a punto de rematar con alguna maldición.
—Oiga, papá —dije, metiendo la mano en el bulto de lentejas, sintiendo ese cosquilleo de los granos al ir penetrando mis dedos de buceo.
—Si es para plata, no hay —resopló desplomando sus diez arrobas de carne, hueso y ruana sobre su taburete de toda la vida.
—No es para plata pero es sobre plata.
Le mentí tan mal que a la segunda frase ya estaba diciendo que, si me metía a contrabandista, fuera buscando otra casa donde vivir porque él problemitas de esos ya se los conocía y una larga monserga pretendiendo meter miedo, pero lo que hizo fue darme alas. Cogí la pala de servir el grano y la clavé en las lentejas jurando que nunca más la usaría, y salí del puesto sin decir nada, dándole vueltas a dónde carajos iba yo a vivir, porque si una cosa tenía mi padre era que se le notaba cuando sus palabras iban en serio, y pensando también en lo mal que le sentaría la noticia a mi madre. La verdad, lo que dijo el viejo me ahorró más mentiras y entré de lleno en el oficio.
A los tres días de estar organizando la emancipación, ya estaba instalado en la calle de las putas, en una casa de citas, como se decía antaño cuando los señores muy aseñorados fijaban día y hora con las madames regentes. El Topo había hecho un trato con la dueña —a quien le surtía licores— y había construido tres “suites” para quedarse de vez en cuando a dormir sus borracheras o esconderse de los tombos o recibir amigotes que estaban de paso. Las piezas estaban al fondo de las habitaciones del placer, mi querido Wong, después de un solar con higueras y duraznos y unas moras enormes. ¿Tombo? Hombre, pues policía. ¿Que de dónde viene el mote?, pues ni idea, pregúntele a la RAE y verá que tampoco sabe la señora esa.
Buenas, dije al traspasar las bambalinas de cuentas rojas y negras que hicieron un tintineo tímido al cerrarse de nuevo para dejarme en una oscuridad con los mismos colores. Al ajustar el obturador de las pupilas pude ver cómo una bola de espejos de un tamaño ridículo para el salón pendía lanzando unos rayitos dormidos de luz. Eran como las siete y pico de la mañana de un domingo y el frío de la madrugada con su escarcha invisible daba paso a un solazo de esos que sólo salen en diciembre. El recinto correspondía a la sala de una de esas casas modestas de una sola planta con tejado y sin alar, y a juzgar por la decoración y las mesas arrinconadas se trataba de la pista de baile. Esta y otras casas hermanas, una tras otra y que abarcan media calle, hacen parte del barrio El Camellón, pero para todo el mundo ese nombre es sinónimo de lenocinio, zona roja, de chicas malas que no siempre estaban buenas. Eran casas dolientes, reformadas para el oficio, de paredes exteriores del color del jugo de maracuyá con leche, o rosadas como el algodón de azúcar, o del color de unos pajaritos que se llaman azulejos y que nunca volví a ver.
Nadie respondió al llamado, sólo algunas risas se oían después del saloncito, al fondo de un corredor que a lado y lado dejaba ver una serie de puertas que, de no estar donde yo estaba, podría haber pensado que eran de los retretes de un internado. Al final, el pasillo llevaba hacia un rayo de luz, hacia una especie de patio trasero. Buenas, volví a decir un poco más fuerte y fue cuando apareció una mujer oscura por una puerta marrón oscuro; una mulata con una toalla a manera de turbante y otra rayada a manera de toga que le cubría un armazón que daba miedo.
—Mi amor, madrugaste mucho —dijo con una sonrisa caribe de dientes perfectos—. Los polvos mañaneros son entre marido y mujer.
—No, no. No vengo a… —dije mirando la maleta como una explicación.
—A culear —oí una voz ronca detrás de mí—. Y si no vino a lo que se viene a un establecimiento respetable como este, ¿a qué vino, joven?
Era la madame, que soltó de inmediato una carcajada que se convirtió en tos. Una vieja con un tabaco apagado entre los dientes y un rostro empañetado que le tapaba mal los lunares y las manchas que le había puesto el reloj; tenía las cejas pintadas con lápiz graso, a falta de pelos por la práctica extinta —de moda en su tiempo— de sacarse pelo a pelo y a punta de pinza hasta dejar el arco superciliar lampiño y brillante como el de un boxeador. Traía una bolsa de plástico empañada por el sudor de algo recién hecho y que despedía olores conocidos.
—¿Quiere arepa? —dijo con un cariño premeditado—. ¿Usted es el fulanito que manda el Topo Gigio, cierto?
