ALPLAX
Ana toma media pastilla y se acuesta sobre el acolchado de su cama sin intenciones de dormir. Son las siete de la tarde y afuera es otoño. En la casa la calefacción está encendida a pesar de que todavía no hace tanto frío. Acostada, Ana tiene los ojos abiertos y mira fijo el techo sin hacer ningún esfuerzo. Hay una mancha de humedad en una de las esquinas y tres o cuatro estrellitas adhesivas plateadas pegadas al techo que venían con el departamento y nadie se molestó en sacar. Cada tanto se escuchan algunos ruidos que vienen del piso de arriba: alguien que parece correr un mueble y los graves de una música que apenas se reconoce. Cuando se abre la puerta de la casa y entra su padre, Ana lo oye pero es como si no lo percibiera. Desde que se acostó la luz de la tarde empezó a bajar y ahora su habitación está en penumbras.
Un poco más tarde Ana se despierta transpirando. Tiene la cara roja. En el departamento hay calefacción de losa radiante, no hay forma de controlarla. Desarma la cama con un poco de violencia, lleva las sábanas al lavadero y las pone en el canasto de la ropa sucia. En la cocina encuentra el televisor sintonizado en un noticiero y lo apaga. Saca la cajita de Alplax del armario y se guarda dos pastillas en el bolsillo de los vaqueros.
Afuera es de noche. En su misma cuadra se encuentra con Gabriela, que está sentada en la entrada de un local cerrado con la persiana baja. Gabriela fuma un cigarrillo y con un gesto le ofrece uno a Ana.
—¿Son rubios o negros? —pregunta Ana, al mismo tiempo que se sienta al lado de Gabriela.
—Negros.
Ana hace un gesto afirmativo. Gabriela enciende un nuevo cigarrillo y se lo pasa. A unos metros de ellas, en un cantero de la vereda junto a un árbol, hay un gato gris que descansa demasiado tranquilo. Parece dormido, pero cada tanto parpadea y deja los ojos entreabiertos.
Ana y Gabriela fuman cada una su cigarrillo negro. Al principio parece que se turnaran: cuando una da una pitada la otra ya está largando el humo. Hasta que las dos dan una pitada al mismo tiempo y a partir de ese momento Ana y Gabriela siguen fumando sus cigarrillos de manera sincronizada.
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Dos horas más tarde, a las diez de la noche, Ana, Gabriela y Laura toman cerveza apoyadas en un coche. Laura trajo a su perra Lila, que está embarazada. Es miércoles, y las tres deciden ir al cine. Primero llevan a Lila a casa de Laura. Después toman un colectivo hasta Lavalle y se meten por error a ver una película francesa. Ana sale en la mitad de la proyección para hacer un llamado desde un teléfono público. Cuando vuelve a entrar a la sala le pregunta a Gabriela qué pasó mientras estaba afuera.
A la salida Federico, el novio de Ana, pasa a buscarlas en su moto. Ana lo saluda y le dice que vuelve enseguida. Se mete otra vez en el cine y entra al baño. Saca uno de los Alplax del bolsillo del vaquero y lo apoya sobre la mesada. Intenta partirlo en dos usando una llave, pero casi toda la pastilla se convierte en polvo. Se toma lo que puede salvar, que es menos de la mitad, y enseguida saca la otra pastilla y se la toma entera.
Laura tiene entradas para una discoteca; se las dio su hermano, que es tarjetero. Son cuatro, el único vehículo que tienen es la moto de Federico y la discoteca queda en Quilmes. Pero Gabriela decide volver a su casa y Federico la lleva en la moto. Ana y Laura lo esperan en la esquina de Lavalle y Esmeralda.
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Federico, Ana y Laura viajan en la moto. Federico va adelante, Laura en el medio y Ana atrás. Federico y Ana usan cascos iguales. Laura va sin casco.
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La discoteca tiene unos setecientos metros cuadrados, paredes negras, y está repleta de gente. Según Laura, el miércoles es un buen día. Apoyan las camperas y los dos cascos en el suelo y bailan.
Ana se siente un poco fuera de lugar en la pista. Deja de bailar, va al baño y se lava la cara. Muy poco después está durmiendo en un sillón de cuerina negra, en un rincón oscuro, abrazada a las tres camperas y los dos cascos. Federico baila solo a un costado de la pista. A Laura no se la ve por ningún lado.
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Los tres vuelven juntos en la moto. Ana, entre Federico y Laura, duerme a pesar del viento que le pega en la cara.
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Cuando dejan a Laura está a punto de amanecer. Laura entra en su casa y se apura en bajar la persiana del living, como si pretendiera simular que todavía es de noche. Busca a su perra Lila en la cocina pero no la encuentra y, cuando va a su cuarto, la ve sobre su cama con seis cachorritos recién nacidos. Lila es casi toda blanca con apenas tres o cuatro manchitas marrones. Laura observa los cachorros durante un rato: son todos completamente negros y ninguno de los seis se parece en nada a Lila. Por un segundo Laura duda, y se pregunta si en realidad los cachorritos no serán hijos de otra perra.
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Ana duerme en lo de Federico, un departamento de dos ambientes en Almagro. Cuando se sienta en la cama ya tiene los ojos cerrados, pero apenas apoya la cabeza sobre la almohada los abre y no los vuelve a cerrar. Pestañea de manera consciente varias veces mientras a su lado se escucha el sonido suave de la respiración rítmica de Federico que de a poco entra en un sueño muy profundo.