¿Arepa? Mi querido pato pekinés, es una torta de harina de maíz aplastada que se fabrica en todo el país de mil maneras y para todos los gustos, pero arepa también se le dice con cariño al sexo femenino, no a la mujer, sino al sexo de la mujer. Seguimos: después le dijo a la mulata que me ayudara a llevar la maleta, que este niño hoy estrena vida y que cuando eso pasa todo pesa el doble. La mulata se echó la maleta sobre la cabeza, tal como sus congéneres de la costa se ponen platones llenos de papayas y piñas y cocos y zapotes y nísperos, y bajó muy oronda por el corredor bamboleando las caderas como en un desfile de prêt-à-porter. Yo la seguí medio asustado o asustado y medio, aunque hubiera preferido una erección, pero mi inicio en un sitio como ese y por motivos muy particulares no invitaba a nada parecido. Pasé por las puertas, todas con un número pintado con brocha, algunas con unas flores infantiles y con orlas esmaltadas. Llegamos al lugar de las risas, un patio con el suelo de cemento rugoso y de tonos verdes en el centro, donde el sifón a manera de ombligo recibía unos ríos de espuma de jabón barato que salían de otras seis portezuelas al estilo saloon que lo rodeaban. Se estaban bañando.
La mulata pasó como si nada, descalza por encima de los torrentes blanquecinos y yo de güevón pasé de puntillas como si fuera lava hirviendo. Cuidao, se ahoga, beiby, alcancé a oír antes de la carcajada general; cuidado, se le quiebran los huevos, ¡jua, jua, jua! ¿Sí tiene de eso, papito? Apuré el paso mirando de reojo algunos rostros empapados entre la algazara, con las manos en los bolsillos como comprobando que sí había traído mis bolitas. Alcancé a la mulata, que de un golpe casi tierno con la planta del pie abrió un portón que daba al solar; otro chorro de luz, otro chorro de olores. Higos, duraznos y aroma a tierra mojada por el rocío. La mulata atravesó el jardín algo descuidado pero nutrido con cartuchos, novios y algunas rosas, también se percibía el tufillo del cilantro y otras yerbas; al llegar al fondo atravesamos las ramas tristes de unos sauces que hacían de cortina y enmascaraban las tres puertas metálicas que daban paso a la construcción que se veía más reciente, o por lo menos no tan vetusta como el resto de la casa.
—Llegamos, nene —dijo la mulata con su canto caribeño—. Hasta aquí llego yo; escoge la que quieras que no hay inquilinos, después la doña te dará llave y candado.
Y bajó el maletón como si fuera una almohada. Le dije gracias muy bajito dándole paso y ella pasó rozándome con su olor a jabón rosado y se alejó por entre los sauces dejando caer más adelante la toalla que le cubría ese cuerpo de caoba que no olvido, convirtiendo esa imagen para mí y en ese instante en lo que no supe interpretar si era una promesa o un mandato.
3
Hicimos el registro de rigor. Silvia me pidió el carné del Youth Hostel, los datos, hice el pago y recibí las indicaciones pertinentes. Habitación con seis literas, baño compartido. Máquina de café. Desayuno en el bar de al lado y una llave para un locker por unos dólares más, como en el cine. Y de cine estuvo la noche. De terror. Es más, se habría podido instaurar el nuevo género del hedor. Eran como las cinco, pero yo estaba que me dormía, por el mal sueño en el vuelo, el desfase de la hora y el trasvase del tempranillo; una vez que crucé el dintel, también metálico y de un azul frondío, una oleada entre dulce y acre atravesó mis cornetes. ¡Fo!, dije sin abrir la boca y con la nariz bajo custodia. Después volví a catar y no tuve la menor duda: ¡pecueca! No abra más los ojos, míster Wong, que de pronto cambia de raza. Pe-cue-ca, así, P-Q-E-K. A ver, repita: pe, eso, cue, cue, así como cue-llo. Pe-cue-ca. A ver. Eso, vio, fácil. Nada como enriquecer el vocabulario. ¿Que qué es eso? Mal olor en los pies, crónico e incurable, palabra del laboratorio nacional de palabras, patentada por el pueblo.
Resultó ser el par de botas de un alemán, un caminante de un pueblito cerca a Estrasburgo, de cuyo nombre no puedo acordarme y que invitó al otro día la mejor cerveza que he probado y que a usted, mi quelido lollito plimavela, nunca le dio la gana vender en este bar para darle gusto a uno de sus consumidores insignes. ¿Que cuál? Si quiere se la escribo con el bolígrafo que todavía no ha traído para dibujarle el baldosín.
Yo le invité otra y, si no tuviera vuelo a mediodía el herr, todavía estaríamos sentados dándole, porque el tipo salió poeta y recitó en alsaciano unos poemas cortos que no entendí ni mu, pero que por el sentimiento y el desgarro con que los soltaba me estremecieron. Así es, porque, aunque a usted el alemán le suene a ladridos o a que acaban de tragarse una pastilla sin agua, también está hecho para el poema. Ponga otra, Wong, aunque sea alemana de Sant Antoni; otra, que las primeras cinco son para la sed y el resto es porque “me pienso seriamente emborrachar”, como dice la ranchera.
Estaba tan cansado en esa primera tarde barcelonesa que subí el cuello de la camiseta a la nariz a manera de atracador barato, acomodé rápido las cosas en la litera más cercana a la ventana (que aunque estaba de piernas abiertas no dejaba pasar ni una gota de viento) y caí fulminado por el cansancio y el somnífero de esas botas amarillas. El hombre venía de hacer el camino de Santiago de ida y vuelta, pagando una promesa innombrable, aquejado de ampollas en la mano que empuñaba su bordón y sin percatarse de que cultivaba un bouquet que haría romper el diploma a cualquier podólogo de la capital y sus cercanías. Esa noche soñé otra vez con el piloto del avión, pero esta vez le rogaba que me cambiara de silla, que ese señor olía fatal, que yo viajaba de pie al lado de los servicios, que yo le leía el periódico en la cabina para que no se durmiera; pero de pronto yo sacaba de la sección Judiciales una pistola perteneciente al abuelo de mi madre, general porque sí en la Guerra de los Mil Días de mi Colombia querida, y le espetaba las peores groserías y amenazas para que diera media vuelta en la próxima nube y se devolviera para El Dorado, ¡pero ya!
El alemán se fue con sus aromas y sus ampollas intactos y quedé solo en la habitación medio día, apenas para acomodar, tomar posesión de un armario, explorar el baño comunal y darme un duchazo largo evocando los pechos de la recepcionista pero sin llegar a nada; estaba cansado. Estuve solo sólo medio día, porque antes de caer la noche, que caía como a las ocho y pico, cosa extraordinaria para mi reloj biológico tropical, llegó un brasileño dicharachero, un mulato que saludó con un ¡oi, cara!, sou Olympio, prazer, tiró su mochila en el segundo piso de una litera del fondo y salió caminando bailando cantando, me voy para la playa, yo voy… Y se fue y volvió al rato después de bañarse en el mar porque era luna menguante y había que aprovechar.
Olympio era de la isla de Florianópolis y venía en las mismas circunstancias que yo, sin trabajo y sin saber muy bien cómo hacer para conseguirlo. Bueno, en realidad venía detrás de una cooperante catalana que lo volvía loco pero a la que le había perdido la pista. Tenía la ventaja de tener doble nacionalidad y eso lo ayudaba en algo; era hijo de un exjugador de fútbol y una bailarina de flamenco, que, además de compartir amor, arrastraban severas lesiones en el tobillo derecho que les habían hecho abandonar sus profesiones muy temprano. Tenían un restaurante fusión en Foz do Iguaçu y por eso tenía la idea de probar en alguna cocina, en un bar do Brasil o lo que fuera. Bueno, y también traía nociones de contrabando por su vecindad con el país guaraní. Contó toda esa historia durante el desayuno, mientras mirábamos los clasificados de La Vanguardia a ver si aparecía algo. Yo tenía que buscar a Mariño en su restaurante, pero hasta las 4.30 porque ya nos habían dado las once parlando y Mariño ya habría entrado al Bogavant Blau, un sitio de cierta reputación en el barrio de la Barceloneta regido por la señora Neus, dama provinciana como usted y como yo, muy curtida en las lides de la restauración.
—¡Hombre! ¡No joda! —gritó Mariño quitándose el delantal—. Que siga la invasión.
—Quiubo, hermano, qué gusto verlo, está gordito, ¿no? —le dije—. Aquí estoy, a conquistar la conquistadora.
No Mr. Wong, si voy a tener que hacerle traducción a cada momento, esta vaina se va a alargar mucho. Quiubo es la contracción de “qué hubo”, una muletilla para saludar, quiubo qué más, quiubo cómo le va. Quiubo, ¿trajo la cerveza? No, no traiga otra que todavía tengo. No se moleste, hombre, es que me pongo pesado pretendiendo enseñarle colombiano y pamplonés al mismo tiempo, ¿ah? Venga y le digo: yo a usted lo admiro, porque en menos de seis meses usted ya estaba hablando un castellano aceptable, se estancó ahí, pero es suficiente para torear el día a día, ¿cierto? Y del catalán, me imagino que, como la mayoría, llegamos a entenderlo pero no