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El viernes de la semana siguiente Ana, Laura y Gabriela van en el Honda Civic de la madre de Laura a visitar a Daniel, el novio de Gabriela, que vive en Azul. Daniel es ingeniero agrónomo y trabaja el campo de una familia de Buenos Aires que viaja a Azul muy de vez en cuando. Vive en una casita construida para los peones en donde hay lugar únicamente para Gabriela. La casa principal la usan sólo los dueños; Daniel ni siquiera tiene llave. Ana y Laura duermen afuera, en una carpa que se trajeron de Buenos Aires.
A la noche, acostadas en sus bolsas de dormir, las dos fuman cigarrillos negros. Pronto las envuelve un humo espeso en la carpa cerrada y se quedan dormidas. Ana se despierta sola un tiempo después. No tiene idea de la hora. El humo de los cigarrillos todavía flota en el aire. Abre el cierre de la carpa y saca la mitad de la bolsa de dormir afuera. Durante un rato largo mira la oscuridad del cielo y las estrellas hasta que sin darse cuenta se vuelve a quedar dormida.
Al día siguiente, después del mediodía, llega Federico. Vino en la moto y la visera del casco está cubierta de bichos muertos. En su mochila trajo un poco de ropa y el casco de Ana.
Ese mismo día, durante un partido de truco, surge una discusión absurda entre Daniel y Federico. Los dos se conocen desde hace mucho, jugaban en el mismo equipo de rugby, pero en realidad nunca fueron demasiado amigos. Ahora se ven seguido por Ana y Gabriela. En un principio la discusión no parece tener mayores consecuencias, pero la caída de la tarde, el comienzo de la oscuridad y los sonidos de otros animales hacen que Federico decida pasar la noche en un hotel en Azul. Ana, sin embargo, prefiere quedarse en el campo y dormir en la carpa con Laura.
Esa noche Federico duerme mal en el cuarto de hotel, el colchón es muy blando, el piso es de baldosa y hay demasiada humedad, y la almohada es mucho más alta que la de su cama.
Se levanta temprano, cuando todavía está oscuro, y decide volver a Buenos Aires. Antes de empezar el camino de vuelta Federico pasa nuevamente por el campo. Deja la moto a un costado de la ruta, salta el alambrado y camina unos doscientos metros hasta la casa de los peones y la carpa. Son las siete de la mañana, todos duermen. El cierre de la carpa está bajo y a través de la tela apenas se distinguen unas formas sin forma. En medio del pasto humedecido por el rocío hay un pájaro completamente rojo. Al ver a Federico el pájaro pega unos alaridos que parecen mecánicos, como si vinieran de algún aparato y no de un animal. Federico se queda inmóvil, mirándolo. Después de un rato la luz empieza a cambiar, se hace casi de día, y el pájaro primero da unos saltitos, pega un nuevo alarido mecánico y después levanta vuelo. Federico lo sigue con la mirada al mismo tiempo que empieza a alejarse hacia la ruta.
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Tres semanas más tarde es el cumpleaños de Gabriela. Gabriela está con Ana y Laura en la cocina de su casa. Toman té con un bizcochuelo instantáneo y miran un partido de fútbol por televisión, Independiente-Colón de Santa Fe. A las diez menos cuarto de la noche, en mitad del segundo tiempo, suena el teléfono. Es Daniel. Felicita a Gabriela por su cumpleaños, no le aclara desde dónde llama, y diez minutos después aparece de sorpresa en la casa con un hámster de regalo.
Al principio Gabriela mira al hámster con curiosidad, pero muy pronto ya no sabe qué hacer con él. Durante un tiempo lo tiene en la cocina, adentro de una especie de pecera que encontró en el fondo del ropero del pasillo; Daniel se lo trajo en una caja de cartón que enseguida se humedeció y hubo que tirar a la basura. Gabriela cambia la pecera de lugar todos los días, hasta que finalmente la deja fija arriba de la heladera. Pero cada día que pasa el hámster le da más asco. Una noche fantasea con hacerle una visita a Laura y dejarse el animalito olvidado ahí, confundido entre los cachorros de Lila. A la mañana siguiente, cuando se despierta, llama a Laura por teléfono. Pero apenas contestan del otro lado de la línea, Gabriela cuelga.
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Un sábado de octubre Daniel vuelve a Buenos Aires en la cuatro por cuatro. Pero Gabriela deja puesto el contestador y no abre la puerta cuando suena el timbre. Son las diez de la mañana, Daniel ya no tiene casa ni familia en Buenos Aires, y el único número de teléfono que se acuerda de memoria, además del de Gabriela, es el de Federico.
Federico le da cita en un café del microcentro a las once y media. Daniel llega veinte minutos antes. Federico llega puntual, con una chica que conoció la noche anterior en una discoteca; no se la puede sacar de encima.
Cuando Daniel pregunta por Gabriela, Federico le responde que hace tiempo que no la ve, pero que sabe por Ana que ahora tiene un hámster.
Alrededor de las doce y cuarto del mediodía, casi sin haber tocado su cortado doble, Federico se levanta de la mesa y se despide. Daniel y la chica se quedan solos. Daniel le pregunta si quiere algo más. Ella dice que no y sube al baño. Cuando vuelve, Daniel se ofrece a llevarla a su casa en la cuatro por cuatro. En el camino se desvían y entran a un albergue transitorio. La chica se va a eso de las tres de la tarde; Daniel está agotado por el viaje y además no tiene otro lugar adonde ir, así que se queda durmiendo. Duerme toda la noche.
